Cuentos ilustrados

Lugar de publicación
Barcelona

Ver datos completos

Tipo
Impresos
Idioma (código)
spa
Extensión
261
Identificador
0000000021
Miniatura
https://patrimoniodigital.ucm.es/r/thumbnail/782169
Notas
Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
Colección de la edición
Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
Impresor
Lugar de publicación
Idioma
Español
Europeana Type
TEXT
Europeana Data Provider
Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
Derechos
Universidad Complutense de Madrid
Licencia de uso
CC BY-NC-ND 4.0
Fecha de creación
1895
Formato
image/jpeg
application/pdf
extracted text
-

WM
î$$Ê
mmú

CUENTOS ILUSTRADOS

NILO MARIA FARRA

D I B U J O S DE

M ASRIERA, J osé , F rancisco r Luis
PELLIC ER , J. Luis
LUCAS V ILLAM IL, E.— QUEROL, A gustín —MARQUÉS. J . M.
E R I Z , P edro — C A B R IN E T Y , J osé
FUSTER, M ariano — ALVAREZ MASÓ, R afael
FABRA, J orge

B A R C ELO N A — 1895
I mprenta de H enrich y C * , en comandita
Pasaje Escudillers, 4

ES PROPIEDAD. — Quedan h echos
los depósitos que m arca la ley.

-

_____

DEL CIELO

Á ESPAÑA

PRIMERA PARTE

I

ios, Nuestro Señor, daba un día audiencia
á los santos que iban á interceder por sus
devotos, por los pueblos que patrocinaban
y por todos los pecadores. La Santísima
Virgen, sentada al lado de su querido
Hijo, recomendaba los múltiples memo­
riales de los visitantes, á los cuales acogía el Ser Su­
premo con la bondad del que es fuente de todas las
misericordias. Fueron entrando en el salón del trono
del Altísimo santos y más santos, hasta que le tocó el
turno á Santiago el Mayor.
— ¡Hola, Jaim e!—le dijo el Todopoderoso:—¿qué

8

CUENTOS ILUSTRADOS

te trae por aquí? ¡Cosas de E spaña, tal vez! ¿Qué
pasa por aquella tierra? ¿Están en paz tus clientes?
— Bien sabe V uestra Divina M ajestad, — contestó

el Apóstol, haciendo tan profunda reverencia que el
sombrero lleno de conchas y reliquias que tenía en
la mano barrió el suelo, — que aquello anda malillo,

DEL

C IE L O

A

ESPAÑA

9

y que, si Dios no pone remedio, yo no sé lo que va á
ser de España, de los españoles y de sus descendien­
tes, que se lian establecido en el Nuevo Mundo, á
todos los cuales protejo y amparo en sus cuitas; por­
que, eso sí, ni unos ni otros nos han perdido la afi­
ción, y si no, aquí está la excelsa Madre de Vuestra
Divina Majestad, patrona de las Españas y de las
Indias, que no me dejará decir una cosa por otra.

— Cierto es, — dijo' Nuestra Señora, — que en
pocas partes del mundo se me venera tanto como
en las tierras de que habla Santiago, y, á decir ver­
dad, yo quisiera hacer hasta los imposibles á favor
de aquellos para mí muy amados hijos.
— ¡Vamos, di lo que solicitas, Diego, — exclamó
el Eterno dando una cariñosa palmada en la mejilla
del santo; — basta que mi amantísima Madre sea
intercesora, para que yo te conceda cuanto desees,
con tal que no me pidas gollerías.
— Señor, contestó el Apóstol algo perplejo,— yo

10

CUE NTOS I L U S T R A D O S

no sé cómo decírselo á Vuestra Divina M ajestad...
El caso es que ... Ello es ... V aya, que no me atrevo.
— ¡ Animo! ¡ Habla!
— Como á Vuestra Divina Majestad no se le oculta
nada, bien sabe lo que yo quiero para los espa­
ñoles.
Sonrióse el Todopoderoso, pues El ya sabía de an­
taño lo que pensaba Santiago, porque, ya se ve, ¿qué
se le ha de ocultar á quien no ignora cuanto pasó,
pasa y pasará?; y poniendo ambas manos sobre la
esclavina del bienaventurado, le contestó:
— En verdad te digo, querido Jacobo, que lo que
pretendes es harto difícil; pero, en fin, exprésalo en
breves palabras.
— Pues bien, Señor, lo que yo quiero para los es­
pañoles es lo que se llama sentido com ún...
— ¡ Sentido común ! — replicó el Omnipotente : —
¡sentido común! Pues ¿no sabes tú que lo que los
hombres denominan así, es el menos común de
los sentidos?
— Vuestra Divina Majestad me entiende, y no
digo más.
— ¡H ijo mío! — dijo con voz suplicante la Peina
de los Angeles; — vuelve tus ojos misericordiosos
hacia aquel pueblo desdichado, y concédele lo que
más le convenga.
— ¡ Bueno ! — contestó Nuestro Señor; — voy á ha­
cer por España lo que no he hecho por nadie, aunque
me cueste privarme por algunos días de la compañía
de un hijo predilecto como éste. Vuelve á la Penín­
sula, Santiago, con amplios poderes míos. Te doy
facultades para hacer milagros, sin que puedas, em-

D EL C IE L O Á

ESPAÑA

11

pero, mover y forzar la voluntad de los hombres,
porque ya sabes que quiero que sea libre su albedrío.
Te doy el don de hacerte invisible y de tomar la
forma que quisieres. Yé allí y haz de nuevo gala de
tus dotes oratorias, á ver si tu elocuencia, que hizo
cristianos á los españoles, más ó menos pecadores,
que sobre esto hay mucho que hablar, consigue
ahora darles el mejor discernimiento en las cosas
terrenales.
Dio el Apóstol gracias á Dios Nuestro Señor y á su
Santísima Madre, y fuese en derechura al vestíbulo
del Cielo donde pidió á San Pedro, con grande admi­
ración de éste, que le fran­
quease la salida.
— ¡Qué es esto, colega! —
exclamó el portero mayor del
Paraíso.
— Que me voy otra vez á
predicar.
— Mira , aquí entre após­
toles sea dicho, vas á que te
crucifiquen como hacen aque­
llos bárbaros con todos los
que les dicen verdades.
— Estos tiempos no son los
nuestros, Perico, gracias á
nosotros, que civilizamos al
mundo. Verdad es que por allí hay quien no se acuerda
de esto, y nos pone como chupa de dómine; pero á
lo menos ya no le desuellan á uno vivo sino de
boquilla.
— Ciertamente esto se ha ganado, pero ha sido á

12

CUENTOS ILUSTRADOS

costa de las tiras de piel verdadera que liemos dejado
por allá; y si no, dígalo nuestro compañero Barto­
lomé; pero, ¿qué digo piel?: carne y huesos, que
todavía me parece que me duelen las palmas de las
manos de aquellos clavos con que me crucificaron,
cabeza abajo; y todo ¿porqué?: porque sacaba del
error á los hombres. ¡Si serán estúpidos!
— Tienes razón, mala cosa son los hombres; pero
algo hay que hacer por ellos. Allá me vuelvo. ¡Abre,
Perico, la puerta, y hasta luego !
— ¿Pero vas á pie?
— ¡Hombre, sí! ¡Buena idea! Tomaré la jaca.
¡Cómo estará de brava á puro holgar! Ya se ve,
como ahora no necesitan de mí los españoles para
regir sus ejércitos, teniendo tantos generales...
— Por brava que esté, ¿qué te importa, si no hay
mejor jinete que tú en cielo y tierra, si eres el
Santo caballero por excelencia?
— Claro está; ¡como que soy el patrón de los espa­
ñoles ! . . . pero abre mientras voy por la jaca.
Soltó San Pedro las cadenas de oro del puente
levadizo de la celeste mansión, el cual vínose abajo
con grande estrépito, y al breve espacio cruzó por él
Santiago, caballero en su blanco corcel, echando no
diablos, porque en el Paraíso no los hay, sino rayos
y truenos que estremecieron el aire, azotaron el fir­
mamento y retumbaron por el espacio infinito.

DEL CIELO A ESPAÑA

IB

II
No sé el tiempo que empleó el Apóstol desde la

Gloria á la Península, porque ignoro la distancia
que separa á los españoles de la bienaventuranza,

14

CUENTOS ILU STRADO S

aunque entiendo que debe ser poca, pues aquella
misma tarde apareció Santiago en mitad de un ca­
mino real de España.
El cual debía de atravesar la Mancha, porque ni
un solo árbol se descubría en medio de la soledad
de una vastísima llanura, que más semejaba mar
desecado que otra cosa alguna.
— ¡ Qué gentes estas ! — exclamaba el Santo para
su esclavina. — ¡Están dejadas de la mano de Dios!
¿Qué mal les lian hecho los árboles? ¡No parece sino
que, hartos de destruirse unos á otros, han declarado
cruda guerra á la naturaleza !
Y pensando en esto, iba camino adelante al paso
de su caballo, cuando de
pronto vio venir hacia él
á dos hombres cubiertos
con amplios sombreros,
como los del Padre Eter­
no, muy ceñidas las ves­
tiduras con unas correas
sobre el pecho, las manos
dentro de fundas blan­
cas, y llevando cada uno
al hombro gruesos basto­
nes rematados en punta
de hierro, que el Santo
creyó bordones de pere­
grino de nueva usanza.
— ¡Yaya, serán colegas míos, — dijo para s í, -—que irán de romería á algún santuario! Ya tengo
compañía.
Los cuales supuestos peregrinos íbanse acercando

DEL

C IE L O

A

ESTAÑA

15

fijos los ojos en el jinete, y apenas llegaron junto á
él, diéronle la voz de alto.

Detuvo el Apóstol las riendas á su caballo, y pre­
guntó á la pareja qué quería.
—- La cédula de vecindad, — dijo uno.
— ¡La cédula! ¿Qué es eso?

16

CUENTOS IUUSTRADOS

— Por lo visto, es usted nuevo aquí.. .
— Sí, señor, soy forastero.
— Pues bien, aquí nadie viaja sin ese documento.
— No le tengo.
— Entonces dese usted preso.
— De modo que en España ¿se necesita patente de
hombre de bien para andar suelto?
— Y para todo.
— En este caso, no habrá malhechor que carezca
de semejante requisito.
— En efecto, señor peregrino, todavía no hemos
topado con ningún criminal que no esté provisto por
lo menos de una cédula.
— ¿Para qué sirve, pues?
— Yo le diré á usted; es un recurso de la Hacienda
como otro cualquiera.
— ¡ A h , y a ! Es un tributo sobre la libertad per­
sonal.
— Sea lo que fuere, nuestra obligación es detener
á los indocumentados.
— Pero, hombre de Dios, si yo soy un caminante
pacífico y nunca he hecho mal al prójimo.
— No lo dudamos, mas tenemos que cumplir con
la consigna. Quien manda, manda. Tenga usted,
pues, la bondad de venirse con nosotros.
— Por lo menos, — dijo el Santo para su sayal, —
aquí se prende con cortesía.
Y como era muy celoso de la disciplina militar,
aunque patrón de España, añadió, dirigiéndose á la
pareja, acortando razones:
— Vamos á donde ustedes quieran.
— Al pueblo que deja usted á retaguardia.

DEL CIELO Á ESPAÑA

17

— ¡ A ndando!
Y así diciendo volvió grupas, y seguido de los
guardias civiles, que tales eran los aprehensores,
encaminóse á un lugar que allí cerca estaba y en el
cual no había parado mientes.
A tiempo que anochecía entraron los tres en el
pueblo, donde reinaba el mayor
sosiego á pesar de ser víspera de
elecciones municipales. El alcalde,
que iba de zeca en meca muñendo
á los electores á casa hita, en la
calle y en la taberna, y no podía,
por lo tanto, perder el tiempo en
bagatelas, e n ’cuanto vió á los re­
cién llegados, y sin preguntar á
los guardias por qué traían á aquel
hombre, dijo con voz de autoridad:
— ¡ A la cárcel con él, y el caballo á mi cuadra!
Y dicho y hecho, y he aquí cómo la prim era noche
de su vuelta á España, Santiago se la pasó enterita
en la cárcel.

III
Aquel siervo de Dios, en lugar de hacer milagros
y de salirse del inmundo aposento donde encerrado
estaba, porque con decir que era cárcel de pueblo,

18

CUENTOS ILUSTRADOS

y de pueblo de la M ancha, está dicho todo, púsose á
rezar y á rezar hasta que
le sorprendió la vaga cla­
ridad del alba entrando por
una rendija ó gatera, que
en esto no estoy muy se­
guro, pero sí de que no te ­
nía más ventilación el cala­
bozo.
En esto oyóse ruido de
llaves en la prem iosa cerra­
dura; rechinaron los goznes,
y abriéndose pausadam ente
la puerta, apareció bajo el
dintel la majestuosa figura
del alguacil, barbero, san­
gra­
dor y peatón en una pieza.
— ¡Sal!— dijo con ademán
im perativo y voz bronca,
porque acababa de m atar el
gusanillo : y luego añadió que
le siguiese.
Hízolo así Santiago, y su­
biendo una estrecha escalera,
fue introducido en el salón
del concejo, que iba á servir
además de colegio electoral,
á juzgar por una grande urna
que puesta sobre la mesa es­
taba. Una silla, tres bancos
y el retrato del Rey, pegado con obleas ó pan mas-

DEL

C IE L O Á

ESPAÑA

19

cado en la pared, completaban el ajuar de aquel au­
gusto recinto, al cual pres­
taba mayor solemnidad en
aquel momento la presencia
del Alcalde, muellemente
sentado en la silla, extendi­
das las piernas, sueltos los
brazos, caída la cabeza, ter­
ciado el calañés y chupando
un cigarrillo mugriento, apa­
gado y casi deshecho.
— ¡ Hola, perillán ! — ex­
clamó la autoridad popular
á guisa de saludo. — ¿Quién
te manda ir de romería á ca­
ballo? ¿Dónde lo has robado,
cuatrero?
— Yo soy un hombre de bien. El caballo es mío,—
contestó el Santo.
— ¡A mí con esas ! Ea, á ver la cédula.
— No la tengo.
— ¿De dónde eres?
— Nací en Bethsaida.
— ¡ Saida ! Alguacil, ¿dónde está este pueblo?
— Lo que es en la Mancha no está, — contestó el
interpelado, que, como cartero, tenía sus ínfulas de
perito geógrafo. — Este nombre me huele así á cosa
de Africa.
— ¡A frica , eh! ¡Bueno ! ¿Tu nombre, peregrino?
— Santiago.
— ¿Apellido paterno y materno?
— Mi padre se llamaba Zebedeo y mi madre Sa-

20

CUENTOS ILUSTRADOS

lomé, — dijo el Apóstol que no sabía decir una cosa
por otra.
— Bien, pues decreto al canto: Habiendo sido preso
por indocumentado Santiago Zebedeo y Salomé, de

profesión romero, con un caballo que no debe ser
suyo, ordeno y mando: prim ero, que el caballo quede
en mi cuadra á las resultas; y segundo, que el suso­
dicho Santiago sea conducido por tránsitos de justicia

DEL CIELO Á ESPAÑA

21

á disposición del señor Gobernador civil de la pro­
vincia de Santander.
— ¡De Santander! —-exclamó el alguacil;— pues
si Santander está al Norte, y el Africa,
de donde parece este buen hombre, cae
hacia el Mediodía.
— Precisamente,— contestó el pre­
sidente de la corporación municipal
dando un puñetazo en la m esa;— pre­
cisamente por eso. Así se trata á los
vagos. O soy ó no soy alcalde... ¡ No
faltaba más ! Llévate á ese hombre y en­
trégalo á la pareja.
Salieron ambos,
y ya en la calle,
el alguacil, hablan­
do muy quedito al
oído del Santo, le
dijo:
— Mira, nación
(en aquel pueblo
designan con esta
palabra á los ex­
tranjeros), todo se
puede arreglar con
una friolera. Con
que me des para
echar unas copas...
En fin, hay que
untar el carro ...
Ya sabes aquel refrán: «P or bueno ó por malo, el
escribano de tu mano».

22

CUENTOS ILUSTRADOS

—’ Sí, y también, conozco aquel otro que dice: «Ni
hagas cobecho ni pierdas derecho».
— Pues con tu pan te lo comas,— replicó el agente
de la autoridad dando un empellón al Santo y en­
cerrándole en la cárcel. — Aquí te estarás hasta que
pase la pareja.

IV

Entonces el siervo de Dios creyó llegado el mo­
mento de hacer un milagro, pues le apretaba el deseo
de dar comienzo á su terrenal apostolado y devolver
bien por mal al lugar á que le trajeron, no sus pe­
cados, como decirse suele, pues siendo santo ¿qué
pecados había de tener? sino los altos é inescrutables
designios de la Providencia; y así, por un simple acto
de su voluntad tornóse de pronto invisible, y saliendo
del calabozo por el resquicio de la puerta, se fue á
la calle, recorrió el pueblo, y penetrando en todas
partes sin ser de nadie visto ni oído, escudriñó á su
sabor cuanto allí pasaba.
Hacíase cruces á cada paso al descubrir las mise­
rias humanas; pero lo que mayormente llamó su aten­
ción fue el aflictivo y ruinoso estado de la Hacienda
municipal, bajo el poder de aquel cacique de cam-

DEL CIELO Á ESPAÑA

23

panario, que aspiraba á la reelección
del cargo concejil. ¡ Qué de cabildeos,
qué de am años, qué de prom esas, á
costa, por su­
puesto, de los
bienes comu­
nes, para con­
ju rar las rui­
nes rivalida­
des de un o s
cuantos elec­
tores, en me­
dio de la estúpida indiferencia
de los dem ás!
Tocaron en esto á m isa, y
por ser dom ingo, los lugare­
ños juntáronse en la plaza de
la iglesia, esperando la últim a
campanada, como si quisie­
ran tasar el tiempo destinado
á las cosas santas, nada pia­
dosa costumbre, que disgustó
al Apóstol que en volandas
había acudido al templo á oir
los divinos oficios.
Apenas term inados éstos, los
hombres volvieron en tropel á la plaza, m ientras las
mujeres salían poco á poco de la casa del Señor con
la m antilla muy ceñida, los ojos bajos y el rosario
en la mano.
Quedóse Santiago algún tiempo en la iglesia, re­
zando muchos Padre-nuestros á sus predilectos com-

24

CUENTOS ILUSTRADOS

pañeros de G loria, y al retirarse, en el acto de abrir
la cancela, le asaltó una idea que llevó en seguida
á efecto, y fue nada menos que to ­
m ar la misma figura del boticario del
pueblo, ausente á la sazón, con una
semejanza tal, que era el más perfecto
trasunto que im aginarse puede; y de
esta suerte se presentó en la plaza.
Todos los que se hallaban allí ca­
yeron en el engaño, y fueron á él
y le saludaron con mucha cortesía y
afectado cariño, porque el farm a­
céutico , aunque tenía fama de soca­
rrón, entrom etido y mordaz, era, si
no bien quisto, considerado con el respeto que se
merece una mala lengua.
Como en semejantes casos suele acontecer, comen­
zóse á hablar de la salud y del tiempo, de lo cual tom a­
ron pie los labradores, que lo eran casi todos, para
echar su cuarto á espadas sobre
la cosecha, siempre mala, si no de­
testable, en boca de campesinos.
— ¡ De esto tenéis la culpa vos­
otros ! — exclamó Santiago.
— ¿Nosotros?
— Sí, vosotros.
— ¿Por qué? — preguntó uno.
— Vamos á ver, ¿qué es lo que
hace buenas las cosechas después
del trabajo del hombre?
— ¡Toma!—contestó otro á quien llamaban por apodo
el tío Solón ó Salomón, — la buena tierra y el agua.

DEL CIELO Á ESPAÑA

25

— Siendo así, ¿por qué os empeñáis en hacer mala
la tierra y en alejar de ella la humedad?
— ¡ Nosotros! — exclamaron todos con irónica son­
risa, mirándose unos á otros,
como quien dice : este hombre
no está en su juicio.
— ¡Sí, vosotros, con la in­
sensata guerra que hacéis al
arbolado! Fomentadlo, y la
tierra será cada vez mejor, y
la lluvia visitará con más fre­
cuencia los campos, derra­
mando sobre ellos sus inapre­
ciables dones.
— ¡Ah, señor farmacéutico!
— exclamó el tío Solón— ¡ qué
engañado está usted! Esto
lo rezan los libros, pero 'nos­
otros entendemos más de la­
branza que esos señoritos de
las ciudades que inventan es­
tas cosas, y que no son más
que unos saca-dineros. ¡A r­
boles, e h !
— ¿Qué mal os han hecho?

— Mire usted; cuando yo
era mozo, — replicó el tío So­
lón, — había en el prado de
ít
propios hasta seis docenas
de pinos: ¿y sabe usted para qué servían? Para que
los muchachos se comiesen los piñones. Semejante
escándalo llamó la atención del concejo, que se

26

CUENTOS ILUSTRADOS

reunió para tratar sobre la materia. Opinaban unos
que debía nombrarse un guarda y otros que era
mejor cortar los árboles, y después de maduro exa­
men, por mayoría de votos se decidió lo último, y así
se dió fin al escándalo.
No quiso Santiago refutar tales razones, que no
eran para contesta­
das, y encarándose
con otro Licurgo
del lugar que aten­
tamente escucha­
ba sin decir esta
boca es mía, le pre­
guntó:
— ¿Y usted tam­
bién cree inútil el
arbolado?
— ¡Qué inútil,—
contestó el segundo
sabio, — perjudi­
cial, y perjudicial
de todo punto! Yr si
no, vamos á ver:
¿quién se come el
grano antes de la
cosecha? Algunos
pájaros, como los
gorriones, ¿no es
verdad? ¿Quién atrae á los gorriones? El arbolado,
¿no es cierto? Luego destruyendo á éste contribuimos
á extinguir aquella plaga.
— ¡Bien d ic h o !— exclamaron todos dando calu-

DEL

C IE L O

Á ESPAÑA

27

rosas muestras de asentimiento, creyendo confun­
dido al supuesto boticario.
El cual, después de breve pausa, replicó :
— Pues yo os pregunto: ¿qué plaga es mayor, la
de los insectos ó la de los pájaros?
— ¡ Tom a! — contestó otro labriego, — la de los
insectos , porque siendo innumerables y pequeñísi­
mos, no basta la mano del hombre para aniqui­
larlos.
— Entonces,— dijo el Santo,— si no os bastáis
para combatir á estos casi invisibles enemigos, justo
sería que respetaseis y aun dierais recompensa á
vuestros mejores auxiliares, y si no; decidme: por
cada grano de trigo que os quita un gorrión, ¿de
cuántos millares de insectos no habrá limpiado vues­
tros campos?
Esperaba el Apóstol que este sencillo razonamiento
abriría los ojos de aquellos labradores; pero lejos de
ser así, ninguno dió muestras de dejarse convencer
ni aun por el mismo Dios que bajase en persona,
y como Santiago se sabía muy bien de memoria
aquel refrán de que no hay peor sordo que el que no
quiere oir, dió el pleito por perdido; mas quiso pro­
bar si sacaba mejor fruto hablándoles de la cosa
pública, y encaminando la plática en este sentido,
les espetó una de verdades que había que oirle. ¡ Qué
de cosas salieron de aquellos santos labios, como de
quien sabía los más recónditos secretos de todo el
lugar!
— ¡ Muy bien! — exclamó un mozalbete que había
estudiado en Madrid hasta dos años en la Escuela de
Veterinaria, siendo suspenso en el segundo; — ¡muy

28

CUENTOS ILUSTRADOS

bien, señor farmacéutico! Me place ver á usted en­
trar por tan buen camino y salir de la actitud de
expectante benevolencia para con el Ayuntamiento,
en que hasta ahora se había colocado. Cuente usted
conmigo, con mi apoyo incondicional, á fin de coro­
nar el edificio de la regeneración de nuestra querida
patria, digna de mejor suerte y de los más altos des­
tinos. Unámonos todos en apretado haz para sacudir
el yugo de la opresión y de la tiranía; proclamemos
con entusiasmo nuestro ideal político...
— Pero, ¡ hombre de Dios ! — exclamó interrum­
piéndole Santiago. — ¿Qué tienen que ver tus ideales
políticos con la policía urbana, la hacienda municipal
y los chanchullos de los fielatos?
Y hablándole aparte añadió:
— Calla, si no quieres que cuente tus trapisondas de
la época en que eras secretario del anterior alcalde,
por cuya candidatura trabajas ahora.
Corrióse el mozo, y hecho una grana, escurrió el
bulto, dirigiéndose á la Casa de la Villa, donde en
aquel momento se constituía solemnemente la mesa
electoral.
Entretanto, el Apóstol no cesaba de exhortar á
aquellos rústicos, que embebidos
y suspensos le escuchaban, á que •
cumpliesen sincera y honrada­
mente sus deberes de buenos ciu­
dadanos; y cuando creía haberles
persuadido de todo punto, el tío
Solón le interrumpió diciendo :
— Yo no quito ni pongo rey.
— Ni mi padre ni mi abuelo, —

DEL CIELO A ESPAÑA

29

añadió uno, — dieron jam ás su voto, y yo no hago
usos nuevos.
— ¡Al concejo, ni verlo! — exclamó otro.
— ¡ Allá ellos! — dijo un cuarto.
— Mire usted, señor boticario,— prosiguió el tío
Solón, — quien sirve al común, sirve á ningún. Así,
no se canse usted, que ni quere­
mos votar ni ser votados.
— ¿Para qué? — repuso un
quinto; — ¿para que nos roan
los zancajos y no hagamos nada
de provecho? Y si no, pon lo
tuyo en concejo, y unos dirán
que es blanco y otros que es
negro.
Y todos por este estilo fueron contestando á San­
tiago, el cual, sin querer oir más razones, se marchó
del lugar.
Uno de los del corro, empero, tuvo un arranque de
valor cívico, y
exclam ó:
— ¡P u e s yo
voto ! ¡ Algo hay
que hacer por el
pueblo!
Y dirigiéndose
al colegio elec­
toral, se votó á
sí mismo.

80

CUENTOS IL U S T R A D O S

Y

La nueva de la actitud tomada por el supuesto
farmacéutico, y digo actitud, porque empleó esta pa­
labra el veterinario en embrión, cayó como una bomba
en medio del cam­
po alcaldesco, que
liabía sentado sus
reales en el salón
consistorial y ya
se regodeaba con
la confianza de una
victoria decisiva,
á pesar de que el
bando contrario,
de que era firme
apoyo y activo pa­
ladín el molzalbete
de la plaza, había
conseguido interve­
nir la mesa electo­
ral , circunstancia
que no permitía al
presidente de ella
trasegar el censo
completo á las listas de votantes, como en otras no
menos gloriosas batallas por él libradas.

DEL CIELO A ESPAÑA

31

Mas como el común peligro fue siempre medianero
de unión y de concordia entre los desavenidos, apenas
se supo por boca del ex secretario que en aquellos
momentos históricos se
estaba formando el par­
tido de los independien­
tes, que con tal nombre
bautizaron en el acto á
los del corro de la plaza,
el Alcalde, que no se dig­
naba inclinar su erguida
y majestuosa frente, ni
aun en señal de saludo,
ante sus concejiles ad­
versarios, dando rienda
suelta al noble y gene­
roso impulso de su pe­
cho, propuso á la mesa
la formación de una can­
didatura de transacción
y de conciliación, en la
cual estuviesen represen­
tadas las dos colectivi­
dades que, ya á regaña
dientes, ya á palo limpio,
se disputaban el gobier­
no y el pueblo.
A rdua era de suyo la
empresa , porque de los
siete concejales que debían elegirse para la renova­
ción del Ayuntam iento, no ofrecía el alcalde más
que tres puestos á los adversarios. Porfiaban éstos que

32

CUENTOS ILUSTRADOS

querían cinco, y en este regateo les sorprendió el
elector independiente de que he hablado.
A su presencia turbóse el Alcalde, y viendo en su
imaginación llover electores sobre el colegio seguidos
del notario para que diese testim onio del escrutinio,
por si no se jugaba limpio, cedió en el acto á las exi­
gencias del contrario bando y se prestó á todo: que
de leves causas proceden muchas veces las graves
resoluciones y los sucesos trascendentales.
Conciliadas las opuestas parcialidades y convenida
la fórmula, seis hombres de corazón luciéronse fuer­
tes en la estrecha escalera que daba acceso al colegio
electoral, resueltos á defender aquel sagrado recinto
de los ojos profanos, indiscretos ó curiosos que pre­
tendiesen turbar la m ajestad del escrutinio; arrella­
nóse el Alcalde en la silla presidencial, repartió
cigarrillos á los interventores, y dando un palo á la
mesa con el bastón de autoridad, exclamó:
— ¡ Que vengan electores!
E ntretanto los secretarios procedían á la redac­
ción del acta, en la cual aparecían como votantes
cuantos electores arrojaba el censo, incluso los di­
funtos; que aquella gente no reparaba en cosas de
poca monta cuando tenía las manos en la masa.

DEL

C IE L O

Á

33

ESPAÑA

VI

Cantaba el gallo de San Pedro,
claro indicio de que rayaba el día,
cuando Santiago, puesto sobre su
caballo blanco, que había recuperado
sin ser de nadie visto, llegó al glacis
del Alcázar celeste, defendido por
una legión de ángeles que revoloteaban de aquí para
allí gritando: ¡centinela alerta! y el lejano eco re­
petía: ¡centinela alerta !
— ¿Quién vive? — gritó una voz, en cuanto el
Apóstol se acercó al puente levadizo.
— El Paraíso, — contestó aquél.
— ¿Qué gente?
— Santiago el Mayor.
— ¡ Alto ! ¡ Cabo de guardia!
Y salió la ronda menor, compuesta del cabo y de
dos números, que eran gentiles mancebos resplande­
cientes de hermosura con unas alas muy anchas y
extendidas, vestidos de blanco y finísimo ropaje,
y blandiendo en la diestra sendas espadas que, á
pesar de la tenue claridad del naciente día, brillaban
como inextinguibles centellas.
El cabo pidió el santo, seña y contraseña, y rin­
diólas el recién llegado, diciendo: «Santo Espíritu,
Espacio Eterno. »
Previas estas formalidades que prescribe la celes3

34

CUENTOS ILUSTRADOS

tial ordenanza, se fue el cabo á prevenir al oficial de
guardia, y éste á San Pedro, que á fuer de madru­

gador, merced á su gallo, en la muralla del ventu­
roso Alcázar se estaba solazando.

D E L C IE L O

A

ESPAÑA

35

Acudió solícito el príncipe de los Apóstoles á abrir
á su compañero, y exclamó:
— ¿Ya de vuelta, querido Santiago?
— Aquí me tienes, Perico, — contestó éste, apeán­
dose del caballo y es­
trechando entre sus
brazos al portero ma­
yor de la Gloria.
— V am os, cuenta:
¿cómo te ha ido por
allá?
— Llegué, y me pren­
dieron.
— ¿Y tú qué h i­
ciste?
— Salirme de la cár­
cel por milagro. En
España se suele salir
así de semejante sitio.
— ¿Y después?
— Traté de inculcar las nociones más rudimenta­
rias de agricultura á gentes que no viven más que
de ella.
— ¿Y se convencieron?
— Se encogieron de hombros.
— ¿Y te volviste?
— No. Tropecé con un rebaño conducido por lobos
y quise persuadir á las ovejas de que eligiesen otros
pastores.
— ¿Y bien?
— Nada, que prefirieron seguir siendo comidas.
— Ya sabes que nunca he tenido fe en el sentido

86

CUENTOS ILUSTRADOS

práctico de tus clientes; pero jam ás creí que lle­
gase hasta tal punto la insensatez humana.
— Más que insensatez descubrí en el fondo de todo
grande apatía intelectual. Gentes son las que en­
contré, que por ahorrarse el trabajo de pensar, dieran
de buen grado al maestro de escuela que tenían, y
aun todas las universidades de añadidura.
— Conozco el género. Son los hombres más difíciles
de convertir: los holgazanes contumaces del enten­
dimiento.

DEL CIELO Á ESPAÑ A

SEGUNDA

PARTE

I

¡O a n t i a g o , por conducto del
Arcángel San Miguel, jefe del
cuarto militar de Dios Nuestro
Señor, pidió una audiencia á su
Divina Majestad, y al día si­
guiente recibió un B. L. M., en
el cual se le anunciaba que á
las tres de la tarde sería intro­
ducido ante el trono del Altí­
simo.
— ¡Ya de vuelta, Jaime! —
exclamó el Todopoderoso, al ver entrar al Apóstol.
— ¡ Bien venido ! — dijo la Santísima Virgen , muy

88

CUENTOS ILUSTRADOS

contenta del regreso de su predilecto devoto. —
¿Cómo dejas á mis hijos los españoles?
— En cnanto á religiosos, que es lo principal, no
hay nada que decir. Bien puedo asegurar á Vuestra
Divina Majestad y á su excelsa Madre que, á des­
pecho de las maquinaciones del enemigo malo, la ve­
neración, el amor y la popularidad de que somos
objeto en aquella bendita tierra no menguan ni se
debilitan, antes
más bien parece
que se afianzan
y robustecen de
día en día.
— ¿Y en cuan­
to á lo demás? —
preguntó el Om­
nipotente.
— Señor, —

contestó el San­
to, algo turbado,
porque siendo tan amante de España no se atrevía á
decir nada en su menoscabo, — confieso que en mi
patria adoptiva quedan algunas cosillas por arre­
glar, y que los poderes que obtuve de Vuestra Divina
Majestad no dieron el resultado apetecido.
— Si Yo pudiese dudar de algo, — dijo el Eterno,
— nunca hubiera tenido confianza en el éxito de tu
empresa. Ya lo has visto por tus propios ojos. Aque­
lla es gente incorregible en las cosas terrenas, y pol­
lo tanto hablemos de asuntos menos enojosos...
— Señor, implorando la misericordia de Vuestra
Divina Majestad, le ruego encarecidamente que se

DEL

C IE L O A

ESPAÑA

39

sirva oirme, porque no he perdido del todo la espe­
ranza ...
— ¿Qué esperanza, Jaime? ¡Por Mí, ponte en razón!
¿Crees posible que aquellas
gentes se corrijan? Ni por
milagro.
— ¡ A h , Señor! Si yo pu­
diese siquiera hacer uno,
moviendo y forzando la vo­
luntad del Gobierno que
rige á mis clientes, ¡ cuán
felices no serían éstos!
— Ya sabes que no quiero
en manera alguna que se
tuerza el libre albedrío de
los hombres.
— ¡Por una vez!—- excla­
mó la Virgen María.
— Pues bueno; sea. Basta
que me lo pida mi adorada
Madre. Vuelve á España,
Jaime; hazte invisible, es­
tudia á los españoles, infór­
mate de sus deseos, líbrales
de lo que más censuren y
otórgales lo que ambicio­
nen. Al efecto doyte la fa­
cultad de rendir á tu an­
tojo, mas por una sola vez,
la voluntad del poder supremo de la nación, y si te
arrepintieres del resultado de tu propia obra, concédote el don de anularla por completo.

40

C U E N T O S IL U S T R A D O S

— ¡Señor! — exclamó Santiago, con grandes mues­
tras de regocijo; — ¡se lo agradeceré toda mi eter­
nidad! Gracias, gracias, Dios mío.
Y dirigiéndose á Nuestra Señora, añadió:
— ¡Gracias, oh. tú, la más bendita de las mujeres!
— Yó conmigo, y hasta la vuelta.
— Adiós, Santiago, — dijo la Reina de los An­
geles.
Y el Apóstol, haciendo genuflexiones, salió del
salón del Trono, acompañado del Arcángel San Ra­
fael, Grande del Paraíso, de primera clase, ayudante
de campo de su Divina Majestad é introductor de
Santos.

II

A pie salió esta vez de la
celeste mansión el abogado
de España, y emprendiendo
el camino del sistema solar,
echó una ojeada á los dife­
rentes planetas que giran en
torno delastro del día.Pronto
distinguió al nuestro por la luz azulada que despide,
y dirigiendo á él sus pasos, detúvose á cosa de 20,000
kilómetros de buen andar, del término de su cósmico
viaje. A distancia semejante, parecía el globo terres-

DEL

C IE L O

Á ESPAÑA

41

tre tan grande como la bóveda del cielo vista desde
«na eminencia de la Tierra. En aquella sazón, puesto
el Santo de espaldas al sol, vió ante sí el hemisferio
del Nuevo Continente, que destacábase brillante en
medio de las manchas obscuras formadas por los
Océanos Atlántico y Pacífico. América parecía un
inmenso pie, cuya punta amenazaba al Mundo Anti­
guo, el cual asomó des­
pués por la izquierda.
Aparecieron p rim e ro :
hacia el Norte la Rusia
asiática , al Sur la Aus­
tralia y Nueva Guinea
en el Ecuador, luego el
Japón y las islas Fili­
pinas, y sucesivamente
China, Borneo, los Es­
trechos, la Indo-China,
el Indostán, la Arabia
y la costa oriental de
Africa.
De pronto, púsose el
Apóstol de rodillas en
medio de la inmensidad
del espacio, extendió los
brazos y dobló la frente
en señal de profundísima veneración: en aquel mo­
mento presentábase á su vista la Tierra Santa.
Rusia, Turquía, Austria, Alemania, el Africa
Central, Italia, Francia, mostráronse después, y por
fin, la Península Ibérica á manera de una gran piel
de toro. Destacábase en medio de ella un punto ape-

42

CUENTOS ILUSTRADOS

ñas perceptible junto á una línea obscura formada
por los valles de la Cordillera Carpetana: aquel
punto era Madrid.
Entonces Santiago quedó invisible, y siguiendo su
viaje, no paró hasta hacer pie en la Puerta del Sol.

III

A decir verdad, lector benévolo que has llegado
hasta este punto de la narración de mi cuento, de­
sesperó de darle fin, pues si bien me hallaba en la
corte de España cuando estuvo en ella nuestro Santo
Patrón, no parecía sino que mi memoria, de suyo
flaca y endeble, ni aun reminiscencias conservaba
de los sucesos á que dió lugar tan extraordinario
acontecimiento.
En vano con diligente solicitud trató de buscar y
adquirir informes; en vano consultó las colecciones
de los periódicos, que en estos tiempos son la crónica
más ó menos concienzuda y verídica de los sucesos;
en vano apeló al testimonio de mis convecinos: los
primeros guardaban profundo silencio, y los últimos
juzgábanme fuera de juicio cuando les preguntaba: —
¿Presenciaron ustedes lo que pasó en Madrid cuando
vino Santiago?
Resuelto estaba ya á no escribir la segunda parte

DEL

C IE LO

Á ESPAÑA

43

de este cuento, conseja ó pasatiempo infantil, como
quieras llamarlo, porque no hallaba medio de darle
remate, cuando una noche, olvidado ya este asunto,
soñó lo que á continuación vas á leer. Si tienes la
paciencia de llegar hasta el fin, sabrás la causa de
que nadie recuerde el peregrino suceso que voy á
referirte, á pesar de que acaeció en época muy re­
ciente.

Parece ser que Santiago estuvo varios días en
Madrid y en otras poblaciones de la Península, y
conservando el riguroso incógnito de su invisibi­
lidad, dedicóse con especial cuidado á averiguar
los pensamientos y deseos de la mayoría de los es­
pañoles en los asuntos concernientes á la cosa pú­
blica.
«¿De qué se quejan estas gentes? — decía para sí
después de maduro examen. — Del Ministerio, sea el
que fuere, y de cuanto de él depende.
»¿Qué ambicionan? — Vivir á costa del presu-

44

CUENTOS ILUSTRADOS

puesto, gozando del mayor sueldo y del menor tra­
bajo posibles.
»Pues suprimamos lo primero y demos la mayor
extensión imaginable á las clases pasivas. Si faltan

recursos pecuniarios, yo puedo proporcionarlos in­
agotables. »
Hecho este razonamiento, llevó á efecto el milagro
más sorprendente que imaginarse puede.
Facultado por Dios Nuestro Señor para realizar

D E L C IE L O

Á

ESPAÑA

45

uno, forzando y moviendo la voluntad del Gobierno,
una noche en que se celebraba Consejo de Ministros
presidido por el Rey Don Alfonso X II, entróse bonita­
mente en la Cámara real, y disponiendo del albedrío
de cuantos allí estaban, hizo que aquéllos sometieran
al Monarca, y éste aprobase, el siguiente

«R E A L

DECRETO

»De acuerdo con el Consejo de Ministros,
»Vengo en jubilar, con el haber de 30,000 pesetas
anuales, á todos los funcionarios que cobran del Es­
tado y de las Corporaciones populares, y en conceder
la licencia absoluta, el retiro y la situación de re­
serva respectivamente á los soldados, oficiales, jefes
y generales de todas ]as armas é institutos, con el
mismo haber de 30,000 pesetas.
»Vengo en conceder una pensión vitalicia anual
de 30,000 pesetas á todos los españoles de ambos sexos
no comprendidos en el párrafo anterior.
»Dado en Palacio á 29 de febrero de 1881. — A L ­
FONSO.— El Presidente del Consejo de Ministros,
Práxedes Mateo Sagasta. »

46

CUENTOS ILUSTRADOS

IV
Este decreto, firmado por
el Rey á la una de la ma­
drugada del 29 de febrero,
apareció en la Gaceta de
Madrid repartida al amanecer del mismo día.
La nueva de la disposición oficial cundió por la
corte con la rapidez del rayo. Los barrenderos de
la Villa, ebrios de gozo, abandonaron al punto su
m atutina faena para entregarse á copiosas libaciones
á cuenta de la jubilación; las placeras, arrojando las
mercancías al arroyo, desgañitábanse dando desafo­
rados vivas al
Gobierno por
la merced reci­
bida; las cria­
das de servir
tir a b a n los
cestos de la
com pra, y las
más acudían
presurosas á
los alrededo­
res de los cuarteles para cerciorarse de que la gracia
era extensiva al elemento m ilitar; los soldados, licen-

DEL

C IE L O

Á E S rA Ñ A

47

ciados por sus jefes, dejaban los fusiles para frater­
nizar con aquéllas; los cocheros de plaza despedían
á los viajeros, y confiando los vehículos al instinto de
los caballos, se declaraban en huelga; retirábanse los
alguaciles y agentes de orden público, considerán­
dose jubilados; muchos de los habituales concurren­
tes á los garitos no corrían, volaban en busca de
usureros que les prestaran algunas sumas con reten­
ción de la paga; aparecían
en las puertas de las tiendas
rótulos diciendo: Cerrada
por cesación de comercio;
parábanse las fábricas y los
talleres; quedábanse las ca­
sas sin criados ni porteros;
los Ministerios huérfanos
de empleados y hasta de
pretendientes; d eten id os
los trenes en las estaciones
por falta de personal; y solitarias la Universidad y
las escuelas; en fin, nadie quería dedicarse al trabajo,
creyendo su subsistencia asegurada con las 30,000 pe­
setas anuales.
Varios prestamistas, sin embargo, de suyo codi­
ciosos, creyeron que aquella era la ocasión propicia
de estrujar al prójimo, y pusieron grandes carteles,
escritos á mano, porque no había ninguna imprenta
abierta, anunciando que daban dinero sobre pensio­
nes. Al punto sus casas fueron un jubileo, y á medida
que la demanda aumentaba, por la ley natural de las
transacciones, el interés del dinero fué subiendo
hasta llegar á 5,000 por 100.

48

CUENTOS

ILUSTRADOS

Trataron los periódicos de dar un suplemento;
pero ¿cómo, si no se encontraba un cajista por un
ojo de la cara? Por favor especial un diario popular
consiguió reunir tres de aquéllos y dos marcadores,
pero tuvo que pagar á duro la línea y á peseta cada
ejemplar de la tirada.
Seguían entretanto sin lumbre los hogares, y eran
pocos los madrileños que habían conseguido desayu­
narse. En vano acudían muchos á
las fondas, cafés y tabernas; los
dueños se habían visto obligados á
cerrar sus establecimientos hallán­
dose sin camareros y con las pro­
visiones agotadas.
A todo esto dieron las dos de la
tarde, y Madrid tenía hambre,
pero hambre de rico, y para sa­
tisfacerla no quedaba más recurso
que apelar á la violencia. «¡ A sa­
quear las tahonas y las lonjas de
ultramarinos!» gritaban algunos, y
la cuestión de orden público se pre­
sentaba imponente y aterradora.
Mas el pueblo, contenido aún por
la gratitud, siendo tan reciente
el beneficio que debía al Poder,
oponíase á todo procedimiento de
fuerza. ¿Qué hacer? No había au­
toridades; todas estaban jubiladas.
«¡Acudamos al Rey!» dijeron al­
gunos; y la muchedumbre que recorría las calles
encaminóse á la Plaza de Oriente.

D E L C IE L O

A

49

ESPAÑA

El Monarca se asomó al balcón que cae sobre la
puerta del Príncipe, y la mirante turba prorrumpió
en atronadoras aclamaciones.

Una Comisión representando al pueblo allí congre­
gado subió á las reales habitaciones para pedir al
4

50

CUENTOS ILUSTRADOS

Soberano qne nombrase autoridades; pero había sur­
gido un conflicto constitucional irresoluble. En vir­
tud del Código fundam ental, los mandatos del Rey
no pueden llevarse á efecto si no están refrendados
por un M inistro. No existía ninguno desde que el
Gabinete Sagasta había sido jubilado, como los de­
más funcionarios públicos, y por lo tanto no había
medio de que la Corona hiciera uso de su libérrim a
prerrogativa.
Mas como sucede en estos casos de justicias popu­
lares, en el asalto de las tahonas, lonjas y tabernas
fueron más los productos ali­
m enticios y el vino que se per­
dieron lastim osam ente, que los
que llegaron á la boca de la m a­
yoría de los madrileños, la cual
ya entrada la noche, seguía des­
fallecida de ham bre, m ientras
que los más fuertes y atrevidos
desperezábanse de puro hartos.
Y á todo esto, M adrid estaba
sepultado en la obscuridad más
profunda, porque aquella no era
noche de luna 1, y los empleados
del gas se habían declarado en
huelga.
R ecorrían las gentes las calles á tientas, dando y
recibiendo fuertes tropezones, y las más de aquéllas,
1 E l día an terior á las 11 y 18 m inutos de la m añana había sido
luna nueva. Quien dude de la veracidad de este detalle, puede
consultar el calendario de dicho año.

DEL

C IE L O

A

ESPAÑA

51

deseando ver el término de situación tan crítica y
angustiosa, encaminábanse á la Plaza de Oriente
para hacer una manifestación respetuosa contra el
párrafo segundo del art. 49 de la Constitución del
Estado 1, y suplicar al Rey que convocase Cortes, y
en unión y de acuerdo con éstas, decretase y san­
cionase una adición á la Constitución para poder
suspender siquiera por una vez los efectos de dicho
artículo.
Mas ¿cómo se expedía el decreto de convocatoria
sin faltar al precepto constitucional, no existiendo
Ministro que lo refrendase?
La situación no podía, pues, resolverse por los
trámites legales.
Los presidentes de las Cámaras, á la sazón suspen­
didas, fueron llamados á Palacio para que emitiesen
su opinión.
Ambos, empleando una frase de un célebre ex mi­
nistro, se encogían de hombros y se limitaban á decir:
«Las cosas se resuelven por sí mismas.»
Así fué; porque Santiago, autorizado por Dios para
anular su milagro, deseoso de que no se infringiese
una vez más un precepto constitucional, y persuadido
de que la felicidad de los españoles no dependía del
presupuesto, ni aun disponiendo éste de recursos
inagotables, hizo que al dar la primera campanada
de las doce de la noche, todo el mundo olvidase lo
que había sucedido durante el 29 de febrero y que

1 Dice así: «Ningún mandato del Rey pnede llevarse á efecto
si no está refrendado por un Ministro, que por sólo este hecho se
hace responsable.»

52

CUENTOS ILUSTRADOS

volviesen las cosas al mismo ser y estado que tenían
al term inar el día anterior.
En prueba de ello, si tú, lector, que has llegado
hasta el final de este cuento, te tomas la molestia de
ojear la colección de la Gaceta de Madrid, verás que
falta el número de dicho día, del cual no ha quedado
ninguna huella en los anales de la H istoria.

UN DIÁLOGO EN EL ESPACIO

E spíritu ex­
traño á mi fa­
milia planeta­
ria, que, como
yo, vagas por
lainmensidad
buscando el
término del
pavoroso via­
je de las al­
mas, deten un
momento el raudo vuelo y fija tu penetrante vista,
ajena á las imperfecciones de los carnales sentidos,
en aquel astro que frontero á nosotros se presenta,
girando pausado al rededor de uno de los innumera­
bles soles de la Vía Láctea!
— ¡ Sombra á la par que yo desvanecida de la ma­
teria, cuya cósmica unidad descubro claramente!, di,
¿por qué apartas mi atención, absorta ante las gran­
diosas maravillas del Universo, fijándola en cuerpo

54

CUENTOS

ILUSTRADOS

celeste tan raquítico, pobre y diminuto, sol extin­
guido, esqueleto de una estrella, pigmeo que pasea su
mortaja por los insondables abismos del espacio?
— ¡ Ali! Aquel planeta fue mi patria.
— ¿Tu patria? ¿Patria del espíritu un átomo?
— ¡ La patria del cuerpo que animó!
— Di mejor tu destierro.
— Treinta años vi correr en ella, ¡ un instante
apenas!, y siento el dolor de la partida.
— ¡Cuán apacible deslizaráse la vida del polvo
animado en esa esfera, anónima para m í, cuando
de tal suerte lloras su ausencia!
— La dicha, el placer, la bienandanza son allí ri­
sueñas ficciones: nombres, como la obscuridad, que
afirman una negación.
— ¿Que te aqueja, pues?
— El grato recuerdo de un ser amado.
— ¿Luego existe la dicha?
— Existe el más dulce y cruel de los dolores.
— Me asalta el deseo de conocer mundo semejante.
¿Qué hiciste en tu sepulcro carnal? ¿A qué frívolos
pasatiempos se entregaron tus iguales? ¿Cómo vive
la materia en acción?
— ¿Quieres saberlo? Sígueme y tus ojos te darán
testimonio de ello. Trasladémonos sin tiempo alguno
á la estrella Polar, y, merced á la lentitud de la luz,
verás los reflejos de mi mundo, la Tierra, durante
los treinta años que di vida á deleznable arcilla L
1 La luz recorre 300,000 kilómetros por segundo, y si fuese
posible observar la Tierra desde la estrella Polar, dada la dis­
tancia que nos separa de ésta, la luz del sol reflejada por nuestro
planeta sería vista allí treinta años y medio después.

UN

D IA LO G O

EN

EL ESPACIO

55

— Sea.
— Ya estamos. Nos liemos adelantado treinta
años y medio á la marcha de la luz, y desde aquí,
si te place, puedes presenciar el espectáculo de mi
vida corpórea. Cuando te enoje aquél y quieras
acelerarlo, nos bastará movernos en dirección á la
Tierra.
— Detengámonos un momento aquí, desde donde
observo perfectamente el hemisferio boreal. Noto en
el centro una mancha blanquecina.
— Fórmanla los hielos acumulados en el P olo: el
calor desaparece paulatinamente de aquellas regiones
como de las extremidades de un moribundo.
— A esta mancha siguen al rededor otras más obs­
curas, de color azulado, interrumpidas por espacios
brillantes.
Aquéllas son mares, enormes masas líquidas con­
denadas en breve á la rigidez de la muerte, y éstos,
continentes é islas, mansión de la materia, pasaje­
ramente vivificada por los espíritus inmortales.
— Quiero presenciar la aparición de la tuya sobre
el planeta. Detengámonos á 30 años de distancia
de él, tomando por medida la velocidad de la luz.
— Mira: en este momento los que fueron mis ojos
terrenales se abren por vez primera. ¡A h! ¡Si llegase
hasta aquí el sonido, cómo oirías las tristes quejas
del que despierta en una cárcel! ¿No ves á mi
madre? ¿No observas la palidez en sus mejillas, la
fatiga en su agitado pecho, el desfallecimiento en
sus entreabiertos ojos, la expresión de acerbo dolor
en su cuerpo inerte? ¡Cuánto su frió!... ¡Cuán á
punto estuvo de perder la existencia por dármela á mí!

56

CUENTOS ILUSTRADOS

¡No parece sino que una vida ha de surgir á costa
de otra!
— ¡ La humanidad es hija del dolor !

— ¡ Cuán grande, terrible é incesante lucha me
espera ! La lucha de la vida por la vida, á costa de
otras existencias ó de los gérmenes de éstas.

U N D IÁ L O G O

EN

E L E S P A C IO

57

— ¡ El más fuerte está condenado á crueldad per­
petua !
— ¡ Cuántos peligros me rodean por todas partes!
¡El aire, mezcla de fluidos sutiles, lleva en su seno
el principio vital y la muerte; el agua, compuesto
líquido de dos gases tenues, sustenta invisibles y
formidables adversarios; la tierra, conjunto de ele­
mentos limitados y de combinaciones infinitas, da de
s í, en pródiga abundancia, el maternal sustento
de sus fecundas entrañas y la alevosa ponzoña!
— ¡La eterna contradicción de la materia!
— ¿No observas cómo me defiendo en esta guerra
continua, silenciosa é inexorable? Parece que unas
veces desfallezco y caigo; pero recobro fuerzas y me
levanto y crezco, y cada vez con más vigor desafío
los ocultos ministros de la muerte que me aceclian,
acosan y persiguen sin tregua ni descanso.
— Sigamos adelante, y abreviemos el término de
la representación de tu efímera estancia en aquella
partícula de polvo cósmico.
— Ya se ilumina mi inteligencia, y apenas da se­
ñales de s í, pónenla en tortura, y surge un nuevo
combate en el cual batallan la inercia de la materia
ó la frivolidad de la pueril imaginación contra el
estudio arduo y escabroso de la ciencia humana.
— ¡Ciencia humana; rudimentaria sabiduría!
— Despiertan las calladas pasiones , enciéndense
inquietos deseos, vértigo inefable se apodera de todo
mi ser: nace el amor, y comienza una guerra cruenta
y despiadada, que tiene por campeón el fuego y por
botín la indiferencia.
— ¡Mísera humanidad! ¡Tus luchas son el infinito;

58

CUENTOS ILUSTRADOS

tus triunfos el v a cío !... Pero ¿qué nubes blanque­
cinas y rastreras asombran ahora las tierras y aun
los mares?
— Se están riñendo batallas. No le basta al hom­
bre la perenne guerra contra la naturaleza y consigo
mismo á que está condenado: necesita satisfacer su
ciego instinto á costa de sus semejantes, y la lucha
que comenzó siendo individual, ha degenerado en
colectiva. ¿No observas cómo aplican allí al arte de
la destrucción la imperfecta ciencia reservada á los
mortales? El estado más poderoso es el que supera á
los demás en instrumentos de ruina.
— Mas ya se disipan las nubes, y las apretadas
falanges, que se arrojaban con furor unas contra
otras, retroceden y se disuelven.
— Cierto. Hase convenido lo que los hombres lla­
man una paz definitiva y perpetua. ¡Breve armis­
ticio ! ¡ En cuanto la Tierra dé algunas revoluciones
sobre su eje, renacerá el combate, y siempre con más
encarnizamiento y más perfección en la ciencia de la
muerte!
— ¿Los hombres, por lo visto, tienen una idea
errónea del tiempo, cuando soportan penalidades
tantas en pos de ilusorias recompensas?
— Unos cierran los ojos de la razón, de miedo de
ver el corto camino que tienen delante; otros fundan
la inmortalidad en la perpetuación del nombre con
que les han designado en la tierra. Se contentan
con poco: les basta dejar tras sí un sonido articu­
lado.
— ¡Pueril vanidad, cuando la misma Tierra ha de
perecer en breve!

UN DIÁLOGO EN EL ESPACIO

59

— E sta á lo menos es la más disculpable de las
vanidades. ¡Cuán irrisorias las que se fundan en un
supuesto bien presente! ¡Los menguados que atesoran
para gozar de la envidia ajena! ¡Los insensatos que
buscan la propia
satisfacción en la
servil o b e d ie n c ia
de sus sem ejantes!
¡ Cuánta demencia
en unos, y cuántas
humillaciones para
los otros, que lian
de convertirse en es­
clavos de un terce­
ro, sióndoloésteásu
vez de las colectivi­
dades : la mayor de
las servidum bres!
— ¡Mísera huma­
nidad, en tus m a­
nos se empequeñece
hasta la soberbia!...
La vista de tu Tie­
rra se va haciendo
enojosa.
— ¡Adiós, seres amados! ¡Un instante no más y os
juntaréis conm igo!
— Antes de alejarnos de aquí desearía saber quié­
nes son esos hombres que dirigen constantem ente los
ojos hacia nosotros. ¡Qué de peligros arrostran algu­
nos en medio de aquellas regiones salvajes! ¿Buscan
tam bién oro?

60

C U E N TO S IL U S T R A D O S

— No. Aquellos que allí ves son los justos, que no
obran por el estímulo de la terrenal recompensa, ni
aun de la vanagloria. Hacen el bien por el bien, y
remontando su alma á estas tranquilas y serenas
regiones, fundan sólo en ellas el término de sus son­
rientes esperanzas.
— ¡Felices vosotros, obscuros é ignorados héroes
del espíritu, que alcanzáis la mayor de las victorias
reservada á los mortales: señorear la materia y
acercaros á Aquel que resume en sí la más sublime
y abstracta de las perfecciones!
— ¡ Volemos hacia El, que es grande su clemencia!
— ¡Atrás, satélites, planetas, soles, constelaciones,
nebulosas, polvo cósmico, infusorios del vacío! ¡A ti
acudimos, Omnipotente Espíritu que lo llenas todo y
ante quien hasta parece pequeño el infinito !...

D ijeron... y rasgóse el velo del supremo arcano.

LA CA JA DE C E RILLAS

ic o , viejo, achacoso, sin hijos que le h e­
redasen, y sólo con parientes, lejanos y
codiciosos, era Samuel Rodríguez el más
infeliz de los avaros. Ni el afán de aca­
pararlo todo, ni el placer de contar y recontar el
fruto de sus granjerias, ni la necia vanidad de que
podía poseer lo que otros inútilmente ambicionaban,
hacíanle llevaderas las angustias, zozobras y fatigas
que producía en su ánimo, naturalmente pusilánime,
el temor de perder el bien alcanzado con tantas pri­
vaciones.
* "

*

No ha mucho tiempo que Samuel recorría á pie
una comarca, donde acababa de sentar los reales
para esquilmarla y empobrecerla con sus negocios

62

CUENTOS ILUSTRADOS

usurarios, cuando le sorprendió la noche junto á un
río, á la sazón infranqueable sin el auxilio de barca,
porque repentina avenida había destruido el puente
ó inutilizado el vado. Lleno de m ortal congoja,

temiendo á cada paso la sorpresa de imaginarios
bandoleros, pues llevaba en el seno un fajo de bille­
tes de Banco, seguía la m argen del río, hasta que la
suerte le deparó una barca medio varada en la arena.
Su prim er intento fue ponerla á flote; mas faltándole
fuerzas, y coligiendo por varios y manifiestos indi­
cios que aquel debía de ser lugar frecuentado de pes-

LA CAJA DE C ER ILL AS

63

cadores, comenzó á dar
voces en demanda de so­
corro. Acudió solícito á
prestarlo uno de aqué­
llos, dueño de la barca,
á quien Samuel, con lá­
grim as en los ojos, su­
plicó que, por caridad
y amor de Dios, le pa­
sase á la orilla opuesta.
E ra el barquero muy
pobre, y de suyo com­
pasivo para con los me­
nesterosos , y tomando
por tal á Rodríguez, á
juzgar por lo ro to , raído
y m ugriento del traje,
accedió, sin estipendio alguno, á lo que pedía, y co­
menzó á poner en obra su buena intención.
*

%

Venía muy crecido el río, y á
fuerza de remos llegó la barca
á la m itad de aquél; pero de
pronto, cogiéndola á través, la
volcó, dando en el agua con el
avaro y el barquero. No sin gran
trabajo lograron ambos asirse á
la barca, la cual quedó con la
quilla al sol, y poniéndose sobre ella á horcajadas se

64

CUENTOS ILUSTRADOS

vieron á merced de la corriente, cada vez más rá­
pida ó impetuosa.
— ¡ Estamos perdidos — exclamó el barquero; —- la
presa del molino dista poco de aquí, y si Dios no
hace un milagro, nos estrellaremos contra las rocas!
Enmudeció de espanto Rodríguez, y pensando en
el fajo de billetes que llevaba cosido al forro del cha­
leco, dijo para s í:
— ¿Qué va á ser de vosotros, amigos del alma,
con tantos sudores, ansias y angustias alcanzados?
¡Si perezco en este horroroso trance, tal vez halle
mi cuerpo algún malvado y descubriendo el fruto de
mis desvelos, se enriquezca á costa mía, y gaste,
triunfe y despilfarre! ¡ A h ! ¡Si á lo menos me ente­
rrasen con mi tesoro!... ¿Pero qué digo? En este
caso, el Banco resultaría poseedor de lo que es mío,
exclusivamente mío... No, jamás, jamás. ¡Ah! ¡si
este pobre pescador me salvase, yo compartiría con
él mi hacienda!...
— ¡Queda una esperanza de salvación! — repuso
el barquero.
— ¡Una esperanza! — contestó Samuel, dando un
grito de júbilo.
— S í, que la corriente, en lugar de despeñarnos
por el salto de la presa, nos conduzca al canal del
molino.
— Pero, ¡desdichados de nosotros!, siendo así, la
barca se hará pedazos entre las ruedas...
— No, porque el molino es de turbina, y el agua
penetra en ella á través de enrejados.
Respiró Samuel, y continuó razonando así:
— ¿He dicho la mitad de mi hacienda? ¡Qué dispa-

LA

CAJA DE

65

CER ILLAS

rate! Basta la mitad de los billetes de Banco que
traigo aquí... Pero suman una fortuna... cinco mil
pesetas nada menos... Le daré la mitad de la mitad,

ó sea la cuarta parte: mil doscientas cincuenta pe­
setas...
— ¡ Vamos bien! — añadió el pescador.
5

66

C U E N T O S IL U S T R A D O S

— Pero no quedarán para mí más que tres mil
setecientas cincuenta pesetas, — observó el avaro; —
con el pico, con las doscientas cincuenta pesetas,
será feliz ese pobre hombre.
— ¡Pronto embocaremos el canal!— exclamó el
barquero.
— ¡ Qué necio soy ! — prosiguió Samuel. •
— ¿Rega­
lar yo doscientas cincuenta pesetas? ¿Y todo por qué?
Porque ese prójimo lia expuesto su vida por pres­
tarme un servicio__ Como si todos los días no
arrostrara mayores peligros... Si le doy cincuenta
pesetas, queda más que recompensado.
— ¡ Nos hemos salvado ! — gritó el pescador.
— ¡Cincuenta pesetas! ¡Diez duros! ¡Doscientos
reales! ¡ Sería el colmo de la generosidad! — pensó el
avaro. — ¿Y todo por qué? Por el barcaje. El precio
corriente son cinco cénti­
mos: si doy diez, pago el
doble de lo que debo; pero
¿vamos á cuentas? La obli­
gación del barquero era de­
jarme sano y salvo en la
orilla opuesta. Por su tor­
peza he caído al agua. Mis
vestidos se han deteriorado
y he perdido tiempo. No, no, nada le debo... Ni si­
quiera agradecimiento... Más bien él me debe una
indemnización. Yo soy acreedor, él deudor.

La barca choca con la compuerta del canal, á

LA CAJA DE CERILLAS

67

medio cerrar, y caen los náufragos otra vez al agua.
El barquero, buen nadador, conoce el río en aquel
paraje, y puede fácilmente
ponerse en salvo; mas Samuel,
á quien los años debilitaran
V 1; :
las fuerzas, se va al fondo,
agitando los brazos con la
4
desesperación del que lucba
entre la vida y la m uerte. Ya
V'
la cree inevitable, pero tro ­
v*pieza con un peñasco, y po­

! V.
niéndose sobre él de puntillas,
queda con el agua al cuello.
— ¡ Socorro ! — grita con lastim eras voces. — ¡ So­
corro ! ¡Socorro!... ¡Am páram e, Virgen Santa del
M onte, que yo daré cuanto tengo, cuanto poseo, á
la persona que me salve, y alum braré con cien luces
tu venerada im agen!
Y sus gritos desgarradores se pierden y confunden
en medio del incesante y estrepitoso golpear del
agua, que rebosa del dique, y cae, y rueda, y se
despeña formando bullidoras cascadas.
De p ro n to , Rodríguez divisa una sombra confusa
que, flotando sobre la super­
ficie del rio , se acerca len­
tam ente. Quiere abalanzarse
á ella, es su salvación sin
duda, y perdiendo p ie , cae
arrollado al fondo.
El barquero conduce al
molino el cuerpo exánime del
avaro, y lo coloca junto al

68

CUENTOS ILUSTRADOS

hogar, donde chisporrotea el nudoso tronco de una
encina.
A los rojizos y vacilantes resplandores que despide
la hoguera, el pescador, fijos los ojos en los cerrados
párpados del usurero, las ma­
nos cogidas en las suyas, el
oído atento y el ánimo confuso
y suspenso, aguarda con viva
solicitud que aquél dé señales
de vida mientras que el moli­
nero y su familia rodean á am­
bos. De pronto abre Samuel los
ojos, mira al que cree su salva­
dor, aparta la diestra, y lleván­
dosela al seno , tienta el escon­
dido tesoro, lo aprieta convulso
contra su pecho, se convence
de que está allí, intacto y ocul­
to, y lanza un suspiro.
Quiere hablar y no puede, é
iluminándose poco á poco su
memoria como si despertase de profundo sueño, re­
cuerda sus últimos ofrecimientos, y comienza á
razonar así:
— ¿He de dar cuanto tengo, cuanto poseo? ¡ No, no,
en mi vida! Lo he jurado... ¿pero sabía acaso lo que
juraba en aquel trance mortal? Debo, sin embargo,
gratitud á ese hombre. Ciertamente y le recompen­
saré con esplendidez. Le regalaré un billete, sí, un
billete... ¿pero de cuánto?... ¿De mil pesetas?... ¡Locura
sería!... ¡Jamás ha visto ese infeliz tanto dinero!
¡No sabría en qué emplearlo! ¿De quinientas?... ¡Tal

LA

CAJA DE

CERILLAS

69

vez sería su perdición! ¿De doscientas cincuenta?...
Para que lo gaste en la taberna... ¿De cien? Toda­

vía me parece mucho... ¿De cincuenta? No deja de
ser una gruesa suma, diez monedas de cinco pesetas:

70

CUENTOS ILUSTRADOS

cinco mil céntimos de peseta... ¿De veinticinco en­
tonces?... No habrá más remedio. Dije un billete:
cumpliré mi promesa... ¿Por qué no emite el Banco
billetes de una peseta?...
— De buena te lias librado, buen hombre, — dice
el pescador al advertir que Samuel recobra el cono­
cimiento.
— Gracias, — contesta el usurero.
— Hice cuanto pude para salvarte, — prosigue
aquél; — pero no me permitían verte ni oirte la obs­
curidad y el ruido del agua, y á no ser por el perro
que te sacó de ella, no podrías contarlo.
— ¡ Un perro!
— Sí, un perro de Terranova que anda perdido por
esta ribera.
Y Rodríguez respira, se considera libre de toda
deuda para con los hombres, y pensando en el perro,
exclama:
— ¡Generoso animal, corresponderé con largueza
á tu noble acción! Yo te recojo, amparo y protejo.
Durante el día gozarás á tus anchas del bien inapre­
ciable de la libertad, para que tengas ocasión de
buscar el natural sustento, y por las noches guarda­
rás mi huerta.

Poco tiempo después, de vuelta á su casa, repuesto
del pasado accidente, satisfecho de haber salido de
él con el bolsillo intacto, pasaba el avaro las noches

LA CAJA

DE

CERILLAS

71

en vela acometido de terrible pensamiento: había
hecho voto de poner cien luces á la Virgen del Mon­
te, cuya milagrosa efigie se venera en una ermita;
pero el cerero no quería vender
menos de a real las velas más
pequeñas.
— ¡ Cien reales en cera ! — ex­
clamaba Rodríguez.— ¡ Qué des­
pilfarro ! . . . ¡ pero no hay más
remedio! ¿Por qué no ofrecí cien
Salves ó cien Padre-nuestros,
aunque hubiesen sido cien rosa­
rios?. ..
Al levantarse cada mañana,
después de prolongado insomnio,
se proponía comprar las velas;
pero pudiendo más su sórdida
avaricia que la piadosa obligación, en cuanto di­
visaba la casa del cerero, retrocedía espantado á la
suya.
Y pasaban días y días y no descansaba un punto,
poniendo en tortura su entendimiento á fin de encon­
trar una razón que le permitiese eludir su ofrenda;
pero ninguna de las argucias que le sugería el deseo
era bastante poderosa para convencerle, á pesar de
la buena voluntad y egoísta complacencia con que
buscaba el propio engaño.
Al cabo creyó descubrir el medio de aquietar su
conciencia á poca costa, y tuvo un arranque de gene­
rosidad.
Compró una caja de cerillas y las dedicó á la
Virgen.

72

CUENTOS ILUSTRADOS

Diariamente, aprovechando la ausencia de los fie­
les, encendía una ante la sagrada imagen.

Consumida la centésima cerilla, guardó la caja.
¿Había de perder el cartón?

LA. C A J A D E

C E R IL L A S

73

Y aun se acusaba á sí propio de derrochador.
¡ Desperdició los cabos de las cerillas! Con ellos,
apurándolos menos, y unas ruedecitas de cartón,
hubiera podido hacer cien mariposas de lamparilla.

CUATRO SIGLOS DE BUEN GOBIERNO
CUENTO D E L A

EDAD

MODERNA

I

PS&

|g>

, .

.

príncipe D . Juan, único liijo varón de
- jf ‘íM#, k
los Reyes Católicos, bajó al sepulcro
. el 4 de octubre de 1497, y su hermana
mayor, D .a Isabel, reina de Portugal,
fP -'i® '•MM
sucedióle en el derecho de heredar el
Jíg
trono de Castilla, según las leyes de este
K&zm.fk* reino; lo cual no impidió que Felipe el
Hermoso, casado con D .a Juana, hija se­
gunda de aquellos monarcas, reclamara
para sí y para su esposa el título de Príncipes de
Asturias.
Los soberanos españoles apresuráronse á protestar
contra tan injustificada pretensión, y resueltos á
l

76

CUENTOS ILUSTRADOS

destruirla por completo, llamaron á sus hijos, los de
Portugal, y en 29 de abril de 1498 hicieron recono­
cer y jurar por las Cortes, reunidas en Toledo, á
D .a Isabel, esposa del rey D. Manuel, por sucesora
legítima de la corona de Castilla; mientras D. Fer­
nando convocaba, para el 2 de junio del mismo año,
las Cortes aragonesas, á fin de que éstas, por la parte
referente á aquel reino, tomaran el mismo acuerdo.
Graves dificultades opusieron las de Zaragoza á
los deseos de la familia Peal, que de propósito había
ido á dicha ciudad,
pues la mayor par­
te de los represen­
tantes, invocando
las leyes de Aragón,
ápesar de ejemplos
contrarios, profe­
saban el principio
de que las hembras
eran excluidas en
la sucesión del trono. Después de prolija controversia,
decidióse diferir la resolución hasta que ocurriese el
alumbramiento de la hija mayor de los Reyes, que se
hallaba en cinta; con objeto, en el caso de nacer un
niño, de proclamar áéste por heredero de la corona, en
virtud de la disposición testamentaria de D. Juan II,
según la cual á falta de hijos varones se reconocía el
derecho de sucesión á los descendientes varones de
las hijas del monarca.
Conciliados sobre este punto los opuestos pare­
ceres, no suscitó oposición alguna el reconocimiento
del príncipe D. Miguel, á quien dió á luz, á costa de

CUATRO

S IG L O S D E

B U E N G O B IE R N O

77

su vida, la virtuosa princesa D .a Isabel el 23 de agosto
de 1498, en la misma ciudad de Zaragoza. Los cuatro
brazos del reino de Aragón, reunidos el 22 de sep­
tiembre, confirmaron su acuerdo con la jura solemne
del tierno nieto de los Reyes Católicos ó hijo primo­
génito de los de Portugal.

En los primeros días del siguiente año, las Cortes
de Castilla, congregadas en Ocaña, y en 17 de marzo
las de Portugal en Lisboa, declararon á D. Miguel
legítimo heredero de los respectivos reinos.

78

CUENTOS ILUSTRADOS

Don Miguel I 1 fue proclamado rey de Castilla
en 1504, por muerte de D .a Isabel la Católica; de Ara­
gón en 1516, al expirar D. Fernando, y de Portugal,
en 1521, en cuya época ocurrió el fallecimiento de
D. Manuel el Grande.
Frisaba con los veinticuatro años el ilustre nieto
de los Reyes Católicos, cuando juntó las coronas
de Gastilla, Aragón, Portugal
y Navarra, en la Península, y
fuera de ella, las de Ñapóles
y Sicilia; con las colonias de
las Indias Orientales y Occi­
dentales, que á la sazón acre­
centaban con pasmosa rapidez
los navegantes españoles y por­
tugueses.
Era D. Miguel un monarca
de ánimo esforzado, de activi­
dad incansable y de reflexivo
y cultivado entendimiento. De
su abuelo D. Fernando heredó
aquella sagacidad y diploma­
cia que hicieron de él uno de los más hábiles políti­
cos de su tiempo; de su abuela, la Reina Católica,
los generosos impulsos y la tenaz perseverancia que
dieron un mundo á España y completaron la obra de
la Reconquista; de su madre la piadosa D.a Isabel,
los más puros sentimientos religiosos, aunque ajenos
1 El príncipe D. Miguel, á quien hace reinar el autor de esta
pseudohistoria, murió en Granada el día 20 de julio de 1500, á la
temprana edad de dos años, por desgracia de España, que cifra­
ba en aquel niño las más halagüeñas esperanzas.

CUATRO SIGLOS DE BUEN GOBIERNO

79

de superstición y fanatismo, y por fin, de su padre el
rey D. Manuel, aquel incesante deseo y noble ardi­
miento con que protegía y estimulaba las atrevidas
empresas encaminadas á coronar la obra iniciada en
Occidente por el genio portentoso de Cristóbal Colón,
y en Oriente por la constancia indomable de Vasco
de Gama.
Mas sobre tan relevantes cualidades descollaban
en el joven soberano otras superiores á ellas, en una
época en que las tendencias de un orden sentimental
abogaban la voz de la razón y de la conveniencia, y
eran el sentido práctico, el claro y recto juicio y el
espíritu eminentemente utilitario que presidían á
todos los actos de su política.
Abatida la grandeza turbulenta en el anterior
reinado; reducidos á la impotencia aquellos sober­
bios magnates que ultrajaban la majestad del solio;
respetado en todas partes el poder Real; reformadas
las órdenes religiosas, merced al cristiano celo de
Isabel, secundado por la austera energía de Cisneros, que durante la menor edad del Rey intervino en
la gobernación de Castilla; organizada la Santa Her­
mandad, milicia creada para la defensa del orden
social, que convirtióse en vigoroso campeón del
trono contra las demasías de la nobleza, el gran rey
D. Miguel comprendió que el reposo, la prosperidad
y la ventura de su dilatada monarquía estribaban en
el respeto de las venerandas instituciones populares
y en el paulatino desenvolvimiento de éstas, unidas
en estrecho é indisoluble vínculo con la Corona.
Era al propio tiempo forzoso dar cierta unidad á
aquellos Estados peninsulares, que discrepaban entre

80

CUENTOS ILUSTRADOS

sí por sus leyes, usos, costumbres, y hasta por su
lengua, y al efecto, con prudentes medidas, sin las­
timar las preocupaciones locales, fue preparando el
camino del sistema que alcanza tan alto grado de
perfección en nuestros días, gracias al unánime con­
curso del cuerpo electoral, al desinterés de los repre­
sentantes del país, y á la sinceridad y rectitud de
los gobiernos: lógica consecuencia de los progresos
de las costumbres políticas, después de tantos siglos,
sin solución de continuidad, de un régimen encar­
nado en el espíritu de la nación ibérica.
En medio del caos en que estaban sumidas enton­
ces las ciencias económicas, dió D. Miguel un raro
ejemplo de previsión, facilitando el libre tráfico
entre todos los reinos europeos sometidos á su cetro,
haciendo extensivos á los puertos de los mismos el
privilegio, de que disfrutaban Sevilla y Lisboa, de
contratar con las Indias, y por fin, autorizando,
aunque con algunas restricciones, el comercio exte­
rior. Si bien rindiendo tributo á las ideas proteccio­
nistas de la época, ó acaso impulsado por un móvil
de alta política, prohibió en absoluto toda comuni­
cación entre las colonias y los puertos extranjeros,
permitió, en cambio, la extracción del oro y de la
plata de la Metrópoli; metales que, abundando con
exceso desde el descubrimiento del Nuevo Mundo,
encarecían las mercancías y la mano de obra. Los
resultados de esta sabia medida fueron tan inme­
diatos como eficaces: derramándose el numerario so­
brante por Europa, abrió vastísimo mercado á las
transacciones, acrecentóse en extremo con los retor­
nos la riqueza pública, y restablecióse el perdido

CUATRO SIGLOS DE BUEN GOBIERNO

81

equilibrio de la balanza mercantil, librándose la na­
ción de verse pobre en medio de la superabundancia
de aquellos metales preciosos estancados.
La supresión de las trabas impuestas al comercio
colonial, y la concesión á todos los puertos de la Mo­
narquía, de las franquicias que gozaban sólo Sevilla
y Lisboa, contribuyeron en gran parte al afianza­
miento de la unidad nacional; porque eran tan pin­
gües los beneficios que reportaba el tráfico con los
países ultramarinos á la industria y á la agricultura,
que los diferentes reinos quedaron ligados entre sí
en inquebrantable lazo por el derecho recíproco, la
utilitaria conveniencia y la asociación de intereses
materiales: vínculos más estrechos y poderosos que
los creados por las combinaciones políticas, el espí­
ritu regional ó la fuerza de las armas.
Además, con esta reforma aceleróse el desarrollo
y la prosperidad de las colonias, porque la emula­
ción y la competencia, que nacieron al amparo del
libre comercio, confirmaron pronto la bondad de una
ley económica revelada palpablemente por la expe­
riencia.
Tal fue en resumen la política interior del rey don
Miguel.
En cuanto á la exterior, tuvo por constante obje­
tivo los altos intereses del cristianismo y de la civili­
zación, la defensa de la unidad nacional, el bienestar
de sus súbditos y la seguridad del tráfico. Atento
sobre todo á la situación geográfica de la Península,
que constituía el núcleo de sus vastos dominios; con
sobradas tierras, en los extremos Oriente y Occi­
dente, por colonizar: con un enemigo en la costa
6

82

CUENTOS

ILUSTRADOS

opuesta del Mediterráneo á quien someter, compren­
dió que Iberia debía vivir, en lo posible, alejada de
toda ingerencia en el resto de Europa, prescindiendo
de aquellos derechos señoriales que no afectasen de
un modo directo al porvenir de la patria. Así es que
no mostró empeño en conservar el reino de Nápoles,
eterna causa de discordias con Francia, seguro de
que la posesión de aquel territorio pudiérale distraer
de empresas más provechosas. En cambio retuvo y
fortificó á Sicilia, que por su carácter insular era
más fácil poner á cubierto de los ataques enemigos,
y que por su posición estratégica constituía uno de
los fuertes destacados para proseguir la guerra con­
tra el islamismo.
Vencer á éste y conquistar aquellos países, sepa­
rados de España por un brazo de mar, fue el propó­
sito de toda su existencia, y á esta política, con
perseverancia seguida en los siglos posteriores, dé­
bese la formación del grande estado ibero-africano,
que tiene por linderos, al Norte, el Garona; al Sur,
el A tlas, y al Este, el desierto de la Libia.
Para el logro de tan altos fines, y sobre todo para
la defensa de las apartadas colonias, dedicóse, con
particular predilección, al fomento de la armada y á
la creación de ejércitos permanentes, obra patriótica
que con el mismo ardor continuaron sus sucesores, y
así, ni los venecianos y turcos primero, ni los holan­
deses é ingleses después, pudieron hacer frente al
poder marítimo de Iberia, la cual consiguió de esta
suerte, no sólo dar feliz remate á la obra de la con­
quista de Africa, sino también salvar de la rapacidad
extranjera las dilatadas colonias de la América del

CUATRO

SI G L O S D E B U E N G OB I ER N O

83

Sur, y sobre todo, el rico imperio indostánico, donde
los portugueses liabían fundado las primeras facto­
rías.
Sobre tales cimientos asentada la política de la na­
ción; sinceramente unida la dinastía tradicional con
las instituciones populares; hermanado el trono

con las libertades públicas, que el espíritu de los
tiempos ha venido perfeccionando sin revoluciones ni
violencias; inspirados los altos poderes en los gran­
des intereses del país; seguida sin interrupción, en
el espacio de cuatro siglos, la senda trazada por don
Miguel I, ¿debe sorprendernos acaso que Iberia, á

84

CUENTOS ILUSTRADOS

pesar de sus vicisitudes, de sus crisis y de los gran­
des conflictos surgidos en Europa y América , sea to­
davía la primera potencia del mundo?
Aquel gran Monarca, imitando á sus ilustres
abuelos los Reyes Católicos, no tuvo residencia fija
en ninguna de las ciudades de la Península; pero en
el reinado siguiente tratóse de designar la capital
definitiva de la Monarquía. Era este punto motivo
de rivalidades y de discordias entre varias pobla­
ciones de los antiguos reinos, y el Soberano no quiso
tomar resolución alguna sin el concurso de las Cor­
tes. Con este motivo convocó por primera vez, en un
solo Cuerpo, las de los diferentes reinos, dando ade­
más voto á las ciudades y pueblos importantes que
carecían de él. Esta novedad, recibida con universal
beneplácito, fué un gran paso hacia el perfecciona­
miento del sistema parlamentario.
Congregáronse las Cortes en Toledo, y después de
animados debates prevaleció el dictamen de la con­
veniencia pública, sustentado especialmente por los
procuradores de los pueblos que por primera vez
hacían uso del derecho de representación.
Toledo fue declarada capital de Iberia.
Las Cortes, no obstante, al proponer al Rey esta
medida, le suplicaron encarecidamente que visitase
con mucha frecuencia las grandes poblaciones de los
antiguos reinos, para ver de cerca sus necesidades.
Situada Toledo en la margen de un río caudaloso,
en el centro de la Península, con una extensa vega,
numeroso vecindario, florecientes industrias y activo
comercio, abundante de buenos materiales de cons­
trucción, próxima al delicioso sitio de Aranjuez,

CUATRO SIGLOS DE BUEN GOBIERNO

85

llena de monumentos que atestiguaban sus antiguas
glorias, y residencia del primado de España, parecía
el punto destinado á ser el corazón de una gran po­
tencia.
Acordóse que en lo sucesivo se reunirían en To­
ledo los procuradores de todos los reinos, cuando
fuesen convocados por el Monarca para tratar de
asuntos de interés general, sin perjuicio de las jun­
tas parciales de cada uno de ellos en las cuestiones

de carácter regional; y después las Cortes votaron
un impuesto destinado á la construcción en la vega
del soberbio edificio, asombro de propios y extraños,
donde todavía celebran sus sesiones las Cámaras del
reino.
En torno de aquel monumento, símbolo de las li­
bertades patrias, repartida en anchas plazas y espa­
ciosas calles tiradas á cordel, se fue edificando la
ciudad moderna. Allí, en las márgenes del Tajo, se

86

CUENTOS

ILU ST RA DO S

admiran en el día las casas solariegas , propiedad de
las más ilustres familias del país; numerosas y artís­
ticas iglesias del estilo del Renacimiento; el Palacio
Real, situado en la orilla izquierda del río, que deja
atrás al Louvre y á las Tullerías por su extensión y
magnificencia; grandes museos, donde descuellan
las obras del genio ibérico y se estudian los pro­
gresos de sus civilizadoras conquistas; la Universi­
dad y considerables establecimientos de enseñanza,

que ofrecen á la juventud, sin estipendio alguno, el
pan del alma, y al verdadero mérito y al probado
saber, justa y liberal recompensa; vastos cuarteles,
albergue de los que en extranjero suelo esgrimen
las armas, jamás manchadas de española sangre;
suntuosos Tribunales de justicia, amparo solícito y
diligente de la razón atropellada; la casa del Ayun­
tamiento, centro de noble desinterés y cívica perse­
verancia; cómodos y elegantes coliseos, palenques

CUATRO

SI G LO S

DE

BUEN

GOBIERNO

87

sólo del arte nacional; los Ministerios, término glo­
rioso de la reconocida competencia y de la acrisolada
rectitud; la grandiosa Bolsa, mercado universal de
valores y santuario de la probidad y de la buena fe;
el Banco, activo servidor del crédito ajeno y fiel
guardián del propio; parques y paseos, con profusión
de estatuas erigidas á los preclaros hijos de Iberia, y
en magnífica abundancia, elegantes fuentes y mur­
muradoras cascadas; una campiña
poblada de árboles seculares y de
pintorescas quintas, donde el ánimo
fatigado halla el dulce reposo del
hogar en el seno de la Naturaleza;
numerosas fábricas, cuyas humean­
tes chimeneas glorifican la conquista
del hombre sobre la materia, y por
fin, la soberbia ciudad de tres mi­
llones de almas, digna capital del
mayor y más poderoso de los impe­
rios, que eclipsa con su grandeza á
París y á Londres.
A tal prosperidad contribuyó en ex­
tremo la canalización del Tajo desde
Aranjuez hasta su desembocadura,
en cuya obra colosal, sobre todo para
la época en que se llevó á cabo, in­
virtióse una parte de los beneficios
de las minas de las colonias, que co­
rrespondían al Estado. A fines del siglo xvi termina­
ron los trabajos, y desde entonces pueden remontar
el río hasta Toledo buques de 200 toneladas.
La invención de los ferrocarriles, que comenzaron

88

CUENTOS ILUSTRADOS

á construirse en la Península en el segundo tercio de
este siglo, fue también poderoso auxiliar al engran­
decimiento de Toledo, y especialmente de su industria
y comercio. El plan de las vías férreas respondió á
las necesidades generales del país: los trazados aco­
modáronse á ellas y á la economía, sin tenerse para
nada en cuenta las influencias personales ó de locali­
dad , y obtúvose de esta suerte una gran baratura en

las tarifas de transportes. Así es que los carbones de
Puerto Llano y Bélmez se colocan en Toledo á tan
bajo precio, que compiten con los ingleses traídos
por la vía fluvial.
Gracias á esta facilidad de comunicaciones, rena­
cieron y se desarrollaron en el centro de la Península
las industrias que de antiguo existían, las cuales
librándose de inminente ruina, evitaron el empobre-

CUATRO SIGLOS DE BUEN GOBIERNO

89

cimiento de unas provincias que, poseyendo, en ]o
general, un suelo ingrato, necesitan el concurso de
la fábrica para no arrastrar vida trabajosa y mise­
rable.
La elección de capital, aunque parece un simple
incidente históri­
co, ejerció grande
influencia en los
destinos denuestra
patria, pues esta­
bleciéndose aqué­
lla en un centro
donde p u d ieron
desarrollarse en
grande escala el co­
mercióla industria
y la agricultura,
infundió ala gober­
nación del Estado
sentido utilitario
y práctico, dió al
resto del país cons­
tante ejemplo de
amor al trabajo,
abrió ancho campo
á la iniciativa in­
dividual, y alejó á
la ambición, que
veía ante sí más
dilatados horizontes, de las estériles luchas de la po­
lítica y de las esperanzas burocráticas.
En el segundo capítulo daremos á conocer cómo

90

CUENTOS ILUSTRADOS

salió el reino de las grandes crisis que surgieron en
el mundo, y particularmente de la producida por la
emancipación de los Estados sud-americanos, y vere­
mos el prodigioso incremento que tomó la riqueza
pública en toda la Península al amparo de la paz in­
terior y de la sabia política de la dinastía nacional,
fiel intérprete de los altos intereses, de las tradicio­
nales necesidades y de las verdaderas aspiraciones de
la sociedad ibérica.

CUATRO SIGLOS DE BUEN GOBIERNO
CUENTO

DE LA

EDAD

MODERNA

II

sentimiento religioso, que tendía á la unidad,
los odios populares contra los enemigos
de la fe, y acaso la influencia de errores
y preocupaciones económicas, produje­
ron durante el reinado de Isabel y Fer­
nando la proscripción de España de la
raza hebrea. Expulsados fueron también,
en gran parte, los moriscos de Granada,
á pesar de las capitulaciones de la Vega,
violadas primero por aquéllos con sus
turbulencias y rebeldías.
No podían ocultarse al claro talento y al buen ju i­
cio de D. Miguel, aunque heredó de su madre la
l

92

CUENTOS ILUSTRADOS

aversión á los judíos *, los grandes perjuicios que
ocasionaba al comercio y á la riqueza pública el des­
tierro de aquellos industriosos habitantes, y así no
es de extrañar que, obrando como hábil político,
abandonara en este asunto el sistema de la intransi­
gencia y del rigor, ejemplo seguido más tarde por
Francia, Inglaterra é Italia, que, después de arrojar
de su territorio á los hijos de Israel, volvieron á ad­
mitirlos y á tolerarlos.
Harto más peligrosa era la permanencia en la
Península de los moriscos, porque aquella gente
ruda, ignorante y levantisca amenazaba constante­
mente el general sosiego; pero el Gran Monarca, sin
discordias intestinas que aplacar, ni guerras europeas
que entretener, ni disputados derechos señoriales
que amparar; seguro del poderío que le daba la con­
centración de su política eminentemente nacional,
no turbada ni menoscabada por influencias exóticas;
armado de sobrados medios materiales para reducir
á la impotencia todo acto de fuerza, inauguró un
procedimiento que con el transcurso de los años ha­
bía de unir y confundir aquella raza con la ibérica.
A la crueldad opresora opuso la generosa tolerancia,
á la arbitraria persecución, solícita justicia; al for­
zoso bautismo, cristiana persuasión; á los planes de
exterminio, las puras máximas del Evangelio; á la
espada, la cruz.
Preciso fue crear misioneros especiales, instruirlos

1 La princesa D.a Isabel, hija de los Beyes Católicos, antes
de dar su mano al rey D. Manuel de Portugal, impuso á éste la
condición de que desterraría del reino á los judíos.

CUATRO SIGLOS DE BUEN GOBIERNO

93

en la lengua de los moriscos, ilustrar á éstos, cuyo
apego á las groseras supersticiones nacía de su rús­
tica condición; vencer preocupaciones populares, ex­
tirpar abusos y facilitar los matrimonios mixtos.
Gracias al celo perseverante de la Corona, secun­
dado por muchos prelados que, enemigos de la ex­
pulsión, pedían el empleo de medios suaves para
convertir y catequizar á los descendientes de los
moros, se evitó la ruina de la agricultura y el empo­
brecimiento y despoblación de la Península. ¡Nota­
ble triunfo del sentido práctico sobre un fanatismo
acaso disculpable después de la lucha religiosa de
ocho siglos!
Consecuencia de esta lucha fue el establecimiento
del Santo Oficio en tiempo de los Reyes Católicos;
mas D. Miguel, aunque no pudo sustraerse por com­
pleto al espíritu de su época, procuró impedir los
rigores de aquella institución, accediendo alas sú­
plicas de las Cortes, que pedían al Monarca «que
mandara proveer de manera que en el oficio de la
Santa Inquisición se hiciese justicia, guardando los
sacros cánones y el derecho común, y que los obispos
fuesen los jueces, conforme á justicia».
También atajó con prudentes medidas el incre­
mento de la amortización eclesiástica, dando satis­
facción á los procuradores de las ciudades, que se
expresaban en estos términos: « Que ninguno pueda
mandar bienes raíces á ninguna iglesia, monasterio,
hospital ni cofradía, ni ellos los puedan heredar ni
comprar, porque, si se permitiese, en breve tiempo
sería todo suyo.»
La aparición de la Reforma en Alemania y las pa-

94

CUENTOS ILU STRADO S

vorosas guerras religiosas que trajo consigo la plaga
de las herejías , no dejaron de inspirar profunda
inquietud al soberano que regía los destinos de Ibe­
ria; mas pronto la experiencia le demostró que, sin
necesidad de encender las hogueras inquisitoria­
les, no echaría raíces en nuestro suelo el principio
del libre examen, doctrina que no ha encontrado
jamás verdadera resonancia en los pueblos meridio­
nales.
Los príncipes católicos solicitaron la alianza pe­
ninsular para combatir á los rebeldes sectarios, y
aunque encontraron siempre decidido apoyo moral,
no obtuvieron jamás auxilios materiales de la dinas­
tía miguelina, fiel á su política de abstención en las
contiendas europeas. ¿Acaso no ofrecía más prove­
choso campo á su actividad, y más conforme con las
tradiciones nacionales, la guerra incesante contra el
mahometismo? ¿No debía absorber toda su fuerza y
virilidad la conversión y conquista de los vastos
territorios del extremo Oriente, cuya vía marítima
hallaron los portugueses, y del Mundo Occidental,
descubierto por los españoles en medio de las soleda­
des del Océano?
La rivalidad entre Iberia é Inglaterra, siendo am­
bas potencias colonizadoras, no pudo menos de dar
por fruto repetidas y encarnizadas luchas en el mar
y en las colonias; pero, como la primera aventajaba
en fuerzas navales á las demás naciones, merced á la
superioridad de recursos vió siempre coronadas por
el éxito sus campañas, haciendo vanos los esfuerzos
de la soberbia Albión, que codiciaba el rico Imperio
indostánico. El resultado fué que ésta, reconociendo

CUATRO

S IG L O S D E

BUEN

G O B IE R N O

95

al fin su impotencia, limitárase á la colonización de
la América del Norte.
Celosa también Francia de nuestro engrandeci­
miento, invocando sus ilusorios derechos sobre el
Rosellón y sobre Navarra, intentó, en distintas oca­
siones, invadir aquellos territorios, sin que jamás con­
siguiese salvar la frontera; la cual se encontraba
tan bien defendida por un sistema de fortificaciones
constantemente perfeccionado según los adelantos
del arte militar, que hacía invulnerable la sagrada
tierra de la patria.
Estos ataques infructuosos, unidos á los reveses
que, tomando la ofensiva, hicieron sufrir nuestras
armas alas de la nación vecina en las vertientes sep­
tentrionales del Pirineo, acabaron por convencer al
Gobierno de París de cuánto le importaba la amistad
de un Estado tan poderoso, el cual, por otra parte,
ni se inmiscuía en asuntos ajenos, ni atizaba la tea
de la discordia en Europa, ni reivindicaba para sí
derechos en la Península itálica, donde Alemania,
Francia y Yenecia desangrábanse en perpetuas lu­
chas.
Mientras las demás naciones, confundiendo lasti­
mosamente los derechos señoriales de los soberanos
con la conveniencia de los pueblos, disputábanse
la posesión de territorios, muchas veces sin valor
intrínseco ni estratégico; mientras declinaba rápida­
mente á su ocaso la República comercial de Yenecia,
porque los descubrimientos marítimos habían produ­
cido una revolución en el tráfico, el Imperio ibérico
proseguía con ardor la guerra contra la Media Luna,
la colonización de sus vastas y dilatadas provincias

96

CUENTOS ILUSTRADOS

ultramarinas, y, á la sombra de una paz interior
jamás turbada, el fomento de sus intereses mate­
riales.
Si la emigración á las Indias arrebataba brazos á
las artes, el Gobierno, siguiendo la senda trazada
por los Reyes Católicos, estimulaba la naturaliza­
ción de los extranjeros, y si la experiencia ponía de
manifiesto errores económicos y abusos administrati­
vos , con solícito celo acudía al pronto remedio el
poder Real, ajeno á la cortesana molicie, sordo á las
influencias personales, refractario al yugo de los va­
lidos, y atento sólo á las necesidades de los pueblos,
fielmente reflejadas en las representaciones de las
Cortes.
Esta institución debía necesariamente adquirir
notable desarrollo y perfeccionamiento después de
varios siglos de práctica no interrumpida ni fal­
seada, y por lo tanto, no es de extrañar que los prin­
cipios de la Revolución francesa, que perturbaron á
Europa y á América, apenas encontrasen eco en
Iberia, pues aquí se habían implantado, por medio
de una serie de evoluciones lentas y progresivas,
derechos y libertades que en otras partes sólo pudie­
ron ser conquistados por la violencia.
Mas, si en la esfera de las ideas no ejerció aquel
acontecimiento considerable influencia en la P e­
nínsula, túvola, y grande, en la política exterior
de la corte de Toledo. En vano intentó ésta per­
severar en su constante propósito de vivir alejada
de las contiendas europeas. Cuando vió amenazadas
sus colonias por una propaganda cosmopolita que no
había afectado á la Metrópoli, cuando persuadióse

97

CUATRO SIGLOS DE BUEN GOBIERNO

de las arterías de la vecina nación y de los mane­
jos de los Estados de la América del Norte, que aca­
baban de emanciparse de Ing'laterra, para producir
un levantamiento en el Sur contra la madre patria,
entonces y sólo entonces, ecbó su espada en la
balanza de los destinos de Europa, y su entrada
en la Santa Alianza bastó para aniquilar y destruir
aquel genio de la guerra , que asombraba al mundo
con sus proezas.
Gracias á esta intervención material, la Monar­
quía ibérica ensanchó sus fronteras hasta el Garona;
pero, en cam bio, tuvo que resignarse á perder
sus extensas provincias del continente americano,
donde el fuego de la insurrección se había pro­
pagado de una manera formidable durante la guerra
con Francia.
La campaña fue encarnizada, aunque corta, pues
pronto el Gobierno se convenció de la inutilidad de
prolongar una lucha que comprometía sus futuros
intereses en la América latina. Entonces, en vez de
avivar los odios y rencores con insensatas intran­
sigencias entre las colonias emancipadas y la an­
tigua Metrópoli, propúsose con hábil política sua­
vizar asperezas, vencer obstáculos ó infundir á las
nacientes repúblicas sentimientos de paz y de con­
cordia.
Animado de este espíritu de conciliación, apresu­
róse á reconocer la independencia de aquéllas, alen­
tándolas en los primeros pasos de la vida política,
uniéndolas á la Península con tratados de comercio
y de alianza ofensiva y defensiva, juntándolas en
una confederación sud-americana, y sólo reservando
7

98

CUENTOS ILUSTRADOS

para sí algunas islas en el Golfo Mejicano, á fin de
que sirviesen de perpetuo vínculo de una misma raza
entre el Nuevo y Yiejo Mundo.
Esta política, basada en el principio del amparo
común y de la defensa recíproca, dio por resultado
impedir que los Estados Unidos del Norte, cuando
llegaron á verse fuertes y poderosos, lograran dila­
tar sus límites, como codiciaban, á costa de los ricos
territorios de la Alta California y de Tejas; y así la
rapacidad de la raza anglo-sajona estrellóse ante la
unión inquebrantable de la ibérica de ambos hemis­
ferios.
Al amparo maternal de Iberia, las nuevas repú­
blicas americanas crecieron y se desarrollaron sin
discordias intestinas y sin las convulsiones inhe­
rentes á los Estados donde no se han arraigado
las costumbres políticas; y en el espacio de breves
lustros, merced á la riqueza de su suelo, á la inmi­
gración estimulada por la paz, al perfeccionamiento
del sistema económico y á los progresos de la civi­
lización, llegaron al más alto grado de prosperidad
y de grandeza en el orden moral y material. Así
vemos hoy día cruzada la América del Sur por una
vasta red de ferrocarriles; explotados los inagota­
bles tesoros de las ricas, vastas y diferentes regio­
nes que se extienden desde el río Sacramento y las
Antillas hasta el Cabo de Hornos; surcados los mares
por numerosas escuadras mercantiles que enarbolan
la estrellada bandera de la gran Confederación me­
ridional; respetada ésta por todas las naciones, y
viviendo á cubierto de las impertinentes reclamacio­
nes y enojosas oficiosidades de Inglaterra, de Fran-

CUATRO

SI G L O S D E

BUEN GOBIERNO

99

cia ó de los Estados Unidos: establecidas industrias
para el consumo interior, que lian anulado la exporta­
ción de las manufacturas extranjeras; abierta la cor­
dillera de los Andes, siguiendo
el desfiladero de Bariloclie, por
medio de la vía férrea que une
las florecientes repúblicas del
Plata con su hermana la culta
y civilizada Chile; y, finalmente,
roto á la navegación interoceá­
nica el istmo de Panamá, mer­
ced á la iniciativa ibero-ameri­
cana, sin necesidad de ajeno
concurso ni de protección ex­
traña.
¿Deben maravillarnos tales
prodigios, si la madre patria,
acostumbrada al gobierno de sí
misma, legó á la América latina
el sentido práctico, la iniciativa
individual, la libertad del trabajo, la emancipación
del comercio y las costumbres políticas, producto de
una serie no interrumpida de sabias y prudentes
reformas, que habían convertido á la sociedad ibé­
rica en la más perfecta de Europa, por sus adelantos
desde el punto de vista moral y de sus progresos
materiales?
Mas, apartando los ojos de las naciones de allende
el Atlántico, que son ser de nuestro ser y sangre de
nuestra sangre, y rindiéndoles de pasada el tributo
de nuestra eterna simpatía, volvámoslos á este pe­
queño mar Mediterráneo, cuna de la civilización,

ICO

CUENTOS ILUSTRADOS

que, con el transcurso del tiempo y por la fuerza
incontrastable de las cosas, nuestra patria, fiel á
su tradicional política, estaba llamada á redimir
de la barbarie del islamismo.
Mientras adelantaba la conquista y colonización
de la costa septentrional africana, la necesidad de la
defensa exigió la ocupación de varias islas de Le­
vante, que fueron á manera de fuertes destacados
sobre el Imperio Otomano. Como base de operaciones
sirvió en gran parte Sicilia, que ya pertenecía á la
corona aragonesa antes de la unión de los reinos
peninsulares. Las islas Jónicas, de Creta, de Rodas
y otras del Archipiélago, y, por fin, la de Chipre,
constituyeron el premio de las victorias navales de
Iberia, cuyas escuadras acabaron por destruir el
poder marítimo de la Sublime Puerta.
Y cuando Turquía, carcomido tronco de árbol
plantado en tierra estéril, dió manifiestos indicios
de su total ruina; cuando se alzaron los oprimidos
vasallos cristianos al grito de independencia, á
nuestro auxilio debieron la libertad Grecia, Servia,
Bulgaria y aquel noble pueblo rumano, que blasona
con legítimo orgullo de su antigua alcurnia espa­
ñola.
Si estas conquistas al Este del Mediterráneo eran
de escaso valor mercantil, como puntos de escala,
mientras el enemigo impedía el libre tráfico con el
extremo Oriente por el mar R ojo, adquirieron una
importancia de primer orden desde que se abrió esta
vía al comercio, y sobre todo cuando el canal de
Suez puso á la Península á veinte días de navegación
directa de sus posesiones indostánicas.

CUATRO SIGLOS DE BUEN GOBIERNO

101

La constante protección dispensada por los gobier­
nos ibéricos á las empresas de general utilidad y
conveniencia, produjo la canalización del Tajo, de
que hablamos en el capítulo precedente; la del Gua­
dalquivir hasta Córdoba, la del Ebro hasta Zaragoza,
y la de muchos otros ríos, ya para la navegación, ya
para el riego.
Conforme venían reclamando las Cortes desde el
siglo xvi, pidiendo «que se plantasen montes por todo
el reino y se guardaran las ordenanzas de los que
había», se fomentó en grande escala el arbolado;
previsora medida que redundó en provecho de la
agricultura, cada vez más próspera y floreciente,
incluso en las extensas llanuras de la Mancha y de
Castilla la Vieja, donde con el transcurso de los años,
gracias á la influencia de aquél, mejoraron las con­
diciones productivas del suelo. Innumerables carre­
teras y caminos en perfecto estado de conservación
facilitaron el tráfico por todas partes, y cuando se
inventaron los ferrocarriles, Iberia fué una de las
primeras naciones en adoptarlos, construyendo en
el espacio de cinco lustros muchos miles de kilóme­
tros, sin necesidad de ajeno auxilio; tal era la masa
de capitales que encerraba en su seno, y tal el espí­
ritu emprendedor de sus hijos.
Abierto el canal de Suez, las transacciones de la
Península con nuestro imperio del Indostán y el ex­
tremo Oriente convirtieron á Barcelona en el primer
puerto del mundo, por el gran número de buques que
lo visitaban, y en el centro industrial más importante,
llegando su engrandecimiento al punto de compo­
nerse hoy la población de aquella célebre ciudad de

102

C U E N T O S IL U S T R A D O S

dos millones y medio de habitantes. A la vez prospe­
raron Tarragona, Valencia, Alicante, Cartagena y
los demás puertos del litoral mediterráneo, enrique­
cidos principalmente con el comercio de Levante,
mientras que Cádiz, Sevilla, Lisboa, Oporto, Vigo y
toda la costa cantábrica entretenían activísimo trá­
fico con los Estados de la América latina y con nues­
tras colonias del Africa occidental.
En las altas esferas del poder domina un sentido
político superior á todo encarecimiento, y no se
presenta ó propone reforma útil y de prácticos
resultados, que no se lleve á cabo sin especiosos
pretextos, ni negligente abandono, ni parlamenta­
rios entorpecimientos, ni livianos y ridículos te­
mores.
La incompatibilidad de todo cargo público con el
de diputado á Cortes ha venido rigiendo desde
el siglo xvi, conforme con los deseos expresados por
las mismas, á las cuales atendió siempre la Corona
con solícito celo 1. También procuró ésta que las
elecciones se verificasen con la mayor libertad, sin

1 Las peticiones de las Cortes á que alude el autor son hechos
históricos, aunque no los resultados de aquéllas. Los procura­
dores de las Cortes de Castilla se expresaban así en 1573: «Otrosí,
porque de venir por procuradores de Cortes algunos criados
de Y. M. y ministros de justicia y otras personas que llevan sus
gajes, se sigue que les parezca que tienen poca libertad para
proponer y votar lo que conviene al bien del Keino, y aun otro
gran inconveniente, que es que siempre son tenidos entre los
demás procuradores por sospechosos, y causan entre ellos des­
conformidad, á V. M. suplicamos mande que los susodichos no
puedan ser ni sean elegidos para el dicho oficio.»

CUATRO SIGLOS DE BUEN GOBIERNO

103

influir ni directa ni indirectamente en el nombra­
miento de representantes.
Así es que las Cortes vivieron siempre rodeadas del
prestigio que les daba su autoridad é independencia,
porque el pueblo veía en ellas el fiel reflejo de las
aspiraciones de la opinión pública y de las necesida­
des é intereses del país.
Mas si tales progresos políticos y materiales se han
realizado en nuestra patria en el transcurso de cua­
tro siglos, ¡cuán grandes infortunios no lloraríamos
ahora si la muerte, arrebatando en flor á D. Miguel I,
último vástago varón de las dinastías nacionales,
hubiese elevado al trono español á la casa de Aus­
tria, convirtiendo á la nación, señora de tantos pue­
blos, en feudo de una familia ajena á nuestras cos­
tumbres, de distinta raza, enemiga de las libertades
populares, obligada á amparar derechos patrimonia­
les en Europa que ni directa ni indirectamente afec­
taban á la Península, encarnación del despotismo que
inmolaba la razón de Estado á un derecho personal,
blanco de los odios y rencores de príncipes podero­
sos, obligada á defender los disgregados territorios
de su herencia, y en fin, sin abnegación ni alteza de
miras bastantes para deponer el interés privado en
aras del vital principio de la nacionalidad ibérica y
del afianzamiento de su unidad política y geográfica!
Acaso entonces no se hubiera podido completar
definitivamente la fusión de los antiguos reinos, ni
se hubiera constituido esta gran potencia europeoafricana, que la locomotora recorre hoy desde las
verdes campiñas girondinas hasta las abrasadas re­
giones del Sahara, salvando el Estrecho de Gibraltar

104

CUENTOS ILUSTRADOS

merced á nn túnel submarino de veinte kilómetros
de longitud.
¡Obra gigantesca reservada sólo al genio ibérico,
como perpetuo testimonio de su elevada y civilizadora
misión en el continente africano!

LA TAZA DE LECHE

s t u e ia s es una de las comarcas de la Pe­

nínsula ibérica más dignas de ser visi­
tadas.
El viajero que recorra aquella privi­
legiada provincia, adm irará por todas
partes soberbios monumentos y vene­
randas ruinas, brillantes páginas de la
gloriosa historia de la Reconquista;
risueños valles circundados por ele­
vadas y caprichosas m ontañas, en cuyas laderas la
N aturaleza, pródiga y liberal, ha derram ado sus va­
riados y magníficos dones; bullidoras cascadas que
se precipitan de las quiebras de las rocas, formando
cristalinos arroyos y pausados ríos que culebrean por
las verdes hondonadas; blancas y extendidas playas

106

CUENTOS ILUSTRADOS

que en suave declive penetran en el mar, casi siempre
agitado, flanqueadas por una costa, ya acantilada,
ya compuesta de hacinados y cavernosos peñascos,
contra los cuales se estrellan furiosas las olas; y, sal­
picados sobre tan hermoso panoram a, ricos pueblos,
risueñas aldeas, y pintorescos caseríos que habitan
gente de cariñoso trato, alegre carácter y dulce len­
guaje. Y m ientras suspende los sentidos la contem­
plación de tantas bellezas, el aire puro del Océano,
saturado de las emanaciones de una flora exuberante,

renueva suave la escondida llama de la existencia, y
un cielo rara vez despejado, con sus opacas nubes que
se ciernen en el espacio, y sus flotantes nieblas que
cortan el horizonte, convida blandam ente á la con­
centración del espíritu y á ese apacible bienestar, á
esa vaga transición que separa la vigilia del sueño;
reflejo acaso de la eterna dicha que espera el alma,
libre de sus carnales lazos.
¡ Oh ! ¡ cuán triste la ausencia para el que ha nacido

LA

TAZA DE

LECHE

107

en aquella venturosa tierra, y desde extraño suelo
aviva la memoria del bien perdido, recordando el
añoso castaño que sombrea la rústica casita; el hó­
rreo ó la panera sobre toscos pilares de piedra sus­
tentados; la fuente murmuradora que se desliza por
el copioso prado; la enhiesta torre de la antigua igle­
sia, por donde trepa la hiedra, asomando por las
grietas el verde helécho; la lejana y escueta cumbre
del elevado monte; la frondosa colina cuajada de
manzanos; los obscuros robles de aterciopeladas ho­
jas, notables por su altura y corpulencia; el fúnebre
ciprés y el poético sauce, que á veces turban la
monotonía del bosque; los cercados maizales que
generosamente ofrecen el pan del campesino; la casi
siempre solitaria higuera, el humilde avellano y el
altanero y pomposo nogal, cuyos gustosos y abun­
dantes frutos son el regalo del rico y el alimento
del pobre; la conseja, al amor de la lumbre, referida
por un anciano, mientras chisporrotea el nudoso
tronco de una encina; el familiar regocijo con que
sangran allí el tonel repleto de sazonada sidra; las
alegres y animadas ferias y romerías al son de los
tambores, las gaitas y las panderetas; los cadencio­
sos bailes populares y el antiquísimo de la Danza
prima, acompañado de canto melodioso; los sencillos
goces de la infancia placentera, los tiernos afectos
que á su calor nacieron, y en fin á la patria re­
mota, que la imaginación reviste de sus más brillan­
tes colores, y que no se aparta jamás del santuario
del pensamiento!
Tan dulces recuerdos contristaban el corazón de
Casimiro.

108

CUENTOS ILUSTRADOS

Era éste un joven de débil complexión y de enér­
gico espíritu, hijo de honrados y pobres labradores
de la Riera, en el concejo de Cangas de Onís, el cual,
llevado del propósito de aliviar la mísera condición
de sus ancianos padres, se acogió al remedio á que
apelan todos los años millares de españoles deseosos
de mejor fortuna, que es el pasarse á las repú­
blicas de la América latina ó á la isla de Cuba.

A esta última llegó nuestro asturiano cuando con­
taba apenas tres lustros, y á fuerza de trabajos sin
cuento, de indomable perseverancia y de paciente
resignación, al frisar con los veinticinco años vióse
dueño de 15,000 pesos, mezquino caudal á los ojos
del rico y del ambicioso, y considerable para el
pobre que ha pasado una existencia llena de priva­
ciones, y cifra su ventura en vivir modestamente en
el rincón de una provincia.

LA

TAZA

DE LECHE

109

Mas las fatigas con tan firme voluntad arrostradas,
robando al sueño y al esparcimiento del ánimo sus
naturales fueros, y, sobre todo, la idea fija de la pa­
tria lejana, minaron lentamente aquella naturaleza
raquítica y gastada; y á la nostalgia, dolencia á que

tanto propenden los emigrados de nuestras provin­
cias del Norte, siguió la calentura que resiste á todos
los febrífugos, la calentura terrible de la tisis, casi
siempre mensajera de la muerte.
No la creía cercana Casimiro, porque se despertó

110

CUENTOS ILUSTRADOS

en él una confianza absoluta, una fe ciega en el re­
medio ele sus m ales: la patria. Allí estaban la alegría,
la salud, la vida.
Volver á ella, abrazar á sus ancianos padres, cobi­
jarse bajo el humilde techo de la casa solariega; re­
crear la vista en los seres y en los objetos inanim a­
dos, confidentes y testigos de su infancia; sentir el
dulce calor del propio hogar; respirar el perfu­
mado am biente de los aires nativos; ir al cercano
santuario de Covadonga, y allí sentarse á la mesa de
piedra, al pie de la gigantesca Cueva, junto á la
bullente cascada, y beber una taza de leche servida,
como en sus años juveniles, por su adorada m adre:
tal era el ardiente anhelo del pobre enfermo. ¡In­
mensa dicha, felicidad suprema para aquel desterra­
do, consumido por fiebre lenta ó incesante!
En vano el solícito ruego de la am istad y el por­
fiado consejo de la ciencia pretendieron librarle de
los azares de larga navegación, mayormente por
coincidir con la época del equinoccio: Casimiro tomó
la vuelta de E spaña, y al rayar el alba de uno de los
primeros días del mes de octubre avistaba desde el
vapor el promontorio á cuyos pies se asienta Gijón,
el gran centro industrial, m arítim o y m ercantil de
A sturias.
¿Cómo describir la emoción del viajero al saludar
las costas de su patria después de tan larga ausencia?
De pechos sobre la obra m uerta, fija la m irada, lloro­
sos los ojos, anhelante el aliento, suspenso el ánimo,
contemplaba aquella bendita tierra que óptica ilusión
iba acercando poco á poco hacia él, m ientras el bu­
que, á impulsos del comprimido vapor, avanzaba

LA

TAZA

DE

LECHE

111

majestuosamente. No parecía sino que los abruptos y
salientes cabos de Torres y de San Lorenzo, que flan­
quean la ancha y espaciosa concha, en cuyo centro se
alza la península de Santa Catalina, eran dos gigan­

tescos brazos que se extendían en medio de la in­
mensidad del Océano para dar la bienvenida al recién
llegado, y que el Sol, al asomarse por los balcones
orientales, rasgando las blancas brumas que inva-

112

CUENTOS ILUSTRADOS

dían el horizonte, señalaba, allende los montes cu­
biertos de espléndida verdura que á la izquierda
mano se m ostraban, el venturoso y suspirado tér­
mino del viaje.
Mas ¡ cuán lenta es la m archa del tiempo á medida
que nos aproxima al bien que ansiam os! ¡ Qué dis­
tancia no separa al fervoroso deseo de su próxima y
segura satisfacción! Soporta resignado el navegante
largas y mortales horas de m ar, pero no puede resis­
tir sin im paciencia la últim a.
Rechinó por fin el cabrestante del ancla, la cual,
desprendiéndose de proa, sumergióse con grande
estrépito en el mar, estremeciendo la flotante mole
con el rápido rodar de la pesada cadena.
Casimiro lanzó un grito de inefable gozo. Allí, en
el muelle, con los brazos extendidos hacia él, preña­
dos los ojos de lágrim as, temblando de emoción,
enajenados de alegría, le aguardaban sus ancianos
padres. Quiso g ritar pronunciando este dulce nom­
bre, y no pudo; pretendió arrojarse á la escala, y
una fuerza irresistible paralizó sus miembros; in­
tentó respirar, y parecía que hasta el aire le negaba
el vital aliento, y sin ser poderoso á otra cosa, cayó
de golpe desmayado sobre la cubierta del buque.
La noche que sobrevino á aquel d ía , con tanto
afán esperado, sorprendió al mísero enfermo tendido
en el lecho en una modesta casa de la villa. Sus pa­
dres, dominados por medrosa ansiedad, llenos de
tierna solicitud, clavada la vista en aquel cuerpo
exánime, aguardaban anhelantes y suspensos que
volviera á la vida.
De pronto, dando un profundo suspiro, abriendo

LA TAZA D E LECHE

113

los ojos como atónito y embelesado, y cogiendo con
crispada mano la qne su madre le tendía, comenzó á
hablar de esta suerte:

« — ¡M adre!... ¡Me ahogo!... ¡Siento las ansias de
la m uerte... pero todavía puedo sanar!... ¡Partam os,
8

114

CUENTOS ILUSTRADOS

partam os en seguida!... ¡ Td puedes devolverme la
vida !... ¡ Tú puedes renovar la llama de esta exis­
tencia que se ex tin g u e!... ¿Te acuerdas de Covad o n g a?... ¿Recuerdas las placenteras horas que
pasaba en tu regazo á la sombra de aquella cueva
altísim a?... ¿Se lian borrado de tu memoria los besos
que te prodigaba cuando tú , al verme jugar al borde
de la oscura poza, cuna del Deva, me llamabas sobre­
saltada y yo corría á arrojarm e á tus brazos?... ¿Has
olvidado aquel día en que mi padre compró cerca del
santuario la vaca blanca, y tú quisiste que yo fuera
el primero en gustar del sabroso licor de sus henchi­
das ubres?... ¡Ah! ¡ INÍe parece que lo estoy viendo
con los ojos del alm a! Allí, en el fondo del anfiteatro
que forman los montes al cerrar estrecha cañada,
destácase la gigantesca cueva en las entrañas de ele­
vado peñasco que le sirve de cúpula colosal, y suspen­
dida en m itad de aquélla, como el nido de la m ística
paloma, la capilla de la Virgen milagrosa. De la in­
mensa cavidad, en cuyas grietas crecen innumerables
arbustos y hierbas que con su diversa verdura y
varias formas contrastan con los tonos de las rocas
ya peladas y escuetas, ya cubiertas de húmedo m us­
go, salta el agua pura y transparente, que, formando
bullidoras cascadas y escalonados remansos, se preci­
pita al hondo valle, llevando la vida, la fertilidad y
la abundancia á la tierra, y la admiración y el asom­
bro á los sentidos... Yo estaba allí sentado en duro
banco, blando y mullido para el cansado peregrino
que va á apagar la sed en el santo m anantial que
brota copioso; bañaba el Sol los agrestes contornos
del sagrado recinto; el sordo y cavernoso ruido del

LA

TAZA

DE LECHE

115

agua despeñada juntábase con el pausado son de la
campana de la iglesia, y á lo lejos y á intervalos oíase
el lastimero balido de descarriada ovejuela; por la la­
dera del monte frontero trepaba una robusta aldeana
con paso pausado, arqueados los brazos, la cabeza
erguida, y sobre ella, sosteniendo en equilibrio la
cónica ferrada; en un sotillo de la revuelta del río, el
toro y el caballo partían fraternalmente, sin recelo

alguno, la abundante hierba que liberal les ofrecía el
suelo; conducía una rapaza por un verde sendero un
hato de tiernos novillos, que triscaban alegres y ju ­
guetones; un anciano, encorvado bajo el peso de los
años, vestido de groseras pieles, subía, apoyándose en
tosco cayado, el áspero camino del vecino puerto; un
romero, con el bordón en la mano y el sombrero y la
esclavina cuajados de conchas, dirigíase con grave y
mesurado andar á la venerada mansión que la piedad
de los fieles ha consagrado á Nuestra Señora: todo

11G

CUENTOS ILUSTRADOS

era paz, todo ventura, todo apacible bienestar y
dulce recogimiento.
»Convaleciente de grave dolencia; fatigado de la
penosa cuesta que, bordeando el riachuelo, conduce

al santuario; débil y desmayado el cuerpo y atento
el ánimo contemplando el magníñco panoram a que se
ofrecía á mi vista, acometióme profundo y deleitoso
sueño, del que me sacó tu voz, tu dulce voz, madre

LA

TAZA

DE L E C H E

117

querida, y el suave aliento de tus puros labios al de­
positar un ardoroso beso en mi mejilla helada.
» — ¡Pobre hijo m ío!— exclamaste — ¡Estás yerto!
Espera un instante y devolveré el calor á tu cuerpo
frío.— Y solícita y diligente, me trajiste la escudilla
de leche de la vaca blanca. ¡Delicioso instante aquél!
¡ Cómo apuré el tibio y espumoso licor por tus manos
servido ! ¡ Cómo confortó mis fuerzas con su virtud
reparadora y su calor suave! ¡ Cómo sentí restaurar
en mí el vital sostén, pujante y vig oroso!... Mas
también ahora lo recobraré... ¡Partamos, partamos á
Covadonga! Vea yo aquellos santos lugares, aspire
las balsámicas auras de nuestro escondido valle, sacie
mi sed en la rica leche de las vacas que se apacientan
en sus fértiles y accidentadas praderas, y volverán
la dicha y el placer á mi contristado espíritu, y la
salud y la vida á mi cuerpo enfermo y desfallecido!»

Casimiro consiguió ver el estrecho y sonriente
valle que sin cesar se representaba en su memoria, y
la casita humilde donde abrió los ojos á la luz del
día, y el encendido hogar, piadoso asilo en las largas
horas de invierno, y el hórreo pintoresco suspendido
en el aire como arca santa que guarda el fruto de la
madre tierra, y las corrientes y cristalinas aguas del
encauzado Deva, y las agrestes montañas, testigos
mudos y poderosos auxiliares de la primera victoria
de la restauración cristiana y de la independencia de

118

CUENTOS ILUSTRADOS

un pueblo, y la célebre y sagrada Cueva , amparo de
los débiles y oprimidos, refugio de la fe, asombro
de la H istoria y veneración del mundo.
Extenuado por la terrible dolencia, sin vigor en

los flacos miembros, ni brillo en los ojos desencaja­
dos, ni color en las mejillas enjutas y hundidas,
trepó, con la ayuda de los temblorosos brazos de sus
padres, la larga escalera de piedra, que, flanqueando

LA

TAZA

DE LECHE

119

aquella rocosa é imponente cavidad , conduce á la

capilla, suspendida sobre el abismo. Detúvose un

120

CUENTOS ILUSTRADOS

instante en el balcón que precede al pequeño templo,
bajó la vista al fondo, y sintió el horror del vacío
que seduce y atrae y turba los sentidos; admiró las
maravillas debidas al ardiente é incansable celo de
un Prelado *, reparando las injusticias de los tiempos,
la indolencia del poder y el olvido de los españoles;
y puesto de hinojos ante el sagrado altar, elevó tierna
plegaria al cielo, lleno de fervor, de unción y de
místico recogimiento.
En tanto, las cóncavas peñas repercutían el eco
de la campana herida, y el sol coronaba la alta cum­
bre del frontero monte; y el hondo valle inundábase
de luz radiante y de extendidas sombras; y retumba­
ban las cascadas del naciente río; y los operarios de
la basílica que se está alzando en una eminencia cer­
cana, entregábanse al trabajo hormigueando por las
tortuosas veredas; y el viento, ligeramente alterado,
estremecía las ramas y las hojas de una vegetación
espléndida; por todas partes, en el cielo, en el aire,
en la tierra, el movimiento y la vida, menos en el
sin ventura Casimiro.
— ¡Dadme una taza de le c h e !...— exclamó, sin­
tiéndose desvanecer. — ¡Aun es tiem po!... ¡Aun
puedo recobrar la salud!
Y le bajaron á la entrada de la Cueva, y sentado
á la mesa de piedra, cogiendo con ambas manos la
taza que su madre le presentaba, apuróla con avidez

1 El Emmo. Sr. D. Benito Sanz y Forés, obispo que fué
de Oviedo, y actualmente cardenal y arzobispo de Sevilla, á
quien se debe principalmente la restauración del santuario de
Covadonga.

LA TAZA DE LECHE

121

y delicia, y exhaló un profundo suspiro, que fue el
postrero. ¡G rata emoción que aceleró las contadas
horas del apasionado am ante de su patria, quien vi­
vió bien ajeno de que en el placer de recobrarla
hallaría la verdadera!

EL PADRE CARMELO

E n el convento de Carmelitas Descalzos

de M adrid, sobre cuyo solar se levanta
ahora el teatro de Apolo, había á princi­
pios de este siglo un fraile de los de
más campanillas que vieron los pasa­
dos tiem pos.
E ra, según el vulgo, un pozo de ciencia; los padres
graves le llamaban la lum brera de la orden, y los
legos y novicios, en sus arrebatos de fervor do­
méstico y de espíritu de corporación, solían darle
el dictado de asombro de las gentes y pasmo del
mundo.
Y sin embargo, el padre Carmelo, que así se lla­
maba aquel prodigio enclaustrado, ni en la cátedra
del E spíritu Santo, que no ocupó jam ás, ni en la sala
capitular, donde guardaba absoluto silencio, ni aun
en el trato fam iliar, en el cual, con aparente mo-

124

CUENTOS ILUSTRADOS

destia, parecía conformarse siempre con la opinión
ajena, sin revelar la propia, tuvo ocasión de poner de
manifiesto el claro entendim iento, la vasta erudición
y la profunda sabi­
duría que le a tri­
buían sus hermanos
de religión y el con­
cepto público.
El padre Carmelo
debía su fama y la
dispensa que le rele­
vaba de asistir al
coro de m adrugada,
á la fecundidad de
su pluma.
Verdad es que nadie había leído
sus escritos; pero las largas horas
de reclusión en la celda, las res­
mas de papel de barba consumidas
y los estantes llenos de volumino­
sos tomos, cuidadosamente numerados, que aum enta­
ban de día en día, ofrecían vehementes indicios de
la laboriosidad incansable de aquel siervo de Dios,
que, humilde entre los humildes, hizo voto de no go­
zar en vida de las dulzuras de la gloria científica y
literaria.
El célebre ó inédito escritor carm elita, era, pues,
un pozo de ciencia, cerrado á cal y canto; una lum ­
brera que, como las linternas sordas, alum braba sólo
por dentro; la representación viviente de la sabiduría
oculta y subjetiva.
Las gentes creían, sin embargo, en ella de la misma

EL

PADRE

CARM ELO

125

suerte que tienen fe ciega en otras muchas cosas que
están fuera del orden natural ó del verdadero senti­
miento religioso, siempre respetable; es decir, por
un acto de la voluntad ó por costumbre fuertemente
arraigada, de todo punto ajenos á la reflexión ó al ra­
ciocinio.
— ¡ Oh , el padre Carmelo ! — exclamaban los frai­
les del convento de la calle de Alcalá, esquina á la
del Barquillo. — ¡ Oh, el padre Carmelo ! — repetía el
vulgo de Madrid. — Y esta frase ganó las tapias de
la capital de España, y propagándose por la Penín­
sula ó islas adyacentes, acabó por adquirir carta de
naturaleza, no sólo en nuestros dominios ultramari­
nos, sino también en cuantos países del Nuevo Mundo
conservan el mermado tesoro de la lengua castellana.
¡Qué gloria para las letras patrias, y sobre todo
para la excelsa Orden á que pertenecía su autor,
cuando saliesen á luz las magistrales obras del gran
Carmelo, émulo del celebérrimo Tostado! ¿Eclipsaríase la fama de este insigne obispo? ¿Substituiríase
la frase vulgar de «ha escrito más que el Tostado»
por la de «ha escrito más que Carmelo»? ¡Problema
de la acción reformadora del tiempo!
Por fin, después de larga vida consagrada, al pa­
recer, á la meditación, al estudio y sobre todo á es­
cribir, gastando resmas y más resmas de papel de
barba, el padre Carmelo prolongó un día, más que
de ordinario, las horas de siesta, porque no volvió á
despertar.
La noticia de su muerte produjo universal espectación; iban á conocerse las obras del nuevo Bossuet,
del águila de la calle de Alcalá.

126

CUENTOS ILUSTRADOS

Celebráronse con pompa extraordinaria los fune­
rales, y después la comunidad se trasladó procesio­
nalm ente á la celda del difunto, para proceder al
inventario de sus numerosos manuscritos. Rotas las
cerraduras de los estan tes, por no encontrarse la
llave, se sacaron de aquéllos hasta quinientos veinti­
siete tomos, numerados y puestos con el mayor orden,
los cuales fueron conducidos en triunfo á la sala ca­
pitular, donde el padre prior anunció que iba á leer
el prim er volumen.
La ansiedad pintada en todos los sem blantes; fijos
los ojos del venerable cónclave en las rugosas manos
del superior del convento, quien tem blaba de emoción
y al peso de los años; su hábito blanco y castaño obs­
curo, iluminado por un polvoriento rayo de sol que
descendía á través de ojival ventana, y en la pared
frontera un lienzo al óleo representando á San Elias,
que, con su actitud y la inmovilidad de sus pupilas pa­
recía fascinar al monacal concurso: tal era el cuadro.
El prior sacó de la manga un pañuelo de hierbas,
limpióse el copioso sudor de la calva, se puso los
anteojos, tosió, y señalando los tomos colocados sobre
varias mesas, dijo:
— Vamos á recoger la herencia, fruto de la labor
infatigable, de los desvelos y vigilias, del claro en­
tendim iento y de la profunda sabiduría de aquel emi­
nente varón que fué nuestro hermano, y que goza
ahora de la bienaventuranza eterna.
— Amén, — contestó la comunidad.
— Como la lectura ha de durar algunos meses, pro­
cedamos con orden; leeremos un volumen cada día.
He aquí el primero. Sentaos.

EL

PADRE

CARMELO

127

Y todos se sentaron.
Y el padre prior asió un monumental infolio, y do­
blando la primera hoja, leyó:
« Obras completas del padre Carmelo , de la Orden
del C armen . —

T omo primero . — Capítulo primero y

único . —

D e la extraña facilidad con que se engañan
los hombres. »

El resto del volumen y los otros quinientos vein­
tiséis, estaban en blanco.
Y los frailes, no pudiendo tener la risa, salieron á
la desbandada de la sala capitular, exclamando:
— ¡ Qué padre Carmelo!

Tal es el origen, alterada por un metaplasmo (sín­
copa), de la voz C A M E L O .

EL TRIUNFO DE LA IGUALDAD

insensata tiranía de las masas inconscientes,
ciegas y fanáticas, amenazaba á Europa en el
orden económico. Los hijos de la industria
miraban con recelo la perfección de la má­
quina, destinada á substituir ó á simplificar
la fuerza humana. La oposición que en los
talleres de la fabril Cataluña despertaba cada
adelanto en los medios de producción, tras­
cendía á los ricos campos jerezanos, donde profe­
ríanse amenazas de muerte contra el trabajador que
emplease en las faenas agrícolas aquellos instru­
mentos manuales de uso más fácil y expedito.
A la utilidad egoísta , acaso momentánea , intentá­
base sacrificar el porvenir de la industria; al temor
irreflexivo de un exceso de producción, la baratura
del género, y á las asociaciones opresoras, fraguadas
tal vez en el misterio, merced á la intimidación, la
a

9

130

CUENTOS ILUSTRADOS

libertad individual y el espíritu de iniciativa, inago­
tables fuentes de riqueza y de progreso.
La propia voluntad y generosos impulsos del obrero
supeditábanse al capricho de las colectividades velei­
dosas, y ante ellas enmudecía el sentimiento de jus­
ticia, y ante ellas, la razón, el sentido práctico, y

hasta el personal interés, no se atrevían á levantar
voces de protesta; que á tal obcecación conduce el
espíritu de clase en las perturbadas inteligencias.
A los delirios de los fundadores de las escuelas
socialistas de este siglo sucedieron las extravagancias
del vulgo ignorante; á las atrevidas concepciones de
la imaginación creadora, el bajo instinto de la torpe
envidia; á las brillantes teorías del visionario, hijas
quizá de un sentimiento generoso, la pasión desen­
frenada, ávida tan sólo del botín; á la revolución
social, basada en sistemas quiméricos, las concupis-

EL

TRIUNFO

DE

LA IGUALDAD

131

cencías de la plebe, el vértigo de lo desconocido, la
fascinación de la anarquía, la atracción del caos.
Entregado una noche á tales reflexiones, y medi­
tando sobre las consecuencias que podría tener el
reparto de la riqueza pública que acaricia la imagina­
ción del vulgo, lentamente desvaneciéronse las ideas
en mi cerebro, y tomando formas vagas, incoloras y
difusas, no sé si de pronto ó al cabo de un buen espa­
cio -—- porque es imposible medir la misteriosa cadena
que enlaza la vigilia con el sueño — me hallé en ese
mundo lleno de claridades en medio de las tinieblas,
de olvidados recuerdos que despiertan, de obstáculos
que se allanan, de marchitas esperanzas que reverdecen, de acontecimientos que surgen sin lugar ni
tiempo, de conceptos ló­
gicamente enlazados ó
de pronto interrumpi­
dos con extravagantes
ideas; en ese estado, en
fin, en que descansa la
razón y vela la locura.
Imaginó que me ha­
llaba en una tribuna del
Congreso. Las Cortes
españolas acababan de
votar la nivelación so­
cial. No más ricos, ni
pobres, ni propiedad: to­
dos los españoles de ambos hemisferios debíamos ser
iguales ante la fortuna: la demencia del equilibrio de
la suerte era señora del mundo.
Mas ¿cómo hacer el reparto? He aquí el difícil,

1B2

CUENTOS ILUSTRADOS

arduo y pavoroso problema que absorbía por entero
la atención de los legisladores y del pueblo.
Elocuentes discursos resonaban en el augusto re­
cinto; frenéticos aplausos recompensaban los arran­
ques oratorios de la gloriosa tribuna española, sin
rival por la majestad y la grandeza; las pesadas
máquinas tipográficas, á las cuales aligera el tenue
vapor, giraban incesantes despidiendo la palabra
escrita; el pueblo se apoderaba con ansia del delgado
papel mensajero de la buena nueva; la plaza pública
convertíase en palenque de controversia, y con aque­
lla emulaban la cátedra, el palacio, el círculo y la
humilde vivienda del jornalero; cantaba el poeta, en
inspiradas estrofas, el triunfo de la igualdad; el esta­
dista ponía en tortura su inteligencia, buscando una
fórmula de todo punto niveladora; meditaban los
sabios; la osada presunción daba á los vientos de la
publicidad las más peregrinas soluciones; conmo­
víase el país desde sus cimientos; la nación en masa
deliberaba; pero la resolución del problema, el pro­
cedimiento verdaderamente igualador seguía en pie.
Los altos poderes, en los cuales reside la facultad
de hacer las leyes, acordaron que el Estado se incau­
tase de todo, obra hacedera en quien disponía de la
fuerza; pero el Estado, á su vez, debía repartir
la masa común entre los españoles, en proporciones
completamente iguales; empresa ante la cual mos­
trábanse perplejas las Cortes, indeciso el Gobierno,
impaciente la plebe y suspensos los ánimos de todos.
Proponían unos que la riqueza se repartiese á
prorrata; pero ¿cómo se dividía una ciudad, por
ejemplo, aunque no fuese más que entre sus habitan-

E L TRIUNFO

DE

LA

IGUALDAD

133

tes, dadas las diferentes condiciones de los edificios,
ni aun una casa entre sus inquilinos, variando el
valor de cada piso, ni una comarca, en vista de la
discrepancia de los terrenos, ni siquiera una propie­
dad rural, cuando las divisiones no podían ser homo­
géneas?
Pedían otros, entre los cuales predominaba el
elemento ministerial, que el Estado repartiese los
bienes según las obras de cada uno; pero ¿qué orden,
qué equidad ni qué justicia presidirían á la distribu­
ción en un país donde la mayor parte de los destinos
públicos, los ascensos y las mercedes venían siendo,
más que recompensa del mérito, de la virtud ó de los
servicios, producto de la cabala política, del ciego
favor ó del nepotismo erigido en sistema? Semejante
medio pugnaba con el principio nivelador votado por
las Cortes, pues constituiría, al cabo, el más irritante
de los privilegios: el privilegio del valimiento.
¿Y qué diré de los que querían apelar á la insacu­
lación para el reparto, creando la aristocracia del
azar?
Un partido numeroso inclinábase al comunismo
icario de Cabet, confiando al Estado las funciones de
curador de todos los españoles; pero ¿qué fuera
de éstos á merced de la omnipotencia administrativa
con todo el lujo de expedientes inacabables, de reso­
luciones contradictorias y de leyes y reglamentos
arbitrariamente interpretados? ¿Qué de la libertad
individual en perpetua tutela de una burocracia
opresora ó indolente?
Los sansimonianos, que también los había, procla­
maban la excelencia de sus doctrinas; mas ¿qué

134

CUENTOS ILUSTRADOS

igualdad era de esperar en un sistema em inente­
mente jerárquico?
Los fálansterianos pretendían, en vano, levantar
cabeza. El pueblo m ostrábase refractario á la vida
monacal laica.
Triunfante la negación, que constituía la base del
socialismo, ni los legisladores, ni la prensa, ni el
instinto del pueblo presentaban
una afirmación práctica que ob­
tuviese la aquiescencia del mayor
número.
Agolpábase la m ultitud en la
plaza de las Cortes, y pedía á
voces que éstas diesen inm edia­
ta solución al asunto entonces
objeto de caluroso debate, y la
fórmula igualadora, con tanto
afán buscada, no adelantaba un
paso.
,,j
Crecía la inquie­
ta m u c h e d u m b re
allí reunida; cual
río desbordado, las
oleadas de gente
invadían el peris­
tilo; desgajábanse
los árboles al peso
de la curiosa juven­
tud; el popular tu ­
multo ensordecía el
a ire , y todo era
confusión, bullicio, despecho y desenfreno en la

\

!L

u

t EL TRIUNFO D E L A IG U A L D A D

¡

135

plaza, y sobresalto, duda, miedo
ó incertidumbre, dentro del
augusto recinto de la Cámara.
De pronto rechinaron los goz­
nes de la puerta principal, que
permanece generalmente cerra­
da, abriéronse de par en par las
macizas hojas, y apareció bajo
el dintel un anciano decrépito,
de grave aspecto y reposado
continente.
Era un diputado, objeto de
universal consideración, aun­
que no siempre oído por el Con­
greso.
A su presencia apaciguáronse
algún tanto los ánimos; retro­
cedieron las invasoras turbas,
dejando libres las gradas del
Palacio; poco á poco se fue apa­
gando el clamoreo, y por fin,
al levantar el viejo la mano en
actitud de que iba á hablar, liízose la calma en medio de la
apiñada muchedumbre.
Reinaba profundo ¡silencio, interrumpido tan sólo
por el aire al azotar la gloriosa bandera enhiesta en
lo más alto del monumental edificio, cuando el vene­
rable anciano, adelantándose hasta el borde de la
meseta, soltó la voz á semejantes razones:
«Ciudadanos: Las Cortes, doblegándose á vuestra
voluntad, votaron la nivelación de los bienes de for-

136

CUENTOS ILU STRADOS

tu n a; pero las C ortes, en su elevada sab id u ría, no
e n c u en tra n ¿á qué negarlo? el medio p ráctico , orde­
nado y pacífico de d ar cum plim iento á su acuerdo.
»L a p ro p ie d a d , como la n a tu ra le z a , es varia y
m últiple en sus diferentes m anifestaciones, y d istri­
bu irla por ig u al e n tre todos los
españoles, pretensión que no cabe
más que en la desordenada fa n ta ­
sía de los dem entes, en la cán­
dida ig n o ran cia de los ilusos, ó
en la to rcid a inten ció n de los
m alvados.
»Mas aunque fuese obra fácil y
h acedera esa distrib u ció n de b ie­
nes, ¿olvidáis acaso que, apenas
conseguida, p roduciría forzosam ente una reacción,
dando al tra s te con la igualdad, el tra b a jo sobrepo­
niéndose á la pereza, la in te lig e n c ia á la ignorancia,
la econom ía al despilfarro, y el e sp íritu esforzado ó
iniciador al in stin to pusilánim e y ru tin a rio ?
»No os queda, pues, más recurso que apelar al
E stad o , p a ra que éste d istrib u y a eq u itativ am en te el
producto del c a p ita l y del tra b a jo e n tre todos los
españoles.
» Pues b ie n : quiero a d m itir en ellos una perfección
ajena á la n a tu ra le z a hum ana. Supongam os que se­
g u irá n tra b a ja n d o en provecho de la com unidad con
el mismo ardor y constancia con que se sacrifican
por el propio in terés, por el de sus fam ilias y por el
p o rv en ir de sus h ijo s; supongam os una organización
ad m in istra tiv a superior á todo encarecim iento en el
E stado, y supongam os, en fin, que éste recaude in te-

EL

T R IU N F O

DE

LA

137

IG U A L D A D

gramente cuantos beneficios obtengan los españoles
de ambos hemisferios en concepto de rentas, sueldos,
jornales, honorarios, etc., y que después distribuya
el total por partes iguales: ¿sabéis cuánto corres­
ponde á cada individuo?
»Voy á demostrároslo con la elocuente lógica de
las cifras.
»No hay en España datos oficiales bastantes para
poder apreciar con exactitud los beneficios del capi­
tal y del trabajo; pero tomando por punto de partida
el presupuesto, no será aventurado suponer que as­
cienden aquéllos á una cantidad diez veces mayor
que la recaudación obtenida por el Estado.
»Los presupuestos de la Península y Ultramar se
elevan á las siguientes cifras :
Pesetas

P en ín su la ................................................
C u ba..........................................................
F ilip in a s ..................................................
P u e r t o -R ic o ............................................
F ernando P o ..........................................

802.376,886
179.301,248
81.079,367
19.323,072
373,420

T o t a l ...........................

1,082.453,993

» Si ésta es la décima parte de las utilidades de
todos los españoles, resulta que aquéllas ascienden á
la cifra anual de 10,82-4.539,930 pesetas.
» Y tened en cuenta que si de algo peco en este
cálculo, es de exageración; pues en Francia, con un
presupuesto de 3,561.978,092 francos, los beneficios
por todos conceptos obtenidos por los habitantes de

138

C U E N T O S IL U S T R A D O S

aquella República se evalúan sólo en unos 20,000
millones.
»Admitamos, sin embargo, la cifra de 10,824.539,930
pesetas. Esto es en último caso (y suponiendo que
todos sigan trabajando como basta abora)lo que puede
repartirse anualmente entre los españoles.»
La muchedumbre, que durante el discurso del ora­
dor había dado varias veces muestras de impacien­
cia, al oir la enorme cifra de diez mil ochocientos y
pico de millones anuales á repartir, prorrumpió en
frenéticos aplausos.
«¡ Ya tenemos la solución ! — decían las gentes; —
¡ya está resuelto el problema! ¡Que se incaute el
Estado de cuanto perciban los españoles por el capi­
tal y por el trabajo en todas sus manifestaciones, y
que lo distribuya por igual entre los ciudadanos!
¡Esta sí que es la verdadera nivelación!»
Los aplausos atronaban el aire; los espectadores
abrazábanse unos á otros; los periódicos preparaban
suplementos; la oficiosidad novelera corría desafo­
rada, anunciando por doquier la forma niveladora; el
telégrafo no se daba punto de reposo, transmitiendo
á las provincias y á los remotos dominios españoles
la buena nueva; todo era algazara y regocijo, y fies­
tas, y entusiasmo indescriptible.
El anciano, entretanto, indiferente al general al­
borozo, de pie en el peristilo del Congreso, cruzados
los brazos, miraba con irónica sonrisa al agitado
auditorio que invadía la plaza y sus avenidas.
Al cabo de buen espacio de tiempo restablecióse
la calma y el orador prosiguió su discurso.
«Vamos á ver, dijo, el número de españoles que

EL

T R IU N F O

139

D E L A IG U A L D A D

existen, según los últimos datos estadísticos oficiales,
y la cantidad que á cada uno corresponde.
»Debo advertir que incluyo á todos, pues ante la
igualdad, lo mismo debemos considerar al procer que
al humilde indio que en las apartadas regiones del
extremo Oriente contribuye con su sangre y con el
sudor de su frente á la defensa y á la prosperidad de
la patria común.
» La población de España y de sus dominios de Ul­
tramar es la siguiente:
Habitantes

Península, islas adyacentes y pose­
siones de la costa septentrional
de Africa..............................................
Filipinas..................................................
Cuba..........................................................
Puerto-Pico............................................
Posesiones del Golfo de Guinea. .
T o t a l h a b it a n t e s .

.

.

.

16.625,860
5.561,232
1.449,182
754,313
35,000
24.425,587

. »Hay que dividir, pues, las 10,824.539,930 pesetas
que obtienen de beneficio los habitantes de España y
de sus Indias, por 24.425,587 á que ascienden éstos,
lo cual nos da un cociente de 443 pesetas 163 milé­
simas.
»Esto es lo que correspondería á cada español al
año si no tuviésemos deudas sagradas, contraídas con
extranjeros, las cuales nuestra honradez y nuestra
hidalguía nos obligan á satisfacer.

140

CUENTOS ILUSTRADOS

» Dichas deudas representan los siguientes intere­
ses anuales:
Pesetas

Intereses de la renta al 3 por 100,
reconocida al Gobierno de Dina­
97,500
marca............................
Idem de la deuda perpetua al 4 por
100 exterior.................
78.846,040
Idem del 2 por 100 exterior. . .
.
Anualidad del empréstito Iiothscliild.
Idem del anticipo Fould.
2.575,000
3 por 100 exterior no convertido..
.
T otal.

6.529,135
3.750,000
900,000

92.697,675

»Si dividimos estas 92.697,075 pesetas por los
24.425,587 habitantes de España y de sus provincias
ultramarinas, resulta que cada uno debería contribuir
para el pago de las deudas exte­
riores con 4 pesetas 122 milésimas.
»Deduciendo esta cantidad de
las 443 pesetas y 163 milésimas,
quedan439 pesetas y 40 milésimas.
»Tal es la asignación anual,
dentro del criterio
más optimista, á que
tendríais derecho, en
la suposición quimé­
rica de que no varia­
sen las condiciones del
trabajo desde el mo­
mento en que el pro­
ducto de éste fuese propiedad del Estado.
»A lo sumo, pues, corresponderían á cada español

EL TRIUNFO DE LA IGUALDAD

141

439 pesetas y 40 milésimas al año, ó sea UNA P E ­
SETA Y V EIN TE CÉNTIMOS próximamente al día.
»¡Tal es la verdad! ¿Os conformáis con este jo r­
nal ? . . . »
— ¡Jam ás! ¡Jam ás! ¡Abajo la verdad! ¡Fuera!
¡ Fuera! — gritó la muchedumbre indignada, arroján­
dose sobre el indefenso y venerable anciano...
*

*

*

Y despertó cuando la Verdad, investida con el ca­
rácter de legislador, era atacada por las ciegas pasio­
nes de la plebe; y al encontrarm e otra vez en el
mundo real, seguía el atropello.

EL HOMBRE ÚNICO

Ü n una isla
de la Por*w»' 1uinn e s ia ,
_|$L que por su pe| queñez ni si' quiera consta
en los mapas, rei­
naba, sin oposi­
ción ni émulos
p la tó n ic o s , un
jefe de tribu, que en las alocuciones y mensajes diri­
gidos á sus fieles súbditos, dábase á sí propio el dic­
tado de Em perador del mundo. Un navegante europeo
que por acaso abordó aquellas playas, trató de di­
suadir á Su M ajestad Universal de sus errores geo­
gráficos; mas éste se lim itó á contestarle: «No existe
ni puede existir otro mundo fuera de mi isla, porque

i » de:

144

CUENTOS ILUSTRADOS

sé de muy buena tinta que el Sol, mi ilustre antecesor,
fundó aquí su única casa solariega, y no tiene más
descendientes que yo y mis vasallos: por lo tanto, los
que venís en el buque debéis ser espectros en figura
humana.»
La persona que te voy á presentar, lector bené­
volo, sin los conocimientos genealógicos de aquel

monarca de antiquísima alcurnia, ni pretender com­
partir con él tan claro linaje, fué más allá en su
opinión sobre sus semejantes.
Poseído de extraña aberración mental, que no
reveló jamás, porque fue loco vergonzante, antojósele que en el mundo no existía más personalidad
corpórea que la suya, y que los hombres y los demás

1 45

EL HOMBRE ÚNICO

seres animados eran vanos fantasmas hechos para
su servicio, mortificación ó entretenimiento.
Algunas veces extremaba su extravagante hipó­
tesis, juzgando quiméricos cuantos objetos herían
sus sentidos, de lo cual deducía que él monopolizaba
el mundo de las ilusiones. A decir verdad, no tuvo
sobre este punto opinión constante, fija y concreta,
pero sí sobre lo primero, que llegó á ser para él
verdad inconcusa.
No conoció á sus padres, porque los había per­
dido siendo muy niño; circunstancia que le libró de
la dura necesidad de no creer en ellos y de sacrifi­
carlos al principio fundamental de sus convicciones.
Era español, y llamábase Tomás Solitario.
Como el mundo había sido hecho para su uso ex­
clusivo, propendía naturalmente á la vanidad, al
orgullo y á la soberbia; llegando á tanto su locura,
que se creyó inmortal, sospechando que sus ilusorios
prójimos simulaban la muerte sólo para engañarle
sobre la caducidad de la vida.
Sin miedo ni temor alguno á seres que se disi­
paban apenas volvía las espaldas ó cerraba los ojos,
nada era capaz de oponerse á los arrebatados ímpe­
tus de su valor temerario.
Cauteloso y taimado como quien temía siempre ser
víctima del dolo de fantasmas astutos creados para
molestarle, revelaba un carácter prudente, mesurado
y taciturno; hablaba poco, se reía menos, aquilataba
las palabras y medía su significación, y aun así,
muchas noches antes de dormirse se arrepentía de
algunas indiscreciones; tal es la funesta propensión
humana á la locuacidad, que aun los más precavidos,
10

146

CUENTOS ILUSTRADOS

el tipo más acabado ele la prudencia, lian de confe­
sarse con la almohada y expiar la culpa á costa del
sueño.
Muy pronto dio claros indicios de sus felices dis­
posiciones para el mando; pues en los juegos infan­
tiles representaba siempre el principio de autoridad
entre sus tiernos compañeros,
ora á guisa de cochero, ora con
la investidura de cap itán , si no
de general.
Consideraba como la peor de
las malas sombras hechas para
su torm ento á un tío suyo, y
tutor á la vez, el cual, harto
de sem ejante sobrino, no tuvo
punto de reposo hasta que lo
vio en el colegio de cadetes de
Toledo.
Los antiguos pusieron á duras
pruebas la paciencia del apóstol,
como llam aban allí á los nuevos;
pero Tomás Solitario opuso tal
resistencia á las novatadas, que
á los pocos días de su ingreso
en el colegio era considerado
como el prototipo del valor y del arrojo. Verdad es
que esta fama la obtuvo á costa de sus costillas; pero
como era hombre de suyo sufrido y resignado, hu­
biera preferido perder la inm ortalidad á expresar una
queja. Con todo, alguna vez flaqueó su ánimo, abru­
mado por el dolor, y acaso entonces le asaltaba la
duda de si los golpes que había recibido su huma-

EL HOMBRE ÚNICO

147

nidad unipersonal procedían de espíritus deletéreos ó
de hombres como él, de carne y hueso; aunque nada
he hallado que confirme esta suposición mía, fundada
en la poderosa virtud del palo, ese don del Cielo,
como le llam aban los antiguos, para poner en razón
á los cuerdos y am ansar á los locos rematados.
La declaración de la guerra de M arruecos en 1859
coincidió con la promoción á subteniente de nuestro
personaje, por lo cual deducirá el lector que se trata
de un contemporáneo. Incorporado á un batallón de
cazadores, dirigióse á Málaga, donde vió por vez
prim era el mar. Al contem plar aquella inmensa y
líquida llanura, llevado de su rara dem encia, decía
para sí: «¿Es esto verdad, ó mis mentidos semejantes
me presentan una decoración de teatro para hacerme
creer que los mapas no discrepan un punto de lo que
me enseñaron en el colegio?»
Embarcóse en aquel puerto, y con los brazos sobre
la obra m uerta del buque, y los ojos fijos en las
ondulantes aguas, pasó la noche
reflexionando acerca de las causas
que producen aquel movimiento; y
perturbado tal vez por el mareo,
antojósele que entre las fosfores­
centes olas veía vagar las sombras
de los que consideraba como ene­
migos suyos, que se
entretenían en mover
el m ar con objeto de
mortificarle y para
que la ilusión del via­
je fuese completa.

148

CUENTOS ILUSTKADOS

« ¡ Pronto — decía para su poncho — harán salir al
Sol con la regularidad de todos los días, y me pre­
sentarán una tierra, á la cual debo llamar Continente

africano, y en ella comparsas de fantasmas con el
nombre de moros, con los cuales debo batirme!
¡Necios, si creéis que vais á amedrentarme ! ¡ Conozco
vuestro juego, hombres en apariencia, espíritus bur-

EL HOMBRE ÚNICO

149

Iones, vanas sombras, que me juzgáis condenado á
perpetuo engaño! ¿Quién es más fuerte aquí? ¿Los
que me consideran víctim a de sus maquinaciones, ó
yo, que las adivinó desde que tuve uso de razón?»
Desembarcó en Ceuta, y á los pocos días tomó
parte en las prim eras acciones de guerra de aquella
gloriosísima campaña, distinguiéndose de tal suerte,
que obtuvo cruces, grados y ascensos, y renombre
de bizarro, siendo proverbial su valor en todo el
ejército. ¿Era acaso de extrañar tanto denuedo en
quien no creía en la m uerte y juzgaba en su extra­
vagante desvarío cadáveres ó heridos simulados á
cuantos caían en la pelea?
Tanto pudo su locura, que una noche, estando de
servicio en las avanzadas, echóse junto á un montón
de cadáveres insepultos, y fingiéndose dormido,
m iraba con el rabillo del ojo á aquellos fantásticos
muertos para ver si, creyéndole desprevenido, va­
riaban de postura; mas como no daban la menor
señal de vida, exclamaba para sí: «¡Qué taim ados!
¡ Capaces son de no moverse hasta la consumación de
los siglos, y hacer que se pudren y se convierten en
polvo si saben que he de volver á pasar por este
sitio! ¡Qué admirable tenacidad! ¿Qué poder sobre­
natural rige y gobierna esa aparente hum anidad, esa
ilusión que me persigue por todas partes, ese espe­
jismo maravilloso que m iente sin cesar en medio del
árido desierto de mi vida?»
Donde tuvo empero uno de los mayores raptos de
enajenación m ental fue en el campamento del Ham­
bre. Una cena opípara que siguió á tres días de pri­
vaciones y de insomnio, perturbó de tal m anera su

150

CUENTOS ILUSTRADOS

cerebro, que saliendo de la tienda á tom ar el aire,
veía todos los objetos dobles, y meditando sobre el
caso se decía: «¡Yo siempre lie creído en un mundo
ilusorio, pero no en dos ! Aliora me parece que coexis­
ten. ¡Si tendrá el mundo el don de la ubicuidad!»

Con tan raros pensamientos echóse á dormir, y á
la m añana siguiente, reflexionando sobre lo que le
aconteció por la noche, discurría de esta m anera
disparatada: «La embriaguez me hizo verlos objetos

EL HOMBRE ÚNICO

151

dobles; ordinariam ente los veo sencillos; luego en
estado normal soy víctima de una alucinación á
medias.»
En fin, sus heroicos hechos, y jam ás el bajo vali­
miento, eleváronle á los primeros puestos de la mi­
licia. Terminada la guerra, era ya comandante, y las
contiendas civiles que sobrevinieron algunos años
después á nuestra patria sin ven­
tura, fueron grande parte para
que tuviese ocasión de completar
su merecido encum bram iento.
Cuando yo le conocí en el Ca­
sino de Madrid, ceñía la faja de
general. H asta entonces no co­
menzó á figurar en la política.
Antojósele ser diputado, y no
faltaron electores fantásticos
que le votasen.
Como hablaba poco y su con­
tinente era grave, todo el mundo
le tenía por político ducho y de talla, y cierto perió­
dico habló de él como de un hombre providencial,
llamándole «rayo de luz en medio de las tinieblas
que envolvían los destinos de la nación», y «áncora
salvadora con que íbamos á dar fondo en el seguro
puerto de la felicidad de la patria».
Estas figuras retóricas produjeron su efecto, por­
que el M inisterio que había logrado antes aquel
puerto, entendió que hombre tan extraordinario era
muy á propósito para dar lustre al nombre español
en extranjeras tierras; y así, antes de que se formase
el partido de los solitarios, proyecto que estaba ya

152

CUENTOS ILUSTRADOS

en gestación, propuso á nuestro héroe un cargo di­
plomático en una de las principales cortes de Europa.
El cual fue aceptado sin modestas resistencias.
¿Quién era superior á él? ¡Los grandes hombres de
Estado, los reyes, los emperadores, se le representa­
ban á sus ojos como espíri­
tus aventajados, como emi­
nentes artistas, como pri­
meros actores del teatro en
que se consideraba único
espectador!
Desempeñó su embajada,
y fue tenido por el primer
diplomático de su tiempo.
Había resuelto el gran pro­
blema : no decir más que
lo que quería. Nadie pudo
competir con él en arte tan
de suyo difícil.
En la corte donde estaba
acreditado, conoció á una
gentil doncella, la más her­
mosa entre las beldades de
aquel reino. Sin amarla
quiso casarse con ella: as­
piraba á la envidia univer­
sal, si aquellos duendes podían envidiarle.
Consiguió su objeto; pero no contaba con el huésped
en forma de suegra, el más horroroso de los fantasmas,
el spirito folletto, la pesadilla de la humanidad-yerno.
Y huyendo de aquel azote, renunció el destino y
vínose á Madrid.

EL HOMBRE ÚNICO

153

Y el Ministerio tembló, y los periodistas no dieron
paz á la pluma.

Pero aquel hombre era muy otro. No quería nada.
El tedio, esa crónica dolencia de los hombres ex-

154

CUENTOS ILUSTRADOS

traordinarios, minaba su alma. La idea de la inmor­
talidad le infundía espanto.
Deseaba tener sucesión, y la esterilidad de su espi­
ritual consorte causábale profunda pesadumbre.
«¡Es claro, — decía para s í;— los seres producen
otros seres á ellos semejantes! ¿Qué ha de nacer
de un hombre y de un espectro? Sería un producto
híbrido no previsto por la naturaleza, si existe algo
que merezca este nombre.»
Una noche, al volver más temprano que de cos­
tumbre á casa, sorprendió á su esposa de tertulia con
un apuesto joven. Aquélla se turbó al pronto; pero
repuesta del sobresalto, con la sonrisa en los labios,
exclamó:
— ¡Tomás, te presento á mi primo Rafael!
Y Solitario no dudó de aquel vínculo de familia.
Mas como para esto le era forzoso admitir la posi­
bilidad de parentesco entre los espíritus, inventó,
en consonancia con su disparatada hipótesis, una
teoría sobre la afinidad de determinados fluidos psí­
quicos.
Vivió hasta el fin de sus días sospechando de todo,
menos de la virtud de su mujer.
¡Estaba predestinado á tener fe ciega en lo que
nadie creía!

¡Cuántos como Tomás Solitario son externos de

EL

H O M B R E Ú N IC O

155

los manicomios porque sienten el rubor de sus ínti­
mos desvarios!
¡Si saliese á luz toda la demencia latente en los
cerebros humanos, tal vez sería imposible encontrar
loqueros!...

LO PRESENTE
JUZGADO POE LO PORVENIR
E N EL SIGLO XX

vapor con sus múltiples aplica­
ciones constituyó la principal
gloria del siglo xix. La apli­
cación de la electricidad como
fuerza motriz es, sin duda al­
guna, la verdadera causa del
progreso que, en el orden material, hemos alcanzado en el siglo xx.
A los ferrocarriles, obras costosísimas y largas,
particularm ente en los terrenos quebrados, han su­
cedido las vías férreas aéreas, sostenidas por esbeltas
columnas, sobre las cuales, salvando agrias pendien­
tes que hacen innecesarios los túneles y las curvas,
l

158

C UE NT OS

ILUSTRADOS

deslízanse coches colgantes arrastrados por aparatos
eléctricos, con velocidad vertiginosa. Los buques de
vapor, que requerían grandes depósitos de carbón y
máquinas pesadísimas, han cedido el puesto á las
ligeras naves que hoy surcan todos los mares,impul­
sadas por la electricidad acumulada, merced á un
sencillo artificio que ocupa poco espacio y desarrolla
considerable fuerza. Utilizada ésta por todas las
industrias y la agricultura, perfeccionados los pro­
cedimientos de la fabricación, reducidos en extremo
los precios de transporte, los productos manufactu­
rados y naturales han disminuido de tal suerte de su
valor, que muchos de ellos calificados de lujo en el
siglo precedente, se han puesto en el nuestro al al­
cance de las más modestas fortunas, demostrando así
que artículos ó mejoras que en una época se juzgan
como exceso y demasía en el regalo, los convierte
después la baratura en objeto de general consumo.
Nuestros abuelos habían creído realizar un gran
progreso con los ferrocarriles. Lo eran en efecto, si
se comparan aquellos medios de locomoción con las
diligencias, que á su vez habían sido un notable ade­
lanto comparadas con las galeras aceleradas; pero
¿qué dirían los hombres del siglo xix si resucitasen
ahora, á mediados del xx, y viesen en la práctica las
varias y múltiples invenciones basadas en el motor
eléctrico? En aquella época se empleaban, por ejem­
plo, treinta y tres horas mortales en recorrer la dis­
tancia que separa á Madrid de París, y para hacer el
viaje era preciso sujetarse al reglamentarismo de las
Compañías, á la tiranía de sus itinerarios y á todas
las incomodidades que trae consigo vivir ó viajar

LO PRE SEN TE JUZGADO POR LO PORVENIR

159

en colectividad, siquiera sea por breve espacio de
tiempo, cuando boy se toma un vagón d la llora,
como a n tig u a ­
mente se tom a­
ban los coches
de plaza, y de
sol á sol se pue­
de hacer una ex­
cursión de ida y
vuelta entre las
capitales de Es­
paña y Francia.
El p rin c ip a l
defecto de que,
en nuestro en­
tender, adolecía
elsiglo anterior,
era que se sacri­
ficaba el indivi­
duo á la colecti­
vidad. El ómni­
bus, el tranvía,
el tren, el buque
de pasajeros, la
mesa redonda, el
taller, la fábri­
ca , constituían
una v erd ad era
esclavitud para
el individuo,que
debía humillarse
ante la inflexible autoridad del silbato ó de la cam-

160

CUENTOS ILUSTRADOS

pana. Nuestra época, con sus grandes progresos ma­
teriales, ha contribuido á fundar la verdadera liber­
tad, la que hace al hombre señor de sí mismo y le
emancipa en cuanto cabe dentro del orden social, en
que forzosamente hemos de vivir, del despotismo de
la asociación.
H asta la cuestión de las clases obreras, pavoroso
problema que em bargaba el animo de nuestros abue­
los, se ha resuelto con el fraccionam iento y baratura
de la fuerza y la subdivisión del trabajo hasta sus
últimos lím ites, con lo cual las casas de los operarios
se han convertido en verdaderas fábricas, anulando
así los grandes establecim ientos industriales.
Como nada contribuye tanto á los adelantos mo­
rales de un pueblo como el progreso m aterial, no
deben sorprendernos los que en el espacio de cin­
cuenta años se han realizado en nuestra España.
La situación de ésta, considerada desde el punto
de vista político, era, á los ojos de la severa crítica,
harto lam entable en el último tercio del siglo xix.
Si se ponía térm ino á las contiendas civiles que
fácilm ente encendían el carácter belicoso y aventu­
rero,de las masas, la ardiente sed del ideal en unos,
la esperanza de medro personal en otros, seducidos
por perniciosos ejemplos, y siempre el espíritu de
rebelión encarnado en un pueblo víctim a de los ca­
prichos del poder, de la lentitud de la justicia, de la
inercia de la adm inistración y de las durísimas car­
gas del Estado; im peraba la guerra mansa de las
parcialidades políticas, que se disputaban con ensa­
ñamiento el manejo de la cosa pública, sin reparar
en promesas para alcanzarlo.

161

LO PR ESEN TE JUZGADO POR LO PORVENIR

Y m ientras los gobiernos, obligados por el instinto
de la propia conservación y por el interés de bande­
ría, gastaban su actividad y su fuerza en esas luchas
intestinas, otras potencias de Europa m archaban
resueltam ente en pos de sus ideales, desenvolviendo
una política internacional con la diplomacia y con
las armas, que debía tener por coronamiento la cons­
titución de grandes nacionalidades fundadas en la
unidad geográfica y en la necesidad estratégica.
Los nobles propósitos con que algunos estadistas
ilustres pretendían sacar á España de su postración,
degeneraban en cruel escepticism o: si tenían fuerza
para restablecer el orden m aterial, retrocedían pusi­
lánimes ante la empresa de volver, sin lastimosas
hipocresías, por los fueros del sentido moral y del
sentido jurídico.
Los adversarios del sistem a que constituía la base
de la organización del Estado, achacaban á aquél los
defectos que acaso no tenían más origen que las fla­
quezas de los gobernantes.
Estos á su vez, alardeando siempre de profundo
respeto á la legalidad, apelaban con frecuencia á
medidas arbitrarias; y si alguno sentíase acometido
de remordimientos, quizá tranquilizaba fácilmente
su conciencia política considerando lícito extralim i­
tarse en la aplicación de las leyes y aun falsearlas,
suponiendo á los adm inistrados sin virtudes cívicas
y de suyo propensos á eludir y á no respetar aquéllas.
Los que aceptaban un mismo principio fundam en­
tal y disentían en los de orden secundario, reñían
incesantes batallas, más enconadas cuanto más afines
eran los contendientes, creyendo con dudosa buena
n

162

CUENTOS ILUSTRADOS

fe que defendían ideas, cuando en el fondo no dispu­
taban más que personas.
En esta época en que se lia realizado un gran pro­
greso en las costumbres políticas y en la adm inistra­
ción pública, no puede menos de m aravillarnos la
perversión y falta completa de todo sentim iento de
justicia que presidían á la provisión de los destinos
públicos y á las relaciones entre el Estado y el ciu­
dadano. El valim iento, el favor y la recomendación
eran la fuerza suprema que daba movimiento é im­
pulso á aquel mecanismo oficial. Aun los espíritus
más rectos y justicieros no podían sustraerse al m e­
dio ambiente en que vivían, y acaso sin darse cuenta
de ello muchas veces se ha­
cían cómplices de la iniquidad
cediendo á un falso deber de
agradecim iento, á una exi­
gencia de la am istad ó á una
atención de la galantería.
El caciquismo que im peraba
en los pueblos enseñoreándose
de los A yuntam ientos y de
las Diputaciones provinciales,
á su calor nacidos, sometía á
la dura ley del vencedor al ad­
versario político ó personal,
con el encarnizam iento y el
encono propios de las luchas
CACIQUE
locales; y el representante del
PATRON
ESPAÑA.
poder central en las provin­
cias, que no podía prescindir
de estas fuerzas para el triunfo de los candidatos que


LO PRE SEN TE JUZGADO POR LO PORVENIR

16B

recom endaba el Gobierno, transigía fácilm ente con
ellas, y las más veces era en vano reclam ar justicia
de quien carecía de autoridad moral para aplicarla.
Los ciudadanos acabaron por perder la fe en la
justicia adm inistrativa, creyendo sólo en la eficacia
de las influencias, habiéndose impuesto de tal suerte
la costumbre de las recomendaciones, aun con los
más frívolos pretextos, que hubiera parecido notable
falta de cortesía en un hombre urbano no prestarles
por lo menos hipócrita atención y aparente acogida.
Y ese afán de apelar al favor lo invadía todo: sus
im portunidades ni siquiera respetaban la santidad
de los tribunales, á los que se reclam aba justicia con
la imposición de influencias políticas ó sociales, como
si aquélla pudiera torcerse y quebrantarse, lo cual en
el fondo argüía una grave ofensa á la rectitud de los
m agistrados.
Debe, sin em bargo, negarse, y dicho sea en honor
de la verdad, que los hombres públicos se convirtie­
sen en dóciles instrum entos de injustas pretensiones,
cediendo al torpe móvil de la codicia: sus debilida­
des nacían del interés político, del espíritu de par­
cialidad, de una deuda de gratitud, del amor de fa­
milia ó de la benevolencia del afecto. Los caracteres
más refractarios á la venalidad del favor, prestaban
fácil oído al soborno del sentim iento.
Y m ientras el arte de la política se basaba en las
complacencias personales, la adm inistración arras­
trab a vida lánguida y perezosa, siendo la inestabili­
dad burocrática el más funesto de sus males. Acre­
centábanse de día en día los gastos del Estado,
porque no había m inistro con fuerza ni voluntad

164

CUENTOS ILUSTRADOS

bastantes para reorganizar de una m anera radical
los servicios, ante el temor de enajenarse el apoyo
de los régulos del
Parlam ento, de he­
rir intereses de lo­
calidad, de lastim ar
el espíritu de clase,
m ayorm ente si se
trataba de in stitu ­
tos armados ó de
evocar el más pavo­
roso de los fantas­
mas : la cuestión de
orden público.
Tal era el miedo
que ésta inspiraba,
que casi todas las
iniquidades cometi­
das por los Gobier­
nos y su falta de iniciativa para corregir ciertos
abusos, no reconocían más causa que el recelo de
conflictos acaso más im aginarios que reales.
La autoridad, el prestigio, la fama de hacendista
buscábanse, no en el planteam iento de reform as tras­
cendentales que cambiasen los gastados organismos,
base de una adm inistración anacrónica, indolente y á
veces absurda, sino en los arrebatos y en las audacias,
encaminados á vejar más y más al país, agobiado bajo
el peso de tributos superiores á sus agotadas fuerzas.
La obstinación que engendra la ajena resistencia,
el amor propio que se complace sólo en las satisfac­
ciones del orgullo, el falso sentim iento de la realidad

LO

PRESEN TE

JU ZG AD O

P O R LO P O R V E N IR

165

que ciega y perturba las más claras inteligencias,
eran poderosa parte para que, en aquellas batallas
continuas entre gobernantes y gobernados, el poder
degenerase en arbitrario, caprichoso y tiránico, im­
poniendo su voluntad á las clases contribuyentes, á
despecho de las quejas generales de éstas, que pedían
en vano ministros de Hacienda prácticos, equitativos
administradores del Estado, y no agentes ejecutivos,
más atentos al éxito del momento, al aplauso de la
especulación bursátil y á la alabanza de la exótica
conveniencia que á las necesidades de lo porvenir y
al respeto y consideración de la inmensa mayoría de
los ciudadanos.
Y para conseguir tales triunfos, de los cuales eran
ostentoso trofeo los estados de recaudación en la
Gaceta, falsos á veces, amañados otras y artificiosos
casi siempre, se apelaba á irritantes procedimientos,
inspirados en las argucias y sutilezas de la mala fe
vergonzante.
Ya se vulneraba el espíritu y la letra de las leyes
votadas en Cortes, con reglamentos dando torcida
interpretación á aquéllas; ya se encarecía á los em­
pleados del fisco la necesidad de que desplegasen
exagerado é inicuo celo en sus funciones; ya se
aplazaba, sin miramiento á la justicia, la resolución
ó el pago de créditos contra el Tesoro; ó ya se entor­
pecían, en fin, con manifiesta malicia, las reclama­
ciones de las víctimas de la burocracia fiscal ó acaso
del odio de los adversarios políticos.
Parecía natural que las leyes tributarias fuesen
redactadas con la mayor claridad; pero de intento,
al parecer, los mismos ministros que debían regla-

166

CUENTOS ILUSTRADOS

m entarlas, llevados del afán de favorecer los intere­
ses de la Hacienda, procuraban sem brar la confusión
en su propia obra, para dejar abierto y expedito el
camino de las más caprichosas y exageradas in ter­
pretaciones.
Los preámbulos y exposiciones de las leyes y de­
cretos se repetían con la misma monotonía, los mis­
mos lugares comunes y la misma vaguedad en los
conceptos. Si aquellos documentos, en los cuales se
ofrecía á manos llenas la felicidad al país ó el per­
feccionamiento de la adm inistración, carecían gene­
ralm ente de sinceridad, en cambio faltaba en los
lectores el propósito de dejarse convencer. ¡Estéril
convencionalismo! ¡Conjunto de frases, sin el encanto
siquiera de la forma, arrojadas al universal escepti­
cismo! ¡Tal era casi siempre la literatura oficial!
La oratoria de las Cortes españolas no tenía rival
en el mundo civilizado; pero si rayaba á la mayor
altura en el grandioso concepto del arte, jam ás fue
más sospechosa su utilidad en los asuntos econó­
micos. Si se discutían los presupuestos, para lo cual
el tiempo aprem iaba siempre, los oradores em inentes
m ostraban viva repulsión á descender al árido te ­
rreno de la aritm ética.
¡Y sin embargo, el sentido utilitario y práctico
debía imponerse al fin en los destinos de España!
No en vano era ésta una nación europea, y por lo
tanto estaba condenada á perecer, ó á seguir la
suerte y las vicisitudes del resto del Continente.
Al socialismo de Estado, consecuencia lógica y
natural de los grandes arm am entos, sucedió la mise­
ria inevitable de los pueblos; y el ejemplo, el perni-

LO PRESENTE JUZGADO POR LO PORVENIR

167

cioso ejemplo de arriba, trascendiendo á las clases
obreras, conmovió los cimientos sobre los cuales des­
cansa la obra secular de las sociedades civilizadas.
Somos el Estado, dijeron la política, la milicia y la
burocracia, y queremos ser el Estado, repitió el pro­
letariado; pero cuando éste, fiando en el número, se
proclam aba vencedor, la discordia puso de manifiesto
la inestabilidad de las agrupaciones humanas que no
se fundan en el principio del orden y de la disciplina.
Vencida la causa que tantos temores y sobresaltos
inspiraba á fines del siglo xix; el progreso de las
ciencias; la facilidad, rapidez y baratura de las co­
municaciones; la subdivisión del trabajo, que reco­
bró el carácter doméstico en las industrias que lo
perm itían; la depreciación creciente del capital con
el aumento del ahorro y de la riqueza; el desarrollo
considerable de la instrucción pública; el sentim iento
del deber y de la propia conciencia inculcado en el
corazón del pueblo, y sobre todo el sentido práctico
y el espíritu de rectitud, de justicia y de equidad
que lograron imponerse en las esferas del poder,
contribuyeron en gran m anera á la regeneración de
nuestra p atria; verificándose entonces el consorcio
adm irable y armónico, gloria de la edad presente,
del E stad o , representación sincera y genuina de
todas las clases, de todos los intereses y de las gene­
rales aspiraciones, con la libertad individual, en su
concepto más elevado, dentro del derecho.

UN VIAJE Á LA REPÚBLICA ARGENTINA
EX

El,

SIGLO

XXI

en Madrid. El reloj eléc­
trico y á la vez calendario per­
petuo de mi despacho señalaba y
anunciaba las 5 de la tarde del
9 de mayo de 2003. Me acerqué
al teléfono y pedí comunicación
telefónica y neumática con la
Compañía del expreso hispanoargentino.
— ¿Qué quiere?— murmuró el
reóforo á mi oído.
— Un billete de ida y vuelta á
Buenos Aires. ¿Cuánto es?
— Mil quinientas pesetas.
— Quiero además una carta de crédito de veinte mil.
esidía

\

170

CUENTOS ILUSTRADOS

— Corriente.
— Por el tubo neumático remitiré un talón contra
el Banco y mi equipaje.
— Está bien. ¿Se le ofrece algo más?
— Nada, gracias.
— A la orden de usted.
Al cuarto de hora el tubo neumático, que pone en
comunicación mi casa con todos los abonados de
Madrid, me traía una medalla de níquel señalada con
el número 5, letra M.
Esta medalla me daba derecho á un viaje redondo
á Buenos Aires y á un crédito de cuatro mil pesos,
oro, en todas las estaciones de la línea.
A las siete menos diez minutos subí por el ascen­
sor á la azotea de mi casa y esperé el paso del
tranvía electro-aéreo. Ocho minutos después me ha­
llaba en la estación central de los aluminio-carriles, y
me instalaba en el tren expreso hispano-argentino.
Componíase éste de seis soberbios vagones-pala­
cios, precedidos de una potente máquina eléctrica.
Estaba el primero destinado á cocinas y dependen­
cias, á comedor el segundo, á salón y biblioteca los
dos inmediatos, y á camarotes los restantes.
El ancho de la vía era de seis metros y el de los
coches de nueve. Los carriles de aluminio asentá­
banse sobre largueros de madera revestida de una
materia elástica que amortiguaba el ruido y la
trepidación del tren en movimiento. Seguía casi
siempre el trayecto la línea recta, sin grandes des­
montes ni terraplenes y con cortos túneles, porque
las perfeccionadas máquinas de tracción salvaban
con facilidad las más agrias pendientes.

UN V IA JE Á LA REPÚBLICA ARGENTINA

171

Lujo artístico y comodidad refinada reinaban en
aquel suntuoso recinto. Ricas y exóticas maderas
talladas, obra de célebres escultores, ostentaba en
sus muebles el comedor; del tedio pendían riquísimas
lám paras de cristal de roca que reflejaban los rayos
de centenares de luces eléctricas; el servicio de mesa
era de Sévres con elegantes pinturas, representando
los principales paisajes de la línea; los asientos y
respaldos de las sillas, de fino tafilete maqueado; los
m anjares y los vinos, delicados aquéllos y exquisitos
éstos; las fuentes y las botellas, movidas por m iste­
rioso artificio, circulaban profusam ente por la mesa,
deslizándose sobre carriles de plata; las dulces notas
de los cantores y de la orquesta de una ópera que en
aquel momento se representaba en el teatro de
Apolo de Rom a, reproducidas por un megáfono, re­
creaban el oído de los viajeros durante la hora de
la comida; la aguja de un cuadrante colocado en la
pared señalaba los kilómetros recorridos y las esta­
ciones por donde pasaba el tren; un term óm etro
autom ático, combinado con caloríferos y frigoríferos,
m antenía siempre la misma tem peratura dentro de
los coches; un reloj señalaba la hora del meridiano
de M adrid en una esfera, y en o tra, por ingenioso
mecanismo, la que correspondía al punto donde nos
hallábamos; en fin, cuanto pudo im aginar el espíritu
utilitario, el gusto artístico y el genio de la inven­
ción para comodidad, deleite y regalo del viajero,
estaba encerrado en el palacio am bulante que con
rapidez vertiginosa recorría llanuras, cruzaba valles,
vadeaba ríos y salvaba montañas, sin notarse apenas
el acompasado ruido de las ruedas, ni la estridente

172

CUENTOS ILUSTRADOS

vibración de los rieles, ni los vaivenes de las curvas,
ni los saltos del paso de agujas, ni ninguna de aque­
llas innum erables molestias de los prim itivos y rudi­
m entarios ferrocarriles.
El salón que seguía al comedor superaba á éste en
m agnificencia. D urante el día la luz cenital y du­
rante la noche potentes focos eléctricos, velados por
cristales opacos ligeram ente sonrosados, prestaban á
todos los objetos un aspecto mágico y sorprendente.
En las paredes alternaban los tapices antiguos, ve­
nerables restos de las pasadas grandezas de la
sangre, hoy al servicio de la aristocracia del capital,
con los cuadros de los más célebres pintores contem ­
poráneos, llenos de riqueza de detalles, sentidos de
color y rebosando vida y movimiento. El piso, com­
puesto de la reunión de pequeños fragm entos de
m adera de diversas clases y múltiples y brillantes
colores, constituía uno de los más notables mosaicos
que vieron jam ás los afamados talleres de Roma.
Anchas y cómodas butacas articuladas, de dorado
cuero cordobés unas, de seda suave ó de terciopelo
finísimo otras, convidaban al descanso del cuerpo y
á la plácida y reparadora somnolencia del espíritu.
Ocultos resortes que cedían al menor esfuerzo daban
á estos muebles la inclinación ó la postura que de
ellos solicitaba el viajero. Destacábase en el centro
un gran velador de m alaquita con incrustaciones de
oro, representando las armas de los Czares, despojo
que arrojó al mercado la revolución de Rusia del
siglo xx y mudo testigo del incendio y el saqueo
del palacio de Invierno por la enfurecida plebe.
¡Inestable fortuna! Todo cambia de destino, todo

UN V IA J E

Á

LA

R E P Ú B L IC A

A R G E N T IN A

173

obedece á la eterna ley de la evolución. ¡De las ricas
joyas y preciados ornamentos de la corte imperial
no queda más que lo útil al servicio tal vez del pri­
mer advenedizo!
Inmediata al salón, bailábase la biblioteca, ilumi­
nada como aquél por luz cenital. Llenaban los es­
tantes centenares de volúmenes colocados por orden
de materias, manuales casi todos, de esmerada y
clara impresión y con numerosos grabados interca­
lados en el texto. En sitio preferente veíanse las
Enciclopedias y el Diccionario ilustrado de la Aca­
demia Española, notable por las viñetas y cromos que
daban clara idea de los vocablos que permitían su
representación gráfica. En dos de los ángulos de la
biblioteca veíanse dos globos, terráqueo el uno y
celeste el otro, ambos de metro y medio de diámetro
y transparentes; luces eléctricas interiores permitían
durante la noche observar los menores detalles. Un
mecanismo también eléctrico hacía girar al celeste,
dando una revolución cada veinticuatro horas. Al
mismo tiempo producía un movimiento de inclina­
ción en correspondencia con la latitud geográfica del
tren. La otra esfera tenía también movimiento de
inclinación y traslación, presentando en su parte
superior el punto de la tierra en que se encontraba
el viajero. Atriles mecánicos destinados á los lectores,
sin más trabajo para éstos que oprimir un pedal,
doblaban automáticamente las hojas de los libros. Lo
más peregrino empero era el Diccionario-fonógrafo.
Tenía este aparato un teclado con todas las letras
del alfabeto, y bastaba oprimir la correspondiente á
una palabra para que el fonógrafo recitase en el acto

174

CUENTOS ILUSTRADOS

la definición del vocablo. Sobre una mesa estaba
puesto otro fonógrafo en relación con los alambres
exteriores, merced á los cuales el tren comunicaba
con la red universal telefónica. En dicho aparato,
que hacía las veces de periódico, se imprimían silen­

ciosamente noticias del mundo entero, y á voluntad
del viajero funcionaba para reproducirlas. Me acer­
qué al Noticiero parlante, que así se llamaba aquella
ingeniosa máquina, y vi que tenía una serie de botoncitos, junto á cada uno de los cuales se leía en
letras de metal: Europa, A sia, A frica , América,
Oceanía, Bolsas, Mercados, Miscelánea. Oprimí el
primer botón, y el fonógrafo habló de esta manera:

UN

V IA J E Á

L A R E P Ú B L IC A

A R G E N T IN A

175

« Madrid, 8 noche. — La Academia Española abre
un certamen para premiar el mejor discurso parla­
mentario. Se preferirá el de estilo más lacónico. No
se admiten solecismos.»
«París, 8,35 noche. — La Cámara de Diputados ha
aprobado una proposición eximiendo á sus indivi­
duos del deber de asistir á las sesiones. Podrán
hablar desde sus casas por medio del fonógrafo par­
lamentario. Habrá aparatos especiales para uso de
los diputados que quieran interrumpir al orador.»
« Londres, 8,15 n och e.— Se está desguazando el
último blindado de vapor que conservaba como reli­
quia la Marina inglesa. Era un pequeño buque de
18,000 toneladas, que sólo podía navegar á flote.»
«Roma, 9 noche.— La Sociedad Universal de Te­
léfonos y Fonógrafos abre un abono á audiciones
perpetuas de ópera. La diferencia de meridiano de
las diferentes ciudades del mundo donde se repre­
sentan esta clase de espectáculos, permite á la Com­
pañía ofrecer esta ventaja al público.»
« Viena, 9,30 noche.— La cuestión de los Balkanes__ »
— Basta — dije para mí, y puse el dedo en el
último botón.
«Madrid, 8,5 noche (continuó el eco). — El crimen
de la calle de__ »
— ¡Todavía! — exclamé, oprimiendo el cuarto
botón.
«Lima, 3,5 tardó (dijo la voz del fonógrafo). — Se
han presentado los presupuestos en la Cámara de
Representantes con un superávit de 98 millones
de soles. El último plazo de la indemnización de

176

CUENTOS ILUSTRADOS

guerra pagada por los Estados Unidos, se aplicará á
la completa extinción de la deuda del Perú.»
«Santiago de Chile, 3,12 tarde.— Los viajeros del
tren relámpago procedente de Montevideo han sido
indemnizados con 150 pesos cada uno por haber lle­
gado aquél con un retraso de 15 minutos. El Supremo
Jurado sienta la jurisprudencia de que la indemni­

zación sea á razón de ¡10 pesos por minuto perdido
en la marcha.»
«Buenos A ires, 5,15 tarde. — Ha fallecido esta
tarde el célebre almirante argentino López, que
mandando la escuadra submarina de los aliados de
la América latina, aniquiló en el golfo de Méjico el
poder marítimo de los Estados Unidos. Por disposi­
ción del finado, la familia no recibirá comunicaciones
telefónicas de pésame.»

UN V I A J E

Á LA

R EPÚBLICA

ARGENTINA

177

«Bogotá, G,24 tarde. — El Gobierno ha resuelto
sustituir los antiguos cañones de 250 toneladas que
defendían el canal de Panamá, con máquinas eléc­
tricas lanzarrayos.»
«Méjico, 3 tarde. — El general mejicano Victoria,
telefonea que lioy ha ocupado San Francisco de Ca­
lifornia en virtud del tratado de paz con los Estados
Unidos. La noticia produce aquí entusiasmo indes­
criptible. Esta noche se iluminará la ciudad con qui­
nientos poderosos focos eléctricos suspendidos por
globos cautivos. Hoy se firmará el pacto de la confe­
deración latino-americana...»
Iba á proseguir interrogando al misterioso confi­
dente, cuando notó que el tren reducía su marcha.
Fijó la vista en la esfera que señalaba nuestra situa­
ción geográfica, y vi que nos encontrábamos cerca
de Gibraltar, hermosa ciudad que España recobró
después de la guerra de la coalición continental
contra los ingleses. Detúvose el tren, y asomándome
al mirador situado en el testero del último coche, se
presentó á mis ojos uno de los espectáculos más sor­
prendentes que imaginarse pueden.
El enorme peñón, á cuyos pies se asienta la gran
ciudad de Gibraltar, y los demás montes que ciñen la
anchurosa bahía de Algeciras, parecían ríos de lava
de un volcán en ignición. Focos eléctricos de diversos
colores, artísticamente combinados, llenaban el es­
pacio comprendido entre Punta de Europa y Punta
Carnero. En cada una de éstas destacábase una gi­
gantesca columna luminosa con la inscripción Plus
ultra. Sobre la ladera del Peñón se leía con enormes
caracteres de fuego: ¡Viva la raza latina! ¡Vívala
12

178

CUENTOS ILUSTRADOS

Confederación latino-americana! y debajo veíanse
como entrelazadas la bandera española y las de todos
los Estados de América de origen ibérico.
Así la madre patria celebraba la fausta nueva que
la electricidad había transmitido á todos los ámbitos
de la tierra. La raza ibérica representada en el Nuevo
Mundo por 300 millones de almas, sellaba con el pacto
fraternal de la «Unidad en la variedad» su inque­
brantable propósito de vivir confundida en un solo
sentimiento y en una sola aspiración y robustecer
sus fuerzas ante el coloso del Norte, que intentó,
aunque en vano, extender sus dilatados dominios por
el resto de América ó someterlo á vergonzosa tutela.
La venerable España, que veía renacer en sus hijos
emancipados de allende los mares las glorias de su
raza imperecedera, declaraba aquel día fiesta nacio­
nal, y la fecha del 9 de mayo de 2003 se inscribía en
letras de oro en el salón de sesiones de las Cortes.
El tren se puso en movimiento, y la obscuridad
exterior y un ruido sordo y prolongado me advirtie­
ron que en aquel momento penetrábamos por el túnel
submarino de 15 kilómetros que pone en comunica­
ción la red de aluminio-carriles de Europa con la de
Africa. Minutos después avistábamos á nuestra de­
recha á Tánger, iluminado también como Gibraltar
y Algeciras, y sin detenernos proseguimos nuestra
rápida marcha á través del antiguo imperio de Ma­
rruecos, hoy floreciente provincia española.
A las once de la mañana del siguiente día, des­
pués de salvar la cordillera del Atlas por el túnel de
Afifen, hacíamos alto en Cabo Juby. Los viajeros
de Canarias se embarcaron allí en el buque eléctrico

UN V IAJE Á L A REPÚBLICA ARGENTINA

179

que debía trasladarlos á aquel Archipiélago. A la
sazón no estaba terminado el puente de aluminio
entre las islas Canarias y el continente africano. Los
estudios hechos por los ingenieros para unirlos por
medio de túneles submarinos fueron abandonados á
causa de las grandes perturbaciones volcánicas que
ofrece el fondo del mar en aquella parte.
Nos encontrábamos en pleno desierto. La tempe­
ratura era sofocante en lo exterior, pero deliciosa
dentro del tren, hasta el punto de que el termómetro
seguía invariable. A través de los tubos que sirvieron
de caloríferos á la salida de Madrid, circulaba en­
tonces aire frío producido por una máquina heladora.
En la madrugada del día 11 nos encontrábamos en
Dakar (Senegal), habiendo recorrido desde Madrid
3,G22 kilómetros de aluminio-carril. Detúvose el tren
cinco minutos, y púsose luego lentamente en marcha
por un muelle metálico, al extremo del cual estaba
atracado por la popa un buque eléctrico submarino
de 60,000 toneladas. Sobresalía éste 15 metros sobre
el nivel del mar, y en su parte posterior, á manera
de la entrada de un túnel, tenía una inmensa aber­
tura por la cual penetró todo el tren. Apenas quedó
dentro, púsose en movimiento una poderosa máquina
hidráulica que cerró herméticamente la comunicación
exterior. Al cabo de algunos minutos un estremeci­
miento general nos anunció que el barco soltaba las
amarras y se ponía en marcha.
Dos días mortales empleamos en la travesía entre
Dakar y el cabo de San Roque, ó sea la parte de la
costa del Brasil que más se aproxima al Continente
africano; y digo mortales, porque á pesar de los pro-

180

CUENTOS ILUSTRADOS

gresos de la industria naval, el hombre no lia podido
domeñar la fuerza impetuosa de las olas, ni los ade­
lantos de la medicina han encontrado remedio á las
angustias del mareo. Así se explica que ínterin se
tienden puentes metálicos de 1,500 metros de luz;
sobre el Océano, se procure limitar todo lo posible
las travesías marítimas. Navegaba nuestro buque
unas veces sobre la superficie de las olas y otras á
cierta profundidad, según el estado del mar; pero
los balances y las cabezadas eran verdaderamente
insoportables.
Por fin, á los cuatro días y medio de nuestra salida
de Madrid atracamos en el espacioso puerto que la
Compañía universal de trenes expresos ha construido
en el cabo de San Roque. Fondear el submarino,
abrirse la compuerta que cerraba la abertura de la
proa, á semejanza de la del lado opuesto, salir el
tren y lanzarse éste á toda electricidad por la vía
americana, fué obra de un momento.
Inútil es advertir que no tuvimos registro de equi­
pajes, ni reconocimiento de pasaportes, ni ninguna
de aquellas infinitas trabas, eterna pesadilla de nues­
tros bisabuelos, víctimas de la transición industrial
y política del siglo xix, cuando la defensa de la
propia producción y el interés del orden público obli­
gaban á las naciones á poner cortapisas al comercio
y á la libertad humana.
En la mañana del día 14 de mayo de 2003 hacía­
mos alto en la hermosa ciudad de Río Janeiro, cuya
población excede actualmente de 2 millones de almas.
De Río Janeiro salen dos líneas con dirección al
Río de la Plata: la de la costa, que se dirige á Mon-

UN V IA J E Á L A REPÚBLICA ARGENTINA

181

tevicleo, mío de los puertos más florecientes de la
América latina, que cuenta ya con 3 millones de
habitantes, y la del interior, que va á buscar la
confluencia del Uruguay y el Panamá. Nuestro tren
siguió la última, y antes de rayar el día 15 atravesá­

bamos los indicados ríos, un poco más arriba de su
confluencia, por dos soberbios túneles subfluviales.
Al despuntar el alba hicimos nuestra entrada en
la gran capital de la República Argentina, término
de nuestro viaje.
Describir la floreciente ciudad de Buenos Aires,
emporio del comercio y de las artes, con sus mag­
níficos monumentos, sus ricos museos de pinturas,

182

CUENTOS ILUSTRADOS

sus bibliotecas, que cuentan por centenares los librosfonógrafos; sus calles, terrestres y aéreas, tiradas á
cordel; su magnífico puerto poblado de buques sub­
marinos, con muelles que comienzan cerca de la
antigua estación de Rivadavia y terminan más abajo
de Riachuelo; su magnificencia y grandiosidad, pues
su actual superficie excede á la del antiguo distrito
federal, no es empresa para mi pluma, ni la per­
miten las dimensiones de este artículo. Baste de­
cir que San. José de Flores es hoy el centro de la
ciudad y que de allí radian los aluminio-carriles sub­
terráneos y los tranvías electro-aéreos que llevan con
rapidez vertiginosa la exuberante vida social y mer­
cantil á todas partes. El aumento incesante de la
inmigración europea y el natural desarrollo de la po­
blación, han elevado la de Buenos Aires á 4.122,307
almas, según la estadística del mes de abril de 2003.
*



*

Antes de poner término á este artículo, fuerza es
que diga siquiera breves palabras acerca de los nota­
bles cambios que en el orden político se han operado
en el Nuevo Mundo.
Los Estados Unidos del Norte adquirieron durante
la pasada centuria enorme crecimiento, hasta el
punto de que su inmenso territorio apenas bastaba
para contener la población, y amenazaban con un
desbordamiento á costa de los países de origen latino.
Méjico, las repúblicas del Centro y Colombia, como
más directamente interesadas, la primera porque veía
en peligro sus fronteras septentrionales, y las res-

UN V IA JE Á L A REPÚBLICA AR G E N TIN A

183

tantes porque so pretexto de los canales interoceáni­
cos, el Gobierno de Washington pretendía someterlas
á una tutela, que rechazaba la dignidad nacional,
dieron la voz de alerta y reclamaron el auxilio de los
demás Estados americanos.
Las notas diplomáticas que los representantes de
aquellas repúblicas dirigieron á sus hermanas, fueron
acogidas al principio con marcada tibieza, porque
nadie creía el riesgo cercano; pero la noticia de que
los anglo-americanos habían violado el territorio de
M éjico, y de que pretendían enviar un ejército
de ocupación á Nicaragua, Costa Rica y Panamá,
produjo un grito unánime de indignación desde Río
Grande del Norte hasta el Cabo de Hornos. Todos los
gobiernos, impulsados por el generoso y espontáneo
movimiento de la opinión pública, pactaron una
alianza ofensiva y defensiva, y aprestaron sus formi­
dables huestes y sus escuadras submarinas para sal­
var la independencia de la América latina y la exclu­
siva preponderancia en ella de la raza ibérica.
España, que no podía permanecer indiferente á
una lucha gigantesca en la cual se ponía en tela de
juicio el principio de raza, de lengua y de costum­
bres que eran las suyas propias, prestó desinteresado
y noble concurso á sus hijas americanas, y de Cádiz
salió la escuadra submarina que, en unión de las
demás aliadas, contribuyó al desastre de la poderosa
armada de los Estados Unidos.
Entretanto, las márgenes de Río Grande del Norte
eran teatro de las más encarnizadas batallas que vie­
ron los siglos. Todos los medios de destrucción que
el moderno arte de la guerra arrancó á la ciencia y á

184

CUENTOS ILUSTRADOS

la industria, se juntaron allí: cañones de 300 tonela­
das; proyectiles explosivos con substancias liasta en­
tonces desconocidas;
máquinas eléctricas
arrastrando las pie­
zas; verdaderas forti­
ficaciones ambulantes
que marchaban sobre
rieles, á medida que
lo exigía el ataque ó
la defensa; reductos
cubiertos que se ocul­
taban y á voluntad
salían á flor de tierra
para disparar su arti­
llería; trincheras que
parecían montañas, y montañas que allanaba el asiduo
trabajo de zapa y el incesante reventar de las minas.
La guerra cuerpo á cuerpo no puede existir en ma­
nera alguna; la infantería y la caballería han desapa­
recido, pero no el recuerdo de sus bizarras empresas,
en que en tan alto grado campeaba el valor indivi­
dual. La lucha ya no es de hombres contra hombres,
sino de máquinas contra máquinas. Imposibles las ba­
tallas á campo raso y sobre la superficie de los mares;
la guerra, según una frase del general ruso Arbaff,
se convierte en subterránea y submarina.
Vencidos los Estados Unidos en esta memorable
campaña, viéronse obligados á firmar un tratado de
paz, comprometiéndose al pago de una indemnización
de diez mil millones de pesos, que se repartieron los
aliados; á limitar sus fuerzas navales y terrestres, y

UN V IA JE Á LA REPÚBLICA ARGENTINA

185

á devolver á Méjico los territorios que inicuam ente
le usurparon en el siglo xix.
Entonces los Estados de la América latina, para
afianzar su independencia y oponer inquebrantable va­
lladar á la invasión de la raza anglo-sajona, pactaron
la confederación sin el predominio de ninguno, y con­
servando todos sus leyes ó instituciones particulares.
Bajo estos auspicios se abre una nueva era de paz
y prosperidad; y como si los progresos en el orden
m aterial, obtenidos durante los siglos xix y xx, no
fueran bastantes á satisfacer las aspiraciones de la
hum anidad, en los albores del xxi se descubre al fin,
con éxito completo y admirable, la dirección de los
aeróstatos, con lo cual resultan inútiles los aluminiocarriles para el transporte de viajeros.

LA VERDAD DESNUDA
RELACIÓN D E UN TRAPERO

U5 rim er o fui bachiller, lo cual basta y sobra
para ser hombre político, empleado después,
que es lo mismo que decir español; pero le
salió un sobrino á un subsecretario am ante
de su fam ilia, y entonces la mano despia­
dada del destino me privó del mío.
Aburrido y cansado de pretender; con el
hambre de media España, es decir, ham bre
de cesante; perdida por completo la espe­
ranza de recoger una nueva credencial, vine
á parar al bajo y humilde oficio de trapero: al fin
todo es recoger.
D iscurría por mi barrio noches pasadas, tartam udo
en el andar, como quien va á pie por las enguijarra­
das calles de M adrid, fija la vista en el suelo como

188

CUENTOS ILUSTRADOS

doncella de antaño, con más pensamientos y cavila­
ciones que un Ministro de Hacienda al preparar los
presupuestos, con un gandío en la mano á guisa de
fundador de socie­
dades de crédito, y
con una carga al
hombro más pesa­
da que la de un
marido con hijos
muchos, esperan­
zas pocas y un em­
pleo pretérito.
— ¿Será posible,
— decía para mí,—
que la suerte no me
depare algún ven­
turoso hallazgo co­
mo el que tanto
alegró el corazón
de Sancho Panza
en el de Sierra Mo­
rena? ¿Acaso ya no
hay quien pierda
el seso por mal de
amores, hasta el punto de abandonar una maleta con
un buen montoncillo de escudos de oro? ¡ Oh felicí­
simo Sancho, que tras repetidos palos y aporrea­
mientos, viniste á dar, si no con el verdadero fin
de tus esperanzas, con algo que las hacía más lle­
vaderas !
Pero ya que lo limitado de mis pensamientos no
despierta en mí el deseo del gobierno de una ínsula,

LA VERDAD DESNUDA

189

pretensión, por otra parte, fácil y hacedera en los
benditos tiempos que corremos, otórgame al menos
¡ oh d estino! si es que tengo alguno, cosa que alivie
la escasez que estoy
sufriendo.
Años ha que, im a­
gen verdadera del que
va en pos de la cons­
tancia de una mujer,
de la fidelidad de un
amigo, de la gratitud
de un deudor y de la
baratura de un Go­
b iern o , recorro las
calles de la corte bus­
cando lo que no en­
cuentro. En mal hora
y en menguados tiem ­
pos vine al mundo.
Rendido por el can­
sancio soltó el cesto
que sustentaban mis
hombros, y ocultán­
dome á las recelosas
m iradas del sereno, que con sus ronquidos daba cla­
ros indicios de la vigilancia urbana, sentóme en el
batiente de una p u e rta , y alargando el gancho co­
mencé á revolver los varios y diversos objetos que en
el cesto traía.
— ¡ Oh, si hablaran, — exclamó fijando en ellos mis
ojos, — qué de cosas dirían! ¿Qué sería escuchar esta
faja de Gobernador, condenada al desprecio por el

190

CUENTOS ILUSTRADOS

uso? ¿Qué este pedazo de sable, probablemente en cien
pronunciamientos desenvainado? ¿Qué esta pluma,
vendida tal vez al mejor postor? ¿Qué esta charre­
tera, quizás por no muy gloriosos caminos alcanzada?
¿Qué esta espuela, acaso testigo mudo y auxiliar
poderoso de fugas vergonzosas? ¿Qué dirían tantos
despojos aquí aglomerados, revueltos y confundi­
dos?. .. ¡Ah, si la verdad no anduviese tan escondida
ó con tanto artificio disfrazada! ...............................

Mis párpados se fueron cerrando insensiblemente.
El ayuno prolongado, que avivaba en mi memoria el
dulce recuerdo del bien perdido, y la frescura pre­
cursora de la mañana, que yo, enemigo de la luz,
veía acercarse como la nube preñada de granizo el
labriego, como al recaudador de impuestos el propie­
tario ó el industrial, como el vencimiento del cupón
el Ministro de Hacienda, fueron parte para que me
asaltase un sueño profundísimo.
Acababa de cerrar los ojos, cuando imaginé que se
alzaba del fondo de mi cesto una figura de humanas
formas. Mortal palidez cubría su semblante, una son­
risa helada vagaba en sus labios, sus ojos brillaban
con la claridad de los astros, y su continente era
tranquilo y mesurado.
Dirigióme una mirada grave y compasiva, y con
voz clara y sonora se expresó de esta suerte:
— Yo soy la Verdad, por muchos pretendida, pero
por pocos buscada con amor. Nací libre, pero la
mano del hombre me sujeta á dura opresión y marti­
rio. Ora al despótico yugo me sujetan, ora me dis-

LA

VERDAD

DESNUDA

191

frazan hasta confundirme con la mentira. Me viste
con el traje de la virtud la mujer infiel; con afeites
me acicala la entrada en años; me oculta con la más­
cara del patriotismo el mercader político, y con la
de la libertad el ambicioso que quiere encumbrarse

por torcidos caminos. Con fiera crueldad me sacri­
fican pomposos anuncios que ofrecen oro á manos
llenas; palabras deleitosas que arrullan el oído corte­
sano, y pensamientos que al calor de la ardiente
imaginación se fraguan.
Soy poderosa y bella; pero pocos se avasallan á

192

CUENTOS ILU STRADO S

mi imperio y rinden culto á mi hermosura deslum­
bradora. Muchos me siguen cuando alzo el vuelo a
altísimas regiones y dejo en pos de mí los lindes
terrenales; pero ¿quién puede gloriarse de conocerme
siempre?
¿Pretendiste oir mi voz? ¿Has querido que salga
del fondo de tu cesto miserable? Aquí me tienes. Yo
te diré cuanto saber deseas. ¡La escoria social pre­
sentaré á tu vista: el ladrón que roba y es ensalzado;
el que aleve mata y en medio de la opulencia vive; el
perjuro que inspira confianza con el testimonio di­
vino; el que con sangre humana comercia; el que
seduce á la virtud y trafica con el vicio: cuantas mi­
serias echan raíces á la sombra de la ambición y de
la codicia!
Antes, empero, ya que quieres conocer historias
ajenas, debes comenzar por recordar la propia.
Pobres y honrados padres diéronte al mundo, y
por no ser lo primero, tuviste á menos la virtud que
te legaron. El ejemplo de locas ambiciones satisfe­
chas y de rápidos ó inmerecidos encumbramientos,
fueron grande parte para que la envidia, por la
ruindad de tus pensamientos concebida, hiciera re­
montar el vuelo de tu vana presunción y estúpida
arrogancia. Diste oídos á los seductores halagos del
interés, y á él sacrificaste el pundonor; codiciaste
el bien ajeno y perdiste el propio al azar; contrajiste
deudas sagradas, profanando la palabra con el torpe
propósito de no cumplirla; atento sólo al logro del
deseo inmoderado, renunciaste el apacible goce de
la paz del alma, y al verte' ahora abandonado de la
fortuna, miserable y harapiento, condenado á una

193

LA V E R D A D D ESN U D A

ex isten cia tris te y e rra n te , sueñas aún en la d ich a.
¡V ana quim era! ¡Consuelo que engendra la desespe­
ración ! ¡ In ú til p o r fía !
— ¡ B a s ta , b asta ! — exclamó in te n ta n d o a p a rta r
de m í aquella visión. — ¡Más me valiera no h a b e rte
conocido!...
Los prim eros rayos del sol, dando de lleno en mi
ro stro , me d esp ertaro n .
R ecogí el cesto, y retirán d o m e á mi b u h ard illa,
decía p a ra mí:
— Mis ilusiones se p arecen á las de muchos españo­
les, que comen á m edias y huelgan por entero: h a sta
ta l punto les preocupa la esperanza de un destino, ó
de un prem io de la lo tería.
¡Si sueñan alguna vez en el desengaño, no des­
p ie rta n nu n ca con el sentim iento de la realidad!

13

LA LOCURA DEL ANARQUISMO
C artas

del

docto r

O ccipucio

al

abogado

V erboso

Manila, 28 de Mayo de 18...
L dar fondo en este p u erto , tom o la plum a, mi
querido am igo, p ara re ite ra rle el testim on io
de la g ra titu d más sin cera y de la adm iración
más e n tu siasta por el g ran d e y nunca, como
se debe, b a sta n te alab ad o servicio que la elo­
cu en cia a rre b a ta d o ra de usted prestó á la
noble causa de la c ie n cia y de la hum anidad
dolien te.
^
T o d a v ía resuenan en m i oído aquellos con ­
m ovedores y m a g istra le s discursos, en los cuales de
m anera ta n ad m irab le supo usted herm anar la d ia léc­
tic a irre fu ta b le con la fu e rza de expresión p ersu asiva,
probando la irresp o n sa b ilid a d de los an arq u istas

p f/

196

CUENTOS ILUSTRADOS

autores y cómplices de la espantosa catástrofe de
Blandebuena. ¡Con qué claridad y precisión, y al
alcance de la indocta multitud, expuso usted las teo­
rías déla moderna ciencia frenológica! ¡Oh! ¡Cómo
puso usted de manifiesto, con el compás en la mano,
la configuración craneal de los acusados, y el des­
equilibrio completo que en ellos se advierte! «¡C ir­
cunferencia máxima, 5-1 centímetros; diámetro má­
ximo, 18; altura, 15; distancia máxima de parietal á
parietal, 15; tales son los caracteres distintivos de
la mayor parte de los desdichados que se sientan en
ese banquillo!» exclamaba usted, y luego proseguía:
«Veamos en cambio los datos conocidos de una
de nuestras cabezas más perfectas, la de D. Emilio
Castelar. Circunferencia máxima, 59 centímetros;
diámetro máximo, 21‘50; altura, 1G; distancia má­
xima de parietal á parietal, 16 1. ¡Qué enorme dife­
rencia entre la parte más noble del cuerpo de aquel
eminente tribuno, gloria de España y admiración
del mundo, y esos cráneos raquíticos, pobres, sin las
ordinarias proporciones, ni el auxilio siquiera del
temperamento! Bajo el primero, reside señora,
grande y portentosa la inteligencia, y en los que
tenéis delante, tan sólo se cobija la locura. Sí; la
locura he dicho, porque mis defendidos pertenecen
al grupo que la ciencia frenopática designa con el
nombre de locos conscientes. Y si no basta la confi­
guración craneal, el proceso arroja evidentes testi­
monios de las excitaciones inmotivadas, los vértigos,
1 Estas cifras son exactas, según me asegura un entusiasta
partidario de la frenología.—N. del A.

LA LOCURA DEL ANARQUISMO

197

los estigmas físicos, y otros caracteres patológicos
de los acusados.» ¡Qué período tan asombroso el del
epílogo, cuando usted, dirigiéndose al Jurado, habló
de los tremendos crímenes jurídicos perpetrados por
el desconocimiento, el olvido ó el desprecio de la
ciencia!
¡Subyugar y mover á piedad al auditorio, que ha­
bía aplaudido estrepitosamente la acusación fiscal;
convencer y persuadir al Jurado y arrancar de manos
del verdugo á veinte seres humanos! ¡Jamás la pa­
labra alcanzó mayor triunfo!
Reconocida la irresponsabilidad de los reos, el
tribunal, como usted sabe, dispuso que fuesen ence­
rrados en un manicomio; pero el Gobierno, usando
de facultades extraordinarias, ordenó su deportación
á las islas Carolinas, donde se fundará una colonia
con destino á los anarquistas declarados locos por
veredicto del Jurado.
El ministro de la Gobernación, accediendo á mis
reiteradas instancias, me autorizó á acompañar á los
deportados y á prestarles los auxilios de la ciencia.
Todos hemos llegado sin novedad á Manila á bordo
de un crucero de guerra; y después de proveernos de
víveres y carbón y de recibir órdenes del capitán
general de Filipinas, proseguiremos nuestro viaje á
Tomil, en la isla de Yap, capital de las Carolinas
Occidentales.
Durante la travesía de Barcelona á Manila, inten­
taron amotinarse varios deportados, y el comandante
del crucero, que es un señor que rehuye toda con­
versación conmigo, pero que suele sonreirse al verme,
mandó que aquellos infelices dementes fuesen puestos

198

CUENTOS ILUSTRADOS

á la barra. Yo quise protestar en nombre de la
ciencia; pero mi colega, el médico de á bordo, me
disuadió de ello diciéndome:
— ¡Cuidado, compañero, que las ordenanzas de la

Armada son muy severas; no se ponga usted en
el caso de que le apliquen el mismo castigo que á sus
clientes! Además, debe usted saber que la barra es
un medicamento sedativo muy eficaz y muy reco-

LA LOCURA DEL ANARQUISMO

199

mendado para calmar las excitaciones cerebrales en
la terapéutica oficial de las sociedades flotantes.

Tomil (isla de Yap), 20 de Junio de 18...
¡Qué viaje el de Manila á esta isla! ¡No lo olvidaré
jamás! En la mañana del 12 del corriente mis pobres
enfermos, á causa tal vez de la influencia del clima,
dieron muestras de verdaderos arrebatos de demen­
cia , rompiendo varias tablas del sollado, donde
estaban encerrados, y arrojándose de improviso sobre
los centinelas. Por fortuna tuvieron éstos tiempo de
hacer fuego, y tomando las armas la tripulación, que
estaba sobre cubierta ocupada en el baldeo, logró
sofocar el motín y reducir á los revoltosos.
En el acto se formó sumaria, resultando de ella el
descubrimiento de una conspiración entre algunos
deportados para volar el crucero. Se probó también
que abrigaban el propósito de apoderarse de los
botes y ponerse á salvo. ¡A pesar de su locura, no
habían perdido el instinto de conservación!
Reunióse poco después el Consejo de guerra, ac­
tuando de presidente el comandante del barco, de
fiscal un teniente de navio, y de defensor un alférez,
siendo condenados á muerte cinco de los reos, oído
el dictamen del médico de á bordo, quien sostuvo
que todos gozaban de cabal juicio.
Al conocer la sentencia, dirigí una carta al co­
mandante exponiéndole las opiniones incontroverti­
bles del doctor Lombroso en su notable estudio

200

CUENTOS ILUSTRADOS

antropológico y módico legal E l criminal, y protes­
tando en formas corteses y muy respetuosas contra el
fallo, que, en mi concepto, recaía en personas reco­
nocidam ente faltas de juicio, no pudiéndose suponer
en ellas el libre albedrío, so pena de incurrir en grave
error metafísico.
El com andante contestó á mi carta imponiéndome
tres días de barra, y los cinco reos, sujetos con fuer­
tes ligaduras á las serviolas, fueron pasados por las
armas.
Los otros deportados, testigos de aquel terrible
espectáculo, lejos de excitarse más y más, como yo
tem ía, sobrecogidos de espanto, dieron manifiestos
indicios de lucidez durante el resto del viaje, lo cual
me fia sugerido la publicación de un opúsculo con el
título de Influencia del miedo en los enajenados ó La
razón al alcance de los dementes, por temor al castigo.
*

*

Colonia de la Anarquía (isla de Yap), 21 de Junio
de 18...
Hoy queda instalada esta colonia en el centro de
la isla, sobre una em inencia, rodeada de magníficos
cocoteros, donde se levanta un edificio de madera
con destino á los deportados. El destacamento de
tropa que nos acompañó basta aquí, regresa á Tomil,
dejándonos víveres abundantes, aperos de labranza
y semillas para el cultivo.
Tengo un vasto proyecto de colonización, pero me
faltan mujeres: todos los deportados son solteros.

LA LOCURA DEL ANARQUISMO

201

He estudiado frenológicam ente á las indígenas, y
me he persuadido de que no deben en m anera alguna
unirse con los deportados: resultaría una prole mons­
truosa de dementes. Yo creo y entiendo que la pri­
mera obligación de la ciencia es impedirlo y procurar
el perfeccionam iento de la especie hum ana y que la
razón se perpetúe sobre la tierra por medio de m a­
trim onios fundados en la organización cerebral de
los contrayentes. ¡Ah! ¡De otra suerte andaría la
hum anidad, si las autoridades que intervienen en
la celebración de aquéllos, exigiesen previam ente
á los novios certificados de los peritos frenólogos;
pero nuestros legisladores no se ocupan más que en
política, y no han caído aún en la cuenta de los
funestos efectos del atavismo! — ¡Si deseáis m ejorar
la sociedad, les diría yo: si queréis im pedir los tre­
mendos crímenes que llenan de espanto al mundo
civilizado, no debéis pensar en leyes represivas, sino
en corregir la configuración de los futuros cráneos!
Creo, por lo tanto, que convendría la inserción en
varios periódicos del siguiente anuncio:

matrimonio.

— Se necesitan quince de
diez y seis á
.treinta años—
C on d icion es cra n eoscó p icas
q u e se exigen : Circunferencia
mínima. 50 centímetros; diámetro,
19; altura, 15; distancia de parie­
tal á parietal, 15.

Para más detalles, dirigirse j-t«
al DOCTOR OCCIPUCIO.— lSld 06 Idp

w w a w ( Carolinas

Occidentales ) \m m a a V;

202

CUENTOS ILUSTRADOS

Colonia de la Anarquía, l .° de Agosto de 18...

En cuanto se alejó el destacamento de esta colonia
agrícola, mis enfermos, tranquilos y al parecer re­
signados desde su llegada á la isla, negáronse á
trabajar, y poseídos de violento arrebato de locura,
acabaron por declararse en abierta rebelión, sa­
queando el depósito de provisiones y destruyendo
cuanto les vino á mano. Intentaba reducirlos á la
razón, ya con ruegos, ya con amenazas, cuando de
pronto me echaron sobre una manta, y comenzando
á levantarme en alto, se holgaron conmigo, hasta
que, rendidos y cansados ellos, y molido y estropeado
yo, dieron con mi cuerpo en el suelo, y por fin me
dejaron solo en medio de estas soledades. ¿Cabe
prueba mayor de su demencia? ¡Abandonarme y tra­
tarme de tal suerte, cuando soy su amigo, su protec­
tor, casi un padre para todos ellos!
Hoy he recibido la visita de fray José, de la misión
de San Francisco de Goror, por cuyo conducto
remito esta carta á Tomil. Este santo varón, que
conoce la lengua del país, y que con gran celo apos­
tólico se dedica á la obra de la conversión, me refiere
que los deportados merodean por el interior de la
isla, saqueando y destruyendo las chozas de los
naturales, á quienes llaman burgueses en estado sal­
vaje. ¡Burgueses ellos, que no tienen nada, absolu­
tamente nada, ni siquiera un pedazo de trapo con
que cubrir sus cuerpos!

LA LOCURA DEL ANARQUISMO

203

Colonia de la Anarquía, 3 de Agosto de 1 8...

Los carolinos, víctimas de los atropellos, persecu­
ciones y crueldades de los anarquistas, se lian levan­
tado en armas contra éstos, obligándoles, mal de su
grado, á regresar á la Colonia, donde reina el mayor
desorden y confusión.
Un indígena, converso, que habla con bastante

corrección el castellano, alumno de los Padre Capu­
chinos, se ha presentado aquí esta mañana: viene en

204

CUENTOS ILUSTRADOS

calidad de parlamentario, y dice que los pilums ó
régulos de las tribus vecinas celebraron consejo,
acordando dar muerte á los deportados si éstos salen
de los límites de la Colonia.
— En esta mano traigo la paz, y en esta la gue­
rra,— dijo el parlamentario, mostrando en la derecha
una cruz toscamente labrada y en la izquierda una
flecha. — ¿Qué queréis?
— Convertiros al anarquismo, — contestó uno de
los deportados.
— ¿Qué significa eso?
— Que debéis negar á Dios.
— Pues qué, ¿debemos creer como nuestros padres
en los espíritus malignos?
— Ni en éstos ni en Aquél.
— ¿Por qué?
— Porque no existen.
— ¿En qué os fundáis?
— En que nadie los ha visto.
— Tampoco hemos visto á España, y sin embargo
creemos en ella, porque vemos su fuerza y su poder
en los barcos que llegan á Tomil y en los soldados
que la defienden.
— Dios no os envía barcos ni soldados.
— Pero nos presenta pruebas mayores de su gran­
deza y de su bondad. ¿Quién produce la lluvia, el
trueno, el rayo? ¿Quién mueve el mar? ¿Quién hace
crecer esos árboles cuyo dulce fruto nos sustenta?
— Todo depende del calor, del viento, de las semi­
llas ó de otras causas naturales que no podéis com­
prender.
— ¿Quién ha hecho el calor, el viento, la primera

LA LOCURA DEL ANARQUISMO

205

semilla ó esas cansas naturales que, según decís, no
entendemos?
— Es preciso además que no seáis burgueses.
— ¿Qué quieres decir con eso?
— Que renunciéis á la propiedad.
— Aquí la tierra es de todos.
— Sí; mas cogéis sus frutos y traficáis con ellos.
— Harto nos cuesta alcanzarlos trepando por los
árboles, y es justo que nuestro trabajo obtenga re­
compensa.
— Guardáis lo sobrante.
— ¿Hemos de ser menos previsores que las hor­
migas?
— Vivís en colectividad formando tribus.
— ¿Cómo nos ayudaríamos, si no, unos á otros?
— Reconocéis á jefes 6 pilums.
— ¡ Alguien nos ha de guiar; alguien ha de dirimir
nuestras contiendas!
— Tenéis mujeres propias.
— ¡Si ellas quieren así á sus maridos!
— Dais oídos á los misioneros.
— Porque nos enseñan el bien y saben más que el
Matsé-Mats 1, que no ha salido nunca de las espesuras
de estas selvas.
— Pues nosotros queremos que no creáis en Dios,
y que renunciéis á la propiedad, á la familia y á la
tribu, y que neguéis la obediencia á vuestros pilums
y al gobernador español, y sobre todo que despre­
ciéis á los misioneros.
1 Especie de anacoreta, que pretende evocar los espíritus,
objeto de general veneración por parte de los indígenas de Tap
no convertidos al catolicismo.

206

CUENTOS

IL U S T R A D O S

LA

LOCURA DEL ANARQUISMO

207

— ¿Y cómo vais á conseguirlo?
— Con la fuerza; derribando vuestras chozas, in­
cendiando los bosques de cocoteros, arrasándolo todo
y pasando á cuchillo cuantos hombres, mujeres y
niños caigan en nuestras manos.
— ¿Es así como convertís á las gentes? ¡Con el
fuego, la devastación y el asesinato, destruyendo
el bien que recibimos del cielo y derramando sangre
inocente!
— Así y sólo así, si os oponéis á vuestra regene­
ración.
— Entonces nos defenderemos hasta convertiros
en polvo. Tenemos la razón de nuestra parte, y somos
más que vosotros.
— Pero ha de poder más el terror, arma suprema
que amedrenta á nuestros enemigos y hasta á nues­
tros jueces.
— ¡El terror! Aquí no lo sienten más que débiles
mujeres, y éstas no combaten ni hacen justicia. ¿De
qué sirve la flecha en mano que tiembla? ¿Quién da
en el blanco con lágrimas en los ojos? En nuestras
tribus pueden los hombres ceder á la fuerza, pero
nunca al miedo.
Dichas estas palabras, el indígena arrojó al suelo
la flecha que llevaba en la mano izquierda, y be­
sando la cruz se alejó de la Colonia.

208

CUEN TOS IL U S T R A D O S

CARTA DE MI CORRESPONSAL EN MANILA

Un vapor de guerra, procedente de Carolinas,
trae noticias de los anarquistas deportados á la isla
de Yap. En vista de los excesos cometidos por éstos
en el interior del país contra las personas, las chozas

y los bosques de los indígenas, apelando al incendio y
al asesinato, el gobernador de las Carolinas occi­
dentales organizó una pequeña columna, la cual con

209

LA LOCURA DEL ANARQUISMO

el auxilio de los naturales, logró prender á los des­
almados que vagaban dispersos por las selvas, con­
duciéndolos á Tomil. El mismo día de su llegada se
constituyó el Consejo de guerra. Seis de los reos
fueron condenados á muerte, y los restantes á ca­
dena perpetua.
Los módicos de la isla reconocieron unánimemente
que entre los deportados no liabía más loco que el
loquero. Titúlase éste doctor, aunque carece de título,
y lia dado en llamarse Occipucio, siendo su verdadero
nombre Juan Fernández. Ayer llegó á Manila, y por
orden superior está recluido en el manicomio.
Padece el infeliz una monomanía incurable; cree
en la infalibilidad de la ciencia frenológica.
Llevado de tan extraña locura, sostiene que debe
aplicarse la frenología, no sólo para probar la irres­
ponsabilidad de los acusados ante los tribunales, sino
también para la recusación de los jueces.
¿Por qué los módicos forenses, dice, no han de
declarar previamente que los individuos que compo­
nen un tribunal tienen una organización cerebral
idónea? ¿Acaso el órgano decimonono, de los 39 que
admiten ahora los frenólogos, el cual produce el sen­
timiento de la justicia, el respeto al derecho, la
conciencia del deber y el amor á la verdad, está tan
desarrollado en nuestros cerebros? ¿No puede suce­
der, además, que entre los honrados vecinos, llama­
dos á formar parte del Jurado, haya muchos que por
exceso en el órgano decimocuarto, donde reside la
circunspección, pequen de irresolutos, pusilánimes
y hasta de cobardes, y falten á la justicia, pactando
con el miedo y cediendo al temor de la venganza?
ii

210

CUENTOS ILUSTRADOS

Se advierte también en el titulado doctor Occipu­
cio tenaz resistencia á citar por sus nombres á los
anarquistas.
— ¿Por qué obra usted así? — le preguntó lioy el
director del manicomio. — ¿Teme usted tal vez com­
prometer á sus antiguos amigos?
— No, señor, — contestó Occipucio,— porque estoy
en el secreto. Los anarquistas tienen la locura de la
notoriedad. En aras de ella lo sacrifican todo, hasta
la propia vida. Destruid el ídolo, condenad á perpe­
tuo silencio los nombres de sus fanáticos y ciegos
adoradores, y éstos volverán á la razón. El anar­
quismo es una demencia contagiosa que se empeñan
en propagar los cuerdos.

LAS T I J E R A S

fines del siglo x ix eran inquilinos
de una misma casa en Madrid,
dos jóvenes de veinte años: Pedro
y Fortunato.
Vivía aquél en la buhardilla,
sin más bienes de fortuna que
el oficio de sastre, y éste en el
cuarto principal, disfrutando de
una renta de cuarenta mil pe­
setas anuales que le legó un tío
suyo; pero sólo en usufructo, en
títulos del cuatro por ciento interior perpetuo, ó sea
un capital nominal de un millón de pesetas.
La necesidad, eterno acicate del pobre, el temor
de los azares y contingencia de lo porvenir y la pro­
pia satisfacción de la recompensa, eran poderosa

212

CUENTOS ILUSTRADOS

parte para que Pedro, sin desfallecer un punto no se
lo diese de reposo en su honrado oficio: mientras que
Fortunato, sin el apremio de la lucha por la exis­
tencia, seguro de su renta, con ciega fe en la solven­
cia del Estado, ajeno á toda inquietud y zozobra, se
entregaba á los frívolos placeres de una vida regalada
y elegante, mirando con menosprecio al trabajo en
sus múltiples manifestaciones.

Y pasaron cinco años y no estalló ninguna revo­
lución, ni siquiera un pronunciamiento; las cosechas
fueron abundantísimas; la exportación adquirió con­
siderable incremento, se nivelaron los cambios, la
circulación fiduciaria quedó reducida á sus naturales
límites, y por primera vez gozó la nación de un buen
gobierno.
El 4 por 100 interior subió sobre la par, y el Es­
tado, siguiendo el ejemplo de Inglaterra, Francia y
otros países prósperos, ofreció á sus acreedores el
reintegro del capital ó reducir la deuda del 4 á 3 por
100, y se llevó á cabo la conversión, dentro del dere­
cho perfecto y con beneplácito general.
La renta de que Fortunato disponía en usufructo,
quedó reducida á treinta mil pesetas. Cuando todo
prosperaba, él, acreedor del Estado, venía á menos y
veíase obligado á suprimir el coche.
Entretanto, por una ley natural que se observa
en las naciones ricas, aumentaba el precio de la mano
de obra, y Pedro conseguía lo que Enrique IY de

LAS TIJERA S

213

Francia ambicionó para sus súbditos: la gallina una
vez por semana en el puchero.
*

*

*

Al term inar el prim er quinquenio del siglo xx, el
3 por 100 interior perpetuo se cotizaba á 115 y las
Cortes aprobaron un proyecto de ley convirtiendo
dicho valor en 2 por 100.
Fortunato cobró entonces veinte mil pesetas de
renta y no tuvo más remedio que mudarse al piso
segundo, m ientras que Pedro, gracias al aumento
creciente de su jornal, pudo trasladarse al cuarto.
*

*

*

Cinco años después una gran transform ación social
se había producido en el mundo civilizado, transfor­
mación debida á un movimiento evolutivo, que no se
escapó á la perspicacia y previsión de muchos soció­
logos y estadistas del siglo anterior. Las asociacio­
nes de trabajadores, cada vez más perfeccionadas; la
propaganda en las comarcas agrícolas, que perm a­
necieron al principio ajenas al clamoreo de las clases
proletarias; las manifestaciones del l.° de Mayo, que
trascendían á las aldeas más apartadas; las huelgas
frecuentes que imponían la voluntad del trabajo
sobre el capital; el creciente triunfo de los candida­
tos obreros en las elecciones legislativas; el Estado,
por la fuerza de las cosas y por la imposición del
mayor número arrojándose en brazos del socialismo,

214

CUENTOS ILUSTRADOS

habían modificado lentamente la legislación secular
y los antiguos organismos; pero ¡ cosa rara en la his­
toria de los pueblos! sin disturbios ni violencias y
respetando el principio del derecho á la posesión le­
gítima.
Merced á este espíritu de justicia que prevaleció
en los altos poderes, se reconocieron en toda su in­
tegridad los derechos de los acreedores del Estado;
pero el valor del capital mermaba de día en día, y el
2 por 100 interior obtuvo cambios superiores á la par;
entonces se decretó la conversión voluntaria en el
1 por 100.
La renta usufructuaria de Fortunato bajó á 10,000
pesetas, y como al propio tiempo se encarecían los
salarios, aquél tuvo que renunciar al servicio de su
criado, mientras que Pedro ganaba un jornal de 12
pesetas.


*

*

En 1915 el 1 por 100 interior era convertido en
V2 por 100, y Fortunato, con sus 5,000 pesetas de
renta, alquiló el piso tercero de la derecha, y Pedro
pudo ocupar el inmediato de la izquierda, pues su
salario ascendía ya á 15 pesetas diarias, ó sea 5,000
pesetas anuales próximamente, descontando los días
festivos.

El y 2 por 100 se redujo en la misma forma y por
idénticas circunstancias en % por 100 al expirar la

LAS

TIJERAS

215

segunda década del siglo xx. Fortunato vió mermada
su renta á la mitad, bastando apenas para cubrir las
necesidades más apremiantes de la vid a : tal era el
incremento del precio de las cosas, producto del tra­
bajo. En tanto que él, usufructuario de un millón de
pesetas, tenía que apelar al
Rastro para vestirse, P e­
dro, con el sueldo de corta­
dor de sastrería, pudo per­
mitirse el lujo en invierno
de un gabán de pieles.

JSEWCHA]IJ£CGS

*

El interés del millón de
pesetas quedó limitado á
1,250 pesetas en el año 1925
por la reducción del 1/ 4
en i/8 por 100, y Fortu­
nato pasó á ocupar el piso
cuarto, cuando el -sastre
bajaba al segundo.


*

*

Por fin, en 1930 se llevó
á cabo la última conversión del 1/ 8 por 100 en if .6,
gracias á la depreciación progresiva del capital.
Fortunato el millonario disponía sólo de G25 pese­
tas de renta al año. Era casi un pobre de solemnidad y
se resignó á subir á la buhardilla y á trabajar cuando
frisaba con los 55 años. No había querido estudiar

216

CUENTOS ILUSTRADOS

profesión alguna ni aprender oficio, y tuvo que aco­
gerse á la escoba municipal.
Pedro, aprovechando los progresos de la subdivi­
sión del trabajo, había llegado á ser un especialista
en el corte de chalecos, y los principales sastres de
M adrid acudían á él para la preparación de aquellas
prendas. Ganaba 40,000 pesetas al año, y en el es­
pacio de trein ta y cinco logró bajar de la buhardilla
al principal.
$





Las tijeras del sastre, cortando paño, habían ven­
cido á las tijeras del rentista, cortando cupones.

EN E L P L A N E T A M ALTE

Periódicos parlantes. — Supresión por inútil de la enseñanza del
arte de leer y escribir. — Medios de locomoción. — Unidad po­
lítica, lingüística y religiosa. — Artículo de un periódico. —
Noticias de la Tierra. — Parangón entre ésta y Marte.— Pro­
digios de las ciencias. — Oración de los martícolas.

U n i v e r s a l es el nombre
del periódico más oído del planeta
Marte.
Para los suscriptores hay fonó­
grafos á casa hita, que, sin más
trabajo que oprimir un botoncito,
repiten los telefonemas impresos
ó grabados en el peregrino confi­
dente.
Al público en general, para enterarse de las dia­
rias noticias, le basta depositar una moneda en
aparatos que abundan en calles, plazas y caminos.
esonancia

218

CUENTOS ILUSTRADOS

Apenas cae la moneda dentro del ingenioso fonó­
grafo, habla éste en voz baja, á través de reducida
abertura, de modo que sólo pueda valerse de él una
persona, y no resulten defraudados los intereses de
la empresa.
Los decretos, órdenes, reglamentos y bandos de
las autoridades son pregonados en todas partes por
megáfonos, que sustituyen las campanas en las to­
rres de los templos, y los relojes dan la hora imi­
tando la voz humana.
Tanta perfección han alcanzado allí el fonógrafo
y el teléfono, que el arte de leer y escribir está en
desuso. El Supremo Consejo de Instrucción Pública
acaba de suprimirlo de las escuelas, limitando su
enseñanza á la Diplomática.
Compónense las calles, las carreteras, y aun los
caminos vecinales, de dos series de plataformas que
se deslizan en opuesto sentido; cada una de las últi­
mas tiene velocidad diferente; de modo que cuando
los martícolas quieren trasladarse de un punto á
otro, se colocan sobre la más lenta, y si desean ace­
lerar la marcha, pueden pasar sucesivamente á la
más rápida, que tiene un movimiento de 250 kilóme­
tros por hora.
Centenares de canales, cuyo principal objeto es
evitar los estragos de las inundaciones periódicas
producidas por la fusión de los hielos aglomerados
en los polos, cruzan los continentes en todos senti­
dos, facilitando al mismo tiempo la navegación de
buques eléctricos, que surcan las aguas con rapidez
vertiginosa.
Esta facilidad de comunicaciones ha producido

EN EL

PLANETA

M ARTE

219

con el transcurso del tiempo, como no podía menos
de acontecer, no sólo la unidad política, sino tam­
bién la lingüística y hasta la religiosa. Allí no hay
más que un Estado, un idioma y una creencia. De
tal suerte se arraigó ésta en el corazón de los mar­
cianos con el cultivo de las ciencias, que la palabra
ateísmo y las de ella derivadas no existen en los
diccionarios fonográficos de aquel feliz y venturoso
mundo.
Y cuenta que su idioma es tan rico por la variedad
y abundancia de sus voces, que las personas instrui­
das hablan con claridad y concisión admirables. No
tienen que perder el tiempo en el estudio de otras
lenguas muertas ó vivas, y ni siquiera de la ortogra­
fía del propio idioma, por la razón que antes he in­
dicado.
*


#

Y sin más preámbulos digo que Resonancia Univer­
sal, diario parlante del planeta Marte, sorprendió ha
pocos días á sus oyentes con este estupendo artículo:
«Sabido es por todo el mundo (allí también hay un
mundo tan grande como un planeta y un planeta de
los de menor cuantía del sistema solar), que los ob­
servatorios astronómicos costeados liberalmente por
el Estado en interés de la noble causa de la ciencia,
descubrieron, á principios del siglo, que estaba habi­
tado nuestro vecino y colega el astro opaco número
tres, conocido vulgarmente con el nombre de Azul.
Desde entonces se organizó, merced á la generosidad
de los poderes públicos, un sistema de señales lumi­
nosas, por medio de inmensos focos eléctricos sitúa-

220

CUEN TOS IL U S T R A D O S

dos á grandes distancias, á fin de ver si aquellos
telescópicos seres querían ponerse en relación con
nuestros sabios. Pues bien; al cabo de muchos años
de tentativas infructuosas, según un telefonema que
acabamos de recibir, los astrónomos de aquí lian lo­

grado tener un diálogo con sus colegas del otro
mundo, los cuales, advirtiendo nuestras señales,
adoptaron un sistema análogo para contestarnos. Al
efecto establecieron un telégrafo óptico compuesto
de tres inmensos focos de luz eléctrica formando un
triángulo equilátero, de un décimo de meridiano
cada lado, de manera que aquéllos proyectaran des­
tellos á intervalos y constituyesen una especie de
alfabeto. La interpretación fue al principio dificul-

EN

EL

PLANETA

M ARTE

221

tosa; pero algunos arqueólogos versados en el conoci­
miento de las escrituras antiguas cayeron en la cuenta
de que los signos de los habitantes del Azul para re­
presentar las letras tenían muchos puntos de seme­
janza con los que emplearon ha bastantes siglos
nuestros antepasados, cuando el telégrafo estaba en
la infancia. Más ardua fue la empresa de adoptar un
lenguaje convencional; pero cuando tanto se ha pro­
gresado en los procedimientos inductivos, ¿puede
sorprender á nadie que los sabios de ambos cuerpos
celestes llegaran á entenderse hasta el punto de sos­
tener conversaciones interplanetarias?
»Gracias á ellas se ha descorrido el velo del astro
misterioso, objeto durante tantos siglos de las cavi­
laciones de los astrónomos. Ya sabemos que al pla­
neta que nosotros designamos con el nombre de Azul
le llaman sus naturales Tierra, y que el habitado por
nosotros es conocido por ellos con la denominación
de Marte.
»Pueblan aquel globo 1,400 millones de seres hu­
manos, según la opinión de varios geógrafos, aunque
otros reducen esta cifra, de lo cual se infiere lo atra­
sada que anda allí la estadística.
»La inmensa mayoría de sus habitantes vive su­
mida en la más vergonzosa barbarie, y el resto, que
blasona de civilizado, se encuentra, á lo sumo, en el
grado de perfección y adelantamiento que teníamos
hace diez siglos, en aquella era histórica que califica­
mos de semiculta.
»Aunque de pocos años á esta parte se han reali­
zado algunos progresos, los medios de comunicación
son toscos ó imperfectos. Los terrícolas emplean to-

222

CUENTOS ILUSTRADOS

davía el vapor de agua, lo cual exige máquinas com­
plicadas, y, sobre todo, pesadísimas y costosas. La
ciencia eléctrica está en la infancia. No han encon­
trado el procedimiento práctico y económico de utili­
zar la electricidad como única fuerza motriz. Desco­
nocen en absoluto el fluido vital y el que llamamos
innominado, cuyo descubrimiento tan gran revolución
produjo en la mecánica.
»Las dificultades de la locomoción, inherentes al
atraso de la Física, unidas á la extraña organización
de sociedades que no reconocen en el individuo el
derecho de viajar gratuitamente, como sucede aquí,
en transportes que constituyen un servicio público,
obligan á la generalidad de dichos seres á vivir adhe­
ridos á la tierra que los vió nacer, y de aquí que el
medio ambiente ejerza tanta influencia sobre ellos,
hasta el punto de que para muchos el concepto de la
patria se limita á la reunión de unos cuantos edificios,
y, á lo sumo, á un accidente geográfico ó histórico.
»Esta forzada vida sedentaria da lugar á que sub­
sistan aún en la Tierra numerosas nacionalidades
con sendas lenguas, variedad de costumbres y diver­
sos Estados.
»¡Cuán imperfecta la organización de éstos!
»Los más bárbaros están regidos por el capricho
de un individuo, y los más adelantados por las pasio­
nes de unos cuantos; pero en todos los países siempre
son los gobiernos los que viven á costa de los pueblos:
les falta descubrir el sistema de que sea el pueblo el
que viva á costa de su gobierno.
»Las rivalidades de los Estados, hijas casi siempre
de la codicia del bien ajeno, engendran frecuentes y

EN EL

PLANETA

MARTE

223

desastrosas guerras, que acaban con la ruina del ven­
cido; pero aun hay una cosa peor que la guerra: el
miedo de ella, que aniquila á todos á fuerza de apres­
tos militares.
»Nada más primitivo que la indumentaria. Se vis­
ten de telas, toscamente tejidas, producto de fila­
mentos de tallos de plantas, de los gérmenes de éstas,
de los capullos de un gusano ó de la tonsura de
cuadrúpedos, á los cuales se despoja del abrigo que
les dio la Naturaleza para su propio y no ajeno uso.
»Viven en tal atraso, que no lian inventado, como
nosotros, el sistema de caldear la atmósfera en la
estación del frío, y de aquí que el vestido, acaso más
caprichoso que racional, responda á la necesidad de
defenderse de las inclemencias del cielo, cuando en
nosotros no obedece más que á las leyes del decoro.
Inútil es añadir que los terrícolas no han descubierto
las finísimas telas que fabricamos, producto de mi­
croscópicos y flexibles hilos de diversos metales.
»Tan escasos son los progresos realizados por la
síntesis química en la Tierra, que sus habitantes,
para sustentarse, no tienen más remedio que des­
truir millones de millones de semillas de plantas, y
sacrificar inmenso número de animales. No han en­
contrado, como nosotros, la manera de formar los
compuestos necesarios á la nutrición, y reducir su
principio activo á cantidades que, en pequeñas dosis,
basten no sólo para el sostén, sino hasta para el regalo
del individuo.
»La organización social es, si cabe, más deficiente
que la del Estado. La forzosa ley de la desigualdad que
la Naturaleza impone á los individuos, lejos de

224

CUENTOS ILUSTRADOS

atenuarse con sabias y previsoras medidas, y, sobre
todo, con los nobles y levantados fines de la sublime
caridad, adquiere cada vez m ayor increm ento, y de
aquí que los odios, rencores y rivalidades, engendra­
dos por la envidia y la miseria, amenacen la paz in te­
rior de las naciones. Existe además una causa que
agrava de día en día estos males, llamada á producir
la más trem enda de las crisis, y es que el aumento de la
producción de los artículos necesarios á la existen­
cia de los habitantes de la Tierra, no está en relación
con el progresivo desarrollo déla población. Añádase
á esto que los notables adelantos de la Medicina y de
la Higiene, que tienden á aum entar el térm ino medio
de la vida hum ana, no están tampoco en relación
con los de las demás ciencias, encaminados á que los
alimentos y el bienestar m aterial resulten fáciles y
económicos.
»Para tener una idea de la constitución de la fam i­
lia en la mayor parte de aquel mundo, preciso nos
sería rem ontarnos á la época de nuestros aborígenes,
cuando im peraba sólo el derecho brutal de la fuerza.
En los países bárbaros, que son la inmensa mayoría,
la m ujer, víctim a del despotismo, de la violencia y
de la esclavitud, no tiene más armas para su defensa
que la hipocresía, m ientras que en los demás suele
vivir resignada, pero no satisfecha, con los mermados
derechos que le conceden la legislación y las costum­
bres.
»La enseñanza se encuentra aún en estado rudi­
m entario. La lozana inteligencia ó inquieta atención
de la juventud, entregadas á constante tortura, nece­
sitan años y años para el estudio y provechoso cul-

EN EL

PLANETA

225

MARTE

tivo de asignaturas á veces de utilidad discutible, 6
acaso de lenguas muertas, ajenas á los fines profesio­
nales; cuando nosotros sometemos á los escolares al
sueño hipnótico para sugerirles en deleitoso y plácido
arrobamiento cuanto requiere la ciencia ó arte á que
muestran particular predilección desde su tierna in­
fancia.
»Nos dicen que en la Tierra hay á veces justicia,
pero que resulta lenta y costosa; como si el más pri­
mordial de los deberes de un Estado no consistiera en
administrarla pronta y cumplida, y como si no fuese
el colmo de la iniquidad, por parte del fisco, ex­
plotar la razón en tela de juicio. ¿Cuándo alcanzarán
los terrícolas nuestra perfección forense? ¿Cuándo
renunciarán á enojosas ó interminables escrituras,
y confiando las partes la simple exposición de hechos
al teléfono, esperarán tranquilamente el fallo de los
jueces, entregados durante las horas de audiencia al
sueño hipnótico? Si bien parece un tribunal grave,
circunspecto, solemne, estamos más seguros de su
acierto al verle en el estado de reposo que constituye
la genuina representación de la Justicia.
»Allí hasta los hombres más civilizados viven en
jaulas, que no otro nombre merecen para nosotros
sus hacinadas, incómodas y pequeñas casas, tosca­
mente labradas con pesados materiales de hierro,
madera, piedra ó tierra cocida. La arquitectura, á la
cual le falta el auxilio eficaz de los adelantos cientí­
ficos, no puede construir los edificios de aluminio,
ligeros, suntuosos, esbeltos y elegantes, que son el
encanto y ornamento, no sólo de nuestras ciudades,
sino también de nuestras aldeas, ni los palacios am15

226

CUENTOS ILUSTRADOS

bulantes, levantados sobre las plataform as movedizas
de los caminos, que brindan gratuita hospitalidad al
viajero durante sus excursiones á través de los con­
tinentes.
»El terrícola ignora en qué consiste la verdadera
libertad individual. Acontece que, cuanto más culto,
mayor suele ser la tiranía que sobre él ejercen los
deberes sociales. Víctim a del reloj en los actos más
vulgares de la vida, y casi siempre de la im tperinencia ajena, sólo hacen soportable el torm ento de la
comunidad la tolerancia recíproca, la benevolencia
aparente y el convencionalismo perpetuo. En cam­
bio, ¿necesitamos nosotros la asociación, ni siquiera
en las horas del ordinario sustento, cuando una cajita
de píldoras puede proporcionarlo durante veinte días?
¡A qué coches, tranvías, trenes, ni la eterna escla­
vitud de la campana, cuando aquí sirven de vehículo
las mismas calles y caminos, cuyo pavimento se
mueve sin cesar!
»Disfrutamos de las diversiones públicas sin ence­
rrarnos en estrechos locales, donde tal vez la inco­
modidad del cuerpo no compensaría los placeres del
espíritu, pues ¿quién no dispone á su sabor de un
megáfono y de un telefoteidoscopio 1 para recrear el
1 Esta palabra no se encuentra todavía en ningún dicciona­
rio, pero espero que el de la Real Academia Española podrá publi­
car un día esta ó parecida definición:
T elefoteidoscopio (del gr. xsXe, lejos; cpo^, cpoxoc, luz; etSo^, ima­
gen; y axoTiso yo veo ó yo examino), m. Aparato que por medio de
hilos eléctricos reproduce las imágenes en un espejo, por grande
que sea la distancia entre aquéllas y éste. — (N. del A.)

EN EL PLANETA MARTE

227

oído y la vista con los maravillosos espectáculos que

costea pródiga y liberalm ente la munificencia del
Gobierno?

228

CUENTOS ILUSTRADOS

»Los amantes á quienes separa la distancia apelan
al telefoteidoscopio y al teléfono, para verse con el
uno y para transm itirse con el otro las jam ás enojo­
sas y nunca inútilm ente reiteradas protestas de amor,
cambiando entre sí las corrientes del fluido vital (que
apenas presienten los terrícolas), el cual sumerge á
ambos en deleitoso éxtasis, produciendo en los suje­
tos el maravilloso fenómeno de la unidad y sim ulta­
neidad de ideas y sensaciones.
»La poesía, amenazada, al parecer, de m uerte á
medida que lo útil y lo práctico prevalecía en nues­
tras costum bres, renace pujante y vigorosa, ha­
llando inagotable m anantial de inspiraciones en los
secretos arrancados á la N aturaleza, en la contempla­
ción de las admirables leyes que rigen al Universo,
en la armonía asombrosa de los espacios siderales
y en el esplendor y magnificencia de las obras del
Altísimo.
»¡Y en tanto que la poesía filosófica remonta el
vuelo á lo infinito, existe aquella que vivirá eterna­
mente, m ientras la perpetuación de nuestra especie
dependa de la dulce y misteriosa atracción de dos
seres racionales, y m ientras el amor m aternal sub­
sista sobre la faz de los mundos!
»¡Benditos vosotros, nobles campeones de la cien­
cia, que tanto contribuisteis á nuestro bienestar ma­
terial, á la independencia y autonomía del individuo
y, sobre todo, á la paz indestructible cimentada en
el derecho y en la unidad política del planeta! ¡ Siglo
dichoso éste, que ve surgir la edad á la cual los an­
tiguos, en su sencilla y grosera ignorancia, llamaron
dorada, y no porque volvamos al idilio de los tiempos

EN EL

PLANETA

MARTE

229

primitivos soñado por los poetas, sino porque los
adelantos físicos lian traído consigo el mejoramiento
moral ó intelectual de la familia humana!...»

*

Los megáfonos de todos los templos de la capital
de Marte anunciaron la hora de la oración, y des­
cubriéndose la gente con religioso respeto, alzando
los ojos al cielo, repetía esta plegaria, que aquellas
máquinas pronunciaban desde lo alto de las torres
con voz grave, reposada y solemne:
«Padre común de los mortales, Creador y Señor de
cuanto existe en el espacio y del mismo espacio, ben­
dito y alabado sea tu nombre eternamente.
»Consérvanos, Señor, ante todo la inteligencia,
destello sólo de la tuya, á fin de que dominemos la
materia y las fuerzas naturales que para el perfec­
cionamiento del espíritu en la lucha con ellas pusiste
en torno nuestro.
»Que al perdonar á nuestros deudores encontremos
el premio de tu bondad sin límites, y apártanos de la
soberbia, porque nuestras pobres obras nada son,
nada valen, ni nada significan comparadas con la
grandeza inconmensurable de las tuyas.
»Líbranos del mal y concede el bien á nuestros ene­
migos , y cuando llegue el término de la vida plane­
taria, otórganos la eterna con el goce de tu amor
infinito.»
Y las voces de los megáfonos resonaban en plazas

230

CUENTOS ILUSTRADOS

y calles, y en medio de la soledad de^ los campos y
de los m ares, infundiendo en todos los corazonesreligioso recogim iento, purísimo amor al Omnipo­
tente y la dulce esperanza del bien futuro é 'impe­
recedero.

EL DRAGÓN DE MONTESA
Ó LOS RECTOS JUICIOS DE LA POSTERIDAD

caer de una crudísima y ventosa tarde
de enero, un dragón de Montesa, puesto
sobre un caballo tordillo, calado el relu­
ciente casco, el cuello del capote hasta las
sienes, pendiente del cinto el largo sable
y afianzada la tercerola, hacía centinela
en la Plaza de Oriente de Madrid , junto á
la estatua de D. Sancho el Bravo, cuando
de pronto jinete y cabalgadura quedaron
muertos de frío.
En esto comenzó á nevar copiosamente y á des­
cender el termómetro, hasta el punto de que, algunas
horas después, señalaba 55 grados centígrados bajo
cero.
l

232

CUENTOS ILUSTRADOS

Y sobrevino una noche horrorosa, que se prolongó
por espacio de tres meses.
Europa, el Norte de A frica, la Australia y una
parte de Asia y América fueron sepultadas bajo un
sudario de nieve de muchos metros de espesor; el

Atlántico, el Pacífico, el Océano Indico y el m ar de
la China se precipitaron furiosos sobre islas y con­
tinentes, dejando sólo al descubierto las cumbres del
H im alaya, y los 1,400 millones de seres humanos
que poblaban la Tierra quedaron reducidos á unas

EL DRAGÓN

DE MONTESA

233

cuantas tribus nómadas semisalvajes ó ignorantes de
la civilización europea, que habitaban las elevadas
mesetas de la gran cordillera
asiática.
La aproximación de un co­
v
/
meta perturbando el movi­
miento rotativo de la Tierra
había variado de súbito su eje.
La Península ibérica pasó á
I
ser una región del polo boreal.
Madrid se encontraba á los
Ü esm J B ^
•w í* T
r,
•"
85 grados y 27 minutos de latitud Norte.

Transcurren años y años y

'i
siglos y siglos; los mares se
i*
retiran á sus antiguos límites;
T \¡
las tierras anegadas reapare­
cen y los polos vuelven á su
primer estado.
La acción solar recobra su perdido imperio en la
desierta España, y comienzan á liquidarse las enor­
mes masas de nieve helada aglomeradas en los valles.
De las cordilleras de la Península se desprenden
aludes como montañas, que bajan despeñados para
sumergirse en las turbulentas aguas que cubren
las hondonadas, y aparecer luego sobre la superficie
de aquellas á manera de grandes islas flotantes.
El exuberante raudal, siguiendo las antiguas cuen-

234

CUENTOS ILUSTRADOS

cas, ora formando inmensos lagos, ora anchurosos
y dilatados ríos, se precipita entre abruptas y colo­
sales moles de brillantes facetas cubiertas de crista­
linos carámbanos.
Por todas partes el hielo ofrece en magnífica
abundancia y grandiosa perspectiva las múltiples
obras y variados estilos que pudo inventar el genio
de la arquitectura.
Aquí la pagoda in­
dia de sobrepuestos
pisos, el esbelto mi­
narete árabe, la se­
vera columna dóri­
ca, la afilada aguja
del obelisco, el im­
ponente torreón del
castillo feudal, el
gótico campanario
coronado de afili­
g ran ad as to rreci­
llas, la cúpula ma­
jestuosa del Renaci­
miento y la bóveda
atrevida del arte
ojival, y allí el corvo
espolón de un buque
blindado, la proa
lanzada de un bar­
co de vela, el hondo
foso y la empinada
contraescarpa de una fortaleza. Más allá masas con­
fusas, aglomeraciones ciclópeas, cerros cortados á

EL DRAGÓN DE MONTESA

235

pico, inclinados, que se juntan por las cimas, dejando
entre sí espaciosas y profundísimas cavernas donde
penetran lejanos rayos de luz, reflejándose y descom­
poniéndose con todos los colores del iris.
Doquiera el incesante estrépito de témpanos que
resbalan por las laderas de los montes y en progre­
sivo movimiento ruedan al fondo, de rugientes cata­
ratas que se desprenden de considerable altura, y
de informes bloques de hielo que se dislocan y rajan
y al propio peso se desploman.

El A tlántico invade la desembocadura del Tajo, y
juntando sus aguas con las de la gran arteria fluvial
que dilata las orillas hasta las altas sierras, recibe
en su seno enormes bancos de hielo, los cuales, á
impulsos del viento, surcan las olas del mar espa­
cioso, hasta liquidarse en las calientes zonas.
Un barco ballenero aborda acaso la errante isla,
cuyas entrañas encierran todavía vestigios de la
que fué capital de España. La acción del frío ha

236

CUENTOS ILUSTRADOS

conservado momificados, á tr a v é s de los siglos, al
d ragó n de Montesa y el caballo sorprendidos por
la ven tisca á la puerta del R e a l P ala cio 1.* Junto á ellos
y a c e n h a c in a d o s los
restos de la g a r ita de
cab a lle ría , el p u e s to
de a g u a y f r a g m e n ­
tos de la estatua de
D . Sancho el B ra v o .
E n c u e n tra n los p e s c a ­
dores estas reliquias de
una época que se pierde
en la noche de los tie m ­
pos, y solícitos las re­
co ge n , y con la p r e ­
ciosa c a r g a se hacen á
la vela con rumbo á la
a n tig u a costa del Senegal.
E x is te allí un p u e b lo ,
descendiente como el
resto de la hum anidad,
de las hordas que se
salvaron del nuevo d i ­
luvio en las altas m e­
setas del Himala37a, pueblo tan de suyo pacífico, que
apenas conserva nociones del arte m ilitar, aunque
cuenta con una legión de sabios pletóricos de eru d i­
ción, devorados por la sed de las in vestigaciones.
1 A fines del siglo x v m se encontró en S iberia entre el hielo,
co n servad a p or la acción del frío , la momia de un mamuth, cu ya
especie ha desaparecido.

EL

DRAGÓN DE MONTESA

237

Tocios ellos acogen con júbilo aquel tesoro de la
edad prehistórica, y á porfía tratan de reconstituir
los valiosos objetos que lian de figurar en preferente
sitio en el Museo Arqueológico. Algunos están hechos
pedazos, deteriorados otros, incompletos los demas;
pero no faltarán hábiles restauradores que los com­
pongan, dando á los remiendos hasta la pátina ante­
diluviana.
Por fin llega el deseado día en que los represen­
tantes de la sabiduría oficial dan á luz el luminoso
informe confiado á su reconocida competencia é
indiscutible autoridad, y presentan, reconstituidos
y restaurados ante el más selecto de los auditorios,
los preciosos y sin par ejemplares de un hombre, un
caballo y diversos objetos de la más remota anti­
güedad.
«En primer lugar — dice el ponente de la comi­
sión informadora — han llamado nuestra atención
la cabeza y el brazo derecho de una estatua de pie­
dra. La expresión majestuosa de aquélla, la actitud
enérgica del segundo, extendido hacia el cielo, han
confirmado plenamente nuestra primera impresión,
de que nos encontrábamos en presencia de un ídolo.
Y si no, juzgad vosotros.»
(Enseña los dos fragmentos de la estatua de don
Sancho. El auditorio da muestras de aprobación.)
«Siendo éste un ídolo — prosigue — hay motivos
para creer que ese mueble pintado de blanco, sím­
bolo de la pureza, y con rayas azules, color del cielo,
es el altar.»
(Y señala el puesto de agua restaurado.)
«Y que era altar destinado á los sacrificios, lo

238

CUENTOS ILUSTRADOS

atestigua esta pianella de metal blanco, que cubre
el ara, para recoger la sangre de las víctimas con
pulcritud y sin detrim ento de la madera.»

(Y pone la mano sobre el cinc de la mesa.)
«Tenemos, pues, el ídolo, el altar y el ara de los
sacrificios; pero estos ejemplares de la época ante-

EL DRAGON DE MONTESA

239

rior al diluvio, nada valen comparados con los nota­
bles objetos qne vamos á exponeros. El hallazgo ha
sido tal, que hasta nos ha perm itido reconstituir
parte del santuario del ídolo. Vedlo.»
(Y m uestra con orgullo la garita de caballería,
convertida en pagoda por obra y arte de los restau­
radores.)
«En cuanto al caballo, la comisión opina que era
la víctim a destinada al sacrificio, pues la costumbre
de inmolar estos animales se pierde en la obscuri­
dad de los tiempos más remotos. En prueba de ello
recordaréis que, según la tradición transm itida por
las tribus indias que se salvaron en los valles superio­
res del Him alaya del casi universal diluvio, y de las
cuales descendemos todos, Vichnu, segundo término
de la trinidad bráhm ica, en una de sus prim eras en­
carnaciones tomó la forma de enano para confundir
á B alí, quien había sacrificado cien caballos para
tener derecho al trono de Indra.
» Hay además otro indicio que no podemos menos
de someter á vuestra consideración. El caballo es
tordo claro, casi blanco, y nadie ignora que este
iiltimo era el color propicio á los dioses.
»Reconocido el caballo como la víctim a que iba
á ser inmolada en aras del ídolo, hemos deducido
naturalm ente que este hombre de tan extraña m a­
nera vestido, cubierto con largo ropaje, tal vez el de
ceremonias, era el sacerdote sacrificador.»
(Y presenta la momia del dragón de M ontesa.)
«Como si no fuera bastante lo expuesto, á los pies
del sacerdote se encontró un pedazo de la cuchilla de
los sacrificios.»

240

CUENTOS ILU ST R A D O S

(Y blando un fragmento del sable.)
«Por cierto que esta cuchilla tiene junto á la em­
puñadura una inscripción con caracteres para nos­
otros desconocidos, la cual debe ser una invocación
á la Divinidad.»
(La inscripción dice: F ábrica de T oledo.)
«En uno de los bolsillos del sacerdote liemos en­
contrado un documento importante. Ya encabezado
con caracteres parecidos á los de la cuchilla, que
tampoco hemos podido descifrar por no tener nin­
guna analogía con las escrituras conocidas; pero si­
guen á ellos columnas de números iguales á los que
nuestros antepasados aprendieron de una tribu mu­
sulmana. ¿Qué significa este documento prehistórico?
¿Será aventurado suponer que nos encontramos en
presencia de la Tabla cabalística ele los augures, ó tal
vez de la Clave de los sagrados misterios, reservada
sólo á una casta sacerdotal?»
(Y ante el atónito auditorio exhibe un Suplemento
d El Tío Jindama, con la lista de los números pre*
miados en un sorteo de la lotería de Madrid.)
«¿A qué religión pertenecía este sacerdote? Pre­
gunta es ésta á la cual no nos atrevemos á contestar
de una manera categórica; pero desde luego afirma­
mos que hemos encontrado algunas reminiscencias
del brahmanismo. Sabido es, por ejemplo, que los
vichnu-bdktas, ó sectarios de Vichnu, llevaban sobre
el pecho una especie de medalla de cobre en la cual
estaba grabada la imagen del mono Anumanta. Pues
bien, junto á los restos del altar se encontró este
pedazo de vidrio, con un papel á él adherido repre­
sentando al mismo animal.»

EL DRAGÓN DE M 0N TE SA

•24J

(M ientras habla así, somete al examen del audito­
rio un fragm ento de botella de Anís del Mono proce­
dente del puesto de agua.)
«Este feliz hallazgo dará ocasión á uno de nuestros
más ilustres colegas para escribir un interesante libro
con el título de Influencia del brahmanismo en las re­
ligiones délos pueblos antediluvianos de Occidente.
»Vamos á exponeros otros objetos de inapreciable
mérito arqueológico. He aquí una lám para votiva.»
(Y enseña con algunos remiendos y añadiduras de
los restauradores, el casco invertido del soldado
de caballería.)
«Que era aquél un pueblo adelantado en el orden
científico, lo dem uestra este fragm ento del pararrayos
del santuario.»
(Alude á un trozo del cañón de la tercerola.)
«Aquí tenéis el cepillo de las ofrendas. Ofrece una
particularidad: es de cristal para que aquéllas fue­
sen públicas. Así se estim ulaba la largueza de los
fieles, se ponía de manifiesto la ruindad de los avaros,
y se fiscalizaba á los servidores del culto. ¡Elocuente
testim onio de la previsión prehistórica!»
(Saca la caja de vidrio y hoja de lata donde la
aguadora guardaba los azucarillos.)
«En el seno de la comisión investigadora han sur­
gido dudas respecto de la procedencia de esta momia
humana. Algunos dignísimos individuos, en vista del
color negro del pelo y de la barba, sostenían que
aquélla era originaria de un clima caliente, ó por lo
menos templado. Otros, no menos respetables por su
saber y acreditada competencia en m aterias antro­
pológicas, objetaban, fundándose en las prendas de
16

242

CUENTOS ILUSTRADOS

vestir y en el sitio donde fué hallada, que procedía
de un país septentrional. Varios conciliaban las
opuestas opiniones con este razonam iento: — Esta
momia perteneció á una casta sacerdotal; las cla­
ses sacerdotales residían en las zonas tem pladas
más civilizadas, donde debieron tener su origen, y
acaso enviaban misioneros á los pueblos menos cultos
del Norte. ¿No podría ser por lo tanto un hom­
bre meridional que se encontrase accidentalm ente
ejerciendo sus funciones sagradas en una comarca
extraordinariam ente fría ? — Cuando era más acalo­
rada la controversia, vino á darle térm ino un feliz
hallazgo, poniendo de acuerdo los contrarios pare­
ceres. La momia tuvo el pelo y la barba rubios, como
suelen tenerlo los hijos del N orte, pero se teñía
de negro. Sí, señores, se teñía de negro, y llevaba
consigo una bolsa con varios artículos de tocador.
Helos aquí: un peine, un cepillo, y en una cajita el
cosmético. ¡Señores, qué adquisición! ¡El cosmético
fósil!»
(Y presenta la caja de betún hallada en la bolsa
de trastes del ex dragón de Montesa.)
«Pero como si no bastaran tantas riquezas, la
suerte nos deparaba un objeto de más valor: un
ejem plar numismático. ¡El único, prehistórico, que
existe en el mundo! Es una medalla de cobre. En el
anverso hay una m atrona sentada, con el brazo ex­
tendido en actitud enérgica, y en el reverso un arro­
gante león con las manos levantadas haciendo equi­
librios, apoyándose en un aro. Todos vosotros habréis
adivinado el objeto y significación de esta preciosa y
sin igual reliquia arqueológica, que hemos clasificado

EL

DRAGON DE

MONTESA

24B

así: Medalla conmemorativa de una domadora de
leones.»
(Y el docto auditorio admira aquel prodigio nu­
mismático, y el Museo Arqueológico se enriquece con
el último perro chico de la pobre España.)

EL MONSTRUO

ox Santiago, el tendero de
ultram arinos de la calle
del Lobo, á fuerza de eco­
nomías , sin defraudar en
el peso ni en la calidad
de los artículos, porque
era hombre muy de bien,
logró, al cabo de veinti­
cinco años de trabajo y
perseverancia, retirarse
por completo de los nego­
cios, reuniendo un caudal
de cien mil pesetas.
¿ En qué iba á emplear el laborioso fruto de sus
afanes? — ¿En qué colocaré mi dinero? — se pregun­
taba todas las noches al acostarse, y esta idea fija en
su imaginación no le perm itía conciliar el sueño. —

24 6

CUENTOS ILU STRA DO S

¿En acciones del Banco de España? — ¡Se cotizan ya
tan altas ! — ¿En papel del Estado? — ¡ Si todo se lo
ña de llevar la trampa! — ¿En empresas particulares?
— ¡Buenos están el comercio y la industria! — ¿En
acciones ú obligaciones de ferrocarriles? — ¡Quién
viaja en este desdichado país! — Cuando las transac­
ciones mercantiles vienen á menos, ¡ cómo ha de ha­
ber tráfico!
Por fin tomó una resolución y fue apelar al consejo
de su amigo D. Frutos, concejal, diputado á Cortes
y hombre ducho en los negocios.
— Si no fueses tan caviloso y pusilánime — le con­
testó D. Frutos — mi opinión sería que adquirieses
papel del Estado, y hasta que doblases la renta por
medio del sistema de las pignoraciones ó haciendo
alguna jugadita de Bolsa; pero para esto se necesita
corazón, ó por lo menos, desconocimiento del peli­
gro. Como careces de estas circunstancias, y además
deseas ante todo la tranquilidad y no te ciega la
ambición, creo que lo menos malo que puedes hacer
es fincarte en Madrid. Los terrenos del Ensanche
ganan de día en día; compra un solar, labra una
casita económica y resérvate un cuartito á tu gusto,
y así tú y la familia tendréis albergue y una renta,
aunque modestísima, suficiente á vuestras limitadas
necesidades, sin veros obligados á acudir al préstamo
ó á mermar el capital, para atender á las exigencias
de la vida.
El consejo sedujo á D. Santiago. ¡Qué feliz iba á
ser con su casita! ¡Haría los planos á su gusto, y
dirigiría las obras! ¡Nada de contratistas! ¡ Todo por
administración! ¡A él no le engañaba nadie! ¡ Mucha

EL .MONSTRUO

247

economía y al mismo tiempo perfecta solidez! En los
cimientos emplearíanse el pedernal de Vicálvaro, el
mejor ladrillo santo y buen m ortero: todo á fuerza
de pisón. Después se asentaría la fábrica de ladrillo
recocho, muy cocido, hasta enrasar con la calle. En
la fachada dos hiladas de granito de Colmenar, y la­
drillo fino y prensado en el param ento para evitar así
los gastos de revoque. ¡ Será una fachada irrevocable!
— decía el ex tendero.—En las crujías y m edianerías
entram ados de excelente madera de Cuenca, tabica­
dos de ladrillo pintón. Nada de cascote en las media­
nerías: esto ya no se usa. Los pisos habían de ser de
hierro en la planta baja, pintados de minio, á prueba
de humedades, y de bovedilla, con en­
tarim ado. Los demás, de viguetas de
madera de Cuenca, forjados y solados
.. •!
con baldosín fino de
A riza. ¿Y la distri­
bución de la casa?
Ya la tenía trazada
en su im aginación el
futuro casero, antes
de conocer la figura
geom étrica del solar.
Hechas estas pre­
venciones, aunque
hombre de suyo pru­
dente y reflexivo,
adquirió á diez rea­
les el pie el prim er
terreno que le ofre­
cieron en el barrio de Salam anca: tal le apretaba el

248

CUENTOS ILUST RAD OS

deseo de verse p ropietario. E r a un solar situado en
una de esas calles sin servicios m unicipales, que no
figuran más que en los planos; sólo medía cuatro mil
pies cuadrados, y sobre él levan tó D . S a n tia g o el
suntuoso a lc á z a r de sus ilusiones.
Pero pronto comenzaron éstas á desvanecerse.
E l novel propietario vió defraudados sus in e x p e r ­
tos cálculos sobre la construcción de la obra, y no
tu vo en cuen ta la p a tern al solicitud que el E stad o y
el A y u n ta m ie n to de M adrid dispensan á los que, si
bien movidos por un interés p a rtic u la r, c o n trib u y e n
al aum ento de la riq u eza imponible, proporcionando
vida á m uchas i n d u s tr ia s , el pan á numerosos obre­
ros, la h igiene á la población y comodidad á sus h a b i­
tantes.
¡ Qué de g ab e las sin fin desde la compra del solar
hasta que la finca está en condiciones de r e p o rta r
p r o d u c to s ! ¡ P a p e l s e lla d o , derechos de transm isión
de dominio, tir a de cuerdas, licencias de edifica­
ción, de va lla y de acometic^i á la a lca n ta rilla , a rb i­
trio sobre m ateriales de construcción, permiso para
alquilar y tim b re de contratos y r e c i b o s ! ¡ Y esto
prescindiendo de otros g astos naturales, como el n o ­
tario y re g is tr a d o r de la propiedad !
— ¡P e r o hombre, — ex cla m a b a D. S a n t i a g o , h a ­
blando con D . F rutos: — el E stad o y el A y u n ta m ie n to
me saquean cuando 37o no gan o to d av ía n a d a !
— No te quejes, — contestab a el diputado concejal.
— E l E stad o y el A y u n ta m ie n to son previsores: si te
imponen estos g ra vám enes en la construcción de la
casa , en cam bio te exim irán del p a go de la c o n trib u ­
ción durante el prim er año.

E L MONSTRUO

249

—-Sí; pero mi capital no produce interés durante
los dos años de las obras.
— No hay más remedio — replicaba D. Frutos,—
es preciso vigorizar la Hacienda pública. ¿Cómo se
satisfacen si no las crecientes atenciones municipa­
les, y las enormes obligaciones del Estado? Hay que

buscar el dinero donde se encuentra de una manera
manifiesta y tangible, donde no pueda escapar á los
ojos del fisco, como por ejemplo, en la propiedad y
en la industria, y prescindir de ciertas teorías sobre
la equidad en el reparto de los impuestos, muy bue­
nas sin duda para leídas, pero sin resultado en el
terreno de la experiencia, mayormente en este desdi-

250

CUENTOS ILUSTRA DOS

chado país donde no existe el sentido moral por parte
del contribuyente en sus relaciones con la iVdministración.
— ¡Pero no te parece á ti que sería mejor que ésta
comenzase dando el ejemplo, mostrándose justa,
equitativa y paternal para con los administrados!
*
jj:

^

Durante el verano de 1873 quedó completamente
terminada la casa de D. Santiago, quien se trasladó
á ella, ocupando la más modesta de sus habitaciones,
en compañía de un hijo, la esposa de éste, tres sobri­
nos (que constituían toda la familia), y una criada.
La obra, á pesar de que fue preciso renunciar á las
vigas de hierro, á la madera nueva de Cuenca y al
ladrillo fino, y sustituir las primeras con materiales
procedentes de derribos, importó noventa mil pese­
tas, que unidas á las diez mil del solar, hicieron
ascender el valor de la casa á cien mil pesetas.
El producto neto de la renta anual, calculada al
principio en cinco mil quinientas pesetas, quedó re­
ducido á cuatro mil quinientas.
*

*

*

A los seis años bajó al sepulcro el ex tendero, víc­
tima de la tisis, azote de su familia, y en el espacio
de catorce fueron heredando sucesivamente la finca,
el hijo, la nuera, los tres sobrinos y la criada.
Poco ha que falleció ésta, habiendo testado en
favor de su alma.

251

EL MONSTRUO

D. Frutos, constante amigo de la casa y habitual
concurrente á ella, fue el paño de lágrimas de todos,
desempeñando en las diversas testamentarías las fun­
ciones de albacea y llevando su generosidad hasta el
punto de prestar á módico interés las cantidades
que devengó la Hacienda por diferentes conceptos.
Al proceder á la liquidación general para saldar
su cuenta, resultó que D. Frutos había entregado al
fisco las siguientes cantidades:
Derechos reales por la compra del solar, que costó
10.000 pesetas (3 por 100)...........................................
Transmisiones de dominio de la casa, tasada en
100.000 pesetas: Al heredar el hijo (1 por 100) . .
Idem la esposa de éste (3 por 100).................................
Idem el hermano de la anterior, que era además so­
brina de D. Santiago (4 por 1 0 0 ).............................
Idem un sobrino carnal del último testador (5 por 100)
Idem un primo hermano del precedente (6 por 100). .
Idem la criada (9 por 100, entre extraños)...................
Idem el alma de la criada (8 por 100, según la ley de
5 de agosto de 1893)...................................................

300
1,000
3,000
4,000
5,000
6,000
9,000
8,000

Total.............................................................

36,300

Además el 1 i¡t de premio de liquidación de las dife­
rentes transmisiones (que percibe el Estado en las
capitales de provincia)..............................................

514

Total p or derechos reales........................

36,844

Contribución territorial, con el gravamen corres­
pondiente y el recargo del Ensanche, durante el
tiempo que D. Santiago y su familia disfrutaron
de la ca s a ....................................................................

24,096

Total devengado por la Hacienda. .

.

.

60,940

Agregando á esta cifra los arbitrios municipales

252

CUENTOS ILUSTRADOS

que afectan directamente á la propiedad, I). Frutos
dedujo que el Estado y el Municipio consumieron en
el espacio de veinte años dos terceras partes del
valor de la finca.

Proudhon pedía sólo para el Estado la sexta parte
de los alquileres y arrendamientos (sesión de la Asam­
blea Constituyente francesa de 31 de Julio de 1848);
pero D. Frutos deja muy atrás al padre de la anar­
quía contemporá­
nea al votar todos
los años los presu­
puestos en las Cor­
tes y en el Ayunta­
miento de Madrid.
A semejanza del
personaje de Mo­
liere, que hablaba
en prosa, sin sa­
berlo , todavía ig­
nora que el deseo
de dar jmsto á la
voracidad insacia­
ble de la Hacienda, le lia convertido en entusiasta
campeón del socialismo de Estado.
En las discusiones políticas, empero, se revuelve
airado contra los enemigos del orden social, que ame­
nazan destruir la libertad individual, la propiedad,
la familia, el santuario de las conciencias y la paz de
los espíritus.

£ L MONSTRUO

253

La casa que edificó D. Santiago fue puesta á su­
basta por el juzgado. A falta de postores, D. Frutos
tuvo que resignarse á ser propietario, para reinte­
grarse así de las cantidades por él anticipadas y los
intereses correspondientes.
De la familia del modesto industrial de la calle del
Lobo (hoy Echegaray), ni siquiera queda el recuerdo.
El microbio de la tisis acabó con aquélla, y el mons­
truo del Estado, después de devorar el modesto
patrimonio, adquirido á costa de tantos trabajos y
privaciones, hasta se ensañó con el alma de la criada.

/

EL FIX DE BARCELONA

el Dr. Puff, fama universal por
sus profundos conocimientos geológicos,
meteorológicos y astronómicos, y nadie
le aventajó en la ciencia de predecir los
trastornos de la naturaleza. E ra el ver­
dadero Zaragozano de la lluvia y del buen tiempo, y
el único Zaragozano para profetizar los fenómenos
séismicos y las erupciones volcánicas.
El terrem oto de K rakatova, que sepultó en el m ar
una parte de aquella isla, causa de tantas muertes,
males y ruinas y objeto general de conmiseración y
espanto, era considerado por el eminente sabio como
el primero de sus triunfos, pues él y sólo él, á des­
pecho de la incredulidad de las academias y de la
indiferencia del público, pronosticó y hasta consi­
guió fijar con precisión m atem ática el día, la hora,
el minuto y el lugar de la catástrofe.
Desde entonces, la autoridad y el prestigio del
ozaba

256

CUENTOS ILUSTRADOS

Dr. Puff fueron indiscutibles: había descubierto el
secreto de las sacudidas geogónicas, las leyes á que
obedecen y las causas que en determinadas circuns­
tancias las producen.
Consagrado única y exclusivamente á la ciencia
por él creada, ajeno á las pompas y vanidades del
mundo, recluido en su observatorio, en medio de las
asperezas y soledades de Monte Gray en los Estados
Unidos, atento sólo al bien de sus semejantes, no se
daba punto de reposo en sus difíciles ó intrincados
cálculos para anunciar con exactitud los terremotos
y poner así á cubierto de todo riesgo las vidas de
innumerables seres humanos.
Una noche, después de largo y laborioso estudio,
invertido principalmente en una serie inacabable de
operaciones aritméticas y algebraicas, extendió so­
bre la mesa de su despacho una gran carta de la
cuenca del Mediterráneo, midió con el compás algu­
nas distancias, y fijándose de pronto en un punto
que correspondía al meridiano de Barcelona, á tres
millas al Sur de aquel puerto, exclamó dándose una
palmada en la frente :
— ¡No hay duda, aquí va á ser! ¡Pobre ciudad!
¡Infelices habitantes! Pero yo puedo salvarlos... es
mi deber profesional... corram os... aun es tiempo...
Y en el acto se puso delante del aparato telefónico,
levantó los auriculares, oprimió el botón, sonó el
timbre, pidió comunicación con el periódico El
Heraldo, de Nueva York, y gritó:
— ¡ Heraldo ! ¡ Heraldo ! Anuncie usted para ma­
ñana viernes, á la una y seis minutos de la tarde, un
espantoso temblor de tierra en la costa de Cataluña.

EL FIN DE BARCELONA

257

Máximum de intensidad: en el mar á tres millas al
Sur de Barcelona.— Duración: seis segundos.—
Como en la catástrofe del Callao de 1740, una ola,
cuya altura no lia de bajar de veintisiete metros,
invadirá momentáneamente la población, arrasán­

dola toda. Los pueblos del litoral, desde Blanes á
Tarragona, están amenazados. ¡Que se pongan en
salvo sus habitantes!
El Heraldo de Nueva York publicó el viernes por
la mañana este telefonema, el cual fue reexpedido
por telégrafo á Europa, pudiendo aparecer en todos
los periódicos del antiguo mundo el mismo día, gra­
cias á la diferencia de meridiano.
¿Cuál no sería el estupor de los habitantes de Bar17

258

CUENTOS ILUSTRADOS

celona al leer esta noticia en la sección telegráfica
de los diarios locales? Tomáronla algunos á broma,
dudaron otros; pero los más dieron crédito al pronós­
tico, porque recordaban la profecía de San Vicente
Ferrer, y por la autoridad inconcusa de que disfru­
taba sobre la redondez de la tierra el eminente sabio
americano, desde que los resultados experimentales
elevaron la ciencia por él descubierta á la categoría
de infalible.
Al estupor, primer impulso de resistencia que opo­
nemos á la sorpresa, sucedió el pánico, el terrible
pánico que se manifiesta de pronto en los espíritus
débiles, liace vacilar los fuertes, y perturbando la
razón, cunde y se propaga por todas partes con
la rapidez del rayo.
Eran las diez de la mañana, y la pluma se resiste
á describir el conmovedor ó imponente espectáculo
que ofrecía la ciudad condal.
Confusa, revuelta y varia multitud de gentes á las
cuales el común peligro contagiaba el espanto, corría
desolada y despavorida buscando en los vecinos mon­
tes momentáneo refugio á la próxima ó inevitable
catástrofe.
Aquí una madre, indiferente al propio y general
peligro y sólo atenta á la salvación del tierno fruto
de sus entrañas, lo apretaba en sus brazos y huía
jadeante á todo el correr de sus débiles fuerzas. Allí
un enfermo demacrado, á quien se las prestaba el
supremo instinto de conservación, pugnaba con
vacilante paso por seguir á la muchedumbre fugi­
tiva. Más allá un fuerte mancebo cargaba sobre sus
robustos hombros el cuerpo inerte de decrépito y

EL FIN DE BARCELONA

529

paralítico anciano, y con la pesada carga se esfor­
zaba en vano en aligerar los pies. Un viejo devorado
por la avaricia se encerraba en su casa atrancando
la p u e rta , resuelto á perder la vida antes que aban­
donar el escondido tesoro; que á tales aberraciones
conduce la senil pasión de la riqueza. En la puerta
de un cuartel perm anecía firme en su puesto el cen­
tinela, más temeroso de la ordenanza que de la
m uerte. Numerosas personas, juzgándola inevitable,
caían de rodillas en m itad de la calle, y elevando sus
suplicantes ojos al cielo im ploraban su postrer auxi­
lio. Acudían otras presurosas á los templos buscando
bajo sus sagradas bóvedas el supremo refugio de la
esperanza. A tronaban el espacio los gritos de deses­
peración lanzados por millares de mujeres, en tanto
que los hombres, silenciosos y cabizbajos, pretendían
inútilm ente oponer la viril energía á las ruidosas
expansiones del dolor. Las autoridades, sorprendidas
por el inesperado suceso, cruzábanse de brazos lu­
chando con la perplejidad y la im potencia. A toda
prisa los buques zarpaban en el puerto haciendo
rumbo á alta mar, porque, á semejanza de lo que
sucedió en el Callao, corrían peligro de ser arrojados
por la enorme ola á dos ó tres kilómetros tierra aden­
tro. Desordenadas masas atropellábanse en agitado
remolino para tom ar al asalto trenes, tranvías, óm­
nibus y cuantos medios de transporte facilitasen la
fuga. Por todas partes movimiento, confusión, des­
enfreno, voces ensordecedoras, la lucha brutal y
egoísta por la existencia y el paroxismo de la locura
del pánico.
A la una de la tarde la mayoría de los habitantes

2G0

CUENTOS ILUSTRADOS

ele Barcelona y de su llano coronaban los montes
que, formando grandioso anfiteatro, lo circundan,
ciñen y rodean desde Montjuicli liasta Moneada.
Faltaban cinco minutos; se acercaba el momento
supremo; los corazones latían con violencia; los ojos,
como fascinados por el mar, fijábanse en su tersa y
tranquila superficie, sobre la cual rielaban los bri­
llantes rayos del sol, y profundo, imponente y ate­
rrador silencio reinaba en medio de la atónita y
suspensa muchedumbre.
Era un hermoso y espléndido día de primavera.
Ni una nube en el transparente y claro azul del cielo,
ni un soplo de aire moviendo blandamente las hojas
de los árboles. Todo reposo y calma en la apacible ó
indiferente naturaleza; todo zozobra, inquietud y
miedo en los atribulados espíritus.
Mas cuando la aterrada multitud esperaba sentir
de pronto temblar el suelo y conmoverse el firma­
mento; oir el formidable estampido del trueno en el
abismo, y el prolongado fragor de edificios que re­
pentinamente vacilan sobre sus cimientos, se desplo­
man, caen y derrumban; y ver la tierra convertida
en trágico teatro de desolación y ruina, y el mar,
rompiendo sus naturales lindes, envolver, sumergir
y arrasar con el flujo y reflujo de sus turbulentas
olas la gran ciudad, orgullo de sus hijos, gloria de
España y admiración del mundo, estremecieron el
aire voces infantiles, que en diversos puntos sin
cesar gritaban:
« ¡El Extraordinario, con el último parte del doctor
Puff!»
La gente arrebataba de manos de los vendedores

EL FIN DE BARCELONA

261

el delgado papel, y leía el siguiente despacho tele­
gráfico:
«Observatorio de Monte G-ray, 4 mañana. (Debe
tenerse en cuenta la diferencia de meridiano.) — He
pasado la noche rectificando mis cálculos.— La ca­
tástrofe de Barcelona es, por desgracia, segura;
pero, por error de suma, anticipó la fecha cien mil
años. — Puff.»

ÍNDICE

PÁGINAS

Del Cielo á España............................................................

7

Un diálogo en el espacio..................................................
La caja de cerillas.............................................................
Cuatro siglos de buen gobierno......................................

53

La taza de leche.................................................................
El Padre Carmelo...............................................................
El triunfo de la Igualdad................................................

105

El hombre único.................................................................
Lo presente juzgado por lo porvenir.............................

143

Un viaje á la República Argentina................................

169 —

La Verdad desnuda............................................................

187

La locura del anarquismo................................................

195 -

teridad...........................................................................

231 —

61
75 ^

123
129

157 -

Las tijeras............................................................................ 211 ~
En el planeta Marte.......................................................... 217 —
El dragón de Montesa, ó los rectos juicios de la pos­
El Monstruo................... .....................................................

245

El fin de Barcelona............................................................

255

csu elfeuji

OBRA DEL MISMO AUTOR

EL PROBLEMA SOCIAL
PR EC EDIDA
d e t; n

rnór.oco s o b r e e l s o c i a l i s m o
rou

13. EM ILIO OASTELAR
CON ILUSTRACIONES DE

LUCAS YILLAMIL, UNCETA, REGOYOS
y ESTRUCH

P r ec io : 3 pesetas 50 céntimos en las prin­
cipales librerías.

Colecciones