Ayer, Hoy y Mañana o la fe, el vapor y la electricidad: Cuadros sociales de 1800, 1850 y 1899. Tomo III
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- Flores, Antonio
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- 337
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- 0000000142
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- Notas
- Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
- Procedencia
- Jaureguízar, Agustín
- Colección de la edición
- Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
- Impresor
- Montaner y Simón
- Lugar de publicación
- Barcelona
- Idioma
- Español
- Europeana Type
- TEXT
- Europeana Data Provider
- Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
- Derechos
- Universidad Complutense de Madrid
- Licencia de uso
- CC BY-NC-ND 4.0
- Fecha de creación
- 1893
- Formato
- image/jpeg
- application/pdf
- extracted text
-
\
-
AYER
HOY Y M A N A N A
Orr i u s
AYER
HOY Y MAÑANA
ó
LA FE, EL VAPOR Y LA ELECTRICIDAD
CUADEOS SOCIALES DE 1800, 1850 Y 1899
DIBUJADOS Á LA PLUM A
.
POR D. A N T O N I O FL ORES
T O M O IXX
N U E V A E D IC IÓ N
IL U S T R A D A
BARCELONA
M O N T A N E R Y SIMÓN, E D I T O R E S
CALLE DE ARAGÓN, NUMS. 309 Y 311
ES PR O PIED A D DE LOS EDITORES
PARTE TERCERA
MANANA
Ó L A C H I S P A E L É C T R I C A EN 1899
INTRODUCCIÓN
Se suplica al lector que si no la
entiende, no la vuelva á leer, sino
que la pase de largo, porque es posi
ble que cada vez la entienda menos;
y así, ya que no gane otra cosa, ga
nará el tiempo, que es el gran capi
tal de M AÑ AN A.
En el nombre clel hierro, de la electricidad y del carbón de piedra, que
son tres agentes distintos y una sola y única palanca de la presente civi
lización, damos principio á este libro, tercera y última parte de nuestra
obra.
La natural impaciencia con que el público aguarda este trabajo, las
mil preguntas que los más curiosos nos han dirigido y las otras tantas
que nosotros mismos nos hemos hecho, todo debiera arredrarnos un poco
y un mucho, y aun estaría justificado nuestro arrepentimiento si hubiéra
mos pensado hacer una obra fantástica, profetizando á nuestro capricho
sobre lo que habrá de ser la sociedad que está por venir; pero como no
es así por fortuna, he aquí la razón de que sin miedo alguno nos lance
mos á escribir hoy la historia de mañana, que ofrecimos aye r .
Hanse engañado los que hayan creído que para adivinar los destinos
futuros de la humanidad española íbamos á tomarle al tiempo su mano
descarnada, estudiando en ella, con unos cuantos signos gitanos, los je
roglíficos del porvenir; tampoco aciertan los que hayan pensado que
estaríamos con la baraja entre los dedos, echando las cartas sobre un ta
burete, para buscar en sus diferentes combinaciones los secretos del
destino; también se engañan los que se hayan figurado que para escribir
este libro contábamos con algún zahori, de los que antiguamente descu
brían metales y tesoros debajo de tierra y ahora podrían haber perfec
cionado su ciencia adivinando misterios futuros; y por último, debemos
decir que asimismo se equivocan los que hayan imaginado que teníamos
pacto expreso y formal con el diablo para que nos dijera lo que él mismo
ignora.
vra
ANTONIO FLORES
Es posible que la mayoría de las gentes nos haya hecho la justicia de
creemos incapaces de ser gitanos ni brujas ni zahoríes ni hechiceros ni
menos hechizados; pero los que así piensen habrán creído que íbamos á
discurrir tranquilamente sobre lo que podía suceder mañana, teniendo
presente lo que fuimos ayer y lo que estamos siendo hoy, ó que prescin
diendo de lo que antes ocurrió y de lo que ahora ocurre, íbamos á decir
lo primero que se nos antojara, fiados en que
«si el m entir de las estrellas
es un seguro mentir,
porque ninguno lia de ir
á preguntárselo á ellas,»
el mentir de tiempos futuros es un mentir sin consecuencia alguna, por
que nosotros habíamos de decir: «allá nos las den todas,» sin importar
nos gran cosa de nuestra fama postuma, como hombres de verdad y de
sano criterio.
Pues sin embargo, lector, aun esas gentes que parecen hacernos tanta
justicia y tratarnos con tanta benevolencia se equivocan. No vamos á
ser profetas irresponsables, como lo fue en 1774 M. Mercier al publicar
su libro titulado El año dos m il cuatrocientos cuarenta, ni como Emilio
Souvestre, que recientemente ha escrito El mundo tcd cual será el año
tres mil.
Empezando por decir que nosotros no vamos tan lejos como estos au
tores, porque somos más cortos de vista y la de nuestra inteligencia no al
canza más allá del año 1899, esto es, á la entrada del siglo xx, debemos
declarar y declaramos, sin vergüenza ni rubor alguno, que por nosotros
solos, con nuestro propio esfuerzo, jamás habríamos intentado la empre
sa que hemos acometido.
Si el m agnetism o animal
no hubiera dicho «¡allá voy!,»
gritando ufano «¡yo soy
la piedra filosofal!;»
si el médium, ¡otro que t a l!,
con su ciencia sobrehumana
no hubiera venido en gana
de alumbrar esta balumba,
vivieran en ultratumba
los secretos del mañana .
Pero no ha sido así por fortuna, y cuando el hombre estaba medio
desesperado y casi á punto de renegar de su inteligencia porque no le per
mitía ver más allá de sus narices, descubrió el magnetismo animal, y con
AYER, HOY Y MAÑANA
IX
unas cuantas sacudidas magnéticas echó una siesta sonámbula, se hizo
vidente y descubrió, no sólo los secretos del pasado y los misterios del
presente, sino las cosas del porvenir. Adivinó, y fue mucho adivinar, que
dentro de sí propio era donde estaba escrito todo lo que deseaba saber, y
cerrando los ojos á la razón miró hacia dentro y en el acto averiguó cuan
to las generaciones pasadas tuvieron el egoísmo de llevarse consigo y aun
lo que el porvenir tenía preparado para irle sorprendiendo.
Se avergonzó, y tuvo razón para avergonzarse, de haber inventado los
cristales cóncavos y los convexos y de haber hecho los telescopios, que
sólo sirven para ver, á una distancia dada, los objetos que están á la vis
ta; y sin arrepentirse de haber derribado la estatua de la Fe porque tenía
los ojos vendados, se cubrió los suyos.
Y satisfecho de que no se le pudiera escapar la facultad de ver por las
ventanas de la cara, logró repartir el fluido vidente por todo su cuerpo,
y así tuvo la dicha de ver con las yemas de los dedos, de leer con los co
dos y de pensar con todas las partes y coyunturas de su individuo.
Tuvo la modestia de llamar doble vista á esa visión múltiple, y con
ella hizo tales prodigios y obró tales milagros que el mundo se quedó ab
sorto y verdaderamente magnetizado.
A su voz magnética sanaron los enfermos perláticos, resucitaron los
muertos antiquísimos, revolotearon los espíritus antediluvianos y desapa
recieron todas las distancias.
Tendido el sonámbulo en una butaca, porque los dioses de este siglo
no nacen en un pesebre, sino que están por la comodidad y los muebles
confortables, cerraba los ojos y empezaba á verlo todo, lo mismo lo que
había pasado al principio del mundo, que lo que estaba ocuriendo en
tonces, y entraba en conversación con toda clase de difuntos, sin que él
dejara de entenderlos á todos y sin que ellos le suplicaran que les habla
se en su propio idioma porque no habían tenido tiempo de aprender los
idiomas modernos.
Más tarde quiso hacer un nuevo ensayo de su omnipotencia, é infun
diendo su espíritu á la materia, prestó su doble vista magnética y su voz
sonámbula á las mesas, á los veladores, á las sillas y á otros objetos aná
logos, inventando los veladores parlantes. Así estos muebles, humaniza
dos por el hombre, fueron por algún tiempo los loros y las cotorras del
presente siglo; pero como una desús mejores habilidades era la de adivi
nar y decir la edad de las personas que se acercaban á saludarles, caye
ron en desgracia con el bello sexo, y las mesas parlantes vinieron á ser
lo que los duendes y las brujas de los tiempos antiguos: la casa en que
había un mueble charlatán se desalquilaba al punto, y aun se hicieron
algunos autos de Fe con ciertos veladores.
X
ANTONIO FLORES
Así desapareció la doble vista y la doble charla, pero sin que por esto
dejara de haber magnetizadores y sonámbulos, sino que, por el contrario,
á medida que los unos y los otros tenían más facilidad para infundir su
quid satanicum á toda clase de cosas y de personas, inventaban nuevos
prodigios y hacían mayores milagros.
Tras de magnetizar por el placer de hacer dormir, tras de hacer dor
mir por el gusto de hacer hablar y tras de dar á las cosas y á las perso
nas esta facultad charlatanesca para que con ella pudieran evocar los
espíritus y echar una plática mano á mano y lengua á lengua con las
gentes del otro mundo, vino el deseo de hacer aplicaciones de esta
ciencia sobrehumana para inventar algo más que divino, y he aquí el ori
gen del médium.
El médium (y vete, lector queridísimo, tragando esta palabra latina
hasta que más adelante te la expliquemos en castellano), aunque te sue
ne á cosa de medias no sirve para las piernas, ni tiene nada que ver con
las calcetas. El médium es, por el contrario, una cosa que sirve para los
brazos y que corre por ellos como una especie de sangría suelta de toda
clase de palabras, formando con ellas párrafos elocuentísimos y revela
ciones estupendas.
El médium es la quinta esencia de la razón humana, ó mejor dicho,
un préstamo que le hemos tomado á la divina para podernos presentar
con descaro á las generaciones futuras y decirles cuando nos miren asom
bradas:
«Nosotros hemos sabido llegar hasta aquí; es imposible que vosotros
seáis capaces de ir más allá.»
Más allá, lector, indudablemente no irá nadie.
Porque has de saber que el médium, que si este siglo no pecara de
modesto se llamaría el òptimum, el máximum y el infinitíssimum, es la
facultad que tiene una mano cualquiera (la izquierda ó la derecha, que
el verdadero genio lo mismo es zurdo que diestro) para agarrar una plu
ma y escribir con ella una obra que sea el pasmo y el asombro del
mundo.
Pero no creas que esa mano ha de ser gobernada y dirigida por la
persona de quien forma parte, porque esto claro está que no tendría mé
rito alguno; la gracia consiste en que el dueño del brazo que escribe no
tiene con él contacto alguno. De hombro abajo se establece una comple
ta independencia, porque el brazo es tan libre y tan dueño de sus accio
nes como lo era el velador parlante, y así sabe el hombre lo que sus pro
pios dedos están escribiendo, como si echara por los cerros de Übeda.
Entre el pensamiento del afortunado mortal que tiene la inapreciable
dicha de ser médium y el brazo que escribe no debe existir relación al-
AYER, HOY Y MAÑANA
XI
guna. Si un orador es médium, mientras su mano escribe una obra pro
teccionista, el puede estar pronunciando un discurso en defensa de la
libertad de comercio. Es decir, que si en tiempo de Lutero se hubieran co
nocido los médiums, se podría sospechar, y tal vez con fundamento, que
mientras el tristemente célebre agustino escribía la reforma de la Iglesia
católica, su alma pensaba como la de San Agustín y su imaginación se
entretenía en cantar las alabanzas y los villancicos de la confesión, délos
sacramentos y del purgatorio, que había negado y anatematizado.
Pero entonces no se habían descubierto semejantes prodigios ni in
ventado tales milagros, y así debemos creer que Cervantes pensaba lo
mismo que su mano acerca de los libros de Caballería; que Lope de Vega
escribió con la cabeza y no á brazo 'perdido sus dos mil comedias, y que
al Tostado no le ayudó ningún médium á trazar las innumerables obras
que dejó escritas.
La mayor edad de los brazos, como el libre albedrío de las mesas y
los veladores, no se ha declarado hasta nuestros días; la ciencia adivina
dora es modernísima, y el velo del porvenir no ha podido rasgarse hasta
que nos ha ocurrido taparnos los ojos para destapar la doble vista.
Con ella, lector, va escribir nuestro brazo el presente libro.
Nosotros no sabemos nada, absolutamente nada de lo que dirá en él,
porque, como hemos dicho y es cosa sabida, entre el brazo del hombre
que tiene la dicha de ser médium y su propia inteligencia no hay rela
ción alguna. ¡Quién sabe en lo que nosotros estaremos pensando mien
tras nuestra mano está escribiendo! A fe, á fe que harto tiempo la hemos
guiado y dirigido, y es muy justo que ella aproveche las ventajas de este
siglo de la despreocupación para andar por sí sola, sin ayuda de nadie
y sin miedo al qué dirán, proporcionándonos algún descanso.
Y así, lector, á riesgo de que nos tengas por pesados, una y otra vez te
repetimos que aunque no nos lavemos las manos, porque una de ellas la
vamos á tener ocupada, nos declaramos completamente inocentes y de
todo punto irresponsables de cuanto se diga en esta última parte de la
obra.
Cuando el libro esté terminado é impreso acudiremos á una librería
á comprarle, dando con esto un buen ejemplo al público, y le leeremos
con indulgencia, por si esto puede influir en que las demás gentes hagan
lo mismo.
Es posible que á nosotros nos guste más que á ningún otro lector lo
que nuestra pluma, ó mejor dicho, la de nuestra mano haya escrito; pero
esto es harto disculpable; pues por grande que sea la independencia que
el magnetizador haya introducido entre el brazo y el entendimiento, ¡de
jará de ser el primero una porción de nuestro propio individuo! ¡Qué otra
X II
ANTONIO FLORES
cosa quisieran los ladrones y los asesinos y la turbamulta de los malhe
chores sino que los tribunales de justicia admitieran la teoría del mé
dium, y declarando irresponsables sus cabezas, les dejasen en libertad
con sólo cortarles un brazo, ó los dos, si el médium lo era in utroque!
Nosotros, aunque admitamos esa teoría, no podemos prescindir de
que el brazo es nuestro, y nos hace gracia que sin haberle enviado á cur
sar universidades sepa escribir por sí solo, no ya sobre las cosas pasadas,
que eso, bien ó mal, ya lo hicimos nosotros en las páginas del ayer , ni de
las presentes, como acabamos de hacerlo hoy, sino de mañana .
Dios le ilumine, porque aunque es posible que al dejarse convertir en
médium haya contado más con Satanás que con Dios, nosotros quere
mos encomendarle á la clemencia divina, mientras pedimos para su tra
bajo la benevolencia humana. Que le deseamos con toda sinceridad.
Amén.
U N P RÓ L O G O
V E R D A D E R A ME N T E SERIO, AUNQUE TODO LO QUE E N ÉL SE DICE
P A R E Z C A PURÍSIM A BROMA
«¿Piensas que esto que llaman poesía,
cuyos primores se encarecen tanto,
es cosa de juguete ó fruslería?
¿0 que puede adquirirse el numen santo
del dios de Délo, sin estudio ni arte,
por conjuro de bruja ó por encanto?»
En tiempo de Moratín, autor de los versos que dejo citados, podría ser
verdad que para escribir en verso hubiera necesidad de arte y de estudio,
y que la influencia de las brujas y el encantamiento no alcanzasen á ha
cer tales milagros; pero hoy día han cambiado las cosas lo bastante para
que se pueda escribir en verso y en prosa sin estudios previos, y aun sin
la intervención de las brujas y los encantadores.
La magia de la Edad media, torpemente olvidada en estos últimos
siglos, ha resucitado en el segundo tercio del presente, no á la voz de los
magos y de los hechiceros, sino llamada por los hombres de ciencia, los
cuales empezaron por graduarla de bachillera y han acabado por ponerle
la muceta de doctora.
Los Estados Unidos de América, cuyos habitantes no pueden ser sos
pechosos en materias de superstición y de fanatismo, porque sabido es
que no creen en nada ni oyen más voz que la del oro ni conocen otros
vínculos que los del dinero, es donde nació, creció y se robusteció el flui
do magnético, causa y origen del espiritismo y de los espiritistas, tras de
los cuales ha venido lo espiritual, el esplritualismo y hasta la filosofía es
piritualista.
XIV
ANTONIO PLORES
Allí, donde se albergan los renegados de todas las religiones, los in
crédulos de todas las sectas y los verdaderos espíritus fuertes, que se re
belan contra toda doctrina revelada y toda creencia admitida y sanciona
da por los siglos; allí ha sido donde apareció por vez primera un espíritu
invisible, embutido en todas las mesas y los veladores de las casas, que
fue la base y el fundamento de esa flamante religión espiritista que tiene
por secuaces á todos los incrédulos y por apóstoles á una porción de
gente desocupada, alegre y divertida.
Entre las pacas de algodón que van á todas las partes del mundo para
entretener las fábricas y hacer que los trabajadores no estén ociosos y
piensen en tonterías, llegaron á Europa los primeros catecismos de la
nueva doctrina espiritualista, y pronto hallaron predicadores en Inglaterra,
en Alemania, en Italia y en Francia y adeptos en todas partes, hasta en
España, es decir, en la España semifrancesa: en ese pequeño grupo de
compatriotas que creen que el agua del mar es más salada en las costas
francesas que en las españolas; que no saben mover los pies si no los
llevan calzados á la francesa; que para dar energía á la frase castellana
la salpican de galicismos, y en suma, que serían capaces de salir á la ca
lle con paraguas en día de sol, si el telégrafo se cuidara de decirles que
en París estaba lloviendo. Esas gentes, que pueden estar y están suscri
tas á las revistas espiritistas que se publican en París, y leen en francés
El libro de los espíritus y el de los médiums, obras famosísimas del famo
so espiritista Alian Ivardec, y muchos otros trabajos de igual índole, en
tre ellos la gran obra de Las revelaciones del mundo de los espíritus, de
J. Eoze, médium de primera fuerza; esas gentes, lector, son las que en
tienden algo y aun algos de la doctrina espiritista; y no por ellas, sino
por ti, que quiero creer que no sabes nada de estos misterios de la nue
va sabiduría humana, es por quien escribo este prólogo. Dame, pues, per
miso para hacerte una ligera historia del magnetismo, del sonambulismo
y del espiritismo, pero prométeme que has de creer todo lo que te diga
como si fuera una gran verdad.
Pues señor, habían ustedes de saber que este era un caballero norte
americano, cuyo nombre he logrado olvidar para que la historia aparezca
más interesante, el cual estaba en su casa el día no sé cuántos del año
1850 sin meterse con nadie, sin hacer daño á nadie y sin creer en nada,
absolutamente en nada, ni siquiera en sí propio, cuando de repente, ¡oh
repente feliz digno de eterno aplauso!, oyó un golpe y luego otro y tras
de aquél otro, y aunque registró toda la casa no halló en ella nada que
pudiera explicar semejante suceso. Pero los golpes seguían, el arrastrar
como de cadenas aumentaba, y aunque el caballero estaba acostumbrado
á dudar de lo que otras gentes oyeron, no podía dudar de lo que él mis-
AYER, HOY Y MAÑANA
XV
mo oía; y por último, no se trataba ya de una alucinación del órgano del
oído, sino que también la vista empezó á tomar parte en el asunto, y el
caballero yankeevió por sus propios ojos que las mesas y las sillas se mo
vían y como que le saludaban al acercarse á ellas, y caten ustedes que
como el hombre no creía en visiones ni en apariciones y casi era profesor
de incredulidad, entró en cuentas consigo mismo y dijo: «A quí no hay
duda; en estas paredes y en estas mesas hay agentes ocultos, invisibles,
impalpables y de seguro imponderables.» Salió á la calle acontar el suce
so á los amigos, y como no tenía fama de visionario ni de supersticioso,
sino que era, por el contrario, un verdadero incrédulo, nadie dudó de lo
que él decía, y todos se pusieron á mirar con atención los muebles de su
casa, palpándolos, no para ver si se movían, sino para que se movieran,
y he ahí el origen del nuevo baile de San Vito que se declaró en todos
los objetos inanimados del Norte de América y más tarde en toda
Europa.
Las tertulias de la clase alta, porque todas estas revoluciones fantás
ticas vienen de arriba á abajo, las de la clase media y las del pueblo se
entretuvieron en hacer girar los veladores, en creer que giraban ó en
aburrirse por no saberlos hacer girar, y nadie se volvió á acordar de los
muebles andariegos hasta que éstos, incomodados de que no les hiciesen
caso, pidieron la palabra y empezaron á hablar. El mismo señor america
no, que no se conformaba con que aquella danza quedase sin alguna
aplicación positiva, dijo, y dijo con razón: «Si todo efecto tiene una causa,
todo efecto inteligente debe tener una causa inteligente también.» Y con
este raciocinio y otros que se hizo entre dientes, y que no han pasado ni
pasarán á la historia, averiguó que el velador se movía á impulsos de un
ser inteligente; que ese ser era un espíritu, y que el espíritu era el de
algún difunto desocupado, que se había venido un pie tras otro á echar
una cana al aire, como suele decirse, divirtiéndose en menear las sillas y
los veladores.
Pero esto no lo pensó por sí solo, sino que acercándose á un veladorcito de los más revoltosos y pasándole la mano por el lomo con aire de
cariño, le dijo:
— Creer y pensar que tú te mueves por ti solo, sería una tontería; ha
blar de duendes, de brujas y de encantamientos en este siglo de la des
preocupación, del materialismo y de la ilustración, no hay que pensarlo;
las gentes de la fe pertenecen ya á la historia. Nosotros no creemos sino
lo que vemos, y como yo veo que te mueves, por eso creo en tu movi
miento; pero como no hay efecto sin causa, la causa está dentro de ti; tú
tienes alma, tuya ó ajena, esto es lo quémenos importa; sería yo un alma
de cántaro si no lo conociese. Y como hasta ahora, por lo que veo, care-
XVI
ANTONIO FLORES
ces del órgano de la voz, no podrás contestarme á ciertas preguntas qu3
pienso hacerte, por lo cual lie resuelto que cuando muevas una pata es
que dices que no, cuando estés quieto dices que sí, y cuando alces dos
patas es que te he dicho alguna sandez y no quieres contestarme.
El velador se hizo el sueco y no dijo que sí ni que no; el norteamerica
no creyó que otorgaba, y empezó su interrogario. Pero de repente, ¡olí re
pente mucho más feliz que el anterior!, se sintió inspirado, y acercándose
con el mayor respeto al veladorcito le dijo:
— ¡Ea, amigo!, por la virtud que el espíritu te da y la que tú mismo
tienes, ¿podrás decirme si te atreverás á una cosa? ¿Te atreverías á escri
bir por ti solo si yo te atase una pluma ó un lápiz á una de tus tres patas?
El velador no dió más respuesta que ponerse en dos pies, y dejándose
atar en el tercero un lápiz, escribió resmas y resmas de papel hasta tra
zar toda la novísima doctrina espiritista; la cual, recogida por unos cuan
tos apóstoles yankees, gringos, gabachos é italianos, ha sido esparcida por
el mundo y predicada de gente en gente y de lugar en lugar, no de palabra
ni gratis et amore, sino por medio de la imprenta y en libros de todos
tamaños, vendidos á buen precio. El apostolado espiritista no ha salido
del gremio de los pescadores, pero está compuesto de gente que pesca
muy buenos cuartos.
En cuanto á los adeptos de esa nueva magia, los que se burlaron de
sus padres porque tuvieron miedo de los duendes y de las brujas para
creer ellos en la existencia del alma de los veladores y de los fregaderos,
esos no sabré yo, lector, decirte lo que pescan; lo único que sé es que des
de que andan los espíritus revoloteando y siendo la carcoma de las mesas
y de las sillas, ha crecido considerablemente la estadística de las casas de
locos. ¿Y sabes lo que dicen los padres maestros del espiritismo, cuando
les enseñan el fruto de sus doctrinas?; pues allá te van esas líneas, copia
das de una de las obras más importantes, del libro que podríamos llamar
el Alcorán del espiritismo:
«Nos arguyen diciéndonos que algunos se vuelven locos con el espi
ritismo. Claro es que sí; como con el trabajo corporal se rompen las gen
tes un brazo ó una pierna, así á los espiritistas se les rompe su instru
mento, que es la cabeza. Pero en cuanto se mueren quedan como si tal
cosa, porque se sacuden de la materia. Y de todos modos, son mártires
del trabajo.»
¡Qué te parece, lector, de esta nueva doctrina y de este nuevo mar
tirio ! •
¡No te compadeces de mí, que por vivir á la moda y por darte este
libro de mañana en la forma más ñamante y más nueva que hoy se co
noce, voy á ponerme en contradicción con las gentes de ayer, que en
XVII
AYER, HOY Y MAÑANA
medio de todas sus preocupaciones y su fanatismo tuvieron valor para
vivir en los desvanes que se decían habitados por los duendes, y que más
de una vez salieron al tejado con una escopeta y con una perdigonada des
embozaron al ensabanado galán que tenía amedrentado el barrio!
Aguardemos tranquilamente el día en que la ilustración salga al teja
do de la ciencia á desembozar á los espiritistas, y mientras tanto vivamos
con ellos y seamos uno de tantos.
El fluido vital, el fluido magnético, el fluido nervioso y otros varios
fluidos sutiles, impalpables, invisibles é imponderables, suben y bajan
por todo mi cuerpo. Ya me hormiguean los pies y las manos, y siento es
calofríos espiritistas en la cabeza. Estoy, lector, en verdadera tensión
armónica para toda clase de prodigios magnéticos, y soy lo que se llama
un verdadero médium mecánico, intuitivo, auditivo, 'parlante y vidente.
Los fluidos biológicos, odilios, astrales y vitcdes me tienen tan inflado,
que tengo miedo de volar y de resolver contra mi voluntad el dificilísimo
problema de la dirección de los globos.
Tú, lector, que has sido bastante prudente para renunciar á ser espi
ritista, sírveme de lastre en esta hora tremenda, porque estoy absorbien
do tantas emanaciones vitales que es posible que llegue á ser un vampiro
magnético, que es una de las especies antropófagas del espiritismo. Pero
no me tires de la levita sino cuando me veas muy sublimado, porque
como soy m édium , y el médium es el intermediario del espíritu para con
el hombre, ordinaria y constantemente estaré espiritado.
Y por conclusión y para que no creas que este oficio se ejerce libre
mente y sin sujeción á reglas y preceptos muy severos, te diré que el pa
dre maestro Alian Kardec dice, en la página 422 del famoso Libro de los
médiums, que «esta facultad se obtiene con la precisa condición de no
abusar de ella, porque al que abusa se la retiran ó se la vuelven contra
él; porque los espíritus inferiores están á las órdenes de los superiores.»
Y asimismo te encargo que si tú advirtieras alguna falta de ortografía
en este libro no me eclies la culpa, porque según dice el mismo espiritis
ta: «Los espíritus cometen faltas de ortografía, porque como vienen de
prisa y corriendo, no pueden pararse en semejantes pequeneces.»
Conque ya que estás impuesto de algunas cosas de las más esenciales
para comprender el camino que juntos hemos de andar, permíteme que
te salude y me duerma, mientras mi mano y mi pluma, movidas por los
espíritus que tengan á bien honrar mi casa, escriben los destinos futuros
de la sociedad española.
Ignoro si será la Pitonisa de Endor ó la Sibila de Cumas, ó *Simón
Mago ó el doctor Mesmer, los que vendrán á darme hecho el trabajo;
pero sea quien sea el genio que mueva mi pluma, yo he de dejarla correr
T omo III
2
XVIII
ANTONIO FLORES
á su capricho sin ponerla cortapisa alguna. Sentiría que se apoderasen
de ella los magos de Faraón y arrojaran sobre el mañana de mi patria
cien plagas peores que las de Egipto; pero aunque así fuere, ya no puedo
volverme atrás. Vendí mi pluma al demonio del espiritismo sin pacto de
retro, y negocio concluido.
Cuando fui dueño de mí mismo y mojaba mi tosca pluma de ganso
en un modesto tintero de loza de Talavera, con las armas de la Inquisi
ción pintadas de azul, te enseñé como mejor pude los rezagos del
siglo xvm arrastrándose, heridos de muerte en 1800, hasta expirar en
1808. Más tarde, con elegante pluma de acero, mojada en tintas de va
rios colores, he puesto á tu vista la lozana generación presente, amagada
de no ser nada por la noble ambición de quererlo ser todo; pero ahora
que quiero asomarme á la puerta del siglo xx para ver lo que está escrito
en el libro del porvenir, me he de contentar con servir de instrumento
mecánico á otro espíritu diabólico y más inteligente que el mío. De este
modo se prueba que, á medida que nos vamos materializando, vamos re
sultando más sutiles.
Y es tanta la sutileza, que sospecho, lector, que á pesar de haberte
dado dos prólogos, nada cortos ciertamente, no he logrado explicarte lo
que tenía necesidad de decirte. Si así fuere, hazte cargo de que al perfo
rar las montañas que separan el hoy del mañana, estamos atravesando
un túnel muy largo, sin luces de ninguna clase, sólo con la esperanza de
que al llegar al otro lado, la chispa eléctrica ilumine el cuadro.
DOS P A L A B R A S M E D I A N Í M I C A S
Ó EL VERDADERO PRÓLOGO DEL LIBRO
Gracias sean dadas á Dios, querido lector, por haber llegado la hora
de que tú y yo estemos solos y libres de la enfadosa presencia del autor
de esta obra, espíritu apocado y miserable que después de haberte ofreci
do, con ridicula arrogancia, escribir los secretos del mundo que está por
venir, retratando las costumbres del pueblo español en el siglo xx, se ha
asustado de su ofrecimiento, se ha reconocido corto de vista para tamaña
empresa, y llamándome en su ayuda, me ha vendido su brazo para que
corra por él el fluido magnético de mi espíritu vidente, y con la escritura
medianímica haga yo este libro que él se ha declarado incapaz de hacer.
Y porque creo que tú eres más ilustrado que él, no quiero hacerte la
ofensa de explicarte las sublimes teorías del espiritismo, ni menos la de
perder el tiempo en refutar los dos prólogos que el pobre escritorzuelo te
ha encajado para explicarte, á su modo, lo que él es incapaz de entender.
Ignora el muy sandio que yo estaba en su despacho sobre su misma mesa
de escribir y aun entrando y saliendo en su tintero mientras los confec
cionaba, y que si hubiera querido inocular mi espíritu en el suyo, le ha
bría hecho escribir lo que se me hubiese antojado, impidiéndole rociar
con el vinagrillo de la incredulidad las grandes verdades que yo voy á
escribir. Pero los espíritus de estos tiempos, que somos muy tolerantes,
dejamos que cada cual obre como quiera, y por eso he permitido que ese
pobre escritor, asustado y como si tuviera los demonios en el cuerpo,
haya dado unos cuantos hisopazos en las primeras páginas de este libro.
Yo, lector, no soy diablo ni mucho menos, y ya habrás visto que he
comenzado estas líneas dando gracias á Dios, sino que soy nada menos
XX
ANTONIO FLORES
que el sabio encantador Merlín, que ya en mis tiempos antes de estar es
piritado predecía las cosas del porvenir, y que gracias álos franceses, que
todo lo adivinan, acabo de saber que cuando andaba por el mundo no
fui otra cosa sino un médium de primera fuerza (1). Por eso, ya que yo
he dado gracias á Dios al verme á solas contigo, dáselas tú á tu vez por
haberte tocado en suerte un médium tan experimentado que ya lo fue en
sus mocedades, esto es, allá por el siglo v, cuando entre otras habilidades
que me reconoció la posteridad se cuenta la de haberme llevado unas
grandes montañas desde Irlanda á Inglaterra. No fue tan feliz como los
franceses el ingenioso hidalgo manchego, que murió sin haber sabido que
yo no fui tal encantador ni hechicero, sino un pobre médium.
Pero sea de ello lo que quiera, ahora no soy otra cosa que un fluido
invisible, impalpable é imponderable, ó como si dijéramos, un glóbulo de
la homeopatía espiritista, sin color, olor ni sabor, que me he ingerido en
la mano derecha del que aparece autor de este libro para dar con la
pluma un paso por España en 1899, enseñando al lector, como cosa de
presente, la sociedad que para él está por venir y que yo la veo como si
fuera cosa de presente.
Conque manos á la obra, y tengan todos mucho cuidado con no vol
ver la vista atrás, porque en el momento que tal cosa hicieran es posible
que desapareciera el mañana.
(1)
Camilo Flammarlón, en su obra titulada Les habitants de l ’autre monde.
—
Aunque ya ha caído en desuso la ridicula costumbre de los tiempos
antiguos, en que las gentes se saludaban con un tenedor en la mano,
siendo imposible vender un caballo sin echar el alboroque con unas copas
y unas chuletas, ni inaugurar un guardacantón sin tener una comida;
como tú, lector, estarás aun encariñado con aquellos usos y te costaría
trabajo entrar en relaciones conmigo á secas, quiero convidarte á almor
zar, siquiera digas para tus adentros que comunidad que empieza por
enseñar el refectorio, no da muestras de ser muy sobria ni muy mori
gerada. Piensa lo que quieras, que tiempo tendrás de rectificar tu juicio
si te hubieses engañado, y ahora almorcemos, que es lo que importa.
En mi casa, lector, no porque yo sea un espíritu y pudiera muy bien
vivir embotellado, sino porque es una de tantas casas á la moderna como
hay en el Madrid de 1899, me sería imposible darte de almorzar; porque
aunque tú me dispensaras la falta de un comedor, yo no podría servirte
faltándome, como me falta, la cocina. Imponiendo las yemas de los dedos
pulgar é índice sobre las paredes de mi cuarto de vestir, hago yo más
que San Isidro labrador cuando con un golpe de aijada hizo brotar un
raudal de agua purísima, porque el santo no sacó más que agua fría, y yo
saco agua fría y caliente; pellizcando otro botón que tengo en el techo de
mi alcoba inundo de luz ele'ctrica todo el aposento; con una patada que
22
ANTONIO FLORES
de en el suelo pongo á tu disposición un asiento más confortable que el
que hubiera soñado para sí D. Quijote cuando le molieron el cuerpo los
yangüeses, y [agua de olor, esencias y perfumes saldrían por todos los
poros de las paredes si yo recorriera por ellas mis manos como vosotros
pasabais las vuestras por los teclados de los antiguos pianos; pero grasa
animal ni substancias nutritivas me es imposible ofrecerte, y así es
preciso que salgamos á la calle en busca de un comedero público, que
así se llaman lioy los bodegones dt 1700, fondas en 18U0 y restaurants
en 1850.
Pocos pasos habremos de dar antes de hallar muchos en que elegir, á
pesar de que no nos dirigiremos desde luego al gran departamento meri
dional de las cocinas comanditarias, donde no me atrevo á llevarte por
miedo de aturdirte.
Almorzarás lo que quieras, que por mucho que pidas no ha de costarme tanto como el que comamos tú y yo solos en aposento reservado; por
que el espíritu de asociación, elevado á ley del Estado, prohíbe el aisla
miento, como vicio repugnante y desorganizador de toda sociedad y de
todo comunismo.
Sobre la puerta del establecimiento hay una gran muestra que dice:
AL GRAN CONSOLADOR DE ESTÓMAGOS TRISTES.
Y debajo, en caracteres mayúsculos, esta inscripción:
LOS PARROQUIANOS DE ESTA CASA TIENEN PRIVILEGIO
PARA COMER TODA CLASE DE ANIMALES VIVÍPAROS Y OVÍPAROS.
(B. DE LA S. F. P. DE LOS A.)
Es posible, lector, que este último rótulo te asuste y que no quieras
entrar en el establecimiento si yo no te explico lo que quiere decir seme
jante advertencia; y aunque no quisiera sentar malos precedentes, porque
en lo sucesivo me ha de ser imposible explicarte todo lo que veamos, ni
menos darte una razón lógica para cada cosa, todavía quiero empezar
por ser complaciente en esta primera jornada y allá te va descifrado el
enigma.
Lo de que entrando en ese establecimiento podemos comer toda clase
de animales, esto es, carne y pescado, no quiere decir que el fondista su
ponga que traemos en el bolsillo la bula de la Santa Cruzada, porque del
indulto cuadragesimal les importa poco á estos cocineros, sino que con
. autorización del Estado se ha establecido una sociedad filantrópica para
evitar el maltrato de los animales; y como la peor partida que se puede
AYER, HOY Y MAÑANA
23
jugar á un ser viviente es quitarle el derecho ele vivir, de ahí el que no
se pueda matar una ternera ni un pollo ni un cangrejo sin un brevete
de la sociedad filantrópica protectora de los animales. Por eso nuestro
cocinero, que ha obtenido ese privilegio, hace bien en advertirlo á sus
parroquianos para que sepan que pueden comer algo más que legumbres,
frutas y raíces de árboles, como por penitencia hacían los antiguos ermi
taños, antes de que hubiera un genio tutelar de los animales que les
prohibiese comer carnes y pescados.
Pero de esta sociedad te he de hablar más extensamente en otro lugar
de este libro, y ahora, aprovechándonos de su generosidad, entraremos
en el comedero, donde por grande que sea el dominio que tengas sobre ti
mismo y aunque te hayas hecho un propósito firmísimo de no sorpren
derte ni maravillarte, aún espero verte turbado y aturdido.
Y ya lo estás, desde luego, si buscas la mesa en que has de almorzar
y las sillas en que hemos de sentarnos y las perchas para colocar los som
breros.
Aquí, lector amigo, no hay ninguna de esas cosas á la vista, hasta que
con la decisión de usarlas se adquiere el derecho de verlas.
El gabinete en que hemos entrado está completamente desocupado, y
el camarero que ha salido á recibirnos, sin preguntarnos «que se nos
ofrece,» porque esa pregunta es excusada y sería una descortesía el diri
gírnosla, permanece inmóvil y en actitud humilde esperando nuestras
órdenes.
Su única obligación consiste en tirar de un botón que hay en la pa
red y presentar á nuestra vista un gran cuadro de metal que contiene
la lista de la fonda en los términos siguientes:
ALMUERZOS Á TODA VOLUNTAD
Con mesa ó sin ella, mantel ó mármol.
De pie ó sentado.
Música, lectura ó silencio»
Visiones sabias ó frívolas.
Temperatura de 8, 12, 24, 30° ó bajo cero.
Vajilla antigua ó moderna.
Servicio de sangre ó mecánico.
Luz natural ó artificial.
Grados de ésta.
En el momento en que yo, como práctico en los usos de esta sociedad,
marque en la lista precedente lo que me parezca más análogo á tus gus
tos é inclinaciones, verás cómo el camarero hace desaparecer la lista, y
24
ANTONIO FLORES
tirando á los pocos momentos de otros botones, que á ti te parecerán im
perceptibles, pone á nuestra vista todo lo que hemos pedido, menos las
sillas, porque como esas estorbarían hasta el momento de sentarse en
ellas, saldrán por sí solas detrás de cada uno de nosotros en el momento
en que nos arrimemos á la mesa.
He creído que no querrías comer de pie, aunque está probado que
cabe algo más y es más rápida la digestión, ni menos sin mesa ni sin
vuestros antiguos manteles, y he pedido ambas cosas.
Para que veas cómo la luz eléctrica lleva ventaja al sol, he resuelto
que almorcemos con luz artificial (mal llamada así, porque es tan natural
como la otra, sino que la naturaleza no quiso revelarle al hombre este
secreto hasta que el mundo fue mayor de edad).
También para que sepas apreciar lo que vale el hombre desde que se
ha redimido de la tiranía del servicio doméstico, he pedido que nos sirvan
mecánicamente lo que pidamos; pero no me he atrevido á que nos pon
gan á una misma temperatura, porque considero que tú no tendrás la
cabeza tan fría como yo la tengo, y así mientras á tu lado no excederá
de 15 grados, yo estaré á los 18.
Y si esto te parece imposible porque estás acostumbrado á no cono
cer más aislamiento que el de las paredes maestras, á causa de que el
llamado siglo de la ilustración y de las ciencias exactas no entendió una
jota de las leyes físicas, que torpemente y a cada paso llamó fenómenos,
podrás convencerte de la verdad de lo que te digo cada vez que te
aproximes hacia mi asiento.
La vajilla de que nos serviremos será toda egipcia, y para los postres,
por un capricho extravagante con que he querido lisonjear tu orgullo pa
trio, loza de Talavera.
Así verás que esta generación respeta las antigüedades aunque no las
guarde entre centinelas en el calabozo de un museo. Lo que se guarda
en los museos no son los platos y las tazas, cuyo uso puede ser útil al pú
blico, sino los uniformes y las armas de vuestros centinelas, que se han
declarado objetos sin utilidad.
Finalmente, he pedido que nos sirvan en silencio los primeros platos,
que nos den música á la mitad del almuerzo y que nos lean algo á los
postres por si queremos reconciliar el sueño. Y en cuanto á las visiones,
es decir, á los objetos que se han de ir representando en la pared mien
tras almorcemos, he dispuesto que sean asuntos sabios al empezar y frí
volos al concluir.
Esa otra lista que aparece ahora en la pared es la de los vinos con
sus nombres, patrias, edades, familias y algunas otras observaciones in
teresantes. Por ejemplo:
AYER, HOY Y MAÑANA
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Tintillo, natural de Valdepeñas, de 85 años, hijo de madre de 60, cria
do en pipa de Jerez, embotellado á los 8 años de edad, dos viajes redon
dos, acostado desde 1860.
Chipre, sin madre, 105 años de edad, enterrado desde su nacimiento,
descomposición de la capa exterior de la botella por los óxidos metálicos
de las tierras que le han servido de lecho.
Tras de la lista de los vinos, que es interminable, y la de los licores,
que no es menos larga, viene la de las viandas, de la cual sólo copiare al
gunas partidas:
Gelatina de tortuga griega, criada sin sol y nutrida con lombrices
indias.
Filete de solomillo de elefante del Cabo de Buena Esperanza, en salsa
propia.
Chuletas de cerdo de Siam. El animal ha sido nutrido con leche de
vacas y frutas frescas, y muerto, sin pérdida de sangre, por la chispa
eléctrica.
Salteado de camello de los Andes. Carne muy manida y curada seis
meses entre nieve.
Muñones de jirafa africana, en salsa hecha con la medula del venado
irlandés, ó simplemente tostados.
Hígado de delfín, con su propia grasa, aromatizado á placer.
Salmón proteo del Océano oriental, criado en agua dulce, según los
últimos adelantos de la piscicultura.
Sábalo, desangrado en leche de cabra y cocido al vapor del caldo de
la antigua olla de Castilla.
Pechugas de abutarda, originaria de las costas bálticas, en salsa de
grulla del Japón.
Crestas de gallo persa, cocidas por percusión.
Lomos de ardilla malabar, muerta al neumatisino, después de un mes
de reposo.
Creo, lector, que entre esos platos podemos escoger los que necesite
mos para nuestro almuerzo, y no quiero seguir leyendo las demás parti
das de la lista por no fatigarte inútilmente. Pido desde luego hígado de
delfín, muñones de jirafa, salteado de camello y salmón proteo, con los
cuatro vinos especiales de cada uno de esos platos, sin postres, porque los
hombres serios hemos suprimido esos refinamientos del sibaritismo, y
únicamente diré que nos traigan el consabido cacho de queso digestivo y
una botella de ron. Si advirtieras alguna equivocación en el orden del
servicio ó retraso ó torpeza de éste, debajo de los pies encontrarás el botón
de la impaciencia, y no tienes más que hacer sino apretarle y al punto se
corregirá cualquier falta que hubiere.
26
ANTONIO FLORES
Pero ya se ve, como tú estás callado y yo por fuerza he de hablarlo
todo, no sé si te hallas á gusto viéndote á solas conmigo en el comedero
y servido sin la impertinente presencia de los criados, cuyos groseros
modales hacían de todo punto indispensable el reemplazarlos por estos
agentes mecánicos que funcionan con la regularidad de vuestros antiguos
relojes.
Yo bien sé, y no me extraña, que todo lo que te digo te tiene maravi
llado, porque fuera de las comedias de magia, tú no has visto nunca irse
dibujando en las paredes apariciones misteriosas como las que ahora es
tán pasando por tu vista, y no de espectros ni de visiones pavorosas que
nada enseñaban al hombre, sino de objetos de estudio, de máximas cien
tíficas y de teoremas sabios.
La luz, cien veces más brillante que la del sol, que inunda este gabi
nete; la música que se infiltra por sus paredes, como más tarde lo hará
la lectura, y el ir y venir de los platos y de los vinos, á tu voluntad, sin
hacerte esperar un solo segundo, sin estrépito ni algazara, todo esto te
tiene no menos confuso y asombrado que la diversa temperatura en que
estamos respirando ambos, á pesar de hallarnos en un mismo aposento y
casi juntos el uno y el otro.
Y sin embargo, lector, piensa un rato antes de lanzar sobre esta gene
ración de 1899 una acusación gratuita de hechicería y de magia. Aquí no
se ha hecho nada, absolutamente nada que vosotros no hubierais podido
hacer si hubierais querido.
Los hombres que están abriendo las puertas del siglo xx no son de
una raza distinta á la vuestra, ni Dios les ha ilustrado más que á vosotros,
ni les ha dado más grados de inteligencia. Toda su ciencia consiste en no
medir el tiempo con el reloj y con los calendarios, sino con la estadística
de los sucesos.
El paso de la humanidad no es más largo que el de antaño, sino que
vosotros dabais un paso en cada siglo y ahora se dan ciento en cada mi
nuto.
Esta sociedad no se detiene á celebrar con festines ni con árboles de
pólvora los nuevos descubrimientos, ni menos da patentes de invención
y explotación á sus pretendidos autores.
El genio es anónimo y comanditario, y el invento no pertenece al
hombre que le revela, sino al siglo que le explota.
Si los hombres que gastaron el tiempo en alzar estatuas á Gutenberg,
á Magallanes, á Watt y á otros varios genios de la antigüedad se hubie
ran ocupado en perfeccionar los inventos de esos grandes hombres, la
imprenta, la navegación y las máquinas de vapor hubieran sido perfectas
desde sus primeros tiempos.
AYER, HOY Y MAÑANA
27
Pero las generaciones creyeron que llenaban su misión sobre la tierra
con admirar y bendecir y hasta idolatrar á las que les habían precedido,
y todo el tiempo que perdieron en volver la vista atrás dejaron de dar
pasos adelante.
Ahora sucede todo lo contrario; y por eso, lector, á cada paso que de
mos ha de crecer tu asombro y tu espanto.
Pero si te fijas en lo que acabo de indicarte, si te convences de que, á
pesar de lo que en contrario digan los charlatanes, la verdad es que nihil
novum sub solé, verás que los hombres de 1899 no han hecho otra cosa
que andar sin volver la vista; recoger los cabos sueltos que les dejaron
los tiempos antiguos; hacer aplicaciones de todo lo que ven á todo lo que
necesitan; aprender que la civilización es una fórmula absoluta que vino
al mundo desde ab initio, y que no falta otra cosa para extenderla sino
saber aplicarla.
Tres siglos se ha pasado el hombre con la boca abierta viendo andar
los relojes, sin ocurrirle aplicar aquel ingenioso mecanismo á otras cosas
y á otras necesidades de la vida.
Las mismas máquinas de hilados, de papel, de harinas y de otros arte
factos que enseñabais por medio de papeletas, para que las gentes viesen
cómo ellas solas cogían la primera materia y la hacían sufrir cien opera
ciones distintas hasta arrojarla convertida en lienzo, en papel de cartas ó
en panecillos, habrían quedado sin otra aplicación en vuestro poder si
los hombres de la época presente no hubiesen comprendido que po
dían y debían hacerlas servir para otros usos y otras necesidades de
la vida.
Y he aquí, lector, el secreto de este fondista cuyo servicio mecánico
tanto te habrá maravillado.
Este establecimiento, como otros muchos de distinta clase que verás
más adelante, no es ni más ni menos que un gran reloj, que marcha con
toda regularidad, sin otra magia ni otro resorte que el de la cuerda que
le da su dueño. Es una maquinaria más ó menos complicada, que toma
las primeras materias comestibles, que las adereza y las sirve á los parro
quianos, que tiene sus interventores, también mecánicos, para evitar el
robo y el despilfarro, y que se aplica en escala mayor ó menor según el
tamaño de la máquina, como tendremos ocasión de ver en otros cuadros
de este libro.
Y para no marearte, abusando demasiado de tu bondad en esta pri
mera jornada, saldremos del comedero y nos iremos dando un paseo por
la población en el cuadro próximo; pagando antes, como es justo, el gasto
que hemos hecho, y que nadie ha tenido la grosería de pedirnos de so
bremesa, arrojándonos la cuenta sobre el último plato.
28
ANTONIO FLORES
En el contador mecánico que hay al pie de la escalera es donde, ad
vertidos mecánicamente también del importe de lo que hemos comido,
nos cerrarán el paso hasta que lo hayamos satisfecho, inclusa la propina,
que si no es para guantes, porque no hemos querido servicio de sangre,
será para aceites de la máquina,
V V
CHIR1VITAS EL YESERO Ó EL ENSANCHE DE LA POBLACIÓN
Y EL ENSANCHE DE LA LIBERTAD
Non datur vacum in natura. En el mundo no hay ya tanto así don
de poder echar un alfiler.
Los físicos lo dijeron en un sentido y los espiritistas lo han tomado en
otro muy diverso.
Vieron los primeros que el aire les entraba por todas partes y no les
salía por ninguna; es decir, que lo que se llamaba vacío no era sino una
masa elástica que se encogía ó se estiraba, como se estira ó encoge el mar,
pero llenando todo el espacio; y alzando la voz y aun ahuecándola para
dar más valor á la cosa, dijeron lo que más tarde han dicho los conduc
tores de los ómnibus: completo; esto es: «no hay billetes; la naturaleza
está ya de bote en bote y no hay en ella nada vacío.»
Y así es la verdad, porque si el aire encontrara algún día por donde
escaparse, la tierra daría un gran barquinazo y Dios sólo sabe adonde
iríamos á parar.
Afortunadamente no hay nada por ahora que nos haga sospechar se
mejante cataclismo, y aunque las fugas del gas están siendo un mal ejem
plo para el aire atmosférico, hoy por hoy el globo se sigue columpiando
en el vacío, adonde el Supremo Hacedor quiso arrojarle para que se anti
cipara á decir, como Quevedo: «que ni sube ni baja ni se está quedo.»
30
ANTONIO FLORES
Pero los espiritistas, sin ahuecar tanto la voz como los físicos, han
dicho algo más que éstos, porque gracias á las luminosas revelaciones
que les hemos hecho los espíritus iluminados, han sabido que no sólo no
hay vacío en la naturaleza, sino que era imposible que le hubiera, porque
ese espacio infinito de que hablan los poetas está lleno de objetos inapre
ciables á los groseros sentidos del hombre que no es vidente ni sonám
bulo y á los toscos instrumentos del pobre físico que cree haber dicho
una gran cosa con asegurar que no hay nada vacío y que todo está lleno
de aire.
•No tienen ellos poco aire en la cabeza, querido lector! Ya verás tú
cómo el espiritismo les hace comprender que ese aire está lleno de seres
que van y vienen, que suben y bajan, que tornan y vuelven; porque los
siglos están, los unos tras de los otros, colocados en el espacio con todas
sus gentes, con todas sus máquinas y todo su ajuar completo, como están
los muñecos de cartón en la anaquelería del vendedor de juguetes para
los niños.
La vida de la humanidad no es otra cosa que el flujo y reflujo del
mar. Hay siglos de progreso y siglos de decadencia alternados, como hay
aguas muertas y mareas vivas; pero dentro del mundo, en el espacio, está
todo lo que fué, lo que está siendo y lo que ha de ser con el tiempo. El
porvenir de la humanidad son las aguas que están en el fondo del mar,
que formarán el presente cuando la sucesión constante de las olas las
lleve á la orilla.
Pues qué, si no fuera así, ¿podría yo haberme comprometido, con se
guridad de salir airoso de mi compromiso, á decirte lo que ha de pasar
como si estuviera pasando?
Yo lo veo, lector, lo veo tal cual te lo digo. Veo la España de 1899,
con sus nuevos pueblos, sus nuevos hombres, sus nuevas leyes y sus nue
vas costumbres. Sus caminos, sus calles y sus plazas, todo se representa
materialmente á mi vista, y entro y salgo, no ya en la España, sino en la
Europa del siglo xx, como tú entras y sales en tu casa...., si la tienes y
no ha sido comprendida en el ensanche de ese Madrid estrecho que estáis
construyendo con los resabios morunos de vuestros progenitores.
Venid acá, avaros que apiláis las casas unas sobre otras como si fue
ran onzas de oro dentro del arca de hierro; venid y veréis cómo las po
blaciones de 1899 se han salido de las gavetas en que las teníais encerra
das, desparramándose por el suelo hasta darse la mano las unas con las
otras. Esta sí que es verdadera fraternidad y lazos de unión y tendencia
á la unidad, no ya de Italia ni de Alemania, que esas individualidades
son unidades de poco más ó menos, sino á la unidad de Europa y aun á
la del mundo.
AYER, HOY Y MAÑANA
31
Y en prueba de ello, allá te va, lector, un ligero retrato de la pobla
ción de Madrid en 1899.
En el pronunciamiento de agosto de 1871, que no era el primero ni
el segundo de aquel año, salió á luz en España un hombre cuyo nombre
he olvidado, y lo siento, el cual hablaba poco, y este poco tan mal que
aún parecía menos; pero que tenía un gran talento práctico, aunque tam
poco sé cómo las gentes se enteraron de ello, y ese hombre fue la base y
el fundamento de las grandes mejoras que en pocos años han visto reali
zadas los vecinos de la capital.
Cansado el pueblo de correr tras de los habladores y de adorar á los
charlatanes, pensó en un arrebato de locura echarse en brazos de los mu
dos; pero educado en el gobierno del justo medio, quiso hacer antes un
ensayo con los tartamudos, y he aquí el origen de la popularidad de aquel
hombre que se expresaba con trabajo, que leía con dificultad y que escri
bía á duras penas. Pero sus prendas de carácter eran excelentes, y era tal
su llaneza, que aun cuando se halló en el pináculo del poder, siempre re
cibió y trató á todos con agrado, y apenas entraban á verle las gentes,
cuando se apresuraba á decir: «Cúbransen ustedes y asiéntensen uste
des, que aquí todos sernos de confianza y á mí me ripunan las cirimonias. »
Nombrado presidente del Consejo de ministros, en cuyo puesto dije
ron algunos maldicientes que le sobrarían ocasiones de cultivar su propio
idioma, y revestido hasta cierto punto de facultades discrecionales, mer
ced al aura popular de que gozaba, se llevó á su lado para los ocho minis
terios ocho hombres de los primeros espadas del Parlamento; los ocho más
elocuentes y hasta más locuaces políticos que había en España. Encargó
á cada uno de ellos que le hiciera un par de proyectos de ley de lo más
liberal de que hubiera ejemplo en ningún país de Europa y aun capaces
de competir con los de las repúblicas americanas, y su primer decreto
fue para decir que mientras se reunían las Cortes, y cargando el gobier
no desde luego con la responsabilidad de todo, declaraba libres el dere
cho de reunión y el de petición, y suprimía la previa censura y el depósito
de los periódicos, y daba otra clase de libertades por el estilo.
El pueblo enloqueció de júbilo, la popularidad del presidente del Con
sejo rayó en delirio; y él mientras tanto, ¡quién lo diría!, mientras sus com
pañeros de gabinete trabajaban con ardor en la confección de las nuevas
leyes liberales y el pueblo cantaba ditirambos á la libertad y los periódi
cos antiguos ponían el grito en los cielos porque, suprimido el depósito,
cada día venía un nuevo colega á hacerles la competencia, el presidente
del Consejo ejercía el modesto oficio de albañil, no derribando, sino cons
truyendo.
32
ANTONIO FLORES
Con la sacramental muletilla de y sin 'perjuicio ele dar cuenta á las
Cortes, dispuso y empezó desde luego las obras, la construcción de ocho
magníficos edificios para cada uno de los ocho ministerios; marcó el te
rreno que había de ocupar el gran palacio que con el tiempo se construi
ría para la representación nacional; emprendió la edificación de dos pla
zas de toros, al Norte y al Sur de la población, y todas las oficinas y
establecimientos públicos los fue desparramando á tal distancia los unos
de los otros, que los periódicos, influidos por el empleado que veía ale
jarse demasiado la mesa redonda de su familia, ó por el agente de nego
cios que presentía la necesidad de montarse sobre ruedas para servir á
sus clientes, empezaron á declamar contra la que llamaban monomanía
sillar del ministerio.
Pero este seguía con ardor las obras comenzadas; las cuales difícilmen
te se habrían suspendido porque estaban contratadas y los que las tenían
á su cargo contestaban á los periódicos aumentando de día en día el nú
mero de los jornaleros. Circunstancia esta última que dió mucho que ha
cer, demasiado que pensar y no poco que discutir á las altas capacidades
de los partidos políticos; porque aunque el gobierno había concedido á
los pueblos el derecho de reunión, como él se anticipaba á reunirlos, no
en sociedades patrióticas, sino en obras públicas y en talleres industriales,
el derecho de reunión venía á ser, políticamente hablando, una letra
muerta.
Por no volver muy atrás la vista, haciendo un paréntesis retrospecti
vo demasiado extenso, no me detengo á narrar uno por uno todos los su
cesos ocurridos en ese período importantísimo del último tercio de este
siglo, y á fe que el lector había de agradecérmelo, porque sólo viendo to
dos los detalles de esa regeneración monumental del Madrid de 1850 en
el de 1899, es como puede apreciarse todo el talento y todas las grandes
cualidades de aquel gran ministro, que ha pasado á la posteridad con el
apodo de Chirivitas el Yesero, tomado de uno de los más célebres saine
tes de D. llamón de la Cruz.
Su primer decreto sobre la propiedad urbana, en cuyo preámbulo se
condenaba con frases durísimas á las administraciones anteriores, que
bajo el absurdo pretexto de la utilidad pública habían atropellado la uti
lidad privada, de donde nace la utilidad colectiva, fué recibido con gran
aplauso por toda clase de gentes y con especialidad por los caseros de
Madrid, que creyeron ver crecer el valor de sus fincas al leer, entre otros,
los dos siguientes párrafos:
«Parricidas, sí, parricidas son los pueblos que derriban los monumen
tos de sus mayores. No hay edificio alguno, por pequeño y miserable que
sea, que no encierre dentro de sí una historia sagrada digna del respeto
33
AYER, HOY Y M AÑANA
y de la consideración de las gentes. Las modestas tapias de tierra, como
los soberbios muros de granito, están amasados con el sudor de los fun
dadores de aquellas propiedades, y no hay oro en el mundo que alcance
á comprar esos objetos venerandos, símbolos de la propiedad y de la fa
milia.
»L o que hasta el día se ha llamado expropiación forzosa es un atenta
do indigno, la indemnización una palabra irrisoria, la utilidad pública
un fantasma invisible. Porque, ya lo hemos dicho, desde el momento en
que se atropella un solo derecho privado, ya no existe la utilidad pública.
De otro modo nace costando la vida á su madre y por esto le hemos lla
mado parricida.»
A la sombra de ese decreto, cuya lectura hizo que algunos caseros de
buena fe regasen con lágrimas de ternura los cimientos de sus casas so
lariegas, empezó el ministro á construir las del Estado en las afueras del
Madrid de 1850; de aquel Madrid cuyos edificios eran, en poder de los
ayuntamientos, lo que son en manos de los niños esas cajas de caseríos
de madera que extienden sobre un velador pequeñito, haciendo con ellas
distintas combinaciones.
Habíales ocurrido á aquellos benditos concejales derribar las tapias
de la ronda; pero no se atrevían á edificar fuera de ellas, y cuando que
rían ensanchar una calle lo hacían á expensas de dos ó tres manzanas de
casas, cuyos vecinos andaban con los trastos á cuestas, hasta que en los
nuevos edificios, remontados al quinto cielo, les daban un piso cuarto ó
un quinto ó un sexto.
Nuestro ministro, por el contrario, se salió de la población todo lo
lejos que pudo, y en el Campo de Guardias (por una alta previsión polí
tica y no por respetos históricos, como algunos creyeron) construyó un
edificio para el ministerio de la Guerra; el de Hacienda fue á parar á la
derecha del asilo de mendicidad de San Bernardino; enfrente de la fonda
del Espíritu Santo se hizo una gran casa para el ministerio de Estado; el
de Ultramar se estableció en San Isidro del Campo, con vistas al Manza
nares; en el soto de Migas Calientes se puso el de Fomento; el de Marina
en una gran tierra de secano camino de Chamartín; el de G m ciay Justi
cia en el portazgo de Fuencarral, y el de Gobernación fue el único que se
mantuvo provisionalmente en la Puerta del Sol, hasta que una vez fijado
el centro de la nueva población pudiera construirse el local de esa gran
rueda administrativa.
Tras de esas construcciones y las de otros edificios públicos, como
cárceles, institutos, bibliotecas, etc., se dio otro decreto anunciando la
venta de todos los terrenos comprendidos entre la antigua población y
los edificios nuevamente construidos, que no eran de propiedad particuT omo I I I
3
34
AN TO X iO FLORES
lar, á bajo precio y en pequeños solares, y entonces fue cuando los case
ros antiguos comprendieron toda la intención del primer decreto. El
respeto del ministro hacia la propiedad privada, lejos de aumentar el
valor de los pies de terreno en la Puerta del Sol, hizo crecer el de las fa
negas de tierra en el camino de Alcalá y de Fuencarral, y pronto se con
vencieron los propietarios de fincas urbanas de que había sonado la hora
fatal de estos capitales y que ya no servía ponerse al paso para estrechar
una calle ni estorbar el ensanche de una plazuela con la esperanza de
recoger tres ó cuatro millones de reales por encoger tres ó cuatro pies la
fachada.
El constructor había despertado de su letargo y había comprendido
que con el valor de la expropiación se podía construir en terreno libre
la nueva finca, sin tener el disgusto de ver la mala cara que siempre pone
el expropiado, aunque la expropiación le haya venido de molde.
A todo esto, lector, cuando la construcción de los ministerios y cien
otros edificios públicos y otros tantos que la industria privada destinaba
á fondas, almacenes y viviendas para particulares estaba en todo su vi
gor, andaba la marimorena en el Parlamento, también sobre cuestiones
de ensanche, y se regateaban, no ya los pies, sino las pulgadas de dere
chos políticos, con harta más codicia que las fanegas de tierra en las afue
ras de la población.
Los proyectos de ley presentados por el gobierno eran tan liberales,
que los primeros que se levantaron á combatirlos fueron los que hasta
entonces habían pasado por jefes y maestros de la escuela liberal; y fue
un espectáculo en extremo curioso ver un ministerio haciendo una revo
lución que les venía grande á los más fogosos revolucionarios. Y todo
consistía en que Chirivitas el Yesero aplicaba al ensanche de la libertad
el mismo sistema que al ensanche de la población. Quería construir nue
vos edificios y dejar que los antiguos se cayesen de viejos. La expropia
ción de un derecho le parecía tan arbitraria y tan injustificable como la
expropiación de una casa ó de una tierra.
Y para que veas, lector, que no exagero nada, allá te va, literalmente
copiado, el discurso que pronunció nuestro hombre en una de las sesio
nes más tempestuosas de la legislatura de 1872.
«Señores, dijo en medio de los murmullos y de los gritos de la Asam
blea, no saben ustedes de qué manera me dan por el gusto con esa bulla
que arman ahora que yo estoy hablando. Yo soy tan liberal que quiero
siempre que cada uno haga lo que le dé la gana. La libertad, si no es ab
soluta, es la tiranía.
»Desde el momento en que ustedes me dicen que el hombre libre tiene
tales ó cuales derechos, es decir, que no los tiene todos, digo yo que no
AY E R, HOY Y MAÑANA
35
hay tal libertad. Y ríanse ustedes cuanto les dé la gana, que yo bien sé
que lo que digo es el Evangelio.
»Yo no vengo á hacer leyes para los ciudadanos viejos, sino para los
ciudadanos nuevos. Y así como me he salido al Campo de Guardias y
Chamartín y al soto de Migas Calientes á hacer nuevas calles y nuevas
plazas y nuevos edificios por respeto al antiguo Madrid, así me voy al
tiempo futuro, á los años que están por venir, á hacer nuevas leyes.
»¡Pues bueno fuera que en nombre de la libertad cometiésemos la
tiranía de quitarles á los ciudadanos sus casas heredadas y sus derechos
adquiridos!
»En fin, señores, no hay que perder el tiempo, que es una verdadera
mina de oro; votemos, y al que Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.
»A fe, á fe que siendo la mayoría de los que estamos aquí ciudadanos
viejos, no seremos tan tontos que nos queramos fastidiar á nosotros
mismos.
»Y para concluir, y aunque algunos señores se rían de mí porque no
soy retórico, que también la libertad parece que obliga á que todos ha
blemos de un mismo modo, le daré al señor presidente de la Cámara
un consejo para que no se pierda el tiempo en la votación.
»Aquí no se puede decir otra cosa sino que sí ó que no; pues en lugar
de andar preguntando uno por uno, á todos, lo que piensan, preguntar
á los jefes de las fracciones y estamos del otro lado.
»Saquemos algún partido de las formas y de las conveniencias parla
mentarias.
»Los míos dicen que sí, de eso no tengo duda; los de las oposiciones
dirán que no, también esto es de cajón; la mesa sabe cuántos tienen ellos
y cuántos tenemos nosotros, conque ya se puede saber el resultado y po
demos pasar á otro asunto.»
Este nuevo género de oratoria parlamentaria, justamente silbado por
los académicos, era muy del agrado del público que asistía á las sesiones,
y la popularidad de Chirivitas crecía cada vez más, hasta el punto de que
el día en que pronunció el anterior discurso le llevaron casi en volandas
á su casa, le dieron una gran serenata y gritaban por todas partes: «¡Viva
el verdadero orador del pueblo!»
Y la población, mientras tanto, avanzaba hacia el Norte, al paso que
los propietarios del antiguo Madrid veían desalquilarse sus casas; y no
resolviéndose, por codicia ó por amor propio, á bajar los precios del a l
quiler, aguardaban á que llegase un día en que la industria inventase
la manera de arrancar los edificios seculares, como los árboles centena
rios también, para llevarlos de un punto á otro.
Pero ese día no ha llegado aún.
3(5
ANTONIO FLORES
Lo que lleva la industria de un lado á otro es la animación y la con
currencia.
Lo que ha hecho en Madrid es descentralizar la población de la Puer
ta del Sol, repartiendo la vitalidad en varios centros, como verá el lector
en otros cuadros.
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—
I
CUADRO III
EL ÁRBOL DE LA PUBLICIDAD
En la plaza núm. 50, que es perfectamente circular y desembocan en
ella seis calles, conocidas las de la derecha con los nombres ó números
pares 22, á i y 66, y las de la izquierda con los impares 33, 55 y 77, hay á
todas las horas del día y á las primeras de la noche gran concurrencia
de gentes, de las cuales unas dan vueltas por los tres paseos concéntri
cos que unidos en forma espiral tiene la plaza, y otras, en número esca
so, ocupan unos modestos escaños de hierro que hay alrededor del eje
del gran círculo; en cuyo centro quiero que sepas, lector, que no hay ni
una fuente monumental, ni la estatua ecuestre de un rey cualquiera, ni
menos la de un poeta verdinegro, enjaulado como loco, después de ha
berse inmortalizado por muy cuerdo, y mucho menos un cajón de made
ra para cárcel provisional de vagos y gente perdida.
En el centro de esa plaza se alza majestuoso y gallardo un árbol altí
simo, que todos los días amanece desnudo de hoja y que más tarde se
cubre y se despoja de ella, á la vista de los espectadores, con una rapidez
verdaderamente fabulosa y de una manera completamente mágica.
El mecanismo de ese árbol y el misterio de su fecundación son un se
creto que pertenece á la gran compañía anónima propietaria del invento,
la cual, como no tiene privilegio de invención y explotación, porque esos
38
ANTONIO FLORES
privilegios se enterraron con las gentes de 1850, procura ocultarlo á los
ojos del público. Yo te diré lo que allí se ve, y si tú adivinas lo que no
está á la vista me alegraré mucho.
Lo primero que te digo es que el árbol crece de repente hasta amena
zar perderse en las nubes; que ensancha y encoge sus ramas cuanto quie
re; que sacude sus hojas cuando le acomoda, y que arroja sus frutos á
largas distancias, elevándolos muy por encima de los tejados déla plaza,
cuyos edificios, como casi todos los del nuevo Madrid, no pasan de tres
pisos, contando el bajo, que está dentro de la tierra. Con esto comprende
rás que el árbol de la plaza Cincuenta es más bien un árbol de pólvora
que un árbol vegetal, y que más bien que dejarte buscar su especie entre
las familias botánicas, será preciso decirte que pertenece al mismo géne
ro y es de la propia índole que el árbol de la libertad.
Llámanle árbol de la publicidad porque así como su hermano da som
bra al patriotismo, él la da al comercio, y los que parecen más enterados
de su historia dicen que es originario de los antiguos pregoneros de las
aldeas y ciudades, y que después de haberse arrimado á las paredes para
crecer como la hiedra en forma de edictos y de carteles, se dejó injertar
por el periodismo y ha venido á ser lo que está siendo ahora.
Por su tronco, que es de diez metros de espesor, suben serpeando en
forma de enredaderas multitud de rótulos en caracteres de varios tama
ños y diversos colores; en sus ramas brotan de repente multitud de hojas
escritas, que vuelan á millares por el espacio, y globos de varios tamaños
parten en todas direcciones, arrojando al pasar por diferentes barrios de
la población una verdadera lluvia de prospectos, de tarjetas y de anun
cios de todas clases.
Desde el gobierno, que, aunque tarde, se ha convencido de que la ma
nera de que pase todo es no hacer misterio de nada, hasta el último lim
piabotas, que comprende que la publicidad es el alma del comercio, todos
los españoles contribuyen con sus esfuerzos á sostener la primavera
constante del árbol de la publicidad.
El primero, desde su propia oficina, desde el mismo Consejo de mi
nistros y aun desde el banco ministerial del Parlamento, sin la enfadosa
intervención de los periodistas ministeriales, se comunica con el árbol
de la publicidad para preparar la opinión pública con un rumor, para
consultarle un proyecto ó para dará conocer un acto oficial. El comercio
de rompe y rasga tiene también, como el ministro, sus conductores sub
terráneos para hacer llegar sus anuncios al gran laboratorio subterráneo
de la publicidad, y en cuanto á la gente menuda, á los que no son parro
quianos diarios del árbol, en cada uno de los distritos de la corte, á pocos
pasos de sus respectivas viviendas, encuentran unos cepillos como los
AYER, HOY Y MAÑANA
39
que antiguamente se usaban para echar los memoriales de los que esta
ban en pecado mortal, en los cuales se lee el siguiente rótulo:
Sucursal número tantos, directa del gran árbol de la publicidad.
Unico de su clase en el mundo. Seis minutos desde que se echa en este
cepillo el anuncio hasta que sale al público en la forma que se pide.
Cien m il ejemplares por hora. Un millón de lectores garantido.
El individuo que tiene necesidad de anunciar á sus semejantes algu
na cosa, la escribe en un papel si no prefiere ir á las estaciones telegráfi
cas del árbol, y con su firma y las señas de su domicilio la echa al buzón,
y ya está despachado. Antes de diez minutos y cuando más descuidado
vaya por la calle, le dará en las narices su propio anuncio impreso y
arrojado por alguno de los infinitos globos mensajeros que cruzan la
población, riéndose, como el artero gorrión se ríe de la liga que le ponen
los muchachos, de los propietarios de casas, que aún escriben en las es
quinas de éstas: se prohíbe fijar carteles. Si no quiere dar su nombre y
sabe el valor del anuncio, le acompaña á éste; pero la costumbre es fir
mar y no pagar nada al contado, porque á todos los que anuncian se les
abre su cuenta corriente, y esto es más desembarazado para la contabi
lidad de la compañía.
Las oficinas de ésta son todas subterráneas, como habrá comprendido
el lector, y en el centro de ellas funciona la gran máquina, cuyo ingenio
so mecanismo no es conocido del público á pesar de ser el mismo público
el que le da movimiento, porque ni para la gran rotación del árbol, ni
para la ascensión de los anuncios por la corteza, ni para el brote de las
hojas y la expulsión de los globos, para nada de esto interviene el vapor
ni el agua ni el aire ni ninguno de los agentes mecánicos conocidos hasta
el día. El árbol de la publicidad, y aun según sospechan algunas gentes,
todas sus oficinas auxiliares, tienen por único motor la sangre, y no la san
gre animal irracional, como sucedía,en tiempo de las norias y de las taho
nas, sino la racional, la de la especie humana.
El pavimiento de la plaza Cincuenta no es de adoquines como el de
la plaza Mayor, ni de asfalto como el de la Puerta del Sol, sino de una
substancia de aspecto metálico (secreto también de la compañía) tan
elástica, que apenas se pone el pie en ella, cuando se produce una vibra
ción latente en toda la plaza. Pues ahora bien: si un pie desarrolla una
elasticidad tan sensible y una vibración tan notable, fácil es conocer lo
que aumentará esa elasticidad y esa vibración cuando se impongan so
bre el pavimento los cuatro mil pies de las dos mil personas que caben
en la plaza. Y si á esto se añade que esos pies están en continuo ejercicio
40
ANTONIO FLORES
y que de este modo la elasticidad es constante y las vibraciones perma
nentes, se comprenderá la gran fuerza motriz que aprovecha la Compañía
anónima de la Publicidad.
Es tanta, que en algunos momentos tienen que declarar inactivo la
mitad del pavimento, porque de otro modo saldrían los anuncios oon tal
rapidez, que resultarían invisibles aun á los ojos más experimentados.
En fin, baste decir que, según ha demostrado recientemente un sabio
matemático, si se reuniera en un punto dado toda la fuerza elástica que
se pierde en un día de sol en los paseos de Madrid (día festivo, se entien
de) y esa fuerza se pudiera aplicar á una gran machina, se podría arrancar
de cimientos y suspender en el aire, auñqtie fuera por pocos segundos, el
monasterio del Escorial.
Indudablemente que el siglo x x ha de tener razón para renegar de
los que le han precedido. ¡Cuidado que la humanidad necesita haber es
tado ciega para no haber visto el caudal que tenía debajo de sus propias
plantas!
Y lo más curioso del caso es que el primer motor de sangre que cono
ció el hombre fueron las plantas de los pies. El origen de los amoladores
y el de los fuelles de los órganos y de las fraguas se pierde en la noche
de los tiempos, y no tenían otro motor que el que hoy ha sabido aplicar
en gran escala la Compañía anónima de la Publicidad.
Pero bien mirado, no merecen ser increpadas las generaciones anti
guas, puesto que hoy mismo, que tan adelantadas están las gentes, es aún
un secreto de la propiedad de la Compañía esa locomoción.
Y he aquí, lector (y perdóname este paréntesis retrógrado y esta ex
clamación realista que se me escapa de los labios), una de las ventajas
del despotismo sobre la libertad. Si ahora tuviéramos principio de auto
ridad y tribunal de la Inquisición y calabozos y tormentos, meteríamos
en uno de éstos al director gerente de la Compañía, y allí le estaríamos
estirando los huesos hasta que nos dijera de qué materia está hecho el
pavimento de la plaza, por qué razón es tan sensible que parece una
rana en la pila de Volta y cómo hacen para que esas vibraciones conver
jan todas en un punto y muevan la máquina con una fuerza que se cal
cula en mil trescientos cincuenta caballos. Pero como no estamos en ese
caso, como hoy el Estado es un cero á la izquierda y el cuerpo social es
acéfalo, nos vemos obligados á ver indiferentes esa gran fuerza motriz
que se pierde en las calles, en las plazas y en los paseos públicos; cuan
do si todo el pavimento fuera elástico, todos los transeúntes serían
industriales, ó por lo menos causa ocasionalmente directa del movdmiento de la industria, como les sucede á los que pasean en la plaza de
la Publicidad.
AYER, HOY Y MAÑANA
41
Y estos paseantes, restos del antiguo cerero parroquiano de la Puerta
del Sol, no están en la plaza de la Publicidad gratis et amore, sino que
reciben un sueldo diario, mayor ó menor, según han dado más ó menos
pisadas.
Cosa prodigiosa, sorprendente y que francamente parece inverosímil,
pero que sin embargo es muy cierta: en ese paseo que en espiral infinita
hacen las gentes alrededor del árbol, no hay como en las antiguas norias
y en las tahonas un mayoral con un látigo, ni menos lleva cada sujeto
una campanilla para que el dueño sepa cuándo se paran, sino que la
misma máquina que ellos mueven le lleva á cada uno cuenta exacta, no
precisamente de las pisadas que ha dado, porque esto no ha sido aún po
sible, sino del tiempo por minutos que ha trabajado. De este modo tienen
libertad absoluta para entrar y salir en los círculos cuando quieren, lo
cual no le sucedía al pobre mulo que daba vueltas á la noria, y á mayor
abundamiento les ayudan á llevar la carga otras muchas gentes que no
cobran sueldo. Como la entrada es libre, pasean diariamente por allí in
finitas personas que sin ser holgazanes de oficio tienen afición al paseo,
y hay muchos forasteros que miran las transmutaciones del árbol con
verdadero asombro, y que ignorando que ellos son los que mueven la
máquina, darían dinero si se lo exigieran por disfrutar aquel espec
táculo.
Pero allí los únicos que pagan son los que se sientan para que no los
tengan por agentes de la industria y para poder leer con comodidad
los anuncios, como antes los leían en el Diario de Avisos al amor del
chocolate. Estos son los que pueden recostarse y hablar y poner una
pierna sobre la otra, y lo que es más aún, pueden fumar, cosa que les
está enteramente prohibida á los otros. Y no porque el pavimento sea
combustible, como sospecharon al principio algunos industriales, sino
porque fumando se va la fuerza por la boca en lugar de bajarse á los
pies, que es donde la necesita la empresa de la Publicidad.
Conque dime, por tu vida, lector de mi alma, ¿no es verdad que ha
sido un gran pensamiento el aprovechar la fuerza que se perdía en la
Puerta del Sol para aplicarla á la industria? ¡Y á qué industria! ¡A la ma
dre de todas! Á la Publicidad.
El catalán (porque un catalán que ha estado muchos años en Londres
ha sido el autor del pensamiento) que se acercó al primer grupo de ocio
sos y les propuso el negocio fué un gran genio.
Cuando este nuevo motor que el hombre ha puesto en práctica pue
da generalizarse, quedarán arrinconadas la mayor parte de las máquinas
de vapor y se dará trabajo á una porción de gentes que hoy deja cesan
tes la industria.
42
ANTONIO FLORES
¡Pero qué no se habría hecho con este sistema en aquellos tiempos
en que había un millón de hombres armados, que no tenían otra cosa
que hacer sino ir y venir por las calles ó por las plazas con el fusil al
hombro!
Para que tenga el lector una idea de lo que se hace con un puñado de
hombres en el árbol de la publicidad, le ruego que pase la vista por el si
guiente cuadro.
Ó CÓMO P O R E L H ILO D EL PREG Ó N SE SACARÁ E L O V ILLO DE L A COSA PREG O NAD A
El árbol de la publicidad funciona con más lentitud durante la no
che, y esto tiene una explicación sencillísima. Como los anuncios salen
iluminados y constantemente se ven en el aire millares de letreros trans
parentes, el pueblo acude allí como si se tratara de una función de pól
vora, y es tanta la gente que entra en los círculos, que por precisión han
de marchar muy despacio parándose á menudo; por lo cual, aunque la
presión sea mucha, pierde el pavimento la elasticidad, que es el alma de
la locomoción. Por supuesto que á esas horas el trabajo es gratuito, y
hasta se ha pensado en fijar un precio de entrada para que disminuya la
concurrencia y se haga el servicio con más regularidad.
Pero durante el día es tal la precisión y la rapidez con que brotan los
anuncios, que en menos de un cuarto de hora salen, en forma de hojas
volantes, de globos, de tarjetas de monedas y de cucuruchos, cuarenta ó
cincuenta mil ejemplares de cada uno de los siguientes:
A los m ártires del trabajo .— La gran Compañía anónima inmortalizadora de los grandes héroes del infortunio abre juicio contradictorio
en la plaza pública núm. 104 para declarar la inmortalidad del intré
pido gimnasta Samuel, que expiró en el alambre mágico el jueves último
44
ANTONIO FLORES
entre los fervientes aplausos de la entusiasmada muchedumbre. La Com
pañía espera que la envidia de los rivales del gran héroe y el entusiasmo
de sus apasionados habrán hecho plaza á la imparcialidad con que se
debe obrar en momentos tan solemnes, sobre todo después de haber pa
sado seis días del suceso.
Constitución política para el año 2000.—Persuadido el gobierno de
que si es cierto, como lo es, que dos ojos ven menos que cuatro, verán
mucho más los cuarenta millones de ojos de los españoles que los ocho
pares de los ministros, y deseando que el proyecto de Constitución que
este año, como los anteriores y según costumbre establecida, debe pre
sentar al Parlamento sea lo más perfecto posible, avisa al público que
desde que llegue á su noticia este edicto, todo ciudadano puede dirigirse
al gobierno reclamando la inserción de tal ó cual derecho nuevo, la apli
cación de algún otro ó la modificación, variación ó supresión de los exis
tentes; en la seguridad de que se tendrán presentes, como es justo, cuan
tas advertencias se hagan, y que si sus autores lo desean se harán
constar sus nombres en la lista de los colaboradores que aparecerá en las
primeras páginas del nuevo código.
¿No más puntadas!—La casa de los hermanos Lot y Compañía, sastres
de confección de trajes para señora, han quemado todas las máquinas de
coser. En su establecimiento no se da ya una sola puntada. La cola adherente y la goma simpática reemplazan con tal ventaja á la costura, tanto
en la ropa blanca cuanto en la de color, que ya ni para colocar un lazo ni
para pegar un botón se enhebra una aguja.
A los aspirantes á la Diputación.—Un sujeto de honradez, pero poco
versado en asuntos políticos, desea dar su voto y los de su familia, que
es numerosa é influyente, á la persona que sea más digna de desempeñar
el importante cargo de representante del país. En la calle 1.001, esquina
á la 1.003, casa 10.005 está de manifiesto el pliego de condiciones y se da
razón del sujeto, el cual mudará su domicilio al distrito en que hagan
falta sus votos.
Circo de hombres blancos.—Gran función para mañana. El joven norte
americano Jorge ejecutará por primera y última vez acaso la arriesga
da ascensión infinita, conocida con el nombre de La espiral del diablo,
y en la cual han perecido ya tres de los más acreditados espiralistas in
gleses. Se ruega al público que dispense cualquier falta que pueda haber
en el servicio, porque temeroso el director de que el joven Jorge se ma-
AYER, HOY Y MAÑANA
45
lograra antes de la primera función, no le ha permitido en el ensayo ge
neral llegar hasta lo último de la espiral, que es donde está el gran pe
ligro. También por esta razón se ha doblado el precio de los billetes,
como se hace en Londres desde que ocurrieron las desgracias indicadas.
Se halla vacante una plaza de diputado á Cortes por renuncia que,
á petición de los electores, ha hecho el que la servía. Las personas que
se consideren con títulos suficientes para merecer la confianza del cuerpo
electoral, pueden dirigir sus memoriales y programas al ministerio de la
Gobernación, cuidando de dejar allí mismo las señas de su domicilio por
si el ministro quisiera mandarlos á llamar. El distrito vacante es el 585;
corresponde á las aceras de la derecha, casas pares, en las calles nones
del barrio 1.512, centro M.
Juan Pérez y Pérez, vecino de Madrid, pone en noticia del público
que aspira á ser nombrado regidor del ayuntamiento. Cuenta con la be
nevolencia del gobierno y tal vez algo más. Ofrece influir y trabajar con
empeño para que la capital de España se ponga más alta, en punto á me
joras materiales, que las demás capitales de Europa. Si después de ser re
gidor llegare á desempeñar una alcaldía, sus convecinos, especialmente los
de tiendas abiertas, no tendrían por qué arrepentirse de haberle nombrado.
La unión hace la fuerza.—Con el fin de estrechar cada vez más los
lazos sociales, agrupando á los hombres por medio de sus afinidades reli
giosas, políticas, industriales, literarias ó científicas, se ha establecido un
edificio monstruo, en cuyas cincuenta salas de sesión pueden reunirse
cómodamente 400.000 personas; siendo tan ingeniosa la disposición del
edificio, que los salones convergen en un centro común, en el cual, por
medio de la moderna invención de la fotografía del pensamiento, se re
producen hablados y escritos los cincuenta discursos que á la vez pue
den pronunciarse en los salones. Estos se alquilan por horas, á 50 rs. cada
una; pero se pagan aparte, á 50 céntimos el millar, las palabras que se
pronuncian. Mientras lo que allí se hable no salga fuera del edificio, el
gobierno no tiene intervención alguna, y los concurrentes pueden decir
cuanto quieran en el tono que más les convenga.
Baños atmosféricos.—Los globos de San Elias, únicos que pueden co
locarse y permanecer 60 y aun 70 minutos estacionados en la capa de
aire atmosférico que más le convenga respirar al enfermo, han trasladado
su depósito central desde la calle 3.853, donde antes estaban, á la plaza 65,
que con todos sus edificios es ya de la propiedad de la Compañía higié-
46
ANTONIO FLORES
nico-aeronáutica. Los prospectos, que se arrojan gratis desde los mismos
globos, contienen los pormenores de los hospitales de tierra, de las cami
llas ó hamacas en que suben los enfermos y del número de éstos que
debe su curación al nuevo sistema. Ayer se hizo el experimento con un
difunto del cementerio del Mediodía, que nos fue entregado en el acto de
irle á dar sepultura, después de dos días de haber extinguido los alientos
vitales, según dictamen escrito de seis médicos de los principales de la
corte. A los mil metros de elevación se empezó á observar algún calor en
la piel; á los quinientos metros más, ya era sensible la rubicundez de las
mejillas y la reacción completa. Sin embargo, el individuo no respiró
con libertad hasta que hubo llegado á los cinco mil metros sobre el nivel
del mar. Ya se encuentra completamente bueno en las salas de precau
ción. Su muerte era aparente, como lo son la mayor parte. Sus pulmones
no habían podido funcionar en el aire viciado de la corte.
Sol artificial.— La sociedad monstruo, sucursal del Gigante del Nuevo
Mundo, ha recibido nuevos aparatos para la fabricación del sol agrícola
y del sol nocturno. Se venden ó se llevan á domicilio por cuenta de la
Compañía. En este último caso los suscriptores deben decir el número de
horas que desean de sol; cuántas salidas ó crepúsculos artificiales necesi
tan; á qué grados quieren el calórico y la luz, con las demás condiciones
que consideren más convenientes al uso á que destinen el moderno in
vento. El sol de las máquinas chicas tiene los mismos grados de luz y de
calor que el de las grandes, pero como los vidrios de la grande esferoide
son más pequeños, el radio de la luz alcanza á menor distancia. A pesar
de esto, las máquinas de menos potencia pueden alumbrar y fecundar
dos fanegas de tierra, aun en días de gran lluvia, si se las sabe colocar en
altura conveniente y desarrollar la electricidad con cautela.
La química desenmascarada. —Demostración teológica de la impo
tencia del género humano ante los grandes secretos de la naturaleza.
Folleto de pocas páginas.
E l alcalde corregidor de esta May industrial, May laboriosa y Muy
mercantil ciudad de Madrid se hace el deber de recomendar al público
que pase con precaución por ciertas calles del antiguo Madrid, á conse
cuencia de la poca seguridad que ofrecen algunos edificios. Los dueños
de éstos, que la autoridad no cree deber señalar por no perjudicarlos en
sus intereses, no harían mal en repararlos de algún modo ó marcarlos
con algún distintivo convencional para que los habitantes de la ciudad y
principalmente los forasteros supieran á qué atenerse.
AYER, HOY Y MAÑANA
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Gran sistema tributario estadístico filosofal— La creación del nuevo
ministerio de Estadística universal hace indispensable que todos los es
pañoles contribuyan con cuantos datos y noticias puedan servir para lle
var á cabo con toda minuciosidad el empadronamiento general de todos
los ramos que abraza el expresado ministerio, no sólo en la parte mate
rial, sino en la- moral, que tanto descuidaron las administraciones ante
riores. La nación que posea una estadística perfecta será la más feliz. El
gobierno de un pueblo que llega á tener empadronado su territorio, sus
objetos muebles é inmuebles, sus individuos de todas especies, inclusos
en los de la humana los afectos, las pasiones y los sentimientos de todas
clases, es tan fácil y tan sencillo como el gobierno de una casa de comer
cio que tiene buenos libros de inventario del capital y lleva con regula
ridad el libro diario, el mayor y el de caja. Faltando la estadística, las
leyes, las ciencias, las artes y la industria no son otra cosa que un cen
tón de mentiras perniciosas, porque la suma de los datos estadísticos es
la luz de la legislación, de las ciencias y del comercio. El pueblo que más
números hace es el que suma mayor felicidad. Esto es incontestable
mente exacto. Por estas razones, y creyendo el ministro de la Estadística
ofender la reconocida y envidiada ilustración de sus compatricios, consi
dera inútil toda disertación filosófica en apoyo del nuevo sistema tribu
tario y se limita á decretar lo siguiente:
Artículo l.° Todos los españoles están obligados á contribuir al sos
tenimiento de la estadística con una cantidad de números proporcional,
según se determina en el reglamento que se da gratis en la oficina del
expresado ministerio y en las sucursales del mismo en provincias.
Art. 2.° Para cumplimiento del artículo anterior, se repartirá á do
micilio un libro cuyas casillas indican la clase de datos que se piden,
sin perjuicio de que cada individuo puede agregar los que su discreción
le sugiera; en la seguridad de que en esta clase de trabajos no hay dato,
por insignificante que parezca, que no tenga un gran interés en la vida
de la humanidad y del cual no pueda sacarse un gran partido en la ad
ministración de los pueblos.
Artículo adicional. Como es interés general el que estos trabajos
salgan perfectos, el ministro cree excusado encarecer la necesidad que
hay de que todos los datos sean exactos y de que no se hagan ocultacio
nes ni por una mal entendida codicia ni por una vergüenza absurda. Que
todos los españoles confiesen con franqueza sus ideas, sus pasiones y sus
afectos, sin ocultar ninguna de sus faltas por vergonzosas que sean, en la
seguridad de que el ministerio ha de guardar un secreto impenetrable, y
que declaren con igual verdad sus fortunas, persuadidos deque así y sólo
así el reparto de tributos será religiosamente equitativo.
ANTONIO FLORES
43
Andadores metálicos, ó nueva guía del forastero en Madrid.—Inúti
les, de todo punto inútiles, se han hecho ya los antiguos guías mercena
rios, irónicamente llamados cicerones, que tras de aburrir al viajero con
su grotesca charla, le llevaban como á remolque por las calles de Madrid,
haciéndole pagar bien caro el insignificante favor de dirigirse á tal ó cual
centro de la población. Hoy, con un cinturón metálico, que se oculta de
bajo de la ropa y cuya sencilla explicación para usarlo se da gratis, no
necesita el forastero preguntar á nadie dónde se halla tal ó cual centro
de los veinticinco en que se divide la población, sino que sin voluntad
propia se sentirá suavemente inclinado á marchar al punto que desea
por el camino más recto. Se venden á varios precios en el Gran bazar de
la inteligencia metálica.
Se busca una prim a.—El contratista de los caloríferos del salón del
nuevo Prado desea traspasar el negocio con un 25 por 100 de beneficio,
por tener necesidad de llevar sus capitales al planteamiento del contrato
que celebró ayer con la municipalidad para las esponjas de irrigación de
las calles y las absorbentes para la limpieza de las mismas. Dirigir pro
posiciones al mismo interesado con pliegos cerrados, no bajándola prima
que se ofrezca del expresado 25 por 100.
A la igualdad del bello sexo.—Si á los antiguos les hubiera ocurrido
aplicar á la construcción del miriñaque el mecanismo de sus ridículos
cuanto inútiles paraguas, habrían podido dar cuatro veces más ensanche
á la mujer, ahorrándola al propio tiempo la pena horrible de no poder
plegar su abdomen al entrar en los teatros y en las grandes concurren
cias de gentes. La compañía de las Indias que, como sabe el público, está
consagrada al embellecimiento del bello sexo en la confección de toda
clase de prendas de ropa blanca, ha fijado su atención en el miriñaque,
y después de una serie de largos estudios ha inventado el miriñaque
campanilla, cuyo uso está produciendo una verdadera revolución en el
bello sexo. El depósito central está en la calle 222, casa 1.121, en el cen
tro H del Norte de Madrid. Se envían á provincias con el sencillo método
para usarlos y las ventajas higiénicas que traen consigo.
No más tisis femenina.—El corsé de cartón piedra con la doble pre
sión del caucho pectoral ha concluido con todas las enfermedades de
pecho, que tan frecuentes eran en todas las jóvenes que buscaban la es
beltez de sus talles en el tiránico rigor de las ballenas ó del acero. Con
el corsé diana los talles son mucho más esbeltos y se han alejado todos
los peligros del antiguo ballenato. A las señoras que por un sentimiento
AYER, HOY Y MAÑANA
49
de pudor, hasta cierto punto respetable, no quieran dejarse tomar medi
da por los dependientes del establecimiento, se les dará un pedazo de
lienzo plástico, en el cual, sin más que rodearle al cuerpo, verán fotográ
ficamente marcadas sus formas. Devolviendo el lienzo al establecimiento
y sin más que advertir los centímetros que quieran que se reduzca la
cintura ó los que deben darse de aumento á los hombros ó al pecho, se
verán perfectamente servidas.
Congreso internacional de espiritismo.—La sesión ordinaria del do
mingo próximo se abre á las diez de la mañana. Los sonámbulos y los
espiritistas de todas las ciudades y pueblos de España pueden empezar
sus evocaciones á esa hora. La presidencia toca esta semana al sabio ó
inspirado médium mister Patterson, residente en Charleston (Estados
Desunidos de América). Hacen de secretarios los jóvenes senhor Lorenzo
Figueira de Madureira y el caballero Waliow, residente el primero en
Dasmatas, aldea de Portugal, y el segundo en el castillo de Blak, Ale
mania.
Nuevo manual de lengua universal. Método el más sencillo de todos
los conocidos hasta el d ía — Se vende á 38 reales 50 céntimos en la calle
núm. 33, casa 6.666, barrio 55, centro P al Sur de Madrid.
Desafío frustrado.—Arturo Malaspatas, que tan cobarde como villa
namente me insultó ayer, aprovechándose de la impunidad que le daban
las circunstancias del lugar en que nos hallábamos, no ha concurrido hoy
al sitio en que debía verificarse el lance á muerte. Sus padrinos Numa
González y Silvio Rodríguez han tenido la prudencia de no contestar á
las enérgicas provocaciones de los míos. Me apresuro á comunicarlo al
público por medio de cien mil ejemplares de este anuncio.—Aristides
García.
Alcobas higiénicas y económicas.—Nadie se atreverá á poner en duda
que las que se han abierto al público en la gran plaza 10, barrio 15, cen
tro R del cabo Oeste de la población, son las más grandes, ventiladas y
cómodas de todas las que hasta el día se conocen, no sólo en Madrid, sino
en los Estados Desunidos, que es donde más en boga está este sistema de
fraternidad nocturna. Para los durmientes de 1.a clase hay mil camas de
gran lujo, á 20 rs.; los de 2.ahallarán dos mil también elegantes y cómodas,
á 12 rs.; para los de 3.a hay tres mil catres, á 6 rs.; y por último, la gran
rotonda, donde los durmientes de 4.a y 5.a clase encontrarán una inmensa
cama redonda, cuyos precios, en 1.a y 2.a fila, son 60 y 40 céntimos.
T omo III
4
50
ANTONIO FLORES
Nueva vacuna. intelectual.—Los antiguos maestros de escuela y los
dómines latinos acudieron en vano á la palmeta y á las disciplinas para
inocular su entonces escasísima ciencia en los niños por un sistema de
sangre, análogo al que entonces se conocía para inocular la viruela. Más
tarde, cuando por un artículo del Código se prohibió ese bárbaro sistema
de enseñanza, los profesores acudieron á la persuación, esto es, á la discu
sión con el discípulo de potencia á potencia, que no ha dado mejores re
sultados. Hoy una persona, que no es doctor ni siquiera bachiller de
ninguna universidad, ha descubierto la manera de enseñar á los niños
desde la primera edad por un medio moralmente parecido al que se em
pleaba para inocular la viruela, antes de que este envenenamiento oficial
de la especie humana cayera en desuso. Ya le han adoptado varios direc
tores de colegios, y á éstos y á los demás profesores se les enseña en una
sola lección este sistema en la casa núm. 345, calle 5.555, barrio 33, centro
P al Norte.
Nodrizas mecánicas.—Al gran bazar de la Vida Privada acaba de lle
gar un nuevo surtido de pechos de máquina, que no sólo tienen, como los
usados hasta el día, el mismo color y las mismas condiciones exteriores
que el pecho natural, sino que el aparato interior está tan ingeniosamente
dispuesto que es suficiente el más ligero esfuerzo para que el líquido acu
da á la superficie. Los niños torpes para la succión hallarán una inmensa
ventaja en estos aparatos, y para los demasiado tragones no hay el peligro
de esos golpes de tos que les producía la demasiada cantidad de lecho
cuando mamaban del pecho de la mujer. Pero la ventaja principal de estos
aparatos consiste en que, no permitiendo la entrada del aire más allá de
la primera capa del pecho, el líquido que se emplea, aunque sea la leche
en su estado natural, no se descompone ni se altera.
A la Sibila de Cumas.—El nuevo trípode que acaba de recibir de
Londres esta acreditada sonámbula le permite despachar mayor número
de consultas que el que usaba antes de ahora. Los precios siguen siendo
los mismos de siempre: Por refrescar la memoria de los tiempos pasados,
á 15 céntimos por minuto en los cinco últimos años transcurridos, y
5 céntimos de aumento por cada año más atrás de esa fecha. Las cosas de
presente á 25 céntimos, y las del porvenir á precios convencionales.
Nota.—Como no todos los oráculos que andan por Madrid ni aun las
sonámbulas de otros gabinetes guardan el secreto de las consultas, no será
inútil repetir que para la Sibila de Cumas es sagrado cuanto se le dice,
y hasta procura olvidarlo en el momento que sale el parroquiano, á quien
por otra parte no vuelve á ver, porque hace ya diez años que no ha pisado
AYER, Hoy y
m añana
51
la calle. Verdad es que sólo con tan austero aislamiento puede estar tan
cargada de fluido magnético y vidente á todas las horas del día y de la
noche.
Aviso al público elegante.—En la gran fábrica de hierro que por re
forma del local se había cerrado, se ha vuelto á abrir el depósito de caba
llos de vapor para paseo. Se alquilan por horas á los precios de siempre y
según la tarifa que está en el establecimiento. Los eléctricos no se alquilan
sino por días. Los carruajes de paseo, siendo movidos por el vapor, tam
bién se dan por medios días; los eléctricos sólo se alquilan por meses.
Dragas marítimas.—Se necesitan diez máquinas de vapor, de cien
caballos de fuerza cada una y á propósito para tornear los montantes de
la gran draga monstruo que para los desagües marítimos proyectados
por la Sociedad Arqueológica Universal se está construyendo en el puerto
de Colón, antiguamente llamado de Palos, y que como sabe el público es
hoy el más grande de todos los de España.
La esclavitud de los hombres libres.—Folleto realista, escrito por un
mulato libre, hijo de un antiguo esclavo negro.
Historia viva.—Acaba de llegar á esta corte un caballero francés, que
trae consigo un loro nacido en la isla de Santo Domingo en 1050, y que
habiendo viajado por toda Europa en compañía de los antepasados del
expresado francés, refiere una porción de sucesos importantísimos de los
siglos xvi, xvii y xviii con admirable claridad. Se cree que la mayor
parte de su larga vida la pasó en España, porque este es el país de cuya
historia parece más enterado.
Ejercicios públicos.—El lunes próximo darán principio los ejercicios
de oposición para la plaza de espiritista que se halla vacante en la socie
dad de recreo titulada Placeres dominicales. Los aspirantes han de acre
ditar que son médiums, y serán preferidos desde luego los que presenten
una memoria escrita de revelaciones interesantes, ó los que tengan la
facultad de escribir y entender el caldeo, el vascuence y el caló, que son
los idiomas y la escritura que más se resiste á los espiritistas.
Monumento curioso.—La empresa del teatro de Antigüedades, que no
perdona medio ni sacrificio alguno para presentar á sus numerosos favo
recedores una exposición completa de todos los monumentos arqueológi
cos de la vieja España, acaba de traer una anciana, cogida en una de las
52
ANTONIO FLORES
aldeas de Galicia, la cual hila cáñamo con una rueca igual á las que se
conservan en la Armería de esta corte y hace medias á mano con unos
alambres bruñidos. La empresa espera que el público acudirá á ver este
fenómeno con la misma solicitud con que asistió estos últimos días á la
exhibición del tocador de guitarra andaluz y á la del segador gallego.
Sociedad filantrópica, protectora de los animales.— La inhumanidad
con que algunas gentes, baldón y oprobio de su patria, hacen acabar sus
días á los inocentes animales que un tiempo les prestaron su sangre para
el movimiento de sus industrias, ha llamado la atención de esta sociedad
filantrópica hasta el extremo de decidirla á abrir cuatro nuevos depósitos,
donde se recibirán toda clase de animales, que inmediatamente y con las
convenientes precauciones humanitarias serán conducidos á los magnífi
cos prados, establos y demás dependencias de la Sociedad, sin que las
personas que los entreguen tengan que abonar nada por manutención ni
por otro concepto. Todos los días festivos se permite á los dueños de los
acogidos por la sociedad entrar á verlos. El que quiera reclamar algún
animal para llevarle de nuevo á su casa ó cualquier otro de los que no
tienen dueño, ha de declarar el uso á que piensa destinarle, y garantizar,
por medio de algún socio ú otra persona de antecedentes humanitarios,
el buen trato del acogido; sin perjuicio de la visita de inspección que todas
las semanas le harán los señores socios, que por turno se encargan de este
importante servicio.
Filosofía socialista.— La academia de este nombre se reúne mañana
en el local de costumbre para continuar la discusión del siguiente tema:
«Si se moralizara y se educara al pueblo, ¿de qué servirían el ejercito,
la policía, la curia, el papel sellado y los cerrajeros?»
U N DIÁLOGO D E POCO MÁS Ó MENOS,
E N E L C U A L H A Y A L G U N O S D I S P A R A T E S D E MÁS
—Lo dicho, dicho; ni un céntimo menos.
■
—Pero hombre, eso es una atrocidad. No hay ejemplar de que se haya
pagado á ese precio nunca.
—Claro es que no.
—Pues si vos mismo lo conocéis, ¿cómo os atrevéis á pedirme ese di
nero?
—¡Vele ahí!
—Conque vaya, ¿qué hacemos?
—Vos sois el que habéis de hacer, que yo ya he dicho mi última pala
bra. Y tened la bondad de decidiros pronto, porque de lo contrario voy
á ir subiendo la tarifa, que el tiempo es dinero.
—Sentiría incomodaros, y si tenéis algo urgente que hacer....
—Nada, amigo mío, nada; no tengo nada que hacer; pero como no
me gusta derrochar mis caudales, quiero ahorrar el tiempo. Conque de
cidios: ¿sí ó no?
—¡Pero, hombre, si es una exorbitancia! ¡Si me pedís mucho más por
uno solo que lo que me han costado los otros veinte!
—¿Por qué no os han vendido el veintiuno que necesitabais?
5-1
ANTONIO FLORES
—¡Demasiado sabéis por qué! Porque no lo tenían, que si lo hubieran
tenido....
—Si lo hubieran tenido os lo habrían vendido más caro que yo.
—¡A que no!
—¡A que sí! Pero dejémonos de disputas inútiles; eso no es cuenta
mía; cada uno es libre de hacer lo que quiera con su hacienda.
—¿Pero vos daríais ese dinero?
—¡Caballero! ¿Con qué derecho me hacéis esa pregunta? Yo no soy el
que compro, sino el que vendo, y no gastemos el tiempo en balde, no
contéis ya con mi voto, se le daré al otro candidato. Así como así, me
disgustaba dároslo.
—¿Y por qué? ¿No merezco vuestra confianza? ¿No tenéis fe en mi pa
triotismo? ¿No estáis conforme con mi programa político?
—Si no lo digo por eso; ni yo he leído vuestro programa, ni me importa
que sea más ó menos subido de color; yo nunca miro esas cosas. Por lo
que no me gustaba daros el voto es porque venís á pedírmelo directamente
y no por medio de un corredor electoral, que es lo acostumbrado. Y eso
es mal hecho, porque además de que el corredor paga su contribución, y
no floja, es preciso proteger las industrias nacientes. Así como así, cada
día tienen las gentes menos oficios en que poder ganar un pedazo de pan,
gracias á la maldita mecánica que nos va dejando á todos de brazos cru
zados.
—No me habléis de la mecánica; la aborrezco con toda mi alma, y
pienso hacerla una guerra á muerte en el Parlamento en el caso de que
me deis el voto.
—Francamente, no quisiera; pero por no faltar á mi palabra....
—¿Y qué rebaja me hacéis?
—Ninguna. ¿Ahora salimos con esas?
—¡Es que como voy á combatir el abuso de la mecánica!
—¿Y qué tiene que ver una cosa con otra? Yo no os he puesto condi
ción alguna respecto á vuestra conducta como diputado. Si atacáis ó de
fendéis la industria, ya sabréis lo que hacéis; eso será harina de otro
costal.
—¿Conque no hay más que aflojar los cuartos?
—Ó perder la elección, porque ya sabéis que mi voto ha tenido esta
vez la suerte de ser el símbolo constitucional. Sin mi voto, empate segu
ro. Donde yo vaya está la mitad más uno que dice el Código.
—Por eso no habéis querido entrar en tratos hasta última hora.
—Amigo, ya va uno aprendiendo. Me ha costado muchos desengaños
el oficio.
Excusado será decir al lector quiénes son los dos interlocutores ni
AYER, HOY Y MAÑANA
55
qué clase de gobierno les rige, habiéndoles cogido en flagrante delito
electoral. Ya habrá visto que se trata de un elector muy sobre sí y de un
candidato muy por debajo de sí mismo, y que ambos son partes íntegra
mente constituyentes del sistema representativo; y aun si añadimos que
el sistema está en su último período, ó como diría un alumno de medici
na, en el tercer grado de tisis, también es verdad.
Lo que no estará de más decirle, es que el elector es hombre de cua
renta años cumplidos y el que aspira á ser elegido apenas llega á los
veinticuatro.
Este último no vuelve á insistir después de escuchar las últimas pa
labras del primero, y sacando del bolsillo un librito del mismo tamaño
y forma que los antiguos de fumar, repasa sus hojas, y arrancando una de
ellas se la entrega al elector; el cual, después de examinarla al revés y al
derecho y aun al trasluz, dice:
— Os sobran diez con veinticinco.
Y sacando otro librillo enteramente igual al del candidato, con la sola
diferencia de que aquél tenía las hojas verdes y éste las tiene amarillas,
y arrancando una de ellas, se la entrega diciéndole:
— Ya estamos en paz; ahora extenderemos la escritura de compro
miso.
— ¿Qué Banco es este?— pregunta el candidato, acercándose á los ojos
el microscópico talón que acaba de recibir.
— ¿Cuál ha de ser? El nuestro; el de los fabricantes de agua legítima de
Colonia.
— Pero decidme, buen hombre, ese Banco ¿no se llama Banco de los
'perfumistas?
— No, señor, que no se llama tal. Eso era cuando por perfumería se
entendía todo lo que tenía perfume, como el jabón y los aceites de olor,
y lo que no tenía olor alguno, como los cepillos, los peines, las esponjas
y otra porción de objetos que al perfumista se le antojaba colocar en el
escaparate de su tienda. Así estaban aquellas dichosas perfumerías, donde
pretendiendo entender de todo no entendían de nada. Ahora no sólo so
han separado, como era justo, los objetos que huelen de los que no tienen
olor alguno, sino que, como era justo también, se han separado entre sí
los perfumes y de consiguiente los perfumistas. Y me parece imposible
que aspiréis á representar en el Parlamento uno de los barrios más im
portantes del comercio de Venus, como hoy se llama el de objetos de to
cador, y no hayáis estudiado el ramo de perfumería para comprender las
ventajas que el aislamiento produce en esta materia y cómo los aceites
conservan sus principios fijos cuando no tienen al lado de sí el mal ejem
plo de las aguas espirituosas, cuyos principios se volatilizan con tanta fa-
5G
ANTONIO FLORES
cilidad. Y aun dentro de estas mismas aguas se han establecido algunas
divisiones, para que cada una de ellas guarde mejor la pureza de sus
principios aromáticos. Así el talón que acabo de daros contra el Banco
de Colonia es distinto que el que os habría dado mi vecino el fabricante
de agua de Labanda, y el otro que está á la vuelta, que sólo fabrica agua
de la reina de Hungría y tiene sus capitales en el Banco de este nom
bre. Por eso se dice....
— No os canséis en seguir hablando déla desunión do la perfumería—
interrumpió algo picado el candidato,—porque yo no ignoraba nada de
eso, y mucho menos lo de que el aislamiento conserva la pureza de los
principios; pero bien podía ser que se separasen los olores por razones
físicas que alcanzo de sobra, y se reuniesen los capitales por el espíritu
de asociación mutua, que es la base de nuestro engrandecimiento.
—¡Error!, ¡error! —gritó el fabricante de agua de Colonia.— Separarlas
industrias y reunir los productos de ellas, eso jamás. El crédito del Banco
de Colonia es el mejor prospecto y la mayor recomendación que puedo
yo hacer del agua que fabrico. ¿Qué le sucedió hace pocos meses al aceite
de Macasar? Quebró el Banco de este nombre, y en el acto subieron las
acciones de los Bancos de Bergamota, de Milflores y los de los otros acei
tes, y el de Macasar ha pasado de moda. La rivalidad, la competencia, la
envidia, en una palabra, la envidia, llamemos las cosas por su nombre, es
la base de la industria.
■
— Tenéis mucha razón; pero insisto en que la industria puede y debe
subdividirse hasta el infinito, sin que haya necesidad de hacer lo mismo
con el dinero. El capital es anónimo, y los imponentes de un Banco son
iguales aunque procedan y hayan ganado el dinero en distintas industrias.
—Será todo lo que queráis —replicó el elector un tanto confuso con las
observaciones del candidato;—pero lo que yo sé deciros es que los hombres
más versados en los negocios mercantiles, las eminencias del crédito, son
los que defienden este sistema dé verdadera mutualidad, y no ya cada
día, sino cada hora, se crea un nuevo Banco.
—Y decidme, porque tal vez esta noticia pueda convenirme, ¿nombra
el gobierno un delegado para cada uno de esos Bancos?
El fabricante de agua de Colonia miró con asombro al candidato, y
poniéndole las manos en los hombros le dijo:
—¿Pero de dónde salís que tales cosas ignoráis y tales preguntas ha
céis? ¿Qué edad tenéis? ¿Dónde os habéis criado y dónde estáis viviendo?
— No creo—replicó el candidato—que tengáis motivo para dirigirme
esas preguntas, sobre todo con cierto tono de reconvención. ¿Qué he dicho
yo para eso?
—¡Friolera! ¡Preguntar si el gobierno nombra un delegado para cada
AYER, HOY Y M AÑANA
57
lina de las sociedades de crédito! Como si el gobierno fuera accionista
de alguna de ellas. ¿Qué queríais que hiciera ese delegado? ¿Qué ocupa
ción había de ser la suya?
— Velar por la observancia de los estatutos.
— ¿Para qué?
— ¡Toma, para poner á salvo los intereses de la sociedad!
— ¿De qué sociedad?
— De las de crédito á que nos referimos.
— En ese caso, el delegado le nombrarían los accionistas, y ya lo hacen
al elegir la junta directiva.
— Bien; pero el gobierno consiente en la formación de la sociedad á
condición de que se cumplan los estatutos que previamente ha aprobado,
y para eso pone allí una persona que le represente.
— i Ah, ya! Conque el gobierno— dijo el perfumista riendo— consiente
y aprueba y vigila....Vaya, vaya; ahora sí que insisto en preguntaros:
¿dónde habéis estado hasta que os ha ocurrido venir á solicitar los sufra
gios de este distrito?
— En mi pueblo; pero ya hace un mes que vivo en Madrid.
— Pues no habéis aprovechado gran cosa el tiempo; ¿pero qué pueblo
es el vuestro?
—Uno muy bueno.
— Sí, muy bueno será; pero muy pequeño ha de ser y muy apartado
de toda comunicación para que sus habitantes ignoren las más sencillas
nociones del derecho de gentes.
— Eso sí que no— replicó el candidato algo picado;—yo no sólo conozco
el derecho de gentes, sino el romano y el godo y todos los antiguos fueros
españoles, porque he estudiado siete años de leyes.
— ¡Es decir, que sois abogado por el sistema antiguo! Vaya, veo que os
he llevado demasiado poco por el voto. Si hubiera sabido que erais abo
gado universitario habría sido otra cosa. Pero de todos modos, en ese
pueblo, que si he de creer lo que vuestro acento indica ha de ser más
frontera de Portugal que otra cosa, ¿no hay periódicos?
— Sí que los hay, y algunos vecinos los leen; pero no se hace mucho
caso de lo que dicen.
— Ya; pero las leyes que en ellos se publican son leyes del Estado.
— Eso es verdad; pero yo nunca hubiera creído que el Estado hiciera
la tontería de suicidarse, renunciando el gobierno á la tutela que debe
tener sobre la sociedad.
— ¡ Conque vos, según eso, sois de los que creéis que los hombres no
son iguales, y que mientras los unos son mayores de edad, los otros no
salen nunca de la minoría!
58
AXTONIO FLOUES
—Algo creo ele eso; pero esta materia sería para tratada muy despacio,
y vos me dijisteis antes que no queríais perder el tiempo.
—Con efecto; pero si queréis que continuemos esta conversación, pasad
por aquí cualquier noche y os llevaré al club.
—¿De Colonia?—preguntó con sonrisa irónica el candidato:
—No tal—repuso el fabricante,—al club de los espiritistas mediarámicos.
—¡Pero allí todos los que irán serán fabricantes de agua de Colonia!
Y en ese caso....
—No seáis exagerado—dijo el fabricante.—¿Qué tiene que ver la afición
ó la ocupación industrial de cada individuo con sus aficiones intelectua
les? Yo tengo consocios de industria que son mis mayores enemigos en
materia de espiritismo; como que algunos de ellos son partidarios de la
evocación de los espíritus por medio del sonambulismo; y vergüenza me
da decirlo, hasta hay algunos fabricantes de agua de Colonia que niegan
el espiritismo. ¡ Ellos que viven del espíritu de vino y de destilaciones
espiritistas, digámoslo así!
—¡Qué atrocidad!—dijo el candidato, á pesar de que no entendía una
jota de lo que estaba oyendo;—¡qué atrocidad negar esa cosa!
—¡Conque, según eso, vos, señor diputado—exclamó con extraña ale
gría el fabricante, - sois también de los míos! Medianímico, supongo ¿eh?
—Sí, señor, me-dia-ní-mi-co—contestó el otro, procurando repetir con
cuidado la palabra que le era enteramente desconocida.
—Según eso, en Extremadura, suponiendo que seáis extremeño, ¿hay
ya sesiones espiritistas?
—¡Vaya si las hay!
—Pues entonces no es posible que estén tan atrasados como yo creía,
porque el espiritismo aguza mucho el entendimiento, y los pueblos que
creen en el magnetismo y en el sonambulismo no pueden ser ignorantes.
El joven candidato temió verse en un compromiso si se prolongaba la
conversación espiritista, y cambiando de asunto dijo:
—¿Pero es posible que no fabriquéis ni vendáis nada más que agua de
Colonia?
—Nada más, y tengo bastante, replicó con orgullo el elector. ¿Queréis
ver el establecimiento?
—Con mucho gusto—dijo el candidato.
Y apenas hubo pronunciado estas palabras, á las que el fabricante
contestó con una ligera sonrisa de satisfacción, sintió una ligera oscila
ción en todo su cuerpo y le pareció como que se movían las paredes del
pequeño gabinete en que se hallaban.
Y así era la verdad.
AYER, HOY Y MAÑANA
50
El candidato había recibido al elector en un gabinete ochavado gira
torio, el cual estaba situado en el centro del establecimiento, y servía para
que el fabricante pudiera inspeccionar por sí propio y sin moverse de su
asiento todas las vastas dependencias de la gran fábrica española de agua
legítima de Colonia.
Pero el movimiento que recibió el gabinete en esta ocasión, no fue
giratorio, sino ascendente, y en un decir Jesús, como solía decirse anti
guamente, se hallaron nuestros personajes sobre el tejado del edificio.
C U A D R O VI
GRAN F Á B R IC A Y DESPACH O C E N T R A L D EL AGUA LEG ITIM A
D E COLONIA
No era la primera vez que el candidato subía á las alturas por ese
sistema, porque además de haber subido algo más para alcanzar algunos
votos, el día mismo en que llegó á Madrid fue á casa de un pintógrafo
á hacerse el consabido retrato de pretendiente á la diputación, y subió,
mecánicamente también, en busca de la luz y del artista. Por esta razón
no le causó novedad el ascenso; pero le sorprendió, y no poco, que al salir
á la luz del día, las paredes del gabinete, que él hubiese jurado haber
visto adornadas con cuadros y colgaduras, estaban no sólo desprovistas
de todo adorno, sino que parecían transparentes y diáfanas como el cristal.
Y no parecía sino la pura verdad, porque el gabinete del fabricante
de agua de Colonia era un gran fanal de vidrio, que daba paso á todos
los objetos que le rodeaban; y como al salir sobre la terraza del edificio
se halló en el vacío, no reflejó nada.
Advirtió el fabricante la sorpresa del futuro diputado á Cortes, y con
ese orgullo con que en todos tiempos han disputado los propietarios de
ciertos inventos la alegría de la paternidad á sus autores, le dijo:
— Esta mecánica sube y baja como todas las conocidas hasta el día,
desde que se suprimieron las antiguas escaleras; pero gira de un modo
especialísimo, y tiene además la ventaja de que, siendo un verdadero gabi-
AYER, HOY Y MAÑANA
61
nete de cristal, sin salir de él se encuentra uno en comunicación visual
con todos los objetos exteriores. Y cuando, como ahora acabamos de ha
cer, quiero atravesar todos los pisos de la casa sin ser visto de nadie, esto
es, sin que sepan mis consocios si voy ó no dentro del gabinete, le declaro
opaco con este resorte.
Y sin dar lugar á que el aturdido candidato viera el resorte de la opa
cidad, cambió el fabricante la decoración de su verdadera cámara obs
cura, apareciendo de nuevo los cuadros y los adornos que el otro creyó
ver al entrar allí, iluminado todo por la que entonces juzgó luz natural
y ahora conocía no ser otra cosa que los destellos luminosos de un foco
eléctrico.
Otro resorte que sin duda movió el fabricante hizo hundir las pare
des del gabinete, quedando los dos personajes sobre la inmensa terraza
del edificio, desde la cual se veía á corta distancia, tres kilómetros esca
sos, la gran fábrica de agua de Colonia, cercada de vastos jardines, en los
cuales se cultivaban las plantas aromáticas que servían para la fabricación
del líquido oloroso.
—Allí—dijo el fabricante señalando con el dedo hacia el lugar indica
do—están los grandes alambiques destilatorios, los aparatos de refinación
y una multitud de máquinas que son indispensables para la fabricación,
la cual está dispuesta de manera que ninguno de los consocios que están
al frente de cada una de las dependencias conoce el mecanismo de todas
ellas; cosa indispensable para que yo pueda conservar y explotar el secre
to de mi industria.
—¿Y no sería mejor—dijo el candidato —que tuvierais un privilegio de
invención, para que nadie sino vos pudiera fabricar el agua de Colonia
por ese sistema?
—¡Privilegio!—exclamó el fabricante.—¿Qué estáis diciendo? ¿Sabéis que
el oiros me hace el mismo efecto que si resucitara un realista de 1821 ó
un liberal de 1837, que en punto á privilegios y exenciones allá se iban?
La industria es libre, y no consiente esos monopolios odiosos.
—Pero vos monopolizáis vuestro invento, puesto que hacéis de él un
secreto impenetrable.
—Claro es que sí; en uso de un derecho que nadie puede disputarme.
—Ya; pero si hubierais depositado ese secreto en manos del gobierno
y él os hubiera autorizado á usarle por un número determinado de años,
al expirar este plazo el secreto sería del dominio público, y ahora, por el
contrario, no lo será nunca.
—Estáis en un error; ahora no hay plazo alguno, sino que en el mo
mento que alguien lo descubra puede empezar á usarle.
—¿Y si no lo descubre nadie?
G2
ANTONIO FLORES
—No lo usará nadie más que yo.
— Pues señor, con ese sistema no se habría adelantado gran cosa en
la civilización de la humanidad. »Si cada hombre se llevara un secreto al
otro mundo, sería cuento de nunca acabar.
— ¡Ojalá se hubiera hecho siempre así!—replicó el fabricante;— y áfe, á
fe que no se habrían tendido á la bartola algunas generaciones, fiadas en
que ya estaba todo hecho, ó siguiendo en su lento progreso el camino tri
llado y casi siempre vicioso que les dejaban trazado las gentes que les
habían precedido.
— Y aya—dijo el candidato,— estamos muy distantes para que poda
mos entendernos. Tened la bondad de enseñarme la fábrica.
— Con mucho gusto; pero francamente os digo que no haríais mal en
volveros á vuestro pueblo á seguir arrullando esas ideas del siglo pasado.
— ¿Creéis que se escandalizarán de oirme?
— No tal; aquí no hay nada que escandalice y, antes por el contrario,
si sostenéis en el Parlamento esas ideas es posible que os pongáis de
moda, porque ya hay algunas gentes que suspiran por el obscurantismo
con todos sus privilegios y regalías y trabajan bastante para que vuelvan
las cosas á estar como antiguamente.
— Ese es otro absurdo—dijo el candidato;—y el gobierno hará bien en
perseguir sin descanso á esos reaccionarios.
— ¿Y por qué los ha de perseguir? ¡Pues no faltaba más! ¿Quién es el
gobierno para impedir que cada cual piense y obre como le dé la gana? ¡Y
vos decís que sois liberal! ¡Buena libertad está la vuestra! Queréis hacer
los liberales, como Moliere hizo su Medico....á palos. Yaya, vaya, voy á
enseñaros la fábrica, porque tenéis razón en decir que tardaríamos mu
cho en entendernos. Conque decidme: ¿Sois funámbulo ó gimnasta? ¿Que
réis ir por los trapecios ó por la maroma?
El candidato miró al fabricante, más que con asombro con verdadero
terror, porque adivinó la clase de locomoción que se le ofrecía para sal
var la distancia de tres kilómetros que le separaba de la fábrica, y con
testó con cierto aire de dignidad verdaderamente ridículo:
— Señor fabricante, ¿por quién me habéis tomado? ¿Con quién creéis
estar hablando?
— ¡Qué sé yo, ni qué me importa saberlo!— replicó el fabricante.— Abajo
os tomé por lo que decíais ser, por un aspirante á la diputación, que te
nía absoluta necesidad de un voto, y os he vendido el mío lo más caro
posible; aquí creo que sois un hombre que quiere visitar mi fábrica, y os
pregunto si preferís la maroma ó los trapecios.
— Pues eso precisamente es tomarme por un titiritero.
— No tal; eso es tomaros por un hombre. Si fuerais una señora, os habría
AYER, HOY Y MAÑANA
63
llevado á la fábrica por el ferrocarril eléctrico subterráneo; sois un hom
bre dedicado por vuestra profesión al estudio y por lo tanto necesitado
del ejercicio gimnástico, y me figuraba que no os vendría mal dar un
ligero paseo por los trapecios ó por la maroma.
— Pues os lo agradezco infinito—dijo el candidato con mal reprimido
despecho,— pero yo no sé trabajar en la cuerda tirante ni en la floja ni en
el trapecio.
— Yo tampoco; yo no hago más que ir y venir por la cuerda á mi fá
brica, aunque ordinariamente voy por los trapecios, porque es más breve
y se hace mucho más ejercicio.
— Pues yo no sé hacer ninguna de ambas cosas, y aunque supiera, ya
podéis comprender que no lo haría.
— ¿Y por qué?
-— ¡Me gusta la pregunta! Por el decoro de mi profesión de abogado.
El fabricante de agua de Colonia, que hasta entonces apenas había te
nido ocasión de sonreir, soltó una estrepitosa carcajada, y por toda res
puesta á la observación del candidato le volvió la cabeza hacia el interior
de la población y le dijo:
— Mirad el decoro de vuestra profesión y de otras tan buenas ó mejo
res que ella.
El candidato vió entre el humo que se elevaba de las chimeneas una
porción de hombres saltando los unos de trapecio en trapecio á gran
altura de los tejados, corriendo los otros por la maroma y algunos mar
chando sobre esta última á paso largo con un libro ó papeles en la mano.
— ¡Bien, y qué! Ya veo muchos hombres que dan zapatetas en el aire,
expuestos á romperse la cabeza y á matar al infeliz que cojan debajo.
— Algunos se matan, ¿quién lo duda?—replicó el fabricante;— pero no os
hago mirar por eso, sino porque veáis que ese joven alto de la derecha
que va por la cuerda leyendo y tomando apuntes, es uno de nuestros pri
meros abogados, y que así como lo veis, estudia los pleitos por las maña
nas en traje de casa, y aun de noche, especialmente en verano, sale
también á hacer ejercicio, repasando sus defensas en la cuerda. Y aquel
señor mayor que veis á la izquierda, entre aquella joven azul y aquella
señora gris, que va saltando con prodigiosa agilidad los trapecios, es vues
tro presidente.
— ¿Mi presidente?— preguntó el candidato con verdadero asombro.
— El que lo será si tomáis asiento en el Parlamento.
— ¿Y la cámara de diputados está presidida por un hombre que hace
en público semejantes cosas?
— Vamos, está visto que sois consecuente en todo. Queríais para pre
sidente un hombre que se escondiera para hacer ejercicio, y que aunque
<34
ANTONIO FLORES
en su casa, donde nadie le viera, fuese un malvado, para ir al Parlamento
fuera dentro de un carruaje, con los ojos bajos, en vez de ir por los teja
dos saltando de uno en otro trapecio. Y puesto que vuestro decoro no os
consiente ir por el aire á ver la fábrica, os enseñaré el establecimiento en
que estamos, que es el más curioso de todos y donde está espiritualiza
da, digámoslo así, toda la fabricación. En este piso en que estamos, esto
es, debajo de la terraza, está el depósito parcial del agua, que se surte
directamente y por una gran tubería de porcelana del gran depósito cen
tral ó estanque que hay en la fábrica. Atravesando los demás pisos, surte
las fuentes y depósitos que hay en cada uno de ellos, y principalmente
el gran receptáculo para el embotellamiento en el piso principal y el coloniómetro del piso bajo, que es la verdadera novedad de mi casa sobre
las otras de esta misma industria. Cuando yo pensé en el establecimiento
de esta dependencia, que hoy es la que da importancia y verdaderos be
neficios á mi fabricación, no podéis figuraros las burlas que me hicieron,
las caricaturas que contra mí se publicaron y las apuestas que hubo en
la Bolsa de las aguas alcohólicas en pro y en contra de mi pensamiento.
Pues ahora apenas hay una señora de buen tono que no tenga una ac
ción cuando menos de baño, dos de tocador y tres ó cuatro de riego.
Y los bailes públicos, que fué una de las necesidades que tuve más pre
sentes, están todos suscritos al riego, y con tan buen resultado *que ayer
mismo me ha hecho el ayuntamiento una proposición monstruo, que
si se lleva á cabo, y por mí no hay dificultad alguna, tendrá un éxito bri
llantísimo: ¡como que el agua de Colonia, que es hoy un artículo de ver
dadero lujo y sólo al alcance de pocas fortunas, podrá generalizarse de
una manera fabulosa!
— Y decidme, señor fabricante-interrumpió el candidato con sonrisa
burlona,— ¿creéis que el pueblo reportará algunas ventajas de la baratura y
la propagación del agua de Colonia?
— ¡Quién lo duda! Todo lo que tienda al desenvolvimiento de la indus
tria es altamente beneficioso para el pueblo.
— Es decir, que consideráis el agua de Colonia como un artículo de
primera necesidad para los pobres.
— No me pesaría de que así fuera, pero yo no he dicho semejante
disparate; y en prueba de ello, os diré que las cañerías del agua de Colo
nia no atraviesan ninguno de los barrios en que se albergan los pobres
ni tengo un solo accionista ó suscriptor fuera délos centros aristocráticos.
Al hablar del pueblo, me refería á la masa general de la población, no á
lo que antiguamente se llamaba pueblo bajo, cuya odiosa denominación
ha desaparecido.
— ¿Y ha mejorado la condición de ese pueblo?
65
AYER, HOY Y MAÑANA
—¡Quien lo duda! Por de pronto no vive ya en un obscuro rincón de
la casa del poderoso, donde turbaba su sueño el rumor de los festines y
excitaba su apetito el suculento olor de los manjares, sino que ahora vive
en comarcas independientes, donde todos sus convecinos son igualmente
pobres.
—Es decir—repuso con ironía el candidato,—que en nombre de la igual
dad se ha marcado á todos los pobres, creando grandes centros de miseria
pública, que podrían muy bien llamarse hospitales de miseria incurable.
Me parece un gran paso para la igualdad social.
—Yo no sé—dijo el comerciante un tanto escamado—si habláis de
buena fe ó no; pero lo que puedo deciros es que con este sistema de po
blación el lujo ha adquirido un gran desarrollo, y el lujo da la medida
de la prosperidad de los pueblos.
—Lo creo muy bien; y si en lugar de encerrar á los pobres con sus
familias en barrios apartados, donde todos se vayan muriendo por igual,
los matásemos de una vez á todos, el lujo sería más esplendente y más
brillante.
—Está visto—dijo el candidato sonriendo—que sois un joven de los
que hacen gala de venir al mundo desengañados; seréis en el Parlamento
un apóstol más de las ideas reaccionarias.
—¡Reaccionario yo!—gritó el candidato.—La verdadera reacción es la
vuestra, que os habéis armado con el puñal revolucionario para asesinar
los privilegios de la cuna y los del talento, y le estáis usando para estable
cer las prerrogativas y las inmunidades del dinero.
—¡Qué disparate! El lujo no es obligatorio.
—Pero le adoráis como al verdadero dios del siglo.
—No tal, no le adoramos; le servimos.
—¿Como sus sacerdotes ó como sus esclavos?—preguntó el candidato
sonriendo.
—Ni lo uno ni lo otro—contestó el fabricante.
Y pareciendo poco dispuesto á prolongar aquella polémica, para la
cual, como habrá observado el lector, tenía menos disposición que para
propagar el uso del agua de Colonia, siguió enseñando las dependencias
del establecimiento, desde el gabinete giratorio, con el cual atravesaron
diferentes veces los pisos del establecimiento, hasta parar en el bajo,
donde estaba la gran rotonda destinada al servicio menudo del público.
Entrábase en aquella gran sala, cuyo principal adorno consistía en
una fuente de cristal, de la cual brotaba en menudos surtidores una llu
via de agua de Colonia, por una puerta de espejos que se cerraba por sí
sola tras de cada persona. Los abonados al perfume diario tenían su cuen
ta corriente y no pagaban nada al entrar allí, y los que no estaban en este
T om o
III.
5
66
ANTONIO FLORES
caso abonaban un tanto al minuto, mayor ó menor, según el uso que
hacían de aquellas emanaciones aromáticas.
Por la entrada y la simple aspiración de la atmósfera se pagaban dos
céntimos al minuto, no pudiendo bajar de un cuarto de hora el tiempo
abonable; costaba cuatro céntimos el pasear alrededor de la fuente; ocho
el recibir alguna rociada; cincuenta el sentarse en los divanes, cuyos
confortables almohadones arrojaban á la simple presión del cuerpo una
lluvia de agua de Colonia en polvo finísimo, é igual suma se pagaba por
el pañuelo, el abanico, los guantes ó cualquier otro objeto que se quería
colonizar.
Para esto último no había más que hacer sino entregar la prenda á
una elegante mano mecánica (que, como si fuera la de un alma en pena
pidiendo sufragios, giraba en torno de los concurrentes), la cual la apre
taba y la escondía en la manga breves instantes, devolviéndola aromati
zada á su dueño.
El candidato estaba admirado de lo que veía, y lo que más llamaba su
atención era lo numeroso de la concurrencia y el ver que gran parte de
ésta se componía de hombres formales, que con una gravedad digna de los
tiempos y del Senado de la antigua Roma, se descubrían la cabeza al pa
sar por la fuente, refregaban sus espaldas en los almohadones del diván
y entregaban á la mano mecánica su cartera ó su pañuelo. Semejante
afeminación le hacía disculpar la presencia allí de las damas y las ridi
culas contorsiones que hacían para sacudir sus trajes á fin de que todos
los pliegues se impregnaran por igual de los aromas que allí se respiraban.
Y tan absorto estaba observando lo que allí veía, que fué preciso que el
fabricante le llamase la atención repetidas veces para que pudiera cum
plir con lo que la cortesía exige á todo el que visita un establecimiento
industrial.
— Verdaderamente es magnífica vuestra fábrica— dijo aparentando una
sinceridad que estaba lejos de sentir;— pero me da pena ver la afemina
ción de estas gentes.
— ¡Afeminación! No tal—replicó el fabricante.— Esto no es más que
aseo y limpieza y no avergonzarse nadie de hacer en público lo que an
tiguamente hacían todos en secreto.
— Todos no—repuso el candidato.
— Todos los elegantes, ni más ni menos que ahora; sólo que á medida
que aumenta la riqueza pública, aumenta también la elegancia. ¡Queréis
que el rico industrial, que está todo el día oliendo á carbón de piedra en
su fábrica, no pase por esta rotonda antes de ir á comer á su casa ó al
club, y que no haga lo mismo la mujer de mundo y otra porción de gentes
que no pueden tener en sus casas comodidad para tomar estas ablucio-
AYER, HOY Y MAÑANA
G7
nes! Tanto más, cuanto que por venir aquí no pierden el tiempo, porque
ya veis cómo cada uno va haciendo alguna cosa.
Y así era en efecto: el uno tomaba notas en su cartera, el otro suma
ba en un papel, algunos leían y otros meditaban.
—Decidme—preguntó el candidato—¿por qué se tapan la cara casi
todas las mujeres al pasar por delante de la fuente? ¿Es porque no les sal
te alguna gota á los ojos?
—No tal; ¡si el agua no es pura de Colonia, y de consiguiente no irrita!
La de la fuente, como la que se envía por la cañería á las casas ó á los
bailes y la que el ayuntamiento piensa utilizar para el riego de los pa
seos sólo tienen un tres del agua alcohólica por ciento de la natural.
Se tapan el rostro porque algunas tienen la aprensión de que una de las
esencias que yo uso ataca y descompone el esmalte metálico de la cara.
Pero ya hoy mismo he hecho repartir un prospecto anunciando que mi
agua está hecha de acuerdo con todos los perfumistas esmaltadores, y
que es una preocupación huir de ella.
—Hacéis bien de haber combatido á tiempo tan funesta preocupación
—dijo el candidato.
Y saludando al fabricante, salió del establecimiento, ansioso de respi
rar el aire libre.
C U A D R O VII
E N S A N C H A N D O L A C A B E Z A SE
HA E X P R O P I A D O
A L CORAZÓN
Donde se prueba que los anti
guos, que hablaban con el corazón
en la mano, habrían hecho mucho
mejor metiéndosele en el bolsillo.
Supongo, lectora, que aunque no tengas el pecho tan atestado de afec
tos como le tenía tu madre, ni guardes como tu abuela en lo más recón
dito del alma la fe religiosa, la fe del amor, la fe de la amistad y unas
cuantas creencias y no pocas esperanzas, todavía ha de ser tu corazón
un manojito de amores que se habrán estremecido al leer el título de
este cuadro. Y estoy seguro de que si no te habías adelantado á empañar
tus mejillas con el aliento de la perfumería, se te habrán teñido de ru
bor al ver lo que me propongo probar.
De todos modos, te aconsejo que te tranquilices, porque es muy posi
ble que al examinar esta sociedad, que para ti está por venir, salgan
algunos cuadros más fuertes que el que ahora pongo á la vista. Al cabo
y al fin en éste aún se trata del corazón, puesto que se ha de probar que
está mejor en la faltriquera que en la mano, y más adelante es posible
que no le hallemos en ninguna parte. Lo peor que ahora puede suceder
es que, llevando el corazón en el bolsillo y á fuerza de rozarle con los
AYEK, HOY Y MAÑANA
G9
cuartos, con las pesetas y con los escudos, se haya convertido en cobre,
en plata ó en oro. En cual caso tendremos un corazón metalizado, cosa
que no puede ser una novedad de gran bulto para la presento gene
ración.
En cuanto á mí, que en mi cualidad de espíritu vengo asistiendo
desde hace catorce siglos á las representaciones teatrales de otras tantas
generaciones; para mí, que he visto toda clase de dramas sociales, desde
las tragedias bárbaras de los incre'dulos y los despreocupados hasta el
sainete ridículo de los fanáticos y los hipócritas, no tiene novedad alguna
lo que ahora sucede. Además de que en el fondo siempre ha sido lo mismo,
ni siquiera la forma puede asustarme habiéndola visto venir con tanta
anticipación. El oro no ha necesitado que llegara el siglo x ix para verse
elevado á la suprema categoría de dios de los mortales. Poco más ó me
nos que vosotros le adoraban los antiguos, sino que para darle culto se
ocultaban hasta de sí propios. Verdad es que hablaban con el corazón en
la mano, pero casi siempre tenían la mano en el bolsillo.
¡Cuántas veces nosotros los espíritus invisibles, que vemos todo lo im
palpable, nos hemos reído viendo el afán con que los mortales pretendían
ocultar la pasión del oro, que les salía por todas las partes y coyuntu
ras de su individuo, con otra pasioncilla ridicula que apenas les llenaba
la cuarta parte del ojo! Pues qué, si no hubieran tenido el corazón en el
bolsillo, ¿no habrían realizado el sueño de la igualdad social, que parecía
tenerles despiertos y agitados á todas horas? ¿No se les acercó el dios Cu
pido á darles, con un manojo de flechas, resuelto el gran problema de
la nivelación de las fortunas y la igualdad de todas las clases socia
les? ¿Y qué caso hicieron de los medios que ofrecía el amor para realizar
y llevar á cabo su gran teoría socialista? Ninguno, lector de mi vida,
ninguno.
El fogoso tribuno que hablaba con el corazón en la mano, mientras
predicaba la igualdad y la fraternidad, pidiendo la nivelación de las for
tunas y la desaparición de las clases y de los privilegios, metía su corazón
en el bolsillo de un capitalista ó en el palacio de un aristócrata, y fin
giendo una pequeña pasioncilla hacia los ojos negros ó azules de la here
dera del capital ó del blasón, encubría la gran pasión del oro que le
devoraba.
Las madres de familia que repasaban el Catecismo, firmemente resuel
tas á no dar á sus hijas estado contra su voluntad, hacían mif esfuerzos
para que la voluntad de las niñas no se apartase un ápice de la suya propia,
y cuando les decían que les aconsejaban con el corazón en la mano, tenían
ésta casi dentro del bolsillo del novio que, metálicamente hablando, con
venía mejor á su hija.
70
ANTONIO FLORES
De este modo, lectora, para mí, que creo haber visto lo que entonces
no veía nadie, me maravilla poco que hoy eso y algo mas esté á la vista
de todos. Ha ya muchos años que para el ensanche de la cabeza fue preciso
tomar terreno del corazón, y no es extraño que éste se halle expropiado
de todos sus afectos y de todas sus pasiones, mientras la cabeza, que es la
única oficina del hombre desde que la humanidad se dedicó con fe á las
matemáticas, se ha ensanchado hasta salir fuera de los hombros.
Por supuesto, y esto debo decirlo en honor de esta sociedad y dando
á cada cual lo suyo, aún no se ha prescindido del corazón hasta el punto
de ignorar en qué parte del cuerpo estaba, ni cuando se jura se lleva la
mano á la cabeza, sino que se pone sobre el pecho y hasta se dice: «Asegu
ro de todo corazón...» y no de toda cabeza.
En fin, lectora, para que tú misma juzgues y pienses lo que quieras de
lo que ha venido á ser el corazón desde que se ha proclamado el imperio
de la cabeza, allá te va este cuadro de amor y otros de no menos amorosos
pasajes que verás en las páginas de este libro, trasunto fiel de la sociedad
de MAÑANA.
El amor es la primera pasión que se les ha subido á la cabeza, y por
eso, sin enamorarte, te voy á hablar de amor en el presente cuadro.
El aspirante á la diputación á Cortes por el distrito de Venus, que así
quería el fabricante de agua de Colonia que se llamara su barrio, era más
enamorado que Cupido, y no le preocupaba menos el obtener los favores
de las damas que los sufragios de los electores; pero bueno será advertir
que si de estos últimos todos se le antojaban pocos, los otros le parecieron
muchos, á excepción del de una joven cuyo corazón se propuso conquistar
desde que llegó á la corte. Y á ella había venido por primera vez de su
vida desde un pequeño lugar de Extremadura, como había sospechado
el fabricante de agua de Colonia.
Su padre, rico hacendado del país, le había educado en el santo temor
de Dios, le había infundido el no menos santo amor de la familia, y al lado
de un primo suyo, dignidad de la metropolitana de Sevilla, le había hecho
cursar las leyes en aquella ciudad. Y si el padre no hubiera fallecido, el
estudiante habría permanecido en el lugar, olvidando las leyes aprendidas,
perdiendo al juego las cabezas de ganado vinculadas, acosando las reses
mayores en el monte y formando otra nueva familia que vegetara entre las
encinas hasta que á la civilización le ocurriera dar una batida en aquel
rincón de España.
Pero este momento no ha llegado aún, y lo que llegó fué la muerte del
rico hacendado y con ella la venida á la corte del jurisconsulto, instigado
por su madre, señora un tanto picada por las ideas modernas, para que se
hiciera diputado.
AYER, HOY Y MAÑANA
71
— Sabio eres, dinero no te falta, sacude el encogimiento con que te
han criado tu padre y tu tío y no te detengas hasta que llegues á ser
ministro, como lo ha sido, sin valer tanto como tú, el hijo de doña Tomasa,
cuya fantasía tiene, como sabes, irritado todo el lugar.
Con estas palabras despidió la madre al joven abogado Venancio Al
mendruco, dándole al partir su santa bendición y letra abierta para que
gastara cuanto hubiera menester hasta eclipsar al hijo de doña Tomasa.
Los primeros pasos del joven Venancio en la corte fueron pasos de
carreta, y más de una vez tuvo el pensamiento de volverse al lugar, arre
pentido de haberle abandonado; pero pensaba en su madre y en el hijo de
doña Tomasa, y se resignó á vivir en Madrid, aunque, como esperaba, le
quitasen la vida el bullicio y las emociones que á cada paso experimenta
ba. Y sin embargo, cuando el joven abogado renegaba de la corte, aún no
había entrado en ella, ó mejor dicho, ella no se había hecho cargo de e'l,
y sólo cuando quiso buscar la amistad y la fe y la palabra de los hombres
honrados y otras varias chucherías morales, que él creía que la civiliza
ción le serviría en bandejas de oro, fue cuando empezó á conocer lo que
era la corte. Pero entonces ya le había pasado el aturdimiento que le pro
dujo la algazara industrial de la población; subía por la mecánica sin ma
rearse; no le quitaba el sueño, como en las primeras noches, la magia con
que se veía servido en su cuarto, donde no parecía sino que los muebles
le adivinaban los pensamientos, y ya se encontraba como nacido en la
turbulenta civilización material de la corte.
Los bailes, á que asistía con demasiada frecuencia, los teatros, los
paseos y las diversiones de toda clase eran ya de todo punto familiares
al joven Venancio, y cuando pensaba en que todo aquello había existido
más ó menos perfecto en vida de su padre y que el buen señor había
muerto sin verlo, se avergonzaba de que tal cosa hubiese sucedido y es
cribía á su madre unas cartas tan llenas de admiración y de entusiasmo,
que la buena señora estuvo á punto de vender la casa y los rebaños y las
tierras para venir á gozar las maravillas del nuevo mundo que su hijo
acababa de descubrir.
Y éste mientras tanto, pareciéndole imposible que donde á tal grado
de perfección había llegado lo más no anduviese de sobra lo menos, pensó
en buscar un amigo y un amor con quienes compartir aquellos placeres
y en quienes desahogar su corazón preñado de emociones, y entonces fué
cuando dieron principio sus verdaderas amarguras y cuando la corte le
dió el terrible desengaño.
En vano bebía los vientos por encontrar un amigo leal y franco en
quien depositar todos los afectos y todo el cariño que repartía en el lugar
con todos sus convecinos.
72
ANTONIO FLORES
El dueño del hotel en que se alojaba, sobre no parecerle por su cate
goría industrial á propósito para amigo, ni siquiera había tenido la aten
ción de preguntarle cómo se llamaba, sino que en las cuentas y en cuantas
ocasiones tenía que nombrarle lo hacía con el número de la habitación
que ocupaba; las personas que estaban á su lado en el teatro no le de
volvían el saludo; los compañeros de fonda le veían en la calle como á
un extraño; los de la mesa redonda no le guardaban la menor atención;
el banquero donde tenía sus fondos le había recibido como el fondista;
pero siempre que iba á visitarle con ánimo de estrechar con él sus rela
ciones, le preguntaba qué le ocurría, y le despedía cortésmente, diciéndole
que tenía que hacer, y hasta el médico que le asistió en una ligera dolen
cia y á quien creyó razonable y político hacer una visita de agradecimiento,
se la puso en la cuenta al cobrarle las que él le había hecho en la fonda.
En cuanto á los electores, el más expansivo fué él fabricante de agua de
Colonia, porque los demás, después de haberle cobrado el voto, le miraban
con extrañeza cuando los saludaba en la calle.
El amor era ya el único bálsamo que el joven jurisconsulto anhelaba
encontrar para dar pasto á su entusiasta corazón; y aunque también para
amar sentía la necesidad de un amigo á quien hablar del objeto amado,
todavía se resignó á enamorarse por sí propio, y esto sí que le fué fácil
conseguirlo.
Venancio vió muchas mujeres, y siguió con la vista á la mitad y á otras
tantas, pero sólo se enamoró de una. De una que á él le pareció la más
hermosa, la más discreta, la más elegante y la más amable de todas las
mujeres nacidas y por nacer.
Por supuesto que desde que la vió se propuso amarla como él creía
que su abuelo había amado á su abuela, su padre á su madre, su tío á su
tía y todos los buenos maridos á sus mujeres.
Después de haberla seguido por todas partes sin atreverse á hablarla,
y echando de menos con más amargura que nunca el apoyo de un amigo
que le informara de quién era aquella mujer ó le presentara de visita en
la casa, acudió á la pluma, y consultando una docena de libros de amor
le declaró el suyo en una carta ternísima y apasionada.
Con este papel, de color dq rosa por cierto, perfumado y con varios
adornos exquisitos en el sobre, se lanzó Venancio á la calle, y paseando la
de su amor, se puso á pensar en la manera de entregar el billete.
Los criados de ambos sexos que entraban y salían en la casa no se
daban á partido, ó no entendían ni las toses ni los guiños ni las señas
que el abogado les hacía con el billete y una moneda de cien reales. Acos
tumbrados á que cada cual en la corte viva como le acomode, vista como
mejor le parezca y haga en la calle lo que sea más de su agrado, ni siquiera
A Y E R , HOY Y MAÑANA
73
fijaban su atención en lo que hacía Venancio, cuyo aturdimiento y corte
dad formaban gran contraste con la indiferencia de aquellas gentes.
Mientras el enamorado galán se ponía colorado como un pavo cada
vez que alguien entraba ó salía de casa de su amada, y apretaba el paso y
se tapaba la cara como si estuviera cometiendo algún crimen, las gentes
pasaban por la calle con la mayor indiferencia, y ni siquiera la portera,
cuya sonrisa buscaba solícito cada vez que pasaba por delante de ella, se
había dado cuenta de su presencia diaria en aquel sitio.
Cansado, por fin, de esperar horas y horas á que algún criado enten
diera las señas que á todos les hacía, y temiendo malograr el éxito de su
pasión con la tardanza en entregar el billete, hizo un esfuerzo supremo,
y pasándose la mano por la cara se decidió á abordar á la portera.
Era ésta una mujer de poco más de cincuenta años, enjuta, seca y
aun amarilla como una pajuela de las que en 1800 se colgaban en las co
cinas de todas las casas, y cubría sus carnes con un tonelete negro
ceñido al cuerpo por un cinturón encarnado, pantalón bombacho del
mismo color que el vestido y galonado de encarnado, botas altas de be
cerro blanco y un ros negro con cinta del propio color que los adornos
del tonelete; completando el traje un escudo de metal con el número de
la casa, que era el 33.579. Su habitación era un kiosco de cristales, en el
cual no había más muebles que una silla con un tablero por delante,
sobre el cual había abierto un gran libro en el que escribía la portera
cuando Venancio se acercó á hablarla.
—Dios guarde á usted, señora—le dijo balbuceando y encendido de
rubor como una doncella del siglo pasado.
—¿Qué se os ofrece?—le preguntó secamente la portera sin moverse de
su asiento.
—Quisiera atreverme á pedir á usted un favor—replicó en voz baja
y con ademanes misteriosos el joven amante.
—Hablad, y no me deis tratamiento.
—¡Tratamiento!—exclamó Venancio, sin comprender lo que aquella
mujer quería decirle.
—¡Pues es claro! Me habéis encajado dos veces el usted, como si vi
viéramos en el siglo pasado.
—Perdonad—repuso el joven, recordando que al llegar á Madrid le
habían dicho que estaban suprimidos todos los tratamientos.
Y sacando del bolsillo con mano trémula el billete y la moneda de
oro, puso ambas cosas en manos de la portera; pero ésta, que era tan li
gera de vista como de carnes, miró rápidamente el sobre, y antes de que
Venancio acertara á decir una sola palabra, le devolvió la carta y la mo
neda diciéndole:
74
ANTONIO FLOUES
.
— No es para mí; es para la señorita de la casa; allí está el buzón de
la correspondencia.
Indudablemente que si el amor no hubiera echado tan hondas raíces
en el corazón del joven amante, la respuesta de la portera le habría hecho
saltar de coraje. ¡Cuidado con suponer que todo un billete, que á la legua
se conocía ser una declaración de amor, podría ir dirigido á la portera!
¿Y por quién? ¡Por un abogado de la Universidad de Sevilla, presunto
diputado á Cortes!
Pero el amor no le consintió otro arranque de dignidad que el de mor
derse los labios y arquear las cejas, ofreciendo en secreto al dios Cupido
el sacrificio de aquella humillación, y bajando su orgullo hasta el oído
de la portera, le dijo:
— Claro está que es para la señorita; pero quisiera que, dignándoos
aceptar esta corta gratificación y segura de mi eterno agradecimiento,
se la entregaseis con la cautela propia de estos casos.
— ¡Caballero! — dijo la portera un tanto sobre sí, pero continuando
sobre su asiento.—¿Sabéis con quién estáis hablando? ¿Sabéis que puedo
perderos si doy parte, como debería hacerlo, de vuestra proposición?
— Es que yo— contestó aturdido el joven—vengo con buenos fines, y
si huyo de que lo sepan los padres de la señorita...
— ¡Y qué me importa á mí de los padres!— repuso la portera.— ¿Soy yo
por ventura una de aquellas antiguas guardianas de portales y de esca
leras, chismosas de oficio, asalariadas por los dueños délas casas? ¿No veis
mi uniforme? Yo soy un empleado del ministerio de la Estadística, que
tengo aquí la misión sagrada de llevar un registro exacto de todo lo que
ocurra en la casa á mi vista, sacando un duplicado para el ministerio de
Policía. Conque dejadme en paz y echad vuestra carta al buzón.
-— Os vuelvo á pedir cien perdones, señora empleada— dijo Venancio
acometido á la vez de la vergüenza y de la risa;— pero si echo la carta al
buzón la cogerá la madre.
—¿Y qué importa que la coja?
— Que la abrirá y se enterará de su contenido.
— ¡Cómo ha de abrirla — repuso la portera—si el sobrescrito no va di
rigido á ella!
— Ya, pero como es madre....
— ¡Y qué tiene que ver que sea madre, para abrir las cartas de su hija!
¡Pues no faltaba más sino que así se violara el secreto de la correspon
dencia, que el Código garantiza á todos los españoles!
— l ro creía que como la niña es menor de edad....
— ¡Menor de edad!— repuso la portera sorprendida.— ¡Menor de edad!
No entiendo lo que queréis decir.
AYER, HOY Y MAÑANA
75
Venancio no sabía qué pensar de lo que estaba oyendo, y antes de de
cidirse á depositar la carta en el buzón que había á la puerta exterior del
portal dijo:
—¿Conque vos me aseguráis que nadie más que la señorita abrirá la
carta?
—Nadie más; y si, lo que no es posible, sucediera otra cosa y la niña
me diera una queja, yo lo pondría en conocimento del ministerio de Po
licía, y la madre tendría que sentir.
Tentado estuvo el jurisconsulto de rasgar la carta y dirigirse al hotel
para hacer otro tanto con todos sus libros de jurisprudencia; pero la pa
sión amorosa fue más fuerte que la pasión por la ciencia del derecho, y
se resolvió á echar la carta al correo, no sin que le temblara la mano y
sin que en el acto de haber soltado el billete se arrepintiera de lo hecho.
Y saludando cortésmente á la portera, que ocupada en escribir sobre
el gran libro apenas le devolvió el saludo, salió de la portería á pasar una
eternidad de angustias hasta saber el resultado de su declaración.
C U A D R O VIII
U N A D E C L A R A C I Ó N D E AM OR Ó E L C U A D R O A N T E R I O R
MÁS A L ALCAN CE DE L A G A V E T A
También á ti, lectora, me dirijo en este momento, no por consejo de
mi antigua galantería, que hela sacudido como carga pesada desde que
ando á la ligera en esta forma sutilísima de espíritu invisible, sino porque
creo que estando estos cuadros faltos de toda gracia, como engendrados
por quien ha perdido todas las humanas, andarán mejor entre las gentes
si los adorno con las tuyas.
Y óyeme, yo te lo suplico, óyeme con calma antes de acusarme de
visionario ó de exagerado, y consignemos de una vez para todas que no
tengo arte ni parte en nada de lo que digo; que me da lo mismo patas
arriba que patas abajo, y que no hago otra cosa sino contar lo que veo
y repetir lo que oigo, dejando que cada cual viva como quiera y haga lo
que le dé la gana.
Por eso ahora que la casualidad ó el diablo, que es el padre de todas
las casualidades, me ha hecho tropezar con el asunto de este cuadro, se
gunda parte del anterior, voy á desplegarle á tus ojos tal como le veo,
sin añadirlé ni quitarle cosa alguna.
El joven jurisconsulto Venancio, de quien yo, aunque te declaro que
no tengo ni pavesas de corazón, me he enamorado ciegamente, viene
AYER, HOY Y MAÑANA
77
también á este cuadro, ó mejor dicho, ahí le tenemos petrificado á la es
quina de una calle, desde donde se ve la casa en que vive su amor, ó ha
blando con mayor propiedad histórica, el ídolo de sus amores.
Seis días han pasado desde que, plegada y recogida en un billete de
amor, embutió en el buzón de la correspondencia la pasión inmensa que
él juzgaba que no cabía en el mundo, y en ese tiempo, ni ha vuelto á ver
á sus electores, ni ha escrito á su familia, ni sabe cómo se ha vestido, ni
puede dar razón de si se ha desayunado, y sólo sabe que no ha dormido
porque ha contado uno tras otro todos los instantes del día y todos los
de la noche pensando en su bellísima Dulcinea. La ha visto más de una
vez en la calle y en el paseo, y cree que ella le ha visto á él, y hasta se ha
sonrojado al mirarle, y aun juraría que ha hecho ademán de sonreirle;
pero no ha contestado á su carta ni siquiera para decirle que renuncie á
su amor, y esto le tiene trastornado.
Á pesar de las seguridades que le dió la portera, está persuadido de
que la carta ha caído en manos de la madre, que la ha leído, y hasta que
se ha burlado de ella.
Y esto, que al principio fué una sospecha, acaba de ser una realidad
horrible.
En el Boletín de antigüedades, periódico diario que se publica en la
corte, ha leído lo siguiente:
«Documento carioso.— Copiamos á continuación una carta sin fecha,
y que si bien por su estilo amatorio y por la extravagancia de sus con
ceptos parece un escrito de fines del siglo x v i ó principios del xvii , aten
dida la corrección del dibujo del membrete, la forma en que está cerrada
y sobre todo el papel que creemos continuo y el perfume que tiene algo
del pachoulí, es posible que haya sido escrita en el primer tercio de este
siglo.
»El papel está teñido de color de rosa y el membrete consiste en un
corazón muy colorado, casi rojo, atravesado por una flecha dorada y del
cual sale una llama azul; rodea el corazón una cinta verde, en la que se
leen estas palabras:¡Ay, dime que sí/, y dos tórtolas cogen con el pico los
extremos de la cinta.
»Uno de nuestros más eruditos membretófilos, joven de veinte años y
que acaba de ganar el premio en el gran concurso de membretología cele
brado en una de las repúblicas de América, ha examinado con detención
el membrete y nos ha dicho que á juzgar por el corazón podría muy bien
ser un documento de fecha reciente, es decir, del primer tercio de este
siglo, porque entonces se vivía del entusiasmo y de las grandes pasiones;
pero que la llama azul, la flecha dorada y sobre todo el rótulo le inducen á
creer que es de más remota antigüedad. Nuestro sabio colaborador opina
75
ANTONIO FLORES
que es un documento del siglo x vii , porque el color de la llama indica
que el firmante era de la que entonces se llamaba sangre azul, el ser la
flecha dorada denota alarde aristocrático, y lo confirma el mote que sería
la empresa del escudo ó blasón de la casa; siendo muy de notar las dos
tórtolas uncidas que revelan la servidumbre del antiguo feudalismo, y
aun sería posible que la cinta y la flecha representasen la cuerda y el pu
ñal, como emblemas del señorío de horca y cuchillo.
»Contra esta opinión, para nosotros respetabilísima, tenemos la no
menos respetable de una de nuestras más distinguidas literatas, la cate
drática de análisis crítico en la Escuela filosófica de los Pantherialistas,
la cual dice que el documento es moderno, casi de nuestros días, pero
redactado por alguna cabeza imbuida de las extravagantes doctrinas
amatorias sembradas por Cervantes, Calderón, Lope de Vega y otros
locos enamorados de aquellos tiempos bárbaros, en que el no andar á
cuchilladas por una dama ó no expirar de amor en un bosque llorando
las ingratitudes y los desdenes de una fermosura, era tenido por de mal
tono; doctrinas, añade la joven profesora, que hicieron grandes estragos
en las gentes del siglo pasado, y muy principalmente en los jóvenes au
tores de la funesta escuela del romanticismo.
»He aquí el documento ó billete amatorio á que nos referimos.
«Señorita: Desde el momento en que mis ojos tuvieron la dicha de
veros, mi corazón se sintió herido de una flecha que le traspasa y le hace
morir por momentos. La pasión que el fuego de vuestra dulcísima mirada
ha encendido en mi alma no me cabe ya dentro del pecho. Yeros y ama
ros fue obra de un solo instante.
»¡Ay! Nunca podré explicar lo que siento en mi alma cada vez que tengo
el placer de veros. ¡Pero qué digo cuando os veo! ¿Acaso he dejado de ha
cerlo desde el instante, mil veces feliz, en que aparecisteis á mi vista
como un ángel caído del cielo, como una estrella de luz divina que venía
á alumbrar mi mísera existencia?
»La imagen celestial de vuestra encantadora hermosura no se aparta
un solo instante de mi ardiente imaginación.
»Os veo al través del muro que, avaro y envidioso de mi dicha, se in
terpone entre mi pasión y vuestros encantos, cuando paso largas horas
del día y de la noche á la esquina de vuestra casa; mi imaginación os
representa á mi vista dentro de mi propia estancia, y duermo despierto
pensando en vos, adorable señorita; en vos, que sois mi vida, mi ilusión,
mi única existencia.
»La vida es para mí una carga pesada sin vuestro amor. Y sin embar
go, habré de resignarme á morir porque temo que vos no podréis amar-
A YE R , TIOY Y M AÑANA
79
me, y si me amarais me mataría la dicha ele poseeros; me quitaría la vida
tanta felicidad.
»No sé si me conocéis; me parece imposible que os hayáis dignado
fijar vuestros hermosos ojos en mi humilde persona; pero la incerti
dumbre me mata, y por esto me atrevo á dirigiros esta declaración de
amor.
»Mucho he luchado hasta decidirme á dar este paso; he emborronado
una resma de papel antes de acertar á escribir este billete que va á vues
tro corazón en busca de una sentencia de vida ó de muerte.
»No me améis, señorita; esto sería para mí demasiada dicha; pero de
cidme que no os oponéis á que yo os ame, y esto me basta. Y no dudéis
que, correspondido ó desairado, será vuestro hasta exhalar el último sus
piro de esta vida, que ya os pertenece, el que, rendido y esclavo y apasio
nado admirador, os adora,
»V enancio A lmendruco.
»Posdata.— Excuso deciros, señorita, que mis fines son honestos y que
si aceptaseis mi amor, correría á echarme á los pies de vuestra señora
madre y no me alzaría del suelo hasta que pudiera honrarme con el dulce
título de hijo suyo. Pero ¡ay! que tanta felicidad no está reservada para
mí. ¡Acaso otro mortal, más afortunado que yo!.... Pero no quiero pensarlo
porque me volvería loco.
»Si os dignáis contestarme, podéis hacerme una seña y arrojarme la
carta por el balcón, que parece el medio más decoroso y menos compro
metido.»
Más dificultades de lasque encontró el joven Venancio para pintar su
ardiente pasión á la señorita Safo García Rodríguez, que éste es el nombre
de su bella desconocida, y más borradores délos que hizo antes de acertar
á escribir el billete debería yo hacer si me propusiera pintar su admira
ción y su espanto al ver publicado su amor en el Boletín de antigüeda
des y precedido de las líneas que acabo de copiar, en las cuales se califi
caba de documento de ultratumba su carta y de sentimientos de ultramoda los que en él había despertado la joven Safo.
Ponte por un momento, lectora, en el lugar del joven jurisconsulto;
imagínate que ves en La Correspondencia de España, impreso con tu
nombre y apellido, el billete que acabas de escribir á tu novio y que debes
creer que él y sólo él ha leído, y adivinarás todo lo grave de la situación
de nuestro hombre.
Y si á esto añades la calificación grotesca que se hacía de sus pensa-
80
ANTONIO FLORES
mientos amorosos, comprenderás la razón que tuvo para correr ciego de
coraje á la redacción del Boletín apenas le hubo pasado el estupor y el
espanto del suceso.
Desde el Hotel de la Unidad Transatlántica, en que se hallaba alojado,
hasta la redacción del Boletín de antigüedades había diez kilómetros de
distancia, y Venancio los recorrió en diez segundos por medio del patín
eléctrico subterráneo, que aunque es uno de los elementos más incómodos
que se han inventado, es la locomoción más rápida que se conoce en el
interior de la población. Danle el nombre de patín porque consiste en una
rueda metálica que los viajeros se atan al pie derecho ó al izquierdo, la
cual se desliza y corre sobre un alambre eléctrico, llevando á las gentes
de un punto á otro con la misma velocidad con que va por un sistema
análogo la chispa del telégrafo eléctrico.
La redacción del Boletín de antigüedades no se halla establecida,
como la de los diarios políticos, en un pequeño palacio de cristal, mon
tado sobre ruedas para trasladarle con facilidad al teatro de los sucesos,
de manera que los redactores puedan beber las noticias en sus primitivos
raudales, sino que ocupa, por el contrario, una gran casa de madera,
construida sobre una inmensa canoa que remeda el Arca de Noé, como
in itiu m de todas las antigüedades.
Venancio llegó desaforado á una de las puertas de aquel extraño edi
ficio; pero se detuvo asombrado ante un enorme cartel en el que se leía
lo siguiente:
La empresa del B oletín ha adquirido la propiedad del curioso do
cumento del siglo xvii que se inserta en el número de este día, y desde las
nueve de la mañana hasta las seis de la tarde le enseña al público en
el kiosco número 4.684, sito en la plaza 301, barrio 244, centro P, á 50 cén
timos por persona. El documento autograjiado se vende á peseta, y el
retrato del autor, el caballero Venancio Almendruco, á ocho reales.
Una de las lecturas favoritas del joven amante había sido el Estu
diante de Salamanca, de Espronceda, y cuando vió este anuncio y que
muchas gentes entraban y salían allí, comprando el autógrafo y el retrato,
pensó en D. Félix de Montemar cuando vió pasar su propio entierro, y
restregándose los ojos para convencerse de que estaba despierto, pidió que
le vendieran ambos documentos. Y observó que si bien el primero era su
propio billete, tan hábilmente autografíado que hasta un borrón, que muy
á su pesar le cayó al decir aquello de os veo cd través del muro, y la letra
temblorosa con que puso su nombre, todo estaba allí tan bien imitado
que á no haber visto el gran paquete de ejemplares iguales que tenía el
AYER, HOY Y MAÑANA
81
vendedor, hubiese creído que había recobrado el original; el retrato ni
era suyo ni se le parecía en nada, sino que era el de un personaje cual
quiera, con traje del siglo x v ii , muy seco y muy demacrado, como si la
pasión le hubiera consumido.
Los raros comentarios que las gentes hacían á la vista del retrato y
del documento moderaron un tanto el furor con que nuestro joven se
dirigió allí, y aunque no podía explicarse cómo había ido su carta á poder
del periódico, todavía le causaba mayor extrañeza el asombro y la admi
ración que su contenido, natural y sencillo, producía en los redactores y
en el público.
»¿Qué ha pasado aquí— se decía á sí mismo—para que así haya cam
biado, no ya la forma, sino la esencia de la sociedad?¿Cuántos siglos han
transcurrido desde que yo abandoné el santo hogar de mi familia, de
jando en él, aunque trastornados y un tanto pervertidos, los antiguos
sentimientos y las antiguas creencias, encarnadas y vivas en todos los
corazones las ideas del amor y de la amistad? ¿Es posible que los perió
dicos, que todo lo cuentan y todo lo analizan, no se hayan ocupado nunca
de esta cuestión importantísima, que cambia de una manera tan radical,
no ya las condiciones sociales, sino hasta la razón de ser del hombre, á
quien Dios quiso dar un corazón y una inteligencia que le distinguieran
de los demás animales? Indudablemente— añadía el pobre Venancio—que
si estas gentes han suprimido el corazón, para vivir de sólo los impulsos
calculados de la cabeza, pronto me volveré al lugar, y dando á mis pai
sanos el grito de alarma contra esta falsa civilización, estableceremos un
cordón sanitario que nos preserve de la peste materialista.
»Pero es imposible—se decía, después de recapacitar breves momen
tos,— es imposible que sea verdad lo que estoy viendo, ni que todas las gen
tes piensen como estos miserables periodistas y este público inocente que
considera cada número de los diarios como una hoja infalible del Evan
gelio moderno. ¡Cómo no ha de ser todo amor y todo sentimiento el con: tenido de ese vaso precioso en que yo he bebido la pasión purísima que
; devora mi alma! ¿Es posible que aquella mirada dulcísima, que adivinó
Rafael en las vírgenes de sus lienzos inmortales, y aquellos labios de
, fuego y aquel cutis de azucena y aquellas mejillas de rosa y aquel ca- bello de oro no sean otras tantas perfecciones mensajeras de un alma de
ángel, de un pecho de virgen y de un corazón nutrido de afectos purísi, mos y de pasiones grandes y nobles? ¡Oh! No; semejante contradicciones
imposible. El alma de los redactores de este inmundo papelucho no cabe
en el hermoso cuerpo de la mujer que adoro.La ciencia ha podido llegar
: á fuerza de injertos monstruosos á producir frutas de gran tamaño y de
' aspecto bellísimo, desprovistas en su interior de toda esencia y de toda
T omo III
6
82
ANTONIO FLORES
substancia; ha podido también cambiar los instintos de ciertos animales,
por una serie de repetidas degeneraciones que, aumentando la belleza de
su musculatura, les roban la fiera hermosura de sus instintos; pero el
racionalismo ha sido impotente para degenerar la raza humana hasta el
punto de no dejarle otra cosa de los divinos destellos que al Supremo
Hacedor le plugo darle, que la cáscara como á las frutas y la piel como
á los animales.»
Así discurría el enamorado mancebo entre las gentes que acudían á
comprar su carta y el supuesto retrato de su autor, pensando acaso como
D. Quijote que los encantadores enemigos de su felicidad cambiaban
las cosas que á su bienestar iban dirigidas, trocando á su hermosa Dulci
nea, no ya en una rústica labradora, sino en una mujer material y des
creída, cuando el papel que tenía entre las manos le hizo volver en sí y
penetrar en la redacción, atropellando á cuantas personas le salían al
paso, resuelto á averiguar cómo y cuándo había llegado su carta á poder
de la redacción y quién habíá dado permiso para que se publicara.
En vano el potero, que cubría sus carnes con unas pieles á la usanza
de los antiguos pastores de la Arcadia, y dos jóvenes, vestidos de.pajes
del siglo xv, quisieron privarle la entrada, preguntándole cortésmente á
quién buscaba. Venancio entró sin hacerlos caso en una gran sala, toda
cubierta de tapices antiquísimos y adornada de objetos curiosos y raros
de todos los siglos, entre los cuales llamaban la atención por la riqueza
del fanal que los cubría un enorme brasero de azófar, una plancha, unas
agujas de coser y de hacer calceta, una rueca y un huso, un dedal y un
puchero de barro de Alcorcón. No paró el joven su atención en ninguna
de estas prendas, sino que ciego de ira se encaró con el hombre que pare
cía encargado de aquella prendería, y le dijo:
—¿Dónde están los redactores del Boletín de antigüedades?
—Yo soy uno de ellos—contestó el interpelado soltando el manubrio
de una especie de órgano que tenía al lado de su asiento,—y ahora mismo
estoy escribiendo la última hora del número de esta tarde. ¿Venís á ven
derme alguna noticia curiosa? ¿Se ha descubierto alguna nueva antigüe
dad? Ahora acabo de comprar un escrito hallado en el hundimiento de
una casa de 1830 en la calle de Alcalá, que cuando le publiquemos nos
hará vender cien mil ejemplares del periódico.
—Yo no vengo á vender papeles viejos—exclamó Venancio irritado,
—sino á comprar á estocadas un secreto que me interesa averiguar. ¿Quién
ha traído este documento á la redacción?—añadió enseñando y casi me
tiendo por los ojos el periódico al redactor del Boletín.
—¿Cuánto dais por saberlo?—preguntó el interpelado con la mayor
sangre fría.
AVE R, HOY Y MAÑANA
83
— Una bofetada si tardáis en decírmelo— repuso con ira Venancio,—
y todo el oro que me pidáis despue's. ¿Con qué derecho le habéis publi
cado?
— Con uno más legítimo que el que vos tenéis para hacerme esa pre
gunta; con el del dinero que hemos pagado al adquirir su propiedad.
— ¡Conque le habéis comprado! ¿Y á quién? Decídmelo pronto. ¿Quién
os ha vendido ese documento que no pertenece á nadie más que á la
persona á quien iba dirigido y á mí que le he escrito?
— ¡Vos le habéis escrito!— exclamó el redactor, mirando con espanto á
Venancio.— ¿Pues qué edad tenéis? ¿En qué siglo habéis nacido? ¡Ah! De
cidme cuánto queréis porque publiquemos vuestro retrato y un artículo
explicando todas las circunstancias de este extraño suceso. Podríamos
hacer un gran negocio. Se venderían más ejemplares de esta rectificación
que los que se han despachado de la primera noticia. Pero es imposible
lo que estáis diciendo; vos no sois el autor de ese escrito. Si lo fuerais, no
le habríais vendido tan barato.
La ira de que Venancio se hallaba poseído al entrar allí, se iba cam
biando en un estupor profundo, que apenas le permitía coordinar sus
ideas, y con aire distraído y con voz y ademán tranquilos preguntó:
— ¿Quién es el director del periódico?
— Nadie— contestó con cierto aire de dignidad el redactor;— aquí no
nos dejamos dirigir por otra cosa que por nuestro propio criterio.
— ¿Pero quién hace cabeza de la redacción?
— Todos.
— ¿Y no hay un editor resposable ó cualquier otra persona que res
ponda?
— ¡Pues no he respondido yo mismo á cuanto me habéis preguntado!
— ¿Pero quién tiene la responsabilidad legal de cuanto se imprime en
el Boletín?
— Nadie; la ley no tiene nada que hacer con nosotros como periodis
tas. Y ahora sí que voy creyendo que sois el autor del escrito y que tenéis
cien años más de los que representáis.
— ¡Conque es decir, que no tenéis restricción de ninguna clase para
escribir ni responsabilidad alguna do lo escrito!
— Justo y cabal.
— Y ahora yo— dijo, aparentando cada vez más calma Venancio— ¿á
quién me quejo porque sin mi permiso se ha publicado ese escrito?
— A la persona á quien se le hubieseis dado.
— ¿Y si no sé cuál sea esa? Supongamos que no sé si llegó la carta á la
persona á quien iba dirigida. En ese caso, ¿qué hago?
— Averiguarlo.
84
ANTONIO FLORES
— Yaya, pues empezad vos por decirme el nombre de la persona que
trajo aquí el documento.
— Eso sí que es imposible, porque aquí no se pregunta de dónde vie
nen las cosas que se publican, sino que se ve si conviene insertarlas, en
cual caso se compran, y punto concluido.
— ¿Y si lo que se dice es falso ó calumnioso?
— El que tiene interés en rectificarlo, lo hace por medio de otro escrito,
que también pagamos si nos conviene.
— ¿Y si no os conviene?— dijo con sonrisa amenazadora Venancio.
— No se compra ni se inserta.
— Y en ese caso, ¿qué hace la persona calumniada?
— Acude á otro periódico, ó al árbol de la publicidad, ó no hace nada,
que es lo mejor y lo que yo, periodista, recomiendo siempre á todos mis
amigos.
— Y si el agraviado viene aquí, y en vez de buscar una rectificación
busca una persona con quien andar á estocadas, ¿qué suce’de?
— ¿Qué ha de suceder?—repuso con insolente sangre fría el redactor
del Boletín.— Que ñola encuentra.
— ¿Y si él se la busca?— exclamó fuera de sí Venancio, descargando
una terrible bofetada sobre el rostro de su interlocutor.
Y preciso es confesar que, después de este justo desahogo, hubiera
preferido recibir un tiro á presenciar la impasibilidad con que el abofe
teado tocó un botón que tenía sobre la máquina de escribir, y al criado
que apareció allí le dijo:
— Al celador de desperfectos personales, que venga al momento.
— ¡Eso más!— exclamó Venancio indignado.— ¡A la cobardía de dejaros
se balar la cara, añadís la de vengaros por medio de los tribunales!
— Sí preferís indemnizarme sin la intervención de la policía — repu
so con calma el redactor.
— ¡Indemnizaros!....— dijo el joven cada vez más sorprendido de lo que
estaba viendo.— Yo creía que llamabais á la autoridad para hacerme con
ducir á la cárcel.
—¿Y qué ganaría yo con eso? Me habéis faltado, y en cuanto paguéis
la multa que el arancel de la propiedad personal impone para esa clase
de faltas, podéis ir donde queráis.
— ¿Y cuánto he de daros?
El redactor se pasó la mano por el carrillo en que había recibido la
bofetada, y después de mirarse al espejo dijo:
— Cuarenta reales; le faltarán pocas líneas para ser de las mayores.
¿En qué sociedad de seguros contra arrebatos estáis inscrito?
— En ninguna.
AYER, HOY Y M AÑANA
85
—Pues hacéis mal, porque con ese genio tan vivo os ahorraríais mu«
cho dinero.
— ¿Cómo?
— Porque la sociedad á que pertenecieseis pagaría la multa, y no que
ahora....
— La pago yo—dijo Venancio.
Y ciego de rabia y de vergüenza, olvidando su amor y pensando sólo
en volverse á su lugar, pagó la multa y salió de la redacción del Boletín
de antigüedades.
C U A D R O IX
DE CÓMO EN A L A S D EL AMOR SE V A Á TO D A S P A R T E S
VOLANDO
No me importa tanto, amiga lectora, que el cuadro anterior te hubie
ra parecido escrito con poco ingenio y con menos gracia, como saber que
no le dabas crédito, ó que abrigabas alguna duda acerca de la verdad de
su contenido, porque quisiera que el presente, que también te dedico,
pasara como una seda sin tropiezo ni dificultad alguna. Lo cual, bien
mirado, no tiene nada de particular, y aun es forzoso que suceda así,
porque las dificultades y los trabajos no son para ti, que es muy posible
que seas amada y hasta que estés amando en este momento, ni para mí,
que si alguna vez he sentido la necesidad de amar y la de ser amado, ya
me sobran la una y la otra, sino para el desdichado jurisconsulto Venan
cio, para ese pobre joven de quien cada vez estoy más enamorado, y al
cual es muy posible que no pierda de vista un solo momento mientras
permanezca en Madrid.
Figúrate, lectora queridísima, que aparte de las leyes que le metieron
en la cabeza los doctores de la Universidad de Sevilla, remachadas con
las muchas horas de estudio que le obligaba á tener su tío el canónigo,
lo único que se echó en el cerebro al salir del lugar fué la ambición de
llegar á ser legislador que le supo imbuir su madre. El resto del equipaje
moral que traía consigo venía embutido en el corazón, y fuerza es con
fesar que, como ya estaba el baúl un tanto atestado, se le puso á punto
de estallar con la pasión amorosa que acertó á inspirarle la joven Safo.
A YE R , HOY Y MAÑANA
87
Y es el caso que, como al llegar á la capital de España ni le pidieron
el pasaporte, ni le registraron el baúl de la ropa blanca, ni menos le pre
guntaron si traía en el corazón alguna cosa que pagara derechos ó que
desde luego fuera declarada de ilícito comercio, el creyó de buena fe que
podría usar todas las prendas que había gastado en el lugar, y despue's
de atusarse la cabeza, se fue con el corazón á todas partes.
Abierto de par en par le llevaba cuando vió por primera vez á su ado
rado tormento, y aunque la impresión que le hizo le pareció no más gran
de que el pinchazo de un alfiler, cuando llegó á la fonda observó que la
picadura se le había enconado y que el corazón no le cabía en el 'pecho.
Con esta frase se clió cuenta á sí mismo del estado en que se hallaba,
y la frase era exactísima. Si hubiera tenido la cabeza dispuesta para en
cerrar otra cosa que el derecho romano y el derecho de gentes, le habría
sido fácil acomodar en ella la pasión amorosa, ó cuando menos la parte
de esta que no le cabía en el corazón; pero no era así por desgracia suya,
y le fue preciso buscar la manera de desahogar el pecho ó resignarse á
reventar de amor. Optó por lo primero, porque le faltaba valor para lo se
gundo, y ya has visto, lectora, cuán desgraciado fue en sus primeros pa
sos. Pero como no hay mal que por bien no venga, y los enamorados todo
lo convierten en substancia amorosa, que no parece sino que á cada uno
de ellos se le antoja ser un D. Quijote, que tiene cinco ó seis encanta
dores envidiosos y desocupados, entretenidos en hacerle rabiar, pensó
Venancio que la publicación de su carta en el Boletín de antigüedades
envolvía un gran misterio, del cual estaba siendo víctima su hermosa
Dulcinea, y pasados los primeros arrebatos de su locura, cuando aún le
escocía la mano derecha de la bofetada que acababa de curar con cua
renta reales, se dirigió á casa de su amada.
Cierto es que no salió de la redacción con semejante propósito, sino con
el firmísimo de volverse á su pueblo; pero como no tomó el patín eléctri
co para dirigirse subterráneamente á la fonda y pedir la cuenta y liar el
petate, sino que echó á andar por la calle un pie tras otro, sin plan ni direc
ción fija, tuvo tiempo de sobra para refrescar sus ideas y avivar su amor.
Puesto que las gentes habían tomado su nombre por el de un ser ima
ginario y su declaración amorosa por un documento del siglo xvn, pensó
que su pasión estaba tan secreta y tan callada como antes de coger la
pluma para describirla, y se decidió á seguir amando y viviendo lo más
cerca posible del objeto de su amor: A cuyo fin se fue, como en los días
anteriores, á hacer el poste enfrente de la casa de su futura suegra.
Pero desde que tomó esta resolución y aun la de atropellar por todo
y entrar en la casa, le parecían siglos los instantes y kilómetros los milí
metros de distancia que le separaban de su felicidad, y no pudo seguir
88
ANTONIO FLORES
marchando á pie. Decidió entrar en la primera estación de electrocarril
que encontrara al paso, y aun alzó la vista para ver si pasaba algún
globo-ómnibus de la línea A verde 99, que es la que le convenía tomar.
En cual caso no tenía más que hacer que agarrarse á una de las cuerdas
que esos vehículos llevan colgando, y trepar por ella hasta alcanzar y
tomar asiento en la inmensa rotonda. Pero tuvo la desgracia de que los
tres ómnibus que pasaron de esa línea no llevaban cuerdas colgando, lo
cual indicaba que iban completos, y el único que pasó con plazas libres,
traía escala tendida en vez de. cuerdas, y claro estaba que era ómnibus
de señoras solas. Siguió por lo tanto marchando, a paso largo por cierto,
y antes de encontrar una estación ó un globo, vió en una gran plaza
mucha gente reunida en derredor de una gran tienda ambulante, sobre
la cual se veía suspendida en el aire por unos cuantos pequeños balones
de gas una enorme muestra que decía así:
Alas del amor para llevar los cuerpos enamorados, en compañía del
pensamiento amoroso, con la rapidez de una flecha. Este invento está
garantido por sí propio. Precios de venta y de alquiler convencionales;
pero abonando un diez por ciento sobre la cantidad que se estipula, se
garantiza por segundos el momento de llegada al término del viaje.
Cuando Venancio se acercó á la tienda, asombrado de lo que veía y
sin ánimo decidido de poner su amor en manos del tendero charlatán,
vió que una joven, bastante bien parecida, se elevaba volando por el
aire con dos grandes globos que le salían sobre la espalda por debajo de
los brazos y llevando en su mano una flecha. Aquella mujer le pareció
que era, no una simple mortal enamorada, como lo era en efecto, sino el
ángel del amor, y aun, dispensándole el sexo, el mismo dios Cupido.
Alzó la cabeza hasta que perdió de vista á la joven, no por lo mucho
que se elevó, sino porque dió la vuelta á la calle á poca más altura que
la de los edificios, y como no ocupó sus manos en aplaudir, según* lo hi
cieron los demás circunstantes, se encontró en ellas con un prospecto en
el que se explicaba la utilidad del invento y la manera de usarlo.
Consistía ésta en atarse al cuerpo un cinturón de la forma y materia
de los antiguos salvavidas, del cual pendían dos globos, que el aeronau
ta se echaba á la espalda como se hacía con las vejigas de natación, y en
llevar en la mano una flecha metálica, que es en lo que consistía todo el
secreto de la locomoción y de la dirección; secreto ya descubierto y apli
cado en grande escala á los globos y á los cicerones metálicos, como ve
remos en otro lugar, pero recientísimo en el vuelo ó navegación aérea
personal. A primera vista parece una paradoja, pero nada hay más cierto
ni más positivo que este invento, fundado, no en charlatanismos empíri
cos, sino en los grandes descubrimientos científicos. La química ha descu-
v
*
A YE R , HOY Y MAÑANA
89
bierto tantos fluidos nuevos, tan desemejantes y tan antipáticos los unos
con los otros, pero tan determinado cada uno de ellos en el metal ó en
el mineral que le produce, que le ha sido fácil darle á la industria milla
res de ellos para todas sus aplicaciones y sus trabajos. Así el secreto de
las alas del amor, como el de los cicerones metálicos, consiste en poner
en la flecha, que para las primeras se lleva en la mano ó en la hebilla
que descubren en el cinturón, el mismo metal ó mineral que predomina
en todos los tejados y edificios de cada barrio. No es otra cosa ni estas
gentes han hecho más ni menos que desarrollar el pensamiento de la brú
jula, que la humanidad estuvo mirando embobada por espacio de tantos
siglos, y aplicarle con nuevos imanes á otros usos de la vida.
Así lo comprendió Venancio, y sin temor alguno hubiera pedido des
de luego unas 'alas para volar en busca de su amor, si no hubiera te
nido vergüenza de declarar su pasión en presencia de tanta gente. Pero
como por una parte acababa de persuadirse de que no le conocía nadie
y de que gracias á su manera de pensar y de sentir estaba siendo extran
jero en su patria, y por otra vió que el prospecto decía que las alas del
amor servían para el amor del oro, el de los negocios, el de la vida y
todos los amores, incluso (así decía el papel) el amor de la gloria y el
amor de la mujer, se decidió á alquilar un par de ellas, seguro de que
las gentes que le vieran partir creerían que iba en alas del amor de la
bolsa ó del club ó de cualquier otro amorcillo de escalera abajo, como
por ejemplo, el amor propio.
Después de ajustado el vehículo, tuvo que declarar la calle adonde
pensaba dirigirse; y en esto, aunque lo hizo en voz baja, guardó un ver
gonzoso respeto á su pasión dando las señas de otra calle próxima. Y
ceñido el cinturón alígero y empuñada la flecha, hendió los aires entre
los aplausos de la multitud, seguido de un muchacho poco más ó menos
de ocho años de edad; el cual se puso la flecha en el sombrero, y cruzado
de brazos llevaba sujeto en ellos el bastón de Venancio, como hoy lo hace
el jockey del gentlemen en el paseo de la Fuente Castellana.
Como el invento era aún modernísimo, algunas gentes se pararon por
las calles, aunque apenas se los distinguía por la rapidez con que vola
ban; y llegados al término del viaje, descendieron á su capricho, sin más
que volver las flechas como si fueran á clavarlas en el suelo. Venancio se
desenganchó, dió sus alas al escudero, y cuando le quiso entregar un
duro de propina el muchacho le replicó:
— Dádmelo en papel si tenéis voluntad, porque lo demás es querer
matarme.
— ¡Mataros! No comprendo.... — dijo Venancio.
— Pues no hay nada más fácil—replicó el chico.— ¿Sé yo por ventura
r
90
ANTONIO FLORES
las afinidades de la plata con los metales que he de atravesar hasta vol
ver al establecimiento? Nosotros no podemos llevar nada de metal ni en
la mano ni en el bolsillo. ¡Al cabo me ha molestado poco vuestro bastón,
y eso que tiene una contera de hierro que apenas se ve! Cuando pasamos
por encima de esta plaza última creí que tenía que arrojarle porque me
empujaba á la derecha con una gran violencia.
Venancio guardó el duro, y dando al muchacho un talón de su pe
queño librito encarnado, le vió partir por los aires, mientras él se dirigía
á casa de su amada, decidido á no guardar respetos, ni á la portera, por
más empleada que fuese del ministerio de la Estadística, ni á los criados
ni á nadie que tratara de impedirle llegar á los pies de la madre de Safo
y decirle: «Señora, máteme usted si quiere; haga usted lo que le dé la gana
conmigo; pero yo estoy bárbaramente enamorado de su hija de usted.»
Y esto era para él una necesidad cada vez más urgente, porque com
prometido como estaba á vivir en Madrid, compromiso que ya no le era
tan violento como cuando vino del lugar, y cansado de buscar en vano
un amigo del alma, un remedo, siquiera fuese imperfecto, de aquellos
amigos de la aldea, tenía por imposible continuar en la corte sin una
novia que llenase el hueco de la madre y de los amigos.
Y cuanto más tardaba en alcanzarla mayor deseo tenía de conseguirla;
forjándose en su mente las más bellas ilusiones y las más lisonjeras espe
ranzas cada vez que tocaba en los demás asuntos de la vida un nuevo
desengaño. Por eso, después que hubo perdido de vista la redacción del
Boletín de antigüedades y refrescado su cabeza con el baño de aire atmos
férico que recibió en las alturas, sintió agolpársele al corazón con más
fuerza que nunca el amor de Safo, y cerrando los ojos á la luz de la razón,
encendió la antorcha de la pasión y entró con ella en casa de su amada,
donde le sucedió lo que se dirá en el cuadro próximo, porque sería tratar
esta gran pasión como un capricho de poco más ó menos si aquí la atro
pelláramos en unas cuantas líneas.
I
I
I
CUADRO X
—
U N A M A D R E Q U E N O Q U IE R E D A R M A L E J E M P L O Á SU HIJA,
ó C Ó M O E L S A N T O S E A D O R A P O R SÍ M I S M O Y N O P O R L A P E A N A
Cuando Venancio llegó al dintel de la puerta le pareció oir una voz
que le decía que anduviera más despacio. Era la suya propia; es decii', su
voz de cabeza, no su voz de pecho, que es la buena voz entre los cantan
tes y los enamorados. La cabeza cumplía con su deber y aun iba más
allá de lo que debía, puesto que con ella no se había contado para nada,
al suplicar á su amo y señor que no entrase allí con el amor desbocado,
sino que lo refrenara lo que pudiera, porque la pasión es un consejero tan
malo que entra por todas sin saber salir por ninguna. Pero el corazón
metió á barato la cosa y empezó á saltar y á brincar y á dar voces para
impedir que Venancio oyera las juiciosas reflexiones de la cabeza; la cual,
enfadada porque no la hicieron caso, cuando en realidad no la habían
oído, decidió contribuir por su parte á que todo se lo llevara el demonio,
y poniéndose una mordaza en la boca, hizo que Venancio quedara á solas
y muy á sus anchas con el corazón; castigo que no sin fundamento creía
la cabeza el más duro que se puede dar á un hombre en cualquier cir
cunstancia de su vida. Nuestro joven jurisconsulto no pensaba del mismo
modo, ó para decir verdad, no pensaba de ninguno, y se arrojó ciego en
el Océano inmenso de su amor, sin timón que le gobernara, ni brújula que
le dirigiera, ni práctico que le guiara al puerto codiciado. Puesto el cora-
92
ANTONIO FLORES
zón á toda vela, atravesó el vestíbulo del templo en que vivía su amor, y
sin hacer caso de la portera, que también á él le pareció que no se cuidaba
de él, se sentó en un confortable diván, en cuyo respaldo se leía el nombre
de la señora de la casa; y con la rapidez del pensamiento se halló trasplan
tado al piso principal y de pie en una gran sala, donde con una pausada
cortesía le saludó una dama que á él le parecía señora muy principal,
hasta que parándose á leer la tarjeta de porcelana que ostentaba en el
brazo derecho, vió que decía: Portera de cámara.
Contestó Venancio con una ligera inclinación de cabeza y sin decir
una sola palabra ni dar un paso, mientras la portera, que le miraba con
asombro, le repitió la cortesía y aun le hizo tres seguidas con mayor
pausa y ceremonia, hasta que por fin le dijo:
— Si no tenéis la bondad de decirme qué saludo os corresponde, no
acabaremos nunca.
— Ninguno— contestó Venancio;—yo soy un simple particular que vie
ne á ver á la señora.
— ¿Pues por qué no pasáis adelante?— replicó la portera de cámara un
tanto enfada y sentándose con marcada grosería, como si quisiera borrar
las cuatro cortesías que le hizo cuando le creyó un sujeto délo más prin
cipal de la corte.
— Quisiera saber si está visible— dijo Venancio.
— ¡Visible!—exclamó la portera;— sino sois ciego, visible estará. ¡Vaya
una pregunta!
'— ¿Pero recibe?
— Todo lo que le traigan—contestó la portera sonriendo.
— Pues haced el favor de anunciarme, decid que está aquí....
— Caballero— dijo la portera un tanto incomodada,— aquí no puede
estar nadie. Si no pasáis inmediatamente adelante, idos al punto. Esta es
la antecámara de los saludos y podría llenárseme de gente si me detuviera
á contestaros. Por otra parte, si yo entrara y saliera á llevar recados aban
donaría mi puesto de honor y los que vinieran tendrían que esperar ó pa
sar sin que nadie les saludara.
— Perdonad, señora portera de honor—dijo Venancio con amabilidad
respetuosísima, inspirada por la pasión que sentía hacia el ídolo de su
amor;— yo soy forastero y no conozco las costumbres de la casa.
— Si sois forastero— repuso la portera con dulzura,— la hospitalidad
me impone el deber de trataros con consideración. Ya me parecía á mí que
no os había visto nunca, porque me precio de ser fisonomista, y aunque el
álbum de la casa tiene muchos tomos me le sé de memoria.
—¿Qué álbum?— preguntó Venancio.
— El de las visitas de la señora. Como sois forastero no sabréis, aunque
AYER, HOY Y MAÑANA
93
esta costumbre es ya muy general, que aquí tenemos el retrato de todas
las personas que entran en casa.
—Pero como yo no he venido nunca hasta ahora ni tengo el honor de
ser amigo de la casa...
—No importa; si hubieseis pasado otra vez por aquí, ya estaríais re
tratado, como lo estáis ahora.
—¡Que lo estoy ahora! ¿Pues quién ha traído mi retrato?
—Vos mismo—dijo la portera.
Y abriendo una chapa de metal, que á guisa de alfiler tenía en el pecho,
sacó un papelito en el que estaba perfectamente reproducida la imagen
de Venancio, y añadió:
—Mirad; aquí le tenéis. Y no es mala prueba ciertamente.
—¡Pero no me explico!....—exclamó Venancio.
—Pues no hay nada más fácil. En la primera cortesía que os hice os
saqué clavado.
—Tenéis una gran habilidad—dijo Venancio con cierto aire de distrac
ción que revelaba el aturdimiento que le producía aquel suceso.
—Mucha práctica—contestó esponjada de orgullo artístico la portera.
—Todo consiste en saber lo que se ha de bajar ó se ha de subir el cuerpo,
para que el objetivo del pecho recoja bien la imagen.
—¿Yqué interés tiene la señora en hacer retratar á todas las personas
que vienen á su casa? Yo comprendo que lo hiciera con sus amigos.
—Al contrario, esos no sirven para nada; al paso que el retrato de un
desconocido puede ser de una utilidad grandísima.
—¡No comprendo!....
—Supongamos—dijo la portera,—y no os ofendáis de la suposición,
que vos mismo sois un malvado, que os propasáis á hacer algún daño á
la señora y que ella grita y salís corriendo. Si yo, que no puedo abando
nar esta habitación, no logro deteneros en ella, y á la portera, que tampoco
puede faltar de su puesto, le sucede lo mismo, se da parte á la policía, en
tregando una copia de vuestro retrato, del cual se tiran un millón de ejem
plares para todas las porteras y demás agentes de policía, y estáis cogido
al momento, so pena de hacer lo que un tuno que quiso robarnos días pa
sados, el cual hace una semana que anda errante, de globo en globo y de
trapecio en trapecio por los tejados. Pero ya caerá en poder de la policía.
—Y decidme—repuso Venancio, aguijoneado por el amor,—puesto que
os debo tantas atenciones, ¿podríais darme algunas noticias de la hija de
la señora? Porque yo quisiera antes de hablar á su madre....
—Ue la señorita no puedo deciros una sola palabra. Somos servidum
bres separadas y ni siquiera nos conocemos la una y la otra.
—¡Pues no vive en esta misma casa!
94
ANTONIO FLORES
•— Sí tal; es decir, en el pabellón del otro lado del jardín.
— ¡Y no está soltera!
— Sí que lo está, y á lo que parece, le corre alguna prisa el casarse.
— ¿Sabéis si tiene algún novio?— dijo Venancio temiendo oir una res
puesta afirmativa.
— ¡Tendrá tantos!
— ¿Qué decís?—gritó Venancio sin poderse contener.
— Señor forastero— dijo la portera,— pasad adelante y no comprome
táis mi posición con vuestras voces.
Venancio volvió á sentir en su cuerpo unas cuantas notas de cabeza
y un impulso secreto que le llevaba hacia la calle, pero el amor le dió un
do de pecho, y atropellando por todo, penetró en una y otra sala, hasta
llegar al gabinete en que estaba la madre de Safo, sentada sobre una oto
mana, con las manos metidas en una pequeña caja de metal que había
sobre el velador inmediato.
— Señora—dijo Venancio, inclinándose respetuosamente y sin atre
verse á pasar el umbral de la puerta.
— Adelante— repuso la señora,— y perdonad que no os dé la mano: mo
estoy cortando las uñas, y aunque la máquina es buena anda muy pesada.
— Perdonad, señora, yo ignoraba que estuvieseis ocupada.
— ¡Qué disparate! ¡Vaya una ocupación! Decid lo que queráis, mientras
yo sigo haciendo mi toilette.
— Me retiraré y volveré cuando no estorbe— dijo Venancio, temiendo
malograr por intempestivo el éxito de su empresa.
— A mí no me estorba nadie, caballero, porque yo, aunque por mi edad
podría tener las rarezas de algunas señoras mayores, no me escondo para
ninguna de las operaciones del tocador, que no son ciertamente un delito,
y si lo fueran no las haría.
— Perdonad, señora, yo no quise decir....
-— ¡Si no sois el único que tiene esos miramientos, y á mí menos que á
nadie pueden extrañar esas tonterías, porque tuve una madre que se
ocultaba hasta de sus hijas para teñirse el pelo y pintarse las cejas! Conque
decid lo que queráis, mientras acabo de vestirme.
— Yo, señora, no sé cómo empezar á hablaros, y os pido que me per
donéis si lo que voy á deciros os desagrada; pero ante todo os aseguro
que soy un caballero, hijo de muy buena familia, y aunque mi atrevimien
to sea grande, vengo con buenos fines á pediros que me permitáis....
— ¿Qué os he de permitir?— dijo la señora, pasándose un pincel por la
ceja y viendo que Venancio no acertaba á concluir la frase.
— Yo he luchado mucho tiempo antes de decidirme á dar este paso,
porque conozco mis pocos merecimientos para alcanzar tanta felicidad;
AYER, HOY Y MAÑANA
95
pero el amor que me devora, la pasión que arde en mi pecho no me per
miten continuar más tiempo en esta incertidumbre. Necesito un sí ó un no.
—Pues bien, no—dijo la madre de Safo, soltando los pinceles, pero sin
alterarse.—Yo soy una mujer casada’y no sé por qué no habéis tomado
vuestros informes antes de venir aquí.
—Señora—dijo Venancio alzándose de su asiento y con voz respetuosa,
—siento haberme expresado mal y os pido mil perdones; yo no me hubiera
atrevido nunca á enamorarme de una señora, que, aunque muy hermosa,
pertenece á otro hombre.
—Tampoco eso es verdad; yo no soy pertenencia de nadie, yo me per
tenezco á mí misma.
—He querido decir que estáis casada.
—Eso es otra cosa; pero en suma, ¿podré saber á qué habéis venido?
—¿No lo habéis adivinado?—dijo con vergonzosa timidez Venancio.
—No tal; ya veis cómo me han engañado vuestras palabras.
—Pues, señora—replicó el joven, haciendo un esfuerzo supremo y ce
rrando los ojos para de una vez errar ó quitar el blanco,—yo vengo á pe
diros la mano de vuestra hija.
—¡La mano de mi hija!—exclamó la señora.—¿Y qué tengo yo que ver
con eso?
—¡Pues no sois su madre!
—Sí que lo soy; pero nada más que su madre.
—¿Y no es á vos á quien debo dirigirme?
—Claro está que no.
—¿A su padre tal vez?
—Lo mismo que á mí. ¿Qué tiene él que ver con la mano de mi hija?
Ella, en uso de un derecho indisputable, se la dará á quien quiera.
—Comprendo bien, señora, lo que decís, y os honra mucho esa consi
deración que guardáis á la voluntad de vuestra hija; pero yo quisiera que
me oyeseis y me permitierais....
—Ni una palabra más, caballero; voy á llamar para que os conduzcan
al cuarto de Safo, y á ella podéis decirle cuanto gustéis.
—¿Pero podré contar con vuestra benevolencia?
—Os he dicho que no quiero hablar más de este asunto; mi hija es
libre, y como tal, puede hacer lo que quiera. Si necesita consultarme alguna
cosa ya lo hará; pero mientras tanto yo no me mezclaré en sus asimtos.
—Según eso—dijo Venancio,—¿no sois vos la que abrió mi carta?
—¿Qué carta?
—La que dirigí á vuestra hija.
—Caballero—dijo la señora, alzándose de su asiento,—me extraña mu
cho vuestra insolencia, pero me extraña más aún vuestra ignorancia. ¿En
■
96
ANTONIO FLORES
qué siglo creéis que vivimos para presumir que así se pueda violar el se
creto de la correspondencia, que es el más santo de los derechos del hom
bre y el más sagrado de todos los secretos?
— Yo creo que una madre....
—Una madre debe dar ejemplo en todo á su hija.
—En ese caso—exclamó Venancio sin poder contener el grito de su
corazón,—¡es ella la que ha hecho publicar mi carta! ¡Es ella la pérfida!
— Caballero—dijo la madre de Safo señalando á una joven que acaba
ba de entrar,—seguid á esa doncella y ella os llevará al cuarto de mi hija.
—Y tú—añadió volviéndose á la joven—haz que digan á la señorita
que este sujeto ha venido aquí por equivocación: ¿lo entiendes?, por equi
vocación.
— Señora— dijo la joven,—si este caballero viene por el anuncio del
periódico, creo que ya ha pasado la hora.
—¿Tú qué sabes de lo que pasa en el cuarto de mi hija? Haz lo que te
digo, y calla.
Venancio sentía abrasársele la cabeza con lo que estaba pasando, y
sin acertar á despedirse de la señora, siguió á la joven doncella honora
ria número 3 (que así decía la etiqueta de porcelana que llevaba al brazo
sobre su jubón negro), y atravesando tres grandes salones y el jardín,
después de haber bajado y subido dos veces por la mecánica, se encontró
á la puerta del cuarto en que moraba el ídolo de su amor.
La doncella honoraria le indicó la entrada con una profunda cortesía,
á tiempo que otra joven, muy joven, vestida de blanco y con una tarjeta
que decía doncella interina número 2, le hacía iguales saludos que la
portera de cámara. No estaba la cabeza de Venancio para reparar en que
aquella joven tenía otra cámara obscura ó aparato pictográfico en el pe
cho, ni ya le importaba nada más que ver á Safo, aunque como iba pre
sumiendo, saliese de esta entrevista más para entrar en una casa de locos
que para volver á la suya propia.
UNA HIJA QUE SE BASTA Á Sí PROPIA
Donde se prueba que á un enamorado
no le convence nadie, y á un abogado
le da cien vueltas cualquiera.
Hasta qué punto se engañan los que dicen que el que puede lo más
puede lo menos, lo veo yo claramente en este momento.
Estoy en posesión de lo raro, de lo extravagante, de lo difícil, de lo
que tú, loctora, tendrías tal vez por imposible y aun por absurdo si no lo
‘estuvieras viendo por tus propios ojos, y no puedo alcanzar lo fácil, lo na
tural y lo que para ti es en extremo sencillísimo.
Evoco los espíritus que han de ser, arranco los pueblos del limbo del
porvenir, levanto las poblaciones que están por edificar y meto mi vista
dentro de esas grandes nieblas que tú llamas el infinito del horizonte,
cuando no son otra cosa que el finito de la humanidad, y sin embargo soy
impotente para acercarme á la generación actual y escuchar sus conver
saciones y penetrar en lo íntimo de sus pensamientos.
Daría con gusto una mitad de la ciencia que me sobra por adquirir
una pequeña parte de la experiencia que me falta. Y créeme, lectora, que
no haría de ella otro uso que el de averiguar si los cuatro cuadros que
T omo III
7
98
ANTONIO FLORES
acabo de presentar á tu vista te han empalagado, cosa que temo mucho,
ó si, por el contrario, te has enamorado, como yo lo estoy cada vez más,
del joven jurisconsulto extremeño Venancio Almendruco. Porque no
hay cosa más triste, y he aquí la ventaja que el orador lleva al escritor,
que estar discurriendo sobre un asunto cualquiera sin ver la cara de sa
tisfacción ó de fastidio que pone el auditorio.
<
Pero ya hemos andado la mayor parte del camino y no quiero saltar
este cuadro dejando en blanco al pobre joven, precisamente en el mo
mento en que su corazón va á latir, no ya en la misma población ni en
la misma calle ni pared por medio siquiera, sino en el mismo aposento,
acaso en el mismo sofá que el de su amada. Por otra parte, yo me figuro
que tú, como yo y como el joven extremeño, has de ser toda corazón y
toda amores; y aunque nos desprecien y nos miren de reojo algunas
gentes descreídas y materializadas, del espíritu hemos de hablar los que
del espíritu vivimos.
No era verdad que el pobre mancebo temiera volverse loco con lo que
le estaba pasando, que si de veras lo hubiese creído en sazón se hubiera
curado.
La conversación que tuvo con la portera, el tiro alevoso que á boca de
jarro le encajó el Boletín de antigüedades y lo que le acaba de ocurrir
con la madre de Safo son para él otros tantos aguijones con que el amor
le punza para que siga adelante en su empresa.
Si cuando vió por primera vez á la niña se le hinchó el corazón, y cuan
do la siguió se le puso como un pan, ahora que casi tiene evidencia de
que ella es la que recibió su carta y la que, en son de burla, la vendió á
un periódico para que la publicara, la pasión le ha invadido el pecho, le
anda hormigueando por todo el cuerpo y está á punto de cogerle la ca
beza.
La voz que ha creído escuchar advirtiéndole que anda cerca de vol
verse loco no es la voz del desengaño, es la voz de la pasión.
No ha de volverse loco quien está ya loco de amor.
De amor que no va á desengañarse sino á ser engañado.
Él cree que corre á lo primero, pero marcha ciego á lo segundo cuan
do entra en la habitación de Safo.
Dijo en su carta que le mataba la incertidumbre, y lo que le está dando
la muerte es el amor.
Se contentaba con que le permitiesen amar sin ser correspondido, y
sabe que no puede vivir sin que correspondan con usura á su amor.
Sabe que con la esperanza se puede vivir un siglo y que el desengaño
da la muerte en el acto, y aún se atreve á decir que quiere que le des
engañen.
AYER, HOY Y MAÑANA
99
Y por último, se apresura á que le den un sí ó un no, como si le fuera
indiferente lo uno y lo otro y sólo buscara el quedar desocupado y en
libertad de consagrarse á otro amor.
Lo que es para el un negocio del alma, quiere hacerlo pasar por menos
que un negocio de Bolsa.
Convengamos en que Venancio es hipócrita consigo mismo.
Pero no le abandonemos ni tú ni yo, lectora, en el trance terrible en
que se halla, ya que nosotros comprendemos su situación mejor que na
die, puesto que la comprendemos mejor que el mismo interesado.
Safo no es una mujer hermosa; es la divinidad de la hermosura. Si la
primera vez que yo la vi hubiera tenido ojos humanos que mandar en
busca de los suyos, habría echado de menos las pasiones mundanas que
dejé en la tierra al volar en forma de espíritu para convertirme de genio
tutelar del pobre Venancio en su más encarnizado rival. jY quién sabe si
él hubiera preferido habérselas conmigo y sufrir los celos que yo le hubie
se inspirado, á pelear, como pelea ahora, con fantasmas que le crea su
fantasía y á padecer los celos que le finge la fiebre del amor que devora
su pecho!
Pero yo no puedo amarla y me limito á verla, haciendo votos sinceros
para que corresponda como pueda al amor que le profesa Venancio.
La situación de este desdichado amante es muy angustiosa desde que
se halla al lado de una de las doncellas de su amada, esperando á que otra
de estas felices criaturas salga á darle la vida ó la muerte con el sí ó el
no que pronuncien sus labios.
Y en este punto, preciso es confesar que Venancio ha entrado con
buen pie en aquel departamento. La doncella interina número 5, vesti
da como sus compañeras toda de percal blanco, con pantalón bombacho,
tonelete de manga ajustada, cinta blanca sujetando los cabellos en forma
de diadema y una gran faja de algodón color de verde esperanza, sale
á decirle que pase adelante.
Hácelo así el joven jurisconsulto, no sin dar primero dos pasos atrás,
tan involuntarios como naturales, atendida su situación, y atravesando
i; dos grandes salas, una llena de aparatos gimnásticos y otra de libros y
| de armas, llegó al aposento en que se hallaba el objeto de su amor.
Era esta estancia un pequeño gabinete ochavado, cuyas paredes es1 tucadas de blanco carecían de todo adorno, y en el centro, de pie y lige
ramente recostada en un alto atril ó facistol de mármol blanco, esta¡ ba Safo.
Parecióle á Venancio que aquella mujer de cabellos propiamente de
oro, sueltos sobre la desnuda espalda, de labios de coral, de mejillas de
rosa, de ojos de cielo y de cutis de nácar, no era la misma mujer de quien
100
ANTONIO FLORES
estaba enamorado, sino una copia de ella, poetizada por el mismo Apolo
y retocada por las nueve hermanas, y quedó absorto al verla.
Una larga y elegante túnica de tul blanco descubríalos bellos contor
nos de su hermoso cuerpo, sin que fuera fácil señalar dónde empezaba ni
dónde concluía el traje, porque no era el cutis menos blanco que la ropa;
y vista la blancura de las manos era imposible saber si un pie que aso
maba, de no poco tamaño por cierto (y esto te probará, lectora, mi im
parcialidad), estaba calzado ó desnudo.
En las cuatro ochavas del gabinete había otros cuatro atriles ó facis
toles, en los cuales se reclinaban tambie'n de pie y también vestidas de
blanco cuatro jóvenes que escribían á la voz lo que les dictaba Safo; la
cual hizo señas á Venancio, no para que se sentara, que no había donde
hacerlo, sino para que la permitiera concluir lo que tenía comenzado, y
dictó lo siguiente:
De cómo la pasión de los celos se conservó en los corazones algún
tiemp>o después de haberse suprimido las celosías de los edificios y los
celadores de barrio.
Ojos pardos, cabellos negros, peinado de erizo, 'patilla corrida,
frac de manga de jamón, cuello de bombé alto, pantalón corto con tra
billas largas, chaleco y guantes amarillos. (Véase el retrato de u n pro
curador á Cortesen 1836.)
Dos capítulos de mirada retrospectiva. El primero relleno de consi
deraciones economistas y cálculos estadísticos, y el segundo de reflexio
nes de alta filosofía alemana.
Basquina de estameña m uy estrecha y negra, manga m uy justa. El
diálogo que tiene con el fraile en el confesonario ha de suponerse que no
lo oye nadie.
Aunque á Venancio le parecían pocos todos sus sentidos y los con
sagró enteros á la contemplación extática de la divinidad que tenía de
lante de sí, todavía le permitió el oído hacerse cargo de algunas de las
palabras, que con pasmosa rapidez dictó Safo á las cuatro jóvenes escri
bientes ó secretarias, y á no ser porque todo en ella le parecía bien hecho,
hubiera creído que su juicio no estaba muy en su lugar.
Pero ya te he dicho, lectora, y si no te lo he dicho es porque habré
pensado que lo sabrías por ti propia, que los verdaderos enamorados no
tratan de poner el ídolo de su amor á su imagen y semejanza, sino que
le aman tal cual es, hasta que logran ser con él una misma cosa. Por eso
D. Quijote se rió de que Sancho le dijera que Dulcinea del Toboso esta
ba ahechando trigo descalza de pie y pierna, y Venancio cree que su oído
no sabe lo que se pesca cuando le repite la ensalada de palabras que
acabo de copiar, á las cuales añadió Safo las siguientes:
AYER, HOY Y MAÑANA
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La clásica, doscientas líneas en un solo párrafo; la romántica, ciento
cincuenta y ochenta de puntos suspensivos; la socialista, cuatrocientos
párrafos de dos líneas cada uno; la católica, trescientas líneas en pe
ríodos largos.
Y dicho esto se dirigió con la mayor amabilidad á Venancio, pregun
tándole qué se le ofrecía.
—Quisiera—contestó el joven haciendo un esfuerzo supremo para ha
blar y otro mayor para tragarse lo que verdaderamente se le ofrecía,—qui
siera tener el honor de hablaros un momento, pero si estáis ocupada....
volveré otro día.
—Siempre me hallaréis lo mismo que ahora—dijo Safo;—conque ya
podéis hablar.
—Es que desearía—balbuceó Venancio, acercándose con timidez—que
estuvieseis....
—¿Sola?—preguntó Safo adivinando lo que su amante no se atrevía á
decir.
—¡Si no tenéis inconveniente!
•—¿Qué he de tener? Hablad; ya estamos solos.
Y así era la verdad, porque con no poca sorpresa de Venancio, en el
momento en que la joven adivinó lo que él quería, giraron los cuatro
atriles con las jóvenes que estaban apoyadas en ellos, y el gabinete quedó
cerrado por todas partes, apareciendo en la pared de cada uno de los
cuatro ángulos los siguientes rótulos:
N ovela clásica.—N ovela romántica.—N ovela socialista.—N ove
la católica.
Semejante transformación se hizo con tanta rapidez que Venancio
quedó maravillado y sin poder articular una sola palabra, hasta que,
instado nuevamente por Safo para que hablara, cayó de rodillas á sus
pies, diciendo casi entre dientes:
—Yo os amo.
Safo, un tanto sorprendida, pero sin dar un solo paso ni gritar ni
poner de muestra la sorpresa en las mejillas, que encendidas estaban y
encendidas siguieron, tendió ambas manos, que Venancio se apresuró á
estrechar llevándolas á los labios, y alzándole en pie como quien levanta
una pluma, le dijo con una frialdad que habría helado á cualquier otro
hombre menos abrasado de amor que el joven extremeño:
—¿Os sentís malo?
—Estoy enamorado ciegamente de vos, señorita.
—Ya. ¿Pero qué os ha dado, que os habéis caído de rodillas?
—El amor que me inspiráis no me permite estar de otro modo en
vuestra presencia—dijo Venancio arrodillándose de nuevo,—y así estaré
1G2
ANTONIO FLORES
hasta que me deis la vida ó la muerte con vuestras palabras. Yo hu
biera querido que vuestra madre se hubiera enterado de la nobleza de mi
pasión, de los fines honrados con que vengo á pedir vuestra mano y de
que mi familia se considerará dichosa si vos la honráis entrando en
su seno, donde no seréis un individuo más, sino el dios de todos mis
parientes.
Venancio, entusiasmado, loco de amor desde que sus labios sintieron
el dulce calor de las manos de Safo y deslumbrado por la hermosura de
sus facciones, no advirtió que la joven estaba escribiendo rápidamente
sobre su facistol mientras él hablaba, y siguió ensartando otra porción
de palabras amorosas, hasta que alzando la vista, no para desengañarse
sino para buscar un nuevo engaño, exclamó:
— ¡Ah! ¿Será posible que me permitáis amaros; que correspondáis tal
vez á mi amor? ¡Oh! No me engañéis si más tarde habéis de darme la
muerte con vuestra indiferencia. Pero no hay duda, me amáis; harto me
lo dice la vergüenza con que volvéis la vista, aparentando no escuchar
mis palabras.
Venancio calló breves momentos contemplando con religioso silencio
á su amada, y ésta, impaciente, pero con aire distraído, le dijo:
— Continuad.
— Pero vos me amáis, ¿no es cierto? ¡ Haced que yo oiga de vuestros
labios esa palabra que encierra toda mi dicha! Decidme que me amáis y
dadme después la muerte si queréis.
— ¡Magnífico!— exclamó Safo alzando la pluma y repasando lo que
acababa de escribir. — ¡Magnífico! Esto no se adivina— añadió como si
hablara consigo misma,— es preciso oirlo de viva voz. Este hombre es un
tesoro.
Y volviéndose á Venancio que, loco de amor y próximo á perder el
juicio, por otro lado mal seguro con lo que estaba oyendo, continuaba de
rodillas, le dijo:
—Alzad, y pedidme lo que queráis.
— ¡Qué más he de pediros que vuestro amor!
— ¡Mi amor!— exclamó Safo.— ¿Y para qué queréis mi amor?
— Para ser feliz.
— Pues bien: yo os amo. ¡Dichoso vos que podéis ser feliz á tan poca
costa! Pero el que yo os ame no tiene nada que ver con que me digáis
cuánto he de daros por lo que acabáis de decirme; que si os he de hablar
con franqueza, es de lo mejor que he oído en mi vida. Y no quiero en
gañaros, tres tomos en octavo sacará de vuestras palabras la sección ro
mántica.
Esta vez no fué bastante todo el amor de Venancio, para trastornar
A YE R , HOY Y M AÑANA
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el sentido recto de las palabras que acababan de resonar en su corazón. La
voz de cabeza le dió unas cuantas notas, y el jurisconsulto entró en cuen
tas con el enamorado.
— Señorita— acertó á decir después que le hubo pasado el primer
aturdimiento,— no entiendo nada de lo que estáis diciendo. Yo me llamo
Venancio Almendruco, y vengo....
— ¡Venancio Almendruco!— repitió Safo con alegría.
— ¡Me conocéis!— exclamó Venancio sintiendo volvérsele el alma al
cuerpo.
— ¡Pues no! ¡Y yo torpe de mí, que debí haberlo conocido al momento!
¡Pues si es el mismo estilo que el de la carta!
— ¡La carta!— gritó Venancio, á quien el alma se le volvía á salir del
cuerpo— ¿Conque vos recibisteis mi carta?
— Claro está que la recibí; y además de haberla aprovechado en una
novela en treinta tomos que estamos escribiendo, y que gracias á vuestro
escrito alcanza un buen éxito, se la vendí al Boletín de antigüedades.
Grande era el trastorno que sentía el pobre Venancio, desde que com
prendió que aquellas manos que acababa de besar le habían sido conce
didas con más indiferencia que se le entregan al guantero para que las
cubra con la cabritilla, y á punto estuvo de caer redondo en el suelo, he
rido más por el amor propio que por el desengaño; pero la cabeza, aunque
ofendida de que para entrar allí y para doblar la rodilla se hubiera con
tado sólo con el corazón, no pudo olvidar que éste era su hermano y acu
dió en su auxilio.
El letrado triunfó un momento del amante, la razón hizo señas al
amor para que callara y le permitiera decir dos palabras.
Yr al enseñorearse la cabeza de sí misma, tomó Venancio una actitud
majestuosa y digna.
Una actitud tan distinta de la que tenía al entrar allí, que la portera
de cámara de la madre de Safo le hubiese vuelto á retratar como á un
desconocido, si de nuevo hubiera pasado por allí.
Sus facciones, animadas por la luz de la inteligencia, que volvía á salir
de los antros en que la encerró el amor; su voz,-libre del enfadoso compás
que le hacía guardar el rubor y el miedo, y sus maneras, desembarazadas
de los grillos de la pasión, todo le daba un aire resuelto y franco, digno
del hombre que tenía en su cartera el título de licenciado en Derecho y
casi en el bolsillo el acta de diputado á Cortes por el distrito del Agua de
Colonia.
— Empiezo, señorita—dijo con tono irónico,— por agradeceros el apre
cio que habéis hecho de mi humilde escrito, estirándole hasta que diera
de sí nada menos que para treinta tomos de novela, que ciertamente será
104
ANTONIO FLORES
preciosa; pero no sé con qué derecho la habéis vendido al Boletín de an
tigüedades, y quisiera....
— ¿Que os diese su importe?— interrumpió Safo sin dar la menor impor
tancia al tono irónico ni á la arrogancia con que la hablaba Venancio.—
Nada más justo— añadió;— yo recibí la carta por el correo, y como nadie
se ha presentado á cobrar su importe... Pero os daré no sólo lo que ha
pagado la redacción del Boletín, sino lo que yo acostumbro á abonar con
arreglo á la tarifa establecida para estos casos.
— ¿Para qué casos?— preguntó Venancio, con cierta exaltación que hacía
sospechar que la cabeza no estaba muy segura, ó que el corazón oía todo
lo que allí se hablaba.
— Caballero— dijo Safo,— yo no sé qué pensar de vos ni de las extrañas
preguntas que me hacéis. Tenéis una figura muy simpática, parecéis un
joven ilustrado, venís además á verme después de haber leído los anun
cios que he puesto en los periódicos, y sin embargo no os entiendo.
— Señorita—dijo Venancio,— ¿de qué anuncios habláis y qué periódicos
son esos á que os referís? Porque yo no sé nada, ni he leído nada, y os pido
por lo que más améis en el mundo que me deis una explicación de todo.
— Sea como gustéis— repuso Safo;— pero no entiendo....
— Yo tampoco, y es preciso que nos entendamos; hablad, yo os lo su
plico.
— Pues señor, ya sabéis que yo soy literata y que me dedico á la con
fección de novelas para el folletín diario de los doce periódicos más impor
tantes que se publican actualmente en Madrid; y como por una parte es
imposible inventar cada día doce ideas nuevas para dar trabajo á las sec
ciones de fabricación menuda que están á mi cargo, y por otra conviene
dar anécdotas de actualidad para que no se aburran los lectores, me decidí
hace algunos días á anunciar en los periódicos que las personas que qui
sieran venir á este gabinete á referirme sus aventuras ó las de otros sujetos,
ó á hacerme alguna relación de cualquier anécdota, escándalo ó cosa se
mejante por el correo, podrían venir los sábados á cobrar sus trabajos con
arreglo al arancel ó tarifa que insertaba á continuación....
— Conque según eso que me decís— exclamó Venancio, sospechando
que el alma podía sin deshonra volvérsele al cuerpo,— ¿creisteis que mi
carta era un material de publicidad que su dueño vendría á cobrar el
sábado?
— Justamente.
— Y la declaración que ahora acabo de haceros de rodillas, la habéis
tomado....
— Por un retazo de novela que traíais á la fábrica y que estoy dispuesta
á pagaros como queráis porque es precioso.
AYER, HOY Y MAÑANA
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Y mientras Safo pasaba de nuevo la vista por el papel en que había
copiado las palabras de Venancio, éste volvió á sentir su pecho en voz, y
pareciéndole que lucía para su amor un rayo de esperanza, dijo, no ya con
la cabeza en su lugar, sino con el corazón en la mano:
—Señorita, yo no sé si deciros que me pesa ó que me alegro de que hayáis
tomado mi carta y mis palabras por unos retazos de novela, pero la verdad
es que ambas cosas me suceden. Lo que me habría hecho mucho mal es
que os hubierais mofado de mí.
—¡Mofarme de vos! ¡Qué disparate! Y ahora que sé, porque ya no puedo
dudarlo, que sois el verdadero autor de aquel precioso documento que
todos han tomado por un autógrafo del siglo x v i i , os quiero pedir un
favor.
—¡Un favor! ¡Pedirme un favor!—exclamó Venancio fuera de sí de
alegría.
—Cuento con que me le haréis, ¿no es verdad?—dijo Safo.
Y la dulzura con que pronunció estas palabras, la mirada que al de
cirlas arrojó á la cara de Venancio y sobre todo el deseo que éste tenía de
hallar pretextos para no llevarse de allí su amor, le hicieron creer que se
abría á su pasión, no ya un agujerito pequeño como una lenteja, sino uno
más grande que una puerta cochera.
Nada había sido suficiente para desengañar al amante, y una palabra
bastó para engañar al abogado.
En cuanto á mí, lectora, basta que sea una dama la que pida un favor
para que se le conceda, si tú me otorgas la merced de continuar este
cuadro en el siguiente.
CUADRO XII
D E CÓM O H A B L A N D O N O SE E N T IE N D E L A G E N T E
Donde se prueba que aunque el
hombre sea fuego, si la mujer no es
estopa, es inútil que sople el diablo.
Supongo, lectora, que allá en tus adentros me has otorgado la licencia
que te he pedido, y puesta la mano sobre el entendimiento, que es como
juramos los espíritus, te ofrezco á fuer de agradecido no abusar otra vez
do tu bondad ni pedirte un nuevo favor, y allá te va el que Safo le pidió
á Venancio.
Y es el caso que así como e'ste sentía por un lado hallarse en un mundo
donde sus sentimientos y sus palabras eran extranjeros, y se alegraba por
otro de que su pasión no habiendo sido entendida no hubiese sido despre
ciada, así á Safo no le pesaba encontrarse con un joven que, ignorando
todo el valor de la ciencia que poseía, podría dársela á poco precio y ha
cerla feliz. Por esta razón, acercándose más de lo que lo estaba á Venannancio, que fue lo mismo que llevarse un hombre y poner otro en su lugar,
le dijo:
—El favor que quiero que me hagáis tiene dos partes: la primera, que
A Y E R , HOY Y M AÑANA
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si os conviene, me digáis la verdad á lo que os pregunte, y la segunda,
que aceptéis las proposiciones que pienso haceros.
— En el mismo caso me hallo yo con vos, señorita— dijo Venancio (tan
ciego de amor, que ya se creía en el caso de poner condiciones, si no de
vencedor á vencido, al menos de potencia á potencia);— conque favor por
favor.
— Aceptado— contestó Safo, tendiéndole la mano, que fué lo mismo
que tenderle muerto á sus pies.
Y sin retirarla de las de Venancio ni reparar que éste se la había puesto
demasiado cerca de los labios, añadió:
— ¿De dónde habéis copiado la carta que me escribisteis?
— ¿Que de dónde ia he copiado?— preguntó Venancio un tanto aturdido.
— De aquí— añadió llevando su mano derecha al corazón.
— No sois franco—repuso Safo un tanto picada;— pero estáis en vuestro
derecho; no insisto más. Ahora decidme si tendréis inconveniente en pro
porcionarme algunas otras por el estilo y en ajustaros conmigo para no
ser colaborador de ninguna otra fábrica de novelas más que de la mía.
— Señorita— dijo Venancio con desaliento y no sabiendo cómo compa
ginar aquellas palabras con aquellos ojos y aquella boca y aquella mano
que acababa de .tener entre las suyas.—Señorita, yo haré todo lo que
queráis; pero permitidme que os diga quién soy y lo que me ha traído á
esta casa; que es lo mismo que me tendrá en ella hasta que salga con la
vida que estoy bebiendo en vuestros ojos ó con la muerte que temo me
han de dar vuestros labios.
— ¡Magnífico!— exclamó Safo sin poderse contener.— ¡Magnífico! Este
hombre es un tesoro—'añadió entre dientes.
— Yo me llamo y soy el mismo Venancio Almendruco que firma la
carta, cuyo contenido no está tomado de otro libro que de este corazón
que os pertenece y que no podrá ser de nadie sino vuestro. Dignaos acep
tarle, dignaos decirme, no que me amáis, sino que creéis posible amarme
algún día, que llegaré á ser vuestro esposo. ¿Me entendéis ahora?
— ¡Acabáramos!— gritó Safo riendo.— ¡Conque en resumidas cuentas,
lo que sacamos en limpio es que habéis pensado casaros conmigo! ¡Y era
eso lo que queríais decirme en aquella carta! Pues me alegro mucho que
os hayáis explicado, porque jamás lo hubiese comprendido. Y no se diga
que ha sido torpeza mía, porque el tal escrito se leyó más de una vez de
lante de todas mis colaboradoras, que pasan de cincuenta, y ninguna sos
pechó que aquello fuese una proposición matrimonial. ¡Ni cómo habíamos
de creer semejante cosa, si pensábamos que el autor era un personaje del
otro mundo!
— Pero, señorita—dijo Venancio, haciendo con la cabeza un esfuerzo
108
ANTONIO FLORES
sobre el corazón,—dejando á un lado el amor que os tengo y que por mi
mal no habéis comprendido, ¿queréis decirme en qué se fundaban vues
tras cincuenta colaboradoras y los redactores del Boletín para creer que
mi carta era un documento de ultratumba? ¿Qué hay en ella que no sea
el abecé de toda declaración de amor? ¿El lenguaje del corazón no ha sido
el mismo en todos los siglos? Cuando un hombre ve una mujer cuyas mi
radas de fuego le abrasan el alma, y después de luchar un día y otro con
la fascinación que aquella hermosura le ocasiona, siente perturbados sus
sentidos, embargada su lengua y oprimido de angustia el corazón, ¿qué
hace? ¡No es natural que antes de resignarse á morir de amor, viviendo
en una incertidumbre mil veces peor que la muerte, mande sus miradas
en busca de las de la mujer que adora, y escriba en un papel todo lo que
siente, pidiendo un sí que le dé la vida, ó un no que al acabar con todas
sus esperanzas ponga fin á sus tormentos!
Safo no cogió esta vez la pluma, bien á su pesar, porque este párrafo
de amor le pareció mejor que los anteriores; pero escuchó á Venancio con
tal asombro, que al joven extremeño le fué bien fácil comprender que no
le comprendían, y así, cambiando de tono, dijo:
—Vuestro silencio me indica que mis palabras están corriéndola mis
ma suerte que mi carta, y voy á permitirme dirigiros una pregunta más
concreta. Decidme: aquí en Madrid, porque en mi pueblo ya sé lo que
pasa, ¿cómo se las gobierna un hombre cuando se quiere casar?
—¿De veras no lo sabéis?
—No, señora, no lo sé.
—Pues no hay nada más fácil, y seguramente seréis el único hombre
que á vuestra edad no esté enterado de eso, porque todos los días vienen
los periódicos llenos de anuncios de jóvenes solteras que desean casarse,
y hay además agencias públicas y sociedades de seguros matrimoniales,
donde se hacen diariamente muchas operaciones al contado y á plazo.
Precisamente hoy mismo publica El Angel custodio de las fam ilias un
largo artículo aconsejando á esas sociedades que den más extensión á sus
operaciones, y hasta indica la conveniencia de que se coticen en la Bolsa
los matrimonios de mayor cuantía, como medio de asegurar mejor su re
sultado por la mayor publicidad que allí tienen todas las transacciones.
—Ya; pero todos esos anuncios de los periódicos, que ciertamente me
hacen reir mucho—exclamó Venancio,—son bromas de los periodistas.
—¿Bromas?—repuso Safo—¡No son malas bromas! ¡Preguntádselo á la
mayor parte de nuestras mujeres casadas! Mañana, sin ir más lejos, se
casa Norma, una de mis mejores operarías por cierto en la novela socia
lista, con el célebre folletinista de El Eco de las Soledades que se publica
en Laponia; y este matrimonio, que todas consideramos ventajosísimo para
AYER, HOY Y MAÑANA
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ella, lo debe á los anuncios de los periódicos y á estar inscrita en el Ho
gar Cosmopolita, que es la sociedad de seguros matrimoniales á prima
fija que más operaciones ha hecho en estos últimos años. Lo cual se ex
plica perfectamente sabiendo que tiene domicilio y consejo de adminis
tración en todas las capitales del mundo.
—¿Y cómo se han hecho esos amores?—preguntó Venancio.—¿Ha es
tado en Madrid el caballero lapón?
—Creo que no.
—¿De manera que se han enomorado por retratos y se casarán por po
deres?
—¡Por poderes!—dijo Safo.—No os entiendo. Aquí no ha habido otra
cosa sino que el folletinista se enamoró de Norma, presentó una proposi
ción á la sociedad por conducto del consejo de administración de Laponia, y después de algunas modificaciones que hizo mi amiga y que acep
tó el novio, quedó arreglado el negocio y señalado el día de mañana para
celebrar la boda.
—¿Y dónde se casan?
—En Copenhague, como término medio de ambos domicilios.
—¿Están allí ya los novios?
—Llegarán á la misma hora mañana. La cita es á las dos y cuarenta
y cinco de la tarde. Yo pienso acompañar á Norma á Dinamarca, y si no
se detienen mucho tiempo después de la ceremonia, es posible que vaya
hasta el mismo cabo Norte, que es donde van á fijar su domicilio por
ahora.
—¿Y tardaréis mucho en volver á Madrid?
—Bastante, porque además de que quisiera visitar despacio la Laponia, país que no conozco, aunque os parezca extraño, es posible que re
grese por Berlín, para tomar una taza de te con mi buena amiga y com
pañera de colegio Sofía Kenpmn. Hasta dentro de tres días es probable
que no esté de vuelta.
A pesar de que Venancio procuraba apretarse el corazón para que no
le hiciera cometer algún desatino, temió prolongar aquella entrevista, y
haciendo un esfuerzo verdaderamente heroico, para lo cual metió los ojos
del alma en el tranquilo hogar de su familia, se despidió de Safo.
Pero ésta, que había cobrado cierta afición artística al joven extreme
ño, le rogó que no se marchara tan pronto, ni lo hiciera sin decirla de
dónde le había nacido el pensamiento de casarse con ella. Idea tanto más
rara cuanto que además de no estar inscrita en ninguna sociedad matri
monial ni anunciada su persona en los periódicos, á nadie había dicho
que tuviera propósito de casarse.
—¿Qué razones—dijo—habéis tenido para venir á buscar á ciegas mi
110
ANTONIO FLORES
mano, cuando hay tantas otras de las cuales podéis saber hasta las más
pequeñas noticias?
—¡A ciegas!—exclamó Venancio, volviendo á retirar los ojos del hogar
de su familia.—¡A ciegas! Pues qué,¿no hace un mes que os sigo á todas
partes, descubriendo en vuestra peregrina hermosura cada día una nueva
gracia, un nuevo encanto y un nuevo prodigio?
—Ignoraba esa afición, que os agradezco mucho, porque ciertamente
es de apreciar—dijo Safo, sin asomos del rubor que Venancio buscaba en
sus mejillas;—pero las perfecciones que encontréis en mi cuerpo no tienen
nada que ver con las noticias que os hacen falta para tratar de casaros
conmigo. ¿Sabéis por ventura cuál es mi situación ni mis compromisos?
El joven extremeño, á quien sin duda le pareció poca desgracia estar
enamorado, quiso agravarla poniéndose celoso, y de repente, con un arre
bato injustificable, exclamó:
—¡Es decir, que no sois libre! ¡Que tengo un rival!
—¡Un rival!—repitió Safo, encogiéndose de hombros.—Vaya, está visto
que cada vez entiendo menos lo que me decís.
—Yo, en cambio—repuso Venancio con mal reprimido despecho,—os
entiendo demasiado.
—Pues hacedme el favor de explicarme lo que entendéis, porque en
verdad que lo necesito. Os he dicho que me alegraba mucho de seros
simpática, porque las simpatías no le estorban á nadie, y menos á las
personas que como yo viven del favor del público; pero digo y repito que
me extraña que penséis en casaros conmigo y que os hayáis enamorado
de unas rentas que no sabéis si tengo, de una posición que ignoráis cuál
sea y de unas prendas de carácter que tampoco debéis conocer. Nada de
esto consta en ninguna Agenda Matrimonial, y hasta creo que en el
Diccionario de las Doncellas que anualmente publica el ministerio de
Estadística no está mi nombre este año, porque el tomo 115, que se
repartió ayer, no alcanza más que á la letra P, y yo, si acaso, estaré en
la S; pero con mi nombre y apellido y la edad, sin más detalles, porque
no he querido darlos. De manera que vuestra proposición matrimonial,
ya que tenéis la humorada de que yo llame así á vuestra carta, es la pri
mera que he recibido. Sois el único licitador.
—¡Será posible!—exclamó Venancio, pasando por alto lo de la lici
tación.
—¡Pues no ha de serlo! ¿Quién queríais que sin saber si yo quiero ca
sarme, que es lo primero que hace falta saber, y si tengo rentas, y cuán
tas y cuáles son éstas, se enamorase de mí? Es posible que alguno esté
esperando á que yo haga fortuna con mis publicaciones y á que anuncie
mi pliego de condiciones para....
AYER, HOY Y MAÑANA
111
—¡Ahora no será mientras yo viva!—gritó Venancio con aire conquis
tador y con una energía que dejó asombrada á Safo.—Yo no necesito que
hagáis vuestra fortuna ni que publiquéis vuestras condiciones. Las acep
to todas sin conocerlas, y no me importa que no traigáis nada más que
vuestra persona. ¿Por ventura no es ella bastante para labrar mi felicidad?
El semblante de Safo se animó al oir estas palabras, y sobre todo al
observar el fuego con que las pronunciaba Venancio; y éste, perdiendo de
todo punto los estribos, continuó:
—Yo no quiero más oro que el de vuestros cabellos, ni más brillantes
que la luz de vuestros ojos, ni otras perlas que las que esconde el carmín
de esos labios de fuego, ni otra felicidad ni otra ventura que la que pue
den dar esas manos de marfil, que abren al corazón palacios encantados
y jardines de eterna primavera.
Safo se pasó una mano por los ojos y tendió maquinalmente la otra
á Venancio, que se apresuró á besarla, y como si volviera en sí de una
pesadilla, dijo sin poder apartar la vista del joven extremeño:
—Seguramente que hay muy pocas personas que os aventajen en el
conocimiento de los poetas románticos, y aun en los clásicos del siglo xvn;
me habéis dejado encantada con ese trozo que acabáis de decir, y si qui
sierais repetírmelo para que le copiara....
—Haré más que eso—dijo Venancio fascinado por la mirada de Safo;
—os enseñaré á sentirlo.
—¿A mí?
—A vos, si no tenéis inconveniente en que sea vuestro maestro.
—Al contrario, yo quiero aprender de todo; pero mientras vos me
dais algunas lecciones de las costumbres de antaño, yo os explicaré otras
de las presentes, que con asombro veo que ignoráis. Si yo les contara á
mis colaboradoras que hay un hombre de vuestra edad, que aunque jo
ven ya deberíais conocer el mundo, que ignora lo que ha de hacerse para
casarse y tjue cree que no importa que la mujer sea rica ó pobre, se rei
rían á carcajada. No me querrían creer. Sobre todo en la sección donde
ahora precisamente se está publicando la novela clásica titulada Contigo
pan y cebolla.
—Pues este título—exclamó Venancio con alegría—es una verdad
práctica en mi país.
—¡En vuestro país! Pues qué, ¿no sois europeo?
—Y algo más; soy español.
—¿Y hay un punto en España donde pasa lo que decís? Vaya, tenéis
gana de divertiros.
—No lo creáis, no me divierto; antes al contrario, me aflige bastante
ver la sinceridad con que dudáis de lo que digo.
112
ANTONIO FLORES
—Dudo porque sería una extravagancia pensar que eso es posible. Yo
bien sé que hace algunos años ciertas provincias marchaban algo más
atrasadas que otras; pero nunca tanto. Y sobre todo, desde que los telé
grafos y los electroimanes y los globos han cruzado el mundo, ya no hay
un rincón que no esté civilizado. De un extremo á otro de las naciones
corre hoy la ilustración.
—Y como va con demasiada rapidez—dijo Venancio—no se para en
ios puntos intermedios, y éstos tienen la dicha de estar en algunas cosas
como en el siglo pasado.
—¡Bah! ¡Eso no es posible!—dijo Safo.—Vuestras exageraciones me re
cuerdan un artículo que apareció días pasados en un periódico pretendien
do probar que el espíritu de asociación, las ideas centralizadoras y la rapi
dez de la locomoción establecían una diferencia de cultura de más de
cien años entre unos pueblos y otros de una misma nación.
—Pues ese periodista es un sabio; y si queréis verlo por vos misma,
idos á los puntos que os indicaré de España, no en globo ni por el alam
bre eléctrico, sino en elementos de menos velocidad, y allí veréis, entre
otras cosas, que las mujeres se casan sin anunciarse en los periódicos y
sin que intervenga en los matrimonios ningún corredor de número, co
mo al parecer sucede en Madrid.
—¿Y quién garantiza esos contratos?—preguntó Safo.—¿Quién responde
de que los contrayentes tienen la renta que dicen y el genio y las demás
prendas de que se enamoraron mutuamente?
—Señorita, si no sois vos la que os estáis divirtiendo conmigo, si de
veras creéis lo que estáis diciendo, callad por piedad, yo os lo suplico, y
no me quitéis la ilusión con que he venido aquí ciegamente enamorado.
—Sea como queráis, ya callo; pero permitidme que os haga notar
vuestras mismas contradicciones. Si confesáis que estáis enamorado de
una ilusión, ¿cómo queréis que yo tenga confianza en vuestro amor? Des
engañaos, amigo mío, y os doy con sinceridad este título: el mundo de
las ilusiones no ha existido jamás sino en la mente de los poe’tas.
—Pues qué, ¿creéis que el amor no es la fuente de toda poesía?
—Una cosa es el amor y otra es el matrimonio. Yo amo al prójimo
como á mí misma, y en este punto creo que no tendréis nada que ense
ñarme; pero si para unirse á un hombre no se consultara nada más que
el amor, ¡bueno andaría el mundo!
Venancio estaba tan trastornado con lo que oía, que por más empujo
nes que le daba el corazón para que entrase por todas, quiso oir un mo
mento á su cabeza, deseoso de que le aconsejara en razón lo que debía
hacer, cuando vió que Safo, bajando la vista y metiendo la voz debajo
del facistol en que estaba reclinada, dijo:
AYER, HOY Y MAÑANA
113
—Ya voy, espérate un momento.
No comprendió Venancio lo que aquello significaba; pero sospechando
que su presencia podría ser importuna, dijo:
—Con vuestro permiso me retiro, porque veo que alguien os espera.
—No tal, no tengo prisa; sino que cuando entrasteis aquí, estaba ha
blando con Felipe II para que me aclarase algunos puntos obscuros
de su historia, á propósito de un discurso que debo pronunciar esta no
che en la Academia de la Historia, y como ese señor tiene un genio tan
vivo se cansa de esperar. Pero continuad. Decíais....
¡Facilito era que el pobre Venancio articulase una sola palabra, des
pués que supo que su amada estaba entretenida mano á mano con el po
deroso monarca de la Inquisición!
Un amante de carne y hueso le habría inspirado celos; pero un espíri
tu le dió terror, y trató de huir de allí al momento.
Safo le detuvo, y estrechándole la mano, que faé lo mismo que estre
charle el sentido común, le dijo:
—Cuento con que nos veremos á menudo. ¿Queráis venir mañana con
migo á Laponia?
—Sí—dijo Venancio sin saber lo que se decía, pero diciendo lo que el
amor le puso en la boca.
Y salió de allí sin acertar á explicarse nada de lo que le había ocurri
do; y lo que es más grave aún, sin saber si había ganado ó había perdido
terreno en sus proyectos amorosos.
Como abogado, salía aturdido; como enamorado, iba más ciego que
nunca.
T omo III
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CUADRO XIII
EL GRAN H O T E L DE LA U N ID A D T R A N S A T L Á N T IC A
Si á este establecimiento le pidieran sa genealogía nobiliaria, se vería
obligado á declarar que descendía de aquellas antiquísimas pupileras,
viudas honradas que si tenían dos hijas solteras ya no ponían buena cara
ni daban buena mesa al tercer pupilo que se presentaba en la casa, y sal
tando desde la pupilera á la patrona de huéspedes y de ésta al fondista,
completaría el árbol de sus ascendientes. Pero desde la casa de pupilos
hasta el Hotel Transatlántico hay un verdadero Océano de distancia.
Mientras todas las antiguas familias han venido á menos, la de los
huéspedes ha ido á más.
He aquí, lector, lo que es, lo que ha sido y lo que será el mundo. Las
casas de la nobleza, que antes lo eran todo, ya no son nada; las casas de
pupilos, que antes no eran nada, lo están siendo todo.
La libertad, que no pudo sufrir que los frailes fuesen libres para vivir
como quisieran en sus conventos, se tiene que aguantar al ver que los
huéspedes viven como les da la gana en las fondas.
Ella, que prohibió las comunidades religiosas, se ve obligada á tolerar
las comunidades culinarias.
Exclaustró los frailes y ha inclaustrado los forasteros.
Dió suelta á las familias pequeñas, para atarlas más tarde todas jun
tas en una gran familia nacional.
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Por eso á la pupilera de dos hijas y dos pupilos ha sucedido el Gran
Hotel de cuatro mil criados y dos mil huéspedes.
¡Qué extraño es, por lo tanto, que mientras aquella amorosa hostelera
iba á la plaza por media libra de vaca, magrita y sin hueso, para hacer un
estofado á los pupilos, el Gran Hotel tenga rebaños y ganadería propia,
para matar por sí las reses que hagan falta al consumo de los seis mil es
tómagos que corren á su cargo!
No puedes figurarte, lector, la gracia que á nosotros los espíritus nos
hacen estas mudanzas del mundo; y francamente te digo que si no fuera
porque sospecho que has de tener algún apego á la vida corporal, desea
ría que cuanto antes dejases esa tierra de duelos y quebrantos, donde
para cada cuesta abajo hay tres cuestas arriba, y vinieses á este espacio
infinito, donde nadie nos tropieza ni nos incomoda, y vagamos tan á
nuestro placer y á nuestro gusto, que gollería fuera pedir mayores como
didades.
Cierto es que andamos errantes sin hallar reposo en parte alguna;
pero como no sentimos el cansancio, no echamos de menos ni las casas
de pupilos ni los grandes hoteles.
Aquéllas las vimos sin envidia y éstos los vemos con lástima. Tú, lec
tor, es posible que los veas con asombro y hasta que pongas en duda mi
veracidad, creyéndome por lo menos exagerado, pero suceda lo que quiera,
yo no puedo dejar de hablarte del Gran Hotel Transatlántico, so pena de
dar al olvido la mitad de Madrid y la mitad de su población.
Si España está orgullosa desde que en su capital se ha establecido
ese Gran Hotel.su orgullo es muy fundado. En todo el mundo no hay más
que tres naciones que puedan hacer otro tanto. Gracias á ese hotel, Es
paña está considerada como potencia de primer orden, y esto es algo y
aun algos. Es tanto, que Italia tiene celos y no flojos, porque ella, que aun
cuando estaba fraccionada y dividida, marchó siempre á la cabeza de
todos los pueblos del mundo en materias culinarias, no puede hoy hacer
alarde de un hotel como el de la Unidad Transatlántica.
Figúrate, lector, lo que será esta gran fonda, que aun diciéndote que
sus vastas dependencias ocupan una área de dos millones setecientos
ochenta mil cuatrocientos ochenta pies y que hay dentro del edificio
cuatro jardines, doce patios y una huerta, me parece, y es la verdad, que
no te he dado idea de su verdadera grandeza.
Y si te añado que hay dos teatros, un circo, una plaza de toros y una
gran rotonda de cristal para la exposición permanente de objetos de la
industria, tampoco quedo satisfecho.
Todavía me parece que no he acertado á explicarte la grandiosidad
de este edificio, que ha venido á arrinconar todas las antiguas maravillas
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ANTONIO FLORES
del mundo, incluso el monasterio del Escorial, que aún está en pie, y que
al lado del Hotel Transatlántico parece un edificio grande sí, pero no ex
traordinario.
Para que puedas formarte una idea, aproximada al menos, de lo que
es esta gran casa de huespedes, me parece preferible extractar las princi
pales páginas de la Guía del forastero en el Gran Hotel de la Unidad
Transatlántica, libro curioso de ochenta páginas en octavo mayor, ilus
trado con cincuenta láminas y diez y ocho planos, que se vende á los
alrededores del hotel.
Pasaré de largo las noticias históricas acerca del origen y fundación
de la casa, en las cuales se explican las razones de fraternidad internacio
nal que movieron á los primeros capitalistas franceses á establecer esos
grandes hoteles en varios puntos de Europa, y sólo diré que la 'pupilera
de esa gran casa de huéspedes es una gran Compañía anónima, que re
presenta un capital efectivo de dos mil millones de francos, que tiene
accionistas en todos los pueblos del globo, que cotiza sus acciones en
todas las grandes Bolsas del mundo, y por último, que tiene en todas las
capitales de Europa, de Asia y de América y en algunos pueblos del cen
tro de Africa representantes de la Compañía, que llevan el título de en
cargados de negocios ó el de agentes industriales, según la importancia
de la población en que residen.
Estos empleados, que no tienen sueldo fijo, sino que llevan un interés
en la empresa ó perciben un tanto por ciento sobre el valor de los nego
cios que por su conducto realiza la casa, forman un verdadero cuerpo
diplomático, que escribe notas, que da banquetes, que entabla negocia
ciones, que alza empréstitos y celebra tratados de comercio.
Las obligaciones de estos altos funcionarios, que antiguamente se ha
brían llamado corresponsales de la Compañía, son de muy difícil desem
peño, no tanto en la parte consular, que consiste en proveer al Gran Hotel
de todos los vinos, quesos, carnes y demás productos indígenas del país
cerca del cual están acreditados, sino en la diplomática, que exige mayo
res y más difíciles trabajos.
El representante del Gran Hotel de la Unidad Transatlántica debe
mantener relaciones con todos los mayordomos y criadros mayores de las
casas, inclusos los del jefe del Estado en que viven, para saber con la an
ticipación conveniente los viajes que se proyectan y la clase de las perso
nas que tratan de visitar la capital de España. A fin de adquirir estas
noticias recomienda la Compañía á sus encargados de negocios los ban
quetes, las recepciones y aun los regalos; y para trasladarlas á la junta
directiva del hotel, las notas diplomáticas ó los despachos urgentes.
De manera, lector, que por esto que te digo comprenderás la diferen-
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cia que hay entre este personaje, que vive casi en un palacio, con la ban
dera nacional sobre la puerta y el rótulo que dice: Delegación del Gran
Hotel de la Unidad Transatlántica, Madrid, y el antiguo mozo de cuer
da, que al cargar el baúl del viajero se atrevía á decirle, si se lo pregun
taba, que la mejor casa de pupilos era la de la Navarra ó la Vizcaína.
Pues tan lejos como han ido en este sistema de buscar parroquianos,
han llegado en el de recibirlos y agasajarlos.
Si un príncipe extranjero ú otra persona que no lo sea y quiera pagar
como tal, avisa con tiempo su llegada, se halla con que en el carruaje que
sale á recibirlo, en las cortinas de su habitación, en los muebles, en la
vajilla y en la librea de los criados están los colores y las armas de su
casa. Si es chino, su servidumbre le habla el idioma del Celeste Imperio;
si es árabe, también halla quien le entienda, y en suma, no echa nada de
menos, porque, como dice la Guía, se hablan en el hotel ochenta y dos
idiomas vivos y en la cocina se guisa de otras tantas maneras. Y claro
está que si el encargado de negocios ha dicho en su nota reservada que
el huésped tiene tal ó cual afición, por extravagante que sea, al momento
la ve satisfecha.
Esto en cuanto á los huéspedes de alto bordo, que viven dentro de ese
gran edificio con más independencia que pudieran hacerlo en sus propios
palacios; los demás alojados, los que forman la verdadera mayoría del
hotel y para quienes principalmente está hecha la Guía, éstos ya viven
de otra manera
Para ellos son las dos mil celdas de 1.a, 2.a, 3.a, 4.a, 5.a ó 6.a clase,
según el número de piezas que pidan y el piso en que éstas se hallen;
para ellos es el gran comedor de primera clase donde caben quinientas
personas, ó el de segunda donde pueden estar otras quinientas, ó el de
tercera que tiene plaza para mil. Con ellos se contaba al establecer los
cincuenta y ocho salones públicos que además de los teatros y de la sala
de conciertos hay en la fonda y de los cuales da una minuciosa relación
la Guía.
Los principales son los siguientes, y es la Guía la que habla:
«Salón de descanso intelectual, en el cual se encuentran toda clase de
aparatos gimnásticos de agilidad y de fuerza, para que los huéspedes
puedan sudar la gota gorda, restableciendo el equilibrio entre el espíritu
y la materia.
)>Salón de descanso corporal. En esta dependencia, que es una de las
que más justamente honran al establecimiento, sucede todo lo contrario
que en la anterior. Mientras el cuerpo está tan muellemente arrullado
que puede quedar materialmente dormido en cinco minutos, una porción
de visiones terroríficas que se van representando en las paredes, gritos
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ANTONIO FLORES
inarticulados que se oyen por todas partes y otros varios sucesos que
hablan á los sentidos excitan de tal modo el cerebro que no le permiten
el menor descanso.
l>Salón de duelos y quebrantos. No sólo para los hue'spedes del hotel,
que pueden de repente perder algún individuo de sus familias, sino para
los demás vecinos de la ciudad que por falta de local se ven privados de
llorar como es debido la pérdida de sus parientes ó cualquier otro suceso
igualmente triste, como el resultado de una quiebra, etc., etc., la Unidad
Transatlántica tiene un gran salón, que es sin disputa, no ya el mejor, sino
el único de su clase en todos los hoteles del mundo ilustrado. Se alquila
con servidumbre dolorida, garantizando que ésta no hará un solo ademán
ni un gesto impropio de la situación, por semanas, días, horas ó como se
pida. Tiene entrada directa desde la calle por un pequeño parque planta
do de cipreses. Se colocan todos los adornos, alegorías y demás que so
pida; aunque lo que está probado que hace el dolor más serio es la poca
luz y el absoluto silencio. Esto último también se garantiza; si lo piden
los interesados no se oye nada más que los sollozos que remedan los
muelles de los divanes cada vez que las gentes del duelo se mueven sobre
sus asientos.
»Salón de bodas, festines y toda clase de enhorabuenas. Esta depen
dencia no deja nada que desear bajo ningún concepto. El padre de fami
lia que viviendo en una modesta medianía quiere, sin embargo, á su hija
tanto como el banquero á la suya, puede el día de su boda reirse de las
injustas desigualdades de la fortuna. Sacrificando una pequeña cantidad
logra dar un baile ó una comida en salones de tanto lujo y tal magnifi
cencia, que nadie, á no ser un príncipe, podría competir con él.
»Tanto para estas solemnidades como para las de los duelos, el esta
blecimiento se encarga de imprimir las esquelas de convite y de anun
ciarlo, si se desea, en todos los trescientos noventa y ocho periódicos que
se publican en Madrid.»
Además de estos salones generales, entre los cuales están los de baile,
música, lectura y el de transacciones, que se alquila también al público,
como campo neutral, para tratar en él negocios de Bolsa ó de familia,
hay una infinidad de saloncitos que corresponden á los cuartos de alto
precio.
Pero tanto en éstos como en los otros hay una independencia abso
luta y una tranquilidad completa.
Mientras el huésped paga su cuarto ó el forastero usa el salón alqui
lado, ambos son dueños de hacer en ellos cuanto les acomode, en la segu
ridad de que nadie ha de interrumpirlos. Y no se diga que es por falta de
puntualidad en el servicio, porque las calles del interior del hotel, esto es,
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los claustros en que están las celdas, se hallan tan vigiladas como los
barrios de la población, no sólo de día, sino de noche, por las rondas del
establecimiento.
Dos veces al día se publica dentro del hotel un periódico que se titu
la Eco matutino ó Eco vespertino de la Unidad Transatlántica, en cuyo
artículo de fondo se inserta la lista, comentada, de los platos y vinos
que se han de servir en las mesas redondas al almuerzo ó á la comida;
en los sueltos se anuncian las novedades gastronómicas ó confortables
introducidas en el servicio; en el folletín se cuentan las anécdotas, chas
carrillos y demás crónicas escandalosas de los huéspedes, previo el per
miso de éstos, y en el boletín de espectáculos se anuncian los de la casa
y los nombres de los recién llegados, si ellos lo desean.
Este periódico tiene dos mil suscriptores fijos, porque no sólo es obli
gatorio para todos los huéspedes, sino que cuando hay algún aposento
desocupado corre la suscripción á cargo del primero que viene á ocupar
le ; el cual recibe al llegar todos los números atrasados, porque se repar
ten por medio de una ingeniosa rueda mecánica: ésta los deja en las ha
bitaciones, sin meterse á averiguar si están llenas ó vacías. Por supuesto
que la clase de papel en que va tirado cada ejemplar marca la categoría
del huésped, y esto mismo se hace con las cuentas y demás documentos
que pasa el establecimiento; preceptos de la etiqueta que no sólo es justo
observar por consideración á los huéspedes, sino porque simplifican el
servicio y facilitan la contabilidad: de cuyo artificio voy á decirte, lector,
dos palabras, aunque para ello me salga del texto de la Guía, que es muy
parco en este punto.
Voy á enseñarte el corazón de esemegaterio délas casas de huéspedes,
leviatán de las pupileras y monstruo de la industria hospitalaria, para
que viendo el aparato circulatorio de la sangre que anima sus arterias,
comprendas el mecanismo de todos sus movimientos y admires la simpli
ficación de su contabilidad.
En el centro del edificio hay una gran rotonda subterránea, donde se
halla establecido el escritorio ú oficinas de la casa, servido por doce damas
jóvenes y una señora de alguna más edad, que ocupa lo que en otros tiem
pos se habría llamado presidencia y ahora se conoce con el nombre de
condensación universal.
Las doce grandes puertas anteriores del hotel y los doce distritos en que
se halla dividido están en comunicación con cada una de las doce mesas ó
escritorios, y las jóvenes no tienen otra cosa que hacer sino consignar en
el libro que llevan al efecto todas las vicisitudes de su demarcación,
bien sea en entrada ó salida de viajeros ó de bultos, peso de unos y de
otros, consumo de los primeros en toda clase de cosas, como por ejemplo,
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ANTONIO FLORES
en comida, bebida, recreos, vanidades, etc.; abriendo á cada huésped y
á cada bulto una cuenta corriente, y haciendo lo propio con los depen
dientes de la casa y con los objetos muebles é inmuebles que están á su
cargo.
La mesa condensadora, la que por su situación parece mesa presiden
cial, no hace otra cosa que recibir y anotar en el gran libro que ha de
presentarse al consejo de administración y al congreso general de los
accionistas los datos definitivos de cada departamento.
Pero en este escritorio no se habla ni una sola palabra, sino que todo
se transmite telegráficamente; de manera que, unidas las vibraciones de
la comunicación de las mesas entre sí á la que producen los alambres
que vienen del exterior, se siente allí una atmósfera nerviosa que difícil
mente puede resistirse más de ocho horas seguidas. Por eso se relevan
de vez en cuando las encargadas de la contabilidad y el servicio se hace
sin interrupción de día y de noche; siendo de lamentar que aun á pesar
de estas y otras precauciones que con una sabiduría y una caridad dig
nas de elogio ha tomado el consejo de administración, raro es el año que
los padrones de la Estadística no registran doscientas cincuenta ó tres
cientas jóvenes atacadas del baile de San Vito en el subterráneo del
hotel. Pero la exactitud y la precisión de la contabilidad son verdadera
mente maravillosas y la moralidad de los dependientes del establecimien
to inmejorable. En este último punto están previstos todos los fraudes
que pueden imaginarse.
No sirve que el jefe de la cocina diga que ha consumido mil ó dos mil
metros cúbicos de calórico, sino que, entre otras confrontaciones que
pueden hacerse de la veracidad de su aserto, está el piròmetro que marca
por minutos la temperatura que ha habido en cada fogón y en cada hor
nilla y que la participa al escritorio por la dilatación de un hilo metálico.
De nada les valdría á los proveedores del establecimiento decir que traían
tantos ó cuantos kilogramos do carne ó do verdura, porque todo el que
entra y sale por cualquiera de las puertas del establecimiento acusa su
peso en el acto de pisar el dintel, se sabe en el subterráneo con toda
exactitud lo que pesaba el mozo al ir á la compra y lo que pesa cuando
vuelve con ella; y la diferencia es....Ya tú me entiendes, lector. Imposible
la sisa.
De este registro de puertas que, como he dicho, se aplica á todo lo que
entra y sale en el hotel, se han hecho algunas aplicaciones curiosas para
la estadística; y en el Anuario del año último, porque el de éste aún no
se ha repartido, se lee lo siguiente:
Peso medio de los huéspedes del Gran Hotel de la Unidad Transatlán
tica al llegar al establecimiento.
AYER, HOY Y MAÑANA
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Idem al salir, 'permaneciendo por lo menos un mes con el buen ré
gimen de alimentación de la casa....
Esa intervención mecánica, ese espionaje mudo que garantiza á la
Compañía la moralidad, la buena fe y la conciencia de todos sus depen
dientes, se aplica tambie'n á los hue'spedes, sobre todo á los que piden
servicio mecánico y podrían, sin esa intervención, abusar de los elemen
tos que sin testigos de ninguna clase se ponen á su disposición.
Con este sistema, que permite decir á esta generación, no que las pa
redes oyen, como se decía en 1800, sino que las paredes hablan, y gracias
á esa musculatura sensiblemente nerviosa que se oculta en las paredes
y en los pisos del Gran Hotel, el escritorio del subterráneo es un cronó
metro infalible que marca todo el movimiento de la casa, llevando al mi
nuto, al maravedí y al pelo cuentas corrientes á la máquina, al viajero
y á las mercancías.
Con este sistema no hay golosina posible. Nadie come una chuleta ni
bebe una copa de vino sin que lo sepan al momento las inquisidoras don
cellas de la Unidad Transatlántica.
¡Ay, bienaventuradas bodas de Camacho el rico!, me parece que oigo
exclamar á alguno de los lectores, donde no contento el cocinero con
darle á Sancho Panza por vía de espuma tres gallinas y dos gansos, aún
le dijo que se guardara el caldero con que las hubo sacado.
Aquí no sólo es difícil espumar sin que lo sepa el dueño anónimo de
la espuma, sino que ni siquiera las sobras de los refectorios se dan por
amor de Dios, como se daba la bazofia á la puerta de los conventos.
Aquí todo se da con su cuenta y razón, porque la cuenta y razón es
la razón social de estas gentes de mañana, como irás viendo, lector, en
el curso de esta obra.
C U A D R O XIV
P E R D I D O P O R MIL, P E R D I D O P O R M IL Y Q U IN I E N T A S
Créeme, lector, que si no hubiera tenido precisión absoluta de escribir
este cuadro, te habría ahorrado la pena de leer el anterior,
Y como tú no estabas enterado de esto, Dios sabe lo que habrás pen
sado y los malos juicios que de mí habrás hecho, riéndote cuando menos
al verme con la servilleta al hombro para enterarte al pormenor de los
secretos de un hotel. Pero harto mejor es que te hayas burlado de mí por
el cuadro anterior, que no que dejaras de entender el presente.
A fe que si de buenas á primeras, y sin explicarte lo que es el Gran
Hotel de la Unidad Transatlántica, te hubiera dicho que Venancio, des
pués de llevar veinticinco días hospedado en el establecimiento, no ha
bía sabido encontrar su cuarto al regresar de casa de Safo, te habrías
reído de él y de mí, creyéndonos tan torpe al uno por perderse como
tonto al otro por disculpar su pérdida. Ahora ya serás más indulgente
con él y conmigo, y hasta darás crédito á mis palabras, que Dios sabe si
de otro modo te habrías burlado de ellas; lo cual sería una injusticia,
porque yo no hago nada más que contar las cosas que pasan, y la pérdida
de Venancio pasó del modo siguiente:
Como el amor, que al ir á casa de Safo no le cabía en el pecho, en vez
de haber menguado había crecido, tuvo precisión de alojar en la cabeza
la parte que se le salía del pecho, y entre las cosas que tuvo que arrojar
del cerebro por las ventanas del olvido, se hallaba el número del cuarto
AYKB. HOY Y MAXAXA
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que ocupaba en el hotel; lo cual era mucho peor que perder la partida
de bautismo y casi tan grave como hallarse en tierra extranjera sin cono
cer el idioma. En el Hotel de la Unidad Transatlántica no hay más nom
bres ni más apellidos para las personas que colores y números. En cuatro
clases de los primeros y cuatro órdenes de los segundos se comprenden
todos los bultos animados ó inanimados del establecimiento. Para el via
jero hay una numeración desde el uno al dos mil, que en la ropa que lleva
puesta, si lo desea, en los bultos de su equipaje, sobre la puerta de su apo
sento, en la cama y en todos los muebles de su uso se le graba con tinta
amarilla, la cual se convierte en oro para los huéspedes de las dos prime
ras categorías. Los criados de ambos sexos llevan en su ropa y en una
chapa al brazo un número encarnado; para las máquinas y utensilios de
cocina, repostería, mueblaje desalones, teatros,etc., hay una numeración
negra, y por último, los animales domésticos inviolables y los que dia
riamente dan su sangre para engruesar la de los huéspedes, tienen un
número verde. Así en el subterráneo de que hemos hablado en el capítulo
anterior no se oye jamás un nombre propio de cosa ni de persona, y si
el pensamiento eléctrico no fuera tan silencioso como invisible, lo que allí
se escucharía sería lo que aparece estampado en los libros:
Dos chuletas al 30 D. (dorado).—Se ha roto una pata el 5.500 N. (ne
gro).—Quedan degollados el 81, el 24 y el 101 al 200 V. (verdes).—Despe
didos el 329 y el 2.040 E. (encarnados).—La cuenta al 1.820 A. (amarillo).
—Guantes al 13 A.—Baja por enfermo el 18 Y.—Muerto el 63 A.— Un
bozal al 38 V.—Dos raciones de vista al 897 A., etc., etc.
Este método de contabilidad, sumamente sencillo para la administra
ción del hotel, tiene graves inconvenientes para los huéspedes que, como
Venancio, consideran indecoroso el dejarse marcar la ropa con el número
del cuarto y hasta llevar en el bolsillo ó colgada al cuello la medalla de
plata, de bronce ó de plomo, según la categoría que les dan al entrar allí.
Pero los que no tienen semejante escrúpulo, por muy desmemoriados que
sean sacan su medalla y pronto se acuerdan del número que tienen.
No pudo hacerlo así Venancio, cuando al llegar al hotel pensó en que
se le había olvidado el número de su aposento, y como entró en el estable
cimiento por una puerta distinta á la que constantemente le había servido
de entrada y salida desde que vivía allí, empezó á dar vueltas y más
vueltas por aquellas inmensas galerías sin acertar á hallar lo que buscaba.
Y cuando rendido de andar se sentó en uno de los jardines para refrescar
su memoria, se le acercó el cobrador de las sillas pidiendo que le pagara
la que ocupaba.
—Soy de la casa—contestó Venancio.
—¿Cómo os numeráis?—dijo el cobrador sacando su lápiz y cartera.
124
AXTONIO FLORES
—No me acuerdo—repuso Venancio.
—¿Que no os acordáis?—exclamó el cobrador sorprendido.—¿Y no tenéis
ninguna prenda marcada?
—No tengo ninguna.
—Pues en ese caso no puedo abonaros el asiento en cuenta corriente.
Pagadme ó seguid andando. ¿Pero ni siquiera os acordáis del número de
vuestro criado ó del de vuestra máquina si os servís por la mecánica?
—No me acuerdo de nada—dijo Venancio con acento de mal humor.
—¿Pero bien sabréis cómo os llamáis?—replicó el cobrador.
—Ya se ve que lo sé. Me llamo Venancio Almendruco.
—¡Pues tenéis más que llegar á una de las puertas y preguntando en
el registro por vos mismo os dirán el número que tenéis y la calle del
hotel en que vivís!
Este consejo del cobrador de sillas avergonzó de tal manera á Venan
cio, que renegando del amor que á tal extremo le había embrutecido que
no le permitía buscarse á sí mismo, se levantó de la silla, y sin detenerse
á dar gracias á su arcángel Rafael, tomó el camino de una de las puertas
que no le costó poco trabajo hallar, y allí averiguó que se llamaba ó se
numeraba, como decía el cobrador, el 1.684 y que su cuarto estaba en la
calle H, al piso 4.° del distrito 9. Tomó una cerilla eléctrica que la portera
le cargó en cuenta, y como precisamente su cuarto estaba al extremo
opuesto de la puerta en que había adquirido las noticias, tuvo que atra
vesar todo el establecimiento para llegar á su habitación. Indudablemen
te que el estado de su espíritu disculpaba el trastorno que acababa de su
frir, y no ya su corazón, sino su cabeza, era presa del amor que sentía
hacia Safo. Amor que, á decir verdad, si había tenido razón de ser, no la
tenía para seguir siendo después de todo lo ocurrido; pero que á semejan
za de los incendios reconcentrados y ocultos, que cuando buscan el aire
ya no hay agua que apague la combustión, ardía con todo vigor sin hallar
una mano amiga que lo templara.
Venancio tenía algunos intervalos de juicio y echaba de menos en ellos
el cariño de una pupilera que, impaciente por su tardanza, hubiese estado
al balcón para verle venir y preguntarle qué tenía, que le parecía un poco
ojeroso y arrebatado, y aun para decirle que tuviera resignación, que
antes que todo era su tranquilidad; pero en vez de echarle de menos, se
había hallado de más en la fonda, y el criado de su departamento ni si
quiera le dió las buenas noches al verle entrar allí. Cuando no llamaba
era señal de que no tenía necesidad de nada, y lo único que hizo fué dar
luz al cuarto, tirando del botón de la chispa eléctrica al abrir la puerta.
El joven extremeño se tendió en una butaca para arrullar más cómo
damente su amor, repasando en su imaginación todas los sucesos del día,
AYER, HOY Y MAÑANA
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desde los cuarenta reales de la bofetada y la falsificación de su retrato y
manera con que entendía los deberes de la maternidad la madre de Safo,
hasta las relaciones platónicas y espiritistas de ésta con Felipe II; y en
honor á la verdad tuvo momentos de excelente buen juicio, en que, dis
curriendo casi á solas con la cabeza, estuvo á punto de levantar el campo;
pero los ojos de Safo le salían al encuentro por todas partes y la pasión
ardía como una yesca. Una madre, un amigo, una patrona de huéspedes,
si otra cosa mejor no podía ser, era lo único que podía sacarle déla an
gustiosa situación en que se encontraba, y así lo pensaba Venancio; lo cual
era un indicio seguro de que su mal no era incurable, porque la desespe
ración no busca remedios, cuando abrieron la puerta de su cuarto y entró
allí un hombre diciendo:
—¿Vamos?
—¿Adonde?—preguntó Venancio, reconociendo en el recién venido al
fabricante de agua de Colonia.
—Al club. ¿Os habéis olvidado de que quedamos en ir juntos?
—Es verdad—repuso Venancio con distracción.
Y recordando que yendo á esa sociedad podría iniciarse en los miste
rios de la ciencia de que parecía profesora Safo, añadió:
—Cuando gustéis.
—Aquí os traigo la patente—repuso el fabricante.
Y le entregó una tarjeta en la que se leía lo siguiente:
Intuición.—Audición.—Visión.—Club de los espiritistas medianímicos.—Patente de espíritus forasteros, á favor del número 1.684 del Gran
Hotel de la Unidad Transatlántica, presentado por el socio 930, médium
45 de tercera f uerza.
—Mucho me hubiera alegrado—dijo Venancio pasando la vista por la
tarjeta—de haber tenido esta patente un momento antes.
—¿Por qué?—le preguntó el fabricante.
—Porque he estado á punto de dormir en la calle.
—¿Pues cómo?
—Por una cosa muy sencilla; porque se me había olvidado el número
de mi cuarto, y estaba tan aturdido que á no ser por un dependiente del
hotel que me lo ha aconsejado, no me hubiese ocurrido preguntar en el
registro de las puertas de entrada. Y vos ¿cómo os habéis arreglado para
saber mi número? ¡Me parece que no os lo dije!
El fabricante se sonrió con cierto aire de orgullo y dijo:
—A ningún espiritista le preguntéis cómo sabe las cosas.
—Pues qué, ¿me haréis creer que lo habéis adivinado?
—Yo no os haré creer nada—repuso el fabricante;—pero me extraña
mucho que siendo medianímico dudéis de la doble vista.
126
ANTONIO FLORES
Tuvo Venancio impulsos de confesar con franqueza al fabricante la
absoluta ignorancia en que estaba de toda la jerga medianímica;pero pensó
en su amor, y temiendo que no le iniciaran en los secretos de una ciencia
que podría darle las llaves del corazón de Safo, se limitó á decir:
—Yo no dudo de la doble vista; pero como soy espiritista de lugar y
en el mío están tan atrasados en esta materia, ignoro muchas cosas que
confío y deseo aprender á vuestro lado.
—Con mucho gusto, y puedo aseguraros que seréis muy bien recibido
en el club, porque una de nuestras primeras obligaciones es la de difundir
esta gran doctrina, para que una vez espiritualizada la humanidad se
acaben los funestos errores del grosero materialismo.
—¿Y creéis que el espiritismo disipará esos errores, haciendo que el
corazón recobre el imperio que le ha usurpado la cabeza?
—¿Qué decís?—preguntó con asombro el fabricante.—¿De qué corazón
habláis? ¿De esa entraña que tenemos en el pecho destinada únicamente al
ejercicio material de circular la sangre? El espiritismo no tiene nada que
hacer con el cuerpo; el espiritismo vive en la cabeza.
Venancio sintió que se le iba la suya, y haciendo un nuevo esfuerzo,
superior á todos los que había hecho hasta entonces, dijo:
—Pues señor, veo que estoy muy atrasado y espero seáis indulgente
conmigo, pues os repito que ló que he aprendido en el lugar no vale nada.
—¿Pues no me dijisteis que había sesiones espiritistas?
—Sí que las hay, pero muy mal hechas.
—¿No hay allí ningún médium intuitivo?
—Allí no hay nada de eso.
—Serán parlantes; eso vale poco.
—¡Si os digo que estamos muy atrasados!
—Pues señor, parece imposible—replicó el fabricante;—pero me alegro
oiros y es preciso que deis cuenta en el club de todo lo que allí pasa, para
que el círculo encargado de la propaganda en provincias vea de poner
remedio. Siempre he tenido yo sospechas de que este punto estaba muy
abandonado.
—Yo quisiera—dijo Venancio asustado con la idea de tener que hablar
en el club de lo que no entendía nada—que si no tenéis inconveniente
en ello, me dispenséis por esta noche el dar explicaciones de lo que pasa
en mi pueblo.
—Como gustéis;pero eso me prueba que estáis más atrasado délo que
decís. Apostaría á que aún andáis con los veladores parlantes á vueltas.
—Casi, casi—dijo Venancio sonriendo.
—¡Qué atraso, Dios mío, qué atraso! - exclamó el fabricante.—Pues
temo mucho que apenas entenderéis nada de lo que vais á ver esta noche.
AYER, HOY Y MAÑANA
127
—Es muy posible.
—¡Si lo estoy diciendo y no quieren creerme! El otro día vino un joven
de una de las ciudades de Galicia, ¿y de qué creéis que nos habló como si
fuera una gran novedad? Del magnetismo animal; pero no del magnetismo
sonámbulo, sino simplemente del magnetismo; esto es, de la acumulación
del fluido á fuerza de friegas groseras para hacer dormir á una persona.
— Pues haced cuenta—dijo Venancio—que poco más ó menos está en
mi lugar.
—¡Qué atrocidad!—exclamó el fabricante.—Vaya, vaya, es preciso ilus
traros sin perder tiempo. Vamos al club.
Y cuando Venancio se disponía á salir de su cuarto, entró en él una
carta que lanzada como una flecha vino á caer sobre una bandeja que
había en la mesa de escribir.
El joven extremeño la recogió, y reparando en la letra del sobre, dijo:
—Es de mi madre; si me permitís un momento....
— Con mucho gusto—repuso el fabricante.
Y sacando del bolsillo un librito que se titulaba Conferencias noc
turnas del cementerio israelita de Nueva York, se puso á leer la se
sión 99, que trataba de los intereses acumulados al interés fijo y com
puesto de los capitales empleados en la contrata de suministros A los
ejércitos católicos de Europa; revelaciones directas ele un banquero,
mientras Venancio leía en voz baja lo siguiente:
«Hijo de mi corazón: si los trabajos que traes entre manos para alcan
zar la diputación te han de quitar el tiempo para escribirme, renuncia á
todo y vuélvete á mi lado. Dios que me da fuerzas para resistir el dolor
de tu ausencia, no me permite soportar la falta de tus cartas. Creo que
estás bueno, porque me lo dice el telégrafo, pero no veo tu letra y esto
me desespera. La última vez que me escribiste, hoy hace ocho días, lo hi
ciste tan á la ligera, que no me decías nada de lo que tanto me importa
saber. ¿Será que los encantos y los atractivos de esa ciudad que tan minu
ciosamente me explicabas en tus primeras cartas te hagan olvidar el
humilde hogar de la familia y el amoroso cariño de tu madre?
»No quiero pensarlo así, por más que este señor beneficiado que cono
ció en sus mocedades la corte se sonreía de una manera que me hace
estremecer.
»No olvides, hijo de mi alma, los consejos que te di al separarte de
mí y los que basados en una dolorosa experiencia te dió nuestro buen
amigo el anciano general Talavera. Las mujeres te fingirán grandes pa
siones, te dirán que te aman con todo su corazón y estarán calculando
con la cabeza si les conviene engañarte. Los hombres te buscarán con
mil engaños para ser tus amigos y te meterán en su corazón con el firme
128
ANTONIO FLORES
propósito de perderte. Esto no es decir, hijo mío, que no haya algunas
mujeres buenas y algunos amigos leales, pero es muy difícil hallar las
unas y saber distinguir los otros. Trata con todos y no intimes con nadie.
No frecuentes los cafés ni los casinos, que como lugares de ociosidad son
semilleros de vicios, y sobre todo huye de las sociedades secretas y de los
clubs, donde, según aquí se dice, se reúnen los hombres que tienen pacto
con el diablo. En fin, hijoYnío, no olvides la educación cristiana que has
recibido; vive en el santo temor de Dios, y piensa siempre en tu madre, que
te ama con todo su corazón y toda su alma.—Ruperta.»
«¡Pobre madre mía!—dijo para sí Venancio, arrasados en lágrimas los
ojos.—¡Siempre tan cariñosa y tan buena! Pero no sabe la infeliz cuánto
daría yo porque las mujeres de ahora fueran tan malas como las que co
noció el general en sus alojamientos. Le asusta que yo viva entre unas
gentes que tienen el corazón viciado. ¡Qué diría si supiera que no tienen
corazón, ni se acuerdan dónde lo tenían sus padres! Es posible que si esta
carta se perdiera, la insertara el Boletín de antigüedades como un do
cumento curioso de sabe Dios qué siglo.»
Con esto quedó pensativo el joven extremeño hasta que el fabricante
le dijo:
—Si habéis acabado, estoy á vuestra disposición.
—Vamos—contestó Venancio.
Y aunque en el acto de salir recordó los consejos de su madre, pareciéndole que era un aviso providencial la prohibición que le hacía de
asistir á los clubs, no tuvo valor para excusarse con el fabricante, y por
otra parte creía que la verdadera manera de huir los peligros era cono
cerlos á fondo. También el amor le impulsaba á correr al club, donde iba
á aprender alguna cosa que pudiera servirle para ganar el afecto de Safo,
y ya que por ella se había perdido en los claustros del hotel, por ella se
perdería gustoso en los callejones y encrucijadas del espiritismo.
Perdido por mil, perdido por mil y quinientas.
C U A D R O XV
E L C L U B D E LOS E S P IR IT IS T A S M ED IA N ÍM ICO S
Ahora sí que te digo, lector, que tanto me da que fijes tu atención en
este cuadro, como que le veas de prisa y corriendo ó le pases en blanco;
porque si no tienes fe en lo que voy á decirte y vienes cargado de incre
dulidad á discutir lo que aquí pasa, es tiempo perdido. .
Para que este cuadro aproveche, es preciso creerlo todo sin preguntar
el porqué de nada.
Por muy ilustrado que seas, y quiero creer que lo eres muchísimo,
espero que no tendrás la pretensión de quererlo ser más que el fabrican
te de agua de Colonia y sus mil quinientos sesenta consocios espiritistas,
los cuales creen á ojos cerrados en todo lo que aquí pasa.
Y no son ellos los únicos creyentes, sino que la inmensa mayoría de
los habitantes de Madrid creen del mismo modo en todos los milagros y
prodigios del espiritismo. Si no fuera así no podrían sostenerse La (Lace
ta de los espíritus, El Boletín espiritista, Los anales del espiritismo y
los demás periódicos que se publican en Madrid, en número de doce dia
rios, dando cuatro de ellos tres ediciones al día y seis semanales. ¡Ni
quién había de costear las veintitrés ediciones que en cinco semanas se
han agotado del Gran Diccionario de las revelaciones espiritistas, que
forma dos volúmenes en folio de 1.500 páginas cada uno, si no hubiera
casi tantos creyentes como vecinos!
¿Te acuerdas, lector, de lo que decía el fabricante de agua de Colonia
T omo I I I
9
130
ANTONIO FLORES
al enseñar á Venancio la rotonda aromatizadora de su fábrica? Pues tan
necesario como era al rico industrial pasar su cuerpo á través del perfu
me del agua de Colonia para no ir á su casa impregnado del carbón de
piedra que respiraba todo el día en su fábrica, le es atravesar su alma
por la atmósfera espiritista para descargarla un tanto del materialismo
de los negocios.
Y no creas que porque yo soy un espíritu te hablo de este modo, sino
que todas las gentes de esta época te hablarán lo mismo, y acaso con más
entusiasmo que yo, como verás en el cuadro presente.
El edificio en que está situado el club es un verdadero palacio, fabri
cado, no por los espíritus impalpables, que no se ocupan de cosas tan
materiales y groseras, sino por gente de carne y hueso, pagadas á buen
precio por los grandes creyentes de la doctrina espiritista. Tampoco el
lujo y la riqueza y la comodidad que se advierte en todas las partes in
teriores y exteriores de ese alcázar, ni menos la mesa redonda y la gran
cocina y la no menos grande bodega que la sirven con profuso sibaritis
mo, han sido obra de los espíritus, que, exentos de vanidad y de necesida
des, ni lucimos ni nos sentamos ni comemos, sino que todo ha sido dis
puesto por los hombres, que para acordarse de nosotros y para creer en
nuestra existencia han necesitado estar bien comidos, bien bebidos y
bien descansados.
Nosotros, que entramos y salimos á través de un muro de piedra sille
ría, no necesitamos puertas de palo santo ni criados con librea que nos
alcen el tapiz de brocado; como no sentamos el pie en el suelo nos sobran
las alfombras mullidas; y para tendernos en la atmósfera, formando con
ella un todo homogéneo, tampoco necesitamos divanes confortables ni
almohadones de viento.
Todas esas riquezas y esas comodidades quedan al uso del que las ha
de menester, y por eso las tienen para sí el fabricante del agua de Colo
nia y sus consocios de club, que son también industriales y gentes de
negocios, que maltratan de día su cuerpo y el de sus dependientes, para
dar mal de comer á éstos á todas horas y regalarse ellos de noche con
placeres sibaritas en palacios dignos del tiempo de Sardanápalo.
Para llegar á este templo babilónico subieron Venancio y el fabrican
te en un pequeño carruaje, propiedad de este último, que flotaba en el
espacio sobre la puerta del hotel; el cual carruaje consistía en una espe
cie de balancín con dos grandes globos en los extremos; es decir, una de
esas agujas que llevan hoy en el peinado las señoras, pero de un tamaño
proporcionado al peso que habían de llevar por los aires.
Venancio se estremeció, y aun me parece, no quisiera engañarme, que
á espaldas del fabricante se santiguó, cuando un criado del hotel le en-
A Y E R , HOY Y MAÑANA
131
tregó una maroma de seda, por la cual se encaramó hasta subir al coche
y quedar sentado á horcajadas en el balancín. Hizo lo propio el fabricante
por otra maroma, y en el momento que el peso de ambos gravitó sobre
el palo, empezaron á girar con una rapidez tan fabulosa los dos globos,
que vista de lejos aquella rotación, el vehículo semejaba el juego delan
tero de un carro, girando con la velocidad de las aspas de un molino en
día de gran viento.
Á pesar de ser de noche no llevaban farol, porque á la verdad, y sea
esto dicho en honor de estas gentes de m añ an a , era excusado. Es tal la
luz que cuatro focos eléctricos arrojan á través de otros tantos discos de
cristal desde unas altísimas agujas de hierro, que la población se inunda
de luz hasta el punto de haber hecho inútiles los faroles de las calles y
los reverberos de las tiendas. Ciertamente que no es la luz del día, pero
le falta tan poco para serlo, que son disculpables los que pretenden pro
bar que aún le lleva ventajas.
Cuando Venancio se sintió pasar cerca de uno de esos focos de luz se
creyó deslumbrado, y Dios sabe si cual otro Icaro habría caído al suelo
sin la precaución del fabricante, que como hombre experimentado le
aconsejó que echara la clavija desde que empezaron á volar. Y con efec
to, con la clavija, que consiste en un tornillo que sujeta el muslo al ba
lancín, no había peligro de dar la voltereta.
Sin percance alguno é inundados de luz que, como decía el fabricante,
era un excelente augurio para la tensión espiritista, llegaron al club, y
arrojando las maromas ó cables para que los recogieran los porteros del
establecimiento, descendieron al punto.
El uso de las alas del amor había servido mucho á Venancio para
poder resistir este viaje aéreo, yéndose casi á la luna á hacer de vigilante
nocturno; pero no tuvo aliento para contestar á nada de lo que le decía
el fabricante, y cada vez que sentía á su lado el viento frío que producía
otro carruaje que pasaba volando, se santiguaba con un temor tan atrasa
do como el que sienten los que al oir el trueno se acuerdan de que ya ha
caído el rayo.
Pero todo es disculpable, porque un viaje por los aires y sobre todo
hecho tan á la ligera debe de ser un susto continuo para los seres que,
sujetos á las flaquezas de la carne, viven de emociones y sobresaltos. Nos
otros, por el contrario, vivimos en el aire mejor que el pez en el agua,
porque el aire no sólo es nuestro elemento, sino que es una parte de nos
otros mismos.
Luminosa teoría espiritista; nuevo y único artículo de fe de esas gen
tes de mañana , que pienso explicarte en algún otro cuadro. Ahora te en
señaré el club, ó mejor aún, lo que en él está pasando.
132
ANTONIO FLORES
Lo primero que pasa es el tiempo; que es tambíe'n lo primero, lo único
muchas veces, que pasa en las asambleas.
Estoy en esto, acaso nada más que en esto, conforme con el autor de
las dos primeras partes de esta obra.
Pasa el tiempo y no vuelve; lo que vuelve es el hombre.
Pero pasemos de largo por esos pasatiempos que me volverían á hacer
pasar por la gran teoría espiritista, y quiero por ahora pasarla en blanco.
Voy á decirte lo que hacen los socios del club.
Sobre la entrada del gran salón se ve un magnífico frontón de pórfi
do, sostenido por cuatro esqueletos de mármol blanco, y en él, grabado
con caracteres dorados, se lee lo siguiente:
A LAS SOMBRAS ILUSTRES DE SUS ANTEPASADOS
LOS SOCIOS DEL CLUB ESPIRITISTA
G ratitud y fraternidad
Á ambos lados de la portada, dos estatuas con traje de sacerdotisas
druidas tienen escrito en el paño delantero de sus largas vestas las si
guientes seguidillas:
LA DE LA DERECHA
Son las nubes del cielo
los pedestales
de las almas que vienen
á visitarte.
Cuando te mojan
es que los pedestales
se desmoronan.
LA DE LA IZQUIERDA
E l rugir de las olas
es el quejido
de las almas que gimen
en el olvido.
Si el ruido cesa,
es que las pobres almas
duermen la siesta.
Estos versos son una traducción parafrástica, así al menos se lo dijo á
Venancio su acompañante, de dos grandes pensamientos, comunicados
en 1861 por la escritura medianímica en el salón del Monte Tabor en
A YE R , HOY Y MAÑANA
133
París, sirviendo de médium la señorita Huet, hecha por un fabricante de
aleluyas, nieto de un famoso poeta de cajas de fósforos, socio del club.
Venancio tembló de pies á cabeza al ver aquella portada, y tembló
más aún al atravesar el dintel y asomar su vista al gran salón.
Acordóse de repente de su madre, de su familia y muy principalmente
de su tío el canónigo y de lo que éste le había dicho contra los clubs y
los francmasones, y dio dos pasos atrás y aun volvió medio cuerpo para
dar por entero la vuelta al hotel y de allí á su lugar. Pero el fabricante
cogiéndole del brazo le detuvo y le dijo:
— ¿Qué hacéis? Entrad; no os dé vergüenza.
Á Venancio no le daba vergüenza; le daba miedo. No era el rubor lo
que asomaba á sus mejillas, sino que su frente sudaba sangre y sentía
frío glacial en todo su cuerpo.
Pero era tarde para retroceder. El fabricante le empujó suavemente
hacia adelante, y un solo paso bastó para que se hallara dentro de aquel
abismo adonde tanto temía poner su planta después de haber puesto á
medias su vista.
Encomendóse con toda su alma á Dios, pensó en su madre, rezó entre
dientes algunas oraciones, y ya se sintió con fuerzas para desafiar los
peligros que él creía que le aguardaban allí.
Justificada estaba su admiración, y no se le podía acusar de cobarde
por haberse querido retirar de allí, porque no ya ignorando, como él ig
noraba, lo que eran los clubs y los salones espiritistas, pero aun cono
ciendo á fondo unos y otros cualquiera se hubiese asustado más que él
al asomarse por primera vez allí.
Figúrate, lector, que el gran salón de que te hablo es esférico, com
pletamente esférico, y de grandes dimensiones, y que entrar allí hace el
mismo efecto que ver una ardilla dentro de esas jaulas redondas en las
cuales el pobre animal no puede dar un paso sin que su casa dé una
vuelta.
Tal creyó Venancio que le iba á suceder cuando asomó su vista á aquel
mundo por dentro, y le pareció ver que las gentes que allí estaban daban
vueltas, andando tan pronto de pies como de cabeza; pero no tardó en
convencerse de que había sido víctima de una ilusión óptica. Hallábase,
en verdad, dentro de un gran globo de luz vivísima, en el cual bullían
las personas y las ideas, sin que se pudiera adivinar al primer golpe de
vista dónde se apoyaban las unas y de dónde nacían las otras; pero todo
era una ilusión.
Aquel espacio inmenso, al cual he dado el nombre de salón por lla
marle de algún modo, era ni más ni menos que el vacío: sin pavimento,
sin techo y sin paredes; los muebles en el aire, las gentes lo mismo y los
134
ANTONIO FT.ORES
pensamientos bullendo de un lado para otro y brillando en medio de
aquella masa de luz de un modo tal que á Venancio debió parecerle nn
sueño fantástico de Hoffman.
Desde que estaba en Madrid no había podido alcanzar billetes para la
gran sala acústica de los conciertos vocales, y por eso le era más difícil
comprender lo que era aquel nuevo mundo que tenía delante de sus ojos.
Permíteme, lector, materializar un poco este aparato poético con que
los socios del club lian querido dar forma tangible al mundo de los espí
ritus, y si aún no logro que me entiendas, pon de tu parte lo que puedas
para entenderme, que no te pesará hacerlo así.
Es esta gran sala una inmensa bóveda de fábrica, revestida de espe
jos, en cuyo pavimento de acero bruñido se refleja tan vivamente la parte
superior, que no parece sino una bola completa, en la cual no sabe el
mortal que por primera vez la habita si anda por el aire ó si cuando va
á echar un pie hunde su planta en un abismo infinito.
Multitud de máximas espiritistas, de relevaciones sonámbulas y de
consejos de ultratumba están grabados en los espejos y reflejados de
unos en otros aparecen á la vista cien veces repetidos y trastornados, tan
pronto patas arriba como patas abajo. Del mismo modo se ven las gentes
que allí dentro se hallan, y pronto empieza á dar vueltas el entendimiento
trastornándose los sentidos.
El del pobre Venancio resistió mucho tiempo, gracias á que el joven
extremeño cerraba de vez en cuando los ojos para ahuyentar el vértigo
que aquella visión le producía, y después que hubo reflexionado un rato
y acercándose con timidez á reconocer las paredes de aquel extraño apo
sento, que cada vez con más razón le parecía una caverna encantada,
quiso darse cuenta de cómo y por dónde entraba aquella luz sin sombras
que lo inundaba todo como si estuviera dentro de una llama de fuego, y
no pudo.
Hizo ademán de querer hablar al fabricante, y éste le puso la mano en
la boca para que tal cosa no hiciera, y acercándose al oído le dijo muy en
voz baja:
—Aquí no se habla. Evocad el espíritu que gustéis y entreteneos con
él. Yo estoy hablando con Ferreti, uno de los primeros destiladores al
cohólicos del siglo xvi. No me interrumpáis.
—Quisiera salir de aquí—dijo Venancio,—porque se me va la cabeza.
—No hagáis caso; eso sucede á todos el primer día que vienen aquí;
pero echad el tornillo al trípode, no sea que os caigáis y hagáis ruido; y
callad, que pronto iremos á un gabinete de expansión.
Venancio advirtió lo que no había visto hasta en entonces, y era que
estaba sentado en un banquillo de tres pies, sin respaldo, en el cual había
AYER, HOY Y M AÑANA
135
un tornillo de seguridad que cuidó de apretar fiando poco en su cabeza
que ya se le iba marchando, hasta el punto de no permitirle leer por
completo ninguna de las inscripciones que por todas partes le salían al
encuentro.
Tentado estuvo, pero pensó en su madre y en su tío el canónigo y esto
le quitó al punto la tentación; tentado estuvo, digo, por evocar algún es
píritu aunque ignoraba la manera de hacerlo, y así sudando, con el ca
bello erizado, el corazón comprimido y la cabeza enteramente á pájaros,
aguardó á que el fabricante se levantara de su trípode y le dijera muy en
voz baja:
—¿Tenéis algún diálogo pendiente?
—No, señor—se apresuró á decir Venancio.
—Pues venid—repuso el fabricante.
Y cogiéndole del brazo, cruzó con él la inmensa bóveda, en la que
había más de cien socios extáticos, sentados sobre otros tantos trípodes,
sacándole por fin de allí, que fue poco menos que volverle á la vida.
Tal había estado mientras estuvo dentro, que ni siquiera había pen
sado una sola vez en Safo, que era su único pensamiento y acaso el mo
tivo principal de haber ido allí.
Cuando se vió fuera de la rotonda respiró con libertad, y como todo
el que se ha salvado de un gran peligro, quiso volver la cabeza para con
templar el lugar de la catástrofe, y nuevo Lot de la curiosidad no quedó
convertido en estatua de sal, pero leyó lo siguiente, que debió dejarle
hecho carámbano de hielo, grabado sobre la puerta de salida:
Sombras ilustres, que os dignáis venir á esta humilde morada, haced
que la nueva filosofía espiritista llevada por los vientos del cielo á tra
vés de los huracanes del mundo, no pase inadvertida para los que
dudan y anhelan é inquieren y viven sin fe, sin esperanza y sin amor,
porque no se atreven á profundizar los misterios del sepulcro.
—¿Qué osha parecido el antro central?—preguntó el fabricante á Ve
nancio, cuando éste acabó de leer la inscripción.
—Bien, muy bien—respondió el joven, á pesar de haberle parecido
todo muy mal.
—Ese es el lugar especialmente consagrado á la evocación, y por eso
está construido de manera que representa el mundo de los espíritus con
la aproximación material que es posible en estas cosas invisibles; pero las
evocaciones se pueden hacer en todas partes. Aquí hay muchos socios
que no van nunca al antro, porque dicen que les distrae la mucha luz y
hasta se les figura que oyen el eco de aquellos pensamientos tan repeti
dos. Pero es una aprensión.
—Pues yo estaba mareado.
136
ANTONIO FLORES
—Es natural, siendo la primera vez que veis estas cosas. Pero ahora
vamos á un gabinete donde estaremos con mucha comodidad y podréis
charlar cuanto gustéis y aun evocar algún espíritu.
—Muchas gracias—se apresuró á decir Venancio,—lo dejaremos para
otro día. Hoy prefiero, ya que sois tan amable, haceros algunas pre
guntas.
—Os contestaré á todas lo mejor que pueda. Serán las dudas de todos.
Estoy muy acostumbrado á desvanecerlas, y es mi fuerte la predicación.
¡Ya se ve, como soy fabricante de agua de Colonia, y por más que se diga,
hallo tanta analogía entre la teoría de los espíritus y la destilación y el
refinamiento de los espíritus alcohólicos, por eso me gusta predicar y con
vertir!
Y esto diciendo, entraron ambos en un pequeño gabinete sobre cuya
puerta se leía el siguiente rótulo:
LUGAR DE RETIRO Y DE EXPANSIÓN.
____
—
—
CUADRO
XVI
UN D IÁ LO G O L L E N O D E V E R D A D E S QUE PA R E C E N
U N A S A R T A DE M EN TIRA S
— Bien n est brutalement concluant comme un fait, digo yo con
Broussais, cuando alguien tiene dudas acerca de la verdad del espiritis
mo—dijo el fabricante de agua de Colonia, al entrar con Venancio en el
gabinete expansivo.
Y dando á su compañero una palmadita en el hombro, añadió con
aire risueño:
— Sí, amigo mío, Broussais tenía razón: obras son amores y no buenas
razones; permítaseme esta traducción un tanto libre de las notables pa
labras de aquel grande hombre. El espiritismo no necesita que vengan á
defender su causa los grandes oradores del Parlamento. Los incrédulos
que quieran ver para creer, que abran los ojos y miren; la verdad de
nuestra doctrina se patentiza con hechos más que con palabras. Conque
así, amigo, ya podéis preguntarle cuanto gustéis, que á fe que no pienso
economizar las respuestas ni evadirlas con sutilezas ni argucias, sino
que para cada duda os presentaré una demostración matemática. Aquí
todo se reduce á que tres y dos no pueden ser seis, sino que forzosamente
han de ser cinco.
Venancio, que mientras oyó en su pueblo y más aún en Sevilla hablar
de la aparición de los espíritus y de sus revelaciones había creído que todo
ello no era otra cosa que una resurrección que los supersticiosos hacían
138
'
ANTONIO FLORES
de los antiguos duendes, dándoles nueva y más brillante forma, como
hace la moda con todas las ideas y trapos viejos que pone de nuevo
en circulación, estaba aturdido con lo que acababa de ver y le sorpren
día no poco el aplomo y la seguridad con que hablaba el fabricante. Pero
ni aquel gran edificio, construido al parecer sin otro objeto que el de con
sagrarle al culto de la nueva doctrina espiritista, lo cual suponía el con
curso de un gran número de creyentes, ni la demostración matemática
que el fabricante prometía hacerle de la verdad de los hechos espiritistas,
nada hizo vacilar su fe, que la tenía ciega en creer que si el magnetismo,
el sonambulismo, el mesmerismo y el espiritismo no eran otra cosa que
satanismo, como había dicho el reverendo padre Ventura de Raulica en
su celebre carta al autor de La Magia en el siglo XIX, eran también puro
charlanatismo. Así fue que, firme en sus creencias y persuadido de que
no sólo no arriesgaba perderlas, sino que acaso podría desengañar al fa
bricante, le dijo después de haber tomado asiento á su lado en un cofortable diván:
— Ante todo, permitidme que os dé gracias por el favor que me habéis
hecho presentándome en este club y enseñándome un mundo de que
francamente no tenía la menor idea.
— ¿Pues no me dijisteis— interrumpió el fabricante— que en vuestro
pueblo había sesiones de espiritismo?
— Sí. que os lo dije, y es la verdad, no que las hay, sino que las hubo
unas cuantas noches en el teatro.
— ¡En el teatro!— exclamó con cierto aire de indignación el fabricante.
— He ahí lo que nos pierde y lo que aleja de nuestra doctrina á muchas
gentes. El charlatanismo y la especulación. Afortunadamente eso cesará
en cuanto se lleve á cabo la medida adoptada en la última sesión del
Congreso internacional de espiritismo.
Venancio, que no tenía la menor noticia de semejante congreso, miró
asombrado al fabricante y le preguntó en qué parte del mundo celebra
ba sus sesiones ese gran conclave de espíritus.
— En todas partes— contestó el fabricante.— ¿Para qué nos habíamos
de molestar en hacer un viaje, ni cómo era posible que hubiera un salón
donde cupieran todos los espiritistas d$l mundo? ¡Sabéis que el último
Anuario Estadístico da sólo en España seis millones cuatrocientos mil y
pico de espiritistas! Medianímicos, se entiende, que de los sonámbulos,
videntes y más ó menos iniciados en la doctrina pasan de diez millones.
— ¿Y todos asisten á las sesiones?—preguntó Venancio.
— Todos—respondió el fabricante.
— ¡Qué buena ocasión para hacer una leva!— dijo Venancio entre
dientes.
A Y E R , HOY Y M AÑANA
139
Y alzando la voz añadió:
— ¿Pero cómo se celebra ese congreso?
— De una manera muy sencilla. Cada uno délos miembros que toman
parte en las deliberaciones se está quieto en su casa, con cierto recogi
miento, á la hora de antemano convenida para empezar la sesión, y todos
se comunican y hablan entre sí por medio de la inteligencia, como las
demás gentes lo hacen por el telégrafo.
Habíase propuesto Venancio no volver á asombrarse de nada de lo que
oyera, y continuando la conversación comenzada, dijo con toda natura
lidad:
— ¿Y se oyen bien unos á otros á tan largas distancias los miembros
del congreso?
— Con la intervención de los espíritus, perfectamente— respondió con
tranquilidad el fabricante,— porque ellos son los que llevan y traen las pa
labras y los acuerdos de los unos á los otros.
— ¿Y cuando se trata de alguna votación?
— No hay nada más sencillo. El espíritu que evocan los secretarios
sabe cómo piensan todos los miembros y cada uno de por sí, y se hace la
votación de más de veinte millones de personas en menos de quince mi
nutos. Pero yo no sé por qué os extrañáis de este sistema, que es poco más
ó menos el mismo que se usa en los congresos internacionales que no son
espiritistas y en las academias científicas y en las asambleas industriales.
— ¿Qué estáis diciendo?— exclamó Venancio.— ¡Eso sí que no lo sabía!
¿Conque también se queda cada uno en su casa cuando se dice que se
reúne un congreso de soberanos ó de sabios ó de economistas?
— Pues claro es que sí.
— ¿Y cómo se entienden? ¿Cómo se hablan?
— Por medio del telégrafo.
— ¿Y si ocurre que todos hablan á un tiempo?
— Primeramente por este sistema no importaría nada que tal cosa su
cediese, porque no se turbaría el orden, como acontece en las asambleas
de viva voz, y como los discursos resultan escritos, á todos se les enten
derían aun cuando todos telegrafiasen á la vez. Pero no ocurre semejante
cosa, porque el presidente impone silencio por medio de la campanilla
eléctrica, que suena á la vez en todas las partes en que reside algún
miembro del congreso, y del mismo modo concede la palabra, ó la retira
si el orador se sale de la cuestión.
— Serán curiosas las discusiones de un congreso telegráfico— dijo Ve
nancio sonriendo.
— Yo no he sido individuo de ninguno de ellos— repuso el tabicante;—
pero conozco que ofrecen muchas ventajas. En primer lugar, son inútiles
140
ANTONIO FLORES
la mayor parte de las conveniencias parlamentarias, empezando por el
traje y las demás formas de educación y de cortesía, porque como cada
uno habla desde su casa puede estar como mejor le convenga. En segun
do, y esto es importantísimo, cuando era preciso asistir en persona á un
congreso europeo, por más instrucciones que se diesen al representante,
la nación quedaba entregada á la capacidad ó al capricho de un hombre., y
ahora como no se sabe cuántos asisten, esto es, cuántos hablan, el soberano
ó el sabio pueden tener á su lado un numeroso cuerpo consultivo que les
ilumine sobre lo que han de decir. Y sobre todo, las pasiones no se exal
tan como cuando se habla de viva voz, ni por muchas inconveniencias que
se digan unos á otros hay el peligro de que vengan á las manos, como su
cede en las asambleas ordinarias.
— Y cuando un orador ó un telegrafiador—dijo Venancio, haciendo
ya verdadera burla de lo que oía— no hace caso de la campanilla eléctri
ca y sigue telegrafiando, ¿qué hace el presidente?
— Le amonesta dos veces para que deje de funcionar, y á la tercera le
corta el alambre.
— Lo que no sé cómo se harán con este sistema las votaciones se
cretas.
— ¿Las qué?— preguntó el fabricante.
— Las votaciones secretas— repitió Venancio;— esos actos can comu
nes en todas las asambleas, en que, como dice el refrán, se dice el pecado
y se calla el nombre del pecador.
— Eso no ocurre nunca, á Dios gracias— dijo el fabricante,— porque
tanto en esos congresos cuanto en los de viva voz las votaciones son pú
blicas. Se acabó por fortuna el tiempo de los hechos anónimos. Hoy día
todos tienen el valor de sus opiniones, y si alguno se abstiene de votar no
lo hace por miedo de que se sepa cómo piensa, sino simplemente porque
no quiere hacer uso de ese derecho.
Como Venancio, que por eso me he enamorado yo tanto de él, es hom
bre de buena fe y de muy recto juicio, hizo justicia en esta parte á las
asambleas modernas y así se lo manifestó al fabricante; pero deseando
que la conversación volviese al punto de donde había partido, le dijo:
— En verdad os digo que reconozco las ventajas de ese nuevo sistema
parlamentario, y aunque advierto en él una gran falta, quisiera....
— ¡Una falta!— interrumpió el fabricante.— ¿Qué falta? Decid.
— La publicidad de las discusiones.
— ¡La publicidad! Pues si de algo pecan esas sesiones es de ser dema
siado públicas!
— ¿Qué decís? ¿Y cómo se hace ese milagro? ¿Dónde están ni como es
posible que estén la tribuna para el público ni la de los periodistas?
A YE R , HOY Y MAÑANA
141
— ¿Que dónde están? En todas partes. Pues qué, ¿os figuráis que el
telégrafo eléctrico está hoy como en el mal llamado siglo de las luces, en
que le monopolizaba el gobierno y se le tenía tan misterioso como los
secretos del confesonario? ¡Qué disparate! Ahora la chispa que trae una
palabra al despacho del telegrafista la transmite á la vez á un millón de
puntos distintos, y el que quiera saber lo que pasa en un congreso ó en
una academia toma un alambre eléctrico y en su casa tiene la tribuna
pública.
— También eso me parece bien— dijo Venancio.
Y avergonzado de verse cogido por el fabricante, quiso á su vez co
gerle en alguna, y volviéndose á la cuestión espiritista añadió:
— Pero lo que no se puede explicar tan fácilmente como las comuni
caciones telegráficas son las espiritistas. Empezando porque yo, os digo
la verdad, no sé lo que es espiritismo. Y lo que me pasa á mí les sucede á
las cuatro quintas partes de las gentes. Si os salís á la calle y os ponéis á
hablar como lo habéis hecho conmigo no os entiende nadie.
— En vuestro pueblo— dijo el fabricante un tanto picado— me voy
convenciendo de que me sucedería lo que decís; pero en Madrid, por el
contrario, de cada diez personas, nueve saben más que yo en esta materia.
¡Y cómo no ha de ser así, cuando hace cincuenta años que las prensas
de los Estados Unidos, las de Inglaterra, Alemania, Francia y hasta las
de Rusia no hacen otra cosa que arrojar libros, en los cuales se trata á
fondo y se explica perfectamente esa doctrina!
— ¿Y creéis que las gentes entienden lo que leen?
•— Claro es que lo entienden, como vos lo entenderéis cuando queráis
estudiarlo; porque ya os he dicho que el espiritismo son las matemáticas
de la filosofía. Por eso cuando empecé á hablaros os dije con Broussais
que no hay nada más concluyente que un hecho.
— ¿Pero dónde están los hechos del espiritismo?
— En todas partes. Dondequiera que os dé la gana de evocar el espí
ritu de un difunto y hacerle una pregunta, oís al punto su respuesta.
— ¿Por medio de un velador que da pataditas en el suelo ó que marca
las letras en un alfabeto?— dijo Venancio sonriendo.
— Por esos medios ó por otros más perfectos— contestó el fabricante.
— ¡Á que no habéis oído en el antro ni pataditas ni ruido alguno, y sin
embargo, allí había más de cien personas hablando con otros tantos es
píritus!
—¿Que estaban allí presentes?— repuso Venancio.
— Sí, señor, que estaban allí, como están aquí y en todas partes. ¿Pues
de qué creéis que está poblada la atmósfera en que vivís? ¿Qué se os figu
ra que son las emanaciones que respiráis y el aire que os sustenta?
142
ANTONIO FLORES
— Panteísmo puro—murmuró Venancio.—Está visto que la humani
dad progresa como el cangrejo.
— Yo no sé si somos eso que decís, ó lo que somos; lo que yo pueio
deciros es que el hombre no puede vivir sin creencias. Harto tiempo he
mos estado siendo materialistas.
— Y al dejar de serlo—exclamó Venancio— os habéis dado á creer el
primer absurdo que os ha salido al paso.
— ¡Qué es eso de absurdo!— gritó el comerciante.— El absurdo es el
vuestro, que os atrevéis á negar lo que ninguna persona de talento pone
ya en duda. Id á la Academia de la Historia, y allí veréis cuántos errores
se han rectificado por medio de los mismos personajes históricos, sabia
mente evocados por los académicos, para que dijeran lo que supiesen del
tiempo en que andaban por el mundo, y deshicieran los groseros errores
que propalaban los novelistas, los autores dramáticos y los mismos histo
riadores. Dirigios al Museo de Antigüedades y á la Armería, y os sor
prenderá ver que apenas ha quedado cosa con cosa de como antes estaba,
y que tal género de arquitectura, que se atribuía á los árabes, fue inven
ción de los visigodos, ó que tal otro objeto que se creía instrumento de
guerra en tiempo de los romanos, era el símbolo de la paz de los cartagi
neses.
— Todo eso será una gran verdad— dijo Venancio admirando la eru
dición del fabricante, aunque compadeciendo los que él juzgaba extravíos
de su imaginación;—¿pero quién ha servido de intérprete para esas reve
laciones?
— Un médium cualquiera; un espiritista que ha servido de medio de
comunicación entre el espíritu del muerto y la humanidad viviente.
— ¿Y los espíritus vienen siempre que se los llama?
— Si se los llama con fe, vienen siempre.
— ¿Conque es precisa la fe?
— ¡Quién lo duda! Sin la fe no se hace nada en el mundo.
— ¿Pues y las matemáticas de que me hablasteis al empezar nuestra
conversación? ¿Cómo me probaréis que tres y dos son cinco si yo no ten
go fe?
— De suerte que si os empeñáis en no escuchar la voz de los espíritus,
como ellos no tienen interés en que los oigáis ni en que creáis en su
existencia, será imposible convenceros.
— Pues una vez que los espíritus no se han de enojar porque yo no
crea que son unos zascandiles que andan de un lado para otro á devoción
de todo el mundo, me quedaré en mi ignorancia. Dejemos esta conversa
ción y acabadme de enseñar el club.
— Sea como gustéis— dijo el fabricante;— pero me parece que os batís en
AYER, HOY Y MAÑANA
143
retirada. Sois como el presidente del Tribunal de la sangre, que viéndo
se cogido por un acusado que para probar su inocencia quería evocar el
espíritu del muerto, le impuso silencio, diciéndole que el gobierno no ha
bía aceptado aún esa doctrina y que por lo tanto no era obligatoria para
el tribunal.
—Y á propósito—dijo Venancio,—¿cómo permite el gobierno que esté
abierto este club y que en él se trate del espiritismo?
—¿Y qué tiene que ver el gobierno con lo que nosotros hacemos den
tro de nuestra casa?
—¿Y si vuestras doctrinas pervirtieran á los socios y éstos trastorna
sen algún día el orden público?
—Entonces los castigarían con arreglo á la ley de los hechos consuma
dos; pero mientras semejante cosa no suceda, el gobierno se guardará
de atropellar los fueros de la vida privada.
—¡Vida privada llamáis á publicar diez y seis ó veinte periódicos y á
propagar por otros cien medios públicos vuestras doctrinas!
—Propagar no es imponer; os habéis preguntado y os habéis respon
dido. Pues qué, ¿querríais que la vida privada en estos tiempos de publi
cidad fuese lo que era en la época del obscurantismo? ¡Ya se ve que tene
mos periódicos y cátedras y oposiciones públicas á las plazas de médiums/
¡Pues no faltaba otra cosa sino que nos escondiéramos para estos ejercicios!
¿Qué más le da al gobierno que hablemos unos con otros ó que lo haga
mos todos con los difuntos?
El pobre Venancio, que por culpa de la mala explicación del destilador
de espíritu de vino cada vez entendía menos la sencilla teoría de los es
píritus humanos, que tú, lector, estás entendiendo á las mil maravillas,
sin más que ver cómo es un hecho que yo, espíritu de catorce siglos de
antigüedad, estoy escribiendo este libro, volvió á instar al comerciante
para que le acabara de enseñar las dependencias del club.
Y apenas se alzaron ambos de sus respectivos asientos y hubieron
puesto el pie en una gran galería al aire libre, llamada evaporatorio del
fluido magnético, y que según dijo el cicerone servía para que los socios
refrescaran la cabeza por exceso de concentración, cuando oyeron grandes
voces en la calle, y asomándose á la terraza vieron muchos grupos de gentes
con banderas, que venían gritando: ¡No más puertas, n i más papel se
llado! ¡Mueran los abogados! / Mueran los cerrajeros!
—¡Qué manifestación popular será esta!—dijo con la mayor sangre fría
el fabricante.—No tengo noticia de que hubiera nada dispuesto para esta
noche.
Y cogiendo del brazo á Venancio, que estaba un tanto conmovido al
ver que se repetían las voces de mueran los abogados, le dijo:
144
ANTONIO FLORES
— Vamos á ver qué es esto.
— ¿A.dónde?
—Á la calle; pero antes averiguaremos la causa de la manifestación en
el pasquín del club.
— ¿Se sabrá ya allí?
— En el momento de estallar la habrá transmitido el Telégrafo de no
ticias frescas.
____ _
EL TELÉGRAFO DE NOTICIAS FRESCAS
He aquí uno de los servicios mejor organizados que tiene esta sociedad
de m a ñ a na , y que si bien es cierto que su fundación no vino á resolver
ningún problema difícil ni á revelar secreto alguno, puesto que la electri
cidad es la base de todo su mecanismo, está éste tan bien combinado que
sus aplicaciones son de una utilidad incalculable.
La antigua Gaceta extraordinaria y el ciego que á grito seco la pre
gonaba por las calles; el ordenanza de caballería, que reventaba el caballo
y rompía el empedrado por llevar los partes de un punto á otro de la po
blación; las campanas de las parroquias, que atronaban el aire pidiendo
agua para apagar el fuego; el antiguo tambor de la Milicia, que salía por
las calles tocando generala, y otros varios heraldos y pregoneros de los
tiempos de antaño, todo ha desaparecido desde que se ha creado el Telé
grafo de noticias frescas.
Desde el presidente del Consejo de ministros hasta el último bombero
de incendios, todos los habitantes de la corte pueden echarse á dormir á
pierna suelta, en la seguridad de que apenas haya el menor asomo de incen
dio político ó de incendio urbano el telégrafo les pondrá sobre la almoha
da la noticia, sacudiéndoles un campanillazo á la oreja; advirtiendo, y esto
es muy de advertir porque hace gran honor á la empresa, que el telégra
fo no avisa á las gentes á tontas y á locas, como lo hacían las campanas y
T omo III
10
146
ANTONIO FLORES
el tambor de la Milicia, sino que sólo llama en cada suceso á los precisos
operarios, dejando que las demás gentes sigan durmiendo á pierna suelta.
Sobre que las oficinas de esa gran empresa están muy bien montadas,
errando errando deponitur error; y como les ha costado mucho dinero
las indemnizaciones de daños y perjuicios por haber despertado á unas
gentes por otras, tienen hoy gran cuidado y rara vez se equivocan. Han
dividido y subdividido hasta lo infinito los diversos ramos que abraza el
abastecimiento de noticias frescas, y á no ser porque alguna vez ocurre
que por estar demasiado espesos los alambres eléctricos salta la electrici
dad de unos á otros y sucede lo que con las teclas de los pianos, aun en
manos del mejor pianista, nadie tiene motivo para quejarse.
Las suscripciones para tener derecho á saber las noticias frescas se
llaman pasquines, y seguramente se les ha dado este nombre, no por la
esencia, sino por la forma en que se transmite la noticia. Así en las casas
de los ministros, que están todos suscritos, como en las de los altos fun
cionarios de policía, operarios de incendios ó particulares que tienen gusto
de saber lo que pasa en la corte, la empresa coloca de su cuenta un timbre
eléctrico y un cuadro de porcelana, en el cual aparecen las noticias en
caracteres claros y correctos con una tinta azul cuyo secreto no se ha podido
averiguar aún. Siendo lo más raro y lo que sólo viéndolo puede creerse,
que apenas da tiempo para que se lea, porque ello solo se borra y desapa
rece por completo.
Por esta circunstancia parece que el gobierno ha hecho proposiciones á
la empresa para que se encargue de copiar y publicar con esa clase de tinta y
por un sistema análogo al de los pasquines los programas ministeriales.
El club de los espiritistas medianímicos, como casi todos los demás
clubs, casinos y sociedades de la corte, está suscrito al Telégrafo de noti
cias frescas y tiene un pasquín en el gabinete de lectura, que es donde
el fabricante se dirigió con Venancio para averiguar la causa de la mani
festación popular.
Pero la porcelana estaba inmaculada, y cuando el fabricante se volvió
para preguntar á un consocio de club si el pasquín había hablado ya, se
encontró con un criado que le presentaba una bandeja, en la que había
multitud de impresos que decían lo siguiente:
REPRODUCCIÓN INSTANTÁNEA DEL PASQUÍN
DE LAS NUEVE CUARENTA Y CINCO MINUTOS Y CUATRO SEGUNDOS DE LA NOCHE
Se está cuajando una gran manifestación popular.
Por ella se pide la supresión del ejército, de la policía, del papel se
llado, de los tribunales y de los cerrajeros.
AYER, HOY Y MAÑANA
147
La presidenta de la Filosofía Socialista ha estado elocuentísima.
Se ha votado por unanimidad el dictamen de la comisión, declarando
que el pueblo está moralizado y educado de sobra y que todas esas trabas
son ofensivas á la dignidad y á la buena fe de la especie humana.
Diez céntimos era el precio de cada impreso, y el fabricante dijo al cria
do del club que le cargara en su cuenta el que tomó para sí y el que dió
á Venancio; el cual asombrado, no tanto de lo que estaba viendo cuanto
de la tranquilidad con que lo veían los demás, se dirigió al fabricante y
le dijo:
— Siento mucho abusar de vuestra bondad, pero ya os he dicho que soy
forastero, y me perdonaréis si os sigo molestando con preguntas que os pa
recerán impertinentes.
— A mí no me molestáis— repuso el fabricante,— y antes al contrario
— añadió con cierto aire de orgullo,— tengo mucho gusto en ilustraros; pero
ahora me parece que debemos ir á la calle á ver la manifestación, porque
tiene trazas de ser de las más importantes.
— ¡A la calle!—exclamó Venancio asustado.— ¡Y si nos pegan un tiro ó
nos hacen trabajar en una barricada ó nos prende la policía! Yo tengo
oído decir que en las grandes capitales son temibles las revoluciones y que
lo mejor en una bullanga es meterse en casa, porque siempre pagan el pato
los curiosos.
— ¿Quién os ha dicho semejantes disparates?—exclamó el fabricante.—
Suponiendo que se tratara de una revolución y no de un simple pronunciamento ó manifestación popular, como sucede ahora, siempre resultaría
que si no erais revolucionario, nadie os daría un tiro, ni os harían cons
truir barricadas, ni menos os prenderían. ¡Pues no faltaba más sino que
no se pudiera andar por las calles con toda libertad el día en que á unos
cuantos se les antojara armar una revolución! Eso sucedía, según cuentan,
allá en los tiempos de Mari-Castaña, en que no se conocía ni siquiera de
vista la seguridad individual y la libertad de hacer cada uno lo que que
ría, pero no ahora. ¡Tendría que ver que vos y yo saliésemos por gusto á
ver cómo se batían la tropa y los insurgentes, y los unos nos prendieran y
los otros nos obligaran á hacer fosos y á levantar parapetos!
— ¿Y si los primeros nos tomaban por revolucionarios y á los segundos
les hacía falta nuestra ayuda?— dijo Venancio.
— ¡Cómo había de suceder lo uno ni lo otro! Para lo primero era preciso,
no que nos viesen con armas en la mano, que podríamos llevarlas por ca
pricho ó para otro uso, sino que nos cogieran en el acto de batirnos; y á
tomar parte con los sublevados nadie nos obligaría, porque si los actos
revolucionarios fueran obligatorios perderían todo el mérito, y una sola
143
ANTONIO FLORES
protesta que hubiera de coacción, por más indirecta que fuese, anularía el
triunfo de una causa por sagrada que hubiese sido.
—Suponiendo que todo eso que decís, que en teoría me parece deli
cioso, fuera posible en la práctica, no me negaréis que de una bala perdida
no nos libraría nadie.
—Indudablemente; pero también eso es difícil, porque las balas se
perdían cuando se disparaba á tontas y á locas sin responsabilidad de los
tiradores.
—¿Y qué responsabilidad queréis exigir al que se bate tumultuaria
mente y en defensa propia?
—¡Friolera! En primer lugar, después que acaba una refriega se sabe
el número de balas perdidas, porque contando las que tenía cada indivi
duo y las que han consumido los muertos y los heridos, la diferencia son
balas perdidas y se hace cargo de ellas á cada parcialidad por medio de
la Estadística; y en segundo, y esto es lo que ha perfeccionado mucho la
puntería en las calles, como las personas están hoy valoradas y cada indi
viduo pertenece á una sociedad de seguros, que por su propio interés
busca el responsable de las muertes, todos se miran mucho antes de dispa
rar un fusil y matar un transeúnte pacífico, que va ó viene de sus negocios
sin tomar parte en la bullanga.
—Y decidme—preguntó Venancio sonriendo,—esas sociedades de se
guros sobre la vida, que por lo que veo lo que aseguran és la muerte,
¿también exigen la responsabilidad á los médicos?
—Cuando se prueba que han errado la cura ó que no han conocido la
enfermedad, ¿quién lo duda?
—Eso me parece casi más difícil de averiguar que lo de saber de qué
fusil salió la bala perdida que mató al transeúnte.
—Ciertamente que es difícil, pero no imposible; y no hace muchos días
que á un boticario le costó dos mil duros y los gastos de entierro de un
cadáver el haber equivocado un medicamento.
—Eso es más fácil de probar.
—Verdad es; pero también cuando una sociedad de seguros sabe que
la familia de un difunto se ha dejado decir en los primeros momentos del
dolor que el médico es un asesino porque no entendió el mal al enfermo,
da parte al tribunal, busca testigos, que si anda de prisa los halla en los
mismos interesados, y si no todo el valor de el seguro, siempre saca alguna
cosa y eso menos tiene que sacar de los fondos mutuos.
Venancio no hacía más que abrir los ojos para convencerse de que no
se había quedado dormido sobre un cuento deHoffman ó un nuevo viaje
de Gúlliver á países desconocidos, y persuadido de que era real y verda
dero cuanto veía y cuanto escuchaba, se repitió el propósito que otras
AY E R, HOY Y MAÑANA
149
cien veces se había hecho de no maravillarse de nada y de verlo y apren
derlo todo, tanto para que le sirviera de norte y de guía en la vida polí
tica á que pensaba lanzarse por el camino del Parlamento, cuanto para
que le estimulara la inclinación que empezaba á sentir de dar vuelta á
su pueblo, y por último quería aprenderlo, porque el saber no ocupa
lugar.
Y así, decidido á andar cuanto antes el mal camino, le dijo al fabri
cante que estaba dispuesto á salir á la calle cuando quisiera; pero que
antes le rogaba que le explicara con claridad qué diferencia había entre
una revolución y un pronunciamiento y qué se entendía por manifesta
ción popular.
— Manifestación popular—repuso el fabricante,— bien claramente lo
dice su nombre: es un acto pacífico por el cual el pueblo manifiesta lo que
quiere sobre una cuestión cualquiera. Es lo que si viniera de arriba á abajo
se llamaría programa ministerial, y yendo á la inversa se llama programa
popular. Ni más ni menos. Y entre estos actos ó los pronunciamientos,
que vienen á ser una misma cosa, y las revoluciones, hay una diferencia
grandísima, como ambas voces lo indican. El derecho de manifestar, que
no es otra cosa que el derecho de pedir, está consignado en todos los có
digos y se puede usar en todas las formas imaginables.
—¿Inclusas las revolucionarias de salir á la calle gritando y concitan
do las pasiones contra ciertas clases y ciertas instituciones?— preguntó
Venancio.
— Si á eso llamáis revolución, tenéis razón.
— Al acto de gritar, precisamente no; pero como lo uno es consecuen
cia forzosa de lo otro....
— ¡Qué disparate! La manifestación popular no se extralimita nunca.
Y' si otra cosa hicieran los manifestadores, en el pecado llevarían la peni
tencia. Para que el derecho de petición pueda ser útil á los pueblos es
preciso que éstos le ejerzan con dignidad y con cordura. En fin, para que
os convenzáis por vos mismo de que es verdad lo que digo, vamos á la
calle y allí veréis lo que es una manifestación popular.
Cuando los dos amigos, que no creo que hago mal en darles ya este
nombre, se disponían á salir del gabinete de lectura, sonó la campanilla
eléctrica y en la porcelana del pasquín se dibujaron rápidamente estas
palabras:
La manifestación pasa ya de treinta mil personas.
A l pasar por el club de los espiritistas han arrojado una corona al
retrato y se han incorporado más de m il socios.
Las adhesiones son numerosas.
150
ANTONIO FLORES
Venancio, que no sabía apartar los ojos de la porcelana, creyó que se
le desvanecía la vista cuando desaparecieron los caracteres azules que
como por encanto se acababan de trazar allí, y su sorpresa rayó en lo ma
ravilloso cuando apenas hubo atravesado los dos ó tres salones que le
separaban del portal, vió en éste un criado con una bandeja llena de pa
peles en los que estaba impreso el pasquín que acababa de leer.
El último despacho del Telégrafo de noticias frescas.
—
—
C U A D R O X VIII
UNA MANIFESTACIÓN
POPULAR
Era Venancio, como buen letrado, tan poco dispuesto á creer en el en
tendimiento y en la erudición de los industriales, que se le antojó un
prodigio de inteligencia y un pozo de ciencia el pobre fabricante de agua
de Colonia; y no sólo se alegró de que se le proporcionara la ocasión de
intimar con él, sino que hasta le pasó por la imaginación la idea de que
andando el tiempo podría servirle de confidente y aun de consejero en
sus amores.
Idea muy natural y muy justificada tratándose de una pasión que,
como el lector ha visto, era demasiado grande para poderla olvidar en
ninguna ocasión de la vida. Aunque es preciso confesar que á la vista del
antro central del club de los espiritistas, durante la extraña conversación
sostenida en el gabinete expansivo, y sobre todo al oir las voces de mue
ran los abogados, la memoria del joven jurisconsulto había hecho alguna
infidelidad á su amante.
Verdad es que pensaba en Safo, pero pensaba en alguna otra cosa á la
vez, y así fué que discurriendo sobre la Utilísima y maravillosa invención
del Telégrafo de noticias frescas, dijo al fabricante:
— Os digo la verdad, que he necesitado verlo para creerlo.
— ¿El qué?—preguntó con indiferencia el fabricante.
— El mecanismo de este telégrafo y el de la imprenta del club. Parece
cosa de magia y de brujería que el uno nos cuente á nosotros lo que ha
152
ANTONIO FLORES
pasado en este local, y la otra tenga ya impreso á centenares el pasquin
que aún no hace cuatro minutos apareció en la porcelana.
— Pues aún se harían con más rapidez estas operaciones si se hicieran
por medio del espiritismo.
— ¡Ya volvemos á las andadas!— exclamó Venancio.— Hacedme el favor
de guardar vuestros espíritus para otro día, porque demasiado tengo con
lo que estoy viendo y harto haré con creer que es verdad lo que el telé
grafo cuenta del club, á pesar de que nosotros estábamos aquí y no lo
hemos visto.
— Sin embargo, observad que cuando entramos estaba lleno de gente
y ya apenas hay nadie, lo cual prueba que se han ido todos con la mani
festación. Pero yo no sé por qué extrañáis que el telégrafo sepa más que
nosotros de lo que ha pasado aquí, cuando en este edificio, como en todos
los establecimientos de alguna importancia, tiene un corresponsal perma
nente.
— Aunque así sea— repuso Venancio:— como apenas han transcurrido
diez minutos desde que vimos pasar por aquí la manifestación, no se
comprende que ya haya ido la noticia al telégrafo y que no sólo esté de
vuelta telegrafiada, sino que ande impresa. ¡Si apenas hay tiempo para
que el corresponsal haya visto arrojar la corona y pensado en la manera
de redactar la noticia!
— Me hace gracia oiros. ¿Pues no conocéis que si hay tiempo para una
cosa hay tiempo para otra? ¿Se piensa acaso con los ojos? ¿No se puede á
la vez estar viendo, pensando y transmitiendo lo que se ve y lo que se
piensa? Pues ahí tenéis lo que ha hecho el corresponsal del telégrafo, que
no vayáis á pensar que es ningún doctor de la Universidad, sino el por
tero del establecimiento. En cuanto recibió el campanillazo de atención
cogió el manubrio del aparato eléctrico, y de seguro que no llegaría antes
al suelo la corona que sus palabras al gabinete central del telégrafo. Y en
las oficinas de éste empezarían á transmitir la noticia á todos los pasqui
nes antes de que la manifestación hubiese salido de esta calle. Si no se
hiciera así eran perdidas las ventajas de este sistema de comunicación. Si
nuestro portero hubiera estado con las manos en el bolsillo viendo pasar
la manifestación, y hasta que la hubiera perdido de vista no hubiese en
trado á pensar que tenía que contar lo que había visto, sería inútil que
lo hiciera. Desengañaos, amigo, el mejor invento de los siglos es saber
aprovechar el tiempo. El pueblo más ilustrado es el que vive más aprisa;
y no es más rico el hombre que ahorra más millones de reales, sino el que
economiza más centenares de minutos. Muchos se han reído de la Socie
dad económica de Amigos del Tiempo porque está estudiando la manera
de crear cajas de ahorros para ese capital, que hoy no tiene forma impo-
AYER, HOY Y MAÑANA
153
nible; pero los que de buena fe creemos que no hay nada imposible, no
podemos menos de aplaudir que se piense en una cosa que si se lleva á
cabo será de una grande utilidad. Las cajas de ahorros de tiempo, donde
á cada imponente se le lleve una libreta en que conste por horas y por
segundos todo el tiempo que ha ahorrado á la semana, es decir, todo lo
que ha invertido con ventaja para el trabajo, servirá de un estímulo equi
valente con el tiempo al descubrimiento de una fuerza motriz superior
en potencia á la del vapor y en velocidad á la chispa eléctrica.
Venancio, cada vez más maravillado de oir al fabricante, que ya no le
parecía un simple industrial medianamente instruido, sino un elocuentí
simo filósofo, no dio su opinión sobre las proyectadas cajas de ahorros;
pero en cambio suspiró pensando en su pueblo, donde el tiempo y el sol
se daba á los ricos y á los pobres sin tasa ni medida, y aceptando el brazo
que le ofreció su nuevo amigo, ambos marcharon en seguimiento de la
manifestación popular, cuyo rumor sonaba cercano.
Costábales no poco trabajo desasirse de los vendedores ambulantes
que les ofrecían el programa de la manifestación, el discurso de la pre
sidenta, el retrato de las señoras de la comisión, la lista de las adhesio
nes, y por último, lo que con razón dejó maravillado á Venancio, la me
dalla conmemorativa del suceso que en aquel mismo momento estaba
sucediendo.
Quiso el joven extremeño detenerse á tomar un ejemplar de cada una
de aquellas cosas que le metían por los ojos, y el fabricante le dijo que
no hiciera tal, porque les acometerían de manera que no podrían dar un
paso; y aun añadió que se iba poniendo Madrid tan insoportable en este
punto, que por eso él siempre que podía andaba por el aire, ya en el glo
bo ó en la maroma y los trapecios.
Pero á pesar de este sano consejo, Venancio no pudo resistir á la ten
tación de comprar el discurso de la presidenta de la F ilosofía Socialis
ta en la célebre sesión de esta noche, y la medalla instantánea, conme
morativa del gran suceso de la filosofía socialista.
Preguntáronle si esta última la quería al oro, á la plata ó al bronce, y si
en estuche de terciopelo, de cuero ó de papel, y hallándose sin saber cómo
con una de cada clase en la mano, las pagó todas y le dijo al fabricante:
—¡Sabéis que yo creía que todo esto era una farsa y que la medalla
sería de sabe Dios cuándo, y veo que no es así, sino que en el anverso está
grabada la procesión popular tal cual nosotros la hemos visto al pasar
por el club!
■
—Pues claro está que sí.
—¿Y cómo se hace esto, que si yo fuera otro hombre diría que era
una verdadera brujería?
154
ANTONIO FLORES
—No hay más brujería que lo que os he dicho antes del aprovecha
miento del tiempo. El fabricante de las medallas será también .suscriptor
al Telégrafo de noticias frescas, como si lo viera, y en el momento que
oyó la campanilla de la atención, preparó su máquina de fotoacuñografút
para irse con ella al incendio ó á la sublevación ó dondequiera que fuese
el suceso, y en el acto de pasar la manifestación la copió y empezó á tirar
ejemplares. Todo eso se hace más rápidamente que se dice.
—i Pero si apenas hay tiempo, no ya para el cuño, que está muy bien
hecho por cierto, sino para meter las medallas en los estuches!
—Todo sale hecho de la máquina con un solo golpe. La cuestión vuel
vo á deciros que se reduce á saber economizar el tiempo. Si el fabricante
de las medallas no hubiera tenido todo á punto cuando recibió e\ pasquín,
ó se hubiese esperado á leerle por completo, antes de coger la máquina,
habría perdido un tiempo precioso.
Venancio guardó maquinalmente en el bolsillo los estuches de las
medallas, al mismo tiempo que no le cabía en la cabeza que fuese verdad
lo que estaba viendo, y leyó el papelito nuevo que acababa de comprar,
el cual dice lo siguiente:
ACADEMIA DE LA FILOSOFÍA SOCIALISTA
CONCLUSIÓN DEL DISCURSO QUE ESTÁ PRONUNCIANDO EN ESTOS MOMENTOS
LA PR ESID EN TA
«He abusado tal vez demasiado de vuestra atención (voces á la dere
cha: Sí, sí; otras á la izquierda: No, no); pero después de unos debates
tan luminosos y tan largos como los que ha merecido esta importantísi
ma cuestión, deber mío era resumir cuanto se había dicho en las últimas
treinta sesiones, para que robustecida mi palabra con los indestructibles
argumentos que aquí se han aducido por los elocuentísimos oradores de
ambos sexos que han tomado parte en la discusión, recayera un acuerdo
solemne sobre las siguientes proposiciones:
»La academia se ha preguntado así misma:Si se moralizara y se edu
cara al pueblo, ¿de que servirían el ejército, la policía, la curia, el papel
sellado y los cerrajeros1—D e nada —respondisteis todos á una voz, vos
otras y vosotros, miembros todos igualmente ilustres de esta corporación.
»¿El pueblo está ya moralizado y educado?, os preguntó entonces la
mesa. Sí, dijisteis los unos; No, repetísteis los otros; D istingo, replicas
teis algunos.
»Y he aquí el origen de las largas discusiones que hemos celebrado
hasta este momento en que la mesa os pregunta:
A Y E R , HOY Y M AÑANA
155
— »¿Está el asunto suficientemente discutido?
— »Sí, sí (voces d la izquierda : Demasiado ).
— »¿Declaráis que el pueblo está moralizado y educado?
— »Sí, sí Cvoces á la izquierda: D emasiado ).
— »En este caso, ¿declaráis que el ejército, la policía, la curia, el papel
sellado y los cerrajeros no sirven para nada?
— »Sí, sí, lo declaramos ( voces á la izquierda: P ara nada ).
— »Se levanta la sesión— dijo la presidenta.
»Y el inmenso público que asistía á las deliberaciones prorrumpió en
vivas á los socios de la academia, y colocando el retrato de la presidenta
en un palo, salió en tropel á la calle gritando:
— »¡Mueran los abogados! ¡Mueran los cerrajeros! ¡Mueran los escri
banos! ¡No más centinelas ni más papel sellado!»
Cuando Venancio hubo acabado de leer el impreso, no pudo menos de
sonreirse, y se propuso buscar los demás trozos del discurso, puesto que
ya veía que el afán de ganar tiempo hacía que se publicara por tomas
homeopáticas, y dirigiéndose al fabricante le dijo:
— Tendría curiosidad de leer toda la discusión de esta extravagante
doctrina para saber qué tienen que ver el ejército, los abogados y sobre
todo los cerrajeros con que el pueblo esté mejor ó peor educado. Si dije
ran no más curas párrocos ni más maestros de escuela, ya se compren
dería; aunque siempre sería un absurdo despedirlos por creer que el
pueblo estaba demasiado educado y moralizado, como dice la extrema
izquierda de esa famosa asamblea socialista, común de dos y dividida
en tres.
— Yo— dijo el fabricante—no he podido seguir todo el curso de esos
debates, á pesar de que tengo en casa El Eco Oratorio que los publica
íntegros; pero por lo que he leído, veo que no comprendéis el sentido de
esa proposición. La academia dice que un pueblo que tiene la conciencia
de sus deberes no necesita extender sus compromisos en papel sellado
ni ante escribano, ni menos tribunales que le obliguen á cumplir la pala
bra dada, ni abogados que defiendan su inocencia cuando nadie se ha de
atrever á ponerla en duda, y les parece que los cerrojos y las llaves son
una ofensa á la moralidad y á la educación del pueblo. Y esto, aunque á
primera vista parece un poco extravagante, y yo soy el primero á deciros
que no admito una letra sin timbre, ni dejaré de echar en mi gaveta no
una sino cien llaves, os aseguro que en el fondo encierra una gran verdad.
— Ciertamente— repuso Venancio sonriendo—que si la tierra estuviera
poblada de ángeles sobrarían todas las precauciones que hemos tomado
contra los demonios.
—¿Y no creéis que esto sucederá con el tiempo?— repuso el fabricante.
156
ANTONIO FLORES
—Pues yo abrigo la esperanza de que llegue un día en que, teniendo los
hombres verdadera conciencia de sus derechos, la buena fe presida á to
das las acciones de la humanidad.
—¿Y os parece que estamos en camino de esa felicidad?—preguntó
Venancio sonriendo.
—¡Quién lo duda! La civilización es la regeneradora de la humanidad,
y ella purgará al hombre de todos sus vicios.
—Mientras tanto me parece bien que exijáis el timbre en las letras,
el escribano en los contratos y la llave en las puertas, y que guardéis el
más riguroso secreto sobre vuestra fórmula para la fabricación del agua
legítima de Colonia.
—Eso por supuesto—exclamó el fabricante;—ya os dije que ese secreto
era impenetrable.
—Hasta que llegue el día, próximo según vuestra opinión, de que el
hombre regenerado no necesite cerrojos para respetar la ajena propiedad
metálica, ni secretos para no invadir el privilegio de la propiedad indus
trial; porque cuando eso suceda no tendréis inconveniente en publicará
gritos la fórmula de vuestra fabricación.
—No tal; eso no lo haré nunca; porque una cosa es el dinero y otra
un secreto industrial.
—Cuando el hombre tenga conciencia de sus deberes, ambas cosas
serán lo mismo.
—Entonces hablaremos—dijo el fabricante.
■
—Eso digo yo—repuso Venancio.
Y entretenidos en esta conversación no habían reparado que estaban
dentro de los grupos de gente que formaban la retaguardia de la mani
festación popular. Siendo tanta la extrañeza que causó á Venancio ver
grandes pelotones de soldados sin armas, mezclados entre el pueblo, y
algunos de ellos hasta con bandera en las manos, que acercándose al oído
del fabricante le dijo:
—¿Queréis decirme cómo se explica que siendo uno de los objetos de
esta manifestación popular la supresión del ejército hay tantos soldados
entre los manifestantes?
—De una manera muy sencilla. El ejército es una parte del pueblo
armado, encargada de ejecutar ó de proteger las leyes; pero los soldados
sin armas son una parte del pueblo deliberante como cada hijo de ve
cino. ¿Queréis quitarle al soldado el derecho de petición que tenía cuando
era paisano?
—Pues señor—dijo Venancio exaltado,—tengo la desgracia de no en
tender una sola palabra de lo que estáis diciendo. ¿No os parece una
contradicción que el ejército asista, no ya de mero espectador, sino hasta
A Y E R , HOY Y M AÑANA
157
de actor, allí donde se grita muera el ejército? Aquí me tenéis á mí, que
no me conoce nadie y que estoy seguro que vos solo sabéis que soy abo
gado, y estoy avergonzado de estar entre estas gentes.
— ¡Verdad es que sois abogado!—repuso el fabricante, á tiempo que
en la calle resonaban de nuevo los gritos de ¡«Mueran los abogados y los
cerrajeros!»;
No tenía el joven extremeño ni la más remota idea de lo que son las
manifestaciones populares, que si la hubiese tenido ni habría extrañado
ver á los soldados formando parte de ellas, ni menos tenido reparo en
hallarse él mismo allí donde estaban riéndose al ver pasar la procesión
una multitud de abogados, de escribanos y de cerrajeros. Si hubiera
marchado á la vanguardia del tumulto habría visto que una de las coro
nas la arrojó un cerrajero al pasar por su casa el retrato, y que esta prue
ba de respeto al voto popular le valió grandes aplausos y al día siguiente
gran venta de llaves y cerraduras, gracias á la celebridad que le di ó este
lance referido por los periódicos.
Pero ya se ve, el pobre Venancio, que se había empeñado en que todo
había de ser llamar al pan pan y al vino vino, creyó que tras las voces de
mueran iban á venir las muertes; y no sabía que á las pasiones populares
les ha sucedido lo que á las amorosas, que alojadas en la cabeza y no en
el corazón, están reglamentadas y dirigidas de manera que rara vez se
desbordan; y si alguna vez lo hacen es con su cuenta y su razón, por aque
llo de que la cuenta y razón es la razón social de esta gran compañía
anónima de mañana .
Una manifestación popular es simplemente un memorial, que en vez
de escribirse sobre un pliego de papel sellado se escribe sobre el pavi
mento de las calles; sin arrancarle, por supuesto, como se hacía cuando
se alzaban barricadas, se perforaban edificios y se salía á caza de tran
seúntes pacíficos por si llevaban ó dejaban de llevar bigote. Una manifes
tación popular es el derecho de petición puesto en escena, con música ó
sin ella; y francamente, se necesita ser un pobre hombre, como es el bue
no de Venancio, para no comprender que sería mucho peor prohibir la
mendicidad de los derechos que la mendicidad de los ochavos. Al cabo y
al fin en estos gobiernos de los sufragios, en que la mitad más uno decide
de la suerte de las dos mitades, no hay necesidad de andar á tiros ni de
pasar las noches en vela dando el quién vive y no permitiendo que nadie
viva en paz, como si lo que se alcanzara á la fuerza, por fuerza había de
ser duradero, sino que por el contrario, lo que hacen falta son los núme
ros para saber quién tiene razón, y decir aquello de que «á quien Dios se
la da San Pedro se la bendice.»
Mucho le queda que ver aún al pobre Venancio para aprender á vivir
158
ANTONIO FLORES
en este mundo nuevo, del cual ni siquiera tenía noticia en su lugar. Ya
se ve, aquellos pocos de sus paisanos que han venido á Madrid lo lian he
cho por pocos días, y éstos los han pasado corriendo como novillos embo
lados de la fonda á los museos, de éstos á los teatros y de los teatros á los
paseos, y todo en coche y se han vuelto sin ver nada.
Venancio, que lo está viendo todo, es el que tendrá razón para asom
brarse. Y se asombrará si quiere Dios que pueda curarse del asombro que
le causa lo que pasa á su vista en este'momento.
Andando, andando ha llegado con el fabricante á la cabeza de la ma
nifestación popular, y al fijar su vista en el retrato de la dama que en
son de triunfo pasean por las calles, ha lanzado un grito de terror y ha
estado á punto de caer desvanecido en el suelo.
El fabricante le recoge en sus brazos, preguntándole con amoroso ca
riño qué le pasa, y él á su vez le pregunta con exaltación:
—¿Quién es esa mujer?
—La presidenta de la Filosofía Socialista, supongo yo que será—res
ponde con indiferencia el fabricante.
—¡Es ella, es ella!—dice con amargura Venancio.
Y siguió con la vista el estandarte en que estaba pintado el retrato de
la presidenta, el cual iba ya cubierto de coronas de laurel, mientras á su
lado pasaban unos hombres con muchos libros en la mano y unos carte
les en la espalda y en el pecho, en los que se leían estas palabras:
Biografía de la 'presidenta de la F ilosofía S ocialista, con los ú lti
mos discursos pronunciados en la academia.
Tirada de veinte m il ejemplares.
Se vende á 10 reales.
C U A D R O X IX
U N A M A D R U G A D A EN 1899
Desde que el siglo de las luces, inventando la luz eléctrica ha perrnido que la noche se eche el alma á la espalda, trocando sus negras tocas
de viuda modesta y recogida por el esplendente ropaje de doncella alegre
y enamorada, no hay medio de sorprender al alba en paños menores
dentro de las grandes capitales.
Para ver cómo la luz del nuevo día se alza del negro lecho de la no
che y viene rasgando sábanas y abrasando crespones á iluminar la tierra,
es preciso que ésta se halle tal y como Dios la crió y no como la han
puesto los hombres. Acostumbrados estos seres imitativos á remedar todo
lo criado, falsificándole á la naturaleza cada día un nuevo producto, pu
sieron sus ojos en la luz del sol, y después de haber querido retratarla y
sustituirla con los hachones de viento, los faroles de reverbero, la lámpara
solar y el gas, inventaron ó descubrieron la chispa eléctrica. Y con ésta
y los ingeniosos aparatos de cristales refractarios en que la encierran han
hecho unos focos de luz tan intensa y tan viva que la luna parece aver
gonzarse al mirarla y el sol padece celos al verla.
No soy yo, lector, uno de esos espíritus calaveras á quienes toda nove
dad place y todo nuevo invento trastorna los sentidos, parecidos á esos
viejos verdes que fingen retoños de imaginación para seguir pasando por
1 60
ANTONIO FLORES
jóvenes toda su vida; pero tampoco se me puede acusar de ser un ente
estrafalario y descontentadizo, enemigo de toda innovación y envidioso
de todo adelanto moderno, semejante á esos ancianos gruñones, encarna
ción viva del retroceso de las ideas, los cuales en vez de llevarse las manos
á la cabeza lamentando que los años les hayan secado el corazón, se ta
pan los ojos para renegar de los adelantos y de las mejoras que no pueden
gozar porque su alma no las sabe sentir.
Soy por el contrario tan imparcial y tan justo, aunque tú digas que si
me está bien el serlo me estaría mejor el no decirlo, que aplaudo con
entusiasmo lo bueno dondequiera que lo hallo y censuro sin acrimonia
lo malo dondequiera que lo encuentro. Así cuando veo en esta nueva
generación algún adelanto que la cabeza me dice que es bueno, por más
que mi corazón amormado me grite para que lo censure, acuerdóme de
que cuento mil cuatrocientos años de edad y digo con él célebre Moratín,
en su famosa comedia El viejo y la niña:
«¡La edad, la edad: ahí está,
en la edad está el misterio.»
Pues qué, si yo fuera un joven de carne y hueso, en vez de ser como
soy un espíritu apolillado y viejo, ¿no habría tomado la trompa épica para
cantar las grandes maravillas de esta edad, justamente llamada, no la
edad media, como algunas gentes, cortando por lo sano y á su antojo la
vida del mundo, llaman á cierto período de la historia, ni la edad de oro,
que tampoco me parece propio este alarde de bisutería, sino la mayor
edad del mundo? ¡Qué cosas no te diría, lector, un joven de veinticinco
años, si como yo estuviera viendo esta sociedad de mañana ! ¡Con cuánto
entusiasmo y cuánta poesía no te habría cantado las maravillas y las ex
celencias de un viaje por los aires, y qué poema épico no te largaría ahora
para ponderarte la diafanidad, la transparencia y la brillantez de este sol
eléctrico, nuevo astro industrial de la noche, que ha venido á hacer impo
sibles las sombras, imperceptibles los crepúsculos y casi perpetuo el día!
Pero soy yo el único que puede hablarte de estas cosas, y como vivo en
el aire no me ha hecho efecto viajar en los globos, y como entro y salgo
cuando quiero en las más puras regiones de la luz divina no me ha pa
recido digna de un poema épico la nueva luz que han inventado los hom
bres. Si hubiera de juzgarla desde mi altura y con la indiferencia glacial
que me inspiran todas las cosas de la tierra, apenas la hallaría digna de
bajar á encender en ella un cigarro. Esto mismo ha debido parecerle al
sol, y sigue inalterable su curso, sin haber economizado un solo metro
cúbico de luz desde que se ha inventado la luz eléctrica.
ATER, HOY T MAÑANA
161
De todos modos, lector amigo, aunque al sol y á mí nos parezca un
remedo indigno de la luz del día ese astro nocturno que ha creado la
electricidad, en mi calidad de historiador verídico no puedo dejar de de
cirte que para los habitantes de Madrid ha desaparecido la noche, y que
no era un pensamiento muy descabellado el que días atras anunció un
sabio economista cuando propuso que los relojes tuvieran veinticuatro
números correlativos, sin distinción de mañana, de tarde ni de noche, y
que puesto que los antiguos decían que el día se había hecho para el tra
bajo y la noche para el descanso, no se descansara á ninguna hora.
Aún no se ha tomado resolución alguna sobre este proyecto; pero la
verdad es que, como los aparatos ele'ctricos empiezan á funcionar antes
de que se ponga el sol y no se apagan hasta que el astro del día está en
posesión de la tierra, es sumamente difícil averiguar por la luz las horas
de los crepúsculos.
Por eso las madrugadas en 1899 cada cual las empieza cuando le da
la gana. Y hasta los pájaros, esos canoros mensajeros del alba, que beben
en el primer rayo de luz la inspiración de sus armonías matutinas, andan
trastornados desde que la chispa eléctrica, sin respetos á la luna, preten
de pasar plaza de sol.
No hay, pues, que esperar ni el canto del gallo ni el trino del jilgue
ro para saber que ha amanecido, y lo más seguro es mirar el reloj para
ver qué hora señala; porque así como hemos dicho que la luz es constan
te y que sólo una vista muy experimentada puede conocer el momento
en que empieza la legítima y acaba la falsa, así decimos del movimiento
de la población.
Como nadie le dice al industrial que se dé prisa á acabar su obra antes
que anochezca, ni que se levante al amanecer para continuarla, porque
para trabajar tiene luz á todas horas, no se le ve salir de su casa con es
trellas, ni atravesar la población con paso ligero, confundido con otras
gentes de su clase y los criados de servir y los barrenderos de la villa y
los demás madrugadores, que antaño anunciaban la venida del alba tri
nando de rabia muchas veces por haber dejado el lecho, mientras los pá
jaros trinaban de gozo por haber soltado el nido.
Cuando todas las ge ntes se acostaban á la misma hora, y temprano
por cierto, dando las buenas noches, era natural que al volverse á ver de
madrugada se diesen los buenos días; pero ahora que no sucede lo pri
mero sobra lo segundo. Como nadie sabe, ni le importa saberlo, á qué
hora se acuesta ó se levanta el vecino, ni si por haber hecho lo uno se
ahorra de hacer lo otro, es inútil salir á la calle al rayar el alba con la si
guiente salutación cristiana colgada de los labios: Santos y buenos días
nos dé Dios.
T omo III
11
1G2
AN TON IO
FLORES
Han pasado muchos años desde que esto se decían unos á otros, los
que al asomar la aurora en el horizonte asomaban las narices á la puerta
de la calle y se santiguaban y hacían todo aquello que les ha visto hacer
el lector al rayar un día del año de 1800 en el ayer de esta historia; tam
poco se santiguan la cara con una cuchillada, como lo hacen los trasno
chadores de hoy , cuando no madrugan para dormir después de haber
pasado la noche en vela para conspirar; y en suma, esto y lo otro y lo de
más allá, cosas son añejas y desusadas para las gentes de 1899, á las cuales
ni se les puede aconsejar que madruguen diciéndoles que «al que madru
ga Dios le ayuda,» ni se les ha de pedir que se acuesten asegurándoles que
«no por mucho madrugar amanece más temprano.»
Verdad es que aún suena el bronce cristiano con que la cariñosa ma
dre Iglesia llama á los fieles á la oración de la mañana; pero suena mucho
más fuerte el bronce industrial con que las fábricas avisan á los opera
rios que pasaron la noche trabajando para que se retiren á dormir, y llama
á los que estuvieron durmiendo para que acudan á cubrir las bajas de
los talleres.
Y he ahí, lector, la oración de la mañana de estas nuevas feligresías, el
toque de diana de este campamento y los ruiseñores que cantan la albo
rada en este gran albor de la industria.
Las máquinas fueron las que se echaron á dormir en 1800, dando no
pocas cabezadas en 1850, y ellas son las que han despertado en 1899.
El espíritu duerme ó vela ó hace lo que se le antoja, que ya sabe él
que no tiene que dar cuenta á nadie, y la materia es la que no toma alien
to ni descanso, estando siempre tan ágil y tan despierta, que á todas las
horas del día y de la noche parece que empieza su madrugada.
Las calderas de vapor no recibieron ni á las diez ni á las doce de la
noche un recado del alcalde de casa y corte para que apagaran el fuego
y se retiraran á dormir; ni hubo un municipal que se llegara á domar, de
orden del alcalde, los soberbios humos de las chimeneas; ni el ferrocarril
halló cerradas las puertas de la población á las nueve en invierno y á las
diez en verano; ni por último, en nombre de la libertad de los que desean
dormir de noche, se les ha quitado á los otros la libertad de vivir á esas
horas y la de alborotar la vecindad y el barrio.
Por eso vuelvo á decirte y cien veces te repetiría lo mismo, querido
lector, que en Madrid no anochece ni amanece, y que como el sol no se
pone nunca en los dominios de la industria, el ruido de la población es
permanente desde que las mejoras materiales, cansadas de haber pasado
durmiendo una noche muy larga, madrugaron para no volverse á acostar.
Así yo, para cumplir el compromiso en que me hallo de escribir este
cuadro y falto de práctica para adivinar las horas del crepúsculo, saco
AYER, HOY Y MAÑANA
163
el reloj, y con más razón que Cervantes digo después de mirar la hora:
La del alba sería cuando Venancio, apartándose bruscamente del fa
bricante de agua de Colonia y perdiendo de vista la manifestación popu
lar y el retrato que iba á la cabeza de ella y que á tal punto trastornó la
suya, se dio á vagar por las calles sin rumbo ni dirección fija, viéndose á
cada instante cercado de vendedores ambulantes que le ofrecían toda
clase de objetos, no de madrugada, como los antiguos buñuelos y el café
caliente y las verduras ó cualquier otro de aquellos comestibles y bebes
tibles cuyo ronco pregón era en el suelo lo que el trinar de los pájaros
en el aire.
Ofrecíanle, por el contrario, cicerones metálicos para que acertara á
encontrar su casa, alas de Morfeo para que se fuera volando á la cama,
y le entregaban á centenares los prospectos de otras tantas alcobas higicnicas y económicas; viéndose cada vez que pasaba por una de estas in
mensas camas redondas en grave compromiso para no caer en la tenta
ción de echar su cuerpo á dormir.
Ya se ve, andaba tan despacio y con un aire tal de distraído, que todos
le adivinaban su cualidad de forastero y á todo trance querían hacerle su
parroquiano.
Si alzaba la vista al cielo se veía cercado por diez ó doce personas do
ambos sexos, que á porfía querían ponerle un par de alas debajo de los
brazos; si bajaba los ojos acudían otras tantas á enseñarle la estación de
un electrocarril subterráneo; si volvía la cabeza hacia la izquierda le
ponían en la mano veinte billetes para otros tantos salones de baile, y si
angustiado de tanta solicitud corría hacia la derecha, le seguían una mul
titud de gentes para ofrecerle, el uno, asiento en el Gran faetón de la
A urora, desde donde se ven cómodamente todos los misterios de la ma
drugada; el otro, el último billete que le quedaba para asistir al G lobo
de los A strónomos y 'presenciar la retirada de las estrellas, y más de
uno le dijo si quería que le sacara vistas albográficas de todos los secre
tos de la aurora.
Afortunadamente Venancio, que iba demasiado en sí mismo para pen
sar en los demás, no oía la mitad de aquellos gritos ni escuchaba la
mayor parte de tan extravagantes ofrecimientos, y seguía marchando sin
saber adonde iba ni ocuparse de averiguar en dónde se encontraba;
hasta que sin que él pudiera darse razón de lo que le ocurría, se halló en
un aposento elegantísimo, frente á una lámpara de luz melancólica, sen
tado en una cómoda butaca y al pie de una cama colgada con un lujo
exquisito.
Y fué que cansado de dar vueltas y viendo á la puerta de un gran
edificio de planta baja un parque lindísimo con sillas de varias clases,
:
164
A N T O N IO F L O R E S
cayó maquinalmente en una de las más cómodas, la cual, desapareciendo
del parque por su propia autonomía en cuanto sintió el peso del fatigado
caminante, le transportó al aposento referido; haciendo el mueble esta
evolución con tal rapidez y tal movilidad, que cuando expiró en los labios
de Venancio el grito que involuntariamente le salió del pecho al sentirse
girar, ya se halló con su propio sombrero colgado enfrente de su cabeza
y sin botas.
Verdad es que si hubiera puesto cuidado aún habría alcanzado á ver
cómo estas marchaban á colocarse fuera déla puerta de la alcoba para la
revista de policía de los criados del establecimiento.
Alzóse en pie, asustado, cuando ya sentía que el gabán se le iba cami
no de la percha, y tirando de uno de los infinitos botones que había á la
cabecera empezó á ver desplegarse sobre la almohada un rollo de papel
larguísimo, encabezado con estas palabras: Servicio de cenas.
No quiso seguir leyendo, é impaciente por salir de allí, se dirigió á la
puerta por donde él creía haber entrado, y al tirar del picaporte se ofreció
á su vista un magnífico baño de mármol lleno de agua cristalina, que
Venancio sintió al pronto que no fuera suficiente para ahogarse en ella;
aunque arrepentido al instante de este mal pensamiento, se santiguó y
hasta me parece que buscó, sin hallarla, la pililla del agua bendita.
Creyó inútil seguir pulsando aquellas teclas, temiendo tropezar con
todas menos con la que le hacía falta para salir de allí, y se detuvo un
rato á pensar sobre lo que mejor le convenía hacer, paseando su vista,
nada más que su vista, por el aposento, hasta que tropezó con un cuadro
en el que estaban escritas las condiciones ó estatutos del establecimien
to, y con las manos á la espalda, por miedo de una imprudencia, leyó lo
siguiente:
«AL DIOS MORFEO
»Gran dormitorio público mecánico, superior en lujo, en comodidad
y en silencio á todos los conocidos hasta el día, incluso el tan afamado
de LOS SIETE DURMIENTES.
»Los huéspedes de esta casa pueden roncar, soñar á voces y gritar
cuanto quieran, en la seguridad de que á nadie incomodan ni por nadie
serán molestados.
»La fábrica de este establecimiento tiene la inapreciable ventaja de
no ser acústica, hasta el punto de que un tiro disparado en una alcoba,
no sólo no se oye en la inmediata, sino que apenas percibe la detonación
el mismo que dispara el arma.
AYER, HOY Y MAÑANA
165
»El parroquiano que se retira del club, soñoliento y sin fuerzas ni aun
para desnudarse y meterse en la cama, no tiene más que hacer que sa
berse colocar en la camarera y ella sola le desnuda y le acuesta.
»Si la demasiada excitación del cerebro ó por el contrario el cansan
cio del cuerpo no le permiten dormir tan pronto como desea, le bastará
abrir la boca del Morfeo que hay á la cabecera de cada lecho, y un suave
é imperceptible aroma opiado le dará un instantáneo sueño dulcísimo.
»A esa misma cabeza de Morfeo se le puede pedir cuanto se necesita
sin más que hablar en voz baja al oído derecho y escuchar la contesta
ción por el izquierdo.»
Venancio respetó el secreto de las demás condiciones, y sin leer una
sola línea más buscó la cabeza, que con efecto estaba en el sitio en que
las antiguas camas tenían dos ángeles ó una imagen de la Virgen, y acer
cándose al oído derecho dijo:
—Quiero salir de aquí al momento.
—¿Adonde queréis ir?—oyó que le preguntaba una voz que salía por
la oreja izquierda de la cabeza de Morfeo.
—A la calle—repuso al punto Venancio.
—Sentaos en la camarera—le dijeron.
\ apenas lo hubo hecho, cuando se encontró el sombrero en la mano
y las botas en los pies, y un segundo más tarde se halló en el parque
trente á un hombre que con una bandeja en la mano le cerraba el paso.
—¿Que queréis?—le preguntó Venancio.
—Que me paguéis la estancia.
—¿Cuánto os debo?
Y echando mano al bolsillo añadió:
—Aunque bien mirado, vos sois el que me deberíais pagar á mí el
atropello con que me habéis tratado.
—Caballero—repuso el cobrador del dios Morfeo,—aquí no se hace vio
lencia á nadie, y precisamente lo que distingue este establecimiento de
los demás dormitorios públicos es: que ni tiene buscones en la calle para
engatusar durmientes, ni ómnibus á la puerta de los clubs llamando á
nadie á la cama, ni siquiera reparte prospectos en las academias ponde
rando las ventajas del sueño á los que están escuchando discursos casi
siempre soporíferos. Bien seguro podéis estar de que todo el que entra en
estas alcobas lo hace por su propia voluntad. Y no se diga que hay pocos
aposentos, ni que no están todos llenos, porque tenemos 1.500 sólo de
primera clase, y si acertáis á sentaros una hora más tarde, habríais te
nido que estar esperando alcoba más de diez minutos.
—¿Cuánto os debo?—volvió á decir Venancio, convencido de que él se
tenía la culpa de lo que le había pasado.
1GG
ANTONIO FLORES
El cobrador le presentó una cuenta que, encabezada con el membrete
del establecimiento, decía lo siguiente:
Rs. Cé n ts .
Entrada en el dormitorio........................................0,50
Camarera á la entrada............................................4,95
Idem á la salida......................................................4,95
Por ver la lista de las cenas...................................2,50
Un baño.................................................................. 8,85
Pregunta á Morfeo.................................................. 3,70
Respuesta de éste....................................................3,70
Una cama fuera de servicio....................................8,90
38,05
Pagó el joven extremeño y siguió andando ya con rumbo fijo á su
hotel, donde pensaba pasar un rato á solas consigo mismo para acertar á
salir del laberinto de encontradas ideas en que batallaba desde que el
amor le había puesto el entendimiento al reves.
Y caminaba de prisa, sin pararse á ver cómo la luz del nuevo día, que
ya se vertía esplendorosa y galana por los antiguos dominios de la luz
eléctrica, se tragaba los pálidos resplandores de ésta, sin permitirla que
osara comparecer á su lado.
Harto tenía en que pensar el enamorado mancebo para acordarse de
las alboradas de su pueblo, donde la noche es un verdadero simulacro de
la muerte y la madrugada un remedo de la creación.
Iba tan distraído, que ni siquiera paró su atención en una máquina
madrugadora, invención modernísima, con que merced á la filantrópica
intervención de la Sociedad 'protectora de los Animales han podido los
expendedores de leche de burras conservar uno de los gritos más gráfi
cos del alba de 1800.
Entre las campanillas matutinas que se han suprimido se halla el
cencerro de las nobilísimas burras de leche que corrían con amoroso afán
á amamantar á los tísicos, yendo y viniendo de un punto á otro de la po
blación. Pero se ha suprimido la campanilla, entiéndelo bien, lector, la
campanilla, no la burra que la llevaba. Y se ha suprimido con su cuenta
y razón y no por un mero capricho. Se ha suprimido porque la sociedad
que protege á los animales, como no huelga ni descansa en su filantrópi
ca tarea, pensó que las burras de leche, corriendo atropelladamente á
hora tan peligrosa para la salud y parándose sudadas á la puerta de las
casas, podrían acatarrarse y adquirir la misma enfermedad que con tanta
abnegación saben curar; y como al pensar en el bienestar de esas pobres
bestias creyó que debía conciliar sus intereses con los del hombre, dispu
so, no que se suprimiera la leche de burras, sino que éstas fueran á las
AYER, HOY Y MAÑANA
167
casas con todo descanso, y no por su propio pie, sino en coche; y al efecto
ha construido un gran faetón, cuyo interior es un establo espacioso, có
modo y hasta de lujo, el cual, movido por el vapor ó la electricidad, lleva
á los animalitos descansados y hace que los enfermos no beban la leche
alterada, como sucedía antiguamente; precaución esta última que desde
muy antiguo tomaban las mujeres al dar de mamar á sus hijos: lo cual
prueba una vez más que es difícil encontrar nada nuevo y que la moda
es una gran colección de antifaces que alternativamente se van poniendo
los siglos para coquetear con la humanidad.
Ya ves, lector, cómo aquí no hay más madrugada que la de la indus
tria ni otros madrugadores que los pensamientos industriales.
CUADRO XX
ENTRE
LA ESPADA Y LA PA R ED
Donde se prueba que tres ventu
ras puedeu ser una gran desgracia.
Cuando Venancio se vio á la puerta del Hotel de la Unidad Transat
lántica pidió una carretilla ele'ctrica, y á pesar de las infinitas vueltas,
revueltas, encrucijadas, parques, galerías, vestíbulos y corredores que se
paraban la entrada del hotel de la puerta de su habitación, pronto se
halló dentro de ésta. Porque has de saber, lector, que estas carretillas son
verdaderas exhalaciones, con las cuales se pueden llevar y se llevan los
cuerpos dos pasos delante de sus propios pensamientos. Y es tanta la
rapidez de esta nueva locomoción, que el hombre que se deja arrebatar
por uno de esos trineos velocíferos siente dentro de los oídos un hormi
gueo desagradable y se estremecen sus nervios como si encima de ellos
rasgaran tafetanes, y es que su cabeza va cortando el aire como con un
cuchillo.
Inventáronse estas carretillas por el ingeniero mecánico de una casa
de locos como medio el más eficaz y seguro para despejar el cerebro, y el
de Venancio habría llegado limpio y sereno como si se le hubieran vuelto
A YE R , HOY Y MAÑANA
169
del revés, á no haber sido tan violentas las impresiones que acababa de
recibir y todas ellas en tan corto espacio de tiempo.
Entró en su cuarto con la cabeza pesada como si fuera de plomo, dura
como de piedra y ardiendo como un volcán; cerró maquinalmente la
puerta, y también sin darse cuenta de lo que hacía dió vuelta á la llave,
y sentado en un sillón, con los codos apoyados sobre la mesa de escribir,
se dió á pensar en sí mismo, cosa que no le había ocurrido hacer desde
que estaba en la corte.
Y á poco rato de estar en esa postura contemplativa arrojando por
los ojos torrentes de luz magnética capaces de descubrirle, no ya el pasa
do, sino el porvenir de la humanidad, si él hubiese sido ó querido ser so
námbulo vidente, empezó á mover pausadamente los labios sin articular
una sola palabra, ó sin que yo, á pesar de tener ceñida su cabeza con la
masa elástica de mi ser invisible, pudiera entender lo que decía. Pero
poco á poco el ejercicio de los labios fué creciendo, entreabrí ásele la boca
cada vez más y empezaban á sonar en el aire algunos monosílabos; hasta
que por último, bien fuese porque él alzaba la voz ó porque la atmósfera
había aprendido á traducir aquellas gesticulaciones, es lo cierto que se
oyeron clara y distintamente las siguientes palabras, de las cuales con
poquísimo esfuerzo se podría hacer, ya que no un gran discurso acadé
mico, un mediano boceto parlamentario.
«Serénate— dijo,— serénate, Venancio, y entra en cuentas contigo
mismo. Discurre con método, y no olvides los preceptos de la lógica y de
la dialéctica que te enseñaron tus maestros. En primer lugar, pregúntate
á ti mismo quién eres, de dónde has venido y dónde te hallas. Esto últi
mo sobre todo es lo que más te importa averiguar. ¿Será ésta la corte de
España? ¿No me habrá llevado esa máquina infernal que me sacó de mi
pueblo y que no se detuvo en ninguna parte á Inglaterra, á Francia, ó
mejor aún á alguna de las repúblicas de América? Porque bien mirado,
¿qué hay aquí que no me sea extranjero á excepción del idioma? Y aun el
idioma, ¿cómo le hablan? ¿No me quedo sin entender á la mayor parte de
las gentes? Y éstas ¿no se quedan en ayunas cuando yo les hablo? Maldi
tas sean las doctrinas que aprendí en las aulas, que no me enseñaron todo
lo que ignoraba y me hicieron olvidar las sabias lecciones de mi tío el
canónigo. ¡Qué razón tenía el buen señor cuando me decía que las aldeas
eran el limbo, los pueblos el paraíso, las capitales de provincia el purga
torio y la corte el infierno!
»¡Ah! Si yo pudiera tener la fe de aquel santo varón, bien pronto liaría
el petate y daría la vuelta á mi lugar, renunciando, aunque mi madre se
apesadumbrara, no ya á ser más, pero ni siquiera tanto como el hijo de
doña Tomasa, el cual ya veo yo que no murió de muerte natural, sino
170
ANTONIO FLORES
que acabaría sus días en una casa de locos, como me sucederá á mí si
Dios no me da el valor que me falta para huir de aquí.
»Porque después de todo —añadió tras de una breve pausa,—¿qué
papel voy á hacer yo en el Parlamento, suponiendo que salga elegido
diputado? ¿Qué tiene que ver el derecho que yo he aprendido con el que
estas gentes practican? ¿Me he de estar con los brazos cruzados y la len
gua pegada al paladar mientras gritan en las calles ¡mueran los aboga
dos! y proclaman la libertad absoluta de todo y para todos? Esto es impo
sible; decididamente me vuelvo á mi casa.»
Y al pronunciar estas últimas palabras, con las cuales sintió un gran
alivio en la cabeza, porque ya le parecía que acariciaban su abrasada
frente las puras auras de la campiña, se escuchó en el aposento un campanillazo eléctrico. Alzó el joven extremeño la vista hacia el reloj tele
gráfico, y vió que alguien preguntaba en una de las doce porterías del
hotel si estaba en casa. Eespondió que sí, moviendo á su vez otro hilo
eléctrico, y sostuvo el siguiente animado diálogo telegráfico:
—El gobernador civil del barrio 580 os avisa que habéis sido elegido
diputado por once votos contra diez. ¿A qué hora y en qué salón queréis
la comida?
—A ninguna; hoy no como en el hotel.
—No se os pregunta por vuestra comida, sino por la del cuerpo elec
toral.
—A la hora de todos los días, en mi cuarto.
—En vuestro cuarto no caben más que doce cubiertos, y se necesita
una mesa lo menos de cuarenta.
—¿Cómo tantos, sino son más que once los electores?
—Los que os han votado son once; los que han tomado parte en la
votación veintiuno, y además hay que poner también cubierto para los
agentes electorales y para dos improvisadores, cuando menos, que se ne
cesitan á la hora de los brindis. El taquígrafo y el fotógrafo comerán en
segunda mesa. Si se ponen cuarenta cubiertos no sobrará ningún asiento,
porque estos actos son muy concurridos y se dice que vuestro triunfo ha
excitado gran entusiasmo.
«Si bien caballero me iba, buenos azotes me daban,» dijo Venancio,
hablando consigo mismo.
Y cortó la conversación que tenía con el portero por medio del telé
grafo, diciendo:
—Que se haga todo con decoro y como sea costumbre.
—Quedaréis perfectamente servido. El negociado de la etiqueta hará
ahora mismo un programa, que os presentará á la aprobación el maestro
de ceremonias.
AYER, HOY Y MAÑANA
171
Una sonrisa amarga, porque ya tú sabes, lector, que hay sonrisas que
destilan hiel y corroen la boca, se dibujó en los labios de Venancio al oir
lo del maestro de ceremonias y quererlo casar en su memoria con la ma
nifestación popular que acababa de ver, á tiempo que asomaban por tres
distintos buzones abiertos en el muro y como movidos por una mano in
visible tres distintos papeles.
Era el uno El Eco Matutino, periódico del hotel, cuya últim a hora,
escrita con grandes caracteres, llamó bien pronto la atención de Venancio,
y decía de esta manera:
«Tenemos la satisfacción de anunciar á nuestros suscriptores que uno
de ellos mismos, nuestro apreciable huésped el número 1.684, ha sido
elegido diputado por el distrito 5S0.
»Un sentimiento de modestia, que creemos ha de ser bien interpretado
por el público del hotel, nos sella los labios. Otros aplaudirán como se
merece esta acertadísima elección. El país y el hotel están de enhorabuena.
»¡Vivan los electores del distrito 580!
»¡Viva el nuevo diputado!»
El otro papel era un billete concebido en estos términos:
Os espero d las doce. El viaje durará veinticuatro horas más de lo que
yo había calculado.—S afo .Era también una carta el tercer documento; pero una carta de provin
cias, que decía así:
«Hijo de mi alma y de mi vida: Entre morirme aquí de tristeza poí
no tenerte á mi lado y exponerme á perecer en un descarrilamiento ca
mino de la corte, donde si Dios me permite llegar con vida tendré el
consuelo de abrazarte, preñero esto iiltimo. No sé lo que pensarás de mi
resolución, pero todos los parientes y los amigos la han aprobado, porque
todos ellos saben lo que sufro ausente de ti y con unas cartas tan cortas
como las que me escribes de pocos días á esta parte.
»Pensé deshacer la casa, vendiendo aquí los muebles, pero no he tenido
valor para tanto. Lloraba como una niña cuando veía á estos compañeros
de mi infancia, mudos testigos de todas las penas y las alegrías de mis
abuelos, próximos á pasar á manos extrañas, vendidos por un puñado de
oro, y he resuelto llevarlos conmigo. Ayer se cargaron todos, perfecta
mente empaquetados, en los carros del tío Donato, que los llevarán hasta
la estación del ferrocarril. Cuida de salir á recogerlos para que no so
rompa ninguno.
172
ANTONIO FLORES
»Yo salgo mañana, y cuento por minutos los que me faltan para verte.
¡Dios quiera que nos abracemos con buena salud!
»Mientras tanto, recibe la bendición de tu madre, que te ama mucho,
mucho.—Euperta.»
Esta vez no se llevó Venancio las manos ni á la cabeza ni al corazón,
sino que abrió los brazos, dejando que el corazón se le saliera del pecho
y la cabeza le estallara, para acabar de una vez con la vida, que le era ya
una carga harto pesada.
Y al alzar los brazos al cielo lo hizo teniendo en una mano la carta
de Safo y en otra la de su madre, exclamando:
—¡Dios mío! Si es que me estoy volviendo loco, quitadme de una vez
el poco juicio que me resta, porque ya no puedo más. ¡No puedo más!
—añadió con acento de verdadera amargura.
'Y cayó sin aliento sobre la butaca.
Hasta qué punto estaba justificado el desaliento de Venancio, tú lo
sabes, lector. Aún daba muestras de muy cuerdo, puesto que pensaba en
que iba volviéndose loco.
Con menos cosas de las que á él le habían sucedido habría perdido el
juicio cualquier otro.
El club de los espiritistas, el telégrafo de noticias frescas, la manifes
tación popular, la degeneración del pueblo, tan frío en amor como en
amistad, como en política, todo lo había visto en una sola noche; y á la
madrugada, cuando el astro del día debía iluminar sus sentidos para de
cirle si estaba soñando ó despierto, se encontraba con nuevos y extraños
sucesos. Sucesos que si no eran mayores que los que había visto durante
la noche, le tocaban mucho más de cerca, le interesaban más vivamente.
¡En qué momentos veía por primera vez la firma de Safo! Comprén
delo bien, lector, con observar que la vió sin besarla.
¡Cuando se le proporcionaba la ocasión de hacer con ella un viaje! ¡En
los momentos en que estaba entrando en Madrid el ajuar histórico de su
familia, regado con las lágrimas de su madre, y cuando esta señora debía
llegar á la corte y él debía salir á recibirla!
¿Era posible dudar entre su madre que tanto le amaba y la mujer que
ni siquiera comprendía su amor?
Antes de que le ocurriera pensar en lo que debía hacer para cumplir
con ambos deberes, que si para ti, lector, no son iguales, para él eran
ambos imperiosos, llamaron á la puerta y dijeron:
—El maestro de ceremonias pide permiso al número 1.G34 pora some
ter á su aprobación el programa de la comida electoral.
173
AYER, HOY Y MAÑANA
—{{¡Matadme, cielos, matadme/»—dijo Venancio, viniéndole á los la
bios este verso de García del Castañar, cuya comedia había representado
en su pueblo.
Y mientras esto ocurría en su aposento, las gentes se paraban en cada
una de las doce puertas del hotel, en las que se veía un gran cuadro con
lazos de color, como los que antiguamente ponían los loteros para anun
ciar el premio grande y en el que se leían estas palabras:
La elección del distrito.......................
lia recaído en el número.................
de este establecimiento.
580
1.684
Aunque la Sociedad económica de Amigos del Tiempo no había fun
dado aún las cajas de ahorros de ese capital, que con gran éxito están
funcionando hace muchos años en Inglaterra, país clásico de la esclavitud
en materia de minutos, habían adquirido los individuos de ella tal prác
tica en economizar instantes, que eran unos verdaderos avaros del tiem
po. Cierto es que pudiendo imponer esos ahorros en los establecimientos
de crédito, que por causa del sol y de otros padres de la vagancia aún no
existían en España, se limitaban á contar y recontar á solas los minutos
economizados, como el avaro apilaba en 1800 las onzas de oro que en 1850
desapilaron las leyes desamortizadoras, las sociedades anónimas y las em
presas industriales.
Y estos hábitos de economía y de templanza en el uso del tiempo, de
tal modo habían desarrollado la afición á vivir de prisa, que cada socio de
la Económica parecía una locomotora, y sus pensamientos y sus brazos
andaban más de prisa que noticia eléctrica en alambre telegráfico. Así
como el avaro de ayer malgastaba el tiempo, que es el gran capital, en
pensar y discurrir el modo de ahorrar cada día un ochavo á costa de su
propio alimento, el economista de mañana ahorra desde luego tiempo
pensando á escape la manera de no dejar un minuto sin hacer en él al
guna cosa de provecho
.
AYER, HOY Y MAÑANA
175
Esto hacen los individuos de la Sociedad económica del Tiempo; pero
como Venancio no pertenece á esa sociedad, sino que, por el contrario, ha
nacido y está criado en un país donde ese capital se malgasta y se derro
cha con verdadero despilfarro, es lo que se llama un hijo pródigo del
tiempo, al cual se le pasan los minutos y las horas pensando hacer mu
cho y sin hacer nada, como se le habrían pasado los años y los siglos si
los hubiera tenido á su disposición.
Créeme, lector, que si el sol hubiese estado obligado á pedir permiso
al joven extremeño para venir á alumbrar la tierra ó ésta para pasar por
delante del sol, se habrían pasado muchos días sin que amaneciese.
No es así, por fortuna de la humanidad que está tocando á las puertas
del siglo x x ; y por eso, mientras él había perdido el tiempo en alzar los
brazos al cielo, como si en el aire hubiera de atrapar el eonsejo que debía
buscar dentro de sí propio, el maestro de ceremonias del hotel había re
dactado el programa del banquete electoral y se presentaba á solicitar la
aprobación de su obra en el aposento 1.684.
Es el maestro de ceremonias un hombre que, lejos de poder excusar
con su obesidad la omisión de algunas cortesías y genuflexiones, se halla
tan enjuto de carnes y tan apergaminado que puede doblar el espinazo
hasta meter la cabeza entre los talones sin perder tierra, y sabe hacer ta
les quiebros y tales contorsiones con todo su cuerpo, que causa envidia á
los demás funcionarios de su clase, y en los tiempos de la antigua eti
queta cortesana habría sido requerido por muchos soberanos para con
fiarle el espinoso cargo de introductor de embajadores.
Tan enjuto como es de cuerpo lo es de rostro, y sus facciones tienen
la misma movilidad que su espinazo.
Frunce el ceño hasta dejar la frente una pulgada á retaguardia de las
cejas; arquea éstas hasta hacer unas veces la línea horizontal y otras el
arco agudo de la ojiva; pliega y despliega los labios con una coquetería
inimitable; saca y mete la barba como un salmonete; tiñe y destiñe las
mejillas con rapidez increíble, y por último eriza el cabello cuando viene
al caso como si le pasaran por la cabeza una corriente eléctrica.
La cortesía que hace al ver á Venancio no es de las de primer grado
ni tampoco de las últimas; pero como el hidalgo extremeño no ha visto
nunca un espinazo tan flexible, dobla á su vez el suyo cuanto puede para
corresponder dignamente á aquella atención; á cuya inusitada devolu
ción de etiqueta cierra los ojos el maestro de ceremonias, tuerce la cabeza
hasta echar la barba sobre el hombro izquierdo y lleva las manos al pe
cho, como diciendo: Domine, non sum dignus ut remitas salutationem
meam.
Y no lo es en efecto, porque lo mismo en el Hotel Transatlántico que
176
ANTONIO FLORES
en los demás establecimientos públicos en que se conoce esta clase de fun
cionarios de la etiqueta, están acostumbrados á recibirlos sultánicamente,
y la verdadera cortesía que ellos se meten en el alma es la que saca del
bolsillo el cumplimentado para gratificarles cuando se han acabado las
ceremonias.
Pero Venancio, aunque sabe de sobra que todos aquellos cumplidos se
los pondrán en cuenta muy cumplidamente, no puede permanecer sen
tado mientras aquel personaje le hace reverencias, y lleva su franqueza
extrema hasta rogarle que se siente. Exceso de cortesanía que lejos de
ser agradable al maestro de ceremonias nubla un tanto su semblante,
porque teme que allí donde son tan pródigos en cumplidos anden escasas
las monedas, y con cierto aire de severidad que casi tiene asomos de re
convención dice que no puede sentarse porque se lo prohíben las orde
nanzas de su profesión.
Y sacando de entre el ropón de terciopelo morado en que viene en
vuelto un álbum ricamente encuadernado, le extiende sobre la mesa, no
sin poner primero un paño de terciopelo carmesí galoneado de oro.
— Aquí tenéis—dice—los modelos del decorado de las salas de comer,
de beber y de fumar, con los servicios de mesa y demás adornos que se
usan en estas solemnidades electorales. Tened la bondad de decirme el
que os parezca mejor para cada uno de esos tres tiempos del banquete.
— Ya he dicho— replica Venancio asombrado, y digámoslo de una
vez, apestado de aquellas ceremonias,— que se haga todo con decoro y
como sea costumbre.
— Perdonad, caballero—dice haciendo una nueva cortesía el maestro
de ceremonias;— pero el decoro no tiene límites ni precio marcado en la
cartilla de la etiqueta, y en cuanto á la costumbre tampoco hay reglas
fijas para establecerla.
— ¿Ha habido algún otro huésped en este hotel que haya sido elegido
diputado?—pregunta Venancio.
— Muchísimos. ¡Pues si esta casa puede llamarse la antesala del Parla
mento! Yo no sé en qué consiste, pero candidato que toma habitación en
este hotel tiene segura la elección.
— ¿Y qué han hecho los que se han visto en el caso que yo?
— Cada uno ha obrado como le ha parecido, con arreglo á su posición
social, á sus aspiraciones parlamentarias, á los gastos hechos de ante
mano en la elección ó á las más ó menos esperanzas de hacer una fortuna
en el Parlamento.
— Yo no me hallo en ninguna de esas condiciones— dice Venancio,
hojeando con indiferencia el álbum,— y casi estoy tentado por renunciar
el cargo de diputado.
177
AYER, HOY Y MAÑANA
El maestro de ceremonias se encoge de hombros como si dijera: «¿ y á
mí qué me cuenta usted?,» y el joven extremeño añade:
—¿Qué tal os parece la idea de la renuncia?
—A mí no me parece ni bien ni mal; pero si habláis con formalidad y
queréis consultar lo que os conviene hacer en ese asunto, me retiraré y diré
al Mentor del hotel que venga á enterarse y á aconsejaros.
Muchas cosas se le habían indigestado á Venancio desde que estaba en
la corte; pero lo de saber que en el hotel había, no sólo maestros de cere
monias, sino mentores que se alquilaban para pedirles un consejo, como
se alquila un caballo para dar un paseo, se le atragantó de tal modo, que
para arrojarlo tuvo que soltar una fuerte carcajada, y mirando á su inter
locutor con aire de lástima, dijo:
—¿Y hay también tutores en el establecimiento?
—Sí, señor, que los hay y prestan muy buenos servicios; porque como
los tenemos de ambos sexos, tan pronto es un niño á quien le hace falta
un padre para una solemnidad universitaria, como una doncella que nece
sita una madre en representación de la suya propia ó cualquier otro indi
viduo á quien le conviene el tutor para su uso privado ó para una presen
tación pública. Sólo así—añadió con cierto aire de orgullo el maestro de
ceremonias—se pueden sostener estos grandes hoteles que tan combati
dos fueron al principio por los que creían que iban á relajar los lazos de la
familia. Indudablemente que si se hubiesen montado como las fondas
ordinarias, no habrían alcanzado el crédito que hoy justamente tienen.
Tan perfecta como es esta casa en la parte material del servicio mecánico,
lo es en la moral, digámoslo así, en la que afecta á la representación y al
decoro de los huéspedes. Sin temor de ser desmentidos pueden decir los
del Hotel Transalántico que aquí no se echa de menos nada de cuanto
pueda ser necesario en la vida moral y en la material.
—-’Sí, ya veo—replicó Venancio sonriendo amargamente—que se venden
consejos, se prestan tutores y se alquilan madres.
—Exactamente; todo eso se hace, por más que lo digáis con cierto aire
de burla. Ayer mismo el número 565 me avisó para que presidiera en su
nombre un duelo, porque él estaba obligado á asistir á otro negocio de
mayor interés, y lo hice con tal gravedad y tal sentimentalismo, que El
Eco de las tumbas y El Condensador de las lágrimas declaran en sus
números de anoche que jamás han asistido á una ceremonia más conmo
vedora ni han visto despedir un duelo con más dignidad ni más extremos
de dolor. Y claro está—añadió el maestro de ceremonias—que si no se hi
ciera así sería imposible que los hombres de negocios pudieran multipli
carse atendiendo por sí ó por procurador á varias cosas á un tiempo.
Venancio parecía estar distraído mientras su interlocutor seguía ponT omo I I I
12
178
&.NT0XI0 FLORES
derando las ventajas y excelencias de las delegaciones personales, y ni
asomó á sus labios la risa al oir los títulos de los periódicos funerarios, ni
interrumpió con pregunta alguna la impertinente charla de aquel hombre,
que continuó citando diferentes casos en que él había representado dig
namente á sus comitentes, suplantando padres, remedando hermanos y
fingiendo amigos. Pero la distracción del joven extremeño era aparente,
porque no sólo oía cuanto decía el maestro de ceremonias, sino que su
semblante se fue animando á medida que iba comprendiendo que el hom
bre podía multiplicarse para atender á muchas cosas á un tiempo; y fijando
su vista á la vez en la carta de Safo, que le citaba, como sabe el lector,
para las doce de aquella mañana, y en el reloj, que marcaba las diez y
media, exclamó con aire de verdadera exaltación:
—¡Conque es decir, que yo puedo asistir á la comida electoral y salir
cuatro horas antes para la Laponia y estar á la vez en Madrid para recibir
á mi madre!
El maestro de ceremonias no comprendió que aquella exclamación era
una consulta que á quemarropa le hacía Venancio, y le miró con cierto
aire de extrañeza y aun con algo de lástima, como si la sospecha que había
concebido de que aquel huésped no estaba muy en su juicio recibiera una
completa confirmación. Pero el joven extremeño repitió la pregunta exi
giendo una respuesta, y el diplomático, tomando un aire de seriedad ver
daderamente ridicula, dijo:
—Caballero, me honráis demasiado con vuestra confianza; pero ya os
he dicho que el hotel tiene mentores para esta clase de consultas, y yo no
sé si debo...
—Yo quiero que seáis mi mentor en este asunto—dijo Venancio.
—Mil gracias, caballero, pero os advierto que cuando se extienda la
cuenta de la consulta no extrañéis que se haga constar que á instancia
vuestra he funcionado como tal mentor. Y no lo digo porque me falte capa
cidad para desempeñar este cargo, sino porque aquí nos respetamos mucho
los unos á los otros y no quisiera sentar plaza de entremetido ni quitar
á nadie sus honorarios.
—Sea como gustéis—repuso Venancio cada vez con mayor exaltación,
como si la carta de Safo, que no soltaba de la mano, le trastornase los
sentidos;—pero no perdamos el tiempo y decidme qué debo yo hacer en
este caso.
—¿En qué caso?—preguntó el maestro de ceremonias.—Hablad; que por
lo que he podido comprender, se trata de que tenéis tres cosas que hacer
casi á la misma hora.
—Justo y cabal—dijo Venancio con alegría y pareciéndole un verda
dero oráculo el maestro.—¿Cómo se hace para no faltar á ninguna?
AYER , HOY Y M A Ñ A N A
i:9
—¿Cuál es la que más os interesa?
— Las dos.
• — Es decir, ¿que ya hemos descartado una de ellas? Será la del viaje. Me
parece bien que no vayáis á Laponia en esta estación.
— ¡Al contrario!— gritó Venancio con exaltación.—Ese viaje me es in
dispensable. A lo que renuncio es á la comida electoral. Suspendedla para
cuando yo vuelva.
— No seré yo quien os aconseje semejante cosa— replicó el maestro de
ceremonias,— porque sería muy mal visto un aplazamiento tratándose de
un banquete electoral. Si no podéis asistir nombráis una persona que os
represente.
— Vos podéis hacerme este favor.
— Es obligación mía. Lo haré de manera que quedaréis mejor que si
asistieseis en persona. Si queréis darme instrucciones acerca de vuestros
principios económicos y políticos, no me apartaré un ápice de ellos en el
discurso, y si no me decís nada y lo dejáis á mi cargo, haré un brindis que
parezca encerrarlo todo y que no comprometa á nada.
— Haced esto último— repuso Venancio, preocupado con la cuestión
magna que aún le faltaba resolver.
Y era tal el trastorno en que estaba su razón, á medida que se acer
caba la horade acudirá la cita de Safo, que juzgando posible que el maes
tro de ceremonias le inspirase la manera de irse por esos mundos de Dios
con la prenda de su corazón y quedarse á la vez en Madrid para recibir á
la prenda querida de su alma, tuvo la candidez de decirle:
— ¿Y cómo hago para ir al viaje y estar aquí cuando venga mi madre?
— ¿Cuántos días pensáis faltar de Madrid?
— Cuatro ó cinco.
— ¿Cuándo debe llegar vuestra madre?
— De un momento á otro.
— En ese caso debemos echar una cuenta.
— ¡Una cuenta!—dijo Venancio con infantil alborozo, como si el echar
la cuenta fuese echar del otro lado la dificultad.
— Sí, una cuenta; la de averiguar cuál de las dos cosas os tiene más
cuenta.
— Las dos.
— Eso no es posible, nunca hay dos negocios iguales. Miradlo bien,
que alguno de ellos os tendrá más cuenta que el otro. ¿Podéis aplazar el
viaje?
— De ningún modo.
— ¿Podéis enviar alguna persona en vuestro lugar?
— Imposible.
180
ANTONIO FLORES
—Pues en ese caso marchad.
—¿Y mi madre?
—Aquí la encontraréis cuando volváis. Si queréis que se aloje en el ho
tel se la saldrá á recibir con el tren que digáis y se le iiará presente vues
tra ausencia. Yo os aseguro que se la tratara de manera que no echará de
menos nada.
—Lo echará de menos todo si no puede echarse en los brazos de su
hijo.
—Cuando sepa que estáis ocupado en un negocio de verdadero interés,
se alegrará mucho de no veros, porque lo que quieren todas las buenas
madres es que prosperen los negocios de sus hijos.
Venancio se dispuso á replicar al maestro de ceremonias imponiéndole
silencio; pero la vergüenza que le causó haber profanado la memoria de
su madre, poniendo su amor filial á discusión con un ente mercenario, fué
el rayo de luz que alumbró su razón, deplorablemente ofuscada hasta en
tonces, y cortando aquella entrevista dijo con aire de verdadera dignidad:
—Pensaré lo que debo hacer, y mientras tanto, si no estoy en el hotel
á la hora del banquete presididle en mi nombre, excusando mi falta de
asistencia por un asunto de familia; pero es posible que yo os ahorre esa
molestia.
—De todos modos—replicó el maestro de ceremonias,—puesto que no
tenéis seguridad de poder venir quedo comprometido y no tomaré ningu
na otra comisión para esa hora.
—Sí, sí—repuso Venancio, alzándose en pie é indicando á aquel hom
bre que podía tomar la puerta.
En vano quiso éste que el diputado electo designara en el álbum la
clase de mesa, servicio de ésta y el número de platos y de vinos que ha
bían de presentarse en el banquete. Venancio se negó á escucharle y le
despidió diciéndole que le autorizaba para disponerlo todo como mejor
le pareciese; á cuyo voto de confianza respondió el maestro de ceremo
nias arqueando las cejas, poniendo los ojos en blanco y quebrando de tal
modo el cuerpo que el orador más experimentado no hubiese expresado
mejor su gratitud en un discurso de hora y media.
Cuando el joven extremeño se vió solo en su cuarto, dió tres patadas
en el suelo, se mesó los cabellos y dijo en voz alta con acento de verda
dera desesperación:
—Yo me tengo la culpa de todo lo que me pasa. ¡Maldita sea la dipu
tación y el hijo de doña Tomasa y el fabricante de agua de Colonia y....
Tal vez iba á pronunciar el nombre de Safo, enredado entre aquella
maldición, porque cerró la boca y los ojos haciendo un gesto repulsivo
como el que hacen los cantantes cuando la garganta les anuncia un gallo,
AYER, HOY Y MAÑANA
181
y mirando al reloj, que marcaba las once y cuarto, cogió el sombrero y
salió precipitadamente de su aposento.
Y aún no había dado diez pasos en la galería, cuando se encontró con
los músicos de la secretaría del Parlamento, que venían á saludarle con
el himno de los escogidos; la murga del distrito, que le tocó la marcha de
los vencedores, y más de cincuenta enviados de otros tantos gremios, ar
tes, industrias y fábricas, que se apresuraban á entregarle sus tarjetas
para ganarse su voluntad y su voto en las cuestiones que tenían pendien
tes ante la representación nacional.
—¡Vuelvo, vuelvo!—gritó con verdadero terror el joven extremeño,
defendiéndose casi á puñadas de aquella turbamulta. Y salió á la calle
desencajado y pálido como un difunto.
Indudablemente, lector, que en esta sociedad de mañana hay razón
para eso y para mucho más, porque á medida que las máquinas van jubi
lando brazos, éstos, que ya no saben ni pueden estar ociosos, se dedican
á una porción de industrias nuevas que marean y aturden á los incautos
forasteros.
El maestro de ceremonias es un tipo que se halla en todas partes, bajo
multitud de formas, en diverso traje y para todas las necesidades de la vida.
Por eso el habitante de la corte, verdadero conocedor de la Babilonia
que anda por el suelo, viaja por los trapecios, por la maroma y en los
globos, bajando á la tierra lo menos posible, ó bajando demasiado, hasta
vivir debajo de ella, en el Madrid subterráneo.
C U A D R O XXII
L A SEÑ ORITA SAFO Y L A SEÑ ORITA N ORM A
Cuando Venancio se vio en la calle, libre de la enfadosa presencia del
maestro de ceremonias y sin que atronaran sus oídos las murgas parla
mentarias, alzó los brazos al cielo, sin soltar de la mano ni la carta de su
madre ni el billete de Safo, y echó á correr en dirección de la casa de su
amada, que por fortuna estaba á pocos pasos del hotel.
Involuntariamente fijó la vista en el cuadro que anunciaba al público
el resultado de su elección, y se sonrió amargamente, mientras le cerraban
el paso y le acometían una porción de vendedores ambulantes gritando:
La lista grande con los nombres, apellidos, oficios y opiniones po
líticas de los nuevos diputados.
El croquis del, parlamento en relieve y colores, donde se marcan las
zonas políticas de cada fracción parlamentaria, indicando con medias
tintas los bancos en que se sientan los pancistas.
L íbrelo para escribir y notar discursos de todas clases, programas,
acusaciones, proyectos de ley y ardides parlamentarios, ad uso moderno.
Tiene la explicación este librito.
N uevo manual del diputado , en que se ofrecen toda clase de reglas
y preceptos para huir de las inconveniencias parlamentarias; décimasexta edición, corregida y aumentada con una tabla cabcdística para las
votaciones nominales.
AYER, HOY Y MAÑANA
183
Sin detenerse á comprar ninguna de esas obras ni fijar su atención en
los títulos de otras análogas que pregonaban por todas partes, llegó Ve
nancio á casa de Safo cuando aún faltaban quince minutos para la hora
de la cita.
]STo tuvo necesidad de sacar el reloj del bolsillo, porque el corazón
saltándole dentro del pecho le anunció que aún estaba en casa la señora
de sus pensamientos, y sin saludar á la portera, que como de costumbre
trabajaba en el gran padrón de la estadística vecinal, llegó á la presencia
de Safo; la cual, si en la primera visita se le apareció de una manera ex
travagante y romántica, en esta ocasión le dejó completamente aturdido
y maravillado.
Después que el joven extremeño hubo entrado en la antesala y recibido
en ella el saludo de una doncella honoraria, atravesó la sala de armas, y
al cruzar con paso resuelto el salón gimnástico, donde no vió persona al
guna, oyó detrás de sí una voz dulcísima que le dijo:
— Así me gustan á mí los hombres.
Volvió la cabeza y no vió á nadie; pero el corazón le hizo alzarlos ojos
al cielo, y allí, suspendida en el aire, en actitud verdaderamente angélica,
vió lo único que le faltaba ver para cegar por completo.
Apoyada la mano izquierda en una argolla y sujeto el pie derecho en
otra, ambas pendientes del techo, la presidenta de la Filosofía Socia
lista, la mujer que doce horas antes había producido una manifestación
popular de las más trascendentales, parecía un ángel cayendo por primera
vez desde el cielo á la tierra. Y lo parecía con tanta más razón cuanto
que, gracias á las licencias poéticas que Horacio reconoció en los pintores
y en los poetas, han logrado los ángeles andar menos á la ligera de lo que
anduvieron por el paraíso, y como los escultores destajistas de los si
glos x vm y principios del x ix los vistieron de caballeros particulares
con botas de montar y espolines, ni siquiera este último requisito faltaba
á nuestra celebérrima poetisa. Menos las alas, y aún podía suponerse que
las tenía porque estaba pegada al techo, gracias á las argollas y al trape
cio, toda la figura de Safo recordaba la del Arcángel San Eafael acabada
de salir de las manos de uno de aquellos infatigables tallistas que, sin
otra recompensa que el vestido y la comida, hacían santos á jornal en el
claustro de un convento.
Venancio quedó como petrificado ante aquella hermosísima visión, y
sin darse cuenta de lo que hacía, alzó los brazos al techo para recibir en
ellos el cuerpo de su amada, á tiempo que ésta se descolgó por una cuerda
con una agilidad digna del más experimentado grumete.
En su mano, un tanto amoratada y más de un tanto crecida por el
violento ejercicio que acababa de hacer, recibió un ósculo de amor del
184
ANTONIO FLORES
enamorado galán, el cual no repitió la dosis porque creyó oir pasos en la
pieza inmediata, y al punto retiró los labios y aun tuvo conatos de pasar
por ellos su mano como hacen los niños golosos cuando son sorprendidos
á la entrada de una despensa.
ignoraba el pobre hidalgo extremeño que lo que acababa de hacer no
tenía importancia alguna y que, no ya en la mano y á hurtadillas, sino en
el rostro y públicamente, podía besar cuando se le antojara á Safo y á
cuantas mujeres le saludaran con el dictado de amigo.
Verdad es que si lo hubiera sabido, el beso le habría amargado ó no le
hubiera pasado de los labios, llegándole como le llegó al corazón, ni más
ni menos que á su abuelo le llegaba el contacto de una mano femenina
cuando, encendido como un pavo, la buscaba en secreto por debajo del
verde tapete de aquella célebre camilla de ayer , y á su padre el primer
beso de mujer que halló detrás de una puerta ó entre los pliegues de un
dominó en 1850, cuando ya el estrechar una mano se hacía por encima
del tapete y sin teñirse de rubor el que apretaba ni la que recibía el apretón.
Y esto es tan cierto, que si Safo hubiera comprendido que aún se que
daba con ganas de besar, le habría dicho «siga usted besando,» sin im
portarle nada, no ya de los pasos que allí cerca se oían y ella sabía bien
quién los daba, sino de que la sala hubiera estado llena de gente.
Era Norma, su amiga y colaboradora literaria, la que se acercaba y la
que entró en el salón gimnástico, cuando aún Venancio paladeaba el beso
y se apartaba de Safo para mejor disimular lo que no tenía más delación
que el disimulo.
Norma, la futura esposa del célebre lapón, folletinista del Eco de las
Soledades, no nació hermosa, pero nació mujer; y como decían los anti
guos, aunque no era bonita se paseaba entre ellas y hasta puede añadirse
que parecía mejor que todas. Alguien dijo y muchos hemos repetido
aquello de que el poeta nace y el orador se hace, y sin embargo esto pue
de aplicarse mejor á la mujer, diciendo que la buena moza nace y la mu
jer graciosa se hace.
En todos tiempos y todas edades, desde que el mundo se anunció á sí
mismo por medio de Eva, el Apolo del bello sexo, han nacido, nacen y es
de creer que nacerán mujeres hermosas, tipos acabados y perfectos de
belleza absoluta, para los cuales el peluquero, el joyero y la modista son
tres enemigos capitales, como lo es la restauración de las verdaderas obras
maestras del arte. Si Venus hubiera salido de las espumas del mar con el
cabello recogido, el pecho encerrado en un corsé, el cuerpo embutido en
un miriñaque y los brazos enfundados en seda como un paraguas ó un
manojo de bastones, y por remate de esa restauración artística se hubiera
pintado los labios, teñido las cejas, sombreado los ojos y espolvoreado el
AYER, HOY Y MAÑANA
185
cutis del rostro y de las manos, habría parecido mejor ó peor á los genti
les, pero no hubiese pasado á la posteridad con el indisputable renombre
de buena moza. Y otro tanto decimos de Eva, que monda y lironda se
ahduvo paseando por el paraíso, sin presumir que para agradar al hom
bre tuvieran las mujeres necesidad de la química, de la orfebrería y de
las fábricas de tejidos de seda. Ella era el poeta de la hermosura, y con
sólo venir al mundo tenía acabada la carrera de sus encantos.
Pero la descendencia de Adán ha sufrido infinitas degeneraciones, y
he ahí el origen de los oradores de la hermosura. La mujer que no ha
logrado nacer hermosa se hace graciosa. Carece de los encantos naturales
con que la mujer como el poeta se impone al mundo por encima de to
dos los preceptos y todas las reglas del arte, y acude á la elocuencia de
los afeites, de las telas y de la pedrería, para entrar á fuerza de gracias
en competencia con la verdadera hermosura.
Y lo que hace con los adornos materiales lo hace también con los mo
rales, llamando en su auxilio á la discreción, á la travesura y á la amabi
lidad, para hacer en derredor de su individuo una atmósfera de gracia y
de belleza que no deje ver la ausencia de la hermosura. La insinuante
oratoria de sus ojos, la brillante elocuencia de sus labios, los incontesta
bles argumentos de sus cabellos y las dotes parlamentarias que respiran
todos sus adornos, todos sus gestos y todos sus ademanes, hacen excla
mar á primera vista: «¡Qué mujer tan hermosa!,» y un poco después: «Es
fea, pero tiene un no sé qwé.....)>
Pues bien, lector, el no sé qué es la gracia, es la oratoria de la belleza,
es la falsificación de la hermosura, es un aderezo de vidrio tan bien ta
llado y tan bien hecho que unas veces por ignorancia y otras á ciencia y
conciencia de su falsedad prefiere el mundo al aderezo de brillantes.
Y esto sí que no es cosa de ayer ni de hoy ni de mañana, sino de
siempre, de todos los tiempos y de todos los pueblos. ¡Bueno andaría el
mundo si á las mujeres se les exigiera la talla como á la tropa y se les mi
dieran las facciones con un compás, desechando las que no se ajustaran
al original de Eva ó de la diosa Venus!
Un siglo y algo más ha pasado desde que cierto mozo de ingenio,
requebrando en público á su novia, le cantó la siguiente copla:
«Con la sal que derrama
mi feotona
se mantienen un año
las buenas mozas.»
¡ Si el que no se consuela es porque no quiere!
Pero Norma, lejos de estar desconsolada, se consideraba muy feliz
siendo como era.
18 G
ANTONIO FLORES
Y era de poca estatura, de no muchas carnes y no bien repartidas, sin
que por esto se crea que el reparto era tan desigual que jorobase ninguna
parte del cuerpo, sino que por el contrario, en gracia propia y del sastre,
tenía un talle delgado y esbelto que no había más que pedir. El desequi
librio carnoso no pasaba de la cara, en lo que estaba á la vista, y consistía
en que los labios habían salido mejor librados que la nariz, que era pe
queña aunque remangada, y todo lo que la frente tenía de deprimida
los carrillos recogieron por abultados, circunstancia esta última que hacía
parecer los ojos más pequeños de lo que eran en realidad. Por lo demás,
aunque la boca era muy rasgada, como la dentadura era grande quedaba
toda llena, y en esto no había desigualdad. El cabello y los ojos eran muy
negros y el cutis no lo era tanto aunque resultaba bastante obscuro.
Á pesar de esto, ó precisamente por esto, Norma tiene fama de mujer
bonita, hasta el punto de que algunas gentes, para quienes el progreso
en todo y para todo es una ley obligatoria, empezaron por decir que tenía
alguna gracia, avanzaron á llamarla graciosa, luego la tuvieron por bonita
y ya hoy les parece hermosa. Y aunque esto va en gusto, no creas, lector,
que el de estas gentes de mañana se ha pervertido hasta el punto de
tomar lo blanco por negro, sino que como la industria se ha apoderado de
la naturaleza, en este ramo de la mujer con más perfección que en nin
gún otro la hermosura se falsifica como se quiere, y ya ni los ojos más ó
menos grandes ni más ó menos negros ni el cutis blanco ni el labio de
fuego ni la mejilla de rosa seducen á nadie. Toda la sociedad está en el
secreto, y las caras no se toman como son, sino como serían si no hubie
sen dejado de ser lo que eran; es decir, restando. Por eso Norma, que
tiene el buen talento de no falsificar su tipo cubriéndole con una belleza
exótica, sino que por el contrario le ha buscado adornos y gracias in d í
genas, esto es, homogéneas á sus facciones, parece graciosa, y tiene dere
cho á que cuantos la ven la encuentren el no sé qué que en todos tiem
pos hizo á no sé cmíntas mujeres reinas del buen tono, llevando atadas
á su carro triunfal centenares de buenas mozas.
Safo es de estas últimas. Perdóname, lector, si de una manera tan ab
soluta no te lo he dicho hasta este momento. Quiero que entre tú y yo
no haya secreto alguno, porque necesito que todos mis personajes te sean
simpáticos, y que á cualquiera de ellos que cometa un disparate le des
la razón y digas, sin que otra cosa te quede en el cuerpo: «Ha hecho bien,
¡canario!, yo en su lugar hubiera hecho otro tanto.»
Y ya puedes empezar á decirlo ahora mismo, porque te advierto que
Venancio, á pesar de haber ido á casa de Safo sin otro pensamiento que
el de verla y el de decirla que no puede acompañarla en el viaje, se va
con ella, sin cuidarse del ajuar histórico de su familia, sin salir á recibir
AYER, HOY Y M A Ñ A N A
187
á su madre, y lo que es mas aún, sin escribirla dicie'ndole que retrase su
viaje, como discretamente le aconsejó que lo hiciera el maestro de cere
monias del hotel.
Yo no te quise decir, lector, el propósito del joven jurisconsulto, por
que sabía que te ibas á sonreír maliciosamente, comparando á mi hom
bre con el jugador arrepentido que para empezar nueva vida cree preciso
volver á la casa de juego á despedirse, por mera cortesía, de sus compa
ñeros, Todas las comparaciones son odiosas y esta sería además injusta.
Venancio, de cuyo cariño filial no te permito dudar un instante, salió
del hotel firmemente resuelto á decir á Safo que le dispensara y hasta
que le compadeciera por no poder aceptar la honra de acompañarla en
su viaje; pero que la repentina y próxima llegada de su señora madre, el
ser ésta completamente forastera en la corte y el no haberla podido
buscar alojamiento á propósito le obligaban á no salir de Madrid. Tanto
amaba el joven extremeño á la que le dió el ser, que cuando iba desde el
hotel á-casa de su amada y hasta en presencia de ésta contaba con fuer
zas suficientes para negarse á hacer el viaje. Lo único que le faltó, y esto
no por culpa de su corazón, sino de su lengua, que se le pegó al paladar,
fue el valor para pronunciar la arenga que llevaba perfectamente estu
diada.
Dos veces quiso hablar y no pudo; y cuando ya, cerrando los ojos y
haciendo un esfuerzo supremo, abrió la boca, despegó la lengua, y como
si estuviera informando en estrados ante el Supremo de Justicia, dijo
.«Señorita....,» se encontró cortado por la presencia de Norma, que ten
diéndole la mano le dirigió este saludo:
— Los amigos de mi amiga Safo no son mis amigos, son mis hermanos.
Tratadme desde hoy como si toda la vida hubiéramos estado juntos.
— Mil gracias, señorita— respondió Venancio, encendido como una
amapola;— también yo.... — añadió.
Y no pudo continuar, porque entró en el salón una joven vestida
también de arcángel, con tonelete y bota de montar, una mochila á la es
palda y tres báculos en la mano, de los cuales dió uno á Safo y otro á
Norma, guardando para sí el tercero.
— Vamos—dijo Safo.
Y viendo que Venancio no se movía, añadió con aire de impaciencia:
— Vamos, ya es la hora.
— El caso es—repuso el joven extremeño— que yo tenía que deciros
una cosa.
— Decídmela andando— replicó sin volver la cabeza ni dejar de andar
la hermosísima presidenta de la Filosofía Socialista.
Y Venancio la siguió maquinalmente, no ya enamorado de la gentile-
188
ANTONIO FLORES
za de su talle y de la gallardía de sus movimientos, sino arrastrado por
una fascinación secreta, como va el inocente pájaro en busca del reptil
que le corta el aire con su aliento.
Más de una vez quiso hablar y no pudo, y hasta pensó despedirse
bruscamente echando á correr hacia el hotel; pero creyó que sería mejor
llegar al embarcadero del electrocarril, y allí, mientras se hacían los pre
parativos de marcha, dar cuenta de lo que le ocurría.
Este pensamiento le tranquilizó algún tanto, y tuvo fuerzas para bajar
á una estación subterránea y tomar un trineo eléctrico, que le llevó con
sus amigas y la joven de la mochila al embarcadero central, donde pen
saba atropellar por todo y aunque se le destrozara el pecho no abandonar
la corte.
C U A D R O XXIII
DE LA CAPITAL DE ESPAÑA Á LA CAPITAL DE. DINAMARCA
VIAJE D E P L A C E R E N D O S H O R A S Y C U A R E N T A M IN U TO S
i
Ahora sí, lector, ahora sí que es verdad que el que no parece perece; y
no solo vale más llegar á tiempo que rondar un año, sino que el que tarde
viene y no con hora, no recauda ni luego ni agora; porque aquello de dar
tiempo al tiempo sólo podía pasar cuando se decía que el tiempo y la hora
no se ataban con soga, y sin embargo, todo se dejaba para aquel mañana
famoso que no llegaba nunca.
Antiguamente, en que todo se pensaba hacerlo á ratos perdidos ó en
un rato desocupado, se perdían tantos ratos que no parecía sino que la
única ocupación de las gentes de a y e r era hacer ratos de tiempo ó ratos
de lugar. Esperando un ratito á que se reunieran las gentes convocadas
para una junta, se empezaba esta dos horas después de la señalada; ha
ciendo un rato de lugar para que se reunieran todos los viajeros, empren
día la galera su marcha medio día más tarde de lo que había pensado el
carretero; y por último, todos los días parecían cortos para empezar los
negocios, que siempre se aplazaban para mañana.
¡Ay, bienaventurados socios de la Económica de Amigos del Tiempo,
que no hacéis ratitos de lugar ni dais horas de cortesía á los descorteses
que os hacen aguardar horas y horas la de empezar una sesión de Cortes
190
ANTONIO FLORES
ó asuntos de otra importancia! Vosotros sí que habéis entendido la aguja
de marear, viviendo por segundos y no por días ni aun por años, y en vez
de creer que no por mucho madrugar amanece más temprano, decís, y
decís bien, que el que ha de ir adelante no ha de perder instante, y que
si al que madruga Dios le ayuda, al que no se acuesta el tiempo le presta,
y que segundo á segundo se da la vuelta al mundo.
Por eso cuando os reunís para dar principio á alguna empresa no os
ocurre volver la vista atrás para ver si falta alguno, y hacéis bien y obráis
como cuerdos en no preguntaros los unos á los otros ¿estamos todos?Pre
gunta que forzosamente os llevaría á esperar á los que no estuviesen,
resultando que ninguno estaría á tiempo.
El que no parezca que perezca; pues sólo dejándosela debajo de la mesa
al fraile que no acudía al refectorio al toque de campana, lograron las
antiguas comunidades religiosas tomar en sazón la comida.
Pero vosotros, queridos mortales de 1899, todo lo tomáis en sazón, no
porque siempre estéis madrugando, sino porque nunca estáis durmiendo.
Vuestra sociedad es el verdadero símbolo del movimiento continuo, por
que, como la tierra sobre que vivís, no interrumpe su rotación por nada ni
por nadie. Sois una noria cuya inmensa rueda no hace alto nunca para
que los arcaduces cojan más ó menos agua, sino que lleva buenamente la
que llega á tiempo, y la que no está á punto va más tarde ó no va nunca;
esa es cuenta suya y no vuestra.
Y he ahí por qué el pobre hidalgo extremeño, que no sabía hasta qué
punto los hombres libres de mañana son esclavos del tiempo, llegaba
siempre tarde á todas partes, y todo lo dejaba para luego, sin hacerse
cargo de que luego es sinónimo de nunca, y de que si el que da primero
da dos veces, el que en sazón barbecha es el que hace mejor cosecha.
Y no se diga que hacía las cosas mal por no pensarlas bien, sino por
pensarlas demasiado.
Pero ahora, lector, no es ocasión de que veamos si hace bien ó mal en
lo que hace, sino de que tú y yo le compadezcamos por la situación en
que se encuentra.
De nada sirve ya que digamos que lo que debió haber hecho al reci
bir la carta de su madre y la de Safo era escribir á esta última discul
pándose por no poderla acompañar al viaje; con lo cual habría quedado
en disposición de asistir al banquete electoral, de salir á recibir el mue
blaje de su casa y de buscar una de éstas á propósito para hospedar á su
madre.
Todo esto debió haber hecho y no lo hizo, teniendo firmísimo propó
sito de hacerlo. Compadezcámosle mucho y no le abandonemos en su pe
regrinación.
AYER, HOY Y MAÑANA
191
La mejor prueba que podemos tener de que ni un instante pasó por
su mente la idea de abandonar la corte en los momentos en que su madre
debía llegar en su busca, es la de que fue á casa de Safo vestido como lo
estaba la noche anterior cuando se dirigió con el fabricante de agua de
Colonia al club de los espiritistas. En el caso de que el hombre, que para
venir desde su pueblo á Madrid había traído tres baúles de ropa y un traje
de camino y dos sacos de noche, no hubiese llevado otro tanto siquiera
para ir nada menos que al cabo Norte de Europa, se habría mudado de
ropa ó tomado alguna de abrigo. Nada de esto hizo, y aun dudo mucho
que llevara cantidad de consideración en .el bolsillo. Iba de todo punto
desabrigado.
Con una rapidez fabulosa, increíble, con la velocidad del pensamiento,
que tanto tarda en recorrer una legua como en saltar un millón de ellas,
salieron de la población las dos amigas, Venancio y la joven de la mochi
la, y en menos tiempo que se dice, se adhirió el trineo eléctrico en que
venían á un inmenso tren del electrocarril que casi estaba en marcha; y
cuando el pobre extremeño advirtió que aquella era la estación central y
pensó despedirse de Safo, vió con verdadero asombro aparecer en el techo
del coche un rótulo que iba diciendo lo siguiente en seis idiomas á la vez:
Falladolid, 'primer pueblo de alguna ’importancia que se ve al salir
de Madrid; tiene 5.000 máquinas de diversas industrias, 320 chimeneas
de vapor, 120 saltos electro-magnéticos. Su censo locomotivo es de 200.000
caballos. En la antigüedad tuvo parada de postas y grandes paradores
de diligencias. A ú n se conserva la casa en que estaba el primero de estos
establecimientos.
Y así sucesivamente fue apareciendo la breve historia estadísticoindustrial de Burgos, Vitoria y San Sebastián, mientras el tren eléctrico
cruzaba por delante de estas poblaciones sin detenerse en ninguna de
ellas con una rapidez vertiginosa y verdaderamente satánica.
El carruaje que ocupaban nuestros héroes, como los demás que for
maban el tren, estaba inundado de luz, y sin embargo no recibía la del
sol por ninguna parte. Un aparato de ventilación colocado en el techo
era el único punto de contacto que tenía con la atmósfera exterior, por
que una ventanilla, por pequeña que fuese, por donde el aire entrara
directamente en los coches, cortaría la respiración de los viajeros. Y esta
circunstancia se observa en todos los carruajes, hasta en el de la máqui
na, después que han perecido multitud de ingenieros que con todo género
de precauciones y aparatos quisieron ir al aire libre gobernando el tren;
porque es tal la velocidad de los electrocarriles, que deja atrás, muy atrás,
192
ANTONIO FLORES
todos los medios de locomoción inventados hasta el día, incluso el im
perfecto, aunque ya muy importante, de los globos; velocidad de que
sólo puede formarse idea sabiendo que hasta el día han sido inútiles to
dos los medios puestos en práctica para ver cruzar los trenes.
Algunas gentes, teniendo de antemano fija la vista en un punto dado,
suponen ver una sombra casi imperceptible; pero hay motivos fundados
para creer que es una ilusión óptica, ó mejor dicho, un alucinamiento de
los sentidos.
Pero esta velocidad ocasiona menos accidentes y desgracias que las
de los antiguos ferrocarriles; porque si bien es cierto que el maquinista
no ve con los ojos materiales la vía que recorre, ni podría advertir las se
ñales que le hicieran los guardas del camino, no ya del paso de otro tren,
que esto sería inútil porque cada uno tiene su vía diferente, sino de los
entorpecimientos que pueda haber al paso, ve con los ojos de la ciencia
estos accidentes que esa misma ciencia corrige por sí propia. Los puen
tes, los viaductos, las obras todas de fábrica están dispuestas de tal modo
que no puede obstruirse ninguna de ellas sin que, en el acto de ocurrir
el accidente, salga por sí propio un cuerpo aislante que detenga la mar
cha del tren.
Y como estas paradas en seco son un poco fuertes, atendida la gran
velocidad de los trenes, todos dos carruajes son de goma elástica; de ma
nera que aunque el beso que reciban los coches unos con otros sea algo
violento, los viajeros no reciben lesión alguna, porque una masa elástica
los envuelve y los libra de todo mal. Y aun en el caso de que el choque
sea tan fuerte que disloque el tren y cada coche vaya por su lado fuera
de la vía, como todos tienen una forma esférica ruedan perfectamente
por el suelo, y aun van rebotando de peña en peña sin gran detrimento
de los viajeros, que á precaución están en sus asientos sujetos con unas
fajas elásticas.
Pero aun estos accidentes son rarísimos, no sólo en España, donde
apenas hace un año que se inauguró la línea del Norte, única que hay en
explotación, sino en las demás naciones de Europa, que hace ya mucho
tiempo que usan los electrocarriles. Únicamente en Rusia es donde ha
habido mayor número de desgracias; pero hay que advertir que allí fue
donde se descubrió esta nueva locomoción; porque los rusos, que fueron
los últimos á tomar parte en el festín de la civilización, han hecho tales
adelantos, que hoy se encuentran á la cabeza de todos los pueblos de Eu
ropa, hasta el punto de que su lengua está siendo, con grandes celos de
la francesa, la lengua universal.
El tren que llevaba á Venancio y á las dos amigas, no ya corriendo
sino volando, en dirección de Copenhague, donde debía celebrarse el ma-
AYER, HOY Y MAÑANA
193
trimonio de Norma, era directo desde Madrid á la capital de Dinamarca;
pero verdaderamente directo, sin escala en ningún punto, ni detención
alguna para tomar agua y hacer carbón y mudar la máquina, ni ninguna
de esas trabas que hoy hacen, indirectamente, que no sea directa ningu
na expedición de ferrocarril.
Ni tomaba ni dejaba viajeros, ni se paraba en las aduanas, ni cambiaba
de vía, ni engañaba á nadie enseñándole comidas que sólo había de tener
tiempo para pagar, ni hacía otra cosa que devorar distancias con una ve
locidad tan regular y tan constante que los mismos viajeros que se mo
vían apenas sentían el movimiento. Y sin embargo, á pesar de no mode
rar su velocidad al cruzar por delante de las estaciones atravesándolas al
paso, como hacen hoy con ridicula solemnidad los trenes del ferrocarril,
acusaba su peso bruto en todas ellas, marcaba el número de viajeros que
llevaba, y hasta declaraba en las aduanas, no los géneros de ilícito comer
cio, que ya no hay comercio que no sea lícito, ni los de libre entrada, que
ahora la libertad no tiene aranceles ni tarifas, sino los efectos todos de
cualquier clase que fueran, como dato curioso para la estadística interna
cional.
Venancio, que sin ver cómo ni saber cuándo se encontró incrustado
en aquella confortable masa elástica, teniendo á Safo á su izquierda y á
Norma á su derecha, los tres solos en un departamento que, como todos
los del tren, se hubiera estirado hasta contener veinticuatro personas si
hubiese sido necesario, ó encogido hasta albergar una sola, no podía me
dir la distancia que iba recorriendo y miraba con espanto el reloj eléc
trico que marcaba por cuartos de segundo los kilómetros, leyendo con
verdadero terror los nombres de las poblaciones que iba cruzando.
O no se movían apenas y aquella verdadera linterna mágica era una
ilusión fantástica, ó cabalgaban en alas del demonio con una rapidez in
creíble. Las almas de los condenados, que su abuela le decía haber visto
volar atadas á las escobas en que cabalgaban las brujas, no iban tan de
prisa como él, á ser verdad que se encontraba en aquellos lugares cuyos
nombres iban apareciendo en el techo con una velocidad de que no había
ejemplo. Y no olvides, lector, que Venancio no estaba entonces tan atra
sado como tú lo estás ahora, porque tú mismo le has visto ir y venir por
el patín eléctrico, y volar por los aires en el balancín y con las alas del
amor, y aun andar á flor de tejado en los ómnibus de la gran compañía
aerostática; pero ¿qué tiene que ver la velocidad de los globos con la de
la electricidad?
La marcha de un electrocarril no se parece á nada. Desde una vía fé
rrea á una vía eléctrica hay mil veces más distancia que desde una carreta
serrana á un ferrocarril.
T omo I I I
13
194
ANTONIO FLORES
Figúrate, lector, lo que estaría pasando en el ánimo del joven extre
meño en los primeros momentos del viaje, cuando tres veces quiso hablar
y no pudo, y hasta se asustaba que su mirada se encontrase con la de
Safo, porque á pesar del inmenso amor que sentía hacia ella, empezaba
á tenerla miedo.
París, capital de Francia, antigua reina de la moda y del buen
tono. Tiene de venta 100 grandes hoteles, 1.000 fondas, 10.000 casas amue
bladas, 4.000 restaurants, 8.000 cafés, 50 teatros, 20 circos gimnásticos y
500 jardines de baile. Se alquilan por mayor y menor 10 regimientos de
criados de todas clases para esos establecimientos.
Ese rótulo iba apareciendo en el techo con la rapidez fosfórica acos
tumbrada, cuando el hidalgo extremeño pudo romper á hablar diciendo:
—Estoy aturdido.
—¿No habéis viajado nunca en el carril eléctrico?—le preguntó Safo.
—Nunca—respondió Venancio;—pero no es eso lo que me tiene atur
dido, sino que yo no pensaba tener el gusto de acompañaros en este viaje.
—Claro es que no lo podíais haber pensado, puesto que no nos conoci
mos hasta ayer.
—Tampoco lo digo por eso, sino porque hoy tenía quehaceres indis
pensables.
—¿Y los habéis dejado por mí?—replicó con viveza Safo.—Eso más ten
go que agradeceros; y creo que no os aburriréis, porque, francamente,
estos viajes de placer son preciosos, y de vez en cuando conviene dejar la
vida de la corte.
—¿Se llaman viajes de placer estos transportes mecánicos?—preguntó
con sorna Venancio.
—Y lo son—repuso Safo.—¿Dónde hay mayor placer que salir de Ma
drid á las doce y llegar á Copenhague á las dos y cuarenta minutos?
—¿Tan de prisa vamos?—preguntó Venancio.
—Mirad—dijo Norma tomando parte en la conversación y señalando
hacia el techo, en el cual se leían estas palabras:
Bruselas, capital de Bélgica y del mundo civilizado. Tiene 180.000
habitantes y 50.000 impresores. Se publican los libros extranjeros antes
que en sus respectivos países. Se venden á la mitad de precio que en
otras partes.
—¿Pero de veras estamos en Bélgica?—preguntó con exaltación el hi
dalgo extremeño.
A YE R , HOY Y MAÑANA
195
— Ahora sí— repuso Safo riendo; — pero si tardo en contestaros me
expongo á decir una mentira.
— Pues, señor, no lo entiendo.
— Ni yo tampoco— dijo Norma;— pero á fe que ninguno de nosotros
somos los autores de este invento, y la verdad es la verdad. Dentro de una
hora— añadió sacando su reloj— estaremos al término de nuestro viaje.
— Pues yo— replicó Venancio— bendigo el siglo que tales prodigios
inventa, pero no me conformo con que esto se llame viaje de placer.
— ¿Por qué no?—preguntó Safo.— ¿Pues qué placer hay comparable á
este de ir tan de prisa como el pensamiento, viéndolo todo y sin polvo ni
molestia de ninguna clase?
— ¿Viéndolo todo?—preguntó Venancio, abriendo los ojos de par en
par.— Dichosa vos que lo veis todo, yo no veo nada. Es decir—se apresuró
á añadir corregido é inspirado por su galantería y su amor,— os veo á vos,
que es para mí lo mismo que tener todo el mundo delante de mi vista.
— ¿Ves? ¡Lo que yo te dije!—repuso Safo dirigiéndose á Norma.—Ya
empieza.
— Indudablemente—dijo Norma—que esta raza de hombres ha des
aparecido.
— Os doy gracias por vuestra galantería— dijo Safo,— pero yo no os
hablaba de mí, sino de los pueblos por donde vamos pasando y de los
monumentos notables que hay en ellos.
— ¿Y por dónde ni cómo se han de ver esas cosas, si este carruaje no
tiene ventanilla ni agujero alguno que comunique con el aire exterior?
— Sería inútil que la hubiera, porque la velocidad que llevamos no
nos permitiría ver nada; pero ahí tenéis, sin más que volver la cara, un
estereoscopio en el cual van apareciendo las vistas más notables del ca
mino.
Venancio hizo lo que le decía su amada, y vió con efecto aparecer y
desaparecer instantáneamente tres preciosas vistas, representando la pri
mera una sinagoga, la segunda una gran fábrica de mondar patatas y la
tercera un club de niños expósitos.
Y después de haber admirado y elogiado como se debía la previsión
de los directores de la Compañía eledrocarril del Norte, dijo:
— Me parece bien este detalle, pero me parecería mejor ver los origi
nales que la copia.
— Ya; pero si os detuvierais en el camino perderíais mucho tiempo, y
lo que veríais no os satisfaría tanto como lo que acabáis de ver, porque
la realidad es menos bella en todas las cosas— dijo Norma.
Y volviéndose á Safo, añadió:
— ¿No es verdad, querida mía, que la poesía embellece todas las cosas?
196
ANTONIO FLORES
Antes de que Safo asintiera á las palabras de su amiga, se le puso á
Venancio el corazón más grande que un pan de cuatro libras, pensando
en que las almas poetas son los verdaderos novicios del claustro de los
enamorados, pero se le arrugó hasta quedarle del tamaño de una lenteja
cuando la oyó decir:
— No tal, y tú mejor que nadie sabes que yo no creo semejante dispa
rate. La poesía es la mitología del entendimiento, que no conduce á otra
cosa que á pervertirlo todo, haciendo vivir á las gentes en un sueño con
tinuo.
— ¿De veras pensáis así de la poesía?— dijo Venancio asustado.
— Así
ni más ni menos, ¿y vos?
— Yo....— balbuceó el interpelado.
— ¿Sois por ventura poeta?
— No, señorita, en mi vida he podido hacer una redondilla.
— ¿Y qué tienen que ver las redondillas con la poesía? Yo no os pre
gunto si hacéis versos, sino si sois poeta. La verdadera poesía es más libre
de lo que quieren hacerla los que, permitiéndole toda clase de licencias
científicas, históricas y hasta sociales, la hacen esclava de un número
dado de sílabas, obligándola á morderse la boca ó á estirar la lengua cada
vez que le ocurre un pensamiento que por su grandeza no cabe entre las
cuatro paredes de la rima. La poesía no es la dama coqueta que se riza
el pelo y se arregla el escote del traje, sino la matrona hermosa que lleva
el cabello destrenzado, flotando al aire, sin cintas ni alfileres que lo apri
sionen, y cubre sus carnes con una túnica desceñida y un manto en des
orden.
— Pues esa es la poesía que á mí me gusta—exclamó Venancio albo
rozado.
— Y esa es la verdadera, la única poesía— dijo Norma;— pero habéis
de saber que á Safo no le gusta ni esa ni la otra.
— ¡Es posible!— gritó Venancio.— ¡Parece mentira que una joven tan
hermosa y con una mirada tan inteligente no ame la poesía!
— Ama las matemáticas y las ciencias exactas y es una gran filósofa
— repuso Norma.
— Sí, ya sé— dijo Venancio—que es presidenta de la Filosofía Socia
lista.
— ¿Habéis recibido mis obras? —preguntó Safo.
— ¿Qué obras?
— Las que se publican bajo mi dirección. Ayer dije que os las enviaran
todas.
— Señorita—interrumpió en seguida Venancio,— no sé cómo daros las
gracias....
A Y E R , HOY Y MAÑANA
197
— Al contrarío, yo soy la que debo dároslas si os dignáis admitirlas;
porque aunque lo natural es que los primeros suscriptores sean los ami
gos, hay algunos que no lo hacen así y devuelven los libros con la mayor
frescura.
— Y gracias—exclamó Norma— que ya no se los piden gratis al autor,
como dicen que sucedía antiguamente, ni hay la funesta costumbre de
prestarlos. Hoy no tienen aún los libros el verdadero valor que tendrán
con el tiempo, pero no se consideran de peor condición que las alhajas y
los muebles y la ropa, que á nadie se le piden regalados, ni menos se
prestan de un lado á otro.
Venancio, como no era autor, no dió gran importancia á lo que decía
Norma sobre la mayor estimación de los libros, pero la dió muy grande
á la de haber dado las gracias, por una cosa que para él tendría gran pre
cio regalada por Safo y que perdía todo su valor costándole el dinero.
Pero esto no amenguó en nada el amor que la tenía, el cual iba cre
ciendo á medida que iba pasando más tiempo á su lado.
¡Ay, si el remordimiento de lo que estaba haciendo con su madre no
le viniera á amargar la alegría, qué locuras y qué extremos de amor no
habría hecho dentro de aquella pelota de goma! La cual se ensanchó de
repente, hasta tomar un volumen tres veces mayor del que había tenido
durante el viaje; é instantáneamente, al aparecer en el techo un letrero
que decía: Kiel, villa del antiguo ducado de Holstein. ¡A l agua, viajeros/,
desaparecieron las ligaduras de goma que sujetaban á los viajeros, se
retiraron los asientos y se abrió de par en par el carruaje. Safo, Norma y
Venancio salieron de allí, al mismo tiempo que los demás viajeros lo ha
cían de sus respectivos carruajes, y la doncella de la mochila, que había
ocupado un asiento en el coche de los utensilios domésticos, se acercó
á tomar órdenes de su señorita.
Venancio alzó los ojos para contemplar el cielo dinamarqués, pareciéndole todavía un sueño lo que estaba viendo, y al volver la vista hacia
Safo, que era su verdadero cielo, reparó en una mancha negra que tenía
sobre el hombro izquierdo, y sacando el pañuelo le dijo:
— Permitidme, señorita....
— ¿Qué vais á hacer?
— A limpiaros una mancha.
— No hagáis tal,, ó nos harán pagar tres veces el importe del viaje. La
mancha es el número y la contraseña que á todos nos han puestb en se
ñal de que hemos pagado la ida, la vuelta, la estancia, la comida, el aseo
de la persona y todo lo que nos ocurra hasta volver á Madrid.
— ¿Quién lo ha pagado?— preguntó Venancio colorado como un pavo
al recordar que llevaba muy poco dinero consigo.
198
ANTONIO FLORES
—Mi doncella—contestó Safo;—luego ajustaremos cuentas.
—Perdonad, señorita, que yo....
—Dejadla que corra ella con todo—repuso Norma:—es muy matemá
tica y nos tendrá cuenta.
—¡Copenhague!—gritó á ese tiempo un hombre enarbolando una ban
dera dinamarquesa.
Y agrupados instantáneamente á su alrededor nuestros viajeros y
diez ó doce personas más, se alzó del suelo la plataforma en que se ha
llaban colocados todos, que no era otra cosa sino una elegante rotonda
con divanes mullidos, la cual, remolcada por un globo, se elevó rápida
mente á una gran altura.
*
CUADRO XXIV
UNA T R A VE SÍA AÉREA, UN AM OR RÁPIDO
Y UNAS CALABAZAS REDONDAS
Bueno fuera, lector amigo, que tú y yo nos viéramos de vez en cuando
las caras, y que á medida que voy escribiendo pudiera ir averiguando el
crédito que das á lo que te digo, el gesto que pones cuando algo te des
agrada, y finalmente la opinión que formas y el aprecio que haces de
esta sociedad de más allá y de estas gentes de más adelante. Pero no creas
que aunque dejo de verte por fuera, ignoro lo que pasa en tus adentros
y lo que piensas de mí y de las cosas que te voy contando, pues inútil
me fuera ser espíritu y andar de la Ceca á la Meca espiritado, si tales co
sas no viera y otras más difíciles no averiguara. Conozco una por una
todas las cosas que desde el cuadro primero se te han atragantado, y sé
muy bien que el último que he escrito no te pasa de los dientes adentro.
Pero como no es culpa mía que los sucesos de m a ñ a n a sean de mucho
bulto para un paladar tan delicado y un tragadero tan estrecho como el
tuyo, como yo no hago fábulas, sino que escribo historia, sin cuidarme
de los gestos que haces ni de la cara que pones, sigo adelante mi cami
no, y acompañando en el suyo á Venancio, á Safo y á Norma, digo:
Que así como el primero de esos tres personajes se vió remontado á
las nubes, partiendo como una bomba desde Riel para describir una cur
va que fué á terminar en Copenhague, sintió que la cabeza se le iba y el
corazón se le calofriaba, y á no tener su cuerpo entre almohadones mu
llidos, los calambres que sufría en las piernas le habrían hecho medir con
200
ANTONIO FLORES
el cuerpo el arco altísimo que la máquina infernal describía en el aire. Un
frío intenso se apoderó de todos sus miembros, una palidez mortal cubría
su semblante, y sólo sentía la vida en las sienes, que le golpeaban con
pulsación febril y como si en ellas se hubiera reconcentrado toda la san
gre que no se dejaba ver en ninguna otra parte del cuerpo.
El hidalgo extremeño no era un ser viviente, era una estatua. Cual
quiera que le hubiese visto derecho en su asiento, con una rigidez metá
lica en todo su cuerpo, sin movimiento en sus facciones, con la boca en
treabierta, los ojos parados y la cabeza erguida, le habría tomado por el
maniquí de un pintor, colocado adrede para servir de modelo al cuadro
de la estupidez ó del sonambulismo. Safo, que distraída le había dirigido
la palabra, fijó en él su vista y le cogió una mano, sin que aquellos ojos de
fuego, que al decir de Venancio encendían yesca, ni el calor de aquellas
manos que podían dar la vida á un muerto, hiciesen en él efecto alguno.
Norma, que como los demás que iban en el globo reparó en aquel acciden
te, echó la mano á la mochila de la doncella; y al mismo tiempo que
Safo, sin soltar la mano izquierda délas de Venancio, alargaba la derecha
diciendo «dame,» le dijo «toma.» Y le entregó dos frascos de cristal que
contenían dos sales, blanca como la nieve la una y un tanto amarillenta
la otra. Cogió de ambas cantidades iguales la presidenta de la Filosofía So
cialista, y mezclándolas en la palma de la mano izquierda hasta ponerlas
delicuescentes, ó mejor dicho líquidas, se untó ambas palmas, y frotando
con ellas las sienes y los pulsos de Venancio volvió á éste en menos de
un segundo á su estado natural, haciéndole recobrar súbitamente la ani
mación y la vida que parecía faltarle por completo.
—¡Que me abraso!, ¡que me abraso!—gritó el que pocos segundos antes
ni fuerzas tuvo para decir que se moría de frío.
Y Safo, con una sonrisa encantadora en los labios y sin apartar los
ojos del joven extremeño, agarró otro frasquito microscópico que le pre
sentaba Norma, y haciendo abrir la boca al abrasado galán le echó dentro
de ella hasta cinco gotas de un líquido verdoso, con las cuales equilibró
las fuerzas vitales de aquel reaccionado individuo, dándole un bienestar
tan dulce y tan agradable, que, según su propia confesión, en su vida se
había sentido tan bueno.
Así fué que, sin importarle poco ni mucho de las demás personas que
había en el globo y que ni siquiera habían dádo señales de tomar el me
nor interés en aquel accidente, se inclinó respetuosamente hacia Safo, le
besó la mano, y le dijo, aunque no á toda voz, sino con esa voz d i gola
que tan mal sienta en los cantantes como bien les está á los enamorados:
—Con mi amor os di la vida que antes tenía; la que ahora acabáis de
darme, vuestra es también, señora.
AYER, HOY Y MAÑANA
201
Y selló estas palabras con un beso de amor tan ardiente en aquellas
manos que acababan de amasar la mezcla frigorífica, que Safo sintió el
calor en las mejillas y bajó la vista, como ayer la bajaron y hoy la ba
jan y siempre la bajarán las mujeres ruborizadas.
Norma,que á pesar de tener la misma edad que Safo y estar educada
en el mismo colegio y observar idénticas costumbres, sabía mejor que la
otra dónde le apretaba el corazón, se sonrió maliciosamente, como si allá
en sus adentros hubiera dicho «ya picó el pez;» y aparentando estar ocu
pada en guardar los botes en la mochila de la doncella, miró de reojo á
los dos amantes, y vió....lo que ve el que tiene la vista buena para el caso,
en el punto en que se encuentran por primera vez las miradas de dos
enamorados: una chispa eléctrica que dura menos que la claridad de un
relámpago, y que como éste ni se sabe de dónde viene ni adonde se ha ido.
En cuanto á Venancio, como parte interesada, no hay para qué decir
si advirtió aquel rubor y comprendió todo lo que significaba, porque no
sólo respondió bajando la vista y tiñendo de carmín sus mejillas, sino
que sus labios hicieron traición al pecho, diciendo en voz alta:
—¡Gracias á Dios!
—¿De qué?—preguntó Norma sonriendo.
—De nada—repuso Venancio;—de que he vuelto á la vida con vues
tro auxilio.
—Y el de mi querida amiga—interrumpió Norma.—¿No es verdad?—
añadió dirigiéndose á Safo.
—Sí—respondió ésta secamente.
Y volvió á quedar distraída, alzando los ojos de vez en cuando y
siempre con disimulo para mirar á Venancio, del cual modestamente se
había apartado un trecho.
Lo que pasaba en aquellos momentos en el corazón de la joven filósofa
socialista es algo difícil de comprender, por más que parezca sencillo de
explicar. La más lega de vosotras en materias de amor, lectoras queridí
simas, habría advertido lo que advirtió Norma, y si una por una os pre
guntara á todas los síntomas de la enfermedad que padecía la literata, es
taríais contestes y unánimes en decirme que el corazón andaba hecho un
loco, dando saltos gimnásticos dentro del pecho; que la cabeza se le ardía
mientras se le helaban las extremidades, y que cuanto más se abanicaba
los ojos con las pestañas, con mayor fuerza prendía el fuego que acababa
de encender en su mirada. Y si á eso se añade el temblor nervioso que
creeríais sentir en la ropa que cubría sus carnes, me añadiríais una por
ción de detalles que sobrarían para hacer un completo diagnóstico de esa
afección moral, que los maestros de la filosofía del corazón colocan á la
cabeza de todas las pasiones. Pero á mí, que bien puedo decirlo sin lasti-
202
ANTONIO FLORES
mar el amor propio de nadie, soy tan maestro en esta materia que fuera
catedrático de amor si los seres con quienes vivo tuvieran aficiones ama
torias; á mí, lectoras, no podéis enseñarme nada nuevo en el estudio ana
tómico del corazón. Por más que tengáis la risible arrogancia de deciros
las unas á las otras que sabéis más que Merlín de tal ó cual cosa, tratán
dose de amor más que Merlín no sabe nadie.
Yo soy el gran doctor de esa ciencia, que todo el mundo conoce de
vista y nadie es capaz de tratar á fondo. He visto una por una todas las
telas y las entretelas del corazón humano, los pliegues y repliegues del
alma, las sisas y los bebederos de las conciencias amatorias, y á golpe de
vista distingo las llaves maestras y las llaves falsas del armario de las
simpatías que cada cual lleva dentro del pecho. Si yo pudiera inocular mi
ciencia y mi experiencia á los enamorados, estaría en blanco la estadística
de las inconstancias y no se alquilaría un solo aposento en el manicomio
de los celosos. Yo les daría á las madres un barómetro infalible, con el
cual se ahorraran de preguntar á los hombres si van con buen fin á buscar
á sus hijas, y éstas no andarían á ciegas por los laberintos del amor si
supieran una millonésima parte de lo que yo sé en el asunto.
Por eso, lectoras mías, puedo hacer ahora lo que ninguna de vosotras
sería capaz de hacer aunque quisiera. Todas ó casi todas habéis amado,
y por eso comprendéis lo que siente Safo ahora que está amando; pero
ninguna sabría responder si la preguntaran por qué ama ahora y no ha
amado antes. ¡Cómo la mujer que consideró aquella apasionada epístola
amatoria como un documento de ultratumba y recibió la sentida declara
ción que á boca de jarro la disparó Venancio sin inmutarse ni darse por
entendida, se ha enamorado de repente ahora en que nada le han escrito
y nada apenas le han dicho! ¿Tan distraída estaba entonces y tan atenta
ahora, que así pueda explicarse semejante cambio? ¿Es que Venancio se
olvidó de sellar con un beso su primer juramento de amor, y ahora que
ha besado le han comprendido?
No es nada de eso, porque ya tú sabes que el joven extremeño no pecó
de corto la primera vez que vió sus labios cerca de la mano de su adora
do tormento, ni anduvo escaso en decirle de todos los modos y maneras
posibles que la amaba y que quería ser correspondido. Tampoco consiste
este cambio en que Safo haya consultado con su madre si debía ó no
corresponder al amor del hidalgo extremeño, ni en que el beso que éste
le ha plantado ahora haya sido más ó menos expresivo que los anteriores.
Aquí no ha habido otra cosa sino la oportunidad, lo que antigua
mente, en que todo iba á paso de carreta, se llamaba el cuarto de hora,
y ahora, que todo se hace á golpe de pistón, se llama el minuto.
Ambos amantes se habían visto mucho, pero sus miradas no se cono-
AYER, HOY Y MAÑANA
203
cían ni de vista siquiera. Los ojos del uno y los de la otra habían nacido
para verse, pero no habían sabido mirarse. Eran los platillos de un mis
mo espejo ustorio, que no habían encendido lumbre porque colocados fue
ra de la recta habían echado sus rayos de fuego por los cerros de Übeda.
Más claro aún y mas á la moda, lectores: eran dos locomotoras que
marchaban á encontrarse y cambiaban de vía antes de llegar al punto del
choque. Por eso Norma, que advirtió el chispazo, dijo para sus adentros:
«Ya pareció aquello.»
Y desde entonces ni una sola vez alzaron los ojos aquellos dos seres
sin que dejaran de sorberse mutuamente las miradas. Siendo tantas y tan
cargadas de amor las que en poco tiempo se cruzaron, que los corazones
en que las metieron amaban á más no poder ardiendo como volcanes.
Circunstancia esta última muy digna de tenerse en cuenta, como
prueba de que el magnetismo, que es el verdadero conductor del amor,
no obedece á las mismas leyes físicas que el calórico; porque mientras
Safo y Venancio tenían sus corazones á 30 sobre cero, el aire en que res
piraban estaba 50 grados más bajo. Por eso, en tanto que ellos se abrasa
ban con sólo mirarse, tiritaban de frío las demás personas que iban en el
Aerolito ascendente, que así se llamaba el vehículo que les transportaba
en alas del viento, ni más ni menos que iban y venían los poetas antiguos
cuando cabalgaban por los aires en alas de su fantasía.
Norma se frotó los pechos y las sienes con la mezcla frigorífica que
sirvió para deshelar á Venancio, y los otros viajeros usaban específicos
análogos, sin que á ninguno de ellos se le viera cerrarse á piedra y lodo
los órganos respiratorios con una bufanda, ni cubrirse los hombros con
una capa, ni meter las manos en un manguito de pieles. Todos llevaban
trajes ligeros y desembarazados, y una señora inglesa que viajaba sola y
aun se aislaba cuanto podía de los demás, ni siquiera usaba los frigorífi
cos alcalinos que los demás viajeros, sino que con un pincel que mojaba
de vez en cuando en un botecito de cristal, se untaba tan pronto las sie
nes como los labios y principalmente la punta de la nariz, que la tenía
extremadamente larga y debía estar por esta razón á uno ó dos grados
menos de temperatura que la que marcaba el termómetro.
Nadie tuvo la curiosidad de preguntarle qué clase de específico era
aquel que usaba, y en esto obraron como cuerdos y aun como experimen
tados, porque es seguro que siendo inglesa no se habría dignado sacarlos
de la curiosidad, y en silencio como cartujos siguieron rasgando el aire
hasta ponerse en gran altura perpendiculares á la gran ciudad de Copen
hague. Lento, muy lento y con aire de verdadera majestad fue el descenso
del Aerolito ascendente, no porque á la máquina le faltara fuerza para
arrollar en un segundo la columna de aire que le cubría el centro de gra-
204
ANTONIO FLORES
vedad, ni porque, gracias al paracaídas de rebotante caucho, hubiese ha
bido inconveniente en dejarse caer de golpe y porrazo, sino por no atro
pellar al enjambre de globos que como la erupción de un volcán brotaba
de la tierra debajo del Aerolito.
Subían todos apiñados como si formaran un solo cuerpo, y era espec
táculo digno de verse el abigarrado conjunto que ofrecían por sus diversas
formas y colores; pero cuando presentaron un cuadro bellísimo, para mí
que lo refiero, no para el pobre Venancio á quien se le antojaron una ver
dadera legión de demonios, fue al rodear el Aerolito, cubriéndole por to
dos lados en verdadero y descomunal abordaje. Porque los tripulantes de
aquellas pequeñas embarcaciones aéreas no eran ociosos que subían por
mera curiosidad á ver las caras de los viajeros, ni amigos que abrían los
brazos para recibirlos, sino industriales de diversas clases que se dispu
taban la honra de servirlos y el placer de limpiarles el bolsillo.
Componíase aquella turbamulta de los encargados de negocios de los
principales hoteles, cuyos globos cubiertos con una gran red, como sím
bolo de la pesca que iba á hacer, estaban adornados con veinticinco ó
treinta banderas de distintos países, según el número de idiomas que se
hablaba en el establecimiento; de los corredores de fondas, restaurants,
cafés y casas de bebidas, los cuales se balanceaban en el aire sobre peque
ños aparatos de distintas formas: los unos sacando la cabeza en una enor
me sopera, los otros acurrucados dentro de un patéfoie gras, quien ca
balgando en un salmón, y cual otro á la boca de una botella, como tapón
empujado por gases comprimidos, Sastres cargados de telas, colgados
como de un trapecio en las anillas de unas grandes tijeras; peluqueros
remedando el balancín con una tenacilla y cambiando sin cesar el color
de sus cabellos; y por último, y muy de los primeros, se veían en aquel
enjambre de zánganos muchos hombres serios, vestidos de angelitos y
cargados de libros revoloteando con sus propias alas mecánicas en derre
dor del Aerolito. Y eran estos tales, á quienes dejaban el paso libre los
otros industriales, agentes de las sociedades bíblicas, ó mejor dicho, corre
dores de las diversas sectas religiosas, que allí, como en otras partes del
mundo, se mantenían honestamente repartiendo evangelios, tan contra
dictorios entre sí y aun consigo mismo muchos de ellos, que hacían de la
verdadera religión una torre de Babel. Allí andaban los luteranos depura
raza, los alemanes reformados, los presbiterianos corregidos, los metodis
tas expurgados, los unitarios divididos, los protestantes escamados y
tantas y tantas sectas que era cosa de perder el juicio.
En poco más de tres minutos que duró el descenso del Aerolito recibió
Venancio siete Biblias distintas, más de cincuenta tarjetas con las señas
de otros tantos hoteles, cien listas de artículos de fonda, muchos figuri-
AYER, HOY Y MAÑANA
205
nes con maestras de telas, catálogos de artículos de perfumería, y por
último, cosa que le sorprendió más que nada, el prospecto de una gran
casa de huéspedes, en que no sólo se daba gratis comida, bebida y ropa
limpia, sino un tanto diario para el bolsillo. Establecimiento montado,
según decía el prospecto, á expensas de una nueva secta religiosa, que
quería hacer concurrencia con todas las conocidas hasta el día. A Safo y
á Norma no las acosaron los industriales, porque ellas tuvieron buen cui
dado de enseñarles la marca que tenían en el hombro, para que vieran
que venían comidas, bebidas y asistidas de todo por una empresa españo
la. Y en cuanto á las Biblias, tampoco les dieron ninguna apenas las vie
ron extender sobre el pecho su mano derecha, alzando el brazo izquierdo
para enseñar el puño cerrado. Que era lo mismo que decir: «.Tengo mis
creencias religiosas y andaré á trompis con quien pretenda arrancármelas.»
Lo único que hizo Norma apenas divisó el enjambre de los recibido
res, fué llamar á uno que se balanceaba en un pequeño globo en forma
de buzo, con una gran chapa que decía: Buscón núm. 550, garantido, y
entregándole un retrato suyo y veinticinco de su futuro esposo, cambió
con él algunas palabras, y el buscón se dejó caer al suelo.
No sé, lectora, si tú sabrás lo que esto significaba; pero aunque lo
sepas, deber mío es recordarte que como Norma y el fotellinista lapón del
Eco de las Soledades no se conocían sino por retratos y no se habían dado
cita en un punto determinado de la ciudad de Copenhague, era preciso
que veinte ó veinticinco buscones se echaran á identificar la persona del
lapón y le condujesen á la presencia de Norma, para cuyo reconocimiento
dió ésta su retrato. Pero tampoco el lapón se había dormido en las pajas,
y apenas descendió el Aerolito, en el acto mismo de ponerse en pie la
novia se acercó un hombre, y mirándola atentamente, después de con
sultar un retrato que traía en la mano, le entregó una carta y le dijo:
—Leed, é indicadme la persona con quien debo entenderme para
arreglar la indemnización que se os ha de dar por esta quiebra.
Norma abrió y leyó precipitadamente el billete, el cual no decía ni
más ni menos que lo siguiente:
«;Acabo de arreglar otro enlace que me tiene más cuenta que el vues
tro. El dador os indemnizará con arreglo al art. 1.2G0, tít. 100, de los es
tatutos reformados del Hogar Cosmopolita.»
Unas calabazas tan secas, cuando ni siquiera había tenido tiempo la
pobre novia para quitarse el polvo del camino, como se decía cuando los
caminos empolvaban, era lo que se llamaba un escopetazo, un tiro de
trabuco naranjero y á boca de jarro.
Norma se miró á sí misma, miró alternativamente al mensajero del
desaire, á Venancio y á Safo, y entregando á esta última el billete, le dijo:
206
ANTONIO FLORES
—Toma, otro novio en quiebra como el de la pobre Semíramis. Hay
que declarar la guerra al Hogar Cosmopolita, desacreditándole para que
sus acciones no se admitan en ningún mercado extranjero.
•—¿Y qué hacemos?—preguntó Safo sorprendida.
—¡Qué hemos de hacer!—replicó Norma, fingiendo una naturalidad
que estaba reñida con la alteración de su semblante.—Pedir el máximum
de la indemnización y volvernos á Madrid. Así como así, yo estoy de
enhorabuena. Ya sabes que esta boda era una excentricidad de que me
iba pesando. Lo único que siento es perder la apuesta que tengo hecha
con Sara.
—Bien sabía ella lo que eran estos estúpidos lapones, enanos, mulatos
desteñidos, supersticiosos y bárbaros.
—Por de pronto—interrumpió Venancio, enterado con espanto de lo
que estaba viendo—metámonos en una fonda cualquiera, porque aquí
vamos á ser víctimas de esta gente.
—El caso es—elijo Safo—que ya como nos hemos detenido con este
suceso, se ha marchado el remolcador de la compañía con quien estába
mos ajustados, y ahora....
—Es igual—replicó Venancio,—iremos á cualquier otro hotel.
Y no dijo esto tan entre dientes ni tan en griego que no lo entendieran
diez ó doce encargados de negocios de otras tantas fondas, los cuales se
les abalanzaron como fieras hambrientas para disputarse la presa.
Sólo la presencia de ánimo que mostró Safo pudo contener la inva
sión, y todos, incluso el emisario lapón, entraron en un carruaje de viento,
propio del Hotel transitorio para viajeros indecisos.
Q U I E B R A S M A T R I M O N I A L E S Ó L OS E S T A T U T O S D E L H O G A R
COSMOPOLITA
El hombre es fuego, la mujer estopa,
viene el diablo y sopla.
Si después de leído el cuadro anterior viene alguna marisabidilla
enamorada á reconvenirme porque he dicho que el amor entra por los
ojos y que la llama del himeneo de las voluntades no se declara hasta
que chocan entre sí los vértices de dos conos luminosos, y con un ergo
cogite, á guisa de fraile-teólogo, me pregunta cómo se enamoran los cie
gos, yo me echaré á reir y no haré caso de semejante argumento. Si la
doctora del amor no sabe lo que son los ojos del alma, peor para ella; y si
ignora que los fluidos simpáticos atraviesan toda clase de tegumentos,
siendo capaces de reblandecer los montes del Líbano, para pasar y repa
sar por ellos toda clase de afectos, menguado sería yo perdiendo el tiempo
en disputar con gentes de tan poco alcance.
Las de mañana calzan muchos más puntos en estas materias, y como
han descubierto un fluido para cada afecto, tan distintos entre sí como
afines en sí mismos, comprenden todas estas cosas, que antes como ahora
pasaban, pero que el mundo pasaba de largo por ellas haciendo de cada
una un fenómeno y un caso raro.
208
ANTONIO FLORES
Ha concluido por fortuna el reinado de la ignorancia, que la carrera
universitaria de la humanidad no había de ser eterna, y ya se sabe el por
qué y el cuándo y el cómo de todas las cosas. Un suceso nuevo, que no
hubiera sido previsto por los sabios, no se llamaría fenómeno, porque eso
equivaldría á dejarle indefinido, sino que se examinaría escrupulosamen
te hasta poderle encajar en alguna de las reglas inmutables y fijas de la
naturaleza.
Por eso yo, que no tengo otra cosa para ser sabio que andar entre
tontos desde hace algunos siglos, me he atrevido á explicar, no con subli
midad científica, sino en términos que todos pudieran comprenderme,
cómo había prendido tan rápidamente el fuego del amor en el frío cora
zón de Safo.
El amor, no lo digo yo por mi cuenta, sino por la de un médico de
estos tiempos, celebérrimo especialista de las enfermedades del pulmón,
es una inflamación del órgano de la amatividad, que no reside, como
pensó el pobre Gall, en la cabeza, sino en el corazón, semejante en un
todo á la inflamación del parenquima pulmonar que ocasiona las pul
monías.
Agudas y crónicas como éstas, las corazonías amorosas entran de re
pente ó por grados, y se anuncian con anticipación por un decaimiento
marcado en el individuo, ó desde luego con la rubicundez de las meji
llas y el pulso acelerado, etc., etc. No hay preservativos conocidos para
las unas ni para las otras, porque los pocos que se conocen son falibles, y
ya te he dicho, lector, que esta sociedad y estas gentes no quieren otra
cosa sino la infalibilidad en todo y para todo.
Aguda y muy aguda era la corazoníd amorosa de que se sintió aco
metida Safo, puesto que no se había advertido en ella ni un solo síntoma
precursor de aquella inflamación; y sin embargo, en menos de un segun
do ofreció completo el cuadro de todos ellos.
La propensión á dejar caer los párpados para esforzar la visión cada
vez que abría los ojos, el vivo carmín que cubría sus mejillas y los demás
síntomas exteriores de que he hablado en el cuadro anterior, todo permi
tía hacer un diagnóstico exacto de su enfermedad; pero si añado, porque
yo siendo espíritu puedo añadir cuanto me dé la gana, que los síntomas
interiores eran mucho más característicos que los otros; si digo, diciendo
por supuesto la verdad, que su respiración y la de Venancio eran unifor
mes, sus pensamientos gemelos, sus ideas sinónimas y todos sus afectos
idénticos, no quedará duda de que ya aquellas dos voluntades estaban
tan barajadas en una sola, que ni el microscopio de los metafísicos habría
sido capaz de descubrir en ellos el suyo y el tuyo.
Admitamos, lector, la existencia de los fluidos impalpables, que hacen
209
ATER, HOY T MAÑANA
en el alma estas cotizaciones invisibles, y no sigamos ni tú ni yo pen
sando en cómo fue lo que está siendo.
Y obrando así, no harem os ni m ás ni menos que lo que hacían las
gentes de ayer , que echándole la culpa al diablo de todo lo que no com
prendían, dijeron al hablar de esas inflamaciones agudas del corazón:
«El hombre es fuego, la mujer estopa,
viene el diablo y sopla.»
Venancio había advertido que su posición era mejor que cuando sa
lieron de Madrid y que su amor iba viento en popa; pero no supo medir
toda la extensión del fuego que sus miradas habían encendido en el co
razón de Sato, lo cual era una ventaja para que la llama fuese en aumen
to. Porque ya tú sabes, lectora, que si en los campos de batalla la impa
ciencia del más fuerte malogra muchas victorias, en los campos del amor
el orgullo prematuro de los vencedores lastima la dignidad de los ven
cidos.
Ignorando ambos amantes el dominio que cada uno de ellos ejercía
sobre el otro, seguirían haciendo merecimientos, y ese combustible más
añadirían á la hoguera amorosa.
Por eso cuando Safo propuso con la vista entrar en el carruaje de
viento, con la vista se apresuró á decir Venancio que semejante idea le
parecía excelente, y Norma, que estaba harto preocupada para tener vo
luntad propia, y el emisario del lapón y la doncella de la mochila siguie
ron el movimiento, y en un santiamén se encontraron todos en el Hotel
transitorio.
En Dinamarca, como en los demás pueblos de Europa, los carruajes
toman el nombre genérico de la fuerza motriz que les da impulso, aunque
para distinguirlos entre sí se les denomine con el específico de sus distin
tas formas, y por eso los de viento, que son arrastrados con una veloci
dad increíble, se llaman así porque la elasticidad del aire, desarrollada
por una pequeña clavija en un aparato reducido, es su único motor. En
Madrid ya se ve alguno de esos coches, pero desgraciadamente no se han
generalizado aún, á pesar de que son conocidas las ventajas que tiene
este sistema sobre los otros de locomoción callejera. Primeramente por
que ocupan poco más trecho que ocuparían las personas marchando á pie,
y luego porque ofrecen la ventaja de pararse en el acto de tocar la clavija
á voluntad del conductor, que suele serlo, porque el mecanismo es muy
sencillo, cualquiera de las personas que van en el coche.
Para Venancio era una verdadera novedad ese sistema de locomoción,
pero ni siquiera reparó en él, porque sus sentidos iban todos ocupados en
cosa de más importancia.
T omo III
14
210
ANTONIO FLORES
Así fue que, ni más ni menos que habría pagado una peseta ó dos por
lina carrera de los coches de hoy , echó mano al bolsillo, y enterado de la
tarifa que le presentó el hipogrifo conductor del vehículo, abonó por
milímetros cúbicos de aire el precio de la travesía y entró en el hotel.
Las habitaciones de este establecimiento se alquilaban al minuto, es
decir, por horas, medias horas, cuartos, etc., y Safo, que era la más expe
rimentada ó la más entendida en el asunto, pidió desde luego un gabinete
de conversación y una plaza para la doncella en el almacén de servicios
domésticos.
Y así como se vieron solos el hidalgo extremeño, la filósofa socialista,
el conductor de las calabazas y la novia burlada, tomaron asiento todos
en derredor de una mesa, sobre la cual extendió bien pronto el embajador
lapón los estatutos reformados del Hogar Cosmopolita, y con un lapicero
entre los dedos de la mano derecha, se dirigió á Norma y le dijo:
—Cuando gustéis.
— Podéis entenderos con el señor— repuso Norma señalando á Venan
cio.— Nadie mejor que este caballero-añadió—podrá fijar la indemniza
ción que se me debe, porque sabe de sobra los grandes perjuicios que se
me siguen, por las brillantes proporciones que he tenido para casarme
después que me comprometí con el folletinista, vuestro poderdante.
— ¡Yo!—exclamó Venancio sorprendido.
Norma y Safo le guiñaron el ojo á un mismo tiempo para que apoya
ra lo que la primera decía, y. movido por el amor, nada más que por el
amor, se apresuró á decir:
— Efectivamente que yo, sabiendo los grandes partidos á que esta se
ñorita ha renunciado por ser fiel y constante en el amor que había ju
rado á ese caballero, estoy indignado de la infame conducta de éste. Pues
qué— añadió con entonación jurídica, ni más ni menos que si estuviera
informando en los estrados de un tribunal,—¿así falta un hombre de honor
á su palabra y á sus juramentos? ¿Ha pesado bien la parte contraria las
terribles consecuencias que puede tener el rompimiento que propone?
¿Por ventura hay nadie que pueda quebrantar un compromiso tan sagra
do como el de que se trata por causas tan frívolas, tan livianas, tan pue
riles, tan groseras, lo diré de una vez, señores, tan groseras como las de
decir que ha encontrado otro enlace que le tiene más cuenta? ¡Máscuen
ta! ¡Ah, señores—exclamó tomando una entonación verdaderamente
conmovedora y tierna,—cuando los afectos santos del corazón se arreglan
por medio de la aritmética, no es difícil adivinar el resultado! Ese hom
bre es un monstruo. Yo le niego el derecho que cree tener para burlar la
buena fe y la pasión de mi defendida. Yo en su nombre declaro....
El emisario lapón estaba con la boca abierta, sin entender una sola
AYER, HOY Y MAÑANA
211
palabra de lo que oía; á Safo le pareció un oráculo su amante, y únicamente
Norma se movía impaciente en su asiento desde que empezó el discurso,
hasta que no pudiendo contenerse al oir el último párrafo, interrumpió
diciendo:
—Eso no es verdad. En su derecho y muy en su derecho está negán
dose á casarse conmigo; yo no tengo nada que decir respecto á su reso
lución, y mucho más cuando la hace porque ha encontrado un partido
más ventajoso que el mío.
—Justo y cabal—interrumpió el lapón.—Figuraos que se trata de una
inglesa de veinte años, bonita como una barra de oro, que no tiene que
heredar á nadie, sino que ya hoy posee una fortuna de seis millones de
libras esterlinas de renta, la cual ha dado tres veces la vuelta al mundo
buscando un hombre que fuera más rubio que ella y que sin embargo
tuviera facciones de mulato, y como esta rarísima circunstancia se en
cuentra en mi amo, ha querido casarse con el.
—¡No te decía yo—exclamó Norma, suspirando y dirigiéndose á Safo
—que si el retrato estaba exacto, no había otro hombre como él en el
mundo!
Y volviéndose al emisario, le dijo con mal reprimido enojo:
—Pues lo que acabáis de decir es una razón más para que yo exija el
máximum señalado en los estatutos. Y aún me parece poco.
Venancio no volvió á despegar sus labios, renunciando gustoso á la
delegación que le habían confiado; pero avergonzado de lo que estaba
oyendo, se acercó á Safo y le dijo en voz baja:
—Tiempo me faltaría, si estuviese yo en lugar de vuestra amiga, para
mandar á paseo al emisario y á quien le envía, y hacer entender á esos
salvajes y á todos los de Laponia lo que es la dignidad y el amor propio
de una señorita española.
—¿Antes de recibir la indemnización?—preguntó Safo, obedeciendo á
sus costumbres económicas, pero con miedo de desagradar á Venancio.
—¡Indemnización!—exclamó éste,—¡indemnización! ¿Por ventura es
posible hallarla para esta infamia? Si vos estuvierais enamorada—añadió
el picaro extremeño aprovechando la coyuntura para avanzar en su in
dagatoria,—y os dijeran que cuánto dinero queríais por renunciar á vues
tro amor, ¿qué diríais?
Safo contestó bajando los ojos, y á Venancio le pareció elocuentísima
la respuesta.
Mientras tanto, Norma seguía regateando el precio de sus calabazas
como si realmente estuviera vendiendo esta verdura en la plaza, y no
alegaba á pesar de su claro talento razón alguna que no le fuera al punto
contestada con hábil sutileza por el que parecía un rústico campesino. Y
212
ANTONIO FLORES
no tanto por la fuerza de los argumentos aducidos, cuanto por el texto
de la ley que estaba terminante, alcanzó el máximum de la indemni
zación.
Verdad es que para llegar á este resultado fué necesaria la interven
ción de Venancio, el cual, satisfecho con que Safo le amara, pensó, y no
pensó mal, que ya le era indiferente que las demás mujeres vendiesen á
más ó menos precio sus pasiones. Y así, volviendo á tomar la defensa de
Norma, cuyas simpatías le importaba granjearse, y al ver que se trataba
de interpetrar una ley escrita, pidió que le dejasen los estatutos reforma
dos del Hogar Cosmopolita para ver cómo se había de presentar la de
manda y en qué razón debía fundarse el escrito, y aun hubiese pregun
tado el tratamiento del tribunal ante el cual debía informarse, si Norma,
que tenía toda la viveza de la época y casi más, no le hubiera interrum
pido diciéndole, con el texto en la mano:
—No hay más que ver sino que el artículo 1.260, de que se habla en
el billete, dice clara y terminantemente: «Cuando uno de los contratan
tes amorosos desista de cumplir lo pactado en el acto de empezar el
desposorio ó cinco minutos antes de la hora señalada de antemano, y la
parte desairada pueda probar que no tenía la menor noticia del desisti
miento, la indemnización será del máximum, con arreglo á lo prescrito
en el artículo 3.400, título 500, que trata de los proyectos de contrato en
quiebra.»
—¿Y qué dice ese artículo?—preguntó Venancio, reprimiendo como
mejor pudo la risa que le retozaba en el cuerpo.
Norma hojeó el libro de los estatutos y le dijo:
—Mirad; ahí lo tenéis. Tengo derecho no sólo al máximum, sino que
si me apuran mucho, al uno y tres fracciones de céntimo al millar sobre
el capital imponible por variación de clima.
Venancio tomó el libro y leyó lo siguiente:
«Art. 3.400. El máximum de indemnización consiste en un diez por
ciento por descrédito personal si el indemnizado fuese mujer, y en cinco
siendo varón; tres por ciento en el primer caso por razón de ajuar; y
tanto si fuere varón como hembra, un medio y seis fracciones de cénti
mo si la boda se hubiese de celebrar en domicilio ajeno y equidistante
de los de ambos prometidos.»
—Creo—interrumpió Norma—que no cabe mayor claridad. Estoy por
todos lados dentro del artículo. Me corresponde el trece y medio y seis
fracciones por ciento.
—No tiene duda—repuso Venancio.—¿Y ante qué tribunal se presenta
la demanda?
—¿Qué demanda?
AYER, HOY Y MAÑANA
213
—La que se necesita para que os paguen esa suma.
—¡Si no hay necesidad de demanda! ¡Si el señor se allanará, por la
cuenta que le tiene, á pagar desde luego lo que yo le diga!
\ á una señal afirmativa del lapón, sacó Norma un lapicero, y consul
tando rápidamente un papel que llevaba en la cartera, hizo tres ó cuatro
ligerísimas operaciones y dijo:
—Me debéis 48.653 reales y 93 céntimos de real.
El lapón, que al mismo tiempo que Norma y consultando otro papel
había echado también sus cuentas, sacó del bolsillo unos papeles de color
y dando á Norma dos verdes, dos amarillos y uno azul, le dijo:
—Tomad; me debéis 346 reales y 7 céntimos.
Norma dió la vuelta en tres billetes y unas cuantas monedas españo
las de plata y cobre, y el lapón se marchó sin despedirse de nadie.
Venancio no pudo resistir más. Lo que estaba viendo era tan extraor
dinario y le parecía tan inverosímil, sobre todo desde que más tranquilo
su corazón le permitía sentir el ejercicio de la cabeza, que dirigiéndose á
las dos amigas á la vez, les dijo con acento de verdadera súplica:
—¡Por piedad, hacedme el favor de explicarme todo esto que acaba de
suceder aquí, porque yo me vuelvo loco y cada vez entiendo menos lo
que, sin embargo, veo y palpo por mí mismo! A mí—añadió mientras las
dos amigas le miraban y se sonreían como si fueran las magas de aquel
infeliz hechizado,—á mí no me sorprende ninguno de los adelantos mate
riales que he visto desde que estoy en Madrid, ni por más que me parezca
un sueño dejo de creer en la rapidez con que acabamos de viajar ni en
nada de lo que hemos visto durante el camino. La industria es la diosa
del siglo, y el hombre, que por espacio de tantos siglos ha estado expri
miendo su inteligencia sobre la materia, no debe admirarse de que ésta
haya echado á volar al verse tan sutil y todo lo que es mecánico se haga
como por arte de encantamiento. Difíciles son de concebir ciertas cosas;
pero puesto que las tocamos y las vemos, son verdad porque lo son. Como
decían en una zarzuela que vi representar en mi pueblo: Son m uy bravos
porque sí. Pero porque el hombre, dándose aires de divinidad con la
materia, le haya infundido su espíritu hasta ser esclavo de ella, ¡ha de ser
necesario materializar los más santos afectos del alma llevando las pasio
nes, como si fueran seres inorgánicos, al mismo mercado en que se nego
cian y se venden las demás mercancías para trocarlas por un puñado do
cobre, como un quintal de cok ó de hierro! Esto es lo que no entiendo y
lo que pido á Dios no entender nunca, y hasta que me ilumine para hacer
que vosotras, mis queridas amigas, lo entendáis al revés de como ahora
sucede.
El acento de cariño con que el hidalgo extremeño pronunció estas
214
ANTONIO FLORES
palabras hizo enmudecer á las dos jóvenes que cuando empezó á hablar
se disputaban el contestarle, y él, aprovechándose del silencio que guar
daban, añadió:
—Ahora mismo, ¿quién es capaz de calcular ese diez por ciento en que
han tasado el descrédito que puede resultaros de no haberse verificado el
matrimonio? ¿Sobre qué capital, imaginario seguramente, habéis ajustado
la cuenta de lo que os debían?
—Sobre el asegurado—interrumpió con viveza Norma.—Aquí tenéis mi
póliza. Yo me suscribí en el Hogar Cosmopolita por una cantidad dada,
por la que forma mi dote; á razón de ese capital pago el uno al millar por
gastos de inscripción, anuncios en los periódicos, etc., y sobre este capital
se me paga el tanto por ciento del descrédito del hogar y del viaje, en
caso de indemnización por quiebra voluntaria, como acaba de suceder.
—¿Hay también quiebras forzosas?—preguntó Venancio, sin poder
resistir la tentación de reir.
—Figuraos que el lapón en vez de arrepentirse se hubiera muerto. Si
no hubiese estado inscrito, como lo estaba, que buen cuidado tuve yo de
averiguarlo, en una sociedad de seguros sobre la vida, yo me habría que
dado sin indemnizar de esa quiebra forzosa. Pero estando asegurado, la
compañía me habría pagado (menos, porque la quiebra no era voluntaria),
rebajando lo que me diera de la cantidad que debía abonará los poseedo
res del cadáver, que suelen ser los parientes ó la persona á cuyo favor
pone el socio la póliza.
—Y decidme—preguntó Venancio cada vez más admirado de lo que
oía,—el papel que os ha entregado ¿son billetes del banco de Laponia?
—No—dijo Norma, que había cuidado de examinarlos bien al recibir
los.—Y lo siento—añadió,—porque no he visto ninguno de por allá; los
verdes, que son de 500 piastras, son turcos; los amarillos, de 1.000 zwanziger, austríacos, y el azul, de 250 liras, italiano.
—¿Y tienen circulación en Madrid?
—¡Pues no faltaba más sino que no la tuvieran! ¡Como la tiene nuestro
papel en todas las partes del mundo!
—¡Ya lo creo!—interrumpió Safo.—¿Qué sería del crédito universal si
hubiese esas distinciones en el valor de la moneda? El crédito es cosmo
polita.
—Eso es verdad—dijo Venancio, mientras lo que creía en sus adentros
que era cierto, era que el mundo estaba próximo á ser otra torre de Babel.
Y pensando de repente en que acaso su madre estaría llegando á Ma
drid, sin que él pudiese salir á recibirla, animado por la buena disposición
de Safo y recordando que Norma había iniciado la idea de dar vuelta á
la corte, dijo:
A YE R , HOY Y MAÑAN A
215
— Conque ya que nuestro viaje ha tenido, un éxito poco lisonjero, po
demos hacer que nos den algo de comer y emprenderemos el regreso á
nuestra patria.
— ¿Tanta prisa tenéis de que nos separemos?— replicó Safo con un
acento tan dulce y con una expresión tan seductora, no por aire de coque
tería, sino por señal de vergüenza, que á Venancio se le subió el corazón
á la garganta, y atropelladamente dijo, acercándose á Safo:
— Al contrario, yo no quisiera separarme nunca de vuestro lado.
— Muchas gracias— repuso Norma con graciosa ironía.
— De vuestro lado he dicho—replicó Venancio con intención.
— Ya es algo tarde, amigo mío; pero lo que yo veo es....
— ¿Qué ves?— preguntó Safo con viveza.
— Nada—respondió en voz alta su amiga.
Y acercándosela al oído añadió:
— Veo que donde se ha deshecho una boda se ha empezado un amor.
Safo no contestó con la lengua, pero dijo que sí bajando los ojos, y
Venancio, creyéndose obligado á disculpar sus anteriores palabras, dió
cuenta en las menos posibles de la próxima llegada de su madre y del
banquete electoral, cosas ambas á que había renunciado por no faltar al
viaje.
Imagínate, lectora, cómo se le esponjaría el corazón á la amiga Safo
al ver que Venancio había abandonado, no sóloá su madre, que esto tam
bién ella lo había hecho, al parecer sin sacrificio, sino el banquete, que
estaba ligado con su posición social y política.
Y si no te lo imaginas, te diré que la hizo tal efecto, que sin detenerse
á tomar alimento alguno, dispuso que la caravana diese vuelta á la corte
en la primera expedición que saliese al efecto. Como salió á los cinco mi
nutos de haberlo pensado.
CUADRO XXVI
DE BADAJOZ Á M A D RID Y DE M A DRI D AL H O T E L
Si supieras, lector, quién es hoy la persona que en el mañana que :e
estoy dando por adelantado ha de figurar en primer término del presente
cuadro, es muy posible que sin aguardar á que los trenes del ferrocarril
extremeño se pusieran en marcha tomases un carruaje de posta y corrie
ses la ídem camino de Badajoz. Si así lo hacías, movido por la disculpa
ble pero hidrofóbica curiosidad que te distingue, cuatro leguas antes de
llegar á la ciudad tomarías á la derecha por un camino torcido, y des
pués de sufrir en un carro y por espacio de cinco horas el descoyunta
miento de todo tu cuerpo, cuando ya estuvieras asendereado, molido y
á tu parecer hasta pulverizado, descubrirías un campanario y unas cuan
tas casas á su alrededor; llamándote muy luego la atención una tan gran
de como la mitad de todas las otras juntas, con cuatro torres enanas, un
portalón llenando el tercio de la fachada, ésta enjalbegada de cal y salpi
cada sin orden ni concierto artístico por media docena de balcones, y
éstos anchos, rechonchos y muy recargados de hierro.
Porque sé muy bien, lector, el vicio que te distingue, no me queda
duda de que harías lo que estoy diciendo si supieras cuál es la residencia
de doña Kuperta Gómez de Silva, viuda de Almendruco y madre del ju
risconsulto Venancio. Pero como quiera que esta señora vive en 1899 como
vivían en 1850 y poco más ó menos que como vivían sus padres en 1800,
AYER, HOY Y MAÑANA
217
te aconsejo que moderes tu curiosidad, y que viéndola cual yo te la ense
ñaré ahora, te figures estarla conociendo en tus tiempos.
Si como decía un refrán de los hombres de a y e r , «por el hilo se saca
el ovillo,» y como dicen los sentenciosos críticos de h o y , «el estilo es el
hombre,» aplica esta máxima á las mujeres, y por el contenido de las car
tas que la madre extremeña escribió á su hijo saca tú lo que es ella.
Imagínate una de aquellas señoras hacendosas de los primeros años
del siglo, para quienes la religión consistía en creer en Dios apuño cerra
do; la familia en obedecer como esclavas á sus maridos, y la política en
decir quien manda manda, añadiendo como resumen de su fe religiosa
y su fe política que no había de faltarles n i rey que les mandara n i pa
pa que les excomulgase, y te irás acercando á conocer á mi señora doña
Ruperta. Y si sabes restar de esos tipos la enseñanza que dieron las revo
luciones á las madres de familia que vivían en la corte y en las grandes
capitales de provincia, pensando en que mi extremeña si alguna vez oyó
leer la Gaceta fué siempre con un mes de retraso y sin que dejara de
repetir aquello de mientes más que la Gaceta, te habrás aproximado mu
cho más al retrato; teniéndole perfecto y acabado con sólo recordar lo
que ya te he dicho en otra ocasión y te repito ahora, de que en los últi
mos años se enamoró algún tanto de las ideas modernas, á lo cual contri
buyó en gran parte el amor de madre y el deseo natural y justo de que
su hijo, pudiendo ser por su nacimiento mucho más, no estuviera siendo
menos que el de doña Tomasa, su convecina.
Pero la envidia que tenía á doña Tomasa no fué la causa primordial
de su amor hacia las ideas modernas, porque ya cuando el hijo de aquélla
fué nombrado ministro y su madre se pavoneó por el lugar con la noticia,
doña Ruperta se atrevía á disputar con el viejo general que estaba de
cuartel en el pueblo y con el señor cura, defendiendo las mejoras mate
riales que, como ella decía, no estaban reñidas con la religión y con el
amor al rey y las buenas costumbres.
No era muy joven el célebre Alonso Quijada cuando á fuerza de leer
las hazañas de los caballeros andantes se lanzó al mundo decidido á re
sucitar la antigua caballería, y viejas, muy viejas, registra la historia que,
entusiasmadas con la lectura de las novelas, se han figurado ser más her
mosas y más jóvenes que las heroínas de aquellas fábulas y han creído
ver en cada hombre un Malek-Adelk ó un Abelardo.
Pero doña Ruperta no iba tan allá en su amor á los adelantos del siglo
que fuera capaz de hacer cosa que no estuviera en armonía con sus años,
con sus sentimientos cristianos y con sus buenas costumbres, y si yo he
citado esos ejemplos ha sido para probar que nada hubiese tenido de
extraño que así como á D. Quijote le trastornaron los sesos la lectura
—
218
ANTONIO FLORES
de los Amadises, Esplandianes, Olivantes y otros de su jaez, y á más de
una dama encanecida en santas y buenas obras le pilló en los últimos
días de su vida el diablo del romanticismo, á la madre del hidalgo extre
meño podían haberle alborotado la mollera los vientos de la revolución.
No fue así por fortuna, y su amor hacia algunas de las ideas modernas
era platónico y producido por unos cuantos requiebros inocentísimos que
se había dejado echar del espíritu del siglo; personaje que, después de
viuda y no antes porque el difunto mayorazgo Almendruco era muy ce
loso en esta materia, le mandó algunos billetes amatorios en letras de
molde. Y á fuerza de leer doña Ruperta un día y otro aquellos párrafos
laudatorios que el periodismo hacía de los adelantos del siglo, creyó que
este y no el que á ella le había gustado en su juventud era el buen mozo
de la humanidad. Pero repito que no se enamoró tan ciegamente de ese
galán, que ahorcando sus antiguos hábitos malvendiese su hacienda para
imponer su dinero en acciones de ferrocarriles y de sociedades anónimas
y dar tes danzantes y matines musicales, llegando á ser una verdadera
vieja verde.
Ni tan allá, ni mucho menos, fue mi señora doña Ruperta; y con una
prudencia digna de elogio se limitó, como sabe el lector, á soltar la ma
riposa de sus entrañas para que viniera á revolotear en derredor de la
antorcha de la civilización, encargándole de palabra y por escrito que
cuidara mucho de no abrasarse en sus resplandores. Y aun el miedo de
que la hermosura de la llama fuera más elocuente que sus consejos, que
no el afán de aspirar ella también la viva luz de la ilustración y del pro
greso, fue lo que la decidió á venir á la corte.
Es posible que ai salir de su aldea recordase algunos párrafos de La
Correspondencia de España, y gozara al pensar que por fin iba á ver los
encantos del buen mozo, pero no fue éste el verdadero móvil de su viaje;
y la mejor prueba que podía dar de su buen juicio y de que no obraba
por un arrebato amoroso, fué el cargar como el caracol con su casa á cues
tas, á pesar de que sabía que en la corte había de todo y que no echaría
de menos nada.
Al verla salir del pueblo hecha un mar de lágrimas hubo pocas per
sonas que no la tuviesen envidia, pero también hubo algunas á quienes
inspiró verdadera lástima. Era una de estas últimas el general retirado,
el cual, si bien, como egoísta que era, sentía el viaje porque perdía uno de
los mejores pies de su indispensable tresillo, todavía le dolía mucho más
que su amiga fuese á sufrir en la corte lo que él, siendo militar y joven
aún, no había podido resistir en 1850. Pero sus consejos fueron inútiles,
porque el amor de madre atropellaba y salía al encuentro de toda clase
de reflexiones, y doña Ruperta, despedida y acompañada largo trecho por
AYE R, HOY Y MAÑANA
219
todo lo principal del pueblo (inclusa doña Tomasa, á quien un color se le
iba y otro se le venía, mordiéndose los labios de ira), emprendió su marcha
en un coche verdaderamente histórico hasta la estación del ferrocarril;
que este es el medio más rápido de comunicación que para las personas
existe hasta la fecha entre la corte de España y Portugal, por más que
aún hoy se habla, y algunos parece que lo tocan con la mano, de la Ünión
Ibérica.
Á pesar de que los carros del tío Donato habían traído dos días antes
muebles suficientes para llenar dos vagones, todavía trajo consigo doña
Kuperta material para otro, gracias á los baúles de la ropa blanca, que no
quiso apartar de su lado, y al coche histórico, que por ser de familia y de
buen movimiento le pareció bien llevar á la corte.
El mismo número que pusieron á los bultos del equipaje le pegaron
á dona Kuperta y á sus criados en la espalda, y este detalle que ella no
recordaba haber leído nunca en las brillantes descripciones que hacían
los periódicos de los viajes en vapor lastimó algún tanto su dignidad y
aun debió de enceder su sangre azul, puesto que las mejillas se le pusie
ron amoratadas. Pero el silbido de la máquina, la rapidez con que el tren
empezó á correr sobre la vía y el mareo que la producían los objetos que
pasaban rápidamente por su vista no la dejaban pensar en nada, y así fué
que aun el santiguarse, cosa que hacía siempre que emprendía un negocio
arduo, lo hizo cuando ya había andado quince kilómetros.
Pasa ya doña Kuperta de los sesenta años, pero tiene la agilidad de
los cuarenta y cinco, y sin embargo, en la parada de diez minutos, única
que hizo el tren en todo el camino para que comieran los viajeros, no
pudo bajarse á tiempo de probar bocado; porque mientras se alzó del
asiento y se aseguró de que ya el tren no se movía, y quiso buscar quien
le dijera cuánto tiempo daban de parada y si estarían seguros los efectos
que dejase en el coche, y se bajó y entró en el comedor, sonó otra vez el
silbato, y poco menos que á empujones la metieron en el tren.
Pero iba á ver á su hijo, y no la pesó de que la máquina secundara su
impaciencia. Así, engañando su estómago con unos bizcochps y unas tor
tas, que partió religiosa y familiarmente con sus criados, y rezando con
ellos un credo después de pasar un túnel y varias otras devociones en
los demás del camino, dió término á éste, llegando á la gran estación cen
tral del Occidente de la corte, la cual no es como las que el lector conoce
y usa, ni creo que se parezca en nada á las que se habrá imaginado desde
que tomó en sus manos el presente libro.
El dímelo andando de estos tiempos, en que todo se hace corriendo,
ha suprimido por el pronto los diez y á veces más minutos de parada
que hoy se dan á la vista de la estación y casi dentro de ella, para que
220
ANTONIO FLORES
los viajeros puedan decirse los unos á los otros: «Pues señor, ya hemos
llegado,» ó «¡Gracias á Dios que estamos todos sanos y salvos!,» y los em
pleados recojan los billetes á su comodidad, y la máquina vaya de van
guardia á retaguardia, también para mayor comodidad de la empresa.
Nada de esto se hace al llegar, porque todo viene hecho antes de haber
llegado, y tampoco suspende el tren su marcha al entrar en la estación,
sino que modera su velocidad al pasar por el andén para que los viajeros
vayan saltando y los coches sigan á sus respectivos almacenes.
Los encargados del equipaje y de las mercancías tampoco han estado
ociosos durante el viaje, y al término de éste los bultos de cada viajero
salen reunidos, y así no se pasa un segundo desde que se llega hasta que,
como decían los antiguos, cada mochuelo se va á su olivo.
Aprovechado el tiempo de una manera tan precisa, parece excusado
decir que la estación central viene á ser una estación de tránsito, en cu
yos andenes no se ve nunca una persona parada ni un bulto detenido ni
nada que no esté en movimiento. Y todo esto se hace sin necesidad de
agentes de policía, que estando ellos parados digan á las gentes que va
yan arriba ó abajo, sino que como cada cual sabe su obligación y todos
están persuadidos de que el tiempo es dinero y de que la ociosidad es
madre de todos los vicios, ninguno quiere estar ocioso. El viajero que va,
paga andando, y sin pararse le marcan su persona y los bultos de su equi
paje, y el que viene, salta corriendo, recoge su equipaje volando, se deja
desfacturar á la carrera y desaparece de allí como por encanto. Y como
nunca hay que esperar se han suprimido las salas de espera, quedando
reducida la estación á un gran túnel de entrada y salida, donde lo único
parado son los coches, las máquinas y los bultos que no tienen voluntad
propia, y en este caso, perdónenme la comparación, se encontraron doña
Kuperta, sus doncellas y el criado.
Á pesar de lo muy advertidos que estaban por un convecino suyo de
la diligencia con que era preciso andar en el ferrocarril para llegar á
tiempo de comer y saber desembarcar, se quedaron, como ha visto el lec
tor, sin probar bocado, y siguieron á los almacenes dentro de los coches;
de cuyo percance apenas se habían enterado, á pesar de la obscuridad del
cocherón en que estaban metidos, cuando oyeron un gran estrépito sobre
sus cabezas que les hizo sospechar una gran catástrofe, y era el estruen
do de unos cuantos martillazos que el despertador mecánico del cocherón
daba sobre los carruajes para avisar á los viajeros que pudieran haberse
quedado dormidos. Un silencio profundo siguió á ese momento de verda
dero terror para doña Kuperta, y á no haber sido porque su criado se
aventuró á salir del coche y á voces pidió auxilio, Dios sabe hasta cuándo
habrían estado allí la señora extremeña y sus criadas.
AYER, HOY Y MAÑANA
221
Pero acudió el inspector de extraviados y los sacó á todos de allí,
consultando el reloj por si debía hacerlos pagar almacenaje; lo cual no
pudo ser porque no habían pasado los cinco minutos que marca el regla
mento, y apenas se hubo enterado de que eran forasteros les preguntó si
querían un práctico.
Doña Ruperta no supo qué contestar, y abriendo los ojos con mater
nal ansiedad miró á todas partes por si veía á su hijo, que debía estar
allí esperándola, y echó á andar maquinalmente hacia un grupo de per
sonas que con la mayor solicitud la saludaban, la requerían y la acosaban
con tarjetas, prospectos y anuncios de todas clases, sin que la pobre se
ñora acertara á comprender una sola palabra de aquella inmensa algara
bía industrial.
El criado, aunque rudo y de todo punto extraño á aquel laberinto, se
enteró más pronto que su ama de lo que aquellos hombres querían, y
dirigiéndose á uno cualquiera, al que le pareció de más formalidad y más
circunspección, le suplicó con la mayor cortesía posible que le dijera
dónde y cómo les entregarían el equipaje y que si estaba muy lejos de
allí la casa del señorito D. Venancio, porque aquella señora que estaba
presente, y señaló á doña Ruperta, era su madre.
Aunque sin saber leer y escribir, como suele decirse, el rústico extre
meño había tenido la dicha de tropezar con un práctico de los más acre
ditados, el cual apenas le hubo respondido que sabía todo lo que le pre
guntaba y mucho más y dirigido un ceremonioso saludo á doña Ruperta,
hizo brotar del morrión que cubría su cabeza un banderín semejante al
de los coches de plaza, en el cual sobre fondo verde se leía en caracteres
amarillos lo siguiente: Paso libre.
El grupo de industriales se disolvió como por encanto, sin que ningu
no osara disputar la presa al elegido de entre ellos, ni tratara de desacre
ditarle con aquella sonrisa burlona que antiguamente inspiraba la envidia
en cosas tales, ni menos se quedara perdiendo el tiempo viéndole trabajar.
Los viajeros tenían ya un pabellón que les amparaba y ponía á cu
bierto de ulteriores asechanzas industriales, y nadie podía atreverse á
ofrecerles servicio alguno, porque todo corría de cuenta y cargo del prác
tico elegido; el cual, ofreciendo cortésmente el brazo á doña Ruperta, des
pués de haber examinado el número que tenía estampado en la espalda,
la condujo al desembarcadero de equipajes, local espacioso y grande por
la parte interior y que no es otra cosa á la vista del público que una lar
ga fachada de madera, llena de agujeros pequeños como los cristales de
los antiguos dioramas, sobre los cuales se lee lo siguiente:
1 al 100,-101 al 200,-201 al 300, etc.
222
ANTONIO FLORES
Y entre cada uno de estos agujeros de escasos tres decímetros de diá
metro hay un gran torno, en el que aparecen los equipajes en el momento
en que se piden por la ventanilla correspondiente al número de la factu
ra, sin que para ello haya que presentar más talón ni recibo que el nú
mero estampado en el traje del viajero, el cual se compone de dos gua
rismos, uno que marca el número del asiento y otro el de los bultos que
son de su pertenencia.
Doña Ruperta, por ejemplo, si hubiese sido práctica en el asuntóse
habría acercado al ventanillo del 301 al 400, y apenas hubiese dicao
«el 320 con 30,» habría visto aparecer en el torno de la derecha, si no de
una vez, porque eran muchos y muy grandes, en tandas, todos los bultos
de su equipaje.
El práctico, antes de acercarse al desembarcadero, le preguntó si había
equivocación en el número, porque á pesar de su mucha experiencia en
el servicio no recordaba haber visto un viajero con tantos cabos sueltos,
y ella le dijo que no; que traía treinta bultos, aunque no todos eran baú
les, y que además tenía un coche con factura separada; pero que no le
corría tanta prisa sacar el equipaje como buscará su hijo, que por fuerza
debía estar allí esperándola.
Advirtióla el práctico que lo primero era recoger los bultos, porque de
lo contrario habría que pagar almacenaje, y doña Ruperta, soltándose del
brazo de aquel hombre, le dijo:
—Se pagará todo lo que sea menester, pero yo quiero ver á mi hijo.
Tenga usted la bondad de decirme dónde están las gentes que salen á
recibir á los viajeros.
—Allí, donde me habéis hecho el honor de aceptar mis servicios.
—Allí—replicó doña Ruperta—no había más que vendedores y mozos
de servicio, y no es eso lo que yo pregunto. ¿Dónde está la demás gente?
—¿Qué gente?
—Los parientes, los amigos, los que salen á dar la bienvenida á los
viajeros.
—En ninguna parte, señora. A la estación no vienen nada más que
los industriales. ¿Vuestro hijo vive en Madrid?
—Sí tal, en el Hotel de la Unidad Transatlántica.
—No es mal hotel—repuso el práctico,—pero los hay mucho mejores.
Si queréis estar perfectamente servida, yo os llevaré á la Hospedería de
Canaam, que se ha abierto nueva, y veréis cómo en el mundo no hay
otro hotel más grande ni más confortable.
—Mil gracias—contestó doña Ruperta deseando desasirse de aquel
hombre;—yo quiero buscar á mi hijo, que de seguro habrá venido á la
estación.
AYER, HOY Y MAÑANA
223
—¡Y si no ha recibido la carta!—dijo una de las doncellas.
—Pero como además le puse un parte telegráfico....
—Verdad es—repuso la doncella.
—¿Quiere usted—dijo el criado—que vaya yo en una carrera á ver si
está el señorito en su casa?
—¡Pero si tú no sabes dónde está el hotel!—repusa doña Euperta.
—Quien lengua tiene á Roma va—dijo el criado,—y el señor me hará
el favor de decirme hacia dónde está, poco más ó menos, el hotel.
—¿El de la Unidad Transatlántica?—replicó el práctico.—¡Pues es una
friolera!.... El más lejos de esta estación. Siete kilómetros largos.
—¿Y qué hacemos?—dijo el criado.
—Yo no puedo creer que Venancio no haya salido á recibirme—con
testó doña Euperta.
Y mirando con ansiedad á todas partes, se dió por fin una palmada
en la frente y dirigiéndose al práctico le dijo:
—Caballero, ¿usted me sabrá decir dónde me darán razón de unos
muebles que he mandado hace dos días?
—¿Qué número tiene la factura?
—No me acuerdo. Pero se la envié á mi hijo en la misma carta en
que le avisaba el día de mi llegada, y si han recogido los muebles es se
ñal de que mi hijo está aquí.
La impaciencia de doña Ruperta desde que le ocurrió ese medio in
directo de buscar á su hijo era grande, y aunque el práctico le dijo que
no se podía saber el paradero de los muebles ignorando el número de la
factura, insistió en ver los almacenes; cosa que le fué en extremo fácil,
pagando 15 céntimos por persona á la entrada de cada uno de ellos, y
eran muchos.
Nada de lo que buscaban vieron en los cinco primeros que registraron,
y apenas se asomaron al sexto, cuando los tres criados á la vez gritaron
sin poder contener su alegría:
—¡Allí está el armario de nogal!
—¡Ya veo el salterio!
—¡Aquella es la urna del San José!
Á doña Ruperta, por el contrario, le entró un gran desaliento al ver
aquellos muebles, y pensando que puesto que no habían sido retirados
de allí por su hijo era señal infalible de que estaba enfermo, sin oir las
reflexiones de los criados que insistían en que no habría recibido la carta
á tiempo, se volvió al práctico y le dijo:
—¡Un coche, un coche y vamos corriendo al hotel!
—¿A la Hospedería de Canaam?—preguntó el práctico.
—¡No, no!—gritó doña Ruperta.—¡Al hotel de mi hijo!
224
ANTONIO FLORES
— ¿Y el equipaje?—dijo el práctico.
— Luego se sacará— contestó la afligida señora.
— En ese caso—repuso el práctico— hay que depositar los números en
la oficina de asuntos á ventilar.
— Lo que queráis, pero vamos corriendo.
El práctico hizo desfacturar á los viajeros, llevándolos á un despacho
donde les copiaron el número de la espalda, limpiándoles ésta, y salió
con ellos de la estación; á cuya puerta había un gentío inmenso que acu
día, llamado por el telégrafo de noticias frescas y un millón de anuncios
arrojados por el árbol de la publicidad, á ver un coche del siglo xv, así
decían los anuncios, que acababa de llegar de Extremadura.
Y fue que apenas se embarcó el carruaje en Badajoz, se avisó por te
légrafo que se podría enseñar al público por espacio de media hora, que
era el tiempo que, según calculaba la compañía, tardaría en recogerlo
su dueño.
LAS G E N T E S D E 1850 E N T R E LA S D E 1899
Donde se prueba que no hay necesidad
de perder el juicio para volverse loco.
Ni la m adre del hidalgo extrem eño reparó en los grandes carteles que
anunciaban la exposición pública de su carruaje, ni aunque hubiese leído
lo que decían habría com prendido lo que aquello significaba. Y no por
que el suceso tuviese n ada de extraordinario ni fuera cosa del otro ju e
ves, como antes se decía, sino que á las gentes no acostum bradas á vivir
en esas sociedades que cifran todo su bienestar y su m anera de ser en no
perder rip io ni desaprovechar ocasión de aprovecharlo todo, se les antoja
u n arco de iglesia cualquier acontecim iento que se sale un poco, siquiera
sea en la forma, de lo que están viendo y palpando en la vida ordinaria.
Pero en cambio de esa falta de com prensión que induce á lo maravilloso,
carecen los ignorantes del sentim iento de la curiosidad, que mal que les
pese á los que han sostenido lo contrario, no es un instinto salvaje, sino
una pasión educada. No son los pueblos incultos sino las sociedades cul
tísimas las que sienten el vivo aguijón de la curiosidad, que por más que
traten de ennoblecerle, suponiéndole inspirado por el am or á la ilu stra
ción y el deseo de aprender, es casi siem pre un placer frívolo, sin venta
jas para nadie ni para n ada.
226
ANTONIO FLORES
Es decir, lector, que según mi leal saber y entender, un corro de ver
daderos bobalicones se halla más fácilmente en una gran capital que en
una pequeña aldea. Y los curiosos, que sobran en todos los pueblos de la
culta Europa, son muy difíciles de encontrar entre los incultos africanos.
Por eso la compañía de los ferrocarriles del Occidente de España se
apresuró á excitar la curiosidad del público madrileño, anunciando que
el coche de doña Euperta estaría expuesto media hora ó algo más á la
vista de los que quisieran pagar 50 céntimos.
Y fueron tantos los que acudieron al reclamo, que á las puertas de la
estación había un verdadero tumulto, á pesar de que muchos no se apre
suraron á ir á verlo, porque confiaban, y con razón, en que más de un
fotógrafo cuidaría de ^copiar el carruaje y le podrían ver en su propia
casa y aun conservar una copia por diez ó doce céntimos.
Pero así como te digo una cosa te digo otra, lector. No vayas á creer
que la compañía del Occidente estaba muy en su derecho haciendo lo
que hacía; que si doña Euperta se hubiese enterado de lo que pasaba y
hubiera querido negarse á la explotación de su propiedad, nadie habría
visto el coche. Por de pronto una participación en el negocio no se la
podían negar, y si no quería avenencia y resueltamente se oponía á la
exposición del carruaje, la indemnización á los curiosos defraudados ha
bría salido muy cara á la compañía.
La libertad de la industria no atropella nunca las demás libertades
ni menoscaba ninguno de los derechos reconocidos por la ley. No está
esta sociedad de mañana tan atrasada como la vuestra, en que apenas se
conoce más propiedad que la que se funda en terreno firme, como las
casas y las tierras de pan llevar. Aquí se tiene entre otras muchas pro
piedades la de la fisonomía, y ningún fotógrafo puede vender un retrato
sin que el retratado vaya á la parte en la venta, ni cuando un periodista
dispone, por error ó por capricho, de la vida de un ciudadano, deja éste
de pedir indemnización de daños y perjuicios por el tiempo que el pú
blico ha podido creerle muerto.
Pero doña Euperta no supo lo que significaba aquel tumulto, ni aun
que lo hubiese sabido habría hecho reclamación alguna, como no la hizo
su hijo, siendo más letrado que ella, cuando vió vender su retrato y su
carta en la redacción del Boletín de antigüedades; el cual periódico, y aquí
lo digo porque viene á cuento, anunciaba en la última hora de este día
la llegada del coche y tenía en la estación un artista para que por medio
de la grabografía copiase el carruaje y se pudiese vender por suplemen
to al público.
Harto tenía que hacer la pobre señora con el pensamiento que llevaba
en el alma de que su hijo estaba enfermo, y ni siquiera hacía caso de sus
A YE R , HOY Y M AÑANA
227
criadas, que continuamente le llamaban la atención para que \Tiera la
grandiosidad de las plazas, la belleza de los edificios y una porción de ob
jetos, de los cuales ni siquiera comprendían la aplicación ni el modo de
usarlos.
El carruaje en que iban no marchaba con gran velocidad, porque era
de vapor, y permitía verlo todo con algún detenimiento; de manera que
los criados iban verdaderamente embobados, dando gritos por todo lo
que veían, con gran extrañeza del práctico; el cual, aunque ya sabía que
aquellas gentes venían por primera vez á la corte, no creía que estuvie
sen tan atrasadas de noticias que no conocieran ni el electrocarril ni los
globos ni la maroma y los trapecios.
Así fue que no supo qué pensar cuando vió que el criado extremeño,
alzando con ruda familiaridad la cabeza de su ama, empezó á gritar ape
nas entraron en la población:
— ¡ Un globo!, ¡un globo! ¡y otro!.... ¡y títeres! ¡Ay cuántos títeres!
Las criadas batían las palmas locas de alegría al ver las gentes que
saltaban en los trapecios, como si estuvieran en su pueblo viendo una
corrida de novillos ó una fiesta de pólvora, y sólo doña Ruperta, que vió
con espanto el peligro de muerte en que estaban todas aquellas gentes
que cruzaban las calles y las plazas sobre una maroma, cogió del brazo al
práctico, y señalando hacia el cielo exclamó:
— ¡Dios mió! Esas gentes se van á matar.
El práctico se sonrió y le dijo:
— No lo creáis, señora. Al principio se caían muchos y morían casi
todos, pero ahora ya son muy pocos los que se matan.
— ¿Pero para qué hacen esa barbaridad? ¡Jesús, pobres gentes, y qué
caro les cuesta el ganar un pedazo de pan!
— Pues ¿quiénes creéis que son los que andan en la maroma y en los
trapecios?—dijo el práctico.
— ¡Quiénes han de ser!— repuso doña Ruperta.— Infelices titiriteros
que exponen su vida para divertir al público.
— ¡Sí, no son malos infelices— replicó el práctico;—ya quisiera yo tener
la renta del más pobre de esos señores!
— Pues ¿quiénes son?
— Capitalistas, duques, propietarios, ingenieros, abogados....
— ¡Abogados!— gritó doña Ruperta pensando en que lo era su hijo.—
¿Los abogados hacen esas cosas?
— ¡Ya lo creo! Como que eso no es más que gimnástica, y la gimnástica
está muy recomendada por los médicos para todo el que estudia mucho.
Horrorizada con lo que oía cerró doña Ruperta los ojos, pareciéndole
siglos los minutos que tardaba en llegar al lado de su hijo, y aunque no
228
ANTONIO FLO R ES
tan pronto eomo ella deseaba, se detuvo el carruaje dentro de uno de los
doce grandes patios de entrada del Hotel de la Unidad Transatlántica.
—¿Qué número tiene vuestro hijo? —preguntó el práctico á doña
Euperta.
—¡Qué sé yo!—contestó ésta.—Se llama D. Venancio Almendruco.
Pero no se moleste usted más, que ya buscaré yo su cuarto.
—¿Está en este distrito?—preguntó el práctico.
—Sí, aquí está—contestó la señora,—en este hotel.
—Bien; ¿pero en qué distrito?, porque aquí hay doce distritos.
—¡Qué sé yo! Las mozas de la casa nos lo dirán.
¡Pobre señora, que á pesar de haber contrariado la voluntad de su
difunto esposo, leyendo periódicos y novelas modernas, aún creía que en
la capital de España y no ya en pleno siglo xix sino al empezar el xx
hubiese mozas de servicio, esto es, Maritornes, como si aún anduviera por
el mundo el ingenioso hidalgo manchego! ¡Qué idea tenía de lo que era
el gran hotel en que se hallaba, ni de lo que ha hecho la industria al aso
mar las narices al servicio doméstico! Buscar fregatrices de estropajo en
ristre allí donde no se limpian los platos uno á uno á fuerza de puño y
arena y al compás de una seguidilla, sino que hay una máquina de vapor
que en cinco minutos escasos pasa por lejía, enjuaga y seca dos tonela
das de cacharros, era un disparate imperdonable, aun en aquella señora
que venía de un lugar donde los mesones y las posadas están servidos
poco más ó menos que lo estaban dos siglos atrás. Disculpa tendría si no
supiera lo que son ni sospechara siquiera que existen esos servidores de
hierro, que automáticamente remedan todas las ceremonias y quehaceres
del servicio doméstico; pero que á la vista de aquel gran palacio en que
bullían tantos camareros de frac y corbata blanca presumiese que había
de encontrar mozas de servicio, alcarreñas ó asturianas, era verdadera
mente imperdonable. La única explicación que esto tiene, un tanto favo
rable para doña Euperta, es que esta buena señora, trastornada por el afán
de encontrar á su hijo, no veía la grandeza y el lujo del sitio en que se
hallaba, y aun si fijó su atención en los camareros, como ignoraba que en
la corte el frac y la corbata blanca son ya prendas exclusivas del unifor
me de los criados, los tomó por caballeros.
De todos modos, y esto explica cuán grande era el anacronismo que
cometió la extremeña, el práctico no entendió lo de las mozas de servi
cio y la condujo á la oficina de entradas y salidas más inmediata al sitio
en que se hallaban; y allí, dirigiéndose, no á una Maritornes, sino á una
joven elegantemente vestida, le preguntó lo que deseaba averiguar; la cual
pregunta fué inmediatamente satisfecha por la joven, que abriendo un
gran libro dijo:
AYER, HOY Y MAÑANA
229
—Distrito 9.°, calle H, piso 4.°, número 1.684.
Y el práctico, que lo era mucho en estas materias, preguntó:
— ¿Está en su habitación?
— ¡Qué sabe esta señora si está ó no está!—interrumpió con .viveza
doña Ruperta.— Vamos corriendo á su cuarto.
Y mientras esto decía la buena señora, la joven preguntaba por telé
grafo y le respondían que no estaba, y así se lo transmitió verbalmente á
los interesados, sin que doña Ruperta comprendiese nada ni escuchara
otra voz que la de su corazón que la mandaba correr al lado de su hijo.
Así fué que con acento de verdadera desesperación se volvió al prác
tico y le dijo:
— Buen hombre, ¿quiere usted decirme, si lo sabe, por dónde se va al
cuarto de mi hijo?
— Tomaremos una carretilla y la mecánica—replicó el práctico,—por
que está muy lejos.
— Tomemos lo que usted quiera con tal de que vayamos al momen
to; pero más pronto iremos á pie puesto que está en esta misma casa.
— Es que precisamente el distrito en que estamos es el 2.°, y desde
aquí al 9.° hay mucho que andar.
— Pues vamos como gustéis.
Y en el acto, porque has de saber, lector, que en ese hotel como en to
dos los de su clase no puede haber un deseo que no se satisfaga al ins
tante, y que como decían los antiguos enamorados, pajaritos volando que
se pidan se tienen al momento; en el acto hallaron el carruaje, con el quo
atravesaron casi toda la planta baja del edificio, subiendo sin detenerse
por la mecánica y llegando del mismo modo á la calle H.
Como peces fuera del agua, que no aciertan á cerrar la boca, así estu
vieron los tres criados extremeños mientras duró el rápido culebreo de la
carretilla eléctrica por los patios, galerías, parques y jardines del hotel, y
cuando se sintieron ascender por el pozo de la mecánica lanzaron un
grito que no duró más tiempo que la ascensión. Y mirando con espanto
al práctico se acercaron temblorosos á su señora, que no los hizo caso, y
antes que con los ojos leyó con el corazón el número 1.684, y como si toda
su vida hubiera estado allí, puso su mano sobre el picaporte de la puerta,
que estaba y permaneció cerrada.
Al ruido acudió el camarero, é informado por el práctico de que
aquella señora era madre del huésped y aquéllos sus criados, abrió la
puerta para que la primera entrase, oponiéndose á que lo hicieran los cria
dos, los cuales ni siquiera debieron haber subido por la mecánica de los
señores.
El práctico conoció la justicia con que hablaba el camarero, mientras
—
230
—
—
ANTONIO FLORES
que doña Ruperta, que había recorrido en un segundo la habitación, volvh á la puerta diciendo con verdadera exaltación:
—No está, no está; volvámonos á la estación.
—Como gustéis, señora— repuso el práctico;—pero me parece sería
mucho mejor que le esperaseis aquí, porque si el señor ha ido allá, vien
do que no estáis se volverá al momento.
—¿Hace mucho tiempo que salió?— preguntó doña Ruperta, dirigién
dose con cierto embarazo al camarero.
—No lo sé, pero debe volver pronto, porque ya son las cinco y cincuen:a y ocho, y á las seis y trece tiene pedido el banquete.
—¡El banquete!— replicó doña Ruperta.— ¡Oh! Me esperaba con mesa
puesta-añadió entre clientes y casi sollozando de alegría.
—Sí, señora—contestó el camarero,— porque como ha sido elegido di
putado....
—¡Diputado! ¡Conque ya es diputado mi hijo!
—¡Qué gusto, señora, que el señorito sea eso!—exclamó una de las
criadas.
—Que rabie doña Tomasa—replicó la otra.
Y viendo el camarero que mientras hablaban iban pasando el dintel
de la puerta, dijo:
—Señora, si esta gente son criados vuestros, se les llevará al departa
mento de la servidumbre forastera, y allí se les dará habitación y servicio
de primera, segunda ó tercera clase, según el precio que queráis pagar
per ellos, pero aquí no pueden estar.
—Mis criados no se apartan de mi lado—dijo doña Ruperta.
—En ese caso, tendréis que pagar por cada uno de ellos tanto como
per vos misma.
—Bien: ya se arreglará cuando venga mi hijo—replicó doña Ruperta.
Y sintiéndose cansada, no tanto de cuerpo como de espíritu, se fué á
sentar en un diván, que aunque no era de máquina la hizo dar un salto
en el momento de llegarse á él. Y fué que desde allí descubrió sobre la
mesa la carta y el parte telegráfico, cerrados ambos pliegos, y esto la so
bresaltó sobre manera. Ya no tenía duda de que Venancio ignoraba su
venida, y no sabía qué pensar de su ausencia, sobre todo en un día en
que de un momento á otro debía estar esperando aviso de la hora de su
llegada.
Inútiles fueron todas las reflexiones que para tranquilizarla le hicie
ron sus criados, y aun el práctico que, enterado de que el huésped era
diputado, hizo una pintura elocuentísima de los grandes quehaceres de
estos señores. Doña Ruperta no oía nada, y ya iba á llamar al camarero
para tomar nuevos informes acerca del paradero de su hijo, cuando entró
A YER, HOY Y M AÑANA
2¿1
allí un hombre de escasos cuarenta años, de fisonomía agradable y vesti
do á la moda, pero no con exageración. Quiero decir con esto que aunque
traía calzón ceñido, alpargata de goma, chaqueta elástica y gorra de
punto, todo con arreglo al último figurín ruso publicado en el Monitor
de la moda circasiana, no era todo su traje hecho de una sola pieza, ccmo
los de otros hombres más jóvenes y más á la moda que él.
Las cinco medallas que pendían sobre su pecho daban bien claro á
entender que era socio de número de otras tantas academias industria
les, y el lazo de lienzo blanco que ostentaba en el brazo derecho no deja
ba duda de que se hallaba de rigurosa etiqueta por causa de algún s-cto
culinario. Es decir, lector, que no lucía la servilleta en el cuello, ccmo
hacéis vosotros ahora, sino en el brazo. Como lo que se iba á ensuciar era
la garganta, no la vistió de pureza con la corbata blanca, sino que ató
ésta al brazo derecho, aunque no para atarle corto, porque los brazos en
materia de banquetes siguen pecando de largos como antiguamente.
No sé si tú, lector, que tienes obligación de saber en este asunto más
que dona Ruperta, habrás conocido lo que ella no pudo adivinar, y es que
ese hombre es uno de los pocos amigos, acaso el único, que tiene en Ma
drid Venancio. Ese hombre es el fabricante de agua de Colonia, que detien
do asistir como uno de tantos al banquete electoral, se había permLido
subir al cuarto del diputado, no tanto por tener el gusto de darle la en
horabuena y abrazarle, cuanto por entrar con él en el comedor á vista de
los demás electores.
—¿No está?—dijo dirigiéndose á doña Ruperta.
—¿Quién, mi hijo?
—¿Qué oigo, señora? ¡Conque vos sois la madre do mi amigo!
—Servidora de usted. Él no sabe aún que yo he venido; le estoy aguar
dando. ¿Sabe usted si vendrá pronto?
—Señora, yo no sé más sino que faltan tres minutos para la comida,
y á esa hora debe estar fijo aquí. La ceremonia de hoy no admite excusa.
—¿Y la de salir á recibir á su madre?—dijo doña Ruperta con aire de
resentida y sin poder reprimir una exclamación que pronto se avergonzó
de haber pronunciado delante de un extraño.
—¿Sabía que veníais á Madrid?
—Lo sabe, pero no la hora á que llegaba.
—¿Y qué tal está ese camino de hierro de Extremadura? ¡Habréis tar
dado un siglo!
—No tal, hemos venido en ocho horas escasas.
■
—¡Ocho horas! ¡Qué horror!—exclamó el fabricante.—¡Ocho horas en
poco más de 300 kilómetros! ¡Y luego hablamos con burla de los antiguos!
Pues no tardaban mucho más las galeras.
232
ANTONIO FLORES
— ¿Qué está usted diciendo?— repuso doña Ruperta.— ¿Sabe usted lo
que tardó mi señor padre (Dios lo tenga en su santa gloria) en ese viaje,
y no en galera sino en coche? Diez días. Y llamó la atención como muy
ligero.
— Lo creo porque vos lo decís— replicó el fabricante;— pero en esc
como en todo hay mucha exageración. Yo que, como sabe vuestro hijo,
soy espiritista....
— ¿Espiri
qué?— dijo doña Ruperta.
— Espiritista; de esos que, como dice el vulgo, evocan los espíritus de
los muertos para hablar con los difuntos.
— ¡.Jesús, María y José!—gritó doña Ruperta horrorizada.
Y cuando el fabricante, sospechando la causa de aquella exclamación
y firme en su propósito de propaganda espiritista, se disponía á tranqui
lizar á doña Ruperta, explicándola con algún hecho práctico las ventajas
y excelencias de su doctrina, cátate, lector, que se presenta el maestro
de ceremonias del hotel, vestido con tal etiqueta y tal aparato, que nada
menos que cuatro pajes eran necesarios, y los llevaba consigo, para sos
tener las cuatro colas en que se partía la del magnífico manto de escar
lata que le cubría los hombros; completando su traje calzón corto de
seda y medias de lo mismo, zapatos con hebilla, trusa y ropilla de raso
todo negro, ancha y rizada valona al cuello, birrete de terciopelo negro,
y la varilla dorada, distintivo del ejercicio, en la mano derecha.
A la vista de aquella enjuta y apergaminada carta de la baraja, en
que parecía estampado un rey de bastos, que tal semejaba el maestro de
ceremonias, abrumado con el manto de escarlata, no sé si por respeto ó
por miedo, se puso en pie doña Ruperta, extrañando no poco que el fabri
cante ce agua de Colonia no se moviera de su asiento ni aun hiciera el
más ligero saludo. Y cuenta que el recién venido le hizo tres tan reveren
tes y tan profundos al asomar allí, que los cuatro pajes tuvieron que alzar
el brazo y aun ponerse sobre las puntas de los pies para que no se les
escapara la cola de las manos; tanto fue lo que aquel hombre dobló el
espinazo.
—¿No está el señor diputado?— dijo dirigiéndose al fabricante.
—No— contestó éste,— y me parece que no llega al banquete; son ya
las seis y once minutos.
—¿Tengo el honor de hablar con alguno de los señores invitados?—
preguntó el maestro de ceremonias.
—Justamente— repuso el fabricante— estáis hablando con el elector
que ha Jado el triunfo al candidato. Mi voto ha decidido la elección.
El maestro de ceremonias se inclinó de nuevo y dijo:
—¡Es decir, que la persona en cuya presencia tengo la honra de encon-
A YE R , HOY Y MAÑANA
233
trarme en este momento es nada menos que uno de los príncipes de la
patria perfumería, el distinguido fabricante de agua de Colonia y emi
nente espiritista Nicodemus Fernández!
— Así es la verdad; ¿pero quién os ha dado tales informes de mi per
sona? ¿Sois por ventura espiritista?
— No, señor, soy simplemente maestro de ceremonias de este hotel, y
cuando hay un banquete me informo de los nombres, apellidos, títulos y
demás circunstancias de los convidados para anunciarles en debida for
ma. Además, he sido elegido por el señor diputado para presidir y repre
sentar su persona en el banquete si no se hallaba aquí á la hora señala
da, y como debo ocuparme en los brindis de todos y cada uno de los
electores, he repasado un rato los anuarios estadísticos.
— Esta señora— elijo el fabricante, señalando á doña Kuperta— es la
madre del nuevo diputado.
— Lo sospechaba— contestó el maestro de ceremonias;— su hijo me dijo
que la esperaba, y por cierto que sentía mucho no poder salir á recibirla.
Doña Kuperta, que estaba asombrada con la presencia de aquel hom
bre y sin comprender una sola palabra de las que le había oído cambiar
con el fabricante, se alzó de su asiento al oir hablar de su hijo y exclamó:
— ¡Que no podía salir á recibirme! ¿Conque, según eso, sabía que yo
llegaba?
—Sí, señora; pero tenía precisión de hacer un viaje, que según parece
le traía mucha cuenta, y yo mismo le aconsejé, á instancia suya, se en
tiende, que no fuera á recibiros, aunque le indiqué que el establecimiento
lo haría en su nombre.
— ¡Es decir, que mi hijo no está en Madrid!
— Supongo que no, porque si estuviera habría venido á presidir el
banquete.
— En ese caso no me queda duda de que ha ido á Extremadura á bus
carme. ¡Pobre Venancio! Yo me tengo la culpa por no haberle avisado con
más anticipación mi s.alida.
— Me parece que os engañáis— repuso el maestro de ceremonias;—el
viaje de que vuestro hijo me habló era mucho más largo. Según me dijo,
iba á Laponia.
— ¿Adonde?— preguntó doña Kuperta con extrañeza.
— A Laponia; al cabo Norte de Europa.
— ¡Caballero!—gritó la señora extremeña,— ó usted no conoce á mi hijo
y habla de otro huésped, ó quiere burlarse de mí. Mi hijo no ha podido
salir de Madrid sino á buscar á su madre. Y ahora mismo—añadió dirigién
dose á sus criados—nos volvemos á Badajoz.
— ¡Qué disparate!— exclamó el fabricante.— Os cruzaréis en el camino
234
ANTONIO FLORES
y será cuento de nunca acabar. ¡Cuánto mejor es que pongáis un despa
cho telegráfico preguntando si está allí!
—Teneis razón—dijo doña Ruperta.
—Y además—repuso el fabricante,—que no hay necesidad del tele'grafo
para saberlo. Yo os lo puedo decir aquí mismo.
—¿Usted sabe dónde está mi hijo?
—No lo se', porque anoche, es decir, esta madrugada, nos vimos y no
me dijo nada; pero ahora mismo magnetizaré á cualquiera de estas dos
muchachas y ella nos lo dirá.
El fabricante miró con atención á las criadas de doña Ruperta, y diri
giéndose á la más joven añadió:
—Precisamente ésta tiene unos ojos muy cargados de fluido y dormirá
al momento. Debe ser una gran sonámbula.
Las pobres lugareñas retrocedieron espantadas ante las miradas pene
trantes de aquel hombre; doña Ruperta sintiq que la cabeza se le iba; el
criado tomó un gesto amenazador cuando el fabricante tocó en el hom
bro á la joven, que allá en el pueblo se decía/si era ó no era su novia, y
allí hubiera habido la de Dios es Cristo, sin la presencia de un camarero
del hotel que se asomó á la puerta del aposento y dijo:
—El minuto.
Hizo al oir esta palabra, que llamaba á la mesa, tres profundas corte
sías el maestro de ceremonias, y obligando al fabricante á pasar delante
de él, desapareció seguido de los cuatro pajes, los cuales, aunque vestidos
con dalmáticas iguales, todas amarillas y del corte de las que usaban los
antiguos reyes de armas, llevaban bordados en ellas atributos distintos,
representando el uno el Brazo industrial, el otro el Brazo mercantil y
los dos últimos el Brazo fabril y el Brazo popular.
UN B A N Q U E T E E L E C T O R A L
Donde se prueba que no importa
votar en distinto bando para comer
en un mismo plato.
Aunque el lector haya creído que es cosa sencilla la de alcanzar un
cubierto en una mesa política, y se figure que porque abundan los ban
quetes alcanza á todas las gentes la abundancia, le suplico que no caiga
en el error de suponer que todos los españoles tienen derecho á probar
estas comidas parlamentarias. Si así fuera, habrían dado más de un paso
en favor del socialismo, cuya soñada igualdad anda ahora poco más ó
menos tan por el aire como antaño, y no está menos agraz que cuando
creían irla madurando los primeros socialistas del mundo, que ya sabe
el lector quiénes fueron, porque bien claro se lo ha dicho el autor de las
dos primeras partes de esta obra.
En cuanto á mí, de mi propia cuenta y riesgo añado que no sólo están
por cocer las sopas económicas que han inventado los hombres de h o y ,
sino que aún hay estómagos tristes y muy desocupados, que por no estar
ociosos y no pudiéndose ocupar en cosa mejor se ocupan en suspirar por
la humillante, pero al cabo y al fin substanciosa bazofia que aye r se re
partía á la puerta de los conventos.
236
ANTONIO FLORES
¡Ay si resucitaran los antiguos hermanos de la célebre ronda de pan
y huevo, de cuyo piadoso instituto las gentes de mañana apenas conser
van memoria! Si resucitaran y vieran algunos barrios, en que no sería
suficiente la repetición del milagro de los panes y los peces para atender
á todos los pobres que les saldrían al encuentro, ¿qué dirían?
Pero á bien que si algo decían no se quedarían sin ser contestados,
porque si ahora faltan los conventos y las rondas de pan y huevo que ha
bía en 1800, no está prohibida la mendicidad como en 1850, y todo se re
duce á que si los pobres han perdido la sopa han reivindicado el derecho
de pedir limosna.
En esta materia, la sociedad de mañana ha ido tan allá que es de todo
punto imposible ir más adelante.
Desde el derecho de no hacer nada, que es casi imposible en la prác
tica, hasta el de hacer cuanto les dé la gana, que viene á ser también otra
letra muerta, están estas gentes en posesión de todos los derechos ima
ginables y algunos más.
El derecho de reunirse y el de separarse, el de ignorar y el de apren
der, el de pedir y el de no dar, el de preguntar y el de no responder, y
tantos otros derechos cuantas son las inclinaciones, los deseos y los instin
tos de la humanidad, todos se ejercen con el más libre albedrío y sin otra
cortapisa que la que se ponen los unos á los otros. Es decir, que cuando
un derecho no tropieza con otro, va y viene libremente por donde lo
da la gana. Si sucede lo contrario y la prudencia de ambos no evita el
choque, descarrila el más débil, ó descarrilan los dos si tienen fuerzas
iguales.
Pero entre todos esos derechos, que casi me atrevo á llamar regalías
sociales de escalera abajo, hay uno que es el más importante de todos,
porque sirve de base, de núcleo y de embrión á todos los demás.
Ale refiero, lector, al derecho electoral.
El hombre, sin el derecho de elegir entre el bien y el mal, la risa y el
llanto, el placer y el dolor, el bullicio y la soledad, no alcanzaría ninguno
de los otros derechos. La libertad de echar á cara ó cruz, esto es, á la
mitad más uno, todas las cosas, es lo que constituye la verdadera liber
tad, que es la panoplia de todos los derechos.
Por eso esta sociedad, dando á todos sus individuos el derecho elec
toral. se ha ahorrado entre otras cosas el trabajo de hacer el censo de los
votantes y las leyes electorales, que tantos disgustos ocasionan á los
hombres de hoy.
Y por supuesto, que la ley de incompatibilidades parlamentarias tam
bién es inútil, porque se considera, y con razón, como un atentado á la
libertad de la elección, Decirle al elector que tales ó cuales personas no
ATER, HOY Y M AÑANA
237
pueden ser elegidas, sería poner cortapisa á la libre elección, y ya te he
dicho, lector, que aquí no hay más cortapisa que las que un derecho le
pone á otro derecho.
Todos ios varones desde la edad de doce años, que atendida la mayor
ilustración de la humanidad se considera equivalente á la de veinti
cinco en los siglos pasados, hasta la de cuarenta, en que se supone que
ya el egoísmo y el cálculo han pervertido la razón del hombre, tienen
derecho para elegir diputados á Cortes.
En las elecciones municipales toman también parte las mujeres, siem
pre que se conserven solteras y no bajen de diez años ni pasen de los
treinta, y aunque esta novedad díectorai no es muy antigua, ya se conoce
en el ornato de la población, en el empedrado y sobre todo en el riego de
las calles y los paseos la influencia femenina; no porque ellas sean ele
gidas, que aún no se ha llegado á tanto, á pesar de que lo han pedido con
insistencia, sino porque saben designar candidatos para plaza de regido
res y comisarios de limpieza que no dejan nada que desear en punto á
ornato y aseo, hasta el extremo de hacer con la capital de España lo que
las electoras hacen en el tocador con sus propias personas.
Pero ya veo, lector, que allá en tus adentros estás murmurando de mí
y de esta á tu parecer inútil charla con que voy llenando las primeras
líneas de este cuadro, y que lo mejor que de mí piensas es que quiero, al
hacerlo así, imitar el estilo de las dos primeras partes de la obra para
que toda ella parezca salida de una misma pluma y como vaciada en el
mismo troquel.
Y si he de decirte la verdad, no andas en esto último muy fuera de
razón, porque una de las cosas más estupendas que hacemos los espíri
tus, cuando nos soplamos y nos infundimos en el brazo de un prójimo
cualquiera para que él sirva de médium entre nuestro propio pensa
miento y el del público, es adaptarnos á sus maneras é identificarnos
con su propio ser de tal modo que vengamos á formar una sola indivi
dualidad.
Así y sólo así se explica que cuando el bueno de Cicerón se viene
con toda su alma latina, á charlar con la sociedad de París por la boca
de una griseta sonámbula, lo haga en francés tan correcto y tan á la úl
tima moda, que causa maravilla el oirle. Y no de otro modo se compren
de que cada espíritu, griego, escandinavo ó turco se trague su propio
idioma y use el del médium que le sirve para comunicarse con el mundo
presente; como lo estoy haciendo yo en este momento, que no sólo es
cribo castellano, á pesar de no haber sabido en mis tiempos nada, más
que irlandés, sino que lo hago con todos los galicismos y las incorreccio
nes de los tiempos modernos.
238
ANTONIO PLORES
De manera, lector, que has acertado al suponer que trato de imitar en
esta parte del libro el estilo con que el hombre que hoy me sirve de ins
trumento caligráfico escribió por sí propio el ayer y el hoy; pero te en
gañas si imaginas que la introducción que estoy haciendo en el cuadro
presente no viene á cuento, y no sabes lo que te pescas si, como sospecho,
juzgas que hay contradicción en mis palabras.
Te he dicho, y no sólo no me arrepiento de ello sino que te lo repito,
que aunque son todos llamados á votar, son pocos los escogidos para co
mer, y que no es tan fácil como parece alcanzar un cubierto en los ban
quetes electorales.
El sufragio es universal, pero la elección no es directa, porque como la
experiencia ha enseñado que en los distritos no se hacía otra cosa sino
lo que querían los caciques, habiendo sido imposible destruir esta raza,
los electores no eligen diputados, sino que votan influyentes; y éstos, que
se sacan de los que han tenido más votos, son los electores.
De todos los ochocientos noventa distritos en que está dividida la
España, el 580 es el que tiene mayor número de caciques, y por eso son
veintiuno los electores que tomaron parte en la votación y que adquirie
ron al meter la mano en la urna parlamentaria el derecho á meter la cu
chara en la sopera electoral.
Tú, lector, como no has votado al hidalgo extremeño no puedes sen
tarte á la mesa, pero verás á los que están sentados, y les acompañarás,
con la vista, se entiende, á devorar los platos del festín, á vaciar las bote
llas y á largar los brindis.
Para esto y para otras muchas cosas más se inventó en tus tiempos
la tribuna pública.
«La publicidad es el alma de la digestión,» ha dicho recientemente
uno de los más doctos varones de la ciencia gastronómica en un libro de
indisputable mérito, titulado La sabiduría al alcance de todos los estó
magos; en el cual, después de probar que la cocina es la madre de todas
las ciencias, se concluye demostrando que el dime lo que comes y te diré
lo que sabes es mucho más exacto que aquella estúpida antigualla de
dime con quién andas, decirte he quién eres.
Y con efecto, lector, el gastrónomo tiene razón. El hombre no es hijo
de sus obras, sino de su cocina, y poco importa que ande en malos pasos
si come buenos platos.
Pero no quiero detenerme á explicar toda la importancia que ha to
mado la ciencia culinaria en esta época, porque natural era que sucediese
así habiendo quedado este ramo del saber humano tan recomendado por
los hombres políticos del hoy, á quienes se les pasaron las mejores horas
de su vida poniendo la mesa y diciendo hipócritamente que tal ó cual
A Y ER, HOY Y MAÑANA
239
cuestión estaba sobre el tapete, cuando todas las metían entre la servi
lleta.
Hanse perfeccionado todos los conocimientos humanos, y el que dala
vida á la humanidad ha merecido especial atención y cuidado.
Por eso al empezar este libro lo hice con un almuerzo, pensando en
que las sinfonías de las buenas óperas deben formarse con los motivos
más notables y más salientes (digámoslo claro aunque sea en mal caste
llano) de la obra.
La previsión con que procedí en aquellas páginas me ahorra de ocu
par las presentes con la descripción de los platos que se sirvieron en la
comida que Venancio dió á sus electores, y me limitaré á decirte, que
fueron de los más escogidos y todos análogos en lo posible al objeto del
banquete.
Pero en cambio te contaré, sin comentario alguno por mi parte, todo
lo que se ve desde la tribuna ó balcón corrido que hay en lo alto del
salón para que las gentes aficionadas áesta clase de espectáculos puedan
asistir gratis á formar el público, indispensable en todas estas solemni
dades.
El comedor, como puedes figurarte, no está hecho adrede para festi
nes electorales, sino que es uno de tantos salones como tiene el hotel para
alquilarlos á los huéspedes ó á los particulares con destino á comidas
públicas; pero en cada uno de éstos varía el decorado de las paredes, el
del techo y aun el del pavimento de una manera tan simbólica y tan
adecuada á la solemnidad, que no parece sino que expresamente está
construido ad hoc.
Y no creas, lector, que el decorado consiste en bastidores de lienzo,
donde mal y de mala manera están pintados los atributos profesionales
del anfitrión ó las empresas y hazañas de los convidados, sino que se
trata de adornos de verdadero mérito artístico y de un valor real y
efectivo.
No ha muchos días que en esa misma sala en que ahora comen los
electores de Venancio dieron una cena los astrónomos del quinto dis
trito de España á los que habían venido de Inglaterra para observar el
último eclipse de sol, y los unos y los otros quedaron sorprendidos al ver
la riqueza de los aparatos meteorológicos que adornaban los ángulos del
salón, la inteligencia con que en el techo estaba desenvuelto el sistema
solar por medio de las mismas lámparas que alumbraban la estancia, y
por último, apenas les dejó probar bocado la admiración que les produjo
el tapizado de las paredes y la alfombra del pavimento. Estaban estam
padas en las primeras las tablas de los ortos y ocasos de los principales
planetas en el horizonte de Madrid, y la alfombra, que era un verdadero
240
ANTONIO FLORES
prodigio del arte, tenía tejido, no creas que pintado, un cuadro sinóptico
de todos los planetas asteroides conocidos hasta el día. Figúrate, lector,
si cabe más lujo ni más propiedad.
El adorno que tiene el salón en estos momentos es menos rico y está
mucho más visto, porque rara es la semana que no ocurre algún banque
te electoral.
Viene á ser para los tapiceros del hotel lo que era para los antiguos
sacristanes y sepultureros de las parroquias el túmulo que llamaban de
tumba y hacheros.
Muchas banderas de colores en las cornisas, guirnaldas de rosas, coro
nas de laurel y otros atributos de las glorias populares; en los ángulos
cuatro grandes estatuas representando los cuatro grandes dioses del siglo:
el oro, el hierro, el carbón de piedra y el caucho. El vapor, el gas y la
electricidad están simbolizados en el techo por otras tres figuras, que
agrupadas sostienen la gran esfera que alumbra el comedor, representan
do la unidad del mundo. En varios medallones que hay en las paredes
se leen los nombres de todos los grandes legisladores, desde Moisés hasta
el autor de la última ley de vagos que dieron los hombres de mil ocho
cientos cincuenta y pico.
La alfombra, que examinada con detención no ofrece nada de parti
cular, es sin embargo uno de los objetos más notables de la sala. Su mé
rito consiste en que el dibujo, que forma cuadros, está hecho de manera
que á cada paso que se da, parece que falta terreno donde pisar por la
hábil combinación de la luz y de la sombra en el clarobscuro de cada
cuadro.
Este pavimento advierte al elegido del cuidado con que es preciso
andar en el Parlamento para no tropezar con las conveniencias parla
mentarias.
Ultimamente, en los dos testeros del salón, donde tus gentes, lector,
habrían colocado dos grandes espejos, con virtiendo así el comedor en un
salón de cortar y rizar el pelo, hay dos cuadros de porcelana en los que
está repetida, para que la alcancen Con la vista los comensales de una y
otra banda, la lista de los platos y de los vinos que han de servirse en el
banquete.
La mesa no es cuadrada ni redonda, sino que los tableros tienen la
forma de una Y griega, en cuya base se sentó el maestro de ceremonias,
como representante de Venancio, y en los extremos superiores los dos
improvisadores alquilados para los brindis. Los demás convidados ocupa
ron sus respectivos asientos, marcados de antemano por el retrato de
cada uno de ellos, estampado en la servilleta; la cual, según costumbre,
antes ó después de hacer uso de ella se la llevaron todos en el bolsillo.
ATER, HOY Y MAÑANA
241
El maestro de ceremonias, como hombre muy práctico y muy enten
dido en estos asuntos, no se sentó hasta que lo hubieron hecho los con
vidados, y entonces dijo:
«Señores electores del distrito 580: La ausencia en esta solemnidad
del hombre .que acabáis de elevar con vuestros respetables sufragios (aire
de benevolencia en el auditorio) á una de las más altas investiduras de
la nación, es para vosotros un suceso fausto (viva animación) é infausto
(profunda sensación) á la vez.
»Me explicaré (atención). Es fausto porque esa ausencia reportará
grandes, estupendos, incalculables beneficios á los intereses industriales
del distrito (señales de alegría en los convidados-, todos se frotan las
■manos á la vez), é infausto porque estando ausente no podéis tenerle á
vuestro lado (aire general de tristeza-, todos alzan los ojos á la vez). Y
mientras él recorre el mundo, sí, señores electores, el mundo, para exa
minar los adelantos de la industria y muy especialmente en los ramos de
perfumería, por ser los que más afectan al distrito (bravos y aplausos),
á mí me cabe el honor (muestras de adhesión) de daros de comer en su
nombre (señales de agradecimiento). Temo mucho, señores electores,
atendida vuestra reconocida ilustración (aire de modestia), no acertar á
cumplir mi honroso cometido como vosotros mereceis (todos: Sí, sí).
»Réstame ahora, señores, suplicaros que procedáis á la elección de
la persona que debe merecer la honra altísima de presidir el ban
quete.»
El maestro de ceremonias se retiró del lugar de la presidencia al pro
nunciar estas últimas palabras, y cuando por unanimidad fué proclama
do presidente, volvió á su asiento y dijo:
«No esperéis, señores electores, que pronuncien mis labios palabra
alguna de agradecimiento por la honra que acabáis de dispensar en mi
persona á la clel hombre eminente á quien me cabe la dicha de represen
tar en esta solemnidad. La gratitud se siente, pero no se explica (aplau
sos prolongados).
»Ahora permitidme que siguiendo una costumbre antiquísima os pro
ponga un voto de gracias para la mesa interina.» (Por unanim id ad ,
dijo una voz.—Sí, sí, contestaron todos á la vez.)
Y con esto y al compás de una música que oculta á los ojos de todos
tocaba el himno de los escogidos, se sirvió una sopa verde, que en la lista
de la comida tenía el nombre de puré á la esperanza electoral; y tras de
este plato un entremés de encurtidos electorales, y luego un frito de su
fragios aprovechados, y un vol-au-vent de escrutinios limpios, y un em
butido de influencias morales, y un asado de principios fijos, y un pesca
do ól la escama gubernamental, y unos helados de himnos de indepenTomo III
16
242
ANTONIO FLORES
ciencia, y diferentes postres de ardides legítimos, de trampas legales, de
amaños permitidos, de renuncios sancionados, de suplantaciones con
sentidas, y por último, el gran queso de la conciencia electoral, encerra
do en una magnífica urna de cristal y girando sin cesar, como movido
por los gusanos que atestiguaban su excelencia quesífera.
Los vinos tenían sus nombres grabados en las copas, y á los convida
dos les bastaba alzar en alto cualquiera de ellas para verla llena instan
táneamente por el camarero que cada uno tenía tras de sí, el cual lleva
ba un aparador lleno de botellas en la cintura, parecido á las cananas ó
cartucheras de los antiguos guerrilleros.
El fabricante de agua de Colonia, que estaba sentado á la derecha del
maestro de ceremonias, fue el primero que se alzó en pie para brindar,
no sin haber pedido y alcanzado la palabra del presidente; y levantando
en alto una copa vacía, dijo:
«Cicerón frapé.»
Y en el acto saltaron los tapones de una porción de botellas, y todos
los convidados, puestos en pie, con una copa negra en la mano izquierda
alzaron el brazo derecho, saludando al orador, que empezó su discurso
diciendo:
«Todos sabéis que mi voto ha decidido el éxito de la elección, y por
eso mi palabra, que debe ser la primera que aquí se oiga, es también la
de más peso.
»Vosotros habéis votado libremente un candidato cualquiera; yo he
tenido necesidad de optar entre los dos que tenían iguales probabili
dades de éxito. Figuraos si habré examinado bien las circunstancias
del uno y del otro (todos: Es verdad). Pues bien, mis queridos consocios
electorales: creed lo que os digo (atención): el derrotado no sirve ni aun
para descalzar al elegido (varias voces: Bien , bien ; diez de los convida
dos bajan el brazo derecho y gruñen sordamente). Siento infinito que mis
palabras hayan sido mal interpretadas por los señores que votaron en
pro del candidato vencido; y puedo asegurarles, por si esto les basta, que
lo mismo que he dicho á favor del uno, lo habría dicho á favor del otro
si el resultado de la votación no le hubiera sido adverso (los diez convi
dados vuelven á alzar los brazos y dicen: Bien , bien ; estamos satisfe
chos).
»Pues qué, señores—añadió el fabricante,—yo, que soy esclavo de las
mayorías absolutas en todo y para todo, ¿habría de incurrir en una contra
dicción tan palmaria en este momento? Pero estamos en un banquete
dado por el hombre á quien acabamos de elegir representante del distrito
de Venus; permitidme, señores, que así llame al barrio en que todos los
influyentes somos perfumistas (Sf, sf, el distrto de V enus ). Se trata
AYE R, HOY Y MAÑANA
243
de ese hombre, repito, y aquí no pueden pronunciarse otras palabras que
las que redunden en honra suya (bravos y aplausos prolongados). ¿Pen
sáis como yo, dignísimos consocios? (Sí, sí). Pues permitidme que os diga
en breves palabras lo que es y lo que vale nuestro diputado (profundo
silencio y viva atención: el maestro de ceremonias inclina la cabeza con
modestia como si él fuera la misma persona que está representando). Es
un hombre nuevo, enteramente nuevo, de esos que en vano buscan los
demás distritos, cansados como estamos todos de candidatos resabiados
y empedernidos, para quienes toda reforma y todo adelanto es un mundo
de dificultades y de tropiezos. Figuraos, señores, el partido que podemos
sacar de un hombre tan extraño á todo lo que aquí pasa, tan desligado
de compromisos y de cábalas de partido, que ayer mismo, señores, yo os
lo digo y lo debéis creer, ayer á estas horas oía hablar por primera vez
del espiritismo (viva sensación en todos los convidados). Os sorprende
y es muy natural y muy legítima vuestra sorpresa; pero también os digo
que es tan brillante su talento y tan vasta su instrucción, que en una
sola visita que hizo al club salió enterado, no me queda duda, perfecta
mente enterádo de todo. En ñn, señores, el viaje que hace en estos mo
mentos por el cabo Norte de Europa sólo por el afán de instruirse acerca
de los ramos que tanto afectan los intereses del distrito, os prueba lo mu
cho que se puede esperar de su presencia en el Parlamento. Porque todos
vosotros sabéis que esa parte del mundo fué la que recorrió el célebre
Carlos Linneo, el gran descubridor de las dores cuya esencia es la de nues
tra vida, para escribir su célebre Flora Lapónica. ¡Quién sabe, señores,
lo que está reservado á la botánica de la perfumería! (profunda sensa
ción). Esperémoslo todo del viaje de nuestro diputado. Propongo un brin
dis á su primer triunfo parlamentario en defensa de los derechos de la
perfumería tan lastimados y tan desatendidos.» (Sí, sí, brindemos.)
Y el'fabricante, entusiasmado con los aplausos recibidos, se volvió á
alzar en pie y dijo:.
«Señores, propongo otra cosa mejor. La madre de nuestro diputado
acaba de llegar á este hotel; nombremos una comisión que pase á dedi
carle un brindis.»
— ¡Sí, sí!—gritaron muchos á la vez.
— Vayamos todos para que la ovación sea más unánime—dijo uno.
— ¡Magnífico!— exclamaron todos.
Y aunque el maestro de ceremonias dijo que estaba conmovido con
aquellas muestras de simpatías y que le permitieran pronunciar el dis
curso de agradecimiento que tenía pensado, no le hicieron caso, replicán
dole que luego cuando volvieran al comedor á oir los brindis de los im
provisadores podría contestar lo que quisiera.
■
244
ANTONIO FLORES
Con lo cual, guiados por el fabricante Nicoclemus, se dirigieron todos
al aposento 1.684; siendo un caso arduo para el maestro de ceremonias el
de resolver si debería quedarse por modestia en el comedor ó ir á pre
senciar el hompnaje de adhesión que se hacía á la madre de su repre
sentado.
CUADRO XXIX
LA P U B L IC ID A D B IE N E N T E N D ID A Y LA CURIOSIDAD
B I E N PAGADA
Cuando los electores del distrito 580 llegaron al aposento 1.684 ya no
estaban allí doña Euperta ni sus criados ni el práctico, cosa que les fue
indiferente á todos menos al bueno de Nicodemus, el cual, como siempre
tenía fijo el pensamiento en la propaganda espiritista, había creído buena
presa la de aquellos lugareños y se proponía explotar su ignorancia en
beneficio de la flamante creencia.
Así fue que, apartándose de los demás convidados, se dirigió en busca
del camarero de Venancio y le preguntó:
—¿Hace mucho que se ha marchado la madre del 1.681?
—No, señor; ahora mismo acaba de salir—respondió el camarero.
—¿Sabéis adonde ha ido?
—Dijeron que iban á dar una vuelta por las calles y que volverían
pronto para ver si había alguna razón del hijo de la señora; pero yo creo
que no vuelven, sino que el práctico les ha engatusado llevándolos á la
fonda de Canaam, donde, como sabéis, estarán infamemente servidos y
les costará más caro que aquí.
—De todos modos—dijo el fabricante—si vuelven antes de que yo
venga por aquí, avisadme al momento. Estoy en el banquete electoral.
—¿En qué salón tenéis la comida?—preguntó el camarero sacando la
cartera para apuntar la respuesta.
246
ANTONIO FLORES
— No sé qué número tiene, pero es en este mismo distrito.
— Está bien, me informaré y os haré avisar si vienen. Aunque sospecho
que no vendrán, porque ya os he dicho que el práctico que traen consigo
es gancho de Canciam, y milagro será que no los haya llevado allí; con
tanta más razón cuanto que la señora pidió una taza de salvia, y porque
le dije que aquí no había esas cosas, pero que si quería haría un pedido
á la enfermería, por si acaso allí sabían lo que era, se incomodó mucho y
el práctico la hizo una seña, como diciendo: aquí no hay nada de lo que
se pide.
— Os aseguro— añadió el camarero— que si me hubiera dejado llevar
de mi genio, ya le habría dicho yo lo que venía al caso al tal práctico.
Pero he apuntado el número que tiene y he dado parte al veedor del
distrito para que eleve una queja á la junta de Conservadores del Crédito
Industrial, á ver si está permitido áesos buscavidas venir á sonsacar las
gentes dentro del establecimiento. En buen hora que engatusen á los
viajeros en las estaciones y que se permitan desacreditar tal ó cual hotel
en terreno neutral; pero lo que ha hecho ese hombre es inicuo.
— Ciertamente—repuso el fabricante de agua de Colonia.
É incorporándose á los suyos, entró de nuevo en el comedor para oir
los brindis de los improvisadores de oñcio y los de algunos aficionados, con
más el brindis final, ó mejor dicho, el discurso de gracias con que levantó
los manteles el maestro de ceremonias; discurso que no reproduzco, á
pesar de que palabra por palabra le tomaron los taquígrafos y me sería
de este modo facilísimo hacerlo, porque me corre prisa ir al alcance de
doña Ruperta, la cual no se salió del Hotel Transatlántico engatusada
por el práctico para ir al de Canaam, como pensaba el camarero, ni tam
poco á dar una vuelta por las calles sin objeto determinado, sino que
ansiosa por saber el paradero de su hijo y revolviendo en su imaginación
los medios de averiguarlo, apenas tropezó con una idea feliz quiso poner
la en práctica.
— ¿Conoce usted á los señores Agarra, Estruja y Compañía?— dijo con
viveza doña Ruperta dirigiéndose al práctico.
— Sí, señora— respondió éste vacilando.
— Pues hágame usted el favor de llevarme á su casa.
—¿Dónde viven?—dijo el práctico.
— No lo sé—repuso doña Ruperta, - pero lo averiguaremos.
— ¡Qué son esos señores—preguntó el práctico.
— ¡Pues no dice usted que los conoce!
— Sí, señora, que los conozco, porque los prácticos debemos de conocer
á todo el mundo.
— ¡Ya! Pero con que deban ustedes conocerlos y no los conozcan....
AYER, HOY Y MAÑANA
247
—Es que si me decís lo que son esos señores, al momento os diré dón
de tienen su casa.
—Creo que son girantes de letras.
—Algo más serán, señora, porque girantes de letras puede decirse que
lo somos todos. ¡Quién no ha girado alguna vez en su vida!
—Pues bien: yo no sé más sino que en casa de esos señores toma mi
hijo todo el dinero que necesita.
—¿A préstamo?
—No, señor, sino que yo pago en Badajoz todo lo que él toma aquí.
—En ese caso son banqueros. ¿Cómo es la razón social?
—¿La qué?
—¿Cómo se llaman?
—Agarra, Estruja y Compañía.
El práctico bajó la cabeza, puso el pie derecho en la pared, y recorrien
do la vista por la pierna, que tenía horizontal, dijo:
—Viven en la ronda 228, casa 8.434, extremo X del Sur. Tienen el escri
torio en la plaza 23, casa 3.333, centro P del Norte.
El práctico volvió á bajar la pierna, dejando atónitos á los lugareños
y espantada á doña Buperta, la cual, no pudiendo adivinar lo que aquel
hombre había hecho al pasar su vista por la pierna derecha, le dijo:
—Tiene usted una manera bien original de refrescar su memoria.
—Pues si no lo hiciéramos así sería imposible recordar los nombres y
las señas de todos los industriales.
—¿Pero qué es lo que usted ha hecho para saber todos esos números,
que maldito si ya me acuerdo de ninguno?
—Buscarlo en el Indicador.
—¿Dónde?—preguntó doña Buperta
—Aquí, señora—repuso el práctico alzando la rodilla para que la extre
meña viera dónde estaban grabadas las senas de los banqueros de Ve
nancio.
Y enseñándola del mismo modo las mangas de la chaqueta, que esta
ban como el resto del traje, llenas de números y rótulos microscópicos
por columnas y entre líneas de distintos colores, añadió:
—Antes nos era muy embarazoso el llevar debajo del brazo el Indica
dor de domicilios industriales, que es un libro pesado; pero ahora, con
este sistema, vamos más desembarazados y más libres. En el pantalón
están impresas más de quinientas páginas del Indicador, es decir, los nom
bres, domicilios y horas de escritorio de todas las sociedades de crédito
y casas de banca, y en la chaqueta las señas de todos los hoteles, fondas,
cafés, teatros, circos y otras casas por el estilo.
—¡Pues es verdad!—exclamó doña Buperta acercando su vista al bra-
248
ANTONIO FLORES
zo del práctico.—¡Jesús, qué cosa tan curiosa!—añadió leyendo con no
poco trabajo alguno de los letreros.—El demonio tienen algunos hombres
en el cuerpo. Si no lo viera no lo creería. Yo habría jurado que la tela del
traje que tiene usted puesto era listada.
—Eso parece desde lejos Pero me extraña mucho que no hayáis repa
rado en esto antes de ahora; porque aunque el invento, es decir, la apli
cación es nueva, se ha generalizado mucho. Como que puede decirse que
apenas se encuentra en Madrid una tela para vestir que sea blanca, ni
que tenga aquellos dibujos ni aquellos cuadros que antiguamente se
hacían y que no servían para nada. Y lo mismo sucede con el papel de
las habitaciones. Mirad—añadió señalando á los del aposento en que se
hallaban.—Todos esos cuadros están llenos de letras y de números.
—Verdad es—dijo doña Kuperta.—¿También aquí están impresas las
señas de los banqueros?
—No, señora, no; eso es otra cosa; porque como estos aposentos se
supone que han de ser habitados por personas ricas que vienen á la corte
á divertirse y á gastar el dinero, lo que hay estampado en estos papeles
son las direcciones de las tiendas de lujo, los carruajes y sus tarifas y
otra porción de datos por el estilo. Y lo mismo en la ropa blanca que
pone el hotel á los huéspedes.
—¿También en la ropa blanca se estampan esas señas?
—Sí, señora; pero no se repiten las de las paredes, sino que cada pren
da tiene las suyas diferentes y á propósito para el objeto á que se desti
nan. Por ejemplo, en las toallas y demás paños de tocador, no hay más
que nombres de perfumistas y fabricantes de agua de olor, de cosméticos,
jabones, cepillos, etc. En el embozo de las sábanas y en las fundas de las
almohadas, señas de librerías, anuncios de obras de amena literatura, de
pastas pectorales, de elixires opiados, etc.; en las servilletas, listas de vi
nos y licores, y así por este orden en todo lo demás.
—¿Qué está usted diciendo?—exclamó doña Kuperta.—¿Y habrá alguna
tienda donde vendan todas esas cosas?
—A centenares—contestó el práctico.
—Pues he de comprar algunas toallas y servilletas para enviarlas al
pueblo, porque allí no tienen idea de nada de eso.
—Si es para ese objeto, no necesitáis comprarlas, os las darán de balde.
—¡De balde! ¡Pues no faltaba más!
—Pero, señora, ¡si les hacéis un favor con pedírselas!
—¡Un favor! No lo entiendo.
—Pues claro está. ¡No veis que esas servilletas y esas toallas son pros
pectos, y que cuanta más publicidad tengan más venden las casas que
allí anuncian sus géneros!
AYER, HOY Y MAÑANA
249
— ¿Y qué tiene que ver una cosa con otra?* ¡Pobres gentes! Pues qué,
¿no les cuesta su dinero esa ropa por mala que sea?
— No, señora, que no es mala, sino que toda es muy fina, porque si fuera
ordinaria nadie se fijaría en ella. Pero creedme á mí, que ellos van ga
nando con que les pidáis muchos prospectos.
— Será lo que usted dice, pero yo no lo entiendo así.
— Si queréis comprar vestidos, camisas ó cualquier otra prenda de es
tampación instructiva, eso ya es otra cosa— repuso el práctico;—porque
como las hay de historia, de ciencias, de literatura, de matemáticas, de
geografía, de mecánica y de otra porción de clases, se venden y no se re
galan; pero las de anuncios ó señas de industriales, como que está en su
interés el difundirlos, las dan al primero que las pide. ¿Creéis que este
hotel ni los otros de su clase gastan un real ni en empapelar estas habi
taciones ni en la ropa blanca, siempre que sea estampada? Pues no sólo
no gastan, sino que á veces hasta les dan una prima para que prefieran
tales ó cuales toallas y servilletas. Y francamente, no se necesita ser un
Salomón para comprender que debe ser así, porque el interés de todo in
dustrial está en que su casa y sus productos sean muy conocidos. Yo fui
un poco de tiempo dependiente de una gran fábrica de tapones de corcho,
y el principal, que era muy rico, decía que el comerciante que no sabía
gastar el noventa y cinco por ciento de sus productos en anuncios, no
saldría nunca de pobre ni daría crédito á su establecimiento.
Doña Ruperta cortó la conversación pidiendo al práctico que la lle
vase á casa de los banqueros por si sabían algo de su hijo, cuya ausen
cia la tenía maravillada, aunque allá en sus adentros le creía en Badajoz
y de ninguna manera en Laponia; y á pesar de que el práctico la propuso
que se quedara en el hotel, que él iría en un momento á averiguarlo, el
amor de madre la hizo rechazar la proposición. No podía resistir al deseo
de hallar una persona menos mercenaria que las que le rodeaban y que
pudiese darle noticias más directas y más positivas de Venancio.
Así fue que, cuando vió que no podía tomar la taza de salvia que
creyó necesitar para el mal estado de sus nervios, se volvió al práctico y
le dijo:
— Vamos, porque tal vez el aire de la calle me despejará un poco la
cabeza.
— Según eso, queréis carruaje abierto, porque en globo no me atrevo
á llevaros si no estáis acostumbrada.
— ¡Qué globo ni qué calabaza! ¡Está usted loco! No quiero ni globo ni
carruaje abierto ni cerrado, quiero ir á pie
— i A pie!— exclamó el práctico.
— ¿Está muy lejos?—preguntó doña Ruperta.
250
ANTONIO FLORES
—El escritorio no, señora; la casa, más de diez kilómetros.
—Pues vamos al escritorio.
—Mala hora es para que estén allí; pero iremos si queréis.
—Sí, sí, vamos—dijo doña Ruperta.
Y volviéndose á la criada añadió:
—Venid también vosotros para que veáis los escaparates de las tien
das que, según dicen, es una de las cosas que más tiene que ver en Ma
drid, sobre todo de noche.
—Lo mismo que de día—repuso el práctico.
—No tal; siempre les dará otra vista la luz del gas y los reverberos,
que dicen que los hay preciosos.
—Eso era antiguamente, ahora ya no se pone luz en los escaparates
porque no la necesitan. El alumbrado eléctrico ilumina lo bastante para
que se vean bien los artículos que hay de muestra, que por otra parte
tienen poco que ver porque casi siempre son los mismos.
—A ustedes que los están viendo todos los días, no les llamarán la
atención.
—No, señora; yo no los veo nunca. Como no sea un caso como éste en
que acompañe á algunos forasteros, jamás me paro delante de los esca
parates. ¡Buen tiempo tengo para esas cosas! ¡Ojalá pudiera, que eso más
ganaría! Y á fe que ese oficio no es nuevo para mí, que ya le tuve dos
años en París y uno en Londres.
—¿Ha estado usted tan lejos?—dijo doña Ruperta.
—Y mucho más. ¡Pues si eso está, como quien dice, á la puerta de la
calle!
—¿Y qué oficio tenía usted en París?
—Varios, pero uno de ellos era ese que he dicho.
—¿Cuál?
—El mismo que tienen la mayor parte de las gentes que veréis ahora
paradas delante de los escaparates, el de llamar la atención de los tran
seúntes.
—¿Y eso es oficio?
—Y muy bueno, sobre todo al principio. Yo tenía seis tiendas, que entre
todas me vestían y me daban de comer, con más algunos realejos para el
bolsillo. Ahora ya, como hay mucha gente ociosa, se paga menos el oficio
de reclamo, que así llaman algunos á esa manera de vivir. Y no creáis
que todos tienen habilidad para saberse parar delante de un escaparate
ó á la puerta de un almacén de manera que los transeúntes caigan en la
tentación de imitar su ejemplo y aun ir más allá comprando algo; no,
señora; hay algunos reclamos que hacen más daño que provecho, porque
al kilómetro se les conoce que su curiosidad es alquilada.
— ¿Es usted andaluz?— dijo doña Ruperta corriendo.
— No, señora— respondió el práctico,—yo nací en Tetuán. Mis padres
fueron allí á comerciar cuando la antigua guerra de España con el impe
rio de Marruecos, y se quedaron muchos años, hasta hacer una buena
fortuna, con la cual pensaron volverse á su patria. Pero los moros dispu
sieron lo contrario, y se la robaron, echándolos de allí con una paliza y
sin un cuarto. A mi padre le costó la vida ese contratiempo, y mi madre
se casó pocos meses después en Málaga, donde mi padrastro me puso á
servir en casa de un canónigo, que me quería mucho, pero que me hacía
trabajar demasiado. Me escapé de su lado y de la ciudad en un barco
belga antes de cumplir los trece años de edad, y desde entonces no he
vuelto á Andalucía. No sé por qué habéis creído que soy andaluz.
— Por la manera que tiene usted de contar las cosas—dijo doña Ru
perta.
— Las cuento tal como son; y si no, vos misma lo veréis cuando vayáis
conociendo la corte.
— No digo yo que no sea verdad lo que usted dice, pero en lo de las
servilletas que se dan gratis y en lo de esas gentes pagadas para que se
paren en los escaparates hay algo de exageración andaluza. Se le conoce
á usted la escuela malagueña.
— Pues no lo creáis si no queréis—repuso el prático;— pero yo os digo
que es verdad. Y en cuanto á lo que decís de la exageración andaluza
estáis muy equivocada, porque hoy día las cosas que pasan y que veréis
por vuestros propios ojos exceden con mucho á las que antiguamente
inventaban los andaluces. Todo lo que se cuenta de Manolito Cfázquez no
llega á lo que ahora está pasando real y verdaderamente á los ojos de
todos.
Doña Ruperta no replicó nada, y atravesando en seguimiento del prác
tico y en compañía de sus criados las calles H, I, J y K del hotel, se co
locaron todos en la plataforma mecánica y descendieron desde el piso
cuarto al de la calle, en la cual se encontraron al momento sin más que
atravesar un pequeño vestíbulo.
Eran poco más de las ocho de la noche, y los focos de electricidad que
alumbraban la población estaban en todo su vigoroso esplendor. Los lu
gareños quedaron atónitos al ver los edificios bañados de una luz viví
sima, que no ofendía la vista como los reflejos del sol, ni presentaba las
duras sombras de la luna.
Abrieron los ojos, sin cerrar la boca; miraron al cielo y al suelo y á
todas partes, y no podiendo comprender de dónde salía aquella luz que
lo alumbraba todo, se miraron los unos á los otros, miraron también al
práctico y no acertaron á decir una sola palabra.
252
ANTONIO FLORES
Doña Ruperta, que aunque lugareña tenía precisión por su jerarquía
social de pasar por cortesana y nada asombradiza á los ojos de su servi
dumbre. se volvió al criado y le dijo con aparente sonrisa:
— Aquí no se necesita la linterna.
— ¿Qué linterna?—preguntó el práctico.
— La que usamos en el pueblo las señoras principales—dijo doña Ruperta—cuando vamos á alguna visita de noche. Ahora ya hace muchos
años que tenemos alumbrado de aceite en las calles, y se dice que le van
á poner de gas muy pronto; pero como hay pocos faroles, están á obscu
ras las calles, y yo siempre que salía de casa por las noches llevaba un
criado con una linterna.
— Antiguallas— dijo el práctico.— Aquí ya veis que no hace falta nada
de eso; hay más luz que si fuera de día. Y de poco tiempo á esta parte se
ha echado á perder mucho el alumbrado. Yo no sé si consiste en que va
escaseando el cobre ó en la mala calidad del cinc, pero ello es que la luz
no es tan limpia como al principio.
Doña Ruperta, atónita con lo que veía y sin comprender una sola
palabra de las que dijo el práctico, no quiso preguntar nada por miedo
de entrar en nuevas confusiones y siguió marchando por la calle maqui
nalmente, sin poderse dar razón de nada de lo que veía.
A los criados les pasaba otro tanto, pero gritaban cada vez que veían
alguna cosa que les llamaba la atención, y doña Ruperta les imponía si
lencio y decía, mirando al práctico con aire risueño:
— Estos pobres, como no están acostumbrados á ver ciertas cosas no
pueden callar.
— No importa que hablen ni que alboroten viniendo conmigo—repuso
el práctico.
Y así era la verdad, porque aunque las calles estaban llenas de indus
triales y de vendedores, nadie se acercó á molestar á los lugareños; y á
pesar de que á muchos de ellos se les iban los ojos tras de aquellas gentes
como se le iba al pescador de antaño el anzuelo del deseo tras del pez
que á flor de agua llevaba la boca abierta, ninguno fué osado á decirles
nada al ver el banderín del práctico que decía: Paso libre.
Si hubieran ido solos les habría sido imposible dar un solo paso. Sin
saber cómo, se hubieran visto los bolsillos llenos de libros, de periódicos
y de otra porción de objetos; casi á empujones los habrían metido en las
tiendas, y á poco que se hubieran descuidado, cada uno de ellos se habría
ido por distinto camino en carruaje diverso.
Aun estando acogidos al pabellón del práctico y siendo por esta pro
tección industrial inviolables, tuvieron sus trabajos para atravesar ciertos
puntos de la población; conque figúrate, lector, lo que habría sido de ellos
¡
AYE R, HOY Y M AÑ ANA
253
si se hubieran presentado solos y con la boca abierta, como novillos em
bolados en fiesta de aldea.
A doña Ruperta, que apoyada en el brazo del práctico abría paso á la
caravana extremeña, nadie se atrevió á decirle nada; pero á los criados
que, cogidos por el dedo meñique, marchaban como cosidos a pespunto
detrás de ella, les dirigieron algunos requiebros los vendedores ambulan
tes; y á no ser porque ellos no entendían una sola palabra de aquella al
garabía y todo lo miraban con aire de desconfianza, es posible que algún
industrial le hubiera jugado al práctico la tostada de seducirle sus parro
quianos. Y algo debió recelar el guía, cuando al cruzar por una gran plaza
circular, en la que había mayor animación que en las otras calles, propuso
á doña Ruperta descansar un momento en cualquiera de los cales que se
veían por todas partes.
Aceptó gustosa la buena señora, no por dar descanso á su cuerpo, sino
por tranquilizar su espíritu agitado por el torbellino industrial que la
rodeaba; y recordando el práctico que en el hotel no había podido tomar
doña Ruperta la taza de salvia que deseaba para calmar la excitación de
sus nervios, no la llevó á un café cualquiera, sino que la entró en un gran
edificio, sobre cuya magnífica portada se veía una muestra que en caracte
res colosales, formados con hojas de malvas y amapolas, decía lo siguiente:
¡■¡ÁLAS 9999 INFUSIONES AROMÁTICAS!!!
Y más abajo, en letras más menudas, hábilmente trazadas con la flor
de manzanilla y la simiente de zaragatona, decía:
Entrada general, 50 céntimos.—Por tazas, á 75 céntimos una.—A dis
creción, -t reales la primera hora, 3 la segunda, 2 la tercera y 90 cénti
mos por cada una de las siguientes.
CUADRO XXX
U N A T A Z A D E F L O R E S C O R D I A L E S Y O T R O S S UC ES O S
DE M E N O S CO R D IA LID A D
El establecimiento de las nueve m il novecientas noventa y nueve
infusiones aromáticas no figura en el catálogo de las maravillas del
mundo, que antiguamente empezaba con las pirámides de Menfis y aca
baba con el monasterio del Escorial, por varias razones: entre otras, y
con ella basta, la de que esta sociedad de mañana va de maravilla en
maravilla, haciendo una obra tan maravillosa que no permite á las gen
tes maravillarse de nada. La fama no se atreve á soltar su corona de
laurel sobre ninguna obra nueva, porque siempre que trata de hacerlo
ve empezar otra que va á eclipsar la gloria de aquella. El juicio de París
sería imposible ahora, aunque hubiese, no ya una manzana, sino un mi
llar de ellas que repartir entre las obras más bellas y los inventos más
prodigiosos. La opinión pública no puede pronunciar su fallo, y tiene que
estar con la boca abierta esperando á que la industria diga su última
palabra, como el loco aguardaba la última moda mientras marchaba des
nudo con la pieza de paño sobre la cabeza.
Y es tal la abundancia de edificios monumentales, de obras artísticas
y de maravillas industriales, que cuando un forastero quiere visitar todo
lo más notable que encierra la corte, no se pueden satisfacer sus deseos
AYER, HOY Y MAÑANA
255
ciándole, como se hacía antiguam ente, una docena de permisos para vi
sitar el Museo de pintura, el de H istoria natural, la Casa de fieras, la
Armería, etc., sino que es preciso que determ ine el ram o predilecto de
sus investigaciones ó de su curiosidad, y aun así cuesta trabajo indicarle
lo m ás notable de su especialidad.
Por eso el práctico pasó de largo por delante de los prim eros cafés de
la corte, no se detuvo en los grandes almacenes de novedades ni en nin
guno de los varios establecim ientos públicos que halló al paso, y condujo
á sus forasteros, sin vacilar, á la casa de las infusiones arom áticas, para
que doña R uperta pudiera tom ar la taza de salvia que no la habían po
dido servir en el hotel.
Si en vez de tener tan m odesto apetito hubiera deseado regalar su
estómago con una cena ó refrigerarse con una bebida de placer, habría
entrado en establecim ientos de mucho m ás lujo que el de las aguas coci
das; pero de todos modos preciso es confesar que éste es en su clase una
obra maestra.
Tú mismo, lector, tú mismo, que has visto á la substancia de arroz y
al cocimiento de zarzaparrilla perder la vergüenza y salir á la calle para
vender públicam ente sus virtudes en un tenducho de la P uerta del Sol,
te asom brarías si vieras el establecim iento en que acaba de en trar la
m adre del hidalgo extrem eño. F igúrate lo que le pasará á esa buena se
ñora acostum brada como está á que la flor de tila y la m anzanilla no se
dejen cocer fuera del hogar dom éstico ni suelten sus arom as más allá del
santo albergue de la familia. Ella, que por sí propia desecaba las flores
de las malvas que crecían en su huerto y guardaba en vasija de barro
vidriada las hojas de salvia que hacía coger en el m onte en época deter
m inada del año y en hora á propósito para que la p lan ta no perdiera sus
virtudes m edicinales, ¡ cómo había de im aginar que en u n establecim ien
to público y por m anos m ercenarias se prepararan y sirvieran las aguas
cocidas y las infusiones aromáticas, que ella creía ser el verdadero elixir
y la triaca m agna de la m edicina casera!
Pero ni el práctico les dijo á los lugareños lo que se vendía en aquel
establecimiento, ni aunque se lo hubiese dicho habrían sabido recordar
la m odesta taza de flor de saúco á la vista de aquella grandeza verdade
ram ente deslum bradora.
M aquinalm ente entraron por una de las veinticinco puertas exteriores
en un gran vestíbulo circular, form ado por cincuenta colum nas salomó
nicas todas de cristal, y que ilum inadas por la chispa eléctrica que ence
rraban en su seno sem ejaban m ontañas de diam antes arrancados del
Brasil. Las plantas que enredaban sus hojas y sus flores en aquellos olmos
de vidrio les parecieron nada menos que esmeraldas, zafiros y granates,
25G
A N T O N IO F L O U E S
y la estatua del celebre Cárlos Linneo, que se elevaba en medio de aquella
mágica rotonda, se les antojó la imagen del santo en cuya honra se al
zaba aquel gran templo.
No se arrodillaron porque el práctico no les dio tiempo á tanto, y
fue preciso que tres veces le preguntara á doña Ruperta si quería la
salvia fría ó caliente, para que la pobre señora comprendiera algo de lo
que estaba viendo.
Y aún no hubieran sido bastantes las palabras del práctico para sa
carla de su asombro, si no hubiese visto á derecha é izquierda y por
todos los lados donde tendió la vista multitud de personas atracándose
de aguas cocidas y de infusiones aromáticas.
Hízola reparar el cicerone en las diversas galerías de cristal que par
tían de la rotonda destinadas las unas á las aguas atemperantes,, las otras
á las sudoríficas, aquéllas á las antiestéricas, éstas á las antihidrópicas y
las de más allá á las anodinas; y guiándola por un precioso emparrado
artificial, del cual destilaba el agua de agraz y era la entrada de la
galería de los zumos, la llevó al departamento de las aguas antiespasmódicas, á cuya mano derecha estaba el compartimiento de las salvias.
Formábanle, como el de las otras infusiones aromáticas, una porción
de grandes vasos de porcelana en los que brotaba la planta salutífera, y
encima de los grifos que había en la pared y de los cuales manaba fría
ó caliente el agua de la salvia, se leía esta pregunta latina:
¿Qiio modo m oritur cui salvia crescit in horto?
Debajo de la cual se leía, escrito con lápiz por algún salvitiaco desen
gañado, lo siguiente:
Qaia contra vim mortis non est medicamen in hortis.
Cuando doña Ruperta llegó á tomar asiento entre los aromas de la
salvia, tenía ya necesidad de otro medicamento más fuerte para calmar
el trastorno de sus sentidos, pero tomó la taza que un camarero dili
gente le puso en la mano, y llenándola por sí propia en el grifo de la in
fusión caliente, la paladeó y dijo, volviéndose á sus doncellas:
— Está riquísima; que os den otra á cada una de vosotras.
Las criadas, que no habían podido cerrar la boca y tenían seca la
garganta desde que entraron en el establecimiento, callaron y se dejaron
servir la taza de salvia mientras su ama repetía la dosis.
Y después que el práctico hubo pagado el gasto de la bebida, más el
de una hoja que doña Ruperta arrancó de una de las plantas para llevar-
257
AYER, HOY Y MAÑANA
la en la boca, salieron á la calle atravesando una extensa galería de cris
tales, en la cual creyeron morir asfixiados los pobres lugareños.
Cuando hubieron abandonado aquel verdadero horno de vidrio, el
práctico les dijo sonriendo:
— ¿Qué tal? ¿Hacía calor ahí dentro?
— Yo creí que me ahogaba—repuso doña Ruperta;— eso es el infierno.
— No, señora; es la alcoba transpiratoria. Si hubierais estado en ella
dos minutos, habríais roto á sudar hasta por los ojos. He querido pasaros
por ella porque es uno de los departamentos más notables de este edi
ficio. Ahora estaba poco concurrida porque casi todos los parroquianos
están bebiendo, y otros no han salido aún de los teatros y de los clubs;
pero un poco más tarde no se puede transitar por ella, y entonces es
mucho más elevada la temperatura.
— Será cosa de ahogarse—dijo doña Ruperta.
— No tanto— repuso el práctico,— porque el calor es húmedo y al ins
tante produce la transpiración. Me parece, no quisiera engañarme, que
está calculado á taza de agua por minuto lo que se suda en esa alcoba.
Así hay muchas personas constipadas que beben quince tazas de íior de
malva, están un cuarto de hora en la alcoba y ya quedan en disposición
de beber otras tantas. Esa dependencia y la taza de flores cordiales—
añadió el práctico— son las verdaderas maravillas del establecimiento.
— ¿Pues qué tiene de particular esa taza?—preguntó doña Ruperta.—
¿No es de china como la que me han dado á mí para la salvia?
— No, señora— repuso el práctico riendo.— En la taza de que yo hablo
caben al pie de quinientas personas, más bien más que menos.
— ¿Dentro de la taza?
— Sí, señora, porque la taza es un gran salón ovalado, por cuyas pa
redes, lo mismo que por el pavimento y el techo, sale en menuda lluvia
de polvo el agua de las flores cordiales, y sin querer la beben y la sudan
á la vez los que la necesitan.
— ¿Y salen á la calle las gentes después de tanto sudar?
— Algunos tienen miedo de hacerlo, lo cual es una verdadera apren
sión, y por los tubos de conservación que están hábilmente dispuestos
y comunican con los dormitorios higiénicos, van á ocupar una cama por
dos horas ó tres ó toda la noche.
— Será digno de verse todo eso— dijo doña Ruperta.
— ¿Queréis volver á entrar y lo veréis todo?
— No, señor, ahora no; pero cuando venga mi Venancio le he de decir
que me traiga aquí despacio, porque á mí me gusta mucho enterarme
bien de lo que veo. Y á propósito— añadió doña Ruperta alzando los ojos
al cielo,— ¿qué son esas luces de color que se ven allá arriba?
T omo III
17
258
ANTONIO FLORES
—Los faroles de los carruajes de punto en la estación del club de los
reformistas.
—¡Si digo esos que están en el aire!
—Pues bien: esos son los carruajes del club.
—Pero si están en el aire no serán carruajes, serán globos.
—Es igual, todo lo que sirve para ir de un punto á otro se llama ca
rruaje.
No quiso preguntar otra cosa la madre del hidalgo extremeño, y si
guió marchando como un verdadero autómata por entre magníficos edi
ficios, espléndidos bazares y escaparates verdaderamente deslumbrado
res. Sus criados la seguían cabizbajos y mustios, asombrándose cada vez
menos de lo que veían, porque lo que hasta entonces habían visto les te
nía mareados y aturdidos. Tan cierto es, lector, que la abundancia es el
camino más corto para el descrédito y que no hay sino ver mucho para
no maravillarse de nada.
Pero como la industria y el comercio han previsto el cansancio de los
sentidos y están en guardia contra el hastío del lujo y de los placeres,
inventan tales cosas y ponen en juego tantas novedades, que el forastero
tiene que abrir los ojos á su pesar y detenerse para contemplar á cada
paso un nuevo encanto industrial y una nueva coquetería mercantil.
Estas últimas son de tal género y están de tal modo organizadas, que
no hay avaricia que logre hacerse superior á los halagos y á las zalame
rías de los géneros que el comerciante saca al mercado.
Por muy escondido que esté el dinero en los bolsillos de los transeún
tes, se oye llamar tantas veces hermoso por los objetos que coquetean
en el escaparate, que al cabo y al fin cae en la tentación de pecar; y como
no sirve salir á la calle sin un cuarto, porque el crédito es dinero y hoy
el crédito está muy extendido, no hay defensa posible contra las coque
terías industriales. Se necesita estar muy acostumbrado á esos halagos
para hacerse el empedernido á tanto ruego.
La misma doña Ruperta, que iba en alas del amor de madre á buscar
noticias de su hijo, quería comprar cuanto veía, y sin la prudencia del
práctico, que la disuadía de ciertos empeños, Dios sabe si habría tenido
dinero bastante para satisfacer todos sus antojos. Verdad es que no todo
era virtud en aquel hombre, sino que algunos géneros de los que quería
comprar la buena señora procedían de tiendas con cuyos dueños no se
entendía él tan bien como con otros de la corte, y á menudo le decía
estas palabras:
—No os precipitéis á comprar, señora, porque más arriba los hay me
jores y más baratos.
Y así lograba que doña Ruperta siguiera marchando en dirección de
AYER, HOY Y MAÑANA
259
los almacenes que vendían los géneros mejores y más baratos, satisfecho
y contento del negocio que le había cabido en suerte con ser el mentor
de gente tan ignorante y tan extranjera en la corte. El fínico temor que
le asaltaba era el de que pareciese demasiado pronto el hijo de aquella
señora y cesara ésta de necesitar sus servicios.
Pero como estaba en su mano el alejar este momento tomando el
camino más largo para ir á casa de los banqueros de Venancio, así lo
hizo; y con lo que él puso de su parte rodeando, y doña Ruperta de la
suya distrayéndose del objeto de su caminata con la vista de los escapa
rates, tardaron mucho en llegar al domicilio mercantil de los señores
Agarra, Estruja y Compañía; el cual no estaba cerrado, como creía el
práctico, que en este punto andaba algo atrasado de noticias, sino que
tenía todas sus dependencias en activo ejercicio á la media noche, como
si fueran las tres de la tarde.
Ensancliósele á doña Kuperta el pecho por la misma razón que al
práctico se le oprimía el estómago, y sin que pudieran detenerla penetró
en la casa, preguntando á voces por el principal de ella.
Contestáronla desde adentro y á través de una doble verja de hierro
como la que hoy sirve para guardar los animales dañinos en las casas de
fieras que el principal no se hallaba en el escritorio, pero que dijera lo
que quería y se pondría en conocimiento del gerente de guardia; y la
pobre señora replicó, con una candidez digna de los tiempos primitivos
del mundo, que deseaba saber dónde estaba su hijo Venancio.
Y antes de que el dependiente de la casa-banca contestara, con mal
humor y peores modos, que aquella oficina no era parador de extravia
dos ni agencia de hallazgos y pérdidas, establecimientos que abundan
y prestan grandes servicios en la corte, el práctico se apresuró á decir:
— El hijo de esta señora tiene sus fondos en esta casa, y deseamos
saber si ha pedido crédito sobre alguna provincia de España ó del ex
tranjero.
— No podemos decirlo, aunque lo sepamos, sin una orden del intere
sado.
— Es que yo soy su madre—repuso doña Kuperta— y yo quisiera saber
dónde está mi hijo.
— Pues averiguadlo en otra parte, que oficinas hay de sobra donde
estarán deseando decíroslo. Este no es establecimiento de policía ni em
presa de buscones.
— ¡Pero si el hijo de esta señora no se ha perdido como pensáis—re
poso el práctico, —sino que sabemos que ha salido de Madrid y su madre
quiere averiguar en qué punto se halla!
— Extraño mucho— dijo el dependiente de la casa de comercio—que
260
ANTONIO FLORES
un hombre como vos, que debéis estar enterado de lo que es el secreto
en estas casas de comercio, pretendáis que digamos al primero que llega
lo que hacen con su dinero las personas que tienen aquí sus fondos.
—Ya os he dicho—repitió doña Ruperta algo incomodada—que yo
no soy una persona cualquiera, sino que soy su madre.
— i Y qué tiene que ver que seáis la madre para que os digamos lo que
hace con su dinero vuestro hijo! Cuando él no ha dicho adonde se iba
será porque no querrá que lo sepáis. Idos en buen hora y no sigáis ha
ciendo preguntas impertinentes, porque no se os dirá nada más que lo
que se os ha dicho.
—;Pero, señor, es fuerte cosa —dijo doña Ruperta—que siendo yo la
que he abierto el crédito en esta casa á favor de mi hijo, no pueda lograr
que me digan dónde está si lo saben! Hágame usted el favor, por Dios,
de que yó vea al principal.
—Es inútil, porque no os dirá ni más ni menos que yo; y os costará
muy caro el verle, porque cuando se le obliga á venir al escritorio en
horas extraordinarias se hace pagar mucho las consultas, con arreglo al
arancel de derechos en negocios desusados.
El práctico comprendió la razón que tenía el comerciante para hablar
como hablaba, y trató de convencer á doña Ruperta sacándola de allí, no
sin gran trabajo, para que se volviera al hotel y descansara, en la segu
ridad de que pronto volvería su hijo ó recibiría noticias de su paradero.
Cedió la buena señora, más que á las reflexiones al cansancio, no
tanto de cuerpo como de espíritu, y al salir á la calle, donde se habían
quedado esperándola sus criados, vió á éstos disputando con un agente
de la autoridad que quería sacarles dos multas: una por infracción del
artículo 340, título 60 del reglamento urbano sobre libre circulación de
las aceras, y otra por desacato de primer grado al decoro público.
Asustóse un tanto la ya con razón asustadiza doña Ruperta, y el prác
tico, con aire de ídem, se llegó al agente y le dijo:
—¿Qué han hecho estas gentes?
—¿Son vuestras?—preguntó el agente.
—Mías son; ¿qué pasa?
—Tomad—repuso el agente dándole tres sellos azules y tres blancos
como los del antiguo franqueo de cartas.—Ahí tenéis el papel de multas
por valor de diez y ocho reales.
—¿Pues qué han hecho?
—¡Una friolera! Primero, pararse en la acera obstruyendo la libre cir
culación, por lo cual deben, como sabéis, un real cada uno, y luego, lo
que veo por segunda vez desde que soy celador del libre tránsito, sen
tarse en la calle como si estuvieran en su casa.
AYER, HOY Y M AÑANA
261
_________
— ¡Toma, como que estábamos cansados!— dijo una de las doncellas.
— ¡Y no tenéis veinte pasos más arriba una casilla dejatigados!
•— ¡Miá, tú— repuso otra de las criadas,— qué pedazo de piedra hemos
arrancado con sentarnos, ni qué daño hemos hecho á naide con buscar
nuestra convenencia! Lo que es esto, es que el señor está á caza de so
caliñas.
— ¡Y luego dicen que hay libertad, y que todos sernos iguales'— dijo
el criado.— ;Si me valiera de mi genio....!
— Pues porque hay libertad— interrumpió el celador— se procura que
esté el paso libre.
— Y si yo quiero sentarme, ¿no soy libre de hacer mi santa voluntad?
— No, porque perjudicáis á la libre voluntad de los otros.
— Y ellos prejudican á la mía queriendo pasar por donde yo estoy
sentado.
— Es que no tenéis libertad para eso.
— Pues ya veis cómo no sernos iguales.
El práctico se apresuró á pagar, temiendo que el celador del libre
tránsito sacara otro papel de multas por morosidad en el pago de las
primeras con arreglo al reglamento de dimes y diretes, y ofreciendo el
brazo á doña Puperta, que ya no acertaba á decir una sola palabra,
porque estaba verdaderamente aturdida, tomó un carruaje de vapor Tte
dirigió con sus forasteros al Hotel Transatlántico.
L as su ba sta s , las contra ta s y el seg u r o m u tu o
Donde se prueba que la goberna
ción del Estado es más fácil que la
administración de una estafeta.
El presente cuadro es casi un retazo del anterior, y hasta podríamos
decir que es el fondo de todos ó la mayor parte de los que van escritos
desde el principio de esta última parte.
Apasionado, tal vez con exceso, del joven jurisconsulto Venancio y
compadecido al verle estar siendo un verdadero extranjero en su patria,
le he seguido tan de cerca que apenas he llevado la vista á otros sucesos
que á los que brotaban á su alrededor, ni hablado de otros usos y costum
bres que de los que salían á mi encuentro mientras acompañaba á ese
personaje y á sus allegados en su peregrinación por la corte. No estoy
arrepentido de haber obrado así, y aun confieso hallarme dispuesto á
seguir haciendo lo mismo en el resto de la obra; pero creo indispensable
prescindir en este cuadro de Venancio y de su madre, de Safo y de Nor
ma, del fabricante de agua de Colonia y del práctico, y hasta del maestro
de ceremonias, para estar un rato á solas conmigo y echar una mirada
atrás y adelante á fin de que si el lector se hace alguna pregunta sobre
lo que ha visto ó sobre lo que ha de ver pueda darse á sí propio res
puesta.
ATER,
HOY Y MAÑANA
263
De manera que si los cuadros que van escritos son un piélago de con
fusiones y de dudas, el que ahora escribo tiene la pretensión de ser un
arsenal de explicaciones y de confianzas.
La primer pregunta que se está haciendo el lector desde que ha em
pezado á ejercer su oficio en este libro, es la de si será posible que yo
pueda anticiparme al porvenir viendo clara y distintamente lo que ha de
ser. Á esto no puedo contestar cosa alguna, porque estas cosas se ven con
los ojos de la fe, y el que duda harta desgracia tiene.
También se pregunta cómo es posible que en medio siglo haga la so
ciedad tales adelantos y cambie su manera de ser hasta el punto de no
haber quedado en pie casi nada de lo existente hoy día. Á esto ya me es
algo más fácil dar respuesta.
Puedo decir dos cosas: la primera, que no es verdad que la sociedad
haya cambiado mucho, sino que el lector ve con ojos de aumento el cam
bio; y la segunda, que todo se ha hecho por sus pasos contados, multipli
cando las cosas el primer año por ciento, el segundo por mil, el tercero
por un millón y así sucesivamente hasta una escala que sube más alto
que la de Jacob.
El progreso es el movimiento continuo de la humanidad; y si una
gota de agua permanente puede abrir un agujero en el diamante, ¡qué no
hará la antorcha de la inteligencia aplicada á quemar de continuo las
sombras de la ignorancia!
Si el lector quiere no volver á dudar y creer todo lo que le digo, que
haga como yo la proporción aritmética siguiente:
AYER es á HOY, COTílO HOY es d MAÑANA.
Que vea en qué se parece su época á la de sus padres, y verá lo que
se parecerá la de sus hijos á la suya. Sólo que él, que apenas sabe andar,
ha corrido mucho, y no quiere que sus hijos, que nacen corriendo, se
pierdan de vista.
Los primeros pasos son los difíciles, que lo demás del camino se anda
por sí solo. Pues qué, si los grandes capitalistas trabajasen para adquirir
los últimos millones tanto como trabajaron para hacer el primero, ¿no se
necesitaría vivir más años que Matusalén para reunir una mediana for
tuna?
Pero en fin, lector, allá te las hayas con tus dudas y tus desconfianzas,
que yo no he de afanarme mucho por desvanecerte ni las unas ni las
otras.
En tu mano tienes pedir á Dios que te conserve la vida hasta poder
asomar las narices al siglo xx, y si entonces me coges en algún renuncio
2G4
ANTONIO FLORES
ó ves que te he engañado, puedes ponerme en ridículo á los ojos de aquella
generación que anticipadamente se está riendo de tu incredulidad.
Lo que yo vengo á decirte ahora no es para que des más ó menos cré
dito á lo que te ilevo dicho ni á lo que más adelante te diré, sino para
que entiendas lo uno y lo otro y no pidas á nadie explicaciones sobre
cosas que tú mismo puedes explicarte.
Por ejemplo, y he aquí ya el asunto de este cuadro, me parece que
cada vez que has visto asomar un funcionario público, como el celador
de desperfectos personales ó el del libre tránsito ó cualquier otro de los
que hemos tropezado en la calle, has creído que en esta sociedad de ma
ñ a n a están las verdaderas ollas de Egipto de la empleomanía, y que
creando un destino para cada prójimo, se ha resuelto la cuestión magna
de tus tiempos. Eso has creído y eso seguirías creyendo si yo no te dijera
que sucede todo lo contrario.
La empleomanía oficial ha desaparecido porque se han suprimido to
dos los empleados del gobierno.
Las subastas, las contratas y las grandes compañías de seguros mu
tuos han librado al país de la gran plaga de oficinistas del Estado. Los
ministros, los embajadores, los capitanes generales, los directores y todos
aquellos altos empleados que por la última ley de incompatibilidades
parlamentarias podían tomar asiento en las Cortes, son los únicos puestos
oficiales que se conocen en esta época futura; los demás cargos públicos
son todos oficios arrendados.
El gobierno saca periódicamente á subasta todos los ramos de la ad
ministración, y el rematante es el jefe de la oficina subastada; estando,
como es natural, en sus atribuciones el arrendar y autorizar el subarrien
do de los negocios del modo y forma que mejor convenga á sus intereses.
El presidente ó director del ramo subastado toma el nombre de jefe nato,
y viene á ser en su oficina y en la gestión de los negocios una especie de
rey constitucional; poco más ó menos que lo que hoy se llama delegado
regio.
Este sistema de administración, que proporciona á los ministros una
vida regalada y muy cómoda, parece á primera vista funesto para los
empleados porque supone una gran instabilidad en los destinos; pero no
es así por fortuna. Al contratista no se le obliga á conservar los emplea
dos que tenía su antecesor, porque sería atarle de pies y manos, atentan
do al buen éxito de su especulación; pero si quiere cambiarlos y no prue
ba su incapacidad, está obligado á continuar satisfaciéndoles el sueldo que
disfrutan.
Y como los empleados no tienen otro interés que el de servir bien
sus destinos porque saben que esta es la única manera de conservarlos,
AYER, HOY Y MAÑANA
265
y no temen el capricho del contratista porque á él ha de costarle más
caro que á ellos, cuando acaba un arriendo y empieza otro nuevo se en
cogen de hombros y dicen: el rey ha muerto, viva el rey.
Hay además otra garantía de inamovilidad para los empleados, y con
siste en que el espíritu de asociación ha echado tales raíces entre los ca
pitalistas, que están casi siempre de acuerdo en no hacerse la guerra en
las subastas, y aunque se renuevan los arriendos, apenas cambian de mano.
En vez de ir á la subasta de un ramo administrativo á hacer la compe
tencia en pro del gobierno, se ponen de acuerdo todos los aspirantes, y
cotizando sus deseos cobran sus primas y no acuden á la licitación, ó si
van es para tener un simulacro.
Con esta gran reforma administrativa las rentas públicas vienen lim
pias de polvo y paja y los servicios se pagan los unos á los otros, siendo
una verdad práctica la nivelación del presupuesto de gastos con el de
ingresos. A los ministros les tiene sin cuidado que un cajero se alce con
el santo y la limosna; no les importa que se pierda un buque, porque
todos están asegurados, y duermen á pierna suelta en la seguridad de
que las rentas contratadas han de ingresar completas, ya que no en las
arcas del Tesoro público, porque tampoco existe esta oficina, en el Banco
Nacional, donde el gobierno, como un particular cualquiera, tiene sus
fondos.
No hay siniestro de ninguna clase que no esté previsto para que la
riqueza nacional se mantenga en perfecto equilibrio, y las calamidades
públicas, gracias á la institución benéfica del seguro mutuo, han hecho
innecesarios aquellos créditos suplementarios y aquellas cuestaciones
vergonzosas que antes se hacían para atender á los desastres ocasionados
por el fuego ó por el agua ó por la sequía en esta ó en la otra comarca.
La propiedad pública, como la vida de las personas y de los animales,
todo está asegurado, y no hay necesidad nunca de que el Tesoro nacional
vierta una lágrima y ponga la mano para excitar la caridad pública de
nadie.
Y es tal el desarrollo que el sistema de los seguros ha tenido en pocos
años en todas las partes del mundo y tanto lo que se ha exagerado su
aplicación, que me da vergüenza decirte hasta dónde han querido llevarle.
Verdad es que la proposición fué desechada y que muchas gentes la reci
bieron con verdadera indignación; pero no es por eso menos cierto que
hubo quien se atrevió á hacerla, que se admitió á discusión y que se
habló de ella largamente en el Parlamento. No en el español, que esta
justicia es preciso hacer á tu patria, querido lector, sino en el francés.
Allí hubo hace pocos años una gran compañía inglesa que propuso
al gobierno el medio de hacer una gran economía en el presupuesto del
266
ANTONIO FLORES
Estado, y era el de retirar todas las guarniciones de las plazas fuertes y
asegurar e'stas por una cantidad módica contra toda invasión extranjera,
como se asegura el cargamento de un buque ú otra mercancía cualquiera.
No sé si ha habido alguna nación tan desdichada ó tan incauta que
haya aceptado semejante proposición, asegurando las plazas del litoral y
las colonias de una manera tan semejante á la venta; pero lo que sí
puedo decirte es que Dios solo sabe lo que hubiera sucedido en Francia
si la compañía no hubiese sido inglesa. La nacionalidad de los socios fue
lo que la puso en guardia, y desechó la proposición de esa sociedad, que
si ha llegado á constituirse se deberá titular: Compañía de seguros mu
tuos sobre la integridad del territorio y el honor nacional.
Aquí ya te digo, lector, que ni siquiera se habría tomado en conside
ración semejante disparate, por más que el seguro esté extendido á toda
clase de propiedad, incluso el material de guerra, los archivos, las biblio
tecas, los museos y todos los valores del Estado.
Por eso te he dicho que las subastas, las contratas y el seguro mutuo
han simplificado la administración de la cosa pública de tal modo que
la gobernación del Estado da menos que hacer y que pensar que el des
empeño de una antigua estafeta subalterna de correos ó una administra
ción de loterías ó un estanquillo.
Las arcas de tres llaves, las oficinas interventoras, el tribunal de cuen
tas y todos aquellos registros y contrarregistros morales que tanto com
plicaban el mecanismo administrativo han desaparecido. Cada contratista
hace y deshace lo que se le antoja en el ramo que corre á su cargo, dentro
de los límites que le imponen las condiciones del contrato, las leyes ge
nerales del país y los reglamentos especiales de cada servicio público, y
todo marcha como una seda, sin sobresaltos para el gobierno ni amargu
ras para los gobernados. Las crisis ministeriales, esos calambres de la cosa
pública que en tus tiempos, lector, hacían temblar la sociedad entera,
produciendo el baile de San Vito en los empleados, cesantes y preten
dientes, esto es, en todos los españoles, ahora se ven con la mayor indi
ferencia; porque ni el ministerio que cesa puede instituir heredero del
patrimonio nacional ásus amigos, ni el que entra de nuevo tiene facultad
para quitar el pan á una familia y darle pan y medio á otra.
Esto no quiere decir que las plazas de secretarios del despacho sean
cargos concejiles, ni mucho menos que haya llegado el caso de no encon
trar quien quiera ser ministro, sino que suben y bajan y entran y salen
ministros sin que el país se conmueva y sin que las esposas y los hijos
del empleado lean la Gaceta con las lágrimas en los ojos, ó pidan á Dios
que detenga la salida del órgano oficial, como Josué pedía que se parara
el curso del sol. Con semejantes reformas en las costumbres políticas
«
AY E R, HOY Y MAÑANA
267
han desaparecido las antesalas de los ministerios, las groserías de los
porteros y las horas de audiencia que daban á los funcionarios del Esta
do un aire de monumentos públicos ó de sibilas romanas.
Como no hay pretendientes que con la esperanza de alcanzar un des
tino pongan á rédito diez horas diarias de tiempo perdido por espacio de
seis meses ó un año, sino personas que van á saber el estado de sus ne
gocios, se las recibe á todas horas, no se les pone mala cara, ni se les
pide carta de recomendación y se les entera de lo que desean saber, como
se hacía en los antiguos despachos de diligencias con los que iban á pre
guntar el precio de los asientos ó la hora de llegada y salida de los coches.
No hay cesantías ni viudedades ni jubilaciones, porque el Estado no
se entretiene en ir haciendo economías ni ahorros á nadie, sino que todos
los destinos están capitalizados, y el empleado es como un industrial
cualquiera que tiene la posición social del capital que representa su em
pleo. La indemnización que recibe cuando sin causa legítima es separa
do de su destino representa con creces la cesantía; y en cuanto á la ju
bilación ó la viudedad ó las orfandades, dependen de la sociedad de se
guros sobre la vida en que se halle inscrito.
Si cuando llega á viejo se ha comido todo el capital, se muere de ham
bre, y su familia se la busca como puede, si él no había tenido la previ
sión de asegurarles el rancho en alguna de las sociedades indicadas.
Y hasta tal punto es cierto que el empleado se considera como los in
dustriales y los capitalistas, que es tan dueño de enajenar su destino
como el comerciante de traspasar su tienda ó el propietario de vender
una finca. No hay más diferencia sino que en vez de acudir al registro
de hipotecas para que tomen razón del traspaso, pasa un oficio al jefe de
la dependencia, diciéndole, en papel de sello suficiente al efecto, que ha
vendido su empleo á tal cual persona. Como, después de todo, si el com
prador no es apto para el desempeño del destino, el contratista puede
despedirle, lejos de perder ha ganado una vacante, y el Estado se ha uti
lizado del valor del sello en que se dió el aviso.
Lo mismo que hace el gobierno hace el municipio, y por eso las per
sonas que se ven en las calles cuidando de la observancia de los regla
mentos de policía urbana, del decoro público y de otras exigencias de la
civilización no son agentes directos de la autoridad, sino dependientes
de los contratistas que en pública subasta remataron esos servicios.
Así se ha acabado con la empleomanía, hasta el punto de que es mu
cho más frecuente ver en estos tiempos de mañana anuncios diciendo que
se necesitan oficiales de ministerio y de dirección, que lo es hoy á la
puerta de los talleres el consabido cartelito que dice: Se necesitan oficia
les de ambos sexos que sepan el oficio.
268
ANTONIO FLORES
Verdad es que ala industria le sobran brazos desde que las máquinas
lian aprendido á suplantar al hombre en casi todas las necesidades de
la vida, pero no es por esto menos cierto que sea más difícil hallar un
empleado que un industrial.
Y esto sí que tendrá razón el lector para dudar que sea verdad.
Yo mismo lo veo y no lo creo.
Todos los que hayan leído este cuadro quedan en completa libertad
para hacer lo mismo.
C U A D R O X XX II
—
L A SOCIEDAD P R O T E C T O R A DE L O S A N I M A L E S
Me arrepiento de haber autorizado al lector para que no dé crédito á
lo que le he dicho en el cuadro anterior.
Es preciso que crea, como artículo de fe, que la administración del
Estado se remata en subasta pública á favor del mejor postor, para que
sepa que no es posible alcanzar del gobierno billetes para ver los museos,
las bibliotecas, los hospitales y los demás establecimientos públicos. Si no
lo cree así, no comprenderá que Venancio necesita otra cosa más que su
investidura de diputado para enseñar á su madre todas las cosas nota
bles que encierra la corte.
Y sin embargo es cierto, certísimo, que si el joven legislador no hu
biese llevado dinero en el bolsillo, doña Ruperta no habría podido ver ni
siquiera el exterior de los edificios públicos; porque como para esto es
preciso pararse en la calle, los conservadores del libre tránsito les habrían
hecho pagar la multa con arreglo á las ordenanzas de policía urbana.
Pero el oro se abre paso por todas partes, y con esa llave maestra se
franquean todas las puertas, se abren de par en par las voluntades, se
hacen públicas las cosas más secretas y se satisfacen todos los deseos.
Y si, como dice el refrán, lo primero que hace falta para ir á Roma es
tener lengua con que preguntar cuál es el camino, lo único que se nece
sita para ver las curiosidades que encierra la corte es tener dinero en el
bolsillo.
_
I
270
ANTONIO FLORES
Dinero que ya no se avergüenza de sí propio, dejándose dar á hurta
dillas, con la cara vuelta y la mano oculta, temiendo ser desairado, sino
que tiene orgullo en ser quien es y hace público alarde de su importan
cia y de su omnipotencia.
El visitador de los monumentos públicos, que no lleva en la mano ni
el permiso especial ni el pasaporte, porque ambas cosas se han suprimido,
no saca tampoco una moneda con disimulo para entregarla con cautela
al conserje del establecimiento, el cual antiguamente la tomaba vuelto de
espaldas al cartel en que se decía: Está prohibido tomar propinas, sino
que da públicamente el dinero que le piden y sufre que le examinen las
monedas por si son falsas; pagando una cantidad por ver los objetos á
cierta distancia, otra por examinarlos más de cerca, otra por tocarlos y
otra por comprarlos y llevárselos á su casa, si le conviene hacerlo así.
De manera, lector, que aunque Venancio presumió en un principio
que su carácter de diputado le permitiría entrar y salir en todas partes,
llevando á su madre á ver las cosas más notables sin trabas de ninguna
especie, pronto se convenció de lo contrario, y tuvo que reconocer allá
en sus adentros las ventajas de la igualdad aplicada á los sucesos más
nimios de la vida, cuando supo que al presidente del consejo de minis
tros le pasaba lo mismo que á él cuando tenía que acompañar á algunos
forasteros. Lo único que hizo, por un sentimiento de legítimo orgullo
parlamentario, fue visitar los establecimientos públicos en horas especia
les y no en las de entrada general; gracia que fácilmente le alcanzó su
propio dinero, puesto que tuvo que pagar doble y en algunas partes triple
de lo que costaban los permisos en horas ordinarias.
Con el Itinerario monumental en la mano y siguiendo el orden de
importancia marcado en el mismo, se dirigió el joven extremeño en
compañía de su madre y de los criados de ésta al Paraíso Zoológico, es
tablecido á doce kilómetros de la corte, entre el lugar que ocupaban los
antiguos pueblos de Alcorcón y Móstoles, por la Sociedad filantrópica
protectora de los animales.
Las vastas dependencias del Paraíso forman una superficie de más
de cuatro hectáreas, cerrada toda ella por sencillos establos, graciosos
pabellones, casas rústicas, frondosas alamedas, espesos matorrales, fosos
y setos vivos, todo alternado con caprichoso y pintoresco desorden. Alre
dedor de ese heterogéneo valladar corren con silencioso pero rápido mo
vimiento unos sencillos carruajes de vapor, llevando á los curiosos y á
los dependientes del Paraíso de un punto á otro, sin que el ruido pertur
be la tranquilidad de los pacíficos moradores de esa isla afortunada.
El murmullo de los arroyos, el salto de las cascadas, el silbido del
viento y el trino de las aves son las únicas voces que responden al relin-
AYER, HOY Y MAÑANA
271
ehar de los caballos, al mugir de los bueyes, al rebuznar de los asnos y
al aullar de los perros, habitantes felices de esa filantrópica comarca;
especie de casa de inválidos, de hospicio de desvalidos y de hospital de
incurables con que la filantropía animal, importada de Inglaterra, ha
querido atender al bienestar de las pobres bestias inutilizadas ó enveje
cidas en el servicio del hombre.
Por cualquiera de los pabellones ó bosques que guardan la isla se
puede entrar á visitar esa nueva Arcadia; pero es preferible hacerlo por
la puerta principal y comprar en ella la Guía del Paraíso y el Padrón
de los animales contenidos en el mismo, recorriendo por el orden mar
cado en esos libros las diversas dependencias del famoso establecimien
to. Sólo haciendo así se puede tener una idea completa y exacta de la
inteligencia con que han sido preparados todos los departamentos, del
esmero con que se conservan en las más exquisitas condiciones higiéni
cas y del amoroso cariño con que los empleados del Paraíso tratan á los
animales que están á su cargo.
¡Y cómo no han de hacerlo así, cuando los miembros de la sociedad
han hecho grabar por todas partes máximas y preceptos encaminados á
inculcar el amor á los animales como una de las primeras virtudes del
hombre!
Entre el hombre que maltrata al prójimo y el que atormenta d un
pájaro, no hay más diferencia que la víctima, dice en una de las puer
tas de entrada.
/Matachines!, se lee en otro de los departamentos: Vuestra infame
profesión os obliga d hacer innumerables víctimas; no os gocéis en mar
tirizarlas; abreviad sus sufrimientos.
Los animales están organizados para el placer y para el dolor, n i
más n i menos que el hombre.— Reñir ásperamente á los animales, jurar
y denigrarlos, es ser más bestia que ellos.— La canción en los labios, el
buen humor en el semblante y la alegría en el corazón del labrador
hacen más llevadero á los bueyes el rudo trabajo delcauipo.— Ut per me
lodías, boves in suis laboribus quodam modo delectantur.
Estas y otras máximas repetidas por todas partes, sobre las paredes
del establo, en la puerta de las caballerizas y hasta en los árboles de la
pradera, entretienen el ánimo del forastero que visita la isla afortunada,
infundiéndole, no sólo amor hacia los animales que pastan ó duermen
tranquilamente allí, sino hasta respeto á la desgracia del uno, considera-
272
ANTONIO FLORES
ción á los años y buenos servicios del otro é interés por todos y cada uno
de los sucesos que forman la biografía de los acogidos en el estable
cimiento.
Porque has de saber, lector, si ya no lo has presumido, que en el Pa
drón de los animales consta el nombre, la patria y la edad de cada uno
de ellos, sus vicisitudes, sus rasgos más notables de valor y de fidelidad
y las acciones heroicas del hombre á quien han servido hasta que se han
inutilizado.
La madre de Yenancio, que pasaba en su pueblo por una de las per
sonas más cariñosas y más buenas para con los animales, quedó maravi
llada al penetrar en el Paraíso Zoológico, y aunque al principio se volvía
á sus criados para encarecerles las ventajas del establecimiento, y á la
vista de los establos en que yacían las vacas enfermas, con un criado
atento á satisfacer todas sus necesidades, suspiró pensando en las que
ella había dejado en sus haciendas; cuando se hubo enterado de algunos
pormenores, y visto el lujo y el regalo con que eran tratados los huéspe
des de la casa, torció el gesto y dijo:
—Vámonos de aquí, porque me repugna ver ciertas cosas. Yo creo que
no se debe atormentar á los animales y que los servicios que prestan al
hombre merecen por parte de éste alguna consideración; pero de esto á
tenerlos con enfermeros y con facultativos de guardia y con un lujo ver.
daderamente irritante, hay una gran diferencia. No sé quién ofende más
á Dios, si el que maltrata á un animal ó el que le trata con más contem
plación y más regalo que al hombre. Tengo ganas de ver los hospitales y
las casas de beneficencia, porque no sé que los pobres puedan estar me
jor que los caballos, los burros y los demás animales de esta casa.
—Pues aún no ha visto usted lo mejor—dijo Venancio.—No debíamos
irnos de aquí sin asomarnos al departamento de la nostalgia.
—¿De la qué?—preguntó doña Euperta.
—De la nostalgia—la respondió Venancio.—Es una enfermedad mortal
para muchas gentes, que consiste en la tristeza que produce en país ex
tranjero el recuerdo de la patria. Los socios de la protectora de los ani
males suponen que éstos, con especialidad el burro, la padecen en alto
grado, y han hecho en el centro de esta isla una especie de jardín encan
tado, tan pintoresco y tan alegre, que dicen ser de curación segura para
esa enfermedad. Vea usted en qué términos habla de él la Guía que he
mos comprado.
Y abriendo el libro, leyó Venancio lo siguiente:
«No se da un paso en este importantísimo establecimiento sin hallar
un nuevo motivo de aplauso para las personas que concibieron el feliz:
pensamiento de construir un lugar de retiro, de expansión y de justa re-
273
AYER, HOY Y MAÑANA
compensa para los pobres animales que, inutilizados en el servicio del
hombre, eran en los tiempos bárbaros de nuestros padres inhumanamen
te dogollados y expuestos á la insaciable codicia del trapero que les
arrancaba la piel y arrojaba sus restos á la voracidad de las aves de rapi
ña cuando no podía venderlos á los fondistas de la corte.
»El forastero ha visto ¡ya en los departamentos que lleva visitados
con cuánta previsión é inteligencia han sido construidos los establos, las
caballerizas, las chozas, las enfermerías y los demás edificios del estable
cimiento; habrá observado también que, así las condiciones higiénicas
de esas estancias, como el esmero en el servicio y la amorosa solicitud
con que son tratados los enfermos, no dejan nada que desear; y por úl
timo, le habrá llamado la atención en los prados, en las dehesas y en los
bosques la limpieza de los arbustos, la frescura de la hierba y lo bien
entendida que está la plantación para que la sombra de los árboles tem
ple los ardores del sol, sin viciar el aire que da vida al campo y á las
flores.
»Pero todas esas bellezas y esos detalles, altamente humanitarios, no
tienen comparación con el esmero, el lujo y la inteligente coquetería que
se advierte en el departamento de la nostalgia, construido á expensas de
la señorita inglesa Sofía Pattersen, de quien hablamos extensamente en
otro lugar de este libro, y bajo la sabia dirección del ilustrado filántropo
Ricardo Homobono.
»Las alamedas, los prados, los arroyos, los saltos de agua, las grutas,
los bosquetes y cuanto puede contribuir á formar una naturaleza privile
giada, y un paraíso tal como no ha vuelto á existir después del diluvio
universal, todo se encuentra reunido en ese edén, que gracias á la filan
tropía de la ya citada señorita inglesa hemos podido ofrecer á los anima
les para prolongar su existencia.
»Al asomar á ese paraíso, el caballo relincha, el burro salta, el buey
se revuelca, la cabra retoza, el perro ladra y el hombre se alegra. La
nostalgia, esa enfermedad funesta que tantas víctimas ocasiona en casi
todas las razas animales, y muy especialmente en la mular y asnal, des
aparece como por encanto en ese delicioso retiro.
»La nostalgia es mucho más frecuente en los animales que en el hom
bre, porque en aquéllos no sólo el clima, sino las ocupaciones habituales,
la comida, el trato que reciben, la voz que les manda, todo constituye
una segunda naturaleza y una nueva patria. Por eso las ferias, esos funes
tos mercados de sangre, donde se venden y revenden, truecan y cambian
los animales con tan despiadada facilidad, producen tantas víctimas, que
no lo son de otra enfermedad que de la nostalgia. Ejemplos elocuentísi
mos de esta verdad nos ofrecen los últimos anuarios estadísticos, al comT omo I I I
18
*274
ANTONIO FLORES
parar las bajas que tenía el ganado trashumante cuando un pie tras otro
iba de valle en valle y de monte en monte, cambiando lentamente de pa
tria, y las que hoy resultan de esas traslaciones violentas por medio del
ferrocarril ó de otros elementos más rápidos.»
Doña Ruperta no tuvo paciencia para seguir oyendo la lectura de la
Guía del Paraíso, y volviéndose á su hijo le interrumpió diciéndole:
— No leas más y vámonos de aquí, porque me parece que ofendemos
á Dios, tanto los que visitamos estas casas, cuanto los que gastan su dine
ro en ellas.
—¡Pues no ha visto usted las perreras!—dijo Venancio riendo.— Allí sí
que se escandalizaría usted con razón cuando viese las camas de muelles
y las mantas entreteladas y sobre todo los reposteros que hacen toda
clase de bizcochos y platos de leche para la sección de americanos y falderitos.
— No quiero ver nada más—contestó doña Ruperta de mal humor.
— ¿Ni siquiera la estatua de la señorita Sofía?....
—¿Quién es esa mujer?
— La que ha pagado el departamento de la nostalgia.
— ¡Valiente púa será la tal inglesa! Cuando se muera arderá en los pro
fundos infiernos.
— ¡Si se murió hace mucho tiempo! Fué en el testamento donde dispu
so que todos sus bienes, que eran cuantiosos, se consagraran á fomentar
en España las sociedades protectoras de los animales. Y determinó que á
los toreros que quisieran dejar de torear se les diese una renta vitalicia,
doble de la cantidad mayor que anualmente hubieran ganado ejerciendo
su oficio; que se ofreciese un premio á los arrieros que no llevasen vara
en el cinto y otro á los cocheros que guiasen los caballos á la voz y no
con el látigo, y otra porción de extravagancias por el estilo.
— ¿Tan rica era esa mujer?
— Poderosa. Una de las primeras fortunas de Inglaterra.
—¿Y no tenía marido ni hijos á quien dejar sus rentas?
— No, señora; era soltera y muy vieja.
— Entonces no me digas más. ¿Y cómo fué que testó á favor de las so
ciedades españolas y no de las inglesas? ¿No hay allí establecimientos de
esta clase?
— Muchísimos. ¡Como que de allí se han importado á Francia, á España
y á otras muchas partes! Pero dejó sus bienes á España porque había es
tado aquí algunos años y decía que era el país en que se daba peor trato
á los animales. Por supuesto que las primeras mandas del testamento
eran á favor de los caballos, perros y demás animales de su casa, á los
cuales no sólo dejó pingües pensiones vitalicias, sino que nombró perso-
AYER,
HOY T MAÑANA
275
ñas de reconocida filantropía que vigilasen el cumplimiento del legado
y fueran como tutores y curadores de aquellos huérfanos animalitos.
No pudo doña Ruperta sufrir por más tiempo que la conversación gi
rara sobre tan extravagante materia, y sin dirigir nuevas preguntas á su
hijo, apretó el paso y salió precipitadamente del Paraíso Zoológico, segui
da de sus criados; á los cuales es fama, y fama muy cierta, que si no se
les quedaba allí el corazón se les quedaba alguno de los sentidos.
Venancio no les había dejado hablar mientras estuvieron dentro del
Paraíso, por no contravenir á los bandos que se veían repetidos en todos
los departamentos, 'prohibiendo gritar, hacer exclamaciones ú otros ru i
dos fuertes que pudieran excitar á los animales, y los pobres lugareños
se limitaron á seguir á sus amos con la boca abierta, hablándose cuando
más en voz baja para comunicarse las gratas impresiones que les produ
cía el bienestar y el regalo con que eran tratadas las bestias.
Fué preciso que el señorito les alzara la prohibición de hablar para
que lo hicieran después de haber salido del establecimiento.
El criado fué el único que al ver el último prado volvió los ojos con
pena y exclamó:
—¡Oh, quién fuera buey!
CUADRO XXXIII
EL H O S P I T A L G E N E R A L
Ahora me acuerdo, lector, que aún no te he dicho que Venancio llegó
á Madrid de vuelta de su viaje á Dinamarca en los momentos mismos
en que su madre preguntaba en vano por penetrar el secreto de su ausen
cia averiguando dónde se hallaba y cuándo tendría el placer de estre
charle entre sus brazos. Pues bien: le tuvo en el punto y hora en que
menos lo esperaba.
Al retirarse al hotel, después de la media noche, cansada, aburrida,
extranjera en su patria, desterrada en su propio país, solitaria en medio
de una gran sociedad y sin otra familia ni otros amigos ni otro apoyo
que el práctico, á quien debía pagar por horas, y á distinto precio las del
día que las de la noche, la compañía que la prestaba, cruzó la carretilla
eléctrica en que atravesaba uno de los patios de la fonda con otra en
que su hijo, enterado de la llegada de su madre, corría desatentado en
su busca.
No se han hecho, lector, para esta clase de velocidades andariegas
los santos afectos de la familia que doña Ruperta había inculcado en el
corazón de Venancio y que éste guardaba como oro en paño en lo más
recóndito de su alma. Ni ella ni él se vieron al cruzar rápidos el uno junto
al otro; pero sus corazones se reconocieron, sus pensamientos se chocaron,
gritó el alma de uno y contestó con un ¡ay! penetrante y agudo el alma
AYE R, HOY Y MAÑANA
277
del otro, y la corriente magnética de aquellas voluntades, lo que antigua
mente se llamaba la fuerza de la sangre, estuvo á punto de cortar y sus
pender la corriente eléctrica de las carretillas.
Paró Venancio la suya, porque iba preparado á hacerlo si la casuali
dad le deparaba el placer de encontrar á su madre, y corriendo en busca
de ésta, la estrechó amoroso entre sus brazos, quitándola, con la satisfac
ción de verle, la curiosidad de preguntarle dónde había estado hasta aquel
momento felicísimo para ambos.
Si el práctico había visto alguna vez un saludo tan tierno, había per
dido por razón de su oficio la memoria de semejantes afectos, y quedó
perplejo, sin saber qué hacer ni qué pensar de aquella escena, cuyo com
plemento fué un abrazo que Venancio dió al criado de su madre y un
apretón de manos familiarísimo á las doncellas.
De su estupor salió cuando se sintió también estrechar la mano por
el joven extremeño, que enterado por su madre de los buenos servicios
de aquel hombre, quiso darle participación en la alegría que le rebosaba
por todo su cuerpo, y con largueza suma le pagó sus honorarios y todos
los gastos que había hecho acompañando y sirviendo á su madre, diciénclole que podía retirarse.
Y cuando el asombrado alquilón iba á hacerlo, casi sin despedirse de
sus parroquianos, doña Ruperta le dijo:
— Supongo, buen hombre, que ya que hemos tenido el gusto de cono
cer á usted, no será esta la última vez que nos Veamos.
El práctico contestó á esta afectuosa indicación sacando una tarjeta,
en la que estaba grabado su retrato y el nombre y número de su profe
sión, preguntando si la señora quería que fuese al hotel todos los días á
tomar la orden para acompañarla á visitar la población y á hacer algunas
compras; pero Venancio, amaestrado por una costosa experiencia, dijo
que no había necesidad y que bastaba con la tarjeta para llamarle cuando
les conviniera.
Con lo cual el prático dió media vuelta, diciendo para sus adentros:
«Tarjeta perdida; bien sabía yo que en pareciendo el hijo estábamos
demás los prácticos.»
Aquella noche la pasó doña Ruperta en el hotel sin poder reconciliar
el sueño, exaltado su cerebro con la impresión que había recibido desde
que estaba en la corte, y muy principalmente con el placer de hallarse
al lado de su hijo. Esto último era lo que verdaderamente alejaba el
sueño del fatigado espíritu de la pobre señora, por aquello de que el
dolor adormece y el placer desvela.
El reo duerme en la capilla la víspera de la fatal ejecución, y el aca
démico laureado cuenta despierto las horas de la noche que precede á la
278
ANTONIO FLORES
adjudicación del premio. Del mismo modo la mujer que ha velado la vís
pera de su boda cae rendida de dolor, y duerme la noche en que se le
acaba de morir un hijo.
Por esto la madre del hidalgo extremeño, aunque daba vueltas en la
cama, al parecer disgustada de no poder reconciliar el sueño, gozaba es
tando despierta el placer de haber encontrado á su hijo y de hallarle con
la investidura de diputado. Y como estos pensamientos la eran tan hala
güeños, un secreto impulso egoísta la hacía estar despierta para seguir
los gozando.
Algo la atormentaba el deseo de saber dónde había estado Venancio
mientras ella llegaba á Madrid y corría diligente en su busca, pero temía
preguntárselo.
No sé yo si ella había leído alguna cosa en el semblante de su hijo, ó
si obraba sólo inspirada por ese instinto, egoísta también, que hace pre
ferible la duda cuando se recela un desengaño (instinto que en las madres
tiene todas las apariencias de una doble vista, cuando tratan de sondear
el corazón de su hijo); pero es lo cierto que nada quiso preguntarle direc
tamente, ahorrándole así la pena de engañarla con una mentira ó la de
disfrazar cuando menos la verdad. Porque creer y pensar que el enamo
rado mancebo tuviese valor para decir de buenas á primeras á su madre
que estaba enamorado y que no había salido á recibirla por irse de la
Ceca á la Meca, á solas con su amada, sería un disparate.
Si doña Ruperta no pudo cerrar los ojos al sueño, otro tanto hizo Ve
nancio, pensando, no en la manera de revelar á su madre lo ocurrido,
sino en la de preparar el terreno de manera que algún día fuese posible
aproximar dos almas tan distintas como la de Safo y la de doña Ruper
ta, sin que chocaran al verse juntas, causándole á él la muerte con el
choque.
Porque aunque ya sabes, lector, cuán grande era su pasión, no lo
era tanto que le quitase el conocimiento de lo que sucedería al verse por
primera vez aquellas dos mujeres para él igualmente queridas. En cuanto
á su madre, sin ver á Safo, con sólo saber que se había ido á solas con
su hijo por esos mundos de Dios, puedes figurarte lo que habría pensado
de ella.
Harto lo sabía Venancio, y por eso guardó el más profundo misterio
acerca de lo ocurrido, á pesar de que la mujer con quien volvía de Dina
marca no era la misma con quien salió de Madrid. Safo había cambiado
mucho; el amor la tenía próxima á ser lo que ambicionaba su amante,
pero ni siquiera en camino de comprender lo que doña Ruperta exigiría
de la que aspirase á ser su nuera. ¡Podía esta señora haberla visto medio
desnuda debajo de una túnica blanca dictando novelas, ó vestida de
AYER, HOY Y MAÑANA
279
hombre haciendo ejercicios y dando cabriolas en un trapecio, ó echando
discursos en la Academia de los socialistas, que á fe, á fe que mucho
quería á su hijo, pero le habría sobrado valor para decirle que no se vol
viera á acordar de que tenía tal madre si seguía mirando á la cara x se
mejante mujer!
Mucha prudencia y no menos tacto necesita el joven jurisconsulto
para salir del compromiso en que se halla, y no ha hecho mal en ap.azar
toda tentativa y llevar á su madre á visitar las cosas más notables de la
corte, mientras él piensa en la mejor manera de plantear la cuestión.
Por eso, desde el Paraíso Zoológico la condujo al Hospital General y
al Manicomio Penitenciario, en los cuales establecimientos entraron li
bremente, sin más que tomar billetes de ida y vuelta y estancia m el
primer carruaje de la Compañía de visita de hospitales y cárceles que
encontraron al paso.
El hospital general no es un edificio más ó menos grande, sino una
población de doscientas casas simétricas, las cuales forman una gran
plaza redonda, con doce calles que parten de ella y van á terminar en
un paseo circular, plantado de árboles y adornado con estatuas, bíneos
y sillas de todas clases, el cual se llama Ponda de Convalecientes y oierra
y limita la población.
Alzase en el centro de la inmensa plaza un gran pabellón octágo
no, destinado al apeadero, reconocimiento, filiación, numeración y ad
misión de los enfermos, los cuales son allí mismo colocados en fechos
a propósito y especiales para cada enfermedad y conducidos subterráneamente por medios mecánicos á las diversas galerías de salud que for
man la plaza.
El pavimento de ésta, como el de las calles y el de las habitaciones,
es todo de goma elástica; de manera que á pesar del gran movimiento
que hay á todas horas, no sólo de personas sino de carruajes, no se oye
ruido alguno ni en las galerías del hospital ni en los hoteles, fondas,
cafés y demás edificios de comodidad y recreo que la industria privada
ha establecido en la población; en la cual, desde un pequeño teatro re
cientemente construido, hasta un casino, en que hay una sala para ope
raciones de Bolsa, no se echa de menos nada de lo que se encuentra en
las grandes poblaciones.
Así los médicos, los practicantes, los farmacéuticos, los enfermeros y
la multitud de empleados y dependientes que exige un establecimiento en
que diariamente se albergan de ocho á diez mil enfermos, no entran
nunca de guardia, sino que están á todas horas allí.
Y téngase en cuenta que la industria ha economizado en ésta como
en otras co^as muchos brazos auxiliares, hasta el punto de que si lo fuera
•280
ANTONIO FLORES
por los muchos enfermos ricos que quieren ser asistidos con lujo y pro
fusión de médicos, enfermeros y practicantes, para una sala de pobres,
aunque hubiera en ella doscientas camas, bastaría con un médico, un
ayudante y un enfermero.
En primer lugar, las camas son mecánicas y están dispuestas de tal
modo que sentado el médico á la cabecera del enfermo y mientras le
pulsa con una mano, mueve con la otra un manubrio que hay en el centro,
y hace girar en todas direcciones el cuerpo del paciente, con tal suavidad
y tal precisión que no le cause molestia alguna. Si quiere saber la altera
ción de la fiebre durante la noche, no tiene que hacer sino dejar la mano
del enfermo en contacto, por medio de un hilo metálico, con el pulsómetro que hay á la cabecera de la cama; el desasosiego se le marcan perfec
tamente por medio de la presión atmosférica unos tubos de cristal gra
duado que hay en la parte inferior del lecho, y para nada necesita que
vaya el enfermero á su lado con el recetero en la mano para apuntar lo
que prescribe á cada enfermo, porque el mismo médico lo dice directa
mente á la botica por medio del telégrafo; sistema mucho más breve y
que, como pasa por menos manos, está poco expuesto á equivocaciones.
Así el boticario envíalos medicamentos á cada número por los tubos de
remisión dispuestos al efecto y á la hora marcada para cada medicina y
dosis de la misma, y sólo cuando el enfermo no está en disposición de to
marla por sí mismo es cuando el enfermero, que pasea constantemen
te de un lado á otro de la sala, se acerca y se la da sin hablar una soja
palabra.
A la entrada y á la salida de los enfermos en el establecimiento se les
retrata por medio del pictógrafo, y de este modo, dándoles al recibir el
alta una copia del estado en que vinieron y otra del en que van, pueden
apreciar los beneficios que deben á la humanidad y á la ciencia. También
cuando salen por el camino de la eternidad se les retrata para dar este
último consuelo á sus familias, y durante la enfermedad, en los períodos
que el médico cree útil á los adelantos de la ciencia retratar el caso, se
hace lo mismo.
En la oficina de ingreso se les dirige un breve examen, que da princi
pio por preguntarles qué sistema de curación prefieren, y si les corre más
ó menos prisa el recobrar la salud, y cuando no pueden contestar de viva
voz ó no les acompaña un pariente ó un amigo que, después de jurar ser
ajeno á las parcialidades médicas, responda en su nombre, les enseñan
una lanceta, una petaca ó un paraguas, como distintivos de las tres es
cuelas, alopática, homeopática é hidropática, y el enfermo señala con la
mano ó con la vista el que es más de su devoción. Cuando se encoge de
hombros lo decide la suerte, y si da á entender que todos le .son simpá-
AYER, HOY Y MAÑANA
281
ticos se le entrega á un médico tridiestro para que alternativamente
le sangre, le dé glóbulos y le pase por agua.
En el primer caso, que es el más general, esto es, cuando el enfermo
se decide por el tratamiento alopático, se le aplican las generales de la
ley; es decir, se le entrega á todo el rigor de las farmacopeas.
En el segundo, como ya se ha demostrado de una manera clara, evi
dente y casi matemática que las enfermedades no residen en ninguna
parte del cuerpo, sino en la imaginación, al paciente no se le da absolu
tamente nada, ni siquiera las antiguas cucharadas de agua. Se le mete
en una cama inodora, se procura que la atmósfera se mantenga siempre
insípida, lo cual se logra perfectamente gracias á unos ventiladores que
renuevan con suavidad el aire, y el medicamento se coloca en un cilindro
de cristal que pende del techo á la vista y casi sobre la nariz del enfermo.
En ese tubo y por medio de la electricidad están siempre subiendo y ba
jando los glóbulos; de manera que aunque el enfermo esté adormecido,
como el saltar del medicamento produce un ruido parecido al del granizo,
siempre la acción salutífera está obrando por más de un sentido sobre
aquella imaginación enferma.
Á la hora de la visita, el médico no pulsa al enfermo, sino que le mira
los ojos, como verdadero espejo del alma dolorida, cambia el medicamento
del cilindro y pasa adelante.
Á los que se asisten por la hidropatía se les trata de un modo análogo;
sólo que en lugar de colgarles encima de la cabeza un tubo lleno de agua,
les cubren con un paraguas, y detrás del lecho oyen constantemente el
ruido de una cascada.
Conócense y ya empiezan á ponerse en planta otros tratamientos mé
dicos derivados de estos sistemas; pero como doña Ruperta y su hijo no
quisieron visitar más salas que las alopáticas, las homeopáticas, las hidropáticas y las mixtas, me parece inútil abusar de la paciencia del lector
hablando de lo que pasa en las demás del establecimiento.
Y espero que no sólo me perdonará esta omisión, sino que me agrade
cerá que pase asimismo en silencio lo que ocurre en los departamentos
de cirugía, cuya ciencia ha llegado á un extremo tai de perfección y de
coquetería, que lo mismo se quitan jorobas, se ponen brazos y se añaden
piernas que si se tratara de una academia de dibujo. Entrar en uno de
esos verdaderos talleres de carne humana, es como asomarse á una fábri
ca de figuras de barro ó de cera.
Mi pobre doña Ruperta salió de allí horrorizada, á pesar de que no vió
sino una pequeñísima parte de los sitios del dolor y nada de los infinitos
lugares de placer que constituyen el gran Barrio de la Salud.
Lo único que su hijo la hizo visitar para explicarla el por qué no se
282
ANTONIO FLO RES
oía un ¡ay! de dolor en ninguna de las salas, fue la fábrica de cloroformo,
desde la cual por medio de una vasta red de tubos de cristal se envían
raudales de insensibilidad á todos los departamentos. A la cabecera de
cada cama hay un grifo, cuya llave tienen el medico y el enfermero para
cloroformizar al paciente, y con este sistema de calmantes y otros tapo
namientos morales se logra que la enfermedad siga su curso sin que el
paciente sepa la mitad de lo que le pasa.
Espantóle más á la buena señora averiguar la causa de aquel silencio
que si hubiera oído axhalar gritos de verdadera rabia, porque dijo, y no
dijo mal, que eso era convertir á los hombres en piedras, haciéndoles de
peor condición que á los brutos.
Una sola cosa fue lo único que la tranquilizó algún tanto, y no logró
calmarla por completo porque su aplicación era parcial y no alcanzaba á
todos los enfermos, sino á los que expresamente la pedían. Aludimos á la
asistencia de las hermanas de la Caridad.
La piadosa institución de las modestas hijas de San Vicente de Paúl
ha sobrevivido, como acontece siempre con las grandes instituciones, á
los combates revolucionarios, á los caprichos de la moda y á la ruda
guerra de la difamación y de la calumnia, y aunque no se les ha encarga
do por los actuales contratistas del hospital general ni la asistencia de
los enfermos ni mucho menos la dirección de sus vastas dependencias,
les está permitida la entrada allí, y su oído, siempre atento á los ayes
del afligido y del necesitado, las lleva á la cabecera de los enfermos
en el momento en que cualquiera de ellos solicita los desvelos, las fati
gas, el cariño, los cuidados, la caridad, en suma, de esos ángeles del in
fortunio.
Abandonaba ya doña Ruperta la comarca hospitalaria cuando vió una
iglesia de la cual salían dos hermanas de la Caridad, y entonces se le en
sanchó el corazón pensando en que todo lo que había visto no importaba
nada, siempre que anduvieran por allí algunas mujeres. Pero su hijo la
explicó lo que acabamos de referir, añadiéndole que la libertad se oponía
á sujetar á todos los enfermos á la asistencia de las hermanas de la Cari
dad, ni de ningunas otras de las infinitas congregaciones religiosas que
hay en Madrid consagradas á esas tareas piadosas.
Y mientras se dirigían desde el hospital al Manicomio Penitenciario,
fue leyendo en voz alta la lista de esas congregaciones, deteniéndose en
una titulada las hermanas del pudor, cuyo principal objeto es hacer pri
vativo de las mujeres la asistencia médica de todos los enfermos del bello
sexo, no sólo en la parte ejecutiva, sino en la dispositiva. Bajo el pretexto
de que el pudor queda ofendido y lastimado en el momento que una mu
jer se deja visitar por un médico varón, pretenden esas hermanas hacer
AYER, HOY Y MAÑANA
283
oficios de tales en todos los casos de medicina y aun en los de cirugía, sin
que les arredre la oposición que hacen los médicos á que se adopte ese
sistema ni las infinitas caricaturas que diariamente se publican contra
algunas mujeres que ya hoy ejercen la medicina, aunque sin título uni
versitario.
Pero como esto, gracias á la libertad absoluta de que se goza en el
país, no es cuenta de nadie, sino de la enferma, que está en su derecho
llamando á una médica ó á un médico, la Congregación del Pudor va
adelante en su camino.
He ahí, lector, lo que es en esta época la beneficencia hospitalaria, que
no se sostiene á expensas de la caridad pública, estando sus rentas á mer
ced de que haya más ó menos filantropía, sino que es un negocio como
otro cualquiera, subvencionado por el Estado, á imitación de lo que antes
se hacía y aun hoy se hace con ciertas obras públicas.
Los hombres de negocios, las gentes ricas, cuyas familias no pueden
abandonar el cuidado de sus intereses por atenderá los enfermos, convir
tiendo sus casas en pequeños hospitales, van al General y pagan á buen
precio las estancias que causan, ora sea ocupando una cama en las gale
rías generales, ó alquilando un pabellón especial, donde son asistidos con
todo esmero.
El contratista que en subasta pública adquiere el arriendo del hospi
tal percibe esos honorarios con la obligación de dar asistencia á los enfer
mos pobres, sin otra retribución que la pequeña suma con que le subven
ciona el gobierno.
Si la familia de los enfermos ricos no quiere en caso de defunción ocu
parse del entierro y de los funerales, la casa hace ambas cosas con esme
ro, sentimiento y equidad, según dicen las tarifas impresas.
De este modo han desaparecido las antiguas preocupaciones que había
contra la asistencia hospitalaria, y se evita que en el centro de la pobla
ción y en lugares poco á propósito para la ventilación que exigen ciertas
enfermedades haya focos de infección, contrarios á los buenos principios
de sanidad que deben observarse en una corte.
Además de estas razones, hay la muy poderosa de que ni aun en las
casas particulares puede improvisarse una asistencia tan esmerada como
la que se tiene en el hospital, ni el cariño permite cumplir en muchos
casos los preceptos de la ciencia con el rigor con que se hace por los em
pleados del establecimiento, extraños á todo sentimiento de contempla
ción y de mimo.
Y en cuanto á las exhortaciones y á los consuelos que en los momen
tos de dolor ofrecían la religión y la familia, ya te he dicho, lector, que el
cloroformo los ha hecho de todo punto innecesarios.
284
ANTONIO FLORES
Finalmente, además de que la buena asistencia de los enfermos está
asegurada por los sentimientos de humanidad y de amor al prójimo, de
que no están desprovistos los contratistas del hospital, es interés suyo
prolongar la vida de los enfermos ricos para cobrar más estancias; y en
cuanto á los pobres, que no pueden ofrecer ese aliciente, como apenas hay
un español que no tenga asegurada su vida por más ó menos cantidad,
las sociedades de seguro interesadas en disminuir los siniestros cuidan
de gratificar al establecimiento cuando tienen en él algún socio enfermo.
Ya ves, lector, que todo está previsto.
CUAD RO X X X IV
E L M A N IC O M IO P E N I T E N C I A R I O Y E L M AN ICO M IO
V O LU N T A R IO
Larga, acalorada y peligrosa, pero solemne, luminosa y de grandes re
sultados fue la discusión que hace algunos años hubo en el Parlamento
para decretar la abolición de la pena de muerte. Adujéronse en pro y en
contra argumentos gastados, sofismas ridículos y razones de verdadero
pie de banco. Los modernos innovadores sistemáticos, los humanitarios
afligidos y los filántropos acongojados excitaron con sus terribles anate
mas y sus rudas calificaciones el amor propio de los letrados universita
rios y la bilis de los magistrados encanecidos en la discordia, en la apela
ción y en la súplica, y el asunto se hubiera hecho tablas ó los contendien
tes se habrían tirado unos á otros las de los bancos si oportunamente
no se hubiera presentado esta maligna proposición incidental:
«Pedimos al Congreso se sirva declarar, antes de resolver sobre el fon
do de la cuestión pendiente, que el hombre que constituido en sociedad
rompe el pacto que ha contraído con sus semejantes, faltando por sí
propio á cualquiera de las bases por él mismo establecidas ó aceptadas,
está loco.»
Los magistrados vieron en esta proposición incidental una tregua á la
discusión pendiente, y ayudaron á tomarla en consideración, tras de lo
cual, aunque ellos se abstuvieron de votar, fue aprobada.
286
ANTONIO FLORES
El Congreso declaró que no había ningún criminal que no estuviera
loco al cometer el crimen.
Y <íergo cogite— dijeron á una voz los partidarios de la abolición de la
pena de muerte.— Las leyes no permiten quitar la vida á los locos.»
Con lo cual quedó abolida la pena de muerte y acordada la creación
de los Manicomios Penitenciarios, en los cuales vegetan los criminales,
acabando por perder el juicio para no desmentir á los legisladores.
Porque el manicomio no es, como las cárceles y los presidios de ho y ,
un ex convento de frailes al cual se le ponen por única medida de segu
ridad media docena de cerrojos en las puertas, que se caen de viejas, sino
que es un edificio expresamente construido para el caso, con toda la soli
dez de las mazmorras del Santo Oficio, más la precaución y la seguridad
que en el transcurso de los siglos ha aconsejado la experiencia. La parte
destinada á los reos de muerte es ni más ni menos que un tosco mausoleo
de piedra, semejante á los que en la antigua Roma construyeron para
guardar sus cenizas los grandes señores, y de los cuales viven aún y vi
virán por espacio de muchos siglos algunos de ellos, como el de Cecilia
Metella, Cayo Cestio y otros.
Al criminal no se le da muerte, pero se le entierra en vida en uno de
los nichos del mausoleo, donde se mueve con trabajo, respira con dificul
tad, abre los ojos en una luz cansada y no escucha otra voz más que la
suya, si cuida de dirigirse alguna vez la palabra para no olvidarse de
hablar y conservar el único compañero que le resta en el mundo. De este
modo, perdida toda esperanza de libertad y con la ineficacia del arrepen
timiento para volver al mundo, antes de abandonarle les suele abando
nar el juicio y mueren locos; siendo cada uno de ellos un dato estadístico
de la mayor importancia para probar la sabiduría con que procedieron
los legisladores al declarar que todos los criminales son locos.
Esta reclusión perpetua ha heredado, con más razón jurídica que pro
piedad filológica, el nombre de pena capital, que antes se daba á la del
suplicio, y para la sociedad produce el mismo resultado. Cierto es que no
ve expirar al reo, muchas veces arrepentido y contrito, exhortando al
pueblo á que no siga sus malos pasos; pero tampoco se le vuelve á encon
trar en su camino, ni más pervertido ni regenerado, sino que allí en el
encierro, donde se muere cuando Dios quiere, está muerto desde el pri
mer día para sus semejantes.
Á doña Ruperta le pareció este sistema peor que el de la pena de
muerte, y no quiso acercarse al departamento ó panteón de los condena
dos á la pena capital; en el cual no habría visto otra cosa sino el retrato
de cada reo, con un cartel en el que se lee á grandes rasgos su biografía,
y esto no sobre la puerta de entrada á los encierros, porque éstas no las
AYER, HOY Y MAÑANA
287
ve el público, sino sobre el trozo de muro de piedra que corresponde á la
prisión, por la escalera espiral que recorren los que previamente han pa
gado el estipendio especial de esta visita.
En el pórtico de ese gran torreón y alrededor del mismo hay muchas
tiendas donde se venden los retratos de los reos y los de las víctimas, las
vistas de los lugares en que ocurrieron los crímenes, el facsímile de las
sentencias, las causas y las biografías, modelos exactos de las armas ó
instrumentos con que se cometieron los delitos, telas iguales á las de los
trajes que llevaban los reos y las víctimas en el momento del suceso y
muchas otras curiosidades; las cuales, gracias á la extravagante manía
que han inoculado los ingleses á todos los pueblos, se venden á millares.
El mismo sistema celular, pero con mayor amplitud y buena luz y
aire y comunicación con las gentes en ciertas horas del día, se observa
con los penados de menos importancia; con los locos de temporada, que
van al manicomio á recobrar el juicio en un día dado, sabiamente pre
visto de antemano por la justicia, de conformidad con lo dispuesto por el
legislador.
Pero la madre del hidalgo extremeño no hizo más que asomar la vista
á una de las galerías de reclusión temporal, y apenas vió unos cuantos de
aquellos infelices penados asomados á una verja de hierro, como si fueran
fieras salvajes, se retiró de allí diciendo á su hijo:
—Yo puede que diga una barbaridad, porque las mujeres no entende
mos de estas cosas; pero me parece que en esto, lejos de adelantar se ha
atrasado mucho. ¡Cuánto mejor que esta gran casa, con todos sus arcos
de piedra, sus fuentes y sus jardines, no está la cárcel de nuestro pueblo,
donde á los presos no los ve nadie más que sus familias, el confesor del
establecimiento y los individuos de la junta de cárceles, que van á ofre
cerles consuelos y auxilios en su desgracia!
—Pero, madre—repuso Venancio,—aquella cárcel es un encierro pro
visional, mientras dura la causa, de la cual el preso puede salir inocente,
y esto es ya un castigo.
—¿Y el castigo consiste en exponerlos á la vergüenza pública á todas
horas?
—No, señora: estos son arbitrios del establecimiento; explotación de
la curiosidad pública, que por otra parte, pagando ó sin pagar, no se
puede impedir á las gentes que vengan á ver estas cosas, porque la publi
cidad es el alma de todo buen gobierno, y los ciudadanos tienen una in
tervención legítima en cuanto pertenece á la cosa pública.
—V á ti, señor letrado, y hoy ya hasta padre de la patria—dijo do
ña Ruperta sonriendo,—¿que te parece de la supresión de la pena de
muerte?
288
ANTONIO FLORES
— Me parece muy bien.
— Es decir, que si hubieras sido diputado cuando se votó esa ley....
— No sé lo que hubiera hecho; me habría mirado mucho antes de des
armar á la sociedad hasta ese extremo. Lo que sí puedo asegurar es que
jamás hubiese hecho la absurda declaración de que los criminales son
locos, cayendo después en la contradicción de penarlos como cuerdos.
Esa ley es una gran revelación del orgullo satánico del siglo. Los legisla
dores al declarar impecable á la humanidad han hecho lo que era muy
frecuente en las antiguas comunidades religiosas y en todos los cuerpos
privilegiados. Cuando alguno de sus individuos cometía un crimen cuyo
castigo pudiera deshonrarle y de rechazo á la corporación, ahogaban se
cretamente el pecado y el pecador, y si no podían hacerlo así y el fraile
ó el caballero cruzado ó el militar distinguido caía en poder de la justi
cia, pronto le hacían pasar por loco, ó le volvían loco de veras, y en úl
timo caso le daban muerte en secreto antes que llegara el día de la eje
cución pública.
— Dios no permita—añadió Venancio—que á la sociedad le suceda lo
que á esas corporaciones privilegiadas, que por no haber tenido valor
para cortarse un brazo enfermo, siendo ellas las primeras á descubrir la
cizaña que emponzoñaba sus campos, dejaron que la gangrena les devo
rase todo el cuerpo. Aquellos polvos han traído estos lodos.
Doña Ruperta escuchaba á su hijo con verdadero entusiasmo, pensan
do en que si así se explicaba en su presencia, ¡qué no haría en el Parla
mento, donde de seguro habría de cautivar la atención de todos los di
putados!
Y no sólo lo pensó, sino que tuvo la debilidad de decir en voz alta su
atrevido pensamiento, dando un abrazo á su hijo y enjugándose las lá
grimas que corrían por su semblante.
También Venancio se entusiasmó y aun pensó aprovechar la ternura
de su madre para darla cuenta de sus amores con Safo; pero aunque la
ocasión era oportuna, el lugar no lo era tanto, y así esperando mejor co
yuntura dijo:
— ¿No quiere usted que sigamos visitando el establecimiento?
— No me hace mucha gracia, pero si tú quieres no tengo inconvenien
te en hacerlo.
— Por mí no, señora; yo lo tengo muy visto todo. Como que esta casa
fué una de las primeras que vine á estudiar apenas llegué á Madrid; y
crea usted que me ha servido de mucho provecho para conocer la socie
dad de la corte y saber vivir en ella. Porque además de que para un abo
gado como yo son de gran enseñanza las visitas á un manicomio peni
tenciario, en el otro Manicomio Voluntario que hay detrás de éste se
AYER. HOY Y MAÑANA
289
aprenden muchas cosas indispensables para andar por el mundo. Los
niños y los locos son los que dicen las verdades, según el refrán, y nada
enseña tanto á un cuerdo como la vista de otro que ha dejado de serlo.
— Pero hijo mío, no digas disparates—replicó doña Ruperta.—¿Qué otra
cosa puede decir un loco sino locuras? El trato con los hombres de buen
juicio y de sana razón es la verdadera enseñanza.
— Sí, señora; pero se aprende mucho también en estos establecimien
tos. Y para que usted conozca que tengo razón en lo que digo, nos aso
maremos un momento al Manicomio Voluntario, que verdaderamente es
una casa de locos digna de ser estudiada por los hombres pensadores y
que de buena fe aman el bienestar de la humanidad y los progresos so
ciales. En ese manicomio— añadió Venancio con acento del mayor entu
siasmo,— como su nombre lo indica, entran las personas por su gusto ó por
el de sus familias, pagando, si tiene bienes de fortuna, como en el hospital,
ó gratis si son pobres, y en el acto son destinados á uno de los grandes
departamentos del Norte ó del Mediodía, según la temperatura que exige
el grado y la clase de demencia en que se hallan. Esos departamentos es
tán divididos en distritos lunáticos, clasificados según los diferentes gé
neros de demencia ó de monomanías reconocidas hasta el día, y en las
jaulas numeradas que hay en ellos se colocan los huéspedes del estable
cimiento. Pero esos encierros ó jaulas no tienen de tales sino el nombre,
porque la comodidad que en ellas disfrutan los alienados y el- trato que
reciben, así para su alimentación como para su curación, es altamente
humanitario y digno del estado de cultura á que ha llegado este siglo en
muchos otros ramos de la administración. Y no crea usted que el gobier
no tiene la dirección de esta casa, sino que también su servicio se saca á
pública subasta, bajo un pliego de condiciones facultativas y económicas,
en el que nada se omite de cuanto pensaron Esquirol, Pinel, Franck,
Brousais y todos los grandes hombres que estudiaron las causas de esa
enfermedad y los medios de curarla, con expresa prohibición del látigo,
de la mordaza y de todo tratamiento violento.
— Pues hijo mío— replicó doña Ruperta, atreviéndose á echar su cuar
to á espadas en materia tan honda, — todos esos señores serán unos sabios,
pero yo creo que el loco por la pena es cuerdo.
— No diga usted, por Dios, esas cosas, madre. El loco, si no se enfurece
cuando recibe un latigazo, tiembla y calla por miedo de que le den el se
gundo, pero no se cura de su manía. Exaltado por ella, se considera un
mártir, y lo que se alcanza con el castigo es hacerle furioso ó idiota.
— Aquí, por el contrario—añadió Venancio cuando ya entraba con su
madre en el gran patio del Manicomio Voluntario,— se ha hecho una sa
bia aplicación del sim ilia similibus.
T omo III
19
290
ANTOXIO FLORES
— ¿Les dan glóbulos homeopáticos?— preguntó doña Euperta son
riendo.
— No, señora, sino que se combate una manía pequeña con otra mucho
mayor, pero semejante. Antiguamente los locos se veían los unos á los
otros, y el fanático excitaba con sus extravagancias religiosas al incré
dulo, el músico al melancólico, éste al alegre, el político al indiferente, el
erótico al casto, y los mismos profesores encargados de la curación délos
locos y de los maniáticos, entrando en discusión con ellos, les enfurecían
cada vez más, afirmándoles en sus delirios. Ahora, como que ya no se
dice que al que no quiere caldo se le dé la taza llena, sino que se ha de
mostrado que un clavo saca otro clavo, á cada maniático se le cura con
su propia manía, por un sistema sabiamente entendido y desarrollado,
que se llama saturación del extravío. Ahí tiene usted— continuó el joven
jurisconsulto, señalando á su madre una de las jaulas, en la cual había un
demente vuelto de espaldas y tapándose los oídos con ambas manos,—ese
infeliz es un melómano, mucho más loco que el célebre Choron de París.
Para curarle de su desatinada afición á la música no se ha hecho otra cosa
que hacerle oir de día y de noche un organillo. Los primeros días ni co
mía ni descansaba, llevando el compás y tarareando todas las piezas que
oía en el instrumento: pues bien; ahora está tan harto de música, que se
tapa, como usted le ve, los oídos, apartándose á un rincón en la jaula; y
cuando algunos ratos cesa el organillo por disposición del médico, se
pone muy alegre y duerme, y pronto, según me dijeron el otro día, sal
drá curado. El que está en la jaula inmediata vino en estado de verda
dera furia, víctima del fanatismo industrial, y desde luego, al verse
en un aposento cuyas paredes estaban llenas de máquinas y de una por
ción de inventos extravagantes y ridículos, se fué calmando, abrió los
ojos con alegría, y estrechando la mano al médico, le dijo: «.Gracias, ami
go mío: usted es el único que ha sabido darme por el gusto.» Y tanto y
tanto le dan, que ya empieza á estar harto. Los lienzos de la pared están
dispuestos de manera que las pinturas van cambiando como verdaderos
cuadros disolventes, reformándose sin cesar las máquinas, chocando las
unas con las otras, produciendo tantos desastres, que el industriómano
se tapa muchas veces los ojos del mismo modo que el músico se tapa los
oídos.
Extasiada iba doña Euperta oyendo á su hijo y examinando con ver
dadero interés y con muestras de gran dolor los encierros de aquellos
infelices, cuando llegaron á su oído los gritos de verdadera rabia que
daban en unas jaulas bastante apartadas de la que se hallaban visitando,
y cogiéndose instintivamente del brazo de su hijo, le dijo:
— Vámonos, Venancio, vámonos.
AYER, HOY Y MAÑANA
291
—No tenga usted miedo, madre; no hay cuidado: esos gritos se oyen
aquí á todas horas. Es la galería de las monomanías políticas. Allí hay
siempre mucha bulla, pero nadie hace caso. Los dependientes del esta
blecimiento la llaman, con bastante oportunidad, la galería del fósforo,
porque dicen que hace mucha llama, pero que se apaga pronto. Según el
último Anuario estadístico de los manicomios europeos, los politicémo
nos dan, no recuerdo si un diez ó un doce por ciento más de curación
que todas las otras clases de locura.
—Pero á esos infelices, ¿no los ponen en cura por medios pacíficos
como á estos otros?
—Sí, señora; pero como ellos no escuchan como el músico, ni piensan
como el industrial, sino que todo lo hacen gritando, el toque de generala
que se oye á todas horas en la jaula del demócrata, la campanilla de la
presidencia que suena en la del diputado y la pitita que toca constante
mente una guitarra en el aposento del realista los hace gritar á los unos
«¡Mueran los tiranos!,» á los otros «Pido la palabra,» y á los últimos
«¡Viva el rey neto y puro!» Pero mientras ellos gritan y el tambor redo
bla y la campanilla suena y cencerrea la guitarra, van apareciendo en
las paredes del uno la guillotina, en las del otro el resultado de la vota
ción, siempre favorable al ministerio, y en las del último las hogueras
de la Inquisición. Y como los cuadros son disolventes, la revolución va
pasando sucesivamente por todos sus períodos, derribando unos tiranos
para levantar otros y luego otros y siempre lo mismo, hasta que el
cuerpo social se le representa al revolucionario como los arcaduces de
una noria. Otro tanto le pasa al reaccionario, y poco á poco se curan la
mayor parte de ellos. Lo que causa más pena—añadió Venancio—es la
galería de los maniáticos crónicos, entre los cuales hay ejemplares curiosos,
como los llama, con reprensible inhumanidad, el catálogo del estableci
miento. La galería de la Empleomanía inspira verdadera lástima, porque
ver aquellos hombres, todos ya viejos, por supuesto, pidiendo el uno una
dirección, el otro una plaza de consejero y el de más allá una cartera,
parte el corazón. Y no es decir que no se hayan ensayado mil medios para
curar esa locura, pero todos han sido inútiles. Oí decir el otro día á un
hombre muy conocedor de estas casas, que si no se hubiera adoptado el
sistema de contratar todos los ramos de la administración, convirtiendo
las oficinas del Estado en unos departamentos industriales, no habría jau
las bastantes para los empleémonos: Madrid entero sería un gran mani
comio si la enfermedad hubiese ido creciendo en la proporción que había
tomado en los últimos tiempos de hov , y que á juzgar por lo rebelde que
es la tal manía en los ejemplares de aquella época que se conservan en
el establecimiento, casi todos serían crónicos.
292
ANTONIO FLORES
Doña Ruperta dio por visto cuanto le quedaba por ver en el manico
mio, incluso el celebre patio cuadrado, donde están las jaulas de los infi
nitos locos que se empeñan en haber descubierto la cuadratura del círcu
lo, el movimiento continuo y la piedra filosofal, y se volvió con su hijo al
Hotel Transatlántico.
—
—
CUADRO XXXV
MADRID SUBTERRÁNEO
Los cortos de vista y los tuertos, que no ven la mitad de lo que pasa
á su alrededor, ven más que nadie cuando se hallan entre ciegos; por eso
en la tierra de éstos, según dice el refrán, el tuerto es el rey.
Así Venancio, que cuando estaba al lado de Safo y de Nicodemus no
daba pie con bola, daba quince y falta á su madre y á los criados de ésta.
Siendo muy corto de vista con aquéllos, veía de sobra con éstos, y después
de haber pasado á los ojos de la literata y del fabricante de agua de Co
lonia por un lugareño ignorante, era tenido por su madre en concepto de
cortesano sapientísimo. Ocurríale lo que ordinariamente ocurre á los ci
cerones de los museos, que siendo unos bárbaros á los ojos de las perso
nas entendidas, pasan por unos Salomones á los de las pobres gentes que
visitan aquellos establecimientos. Y para que la comparación que hace
mos sea de todo punto exacta, también sentía el hidalgo extremeño cierto
orgullo y no poca vanidad al enseñar á sus forasteros las maravillas de
la corte. Las mismas cosas que le habían parecido detestables cuando las
vio por primera vez en calidad de forastero, le merecían grandes elogios
al volverlas á ver para enseñárselas á su madre. Había dejado el escalpelo
de la crítica para empuñar la trompa épica del entusiasmo. Pocos días
antes se avergonzaba de ser discípulo de la que creía falsa y funesta ci
vilización, y al verse de repente convertido en maestro y predicador de
ella, siente un gozo extraordinario y se le antoja una obra perfecta.
X
294
ANTONIO FLORES
He aquí, lector, lo que ha pasado siempre y lo que amenaza seguir
pasando, mientras el hombre tenga la virtud ó la flaqueza, que no seré
yo quien califique esta cualidad, de erigirse en superior de sus semejan
tes, dándose aires de autoridad con ellos, aunque para obrar así le sea
preciso invocar títulos ajenos, coger autoridad prestada y pavonearse con
glorias de otros.
No hay nada que enorgullezca tanto al hombre como saber lo que
otros ignoran, ser el primero en adivinar una cosa por insignificante que
ella sea, y en suma, sentirse con alguna superioridad sobre los demás
hombres. El que sabiendo el nombre del autor de la comedia, está en el
teatro al lado de otro que lo ignora; el que enseña el camino recto al via
jero extraviado; el que conoce la manera de usar un instrumento mecáni
co, y el que por casualidad posee un reloj exacto que le permite decir con
seguridad la hora á los que carecen de esa máquina, son cuatro sabios más
orgullosos y más satisfechos de sí mismos que el poeta y el ingeniero y
el mecánico y el fabricante del reloj. Hacen suyas con admirable frescura
las glorias de aquellos hombres, sin más razón que la de haber sido los
primeros en conocer sus obras, y se envidian á sí mismos, á medida que
creen causar la envidia de los demás.
Gran partido se ha sacado en tus tiempos, lector, de esta (ya me atre
vo á llamarla por su nombre) miseria humana. En política, en literatura,
en industria y sobre todo en negocios mercantiles se ha hecho de ella
muchas aplicaciones. El ministro que sabe dónde le aprieta el zapato á
la humanidad, antes de presentar á las Cortes un proyecto de ley, se le
enseña reservadamente y en son de consulta al jefe de la oposición para
que ésta sea más templada; el autor dramático lee su obra al crítico más
empedernido antes de ponerla en escena, suplicándole que le diga con
franqueza su opinión, y no se inaugura una obra pública sin que el con
tratista cuide de convidar á los periodistas para que, después de estrechar
con él la amistad en los postres, le digan al público imparcialmente su
opinión.
Á Venancio no le habían adulado ni el contratista del hospital ni el
del manicomio, sino que le había costado su dinero el entrar en ambos
establecimientos; pero sólo por la superioridad que le daba sobre su ma
dre el haberlos visto antes que ella, hizo elogios del uno y del otro, como
si hubiera sido un cicerone pagado al efecto.
Y otro tanto le pasaba con cuantas cosas veían. Doña Euperta censu
raba la mayor parte de ellas, ó por no comprenderlas ó por considerarlas
exageradas y hasta perjudiciales, y Venancio, á quien le habían parecido
lo mismo cuando las vió como forastero, las defendía y encomiaba sus
ventajas, con verdadero amor de padre, al hacer los honores de la casa.
AYER, HOY Y MAÑANA
2 93
Así, para que su madre viera todos los rincones de ella, le propuso
volver al hotel por otro camino y en otro carruaje diferente; y como la
pobre señora no tenía más voluntad que la de su hijo, le contestó que
haría lo que él quisiera, rogándole únicamente que no la llevara por
los aires en globo ni de ninguna otra manera; porque Dios, que había dis
puesto que las aves volaran, los peces nadasen y el hombre anduviera,
supo muy bien lo que se hizo, y ella quería morir como había vivido.
Respondió Venancio que no pensaba hacerla volar, a pesar de que ya
el aire era un elemento que estaba tan á merced del hombre como la tierra
y el agua, y que únicamente la proponía volver al hotel por debajo de
tierra, para enseñarla el Madrid subterráneo, del cual hizo el joven extre
meño los mayores elogios.
Calló la madre, y callados la siguieron sus criados, marchando todos
detrás de Venancio, que los condujo áuno de los cuarenta torreones que,
equidistantes los unos de los otros, se elevan en la ronda de la población;
y previo el pago de entrada y los billetes de circulación indefinida, pene
traron en el edificio y descendieron al subterráneo por medio de la mecá
nica. Si otra persona más conocedora del terreno que el hidalgo extremeño,
un práctico, por ejemplo, los hubiese guiado allí, antes de hacerlos bajar
al fondo les habría hecho subir á lo más alto de la torre para que desde
allí contemplasen un rato el movimiento de la población, examinándola
á vista de pájaro antes de hacerlo á vista de conejo. De ese modo habrían
podido comparar ambas perspectivas, fijando su imaginación en el movi
miento de los trapecios, de las maromas, de los globos y de otros mil
cuerpos que cruzan la atmósfera con pasmosa rapidez sobre el perímetro
de la corte entre las densas bocanadas de humo que arrojan las chime
neas de los edificios.
Pero no lo hicieron así, y sin recordar los dos mundos que tenían
sobre su cabeza, el terrestre y el aéreo, se metieron en el subterráneo.
La grandeza de la bóveda, que brillantemente iluminada por la luz
eléctrica so ofreció á los ojos de los forasteros, les dejó con razón mara
villados. Doña Ruperta había oído hablar del antiguo alcantarillado de
Madrid, y había leído en los periódicos que los ladrones se paseaban pol
las alcantarillas como Pedro por su casa, hasta hacer necesario el estable
cimiento de unas rondas de policía, do las cuales, por más señas, se bur
laban muy á menudo, y cuando oyó la proposición de su hijo, pensó que
tendría que marchar á pie, con la cabeza baja, medio á obscuras, entre
humedades, á riesgo de un hundimiento y á caza de más de un susto.
Dijo que sí, porque para lo que le proponía sií- Venancio no hallaba nun
ca el no; pero no las tenía todas consigo, y hasta tomó la precaución de
alzarse el vestido para no ensuciarle con el lodo de las alcantarillas.
296
ANTONIO FLORES
Figúrate, lector, cuán grande no sería el asombro de la pobre señora
al abrir los ojos en una bóveda altísima, toda empapelada y cubierta con
anuncios y carteles de gran tamaño y de mucho lujo, con tiendas á iz
quierda y derecha, en las que había, para comodidad délos compradores,
muebles confortables, espejos magníficos y alfombras que hacían innece
saria la recogida de los vestidos. Imagínate cómo se quedaría al observar
que lejos de verse obligada á marchar á pie, entre charcos y suciedades,
bajando la cabeza para no tropezar con ella en el techo, subía en un tren
de gran velocidad, con coches de gran lujo, viendo á cada paso cruzar
otros trenes por ambos lados de la vía y gentes á pie por las aceras ó
pretil del túnel; siendo éste más ancho y espacioso que las antiguas ca
rreteras de Castilla. Ponte, lector, por un momento en su lugar, y dime
si no tuvo razón para estregarse los ojos, y mirando á su hijo con verda
dero asombro decirle:
— ¿Pero qué es esto, hijo mío, qué es esto? ¿Dónde estamos?
— Cruzando el último arrabal de la corte. Ya vamos á entrar en el
centro de la población, y allí nos apearemos para que vea usted despacio
lo que es esta población que está debajo de la que ve usted todos los días.
— Estoy aturdida; me dan miedo estas cosas.
— No tenga usted cuidado. Lo admirable de esto es que apenas ocurre
un hundimiento ni un choque de trenes.
— Mi miedo no es sólo por eso— dijo doña Ruperta,— sino porque me
asusta que el hombre sepa tanto. Esto no puede parar en bien. Desde que
estoy en Madrid no ceso de pensar en la torre de Babel. Así debieron de
empezar aquellos hombres á irritar la cólera divina.
Á Venancio le pareció que su madre no iba muy fuera de razón en lo
que decía, y guardó silencio hasta que, después de atravesar varias esta
ciones en las que entraban y salían viajeros de todas clases y condiciones,
llegaron á la central, que cae debajo de la antigua Puerta del Sol y tiene
casi las mismas dimensiones, aunque no la forma irregular de esa plaza.
Es perfectamente circular, y así el local de la estación que ocupa el cen
tro como el pretil que corre alrededor, y las tiendas, almacenes y otros
grandes locales que forman el circuito, están marcados por columnas de
hierro, gruesas, pero elegantes, que á la vez que sirven de estribos de en
tibación en el túnel, le embellecen extraordinariamente, formando un
grandioso laberinto.
Alzó doña Ruperta los ojos al cielo en busca de la luz del día que en
traba por la gran claraboya del centro, y no pudo articular una sola pa
labra. Sus criados hacían bastante con tenerse de pie, temblándoles como
les temblaba todo el cuerpo, y únicamente Venancio, que sabía darse ra
zón de lo que veía, cogió del brazo á su madre y le dijo:
A YE R , HOY Y M AÑ AN A
297
— ¿Quiere usted que entremos en el café á tomar alguna cosa? Aquí
nos servirán más pronto, mejor y más barato que en las salas de arriba.
— Pues qué, ¿estas tiendas tienen más de un piso?— preguntó doña
Ruperta.
— ¡Ya lo creo—repuso Venancio— que tienen más de un piso!, y tres y
cuatro y cinco. ¡Pues si estas tiendas son los sótanos de las que ve usted
en la calle! Por eso nos servirán más pronto, porque en este piso está la
repostería; mejor, porque estará más fresco, y más barato, porque esta
parte del edificio, como es subterránea, paga menos contribución.
— ¿Y estos pobres hombres— dijo doña Ruperta, entrando en el café y
aludiendo á los mozos—suben y bajan sin cesar á servir á las gentes de
arriba?
— No, señora; lo que piden las gentes de arriba se sube por la mecáni
ca. Estos mozos no sólo no suben y bajan, sino que algunos de ellos pa
san meses enteros aquí dentro. Y no sólo estos mozos, sino que hay mu
chos habitantes de este Madrid subterráneo que apenas conocen el ver
dadero Madrid.
— ¿Y cómo no se mueren de tristeza?
— Porque ya se han acostumbrado, y la costumbre es una segunda
naturaleza. Además de que aquí abajo no crea usted que lo pasan mal
algunas gentes, porque tienen sus teatros, sus circos y otras muchas di
versiones.
— ¡Anda, anda—replicó doña Ruperta sonriendo,— que si te dejan ha
blar, aún nos vas á hacer creer que el mundo está patas arriba!
— No, señora; pero lo que digo es verdad; y admitiendo la indicación
de usted, añado que sí, que es cierto que el mundo está patas arriba. El
Madrid que acabamos de dejar es el Madrid por fuera y éste es el Madrid
por dentro; lo que tenemos sobre nuestras cabezas es la mentira y loque
estamos viendo es la verdad. Este es, en suma, el mundo que piensa y
aquél el que ejecuta. Conque si aquí está la cabeza y arriba los pies, el
mundo está patas arriba.
— Pero hijo mío, mira que estás diciendo una sarta de tonterías; harta
maravilla es la que estamos viendo para que quieras inventar otras nue
vas, suponiendo que las pobres gentes que tienen la desgracia de estar
debajo de tierra se divierten y gozan como los demás que andan por el
mundo.
— Pues sí, señora, que se divierten y están en el secreto de todo lo que
pasa allá arriba, porque ellos viven en el mundo de la verdad, mientras
que los demás andamos por el mundo de la mentira. Ha de saber usted
que aquí, además de los millares de personas que á todas horas del día y
de la noche cruzan en los trenes de un lado á otro de la población como
•29Í5
ANTONIO FLORES
verdaderas aves de paso, y así las llaman en esta subtierra, hay otros ve
cinos subterráneos, empadronados como tales en la estadística general,
que eligen sus autoridades de entre ellos, que envían á las Cortes dos
representantes, uno por el distrito subterráneo del Norte y otro por el del
Sur, y que tienen sus ordenanzas de policía, sus leyes protectoras, su so
ciedad de seguros contra hundimientos y filtraciones y su código penal,
muy severo por cierto, para conservar incólume el secreto intervecinal en
materia de industria, comercio y artes. Sin esto último—añadió Venan
cio—sería imposible la existencia de la sociedad. Si unos á otros se dela
taran y llegara á los oídos de la población de arriba lo que para engañarla
se hace aquí abajo, todos se quedarían horrorizados. Algo se presume
y muchas cosas se sospechan con cierto fundamento, pero la verdad no
la sabe nadie. El Madrid subterráneo nadie lo conoce á fondo.
—¿Pues qué más ha de haber que lo que está á la vista? - preguntó
doña Kuperta asustada.
—¿Y qué es lo que está á la vista?—preguntó á su vez el hijo.
—¡Te parece poca cosa—replicó la madre—el que podamos tener esta
conversación debajo de tierra, en una sala tan espaciosa, sin ahogarnos,
y después de haber corrido con toda comodidad y toda holgura por ca
lles tan anchas como las que hay sobre tierra!
—No, señora, eso me parece mucho; pero aún me parece mucho más
lo que no vemos y lo que, á decir verdad, no ha visto nadie.
—¿Pues cómo se sabe que lo hay si nadie lo ha visto?
—Por conjeturas, como se saben en el mundo la mayor parte de las
cosas. ¿Quién ha visto lo que pasa en el alma de un avaro, ni en el cora
zón de una coqueta, ni en las entretelas de un caballero de industria? Y
sin embargo, los novelistas y los autores dramáticos no se contentan con
pintarlos por de fuera, que es lo que buenamente podrían hacer, sino que
se empeñan en decirnos lo que piensan, lo que sienten y lo que hacen, como
si estuvieran dentro de la conciencia y del pensamiento de cada uno de
esos tipos. Pues otro tanto sucede con este Madrid subterráneo, del cual,
con ese título, con el de Misterios hondos, Las suelas de mis zapatos, El
fondo del cofre, Los secretos de una alcantarilla y otros análogos, se han
escrito multitud de cuentos y dramas, ingeniosos muchos de ellos, pero
todos de pura invención, basados en lo que cada cual se figura que pasa
por estos lugares. ¡Buenos son estos industriales para poner los secretos
de su industria al alcance de las gentes de las letras, que viven de contar
la mitad y otro tanto de lo que saben y todo lo que sospechan! Enfrente
de este café en que estamos hay un establecimiento que ha dado margen
á muchas piezas cómicas y á varias novelas, y sin embargo, todo lo que
en esas obras se dice no es otra cosa sino conjeturas más ó menos funda-
AYER, HOY Y MAÑANA
299
das de lo que realmente pasa. Horno de fenómenos vivientes á gusto del
consumidor le han llamado los unos, Fábrica de monstruos le apellidan
otros, La hum anidad pintada por sí misma se titula la última comedia
que se ha estrenado á propósito de esa casa, y todo lo que se sabe de ella
es lo que ella quiere que se sepa- lo que se lee á la puerta del estableci
miento:
Exposición permanente de toda clase de fenómenos nacionales y ex
tranjeros. Se envían á provincias los originales durante la estación de
verano, y en todos tiempos se expiden, á precios reducidos, modelos en
cera de la más perfecta semejanza.
—¿Y qué fenómenos son esos?—preguntó doña Ruperta.
—Varios—contestó Venancio.—Niños con tres cabezas, mujeres con
barbas como un granadero, otras que pesan 180 á 200 kilogramos, hom
bres descoyuntados que se encogen como un ovillo hasta meterse en una
redoma de cristal, y tantas otras criaturas deformes que horroriza entrar
en los salones de la exposición.
—¿Y de dónde salen todos esos infelices?—preguntó la madre del hi
dalgo extremeño.
—Pues ese es el caso, que nadie sabe cómo se las componen los socios
de esa gran compañía para tener una colección tan vasta de fenómenos.
Y de ahí viene el suponer que la mayor parte de las deformidades son
artificiales. Y como usted conoce, se comprende que puedan cebar con
substancias á propósito á las mujeres y descoyuntar en cierta clase de
máquinas á los niños; pero hacer que tenga cuatro brazos el que nació
con dos y otros injertos por el estilo, es un disparate, á pesar de que mu
chas gentes lo afirman como si lo hubieran visto.
—¡Y cómo se permiten semejantes barbaridades! - exclamó angustiada
doña Ruperta.
—Eso no es nada—le contestó su hijo—para lo que se hace en los só
tanos de los circos gimnásticos y en los fosos de los teatros.
—¿Pues qué más se puede hacer?—preguntó toda fuera de sí la pobre
señora.
Venancio iba á dar algunas explicaciones de lo que él mismo había
visto en los laboratorios de esos grandes espectáculos; pero observó la
agitación que sus palabras habían causado en su madre, la vió palidecer
demasiado, y se apresuró á sacarla de allí, llevándola al hotel por el ca
mino más corto. Comprendió, aunque tarde, que había hecho un dispara
te con querer enseñar á su madre el Madrid por dentro antes de dejársele
gozar por fuera. Había sido tan torpe como lo sería, y no haya miedo que
300
ANTONIO FLORES
ninguna lo sea, la coqueta que recibiese á su amante en el tocador mien
tras ella está falsificando su propio semblante.
Y si al menos ya que la llevó al Madrid subterráneo la hubiera ense
ñado los grandes almacenes en que se bautizan los géneros que salen á
la venta con el nombre, la patria y la edad que más convenga al comer
ciante, ó á las grandes lagunas piscicultoras, donde nacen y crecen todos
los pescados que van á la plaza como recién llegados del mar, ó las ollas
de substancias alimenticias, que ora en forma líquida ó gaseosa reparten
su amor nutritivo á tanto por decímetro cúbico y por medio de tubos y
cañerías á propósito en todas las casas de la población, ya sería otra cosa.
Ya se le podía perdonar que al enseñarle estas grandes cocinas, la hubiese
iniciado en algunos de los secretos de esos caldos y esos vapores grasicn
tos, á cuya composición concurren carnes de todas clases y substancias
de todo género. Y tampoco hubiera sido un gran disparate que, dirigiendo
el rumbo hacia otra parte de Madrid, la hubiese enseñado otras cosas más
propias de las aficiones naturales de una señora; como por ejemplo, el
subterráneo de las modistas, en el que habría visto millones de mantele
tas, vestidos y otras prendas, clasificadas por orden de antigüedad para
ir renaciendo de nuevo á tomar el rango de novedad entre los caprichos
de la moda. Todo eso podría pasar, pero de ningún modo lo que hizo.
El Madrid subterráneo encierra más filosofía de la que parece, y no es
para visitado de prisa y corriendo, ni como un objeto de diversión, sino
como un arsenal de estudios científicos y de enseñanzas importantísimas.
Harto siento yo, lector, no estar despacio para enseñarte bien á fondo
ese cuarto bajo de la corte; nuevo infierno de Dante, á cuya entrada no
hay una percha en que dejar colgada la esperanza, pero donde no estaría
de más un rótulo que dijera:
El que quiera seguir creyendo, ya se puede ir marchando.
CUADRO XXXVI
de cómo
sa fo v isita á d o n a r u p e r t a , sin q u e
PUEDA AGRADECER S EM E JA NT E VISITA
ésta
Como apenas hay una plaza en la corte que no tenga comunicación
directa con el túnel subterráneo que en varias y encontradas direcciones
corre por debajo de la capital, pronto halló Venancio una salida por don
de llevar á su madre al Hotel Transatlántico; en el cual, y mientras saca
ban los muebles que estaban depositados en el ferrocarril para colocarlos
en la casa particular que tenía pensado alquilar, la había dispuesto un
gran alojamiento inmediato al suyo.
Entróse en el doña Ruperta un tanto cansada y otro tanto más cabiz
baja y aturdida con el movimiento de la población, y el hidalgo extreme
ño se dirigió á su aposento, donde lo primero que vió fue un billete de
Safo, que decía lo siguiente de esta manera telegráfica:
Si no venís á las dos, esperadme en el hotel á las tres. La adjunta v i
sita de etiqueta es para vuestra madre. —S afo .
Venancio miró el reloj con espanto. Diez minutos no más faltaban
para las tres. Safo debía llegar de un momento á otro y su madre no tenía
ni siquiera noticia de la existencia de aquella mujer. No había tiempo
para decirle nada y era menester contárselo todo.
302
ANTONIO FLORES
El hidalgo extremeño se paró á pensar, y como el reloj no se paraba,
cuando le volvió á mirar vió que le había robado dos minutos. El tercero
le empleó en dar veinticinco besos á la visita adjunta á la carta; la cual
ya habrás comprendido, lector, que era la imagen de Safo vestida de ri
gurosa etiqueta; porque la última moda en el trato social no es hacer las
visitas resquebrajando una tarjeta en la portería, sino enviando un retra
to con traje de luto si se trata de dar un pésame; de medio cuerpo, pero
desnudo, si la visita es de confianza, y sobre fondo rosa si se felicita por
un suceso próspero, ó verde si se manifiestan deseos de que un negocio
vaya viento en popa.
También el cuarto minuto le gastó Venancio inútilmente, sudando y
trasudando sin saber qué hacer, y ya iba de anda el quinto cuando se
volvió á entrar en el cuarto de su madre, y entregándole el retrato le dijo:
—Tome usted, madre, este retrato es para usted.
— ¿Para mí?— preguntó doña Ruperta cogiendo la tarjeta.
Y colocándola á gran distancia de los ojos por tener la vista cansada,
añadió:
— ¿Quién es esta mujer tan hermosa? ;Pero qué traje tan raro tiene! ¿Es
alguna cómica?
— No, señora; es una poetisa.
— ¡Otra que tal! ¡Buena facha está! ¿Qué quiere decir este vestido tan
escurrido y con tanta cola, y luego esta melena rizada....? ¿Y qué es lo que
lleva al cuerpo? ¡Parece un frac! Bonito adefesio.
— Es la última moda— respondió Venancio, temblando de pies á cabeza;— ¿pero no es verdad que es muy hermosa? ¡Es muy hermosa ¡— añadió
con entusiasmo.
— Sí. no es fea—replicó doña Ruperta, mirando á su hijo á la cara con
esa mirada escudriñadora de las madres, que si se pudiera aplicar á las
ciencias físicas no habría un solo secreto en la naturaleza.—¿A ti te gusta?
— añadió buscando la respuesta en los ojos y no en los labios de su hijo.
— Y á usted también—respondió Venancio apartando su vista de la de
su madre;—usted ha dicho que era muy hermosa.
— Sí que lo he dicho, y no es fea; pero ¿para qué me la enseñas?
— Porque es para usted.
—¡Para mí! ¿Y á qué santo me das á mí esta estampa?
— Si es ella, la misma interesada, la que se le envía á usted. Ha sabido
que está usted en Madrid, y como es uno de mis conocimientos, y la
moda ha introducido la costumbre de hacer las visitas de cumplido por
medio de retratos....
— ¡Conque ya se han suprimido las visitas en persona! Pues mira, será
animada una reunión de retratos.
AYER,
HOY Y MAÑANA
303
— Siempre es esto mejor que lo que antes se hacía de visitarse por
medio de un trozo de cartulina con el nombre y apellido de cada persona.
Ahora al menos....
— ¡Calla!—interrumpió doña Ruperta mirando el reverso del retrato,
con el que estaba jugando maquinalmente.— Aquí hay algo escrito;
veamos.
Venancio palideció, y quiso arrancar el retrato de manos de su madre;
pero esta le rechazó suavemente sin dejar de mirarle á la cara, y le dijo
con cierto retintín sarcástico:
— Dejame que lo lea, puesto que es para mí el retrato de tu conocida.
Y leyó en voz alta lo siguiente:
Señor ó señora: Os saludo respetuosa, cordial y sinceramente, y no
olvidaré nunca esta primera entrevista que me proporciona elq)lucer de
conoceros y ofreceros mis servicios. Contad siempre con m i inutilidad,
como yo me lisonjeo de contar desde hoy con la vuestra.
— Esta última galantería vale cualquier dinero—dijo doña Ruperta.—
Si semejante barbaridad se le hubiera escapado á un provinciano habría
habido un escándalo en la corte.
El joven amante respiró con tranquilidad, porque apenas hubo empe
zado á leer su madre, comprendió que aquellas líneas eran una jaculato
ria estampada por el fotógrafo ai respaldo de todas las tarjetas de visita,
como la fórmula gráfica de semejantes ceremonias; pero no le llegaba la
camisa al cuerpo pensando en que de un momento á otro debía de venir
Safo, y todo se perdía si antes no lograba enterar á su madre de lo que
pasaba. Para engañarla le faltaba valor.
Y en estas y las otras, el tiempo que era corto y la cosa larga de con
tar, sonaron las tres, y en el acto, gracias á la puntualidad característica
de la época, entró un camarero diciendo:
— En vuestro cuarto espera una joven.
— ¡Otra!—exclamó doña Ruperta.
— No, señora— dijo Venancio todo aturdido;— es la misma.
— ¿Y á qué viene aquí esa mujer? Anda, anda, ve á recibirla y vuelve
aquí al momento para que hablemos como corresponde. Nunca hubiera
creído lo que estoy viendo. Yo no puedo continuar más tiempo en este
hotel, y tú, si fueras como debías, no hubieras consentido en tenerme
aquí para presenciar semejantes enredos.
—¡Madre mía!— gritó Venancio, arrojándose á los brazos de doña Ru
perta.—¿Qué está usted diciendo? Yo no tengo trapisondas de ninguna
clase ni he hecho nada de que deba avergonzarme. Toda mi falta consiste
304
ANTONIO PLORES
en no haber tenido franqueza para contar á usted lo que no puedo ocul
tarla por más tiempo. Sepa usted que esa señorita que me anuncian es....
— ¡Calla, calla, no me lo digas! Te prohibo hablarme una sola palabra.
Ya casi eres mayor de edad y sabrás lo que has hecho; pero conmigo no
cuentes para nada.
— Pero madre mía— dijo Venancio, sospechando que su madre iba más
lejos de lo que debía en sus suposiciones,— ¿qué es lo que yo he hecho? Yo
no soy ni seré nunca mayor de edad para tomar ninguna resolución en
nada que no sea del gusto de usted. Yo no tengo más voluntad que la de
mi madre.
Doña Euperta que, como todas las mujeres, se preciaba de tener una
imaginación que siempre estaba de vuelta, comprendió que esta vez ha
bía ido demasiado ligera en su sospecha, y tomando un tono más suave dijo:
— Pues bien: ¿qué cosa es la que no has tenido franqueza para de
cirme?
— ¿Quiere usted saberla?
— Sí.
— Pues... nada, es que.....
- ¿Qué es? ¡Dilo pronto!
— Que quisiera que recibiese usted á esa señorita, que la tratara, y ....
— Pero ¿quién es ella?
— Ella
podrá ser algún día
¡quién sabe!.... si tiene la suerte de
agradar á usted, su segunda hija.
La pobre señora, que se veía con semejante disparo á quemarropa,
aturdida aún como estaba de la jornada que aquel día había hecho, no
supo qué contestar; pero un rayo de alegría brilló en su semblante al
pensar que aún estaba por hacer lo que ella, en un momento de alucina
ción, creyó hecho, y alzándose de su asiento con una rapidez impropia
de sus años, se cogió del brazo de su hijo y le dijo:
— Vamos á tu cuarto, que mujer que tanta estima te merece, lo me
nos que puedo yo hacer es ir á buscarla.
— ¡Madre mía!— exclamó Venancio besándole la mano.
Doña Euperta lloró, no sé si de placer ó de dolor, aunque me parece
que de ambas cosas á la vez; y enjugándose las lágrimas, detuvo el paso
y dijo con un aire de dignidad que habrían envidiado las antiguas ma
tronas romanas:
t
— ¡Supongo que esa señorita puede cruzar su palabra con la mía!
— Sí, señora; es hija de una de las primeras familias de la corte.
— ¿Y viene sola?
— Yo no sé si viene sola ó acompañada, porque, como usted puede
figurarse, aquí no ha venido nunca; pero es probable que venga con una
3 >5
AYER, HOY Y MAÑANA
doncella, porque es costumbre, especialmente entre las gentes de clase
alta, que las solteras salgan y entren con cierta libertad.
—¡Bonita costumbre!
—Es moda inglesa—repuso Venancio.
Y temblando como un azogado entró en su cuarto, sin soltar del brazo
á su madre, que no temblaba menos que él, aunque por bien distinta
causa.
Safo, que iba con efecto acompañada de una doncella honoraria, se
alzó del diván en que estaba sentada apenas vió entrar á la madre y al
hijo, y tendiéndole á éste la mano con la mayor familiaridad le dijo:
—¿Recibisteis mi carta?
—La recibí, y en este momento estaba entregando á mi madre vuestro
retrato.
—¿Esta señora es vuestra madre?—preguntó Safo.
—Servidora de usted—balbuceó doña Ruperta.
—Es muy joven—dijo por decir algo Safo.
Con lo cual no se ganó por completo el afecto de la extremeña, por
que, como dicen en su pueblo, no estaba el horno para bizcochos; pero
preparó el camino, en atención á que si alguna debilidad tenía doña Ru
perta era la general y muy disculpable en todas las mujeres: la de que
rer pasar por ímís joven de lo que era en realidad. Y aun ese capricho
reaccionario no procedía de simple coquetería, como ordinariamente su
cede, sino que consistía en que su célebre rival doña Tomasa, que tenía
más edad que ella, se empeñaba en decir lo contrario; cosa que le irrita
ba tanto, que si Safo hubiera conocido á doña Tomasa y hubiese acertado
á decir que doña Ruperta podía pasar por hija suya, se habría metido
desde luego en el corazón de la madre de Venancio. Por eso éste, que
comprendió el gran paso que por casualidad había dado Safo, se apresuró
á decir:
—¿Verdad que es muy joven? Pues quisiera que conocieseis á una se
ñora de nuestro pueblo que, siendo más vieja que Matusalén, quiere pa
sar por más joven que mi madre.
—Tonterías de algunas gentes—dijo doña Ruperta toda esponjada.—
¡Quién hace caso de esas cosas! Todas saben en el pueblo que cuando yo
empezaba á ir á la maestra ella era una joven tan hecha y derecha, que
ya se la había pedido á su madre el que luego fue su esposo.
En ayunas se quedó Safo de lo de la 'pedidara, porque ya tú sabes,
lector, que en sus tiempos las mujeres no aguardan á ser pedidas á las
madres, sino que ellas mismas se dan á buscar maridos, inscribiéndose
en una agencia de matrimonios; y tampoco entendió lo de ir a la maes
tra, porque esta frase ha venido á ser un arcaísmo desde que las casas de
T omo I I I
i
-
20
306
ANTONIO FLORES
enseñanza se llaman viveros masculinos ó femeninos, y al colegio no se
puede ir, sino volver, en atención á que las personas de ambos sexos abren
los ojos de recien nacidas en uno de esos viveros, y no vuelven á salir de
allí hasta que han cumplido diez años las hembras y doce los varones,
que es cuando se declara que si les falta algo que aprender ya tienen edad
de aprenderlo por sí solos.
Pero sonrió de tal modo que la buena señora creyó, no sólo que la ha
bía comprendido, sino que le daba la razón, y sintió una nueva simpatía
hacia ella; simpatía que advirtió Venancio, y que sumándola con la an
terior y con el buen efecto que la había producido el retrato, se dijo á sí
mismo:
— Esto va viento en popa. Dios tenga de su mano á Safo para que no
suelte alguna de las gordas; y si la suelta, la Virgen de la Zarza haga que
mi madre no la entienda.
Y al pensar así no contaba el hidalgo extremeño con que el amor ha
bía obrado tal cambio en el corazón de la poetisa, que la hacía adivinar
y hasta sentir lo que dos días antes era incapaz de comprender. De otro
modo ni se habría cuidado, como se cuidó, de averiguar si había llegado
á Madrid la madre de Venancio ni de hacerla la visita de etiqueta con tal
premura. Verdad es que ella, gracias á la educación que había recibido,
apenas sabía lo que era el amor de madre, y por esto se hallaba allí sin
la suya; pero el entusiasmo con que oyó hablar á Venancio de la otra y
el afán con que, apenas llegados á Madrid, le vió correr al hotel, la hicie
ron inspirarse en ese mismo sentimiento y amar desde luego lo que tanto
amaba el objeto de su amor. Es posible que más tarde, en el segundo pe
ríodo de ese instinto gemelo, de ese vértigo simpático que la hacía vtr
por los ojos de su amante, se convierta en celos ese amor; pero en este
momento Safo ama á doña Ruperta, porque así cree amar más y mejor á
Venancio.
Dado el amor, que es una pasión que anda cu estos tiempos por las
nubes, á la altura de esta sociedad de los globos y de los trapecios, todo
lo demás pasa y sucede como antiguamente. Safo, á los ojos de una per
sona observadora, de esas á quienes jamás les distraen las formas para
examinar el fondo de una cosa, era una mujer modesta y digna por todos
conceptos del amor de Venancio y del cariño de doña Ruperta. A los de
esta señora, para la cual las formas lo eran todo, puesto que ella creía
que las únicas buenas eran las de su aldea, cuya sociedad está á tres si
glos de distancia de la de la corte, tenía que aparecer todo lo contrario.
Si lo inesperado del suceso no la hubiese impedido hablar consigo
misma, se le habría oído decir lo siguiente:
«Pero señor, ¿qué. escándalo es este? ¡A qué tiempo hemos llegado,
AYER.
HOY Y M AÑANA
307
que una joven soltera se viene sola con una criada al cuarto de un hom
bre soltero! ¡Y esa mujer tiene madre! ¡Tal para cual! ¡Buen par de bribonas serán la una y la otra!»
Esto se hubiera dicho y esto se decía á medida que le iba pasando el
aturdimiento; pero Safo estuvo tan oportuna, tan discreta, tan verdade
ramente inspirada por el amor, que ganaba terreno por momentos en el
corazón de la pobre señora; á la cual tenía como magnetizada la hermo
sura natural y la artificial (que le parecía una misma) de aquella joven,
su fácil palabra, sus delicadas maneras y hasta el rubor con que bajaba
sus ojos cada vez que se encontraban con los de Venancio.
La situación de este era la más violenta y angustiada.
Siempre que abría los labios Safo, abría él maquinalmente los suyos,
como si quisiera recoger cualquier palabra que pudiese causar disgusto á
su madre; ensanchaba la vista como diciendo «Basta,» y hubiese dado lo
que le hubieran pedido por cortar aquella entrevista y tener tiempo de
preparar el terreno en ambos campos antes de una nueva visita. Temía
que Safo hablase de la carta que vendió al Boletín de antigüedades; no
le llegaba la ropa al cuerpo al pensar en que pudiera contar sus ejercicios
gimmísticos, y todo lo veía perdido si se descubría lo del viaje á Laponia.
Afortunadamente, así lo creyó al principio Venancio, vino á interrum
pir la conversación la presencia de un nuevo personaje.
Nicodemus Fernández, el fabricante de agua de Colonia, sin aguardar
á que el criado le anunciase y de sopetón, abrió la puerta, dió un apre
tón de manos á Venancio, una cabezada á Safo, y encarándose con doña
Kuperta le dijo:
— ¿Qué tal, señora, os va gustando la corte?
— Mucho; sí, señor, me gusta mucho— contestó la pobre señora con un
aire de profandis que indicaba que sentía todo lo contrario, y que si lo
que había visto le había gustado poco, lo que estaba viendo le iba gus
tando menos.
— Yo digo la verdad— replicó el fabricante:—á fuerza de oir á los foras
teros decir que esto es bueno, me va pareciendo que no es tan malo como
se cree; pero la verdad es que estamos muy atrasados.
— Muchísimo— replicó Safo;— en algunas cosas, en vez de adelantar,
cada día vamos á menos. En filosofía, por ejemplo, estamos en la infancia.
No parece sino que Aristóteles, Bacón, Descartes y los demás filósofos
antiguos lo dejaron todo hecho de manera que hoy debamos contentar
nos con saber lo que ellos dijeron, que para nada nos sirve.
Doña Kuperta miró con verdadera extrañeza á la joven poetisa, y Ve
nancio oyó con espanto las palabras de la una y vió con miedo la mirada
de la otra. El fabricante de agua de Colonia, por el contrario, se frotó las
308
A N T O N IO F L O R E S
manos, satisfecho de que se le presentara la ocasión de hablar de ciencias
morales, que eran su manía, por lo mismo que no entendía de ellas una
sola palabra, y dijo:
— ¡Bravísimo! Así me gusta á mí que hablen las mujeres. De seguro
que sois espiritista.
— Hago uso del espiritismo especialmente para mis trabajos históricos,
pero nada más— dijo Safo.
— Según eso, sois autora.
— Sí, señor.
— ¿Vuestro nombre, si no tenéis inconveniente en ello?
— Soy la presidenta de la Filosofía Socialista.
— Tenéis razón, y he sido un bestia en no haberos conocido antes. Con
sólo encontraros aquí debí reconoceros. ¡Pues poco efecto le causó la otra
noche á este joven ver vuestro retrato! A poco más se desmaya.
— ¿De veras?— preguntó Safo con acento apasionado y dulce.
— Sí, señora. Salíamos de nuestro club de los espiritistas, siguiendo la
manifestación popular, y al llegar á ver vuestro retrato que.... iba á la
cabeza de la procesión....
El fabricante no pudo seguir hablando, porque Venancio, que había
fatigado inútilmente su vista haciendo señas á uno y otro interlocutor
para que callaran, le dio tan fuerte pisotón, que el pobre industrial lanzó
un ¡ay! penetrante y agudo aunque sin comprender la seña.
Quien la comprendió de sobra fué doña Ruperta, la cual, encendida
como una grana y sin reparar en la inconveniencia de sus palabras, se
dirigió á su hijo diciéndole:
— Si no te gusta que el señor cuente lo que pasó con el retrato, dile
de otro modo más fino que calle.
Al fabricante de agua de Colonia le extrañaron más estas palabras que
el pisotón, y volviéndose á doña Ruperta le dijo:
—No sé por qué no le ha de gustar á mi amigo Venancio que cuente
yo la escena de la otra noche, porque le honra mucho por todos concep
tos. Verdad es que desde que le trato le he visto cada vez más digno del
aprecio de todos. Tiene un corazón excelente, de los que no hay ya por
el mundo. Lo único que le falta, ya sabe él que se lo he dicho, es entrar
un poco más en las ideas modernas y olvidar las rancias doctrinas del
siglo pasado, que ya no son malas ni buenas, sino que nadie las entiende.
— Por desgracia—exclamó Safo.
— ¿Desgracia de qué?— preguntó involuntariamente doña Ruperta, em
pezando á creer ó que aquella gente estaba loca ó que por el contrario
ella era la que estaba inficionada por los aires del manicomio que había
visitado aquella mañana.
A YE R , HOY Y M AÑANA
309
— Desgracia— repuso Safo— de no poder vivir como aquellas gentes
vivían.
— Pues yo vivo como ellas y otras muchas gentes también.
— ¿Dónde?
— En mi pueblo, donde pongo una pobre choza á disposición de uste
des por si de veras están hartos de la corte. Pero cuidado que si aquí les
parece á ustedes que están atrasados, allí no sé lo que les parecerá. En
mi aldea no hay fondas ni cafés ni globos, ni andan las gentes dando
volteretas por los tejados, ni hay ninguna de esas cosas que he visto des
de que estoy aquí y que son en verdad dignas de la corte y de los corte
sanos.
— Pues yo quisiera vivir así—dijo Safo;— la tranquilidad de esa vida
patriarcal me enamora.
— Amor pasajero— repuso con doble intención doña Ruperta;— antes
de los ocho días estaría usted deseando volverse á Madrid. Como me pasa
á mí, que ahora daría cualquier cosa por no haber dejado mi casa y mi
lugar.
— ¿Qué dice usted, madre mía?— gritó Venancio cogiendo la mano á
su madre, por cuyas mejillas rodaban algunas lágrimas.
— Nada; s.on bromas— se apresuró á decir la buena señora.— A tu lado
y ahora que he tenido el gusto de conocer á estos buenos amigos tuyos
lo pasaré muy bien.
— Esta tarde iréis á los toros— dijo el fabricante sin comprender la tor
menta que habían desencadenado sus palabras.
— Estoy muy cansada— repuso doña Ruperta.
_yio importa, es la última corrida de la temporada y no debéis faltar
— dijo Safo con acento cariñosísimo.— Yo tengo un palco, y si queréis ve
nir á él....
_Mil gracias— contestó la extremeña creyendo rehusar el convite.
Pero Safo lo entendió al contrario, porque no comprendía que se die
sen o-racias por lo que no se aceptaba, y alzándose de su asiento, sin des
pedirse de nadie, se salió de allí precipitadamente diciendo:
— Hasta luego.
— ¿Qué le ha dado á esta señorita? ¡Se habrá puesto mala!— dijo doña
Ruperta con aire de ir á su alcance.
_]^0j señora; se irá á vestir para ir á los toros—repuso el fabricante.
_Ya, pero se ha ido así.... tan de repente, sin despedirse de nadie.....
— Como ha de volver dentro de poco para llevaros á los toros....
— ¿A mí? ¡Pues si le hado las gracias!
— Por eso mismo. Si hubierais dicho secamente que no, ya era otra
cosa.
310
ANTONIO FLORES
—Bueno es vivir para ver; iremos aprendiendo. Lo único por que me
alegro ir á los toros es por ver alguna cosa tal cual la conocí en mis mo
cedades.
Venancio, que estaba cabizbajo y pensativo, deseando verse á solas
con su madre para revelárselo todo, tuvo una idea doblemente feliz para
lograr cuanto antes su objeto. Pensando en la manera de echar de allí
al fabricante, le ocurrió también pensar en que Safo podría tener la ex
travagancia de vestirse de hombre para ir á los toros, y atropellando por
todo se acercó al oído de Nicodemus y le dijo:
—Dadme una prueba de amistad. Id corriendo á casa de Safo y de
cidla que le suplico, como una galantería hacia mi madre, que se vista de
mantilla como en la última corrida.
—Seréis servido al momento—contestó el fabricante.
Y salió de allí despidiéndose cortésmente de doña Ruperta, la cual,
viéndose sola con su hijo y al caer éste de rodillas á sus pies, le recibió
en sus brazos, diciéndole con lágrimas de ternura:
—¡Hijo mío!
Lo que pasó entre ambos fué tan secreto que aunque yo, por mi cua
lidad de espíritu, pude verlo, no quise hacerlo así y los dejé solos.
Se entendieron al momento.
C U A D R O X XX VI I
UNA
CORRIDA
DE T O R O S
Cuando la revolución hace el amor á un pueblo y le ronda la casa con
la guitarra debajo del brazo, echándole coplas patrióticas delante de las
ventanas, las diversiones se hacen progresistas y el trabajo reaccionario.
Éste se acobarda y mengua y hasta huye despavorido, y aquellas se en
valentonan y crecen y amenazan invadirlo todo.
Los pueblos del Mediodía, porque yo los del Norte los conozco poco y
los entiendo menos, se dejan fácilmente quitar la camisa, pero no sufren
que les roben las castañuelas. Una diversión nueva, venga de donde ven
ga, es bien venida; una diversión añeja, que quiere retirarse avergonzada,
halla cerrados todos los caminos. Por eso en materia de diversiones ofrece
la civilización tantos anacronismos.
Hoy más divertidos que ayer , mañana más divertidos que hoy.
He aquí la fórmula que la humanidad de estos tiempos le ha robado
á un periodista de los pasados, el cual decía que era hoy más liberal que
ayer y mañana más liberal que hoy.
Apliquemos esta fórmula progresiva á las corridas de toros, y se verá
que es lógico en los hombres de mañana ser más aficionados que los de
hoy , puesto que los de hoy lo están siendo más que los de a y e r .
Y he ahí por qué en vez de derribar la antigua plaza de toros que ha-
312
A N T O N IO
FLO RES
bía en La puerta de Alcalá, y que conservada por una compañía arqueoló
gica se enseña con orgullo y por el dinero á los aficionados, se han cons
truido dos nuevas: una á la parte del Mediodía, para las temporadas de
otoño é invierno, y otra á la del Norte, para las corridas de primavera y
verano.
En ambas ondea la bandera nacional antes y después de la corrida;
diferenciándose en eso estos edificios de otros en que el trapo nacional
no está á la intemperie y á las injurias del tiempo sino en tanto que du
ran las sesiones; esto es, cuando la procesión anda por dentro.
Antiguamente, como que todo eran trabas y obstáculos para las cosas
más pequeñas, no se podía anunciar una corrida de toros sin la consabida
salvedad de (si el tiempo no lo impide), y el tiempo lo impedía cuando
le daba la gana. Pero como ahora el tiempo se mete cuando mucho en los
barómetros, no se cuenta con él para nada, y lo mismo si lo permite que
si no lo permite, la corrida de toros anunciada se lleva á cabo. Todo
está reducido á que si la atmósfera es prudente y se mantiene despejada
y serena se hace la lidia al aire libre, y si llueve se cierra el redondel
con cristales. Otro tanto se hacía antiguamente en los circos ecuestres;
conque no sé por qué aquellas gentes, que eran libres para poner cris
tales en la plaza de toros, consintieron en ser esclavas del tiempo.
Verdad es que la afición á los toros no estaba entonces tan desarrolla
da como ahora, porque la civilización, ocupada en cosas de más impor
tancia, no había tenido tiempo de dar una mano á ese divertimiento na
cional.
En primer lugar las plazas, que antes eran unos corralones de piedra
ó de madera, con asientos incómodos y desprovistos de todo adorno, son
hoy verdaderas obras de arte, edificios grandiosos, monumentos dignos
de ser visitados aun fuera de las horas del espectáculo.
La estatua ecuestre de Alfonso VI, de cuyo reinado pretenden los afi
cionados que arrancan los timbres taurómacos de la nobleza española, la
de Rodrigo de Vivar, la de don Juan II, la de Fernando VII y las de otros
muchos monarcas y caballeros, considerados como protectores y propaga
dores de la lucha del hombre con el toro, se ven al exterior del edificio
mezcladas con las de Francisco Romero, Pepe Hillo, Luis Corchado, Pa
blo de la Cruz, Paco Montes y otra porción de toreros de á pie y de á
caballo.
En una galería de cristales que se extiende alrededor de la plaza en
los tres pisos de la misma, se guardan y enseñan diariamente al público
una porción de objetos curiosos, que los verdaderos aficionados visitan
con entusiasmo y casi con veneración. Las cabezas de los toros de punta,
hábilmente disecadas; el último estoque que usó tal ó cual diestro; el par
i
A YE R , HOY Y M AÑANA
313
de banderillas que ocasionó la muerte á un banderillero; la vara que se le
quebró al picador cuando el toro le ahorró de quebrar otra; la cáscara de
naranja en que se resbaló el espada, por lo cual le cogió la fiera; el traje
que llevaba el diestro el día que murió, y capas, muletas y otras mil cosas
se ven allí graciosamente colocadas, con un número correspondiente al
del catálogo, en que está impresa la monografía de las sillas ó de las mo
nas del picador, la biografía de éste y la historia en suma de cada objeto.
Pero no vengo, lector, á enseñarte el exterior de la plaza del Medio
día, que es la que funciona en estos momentos, ni ninguna de sus depen
dencias, sino que me voy derecho al redondel con doña Rupertay su hijo,
Safo y el fabricante de agua de Colonia.
La Puerta del Sol sigue siendo el punto de partida para ir á la plaza
de toros, porque en las diversiones es en lo que mejor y más pura se con
serva la tradición, y aunque nadie va á pie ni en carruajes tirados por
caballerías, porque la distancia no es de un kilómetro ni de kilómetro y
medio, sino de cuatro y pico, hay un ferrocarril de ida y vuelta en trac
ción continua, cuyos trenes no se componen de vagones ordinarios, sino
de coches de distintas formas, como las antiguas carretelas, faetones y
calesines, en los cuales, para que la ilusión sea completa, hay multitud
de campanillas y cascabeles que alegran al marchante. Viéndose por igual
razón óptica agentes de la autoridad á caballo entre las dos vías, como si
estuvieran allí para ordenar los coches; que á menos de descarrilar, orde
nados han de ir.
Así, aunque la industria ha exigido ese adelanto en la locomoción, lo
ha hecho sin defraudar al público del placer que le producía la anima
ción de las tartanas y los calesines, que eran una parte esencial de la di
versión. Por eso el traje que se puso la poetisa por dar gusto á Venancio,
y que hubiera sido un anacronismo ridículo dentro de un coche de pri
mera ó de segunda, sentaba como pedrada en ojo de boticario en una
calesa. La saya, corta y estrecha, de raso azul con azabaches y adornos de
seda negra; el corpiño calesero, también azul con golpes negros; la faja de
crespón; la mantilla de casco, con la rosa sobre la oreja, y el zapato de
seda, con la media de lo mismo, todo estaba muy en su lugar en aquel
vehículo del siglo xvm , y no le pareció mal á doña Ruperta que la que
aspiraba á ser su nuera vistiese, no sólo á la española, sino á la española
antigua. En su casa tenía un retrato de su abuela vestida ni más ni me
nos que Safo, y así se lo recordó á Venancio, el cual dijo que era verdad,
no sin añadir para sus adentros:
«El traje podrá ser igual; pero en cuanto á la manera de llevarlo y á
la hermosura de la que lo lleva, ni mi bisabuela ni toda su casta sirven
para descalzarla »
314
ANTONIO FLORES
Así pensaba el hidalgo extremeño mientras el ferrocarril le acercaba
á la plaza de los toros, que veía por primera vez; y aunque de buena
gana hubiese doblado la pierna á lo calesero para que sobre su rodilla
saltara el ídolo de su amor al apearse del calesín, no consentía tanta se
mejanza con lo antiguo la locomoción moderna, y hubo de contentarse
con darle el brazo, por haberse anticipado á hacer otro tanto con doña
Ruperta el fabricante de agua de Colonia. Y acosados por una porción de
gentes que les ofrecían billetes ó les proponían la reventa del que lleva
ban para su uso, preguntándoles si querían vender media corrida ó dos
toros ó el primero ó el último, llegaron al palco, donde el acomodador
les preguntó que clase de asientos querían, y les trajo al punto los que le
pidieron. Ofrecióles en seguida el programa de la función, los retratos de
los lidiadores, cinta igual á la de las divisas, estados en blanco para apun
tar las suertes, cigarros de la misma fábrica que los que el duque Tal...., y
le nombró, había echado en la anterior corrida al primer espada, y tantas
otras cosas que les dejó aturdidos. Y como el fabricante de agua de Colo
nia, deseando echarle de allí, le dijese que tenían de sobra de todo lo que
les ofrecía, el acomodador le replicó que si quería venderle lo que le so
brase también se lo compraba, porque era hombre que hacía á pluma y á
pelo en negocios mercantiles. Contestáronle que ni vendían ni compraban
y que les dejase en paz, á tiempo que una mitad de caballería andaba en
guerra con las gentes para despejar la plaza.
Pero no eran soldados del ejército aquellos jinetes, sino comparsas de
la compañía vestidos á la usanza militar del siglo xvn, ni más ni menos
que los alguaciles, que tampoco tenían oficio, sino simplemente el traje
de tales. Porque aunque este detalle del despejo, como todos los demás
accesorios que formaban parte del espectáculo, se han conservado para
no defraudar el divertimiento del público, no tiene en él intervención al
guna la autoridad ni menos el ejército. Y tanto es así, que aunque se ha
conservado el palco de la presidencia en todas las plazas de toros, no pre
side las corridas ni dirige la lidia el gobernador civil ni el alcalde consti
tucional, sino un aficionado cualquiera; el cual es nombrado á pluralidad
de votos, una hora antes de empezarse la función, por todas las personas
que tienen gusto de acudir á la elección, que se verifica en la misma
plaza.
El presidente electo tiene las mismas atribuciones que tenía la auto
ridad, sólo que hay un jurado de cinco inteligentes, nombrado del mismo
modo, con el cual se asesora, si quiere, y es el mismo que le residencia
después si ha cometido alguna barbaridad.
En el paseo de los toreros, precedido de los alguaciles, no advirtió Ve
nancio más novedad que la de los retratos de los toros, de tamaño natu-
AYER,
HOY Y
MAÑANA
15
ral y en grandes lienzos, que en forma de estandartes llevaban detrás de
la procesión los lacayos del dueño de la ganadería vestidos de gran librea.
Y lo que más le llamó la atención fue el silencio que reinaba en la plaza,
á causa de que apenas había un espectador que no estuviese con el lápiz
en una mano y el estado en la otra para apuntar los lances de la corrida;
viéndose de trecho en trecho asomar, como otros tantos obuses, las má
quinas de la fotografía instantánea que estaban allí sorprendiendo todos
los accidentes de la lidia.
También observó que los alguaciles estaban inmóviles debajo del palco
de la presidencia sin alzar nunca la cabeza para mirar al presidente; y
era que éste les daba sus órdenes por medio del telégrafo eléctrico, y ellos
las transmitían del mismo modo á todas las dependencias de la plaza y á
todos los puntos del redondel. De manera que apenas el presidente pen
saba que el picador debía ir al toro, ya sabía el diestro el pensamiento de
su señoría, y no se perdía un solo segundo en llevar y traer la orden;
haciéndose lo propio para todas las demás disposiciones que exigía el
buen servicio de la plaza.
No entrando en este número la de mandar retirar un caballo por in
útil, porque este caso no puede ocurrir desde que la Sociedad protectora
de Los animales, afligida por el derramamiento de la sangre caballar, ha
c>inseguido que los picadores monten caballos de máquina, los cuales
tienen el vientre y los pechos de goma elástica, de manera que cuando el
toro los embiste la ilusión es completa. Y en cuanto á lo demás, es tan
sensible esa mecánica á los movimientos del hombre, que el picador
avanza y retrocede como si anduviera por su propio pie. Verdad es que
los porrazos son más frecuentes y más peligrosos; pero se ha quitado el
repugnante espectáculo de la sangre, que no ha sido poco quitar.
El toro es el único que, á pesar de los lamentos de la Sociedad protec
tora y de los grandes premios que todos los años ofrece al que invente la
manera de sustituirlos mecánicamente, sigue condenado á muerte. Algu
nos padecimientos le ahorra la intervención filantrópica de esa sociedad,
pero ninguno le libra de morir á manos del espada después de bien pica
do y banderilleado. Lo que ha logrado la sociedad es que el encierro no
se haga á pie, acosando á los pobres animalitos y ahogándoles con el
polvo; que la divisa no vaya clavada, sino pegada, y que si saltan la ba
rrera se les vuelva con engaños á la plaza, sin que se permita á nadie
pincharlos ni maltratarlos.
La intervención de la Sociedad no ha podido ir más allá nunca. Esta
ba reservada una excepción de esto para el día en que Venancio asistió
al espectáculo con su madre y con su novia, y estaba reservado á esta se
ñorita el tomar la iniciativa en el asunto.
316
ANTONIO FLORES
Habíanse lidiado, sin novedad que de contar sea, los tres primeros
toros, y se presentó en la arena el cuarto, buen onozo, como antes decían
y luego dijeron y siempre dirán los aficionados, de muchas libras, bien
armado, de seis años, hermoso trapío y con todas las condiciones y belle
zas que puede tener el mejor toro de la mejor de las castas.
Apenas salió al redondel se paró gallardo un momento á mirar á un
lado y á otro de la plaza, arrancó luego brioso, derribó los tres jinetes que
había en la arena y corrió de un lado á otro, sembrando la consternación
en los lidiadores y conquistándose los aplausos del público. Las máquinas
fotográficas hicieron mil evoluciones para copiar todos sus movimientos;
cruzáronse fuertes apuestas entre los espectadores; inicióse la idea de
arrojarle una corona, y ya había pasado la suerte de las varas, sin que
apenas éstas le hubiesen tocado al pelo, cuando Safo, que tenía fijos los
ojos en e'1 bicho, no muy á gusto de su amante, dijo en voz alta:
—Será una barbaridad que maten á ese toro.
—¡Bravo, señorita, bravo!—exclamó un señor que había en un palco
inmediato.—Esos sentimientos os honran mucho. ¿Sois de la Sociedad?
—¿De qué sociedad?—preguntó Safo.
—De la protectora de los animales.
—No, señor.
—Es igual, me daréis vuestro nombre y las señas de vuestra casa y
hoy mismo recibiréis el diploma de socia de honor, de mérito y de co
razón.
Y mientras pasaba este corto diálogo, las palabras de la joven poetisa
se repetían de boca en boca, y ya no se oía más que una sola voz en toda
la plaza.
—¡Que no le maten! ¡Que no le maten!
Muchas naranjas y otros proyectiles algo más duros llovían sobre el
espada que cogía los trastos de matar y los banderilleros que iban sobre
el bicho, y el presidente consultaba con el jurado, y la gritería aumentaba,
y los toreros se cruzaban de brazos, y el toro tomaba cada vez nuevas y
mejores posturas académicas, y aquello era una verdadera baraúnda.
Hasta que en el palco de la Sociedad protectora, el cual tiene una cortina
que se corre en el momento que tocan á matar, se asomó un hombre, y
pidiendo por señas y á grandes voces que le escuchasen, dijo:
•—La Sociedad no puede ser sorda á los justos clamores de este ilus
trado público. Que pida la empresa todo el dinero que quiera por la vida
de ese hermoso animal y lo tendrá al punto.
—¡\ iva la Sociedad protectora de los animales!—gritaron varios racio
nales á la vez.—¡Perdón! ¡Perdón! ¡Que no le maten!
Y de acuerdo con el jurado y con la empresa, el presidente perdonó la
AYER,
HOY Y M A Ñ A N A
317
vida ai toro, á cuyos pies cayeron muchas flores que las señoras arranca
ron de sus cabezas, y el bravo animal fue sacado del redondel con ayuda
de los cabestros; quedándose la plaza medio desierta, porque muchas
gentes, después de haberle visto allí á su sabor, corrían á contemplarle
en los chiqueros, donde una vez enmaromado, los profesores veterinarios
de la Sociedad le hicieron la primera cura de las leves heridas que había
recibido en la suerte de varas.
Doña Ruperta se alegró también de que se hubiera salvado de la muerte
el pobre animal, pero propuso retirarse de allí porque dijo que ya tenía
bastante para saber lo que era una corrida de toros en estos tiempos.
Safo halló al salir quien le diera por el resto de la corrida seis veces
el valor del billete, porque el suceso que acababa de ocurrir, transmitido
por el telégrafo de noticias frescas, había elevado á las nubes el precio de
las localidades, y el fabricante de agua de Colonia se acercó á Venancio
y le dijo:
— Amigo, á esta señorita le debe la vida ese pobre animal. ¡Veis lo que
es el derecho de petición bien ejercido!
LOS VIVEROS DE LA SABIDURÍA HUMANA
Allá en su lugar era tenida doña Iiuperta por una gran aficionada á
las corridas de toros, y con efecto habíalo sido mucho en sus mocedades;
pero como aparte de tres ó cuatro corridas al año en Badajoz, siempre
había despuntado el vicio con novilladas y bueyes enmaromados y vacas
emboladas, su inteligencia no estaba á la altura de su afición. Y he ahí
por que no supo apreciar en su verdadero valor la corrida que acababa
de ver.
La falta de animación que advirtió en la plaza, por hallarse casi todos
los espectadores ocupados en recoger datos y noticias para la estadística
taurómaca, la suplantación del caballo por las máquinas, lo de retirar los
toros muertos en unas carretillas, para que éstas y no el cuerpo del ani
mal fueran las que se arrastrasen por el suelo, y otras innovaciones de
mera forma, le parecieron á nuestra aficionada esencialísimas, y no supo
prescindir de ellas para fijarse en la verdadera esencia de la cosa. Si así
lo hubiera hecho habría visto que el arte se conservaba en toda su pureza,
en medio de esas transacciones que ha hecho con el espíritu del siglo, y
que harto más vale que los toreros no hayan hecho política de resistencia
ante las lágrimas de los filántropos, que no que atropellando por todo y
queriendo conservar lo menos hubiéramos perdido lo más.
AYER , HOY Y MAÑANA
319
El toreo se ha salvado y la bandera nacional puede ondear con orgullo
sobre las modernas plazas de toros.
Pero doña Ruperta no lo creía así, y salió disgustada de la plaza, diciendole á su hijo que quería volverse cuanto antes á su pueblo, porque
era ya demasiado vieja para empezar á vivir de distinto modo de como
había vivido hasta entonces, y que no le quedaba más que ver sino que
ya ni las corridas de toros eran lo que antes.
Y sí que la quedaba más que ver, allí mismo donde creía que todo lo
había visto y á propósito de las corridas de toros, porque, apartándose de
sus compañeros y corriendo á un puesto de naranjas hermosísimas que
había á la puerta de la plaza para comprar un par de ellas, al tomar i a
primera en la mano se quedó helada de espanto. Habíase enamorado de
ellas porque la más chica era casi tan grande como un melón pequeño,
y sin embargo, la mayor de todas pesaba menos que una guinda.
— ¿Pero de qué son estas naranjas?—preguntó sorprendida.
— ¿De que han de ser?—replicó la naranjera, de lo que son todas las
que se arrojan á la plaza: de goma elástica. Pero más sutiles ni mejor
hechas no las hallaréis en ninguna otra parte.
— ¡Pero, Dios mío, tampoco esto es verdad!— exclamó doña Ruperta
volviéndose hacia el fabricante de agua de Colonia.
El cual sonriéndose contestó:
— ¡Qué queréis, señora! Era preciso transigir entre la manía del público,
que cree que no hay fiesta de toros si no arroja naranjas á los malos lidia
dores, y la vida de éstos, que estaba siempre expuesta cuando se tiraban
á la plaza frutas verdaderas. Pero están bien hechas, ¿no es verdad? Cual
quiera diría que son naturales.
— Lo que yo digo— repuso doña Ruperta amostazada—es que aquí no
hay naturalidad en nada.
Y volviéndose á su hijo, añadió:
— Mira, Venancio, en cuanto lleguemos al hotel hay que avisar á la
estación del ferrocarril para que, si no han tocado los muebles, los dejen
conforme están, porque yo pasaré aquí cuatro ó seis días, lo que tú quie
ras, pero no me quedo á vivir en la corte aunque me hagan reina.
— Ya lo pensaremos despacio— dijo el hidalgo extremeño haciendo una
caricia á su madre.
— Tú harás lo que quieras, pero yo me marcho.
— ¿Pero por qué os habéis de marchar tan pronto?— le dijo Safo con
acento de verdadera ternura.
— Por nada— interrumpió el fabricante sonriendo,— porque ha visto
que las naranjas que vende esa mujer son de goma.
— No es precisamente por eso, amigo mío, no sea usted exagerado. Es
320
ANTONIO FLORES
porque desde que he pisado la corte, todo lo que toco, todo lo que hallo
son naranjas de goma.
— ¡Qué ocurrencia tan graciosa!—repuso Safo.
—No, hija mía—dijo doña Ruperta,— usted no puede comprender
toda la fuerza de lo que digo ni toda la verdad con que hablo, porque
según me ha dicho Venancio, se ha criado siempre en la corte y no cono
ce la vida tranquila y sencilla de los pueblos como el en que yo vivo;
pero que diga mi hijo, si quiere ser franco, si él mismo, á pesar de haber
estudiado en Sevilla y de llevar aquí cerca de un año, no está aturdido y
mareado á todas horas.
— Sí que lo estoy, madre mía, y estos dos señores que han sido mis
mejores, acaso mis únicos amigos, lo saben perfectamente bien; pero en
la corte se puede vivir como se quiere, prescindiendo de este movimiento
continuo en que á primera vista todo parece mentira.
—Á primera y á segunda y siempre que fija uno los ojos en algo—
interrumpió doña Ruperta.— Tú mismo me lo has dicho esta mañana
cuando andábamos por debajo de tierra.
— ¿Conque ya conocéis el Madrid subterráneo?—dijo el fabricante.—
Pues no me parece que habéis hecho bien en andar por esos lugares ant es
de conocer á fondo el verdadero Madrid. Hay allá abajo cosas repugnantes
que no conviene que las vea una señora.
— ¡Si apenas ha visto nada!— repuso Venancio.— No hemos hecho más
que atravesar desde el otro lado del río por el camino de Segovia hasta
la Puerta del Sol.
— Eso no vale nada: yo ando algunos días doble distancia para ir á la
fábrica, y aun así, apenas conozco el verdadero Madrid subterráneo.
— ¡Hola!— dijo Venancio.— ¡Conque vais á la fábrica por debajo de
tierra! ¿Pues no me dijisteis que ibais siempre por los trapecios ó por la
maroma?
— Siempre no, pero con mucha frecuencia sí. Cuando llueve ó el viento
es demasiado fuerte voy por la mina; pero estando despejado y sereno
voy por los trapecios, que es mucho más corto y mejor.
— Y mucho más elegante— exclamó Safo.— Y luego es tan agradable
la impresión que se recibe al desprenderse de un trapecio y volar, digá
moslo así, al otro, que no hay nada en el mundo con que poder comparar
esa sensación.
— Me parece—dijo doña Ruperta, mirando con extrañeza á Safo—que
de buena gana daría usted un salto en los trapecios y que tiene su poco
de envidia á los hombres....
— Envidia—interrumpió Safo,— ¿y de qué? ¡Pues si yo voy y vengo
siempre que se me antoja por los trapecios!
AYER, HOY Y MAÑANA
21
— ¡Es posible!
— Y tanto que lo es; y lo mismo que hago yo hacen otras muchas se
ñoritas.
— Pues claro está— interrumpió el fabricante.— Como que es lo prime
ro que se enseña en todos los viveros de la sabiduría humana, ya sean
de varones ó de hembras. Yo que tengo más años que esta señorita, me
sorprendo menos de la extrañeza que le ha causado á la madre de nuestro
amigo Venancio esto de las maromas y de los trapecios. Cuando yo era
niño ya era la gimnástica algo más que una clase de adorno en los cole
gios; pero no era obligatoria, ni menos se fundaba en ella, como sucede
hoy día, el resto de la educación.
— ¡Conque según eso— dijo doña Ruperta,— hoy día todos, hombres y
mujeres, hacen volatines!
— Si llamáis hacer volatines á saber saltar un río, á tener desarrolla
da la fuerza muscular de manera que una mano pueda sostener el peso
de todo el cuerpo y á conservar la cabeza firme y serena en las grandes
alturas, todos ó casi todos los que vivimos en Madrid somos volatineros.
— Pues claro es que todo eso se ha llamado siempre hacer volatines.
— Verdad es, pero hay una gran diferencia entre la parte recreativa
de la gimnástica y la utilitaria. Decid á vuestro hijo que os lleve, y yo
os acompañaré con mucho gusto, á cualquiera de los grandes viveros de
la sabiduría humana que tenemos en la corte, y allí veréis qué papel
tan importante desempeña la educación gimnástica en la regeneración
de la especie humana. En esos grandes establecimientos de educación
pública, donde el hombre entra gateando y sale corriendo, se cambian los
átomos imperceptibles de inteligencia en verdaderas montañas de sabi
duría. Pero como no todos los seres tienen iguales condiciones físicas
para resistir el desarrollo máximo de las facultades morales, la gimnástica
se encarga de probar aquéllas, desarrollándolas hasta donde es posible ó
demostrando la incapacidad corporal del individuo. Por eso en esta socie
dad moderna hay menos seres enfermizos y endebles que en las antiguas,
porque los ejercicios gimnásticos son los estudios preparatorios para
todas las carreras. Lo que ha de suceder más ó menos tarde es mejor que
suceda pronto, ahorrándose las familias de gastos que la muerte prema
tura del educando ha de hacer improductivos, y evitándose al propio
tiempo la inhumanidad que resulta de atiborrar de enseñanza científica
á un individuo que no tiene condiciones de viabilidad.
— ¡Conque es decir—exclamó doña Ruperta horrorizada,— que á los
niños endebles se les mata obligándoles á hacer cabriolas y á dar volte
retas!
— No, señora—repuso el fabricante,— no toméis mis palabras tan al
T omo I I I
21
322
ANTONIO FLOUES
pie de la letra. Lo que se hace es ponerles en aptitud de ir desarrollando
sus fuerzas físicas, y si sucumben en el camino es porque realmente no
tienen condiciones de vida.
—Lo que no tendrán serán condiciones de titiriteros.
—Vaya, señora, está visto que no podemos entendernos. Será preciso
que vayáis á visitar uno de esos establecimientos para que os convenzáis
de que en otra cosa estaremos atrasados, pero en materia de educación
podemos figurar con orgullo á la cabeza de todos los pueblos más cultos
de Europa. Y si Venancio quiere seguir mi consejo os ha de llevar al que
se acaba de abrir ahora bajo el sistema espiritista, para que veáis hasta
qué punto se ha perfeccionado la educación del género humano. Desde
que los profesores se han convencido de que su misión no es sólo la de
enseñar, sino la de aprender en sus mismos discípulos, han hecho un es
tudio tal de éstos que los ha llevado á un resultado brillantísimo.
—Gracias á las luminosas teorías espiritistas—añadió con exaltación
el fabricante,—ya no se palpa y se repalpa el cráneo á los niños para de
terminar, con arreglo á los falsos preceptos de Gall, las inclinaciones de
cada uno de ellos y sujetarlos á tales ó cuales estudios, sino que se va
más allá, mucho más allá de ese ridículo empirismo. Ahora se sabe que
las inteligencias hacen varios viajes por el mundo embutidas en diferen
tes seres, y la ciencia consiste en determinar cuál es de primera, de se
gunda, de tercera ó de cuarta exhibición, para educarlas según el tiempo
que hayan de andar por el mundo ó el que ya hayan estado en él. Esos
espíritus primerizos, que los antiguos calificaban de estúpidos y los apar
taban de la comunión de los sabios, como si éstos temieran contagiarse,
no son otra cosa sino la materia bruta de un espíritu en un todo igual al
de los sabios, que se agita y se revuelve en la primer retorta evaporatoria ó, como si dijéramos, en un tosco puchero de Alcorcón. Cuando en su
segunda vida pasa desde ese cacharro á un alambique de metal, ya parece
menos bárbaro y nadie se atreve á echarle fuera del templo de la inteli
gencia; si desde allí entra en una vasija de cristal, se le ofrece un rango
y una categoría; y por último, cuando después de atravesar unos cuantos
filtros se presenta diáfano, transparente y brillante, todos se prosternan
ante él, y si el orgullo no les tuviera de la mano le adorarían como á cosa
divina. Por eso, todo el mérito del nuevo sistema de educación espiritista
consiste en saber si el alma de un niño viene por primera, por segunda ó
por tercera vez al mundo, porque según las veces que haya estado en él,
así ha de ser la enseñanza que reciba.
—Venancio—dijo doña Ruperta con acento de mal humor,—vámonos
al hotel, que este señor tendrá mucha razón en lo que dice, pero yo no
puedo en conciencia seguir escuchando semejantes blasfemias.
A YE R , HOY Y MAÑANA
323
— ¡Blasfemias llamáis á lo que es la verdadera luz de la filosofía! Pues
qué, ¿queréis decirme que Pitágoras, Platón y aquellos estúpidos filósofos
griegos, que explicaron la transmigración de las almas, haciéndolas co
rrer la posta desde el animal racional al irracional y de éste al árbol y á
la piedra, eran los que tenían razón? ¿Sois por ventura partidaria de aque
llos poetas que extraviados por Platón crearon las Islas Afortunadas,
donde las almas, después de andar pegando tumbos de cuerpo en cuerpo
por espacio de tres mil años, se retiraban á holgar llevadas por Mercurio,
no sé si de la mano ó á costillas ó en un carruaje de alquiler?
— Mi madre—dijo con suavidad Venancio—no cree ni una cosa ni
otra. A ella y á mí nos parece un gran desatino la metempsicosis griega,
y otro mucho mayor el espiritismo norteamericano.
— Pues entonces, ¿qué es lo que creéis, vosotras las gentes sencillas y
crédulas de las provincias? ¡Ah! ¡Bien sabía yo que fuera de Madrid, en
los pueblos pequeños, había un gran escepticismo!
— Sí, amigo mío— dijo Venancio sonriendo;—somos tan escépticos que
no creemos en ninguno de vuestros absurdos.
— Venancio—gritó doña Ruperta, que ya se había apartado largo tre
cho del fabricante,— vámonos de aquí, que me pongo mala.
— Pero, señora— dijo el fabricante sonriendo,— perdonad que no aprue
be vuestra intolerancia. ¡Hemos de perder la amistad porque no pensamos
del mismo modo en una cuestión dada! Yo entiendo la libertad del pen
samiento de una manera muy distinta de la vuestra. Me gusta hacer la
propaganda de mis ideas, pero jamás las impongo á nadie. Discutamos
tranquilamente, y ¡quién sabe!, tal vez logréis convencerme.
— Sería imposible, porque tiene usted más talento que yo.
— Mil gracias; pero aunque eso fuera así, tan fuertes podrían ser vues
tros argumentos....
— Es inútil; yo no puedo discutir sobre cosas que afectan á mis creen
cias religiosas.
Venancio, que á fuerza de gran trabajo había logrado que Safo no
tomara parte en esta discusión, se apresuró á cortarla inmediatamente
diciendo:
— Señor Fernández, si queréis ser nuestro amigo, tened la bondad de
no hablar más de estas materias. Mi madre os aprecia mucho porque sabe
las atenciones que habéis usado conmigo, pero no puede sufrir ciertas
discusiones.
— Os doy palabra de no hablar otra vez nada que pueda desagradar á
vuestra madre, por más que me pese no poderla sacar del error en que
está, creyendo que el espiritismo afecta á las creencias religiosas de los
individuos.
324
ANTONIO FLORES
— Pues cómo ha de ser, amigo mío, somos impenitentes; dejadnos vi
vir y morir en nuestra ignorancia.
— Sea como gustéis— repuso el fabricante.
Y alzó los ojos al cielo como diciendo: «¡Qué ignorantes y qué testaru
dos son estos lugareños!»
CUADRO
XXXIX
DE CÓMO D O N A R U P E R T A V E T A N T O , Q U E D E C I D E
NO V E R N A D A M Á S
No sé, lector, si te habrá parecido mal que en el cuadro anterior haya
permitido hablar hasta por los codos al fabricante de agua de Colonia so
bre materias demasiado graves, sin terciar en la discusión para decir lo
que yo pienso acerca de la transmigración, ó mejor dicho, reincarnación
espiritista; pero si así fuere, habrás de perdonarme por lo pasado y pol
lo presente, puesto que si entonces pequé por callado, no traigo ahora
propósito de ser hablador.
Sigo callando, no porque al buen callar llamen Sancho, sino porque
no estoy de humor de hablar ni de discutir desde que ha llegado la hora
de nuestra separación.
Verdad es que cuando me comprometí á enseñarte esta sociedad de
mañana no celebramos contrato alguno, de manera que yo quedara obli
gado á escribir tantos ó cuantos pliegos, ni tú á leerlos todos aunque te
cansara la obra desde la primera línea: la libertad que tú te reservaste
de leer hasta donde quisieras, me guardé yo para escribir hasta donde
me diera la gana; pero nunca pensé abusar de este derecho para cerce
narte algunos cuadros, pasando en silencio las cosas más notables y más
gráficas de esta sociedad. Habíame propuesto, por el contrario, pecar de
prolijo y sobrarme de nimio en la descripción de los usos y costumbres
326
ANTONIO FLORES
de mañana , y créeme, lector, que si ahora falto en parte á mi propósito
no es mía la culpa.
Harto me pesa que el estado llano en que vivo, por mi calidad de es
píritu, me tenga reducido á mayor extremo de miseria que aquel en que
vivían los antiguos frailes mendicantes, que al cabo y al fin si hacían vo
tos de pobreza, en días solemnes les era dado quebrantarlos; porque si
fuera rico daría cuanto tuviera y empeñaría el resto para lograr que doña
Ruperta no llevara á cabo su propósito de abandonar la corte.
Pero soy pobre y es tanta la estrechez en que vivo, que la funda ó
periespíritu en que según los norteamericanos ando rebujado y envuel
to, sobre ser tan estrecha y tan ajustada á mi individualidad metafísica
que apenas me permite hacer el menor movimiento, ó como si dijéramos,
estirar el brazo más allá de la manga, carece de bolsillos, y no parece sino
que algún sastre de los condenados por Quevedo le quitó los bebederos y
las sisas.
Mi único capital consiste en las diferentes existencias humanas que
he tenido, y que á decir verdad ya no sé dónde andan; en la que hoy tengo,
cuyo paradero también ignoro, y en las que habré de tener más adelante,
hasta que todo tenga fin. Pero este capital no es negociable ni menos
puedo ofrecérsele á doña Ruperta, puesto que el motivo de salir á escape
de Madrid es el miedo de que la vuelvan á decir que los espíritus son
como el agua de las norias, que va vertiéndose de uno en otro arcaduz
hasta llegar al estanque del riego, donde se desparrama y toma nueva
forma. Líbreme Dios, lector, de dar otro mal rato á esa pobre señora, y pre
fiero que por no acabar ella de ver Madrid no lo acaben de ver los lecto
res, á que enferme ó se muera; que según la han puesto las explicaciones
espiritistas del fabricante de agua de Colonia, todo es de temer.
Y para que veas, lector, que no te exagero nada, te diré que desde la
plaza de los toros, en cuyos alrededores ocurrió la discusión que sabes,
hasta que su hijo la metió en un carruaje para llevarla al hotel, todo lo
que vió la confirmó en la idea de marcharse al momento de la corte.
Las naranjas de goma, como ella decía, la salían al encuentro por to
das partes.
Iba apoyada en el brazo de Safo y temía preguntarle cosa alguna, por
que la respuesta la dejaba helada de espanto, al par que la aturdía la
erudición de su futura nuera, á cuyas palabras prestaba atento oído V e
nancio, temeroso de una nueva complicación.
Pero la joven literata, á quien el amor que sentía por el hidalgo extre
meño le daba una intuición maravillosa, lejos de perder fué creciendo en
el aprecio de doña Ruperta, la cual compadecía á la pobre niña á medi
da que renegaba de la sociedad de la corte.
A Y E R , HOY Y MAÑANA
327
— ¿Qué establecimiento es ese de tanto lujo?— preguntó al dar vista á
un inmenso almacén de muebles que ocupaba cuatro manzanas de casas
con calles cubiertas, propias del establecimiento.
— Es una gran sociedad de recepciones periódicas y extraordinarias
que se acaba de abrir ahora nueva—contestó Safo—y que lleva grandes
ventajas á las que de esa misma clase hay en otros puntos de la corte.
— ¿Y qué hace esa sociedad?
— Encargarse de todas las recepciones, tes, comidas, bailes, conciertos
y demás fiestas que en días determinados se dan en las casas particulares.
— Safo— interrumpió Venancio, que no perdía una sola palabra de lo
que hablaban aquellas señoras,— hacedme el favor de explicarle á mi ma
dre el mecanismo de esa sociedad, porque le divertirá oirlo.
— Es muy sencillo— repuso Safo.— Cuando se suprimió la ridicula cos
tumbre de hacer visitas se cayó en otra mayor, que era la de no verse las
gentes nunca, y se pensó en que era preciso que cada familia señalase un
día á la semana ó al mes ó cada dos meses para no salir de casa y reci
bir en ella á sus amigos y conocidos. Pero como estas recepciones exigían
grandes salones y muebles de lujo y abundancia de criados para sólo un
día á la semana ó al mes, y esto no podían hacerlo todas las gentes, se
crearon estos establecimientos, donde por un precio dado se alquilan
muebles, servicio de mesa, criados y cuanto se necesita para que la re
cepción se haga con el esplendor y el buen tono que reclaman las exigen
cias de la época y los adelantos del siglo.
— ¿Y se alquilan también los salones?— preguntó doña Ruperta.
— El que no los tiene en su casa los alquila en un hotel, y allí van los
dependientes de estas sociedades á amueblarlos y va el repostero y los
criados y todo lo necesario. Pero esto sólo lo hacen los forasteros, porque
los que vivimos en la corte recibimos en nuestras propias casas.
— ¿Pero alquilan ustedes los muebles y los criados y el cocinero?
— Claro es que sí, como que de otro modo sería imposible cumplir con
las gentes como es debido. Para dar un te, un baile ó una comida como
la dan estos establecimientos, sería preciso que todos fueran potentados.
— Y si no lo son, ¿por qué han de dar comidas como si lo fueran?
— Porque es preciso obsequiar á los amigos y á los conocidos.
— Pero el mejor obsequio sería tratarles con franqueza y cada cual
con arreglo á su clase.
— El lujo no conoce más clase que el dinero— repuso Safo.— Si vos,
que sois forastera, queréis mañana dar una comida digna de príncipes y
alquiláis todo lo necesario al efecto, incluso los salones, vuestros amigos
os harán mil elogios del servicio y del cocinero, como si todo fuera de
vuestra propiedad.
328
ANTONIO FLORES
—Pero dígame usted, ¿no saben los convidados que todo esto se al
quila ?
—Sí que lo saben, pero como el caso es comer bien y estar conforta
bles, se dan por satisfechos.
—¡Bendito sea Dios!—exclamó doña Buperta.
Y volviéndose al fabricante de agua de Colonia añadió:
—¡Qué tal, amigo, ve usted cómo todo son naranjas de goma!
Sonrióse el fabricante, y fijando su vista la madre del hidalgo extre
meño en un gran cartel que decía: Se busca una persona que no sepa
leer para emplearla en asuntos reservados, gritó:
—¡Qué disparate! Que sepa leer querrá decir.
—No, señora—repuso Safo,—que no sepa leer.
—Pues eso es bien fácil; que vayan á mi pueblo, y casi uno sí y otro
no están en ese caso.
—¿De veras?
—Lo que usted oye.
—Pues aquí es casi imposible hallar quien no sepa leer. Y francamen
te, para ciertos cargos conviene que no sepan, porque hay secretos que
deben ser sagrados.
—No lo veo yo así; porque si son gentes de conciencia, en diciéndoles
que no se enteren de lo que no deban enterarse....
—Si les tiene cuenta enterarse, aunque no deban hacerlo lo harán.
Doña Buperta no sólo evitaba el preguntar, sino que hacía por no ver,
y marchaba con los ojos bajos procurando distraer su atención de lo que
le salía al paso; pero á pesar de todos sus esfuerzos, no pudo dejar de leer
la siguiente inscripción, grabada en el pedestal de una de las infinitas es
tatuas que había en todas las calles y plazas que venían cruzando.
Á LA MEMORIA
DEL GR AN FA B R IC A N T E DE B A B UC H A S PA RA S EÑ O RA
A dolfo P érez
Sus cenizas yacen en el cementerio 44 del Sur.
Su casa sigue abierta al publico con notables mejoras
en la fabricación y baratura en la venta.
Pasajeros, entrad.—La desconsolada fam ilia os servirá
mejor que el difunto.
—¿Qué quiere decir esto?—gritó doña Buperta horrorizada.
—Nada—contestó Safo sonriendo;—charlatanerías de los sucesores de
ese pobre babuchero.
1
A YE R , HOY Y MAÑANA
329
— Pero esto es algo más que charlatanería, porque se habla de sus ce
nizas.
— Sí, señora, se dice que están en tal ó cual cementerio, como en las
demás estatuas y monumentos que veréis en todas las calles y plazas de
la corte.
— ¿Y cómo se consiente semejante profanación?
— Al contrario, aquí no hay profanación ninguna. Precisamente creo
que de este modo se evita que los cementerios sean lugar de romerías y
de vanidades, impropias de la mansión del silencio y de la humildad. Fi
guraos que esta disposición se adoptó para atender á dos necesidades á
cual más-apremiantes. Era tal el lujo que se había introducido en los ce
menterios, que nuestros legisladores, recordando las antiguas leyes sun
tuarias, pensaron en aplicarlas á los campos santos, prohibiendo que en
ellos se pudieran alzar mausoleos de ninguna clase, y autorizando á la
vez á las familias de los difuntos para que delante de sus casas, en las
plazas y en los paseos pudiesen erigir estatuas ó monumentos conmemo
ratorios. De este modo se ha logrado, como os he dicho antes, dos cosas:
la primera, llevar la igualdad social hasta el último extremo, más allá de
la tumba; y la segunda, dotar á Madrid de estatuas y de monumentos pú
blicos, que era una cosa que con razón echaban de menos las generacio
nes pasadas. Ya veis—añadió Safo— cómo esta desamortización de las
obras de arte, que antes estaban monopolizadas por los cementerios, ha
sido una gran medida de ornato público.
—¿Quién lo duda?— repuso el fabricante, tomando parte en la conver
sación.—Si esto se hubiera hecho cien años atrás, las calles de Madrid
serían el primer museo de escultura del mundo. Y por medio de estatuas,
de bustos ó de bajos relieves, las generaciones pasadas vivirían en efigie
como están viviendo en espíritu.
— Venancio— dijo doña Ruperta alterada,— toma un coche y que nos
lleve al hotel.
— ¿Está usted mala?— le preguntó cariñosamente su hijo.
— No me siento buena; pero me pondré bien si me marcho esta misma
noche de Madrid.
— ¡Que disparate!— exclamó Venancio.— Si está usted mala, lo primero
es curarse y luego nos pondremos en camino.
— No, hijo mío, mi única curación está en mi lugar. Tú eres joven y
podrás acostumbrarte á esta vida; yo no quiero vivir aquí una hora más.
Agradezco infinito las atenciones y el cariño de esta señorita y de este
caballero; pero si continuase en Madrid un día más, tengo por muy segu
ro que me moriría.
El acento con que doña Ruperta pronunció estas palabras revelaba
330
ANTONIO FLORES
un fondo de verdad y de amargura que estremeció á Venancio hasta el
punto de hacerle exclamar:
—¿Pero qué tiene usted, madre mía? ¿Qué le duele á usted?
—El alma—contestó con voz tristísima la pobre señora.
—Pues vámonos desde aquí al ferrocarril, ya que la idea de salir al
momento la pondrá á usted buena.
—Sí que me pondrá, no lo dudes; pero antes quiero que vayamos al
hotel para arreglar algunas cosas.
—Eso es lo de menos, no se cuide usted de nada. Ya avisaremos para
que los criados bajen á la estación con el equipaje
—No, hijo mío. no seas tan precipitado ni hagas que estos señores me
tengan por una loca antojadiza. A mí me gusta hacer las cosas en regla.
—Como usted quiera
—Además, ya que me has hablado de tus proyectos de matrimonio
con esta señorita, no quiero irme sin dejarlo todo corriente y desearos
que seáis muy felices. Puesto que, según me has dicho, no hay necesidad
de ir á pedir la mano de esta señorita á su madre, como yo creía que era
lo regular, me bastará con oir de su boca que ella accede con gusto á ser
tu esposa,
—¡Olí, sí, con mucho gusto!—interrumpió Safo bajando los ojos.
—Yo me alegro; pero si me hallara en vuestro lugar no lo diría.
—¿Por qué no?
—¡Qué sé yo por qué! Por lo que yo no lo decía y quería mucho al
que luego fué mi marido.
—¡Pero si yo lo siento así!
—Yo también lo sentía y me callaba.
—Pues yo no sé callar nada de lo que siento, aunque sea en con
tra mía.
—¿De veras?
—Sí, señora.
—Esa es buena cualidad, si no tiene algunas excepciones.
—Ninguna; ni me han enseñado á fingir, ni sé, ni quiero hacerlo.
Á doña Ruperta le pareció que su nuera hablaba con sinceridad, pero
no por eso dejó de decir allá en sus adentros: «¡Si tendremos aquí otras
naranjas de goma!»
Venancio, que no había alzado los ojos del suelo, abrazó á su madre,
la besó la mano y le dijo:
—No sé cómo agradecer á usted lo buena que es para conmigo; pero
Safo y yo tenemos que pedir á usted un favor.
—¿Cuál?
—El de que nos permita usted acompañarla al pueblo.
AYER, HOY Y MAÑANA
331
—¿Para que?
—Para vivir siempre con usted.
—¡Qué disparate! Safo se aburriría al momento. Tú vendrás á acom
pañarme, pero te volverás aquí en seguida. Eres diputado, vas á entrar
en el ejercicio de tus funciones, y al lado de esta señorita, que hace libros
y versos, brillaréis mucho en la corte.
—¿No queréis que os acompañe?—dijo Safo con una coquetería tan
gachona que doña Ruperta, olvidando por un momento su manía de las
naranjas de goma, la abrazó y la cubrió de besos.
Con lo cual quedó todo arreglado, hasta el punto de que, participando
del general regocijo el fabricante de agua de Colonia pidió también ser
de la partida, y hubo necesidad de acceder á su petición.
Safo se retiró con su doncella honoraria á dar cuenta á su madre de
sus proyectos de viaje y de matrimonio, á todo lo cual la buena señora
dijo amén, apresurándose á hacer una visita de etiqueta á su consuegra
por medio de un retrato, y punto concluido.
L A L U N A DE M IEL
Tan cierto es, lector queridísimo, que á medida que iba llegando la
hora de escribir la última palabra de este libro me iba pesando cada vez
más haberla empezado, que ahora que estoy en ese momento crítico tiem
blo como un azogado, y no me llegaría la camisa al cuerpo si mi espíritu
no fuera de antemano descamisado, como es verdad, y verdad desnuda,
que si por ti tiemblo y por lo que tú puedas decir en mi daño me aco
bardo, por lo que está diciendo el autor de las dos primeras partes de esta
obra me alegro y me regocijo de haberme ingerido en su brazo para ha
cerle escribir esta última. .
Todo aquello que te dijo de que se lavaba las manos, declarándose
irresponsable de cuanto yo hiciera, y aun añadiendo que aguardaría á que
mi trabajo estuviera concluido para acudir á una librería y comprar un
ejemplar, leyéndole con indulgencia, todo es mentira. Si tal fue su pro
pósito, no le ha cumplido. Como hombre de hoy ha faltado á su compro
miso de a y e r y ha leído antes que tú los cuadros de mañana .
Y no es lo peor que los haya leído, sino que no le han gustado y anda
diciendo mil pestes de ellos, sin tener en cuenta que el que tiene el teja
do de vidrio no ha de apedrear al del vecino, y que si yo quisiera criticar
sus exageraciones de ayer y el mal humor con que ha visto la sociedad
A T E R , HOY Y MAÑANA
333
de hoy, hallaría cien faltas más graves que las que el está encontrando
en esta de mañana. Y cuenta que aunque yo no he puesto nada de mi
cosecha, sino que he contado lo que estoy viendo que ha de suceder, al
cabo y al fin se trata de cosas que aún no han sucedido, y puedo enga
ñarme viéndolas desde tan lejos, ó ellas enmendarse en el camino hasta
llegar á ser en realidad lo que están siendo en embrión; pero él no esta
ba en ese caso, porque no tenía más que hacer sino copiar lo que con la
imparcialidad de ultratumba resultaba de la época de 1800 y lo que esta
ba viendo por sus ojos en 1850.
¿Pero quieres, lector, que te diga con franqueza de qué nace su enojo
y que te explique el por qué le parecen exagerados estos cuadros? Pues
no es por otra cosa sino porque no he faltado á la verdad, diciendo que
mañana estará su libro en todas las bibliotecas públicas y en todos los
gabinetes de lectura y en todas las casas, y que los periodistas hablarán
de él y le buscarán los eruditos y le copiarán los historiadores.
¿Y cómo he de decir semejante cosa cuando me consta todo lo contra
rio? Suponiendo que su libro de ayer, hoy y mañana tuviese el privile
gio de alcanzar una posteridad más remota que la que á todos los libros
modernos concede el papel continuo en que están impresos, se enseñaría
en algún museo de antigüedades por el forro, y sólo por el forro, como
un caso curioso de longevidad papelífera, y punto concluido; como se es
tán enseñando en los museos de antigüedades industriales algunos ejempiares de fotografías que aún no han desaparecido por completo, piezas
de estuco que no han perdido del todo su forma, molduras doradas y
otros restos de la pasada y efímera restauración industrial y artística
de 1850, en que el mármol y el bronce eran duros de pelar y todo se ha
cía con papeles de color y cartón-piedra.
Pero pensar en que esta sociedad, que tiene tanto que hacer consigo
misma, va á ocuparse de lo que hicieron los demás, es una gran bobería.
Aquí ya no hay aquello de hoy por ti y mañana por mí, sino siempre
por uno mismo.
j Buen tiempo tienen los escritores de mañana para hacer viajes á Si
mancas, y pasar allí tres meses buscando un documento que los ponga
en camino de hallar otro, en el cual se indique dónde podrán encontrar
se noticias sobre el paradero de tal ó cual códice, en que se supone que
está la fecha del nacimiento de este ó el otro grande hombre! Ni aunque
tuvieran ei tiempo de sobra lo emplearían en buscar noticias tan baladíes.
Cuanto más, que si necesitan saber algo, no han de ir á aprenderlo en
los libros, que para esto está el palacio de la inspiración, donde hay
salas de historia, gabinetes de novela y buhardillas poéticas. El autor que
quiere escribir un libro alquila uno de esos departamentos, donde los
334
A N TO N IO F L O R E S
muebles, las paredes y todos los adornos hablan á su fantasía con más
elocuencia que todos los archivos del mundo; y allí, sin empolvarse con
los manuscritos apolillados ni los códices carcomidos, no tiene más que
hacer sino coser y cantar, como suele decirse.
Y lo mismo que pasa con las reputaciones literarias pasa con los tí
tulos de nobleza y con las propiedades territoriales, mercantiles y de la
industria. Las leyes desamortizadoras, las de desvinculación y las anti
hereditarias han traído las cosas á su verdadero cauce, y ya el pasado
pasó real y verdaderamente, de manera que nadie se acuerda de él. Ni
los proceres viven un día más que sus rentas, ni á éstas las dejan pasar
de un estrecho límite las leyes de la desamortización y de la desvincula
ción. Ya ves, lector, cuán injusto es el autor de las dos primeras partes de
esta obra al censurar tan agriamente como lo está haciendo esta última.
No sigas tú su ejemplo, y si no te ha gustado, lo cual es muy posible,
echemos pelillos á la mar y no la vuelvas á leer, que yo te prometo no
volverla á escribir; pero resérvate tu opinión y calla.
Calla y oye, en pocas más de dos palabras, lo que me queda por decir
á propósito de la salida de doña Ruperta de la corte, acompañada de Safo,
de Venancio, del fabricante de agua de Colonia y de otra señorita, á
quien ya tuve el gusto de presentarte en otra ocasión.
Apenas Norma, que esta es la joven á que me refiero, tuvo noticia de
la resolución de Safo, pidió ser de la partida, y lo fué con efecto, gracias
á que doña Ruperta era de suyo hospitalaria, y la petó, como ella decía,
el empaque de la novia desairada por el folletinista del Eco de las Sole
dades. En el Vespertino de la Unidad Transatlántica se anunció aquella
misma noche, sin que Venancio pudiera saber quién dió la noticia, su
próximo enlace con Safo, y aun añadía el periódico del hotel que los
desposados irían á pasar la luna de miel á la Nueva Arcadia Matrimo
nial; lo cual no era cierto, y así debía saberlo el periodista, pero los so
cios del hotel estaban interesados en la Nueva Arcadia, y soltaban la
noticia porque nada perdían con soltarla y podían ganar mucho si Ve
nancio acertaba á recogerla.
Y hubiera hecho muy bien en darse por entendido, alquilando en la
Nueva Arcadia lo que se llama una luna de miel, porque así habría vis
to lo que ni siquiera en sueños se hubiese podido imaginar.
Figúrate, lector, que esa Arcadia es una gran finca campestre, situa
da á cincuenta kilómetros de la corte, en medio de los montes de la Al
carria, donde toda planta aromática tiene su asiento, toda abeja laborio
sa hace su panal y toda tórtola enamorada construye su nido: imagínate
que además del blando ambiente, con que el romero, el tomillo ó la sal
via purifican esa comarca privilegiada de la naturaleza, la mano del
AYE R, HOY Y MAÑAN A
335
hombre ha vertido en ese suelo feraz multitud de semillas de otras tan
tas flores aromáticas, y comprenderás todos los grados de amor que se
respiran en ese paraíso matrimonial.
Casas rústicas, enteramente rústicas al exterior, pero elegantes con
fortables y cómodas interiormente, se alzan, aisladas las unas de las otras,
en el monte; chozas de aspecto humildísimo por fuera y que por dentro
son pabellones del mejor gusto, se ven por todas partes; y fuentes y cas
cadas y arroyos bullidores embellecen el recinto, contribuyendo con la
frescura que derraman á que la atmósfera de amor que allí se respira sea
cada vez más pura y más balsámica.
En el centro de la comarca se alza una gran rotonda, donde están to
das las dependencias del establecimiento, inclusas la cocina y la reposte
ría; pero ninguno de los empleados puede salir á pasear por el monte,
que es del uso exclusivo de los huespedes. Y como éstos han de vivir allí
como vive la guardia civil en los caminos, esto es, apareados, no se halla
otra cosa sino parejas, que pocas veces se ven entre sí, porque los pabe
llones están dispuestos de manera que cada matrimonio pueda aislarse
cuanto quiera sin dejar por eso de gozar de los encantos de la Arcadia.
Las casas, las chozas, las grutas, los bancos y hasta los árboles, todo
está hecho de manera que no pueda servir más que para dos personas.
Y en cuanto á los paseos, además de ser veredas estrechas, por las que
apenas cabe una pareja si no marcha muy íntima, están dispuestos de
tal modo, ya por las sinuosidades del terreno, ya por la forma del traza
do, que jamás se encuentran los unos con los otros, aunque todos vayan
á un mismo sitio. Todo allí parece que ha sido hecho con arreglo al pre
cepto amatorio de Rojas Zorrilla, cuando dice por boca de García del
Castañar;
«Donde en servicio de Dios,
Una yo y otra mi esposa
Nos comemos, que no hay cosa
Como á dos perdices dos.»
Y á tal extremo se lleva el emparejamiento, que los coches del electrocarril que va desde la corte á la Arcadia sólo tienen dos asientos. De
manera que si los recién casados no quieren ver á nadie más que á sí
mismos y estar siempre pensando él en ella y ella en él, pueden lograrlo
desde el momento en que se acercan al despacho de billetes y piden «una
luna de miel de 1.a, de 2.a ó de 3.a, ida y vuelta, por ocho ó por quince
días.»
Este es el plazo de las más largas; pero se venden pocas de éstas, y los
veedores del establecimiento están siempre con cuidado desde que pasan
33G
ANTONIO FLORES
los ocho días pava ver si los desposados empiezan á estar de monos; en
cual caso es deber suyo acecharlos, y si arrecia la tempestad y hay indi
cios del trueno gordo, amonestarlos para que hagan las paces ó se vuel
van á Madrid para evitar el mal ejemplo en la Arcadia, lo cual redunda
ría doblemente en descrédito del establecimiento.
Y digo doblemente, porque mientras dura el amartelamiento los coci
neros hacen su negocio, á causa de que las parejas, que serían capaces de
vivir sólo de amor y cuando más de pan y cebolla, comen lo que les dan
y no reparan en melindres; pero cuando el amor va perdiendo algunos
grados, sube el apetito y se adelgaza el paladar hasta llegar á conocer
que los están tratando indignamente. Y si á este descrédito en que cae
la cocina se une el que puede resultar al establecimiento por haberse pro
ducido allí el desamor, ¡figúrate, lector, que perdida tan grande no será
para la sociedad propietaria de la Arcadia Matrimonial!
Pero el Eco del Hotel Trasatlántico, en su edición vespertina dijo un
disparate al asegurar que Safo y Venancio iban á pasar la luna de miel á
la Arcadia. La pasaron, y les dura aun, que es mucho mejor, en el pueblo
de doña Kuperta, donde esta señora, sin más argumentos que su olla po
drida extremeña, sabrosa y sana, sus paseos higiénicos entre las encinas,
sus visitas al hato de las ovejas, su tresillo por la noche, su misa á la ma
drugada y una envidiable tranquilidad á todas las horas del día, ha logra
do, ¡pásmate, lector!, ha logrado que el fabricante de agua de Colonia
abjure de sus doctrinas espiritistas.
Y tanto se ha enamorado el buen Nicodemus Fernández de la vida
patriarcal que se hace en el pueblo de doña Kuperta, que ha decidido
venir á Madrid á vender su fábrica para comprar una casa de campo in
mediata á la de Venancio. Casándose, apenas lo tenga todo arreglado,
con Norma, según lo ha dispuesto doña Kuperta; la cual desde muy joven
decía que le daba el naipe para casamentera.
De ¡Safo, lector, quisiera no decirte nada porque temo que has de te
nerme por embustero; pero la verdad es que se ha encariñado tanto con
el género de vida que hace al lado de su suegra y ama tanto á esta buena
señora, que no tiene más voluntad que la suya.
En fin, lector, ¿te acuerdas de lo que dijo que entendía por poesía y
de la burla que hizo de los versificadores? Pues ahora basta que doña Ku
perta le diga que saque un verso de su cabeza para que eche más coplas
que arrojan en un año todos los fabricantes de cerillas fosfóricas.
Á Venancio le parecen trozos de la Eneida cuantos versos salen de
los labios de su esposa, y todos viven en paz y en gracia de Dios, sin
acordarse para nada de la corte ni echar de menos ninguna de las como
didades y de los goces que proporciona la civilización.
337
AYER, HOY Y MAÑANA
Semejante cambio parece imposible, y me hace recordar aquella copla
con que la sociedad de 1800 se despidió del mundo al ver asomar la de
1850, y aun repetirla corregida y aumentada del modo siguiente:
Loco estaba el mundo
cien años atrás,
loco nos le dieron,
loco le entregarnos,
loco sigue sieudo,
loco morirá.
P o s d a t a . —Me olvidaba de decirte, amigo lector, que aquella carta
misteriosa que el año 1850 dejó escrita al morir, encargando, bajo severísimas penas, que no se abriera hasta 1899, no ha parecido ni tengo noti
cias de que nadie la haya buscado.
Y debo advertirte que á nadie le preocupa semejante extravío, porque
ya te he dicho que esta sociedad no tiene la vista en el cogote. Dice que
lo que no fue en su año no es en su daño, y que á muertos y á idos no
hay amigos. Por otra parte, ¿qué podía decir aquella sociedad corta de
vista en una carta cuyo sobrescrito decía m añana será otro día?
«¡Mañana será otro día!....» Es decir, que será un día más; pues gracias
por la noticia.
Estas gentes, que no se cuidan poco ni mucho de averiguar quiénes
fueron sus padres, se ocupan menos aún en inquirir quiénes serán sus
nietos. Nada dicen, y si algo dijeran se enjuagarían la boca con estos
versos de Jorge Manrique:
«Y pues vemos lo presente,
cuán en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.»
FIN DEL TOMO III Y ÚLTIMO
T omo 111
22
USTIDICE
DE L O S C U A D R O S
QUE
PARTE
CONTIENE
ESTE TOMO
TERCERA
CUADROS
PÁGINAS
Introducción.........................................................................................................
Un prólogo verdaderamente serio, aunque todo lo que en él se dice parez
ca purísima broma.........................................................................................
Dos palabras medianímicas ó el verdadero prólogo del libro......................
I.
—Comamos y luego hablaremos.......................................................................
II.
- Chirivitas el Yesero ó el ensanche de la población y el ensanche de la li
bertad...............................................................................................................
III. - El árbol de la publicidad....................................................................................
IV . - El que da lo que tiene á más no está obligado, ó cómo por el hilo del pre
gón se sacará el ovillo de la cosa pregonada................................................
V.
- Un diálogo de poco más ó menos, en el cual hay algunos disparates de
más....................................................................................................................
V I.
- Gran fábrica y despacho central del agua legítima de Colonia.................
V i l . - Ensanchando la cabeza se ha expropiado al corazón......................................
V III.
- Una declaración de amor ó el cuadro anterior más al alcance de la gabeta.
IX .
- De cómo en alas del amor se va á todas partes volando...........................
X.
- Una madre que no quiere dar mal ejemplo á su hija, ó cómo el santo se
adora por sí mismo y no por la peana.........................................................
X I.
- Una hija que se basta á sí propia...................................................................
X II.
- De cómo hablando no se entiende la gente..................................................
X III. - El Gran Hotel de la Unidad Transatlántica...................................................
X IV . - Perdido por mil, perdido por mil y quinientas...............................................
X V. - El club de los espiritistas medianímicos..........................................................
X V I. - Un diálogo lleno de verdades que parecen una sarta de mentiras. . . .
XVII. - El Telégrafo de noticias frescas.........................................................................
X V I I I . -U n a manifestación p o p u la r ..........................................................................
XIX. - Una madrugada en 1899.....................................................................................
XX. - Entre la espada y la pared.................................................................................
X X I.
- El maestro de ceremonias...............................................................................
X X II.
- La señorita Safo y la señorita Norma..........................................................
X X III. - De la capital de España á la capital de Dinamarca. Viaje de placer en dos
horas y cuarenta minutos..............................................................................
X X I V . -U n a travesía aérea, un amor rápido y unas calabazas redondas.............
XXV.
- Quiebras matrimoniales ó los estatutos del Hogar Cosmopolita.............
VII
XIII
x ix
21
29
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207
340
ÍNDICE
CUADROS
X X V I. —De Badajoz á Madrid y de Madrid al hotel...................................................
X X V I I -L a s gentes de 1850 entre las de 1899................................................................
X X V III.
—Un banquete electoral....................................................................................
X X IX .
- La publicidad bien entendida y la curiosidad bien pagada....................
X X X .-U n a taza de flores cordiales y otros sucesos de menos cordialidad. . . .
X X X I.
- Las subastas, las contratas y el seguro mutuo..........................................
X X X II.
- La Sociedad protectora de los animales.......................................................
X X X U l. - El hospital general..............................................................................................
X X X I V . —El Manicomio Penitenciario y el Manicomio Voluntario.........................
X X X V . - Madrid subterráneo.............................................................................................
X X X V I. - De cómo Safo visita á doña Ruperta, sin que ésta pueda agradecer seme
jante visita................................................................................
X X X V II. - Una corrida de toros..........................................................................................
X X X V III. - Los viveros de la sabiduría humana.................................................................
X X X IX .
- De cómo doña Ruperta ve tanto, que decide no ver nada más..............
X L . - La luna de miel..................................................................................................
PAGINAS
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