El anacronópete: viaje a China-Metempsícosis

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Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
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Español
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1887
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El A hacronópete

ES PRO PIED AD

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E L

ANACRONÓPF.TE
VIRAJE A CHINA-H ETEM PSICO SIS

F.

G ómez

S oler

BARCELONA

BIBLIOTECA « ARTE Y LETRAS »
DANIEL CORTEZO y C.a Calle de Pallare (Salón de S. Juan)

E sta b lecim ie n to tip o g ráfico -ed ito rial de D a n ie l C o k tezo v C .■*

CAPÍTULO PRIMERO
En el que se p r u e b a qu e a d e l a n t e no es la divisa del p ro g r e s o

foco de la animación, centro del movi­
m iento, núcleo del bullicio, presentaba aquel
día un aspecto insólito. No era el ordenado
desfile de nacionales y extranjeros dirigién­
dose á la exposición del Campo de Marte ya para sa­
tisfacer la profana curiosidad, ya para estudiar técniíia r ís ,

E N R IQ U E GASPAR

camente los progresos de la ciencia y de la industria.
Mucho menos reflejaban aquellas fisonomías la alegre
satisfacción con que los habitantes de la antigua Lutecia corren anualmente a ver disputar el gran premio
en el concurso hípico destrozando palabras inglesas y
luciendo trajes y trenes, capaz cada uno de satisfacer
el precio del handicap y de saldar todos juntos la deuda
flotante de algún Estado.
Verdad es que aunque época de certamen universal,
pues desfilaba el año de 1878, no lo era de carreras,
pues no iban transcurridos mas que diez días del mes
de Julio. Además no había vaivén; es decir que no
acontecía lo que en aquellos casos, que la gente que
se divierte se cruza en opuesta dirección con la que
trabaja ó huelga. Todos seguían el mismo rumbo lle­
vando impresa en la mirada la huella del asombro.
Las tiendas estaban cerradas, los trenes de los cuatro
puntos cardinales vomitaban viajeros que asaltando
ómnibus y fiacres no tenían más que un grito:—¡Al
Trocadero!
Los vaporcitos del Sena, el ferro-carril de cintura,
el tram-way americano, cuantos medios de locomo­
ción en fin existen en la Babilonia moderna, multipli­
caban su actividad hacia aquel punto atractivo del
general deseo. Aunque el calor era sofocante como de
canícula, dos ríos humanos se desbordaban por las
aceras de las calles, pues, exceptuando los vehícu­
los de propiedad, París con sus catorce mil carrua­
jes de alquiler, no podía transportar arriba de dos­
cientas ochenta mil personas, concediendo a cada uno
diez carreras con dos plazas ; y como la población
se elevaba a dos millones, en virtud del espectáculo
del día á que todos querían asistir, resultaba que un
millón y setecientos veinte mil individuos tenían que
ir á pié.
El Campo de Marte y el Trocadero, teatro de aquella
representación única, habían sido invadidos desde el

EL ANACRONOPETE

9

amanecer por la impaciente m ultitud que, no contando
con billete para la conferencia que en el salón de fes­
tejos del palacio debía celebrarse á las diez de la ma­
ñana, se contentaba con presenciar la segunda parte,
mediante el valor de la entrada, en el area de la Expo­
sición. Los que ya no tuvieron acceso á ella, asaltaron
los puentes y las avenidas. Los más perezosos ó menos
afortunados se vieron reducidos á diseminarse por las
alturas de Montmartre, los campanarios de las iglesias,
las colinas del Bosque y las prominencias de los P ar­
ques. Tejados, obeliscos, columnas, arcos conmemo­
rativos, observatorios, pozos artesianos, cúpulas, p a ­
rarrayos, cuanto ofrecía una elevación había sido
adquirido á la puja; y los almacenes quedaron ex­
haustos de paraguas, sombrillas, sombreros de paja,
abanicos y bebidas refrigerantes para combatir al sol.
¿Qué ocurría en París? Hay que ser justos. Ese
pueblo que así se admira á sí propio colocando sus
medianías sobre pedestales para que el m undo los
tome por genios, como se divierte consigo mismo ca­
ricaturándose en sus infinitos ratos de ocio, se conmo­
vía esta vez con sobrada razón. La ciencia acababa de
dar un paso que iba a cambiar radicalmente la manera
de ser de la humanidad. Un nombre, hasta entonces
oscuro y español por añadidura, venía á borrar con
los fulgores de su brillantez el recuerdo de las p rim e­
ras eminencias del mundo sabio. Y en efecto. ¿Qué
había hecho Fulton ? Aplicar á la locomoción marítima
los experimentos de W at ó de Papin á fin de que los
buques caminasen con mayor rapidez venciendo más
fácilmente la resistencia de las olas con su fuerza im ­
pulsiva; pero salir en lunes de un puerto para llegar
en martes a otro en que antes, á la vela y viento en
popa, no hubiera sido posible fondear hasta el sábado,
no puede decirse que fuera ganar tiempo sino perder
menos á lo sumo. Stephenson, inventando la locomo­
tora, le hacía devorar espacio sobre dos nervios de

IO

EN RIQ U E GASPAR

metal; pero recorrer mayor distancia en menos minu­
tos era siempre ir en busca del mañana por la senda
del hoy. Lo mismo digo de Morse: transmitir el pen­
samiento por un alambre merced á un agente eléc­
trico, no destruye el que, aunque el fluido sea capaz
de dar cuatro veces la vuelta al orbe terráqueo en un
segundo, la idea tarde en volver á su punto de partida
en cada revolución sobre la línea equinoccial la duocentésimo-cuadragésima parte de un minuto. Es decir
que el resultado es fatalmente posterior en la noción
del tiempo. Además, el no poderse prescindir de los
conductores hace gráfica la definición que del telégrafo
eléctrico daba en esta forma un individuo : «Perro muy
largo al que se tira de la cola en Madrid y ladra en
Moscou.»
Las hipótesis del famoso Julio Verne tenidas por
maravillosas, eran verdaderos juguetes de niño ante
la magnitud del invento real del modesto zaragozano
vecino de la Corte de las Españas. Bajar al centro de
la tierra es cuestión de abrir un orificio por donde ve­
rificar el descenso ; imitar á los habitantes de Ergastiria que muchos siglos antes de la era cristiana, ya pe­
netraron en los abismos del Laurium para desenterrar
el plomo argentífero. El trayecto era más corto ; pero
la carretera la misma. Navegar en los aires por la in­
geniosa teoría del soplete, no ofrece otra ventaja que
reducir la dirección á la voluntad del aereonauta su­
primiendo la maroma con que en la batalla de Fleurus
hacía transportar Jourdan los Montgolfier para descu­
brir la posición del enemigo. Ir al polo esperando el
deshielo es obra de pura paciencia; copia servil aun­
que sabia de esas personas que, para hacer compras
en un almacén, aguardan á que la tienda esté en liqui­
dación. Por lo que al Nautilus respecta, mucho antes
que Verne ya había hecho una prueba felicísima con
el Ictíneo nuestro compatriota Monturiol. Para relatar­
nos lo que existe en el fondo de los mares basta reunir

EL

ANACRONÓPETE

un congreso de buzos. Y sobre todo (perdón si me re­
pito) que arrancar en lunes del terreno de aluvión
para llegar en martes al eoceno, en miércoles al permeano y concluir la semana en el mar de fuego ; tras­
ladarse en veinte horas desde Francia al Senegal por
la vía aérea ; ó alcanzar por la submarina el fin de un
viaje mas tarde ó más temprano, pero siempre después,
encierra una idea de posterioridad que hace monótona
la misión de la ciencia, corriendo invariablemente
tras el mañana como si el ayer le fuese conocido.
El mundo es la casa de la humanidad, cuyos habi­
tantes al irse multiplicando, van añadiendo pisos á la
fábrica con el fin de estar con más holgura; pero sin
cuidarse de estudiar los cimientos del edificio, para
cerciorarse de que podra resistir el peso abrumador
que le echan encima. Cuando tan desfigurado vemos
media hora después el hecho de que hemos sido tes­
tigos treinta minutos antes ¿podemos confiar ciega­
mente en los relatos que la historia nos hace de los
tiempos primitivos sobre los que fundamos nuestra
conducta por venir? Si por una serie de deducciones
Boucher de Perthes creyó probar la existencia del
hombre fósil, ¿ no es posible que el fémur que él tomó
por humano perteneciera en la escala zoológica á algún
congénere de la montura del escudero de don Quijote?
El pasado nos es absolutamente desconocido. Las cien­
cias retrospectivas al estudiarlo, proceden casi por in­
ducción, y mientras no tengamos conciencia del ayer,
es inútil que divaguemos sobre el mañana. Antes que
ir a la negación por las hipótesis del futuro, aprenda­
mos á creer en Dios tocando de cerca los maravillosos
orígenes de su colosal obra de arquitectura.
Tales eran los principios filosóficos del doctor en
ciencias exactas, físicas y naturales don Sindulfo Gar­
cía, y su aplicación el espectáculo á que aquel pueblo,
ávido de emociones, concurría en masa con la ansie­
dad y la duda que necesariamente debía despertar en

I2

EN RIQUE

GASPAR

él lo que, á pesar de llamarse París el cerebro del
mundo, no cabía en su cabeza.
—Pero, diga usted, señor capitán—preguntaba á uno
de húsares de Pavía un caballero que con diez y nueve
individuos más se dirigía en ómnibus al sitio de la ex­
periencia. Usted como español debe estar enterado del
mecanismo del Anacronópete.
—Dispense usted—respondió el interpelado:—Yo sé
batirme contra los enemigos de mi patria ; ser come­
dido con los hombres, galante con las señoras ; conozco
la disciplina, la táctica y la estrategia; pero en punto
á navegar por el aire sólo he aprendido a ser manteado
en el colegio cuando no tenía la petaca bastante repleta
para abastecer á mis condiscípulos.
—Con todo—insistía el preguntón.—Á mí se me fi­
gura que en calidad de compatriota del sábio inventor
del aparato, debe usted poseer nociones más exactas
de él que un extranjero.
—Me honro con el título de español y soy ademas
sobrino del señor García ; pero no tengo más luces
sobre el asunto que cualquier otro.
La noticia del parentesco del capitán con el coloso
científico, redobló la curiosidad de los viajeros, que
empezaron á querer encontrar en él huellas de su tío,
como en las desiertas llanuras de Maratón ó entre los
viñedos de los campos cataláunicos buscamos las pi­
sadas de Milcíades ó el casco del corcel de Atila. Las
mujeres preguntaban si don Sindulfo era casado; los
hombres si tenía alguna condecoración, y todos si era
pariente de Frascuelo.
—Pero, en resumidas cuentas, ¿ qué se propone ?—
decía uno.
—Lo que estamos hartos de hacer los franceses—
exclamaba un patriota exaltado.—Viajar por los aires.
—Sí; mas con dirección fija y con una velocidad
vertiginosa — argüía prudentemente un guardia na­
cional reparando que el húsar echaba mano del sable

EL ANACRONÓPETE

13

sin más intención que la de colocárselo á su gusto.
—No niego—objetaba un cuarto—que es maravilla y
grande surcar a medida del deseo las corrientes at­
mosféricas ; pero esto más tarde ó más tem prano h u ­
biera acabado por hacerse. Lo que no concibe la inte­
ligencia humana, es que con ese vehículo pueda el
hombre retrogradaren el tiempo saliendo hoy de París
después de comer en Véfour para llegar ayer al m o­
nasterio de Yuste y tomar chocolate con el emperador
Carlos V.
—Eso es imposible—gritaron todos.
—Para nosotros los ignorantes—prosiguió el que
hacía uso de la palabra.—No así para la ciencia que
ha sancionado la invención en el congreso último. De
todos modos, pronto saldremos de dudas. El señor
García parte hoy en su Anacronópete para el caos, de
donde se propone regresar dentro de un mes trayendo
las pruebas de su expedición fabulosa.
—Apuesto á que el inventor es un bonapartista que
quiere poner de nuevo sobre el trono de Francia al
traidor de Sedán—vociferaba el patriota.
—Ó traernos el Terror con Robespierre—decía apre­
tando los puños un partidario de la causa legitimista.
—Poco á poco—argum entaba un sensato.—Si el Ana­
cronópete conduce á deshacer lo hecho, á mí me pa­
rece que debemos felicitarnos porque eso nos perm ite
reparar nuestras faltas.
—Tiene usted razón—clamaba empotrado en un tes­
tero del coche un marido cansado de su mujer. En
cuanto se abra la línea al público, tomo yo un billete
para la víspera de mi boda.
Celebrando estaban aún todos la ocurrencia, cuando
el ómnibus (no sin gran riesgo de aplastar á la apiñada
m uchedum bre) se paró en la cabeza del pu e n te ; y,
apeándose, cada cual trató de abrirse paso como pudo
para dirigirse á su destino.
Parece ficción lo que acabamos de oir, y sin embargo

14

EN RIQ UE

GASPAR

nada hay más positivo. El doctor don Sindulfo García
se aprestaba a hacer el experimento práctico de la re­
solución del mas arduo problema que hasta hoy regis­
tran los anales científicos: viajar hacia atrás en el
tiempo.
i Qué análisis había hecho de él? ^Á qué clase de
cuerpos pertenecía, lo que hasta hoy era una idea
abstracta, que así podía someterse á la descomposi­
ción ? ¿ De qué agentes se valía para ello ? ¿ Qué colosal
sistema era ese con que amenazaba llegar al descubri­
miento de la verdad retrogradando, en un siglo que
busca sus ideales en el mañana y que acepta el «ade­
lante» como fórmula del progreso ?
El capítulo siguiente nos lo dirá.

\

Una conferencia al alcance de todos
el espectáculo de dos partes. En
la prim era el sabio español se despedía de
sus colegas, de las autoridades y del público
de París con una conferencia dada en el pa­
lacio del Trocadero, en la que, supliendo el tecnicismo
con dem ostraciones vulgares, se proponía hacer com ­
prensible á los m enos versados en ciencias, los princi­
pios fundam entales de su invención. Form aba la se­
gunda la elevación del m onstruoso aparato desde el
Campo de Marte hasta la zona atm osférica en que de­
bía realizarse el viaje. Para ser testigo presencial de la
última, bastaba haber satisfecho la cuota de entrada
en el recinto de la exposición, trepar á las eminencias
ó disem inarse por las llanuras en espacio abierto; y es
lo que, como hemos visto, hicieron las m asas desde
que empezó á alborear, poniendo á prueba la p ru d en ­
cia y los puños de la gendarm ería que al fin logró eviiOm poníase

I6

EN RIQ U E

GASPAR

tar una irrupción en el palacio de la Industria. Pocos,
relativamente, eran los escogidos entre los muchos que
alegaban derecho á oir la palabra del doctor. El salón
de fiestas, aunque espacioso, no bastaba á contener
tanta gente. Ninguno délos espectadores seguía el tra­
tamiento del anti-fat, y sin embargo diríase que todos
habían enflaquecido, pues en cada asiento cabía por lo
menos persona y media. Las entradas estaban obs­
truidas y los pasillos cuajados de esa multitud que
aguarda paciente la ocasión de avanzar un paso, sa­
biendo que no ha de llegar nunca á la meta.
Los presidentes de la república, délos cuerpos colegisladores y del gabinete; el cuerpo diplomático, las
comisiones de los institutos y academias, de las corpo­
raciones sabias y del ejército alternaban, luciendo sus
uniformes sembrados de placas y cintas, con el mo­
desto sacerdote sin más cruz que la del Gólgotha des­
tacada sobre el fondo negro ó morado de su túnica
talar. Algunos fracs, aunque pocos, pues en Francia
raro es el que no tiene uniforme, asomaban como con
vergüenza su condición civil entre océanos de seda,
cascadas de blondas, montes de brillantes y nubes de
cabellos, negras unas como de tempestad, rubias otras
como estratos heridos por el sol poniente y casi nin­
guna del color que anuncia la nieve en el invierno de
la v id a : que m ujer y vieja va siendo ya cosa incompa­
tible en la patria de Violet y de Pinaud.
Por fin sonó la hora : una ondulación de curiosidad
vibró en el recinto y la puerta, abierta de par en par
por dos ujieres, dió paso á la comisión científica, a la
derecha de cuyo presidente caminaba el héroe con la
modestia propia del talento impresa en el semblante.
Todo en él era vulgar. Su nombre más que de sabio
parecía de barba de sainete. Su apellido no estaba li­
gado por ninguna partícula á esas hojas patronímicas
que, como Paredes, ó Córdoba, prestan frondosidad á
los árboles genealógicos é impiden la falta de respeto

EL A N A C R O N Ó P E TE

'7

con que un vástago ilustre de los García, la Malibrán,
es nombrada en el mundo del arte cual pudiera serlo
la Bernaola en el de los criminales célebres. L,levaba
sus cincuenta años, no con el soberbio orgullo del titán
aportando la piedra para escalar el cielo, sino con la
resignación del mozo de cordel que transporta un baúl.
Pequeñito, con sus guedejas lisas y en correcta forma­
ción, el traje muy cepilladito y como colgado de su ar­
mazón de huesos, tenía una de esas caras que parecen
hechas bajo la influencia del nombre del que las hade
ostentar. En suma, era digno de llamarse D. Sindulfo
García y merecedor del apodo de Pichichi que su cria­
da le había puesto por sambenito. Tal era la envoltura
que la sabiduría eligiera para asombrar al mundo pro­
bando una vez mas que bajo una mala capa se esconde
un buen bebedor.
La comisión tomó asiento debajo del órgano monu­
mental; el presidente agitó una campanilla de plata,
la sesión quedó abierta, y el inventor del Anacronópete
pasó a ocupar la tribuna á través de una tempestad
de aplausos que apagó, no su voz harto débil é inso­
nora, sino el movimiento de sus labios que hizo com­
prender á la multitud que había pronunciado el sacra­
mental «señores» comienzo de todo discurso.
Restablecido el silencio, el héroe se expresó de esta
manera.— Seré breve porque cuantas más horas con­
suma mas alargo la distancia que me separa del ayer
a donde me dirijo. Seré vulgar, porque, sancionadas
mis teorías por el mundo sabio, sólo me resta hacerme
comprender de todos. Ello no obstante contestaré á
cuantas objeciones se me hagan.
Mi propósito nadie lo ignora, es retroceder en el
tiempo, no para detener el continuo movimiento de
avance de la vida, sino para deshacer su obra y acer­
carnos más á Dios encaminándonos á los orígenes del
planeta que habitamos. Pero para explicar cómo se
deshace el tiempo, es preciso que antes sepamos de

i8

EN RIQ U E

GASPAR

qué se com pone este. Procedam os con orden. Dios hizo
el cielo y la t i e r r a : aquel o s c u r o ; esta en la forma caó­
tica. Después dijo: — « Sea hecha la luz»— y la luz q u e ­
dó hecha. T en e m o s pues al Sol flotando en la bóveda
celeste y al orbe suspendido en el espacio por la atra c­
ción solar.
C ualquiera sabe, desde que Galileo dem ostró el p rin ­
cipio de la rotación de la esfera, que el m u ndo se
m u ev e; pero lo que no ha dicho la ciencia todavía, es
por q ué la tierra al g irar verifica su m ovim iento de
occidente á oriente en vez de hacerlo á la inversa ; y
esto es lo que yo voy á exponer como base de mi sis­
tem a anacronopético.
El auditorio dejó escapar un m u rm u llo de satisfac­
ción, y el sabio continuó de este m odo su conferencia:
— La T ierra en un principio estaba sum ida en el
caos; era una inm ensa bola de fuego que, como todo
cuerpo incandescente, exhalaba esos vapores que co­
nocemos con el nom bre de irradiación. Fija en su eje,
pues como obra acabada de crear no había em pezado
a ú n las revoluciones que el Hacedor le im puso, su
calor era infinitam ente más intenso po r Oriente en
virtu d de la influencia del sol que constantem ente la
estaba bañando por aquella parte. Los que hayan visto
fundirse en u n a m a rm ita sustancias bitum inosas h a ­
brán observado la enorm e cantidad de vapor que se
d esprende de ellas. F igúrese por lo tanto el que d e s ­
pediría la fusión de un esferoide cuyo volum en es de
mil setenta y nueve millones de m iriám etros cúbicos.
El m as lego concibe que sem ejantes evaporaciones no
podían ten er lugar sin que cada d esprendim iento fuese
acom pañado de un estam pido y de u n a convulsión.
Ahora bien, si al d ispararse un cañonazo, la reperc u ­
sión hace que el cañón retroceda, cada descarga de la
irradiación debía llevar consigo dislocaciones en la es­
fera terrá q u e a . Y como las descargas se repetían con
más frecuencia é intensidad por la p arte Oriente del

EL ANACRONÓPETE

!9

planeta en razón del m ayor calórico que el sol le su­
m inistraba, los repetidos retrocesos originados hacia
aquel lado por las constantes sacudidas dieron por re ­
sultado la rotación del esferoide sobre su eje, en la di­
rección de Poniente á Levante, sabiam ente prevista por
la Providencia para la periódica sucesión de los dias y
las noches, y tan duradera como á su om nipotente arbi­
trio plazca que seael fuego centralque le sirve de m otor.
Un prolongado hurra acogió esta teoría tan nueva
como atrevida é inesperada. El doctor sin hum edecer­
se la boca — lo que no dejó de llam ar la atención de los
oyentes, acostum brados á ver á sus oradores hacer
siem pre uso del agua en la peroración,— reanudó así
el hilo de la suya.
— Todo fenómeno obedece á una causa; y sin em ­
bargo han transcurrido dos siglos y m edio desde que
el inventor del term óm etro y del compás de propor­
ción, el sabio de Pisa que por el isócrono m ovim iento
del péndulo enseñó á m edir las pulsaciones de la arte­
ria y á contar los segundos, Galileo en fin, nos dijo que
la T ierra se movía, hasta hoy que nos ha sido revelada
la razón de un hecho tan sencillo. Pero <¡ basta esto ? De
ningún modo. Si todo fenómeno obedece á una causa,
preciso es tam bién que tenga un fin, que produzca un
resultado, que llene un objeto.
« La Tierra se mueve» grita un hom bre; y en segui­
da la ciencia pregunta: «<: Porqué se m ueve?» «Por el
desprendim iento de calórico» responde la observación;
pero acto continuóla filosofía da el alto, cruza el arm a
y exclama á su vez : «¿Y para qué se m ueve ?»
Vamos á contestar á la filosofía. La Tierra se m ueve
para hacer tiem po. Nuestro planeta que, como hemos
visto, no era más que una masa incandescente, llegó á
solidificar su corteza, vió surgir de su superficie m on­
tañas colosales, llenó de m ares sus senos, vistió su ari­
dez con una flora sorprendente y poblóse de una fauna
riquísim a. ¿ Cómo se operó este m ilagro ? Muy senci-

20

EN RIQ UE

GASPAR

llámente; por la acción del tiempo: por una sucesión
de días ó de épocas cuyo trabajo presidía la sabiduría
y la voluntad del Hacedor Supremo, el cual permite
que la revolución continúe para perfectibilidad del
hombre y admiración de su omnipotencia. Las trans­
formaciones del globo son pues la obra del tiempo.
Pero quién es este artífice ? ¿ Dónde están sus mate­
riales ? ¿ Cuál es su laboratorio ? El artífice es la irradia­
ción ; sus materiales están en la zona gaseosa; su labo­
ratorio es el espacio: EL TIEMPO ES LA ATMÓSFE­
RA. Todas las maravillas que la naturaleza, la ciencia,
el arte y la industria presentan hoy á nuestra admira­
ción y que creyéndolas la expresión genuina del pro­
greso nos llenan de orgullo, proceden íntegras de esa
región en que el hombre no ha sabido encontrar hasta
ahora más que aire, lluvia, relámpagos, rayos, truenos
y media docena más de accidentes meteorológicos.
Refrenad vuestra impaciencia: voy á probar lo expues­
to con una demostración practica. Á mí me gusta que
la convicción llegue al ánimo por el sentido de la vista.
Una oleada que amenazaba ser una explosión se pro­
dujo en el auditorio. El presidente agitó su campanilla,
y el disertante, que se había vuelto de espaldas un
momento, volvió á reaparecer de frente teniendo en
la mano un sombrero de copa cuyo cilindro envolvía
una de esas enormes gasas con que el hombre va di­
ciendo que está de luto a los que no se lo preguntan,
por lo poco que les importa.
La gasa, dispuesta previamente para el caso, daba
cinco ó seis vueltas al sombrero y no estaba adherida
á este más que por su cabo interior. Don Sindulfo em­
pezó á desenvolverla entre las carcajadas de la muche­
dumbre, que en aquella, como en todas las circunstan­
cias de la vida, aprovechó la que se le presentaba de
abandonarse á su condición frívola y bullanguera.
El sabio, como si nada oyese, continuó su tarea; dejó
flotar el crespón cosido por un borde á la copa y, ex-

EL ANACRONÓPETE

21

hibiendo la sedosa felpa del som brero, dijo, señalando
el cilindro libre de toda envoltura:
— lie aquí la T ierra en su estado incandescente tal
y como á Dios le plugo arrojarla en el espacio infinito.
Como veis, está fija, inmóvil; pero de pronto, la irra d ia­
ción represen ta d a por esta gasa produce un d e s p re n ­
dim iento ; este por la repercusión origina una disloca­
ción en el globo y la esfera principia a g ira r sobre su
eje dando lugar al tiem po que no es otra cosa que el
m ovim iento incesante.
Y así diciendo, m ientras con la m ano derecha ten ­
día la gasa sim ulando u na colum na de h u m o que se
elevase, con la izquierda im prim ía una imperceptible
rotación al som brero.
— Mirad el tie m p o —proseguía señalando el crespón.
—¿Q ueréis saber cómo por una sucesión no in te rru m ­
pida de segundos se convierte en minerales, en plantas
y en seres orgánicos? ¿ Cómo del alga llega al jardín de
aclimatación, del caolín al aderezo de diam antes, de la
caverna á la arq u ite ctu ra, del trilobito con sus tres ló­
bulos, á la frente del hom bre y al cálculo infinitesimal?
Seguidle conmigo a su laboratorio atmosférico.
La estupefacción estaba pintada en todos los sem ­
blantes. El doctor dejó escapar una sonrisa de triunfo,
heraldo de su convicción, y rem ondándose el pecho
continuó a s í :

C A P ÍT U L O III
Teoría del tiem p o : cómo se form a: cómo se desco m p one
UALQUiF.RA que haya visto

hervir en un hor­
nillo una cazuela de sopas, habrá tenido que
fijarse necesariamente en el fenómeno de
transformación que se verifica en el vaho al
escaparse por la campana de la chimenea. Lo p ri­
m ero que hace es enfriarse y convertirse en gotas de
agua que paralizan la ebullición si caen en el fondo
del recip ien te; ó bien se trueca en hollín si la conden­
sación tiene lugar á tal distancia del fuego que le p e r­
m ite solidificarse. Es decir que si la cazuela continua­
ra hirviendo durante una serie no interrum pida de
años, concluiría por form arse en la superficie de las
sopas una película ó corteza producto de los despren­
dim ientos de los vapores, ni más ni menos que la que
se forma en el fogón y que acabaría por petrificarse á
fuerza de tiempo. Pues apliquem os este principio á
nuestro caso.

EL

ANACRONÓPETE

23

El sombrero es la tierra ; la gasa el vaho. Éste sube
y se condensa; pero aquella gira y lo envuelve del
mismo modo que la faja se lía en la cintura del chulo
ó el turbante en la cabeza del musulmán. Y aquí tie­
nen ustedes cómo por esta rotación la primera capa
del crespón oculta ya la seda del sombrero como la
primera película sólida del globo ocultó la masa ígnea
del planeta. La gasa aparece llena de pliegues y hen­
diduras. ¿ Qué representan ? Los montes y las llanuras
obra del tiempo. ¿En dónde se ha producido este
tiempo ? En la atmósfera. ¿ Es decir que el Himalaya
y la montaña del Príncipe Pío ; el valle de Josafat y el
de Andorra nos han caído de las nubes ? Indudable­
mente. ¿Cómo? Así: los espantosos huracanes que
entonces reinaban, barrían hacia un punto dado las
sustancias en fusión de la superficie de la Tierra que,
aglomeradas y acumuladas, formaban puntos promi­
nentes, del mismo modo que cuando soplamos en un
plato de sémola, la sopa se llena de montoncitos. Por
otra parte las continuas descargas eléctricas abrían
zanjas en la corteza del esferoide ó la deprimían pro­
duciendo cauces por los que corría la masa incandes­
cente que son los filones de hoy. Vinieron por último
las lluvias torrenciales que, enfriándolo y solidificán­
dolo todo, dieron lugar á la formación del terreno pri­
mitivo ó sea de la primera capa consistente (contando
de abajo arriba) de esta corteza de ochenta kilómetros
que nos sirve de pedestal.
«Poco á poco, me objetara alguno : Yo no veo en
esas revoluciones atmosféricas sino agentes modifica­
dores de las propiedades del globo; pero nunca la idea
del tiempo. Obra de éste es indudablemente el mun­
do ; sin embargo, la razón no admite que los minera­
les, los vegetales y los animales que en sí encierra,
sean producto del rayo, del huracán ó de la lluvia.»
¿ Qué es el tiempo ? preguntaré yo contestando. El
tiempo es el movimiento ; en la inacción no hay ni an-

24

EN RIQ UE

GASPAR

tes ni después. ¿ Quién ha impreso el suyo en la Tie­
rra } La irradiación, el desprendimiento de calórico, el
vaho en fin por las repercusiones de sus descargas.
¿ De qué agentes se componía este vaho ? De todos los
que hoy constituyen nuestro planeta ; y la prueba es
que si la Tierra no se hubiese movido, los gases, per
diéndose en el espacio, nos hubieran dejado sin globo
llevándose con la evaporación todas sus substancias.
Luego la atmósfera, recibiendo incesantemente las
respiraciones del planeta, y devolviéndoselas transfor
madas, es el laboratorio donde se operan las metamor­
fosis cósmicas, donde el movimiento se realiza y don­
de por consiguiente el tiempo se produce. ¡ Cómo !
¿ Vosotros no veis en la lluvia mas que la gota de
agua, la chispa en el rayo, la ráfaga en el huracán ?
Levantad el espíritu y adorad al Creador que os envía
en esos fluidos el mañana incesante, como hace cerca
de siete mil años os mandó el hoy en que vivís y sus
maravillas que admiráis. Las nubes arrojaron la co­
lumna de Santa Sofía en Constantinopla y el obelisco
de Sixto V en la ciudad Eterna trayéndonos en sus
gotas el pórfido rojo de Egipto con sus cristalizaciones
blancas. De su laboratorio bajaron las agujas de Louqsor y la columna de Pompeyo. El bermellón con que
el hijo de David y Betsabé mandó pintar el templo de
Jehová, ¿ quién lo produjo sino el cinabrio llovido so­
bre Almadén en la Mancha ? La cal y el carbono des­
prendidos de las entrañas del nimbo, os regalaron las
casas que habitáis procurándoos las calcáreas y las ca­
lizas, de que extraéis el mortero y con que talláis la
ménsula. En el mismo chaparrón en que venía en­
vuelta la marga para ladrillos, llegaba el caolín que
con el feldespato se vitrificaba para procuraros tazas
en que tomar los alimentos y porcelanas con que ador­
nar vuestros salones. ¿ Dónde estarían los ferro-carri­
les que atraviesan el Mont-Cénis y el San Gotardo y
los vapores que, como el Vega, se abren ya camino por

EL

ANACRONÓPETE

25

el estrecho de Behring-, sin la acción atmosférica que
descomponiendo la vegetación del período carbonífe­
ro elaboró la hulla ? ¿ Negaréis que en cada gota exis­
tía el germen de una locomotora ó de una goleta y en
cada temporal el de un tren ó de una escuadra ? Pero
no llovían sólo medios de locomoción ; del llanto de la
zona gaseosa se desprendían chimeneas, alumbrados
públicos y caricias femeniles : porque extraído el hi­
drógeno de la hulla, aquel levantaba fábricas de gas,
mientras sus residuos metamorfoseados en cok con­
gregaban á la familia al amor de la lumbre ó servían
para firmar las paces entre marido y mujer cuando,
carbono cristalizado, se presentaban en la forma de dia­
mante. La brújula y el telégrafo eléctrico tuvieron por
inspirador al rayo. ¿ Qué sería de la humanidad sin el
mercurio que así le señala las variaciones de la tempe­
ratura como le sirve para la extracción del oro y de la
plata ? Pero aún hay más. En los elementos constituti­
vos de los fenómenos atmosféricos, Dios permite que
vengan á la tierra en embrión las conchas, las tortugas,
las aves, los reptiles y los mamíferos de la época se­
cundaria ; y que, purificado el aire por la absorción
que del ácido carbónico ha hecho la vegetación carbo­
nífera, sople ya tan respirable en el período terciario
para la familia orgánica, que el infusorio, caído en la
tierra con la gota de lluvia, se desarrolle, se cruce y se
agigante convirtiéndose en mastodonte, hipopótamo,
rinoceronte, caballo, toro, búfalo, ciervo, dromedario,
tigre y león. Por fin, el terreno cuaternario nos pre­
senta el mamut, el auroch, el urus, el gamo, el ciervo
y el megaterio ; hasta que la Providencia para coronar
su obra, toma una porción de aquella arcilla elabora­
da al efecto durante seis días ó épocas, y, modelando
con ella una figura, le comunica su Divino soplo, la
llama hombre y le proclama por su inteligencia rey de
la creación. Señores, las envolturas concéntricas de la
gasa simbolizan las épocas geológicas de la naturaleza.

2 6

EN RIQ UE

GASPAR

Estas épocas deben considerarse como las matemáticas
del mundo. ¿ No son producto de evoluciones atmosfé­
ricas? Sí. ¿ No contamos por ellas la edad del globo ?
Sí. Pues si cada película es una serie de siglos, cada
gota, cada chispa, cada ráfaga debe ser una porción
de segundo ; luego las horas se ciernen en el espacio:
afirmemos pues que el tiempo es la atmósfera.
El entusiasmo, reprimido en el auditorio por efecto
de la admiración, estalló en la primera pausa propicia,
y una tempestad de aplausos y aclamaciones retumbó
en el recinto haciéndose extensiva hasta los corredores
donde la gente aplaudía por espíritu de imitación. Uno
de los concurrentes, levantándose del asiento con gran
extrañeza del público que creía que abandonaba el
local, se encaró con el sabio y le d i jo :
— ¿ S e me permite exponer una duda ?
— Todas cuantas se originen—respondió don Sindulfo.
— Si el orador considera al tiempo como una faja
densa, ¿ no es de presumir que dada la depresión de
todo cuerpo esférico por sus polos, los de la tierra que­
den sin envoltura como la imperial del sombrero y el
aro ó círculo de la cabeza han quedado sin gasa en la
demostración ?
— Es indudable ; y eso no hace sino confirmar mi te­
sis. Probado que la atmósfera es el tiempo y que el
tiempo lo forman los acontecimientos, si nadie ha ido
todavía á los polos, en los polos no ha sucedido nada;
y no haciendo falta el crespón ó envoltura allí donde
no hay vitalidad, esta economía de atmósfera ha sido
la sisa del sastre naturaleza.
Una sonora carcajada acogió la humorística refuta­
ción del sabio, quien sin inmutarse prosiguió el curso
de su conferencia.
—Nada más simple, señores, que descomponer un
cuerpo cuando los elementos que lo componen nos son
conocidos. Si yo sé que este signo de luto de mi som-

EL ANACRONÓPETE

2?

brero lo forman capas concéntricas de gasa liadas al
rededor del cilindro, con irlas desenvolviendo en sen­
tido contrario al que ellas emplean en su revolución
envolvente, es indudable que llegaré á dejar á descu­
bierto la copa; lo cual aplicado al cosmos significa que
á fuerza de desliar zonas geológicas se ha de tropezar
con el caos. Ahora bien : ¿ Cómo tiene lugar esta des­
composición } Para explicarlo satisfactoriamente es
preciso que me ocupe un poco de mi aparato. El Anacronópete, que es una especie de arca de Noé, debe su
nombre á tres voces griegas: And que significa hacia
atrás, cronos el tiempo y petes el que vuela, justifican­
do de este modo su misión de volar hacia atrás en el
tiempo ; porque en efecto, merced á él puede uno des­
ayunarse á las siete en París, en el siglo xix; almorzar
á las doce en Rusia con Pedro el Grande ; comer á las
cinco en Madrid con Miguel de Cervantes Saavedra—
si tiene con qué aquel día—y, haciendo noche en el
camino, desembarcar con Colón al amanecer en las
playas de la virgen América. Su motor es la electrici­
dad, fluido á que la ciencia no había podido hacer via­
jar aún sin conductores por más que estuviese cerca
de conseguirlo—y que yo he logrado someter domi­
nando su velocidad. Es decir que lo mismo puedo dar
en un segundo, como locomoción media, dos vueltas
al mundo con mi aparato, que hacerlo andar á paso de
carreta, subirlo, bajarlo ó pararlo en seco. Dado el
agente impulsor, todo lo demás son procedimientos
mecánicos cuya relación ningún interés despertaría,
especialmente en un público que sabe de memoria las
obras de Julio Verne; obras de entretenimiento que si
bien no he de comparar con el solemne carácter cien­
tífico de mis teorías, encierran no obstante hipótesis
basadas en estudios físicos y naturales que me eximen
de explicaciones enojosas sobre el regulador, los com­
pensadores, termómetros, barómetros, cronómetros,
anteojos de gran potencia, recipientes de potasa, apa-

28

E N R IQ U E GASPAR

rato Reiset y Regnaut para producir el oxígeno respi­
rable y tantos otros detalles rudimentarios. Elevóme,
pues, al centro de la atmósfera, que es el cuerpo que
se trata de descomponer y al que seguiré llamando
tiempo. Como el tiempo para envolverse en la tierra
camina en dirección contraria á la rotación del plane­
ta, el Anacronópete para desenvolverlo tiene que an­
dar en sentido inverso al suyo é igual al del esferoide
ó sea de Occidente á Oriente. El globo emplea veinti­
cuatro horas en cada revolución sobre su eje ; mi apa­
rato navega con una velocidad ciento setenta y cinco
mil doscientas veces mayor ; de lo cual resulta que en
el tiempo que la Tierra tarda en producir un día en el
porvenir, yo puedo desandar cuatrocientos ochenta
años en el pasado.
Ahora bien ; lo primero que salta á la vista es que,
cualquiera que sea la velocidad de la locomoción y la
altura á que ésta se verifique, el Anacronópete no ha
de hacer más que describir una órbita al rededor de la
tierra como la que al rededor de los planetas descri­
ben los satélites; y así sucedería en efecto si la atmós­
fera permaneciera inalterable ; pero como la descom­
pongo, en cada vuelta deshago su obra de un día y
allí donde me paro allí esta el ayer. Veamos cómo se
verifica este fenómeno.
Dícese vulgarmente que para conservar las sardinas
de Nantes y los pimientos de Calahorra hay que
extraer el aire de las latas. Error. Lo que se extrae es
la atmósjera y por consiguiente el tiem po; porque el
aire no es más que un compuesto de nitrógeno y oxi­
geno, mientras que la atmósfera, además de constar
de ochenta partes del primero y veinte del segundo,
lleva en sí una porción de vapor de agua y una peque­
ña dosis de acido carbónico, elementos todos que no
se separan nunca al llenar un vacío. Pero apartémonos
de la ciencia y vengamos al razonamiento vulgar.
Figurémonos que el mundo es una lata de pimien-

EL ANACRONÓPETE

29

tos morrones de la que no hemos extraído la atmósfe­
ra. ( Qué sucede una vez tapada sin esta precaución ?
Que el tiempo empieza á ejercer su influencia y a ve­
rificar su obra. En primer lugar se adhieren a las
paredes del bote unas moléculas que, aglomeradas y
solidificadas concluirían á fuerza de años por petrifi­
carse y en cuyas substancias encontraríamos los gér­
menes minerales de las rocas primitivas. Después ob­
servamos que el jugo se cubre de una especie de
verdín que no es otra cosa que la vegetación rudimen­
taria. Y por último los infusorios del vapor de agua
vivificados, reproducidos y desarrollados agusanan la
conserva enriqueciéndola con las múltiples variantes
del reino animal. ¿ Puede aún dudarse que la atmósfe­
ra es el tiempo ?
Pues volvamos la oración por pasiva. Supongamos
que hemos extraído el aire y que abrimos la lata cien
años después de haberla tapado. ¿ Qué vemos ? Los
pimientos en perfecto estado de conservación sin que
el tiempo haya pasado por ellos ; luego si la acción at­
mosférica debió destruirlos ó metamorfosearlos y la
falta de esta acción los ha mantenido en su completa
integridad, es indudable que lo que nos comemos cien
años después, es la vida vegetal de una centuria antes
y que por consiguiente retrogradamos un siglo. Mas
claro. No hemos extraído el aire de la lata y la abri­
mos en el momento en que la descomposición empie­
za ; si tomamos una cuchara y con ella empezamos a
quitar las capas de moho que envuelven los pimien­
tos, su rojizo color, aún no alterado, concluirá por des­
cubrirse á través de las injurias de la atmósfera. Pues
esta es la teoría del tiempo. Muy joven el mundo to­
davía para que el fuego central haya desaparecido., se
halla no obstante cubierto de esas películas de moho
que el Anacronópete va á desenvolver con el auxilio de
cuatro grandes cucharas ó aparatos neumáticos fijos
en sus extremos angulares: con los que, no sólo des-

3o

EN RIQ U E

GASPAR

compongo las miserables veinte leguas de gases que
circundan el esferoide en capas concéntricas, sino que
al desalojarlas logro navegar en el vacío impidiendo
que mi vehículo se inflame con la frotación atmosféri­
ca. Porque, volviendo á los símiles: la atmósfera no es
más que una aglomeración de átomos imperceptibles,
del mismo modo que una playa no es otra cosa que la
reunión de millones de granos de arena. Ó si la que­
remos más perceptible, la atmósfera es una vastísima
plaza pública llena de gente en un día de revolución.
Si un hombre temerario é inerme se empeñara en lle­
var corriendo un parte de un extremo á otro contra la
oposición de la atmósfera popular, sucedería que em­
pellón de aquí, tirón de allá, resistencia de todas par­
tes, perecería sin remedio entre las ondas de aquel re­
vuelto piélago, como el Anacronópete acabaría por
desaparecer abrasado en su carrera en razón de la fro­
tación y el movimiento.
Pero <j qué hace un gobernador prudente represen­
tado en esta circunstancia por la ciencia ? Le da un ca­
ballo al encargado de llevar el parte (la electricidad
aplicada al Anacronópete), le rodea de un piquete de
caballería (los cuatro aparatos neumáticos), y les orde­
na que, lanza en ristre, desemboquen por una de las
calles adyacentes. El fenómeno que se opera es de to­
dos conocido. Los atomos se dispersan delante de los
lanceros ; las moléculas que _quedan atrás tratan de
llenar el hueco originado por el desalojamiento ó sea
la dispersión; pero, como la caballería camina con más
velocidad que los amotinados de la retaguardia y los
de delante huyen fuera del alcance de las picas, los
grupos desaparecen, y el parte, libre de toda fuerza
de resistencia llega á feliz término sin obstáculo algu­
no galopando por el vacío que le van abriendo las lan­
zas del escuadrón.
El auditorio delirante iba á prorrumpir en una en­
tusiasta exclamación ; pero se detuvo al ver que el in-

EL ANACRONÓPETE

3I

terruptor volvía á ponerse de pié, y encarándose con el
disertante exclamaba :
—No sin temor voy á exponer una duda.
—Escucho—dijo el sabio.
—Si por ese procedimiento, que no admite refuta­
ción, camina uno hacia atrás en el tiempo : ¿no suce­
derá que á medida que el anacronóbata pierda años,
se vaya volviendo mas joven ?
—Indudablemente.
Aquí la sensación del bello sexo se tradujo en un
grito de alegría.
—¿ De modo que el viajero acabará por no existir á
fuerza de irse achicando ?
—Eso es lo que acontecería si la ciencia no lo hubie­
ra previsto todo.
—¿ Y cómo neutraliza su señoría esos.efectos ?
—Muy sencillamente : haciéndome inalterable mer­
ced á unas corrientes de un fluido de mi invención.
¿No camino yo hacia el pasado? Pues así como pueden
guardarse sardinas frescas para el porvenir, me ga­
rantizo del ayer que constituye mi mañana. Es el pro­
cedimiento de las conservas alimenticias aplicado á la
vida animal con el efecto invertido. Y esto sentado,
permítaseme poner punto final á mi conferencia, pues
avanzan las horas y me urge tener esta noche una en­
trevista con Felipe II para enterarme de si el pastelero
de Madrigal fué ó no positivamente el rey portugués
cuya desaparición dejará de ser en breve uno de los
misterios de la historia.
Un diluvio de hurras se desencadenó en la sala. Los
hombres lanzaban al aire sus tricornios y sus sombre­
ros; las señoras cubrían de flores la tribuna del orador,
y el órgano, ejecutando una marcha compuesta para
aquella solemnidad, lograba á duras penas dejarse oir
entre las frenéticas vociferaciones del desbordamiento
público.
Por fin, nuestro ilustre compatriota, rodeado del

32

EN RIQU E

GASPAR

congreso científico y seguido de la m u ltitu d consiguió
llegar á la p u erta ; y, dando allí un viva al atrás como
nuevo grito de la civilización, atravesó la balaustrada,
descendió la colina del Trocadero y se encam inó al
Anacronópete que m ajestuoso descansaba su inm ensa
mole en la explanada del palacio del cam po de Marte.

En el que se tratan asuntos de familia

os grandes efectos no son siem pre el resul­
tado de grandes causas. Ahí tenem os sino
las guerras del Peloponeso á las que la his­
toria atribuye una razón em inentem ente po­
lítica y que sin embargo debieron su origen al rapto que
de tres doncellas educandas de Aspasia, hicieron unos
habitantes de Megara, jóvenes de buen hum or, sin
contar que la cosa no había de ser del agrado de P eri­
cles—de quien dicen malas lenguas si tenía ó no tenía
que ver con la profesora. — Y parécem e á mí que sí
que le gustaba al hombre porque, cuando acusada de
impiedad él se encargó de su defensa, no supo hacer
3

34

EN RIQ UE

GASPAR

más que cubrirse el rostro con el manto y llorar como
un chiquillo en el Pnix; lo que por cierto le valió la
absolución á la buena discípula de Anaxágoras.
Pues bien, erudición á un lado, tampoco el invento
de don Sindulfo era debido, como lo parecía, á su amor
por la ciencia; sino á un interés doméstico, mejor diré,
á una mira puramente personal.
Cuatro palabras sobre su vida.
Muy joven aún nuestro héroe se encontró solo en el
mundo, doctor en ciencias y dueño de una inmensa
fortuna cuyos rendimientos invertía, anualmente y
casi íntegros, en aparatos de las mejores fábricas ex­
tranjeras con que enriquecer su gabinete de física y
mineralogía. Tan pródigo para sus estudios como
avaro para todo lo demas, llegó á los cuarenta años
sin conocer ni los rudimentos del amor. Todas sus
afecciones se concretaban en su amistad por Benjamín,
otro sabiote dos lustros menor que él, pero casi tan
ageno como don Sindulfo á todas las cosas de la tie­
rra; verdad es que el tiempo le faltaba para cuanto no
fuese aprender sánscrito, hebreo, chino y un par de
docenas más de lenguas difíciles, para las que tenía
una aptitud sin igual. Aunque no habitaban la misma
casa, puede decirse que vivían juntos, pues Benjamín
no abandonaba la de García en la que diariamente po­
día contar con su plato de cocido á las dos y su guisa­
do á las ocho, en virtud de lo cual Benjamín, que era
pobre, resolvía el problema de ahorrar sin tener, y don
Sindulfo encontraba un estómago agradecido que so­
portase sus impertinencias.
Los periódicos de Zaragoza, como todos los de la
Península, amanecieron una mañana anunciando la
venta del museo de un célebre arqueólogo de Madrid
fallecido pocas semanas antes ; y como Benjamín, á
quien no se le cocía el pan en el cuerpo cuando de co­
sas antiguas se trataba, manifestase deseos de adqui­
rir algunas baratijas, su amigo le procuró la ocasión

EL ANACRONÓPETE

35

decidiendo trasladarse ambos a la corte de las Españas,
y poniendo á disposición del anticuario su bolsillo y
sus conocimientos.
Dicho y hecho: llegaron á Madrid, tomaron un cuar­
to común en las Peninsulares y el día de la venta se
trasladaron al gabinete del coleccionador. Benjamín lo
hubiera comprado todo á haber tenido dinero; pero se
contuvo ante su pobreza y aun fué preciso que don
Sindulfo le aguijoneara para hacerse con algunos
ejemplares. La verdad es que se necesitaba ser un
santo para no quitárselo de la boca, por ser dueño de
aquel cúmulo de maravillas. Allí en un estuche de
cuero y en estado fósil se encontraba el ojo que Aníbal
perdió en el sitio de Sagunto: á su lado se erguía la
punta del cuerno del buey Apis: un poco más allá re­
posaba una carabina llena de moho que, por haberse
encontrado cargada con cañamones, se suponía que
fuese la de Ambrosio que hasta entonces se había te­
nido por legendaria. Pero como los precios no estaban
al alcance de todas las fortunas, Benjamín tuvo que
reducir sus aspiraciones y concretarse a la adquisición
de una medalla relativamente importante. El tiempo
había corroído parte de la inscripción; pero lo que de
ella podía aún leerse que era esto:
SERV C POMP PR
JO HONOR
no dejaba duda acerca del origen que el catálogo le
atribuía suponiéndola tributo conmemorativo de Ser­
vio Cayo prefecto de Pompeya en honor de Júpiter.
Ya iban á abandonar el museo cuando llamó la
atención del absorto aficionado el ínfimo precio en
que estaba tasada una momia de carácter particular.
Y en efecto, ni el sarcófago tenía la forma egipcia, ni
el procedimiento por que aquel cadáver había sido

36

E N R I Q U E GASPAR

embalsamado era el que, según Ilerodoto, se practi­
caba en Tebas y Memíis abriendo el pecho con una
aguzada piedra de Etiopia para sacar el ventrículo y
rellenar el vientre con mirra, casia y vino de palmera.
Tampoco se había obtenido la momificación con la
resina llamada Katran por los árabes, extraída á fuego
vivo de un arbusto muy abundante en las orillas del
m ar Rojo, la Siria y la Arabia feliz, como lo consigna
el coronel Bagnole. Su acartonamiento parecía obra
n a tu r a l ; pues, sobre no tener huella de incisión algu­
na, ni estaba envuelta en las tradicionales bandas, ni,
falta de depresiones, podía decirse que hubiera sido
fajada nunca. El catálogo decía modestamente: «Mo­
mia de origen desconocido;» y esta ausencia de abo­
lengo ó de historia es lo que la hacía despreciable para
los que de ordinario sólo se pagan de genealogías
apócrifas las más veces.
Benjamín, con su espíritu observador, puso sus cin­
co sentidos en el estudio de los menores detalles; y
fijándose en una ajorca ó argolla de metal adaptada en
el tobillo derecho y sobre la que campeaba una ins­
cripción china — que el vulgo había tomado por un
adorno,—no pudo reprim ir un grito de sorpresa.
— ¿ Qué es eso ?— le preguntó don Sindulfo.
—Acabo de hacer un descubrimiento prodigioso.
— ¿Cuál ?
— Oiga usted lo que dice esta inscripción. «Yo soy
la esposa del emperador Hien-ti, enterrada viva por
haber pretendido poseer el secreto de ser inmortal.»
— ¡Hien-ti!—exclamó don Sindulfo partícipe ya del
entusiasmo de su amigo.—¿El último vástago de la di­
nastía de los Han ?
Destronado en el siglo tercero de la era cristiana
por Tsao-pi, fundador de la dinastía de los Ouei.
— Es decir...
—Es decir que ese pueblo, cuna de la civilización del
resto del mundo, poseía, sino el secreto de la inmorta-

Don Sindulfo

38

ENRIQUE

GASPAR

lidad, por lo menos el de la longevidad fabulosa de los
tiem pos patriarcales.
Don S in d u lfo , sin esp e rar nuevas explicaciones,
sacó su cartera y extendió una orden de pago contra
su banquero, encargando el transporte a las P e n in s u ­
lares de los objetos adquiridos, entre los que figuraba
otro hallazgo hecho á últim a hora y consistente en un
hueso petrificado, que tuvieron que pagar á peso de
oro, pues se trataba nada menos, según el inventario,
de u na canilla de hom bre fósil descubierta en las in ­
m ediaciones de Chartres, en unos terrenos de la época
terciaria.
Los dos inseparables no pensaban m ás que en los
preparativos de regreso á Zaragoza para entregarse de
lleno á sus investigaciones científicas. Pero un g a r ­
banzo interpuesto en su camino cambió de fase la m a ­
jestuosa m onotonía de su existencia. Al ir por la tarde
á liquidar y despedirse del banquero, fornido zamorano viudo y enriquecido d u ra n te la p rim era g u e rra
civil con la em presa de sum inistros p ara el ejército
leal, hubo aquello de:
— ¿Y qué tal los tratan á ustedes en la fonda?
—Mal; comida francesa con la que nunca sabe uno
lo que se mete en el estómago. Nos vamos de Madrid
sin p robar un cocido á la usanza de Castilla.
Y lo de:
—P ues hoy satisfarán ustedes su capricho; porque
precisam ente acabo de recibir unos garbanzos de
F uente-S aúco que ni de m anteca serían m ás tiernos.
—Que eso sería m ucha incomodidad.
—Que no.
—Que sí.
—Que torna.
—Que daca.
F1 resultado es que se quedaron a com er con el b a n ­
quero, el cual banquero tenía una hija; la cual hija era
m u d a ; pero, au n q u e no le faltaba mas que la palabra

EL a n a c r o n ó p e t e

3y

para hablar, á ella no se le quedaba nada por decir,
que con piés y manos todo lo daba á entender. Yo no
sé cual de estos aparatos locutorios es el que ella puso
más en juego d u ra n te la comida; lo cierto es que á los
postres, don Sindulfo que ocupaba su derecha, estaba
á pesar de sus cuarenta años enam orado ya de la
chica como un cadete. P or supuesto que todo se lo
merecía la hija de su padre, pues no había línea en
su cuerpo que no alcanzase el m áxim o de curva, ni
facción qu e no incitase á cualquiera a ser Espartero
no sólo p ara perseguirlas como en Bilbao sino para
abrazarlas como en Vergara.
El viaje se s u s p e n d ió ; las visitas se re p itie r o n ; la
necesidad de no tener los aparatos físicos encom enda­
dos á m anos m ercenarias para su conservación sirvió
a don Sindulfo de tem a con Benjamín sobre la conve­
niencia del m atrim onio: el asentim iento de éste alen­
tó al sabio, la dem anda fué hecha en debida forma ; y
el banquero, que siem pre tenía garbanzos del Saúco
que p ro b a r cada vez que se le ponía á tiro un hom bre
en estado de m erecer, dijo que sí con la alegría del
enferm o á quien se le resuelve un tu m o r. La m u c h a ­
cha no hay que consignar si recibió bien la noticia,
pues sabido es que tratándose de m atrim onio hasta
las m u d as se alegran.
Estipulóse la dote que fué pingüe, dispusiéronse los
regalos de boda, y como entre las condiciones figuraba
la de residir en Madrid, los sabios se volvieron a Za­
ragoza p ara em paq u e tar convenientem ente el labora­
torio. Un mes después, m arido, m u jer y amigo, se
instalaban en la calle de los Tres Peces de la coronada
villa.
M am erta, que así se llamaba la señora de García,
salió de un natural excelente; porque el que gustase
mas de estar con Benjamín que con su m arido, nada
tenía de particular, si se considera que aquél en su
calidad de políglota la enseñaba á hablar por señas en

40

EN RIQ UE

GA SP AR

varias lenguas diferentes, mientras que don Sindulfo
aun en la suya propia no conseguía hacerse entender:
y las mujeres se pirran porque les dén conversación.
También se le iban los ojos detrás de los uniformes;
pero don Sindulfo, comprendiendo que este es acha­
que de muchachas, se ponía de cuando en cuando el
de nacional de caballería que usó en el bienio, y la
dejaba tan contenta. El único defecto que tenía era el
de no podérsela contrariar. Al instante le daba un ata­
que de nervios que se traducía en una serie de cache­
tes descargados sobre el occipucio de su marido, en
gracia de cuya conservación el hombre tuvo por pru­
dente dejarle hacer su voluntad en adelante para no
excitar, decía, su sistema nervioso. Otra particulari­
dad suya digna de notarse es que en cuanto veía una
aguja enhebrada, se desmayaba; lo que, á pesar de
sus buenos propósitos, la impedía ocuparse de los
quehaceres domésticos. Pasábase pues el día ponién­
dose moños en el tocador, haciendo señas con Benja­
mín ó tañendo á la guitarra una cosa que nadie le
había enseñado ni nadie podía entender; pero que ella
reproducía siempre invariablemente con el mismo
ritmo, idénticas modulaciones y análogos efectos: rom­
per el tímpano de los que la oían.
Y así se deslizaron seis meses llenos de paz y de
ventura para aquella trinidad ; tras de los cuales vino
el verano y con este los baños de mar, que el banque­
ro tomaba en Biarritz para enflaquecer, sin lograrlo
nunca, acompañado de su hija a quien se los propina­
ban para adquirir carnes, sin conseguirlo tampoco.
Visto pues que Mamerta, a pesar del matrimonio, no
engordaba, se decidió que aquel año iría con su padre,
como de costumbre, á ponerse en remojo en la playa
favorita de la emperatriz. Llegaron y se zambulleron;
pero, con tan mala suerte, que el banquero mientras
hacía una habilidad tuvo un vahido y se ahogó. Su
hija pidió auxilio por señas; el bote de salvamento

EL A N A C R O N Ó P E T E

41

acudió como un rehilete; la muchacha no anduvo bas­
tante lista en evitarlo y, dándole en la nuca con la
proa, en vez de uno fueron dos los cadáveres que sacó
á la orilla. Con lo que, como el padre había sido la
primera víctima y Mamerta tenía hecho testamento
en favor de su esposo, don Sindulfo se encontró pose­
sor de una fortuna considerable que unida á sus bie­
nes le permitía emular la fama de Creso.
«Bien vengas mal si vienes solo» dice el refrán; y
nunca proverbio tuvo mas exacta aplicación, pues
desde entonces empezaron las tribulaciones de nues­
tro sabio, si bien pueden darse todas por bien sufridas
en gracia de los beneñcios que reportaron a la cien­
cia.
Murió también por aquel entonces una hermana de
don Sindulfo, tan rica como él, viuda de luengos años
y madre de un tierno pimpollo de quince primaveras
que respondía al nombre de Clara. Al dejar esta tierra,
en la de Pinto, donde residía, nombró tutor de la niña
á su hermano, después de dejarle su manda corres­
pondiente, sin otra condición que la de no separar en
vida a la huérfana de una mozuela, cuatro años mayor
que Clara, con quien ésta se había criado y a quien,
no obstante la condición humilde de Juanita—pues no
pasaba de ser una criada suya — quería entrañable­
mente.
La viudez que lloraba nuestro sabio, sus aficiones
que le incitaban a la soledad, las circunstancias que
le atraían al retiro le indujeron a cambiar de residen­
cia, y los dos inseparables con sus retortas y crisoles,
sus pluviómetros y brújulas, sus pedruscos y sus fó­
siles, fueron a sepultarse en Pinto entre la inocente
sencillez de Clara y las inocentes ocurrencias de Jua­
nita que, hija de la tierra—sin dejar de serlo de su pa­
dre y de su madre, difuntos — largaba una fresca al
lucero del alba en ese tono mayor que usa la gente de
Madrid abandonada á su natural instinto. Los sabios

4*

E N R IQ U E GASPAR

no le entraron á la Maritornes por el ojo derecho y ya
principió por regalarle á cada uno su mote. Á don
Sindulfo le llamaba el lio Pichichi y al profesor de len­
guas el locutorio.
Pero ¡oh fragilidad de las cosas humanas! Aquel
hombre que llegara hasta los cuarenta años sin expe­
rimentar la atracción de las hijas de Eva, no necesitó
mas que seis meses de consorcio para no saber ya
resistir á la influencia de su imán. Desconociendo que
su caso con la muda había sido una chanca matrimo­
nial cedida al primer postor, llegó á figurarse que su
cara era moneda de buena ley para adquirirá tan bajo
precio artículos no averiados, y siempre se la estaba
poniendo delante á su sobrina que, inocente y cariño­
sa, la contemplaba sin ver en ella mas que una cara
de tío.
Estimulado por lo que nuestro héroe juzgaba el
triunfo de sus atractivos y secundado por las sugestio­
nes de Benjamín, siempre dispuesto á lisonjear las de­
bilidades de su protector, un día al cabo de algunos
meses don Sindulfo se decidió a declarar á su pupila
su atrevido pensamiento, lo que le valió una negativa
rotunda, si bien regada con amargo llanto de Clara
que no se resolvía a explicar el motivo de su oposición.
—¡Hombre de Dios! venga usté acá—le dijo Juanita
saliendo al encuentro de su amo al enterarse de lo
ocurrido. — Hágame usté el favor de mirarse las arru­
gas delante de ese espejo: ¿Cree usté que a mi señori­
ta le ha de gustar casarse con un fuelle ?
— ¡Deslenguada!—gritó don Sindulfo ciego de cóle­
ra.— No dés lugar a que te ponga en el arroyo.
— ¿ Á mí? Ni usté ni nadie. Estoy aquí por la volun­
tad de la testaora y me defiende la curia. Yo soy una
criada ante escribano.
—Pero ¿en qué se funda para desahuciarme? — pre­
guntó el tutor en tono humilde, probando si por la
dulzura sacaba mejor partido.

EL ANACRONOPETE

43

— Pues m iste; finalmente, que a Ja señorita y á mí
no nos da por la cencía sino por la m etid a .
— ¿C óm o?
—Que ella quiere retemucho á su primo don Luís
el capitán de húsares, y yo á su asistente Pendencia;
que dentro de tres días llegarán de guarnición á Ma­
drid, y que si nos viene usted con retruécanos verá
usted el escabeche de sabio que resulta.
Aquella revelación, confirmada por su sobrina, fue
el golpe de gracia para don Sindulfo, cuya pasión al­
canzó el período álgido aguijoneada por los celos. El
capitán, más enamorado que nunca de su prima, llegó
efectivamente á la corte una semana después, y dos
horas mas tarde se personaba en Pinto; pero la puerta
de la casa le fué herméticamente cerrada por don Sin­
dulfo con la intimación de no volver á poner allí los
piés so pena de desheredarle. El primer impulso de
Luís fué pedir amparo á la justicia contra la arbitra­
riedad del despiadado tutor; pero ni Clara tenía la
edad legal para que el juez supliese el disenso pater­
no, ni aun teniéndola hubiera ella contrariado la
última voluntad de su madre por la que le obligó a
no tomar marido que no fuese de la aprobación de don
Sindulfo.
Preciso fué por lo tanto sufrir y esperar. Cuando
se quiere y se es querido, todo se soporta con r e ­
signación. Pero desde aquel punto la casa fué un
infierno, pues las cartas iban y venían por conduc­
to del asistente y de la Maritornes, y al sabio todo
se le volvía vigilar sin fruto y enflaquecer sin resul­
tado.
— ¡ Oh !—exclamaba el infeliz en su desesperación.—
¿ Por qué se habran liberalizado tanto las leyes ? Di­
chosos tiempos aquellos en que un tutor tenía dere­
cho de imponerse a su pupila. ¿Quién pudiera trans­
portarse a aquella época, mal llamada de oscurantismo,
en que el respeto y la obediencia á los superiores

44

EN RIQ U E

GASPAR

constituían la base de la sociedad ? ¡ Si yo pudiese re­
trogradar en los siglos!
— ¡Ojalá Dios! contestaba Benjamín haciéndole el
dúo. De ese modo podríamos caer sobre China en el
imperio de Hien-ti y aclarar ese enigma iniciado por
la momia, para cuya interpretación he leído inútil­
mente cuantos historiógrafos han escrito sobre los sec­
tarios de Confucio y Mencio.
Esta idea predominante en ambos llegó á tomar en
ellos las proporciones de una monomanía. El políglo­
ta soñaba en chino y su colega se pasaba la existencia
extrayendo aire de los recipientes con la máquina
neumática, para su análisis y descomposición. Pero
todo fué inútil hasta que la Providencia — que quiso
en este caso como en la mayor parte de los descubri­
mientos, disfrazarse de casualidad— vino inesperada­
mente en su ayuda.
Cierta tarde en que el nuevo don Bartolo, impulsa­
do por sus celos penetró de puntillas en la cocina con
el fin de sorprender á las palomas, que huyendo del
gavilán se refugiaban casi siempre en el fogón, halló
á Juanita deletreando una carta de Pendencia, que
ella se guardó precipitadamente donde sabía que don
Sindulfo no se la había de coger.
—¿Qué estas haciendo ?— le preguntó.
—Instruyéndome—le dijo ella sin inmutarse.
—Más valdría que te entretuvieses en limpiar la
chimenea que tiene un palmo de hollín y un regi­
miento de telarañas.
—Y la creación entera encontrará usted ahí. Eso es
la obra del tiempo. Si puede que desde que usted ha
nacido no le hayan pasado un escobón.
Don Sindulfo, que tenía un cuchillo a mano, lo
blandió con animo sin duda de cometer un homicidio;
pero deteniéndose oportunamente se puso á rascar
con él la campana del hogar como para paliar su arre­
bato.

E L A N A C R O N O PE TE

45

— Pues entretente—añadió—en quitar las capas de
basura y veras cómo consigues sacar á luz los hor­
nillos.
— ¡ Ay! No me haga usté reir. Pues si eso fuera po­
sible ya se hubiera usted puesto como nuevo rascán­
dose con un cuchillo las capas de años que le sobran.
Don Sindulfo se las iba á echar de matón; pero una
idea súbita cruzó por su mente y se quedó en un pié
como las grullas y en la actitud de Caín al oir al Se­
ñor preguntarle: «¿Qué has hecho de tu hermano?»
Aquel sér vulgar sin la menor noción científica acaba­
ba de iniciarle en la solución del problema que perse­
guía con tanto empeño.
Desde aquel instante puso manos á la obra. La físi­
ca, las matemáticas, la geología, la dinámica, la mecá­
nica, el cálculo sublime, la meteorología, todo el saber
humano en fin, espoleado por su amor y azotado por
sus celos, le abrió sus más recónditos enigmas, y re­
duciendo a una fórmula su maravillosa invención,
sentó el axioma de que retrogradar en los siglos no
era otra cosa que deshollinar el tiempo.
Algunos años, todo su capital y gran parte del de
su sobrina, se invirtieron en la construcción del Anacronópete. Entre tanto los novios esperaban paciente­
mente y aventuraban, aunque en vano, alguna tenta­
tiva de transacción. Don Sindulfo ejercía cada vez
mayor vigilancia, ocultaba á todos, excepto á Benja­
mín, el trabajo que le absorbía y daba rienda suelta a
su pasión con la ilusoria esperanza de la victoria.
La terminación del aparato, coincidiendo con la
apertura de la Exposición Universal de 1878, permitió
por fin que un día se cargasen varios wagones con to­
das sus piezas desmontadas; y, encajonados en un
coche de primera el inventor, su amigo, la sobrina y
el sinapismo de la criada, emprendieron todos súbita­
mente el camino de París, donde el enamorado tutor
se proponía , libre de las persecuciones del húsar,

46

ENRIQU E

GASPAR

realizar su sueño; lo que no consiguió nunca, como
vera el lector que con paciencia quiera seguir el curso
de este increíble relato.

CAPÍTULO

V

Cupido y Marte

IENTRAS

Se

montaba el
armatoste en
el área que le
habían destinado en el
palacio de la exposi­
ción, don Sindulfo se
estableció con su fami
lia en el hotel de la
Concordia sito en el
boulevard M alesherbes. Inútil es decir que
las horas que el sabio
se pasaba en el Campo
de Marte dirigiendo
los trabajos, Clara y
Juanita quedaban en­
cerradas bajo llave en
sushabitaciones; pues,
celoso como un turco, nuestro compatriota temía á
cada momento una evasión ó un rapto. Cuando sacaba
á las muchachas á paseo, siempre lo hacía en coche,
y no asistían al teatro sino en palco con celosías.
Todas estas precauciones, la distancia que los sepa­
raba de Madrid, la idea de dejar pronto la edad pre-

4 8

E N R I Q U E G A SP AR

sente y los ineludibles deberes militares de su sobrino
que le impedían abandonar su puesto, infundieron
cierta tranquilidad relativa en el ánimo de don Sindulfo. Así pasó cerca de un mes viendo disminuir sus
temores, cuando una tarde al regresar solo de una se­
sión del Congreso científico y remontar el lado izquier­
do de la Magdalena, sintió como si le tirasen de la
levita por detras. Volvió la cabeza y casi la perdió al
encontrarse de manos á boca con Pendencia, el asis­
tente de su sobrino.
—¿Me da vu de la candel ?—le dijo éste disponiéndose
a encender su chicote en el medianito del aturdido za­
ragozano y traduciendo en lengua de Racine su patrio
estilo cordobés.
—¡ Un cuerno le daré a usted yo! ( Qué hace usted
en París?
—Puez he venío penzionao por el Gobierno con quin­
ce camaradaz maz á las orillaz del Cieña para que
aprendan los franceses á jacer zordaoz á nueztra jechura y cemejanza.
Y en efecto, el ministerio de la Guerra enviaba al
certamen un individuo de cada arma de que se com­
pone el ejército español, para dar una muestra así de
los uniformes como de su envidiable apostura y biza­
rría.
—¿Y mi sobrino es también de la tanda?—preguntó
el sabio presintiendo su desventura.
—Ci ez él quien noz manda ! Le ezcogieron á pulzo.
—¡ Cómo !
—El meniztro le dijo: «Hombre, vaya usté á la dizpocición para que vean allí que todoz no zomoz tan
feoz como zu tío de usté.»
—¡ Insolente! Comprendo la trama; pero sus inicuos
proyectos quedarán frustrados. ¡Ay de él si se atreve
á declararme la guerra! Puede usted ir á decírselo de
mi parte.
Y como en aquel momento llegasen á la fonda, don

EL ANACRONÓPETE

49

Sindulfo se separó bruscamente de Pendencia, que
con un :
—Á la orden, don Pichichi; corrió en busca de su
amo, en quien mis lectores habrán ya reconocido al

capitán de húsares que al principio de esta historia se
apeó del ómnibus en la cabecera del puente.
—¿Quién ha venido?¿Habéis visto á alguien por el bal­
cón ?—fué la primera pregunta formulada por el atri­
bulado tío al entrar en las habitaciones de su sobrina.
—¿Y á quién quiere usted que veamos si nos pone
4

5o

EN RIQ U E

GASPAR

usted candados hasta en las vidrieras ?—replicó Juani­
ta con su respingo habitual.
Don Sindulfo no juzgó conveniente dar más expli­
caciones y se dirigió á su cuarto contiguo al de las
reclusas; pero al volverse de espaldas dejó ver unos
papeles que, pendientes de un hilo y enganchados á la
levita por un alfiler, le había prendido Pendencia du­
rante su trayecto por el boulevard; y de los que Juana
se apoderó graciosamente mientras su amo abría la
puerta, pues tanto la fregatriz como su señorita esta­
ban seguras de que Cupido había de aprovechar la
primera ocasión que se le presentase de comunicar
con ellas.
Apenas se quedaron solas empezó la lectura de las
cartas. La de Luís encerraba mil protestas de amor
para su prima, dándole la seguridad dé que en breve
se vería libre del yugo de su implacable tío.
La de Pendencia era tan lacónica como digna de
conocerse. Decía a sí:
«Mi coracon es pera, Y a esto y acui coma tullo asta
la merte ilo es Roce Gomec.»
Juanita, acostumbrada al estilo epistolar de su sol­
dado comprendió que aquello quería decir : « Mi cora­
zón espera. Ya estoy aquí. Coma (ó sea la puntuación
escrita.) Tuyo hasta la muerte. Y lo es Roque Gó­
mez.»
Al día siguiente Luís ocupaba ya un cuarto en el
hotel de la Concordia. Por fortuna don Sindulfo, que
marchaba el primero, pudo verle al entrar en el come­
dor, y retrocediendo antes de que los demás le aper­
cibiesen, volvió á subir las escaleras con todos y dió
orden de que en adelante les dieran de comer á él y á
los suyos en gabinete aparte. Redobláronse las pre­
cauciones : cada vez que el tutor se ausentaba, Benja­
mín quedábase de centinela; pero, vano empeño; Luís
sobornaba al criado de turno y las cartas iban y venían
liadas en las servilletas, que era un llover. ¿ Descu-

EL ANACRONÓPETE

5I

bríase el ajo ? ¿Suprimíanse los camareros sirviéndose
a sí propios ? ¿ Prohibíase á Juanita que se acercase á
la mesa para cambiar un plato y que saliese de su pri­
sión para nada? Las misivas no por eso dejaban de
llegar, ya pegadas con cola en el asiento de los jarros
de agua para el tocador, ya en el hueco de un pasteli­
llo que, con una señal convenida de antemano, elegía.
Clara entre los demás de la fuente, ya por último den­
tro de una nuez de que era portador un perro de la
fonda al que Pendencia había enseñado á escabullirse
entre las piernas de don Sindulfo, cada vez que éste
abría la puerta para recibir por sí mismo los man­
jares.
Realmente aquello no era vivir; los cien ojos de
Argos no bastaban para atender á tantas y tan fre­
cuentes asechanzas. Así es que en cuanto el Anacronópete estuvo en disposición de habitarse, don Sindulfo
estableció en él su domicilio obteniendo, bajo pretexto
de su custodia, una guardia permanente de dos gen­
darmes que impedían la aproximación al aparato de
todo el que no fuese acompañado por el inventor. Pero
si la incorruptibilidad de los guardianes no cedió ni
ante las súplicas ni ante las dádivas de Luís, la trave­
sura de su asistente se multiplicó con los obstáculos.
Tan pronto mientras los viajeros visitaban los Inváli­
dos, donde ya había hecho él conocimientos, se pre­
sentaba con una pierna de palo y unas barbas de chivo
sirviendo de cicerone, como envuelto en los andrajos
de mendigo, les pedía una limosna en medio de los
bulevares, lo que—la mendicidad estando prohibida
—le costaba pasar unas cuantas horas en la prevención.
Casi siempre concluía por ser descubierto; así es que
don Sindulfo decidió que en lo sucesivo no saldrían
más que á misa y en carruaje. Pendencia se disfrazó
de cochero ; pero se vendió, porque al darle en fran­
cés las señas de la Magdalena, él, que no era fuerte en
idiomas, los llevó al cementerio del Pére Lachaise.

52

E N R I Q U E G ASP AR

Agotados por fin todos los recursos, un día se confa­
buló con el suizo de la iglesia á que asistían sus com­
patriotas y, ocupando su puesto á la vanguardia del
postulante que durante la ceremonia recoge las limos­
nas de los fieles, se aprestó á entregar una carta a
Clarita; pero la falta de costum bre de circular por en­
tre las filas de los reclinatorios, cargado con la alabar­
da y el palo de tam bor m ayor, le hizo enredarse en el
espadín en m om ento tan inoportuno que, cayendo
sobre el sabio m ientras la peluca se posaba en el de­
vocionario de un caballero y el tricornio en la cabeza
de una devota, descubrióse el pastel y don Sindulfo
abandonó con su gente el tem plo regresando al Anacronópete que en adelante quedó convertido para todos
sus m oradores en prisión celular.
Los días que siguieron á esta catástrofe fueron de
desesperación para el enam orado Luís que veía des­
aparecer sus esperanzas, y para el asistente y sus
quince compañeros que sentían aproxim arse la hora
de la expedición al pasado sin recoger el fruto de sus
m aquinaciones. El único consuelo del capitán era colo­
carse con los m uchachos en la galería del arco central
del palacio de la exposición y contem plar desde allí el
Anacronópete que á un centenar de m etros se erguía
con la sombría m ajestad de un inmenso sepulcro.
Una tarde, que como de costum bre se hallaban ocu­
pados en esta contemplativa tarea proponiendo quién
enviar una misiva encerrada en un proyectil hueco,
quién valerse de la balística para lanzar un hilo telefó­
nico, empezaron las nubes á arrojar agua que no pare­
cía sino que se desprendían sobre la tierra las cataratas
del cielo.
—Buena va á ponerce la dizpocición ci hay álguna
gotera—dijo el asistente prestando oído al diluvio que
con fragor se despeñaba por los canalones.
—No hay m iedo—le argüyó su am o.—Tal vez los
desagües son los trabajos mas portentosos de esta

EL ANACRONÓPETE

53

fábrica. ¿ No has visto los planos expuestos en la sec­
ción de París? Las alcantarillas son más altas que esta
bóveda.
—¡ Cómo !—exclamó Pendencia abriendo desmesu­
radamente los ojos.—¿ Aquí hay zumieroz?
—¡Qué duda cabe! Mira, el principal circula casi
tangente al aparato.
—¡ Digo ! Turgente y todo, y ce eztá uzté con la len­
gua pegada al paladar?
—No te entiendo.
—Ci uzté no ha nacido para la guerra. Como genioz
militarez Napoleón y yo.
—¿Te explicarás?
—Puez ez muy cencillo. Ci don Cindulfo tiene para
zu defenza ezcarpaz y contra-ezcarpas, nozotros para
el ataque le abrimos minaz y contraminaz. Cabayeroz... al albañal.
Un entusiasta viva acogió la idea del cordobés. Indu­
dablemente la alcantarilla era la última trinchera del
amor. Reconocidos los planos vióse con placer que
bastaba abrir una galería transversal de pocos metros
para encontrarse debajo del centro matemático del
Anacronópete. Sobornar al encargado de la limpieza
en aquella sección, fué obra tanto mas fácil y hacede­
ra, cuanto que el individuo en cuestión era rayano de
España por el lado de Canfranc y gustaba de las peluconas de Carlos IV, que Luís no le escaseó para lograr
su objeto.
El tiempo apremiaba, pero contra diez y siete espa­
ñoles, de los cuales la mitad se componía de aragone­
ses y catalanes, no hay obstáculos, sobre todo tratán­
dose de militares siempre á las órdenes del general

No importa.
Los picos y azadones fueron abriendo paso; los p u n ­
tales formando túnel y por último, el día fijado para
el inverosímil viaje, mientras don Sindulfo daba su
conferencia en el Trocadero acompañado de su inse-

54

E N R I Q U E GASPAR

parable Benjamín, los diez y seis hijos de Marte salu­
daban la llegada de su capitán con el último golpe de
piqueta qu£ los colocaba bajo la plaza enemiga. Al
salir del foso se encontraron en una estancia rectangu­
lar de la altura de un hombre buen mozo. Era el podio
ú obra m uerta del aparato para precaverle de las hu­
medades en las paradas.
El plan de los invasores era romper á hachazos el
suelo del Anacronópete; pero con gran sorpresa suya,
se lo encontraron abierto, pues el vehículo tenía en el
fondo para la limpieza de la cala una compuerta que
funcionaba eléctricamente con el mecanismo de una
guillotina horizontal y que, sin duda con el objeto
de dar mayor ventilación al piso bajo no se habían
cuidado de cerrar, m uy agenos de que por allí pudiera
tener efecto un ataque subterráneo.
—¡ Arriba !—fué el grito unánime;—y transponiendo
escaleras, cruzando corredores, invadiendo salas, lle­
garon a donde estaban las cautivas, que no pudieron
reprim ir un grito de terror al ver delante de sí á tan­
tos hombres con armas que á prevención para cual­
quier evento llevaban consigo.
El acto del reconocimiento no hay para qué pintar­
lo. Siéntanlo los que sepan amar.
—Muyamos, mi bien—fué la primera frase que Luís
acosado por el tiempo y las circunstancias acertó á
decir á su prima.
—¡ Oh ! Nunca—le respondió ella.—Cualquiera que
sea mi suerte, la soportaré resignada antes que faltar
al juramento que hice á mi madre moribunda. Te ama­
ré siempre; pero huir contigo no lo esperes de mí.
Los ruegos, las exhortaciones, las lágrimas eran
inútiles ante la irrevocable resolución de aquella hija
sumisa y obediente. Perdida parecía ya toda esperanza
cuando las aclamaciones de la multitud penetrando en
el recinto indujeron á Clara á inquirir el origen de
tamaña confusión. Cuando Luís le explicó que obede-

EL ANACRONÓPETE

55

cía al entusiasm o popular por el invento de su tío, las
pobres prisioneras que ignoraban en absoluto los p ro ­
pósitos del tutor, p ro rru m p ie ro n indignadas en invec­
tivas contra aquel m on stru o que con su silencio las
obligaba á una peregrinación tan llena de peligros.
—¡ Eso es imposible !—balbuceaba la huérfana.
—¡ El dem onio del sabio 1—decía la M aritornes.—
P ues ni que fuéram os cangrejos para a n d a r hacia
atrás!
—¡Digo! Y tú que erez tan echada para adelante.
— ¡ H uyam os!—repetíaL uís apercibiéndose de que la
gritería era cada vez m ás cercana.—Huyamos, no para
esconder n uestro am or, sino para p e d i r á la justicia el
am paro que la ley te debe.
Esta juiciosa observación produjo su efecto. Los m i­
nutos eran preciosos; el tirano se ap ro x im a b a ; un
espantoso porvenir podía ser el resultado de aquella
perplejidad.
—Sea p u es—exclamó la pupila re sueltam ente.
Y todos se encam inaron á la mina.
Pero al q u e re r p en e trar por la abe rtu ra la encontra­
ron obstruida.
Un d esprendim iento del terreno les había cortado
la retirada.

CAPITULO VI
El vehículo considerado como escuela de moral
ué hacer en circunstancias tan adversas?Los

pusilánimes proponían permanecer en el es­
pacio hueco del podio y esperar á que el
Anacronópete al elevarse les permitiera salir;
pero sobre correr el riesgo de ser descubiertos si se
notaba la falta de las cautivas, exponíanse—aun sal­
vando esta eventualidad—á ser pulverizados por una
desviación del vehículo en el momento del arranque.
Los más resueltos optaban por romper la puerta y
conquistar la salida con las armas. Este plan se des­
echó por violento é infecundo, prevaleciendo al fin la
idea sugerida por los prudentes, de ocultarse yaguardar la ocasión propicia de emprender la fuga.
La cala estaba por fortuna harto provista de mate­
riales de construcción, destinados á las reparaciones,
y de vituallas de toda especie para que no abundasen

EL ANAC R O N Ó PE TE

57

los escondrijos. Fuéronse pues metiendo los unos tras
la pipería de los caldos, los otros en los intersticios de
los balotes de gramíneas; y así se formaban parapetos
con los sacos de harina y los cajones de conservas,
como se atrincheraban en los montones de legumbres
ó hacían reducto del sarcófago de la momia.
Clara recomendó á todos la mayor prudencia ex­
hortándoles á no moverse hasta que ella ó Juanita vi­
niesen en su busca, lo que, en nombre de sus compa­
ñeros, le fué prometido solemnemente por Pendencia,
excitando una carcajada unánime al asomar la cara
embadurnada de blanco por efecto de sus frotaciones
contra unos costales de candeal.
Mientras esta escena tenía lugar en el Anacronópete,
fuera ocurrían incidentes dignos de ser narrados.
Concluida la conferencia, don Sindulfo, como hemos
visto, empezó su marcha triunfal desde el Trocadero
al Campo de Marte entre los vítores de la multitud
frenética y dos filas de guardia nacional que la villa de
París había puesto á su disposición para conservarle
el paso expedito. Una vez dentro del área de la expo­
sición, el m aire invitó al sabio á reposarse breves mo­
mentos en una elegante tienda de campaña levantada
ad hoc cerca del Anacronópete, en el centro de la cual
veíase una mesa capaz de satisfacer la intemperancia
de Lúculo y de emular la esplendidez de los festines
de Cleopatra. Era el lunch de despedida ofrecido por
la municipalidad de París al insigne inventor, pues
parece imposición de la naturaleza, respetada por la
costumbre, que en todo regocijo público el estómago
haya de meter la primera cucharada.
Sentáronse anfitriones, convidados y parásitos (plan­
ta que brota espontáneamente en todos los comedo­
res) y, con el reposo del cuerpo, dió principio el tra­
bajo de las mandíbulas. Durante los encurtidos, los
torsos formaban con la mesa un ángulo recto. Á me­
dida que el lastre iba estivando el aparato digestivo,

58

EN RIQU E

GASPAR

el ángulo se convertía en agudo. Al sonar la hora del
champagne los lados móviles trataron de reconquistar
el equilibrio; pero la perpendicular al mantel no pudo
restablecerse y, dando por tope á los omoplatos el res­
paldo de los sillones, el ángulo obtuso dominó en toda
la línea.
Entonces empezaron los brindis, peores unos que
otros, si bien todos malos, pues no hay nada que limite
tanto la inteligencia como el elogio. Así es que, hacien­
do gracia de ellos al asendereado lector, me limito á
extractar lo único que en aquel cúmulo de peroracio­
nes hubo de bueno, que fue precisamente lo que no
tuvieron de alabanza.
El bibliotecario de la Sorbona, levantándose del
asiento y sacando a luz un primoroso ejemplar de la
¡liada, publicado recientemente á expensas de la so­
ciedad bibliófila, rogó á don Sindulfo que al pasar por
la olimpiada en que floreció el padre de la epopeya,
obtuviese de Homero que le firmase su obra magna
corrigiendo los yerros tipográficos que encontrase y
consignando bajo el testimonio de su facsímile si fué
en Chio ó en Smirna donde vió la luz primera.
—Propongo que se substituya esa última frase por
esta otra : «En dónde nació»—interpuso un académico
de la historia.—Porque—prosiguió—suponiendo que la
lógica fuese en aquellos tiempos fabulosos una ciencia
tan exigente como lo es en nuestros días, nos expone­
mos á seguir ignorando cuál fué la patria del cantor
de Troya, si al preguntarle dónde vió la luz primera,
él lo toma pedem literas y nos contesta que en ninguna
parte por ser ciego de nacimiento.
Aprobada la enmienda, tocóle el turno al presidente
de la junta de agricultura, quien en correcta frase—
pues era un poeta el encargado de velar por los inte­
reses agrícolas del país—encareció á don Sindulfo casi
en verso, la necesidad de combatir los efectos del oidium y de la philoxera en las v id es; para lo cual creía

EL ANACRONÓPETE

59

el medio más seguro hacerse con unos sarmientos de
la viña de Noé á fin de reproducirlos en Francia.
Esta proposición levantó una tempestad de aplau­
sos, pues nadie ignora que el vino es una de las prin­
cipales riquezas del suelo transpirenaico, cuya pro­
ducción aunque fabulosa, por poco que la cosecha
fiojée ya no alcanza á cubrir las necesidades del con­
sumo.
Muchas más fueron las ideas que, dirigidas todas al
mejoramiento de la condición humana, se desarrolla­
ron en la sobremesa, é infinitos los encargos particu­
lares y de índole risible que se hicieron al doctor. Ya
era un empresario de teatros quien le abría un crédito
incondicional con el fin de que ajustase á Moliere para
dar doce representaciones antes de que se cerrara la
exposición. Ya un tipógrafo quien se comprometía á
trasladarse á la Grecia del siglo de Pericles, con el ob­
jeto de imprimir las conferencias de Sócrates y publi­
car un periódico político.
Don Sindulfo dió las gracias á todos y á cada cual;
objetó que aquel su primer viaje no tenía otro carác­
ter que el de exploración, y, ofreciendo desempeñar
cuantas pudiera de las diferentes comisiones que se le
confiaban, dió por concluido el acto.
No había llegado aún á la puerta cuando el prefecto
de policía, apeándose de su carruaje, penetró en el
pabellón y se dirigió al sabio.
—¿Puede el señor García acordarme una conferen­
cia de breves minutos?—le dijo.
—Hiciéralo con placer si no fuese ya la hora regla­
m entaria y temiese abusar de la impaciencia pública.
—Me trae aquí una misión oficial. Vengo en nombre
del gabinete.
Ante esta observación no había medio de insistir.
Los comensales se retiraron prudentemente á un ex­
tremo de la tienda, mientras en el opuesto los dos in­
terlocutores sostenían el siguiente diálogo:

6o

E N R I Q U E GASP AR

—El gobierno m e delega para pedirle á usted un
señalado servicio.
—Me honra tal confianza. Escucho á usted.
—Á nadie se le oculta que la Francia, desgraciada­
m ente, atraviesa un período de relajación moral que
am enaza d e s tru ir los ya m inados cim ientos de la fa­
milia, fundam ento de todas las sociedades.
— A unque con dolor, m e es fuerza asentir á tan
acertado parecer.
—El gobierno, más interesado que nadie en la re ­
dención de su patria, ha penetrado con ánim o resuelto
en el fondo de esta cuestión pavorosa; y cree poder
afirmar que el q u eb ran tam ien to de los vínculos socia­
les proviene de ese escandaloso m ercado sensual con
que no ya em ulam os, sino trasponem os el histórico y
poco plausible renom bre de Síbaris y Capua.
—E v id e n te m e n te ; m as no alcanzo cuál pueda ser la
parte que me incum ba en esa misión redentora.
—Á eso voy. R egenerar á la m ujer es crear buenas
m adres de que carecemos.
—No en absoluto.
—Es usted m u y amable. Gracias por la mía. T en e r
m adres es garantizar la educación de los hijos. De los
buenos hijos germ inan los esposos modelos y los ínte­
gros ciudadanos. Luego hay que purificar la familia
p ara salvar la patria.
—Estam os de acuerdo.
—Ahora b i e n ; de esas desgraciadas m ujeres, que,
para vergüenza de propios y extraños, a rra s tra n sus
vicios por nuestras populosas ciudades pregonando
con histéricas carcajadas su mercancía, pocas, conta­
das, son las que consiguen un resultado beneíicioso
que consolide su existencia en la vejez. Los hospitales,
los teatros, las porterías suelen con stitu ir su últim a
trin c h e ra ; y m uch as hay que al p erder la m e n g u ad a
lozanía de los prim ero s años volverían con a r re p e n ti­
m iento á la senda de la virtud, á no im pedírselo el es-

EL ANACRONÓPETE

6l

tado en que los excesos y la depravación las han su­
mido y que las hacen ineptas para los puros goces de
la familia. El gabinete, pues, en consejo extraordina­
rio, me encarga ser intérprete de sus sentimientos
cerca de usted y me comisiona para dirigirle á usted
una proposición.
El prefecto acercó más aún su silla á la de don Sindulfo y prosiguió de esta manera:
—¿Hemos entendido mal ó es cierto que con el
maravilloso vehículo de su invención puede el nave­
gante rejuvenecerse á medida que retrograde en el
tiempo?
—Así es, con tal de que previamente no se haya so­
metido á la inalterabilidad de las corrientes del fluido
que lleva mi nombre ; pues de otro modo vería pasar
los siglos sin experimentar alteración alguna.
—¿ En qué tiempo puede usted recorrer un espacio
de veinte años ?
—En una hora.
—¿ Y llegado á ese término, le es á usted dable per­
petuar la edad de la persona en el punto porque en­
tonces atraviese ?
—Sin ningún obstáculo.
—Pues bien. El plan del gobierno es rogar á usted
que acepte en la expedición una docena de señoras
que frisen en los cuarenta (edad en que la vejez no
las ha hecho aún desistir de las ilusiones; pero harto
avanzada en mujeres de su condición para abrigar es­
peranzas de medro), y ofrecerles que en sesenta minu­
tos van á reconquistar sus veinte abriles. De este
modo, es indudable que, aleccionadas por la experien­
cia, y arrepentidas por el fracaso, al encontrarse due­
ñas de sus hechizos por segunda vez, sigan la senda
de la morigeración y abandonen la del vicio.
—Plausible es la intención. ¿Pero no teme usted,
señor prefecto, que si lo que entra con el capillo no
sale sino con la mortaja, las buenas señoras al verse

Ó2

E N R IQ U E G ASPAR

en el pleno ejercicio de sus facultades quieran volver
á tentar fortuna?
—No lo espero. De todos modos este no es más que
un ensayo de que desistiremos si no salimos airosos,
ó que en caso contrario repetiremos en grande escala.
¿Qué responde usted al ministerio?
—La misión me honra sobremanera para rechazarla;
pero debo advertir á usted que yo viajo con mi sobri­
na y...
—No tema usted el menor desafuero. Se portarán
dignamente. Ya las hemos exhortado y el miedo al
castigo las contendrá.
—Lo celebraría aunque lo dudo.
—Se lo aseguro á usted ; la amenaza es temible.
—¿ Cuál se les ha impuesto ?
—No quitarles ni un año de encima si se exceden en
algo.
—Tiene usted razón ; me tranquilizo.
—¿ Estamos de acuerdo ?
—Completamente.
—El gobierno sabrá recompensar á usted favor tan
señalado.
—Me basta conseguir por premio que Francia sea
digna en el orden moral de la supremacía que por
tantos otros conceptos se ha conquistado en el mundo.
Terminada la entrevista, el cortejo con don Sindulfo
á la cabeza salió del pabellón, á cuya puerta espera­
ban en sus carruajes las alegres expedicionarias que,
apeándose, se agregaron al grupo oficial, tomando
todos juntos la dirección del Anacronópete.
Llegados al pié del coloso cruzóse un último adiós.
El sabio, Benjamín y las viajeras penetraron en el ve­
hículo y éste, herméticamente cerrado, atrajo desde
aquel momento las miradas de todos los circunstan­
tes.
No habría transcurrido un cuarto de hora, cuando
un murmullo de dos millones de almas onduló en el

EL ANACRONÓPETE

63

espacio. El A nacronópete se elevaba con la m ajestad
de un montgolfier. Nadie aplaudía porq u e no había
m ano que no estuviese provista de algún aparato ó p ­
tico ; pero el entusiasm o se trad u c ía en ese silencio
m ás p en e tran te que el ru id o m ism o.
Llegado á la zona en que debía te n e r lugar el viaje,
el m o n stru o , reducido al tam año de un astro, se paró
como si se orientara. De repente estalló un grito en la
m u ltitu d . Aquel punto, bañado por un sol canicular,
había desaparecido en el firm am ento con la brusca
rapidez con que la estrella errática pasa a nuestros
ojos de la luz a las tinieblas.

CAPÍTULO VII
¡ M arch en !

onstaba el Anacronópete,

como hemos dicho, de un
podio ó basamento sobre
el que descansaba el sue­
lo de la bodega, y en el
espesor de cuyo muro
veíanse empotrados los escalo­
nes que daban acceso al por­
tón, única entrada del vehícu­
lo. La forma de este era rectan­
gular. En sus ángulos erguíanse
cuatro formidables tubos corres­
pondientes á los aparatos de desaloja­
miento que, con sus bocas retorcidas
en dirección de los puntos cardinales,
parecían otros tantos enormes trabucos arqueados
en figura de 7. En el piso principal, y corriendo por
sus cuatro lados, circulaba una elegante galería cuya
puerta, como todas las demás aberturas del locomó­
vil, quedaba herméticamente cerrada en viaje. Un
inmenso disco de cristal, rasante por cada viento a la
pared, servía á los viajeros para desde el interior y con
el auxilio de potentes instrumentos ópticos, contem­
plar el paisaje y rectificar la orientación durante la

EL

ANACRONÓPETE

G5

m archa. Dos frontones coronaban los testeros o s te n ta n ­
do en sus tím panos el nom bre del coloso y sostenien­
do en sus caballetes la cubierta en plano inclinado, así
dispuesta para las p a r a d a s ; pues en m ovim iento—na­
vegando por el vacío—ni había que cuidarse de los
desagües ni precaverse contra las afecciones atm osfé­
ricas.
E xteriorm ente, era pues el Anacronópete una espe­
cie de arca de Noé sin quilla ; toda vez que sus funcio­
nes no se relacionaban con el líquido elemento y que,
para flotar en caso necesario, bastábale la tripa que, á
modo de los an tig u o s navios, arrancaba del suelo de
la cala y se contraía debajo del balcón sirviéndole de
soporte. Exam iném osle ahora por dentro.
La planta baja la ocupaba toda la bodega á excepción
del pequeño espacio — destinado á vestíbulo y á la es­
cala espiral — que constituía la entrada de honor para
las dependencias superiores, de las que se descendía
á la cala por otra escalera de caracol levantada en uno
de los ángulos. En el opuesto veíase el aparato del
fluido García, con cuyas corrientes hacíanse in altera­
bles los c u e r p o s ; precaución tom ada ya de an tem a no
con cuantos m ateriales de construcción y provisiones
de boca había á bordo. Enfrente de aquel, funcionaba
el m ecanism o Reiset y R egnaut para p roducir el oxí­
geno respirable. T anto este aparato como el de la inal­
terabilidad estaban p ru d e n te m e n te re producidos d i ­
versas veces en el Anacronópete, au n q u e sus efectos
podían hacerse sentir en cualquiera parte con el a u x i­
lio de conductores. T a m b ié n las pilas eléctricas tenían
los suyos d isem inados p o r el vehículo, para llevar las
corrientes á donde se necesitara un movimiento, p o r ­
q ue allí toda actividad era mecánica. Así por ejemplo;
la c o m p u erta que, en form a de guillotina horizontal,
dio acceso como hem o s visto á los hijos de Marte, c o ­
rre s p o n d ía con otra de idéntica estru c tu ra tallada en
el suelo del piso alto. ¿Queríase cargar el Anacronópe5

66

E N R I Q U E GASPAR

te ? Pues no había más que elevarle convenientemente,
colocar debajo las mercancías, aplicarles un conductor
y ellas solas subían por las aberturas hasta dar con los
aisladores que paralizaban su ascensión en el punto
deseado. La limpieza tenía lugar por el mismo proce­
dimiento. Unas escobas mecánicas barrían los espacios
libres y conducían los residuos sobre la trampa del
piso principal. Abierta ésta caían las escorias sobre la
cala y, repetida allí la operación, un bostezo de la gui­
llotina las arrojaba fuera; de modo que bastaba empe­
zar en lunes el barrido para en un segundo encontrar­
se con el sábado hecho.
En la planta alta residía el poderoso agente de la
locomoción : la electricidad. Nada tan interesante como
el relato de su mecanismo ; pero como esto nos llevaría
muy lejos y el lector, aceptado el principio, ha de ha­
cerme gracia de las explicaciones técnicas, limitóme á
decirle que del centro de aquella zona lanzaban las
pilas sus torrentes de fluido á todas las articulaciones
encargadas de producir el movimiento y á los tubos
neumáticos repulsores de la atmósfera. Un elegante
registro marcaba la velocidad y una sencilla aguja la
regulaba. En la misma pieza estaban el observatorio y
el laboratorio con sus lentes, retortas, mapas, compa­
ses, bibliotecas, aerómetros y utensilios cronográficos.
En las crujías laterales y con el sistema de los cama­
rotes, alternaban por el ala derecha, el gabinete de
señoras con el cuarto de baño y la despensa con la co­
cina ; en la que sobre una plancha colocábase un pollo
vivo que una descarga eléctrica desplumaba, mientras
un chispazo lo convertía en comestible, siete mil dos­
cientas veces más pronto que cualquier asador común.
El lavadero, situado en la extremidad posterior del
eje, era un prodigio. Entraba la ropa sucia por un lado
y salía por el otro, lavada, planchada, seca y zurcida.
El ala izquierda se la había reservado íntegra el sexo
fuerte, y nada tenía de notable á no ser el departa-

EL ANACRONÓPETE

67

mentó de los relojes; en que uno marcaba la hora real
en la existencia efectiva y otro la relativa al momento
histórico del viaje con expresión del siglo, año, mes y
día según el cómputo Gregoriano.
Cuando después del entusiasta y último adiós de las
corporaciones, los sábios penetraron en su baluarte,
el primer cuidado de don Sindulfo fué alojar bajo llave
en el cuarto de las colecciones, á las atónitas agrega­
das, con intimación de no moverse de allí hasta que él
fuera en su b u s c a ; pues por más confianza que le m e­
reciesen sus protestas, él creía, y con razón, que las
rejas no perjudicaban á los votos. En seguida y de una
sola conmoción eléctrica dejó herméticamente cerrado
el Anacronópete; hecho esto propinó á Benjamín unas
descargas del fluido de la inalterabilidad, recibiendo
él otras tantas de mano de su amigo.
— Ya no puede el tiempo ejercer su influencia sobre
nosotros—exclamó con aire de triunfo una vez term i­
nada la operación.
— No cree usted sin embargo —objetó su insepara­
b le — que nada perdíamos con esperar para fijarnos á
que el Anacronópete llevase algunos minutos de m ar­
cha ?
— Comprendo la intención de usted, y nadie más
interesado que yo en perder algunos años para ver si
rejuveneciéndome cesaban los rigores de mi sobrina;
pero si á usted ó á mí, únicos que conocemos este m e­
canismo, nos sobreviniera un accidente cualquiera
<scuál sería nuestra suerte disparados sin rumbo en el
espacio y qué responsabilidad no pesaría sobre nos­
otros dejando insoluble el mas gigantesco de los pro­
blemas científicos ?
La observación era tan justa, que el políglota no
tuvo nada que objetar. Verdad es que todo hubiera
sido inútil, pues, una vez fijados, sólo la acción regu­
lar del tiempo hubiera tenido poder para destruir la
producida por el fluido.

68

EN RIQ U E

G A SP A R

Dirigiéronse por lo tanto al gabinete de señoras,
donde Clara y Juanita se habían refugiado como los
chicos que se esconden cuando creen haber hecho
algún mal; y conduciéndolas capciosamente al labora­
torio, mientras Benjamín conseguía con maña que las
muchachas se pusiesen en contacto con los conducto­
res, don Sindulfo las volvía inalterables con un par de
descargas que las hizo retorcerse como culebras.
— Oiga usté—dijo la de Pinto encarándose con su
amo así que pudo enderezarse y articular palabra —
si es que usté quiere no seguir comiendo más que sé­
mola, repita usted esa operación y verá usted salirle
muelas... de la boca. ¿Para qué ha dado usted esas
vueltas al organillo que nos ha dejado como si tuvié­
semos alferecía ?
— Menos gritos— le argüyó su amo.—Aquí estáis
bajo mi férula. Empezó mi dominio y no hay para qué
pedirme explicaciones de mi conducta. Vuestra misión
es obedecer y callar.
— En cuanto á eso, poco á poco—interpuso Clara.
— ¡ Cómo! ¿ Te me insubordinas ?
— No señor; pero protesto de que haya usted abu­
sado de nuestra ignorancia, para obligarnos por sor­
presa á emprender un viaje sin precedente en el mundo.
—¿ Y quién te ha dicho?...
— ¿ Quién ha de ser, hombre de Dios, sino la mismí­
sima milicia española que se está burlando de usté, á
pesar de saber más matemáticas que Motezuma?
—¿ Qué oigo ? ¿ Ha encontrado Luís medio de hacer­
te llegar alguna carta?—preguntó el sabio aturdido y
sin sospechar que, no obstante su tiranía, hubiera po­
dido ser el capitán esquela viviente.
— Digo, digo, una carta!... Toda una baraja com­
pleta para hacerle á usted tute.
— Procura no ser insolente, porque de lo contrario
en llegando á la Roma de los Césares, te vendo como
esclava al primer patricio que encuentre en la calle.

EL

ANACItONÓPETE

69

— ¿Y qué van á hacerme á mí los patricios? ¡Pues
qué ! ( Yo no vengo de liberales ? Mi padre fué furriel
de voluntarios.
— Oiga usted nuestros ruegos.
—Nunca.
— Si le digo á usted que el tal don Pichichi es el Calomarde de los tíos.
— Se concluyeron las intrigas—vociferaba don Sindulfo lívido de coraje.—Se acabaron los amorcillos de
colegiala: y ya que á buenas no has querido aceptar
mi mano, yo te sabré conducir á países y edades en
que la voluntad del tutor siendo ley para su pupila,
mal que te pese tendrás que llamarte mi esposa.
— Eso jamás. Primero la muerte; antes la tortura.
Y pues agotada la persuasión recurre usted á la vio­
lencia, yo le probaré que tengo valor para afrontarlo
todo.
Y dirigiendo una mirada de connivencia á Juanita,
añadió:
— En marcha cuando usted guste.
— Sí, señor. Arre ; que en el primer cambio de tiro
ya nos apearemos para quejarnos a la autoridad.
El sabio no se hizo repetir la orden ; juntó los polos
y el Anacronópete comenzó su marcha ascensional, no
sin cierta emoción de parte de las reclusas que veían
desaparecer por instantes los contornos de la ciudad
bajo sus plantas.
En el cuarto de las agregadas, la impresión fué más
viva por estar esperando con más impaciencia los re­
sultados del viaje. En la cala, el silencio era absoluto.
Sólo Pendencia se permitió decirle en voz baja á su
jefe, al apercibirse de la oscilación :
—Mi capitán: el botacilla.
De repente el coloso tomó rumbo y empezó á des­
alojar atmósfera sin que nadie se apercibiera de que
viajaban con una velocidad de dos vueltas al mundo
por segundo; pues la locomoción, verificándose en el

7o

EN R IQ U E GASPAR

vacío, falta de capas con que rozar no producía movi­
miento alguno sensible.
— Ya andamos— exclamó don Sindulfo con el orgu­
llo paternal que le inspiraba su invención.
— Adelante— prorrumpió resueltamente su sobrina.
— Loor al genio ! — balbuceó Benjamín abrazando á
su protector.
— ¡Jesús! — decía Juana. —Si esto es mas soso que
un cocido sin sal. Ni se ve un campanario, ni una le­
chuga, ni ná que le pueda alegrar á una el corazón.
Preñero el ordinario de mi pueblo. Vamos, don Sin­
dulfo, sóo... En llegando á los Inválidos pare usted.
La pobrecilla no calculaba que había empezado su
frase en París el diez de Julio de mil ochocientos se­
tenta y ocho y que la estaba acabando en treinta y uno
de Diciembre del año anterior sobre la cordillera de
los Andes.

Efectos retroactivos

as suertes estaban

echadas y no había medio
de retroceder, ó mejor dicho, de avanzar, si
queremos ser lógicos con la situación. Clara
y Juanita se retiraron al gabinete, confiadas
en la vecindad de sus defensores y dispuestas á exhi­
birlos en el primer alto que hicieran ; pues en marcha
les parecía aventurado sacarlos de su escondite, teme­
rosas de que don Sindulfo, por vengarse, los conde­
nara á todos á movimiento continuo.
El sabio por su parte no se saciaba de saborear su
triunfo con Benjamín; y verdaderamente no le faltaba

72

ENRIQUE GASPAR

razón para ello, pues jamas experimento alguno había
tenido éxito tan satisfactorio.
—¡Eureka!—exclamó en un arranque de entusiasmo
aquel segundo Arquímedes que, sin el auxilio de una
palanca, removía el mundo hasta en sus cimientos.
—¿Á qué altura estamos?—preguntó el políglota.
—Hace veintiún minutos que salimos de París—le
contestó su amigo consultando el cronómetro;—por
consiguiente hemos desandado siete años y nos halla­
mos en diez de Julio de mil ochocientos setenta y uno.
—¿Estudiemos la situación ?
—Sea.
—Rumbo á oriente—dijo Benjamín clavando los ojos
en su compás.
—Fijo—asintió el sabio mirando el suyo.
—Latitud 50o N\
—Exacto.
—No hay más que inclinar los catalejos un grado al
Sur y dirigir nuestras observaciones sobre el punto de
partida.
Y asestando los anteojos al disco meridional, cuyas
puertas se abrieron de una descarga, ambos profeso­
res se pusieron á sondear el espacio. Por supuesto que
previamente apagaron las luces eléctricas que consti­
tuían el alumbrado constante de aquella hermética
clausura donde siempre era de noche; pues como el
vacío sólo se hacía al rededor del Anacronópete, las
capas atmosféricas inmediatas á él conducían los rayos
del sol; y de no haber tenido cerrado el vehículo, na­
die hubiera podido resistir las vertiginosas intermi­
tencias de luz y sombra ocasionadas por la violenta
transición del día a la noche en una velocidad de cua­
renta y ocho horas por segundo.
Pocos llevaban de observación los anacronóbatas sin
apercibir en su carrera más que el vapor iluminado
con que como aliento fosforescente, les anunciaban su
presencia las ciudades en el período nocturno, ó las

EL ANACRONÓPETE

73

grandes siluetas de las mismas bañadas por el sol y
recortadas sobre el fondo oscuro del terreno durante
el día, cuando de repente los dos observadores lanza­
ron un grito tan rápido como fugaz había sido la sen­
sación que experimentaran. En medio de las tinieblas
y sobre el meridiano de París, el reflejo de una in­
mensa hoguera acababa de herir su retina.
—¡ La com une!—exclamaron ambos.
Y en efecto, aquel resplandor era el petróleo de los
pozos norte-americanos oponiendo en vano su devas­
tadora influencia al sentimiento de civilización de la
vieja pero noble Europa.
Los sabios no se movieron de su observatorio hasta
dar con otro hecho ostensible que ratificara sus deduc­
ciones cronológicas; pocos segundos les bastaron para
transponer la primavera y cruzar aquel riguroso in­
vierno teatro de la más espantosa de las luchas inter­
nacionales, y digno campo de la locura humana. La
tierra era una inmensa sábana de nieve, como si el
frío del terror sembrado en las campiñas hubiera ger­
minado en cosechas de hielo. El astro rey no se refle­
jaba-sino en mortíferas superficies de acero y bronce,
y las parábolas de los proyectiles parecían arcos de
fuego levantados en las sombras para impedir que se
desplomase la bóveda sideral. Globos aerostáticos con­
fiando á una corriente atmosférica la salvación de la
patria, palomas mensajeras volviendo al arca sin el
ramo de olivo, París capitulando, Metz cediendo, Se­
dán dejando huérfana una corona !... ¿ Á qué más efe­
mérides? El cómputo era exacto. Estaban en el año de
los castigos.
Cerradas las compuertas y vuelta á iluminar la es­
tancia :
—Maestro; una duda—exclamó Benjamín.
—¿ Cuál ?
—Puesto que nosotros nos dirigimos al ayer y vamos
a llegar al pasado con la experiencia de la historia, ¿no

74

ENRIQUE

GASPAR

nos sería dable cambiar la condición humana evitando
los cataclismos que tamañas dislocaciones han produ­
cido en la sociedad ?
—Aclare usted su pensamiento.
—Supongamos que caemos sobre el Guadalete en
las postrimerías del imperio godo.
—¿ Y bien ?
—¿ No cree usted que dando un curso de moral á la
Cava y á don Rodrigo, ó haciendo ver al conde don
Julián por medio de la lectura de Cantó, Mariana y
Lafuente, las consecuencias de su traición, lograría­
mos torcer el rumbo de los acontecimientos é impedir
que hubiera tenido lugar la dominación árabe en Es­
paña ?
—De ningún modo. Nosotros podemos asistir como
testigos presenciales á los hechos consumados en los
siglos precedentes; pero nunca destruir su existencia.
Más claro ; nosotros desenvolvemos el tiempo, pero no
lo sabemos anular. Si el hoy es una consecuencia del
ayer y nosotros somos ejemplares vivos del presente,
no podemos, sin suprimirnos, aniquilar una causa de
que somos efectos reales. Un símil le patentizará á us­
ted mi teoría. Figúrese usted que usted y yo somos
una tortilla hecha con huevos puestos en el siglo víii .
¿No existiendo los árabes, que son las gallinas, existi­
ríamos nosotros ?
Benjamín recapacitó un momento, después de lo
cual repuso:
—¿Y por qué no? Aun admitiendo la hipótesis de
que ambos seamos descendientes del moro Muza, el
evitar que éste y los suyos penetren en España no im­
pide nuestra existencia. Yo no destruyo las gallinas;
lo que hago es obligarlas á que sigan poniendo en
África. Luego la tortilla puede subsistir sin otra dife­
rencia que tener el Atlas por hornillo en lugar del
Guadalete.
Don Sindulfo se mordió los labios no encontrando

EL ANACRONOPETE

75

refutación al argumento de su amigo que él calificó de
paradójico, y cortó la conversación abriendo el pupitre

y disponiendo á anotar en su diario las observaciones
de la derrota. Benjamín á su vez dirigióse al armario
en que encerraba los más preciados ejemplares de su

76

EN RIQ UE

GASPAR

museo arqueológico y se entretuvo en comprobar las
clasificaciones.
Dejémosles entregados á tan sabia tarea y veamos
lo que en él ínterin ocurría en el cuarto de las colec­
ciones, donde esperaban impacientes su transforma­
ción las doce hijas de Eva en que el gobierno francés
fundaba la regeneración moral de su país.
A aquellos de mis lectores que hayan visitado la
Francia, y lo serán todos probablemente, no hay para
qué hacerles la descripción de los trajes de las viaje­
ras. Teniendo el lujo por cebo y el arte de agradar por
oficio, fácilmente se colige que las tales señoras habían
puesto á contribución para adornarse todo el ingenio
de la industria sedera de Lyon, agotado los maravi­
llosos recursos que posee la fabricación de encajes en
Cluny y Valenciennes y engarzado en el oro de Cali­
fornia los diamantes del Brasil, las esmeraldas de Co
lombia y las perlas del golfo de Bengala.
— Y bien, Niní; ¿ qué tal va eso?—preguntó a una
esbelta rubia otra que acusaba haber sido incitante
morena en sus mocedades y que respondía al nombre
de Naná, pues todas tenían el suyo artístico.
—Por ahora no puede decirse nada ; pero si la pre­
fectura me vuelve á mis quince años, le juro no ca­
sarme sino con un hombre que vote siempre por el
gobierno. Hay que ser agradecida.
—Cualquier día me uncen á mi—repuso desde su
rincón una nerviosilla que con una carta se estaba en­
treteniendo en doblar pajaritas de papel.
—dPues cuáles son tus propósitos, Emma ?
—Hacer que me desembarquen en la corte de
Luís XV y pedir que me presenten á S. M.
—Lo que es yo—dijo otra que se llamaba Sabina—
primero me dejo robar por los romanos que volver
á París á vestirme de percal y dormir sobre un fel­
pudo.
—Pero hemos dado nuestra palabra—insistió Niní.

EL

ANACRONÓPETE

77

— Pensad que la regeneración de la Francia depende
de nosotras.
— Para la que se líe de promesas oficiales— argüyó
Em m a.— En cuanto nos viesen jóvenes y bonitas, los
mismos que hoy nos toman por instrumentos de re­
habilitación serían los primeros en querer venir á
turbar nuestra paz doméstica. ¡ Ah ! ¡Los hombres!
¡ Los h o m b r e s !...
Y como siguiese jugueteando con la pajarita, ob­
servó que se le pulverizaba sin que sus dedos la tritu­
rasen.
— Aquí tenéis la prueba— añadió explicando á su
modo el fenómeno y dando cima á su pensamiento.—
Escriben sus protestas de amor sobre papel podrido
para que duren poco.
— Eso es el fuego de la pasión que calcina el papel
— objetó la optimista Niní.
. — Ó la humedad del recinto que lo deshace— adujo
una nueva interlocutora.— No brilla el Anacronópete
por su lim p ieza: desde que hemos entrado en él, no
hago otra cosa más que quitarme velloncitos de lana y
borrillas de toda especie que sin duda caen del techo.
— Es verdad. Lo mismo he notado yo— dijo Sabina.
— No te muevas, aguarda.
— <3Qué es ?
— Una mariposa que tienes en el lazo del sombrero.
¡ Una polilla !
— ¡ A y ! ¡ y yo un g u s a n o !— gritó otra corriendo en
busca de una mano benéfica que la libertara de él.
Emma quiso volar en su auxilio; pero se detuvo al
ver sus dedos impregnados de una sustancia viscosa
que había sustituido a la pajarilla. Instintivamente
produjo con el brazo un sacudimiento nervioso ; pero
al quererse mirar de nuevo la mano, la pasta había
desaparecido y en su lugar pendían de sus falanges
pedacitos de trapo y filamentos de todos tamaños y
matices.

?8

EN RIQU E

GASPAR

Un grito de asombro resonó en el cuarto y la alga­
rada se hizo general cuando Sabina, que consultaba
con la mirada á Niní, vió que de la boca de esta, abier­
ta por la sorpresa, salía un diente postizo disparado
por el empuje de otro verdadero que tomaba su lugar.
Simultáneamente el rubio añadido de Naná, perdido
el color y falto del cordón que le sujetara, caía en el
suelo mientras su cabeza se cubría de sedosas hebras
capaces de causar envidia á la Margarita del Fausto.
—Mirad á Emma—vociferaba una.—Ya no tiene pata
de gallo.
— Y Coraba ha perdido su berruga — exclamaba
otra.
—¡ Qué tersura la de mi cutis!
—¡ Qué morbidez la de mis hombros !
—¡ No más canas !
—¡Ya somos jóvenes!
— ¡Viva!
Y todas consultaban los espejos de sus estuches ó se
miraban en cualquiera superficie bruñida, distribu­
yéndose besos y abrazos en el vértigo de su admira­
ción.
La causa de tan maravillosos efectos se explica muy
fácilmente. El tiempo empujado hacia atrás verificaba
su obra de destrucción ; las viajeras no habían sido
sometidas á la inalterabilidad ; pero sus trajes tam po­
co. Así es que cada minuto que transcurría dejaba lo
mismo en su organización física que en su tocado la
huella del retroceso; pues todo en ellas caminaba ha­
cia su origen ; y del mismo modo el papel pasaba de
la consistencia del billete á la trituración del batán y
á la primera forma de guiñapo, que el raso se metamorfoseaba en mariposa para degenerar en larva y
reducirse á semilla. Nada más encantador que aque­
llas turgentes formas mal cubiertas por racimos de
capullos de seda entretejidos con vellones de finísima
lana y contrastando el dorado color de sus tenues fila-

EL

ANACRONÓPETE

79

mentos con el nácar de las ostras a medio abrir que
servían de lecho á las perlas embrionarias. ¡ Qué a r­
tística agrupación la de aquellos minerales incrusta­
dos en fragmentos de rocas, rodeados de copos de
algodón en rama, ceñidos por verdes aristas de cáñamo
y cruzados por residuos de cintas que, de confección
anterior á aquel momento histórico, conservaban su
integridad como un anacronismo de la moda en la a r­
monía de descomposición de la naturaleza !
La estupefacción era unánime ; el entusiasmo indes­
criptible ; pero el tiempo no se detenía en su carrera
y el fenómeno empezó á tomar proporciones alarm an­
tes. Los productos transformados en primeras m ate­
rias dejaron en breve de adornar los contornos de
aquellas hum anas esculturas. Traspuesto el período
en que cada porción de materia había sido arrancada
de su asiento, las fracciones comenzaron á desertar en
busca de sus matrices. El vellón desaparecía para a d ­
herirse á la oveja ; la ostra atraída por el banco corría
á sepultarse en las costas de Malabar; el algodón huía
á hundir sus raíces en las llanuras norte-americanas y
la cabritilla de los borceguíes despojada del curtido,
volaba á revestir el esqueleto de la inocente res de los
Alpes, mientras por los huecos que dejaba la deserción
asomaban trazos dignos de inspirar el desnudo a los
clásicos escoplos de Miguel Angel, Praxíteles y Fidias.
Las viajeras al contemplar su desnudez se taparon
el rostro con las manos, que el pudor es algo inhe­
rente á la hermosa mitad de la especie humana, y
prorrumpieron en tan desaforados gritos, que don
Sindulfo y Benjamín, dejando aquel sus apuntes y éste
sus clasificaciones, corrieron en averiguación del albo­
roto.
—No se puede entrar—decían unas al apercibirse de
que los sabios trataban de abrir la puerta.
—Ya tenemos bastante—exclamaban otras.
—; Ay ! Mi corsé...—gritaba una tercera.

8o

EN RIQ UE

GASPAR

Clara y Juanita, á quienes los sabios al verlas llegar
despavoridas pusieron al corriente de la situación,
penetraron en la estancia ; y asustadas ante tan insó­
lito espectáculo volvieron á salir pidiendo auxilio á la
ciencia.
—¡ Hombre de Dios ! Que se van á constipar esas se­
ñoras—vociferaba la maritornes.
En esto Benjamín que ya había comprendido la si­
tuación, llegó con unos transmisores del fluido de la
inalterabilidad; y pasándolos por la puerta entornada,
aconsejó á las excursionistas que se agarrasen á ellos.
Hiciéronlo así ellas, y con cuatro vueltas al aparato y
otras tantas docenas de quejidos de las víctimas, que­
daron estas fijadas y remediado el mal.
—Prestadles unos vestidos vuestros—dijo don Sindulfo á su pupila y á Juana, en tanto que él y Benja­
mín desternillándose de risa tornaban á reanudar su
tarea en el laboratorio, comentando el incidente. Pero
apenas el políglota se había dejado caer en su asiento,
cuando con los cabellos de punta y lanzando un grito
desgarrador volvió á levantarse como si un sacudi ­
miento galvánico le hubiese arrancado de la silla.
—¿ Qué ocurre ?—le preguntó el sabio acudiendo en
su socorro.
—¡ Mire usted... mire usted!...—balbuceaba el infe­
liz, señalándole la célebre medalla conmemorativa
comprada en la almoneda del arqueólogo madrileño y
atribuida según el catálogo á Servio Cayo prefecto de
Pompeya en honor de Júpiter.
Don Sindulfo tomó el disco que reluciente como una
chapa de aguador brillaba sobre la mesa. El objeto en
cuestión no había sido fijado aún, esperando para ha­
cerlo el instante cronológico que pudiese acusarles su
autenticidad; pero éste había ya llegado y, destruida
la acción del tiempo, los caracteres campeaban sobre
el bruñido fondo con una elocuencia aterradora.

EL ANACRONÓPETE

8l

SERV... C. POMP... PR...
JO... HONOR
era el anuncio sobre latón de una empresa de coches
de muerto fundada en París por la época que ellos
atravesaban y que restituida á su integridad decía así:
SERVICE DE POMPES FUNEBRES
RUE D’ANJOU SAINT HONORÉ.

6

CAPÍTULO IX

las averías causadas por la retrogradación en el indumento, las viajeras co­
rrieron al laboratorio en busca de don Sindulfo y empezaron á darle múltiples pruebas
de su gratitud.
Los dos sabios no habían vuelto aún del estupor que
eparadas

EL ANACRONÓPETE

83

les produjera la metamorfosis del disco; y en verdad
que no les faltaba motivo para renegar de la ciencia
que en tal ocasión los había tratado como madrastra.
Ello no obstante hicieron de tripas corazón, disimula­
ron su enojo y, cerrando los armarios, consagraron su
atención preferente á la contemplación de aquellos tan
variados ejemplares de la más hermosa mitad del gé­
nero humano. La colección era completa : creeriase
uno transportado al paraíso de Mahoma ó al joy er de la
danse en la grande ópera de París.
Aunque la conducta de las agregadas á bordo era
irreprochable, don Sindulfo, temeroso de alguna im­
prudencia, quiso evitar á Clara su contacto y la exhor­
tó á que con Juanita se retirara al gabinete.
—Como que nos vamos á quedar encerradas allí
dentro—dijo la de Pinto—ahora que hemos encontra­
do que la casa está habitada por presonas.
—No importa—repuso el tutor tragando bilis.—No
os conocéis, no habíais el mismo idioma.
—Mi señorita entiende el francés, y estas señoras
conocen todas las lenguas. Ya nos han dicho que via­
jan por gusto y eso que andan á repelo.
Y efectivamente : en los pocos minutos que habían
tenido disponibles para conferenciar, no sólo Juanita
las había impuesto en la situación, sino que se había
conquistado el concurso de las expedicionarias para
obligar con ardides á don Sindulfo á hacer un alto
que les permitiera sacar de su escondite á la fuerza
armada y emprender juntos la fuga; pues hay que
advertir que, al verse rejuvenecidas las doce hijas
de Eva, ya no tenían más que una
libres.
Comprendiendo el tutor que la lucha
tranquilizado con la falsa idea de que, restituidas á la
edad del candor relativo, las parisienses sólo abriga­
rían sentimientos puros é inocentes, puso en olvido
aquello de «lo que entra con el capillo sale con la mor-

84

E N R IQ U E G ASPAR

taja» y las dejó á todas juntas, si bien bajo la custodia
de su inspección inquisitorial.
—En este momento entramos en el año i860—excla­
mó Benjamín consultando el derrotero.
—¡ Ay ! El día en que perdí á mi novio en Constantina—interpuso Niní poniendo en juego la sensibilidad
para mover el corazón de don Sindulfo y auxiliar los
planes de Clara.
—Y el mismo en que yo abandoné el hogar materno
en Bona, por los excesivos rigores de mi padrastro—
adujo Sabina mojándose los ojos con saliva para fingir
que lloraba.
El sabio tomó oportunamente la palabra, pues de
tardar unos segundos más, todas aquellas jóvenes hu­
biesen resultado oriundas de la Argelia.
—Poco á poco—objetó don Sindulfo.—Se están us­
tedes enterneciendo prematuramente. Recapaciten
ustedes que andamos hacia atras; y que por lo tanto
el año principia para nosotros en 31 de diciembre, ó lo
que es lo mismo, que entramos en él cuando en la
vida real se sale. De modo que aún les quedan á uste­
des tres minutos para consagrarse á su doloroso ani­
versario.
—Tanto mejor—prorrumpió Niní en un arranque de
alegría.—Así podré verle vivo. Pídame usted lo que
quiera; pero restituyame usted á sus brazos y empe­
zará una era de ventura para mí que sólo he tocado
humillaciones.
—Por piedad — vociferaba Sabina.—Ya que se ha
encargado usted de nuestra rehabilitación, que se la
debamo^jcmpleta.
—Ldlaue/Solicitan es imposible. Yo las restituiré á
ustedes ¿ffrancia al regreso de nuestro viaje ; pero el
tiempo es oro y no puedo permitirme un alto. De ha­
cer uno en África lo verificaría sobre Tetuán para asis­
tir á la memorable jornada que tan alto puso el honor
de las armas españolas.

EL ANACRONÓPETE

85

— ¡ Cómo !— argüyó Juanita tomando parte en la tra­
ma.— d Vamos á pasar por el Riff, donde murió de un
balazo, antes de nacer yo, mi tío el trompeta de caza­
dores, y será usted tan cruel que no le deje dar un
abrazo á su sobrina predilecta ?
— Pues no acabas de decir que no le conociste ?
— Eso no importa. Tenemos en casa su retrato al garrotipo.
— Creo—balbuceó Clara, empleando todos sus me­
dios de seducción— que mi tío considera lo bastante el
nombre castellano para no dejar de rendir este justo
tributo de admiración al heroísmo de nuestros compa­
triotas ; y es harto amable para no acceder al ruego de
su pupila.
— Sea, pues tú lo quieres— respondió el tutor venci­
do.— Asistiremos á aquella epopeya ; pero sin bajar.
—¿A vista de pájaro?— preguntó Juanita tratando
de insistir; pero un gesto de su ama la hizo compren­
der que puesto en el camino de las concesiones, don
Sindulfo no tardaría en rendirse.
El sabio torció el rumbo hacia el 35° de latitud N.;
y, al marcar el cronómetro el crepúsculo vespertino
del 4 de febrero de 1860, redujo la marcha á paso de
carreta y dejó que el Anacronópete se deslizara sobre
Tetuan, fuera del alcance de los proyectiles; pero
bastante cerca del teatro de la lucha para poder apre­
ciar los menores detalles de aquella memorable ba­
talla.
Todos los corazones nacidos de la vertiente meri­
dional de los Pirineos á la punta de Tarifa, palpitaban
con violencia. Abierto el disco, cada cual asestó su
instrumento óptico al campo de operaciones y un grito
de entusiasmo resonó en la estancia.
— Allí se divisan los combatientes— exclamó Naná,
arreglándose el tocado por si levantaba los ojos alguno
de los oficiales de Estado Mayor, mientras Juanita
atónita balbuceaba :

86

EN RIQ UE

GASPAR

—¡ Jesús! Si parece un titirimundi.
—¡Pero, es extraño!...—adujo Clara, fijándose en el
fenómeno que se desarrollaba á sus ojos.—Yo no me
explico sus movimientos.
—Es verdad—prorrumpieron todos parando mientes
en caso tan original.
—¿Qué es ello?—preguntó el sabio.
—Mire usted. Lo hacen todo á la inversa.
—¡Ah! sí — repuso el sabio dándose cuenta de lo
que para él carecía de importancia, pues ya lo tenía
previsto.—Eso consiste en que, como nosotros vamos
viajando hacia atrás en el tiempo, empezamos á ver la
batalla por el fin.
—¡ Y a!—interpuso Juanita.—¡ Cosas de usted, que lo
principia todo por la cola !...
Y efectivamente, los viajeros observaban la batalla
de Tetuán con el orden cronológico invertido; como
el héroe de Lumen de Flammarión veía la de Waterloo, al remontarse en espíritu á la estrella Capella, te­
niendo que pasar antes por los rayos luminosos de la
Tierra que alumbraban en el espacio hechos poste­
riores.
—Observen ustedes—proseguía don Sindulfo—como
lo primero que se advierte es que los cadáveres se in­
corporan.
—Es verdad—asentía Benjamín.—Y luégo disparan
sus fusiles.
—Y después cargan.
—¿C argan? Porque serán sabios— argüía la Mari­
tornes, no desperdiciando ocasión de zaherir á su víc­
tima.
—I Qué es eso ? ¿ Huyen ?
—No. Es que retroceden, porque caminamos hacia
el momento en que están ocupando las posiciones que
tenían antes de avanzar. Es decir, que ahora llegamos
propiamente al principio de la batalla. De modo que
parándonos podríamos asistir á ella por su orden.

EL

ANACRONOPETE

8?

—P ues, sóoo—dijo la lugareña excitando la hilaridad
en todos, á cuyas re iteradas súplicas el sabio no tuvo
valor de resistir, aguijoneado á su vez por el orgullo
patrio. El Anacronópete quedó suspendido en la a t­
mósfera m erced á un ligero m ovim iento en el g ra d u a ­
dor.
Escritos estos renglones veintiún años d espués de
aquel m em orable acontecimiento, paréceme que su
relato, au n q u e hecho á vuela plum a, no ha de carecer
de atractivo para la generación que nos está acabando
de reem plazar. Copio aquí, pues, la narración del d ia ­
rio de don Sindulfo, en la que sin duda se ha inspirado
el pin to r Castellani para re p ro d u cir con el pincelaque11a jornada, y que tam bién ha servido á la prensa de
la corte para describir el panoram a que se exhibe en
Madrid frente á la casa de la Moneda. Dice a s í :
« Estam os en el centro del cam pam ento m a rro q u í de
M uley-Ahmed. Las tro p as españolas llegan hacia él
persiguiendo de cerca al enemigo, cuyas posiciones
corona sim u ltán e am en te. T enem os en frente el m ar,
T etuan á la espalda, el río Martín á la derecha, y á la
izquierda la torre de Geleli y la Casa Blanca.
»El general O’Donnell dispone que sus fuerzas eje­
cuten un m ovim iento envolvente sobre el cam pam ento
de M uley-A hmed, con objeto de atacarlo por dos p u n ­
tos distintos con las tro p as de los generales P rim y
Ros de Olano, entre las q ue se sitúa la artillería p ro te ­
gida por los ingenieros. R óm pese el fuego de cañón
por cua renta piezas que avanzan gradu alm en te hasta
colocarse á cuatrocientos m etro s de las trincheras m a ­
rroquíes.
»En p rim e r térm ino se destaca el general en jefe á
caballo con su estado m ayor, dando órdenes al co m an ­
dante Ruiz Dana y teniendo á su lado al coronel Jovellar y al jefe del Estado m ayor, general García. Detrás
las baterías españolas cañonean los reductos. En el
fondo á lo lejos el m ar y la escuadra.

88

EN RIQ U E

GASPAR

»Á la derecha el general Ros de Olano, dando ins­
trucciones á su hijo y dirigiendo el movimiento de la
primera división del tercer cuerpo, mandada por el
general Turón, consigue que sus soldados penetren
por distintos puntos en las trincheras. El regimiento
de Albuera con su coronel Alaminos; Ciudad-Rodrigo
con el teniente coronel Cos-Gayón, y el brigadier Cer­
vino al frente de los batallones de Zamora y Asturias,
invaden á la vez el campamento á pesar de la tenaz
resistencia de los enemigos; uno de los cuales en las
ansias de la muerte, encuentra fuerzas suficientes en
su fanatismo para arrastrarse hasta un cañón abando
nado, y dispararlo causando horroroso estrago en las
primeras filas de nuestras tropas.
»Por la izquierda el general Prim ataca las trinche­
ras seguido del coronel Gaminde; penetra por una
tronera rodeado de catalanes, soldados de Alba de
Tormes, Princesa, Córdoba y León; forma confuso
tropel con los enemigos y sostiene cuerpo á cuerpo
una lucha encarnizada. Á su lado veo caer moribun­
dos al comandante Sugrañes y al teniente Moxó, tre­
molando el primero en sus manos la bandera de los
intrépidos tercios catalanes. Don Enrique O’Donnell
apoya enérgicamente el ataque de su jefe el general
Prim, y se dirige luégo al campamento de MuleyAbbas en la torre de Geleli, que los moros abandonan
precipitadamente.
»Muley-Ahmed intenta en vano con enérgico valor
detener la fuga de sus soldados, que huyen despavori­
dos ante las aguerridas huestes de Prim y abandonan
la Casa Blanca. Llenos de terror, desoyen el mandato
de su jefe, le arrastran en su huida y dejan en poder
de nuestras tropas, como trofeo de tan señalado triun­
fo, el campamento con ochocientas tiendas, ocho ca­
ñones, armas, municiones, camellos, caballos y baga­
jes.
»En el fondo, hacia Tetuán, el sultán de Marruecos

EL

ANACRONÓPETE

89

contempla consternado la derrota de su ejército nume­
roso.
»Durante la marcha de nuestros soldados, los ene­
migos amenazan atacar la retaguardia ; pero el gene­
ral O’Donnell, sin detenerse, destaca hacia Tetuán dos
batallones del tercer cuerpo á las órdenes del general
Makenna, quien adelantando rápidamente á lo largo
del río Martín protegido por la brigada de coraceros
del general Alcalá Galiano, rechaza al enemigo sobre
la plaza después de breve lucha y paraliza sus esfuer­
zos.
»Formidables fuerzas enemigas, bajando á la vez de
la torre de Geleli, amagan atacar nuestra derecha con
sus infantes y tres mil jinetes; pero el general en jefe,
atento á todas las peripecias del combate, hace adelan­
tar la brigada de lanceros del conde de Balmaseda. Las
tropas cargan vigorosamente sobre el enemigo y le
ponen en precipitada fuga protegidas en su movimien­
to por el cuerpo de reserva del general Ríos, situado
en el reducto de la Estrella.
»La jornada ha sido completa. Tetuán no tardará en
abrir sus puertas al vencedor, y el emperador de Ma­
rruecos debe ya empezar á arrepentirse de haber exci­
tado el justo enojo de la nación española.»
El entusiasmo á bordo no reconocía límites. Todos
suplicaban á don Sindulfo que les permitiese bajar
para dar un abrazo á aquellos héroes, inclusa Juanita
que pretextaba haber reconocido los pulmones de su
familia en un paso de ataque tocado por su tío con la
trompeta. El sabio que, además de estar poseido de la
admiración general, tenía un carácter vengativo im­
propio de sus luces intelectuales, vió en aquella cir­
cunstancia una ocasión de desembarazarse del torce­
dor de su fregatriz, y accedió á la demanda decidido á
volver á emprender la marcha en cuanto Juanita tras­
pusiese los umbrales del Anacronópete en busca del
supuesto pariente. Eligióse pues para el descenso un



EN R IQ U E GASPAR

bosquecillo que les garantizase de una bala perdida, y
con gran contentamiento de todos y una sencillísima
manipulación, el vehículo tocó tierra.
Pero ¡ a y ! que no comete el hombre acción mala sin
recibir tarde ó tem prano por ella el condigno castigo.
Saboreando estaba cada cual la realización de sus pro­
pósitos, cuando Benjamín, que, asomado al disco con­
templaba el horizonte, dió un grito y retrocedió invo­
luntariamente.
— Qué es eso ?—le preguntó su inseparable, corrien­
do a su lado.
—¡Friolera 1—contestó el políglota perdiendo el co­
lor.—Que sin duda hemos caído en una emboscada
tendida por los m arroquíes á nuestras tropas.
Un sudor frío circuló por la frente de todos los via­
jeros.
—¡ Huyamos!—fué la opinión general.
—Mire usted los kabilas que se dirigen hacia aquí.
—No hay más remedio que apelar á la fuga—adujo
el sabio corriendo al regulador y poniendo en movi­
miento la máquina, mientras Benjamín cerraba los
discos y restablecía el alumbrado eléctrico, excla­
mando :
—Pronto, que nos alcanzan.
Aún no había acabado de pronunciar la frase cuando:
—¡ Un m oro!—articuló con voz ahogada una de las
viajeras.
—¡ Dos !—prorrumpió Juanita parapetándose detrás
de su amo.
—¡ Veinte ¡—profirieron todos poseídos de un terror
pánico cobijándose en un rincón del laboratorio en
compacto grupo.
Eran en efecto dos docenas de fugitivos del campa­
mento de Muley-Ahmed que, buscando su salvación
en el bosque, presenciaron el descenso del vehículo y
tomándolo por arma de guerra habían resuelto ata­
carlo ; pero, no encontrándole entrada franca, se vahe-

EL ANACRON ÓPETE

ron de sus cuerpos salientes y, escalándolos con la
entereza que da el fanatismo, lograron introducirse
por los tubos de desalojamiento antes de que el coloso
emprendiese la marcha.

Pasado el primer momento de estupor, en que nadie
osaba levantar los ojos ante aquellos morazos de seis
piés de altura provistos de gumías y espingardas y
llevando escrito en el rostro el vengativo ceño del ene­
migo derrotado, Nana se resolvió á preguntar á don
Sindulfo:
—Diga usted. ¿Nos harán algo ?
—Á nosotros rebanarnos el pescuezo; y á ustedes
llevárselas al harem en calidad de odaliscas.
—¿ Con los eunucos ? ¡ Qué horror!—articularon las
aludidas por lo bajo.
—Pues lo que es al harem—interpuso Juana enea-

92

E N R I Q U E GASP AR

rándose con su señor—creo que también podría usted
venir.
—Insolente!
—Para hacernos compañía y enseñarnos ciencias en
los ratos de ocio.
El tutor no se había equivocado acerca del propósito
de los invasores, según la traducción que Benjamín le
hizo de las órdenes dictadas por el jefe de la fuerza.
Los expedicionarios estaban irremisiblemente perdi­
dos. Una idea luminosa brotó sin embargo en el cere­
bro del atribulado don Sindulfo.
—Si logramos ganar tiempo—dijo al políglota—nos
hemos salvado.
—¿ De qué modo ?
—Dando al vehículo la velocidad máxima y consi­
guiendo que estos kabilas, que no están sometidos á
la inalterabilidad, se vayan empequeñeciendo hasta
que concluyan por desaparecer una vez traspuesto el
instante de su natalicio.
—Sublime idea!
Y forzando el graduador, la máquina se puso á fun­
cionar con una rapidez vertiginosa.
—¡ Á ellos!—gritó el capitán ; y los moros se apres­
taron á consumar su obra ; pero los ayes y las lamen­
taciones del sexo débil eran tan repetidos y pene­
trantes, que, no logrando restablecer el silencio, les
pusieron á todos á guisa de mordaza un lienzo atado
en la boca y, oprimiendo sus brazos con fuertes liga­
duras, los arrastraron tras sí para conducir los escla­
vos al asilo del disperso campamento.
Cerca de un cuarto de hora anduvieron buscando
los riffeños inútilmente la salida, con gran satisfacción
de los cautivos que, si bien no podían pedir socorro ni
fugarse maniatados como estaban, veían en cambio
que sus opresores se rejuvenecían rápidamente y aca­
riciaban la esperanza de hallarse en breve libres de su
yugo.

E L ANACRONÓPETE

93

Pero los caracteres meridionales son impetuosos y
no tienen la paciencia por virtud. Agotada la de los
hijos del desierto al sospechar que estaban siendo los
prisioneros de sus rehenes, se conformaron con salir
por donde entraran; mas, convencidos de la imposibi­
lidad de hacerlo con su presa, adoptaron la extrema
resolución de exterminar á los viajeros,
Encontrábanse á la sazón en la cala y las mujeres se
desesperaban al pensar que cuando una sola voz les
bastaría para llamar en su auxilio á sus salvadores,
tenían que sucumbir al mutismo. Colocados los reos
en un ángulo de la bodega, los moros ocuparon el cen­
tro y apercibieron sus espingardas. Ya no les quedaba
duda á quellos infelices acerca de la triste suerte que
les deparaba el destino. Apiñados y confundidos re­
volvíanse los desgraciados en la desesperación de la
impotencia y ya los cañones estaban apuntados hacia
su pecho, cuando el tiempo, ejerciendo su poderoso
influjo, convirtió de repente la cuerda que sujetaba al
tutor en finísimos filamentos de cáñamo que le dejaron
libre el ejercicio de sus músculos. Apercibirse de tan
providencial beneficio y emplearlo en poner en con­
tacto los conductores que junto á él descendían por
las paredes de la cala, fué operación tan rápida como
el pensamiento. Acto continuo las compuertas se
abrieron y los hijos de Agar desaparecieron para siem­
pre en el espacio insondable.
La alegría que sucedió á aquellos minutos de angus­
tia no hay quien la describa. Restituidos á la libertad
abrazábanse todos sin distinción de sexos ni condicio­
nes; y hasta la misma Juanita no pudo prescindir de
decir á su amo, en un arranque de gratitud :
—Si no fuera usted tan feo, me casaba con usted.
Saboreando estaba el sabio su triunfo muy conven­
cido de haber conquistado con él un lugar preferente
en el corazón de su pupila, cuando ésta temiendo ver
surgir nuevos contratiempos,

94

EN RIQ U E

G A SP A R

—Ya es ocasión de revelárselo todo—exclamó, pi­
diendo consejo á Juanita.
—¿ Qué duda cabe ? — respondió la resuelta asesora.
Y añadiendo:
—¡ A mí, valientes!— incitó á salir de su guarida á
los soldados españoles, riéndose con descaro del asom­
bro del buen tío que intuitivamente comprendió la
asechanza de que le habían hecho objeto.
—¡Cómo! ¿Están aquí?—prorrumpió lívido de coraje.
—¡ Perdón!—repetía Clara.
—Ni para ti ni para ellos—proseguía el celoso tutor
dando golpes en cuantos objetos tenía á tiro.
—Pues, ea—argüyó Juanita.—Guerra á muerte; y
el sabio que sea hombre, que salga. Don Luís, Pen­
dencia, melitares : ¡Mueran las matemáticas!
Un ay de espanto reemplazó á tan enérgico apos­
trofe. Los diez y siete hijos de Marte -aparecieron en
la cala trepando por los sacos de harina y los barriles
de provisiones; pero, como no habían sido sometidos
á la inalterabilidad y el mayor de ellos no contaba
veinticinco primaveras, los cuatro lustros desandados
en el tiempo desde la salida de París los habían redu­
cido á la condición de tiernos parvulillos.
—¡Esto es espantoso!—murmuraban las francesas
que se las habían prometido muy felices de la galan­
tería española.
— ¡Yo desfallezco!—articulaba la pupila no dando
crédito á la realidad, mientras Juanita hecha un basi­
lisco exclamaba enseñándole los puños á su amo:
—Si es usté el sabio más animal que conozco.
El tutor se bañaba en agua de rosas al contemplar
la venganza que le servía el azar. Entre tanto el ve­
hículo caminaba y los infantes se achicaban hasta el
extremo de no poderse tener ya en pié.
—Pero, hombre de Dios, ¿ no ve usted que se nos
deshacen como la sal en el agua ?—argüía la maritor­
nes echando espuma por la boca.

EL

ANACRONÓPETE

95

—Mejor—contestaba aquel segundo Otelo.—Así aca­
baremos de una vez.
Y los angelitos yacían tendidos en el suelo agitando
brazos y piernas en la inacción de los primeros meses
y llorando á pulmón lleno. Compadecidas de su situa­
ción, cada hija de Eva tomó en brazos al suyo y se
puso a pasearlo por la cala viéndolos mermarse pro­
gresivamente, en tanto que el implacable tío se fro­
taba las manos con satisfacción y sonreía con satánico
gesto.
—¡Luís m ío !— repetía Clara anegada en llanto y
tributando sus caricias á aquel residuo de su capitán
de húsares.
—¿Ya no tienes una gracia para tu Juanita?—pre­
guntaba á su microscópico Pendencia la de Pinto.
Y el bribón del asistente, como si aún quisiera darle
una prueba de su travesura, le mordió el vestido por
la parte en que á los niños de su edad se les sirven los
alimentos.
De pronto aquellas mujeres se quedaron pálidas con
los brazos cruzados sobre el pecho; ya no abarcaban
objeto alguno: el ejército se les había disuelto entre
las manos.

CAPÍTULO X
En que tiene lugar un incidente que parece insignificante y es,
sin embargo, de mucha im portancia
----------- a pérdida de un sér querido es una de las m as

terribles pruebas á que puede exponerse la
sensibilidad hum ana : y aun así la aflicción
pasa por distintas gradaciones según las cir­
cunstancias que han acom pañado al hecho.

EL

ANACRONÓPLTE

97

—Al menos ha muerto en su cama y rodeado de los
suyos—le dicen al atribulado pariente los encargados
de consolarle.
—Y ha tenido usted la satisfacción de que Dios se
lo conserve hasta una edad avanzada—añaden otros.
Y efectivamente, todas estas reflexiones son un leni­
tivo al dolor que, resultado de una máquina pensante
y contante, paga la situación en su justo precio reser­
vándose para las grandes catástrofes el máximum de
intensidad.
Ahora bien: imagínense los lectores cuál sería la
disposición de ánimo de los viajeros ante aquel quinto
acto de una tragedia para cuyo desenlace no había
Deus ex machina posible. Porque un novio es algo más
que un pariente a los ojos del objeto de su cariño; y
además de la amargura de separarse para siempre del
suyo, las enamoradas doncellas sufrían el vejamen de
ver que, siendo el amor un numen que engrandece
cuanto toca, a ellas al revés, se les achicaba todo entre
las manos.
Clara perdió el sentido ante la inmensidad de su in­
fortunio y tuvo que ser conducida al gabinete en bra­
zos de las expedicionarias. Juana, más entera aunque
no menos herida, se desahogaba dando gritos contra
el opresor y llamando á la guardia en su socorro.
Pero la situación mas grave era sin duda la de don
Sindulfo. Por malo que tuviese el genio, por mezqui­
na que fuera su condición, por miras estrechas que lo
alentasen, distaba mucho de ser un malvado: y la
muerte de los veinticuatro moros, aunque llevada á
cabo en legítima defensa propia, eran dos docenas de
puñales que tenía hundidos en el corazón. Agréguese
a esto la aparición de los hijos de Marte, en la que veía
no sólo una desobediencia á sus mandatos sino la
inutilidad de haber agotado su ciencia y sus recursos
para desembarazarse de un rival, y se comprenderá
fácilmente que su razón trastornada le indujese á
7



ENRIQUE

GASPAR

permitir que el tiempo devorase á aquellos infelices,
sin prestarles el menor auxilio. Primer paso suyo en
la senda del crimen por la que hemos de verle avan­
zar presa de los celos, la desesperación y la locura. No
adelantemos empero el discurso.
Los mahometanos, aunque hombres, eran enemigos
de Dios y habían atentado contra su vida ; por consi­
guiente, bien muertos estaban. ¿ Pero aquellos diez y
siete infantes, á quienes había servido de implacable
Herodes, qué daño le habían hecho ? ¿ Merecía tan ho­
rroroso castigo una travesura de la juventud ? ¿ No era
su sobrino una de las victimas ? ¿ No hubiera sido más
humano, pues no estaban sometidos á la acción del
fluido, hacer rumbo hacia el presente y, una vez re­
conquistadas sus naturales proporciones, desembar­
carlos en los alrededores de su edad ?
Todas estas y otras muchas observaciones se hacía
don Sindulfo, pero la imagen de su pasión desatendi­
da, y su amor propio sublevado concluían por vencer,
y resultado de tan acerba lucha fué que delirante ca­
yese en los brazos de su amigo bajo los efectos de una
continua convulsión.
¿Pues no estaba garantizado por la inalterabilidad ?
me objetará álguien. Ciertamente, pero la acción del
fluido, penetrando por la membrana epidérmica, atra­
vesando el dermis é infiltrándose por los tejidos mus­
culares, sólo alcanza á la superficie de los huesos, que
petrifica como las demás vías por donde circula. Así
pues el ejemplar influido por sus corrientes, ni pierde
la tersura del cutis, ó sea la juventud, ni sufre de
erupciones cutáneas, ni está expuesto á las inflamacio­
nes producidas por la acción atmosférica: pero expe­
rimenta hambre, sed y sueño y no se exime de pade­
cimientos viscerales, productos las más veces del sis­
tema moral al que la ciencia no ha llegado á dar toda­
vía la osificación que á un tegumento.
Cargó pues Benjamín con aquel cuerpo inanimado

EL

ANACRONÓPETE

99

y lo condujo a su dormitorio para ver de provocar la
reacción metiéndolo en la cama; pero, al pasar por el
laboratorio, recordó la velocidad vertiginosa que ha­
bían impreso al aparato en el momento de la invasión
marroquí, y temeroso de alguna catástrofe por impru­
dencia, dió un golpe á la aguja del graduador, redu­
ciendo el Anacronópete, á su entender, á la locomoción
media.
¡Qué pequeños incidentes son origen de los más
grandes acontecimientos!
Don Sindulfo, acurrucado en el lecho, daba diente
con diente de continuo y alguna que otra sacudida por
intervalos á Benjamín.
—Juanita—dijo éste saliendo al encuentro de la de
aparejo redondo. —Calienta un poco de agua para ha­
cer una infusión á tu amo que se siente mal.
—¿ Quién ? Yo ? Pues como no sea para escaldarle
vivo, que se aguarde á que encienda fuego.
—¡Vamos! Deja á un lado el enojo y recapacita que
si él se muere nadie podrá llevarnos á puerto de sal­
vación.
—{ Pues usted no entiende la maquinaria ?
—Muy poco. Además, la caridad te aconseja ser com­
pasiva. Prepara la lumbre mientras yo saco el té y el
azúcar de la despensa.
Sea el miedo á permanecer indefinidamente en el
espacio ó la compasión inherente á su sexo, Juanita
no replicó é hizo rumbo á la cocina.
—Ya sabes. Con un par de chispazos eléctricos alum­
bras una hoguera en un decir Jesús.
—Á mí déjeme usted de telégrafos , que yo me las
compondré á la moda antigua.
Y, así diciendo, llegó al hornillo, colocó en él unos
carbones y tomando unos fósforos frotó uno tras otro
sobre la lija, sin conseguir encender ninguno ; pero lo
más notable del caso era que ni dejaba huella la cerilla
en el raspador ni la cabeza del de Cascante se gastaba.

IO O

EN RIQ U E

GASPAR

—Es claro. Las babas de don Sindulfo que lo reblan­
decen todo—murmuró, y echóse en busca de otra caja
y de algunas virutas y trapos con qué facilitar la com­
bustión. No encontrando nada á propósito, dió al pasar
por el cuarto de las agregadas con unos fragmentos de
telas y pieles que, aunque acusaban una rica proce­
dencia, eran retales al fin y muy del caso en circuns­
tancias tan apremiantes. Dispuso los residuos en el
fogón y, haciendo una nueva é inútil tentativa con los
fósforos:
—Á ver si usted tiene más gracia—dijo á Benjamin
que acudía cargado con un pilón de azúcar y un bote
de té Hulón.
—Esto es más breve—argüyó el políglota comuni­
cando la chispa eléctrica al hornillo á merced de la
cual los trapos se encendieron pero no los carbones;
siendo de notar, por más que ninguno de ambos ob­
servase el fenómeno, que las suplentes virutas iban
tomando extrañas formas parecidas á lazos, mangas
de vestido, tacones de bota y objetos de mercería.
—Parte un poco de azúcar—ordenó Benjamín á Jua­
nita en tanto que él, puestas las hojas en la tetera, de­
rramaba encima el agua hirviendo.
—El demonio que pueda con esta pirámide de Egip­
to! si es más dura que la cabeza de un sabio—repetía
Juanita dando golpes en el pilón con un martillo sin
conseguir levantar una arista.
—Déjate; aquí hay azúcar molido—exclamó el inter­
pelado poniendo una cucharada en la taza de otro pa­
quete que para el uso ordinario había en el vasar y
sirviendo en ella el licor benéfico.
—Pero aguarde usted... si eso no está aún! Todavía
no ha tomado color.
Un sudor frío circuló por la frente de Benjamín, en
quien la resistencia del pilón, la incombustibilidad de
los carbones y la inalterabilidad del agua vinieron á
darle la llave del enigma. Presa de una agitación ner-

E L ANACRONÓPETE

IO I

viosa se puso á disolver el azúcar en la infusión; y la
llevarse una cucharada á los labios:
—¡ Horror !—dijo palideciendo.
— ( Qué ocurre?—preguntó la doncella mirándole de
hito en hito temerosa de que también empezara él a
reducirse como los otros.
— ¿ Qué ha de ser? Que hemos vuelto inalterables
para su conservación los artículos de consumo, y aho­
ra nos encontramos con que son resistentes ó toda
influencia física.
—Es decir ?...
—Que ni el azúcar endulza, ni el carbón se encien­
de, ni el pilón se parte, ni habrá quién le pueda hin­
car el diente á una patata.
—¿ De modo que nos vamos á morir de hambre ?—
balbuceó Juanita con los ojos desencajados.
—No ; pero tendremos que apearnos á cada comida
y tomar los alimentos propios de la época y de la loca­
lidad; pues de fijarlos ya ves lo que sucede; y de aban­
donarlos á la acción retrógrada del tiempo, en tres
minutos el pan se nos convertiría en espigas y el vino
en cepas.
—¿Y dónde tomaremos hoy la pitanza?—repuso la
lugareña á quien la idea de un alto sonreía por lo que
encerraba de salvador para las reclusas.
—En los infiernos—salió murmurando Benjamín con
la taza del agua caliente en la mano; la que propinada á
su amigo le produjo las consecuencias de un hemético
sumiéndole después en una dulce y agradable somno­
lencia.
Entretanto Juanita volaba a dar parte de lo ocurrido
á sus compañeras de infortunio, quienes rodeando el
lecho de la pupila, presenciaban una escena no menos
digna de admiración que la precedente.
Es pues el caso que mientras prodigaban sus con­
suelos a la pobre huérfana, Niní, que no sin profunda
aflicción había visto desaparecer de sus lóbulos, antes

102

E NR I Q U E GASPAR

de ser fijada, las dos hermosas perlas que llevaba por
pendientes, dió un grito de alegria al llevarse las ma­
nos hacia los desheredados cartílagos y encontrarse
con la restitución de sus preciadas joyas.
—xMirad, esto es milagroso...
—En efecto—exclamaron todas. Y al tender en torno
suyo una mirada de asombro, éste creció de punto al
observar que todos los objetos arrebatados por la
acción retrógrada del tiempo les eran devueltos sin
saber cómo. Ya un girón del vestido de Naná, cubrién­
dose de larvas, tomaba la forma de capullos para
metamorfosearse en tupido raso de Lión ; ya una
tira de becerro, curtiéndose repentinamente y mode­
lándose al pié de Sabina se llenaba de pespuntes y
lazos hasta elevarse á la categoría de un borceguí
Carlos IX.
—¡ Mi chal !—gritaba una...
—¡ Mis encajes !—decían otras.
Y todas se libraban al más expansivo arranque de
entusiasmo, cuando la más razonadora de ellas:
—Poco á poco—les argüyó.—Moderad vuestro júbilo.
Cierto es que reconquistamos nuestro ajuar; pero
¿ quién os asegura que la devolución no sera completa ?
—¡ Cómo !
—¿ No teméis que por este fenómeno, cuya explica­
ción ignoramos, cada perla que creemos ganada nos
devuelva la arruga que juzgamos perdida?
La observación era tan atinada y el temor de perder
los encantos tan profundo, que un grito unánime salió
de todos los labios en demanda de socorro; y las via­
jeras, dejando á Clara en el gabinete al cuidado de
Juanita, echáronse en busca de los sabios .encontrando
felizmente en el laboratorio á Benjamín que consi­
guió á duras penas imponer silencio á aquella rebelde
turba.
—¿ Qué significa esto ?—preguntó la más osada.—
¿Tratáis de volvernos á envejecer ?

EL

ANACRONÓPETE

i o3

— Que se nos admita á libre platica— argumentaba
otra.— Ya hemos pasado la cuarentena.
— No más lazareto 1— vociferaban á coro.
Benjamín, que no acertaba á darse razón de lo que
veía, estudiaba el caso con los ojos ñjos en el suelo ; y
maquinalmente al notar un objeto que relucía, lo r e ­
cogió y dió con un ochavo moruno.
— Alguna moneda que se le ha caído a un kabila—
dijo Niní llamándole la atención hacia lo más urgente.
— no haga usted caso de eso.
— Pero si esta moneda— repuso el políglota— procede
de un marroquí, ¿ cómo, no estando sometida á la inal­
terabilidad, subsiste todavía? Debería haberse descom­
puesto toda vez que viajamos hacia atras.
— Acaso sea mas antigua que el año en que nos ha­
llamos.
— No. Su fecha es del 1237; y como el cómputo árabe
principia en 622, época de la Hégira, este ochavo corres­
ponde al 1859 de nuestra era ó sea al año anterior en
que fuimos atacados por los riffeños y que debimos
trasponer tres minutos después de la invasión.
— i Entonces ?...— interrogaron las atónitas viajeras
con la mirada.
Y como Benjamín dirigiese la suya hacia el cuarto
de los relojes:
— ¡ Maldición !— dijo al consultar el cronómetro del
tiempo relativo.
É inmediatamente hizo parar en seco el Anacronópete.
— ¿ Qué es ello ?
— Que al querer moderar hace poco la locomoción,
he rebasado sin duda la línea de la aguja y caminába­
mos hacia adelante. Hemos deshecho lo andado. Esta­
mos sobre Versalles á 9 de julio ó sea en la víspera
del día que salimos de París.
La alegría que se pintó en el rostro de las viajeras
al convencerse de que, sin detrimento de su juventud,

104



ENRIQUE

GASPAR

eran restituidas al teatro de sus operaciones, no hay
quien la describa. Todas suplicaron a Benjamín que
las desembarcase; y aunque éste temía las iras de don
Sindulfo, pudo más en él la idea del ridículo de que
iba á cubrirse cuando su colega advirtiese su inep­
titud. Así es que confiado en el seguro del secreto,
toda vez que ni Clara ni Juanita eran testigos de su
derrota ; y en la persuasión de cohonestar con una
medida de buen gobierno el abandono de las agrega­
das, determinóse á darles gusto, lo que le valió una
abundante y envidiable cosecha de abrazos y besos.
El vehículo descendió majestuoso en el parque con­
tiguo al Trianon; las viajeras lo abandonaron sigilosa­
mente, y Benjamín, dando la velocidad máxima se echó
por el espacio á desquitarse de lo perdido diciendo :
—Ahora á China en busca del secreto de la inmor­
talidad.
Al día siguiente los periódicos de París traían dos
noticias: una que fué comentada por todos los desocu­
pados de los bulevares; otra que sólo conmovió al
mundo sabio.
Decía la primera, que habían sido reducidas á prisión
doce jóvenes que, valiéndose de las circunstancias,
querían explotar la credulidad pública haciéndose pa­
sar por las expedicionarias del Anacronópete; siendo
así que en ninguna de ellas se encontraban trazos que
acusasen ser las agraciadas por la Prefectura, donde
constaba su filiación y se les había entregado pasapor­
tes de que las impostoras no venían provistas á su
regreso.
La segunda era más lacónica aunque más trascen­
dental para la ciencia, en cuyos anales sigue constando
como artículo de fe : se reducía á dar cuenta de que á
las nueve y cuarenta y cinco minutos de la mañana el
observatorio astronómico había presenciado la caída de
un enorme aereolito en las inmediaciones de Versalles.
¡Así se escribe la historia!

CAPÍTULO XI
Un poco de eru dición fastidiosa aunque necesaria

día 14 clel noveno mes
del año 604 (antes de J. C.)
en la aldea de L i , estado
feudal de Tsou, hoy pro­
vincia de llou-nan, nacía
con los cabellos blancos
después de ochenta y un
años de gestación (al de­
cir de sus sectarios) el
gran metafísico de la Chi­
na , apellidado por esta
circunstancia Lao-tseu ó
sea el viejo niño.
Hasta su aparición, la
filosofía más remota del
Celeste Imperio estaba reducida al Y-King, enciclopedia
puesta en orden por Fo-hi, en quien los historiadores
creen reconocer á Noé después que salió del Arca é
hizo su viaje á la provincia de Xen-si cerca del monte
Ararat en la parte opuesta de la Bactriana. Su fundal

I 06

EN RIQU E

GASPAR

m entó es enseñar el origen de las cosas y las transfor­
m aciones sufridas en el curso de las edades. Dios es
considerado en ella como la piedra angular sobre que
todo descansa. Es á un tiem po m ismo Ly y Tao (razón
y ley) y como tal se revela á la inteligencia hum ana.
Lao-tseu, guiado por una sabiduría apacible, ense­
ñó á despreciar las pasiones, á elevarse sobre todos los
intereses, grandezas y glorias terrenales, re com endan­
do hacer abnegación de sí propio en beneficio de los
dem as y hum illarse para ser enaltecido: lenguaje que
re cu erd a la hum ildad y la caridad de la doctrina del
Salvador.
Todo el tesoro de su inteligencia lo encerró en su
obra titulada Tao-té-King. K in g significa que el libro
es clásico: Tao y Té son las palabras porque empiezan
las dos partes de que consta su tratado y que, como
sucede con el P entateuco, le han servido para darle el
nom bre. Ambos títulos reunidos quieren decir Libro
cic la razón suprema y de la virtud.
He aquí un fragm ento que confirma que, ante el es­
pectáculo de las desgracias de su patria, en vez de a s ­
p irar á una reform a, como Confucio lo hizo m ás tarde,
Lao-tseu se aisló, exhortando al hom bre á buscar el
bien su p re m o en la soledad ascética y haciéndolo con­
sistir en la calma absoluta:
«El hom bre, dice, debe esforzarse en obtener el úl»timo grado de incorporeidad á fin de conservarse tan
»inalterable cuanto le sea posible. Los seres aparecen
»en la vida y cum plen sus destinos: nosotros contem»plamos su renovación sucesiva por la cual cada uno
»de ellos vuelve á su origen. Volver á su origen signi»fica ponerse en reposo; ponerse en reposo es re s titu ir
»su m andato; re stitu ir su m andato es hacerse eterno.
»El que sabe hacerse eterno es ilum inado; el que no,
»se convierte en víctima del e r ro r y de todas las cala»midades.»
Esta moral, que podem os llam ar pasiva, fué exage-

EL

ANACRONÓPETE

10 7

rada por sus prosélitos que se apellidaron Tao-ssé ó
sean doctores celestes. Y en efecto, mientras Lao-tseu
no asentaba el bien público y el privado sino en el
ejercicio de la virtud y en la identificación con la razón
suprema para dominar los sentidos y alcanzar la im­
pasibilidad, sus sectarios abusaron de esta inacción
para abandonarse á un rígido ascetismo; y, procla­
mando que la sabiduría engendra los desórdenes, re­
comendaron al pueblo la ignorancia más absoluta,
reservándose no obstante las artes cabalísticas y adi­
vinatorias á fin de embaucar con ellas á las masas
cuando, á la aparición del Budhismo en China, los
Tao-sse se confundieron con los Bonzos.
Las dos sectas de los Yang y los Mé no son sino
ramas del mismo tronco; sus diferencias son tan in­
significantes que no merecen ser reseñadas sino com­
prendidas en el principio fundamental de la religión
de los Tao-ssé, cuya consecuencia fué elevar á dogma
la ociosidad entre las clases ignorantes.
El año 551 antes de la era vulgar, hacia el solsticio
de invierno del año vigésimo segundo del reinado de
Ling-uan, nació en la aldea de Tseu, reino feudal de Lu
(hoy provincia de Chan tung), el gran Kun-fu tseu ó
Confucio como le llamamos en Europa.
Tan distante este filósofo de la ciega credulidad
como de las mágicas ficciones de los Tao-ssé, jamás se
ocupó ni de la naturaleza humana, ni del principio
divino, ni de la metafísica en fin. Su carácter no es el
de un innovador; limítase tan sólo á restablecer las
bases de la moral práctica de las sociedades primi­
tivas.
«Lo que yo os enseño, decía él, lo podéis aprender
«por vosotros mismos haciendo un legítimo uso de
»las facultades de vuestro espíritu. Nada tan natural
»ni tan sencillo como la moral cuyas prácticas saluda»bles trato de inculcaros. Todo lo que yo os predico,
»los sabios de la antigüedad lo han ejecutado ya. Su

io 8

EN RIQ U E

G A SP A R

»práctica se reduce á tres leyes fundamentales: de
»relación entre vasallos y señores, entre padre é hijo y
»entre marido y mujer, y el ejercicio de estas cinco
»virtudes capitales: la humanidad, es decir, el amor
»de todos sin distinción ninguna; la justicia, que da a
»cada uno lo que le pertenece; la observancia de las
»ceremonias y usos establecidos, á fin de que todos
»los que viven juntos sigan una misma regla y parti»cipen de las mismas ventajas y de los mismos incon»venientes; la rectitud de juicio y de sentimiento para
»buscar y desear lo verdadero en todo, sin alucinacio»nes egoístas para sí, ni apasionadas para los otros; la
»sinceridad, ó sea un corazón abierto que excluya la
»ficción y el disimulo, así en las palabras como en las
»obras. Estas son Jas virtudes que han valido el dictado
»de venerables á los primeros institutores del género
»humano, en vida, y los han conducido después á la in»mortalidad: Tomémoslos por modelo y esforcémonos
»en imitarlos.»
Tal es en resumen la moral de Confucio, cuyo ca­
rácter distintivo es hacer derivar todos los deberes de
los de la familia, y reducir las virtudes a una sola: la
piedad filial. Su dogma es la obediencia del inferior
al superior.
En cuanto a metafísica, he aquí lo que al padre Pedranzini decía un mandarín sectario de Confucio:
«Nosotros nos guardamos mucho de decidir sobre
»cosas que no son evidentes y que los sabios antiguos
»tenían por inciertas. El axioma délos hombres santos
»consiste en la partícula si, puesto que dicen: Si hay
»un paraíso, los virtuosos gozaran en él mil delicias;
»si hay un infierno, los malvados serán precipitados
»en él; pero ¿quién puede afirmar que existan ó no?
»Abstenerse del mal y hacer bien, he aquí el punto
»importante. El T'ai-hio recomienda que lo principal es
»la virtud y lo accesorio las riquezas y el bienestar.
»El Liun-in encarga que no hagas á otro lo que no

EL

ANACRONÓPETE

IO g

»quieras para ti. Todo estriba en esto. Procédase así y
»basta; las felicidades del paraíso, si hay uno, vendrán
»como consecuencia.»
Esta moral fué la que dominó en las clases ilustra­
das cuyos sectarios, hostiles á los preceptos oscuran­
tistas de los Tao-ssé, tomaron el nombre de letrados y
su comunión el de academia.
Entre los discípulos de Confucio el más notable es
Meng-tseu ó Mencio, muerto en 314 (a. de J. C.). Afli­
gido de ver triunfantes las dos sectas de Tao-ssé, ó
sean la de Yang que predicaba el egoísmo como el
principal regulador de las acciones humanas, y la de
Mé que sostenía que el afecto debía extenderse á todos
por igual sin distinción de parentesco, propagó una
filantropía generosa basada en la moral de Confucio
cuyo resumen es éste: «Sirve bien al cielo quien sigue la
recta razón.» Su libro reunido a los tres de apotegmas
de Confucio, es aún hoy de texto entre los que aspi­
ran á los cargos públicos.
Vemos, pues, dos grandes grupos disputándose el
dominio de las conciencias: la metafísica de Lao-tsé,
relajada por los mágicos procedimientos de los Taossé sus sectarios, dueña de las masas ignorantes y pe­
rezosas: la moral de Confucio, observada por los le­
trados, alumbrando las inteligencias privilegiadas y
siendo, por decirlo así, la religión del estado, patroci­
nada y seguida por los emperadores, indiferentes más
que tolerantes de todas las demás prácticas y creencias.
Hubo sin embargo una época en que los cabalísticos
amenazaron invadirlo todo. Fué en el siglo 11 (antes
de J. C.) cuando los Tao-ssé, separándose de la pura
doctrina de Lao-tsé, empezaron á librarse á extrañas
especulaciones y pretendieron haber descubierto el
secreto de la inmortalidad contenido en un misterioso
brebaje. En vano fué que los sectarios de Confucio
quisieran desenmascararlos; protegidos por el empe­
rador Wu-ti hubieran sin duda alguna triunfado de

I IO

E N R I Q U E G AS PA R

los letrados, si uno de estos, tomando la copa que sus
rivales destinaban al monarca, no la hubiese apurado
de un sorbo desafiando el enojo del augusto personaje
que, en su ceguedad, le condenó á morir en su pre­
sencia.
—Si la eficacia de este licor es verdadera—le dijo el
confucista—la orden que acabáis de dar es inútil: si por
el contrario es falsa, con mi muerte destruiréis vues­
tro error.
El engaño descubierto, Wu-ti volvió su crédito a los
letrados, y los Tao-ssé continuaron ejerciendo su in­
fluencia tan sólo entre los ignorantes y amigos de la
ociosidad. Estos siguiendo la religión de los espíritus,
como ya se ha visto; aquellos predicando el escepticis­
mo y la indiferencia y consignando que la muerte no
tiene más objeto que hacer pasar el alma á otro cuer­
po ó descomponerla en aire, sin que quede nada del
hombre á no ser la sangre en sus hijos y el nombre
en su patria.
Ello no obstante, como en sus libros consignase
Confucio que él no trataba sino de restablecer la doc­
trina primitiva y que no era más que el precursor de
un ilustre personaje que vendría de Occidente, el rey
Ming-ti envió en el siglo primero de nuestra era una
flota hacia aquella parte, en busca del gran reforma­
dor. Las naves fueron bastante lejos; pero no atrevién­
dose á ir más allá, abordaron una isla en que encon­
traron una estatua de Budha que, trasladada á China
en el año 65 de Jesucristo, fué desde entonces adorada
bajo el nombre de Fó y sigue compartiendo el culto
con los prosélitos de Lao-tse y los letrados.
Algunos cristianos, huyendo por esta época de las
persecuciones de Nerón, llegaron hasta el Celeste Im­
perio; pero cohibidos por la escasez del número y por
las condiciones del país, quedaron oscurecidos hasta
que en 635 de nuestra era, bajo el reinado de Taitsung, fué recibido en Chang-ngan el sacerdote nesto-

EL ANACRONÓPETE

I I I

riano O lo pen del Ta-tsin, es decir del imperio romano.
El emperador envió á su encuentro los principales
dignatarios que le condujeron al palacio; hizo tradu­
cir sus santos libros y, persuadido de que encerraban
una doctrina verdadera y saludable, decretó que fuese
erigido un templo á la nueva religión y que veintiún
sacerdotes se consagrasen á su servicio. El hecho esta
consignado en un monumento levantado en Si ngan fu,
en el cual la doctrina cristiana se encuentra expuesta
sucintamente, y se dice que los misioneros llamados
por O-lo pen llegaron en 636 á la corte de Tai-tsung;
que éste publicó un edicto en favor del cristianismo;
que Kao-tsung hizo construir iglesias en todas las c iu ­
d a d e s ; que Vu-heu persiguió á sus sectarios y que
Kuo-tsc iba siempre seguido de un sacerdote cristiano
en las batallas.
Las revueltas políticas, que á principios del siglo
tercero de nuestra era (en que va á tener lugar este
relato) agitaban la China, no podían por menos de
transmitir su influencia á las antagonismos religiosos
que entre sí despertábanlos tres principios de Lao-tsé,
Confucio y Fó ó Budha.
El emperador Ho-ti fué el primero que en el año 120,
era cristiana como todo lo que á seguir va, concedió
honores y dignidades á los eunucos de palacio, en d e ­
trimento del ascendiente que los letrados habían teni­
do hasta entonces en la corte. Unos y otros continua­
ron disputándose el poder hasta el año 187 en que los
eunucos hicieron sospechosa á los ojos del monarca
la academia, presentándole la unión de los hombres
instruidos como un peligro contra su tiranía. El em pe­
rador Chungti desterró a los doctores y libró á los tri­
bunales á los más ilustres proclamándose él á su vez
amigo de la ciencia por haber hecho grabar sobre cua­
renta y seis lápidas de mármol y en tres clases de
caracteres los cinco libros clásicos del I-King.
Aunque los Tao-ssé hacían aparentemente causa co-

I )2

EN RIQ U E

GASPAR

mún con los eunucos, no tardaron, aprovechando las
circunstancias, en utilizarlas en su provecho. La peste,
habiendo desolado el imperio durante once años, un
Tao-ssé llamado Changkio halló contra ella un remedio
seguro en cierta agua preparada con unas palabras
misteriosas. Este charlatán obtuvo fácilmente crédito
entre las masas. Seguido por una turba de empíricos,
los disciplinó, y en breve encontróse á la cabeza de un
partido numeroso. Su doctrina era que el cielo azul, ó
sea la dinastía de los Han dominante á la sazón en la
persona del emperador Hien-ti, tocaba á su término
para dejar paso al cielo amarillo. Descubiertos sus pro­
pósitos y viendo su pérdida segura, se echó al campo
en abierta rebelión. Cincuenta mil hombres secunda­
ron su grito, y tomando un gorro amarillo por insig­
nia, se aprestaron a devastar el país. Sus expediciones
fueron favorecidas por el levantamiento de muchos
ambiciosos que aspiraban á repartirse la China en di­
versos estados; pero la prudencia y el valor del gene­
ral Tsao-tsao, jefe del partido de los letrados á quienes
el monarca llamó en su auxilio, sofocaron la insurrec­
ción y los vencidos se acogieron á su bandera. Ilien-ti
le nombró su primer ministro; pero enorgullecido por
su triunfo, pronto se vió á Tsao-tsao ceñirse el som­
brerete de doce colgantes, adornado con cincuenta y
tres piedras preciosas—atributo distintivo de la ma­
jestad—y hacerse llevar en el coche de eje de oro con
tiro de seis caballos. No hubiera tardado mucho en
apoderarse del sello imperial si la muerte no le hubie­
ra atajado el camino. Su obra no obstante fué consu­
mada por su hijo Tsao-pi, primer calado ó ministro de
Hien-ti á quien arrebató la corona en el año 220 dando
fin á la dinastía de los Han para dar comienzo á la de
los Ouei.
Pero, no adelantemos los sucesos toda vez que va­
mos á hacer asistir á los lectores á este acontecimiento
memorable; y dejemos consignado para su mayor in-

EL ANACRONÓPETE

II3

teligencia que el Anacronópete llegó á Ho-nan, corte
entonces del imperio chino, en el año 220, bajo el rei­
nado de Huen-ti y en sazón en que la revuelta domi­
nada, muerto Tsao-tsao y elevado á la dignidad de
Calado su hijo Tsao-pi, el poder había sido reconquis­
tado por los letrados, quienes perseguían sin piedad
así a los sectarios de Fó, por lo que tenía de nuevo la
religión búdhica importada del Indostán, como a los
Tao-ssé por la grosería de sus empíricos recursos.

8

CAPÍTULO XII
Cuarenta y ocho horas en el Celeste Imperio

iente como un bellaco el refrán,

cuando ase­
gura que no hay mal que dure cien años;
pues sus diez y seis centurias bien contadas
se pasó don Sindulfo en el lecho del dolor,
desde que arrojó á los hijos de Mahorna en el espacio
y á los de Marte en la nada, hasta que el Anacronópete
se posó en los alrededores de Ho-nan, capital á la sazón
del imperio chino.
En los tres días y medio que duró el viaje, Benjamín,
aprovechándose del sopor del sabio y del sueño de las
muchachas, hizo sus correspondientes altos y salió si­
gilosamente del vehículo para proveerse de las indis­
pensables municiones de boca; pues ya hemos visto
que las que á bordo llevaban eran inútiles. El primer
festín se lo debió á la piadosa munificencia de la reina
Isabel la Católica ; y por cierto que estuvo á punto de
costarle la vida porque llegado al campamento de Santa-Fe, donde el ejército castellano se desesperaba ante
la tenaz resistencia de los moros de Granada, fué to­
mado por espía de Boabdil, á lo que contribuía no
poco el extraño disfraz que para aquella época consti­
tuían su americana y sus pantalones con boca de tra-

EL ANACR ONÓPETE

115

buco. Afortunadamente el políglota no perdió la sere­
nidad; y acordándose de lo beneficiosos que podían
serle los conocimientos adquiridos en la cátedra de
historia, pidió ser conducido á presencia de la reina á
fin de hacerle revelaciones importantes. Acompañada
estaba doña Isabel de su esposo don Fernando, del car­
denal Ximénez y de sus primeros capitanes; y todos,
menos la augusta señora, sostenían el parecer de le­
vantar un sitio en que se enterraban la paciencia de
los sitiadores y los fondos del erario, cuando Benjamín
haciendo irrupción en la tienda :
— ¿Qué es levantar el sitio? — exclamó con alientos
de profeta.
É inclinándose al oído de la reina añadió en voz baja:
— Hoy 2 de Enero de 1492, día de viernes, como
aquel en que el Redentor de los hombres derramó en
el Calvario su preciosa sangre, y á las tres, hora pre­
cisa en que el Verbo encarnado exhaló su postrer sus­
piro, el pendón de Santiago y el estandarte real on­
dearan en la torre de la Alhambra.
Doña Isabel palideció; los cortesanos que la rodea­
ban, recelando algún desafuero, echaron mano á sus
espadas; y no lo hubiera pasado muy bien el maestro
de lenguas si los añafiles moros mezclándose con la
trompetería cristiana no hubieran traído con sus ecos
una pausa salvadora.
— ¿ Qué ocurre ? — preguntó el rey al ver aparecer en
la tienda al conde de Cifuentes llevando en el semblan­
te impresa la alegría.
— Ocurre, se ñ o r—dijo el noble caballero — que
Boabdil acaba de rendirse; y que para que los vence­
dores puedan entrar en Granada con entera seguridad,
el vencido envía en rehenes al campo de Castilla á sus
hijos con seiscientos hombres de armas al mando de
dos de sus más esclarecidos jefes.
Un grito de asombro se escapó de todos los pechos.
—¿ Quién eres tú ?— preguntó la reina casi proster-

I l6

EN RIQ U E

GASPAR

nándose atónita ante el que en su fe bendita tomaba
por aparición celeste.
— Un pobre m ortal—respondió Benjamín — que os
pide por toda recom pensa que le dejéis seguir libre­
m ente su camino sum inistrándole un bocado de pan
con que aplacar su hambre.
Tan lim itada exigencia acabó de ratificar el juicio
que doña Isabel form ara del p ro fe ta ; y sin atreverse á
insistir en prem iarle con dádivas hum anas, ella por
sus propias manos le aderezó unas alforjas henchidas
de rico jamón de las Alpujarras y rebosando de pan
del mejor candeal de Castilla, amen de una cantim ­
plora de vino de Aragón del que, para el servicio de la
m esa de don Fernando, custodiaban en el repuesto los
despenseros de campaña.
Ya se disponía Benjamín á abandonar la tienda,
cuando la soberana llamándole aparte y con las manos
cruzadas en ademán de súplica :
— i Qué puedo h acer— le dijo — para felicidad de
mis vasallos y esclarecimiento de mi trono ?
— Dad oídos, señora — le contestó el políglota — a
un genovés que vendrá á ofreceros un m undo.
— ¿ A Colón ?— preguntó la reina adm irada. — Ya le
he visto ; pero si aseguran que es un loco!.. Además,
mi tesoro está exhausto.
— Vended vuestras joyas si es preciso. Él centupli­
cará su valor creando vicios para la hum anidad.
Y así diciendo entregó á la reina una breva de Ca­
bañas á la que la pobre señora daba vueltas entre sus
dedos sin explicarse su virtud.
— ¿Y qué es esto ? — se resolvió á inquirir al cabo.
— ¡ Humo ! — exclamó Benjamín, y desapareció.
Y en efecto, dos años después, corriendo en busca
de otro rum bo para las Indias orientales, volvía Colón
de America con un nuevo m undo para España y una
infinidad de estancos para las viudas de m ilitares po­
bres.

¿Á Colón ? — pregu ntó la reina ad m irada

I 18

ENRIQUE

GASPAR

El segundo descenso que en busca de vitualla hizo
Benjamín á la tierra, veinte horas más tarde ó sea en
las postrimerías del siglo xi, no ofreció nada de nota­
ble. No así el que después de un período equivalente
verificó en el año 696 á la ciudad de Rávena al decli­
nar la tarde de un domingo.
Esta villa, como saben todos, era á la sazón la resi­
dencia de los exarcas que dirigían los destinos de la
parte de Italia sometida al poder de Bizancio. Gober­
nada por las instituciones municipales del Bajo-Impe­
rio, estaba distribuida en escuelas para las milicias
urbanas; pero una bárbara costumbre tenía allí lugar.
Los días de fiesta, jóvenes y viejos, niños y mujeres,
cualquiera que fuese su condición, salían de la ciudad
y, divididos en bandos, se libraban á unas pedreas de
que resultaban siempre heridos y muertos. Gozoso
volvía Benjamín de un convento en que, gracias á los
harapos de mendigo que se había colgado, recibiera
abundantes provisiones; y dirigiéndose iba hacia su
vehículo, cuando una desaforada gritería y una multi­
tud de gente que avanzaba en precipitada fuga le die­
ron á comprender, compulsando fechas y según loque
en Agnelli había leído, que atravesaba aquel histórico
momento en que los de la puerta Tiguriana, vencedo­
res de los de la poterna de Sommovico, los persiguie­
ron hasta dar cuenta de la mitad del opuesto campo.
— Esto no reza conmigo — dijo para su capote el
viajero, y se echó á correr á campo traviesa; pero los
guijarros llovían con tal profusión que á fin de acele­
rar su marcha no titubeó en apoderarse de un burro
lombardo que pacía en una pradera y cuyos lomos
oprimiendo sacó al escape. Desgraciadamente una pie­
dra salida de una honda tiguriana hirió con tan mala
suerte á su cabalgadura que, dándole de lleno en un
corvejón, le rebanó la pata por entero sin que al repo­
nerse de la caída pudiera el jinete dar con el miembro
mutilado que deseaba conservar como recuerdo de

EL ANACRONÓPETE

119

aquel drama cuyo fin, según diremos de paso, fue el si­
guiente: Vencidos los de la poterna simularon una
reconciliación ; é invitando á un festín á los de la es­
cuela Tiguriana, los degollaron á todos arrojando sus
cadáveres en las cloacas. Los traidores fueron ahorca­
dos, sus muebles consumidos por el fuego; y, allana­
das sus viviendas, el área en que se alzaban fué cono­
cida en adelante con el nombre del barrio de los asesinos.
Restituido milagrosamente Benjamín al Anacronópete, compartió su pitanza con Clara y con Juanita que
desde la desaparición del ejército no salían de su cuar­
to en el que la aflicción las tenía relegadas ; propinó
algunas yerbas saludables que había cogido para don
Sindulfo y emprendió su marcha hacia el celeste im­
perio. Pero al abrir su armario para hacer unas apun­
taciones en el diario de bordo ¿qué creerán mis lecto­
res que encontró dentro ? Pues nada menos que la pata
del burro hirsuta y sanguinolenta ocupando en el ca­
silicio el lugar del famoso hueso que el desgraciado
comprara en Madrid á peso de oro tomándolo poruña
canilla de hombre fósil descubierta en las inmediacio­
nes de Chartres.
Por fin sonó el año 220 en el cuadrante del tiempo
relativo y, haciendo alto el coloso en los arrabales de
Ho-nan, la esperanza de hacerse dueño del secreto de
la inmortalidad borró el desengaño antropológico de
que jamás hizo mención Benjamín á sus compañeros
de viaje.
Repuesto ya don Sindulfo de su acceso, aunque con
la razón no muy conforme, como se verá por el curso
de los acontecimientos, y entregadas las muchachas a
esa obediencia pasiva que es la indiferencia del dolor,
dispusiéronse todos á penetrar en la corte de Hien-ti,
no sin que previamente cohonestara el políglota la
desaparición de las francesas con una insurrección á
bordo que le había puesto en el caso de desembarcar­
las según sus deseos.

120

EN RIQ U E

GASPAR

Nadie le hizo observación alguna sobre el particular.
Clara y Juanita sentían el corazón muy lacerado para
ocuparse de otra cosa que de su desgracia, y el sabio
por su parte, silencioso como un marmolillo, sólo tenía
puesta su imaginación en su proyecto, que era desem­
barcar en una época de oscurantismo y de autocracia
donde la arbitrariedad de las leyes le permitiera obli­
gar á su pupila á llamarse su esposa.
La ciudad estaba desierta. La primera emperatriz
había fallecido la noche antes, y el luto nacional, según
el edicto del emperador, prohibía á todo hijo del ce­
leste Imperio salir de sus viviendas ni abrir puertas ni
ventanas en el transcurso de cuarenta y ocho horas.
Llegados los viajeros á los muros de Ho-nan é inte­
rrogados por el jefe de la guardia acerca de sus desig­
nios, Benjamín, que era el intérprete de la expedición,
le expuso sus deseos de ser recibidos en audiencia por
el emperador Hien-ti. El traje de los excursionistas,
los rasgos ñsonómicos de la raza europea, la vigilancia
que se le tenía prescrita y la sospecha de que los anacronóbatas pudieran ser sectarios délos Tao-ssé, tan
perseguidos á la sazón por el partido de los letrados
dueños del poder, hicieron parar mientes al oficial, y
creyendo servir con ello la causa de su monarca,
dispuso que, escoltados por su gente y con los ojos
vendados, fueran conducidos á la presencia del empe­
rador.
Obtenida la venia del monarca, los viajeros, no sin
gran susto aunque tranquilizados por la erudición de
Benjamín que se esforzaba en persuadirles de que en
la conducta del jefe de guardia no había malevolencia
sino cumplimiento del ritual observado en la corte
china, se encontraron delante de Hien-ti.
Era este soberano un hombre corrompido, de con­
dición viciosa, en quien la sed de placeres no bastaba
á saciar el insultante lujo de que se rodeaba á costa
de sus abyectos vasallos. El palacio 6 y amen que habi-

EL ANACRONÓPETE

121

taba y del que tomó copia el príncipe Tchao para cons­
tru ir el suyo en Yé un siglo más tarde, era de una
suntuosidad indescriptible. En sus muros no se veía
sino mármol y en sus techos resbalaban los rayos del
sol sobre la tersa superficie de los barnices y las lacas.
Las campanillas que colgaban de los cornisamentos
eran de oro; de plata las columnas que sostenían el
entablamento, y toda suerte de piedras preciosas es­
maltaban los cortinajes que cubrían las puertas.
Las más hermosas mujeres, así de la clase mandari­
na como de la plebe, lo habitaban con más de diez mil
personas que entre astrólogos y artistas formaban el
séquito del emperador. Mil doncellas montadas en
corceles ricamente enjaezados le servían de guardia y
le acompañaban en sus excursiones, cuando no se
hacía llevar en un ligero carruaje tirado por corderos
adiestrados que se paraban allí donde una de las cinco
mil actrices destinadas á la voluptuosidad de Hien-ti,
ofrecía á los rumiantes pastos frescos para detener -su
carrera y lograr la insigne honra de que el monarca
se reposase en sus brazos.
Apenas los viajeros se presentaron en la estancia en
que los aguardaba Hien-ti, éste no pudo reprimir un
movimiento de sorpresa, arrancado por la hermosura
de Clara. Dominándose no obstante por el decoro que
le imponía su condición de viudo, contentóse con c ru ­
zar una mirada de inteligencia con su primer m inis­
tro Tsao-pi; quien á su vez, y tal vez por adulación
hacia su amo, hizo un gesto significativo contemplan­
do á Juanita como quien dice: «Pues esta otra ta m ­
poco me parece á mí costal de paja.»
Nos llevaría tan lejos la descripción del ceremonial
empleado en la entrevista y el extraño estilo usado por
los interlocutores que, para dar una idea de ambos,
haremos un resumen de lo que el historiador Cantú y
otros sinólogos cuentan sobre el particular; advirtien­
do de paso que estos usos siguen practicándose hoy en

122

EN RIQ U E

GASPAR

China casi en absoluto, pues sabido es que el estacio­
namiento constituye la base de su carácter.
«La cortesía artificial de los chinos—dicen los que
de relatar estas ceremonias se han ocupado — se ma­
nifiesta en todos sus actos, en sus visitas sujetas á re­
glamentación, en el modo de colocarse en ellas según
la categoría, en su manera de andar y en sus intermi­
nables cumplimientos. Jamás emplean el yo personal
en la conversación; dicen, sí, vuestro criado; ó si el rango
lo exige, vuestro indigno y humilde esclavo. No dirigen la
palabra á nadie sin tratarle de muy noble señor. Su país
es vil, miserable y abyecto, lo mismo que sus presentes
por suntuosos que los hagan; al paso que cuanto per­
tenece al señor á quien hablan es digno de la considera­
ción más elevada. En sus visitas todo esta prescrito por
el código de la etiqueta, que tiene fuerza de ley, y el
que descuidase la menor de sus prescripciones inferi­
ría al otro un insulto, quedaría deshonrado y hasta se
haría acreedor á un castigo. Los embajadores europeos
quedaban antes sometidos á cuarenta días de aprendi­
zaje y eran examinados por el tribunal de los ritos;
transcurridos los cuales, si cometían algún yerro ante
el emperador, eran responsables de él sus institutores.»
«Cuéntase que un duque de Moscovia rogó al em­
perador en sus credenciales que dispensara á su en­
viado si, falto de practica, caía en alguna falta venial ;
y que el Mijo del cielo dando sus pasaportes al pleni­
potenciario, contestó en estos términos al soberano
moscovita : Legatus tuus multa fecit rústice.s»
«Pero no es solamente en la corte donde se procede
a s í; todo chino que desea hacer una visita á otro, sea
letrado ó mercader, hace presentar por el criado que
le precede una tarjeta (tie tsée) con su nombre y sus
cumplidos, en la que se lee por ejemplo: El amigo
tierno y sincero de su señoría, ó el discípulo perpetuo de
su doctrina se presenta para hacerle su reverencia hasta el
suelo.

EL ANACRONÓPETE

123

»S i el visitado le recibe, la silla ó litera entra á tra­
vés de los patios hasta la sala de recepción. Llegado á
ella el ceremonial marca uno por uno los saludos que
deben hacerse, las conversiones á derecha y á izquier­
da, las cabezadas, la súplica de pasar el primero y el
no aceptarlo, la reverencia que el amo de la casa tri­
buta al sitial destinado al huésped que éste no ocupa
sin que aquel le limpie antes el polvo con sus vestidos.
Siéntanse por fin con la cabeza cubierta, pues lo con­
trario sería irreverente, y empieza la conversación cui­
dando mucho de llamarse viejos, refinamiento exqui­
sito de amabilidad y buena educación. En seguida se
sirve el té para el cual hay también su manera de
ofrecerlo, de aceptarlo, de llevárselo á la boca y de de­
volvérselo al criado. Al despedirse, media hora bien
contada se pierde en palabrería vana de la que tienen
a provisión un buen repuesto. Si uno dice una galan­
tería, Jei-sin responde el otro, es decir: Prodiga usted
su corazón. El menor servicio le vale á uno un Sie-putsin. {Mi gratitud no puede tener fin.) Favor pedido va
siempre acompañado del indispensable te-tsui ( ¡ Qué
gran pecado tomarme tamaña libertad!) La alabanza no
se recibe sin protestar K i can. {¿Cómo poder c reer lo ?)
Y el postre de toda comida es esta frase del anfitrión:
Yeu-mau, tai-man. ( Mal te hemos recibido, mal te hemos
tratadoJ»
« El amo de la casa sale a la puerta para ver subir en
la silla á su amigo. Este asegura que no lo hará nunca
en su noble presencia: y después de un cange de ins­
tancias y de negativas, aquel se retira y el otro se mete
en la litera; pero aún no se ha sentado cuando el pri­
mero llega a la carrera para desearle feliz viaje. El
huésped le devuelve sus saludos, insiste en no mar­
charse sin que el amigo se retire, y aunque el amigo
dice que allí permanecerá clavado hasta perderle de
vista, el buen tono aconseja que al cabo sea él quien
después de muchas dificultades ceda y se aleje. Parte

I 24

ENRIQUE GASPAR

el huésped, y apenas ha dado unos pasos, cuando el
que lo recibió sale á la p u erta para darle el adiós úl­
tim o al que el otro responde por gestos sacando la c a ­
beza por la ventanilla; hasta que al fin logra llegar á
su casa, y á los dos m inutos un criado del anfitrión
viene á enterarse de su salud de parte de su amo, á
darle las gracias por su visita y á hacer votos para que
se repita en breve.»
Enterados de estas minuciosidades, dem os cuenta
en nuestro estilo usual de la interesante entrevista que
los cuatro viajeros tuvieron con el e m p erad o r Ilien-ti
y con su p rim er calado, en el palacio de la corte de
1lo-nan.

CAPÍTULO XIII
La E uropa del siglo xix a n te la C hina del siglo m

¡]l espectáculo de tantas maravillas acum ula­

das no pudo menos de sacar de su estupor
á Clara y á J u a n ita ; especialmente á la últi­
ma que, si bien no logró reconquistar su
buen hum or, empezó á hacer uso de la palabra.
—Oiga usted—preguntó dirigiéndose á su am o.—

I 26

EN R IQ U E

GASPAR

¿Pues no dicen que los chinos llevan coleta ? ¿ Cómo
es que estos son rabones?
—Porque los celestiales—le contestó don Sindulfo—
conservaron su integridad capilar hasta el siglo xvn
en que, vencidos por los tártaros mandchures, éstos
les obligaron á dejarse crecer en la cabeza un como ra ­
bo de perro en señal de esclavitud.
—Me lo estudiaré— dijo gravemente la de Pinto,
sentándose á una indicación del calado.
Terminado el ritual de las salutaciones, el empera­
dor interrogó á los viajeros acerca de su origen y del
objeto que los conducía a su presencia; á lo que Ben­
jamín respondió que eran habitantes de la región oc­
cidental ; que vivían en una época mil seiscientos años
posterior á la suya, y que, poseedores del secreto de
retrogradar en los siglos, acudían á Ho-nan para in­
quirir el principio de la inmortalidad predicado por
los Tao-ssé y poder, perfeccionándolo, abrir al hombre
las puertas del porvenir como ya le tenían abiertas las
del pasado.
Hien-ti cruzó con su valido una mirada de inteligen­
cia, Para ellos era indudable que los excursionistas
pertenecían á la secta derrotada de los embaucadores
que con tan inverosímiles relatos trataban sin duda
de alucinar á la corte y al pueblo, para renovar las lu­
chas de los gorros am arillos. Su sentencia de muerte
estaba tácitamente dictada desde aquel instante, si
bien el arrobamiento con que contemplaba las faccio­
nes de ambas doncellas parecía presagiar en su favor
una conmutación de la pena capital.
—¿ Y qué pruebas podéis aducir que nos dén testi­
monio de vuestra veracidad ?—adujo el monarca a fin
de conocer los subterfugios de que los impostores pen­
saban servirse para cohonestar sus afirmaciones.
—Señor—repuso Benjamín.—Tarea fácil ha de ser­
nos la de convencer á V. M. con sólo presentarle al­
guna pequeña muestra de los progresos operados por

EL ANACRONÓPETE

I 27

la civilización en los diez y seis siglos que nos sepa­
ran, y de que tan buen uso puede hacer el imperio,
ya apropiándose los realizados en otras naciones, ó ya
anteponiéndose en su descubrimiento á los que, en
centurias muy posteriores a la que atravesamos, llevó
á cabo la China.
—En efecto—dijo Hien-ti con una sonrisa de incre­
dulidad.—Si la cosa es como aseguras, bien merece
tomarse en cuenta. Haznos admirar esas maravillas
de la civilización.
Benjamín no se hizo repetir la orden ; y, echando
mano á un saquito de noche que a prevención llevaba
provisto de multitud de zarandajas, empezó á vaciarlo
con el orgullo de un hijo del siglo xix que, engreído
con las conquistas de su época, cree poder burlarse
impunemente de sus antecesores, á quienes, después
de todo, debe la base de unos conocimientos que él
no ha hecho las más veces sino perfeccionar.
—Aquí tenéis—dijo exhibiéndolo con paternal soli­
citud—un vaso de bronce, imitación del ánfora griega.
Sustancia fusible desconocida en vuestro imperio,
cuyas aplicaciones os será grato saber.
—Poco á poco—replicó el emperador cortándole el
discurso y llevando á Benjamín á una puerta, ante
cuyas antas se erguían dos colosales jarrones del m is­
mo metal.
—¡ Cómo 1—preguntó el políglota aturdido. — ¿No
sólo tenéis idea de la fusión sino que sabéis aplicarla
a trabajos artísticos monumentales ?
Hien-ti no pudo reprimir una carcajada ; y poniendo
el dedo sobre unos caracteres chinos que por los ador­
nos corrían:
—Lee aquí—añadió.
El atribulado viajero dió un paso atrás, producido
por el asombro, al ver sobre el cuello del vaso esta
m áx im a : A fin de mejorar tu condición purifícate cada
dia; lema perteneciente á todos los enseres d e lu so

128

E N R IQ U E G ASPAR

del emperador Changfundador de la segunda dinastía,
y de cuya autenticidad no dejaba duda el sello de su
reinado que campeaba en el centro.
—Señores—gritó Benjamín dirigiéndose a los suyos.
—Estos jarrones han sido fundidos en el año 1766 an­
tes de la era cristiana.
—De modo—interpuso el tutor—que según nuestra
cuenta, tienen de existencia casi treinta y seis siglos y
medio.
Mordiéndose los labios por despecho arqueológico
estaba aún Benjamín, cuando descubriendo, á través
de la pedrería que lo ocultaba, el fondo del cortinaje:
— Qué es esto ? ¿ También os es familiar el arte de
tejer la seda ?
—Tu ignorancia me asusta—le contestó el calado.
—¿No sabes que ese descubrimiento tuvo lugar en el
año sesenta y uno del reinado de Hoang-ti, época en
que dan principio para los letrados los tiempos histó­
ricos de la China y el ciclo de sesenta años divididos
éstos en 365 días y 6 horas, base de nuestro cómputo?
—Y apuesto—dijo Juanita al oir la traducción—que
ese don Juan Tic era ya viejo en tiempo de Jesucristo.
—Como que floreció 2698 años antes—replicó don
Sindulfo.
—Lo que yo decía ; contemporáneo de usted.
—Pase por el bronce y vaya en gracia la seda—in­
sistió Benjamín, que no se acomodaba á ser vencido en
el certamen.—Pero á fe que esto no sabrá V. M. para
lo que sirve.
Y desdoblando un papel presentó al emperador una
brújula.
Hien-ti se sonrió con el ministro; y, conduciendo al
políglota á una ventana que sobre el río caía,
—¿Ves esos barcos ?—le preguntó.
—¡ Con casco de hierro !—exclamó el interpelado
atónito, pudiendo distinguir las planchas del forro á
través de la luz crepuscular.

EL

ANACRONOPETE

I 29

—Sí; hace ya seiscientos años que no nos servimos
de los buques de madera ; y mas de doce siglos que
hacemos uso en ellos de ese aparato que tú nos pre­
sentas como una maravilla y cuya invención sabe el
cielo á quién pertenece.
Absortos estaban los dos sabios sin acertar á darse
la explicación de lo que veían, cuando un confuso tro­
pel de gente que, gritando para abrirse camino, pre­
cedía á unos carromatos de extraña forma, les sacó de
su atolondramiento.
—¿ Qué ocurre ?—inquirió don Sindulfo.
—Nada importante—repuso Tsao-pi.—Algún incen­
dio. Eso son las bombas que van á sofocarlo.
—¡Las bombas!—prorrumpieron todos.
—Que le echen á usted un roción—dijo la de Pinto
á su amo;-—á ver si le calman á usted esos ardores de
la juventud.
—Pero esa invención—añadió Benjamín oponiéndo­
se aún á la evidencia—como la de los pozos artesianos,
la porcelana, los puentes colgantes, los naipes y el pa­
pel moneda, no datan en China, según nuestros his­
toriógrafos, sino de los siglos octavo al trece, y esta­
mos a principios del tercero. Pues si bien es cierto
que el sabio sinólogo Estanislao Julien comunicó
en 1847 á la academia de ciencias de París la fecha de
ciertos descubrimientos de los chinos, las épocas que
cita parecen tan fabulosas que el orgullo europeo se
resiste á aceptarlas.
—¿Y qué dice de nosotros ese buen señor ?
—Supone que en el siglo x de nuestra era ya po­
seíais el grabado y la litografía.
El emperador por toda respuesta le enseñó su retra­
to y el de su difunta, que, hechos por ambos procedi­
mientos, pendían de los muros con siete siglos de an­
telación á la hipótesis de Julien.
— Y qué más refiere ?—añadió Hien-ti.
El políglota, bajando la voz, repuso:
9

I 3o

EN RIQ UE

GASPAR

—Que en el siglo xi erais dueños de la maravillosa
invención de Guttemberg.
Y así diciendo le alargó un periódico al monarca,
explicándole al propio tiempo la misión que venía á
llenar la prensa periódica.
—¡ Ah ! Sí. Mi predecesor trató de permitir la pu­
blicación de una gaceta con el fin de que todos sus va­
sallos pudieran convertirse en censores de los abusos
del poder; pero en vez de utilizarla ellos como instru­
mento de censura, la convirtieron en palenque de dia­
tribas é insultos, y fué preciso derogarla autorización
y limitar el permiso de imprimir á la publicación de
nuestros libros sagrados.
É hizo ver á los viajeros un ejemplar de los apoteg­
mas de Confucio que, ricamente encuadernado, yacía
sobre un velador.
Los dos sabios se abalanzaron á él con hidrofobia
bibliómana ; pero las sombras de la noche eran ya tan
espesas que no lo hubieran podido examinar si Tsaopi, dando la orden de encender las luces, no hubiera
mandado entrar á unos esclavos que con unas espon­
jas, empapadas en cierta substancia inflamable, llena­
ron de claridad el recinto con sólo aplicar la llama á
unos mecheros salientes en el muro.
—¡ Gas !—fué el grito unánime.
—Sí, gas—dijo tranquilamente el emperador.
—¿Pero de dónde lo extraen ?
—Del seno de la tierra ; de las materias fecales, cu­
yas emanaciones conducimos á donde queremos mer­
ced á unos tubos subterráneos.
—Eso también lo dice Julien; pero se lo atribuye al
siglo v iii . No os admire, señor, nuestra extrañeza; pues
aunque teníamos vagos indicios de vuestros adelantos,
son estos tales y tan en abierta contradicción con la
decadencia y el atraso de la China del siglo xix, que no
nos atrevíamos á dar crédito á la civilización del pasado
por el estacionamiento y hasta retroceso del presente.

EL

ANACRONÓPETE

—Todas las naciones que alcanzan un gran des­
envolvimiento, suelen ver desaparecer su grandeza,
que utilizan otros estados nacientes—argüyó Hien-ti,
no creyendo prudente, en razón de los planes que
abrigaba, decir á los viajeros que eran unos imposto­
res vulgares que querían hacer pasar por prodigios de
supuestas edades futuras las nociones más rudimen­
tarias de la ciencia practicada á la sazón.
—¿ De modo que ha­
brá que tomar por ar­
tículo de fe el aserto
de Julien que, con la
tinta y el papel de tra­
po, coloca la pólvora
entre los d e s c u b r i ­
mientos del siglo se­
gundo, anterior a Jesu­
cristo ?
— { La pólvora ?
—Sí. Esa composi­
ción de setenta y cinco
partes de sal de nitro
con quince y media de
carbón y nueve y medi a
de azufre, atribuida en
la Edad media al mon­
je alemán Schwartz, y
que el sinólogo en cuestión cree que fué introducida
en Europa, de la China, donde el nitrato de potasa lo
da ya preparado la naturaleza.
—Como no te refieras á los cañones, no sé qué quie­
res decir. Á ver si es esto.
Y tomando el emperador de una panoplia una flecha
embadurnada de un polvo negro (que no era otra cosa
sino pólvora), á cuyo extremo inferior había un cohete
amarrado, prendió fuego á la corta mecha que de este
pendía, apoyó el rehilete en la cuerda del arco y dis-

I 32

EN RIQ U E

GASPAR

parándolo por la ventana se incendió en el espacio
como una lengua de fuego, acrecentando su marcha
con la nueva fuerza impulsiva que le prestaba la ex­
plosión del petardo en la atmósfera.
El monje alemán quedó relegado desde aquel mo­
mento á la categoría de los seres fabulosos.
—No dudo—prosiguió Hien-ti—que todos estos pro­
cedimientos se perfeccionarán con la marcha de los
siglos; pero ya veis que esencialmente no podéis en­
señarnos nada nuevo; y la prueba es que venís á nues­
tros dominios en busca del secreto de la inmortalidad
que se tiene por dogma entre los sectarios de los espí­
ritus del celeste imperio.—Pues bien ; no quiero que
vuestro viaje sea infructuoso. Yo os descubriré ese
arcano con una condición.
—¿ Cuál ?
—Ayer he perdido á la emperatriz mi compañera;
las leyes me autorizan á tomar nueva esposa transcu­
rridas que sean las cuarenta y ocho horas del luto na­
cional. Mañana vence el plazo. Concededme que com­
parta el trono con esta linda joven.
Y acompañando la acción á la frase puso entre las
suyas la mano de Clara que, asustada, la retiró, pi­
diendo que la explicaran tan brusca acometida. La
traducción que Benjamín les hizo de la exigencia del
monarca sublevó á la pupila y exasperó á don Sindulfo, que en vano había puesto en las autoritarias leyes
del imperio la esperanza de ser el esposo de su so­
brina.
—Dígale usted que no se ha hecho la miel para la
boca del asno—argumentaba la maritornes. Y todos,
menos el políglota, se disponían á protestar tum ultuo­
samente, cuando la idea de poder perder la vida si se
obstinaban en rehusar, sugirió á don Sindulfoun plan
conciliador.
—Finjamos ceder—dijo por lo bajo á los suyos;—y
una vez restituidos al Anacronópete, á donde pedire-

EL

ANACRONÓPETE

i

33

mos que se nos conduzca para d isponer los trajes de
cerem onia, nos ponem os en m ovim iento y que nos
echen galgos.
Las m uchachas asintieron á la proposición ; pero
Benjam ín se resistía porque la fuga le privaba del se­
creto de la inm ortalidad tan codiciado. Sin em bargo,
no tardó en avenirse ap a rentem ente, pues abrig a b a el
proyecto que más tarde se verá.

Entre tanto el em perador organizaba con su m in is­
tro la m anera de desem barazarse de los e m b a u c a d o ­
res, en cuanto la autoridad del jefe de la familia (tan
ineludible en China para el matrimonio) le concediese
el honor á que aspiraba.
El ritual chino prescribe que la novia quede en su
casa hasta que la comitiva nupcial vaya en su busca
para tran sportarla á la del m arido. Determinóse, pues,
que los viajeros volviesen á su m orada de donde al día
siguiente por la noche iría á sacarla el cortejo im p e­
rial.
Despidiéronse todos de Hien-ti y de su m inistro ; y,

134

EN RIQ UE

GASPAR

acompañados de una guardia de honor, para custodiar
exteriormente el Anacronópete, y de multitud de es­
clavos cargados de provisiones y presentes, se enca­
minaron los anacronóbatas al vehículo cuya puerta
abrió Benjamín entrando en él el primero.
En cuanto los servidores se hubieron retirado y los
centinelas esparcido por los alrededores del coloso, a
distancia respetuosa, don Sindulfo tocando el regula­
dor y soltando una carcajada :
—No dirán que no los engañamos como á chinos —
exclamó.
Pero de pronto quedóse pálido; el engañado era él.
El aparato eléctrico no funcionaba. Estaban reducidos
a prisión.

como la misma noche triste de Hernán
Cortés en la víspera de la batalla de Otumba,
P lü ^
Pasac^a a bordo del Anacronópete por
los expedicionarios. Clara, la más digna de
compasión sin duda, no hacía sino llorar y pregun­
tarse, en su situación desesperada, qué delito había
cometido para ser directa ó indirectamente la víctima
expiatoria de todos los caprichos del destino inexora­
ble. El tutor protestaba de su buena fe en las circuns­
tancias presentes, puesto que su plan al acceder había
sido burlar los designios del emperador emprendiendo
la fuga; pero sus buenos propósitos, que no encerra­
ban más que una mira egoísta, se estrellaban contra
una fuerza mayor que los reducía á la inmovilidad
contra todas las previsiones de sus cálculos científicos.
—Una solución de continuidad no es la causa de la
paralización, puesto que las corrientes circuían sin
impedimento ; decía el sabio fundándose en las obser­
vaciones que él y su amigo habían hecho repetidas
R iS T E ,

136

EN RIQ U E

GASPAR

veces en el vehículo y sin sospechar que Benjamín
pudiera hacerle traición.
—Me juego la cabeza de usted—argüía Juana á su
señor—á que si llamamos á un herrero chino nos dice
en seguida en qué consiste la atascadura del carro.
¡Vaya! Que han quedado ustedes lucidos delante de
su majestad. Alumbre usted su inteligencia, hombre,
ya que, según le ha probado á usted el emperador,
lleva usted una fábrica de gas en su persona.
Don Sindulfo miraba a su amigo en demanda de
consejo; pero Benjamín permanecía mudo como todo
el que tiene sobre su conciencia algún delito de que
no se arrepiente y cuya responsabilidad procura eludir
con el silencio. Y en efecto, la culpa de aquella situa­
ción era exclusivamente del políglota. Verdad es que
él ignoraba los proyectos de Ilien-ti sobre la parte
masculina de la tripulación y confiaba en que un sub­
terfugio cualquiera restituiría a Clara al Anacronópete
a fin de escapar apenas terminase la ceremonia, pero
la ciencia es tan egoísta que todo lo juzga anima vili
cuando se trata de un experimento; y la idea de per­
der el secreto de la inmortalidad, si abandonaban la
China del siglo m, podía más en él que las contingen­
cias á que, si se quedaban, exponía á sus compañeros
de infortunio. Así es que entrando el primero en el
Anacronópete, como hemos visto, colocó capciosa­
mente una jicara de porcelana entre los conductores
del fluido y el volante, con cuyo aislador perdida la
corriente eléctrica, el aparato dejaba de funcionar.
Cada vez que don Sindulfo, sin sospecharla asechanza
de su correligionario, verificaba con él un reconoci­
miento, Benjamín, afectando oficiosidad, se adelantaba
y escabullía el pocilio con un hábil escamoteo, volvién­
dolo á ingerir en cuanto el sabio, convencido de que
no había ningún obstáculo, pasaba adelante para poner
en actividad el mecanismo.
Agotados todos los recursos técnicos se pensó seria-

EL

ANACRONÓPETE

i3y

mente en desertar ; pero ni era posible realizarlo con
éxito, toda vez que la guardia afecta á su servicio tenía
la orden de no abandonar un instante á los viajeros
sospechosos, ni aun suponiendo posible la evasión
mejoraban su precaria suerte ; pues advirtiendo su
ausencia, poco habían de tardar en dar alcance á los
fugitivos. Además existía otra razón poderosa para
oponerse; y era que no podían abandonar el Anacronópete sin correr el riesgo de permanecer indefinida­
mente á más de mil seiscientos años de distancia de
su edad; cosa que hubiera sonreído á don Sindulfo si
las circunstancias locales le hubieran permitido reali­
zar su desiderátum de imponer á la pupila su conyugal
yugo.
Tomóse pues la resolución de esperar á que la Pro­
videncia les enviara con la luz del nuevo día algún
rayo de esperanza, y rendidos por la fatiga se recosta­
ron en sus lechos.
La noche fué larga como de dolor: cada cuarto de
hora el grito de los centinelas cortaba la monotonía
del silencio interrumpido además á intervalos por unos
golpes secos como los que da el martillo sobre el clavo.
El ruido parecía subir de la cala y, temiendo alguna
invasión de los celestiales, don Sindulfo y Benjamín
bajaron á la bodega ; pero aunque permanecieron allí
más de quince minutos, no volvieron á oir los marti­
llazos que no obstante se reprodujeron apenas resti­
tuidos á sus habitaciones.
—Es por este otro lado sin duda—exclamó Ben­
jamín.
—Sí—interpuso el sabio.—Algún arco de triunfo
que nos preparan.
Y absortos en sus pensamientos quedáronse ambos
aguardando la aurora que no tardó en venirlos á salu­
dar con una sonrisa que parecía feliz augurio de espe­
ranza. Pero el día, sin detenerse en su carrera, seguía
su curso no sólo desprovisto de todo medio de salva-

i 38

EN RIQ UE

G A SP AR

ción, sino devorando en cada minuto una ilusión de
los viajeros.
Al anochecer espiraba el plazo de las cuarenta y
ocho horas prescrito por la ley para el luto nacional, y
acto continuo la nueva emperatriz debía dirigirse al
yam en a compartir el trono con el soberano.
Desde muy temprano fué visitado el Anacronópete
por la servidumbre de Ilien-ti, que, con opíparos man­
jares, ricos presentes y trajes de boda, á la usanza china,
para todos los expedicionarios, estaba presidida por
King-seng, maestro de ceremonias de la corte y joven
simpático, de gallarda apostura, á quien todos otorga­
ron una preferencia espontánea, no sé si por el sello
de tristeza que llevaba en el semblante ó por las aten­
ciones que guardaba á los cautivos.
Por fin al declinar la tarde llegaron las esclavas y los
eunucos encargados de vestir y aderezar el tocado, así
de la contrayente como de su séquito, lo que quería
decir que la hora había sonado de abandonar toda
esperanza. La desesperación, último baluarte del im­
potente, se apoderó de los expedicionarios. Clara y
Juanita abrazadas en un rincón se resistían heróicamente á entregar sus cuerpos á aquel para ellas fúne­
bre atavío. Don Sindulfo con los ojos extraviados in­
citaba á su amigo a que protestase de aquella violen­
cia en el idioma de Confucio, como él lo hacía en el
más enérgico aragonés. Benjamín, sin arrepentirse de
lo hecho, empezaba á experimentar cierta compasión
por sus correligionarios; y todo era lamentos, confu­
sión y desorden cuando el maestro de ceremonias,
mandando salir del laboratorio a la servidumbre y to­
mando aparte á los viajeros:—Desgraciados—les dijo
—no tem áis; yo os salvaré.
Júzguese de la sorpresa y de la alegría de los cuatro
ante las palabras de King-seng, cuya traducción les iba
haciendo Benjamín. Clara le estrechaba las manos,
don Sindulfo le daba gracias en latín por si las huma-

E L A N A C R O N Ó PE TE

3q

nidades habían llegado hasta el celeste Imperio, y Jua­
nita le largó un abrazo á la usanza de Pinto que casi
lo derriba.
—Silencio, imprudentes—prosiguió el ángel tutelar
de los desahuciados.—Evitad que nos oigan. El empe­
rador os ha tomado por Tao-ssé venidos á Ho nan para
renovar las luchas de los gorros amarillos y se propone
exterminaros apenas verificada la ceremonia nupcial.
Esta boda no la lleva á cabo mas que para saciar un
grosero apetito, toda vez que una ley reciente le pro­
híbe aumentar el número de sus concubinas.
—¡ Qué horror!—balbucearon los reos.
—S í ; pero aquí estoy yo que lo sé todo.
—¿Cómo?—inquirieron los circunstantes estrechan­
do el grupo.
—Mace como diez lunas que llegó de occidente un
hombre fugitivo. Oculto en Honan encontró medio de
ponerse en contacto con la emperatriz Sun-ché, la es­
posa mártir del opresor. Lo que la dijo lo ignoro ; pero
la augusta señora, que me honraba con sus confiden­
cias, me dió á comprender que aquel hombre era el
que en sus apotegmas dice Confucio que traería de
Occidente la revelación de su doctrina y que, en efec­
to, le había ofrecido la inmortalidad.
—¡La inmortalidad!—repitieron todos escuchando
con interés creciente un relato que justificaba la mo­
nomanía de Benjamín.
—Sí — prosiguió King-seng;—para ella y para los
suyos. La emperatriz me encargó de crear prosélitos
y ordenó al misterioso personaje que hiciese venir de
sus apartadas regiones algunas familias que alimen­
taran y propagasen sus luces. Vosotros sois sin duda
los primeros en acudir al llamamiento y yo os brindo
con mi protección.
La oferta tenía demasiada importancia para que na­
die se atreviera á destruir la suposición del maestro
de ceremonias ; así es que viendo en ello su salvación,

140

EN RIQ U E

GASPAR

se convinieron en seguirle la corriente, y sobre todo el
políglota que tocaba la meta de sus aspiraciones.
— ( Y ese occidental dónde encontrarle ?—preguntó
Benjamín.
—La desgracia os persigue—adujo King-seng.—Ha
muerto.
—¡Muerto!—exclamaron todos fingiendo una pro­
funda aflicción.
—Pero vosotros proseguiréis su obra. Hace dos días
el emperador, que ya miraba á su esposa con malos
ojos por creerla sectaria de los Tao-ssé, sorprendió al
extranjero en conferencia con la emperatriz ; y al oir
que la brindaba con la inmortalidad, acabó por con­
vencerse de que ambos pertenecían á la secta de los
embaucadores. Tsao-pi, su primer ministro y jefe del
partido de los letrados, pidió venganza ; y, mientras el
occidental era aserrado en la plaza de las ejecuciones,
anunciábase al pueblo, para el que es un arcano cuan­
to en palacio ocurre, que Sun ché había sucumbido
repentinamente; pero la infeliz había sido enterrada
viva en las mazmorras del yamen por orden de su des­
piadado esposo.
—¡ Qué inhumanidad !—argüyeron los oyentes á ex­
cepción de Benjamín que parecía absorto en profun­
das reflexiones.
—La indignación ha dado un grito en el pecho de
todos los parciales de la emperatriz, que aún es posi­
ble que exista, porque ese género de muerte es lento.
Pero animada ó cadáver la sacaremos de su tumba,
para lo cual, mis secuaces reunidos, harán que estalle
la rebelión mientras se celebre el banquete nupcial.
Vosotros desechad todo temor ; yo me encargo de pro­
tegeros con mis tropas ; pero disponeos al ceremonial
secundando así mis planes, pues la menor sospecha
puede perdernos. Confiad en la gente que he traído
para vuestro servicio. Me obedecen con absoluta ab­
negación. Andad, que la hora avanza.

E L ANACRONÓPETE

*

4*

La idea de una lucha con resultados desconocidos
no era en verdad halagüeña para gentes pacíficas, agenas á los intereses del im perio; pero su situación par­
ticular se presentaba tan erizada de peligros insupera­
bles, que no titubearon en decidirse por el término del
dilema que les ofrecía alguna probabilidad de éxito.
Llamada la servidumbre dejáronse ataviar con todo
el esplendor debido á su rango, y aun sazonada es­
tuvo la tarea con algunos chistes, pues no hay que ol­
vidar que eran españoles los que corrían tamañas con­
tingencias.
Concluido el tocado, un ruido infernal de tambori­
les, címbalos y el obligado gong ó campana china,
ademas de multitud de linternas de caprichosa estruc­
tura que por los abiertos discos divisaron, les anunció
que la comitiva imperial llegaba á las puertas del Anacronópete, donde se detuvo, pues el ritual prescribe
que no se invada el domicilio de la virgen.
—Adelante—exclamó King-seng tomando de la mano
á Clara para conducirla a la litera en nombre del em­
perador.
—¡ Adelante!—gritaron todos poseídos del entusias­
mo que infunde la esperanza.
Y atravesando estaban la bodega para ganar el por­
tón, cuando unos golpes secos y repetidos obligaron
al séquito á pararse en medio de la estancia.
—¿Qué es ello ?—preguntó el maestro.
—¿No habéis oído ?—repuso Benjamín.
—Sí. Parece que alguien llama.
Y como todos prestasen atención, los golpes se re­
produjeron con mayor insistencia.
—¿ No advertís ?—hizo notar Clara.—Resuenan por
este lado.
—En la caja—añadió Juanita consultando con los
ojos al anticuario.
—¡ Cómo ! ¿En la de la momia ?—balbuceó don Sindulfo tan asombrado como sus compañeros.

42

EN RIQ U E

GASPAR

En esto, Benjamín que había permanecido en la ac­
titud de la meditación :

— S í; eso e s — articuló dándose un golpe en la
frente.
—¿El qué?—prorrumpieron todos en coro.
—Que retrogradando hemos llegado al período en
que la emperatriz aún vivía, si bien enterrada, y mi

EL ANACRONOPETE

14 3

momia no es sino la desgraciada consorte del empe­
rador Hien-tí.
Y dirigiéndose estaba ya al sarcófago, cuando un
nuevo golpe más formidable que los otros hizo saltar
los goznes de la caja, y una hermosa mujer en toda la
lozanía de la juventud salió de aquel lecho de muerte.
—¡Sun-ché!—gritaron todos los chinos reconocién­
dola y prosternándose ante la maravillosa aparición.
—¡ La emperatriz !—repitieron los atónitos expedi­
cionarios.
Juanita no decía nada ; pero en conciencia empezaba
á sospechar que los sabios no eran tan estúpidos como
ella se figuraba.

enganza ! — fue la primera

frase que articulo
la emperatriz al verse rodeada de los suyos.
— ¡Venganza! — repitieron sus parciales
aclamando á Sun-ché.
-Dejad prosiguió la egregia dama— que bese las
rodillas de la criatura que ha velado por mi existencia.
Y sus ojos arrasados de lágrimas se posaron con
gratitud en King-seng.
— No es mía desgraciadamente la honra de haber
salvado vuestros preciosos días— replicó el maestro
de ceremonias que, no explicándose de otro modo la
presencia de la emperatriz en el Anacronópete, supuso
desde luego que sus tripulantes, más felices que él,
habían logrado con astucia sacar de las mazmorras á
la víctima inocente de Hien-ti.
Los viajeros, aunque sabían que la momia encerra­
da en un sarcófago de alcanfor de época harto remota
para poder resistir victoriosamente la acción retrógrada

EL ANACRONÓPETE

145

del tiem po, debía su resurrección á la circunstancia de
no estar sometida á la inalterabilidad, dejaron al m an­
darín en su creencia, tanto por lo que tenía de racio­
nal, cuanto por lo que favorecía sus planes.
— ¡Cóm o' Sun éstos? — adujo la em peratriz al en­
terarse d t la situación y besando con transportes de
gozo á Claia y a Juanita; con gran contentam iento de
la últim a que por prim era vez se veía objeto de las ca­
ricias de una soberana.
— Sí; estos son los que han roto vuestras cadenas.
Desgraciadam ente llegaron tarde para librar de la
m uerte al occidental su herm ano, que como no igno­
ráis os precedió en el suplicio.
— ¡ Pobre m ártir! — articuló Sun-ché tributando un
triste recuerdo al que fué su m ejor amigo.
Pero de pronto, levantando sus herm osas pupilas
negras y fijándolas en don Sindulfo y en Benjamín
que, con fruición arqueológica, saboreaban aquel triu n ­
fo de la ciencia,
— Es e x tra ñ o — repuso. — Yo os he visto antes de
ahora. Vuestras facciones despiertan en mí un recuer­
do vago y confuso que no acierto á precisar.
—¡Ca! No lo crea Usía—interrum pió Juana.—Si estos
moscones no se separan de nuestro lado. Son dos g ra­
nos malignos que nos han salido á 1a. señorita y á mí.
El políglota, buscando la lógica de tamaño fenóme­
no, supuso, y así se lo comunicó á su amigo, que la
momia al volver á la vida los había visto en la bodega
á través de algún resquicio de la caja ; pero que, ex­
puesta á síncopes frecuentes antes de entrar en la ple­
nitud de la existencia, había perdido la noción del
tiempo en sus alternativas de insensibilidad, atrib u ­
yendo así á épocas rem otas sucesos recientes. E rror
craso, como se probará en el curso de esta inverosímil
historia.
— ¿Pero qué significa esta m úsica? ¿Qué anuncian
estos aprestos de fiesta?—preguntó Sun-ché al oir unos
IO

14 6

EN RIQ UE

OASPAR

golpes de gong con los que se daba á entender á la co­
mitiva que la hora avanzaba y que la paciencia del
emperador tocaba á su término.
Entonces King-seng narró lo ocurrido y puso al co­
rriente á su soberana de cómo Hien-ti, pretextando al
pueblo su muerte por accidente natural, se disponía a
celebrar segundas nupcias con la extranjera a cuyos
parientes había ofrecido, en cambio del consentimien­
to, el secreto de la inmortalidad.
— Miente el infame —exclamó con voz de trueno la
emperatriz. — Loque medita es vuestro exterminio;
pero no lo conseguirá.
Y por un instintivo movimiento se abrazó á don Sindulfo como para defenderle de toda asechanza.
— No hay más ; la ha flechado —dijo Juana á su se­
ñorita. — Á ver si así la deja á usted de mortificar ese
sinapismo.
— No lo conseguirá — replicó el maestro de ceremo­
n ias;— porque presintiendo que aún no habíais exha­
lado el postrer suspiro, vuestros parciales sólo aguar­
dan á que dé principio la ceremonia para provocar la
rebelión.
— Pues bien, marchemos ; yo os guiaré al combate.
— Poco á poco — objetó Benjamín, á quien el bélico
entusiasmo de la augusta señora cercenaba las proba­
bilidades de éxito si, vencidos en la refriega, no podía
hacerse dueño del talismán que tanto ambicionaba.—
La prudencia dicta meditar bien el caso antes de aban­
donarse á una aventura peligrosa.
—Sí — adujo King-seng.—Vuestra egregia persona
no debe exponerse. Todo esta ya previsto para caer
oportunamente sobre el tirano cuando menos lo pre­
suma. No por anticipar el triunfo lo convirtamos en
derrota.
— Esperemos a que nos libre el arcano de la inmor­
talidad.
— ¿ La inmortalidad ?— inquirió con cierto orgullo

EL ANACRO NÓ PETE

147

la emperatriz. — ( Y qué sabe él de ella ? Os ha menti­
do. Yo sola poseo las pruebas que me dió el occidental
y que he sabido sustraer á las requisas de Hien-ti ocul­
tándolas en lo más recóndito del palacio.
— Con doble motivo debéis proceder con cautela si
vuestro objeto es recuperarlas; pues no imagino que
queráis dejar ignorada tan preciosa conquista.
-—1O h! No. Decís bien. Es preciso aclarar ese enig­
ma cuya solución parece hallarse en occidente.
— ¡ Cómo ! — interrogaron todos.
— No es este el momento de las explicaciones—con­
tinuó Sun-ché.
La noche avanza y el tirano debe estar impaciente.
Seguid á la comitiva; fingid doblegaros á los proyectos
del emperador. Yo os precedo á palacio para hacerme
con las pruebas; y en cuanto la ceremonia comience
en el patio del Dragón, me presento á mis secuaces;
tras breve lucha os apoderáis de Hien-ti y, libertando
al pueblo de un opresor, yo os indicaré quién debe
compartir conmigo el trono de Fo-hi.
Y así hablando, lanzó una mirada á don Sindulfo
que heló á éste la sangre en las venas, y le valió el que
su criada le dijese al oído :
— La suerte no es para el que la busca sino para el
que la encuentra. ¡ Viva don Pichichi primero! ¡Va­
liente rey de bastos va usted á hacer!
Todos iban á prorrumpir en una aclamación; pero
Sunché imponiéndoles silencio, vistióse, para no ser
reconocida, las túnicas de una esclava ; y seguida de
dos eunucos de su confianza absoluta, salió del Anacronópete. King-seng llevando de la mano á Clara la
condujo al palanquín; y cerrado este con llave, la mú­
sica hirió el espacio y el cortejo nupcial tomó lenta­
mente, entre la apiñada multitud, el camino del yamen.
Catorce patios había que atravesar para dirigirse á
ias habitaciones imperiales, siendo el llamado de honor
el inmediato al cuerpo del edificio. En el centro se ha-

148

ENRIQUE GASPAR

liaba el dragón sagrado, monstruo fundido en bronce
con las fauces abiertas rasantes al suelo y la cola en­
roscada perdida en las alturas. Limitaban el área in­
numerables kioskos que servían de tribuna en las
grandes solemnidades para los mandarines y dignata­
rios de alto rango y que formaban, por decirlo así,
escolta al templete imperial al que solo el monarca, su
familia y su primer ministro podían tener acceso.
Todas estas fábricas, como el yanten que abierto á
cuatro vientos se erguía en el fondo sobre una suntuo­
sa escalinata de mármol con adornos de jade sanguí­
neo, estaban profusamente iluminadas con miles de
linternas de múltiples formas y dimensiones: ya un
tulipán y una rosa robaban sus colores á la naturaleza,
ya un enorme globo á través de sus paredes hechas de
arroz con toda la transparencia del cristal, lucía figuras
de movimiento. Junto á un pez de luz que agitaba sus
natatorias y coleaba, veíanse dos gallos que libraban
entre sí descomunal combate. Ora eran dos medias
sandías las que luciendo su rojiza pulpa pendían de
un arquitrabe, ora una langosta la que contrayendo y
dilatando sus articulaciones coronaba el vértice de un
frontón. Gomas odorantes se consumían en centenares
de pebeteros ; escudos de flores simulando mariposas
é insectos alados embalsamaban el ambiente. La en­
trada estaba custodiada por los dioses porteros: dos
gigantescas figuras de siniestra faz, de musculatura
titánica y de una riqueza indumentaria sólo compa­
rable con su candor artístico. La guardia de doncellas
rodeaba el templete del emperador; las demás fuerzas
militares con sus arcos terciados y sus partesanas en
reposo ocupaban el segundo término. La baja servi­
dumbre del palacio invadía el graderío.
—¿Estás seguro de lo que dices? — murmuró por
lo bajo el monarca á Tsao-pi para evitar el ser oído por
sus tres concubinas oficiales que detrás de él tomaban
asiento.

— ¡ Sun-che! — exclam ó toda la corte

1 5o

E N R I Q U E G AS P AR

—No tardaréis en convenceros ante la evidencia. La
rebelión debe estallar esta misma noche en el yam en ;
pero será sofocada, yo os lo juro. Los rebeldes me son
conocidos y mis precauciones están tomadas.
— I De modo que esos impostores eran realmente
sectarios de los gorros amarillos?
—Y parciales de la emperatriz.
Aquí llegaban en su diálogo cuando la comitiva nup­
cial empezó á trasponer con solemne paso el patio de
honor, y á la voz de alerta cada cual se aprestó á llenar
su cometido. Linternas y banderolas componían el
fondo de esta procesión terminada por el palanquín de
la desposada, á cuya puerta caminaba de vigía el
maestro de ceremonias delegado por el augusto con­
sorte para la presentación. Don Sindulfo, Benjamín y
Juana hacían uso de su derecho de rodear la litera
como miembros de la familia. Los cortesanos y la ser­
vidumbre venían detrás. Fuerzas de caballería cerra­
ban la marcha.
Depuesta la preciosa carga en mitad del patio, pre­
vias las rituales genuflexiones, King-seng entregó la
llave del palanquín al monarca que, saliendo al en­
cuentro de su futura, la condujo al templete. Acto con­
tinuo el jefe de los letrados leyó los preceptos de Confucio sobre los deberes que contrae la mujer para con
el m arido; y á felicitar á Hien-ti comenzaba en nombre
de la academia cuando una melancólica canción de rit­
mo particular hizo volver la cabeza á los circunstantes
que, atónitos, vieron aparecer á la emperatriz por entre
las abiertas fauces del dragón sagrado.
—¡S u n c h e ! —exclamó toda la corte presa de senti­
mientos distintos.
— ¡Traición!—gritó Hien-ti ante la resurrección de
su víctima.
Pero la extrañeza de los celestiales al recuperar á su
soberana era juego de niños ante la que experimentó
Juanita al sentirse cogida de los brazos como con tena-

EL

ANACRONÓPETE

15 1

zas por don Sindulfo y Benjamín que, con los ojos
fuera de las órbitas y el pelo de punta balbuceaban
entre sacudidas nerviosas:
— ¡ M am erta!...
— ¡ Mi mujer!...
Juanita creyó que estaban locos; pero no; era en
efecto que los sabios habían reconocido en las m odu­
laciones de aquella cantilena el célebre é ininteligible
estribillo con que, en vida, les destrozaba el tímpano
constantemente la hija del banquero, la muda de los
garbanzos, la esposa del inventor ahogada con su padre,
como recordarán mis lectores, al tomar un baño en las
playas de Biarritz.
En vano buscaban en los rasgos fisonómicos de la
emperatriz trazos que acusasen alguna afinidad con la
difunta. Empezando por que hablaba, todo en ella era
diametralmente o p u e sto ; mas no obstante, aquella
rara melodía ¿era posible que íuese calcada con tan
asombrosa exactitud de pausas é inflexiones por otro
sér humano nacido á más de tres mil leguas de dis­
tancia y á diez y seis siglos de separación del primitivo
ejemplar?
Los dos amigos no tuvieron tiempo de rectificar ni
de ratificar sus impresiones, porque la impaciencia de
los rebeldes desbordada por el entusiasmo, les hizo
prorrum pir en un viva á Sun ché; y antes de que los
secuaces del emperador pudieran apercibirse al com­
bate, volvieron contra ellos sus armas. Por desgracia
para los generosos libertadores, la previsión de Tsaopi había hecho frotar las cuerdas con una sustancia
corrosiva; de modo que al tender los arcos aquellas se
rom pieron; y las flechas en vez de salir disparadas por
la tensión cayeron á sus piés dejándolos inermes.
— ¡ Á ellos!—gritó el calado á los suyos; y sin respe­
tar jerarquías ni condiciones, la emperatriz, los anacronóbatas y los insurrectos fueron ceñidos por estrechas
ligaduras y sus gritos ahogados por mordazas de cuero.

I 52

E N R I Q U E GASPAR

—{Tenéis más cómplices ?—preguntó el emperador
á Clara, que con desesperados esfuerzos protestaba de
su inocencia.
— Advierte—añadió H ien-ti—que mis bodas no han
sido más que un pretexto para descubrir vuestros pla­
nes. Sólo la delación puede salvarte la vida. Responde.
Clara hizo un gesto negativo.
— Y bien ? ¿ Vuestras órde­
n e s—dijo Tsao-pi al tirano.
— Cumple con tu deber—re­
puso éste tras breve p a u sa.—
Y para que mi pueblo vea que
nada me hace retroceder ante
la salud del estado, comienza
el sacrificio por la em peratriz
rebelde y por los encubiertos
partidarios de los gorros am a­
rillos.
Y m ientras obligaban á los
reos á arrodillarse delante del
dragón, un pelotón de arque­
ros destacándose de las fuerzas
se aprestó espontáneam ente á
consum ar la hecatombe.
A puntaron en efecto: pero
al dar el em perador la voz de
tira r, volvieron contra éste sus arm as y el feroz
Hien-ti cayó sin vida en el suelo atravesado por las
flechas y bañado en sangre. Sus soldados, poseídos de
la superstición de que cuando el jefe m uere, sus le­
giones no alcanzan jamás la victoria, em prendieron
despavoridos la fuga sin que los esfuerzos de Tsao-pi
los pudieran detener, y perseguidos por los defensores
de Sun ché que libertados de sus trabas por los arque­
ros corrieron á coronar su obra.
Entretanto las inocentes víctim as restituidas a la
existencia, se abrazaban entre sí, lloraban de emoción;

E L AN A C R O N Ó P E TE

i 53

y por señas, pues la voz no salía del pecho, daban gra­
cias á sus salvadores.
— ¿ Á quién debemos la vida? — pudo por fin articu­
lar Clara.
— ¡ Viva España ! — gritaron diez y siete voces. Y los
arqueros despojándose de sus vestiduras dejaron ver
á los hijos de Marte en toda la plenitud de su desarrollo.
— ¡ Ellos! — exclamaron sus compatriotas ante aquel
espectáculo más fenomenal que los anteriores.
— ¡Tú! y de tamaño natural! — repetía Juanita sin
cansarse de mirar á su Pendencia y midiéndole la caja
del cuerpo con los brazos.
— ¡Pues qué! ¿ Crees tú que á mí ze me encoge el
corazón ante el peligro?
Clara estuvo á punto de desmayarse de alegría; pero
como las mujeres tienen el talento de la oportunidad,
no perdió el sentido más que lo extrictamente necesa­
rio para tener que apoyarse en el hombro de Luís. Ben­
jamín discurría sobre las causas del fenómeno, y don
Sindulfo echaba espumarajos por la boca vociferando:
—¿Cómo estáis aquí ?
—¡ Toma ! ¿ Puz no viajamos juntoz ?
—Yo os lo explicaré — repuso la emperatriz.— Al
dirigirme á palacio los vi rondando la poterna; conocí
por sus trajes que eran de los vuestros; y ellos, com­
prendiendo por mis señas mis intenciones, se acomo­
daron á ejecutar mis planes que eran velar por vosotros.
— Pero no es eso—gritaba el tutor cada vez más exal­
tado.— ¿En qué consiste que después de evaporarse en
el camino reaparecen en China en toda su integridad ?
—No es este el momento de las explicaciones —
adujo Benjamín, temiendo alguna nueva complicación.
—¿ Traéis las pruebas de la inmortalidad ?
— Sí — repuso Sun-ché.
— Pues lo que urge es ponernos en salvo.
— ¡Al Anacronópete! — propusieron todos.
— ¡Si no funciona!

I 54

EN RIQ U E

G A SP A R

—¿ Quién sabe ? Allá veremos — objetó Benjamín,
seguro de lo que anticipaba;— lo principal es parape­
tarnos en sitio seguro.
Y la emperatriz, cobijándose en don Sindulfo:
— Partamos—añadió, — que ya libres del monstruo,
la que fué dueña de un imperio podrá abandonarse á
la irresistible atracción que por ti siente y tendrá or­
gullo en llamarse tu esclava.
No le faltaba al sabio más que aquella declaración á
quema-ropa para acabar de perder el juicio; y hubiera
cometido alguna inconveniencia en el estado en que se
hallaba su razón, si el chocar de las armas no hubiera
acusado la proximidad del enemigo y la precisión de
huir. Colocaron pues á las damas entre las filas del
sexo fuerte, y unos abandonados á su legítimo gozo y
alguno á su desesperación, tomaron todos el camino
del Anacronópete al que llegaron sin contratiempo.
Para terminar los anales de la contienda civil entre
los Tao-ssé y los letrados, diremos, que vueltas de su
estupor las huestes de Ilien-ti, concluyeron por vencer
á los parciales de Sun-ché desanimados ante la desapa­
rición de su soberana'y-sin un jefe que los condujera
al combate. Tsao-pi, viendo huérfano el trono, subió
sus gradas, se ciñó el sombrerete y fundó la séptima
dinastía de los emperadores, conocida en la historia
con el nombre de los Ouei.

CAPÍTULO^XVI
*



En q u e to d o se e x p lic a c o m p l i c á n d o s e t o d o

situación á bordo había cambiado comple­
tamente. Las muchachas bailaban en un pié
ante un aumento de tripulación tan inespe­
rado como de su gusto, y la misma empera­
triz no ocultaba á nadie el contento que le producía su
viudez. Los milites arrullados por Cupido perdían la
memoria de sus pasadas desventuras; y Benjamín,
próximo á tocar su desidevcitiwi, bendecía las circuns­
tancias que le colocaban en el caso de dar cima á su
obra sin entorpecimiento alguno, puesto que de hecho
él se hallaba convertido en jefe de la expedición.
Y efectivamente; desde el punto en que entraron en
el Anacronópete, don Sindulfo, que no había desple­
gado sus labios por el camino, se dejó caer en una
silla víctima de un abatimiento alarmante. Tan pronto
su mirada se clavaba en el suelo en la actitud del hom­
bre que medita, como sus ojos desencajados erraban
de uno á otro de sus compañeros, brillando con el si­
niestro resplandor de la amenaza. Cien ideas confusas
se disputaban el paso por las inyectadas venas de su
frente, en cuyas pulsaciones, alternativamente regula­
res y febriles, podía leerse ya el planteamiento de un
teorema en demanda de una explicación científica para
a

156

ENRIQUE GASPAR

tantos fenómenos incomprensibles, ya los arrebatos
de la ira caminando ciega de los celos á la venganza.
— Me parece que á don Pichichi se le ha aflojado al­
gún tornillo del Capitolio; — dijo Pendencia observan­
do como los demás el estado del tutor.
—Y á usted también se le desmorona el cim borioadujo Juanita encarándose con Benjamín.—Figúrense
ustedes que hace poco , cuando los chinos querían
mecharnos, estos dos señores han creído reconocer á
la difunta de don Sindulfo que requiescat. Habráse vis­
to despropósito mayor?
—En cuanto á eso, hablaremos más tarde—contestó
el políglota un si es no es picado. No por desconocer
las causas hemos de negar los efectos de las cosas.
—<*Cómo ?
—En este viaje inverosímil lo lógico es tal vez lo ab­
surdo. Demos tiempo al tiempo.
En aquel momento oyeron un penetrante grito y
vieron á Sun-ché que, asida por el brazo, hacía esfuer­
zos para desprenderse de las férreas y convulsas ma­
nos de don Sindulfo. La infeliz, llevada de su instin­
tivo amor hacia el sabio, había querido prodigarle una
caricia, y el pobre loco la había recibido como algunos
cuerdos reciben á la mujer propia, por la sola razón
de serlo. Pero la víctima, cediendo á una convulsión
nerviosa, agitaba los remos que le quedaban libres,
con tan mala suerte para el presunto marido, que á
más de algunos puntapiés en las espinillas se llevó
desde la boca á la nuca una colección de redobles á
puño cerrado, en que las narices, como punto más
saliente, no fueron las menos favorecidas.
— ¡ Es ella! ¡Es ella !—exclamó don Sindulfo soltán­
dola por fin, y corriendo despavorido al lado de su fa­
milia.— ¡ Es Mamerta ! ¿ Recuerda usted que tampoco
podíamos contrariarla sin que sufriésemos las conse­
cuencias de sus crispaciones, con lo que conseguía
hacer siempre su voluntad ?

E L A N A C R O N Ó P E TE

i 57

— Calma, amigo mío, calma—repetía Benjamín no
menos absorto que el tutor ante la analogía de la so­
berana con la hija del banquero zamorano. Mientras
no nos expliquemos racional ó científicamente cómo
una mujer española y del estado llano, ahogada en el
siglo xix, puede ser una emperatriz china del siglo
tercero, estamos en el caso de suponerlo todo pura
coincidencia.
—Pero, hombre de Dios—argüyó Juana:— si eso es
achaque de cada hija de vecino; la gramática parda
del sexo. Y yo misma, si no hubiera usted sido mi
señor, del primer ataque que me tomo cuando nos
sacó usted de París, le deshago á usted el depósito de
la sabiduría.
— ¡ Y los cazcoz zon para ello! — repuso Pendencia
haciendo notar los puños que Juanita crispaba.
— ¿No tendría la difunta alguna especialidad más
marcada á cuyo cotejo someter á la emperatriz por vía
de prueba ? — preguntó el capitán de húsares partici­
pando de la extrañeza general.
—Piénselo usted bien—insistió Clara.
Don Sindulfo recogió un momento sus ideas, y des­
pués de reiterados esfuerzos:
—Sí—exclamó dándose un golpe en la frente y sa­
cando del reverso de la solapa una aguja que enhebra­
da tenía siempre á prevención para ensartar papeletas
del catálogo.
Y antes de que los circunstantes pudieran inquirir
su propósito, dirigióse á donde Sun-ché se hallaba des­
cansando del accidente.
— Cósame usted esto ■
— dijo arrancándose brusca­
mente un botón de la levita, y presentándoselo á la
emperatriz, á quien miraba de hito en hito para no
perder detalle del experimento.
La buena señora que, no entendiendo nada de lo que
ocurría en torno suyo, comenzaba á aburrirse, echó
mano al botón considerándolo un objeto de curiosidad;

158

EN RIQ UE

G A SP A R

pero al ver el arma de costura dió un penetrante grito,
y doblando la cabeza sobre el pecho quedó desmayada
en la silla;-circunstancia que, como dijimos al comien­
zo de este relato, era peculiar de la organización de la
muda y que Benjamín, lívido de estupor, refirió á los
atónitos viajeros.
— No hay duda, no — gritaba don Sindulfo retor­
ciéndose como una culebra ; — el mismo horror á las
agujas enhebradas que no la permitió zurcirme nunca
un par de calcetines.
— Se conoce que la banquera era catedrática en hol­
gazanería—argüyó en voz baja la doméstica; mientras
el atribulado don Sindulfo, pronunciando frases inco­
herentes, golpeando cuanto en el camino encontraba,
y echando espuma por la boca y fuego por los ojos, se
dirigió frenético á su gabinete en busca de una solu­
ción para aquel problema.
Todos se precipitaron tras é l; pero la puerta, cerra­
da con estrépito, les cortó el paso. Entonces se resol­
vieron á prestar algún auxilio á la emperatriz; pre­
caución que fué inútil, porque la augusta dama, como
si se lo hubiesen soplado al oído, en cuanto la aguja
desapareció, se quedó más buena que antes.
—Supongo—dijo Luís al políglota—que en el estado
en que está mi tío no le confiara usted el rumbo de la
expedición.
— ¡Dios me libre! Podría hacernos víctimas de su
enojo — adujo Clara.
—Con ece arriero eztamoz ceguroz de volcar.
—Descuiden ustedes—objetó Benjamín.—Me intere­
sa demasiado el asunto para confiar la derrota á un
demente.
— ¡Cómo! ¿Ha perdido el juicio? — preguntaron los
demás.
—Mucho me lo temo. Con todo, no desespero de
salvarle. Confíen ustedes en mí.
É invitando á Sun-ché á acercarse al aparato de la

E L ANACRONÓPETE

59

inalterabilidad, en tanto que los viajeros hacían co­
mentarios sobre la situación, la descargó unas co­
rrientes que debieron contrariarla también a juzgar
por las sacudidas nerviosas que llovieron sobre el oc­
cipucio del anticuario. Acto continuo separó el aisla­
dor que entorpecía la acción del volante; y elevando
el vehículo á la zona atmosférica en que debía tener
efecto la locomoción, hizo parar en seco el Anacronópete exclamando:
—Ahora sepamos á dónde nos dirigimos.
— ¡A P arís!— fué el grito unánime.
— Juzto; á Pariz para encerrar al zabio en un manucordio y hacer que á nozotroz noz eche el cura el gara­
bato nuncial.
— Antes — objetó Benjamín—veamos si el principal
objeto de nuestra expedición se ha logrado satisfacto­
riamente.
—¿ Cuál ?
—La posesión del secreto de la inmortalidad que
nos ha ofrecido la emperatriz.
Instada ésta á explicarse, sacó un pergamino en el
que había trazado por una mano experta el plano de
una ciudad.
—¿Qué es esto?— preguntó el ansioso arqueólogo
temiendo un desengaño.
—Algún pellejo de zambomba de la adoración de
los pastores en el Portal de Belén—dijo Juanita.
— Pero la fórmula!...—volvió á insistir impaciente
Benjamín apremiando á Sun-ché.
— El occidental no tuvo ocasión de iniciarme en ese
misterio, sorprendido como fué por mi tirano esposo;
pero al encarecerme la eficacia de su principio, me
manifestó que las pruebas de la inmortalidad habían
sido enterradas por uno de sus antecesores en Pompeya, debajo de la estatua de un emperador, marcada
en el pergamino con un círculo rojo.
— Sí, aquí está— interpuso Benjamín señalando en

l6 o

EN RIQ UE

G A SP A R

el papiro una mancha circular bajo la que en correcto
latín se leía: «Efigie pétrea de Nerón.»
—Parece ser—prosiguió la emperatriz—que el cono­
cimiento de esta circunstancia pasó tradicionalmente
por varias generaciones sin que nadie se atreviera á
evidenciarlo; hasta que el intrépido mártir cuya muer­
te sentimos, se resolvió á sacarlo á luz; pero acusado
de profanación por habérsele sorprendido en el instante
en que se disponía á zapar la estatua, consiguió á du­
ras penas evadirse de la prisión y llegar á mis domi­
nios donde tuve la fortuna de conocerle. Una expedi­
ción secreta á su patria estaba ya decidida para hacerse
con el misterioso talismán, cuando el fin que todos
sabéis ha venido á destruir nuestros proyectos.
—Aún vive quien los secundará—dijo Benjamín con
los ojos centelleantes de entusiasmo. Y dirigiéndose á
los suyos:—Á Pompeya—añadió.
Algunas protestas levantó aquel grito; pero la felici­
dad es tan complaciente y era tan natural el deseo de
los viajeros de hacer una excursión por el pasado, li­
bres ya de los riesgos que hasta entonces habían co­
rrido, que aplacados los murmullos, Benjamín orienljó
el vehículo y poniéndolo en movimiento, hizo rumbo
hacia la hija tan feliz como mimada del risueño golfo
de Nedpolis.
Las siete horas que habían de tardar en recorrer los
ciento cuarenta y un años que separaban á los anacronóbatas del principio del tercer siglo al último tercio
del primero, no eran intervalo para que se aburriesen
unas personas que tanto tenían que contarse y tantas
curiosidades que admirar. Capitaneados pues por
Juanita, los neófitos pusiéronse a girar una visita de
inspección al Anacronópete en tanto que Benjamín,
normalizada relativamente la situación, buscaba la
causa de aquellos efectos fenomenales.
Lo primero que trató de explicarse es la aparición
de los milites evaporados. Retrogradó por consiguien-

EL

ANACRONÓPETE

16 1

te en sus pensamientos, y á fuerza de hombre lógico,
se dijo que si la consecuencia era anómala, el origen
tenía que ser necesariamente irregular. Ahora bien:
¿qué circunstancia extraordinaria había ocurrido du­
rante la navegación? Al momento le vino á las mientes
el impulso retroactivo que él mismo imprimió al Anacronópete poco después de la catástrofe de los riñeños, cuando creyendo caminar hacia el pasado estuvo
haciendo rumbo al pr esente hasta llegar á Versalles
en la víspera del día de partida. La luz estaba hecha y
las tinieblas disipadas: la de^icción no tenía vuelta
de hoja.
Y en efecto, si mis lectores recuerdan el incidente
del ochavo moruno (que, perdido por un kabila, se
aniquiló en cuanto traspuso el instante en que fué
acuñado, pero que volvió á cobrar forma apenas el
Anacronópete, m a c h a n d o hacia el presente, rebasó el
m inuto de 1%acuñación), comprenderán que el fenó­
meno de la resurrección de los hijos de Marte obede­
cía á la misma c^usa. Evaporados al retrogradar, ha­
bían perdido su f^rma humana, obra del tiempo; pero
su espíritu inmortal no había abandonado el Anacro­
nópete, como el grano de trigo oculto en la gleba no
deja de existir en el terruño aunque invisible hasta la
germinación. Así es que, cuando en su marcha hacia
el hoy, sonó en el vehículo la hora del nacimiento de
los soldados, la envoltura de carne acudió al llama­
miento cronológico; y el germen, rompiendo la tierra,
dejó ver el tallo para ser robusta caña y volver á tomar
las proporciones de su espiga.
El cómo se sustrajeron á una segunda disolución
cuando, apercibido de la falta, Benjamín reconquistó
el verdadero rumbo, tiene una explicación muy senci­
lla. Los soldados, que alternativamente se habían visto
reducirse y desarrollarse, al recobrar sus proporcio­
nes quisieron no volverlas á perder y escalaron el la­
boratorio decididos á implorar el amparo de la ciencia;
II

162

ENRIQUE

GASPAR

pero al llegar al pasillo, oyeron las explicaciones que
sobre la inalterabilidad estaba dando Benjamín á las
parisienses; y como el capitán de húsares tenía sus
rudimentos de física, propinóse con sus compañeros
unas corrientes del fluido y opinó m uy sabiamente
que permaneciendo ocultos servirían mejor la causa de
las reclusas doncellas que exponiéndose, si se exhi­
bían, á ignotas contingencias provocadas por los celos
del tutor. Y así es cómo ocultos en sus gazaperas llega­
ron á China oportunamente para evitar una catástrofe.
Apuntó Benjamín estas observaciones en su m em o­
rándum particular; pero abstúvose muy mucho de
divulgarlas, prefiriendo dejar á todos en la persuasión
de lo maravilloso á confesarse reo de ineptitud.
El segundo problema era más difícil de resolver.
¿Cómo á través de diez y seis siglos una emperatriz
china se presentaba á sus ojos con tan señaladas dife­
rencias físicas, pero con analogías de organización tan
evidentes con aquella Mamerta ahogada en las playas
de Biarritz? Ensimismado estaba el políglota en tan
metafísicos conceptos y ya el trayecto casi tocaba á su
fin sin que hubiese podido coordinar dos ideas afines,
cuando unos gritos desaforados que partían del g a ­
binete de don Sindulfo le sacaron de su abstracción.
—¡El loco! ¡El loco!—exclamaron los excursionistas,
que al oir las voces acudieron precipitadamente en
busca de Benjamín.
—Sí. ¿ Qué podrá ser ?
—Algún calambre en la mollera—dijo el andaluz.
É instintivamente todos se dirigieron al cuarto;
pero apenas iniciado el movimiento, la puerta se abrió;
y don Sindulfo con el traje en desorden, las manos
crispadas y la púrpura de la ira en el semblante, hizo
irrupción en el laboratorio vociferando:
— ¡ Maldición!—Ya dí con la clave del enigma. Ya
comprendo cómo Sun-ché puede ser mi difunta Ma­
merta.

E L A N A CRO N Ó P ETE

163

— ¿ Cómo ?
— |Por la metempsícosis! !...
Los profanos no entendían ni una palabra; pero el
políglota se quedó pensativo luchando entre la fe y la
duda.
— Diga uzté; ¿y ezo ce come con cuchara ó con te­
nedor?
—¡La metempsícosis!—prosiguió el sabio sin aten­
der á observaciones.—La transmigración de las almas,
por la cual el espíritu de los que mueren pasa al cuer­
po de otro animal racional ó inmundo según sus me­
recimientos en vida.
— ¡ Ay ! —argüyó Juanita. — Pues lo que es ustedes
dos, por lo chinches que han sido con nosotros, van a
parar al Rastro.
—¿Es decir—interrogó el sobrino, á quien el asunto
empezaba á interesar — que la emperatriz por una se­
rie de transmigraciones llegó en su última evolución
á ser la esposa de usted ?
—Justamente. Y al retrogradar en el tiempo se nos
presenta bajo la envoltura real que tenia en esta
época, como en el alto que hicimos en África pudimos
— á haber tropezado con ella — hallarla convertida en
vegetal ó en acémila entre los bagajes.
—Permítame usted — objetó Benjamín. — Nosotros
somos cristianos y nuestro dogma rechaza esas teorías.
— ¿Y qué importa ?— replicaba el demente exaltán­
dose por grados.
—Nosotros somos católicos; pero ella es china, sec­
taria de Budha; luego bien puede transmigrar según
prescribe su religión. Porque ¿ quién le dice á usted
que la Providencia no impone sus castigos con arreglo
á las creencias que profesa cada uno ?
Todos, menos Sun-ché, que estaba como en el limbo
sin saber lo que pasaba, comprendieron que el pobre
doctor tenía el juicio extraviado. Sólo Benjamín, á
fuer de hombre de ciencia, entusiasmado con el des-

I 64

EN R IQ U E G ASPAR

cubrimiento de aquella especie de metafísica experi­
mental, concluyó por dar al loco la razón ; que era
como perder la suya.
—Es indudable. ¡Eureka!—gritó como Arquímedes
abrazando á su amigo.
— Pero si aquella no hablaba —insistió Juanita — y
ésta echa cada discurso como un diputado.
— Ezo no; porque ci zu marido no entiende lo que
dice, para él ez lo mismo que ci fuese muda.
— Además —dijo Luís sonriendo — que si entonces
perdió el uso de la palabra, tal vez fué un castigo del
dios Budha por el abuso que de ella hizo acaso en una
existencia anterior.
—De modo—argumentó Clara aprovechando aque­
lla ocasión de romper sus cadenas— que ya cesará
usted de perseguirme; porque ligado como está usted
á esta señora por los vínculos del matrimonio, no pre­
tenderá usted casarse conmigo cuando nuestra reli­
gión proscribe la bigamia ?
El doctor, al sentirse hostigado en lo que precisa­
mente constituía su preocupación desde que sorpren­
dido hubo la afinidad de la emperatriz con Mamerta,
estalló al ser argüido de aquel modo por Clara, y de la
monomanía pacífica pasó al vértigo furioso.
— ¿ Desistir yo de un cariño al que he consagrado
todas las fuerzas de mi vida, mi actividad, mi inteli­
gencia?— decía apretando los puños y haciendo rodar
los ojos en sus órbitas.— ¡ Oh! Nunca.
— ¡ Que muerde ! —interrumpió Pendencia separán­
dose por precaución, como los demás, del delirante
sabio que persiguiéndolos añadía:
—No. Si el destino me es adverso, lucharé contra el
destino; pero serás mi mujer aunque para ello tenga
que ir hasta el crimen.
— Es inútil —repuso la atrevida Maritornes. — Si
aunque nos degüelle usted, aquí los muertos resu­
citan.

EL

ANACRONÓPETE

165

—Pues bien, pereceremos todos. Es preciso acabar
con esta situación.
— ¿ Cómo ?
— En la cala hay diez barriles de pólvora; les apli­
caré una mecha, y ni rastro quedará del Anacronópete.
—No cea uzté bárbaro.
— Tranquilícense ustedes — exclamó Benjamín re­
cordando el incidente que en diversas ocasiones le
obligó á descender á tierra en busca de vitualla en su
trayecto de África á China.—Las provisiones, someti­
das á la inalterabilidad, resultan ineficaces para su
uso, según prácticamente he observado.
— i Ignorante!—interrumpió el loco recobrando por
un momento su lucidez.
— ¿Qué?
— Arrojando nuevo fluido sobre los cuerpos para
que las corrientes anteriores se pongan en contacto
con las nuevas y formen una sola, no hay más que dar
vueltas á la inversa al disco del aparato transmisor
para recogerlas todas y, neutralizadas, devolver á las
provisiones sus propiedades específicas.
—Bueno es saberlo; pero estamos perdidos.
—Hay que inundar la Zanta Bárbara.
—Corramos.
—No, no temáis — interpuso el tutor pasando, para
detenerlos, de la amenaza á la súplica.—Una voladura
acabaría con todos, y yo no quiero que ella muera.
Respetaré sus días. Pero vosotros—añadió dirigién­
dose a los militares y á la emperatriz, y volviendo á la
exaltación con más fuerza que nunca—preparaos á su­
frir mi venganza. Sois el obstáculo de mi dicha y os
exterminaré á fin de realizar mis designios, aunque
para llegar con Clara al altar tenga que cruzar ríos de
sangre. ¡ Ah ! Ya sé cómo!...
Y así diciendo traspuso la puerta y se dirigió frené­
tico á la cala. Sus compañeros, recelando no sin razón

166

E N R IQ U E GASPAR

algún inminente peligro, corrieron tras él con inten­
ción de detenerle.
Luís, capitaneando á los suyos, fué el primero en
llegar á la bodega; pero el doctor, que acariciando su
plan se había ocultado capciosamente, apenas vió á
los hijos de Marte y á su sobrino en medio de la estan­
cia, hizo girar el portón de la limpieza, y los diez y
siete héroes desaparecieron en el espacio entre los gri­
tos de las enamoradas doncellas y de Benjamín, que
al ir en su seguimiento sólo alcanzaron á ser testigos
de tan horrorosa catástrofe.
— ¡ Salvémonos!—fué la voz general, sin que nadie
pensara en desmayarse ante la gravedad de las circuns­
tancias. Y todos se abalanzaron á la escalera; pero
Benjamín, apercibiéndose de que don Sindulfo trata­
ba de cortarles el paso subiendo por otra escala espi­
ral que había en el fondo, aconsejó á las tres cadavé­
ricas mujeres que le esperasen allí; y trepando como
un gamo por los salientes de la maquinaria, se intro­
dujo por la claraboya del techo en el laboratorio, paró
en seco el Anacronópete, interpuso previsoramente el
aislador, descendió por el mismo conducto y, abriendo
la puerta, abandonó con sus compañeras de infortunio
aquel lugar de muerte antes de que el loco se aperci­
biera de su fuga.
La suerte les favorecía en medio de tantas contra­
riedades. Habían arribado a Pompeya.

CAPÍTULO XVII
Panem et circenses

ocos meses hacia que, sucediendo á su pro­
genitor, imperaba Tito en Roma. Este prin­
cipe generoso, que llamaba día perdido á
aquel en que no había dispensado algún
bien, empezaba á borrar con su clemencia el sangrien­
to recuerdo de Nerón y la sórdida avaricia de Vespa­
siano su padre.
El triunfador de Jerusalén, las delicias del género hu­
mano como le apellidaban, había proscrito las perse­
cuciones contra los sectarios del Nazareno, iniciadas
por Tiberio y sobrepujadas por el hijo de Agripina.
Ello no obstante, los suplicios no cesaron completa­
mente.
Las provincias, gobernadas por prefectos arbitrarios
revestidos de una autoridad suprema y escudados en
una irresponsabilidad absoluta, se libraban á cruentos
espectáculos, ora para satisfacer los naturales instintos
de la plebe, ya para secundar los ocultos planes délos
pretores. En este caso se hallaba Pompeya.

168

EN RIQ UE

GASPAR

Residencia de estío de las familias patricias de la
Campania y del Lacio, sus habitantes más que de lu­
chas políticas se ocupaban del embellecimiento de su
ciudad con el fin de atraer á la población flotante que
tan buenos rendimientos les daba. Y tal era su fana­
tismo para la conservación del ornato público que,
cuando á la caída de Nerón la Italia entera destruyó
las estatuas de este monstruo, ellos respetaron, sin
deificarlas, todas las que erigidas en sus calles ence­
rraban alguna notoriedad artística. Pero así que el ca­
liginoso aliento del verano empujaba hacia aquella
vertiente del Vesubio á los levantiscos ciudadanos de
Neápolis y Salerno, las pasiones se encendían y Pompeya era durante cuatro meses émula en discordias
civiles de Roma su metrópoli.
Tenían los pompeyanos á la sazón por Proefectus urbis un senador vendido á la causa de Domiciano, aquel
segundo Calígula que dos años después debía precipi­
tar la muerte de su hermano Tito, colocándole en
la fila de los dioses mientras le denigraba entre los
simples mortales. Fingiendo pues someterse á los de­
signios del Emperador, el Prefecto no desperdiciaba
coyuntura de atizar el fuego de la indisciplina para
favorecer, bajo mano, los ambiciosos planes del Caín
su protector.
Habían dado comienzo las vindemiales, ferias de las
vendimias que desde el tres de Setiembre al tres de
Octubre se celebraban en toda la Italia agrícola. La
época de los grandes juegos se aproximaba y con ella
el descontento público ; no sólo porque su terminación
era la señal de desfile para los veraneantes impelidos
mal de su grado á consagrarse á sus tareas ordinarias,
sino porque desde el advenimiento de Tito las circen­
ses no eran ya las lúgubres hecatombes en que el pue­
blo romano bebía su bélica inspiración. Reducidos á
la carrera, al salto, al disco y al pugilato, echaban de
menos los gladiadores, los bestiarios , los secutores y los

EL

ANACRONÓPETE

16 9

dimaqueres con su polvo, sus rugidos, su sangre y sus

cadáveres.
Pero á las ya expuestas uníase aún otra circunstan­
cia. Habiendo consumido un incendio en Roma el Ca­
pitolio, el Panteón, la Biblioteca de Augusto y el Tea­
tro de Pompeyo, amén de otros monumentos menos
importantes, Tito prometió que todo sería reedificado
á sus expensas; y, rehusando los donativos que le
ofrecían así las ciudades del imperio como los prínci­
pes sus aliados, vendió hasta los muebles de su pala­
cio para cumplir su palabra. El entusiasmo público
desbordó en todas partes organizándose festejos con
que solemnizar la largueza del emperador. Pero los
secuaces de Domiciano, valiéndose de ocasión tan pro­
picia para tomar en ridículo la clemencia del soberano,
indujeron á la plebe á reclamar con tal insistencia la
restitución de su espectáculo predilecto, que Tito de­
bió ceder ante el clamor general y, al inaugurar su
célebre anfiteatro, otorgó gladiadores, naumaquias ó
combates navales y hasta cinco mil fieras. Los pompeyanos no fueron los que contribuyeron en menor parte
á esta dolorosa reconquista instigados por el Prcefectus urbis.
Era el anochecer del día 7 de Setiembre del año 79 de
Jesucristo. El Ceryx encargado de la conservación del
orden, recorría presuroso todos los puestos recomen­
dando á sus vigiles que atendieran á la seguridad pú­
blica, sin oponerse no obstante al torrente popular que,
desbordando de las termas, de la Basílica, de los temlos de Júpiter y Hércules, de las tiendas de la avenida
de la Abundancia y de los tugurios de la calle de la
Fortuna, se dirigía en tropel á la morada del Pretor,
llevando teas encendidas y gritando como en la Ro­
ma cesárea :
—¡ Panem et circenses !...
El Prefecto, queriendo cubrir con cierto velo de le­
galidad su propia obra, presentóse en la puerta de pa-

170

ENRIQUE GASPAR

lacio, rodeado de la guardia pretoriana; y, precedido
de seis lictores que vestidos con el sctgum descansaban
los fasces sobre el hombro izquierdo mientras con la
virga en la opuesta mano separaban los grupos:
—Al foro, dijo—y tomó el camino de las asambleas
generales seguido de la multitud que tras él conti­
nuaba vociferando:
—¡Panem et circenses!...
En aquel santuario de la opinión pública, una repre­
sentación verbal le fué elevada en nombre de todos
los ciudadanos de Pompeya.
—¿ Sabéis—argüyó—que las leyes lo prohíben ?
—Entiende tú—repuso el tribuno que llevaba la voz
—que si se enerva el pueblo en la molicie, el día de la
lucha no tendrá fuerzas para abrir las puertas del
templo de Jano.
— ¡No más qu adriga !...
—No más disco.
—¡ Luchadores !...—fué el grito unánime.
Y como la exasperación amenazara convertirse en
motín, el Prefecto les concedió los andabates que, pe­
leando con una venda en los ojos ó cubiertos con una
armadura, ofrecían menos riesgo.
—No: ¡gladiadores!—repitió la turba.
Y el demandado fingiendo doblegarse á las circuns­
tancias, asintió á los clamores de la plebe; pero como
la debilidad de parte de la fuerza es la señal del abuso
en el oprimido:
—¡Bestiarios!—prorrumpieron unos pocos; lo que
no tardó en hacerse el eco general. Y de concesión en
concesión, los pompeyanos consiguieron que les res­
tituyesen no sólo los laquearlos (que por un lazo es­
curridizo tirado con destreza procuraban detener y
cazar á los adversarios) y los retían os que, con una
mano armada de un tridente y llevando en la otra una
red, envolvían con ella á su antagonista para darle
muerte una vez vencido, sino el repugnante espectá-

EL

ANACRONÓPETE

I7 I

culo de las bestias feroces, desgarrando entre los
aplausos de la abyecta m uchedumbre las carnes de los
prisioneros de guerra, ó abriendo con sus dientes el
camino de la gloria a los mártires sublimes de la reli­
gión cristiana.
La impaciencia popular señaló el dia siguiente para
renovar el derram am iento de sangre en el anfiteatro.
La prem ura de la exigencia no permitiendo que se
restablecieran los abolidos gladiadores fiscales, que
eran los que el Fisco suministraba á sus expensas, ni
los postulatitii ó sean los que por más hábiles el pueblo
reclama preferentemente, hubo de recurrirse á los
privados, sostenidos por empresas particulares que los
alquilaban m ediante una retribución pecuniaria.
En cuanto á los bestiarios, á falta de prisioneros de
guerra y de delincuentes condenados á este género de
lucha, se determinó substituirlos con esclavos ó con
gente ya acusada de impiedad, ya sospechosa de se­
guir la doctrina del que llamaban impostor de Galilea.
Restituido el prefecto en triunfo al pretorio y ago­
tados los vítores al emperador, la ebria m uchedum bre
se retiró á sus hogares á esperar el mañana, quedando
sumida Pompeya en esa calma precursora de toda
tempestad horrible.
Este fué el instante en que los fugitivos del Anacronópete, deslizándose como sombras sobre el em pe­
drado de lava de sus rectas y elegantes avenidas, pe­
netraron en la ciudad.
Benjamín, que en medio de las mayores contrarie­
dades perseguía su fin científico con la terquedad de
un sabio aragonés, se había provisto en su fuga de un
zapapico y caminaba consultando al resplandor de la
luna creciente el plano del teatro de sus operaciones.
Sun ché, que además de haber asistido á la trágica des­
aparición de los militares había sido impuesta por el
políglota en la locura del doctor, se apoyaba en el
brazo izquierdo de su intérprete rendida de cansancio

I72

ENRIQUE

GASPAR

y entregada á tristes pensamientos. Pendida del de­
recho arrastrábase mejor que andaba la más digna de
compasión de todos : la desventurada pupila que por
breves horas había tocado el séptimo cielo de sus ilu­
siones para ser precipitada desde más alto en los últi­
mos abismos de la desesperación.
Juana era la única que, no obstante la gravedad de
las circunstancias, no se abandonaba al desaliento.
—Verá usted—decía—cómo á lo mejor nos los vemos
aparecer por ahí vestidos como judíos del monumento.
—No, esta vez los hemos perdido para siempre.
—¡ Quiá ! Si ellos son como el ave Félix que según
cuentan renace después de hecha cecina.
—Por fin llegamos—exclamó Benjamín deteniéndose
en un quadrivium ó desembocadura de cuatro aveni­
das, en cuyo centro se alzaba la estatua de Nerón dan­
do frente á la puerta de Herculano situada en la extre­
midad de la calle Domiciana.
Invitados los viajeros por el impaciente sabio á tomar
algún reposo mientras él se libraba á sus excavaciones,
Clara y Sun-ché se recostaron en los poyos de una
fuente que junto á ellas corría con manso murmullo ;
y, entregadas á sus reflexiones, quedáronse pronto, si
no dormidas, aletargadas.
Juanita, en la esperanza de ver aparecer á Pendencia
en la forma de centurión ó de draconarius, se quedó
haciendo compáñía al arqueólogo amenizándole la ta­
rea con sus aceradas pullas.
La situación del tesoro estaba tan perfectamente se­
ñalada en el plano, que á la media hora escasa de re­
mover la tierra, el zapapico tropezó en un cuerpo resis­
tente.
Benjamín, con el corazón hecho un molino de viento,
desenterró una pequeña caja de metal que, sin ins­
cripción alguna, revelaba servir sólo de estuche á algún
objeto precioso. Abierta por fin en medio de la mayor
ansiedad, sacó á luz el políglota unos manojos de cor-

EL ANACRONÓPETE

I?3

delillos en los que de distancia en distancia había nu­
dos que á primera vista dejaban comprender por sus
combinaciones que no habían sido hechos al azar. El
sabio dió un grito de asombro.

— ¡ Cordeles!—dijo Juanita.—¿ Hombre, y no le dan
á usted ganas de ahorcarse ?
—Silencio, profana.
—Siquiera propínese usted con ellos una docena de
disciplinazos.
—¿ Sabes tú lo que es esto ?

174

EN RIQ U E

GASPAR

—Á que salimos ahora con que es alguna libra de
fideos del tiempo de Salomón....
—Esta es la primera escritura que usaron los hom­
bres sobre la tierra, legada a la humanidad por Fo hi
como le llaman los chinos, ó según nosotros por Noé a
su salida del arca. Este es el prototipo de la palabra
escrita revelado al mundo sabio en la academia de
inscripciones por el paleógrafo Shuckford.
Y con verdadera hidrofobia científica Benjamín se
dispuso á interpretar el enigma. Desgraciadamente
una densa nube le eclipsó el tenue rayo de la luna
próxima ya a desaparecer en el horizonte occidental;
y no bastándole el simple tacto, tuvo que diferir su
empresa.
—Pero diga usted: ¿qué tintero empleaban esos potrotipos? Pues qué: ¿siempre no se ha escrito del
mismo modo ?
—Ni por soñación. Que sepamos, hasta ahora son
tres las maneras conocidas de trazar la escritura : Por
línea perpendicular, por orbicular ó redonda y por ho­
rizontal; y aun así estas tres grandes ramas se subdi­
viden en muchas variantes.
—¡ Jesús ! Y yo que no sé poner una carta más que
con falsilla, porque sino me tuerzo.
Benjamín, á quien la nube se empeñaba en velar el
astro de la noche, tanto para distraer su inacción,
como cediendo á sus naturales aficiones, tomó así la
palabra creyendo asistir á un curso de paleografía:
En la Mitología de Carrasco se lee que los indios de
la isla Trapobana, según Diodoro de Sicilia, escriben
por líneas perpendiculares rectas. Du-Halde consigna
que los chinos y japoneses, aunque usan la escritura
perpendicular, la trazan como los Hebreos de derecha
á izquierda ; así es que sus libros comienzan por donde
los nuestros tienen su fin. Los septentrionales ó Esci­
tas grababan en las rocas sus letras llamadas Runas ó
Rúnicas en renglones curvos, reuniendo las líneas de

EL

ANACRONÓPETE

í 75

alto abajo y vice-versa ; pero oblicuamente ó en espi­
ral. Los tártaros, según Nienhoff, cuyas consonantes
son parecidas á las de los etíopes porque las enlazan
con sus vocales, escriben en línea perpendicular de
derecha á izquierda; y los mogoles, de alto abajo en
opinión de Treveux. Los habitantes de las Islas Filipi­
nas y de Malaca, refiere Giró del Mundo que comien­
zan, por el contrario, de abajo hacia arriba y de iz­
quierda á derecha. Y los mejicanos, según Acosta, lo
verifican por línea perpendicular ocupando de alto
abajo toda la pagina. Conocieron también el uso de
unas cuerdecitas teñidas de diversos colores anudadas
y entrelazadas de varios modos según la importancia
del suceso que debía referirse; esta costumbre era
común en todos los salvajes de la América septentrio­
nal. Las grandes poblaciones del Perú, dice Baltasar
Bonifacio, usaron como las de la América del Norte
las mencionadas cuerdecitas, que conservaban en ar­
chivos (establecidos y custodiados por personas ins­
truidas) para consulta de todos los sucesos dignos de
ser transmitidos á la posteridad.
—Aguarde usted—interrumpió Juanita.—<j Va á ser
muy larga la procesión ?
—Si te molesta la dejaremos.
—Nada de eso ; á mí no me incomoda, porque lo
que no entiendo, por un oído me entra y por otro me
sale; pero si usted me lo permite me sentaré. Con que
quedamos en los salvajes de la Habana serpentrional. •
Benjamín la miró con lástima y prosiguió a s í:
—Entrando en el segundo sistema, aseguran Pausanias y Bimard de la Bastie, que los griegos conocieron
la escritura orbicular como se desprende de la inscrip­
ción del disco de Ifito que se reputa posterior en 300
años al sitio de Troya. También se sirvieron de ella,
según Maífei, los etruscos ó antiguos toscanos. Los
mas remotos pueblos septentrionales enlazaron la es­
critura de alto abajo y vice versa; pero también en lí-

176

E N R IQ U E GASPAR

neas oblicuas ó en espiral. Y no ofreciendo dificultad
el que estos caracteres sean los verdaderos runos, re­
sultan legítimas las inscripciones que cita el mismo
Pausanias por tener sus líneas mucha semejanza y aun
identidad con las de los pueblos del Norte. Las ins­
cripciones griegas del monumento erigido en Olimpia
por los Cipselides, eran difíciles de leerse á causa de
sus multiplicadas curvas.
—Lo mismo me pasaba á mí con las cartas de Pen­
dencia ; y eso que venían en papel rayado ; pero cada
renglón parecía un via-crucis: aquello sí que á estar en
latín, lo cree usted escritura articular.
—Tomemos la horizontal—continuó el sabio.
Y Juanita, creyendo que se trataba de una orden
que empezaba á lisonjearla, se tendió cuan larga era
en el arroyo, como lo pudiera hacer en el más mullido
lecho.
—No me duermo, no señor—adujo al comprender
por el movimiento de extrañeza de Benjamín que se
había equivocado.—Siga usted, que si me aburro ya
le diré á usted que se pare.
Benjamín buscó la luna ; pero como ella no se deja­
se ver, reanudó su discurso con desaliento.
—Pues bien: la escritura por línea horizontal abraza
varias especies. La Bustrcjedona de la primera edad,
de derecha á izquierda; la del segundo hasta el cuarto
período, de izquierda á derecha ; y la aratoria que
reúne las precedentes yendo y volviendo por líneas
paralelas y frente por frente del punto de partida.
—¡ Vaya un tragín ! ¿ Sabe usted que una plana de
esas parecerá un ejercicio de bomberos ?
—Los orientales siempre han escrito de derecha á
izquierda como los etruscos; menos los armenios y los
habitantes del Indostán que lo hacen de izquierda á
derecha. En los griegos se ha observado que, bien sea
por los métodos de Pelasgo, de Cécrope ó de Cadmo;
participa aunque á lo oriental de las dos especies; por-

EL A N A CRO N Ó P ETE

I??

que cuando escriben muchas líneas vuelven de dere­
cha á izquierda. Esta dirección es la que empleaban
los Ilunnos.
—{ Y los otros ?
—Hablo de los Hun nos, hoy zikulos de la parte de
la Transilvania.
—¡ Ah ! sí. Adelante, no los conozco.
—Los etíopes ó abisinios, los siameses y los thibetanos escriben de izquierda a derecha, y estos últimos
casi horizontalmente. Dos inscripciones notables pre­
senta la escritura bustrofedona de la primera edad, ad­
mitida también entre los galos y los francos; la una
se halló en las ruinas del templo de Apolo Amycloeus
en Amycles, villa de la Laconia, hacia el año 1400 an­
tes de J. C .; la segunda, que refiere Muratori, consta
en el mármol de Nointel ó Baudelot descubierto en
1672 en una iglesia de Atenas, cuyo mármol fija la
época por los años 457 antes de la era cristiana. Las
pieles de los cuadrúpedos preparadas de diversas ma­
neras, las de los pescados, los intestinos de las ser­
pientes y de otros animales, las telas de lienzo y de
seda, las hojas, la corteza y la madera de los árboles,
la borra de las plantas y su corazón, el hueso, el mar­
fil, las piedras comunes y preciosas, los metales, el
vidrio, la cera, el ladrillo, la greda y el yeso, han sido
las materias sobre los que en todos tiempos y en el día
se escriben los caracteres.
—Pues en cuestión de caracteres, aunque el mío no
es de los peores, como don Sindulfo no nos devuelva
los militares, aún ha de ver usted á las criadas escri­
bir con las uñas sobre pellejo de sabio.
—Los mármoles, los bronces y las planchas ó lámi­
nas de metal han sido de uso común entre los griegos
y romanos: el de las pieles data del tiempo de Job. En
planchas de madera y tablitas de bambú escribieron
los chinos, dice Du-IIalde, antes de la invención del
papel. Las pirámides, los obeliscos y las columnas de
12

178

ENRIQUE GASPAR

las observaciones astronómicas de los babilonios, que
refiere Flavio Josefo, fueron de mármoles, piedras y
ladrillo. Las leyes de Solón estaban escritas en made­
ra ; las de los romanos en bronce, de las que tres mil
se perdieron en el incendio del Capitolio. Los pueblos
septentrionales grababan sus inscripciones rúnicas en
las piedras y en las rocas. La escritura en plomo sube
al tiempo del Diluvio. La hecha en marfil se ha con­
servado en las tablas llamadas dípticas ó de dos hojas,
porque las polipticas son las que exceden de este nú­
mero. Se escribía también, según Plinio, en las hojas
de palmera y de ciertas malvas ; así es que en algunas
comarcas de las Indias orientales, afirma Alfonso Costadan, escriben en las hojas del Macareguo, hojas que
tienen seis piés de largo por uno de ancho. Lo propio
hacen, dice Michael Boim, los habitantes del fuerte de
Mieu, junto á Bengala y Pegú, sirviéndose del Areca,
especie de palmera, y de la corteza del árbol llamado
Avo. Los del reino de Siam y Cambodge y los insula­
res de Filipinas (aunque estos últimos siguen el méto­
do de los españoles) se valen de las hojas de plátano,
de palmera ó de la parte lisa de las cañas en las que
trazan sus caracteres con un punzón ó cuchillo. Los
siracusanos lo hacían en hojas de olivo y los atenien­
ses en conchas. En Atenas, cuenta Suidas, que se con­
signaban los nombres de los valientes que habían su­
cumbido en defensa de la patria, sobre el velo de
Minerva.
—Pues buena la pondrían la mantilla á la pobre se­
ñora. ¡ Vamos ! sería de casco y lo escribirían por el
revés.
—Los indios, según Filostrato, hacían su escritura
en los Syndones, que así llamaban á sus telas ó ves­
tidos.
—¡ Ay! Pues yo siempre los he visto en cueros; es
decir, en las estampas.
—Los judíos tenían una particular habilidad en unir

E L A NA C R O N Ó P E T E

179

los diferentes trozos del pergam ino, haciéndolo en tér­
m inos de no poderse distinguir señal alguna. Con este
motivo, añade Fia vio Josefo que Tolomeo Filadelfo
se llenó de admiración cuando los setenta ancianos,
enviados por el gran sacerdote, desdoblaron en su pre­
sencia los rollos de la ley toda escrita con caracteres
de oro. No obstante, el grabado en seco, sin auxilio de
la tinta ni de otro color, parece haber sido el prim er
procedim iento : los m ontañeses de Kuei-cheu en Chi­
na, así lo ejecutan sobre unas tablitas de m adera m uy
tierna. Los parthos hacían en sus vestidos las letras
con aguja, no usando del papyrus que podrían haber
hallado en abundancia en Babilonia.
—Ya que me vuelve usted loca con tanto nombre
extranjero, explíqueme usted siquiera alguno de esos
term inachos que como guijarros de punta me están
levantando chichones en la cabeza.
—El papyrus es una especie de caña parecida a la
typha propia de los parajes bajos y húm edos. Sus raí­
ces leñosas tienen por lo regular diez piés de longitud:
su tallo triangular no excede de dos codos en tanto
que no se eleva sobre la superficie de las a g u a s ; pero
en su totalidad alcanza hasta cuatro ó cinco. Después
de varios procedimientos llegaba á ser papel, no exce­
diendo nunca de la marca que se le tenía asignada, que
era dos piés de longitud. Los instrum entos empleados
para escribir han sido con corta diferencia los mismos
que usamos en el día, á saber: la regla, el compás, el
plomo, las tijeras, el cortaplum as, la piedra para afi­
lar, la esponja, el estilo ó punzón, la plum a ó caña, el
tintero ó escribanía, el atril y las ampolletas ó botellitas de vidrio, conteniendo una el líquido para volver
más suelta la tinta espesada, y otra el bermellón ó rojo
para escribir los principios de los capítulos. El estilo,
stylus graphium, y el buril, ccelum celtes, sirvieron para
la escritura en seco ó sin tinta ; de consiguiente se
empleaban en los mármoles, metales y en las tablas

180

EN RIQ UE

GASPAR

preparadas con cera y yeso, y eran de varios tamaños
y formas. La caña, arundo; el junco, juncus y el calamus usáronse en la escritura que se hacía con tinta;
pero antes de conocerse la aplicación de las plumas.
El Egipto, Gnido y el lago Amáis en Asia, según Plinio, daban profusión de estos juncos ó calamos que
los griegos se hacían llevar de Persia y que, cogidos
en el mes de Marzo en Aurac, dejaban endurecer por
espacio de seis meses entre el fiemo ó estiércol, toman­
do de este modo un hermoso barniz jaspeado de negro
y amarillo oscuro.
En aquel instante sonó un ronquido; pero Benjamín
embriagado en su peroración, no se detuvo hasta ter­
minar su relato.
—El uso de las plumas de ánsares, cisnes, pavos y
grullas—continuó disparado—no data al parecer sino
del siglo quinto. Los siameses se valían del lápiz. Los
chinos emplean actualmente, como en la antigüedad,
el pincel de pelo de conejo por mejor y más suave. La
tinta de los tiempos remotos no tenía de común con la
nuestra sino el color y la goma que entraba en su com­
posición : Se llamaba atramentum scriptorium ó librarium, para distinguirla del atramentum sutorium ó calchantum. El negro lo hacían con el humo de la resina,
de pez, de tártaro, marfil quemado y carbones tritura­
dos ; cuyos ingredientes en fusión se sometían á la
acción solar. Los pueblos orientales empleaban la gibia
y el alumbre que los africanos substituían á veces con la
adormidera ó el jugo del calamar. Refiere Allatius ha­
ber visto la tinta de pelo de cabra quemado que, aun­
que un poco roja, tenía las propiedades de no perder
su color, ser lustrosa y adherirse muy bien al pergami­
no; de modo que era muy difícil borrarla. La tinta chi­
na, conocida 1 120 años antes de J. C., se extrae de varias
materias y especialmente de los pinos ó del aceite que­
mado. Entre los indios la decocción de las ramas de un
árbol llamado aradranto les suministra este licor tan...

E L A N A CRO N Ó P ETE

1 8 1

Aquí llegaba Benjamín en su afluente desbordamien­
to, cuando un
—«Matame al sabio», de Juanita que soñaba, le hizo
comprender que su erudición era inútil y dió por ter­
minada la conferencia.
En esto un hombre, que con una linterna encendida
en la mano doblaba la esquina, desembocó en el qua­
drivium.

—¡ El loco !—gritó Benjamín reconociendo á don Sindulfo, que en efecto venía en busca de los fugitivos; á
cuya voz despertáronse los tres durmientes como si
hubiesen sentido un sacudimiento galvánico.
—¡Favor!—exclamaron las infelices, abrazándose en
defensa mutua.
Pero Benjamín, para quien aquella luz era como el
relámpago para el caminante perdido en las tinieblas,
antes de que su amigo les apercibiese, corrió á su en­
cuentro vociferando como el sabio de Siracusa cuando
al dar con la teoría del peso específico dicen que salió
desnudo del baño repitiendo : ¡ Eureka !
. —¿ De qué se trata ? Ha vuelto á la vida mi rival ?—
preguntó el demente persiguiendo su manía.
—No. He hallado el secreto de la inmortalidad. Lea­
mos, alúmbreme usted.
Y consultando los cordelillos, su pecho se dilató al

18 2

EN R IQ U E GASPAR

ver que la disposición de los nudos correspondía á la
escritura armenia en la que creía poder alardear sus
conocimientos.
—Y bien : ¿ Qué dice ?
Benjamín con no poca dificultad leyó lo que sigue:
— « Si quieres ser inmortal, anda á la tierra de
Noé y.,.»
—¡ Maldición!
—i Qué es ello ?
—Que no puedo interpretar el sentido de los demás
caracteres. No importa—continuó en su delirio.—Vo­
laremos á la región del Patriarca y daremos solución
á este enigma indescifrable.
—Si usted en cuestión de lenguas no conoce más
que la estofada—se permitió argüir la intemperante
Juanita; á cuya voz el loco fijando mientes en el gru­
po de las tres gracias, crispó los puños, y dirigiéndose
á Sun-ché :
—Tú también me estorbas—dijo—pero pronto no
serás más que un cadáver.
É iba á abalanzarse sobre ella, cuando por dicha
suya el sabio tropezó en uno de los poyos y cayó al
suelo de bruces. Benjamín acudió en su auxilio mien­
tras la trinidad femenina se replegaba con espanto ha­
cia la fuente.
—Esto no se hace entre cristianos—gritó la de Pinto
con toda la fuerza que le prestaba la indignación.
—¡ Cristianos han dicho !—murmuró por lo bajo á
su gente el ceryx, que atraído por la linterna de don
Sindulfo, acechaba á los viajeros y que, por la relación
de la palabra española con la latina dedujo una verdad
funesta para los anacronóbatas.
—I Qué ?—se preguntaron todos al verse rodeadosde los vigiles.
—Apoderaos de ellos.
El terror fué general.
—Yo soy inocente—aducía Clara.

EL ANACRONÓPETE

183

—Respetad á la emperatriz—ordenaba Sun-ché en
chino.
—¡ Prenda usted a ese, señor guindilla !—balbucea­
ba la maritornes señalando al tutor.

Pero como los gritos fuesen en au­
mento, les aplicaron unas mordazas y
maniatados los condujeron á la presen­
cia del Prefecto que en desenfrenada
orgía saboreaba en el pretorio el motín tan favorable á
la causa de Domiciano,

184

E N R I Q U E G A SP A R

—¡ Piedad !—articularon todos, libertados de sus li­
gaduras y cayendo á los pies del ebrio senador.
—No le excitéis con vuestros ayes—observó el polí­
glota.—Reparad que no entiende más que el latín.
—Pues bien : In nomine Domini nostri Jesu-Cristi—
dijo Juanita muerta de miedo y recordando la saluta­
ción con que el cura de su lugar daba los buenos días
á sus feligreses.
—¿ Quién pronuncia aquí el nombre del impostor de
Galilea?—rugió el Prefecto pudiendo apenas mante­
nerse en equilibrio.
—Estos cristianos que acaban de profanar la estatua
de Nerón.
—¿ Cuál es el jefe ?
—Éste, el más viejo—contestó Juanita impuesta por
la traducción de Benjamín.
—Subidlo al cráter y arrojadlo en las entrañas del
Vesubio.
Una explosión de lagrimas y lamentos sucedió á tan
bárbara orden ; pero antes de que las excursionistas
pudieran dirigir una palabra de consuelo á don Sindulfo, éste había desaparecido entre un grupo de vigi­
les encargados de la ejecución del decreto.
—Los demás—prosiguió el togado beodo—aprésten­
se á servir de bestiarios en los circenses de mañana.
—¡ Horror ! Nos destinan al circo—tradujo el arqueó­
logo, cubriéndose el rostro con las manos, mientras
Clara perdía el sentido y Sun-ché interrogaba con ojos
extraviados sin obtener contestación.
—¿Al circo? Pues no se apuren ustedes — objetó
Juana—que si es en el de Price yo tengo allí un primo
aposentador.
—No : se nos condena á ser devorados por las bes­
tias feroces.
Amordazados de nuevo, nadie pudo proferir una
queja. Los vigiles sacaron del pretorio á los reos, y el
Prce/ectus urbis, tambaleándose, volvió á la sala del

EL ANACRONÓPETE

185

festín gritando á sus comensales con feroz alegría :
—El pueblo tendrá bestiarios: la paz de Pompeya
queda por ahora asegurada.
Y en efecto; unas horas después, al resplandor del
sol naciente, el pobre tutor con los pies ensangrenta­
dos por la penosa ascensión del Vesubio rodaba á los
profundos abismos del volcán, al mismo tiempo que
sus compañeros de viaje penetraban en las mazmorras
del anfiteatro para servir de pasto á las fieras y de di­
versión a la más soez de las plebes.

CAPITULO XVIII
«Sic

transit

gloria

mundi

no me detengo á describir el anfiteatro p o r­
que, exceptuando los ciegos de nacim ien­
to, todos en España han visto una plaza de
toros, con la que aquel guarda una com­
pleta analogía. Baste saber que los veinte mil especta­
dores, de que era capaz el de Pompeya, invadieron
desde m uy tem prano aquel día los asientos que los
locarios les designaban en los cunei ó secciones previa­
m ente dispuestas por los designatores ó m aestros de
cerem onias, según el rango y circunstancias de cada
uno.

EL

AN ACRO N Ó PETE

18 7

El podium, que era como si dijéramos la meseta del
toril con gradines y extendiéndose por todo el círculo
de la plaza, estaba destinado a los funcionarios de alta
jerarquía. En él campeaba el cubiculum ó palco del
Prefecto, á imitación del suggestum ó trono del empe­
rador en Roma, cubierto con un dosel á manera de
pabellón; distintivo que, aunque menos suntuoso, os­
tentaban asimismo las localidades accidentalmente
ocupadas por una vestal, un senador ó algún enviado
de las naciones extranjeras.
Á continuación del podium venían las filas degradas
para los caballeros; y tras de ellas la popularía, el ten­
dido, el sol por decirlo a s í; aunque la comparación no
es fiel, pues maldito si los rayos del rubicundo Febo
molestaban al público. Y no es porque nubes lo em­
pañasen, que esplendente brillaba en mitad del firma­
mento, y con alientos tales que, no por ser el octavo
día del mes de setiembre, pudieron prescindir de re­
frescar el ambiente, como lo verificaban en canícula,
merced á un licor odorífero compuesto de agua, vino
y azafrán, conducido por unos tubos hasta el espacio
cubierto, consagrado á las mujeres en la parte supe­
rior del edificio, para desde allí hacerlo caer en lluvia
cernida sobre el concurso. Tampoco obedecía el eclip­
se al capricho de ninguna empresa niveladora de cla­
ses en beneficio de sus intereses, como la de Casiano,
que en Madrid y en el año de gracia de 1874, se per­
mitió fijar este anuncio célebre la víspera de una co­
rrida extraordinaria : De orden de la autoridad mañana
no hay sol. Consistía sencillamente en que por encima
de las cabezas de los circunstantes corrían unos toldos
de lona que en los grandes circenses romanos solían
ser de seda y púrpura bordados de oro.
Bajo el podio, en derredor de la arena, estaban las
carece, bóvedas ó' casetas poco elevadas, con sus posticoe ó compuertas cerradas por los ferréis clathris—g ri­
fos de hierro—en las que se metía á los gladiadores y

188

EN RIQ UE

G A SP A R

las fieras destinados al combate. En frente se hallaba
situada la puerta libitinensis, por donde se sacaba á
los bestiarios muertos para ser conducidos al spoliariurn, en el que se les despojaba completamente de lo
que sobre sí tenían.
Los ecos de los clarines anunciaron la aproximación
de los gladiadores; y en efecto, no tardaron en pre­
sentarse en la arena todos juntos para saludar al au­
ditorio ; siendo recibidos por éste con un batir de pal­
mas que no parecía sino que Frascuelo y Lagartijo
habían cambiado de traje y que el público de los ba­
rrios altos y bajos de Madrid estaba veraneando en
Pompeya. Porque hay que tener presente que aplau­
dir y silbar ha sido en todas épocas el modo más ad­
mitido por el pueblo de expresar su satisfacción ó su
desagrado ; y cuando esta última manifestación tenía
lugar en un teatro, el actor que de ella era objeto,
estaba en el deber de quitarse la máscara como para
acusar recibo de la silba.
Despejado el redondel después del paseo, un nuevo
punto de clarín echó al anillo á los essedarios; lucha­
dores que combatían sobre carros, a ejemplo de los
galos y bretones. Vinieron en seguida los hoplomacos,
armados de piés a cabeza y antagonistas de los provo­
cadores. Ni unos ni otros consiguieron hacerse sangre,
quedando todo reducido, con gran descontentamiento
de la muchedumbre, a unos cuantos chichones sin
consecuencia. Tras éstos exhibiéronse los mirmillones
6 gallos, que usando de lanza y escudo á la manera de
los originarios de la Galia, reñían con los retíanos; los
cuales al perseguirlos con la red y el tridente les gri­
taban:—Galle, non te peto; piscem peto. Es decir:
—Gallo, no á ti; á tu pescado quiero. Con lo que alu­
dían á un pez de metal que en la cimera de sus cascos
ostentaban los opuestos combatientes. Ó el gallo ha­
bía perdido los espolones ó el pescador lo era mas de
caña que de red, ello es lo positivo que en una de las

EL

ANACRONÓPETE

189

intentonas tuvieron la mala suerte de tropezar, cayen­
do cada cual por su lado, y sobre los dos una rechifla
que ni cuando el concejal presidente deja pasar un
toro de varas.
Por fin sonó la hora de los meridianos, gladiadores
que peleaban á la de medio día, y cuyo espectáculo
era, para hablar técnicamente, el bicho de la tarde, el
quinto escogido á pulso : una circunstancia excepcio­
nal venia á hacerlos mas interesantes ; ambos lucha­
dores eran rudiarii; ó lo que es igual, que habiendo
servido tres años consecutivos, tenían ganado el rudis,
grueso bastón con nudos, símbolo de retiro ó licéncia­
miento en los circenses, donde ya no debían volver á
presentarse sino, como en la ocasión aquella, por un
acto de su voluntad omnímoda.
Aplaudidos y otorgada la venia por el gobernador ó
prefecto presidente, empuñaron las arma Insoria; es­
padas de madera recibidas en premio en varios ejer­
cicios y con ellas empezaron á ejercitarse cruzándolas
en continuos choques: especie de proemio, como
cuando los picadores prueban las puyas sobre la valla,
al que daban el nombre de prceeludere, ventilare. Pero
era necesario andar muy listos en esta operación;
porque, en cuanto el clarín sonaba, deponían los ju­
guetes ; y, echando mano de los verdaderos trastos de
matar, propinábanse cada linternazo que era una ben­
dición de Dios.
Así lo hicieron; y como los dos eran mataores de
fama, costó gran trabajo al más afortunado— pues no
sé si era el más fuerte— derribar de un volapié á su
antagonista que cayó á plomo revolcándose en la
arena.
Á la vista de la sangre, el pueblo lanzó un rujido de
entusiasmo. El vencedor consultó con la mirada al
auditorio que, teniendo derecho de vida ó muerte so­
bre el vencido, podía otorgarle gracia presentando la
palma de la mano con el pulgar encogido ; pero la sed

19O

ENRIQUE

GASPAR

de matanza era tal, que los jueces, tendiendo por el
contrario el pólice y cerrando el puño, prorrumpieron
unánimemente en voces d e: recipere ferrum ; lo que
equivalía á exigir que se le diera el cachete. Sólo fal­
taba la ratificación del Prefecto al clamor popular;
pero el presidente, sea por lástima ó por capricho au­
toritario de oposición, agitó un lienzo blanco en señal
de conceder el missio ó perdón por aquella vez en
nombre del monarca augusto. Clemencia estéril en­
tonces porque el herido acababa de ascender á cadá­
ver. Retirado su cuerpo de la arena con unos garfios
de que tiraban cuatro esclavos, dos ediles salieron á
ofrecer al victorioso atleta la palma de plata otorgada
á su valor. Los espectadores no creyendo justa la re­
compensa, pusiéronse á gritar:
—/Lemnisci! ¡ Lemnisci!
Y el Prefecto, á fin de no herir susceptibilidades,
accedió á la demanda disponiendo entregar al gladia­
dor, en sustitución de la palma, las guirnaldas de flo­
res sujetas por cintas de lana, símbolo de los lemniscati; con lo que el agraciado quedaba manumitido de
la esclavitud, entrando desde aquel instante en la ca­
tegoría de los libertos.
Un murmullo de satisfacción que con el arrellanarse
en los asientos es en toda asamblea precursor del es­
pectáculo preferente, indicó el turno de los bestiarios.
Clara y Sun-ché, agobiadas bajo el peso de tan es­
pantosa situación, eran casi conducidas en vilo por
unos soldados, pues su abatimiento las impedía cami­
nar. Benjamín, sacando fuerzas de flaqueza, procura­
ba mostrarse hombre y filósofo, avanzando serena­
mente. Juanita era la que con una resolución impropia
de las circunstancias, entró en la arena emulando en
desenvoltura á los chicos que se echan al redondel á
correr novillos embolados. Habiendo escapado ya á
tan varios como inminentes peligros, creíase imper­
meable., valiéndonos de su propia expresión para tra-

EL A N A C R O N Ó P E T E

IQI

ducir la idea de invulnerabilidad. El éxito que obtuvo
su porte no se puede comparar sino á las ovaciones
que alcanzan en Madrid las malas comedias.
Vestían los reos calzón y túnica corta y llevaban los
brazos y piernas liados con unas tiras de cuero como
los primitivos guerreros de la Lombardía. Blandiendo
con la mano derecha una espada corta, pendía de su
izquierda un paño rojo destinado á excitar á las fieras,
de lo que acaso ha tomado origen nuestra suerte de
matar en el arte de Pepe-Ifilio.
Llevados ante el cubiculwn del Prefecto, les obliga­
ron á entonar por tres veces el morituri te salutant;
pero Juanita, amiga siempre de chacota, queriendo
patentizar sus conocimientos en el latín de su uso,
tomó los trastos con la extremidad del siniestro remo
anterior y, simulando descubrirse con el brazo libre:
—Dominus vobiscum —le dijo al senador. — Brindo
para que usiam reventatur como un perri de una indigestionem de morcillam . Salutem y sarnam.

Concluida la peroración y diseminados los luchado­
res por el anillo, los guardias se retiraron y el Prefecto
hizo la señal de que soltasen las fieras. Juanita, cua­
drándose delante de las caveoe, se dispuso á recibir y
las puertas giraron sobre sus goznes. Pero en vez de
los leones del desierto de Lybia, Luís y Pendencia con
sus quince compañeros de armas desembocaron en el
circo apercibiendo los revólvers ya habilitados por el
sistema de la desinalterabilidad, de que el malogrado
don Sindulfo les enseñó á hacer uso en su primer
rapto de locura.
Verlos y arrojarse cada una sobre su cada cual, in­
clusa Sun-ché aunque no tenía cuyo, y Benjamín que
simpatizaba con todos, obra fué de un mismo instante.
—I No se lo decía yo á usted ?—gritaba la de Pinto.
—Si son como los espárragos, perdonando el modo de
señalar; que les corta usté la cabeza y en seguida les
vuelve á salir otra.

192

E N R I Q U E G A SP A R

Pero la ocasión no era la más propicia para entre­
tenerse con similes. Los espectadores, defraudados en
sus esperanzas y comprendiendo por lo que veían, que
estaban siendo víctimas de un engaño, prorrumpieron
en voces de:
—¡ Traición!
Y abandonándolas gradas, echaron fuera sus aceros
y se aprestaron á hacer irrupción en la arena, para to­
marse venganza por su mano.
Luís, que todo lo tenía previsto, formó el cuadro con
su fuerza, y, colocando en el centro á las mujeres,
antes de que la turba transpusiese el podio, le envió
una descarga de la que ni un solo tiro quedó por apro­
vechar. Sucedió una pausa producida por el asombro;
mas como el valor de los pompeyanos era incontesta­
ble y no habían tenido aún tiempo de encontrar la ex­
plicación del fenómeno, trataron de insistir con más
vehemencia, siendo detenidos en su empuje por una
segunda hecatombe. Los pusilánimes se detuvieron;
los más esforzados sólo tuvieron un grito :
—¡ Adelante!
Y ya empezaban á descolgarse en la arena cuando
Luís, mandando hacer fuego graneado sobre ellos,
dispuso una especie de caza, cuyos efectos los dejó
consternados. Aquellos pequeños útiles de guerra que
á tal distancia enviaban la muerte arrojando proyecti­
les sin interrupción, tomaron á sus ojos un carácter
sobrenatural que no titubearon en atribuir al impla­
cable enojo de sus dioses : el pánico sobrevino y la
dispersión se hizo general.
¡ Poder del progreso que permitía á un puñado de
hombres ver correr en su presencia á veinte mil legio­
narios conquistadores del mundo entero !
El anfiteatro se quedó vacío. Entonces comenzaron
las expansiones, el deplorar la suerte adversa del tutor
para cuyo rescate toda tentativa se juzgó inútil, pues
debía haberse ya cumplido la sentencia; y por último

Antes que la turba transpusiese el podio, le envió una descarga.

194

ENRIQU E

GASPAR

las explicaciones y muy particularmente la que con la
reaparición de los hijos de Marte se relacionaba. Esta
no podía ser más sencilla.
Mis lectores recordarán sin duda unos martillazos
que don Sindulfo y Benjamín oyeron mientras reco­
rrían el Anacronópete la noche que pernoctaron en
China. Pues bien, dábanlos los milites que, buscando
asilo más seguro para hacer la travesía aérea que los
parapetos de las provisiones, se confeccionaron, con
unas lonas embreadas que había en la cala, un enorme
zurrón ó hamaca tendida en el espacio hueco del po­
dio, con la que comunicaban merced á una abertura,
provista para mayor disimulo de su correspondiente
compuerta, practicada junto á la guillotina de la des­
carga, y donde el gas respirable entraba por un tubo
de goma á través de un simple agujero.
—De modo—concluyó Pendencia—que cuando don
Pichichi, que requiezcat, creyó arrojarnos en el dezpa
cío, no hizo más que abrirnos la puerta prencipal de
nuestra propia caza.
Dadas gracias á Dios y celebrada la ocurrencia:—
Ahora escapemos; la tierra de Noé nos aguarda—dijo
Benjamín sacándose del pecho los cordeles que había
conservado en medio de tanta tribulación.
Embriagados todos en su felicidad le siguieron a u ­
tom áticam ente; pero al llegar á la puerta la encontra­
ron cerrada ; y, por los alaridos quedaba el populacho
al exterior, dedujeron que forzarla sería imprudencia.
Y efectivamente, todo el pueblo acarreando muebles,
canastas, maderos y cuantos utensilios pudieran ser­
virles para formar barricadas, levantaban una colosal
alrededor del edificio en el que los anacronóbatas iban
á ser sitiados por hambre.
La situación era grave. Restituidos al redondel, ya
se habían puesto á discutir en consejo de familia,
cuando un estampido horroroso retumbó en todos los
ámbitos de la ciudad y una luz cárdena iluminó el es-

EL AN A CR O N ÓP ET E

iq5

pació. El susto fué de padre y muy señor mío, porque,
sin pensaren el anacronismo que cometían, los expe­
dicionarios atribuyeron la detonación á la pólvora de
alguna mina con que los indígenas querían volar el
edificio.
—Piensen ustedes en la fecha relativa de hoy—decía
Benjamín.—¿ En qué día creen ustedes que vivimos ?
—Lo que es para nosotros siempre es martes—re­
puso Juanita.
Una segunda conmoción aumentó la alarma. El ar­
queólogo se puso pálido como la muerte y, aspirando
el olorcillo de azufre de que estaba impregnada la at­
mósfera :
—¡Maldición!—gritó mesándose los cabellos.
—¿Qué pasa ?—interrogaron los excursionistas.
—¡S í... eso es... ¡ Día 8 de setiembre del año setenta
y nueve de la era cristiana!... ¡ La erupción del Vesu­
bio !... ¡Nos hallamos en el último día de Pompeyaü!...
Aún no había concluido la frase, cuando un calam­
bre geológico, una sacudida del suelo volcánico, sa­
cando al circo de su asiento, derribó gran parte de sus
muros haciendo rodar por la arena á los interlocutores
sin que, felizmente, ninguno de ellos fuera alcanzado
por los escombros. La lava caía á torrentes, la ceniza
embargaba la respiración.
—Salvémonos—gritó Benjamín apenas pudo ponerse
en pié ; y todos se precipitaron por la abertura, pasan­
do por encima de cadáveres abrasados por la erupción
y desatendiendo los ayes de los moribundos y la des­
esperación de los vivos.
La inalterabilidad á que estaban sujetos haciéndolos
insensibles á la influencia de cualquiera acción física,
les permitió llegar al Anacronópete sin obstáculo al­
guno; pues las sustancias en fusión resbalaban sobre
sus carnes sin adherirse.
Instalados en él, Benjamín elevó el vehículo á la
zona de locomoción. Un ruido como el de una piedra

ig 6

EN RIQ UE

G A SP A R

chocando en un tubo de desalojamiento, produjo un
sonido campanudo; pero ya el coloso había em pren­
dido su vertiginosa marcha y, devorando tiempo, se
lanzaba a enriquecer la ciencia con el descubrimiento
del pasado, mientras á sus pies dejaba una dolorosa
enseñanza para el porvenir.

CAPÍTULO XIX
Los náu fragos del aire

trayecto que tenían que recorrer, pues de­
terminaron no detenerse en ningún punto,
era el mas largo que se había llevado á efec­
to en toda la expedición. Se encontraban en
el ano 79 de la era cristiana ; y el Diluvio Universal
corresponde como nadie ignora al 3308 antes de J. C.
Aunque la zona en que viajaba el Anacronópete es­
tuviese muy por encima de la región en que se forman
las tempestades y no tuvieran nada que temer por
consiguiente del cataclismo provocado por la maldad
de los hombres, creyeron no obstante deber dar oídos
á la prudencia y se convino en hacer alto en un perío­
do posterior, históricamente hablando; lo que cami­
nando hacia atrás equivale á tocar tierra antes de lle­
gar á aquella gran catástrofe.
Su objeto era avistarse con Noé; y como este repo­
blador del mundo vivió todavía 350 años después de
salir del arca, no solamente podían evitar las contin­
gencias del Diluvio, sino hacerse más pronto dueños
l

¡9 8

EN R IQ U E

GASPAR

del secreto de la inmortalidad desembarcando en
el 2958 (a. d. J. C.) en que acaeció su muerte; ósea
á 3037 años de la destrucción de Pompeya añadiendo
los 79 que les faltaba trasponer del siglo primero.
Con todo; como no era cosa de irle á entretener de
semejante asunto en las postrimerías de su existencia,
y teniendo tiempo á mano de que disponer, se votaron
un par de lustros más para imprevistos, y se fijó el
descenso en el año 3050 del día de la fecha; trece antes
del fin del patriarca, á los 937 de su edad y con 258 de
antelación al desquiciamiento del globo.
Contando pues en números redondos una marcha
de cinco siglos diarios, necesitaban siete días (inclu­
yendo las paradas de las comidas en plena atmósfera)
para tragarse las treinta centurias y media en cues­
tión. Pero el humor no faltaba, si bien turbado á in­
tervalos por el recuerdo de don Sindulfo, y había pro­
visiones para dos meses; de modo que, si nada es más
largo que una semana de hambre, ellos parafraseando
el axioma, presentían que nada iba á ser más corto
que otra de felicidad.
La expedición tuvo principio en las mejores condi­
ciones. Los ocios se mataban ora explicando á Sun­
ché las maravillas del invento y narrándole las peripe­
cias del viaje (si bien haciendo caso omiso de su
parentesco con el inventor para evitarle las amarguras
de la viudez), ora fundando planes sobre el porvenir,
todos por supuesto de color de rosa y perfumados con
el incienso de la vicaría.
Poco más de la mitad del camino tenían ya andado,
cuando en la hora meridiana del cuarto día y en sazón
en que el vehículo cortaba la más limpia y transpa­
rente de las atmósferas, el aparato dejó repentina­
mente de funcionar.
—■; Qué ocurre ?—se preguntaron todos con extrañeza.
—Algún cambio de tiro—repuso Juanita.

EL

A NAG KG'NOPETE

199

Pero la actitud a larm an te de Benjamín no perm itió
a nadie saborear el chiste.
—Tal vez una solución de co n tin u id ad ...—dijo éste
m ed itabundo.
—Entonces vamos á despeñarnos sobre la tierra si la
corriente no se establece—adujo Luís.
—Sin e m b arg o —objetó el políglota—no nos m ove­
mos.
—¡ Cómo ! ¿ Ezto ni zube ni baja ?
—No.
—Puez ací ce quedó Quevedo.
Y precedidos de Benjamín los excursionistas se c o n ­
sagraron al reconocim iento del m ecanism o sin hallar
desperfecto alguno que les p ro c u rara la clave del enig­
ma. La tard e se pasó en vanas tentativas, y con las
som bras de la noche la alarm a, exagerando el peligro,
alcanzó proporciones considerables. Pocos fueron los
que lograron d o r m i t a r ; d o rm ir ninguno. Con la luz
del alba repitiéronse las observaciones; y como casi
todos alcanzaban los m ism os grados de inteligencia en
mecánica, las opiniones podían contarse por los indi­
viduos.
Al tercero día, los m ilitares como recurso su p re m o
y sin d ar cuenta a Benjamín de lo que consideraban
m uy lum inosa idea, se decidieron á deslastrar el Anacronópete ; y em pezaron á arro jar por las com puertas
las cajas y costales que más á m ano se les vinieron, sin
re p a ra r en clase ni condición. T érm in o estaban po­
niendo á su tarea, cuando Benjamín que, atraído por
los golpes, llegó á la cala :
— ¡ Desgraciados ! Qué hacéis? Deteneos—gritó fue­
ra de sí.
—¡Le peza m u ch o la tripa á la cabalgadura!
—Pero nos estáis dejando sin provisiones de boca;
y nuestro caso es horrible : ¡ liem os naufragado en el
aire!...
Aquel grito fué la señal del pánico. Toda esperanza

200

ENRIQUE GASPAR

estaba en efecto perdida ; y por un azar hijo de la im­
premeditación se veían sin vitualla, pues las existentes
apenas alcanzaban para cuarenta y ocho horas.
Semejante peligro era indudablemente el más grave
á que habían estado expuestos.
—¿Quién podrá venir en nuestro socorro?—pregun­
taba la pupila con las de sus ojos arrasados en lagri­
mas.
—Deje usted; que puede que pase algún titiritero
de esos que suben en globo y nos echará una cuerda
—aducía Juana optimista hasta competir con el céle­
bre Panglos.
—¿Aereonautas aquí ?—exclamaba con desaliento el
arqueólogo consultando la situación.—¿Ignoras que
estamos en el año 1645 antes de la era cristiana y en­
cima mismo del desierto de Sin ?
—Ci á mí me dan un cable yo me comprometo á
dezcolgarme para ezplorar el horizonte—propuso Pen­
dencia.
Pero ni había á bordo soga tan larga, ni, aun siendo
posible el descenso, debía exponerse el valiente anda­
luz á quedar en tierra si al vehículo se le ocurría em­
prender la marcha sin más razón que la que había
tenido para pararse. Encomendóse pues la salvación
de los náufragos á aquella débil pero única probabili­
dad, y como medida de precaución se acortaron las
raciones.
Seis días después de la detención ya no tenían que
llevarse á la boca. Al séptimo hubo que triturar las
sustancias que contenían algún jugo y elaborar una
especie de harina con sus principios leñosos. Al octavo
la fiebre había ganado las filas. Al noveno no quedaba
ningún recurso; y el aire que por todas las ventanas
abiertas penetraba, era insuficiente para la respiración
de aquellos infelices asfixiados por la sed y demacra­
dos por el hambre.
Al amanecer del décimo, los excursionistas yacían

EL ANACRONÓPETE

201

tendidos por el laboratorio, cuyo aspecto tenia muchos
puntos de contacto con un campo de batalla sembrado
de cadáveres.
—Decidámonos. ¿ Qué se hace ?—preguntó Benjamín
dando un rugido con el aliento que le prestaba la des­
esperación.
—Devorarnos á la suerte—gritó un soldado. Á cuya
proposición asintieron en coro todos los hijos de Marte
cerrando los oídos á las súplicas que las mujeres ano­
nadadas les dirigían.
—Un momento de reflexión—adujo Luís pensando
en Clara.—Acaso se le ocurra á alguien otro plan me­
nos cruento.
—No ; á la suerte—vociferaron los milites tomando
una actitud amenazadora.
—Dicen bien —objetó Benjamín.—No hay salvación
para nosotros; hace diez días que permanece inmóvil
el aparato.
—Zobre todo el dijeztivo.
—El hambre nos acosa y el instinto de conservación
aconseja una determinación radical.
—¡ Qué lástima que los judíos hayan matado á don
Sindulfo!—balbuceó la decidora Juanita.—¿Quién le
tuviera aquí ?
—¿ Para qué ? ¡ Una boca más !
—No, señor; para hacerle pagar el pato.
Al oir el pato verificóse un movimiento de reacción
en los viajeros que les hizo incorporarse; pero conven­
cidos de que eran víctimas de una ilusión, todos aho­
garon un suspiro y volvieron á dejarse caer.
—¡ No más treguas !—insistieron los peticionarios.
—¡Piedad!—murmuró Clara, estrechando las ma­
nos de Luís.
—Por última vez— intercedió el enamorado capitán
dirigiéndose á los suyos—yo os exhorto á que hagáis
gracia á las mujeres.
—Ci. Puez para hacerlaz reir eztamoz ahora.

202

ENR1QUE G A S P A R

—¡No!
—Pues bien; yo os doy mi vida por la suya.
—Ezo ez diztinto ; ze aprueba, porque todoz hemoz
de ir cayendo por turno. Ahora te convenceráz de mi
amor, Juanita.
— { Por qué ?
—Porque mil vecez te he dicho : «Te quiero tanto,
que te comería.» Y ci te toca número bajo yo te pro­
baré mi cariño.
Perdida ante el hambre toda noción de humanidad
y de respeto, los soldados puestos de pié exigían con
tal ahínco el cumplimiento de su demanda, que hu­
biera sido temeridad exponerse á que, tomando por
sí mismo la justicia, se convirtiese en ley del capri­
cho lo que podía concretarse á contingencia de la for­
tuna.
—Resignación—dijo Benjamín.—Manos á la obra.
Apuntemos los nombres; venga papel.
— ¿ Papel ? Nos hemos engullido hasta los billetes de
banco.
—Pues echemos pajas.
—No; que nos podemos comer el juego.
—Ya sé—prosiguió el políglota.—Aquí tengo mi co­
lección de minerales y piedras preciosas; cada cual
tome un ejemplar cuya inicial del color corresponda
con la de su nombre. Así, por ejemplo : Luís, lázuli:
Pendencia... perla: Clara, coral.
—Usted, Benjamín, tomará el verde—interpuso Jua­
nita.
—Verde se escribe con V.
—Para prozodias eztá el estómago.
Distribuidas aquellas boletas de nueva invención,
metiéronlas en un pañuelo y dispusiéronse á dar co­
mienzo al acto.
—¡Á ver! Una mano inocente.
—Como no zea la del almirez...
—Usted, Clara.

EL

ANACRONOPETE

2 00

—Yo no quiero ser responsable de la muerte de mi
prójimo—dijo la pupila eludiendo la oferta.
—Tú, Juana.
—No, que estoy segura de sacar la jota. Que escoja
la emperatriz, que justo es que le toque á ella la China.
Y ya le iban á presentar el bombo á Sun-ché, cuan­
do un bulto que se desprendía por uno de los ventila­
dores, hizo volver á todos la cabeza hacia aquel sitio.
—¡ Don Sindulfo !—gritó el arqueólogo dejando caer
las piedras.
—¡El loco!—exclamaron los circunstantes no atre­
viéndose á creer lo que veían.
Era realmente el asendereado tutor el que, excitado
por la locura, aunque impotente por la inanición, se
presentaba á sus ojos convertido en un esqueleto par­
lante.
I Cómo se encontraba allí ? Es muy sencillo. Al arro­
jarle al Vesubio, su cuerpo en vez de seguir hasta el
fondo, se detuvo en una de las rocas salientes del inte­
rior del cráter. La inalterabilidad á que estaba some­
tido le permitió no sólo resistir la caída sin el menor
daño, sino soportar también la alta temperatura de
aquel antro en fusión. Al verificarse la erupción fué
lanzado al espacio con la peña que le sustentaba; pero
como en aquel instante el Anacronópete, al salir hu­
yendo de Pompeya, cortase la parábola que don Sin­
dulfo describía, uno de los tubos de desalojamiento le
recibió como el buzón recibe una carta, produciendo
aquel extraño ruido que los viajeros tomaron por el
choque de una piedra sobre el vehículo.
—( De modo, que del boleo que le dió á usted el vol­
can, vino usted á colarce por el rezpiradero del ana
compepe?
—S í ; para satisfacer mi venganza.
—¿ Cómo ?
—Al oir que mi sobrina y Luís se abandonaban á los
mayores transportes de felicidad: al ver vivo al rival

204

EN RIQ UE

GASPAR

de quien ya me juzgaba libre, los celos ejercieron so­
bre mí su funesto poder y concebí la idea de que pe­
reciésemos todos juntos.
—Pero ¿ por qué medio?—interrogó su colega.
—Fijando en el espacio el Anacronópete, cuyo meca­
nismo secreto no conocéis ninguno, para condenaros
á la inmovilidad en la atmósfera insondable y compla­
cerme en vuestra lenta agonía.
— ¡Miserable! — prorrumpieron los soldados...—
¡ Muera!
—Ci, m uera; que cea ezta la primera rez que ce zacrifique en nuestro holoclau\ tro .
—Matadme en buen hora; no haré sino precederos.
Vuestra suerte no por eso ha de cambiar.
—Tiene razón—objetó Benjamín—no adelantamos
nada.
—S í; se adelanta la comida—argüyó la de Pinto.
—¿Luego no hay clemencia?
—Ninguna. Muramos.
—Corriente, muramoz; pero lo que ez usted inau­
gura el matadero.
—Á él, camaradaz.
Los soldados se precipitaron sobre don Sindulfo a
pesar de la resistencia de Sun-ché que por gestos les
pedía el perdón del hombre por quien experimentaba
tan invencible simpatía. Ya iban á descargarle el golpe
fatal, cuando una lluvia benéfica que penetraba por la
claraboya del techo, suspendió la mano de aquellas
sedientas criaturas.
—¡ Agua !—articularon todos abriendo la boca para
recibir el celestial rocío.
—¡Es nieve!—exclamó Juanita reparando que más
que gotas aquello parecían copos.
—¡Tampoco ez nieve!—repuso con alegría Penden­
cia al saborearlo.—Hay dentro azi como unos chícharoz.
Benjamín que hasta entonces permaneciera silen-

E L ANACRONÓPETE

205

cioso, dióse un golpe en la frente, y embriagado de
gozo:
—¡Nos hemos salvado!—dijo.
Y corrió en busca de una biblia que en el armario
estaba, mientras don Sindulfo se mesaba los cabellos
de desesperación al presentir su derrota.
—Mirad—insistió el políglota leyendo en el libro.—
«Capítulo XVI del Éxodo. Israel vino á parar en el
desierto de Sin que está entre Elim y Sinaí.» Donde
nos hallamos nosotros.
—¿Y bien ?—preguntaron los circunstantes atónitos
al contemplar que envueltos en la lluvia caían por la
claraboya centenares de pájaros animando el labora­
torio con sus voces y aleteos.
—«Y vinieron codornices que cubrieron el campa­
mento, el cual se llenó también de un rocío que los is­
raelitas llamaron maná.»
—¡ El maná ! ¡ Bendito sea Dios!
Y todos se hincaron de rodillas.
—¿Y ahora persistirá usted en su criminal proyecto?
—preguntó Luís á su tío.
—Y la peregrinación duró cuarenta años—interpu­
so Juanita.—Con que de aquí á que se nos acaben las
provisiones, tiempo le queda á usted de ver cómo se
arrullan.
—En vano es luchar—exclamó el tutor vencido y
humillado.—Llevadme adonde os plazca.
—Á la tierra de Noé en el Ararat—gritó Benjamín.
—Sea—balbuceó el sabio; pero por lo bajo añadió:
—todavía puedo vengarme.
Y los excursionistas, después de recoger abundante
cantidad de aquel pan del cielo y de reconfortar sus
perdidas fuerzas, obligaron á don Sindulfo á dejar
desembarazados los movimientos del Anacronópete,
encerrándole luégo por precaución en el cuarto de los
relojes para no verse expuestos á algún nuevo rapto
de locura.

206

ENRIQUE

GASPAR

—Que nadie ce coma laz plurnaz de laz codornicez
que han de cervir para hacerle un plumero al zabio.
—¿No se lo decía yo á usted, señorita?— observó
Juana.—Nosotros somos como los tentetiesos ; aunque
nos tiren de cabeza, siempre caemos de pié.
Y el Anacronópete emprendió su majestuosa marcha
sobre el pueblo escogido por Dios, al que aún tuvieron
ocasión de ver atravesando el mar Rojo á pié enjuto
mientras sus aguas, uniéndose tras él, abrían ancha
tumba á los ejércitos del cuarto Amenophis.

CAPITULO XX
El mejor, no porque sea el más bueno, sino por ser el último

tranquilamente los pastores mien­
tras el ganado se esparcía por la falda de la
montaña ó por las laderas de dos ríos que,
al cruzar sus brazos, parecían decirse estre­
chamente adiós como si presintieran que en su curso
iban á separarse para no volver á reunirse nunca.
Los labradores en el valle, congregados en familia,
dormitaban bajo sus tiendas, soñando tal vez al res­
guardarse de los rayos del sol, en el botín que la noche
les reservaba en el ataque de la vecina tribu.
La mujer, reducida en aquellos tiempos á la condi­
ción de animal el menos mimado del hombre, adereesteaban

208

EN RIQ U E

GASPAR

zaba las pieles que habían de servir de envoltura al
fornido Triptolemo y al infatigable Nemrod, ó dispo­
nía el tasajo con cuyos restos, disputados á los canes,
se la premiaba el ejercicio de la maternidad.
Dominando el campamento sobre una no muy ele­
vada colina, alzábase la tienda del jefe, donde éste y
los ancianos organizaban el pillaje y resolvían las di­
ferencias de la tribu con veredictos que nada tenían
de común con la justicia.
El descenso del Anacronópete en aquel risueño valle,
produjo en la nómada multitud la extrañeza supersti­
ciosa y cobarde que en la ignorancia infunde siempre
lo desconocido. Al despertar sobresaltados por el aviso
de los vigías, todos apercibieron sus hondas, empu­
ñaron sus cayados y corrieron adonde el consejo estaba
reunido para preguntar tumultuosamente si era al
ataque ó á la defensa á lo que debían disponerse.
Aunque la caída del vehículo tenía algo de sobrena­
tural á sus ojos, y los trajes de los expedicionarios au­
mentaban su confusión, la exigüidad del número con
relación á la tribu restableció la confianza y se deter­
minó dejarlos avanzar para despojarlos en sazón opor­
tuna y repartirse las mujeres entre los que más se
distinguieran por la noche en el rebato del aduar ene­
migo.
En aquel momento una negruzca nube, que poco
antes empezara á subir por el horizonte, llenó el valle
de sombras y descargó en lluvia torrencial.
—¡ Ah de la tienda!—gritó Benjamín al llegar con
los suyos á la de los ancianos.
—Me parece que también aquí van á recibirnos con
tanto gusto como al casero—murmuró Juanita al ver
la actitud de la gente.
— Por qué venís á turbar el sosiego de nuestro
campo ?
—Somos viajeros errantes y pedimos hospitalidad.
—Pagadla.

EL

ANACRONOPETE

20g

—Ved nuestra extenuación—prosiguió el políglota.
—-Reconfortad con algún alimento nuestras perdidas
fuerzas.
ó la verdad es que, hartos de codornices, los excur­

sionistas deseaban adquirir á cualquier precio una ca­
zuela de modestas sopas de ajo.
—Trocadlo por vuestras vestiduras—repuso el jefe.
—Aquí no se da nada sino por algo.
Convenido el trueque, se transmitió la orden de ser­
virles leche, frutas y un par de recentales.
14

2 1O

E N R IQ U E

G A SP AR

Entre tanto la tempestad seguía rugiendo y el eco
de las descargas eléctricas repercutía en el valle con
imponente fragor.
—Mirad, mirad esa coleccción de ancianos venera­
bles-repetía Benjamín dominado por su idea y con­
templando con éxtasis la ratificación de sus esperanzas
en aquellas cabezas cubiertas de nieve.—Decidme si
no son ellos los que poseen el secreto de la inmorta­
lidad.
—¿ Cuántoz añoz tiene usted, abuelo ?
—Quinientos setenta y cinco—repuso el interpelado
al enterarse por Benjamín de la pregunta de Penden­
cia.
—Gemelo de usted—dijo Juanita á don Sindulfo que,
absorto y reflexivo, sólo dejaba escapar una sonrisa de
satisfacción cada vez que el rayo iluminaba la tienda
con su cárdena luz.
—Puez habrá usted conocido á Mahoma.
—Creo prudente, don Benjamín —observó el capitán
de húsares—que mientras disponen los alimentos,
aclare usted su enigma á fin de emprender el rumbo
hacia nuestras tierras.
—Sí... voy á realizar mi sueño dorado.
Temblando de emoción y rodeado de sus compañe­
ros que, después de tantos peligros, esperaban sabo­
rear las delicias del triunfo, el paleógrafo sacó los
cordeles encontrados en Pompeya, y enseñándoselos
avaramente al jefe de la tribu :
—A ver—le dijo—si podéis descifrarme esta escri­
tura de que sólo me ha sido dado interpretar los pri­
meros caracteres.
Todos los circunstantes contenían la respiración. El
cinco veces centenario patriarca repasó los nudos en­
tre sus dedos y, lanzando una carcajada estrepitosa:
—¡ Mirad I—exclamó haciendo circular el documento
entre los suyos que con irreverentes signos de despre­
cio hicieron coro a la hilaridad del anciano.

EL ANACRONÓPETE

2 I I

—¿ Pero en sum a ?...—preguntó Benjamín con des­
concierto.
—Esto son tonterías del soñador Noé: consejos que
ha repartido por todas las trib u s para curarnos de lo
que él llama la corrupción de los hom bres.
—¿ Qué ? —interrum pieron los circunstantes presin­
tiendo algún desengaño.
—Él sabe que nosotros no nos acomodamos sino con
el robo, el pillaje y el escándalo, y pretende que Dios,
á quien no conocemos, va á castigarnos con sus iras.
—No parece que os ha escarm entado el Diluvio—
objetó Benjamín ante aquella tan paladina como des­
vergonzada confesión.
—¿ El Diluvio ? No sé. Nosotros venimos de luengas
tierras.
— { Pero no habéis experim entado una inundación
general ?
—No en mis días.
—Bien hice yo en sostener en el Ateneo que el cata­
clismo no había sido universal. En fin ; volviendo á
nuestro asunto, aquí dice: «Si quieres ser inmortal,
anda á la tierra de Noé y»...
—«Y él—prosiguió el viejo interpretando la escritura
—enseñándote á conocer á Dios te dará la vida eterna.»
Los expedicionarios no pudieron reprim ir un m ovi­
m iento de indignación contra Benjamín, al ver red u ­
cido á un precepto moral lo que ellos acariciaron como
receta em pírica. Todo se explicaba perfectam ente:
los cordeles transm itidos á varias generaciones ha­
bían sido enterrados bajo la estatua de Nerón por
algún cristiano habitante de la Campania deseoso de
eludir las persecuciones del siglo prim ero ; y el occi­
dental refugiado en China, descendiente suyo é ini­
ciado en el secreto, se había introducido en Ho-nan
para difundir la doctrina del Salvador anteponiéndose
á las gloriosas conquistas de las misiones católicas en
el extremo Oriente.

2 12

E N R IQ U E

GASPAR

—(¿De modo ?...—balbuceó el políglota ruborizado...
—Que nos ha hecho usted pasar las de Caín—repuso
Juanita—para aprender lo que desde chiquitines sa ­
bíamos ya por el catecismo del Padre Ripalda.
—Ci zon uztedes doz zabioz de cimilor !...
Las pullas y las diatribas no hubieran tenido fin sin
una detonación espantosa que, pareciendo conmover
hasta los cimientos del mundo, produjo un silencio de
muerte.
La lluvia se despeñó de golpe como si cataratas la
vomitasen, y todos por instinto trataron de salir de la
tienda ; pero un vigía penetrando en ella con la mirada
errante:
—¡ Salvaos!—dijo con terror.—El firmamento se des­
gaja ; los ríos han roto sus barreras y el valle ha des­
aparecido bajo las hondas encrespadas de un mar de
espuma. ¡ Á la montaña!
—¡ A la montaña!—gritó la tribu desapareciendo al
par que la tienda :—aquella impelida por el pánico ;
ésta arrebatada por el huracán.
Las mujeres, perdiendo el sentido, impidieron em­
prender la fuga á los anacronóbatas, que con espanto
veían flotar los cadáveres sobre las aguas, ganar los
vivos las alturas, iluminar el espacio sierpes de fuego,
y sobre el negro fondo del horizonte subir el nivel de
aquella rugiente masa líquida hasta lamer la cúspide
T t e l montículo que les servía de base.
—¡ Valiente chaparrón, caballeroz. ¿ Ci cerá el Dilu­
vio ?
-»Áta'íposible—dijo Benjamín.—Aquella catástrofe tu­
vo lugar en el 3308 antes de Jesucristo y nosotros
hemos hecho alto en el 2971 ó sea 337 años antes.
—¿ Y mi venganza ?—vociferó don Sindulfo con la
alegría de una satánica satisfacción.
—¿ Cómo ?
—Me habéis encerrado como una fiera en el cuarto
de los relojes y yo los he retrasado para que, dirigidos

EL AN A C R O N Ó P E TE

2 I3

por un falso cómputo, seáis víctimas conmigo de esta
conflagración universal.
Un rugido prolongado sucedió á las palabras del im­
placable loco. La situación era insostenible; las aguas
desprendían bajo los piés de los viajeros las piedras de
la colina, y la oscuridad era tan profunda que á dos
pasos no se distinguían los objetos. Las fuerzas de
Luís cedían al peso de su preciosa carga. Ello no obs­
tante trató de subir hasta la punta del promontorio;
pero una ráfaga le derribó y Clara desasida de sus
brazos sepultóse en el abismo.
—¡ Dejarme á mí que nado como un boquerón !—
dijo Pendencia y se arrojó al agua ; pero al caer, sin
lastimarse gracias a la inalterabilidad, en vez de su­
mergirse en un cuerpo líquido dió con el inanimado de
Clara tendido sobre una superficie sólida y dura. Un
manojo de rayos iluminó el firmamento, y á su res­
plandor pudo el intrepido soldado medir la inagotable
bondad de la Providencia, enviándole en un grito
agudo todo un himno de alabanza.
—¡El cangrejo!—exclamó reconociendo el Anacronópete y recordando su condición retrógrada.
Era en efecto el vehículo, que arrastrado por la co­
rriente flotaba sobre las olas junto á aquella colina
que de tumba se había trocado en embarcadero.
Don Sindulfo, con los ojos inyectados en sangre, fué
el primero en penetrar en él ciego de cólera.
El trasbordo se verificó sin dificultad por la galería
que recibiera á Clara y al asistente , y unos segundos
más tarde los expedicionarios, hendiendo aquella cor­
tina de agua y fuego, seguían su curso navegando por
la más diáfana y apacible de las atmósferas primitivas.
Ocupados en prestar auxilios á las enfermas y pre­
ocupados con la duración del síncope, todos advirtieron
que andaba; pero á nadie se le ocurrió preguntar
quién había puesto en actividad al coloso. Luís, ante
el temor de que su pobre tío cometiese por razón de

2 14

EN RIQ UE

G A SP A R

su estado alguna nueva imprudencia, le puso cuatro
centinelas de vista señalándole otros tantos piés cua­

drados de zona de movimiento fuera del alcance del
mecanismo.
En las primeras horas se desconfió de salvar á aque­
llos exánimes seres harto resistentes hasta entonces á
tantas vicisitudes; pero la juventud suele acordarse en

EL ANACRONÓPETE

2 1 i)

medio de sus derrotas del indisputable derecho que
la asiste a la vida, y provoca crisis tan rápidas y abso­
lutas como la que á nuestras simpáticas viajeras de­
volvió el uso de sus facultades.
Abrazado que se hubieron como hacían después de
haber corrido algún gran peligro, por cuya razón paréceme que si no los deseaban tampoco los temían,
nadie pensó sino en la felicidad que al regreso les es­
peraba.
—¡ Ah !— decía Juanita.—Cuando yo vuelva á oir
pregonar por Madrid la Correspondencia...
—Nada, nada: cada oveja con zu pareja. Uzté, capitán,
con la ceñorita; don Pichichi con la emperatriz y yo
con la doncella (perdonando el modo de ceñalar)—con
lo que se refería á un cariñoso golpe que le había dado
en la espalda á la de Pinto—noz vamos á la parroquia,
noz echa el cura el garabato y á vivir.
—A este paso no tardaremos en llegar—adujo Luís.
Entonces fue cuando el poliglota fijó mientes en la
vertiginosa rapidez que llevaban ; pero ignorando si la
imprudencia estaba de su parte, se calló limitándose
á consultar los relojes que con gran asombro suyo en­
contró desmontados y con las manillas fijas en el
año 3308, época del Diluvio que habían traspuesto
hacía seis horas.
—¿Qué es esto ?—se preguntó alarmado. Y abriendo
uno de los discos del laboratorio, trató de reconocer
la posición. Aquello era horrible; las alternativas de
luz y sombra se sucedían como las vibraciones de un
timbre eléctrico en que la transición del sonido al si­
lencio no deja espacio perceptible. De vez en cuando
el Anacronópete suspendía su marcha ; diríase que se
procuraba algún reposo, tras del cual, nuevo Judío
Errante, emprendía su curso como si una voz oculta
le gritase: «Anda.» Aprovechando estos fenómenos,
para él incomprensibles, Benjamín con la vista clavada
en el telescopio asistía al desfile de la descomposición

2l6

EN RIQ U E

GASPAR

de la naturaleza. Ora, al cruzar la antigua Mélade, ro­
baba sus secretos á la mitología apercibiéndose de que
los cíclopes no eran más que los primeros explotadores
de las minas bajando á las entrañas de la tierra con
una linterna en la frente, convertida por los poetasen
un ojo; ya al cortar los confines del Asia y de la Amé­
rica, sorprendía que los siberianos habían sido los po­
bladores de las regiones descubiertas por Colón, pues
los veía atravesar en caravanas, lo que entonces era
un istmo, abierto más tarde por las aguas para formar
el estfecho de Behring ; el Mediterráneo no existía;
los Alpes eran una llanura; el desierto de Lybia un
mar. Tras los hijos de Caín, aparecía el cadáver de
Abel: después del Paraíso la Creación...
Una carcajada sacó á Benjamín de su estupor: era
don Sindulfo que, recreándose en el asombro del ar­
queólogo, gritaba en el paroxismo de la locura:
—Habéis provocado mi venganza y yo no cejo en la
empresa.
— ¿Qué? — exclamaron todos presintiendo alguna
nueva desventura.
—Creíais caminar hacia adelante, y ya veis que se
guís retrocediendo.
—¿ Pero aquí no se acaban las tribulaciones ?—decía
Juana.
—Ce noz orvidó trincarlo.
—Cambiemos de rumbo.
—Sí.
—Es inútil—prosiguió el loco con sus carcajadas
convulsivas.—¿ No observáis que viajamos con una ve­
locidad quintuplicada ? No hay quien nos detenga : he
destruido el regulador, y el Anacronópete disparado
corre á precipitarse en las masas candentes primiti­
vas.
—¡ Horror!...
—La muerte nos espera á todos en el caos.
—¡El caos!

E L AN A C R O N Ó P E TE

2 17

—Mirad.
Y en efecto; á través del disco brillaba una tenue
luz, principio del orden de la naturaleza y fin de la
confusión de los elementos; pero, al retrogradar, la
masa caótica iba espesándose gradualmente, y el grue­
so vidrio no alcanzaba á resistir los aluviones de agua,
tierra y fuego que, agitados por el aire suspendían á
intervalos y con violentos choques el empuje del vehí­
culo flotante en aquel barro incandescente. La inalte­
rabilidad había perdido sus propiedades ; la asfixia se
apoderaba de los viajeros, por el calórico desprendido
de las paredes; hasta que por fin el cristal fundido,
dando paso á un torrente de sustancias ígneas, se abrió
con el estampido de cien volcanes !!!. . . . . . .

Era el público del teatro de la Porte Saint Martin
que, concluida la representación de una comedia de
Julio Verne, premiaba la inventiva del autor. Juanita
con Pendencia y los agregados militares enviados por
nuestro gobierno á la exposición de París, ocupaban
unos asientos de galería. Clara, casada desde la víspe­
ra con Luís, compartía con éste las miradas de los cu­
riosos en un palco de proscenio, acompañada de su
tutor y de su inseparable amigo el arqueólogo, parte
integrante de la existencia de don Sindulfo desde que
perdió á la muda en las playas de Biarritz, y atraídos
ambos á la Babilonia moderna por el aliciente del uni­
versal concurso.
Ya se comprende lo demas: el tutor se había dor­
mido y había soñado. Cuando por el camino contó el
sueño á su familia, todos rieron grandemente ; lo que
dudo mucho que haya acontecido á mis lectores con
este relato. Y no obstante hay que reconocer que mi
obra tiene por lo menos un mérito : el de que un hijo

2 l8

E N R I Q U E GASPAR

de las E spañas se haya atrevido á tra ta r de deshacer
el tiem po, cuando por el contrario es sabido que hacer
tiempo constituye la casi exclusiva ocupación de los
españoles.

VIAJE A CHINA

CARTAS AL DIRECTOR DE «LAS PROVINCIAS»

Macao, 26 Sbre. 1 8 7 8 .

Querido am igo: A las diez
en punto de la mañana del 11
de Agosto, el vapor Tigris, de
las Mensajerías Marítimas, lar­
gó sus amarras, y como flecha salida del arco, se des­
prendió de Marsella con rumbo al extremo Oriente.
Todos tus lectores saben sin duda lo que es un bar­
co ; pero pocos habrán estado á pupilo en uno correo
durante treinta y ocho días, y por si alguno llegara á
necesitar ese hospedaje, allá van unos cuantos infor­
mes sobre el particular.
Los buques tienen su fisonomía como las personas;
pero como en ellas, el cruzamiento de razas influye en
la alteración de las facciones. No sé si la estética naval
ó la conveniencia indujo, no hace mucho, á los ingle­
ses á suprimir el tajamar en sus steamers, y natural­
mente, del comercio de sus astilleros con las naciones

222

E N R IQ U E GASPAR

marítimas, resultó una generación de buques chatos
que se pasea por los mares con los quevedos en la
frente, puesto que los dos vigías de proa ya no en­
cuentran narices sobre qué cabalgar. El Tigris, harto
viejo para someterse á las exigencias de la moda, con­
serva aún su cartílago nasal, y hace bien, pues tengo
para mí que en cuestiones de navegación, tan indis­
pensable es el olfato como la vista.
La patrona de estos pupilajes, que se llama Agencia
general, y que tiene sucursales en las cinco partes del
mundo, reside en Marsella, y le indica á uno el cuarto
que puede ocupar en tal ó cual de las nueve casas que
desde la Joliette hasta Shang Hai tiene en aquel mo­
mento disponible; y he aquí lo que por 52 francos
y 50 céntimos al día puede exigir el huésped.
Una de las dos camas de que se compone cada ca­
marote y los accesorios correspondientes á un cuartotocador con ropa; un camarero; baño diario, caliente
ó frío ; un peluquero; el derecho de usar como costu­
reras á las camareras destinadas al servicio de señoras;
un médico; un boticario; cuarenta fogonistas, africa­
nos, en su mayor parte salidos del golfo de Aden,
encargados de alimentar los hornos; un primer ma­
quinista y cuatro segundos; dos cocineros con sus
marmitones correspondientes ; un maitre d'hotel y doce
criados para las mesas de primera y segunda; cerca
de cuarenta chinos para el servicio secundario, entre
los cuales algunos boys (voz inglesa que significa mu­
chacho ó criado de distinción), consagrados á agitar
las pancas de que hablaré á su tiempo; un capitán de
armas conservador de las de á bordo, y con el deber
de cerrar las escotillas de los camarotes cada vez que
al mar se le hinchan las narices y amenaza invadir el
buque por la menor abertura; dispenseros; carniceros;
un repostero; sobre cincuenta tripulantes para poner
y quitar las cortinas de los balcones, según el viento
que sopla; un agente de correos ; un comisario, á cuyo

VIAJE

A CHINA

223

cargo corre la administración general, pago de habe­
res, compra de provisiones y que recibe las quejas de
los inquilinos si alguna tienen que formular; no sé
cuántos timoneros ; tres oficiales y un segundo capi­
tán, salidos del cuerpo de pilotos, cada uno de los
cuales hace el servicio de puente durante -cuatro ho­
ras, lo que en lenguaje técnico se llama el cuarto, y por
último, un comandante, por lo común teniente de na­
vio de la marina de guerra, jefe nato de todo el perso­
nal, y por decirlo así, intendente de la casa.
De paso, y como detalle, te diré que el carbón que
se gasta diariamente á bordo se eleva á 50 toneladas,
que, á 60 francos una como mínimum, representa una
suma de 3,000 por día.
Pasemos á la alimentación.
A las seis y media de la mañana empiezan los des­
ayunos de café solo ó con leche, té, chocolate, pan con
manteca, una copa de vino generoso ú otra bagatela
por el estilo. Á las nueve y media se sirve el almuer­
zo, compuesto de cuatro hors d'œuvres, como sardinas
de Nantes, salchichón, agujas ú otro pastelillo de car­
ne, huevos, manteca, ostras, langostines, etc., etc., á
los que siguen dos platos fuertes de cocina, tan abun­
dantes como variados, y el indispensable karrick (arroz
con salsa muy cargada de pimienta), terminándose
con un surtido postruario y una taza de café. Las liba­
ciones se hacen con vino tinto francés, Marsala, Jerez
seco, cerveza y coñac. También hay agua.
Cuanto sale de este programa se paga á parte.
«Y ya me tiene usted como un reloj», diría el caba­
llero particular, hasta las doce y media, hora en que
se sirve el tiffin, palabra con que se designa en Asia el
tente en pié, que en Europa llaman los ingleses y sus
adeptos lunch, y que consta de caldo, salchichón, pollo
ó carnes fiambres, queso, sanwiches, vino, cerveza,
refrescos de limón y brandy, y otras menudencias.
Concluido el tiffin, ya no se yanta nada más... hasta

224

E N R IQ U E GASPAR

las cinco y media, en que la campana vuelve a con­
gregar a los pasajeros en el refectorio para la comida.
Afortunadamente esta es ligera: una sopa, un relevé,
cuatro suculentas entradas, dos asados (de ave y de
carne), ensalada, karrick, un plato de legumbres, dos
entremets ó platos dulces, uno de los que muy á me­
nudo es sustituido por un rico helado, queso, frutas
frescas y secas, pastas, café, pan, vinos y licores.
Y ya no toma uno otra cosa hasta las ocho y media.
Entonces, con el pretexto de la taza de té, se paladea
un bombón por aquí, se engulle una galleta por allá,
se discute y se prueba experimentalmente que el sanwich es mejor por la noche que por la m añana; y con
una limonada ahora, un vaso de cerveza poco después
y un grog-más tarde, dan las diez de la noche, y las
mandíbulas se entregan al reposo, para emprender de
nuevo su tarea al romper el alba, ni más ni menos
que un peón de albañil, sin domingos ni fiestas de
guardar.
Á propósito de fiestas, te diré que estas no se so­
lemnizan, por no haber á bordo sacerdotes; y que ha­
biendo preguntado la causa de esta omisión, se me
contestó, y me convencieron, que de establecer en los
vapores un presbítero católico, había que dar cabida
en ellos, por equidad, á un pastor protestante, á un
papa griego, á un dervich musulmán, á un bonzo
chino y á tantos otros encargados de los diferentes
cultos con que los hombres interpretan la idea de la
Divinidad.
Las diversiones y los espectáculos se dividen en na­
turales y técnicos. Son naturales el whist y el ajedrez;
el piano y canto, prodigados generalmente por los que
menos aptitudes deben á la madre naturaleza y al arte
auxiliar; el mareo desde la palidez, su primer síntoma
en ambos sexos, hasta la abstinencia del tabaco en el
hombre y la descompostura é impudibundez sin con­
ciencia en las señoras; el rodar sobre cubierta de los

VI AJ E A CHINA

225

pasajeros con sus sillas en días de marejada ; los equi­
librios y el cojeo de aquellos valientes que se pasean
por vanidad, y á quienes al echar el pié les falta el
barco ; el pajarito que vuela, el pez que salta, el buque
que se divisa, el promontorio que sale de las aguas, el
panorama del puerto á que se arriba, y el ridículo to­
cado con que el europeo se disfraza por estas latitu­
des, y que contrasta con el traje negativo de la mayor
parte de los indígenas asiáticos.
Constituyen los técnicos las maniobras de la m ari­
nería, que los pasajeros experimentados explican a los
novicios con gravedad cómica y en detrimento de la
exactitud la mayor parte de las v eces; las noticias
geográficas, hidrográficas y etnográficas con que el
viajero se enriquece, gracias á la amabilidad de los
oficiales; el lenguaje de las banderas y de las lu ces;
las de Bengala con que se saludan por la noche al c ru ­
zarse dos vapores de la misma compañía, y que, to­
madas por un incendio á bordo, hicieron salir de su
camarote á cierta señora tan despavorida, como ligera
de ropa, enhebrada en un enorme salva-vidas de cerca
de dos varas de d iám etro; la revista de inspección que
el domingo pasa el comandante, seguido de su estado
mayor, á todo el personal, vestido de gala y formado
en su puesto; el simulacro de fuego á bordo que se
hace cada jueves y en el que, al minuto de dar la cam­
pana la señal de alarma, todo tripulante debe hallarse
en su destino, la bomba funcionando, el doctor en la
farmacia y las camareras preparando hilas y vendajes;
por último, el zafarrancho de combate que, una vez
en el viaje de ida y otro en el de vuelta, se simula para
el horrible caso de abandono del buque, y que se
practica tomando cada oficial el mando de un bote
cuyas am arras hace picar, y saliendo primero el más
joven con los niños, después el que le sigue en edad
con las mujeres, el tercero con los viejos, y los sucesi­
vos con el resto de la tripulación: todos los oficiales,

226

E N R I Q U E GASPAR

armados de revólvers, tienen la consigna de levantar
la tapa de los sesos al que no se someta á la disciplina
del caso.
/Delisio so ! como diría el capitán de la zarzuela R o­
bín son.

Y enterado ya de lo que es el domicilio flotante y
de la vida que en él has de llevar, pasemos á lo que
podrás ver, si te da la ocurrencia de venir á hacerme
una visita ; para lo cual principias por gastarte dos
mil francos para meterte como un libro en el estante
de una biblioteca ; y una vez encasillado, si el mareo
no te vuelve tísico, ó la diferencia de climas no te
mata, ni te asfixia el mar Rojo, ni la nostalgia te im­
pele á suicidarte, ya estás seguro de que a menos de
que la máquina estalle, ó se declare una manga de
agua que sumerja el buque, ó que haya un incendio a
bordo, ó que otro barco aborde el tuyo, ó que un error
de calculo en una noche oscura te haga estrellar con­
tra una roca, ó que el mistral te quiera guardar en el
Mediterráneo antes de que el Monzón pueda engullir­
te en el Océano índico ó devorarte un Tiffón en el mar
de la China, ya estás seguro, repito, de llegar sano y
salvo á Hong-Kong y poder exclamar al pisar sus pla­
yas: «Me separan de mi casa treinta y ocho días de
mar y tres de tierra, descompuestos en tres mil leguas
de veinte al grado. Aquí son las ocho de la noche y en
mi patria apenas si será medio día: me hallo en pleno
Celeste Imperio y he hecho la mitad de la vuelta al
mundo: escribiré mi llegada á la familia y antes de
tres meses tendré la contestación, si la manda á correo
seguido.»
Créeme, llévate pañuelo, porque sino tendrías que
secarte más de una lágrima con el dorso de la mano.
En fin, no pensemos mas en ello; el comandante so­
bre el puente, grita con voz de trueno: « Larguez to u t :
en avante >, y las amarras se divorcian de los bitones.
Partamos.

Macao, 8 de Octubre de 1878.

Querido amigo: No me exijas que éntre en un aná­
lisis profundo de las cosas que vamos á ver. Recuerdo
aún la sorpresa que me produjo siendo niño, y ya em­
pieza á ser larga la fecha, el primer prestidigitador
que admiré en un teatro, y el desengaño que experi­
menté cuando, ya mozo, supe que tenían doble fondo
las cajas; y desde entonces, siempre que puedo, me
limito á la superficie, sin meterme en honduras, con­
vencido de que la ilusión es más bella que la realidad.
Te convido, pues, á una función de fantasmagoría
sin alardes de erudición, en la que, si errores cometo,
no serán de trascendencia, puesto que no trato de
producir enseñanza.

228

E N R IQ U E

GASPAR

Pasemos el estrecho de Bonifacio, con la Córcega á
un lado y la Cerdeña al otro. ¿Ves á la derecha una
casita blanca con un toldo de pámpanos? Es la resi­
dencia de Garibaldi en Caprera. El brazo de la unidad
italiana está allí para señalar enfrente al viajero la
cuna de los Bonapartes.
Alborea el día 13 y fondeamos en Nápoles. Su exten­
sa y hermosa bahía se baña de luz; los vendedores de
objetos de coral y de lava invaden el Tigris, mientras
los músicos ambulantes, metidos en lanchas, te salu­
dan con sus cantos populares, llenos de poesía y eje­
cutados con una admirable precisión por jovencillas
vivarachas de ojos de fuego, para quienes la música es
como la palabra : no saben cuándo la aprendieron.
El vapor debe zarpar á las nueve, y no hay tiempo
para visitar todo lo notable que encierra este primer
punto de escala. Afortunadamente, yo la conozco des­
de mi regreso de Atenas y voy, aunque muy de prisa,
á señalarte lo que más impresión ha de producirte.
Figúrate que desembarcamos á las seis de la tarde.
En primer lugar, tomemos un sorbete en casa de
Benvenuto; es un tributo que hay que pagar al gran
confeccionador de helados que tiene Europa. Por me­
dia lira, ó sean dos reales, te sirven una como rodaja
de queso de bola, de dos dedos de gruesa y en forma
de media luna, que te deja recuerdo indeleble del nom­
bre de pezzi con que lo bautizan. De allí nos vamos al
teatro de San Carlos, suntuoso edificio dirigido por
un arquitecto español y academia en que se sanciona,
como en la Scala de Milán, la fama de los artistas líri­
cos.
Ya es media noche y el estómago pide que nos ocu­
pemos de él; por consiguiente, en lugar de meternos
entre las ahogadas paredes de un restaurant, nos va­
mos á Santa Lucia. Allí, á la orilla del mar, al aire libre,
sobre magníficas mesas de mármol, alumbradas por
globos de gas, unos criadós vestidos de rigurosa eti-

VI AJE A CHINA

22g

q ueta nos sirven pescado frito, langostines y ostras
frescas, que unas vendedoras m u y jóvenes y bien a t a ­
viadas abren y preparan en elegantes casilicios alinea­
dos al borde del parapeto del muelle ; y todo esto ro­
ciado con Salerno y Siracusa, y amenizado con las
picarescas canciones de tan ta Malibrán en flor y tanto
P aganini degenerado como fecunda en aquella tierra
privilegiada la lava del Vesubio.
Una carretela nos aguarda. Subam os á ella y sig a ­
mos la h e r ra d u ra de la bahía. Al cabo de dos horas de
m arc ha, m e pre g u n ta s adm irado si aquella calle de
Nápoles no acaba nunca; y tu asom bro crece de p u n to
al saber que hace más de una y m edia que hem os
dejado la ciudad, y que aquella serie interm inable de
quintas, caseríos, villas y hasta palacios, no son otra
cosa que pueblecillos, jardines y granjas que se suce­
den sin interrupción ni intervalo desde Nápoles hasta
Reggio, extrem o occidental de la Italia en el estrecho
de Mesina. Nosotros nos param os en Portici, donde, a
defecto de la Muda del m aestro Auber, encontram os a
un locuaz arriero, que nos pre p ara las caballerías para
la ascensión al Vesubio.
Larga y penosa ésta, fuera del interés científico que
p uede d e s p e rta r en un geólogo, no tiene otro encanto
que la satisfacción de haber m archado sobre cenizas,
la vanidad de haber tocado los bordes de su inm enso
crá te r y oído la bronca respiración de sus pulm ones; y
para el que, como yo, m a d ru g a poco, h ab e r asistido á
la ilum inación del golfo por los p rim eros rayos del sol
naciente. Plata en el m ar, verde en la m ontaña, rojo
en el horizonte, azul en el cielo, tornasoles en la c iu ­
dad, perfum e en el am biente, música en el espacio,
luz en el aire. Tú, poeta, dispon en tu fantasía y como
te dicte el sentim iento, los colores y los ruidos que te
libro á g r a n e l; pero que son los verdaderos c o m p o ­
nentes de una alborada en Nápoles.
Desde allí, y por otra vertiente, las acémilas nos

23o

ENRIQUE

GASPAR

bajan á Pompeya, sepultada en el primer siglo de la
era cristiana y descubierta en tiempo de Carlos III, de
la que hoy se conoce ya todo el perímetro y mas de
tres cuartas partes de la ciudad están desenterradas.
{ Qué podré decirte de ella? Su orden arquitectónico
te es bien conocido. Pues bien ; imagínatela toda cor­
tada á la altura del primer piso de sus casas y sin más
que la planta baja en pié. Pórticos, vestíbulos, patios
con fuentes microscópicas y detalles liliputienses, y
detrás el gyneceo ó habitaciones para las mujeres: co­
lumnas estriadas como base de apoyo, mosáicos por
adorno y el cave canem inscrito en el suelo cerca de la
perrera, como aviso prudente para las pantorrillas del
visitante. Parece una ciudad cuyos moradores han
salido para asistir á alguna fiesta cercana, y á cada
momento crees que van á hacer irrupción en sus do­
minios. En su museo se admiran cosas sorprendentes:
trigo y legumbres carbonizadas, pan cocido el día de
la erupción, aceite metido en tinajas, joyas pertene­
cientes á los cadáveres, que se han encontrado envuel­
tos en una capa petrificada de lava y azufre, y de los
que han sacado vaciados en yeso, conservando la po­
sición en que los sorprendió la muerte; papiros á los
que se da cierta consistencia con una substancia quími­
ca, y que colocados bajo una campana de cristal, se
los sujeta á un aparato que desenvuelve dos milíme­
tros por día, hasta que toda la hoja desarrollada, se la
fotografía, y pegada á un cartón, pasa á enriquecer la
biblioteca de manuscritos, más notable bajo el punto
de vista de la curiosidad que de la historia. ¡ Qué im­
presión al visitar aquel teatro donde resonó la musa
de Plauto y de Terencio! ¡ Qué movimiento de horror
ante aquel circo, donde tantos gladiadores han apaga­
do con su sangre la sed de espectáculos cruentos del
pueblo latino! ¡Qué sobrecogimiento ante aquel foro,
que Cicerón ha sabido llenar con su presencia cuando
para reposar de las tareas de Roma, iba á solazarse

VI AJE Á C HI N A

23 I

durante el estío en la patricia residencia pompeyana!
¡Qué asombro al visitar aquellas termas, germen en
un principio de salubridad y de higiene en una raza
guerrera; fomentador más tarde de la corrupción y la
molicie en aquellos imitadores de Capua! ¡Qué ver­
güenza en aquellos templos del amor, con sus lechos
de mármol, sus estimulantes del deseo artísticamente
pintados en las paredes, y su padrón de ignominia es­
culpido en la puerta como testimonio de la divinidad
a que se rendía culto!
Las ruinas de Herculano son más importantes en el
concepto del arte; pero lo difícil del descenso y la pre­
mura de nuestro viaje nos impiden ir á verlas.
Tomemos el tren, y atravesando verjeles llenos de
quintas, con sus colgantes de macarrones puestos á
secar en todas las ventanas (y de que el pueblo napo­
litano hace un inconcebible consumo, comiéndolos la
gente baja con las manos y por madejas), volvamos á
Ñapóles, y á uña de caballo, echemos una ojeada al
museo de Borbón. Vasto y suntuoso edificio ; posee
numerosos y notables cuadros; y en escultura se hon­
ra con el grupo de Farnesio; pero como no podemos
apreciar una por una las bellezas que atesora, vamos
á ceñirnos á una sola, aunque típica especialidad. Me
refiero á la venta de copias de aquellos lienzos maes­
tros, ejecutadas, no diré por artistas, mas sí por obre­
ros del arte de Apeles que, á centenares, invaden las
espaciosas crujías del palacio y asaltan al curioso con
ofertas tentadoras y en competencia sin igual. Allá va
un ejemplo para muestra : una copia de una Santa
Familia del Sarto, midiendo media vara, tendida en
un bastidor con cuñas, y aunque ligeramente tratada,
representando un trabajo de tres sesiones por lo me­
nos, me ha sido adjudicado en la suma de.... una
peseta !

Y basta, que nos esperan a bordo. Atravesemos á
escape la Chioja y Toledo, las dos grandes arterias de

232

EN R IQ U E

GASPAR

la populosa Nápoles, el palacio real y la multitud de
teatrillos que, como hongos, salen por todos lados; y
mientras el Tigris larga sus amarras, echemos unas
monedas de cobre á esos buzos, que desde su lancha
nos desean buen viaje. Míralos cómo se zambullen,
cómo luchan en el agua, y cómo, por fin, el más hábil
se presenta en la superficie, llevando en la boca los
dos cuartos de la presea. Por fin, zarpamos; los músi­
cos ambulantes entonan desde sus canoas una marcha,
cuyos ecos se van debilitando poco á poco; la bahía
parece como que se contrae, y la ciudad como que se
repliega ; ya un solo punto luminoso se ve en el hori­
zonte: el Vesubio; después su aliento... después nada;
el mar, tan imponente cuando aleja aj viajero; tan
juguetón y bullicioso cuando le vuelve á los suyos!
Á las nueve de la noche, el Stromboli, como faro de
las islas Líparis, se presenta por estribor, arrojando
fuego de su cráter. Á media noche, el vapor corre en­
tre dos cordones deduces; son Mesina y Reggio; Scila
y Caribdis. La Sicilia se borra por fin con la vaga
silueta del Etna, y al otro lado la Calabria ulterior se
pierde en las .olas y se confunde en la bruma. Dos días
después llegan hasta nosotros las brisas del archipié­
lago griego que, envidiosas de la isla de Candía, que
nos sale al paso, trepan por sus ásperas montañas, y
nos saludan con la más cariñosa de las sonrisas ; y
el 17, á las dos de la tarde, el vigía de Daimieta anun­
cia nuestra llegada á Puerto-Said. Estamos en África.
Instintivamente la mirada se vuelve hacia atrás como
buscando algo que se lleva el agua al borrar la estela
de nuestro barco. Es que acabamos de dejar una parte
del mundo ; la nuestra. ¡ Adiós, Europa !
Hay dos itinerarios para llegar hasta el mar Rojo;
el que seguimos nosotros y el que se hace desembar­
cando en Alejandría y tomando el ferro carril que pasa
por el Cairo y va á Suez. Este ultimo es más largo, no
por la duración del viaje, sino porque una vez en la

VIAJE A C H I N A

233

capital del Egipto, ¿ quién se vuelve sin visitar la Es­
finge, la pirámide de Gizeh, las demás tumbas de los
Faraones y lavarse en la corriente del Nilo ?
He dicho que el viaje es más largo, no por su du ra­
ción , y debo rectificar este aserto, pues según me han
referido, parece ser que la locomoción ferro-cativa de
losJe lla h , hace de la lentísima española algo vertigino­
so, como los convoyes de San Francisco de California
á Nueva-York, pues entre otras causas hay la muy
poderosa de que cuando al maquinista se le cae la
petaca, ó encuentra á un amigo que sigue á pié la ruta,
pára el tren, y recoge á una ó á otro, sin que nadie le
dirija cargos por ello.
Nosotros, ya puestos en la boca del canal, seguire­
mos la recta trazada por el inmortal Lesseps.
En Puerto-Said desembarcan los pasajeros para
Beirut, Damasco, Smirna, y toda la costa de Siria y
Palestina, y en los que seguimos al extremo Oriente,
empieza á verificarse la metamorfosis reglamentaria
de trajes, usos y costumbres.
Lo primero es despojarnos de todo sombrero á la
europea, y calzarnos el hélmed (con h aspirada); casco
para el uso de los ingleses en la India, que le da á uno
el aspecto de un cocinero de bomberos, en razón de la
forma del utensilio y de la blanca funda que lo reviste.
Á este preservativo de la insolación sigue el aligera­
miento de traje, como recurso contra los calores sofo­
cantes que nos aguardan, y que consiste en la sustitu­
ción de la lanilla por el lino y el empleo de la m orisca
por la noche. La morisca es un traje de algodón, com­
puesto de calzones anchos y blusa de manga perdida,
que se viste con exclusión de camisa é interioridades
equivalentes. A bordo da comienzo el consumo de
arroz hervido, rociado con una salsa muy picante, de
la que toma el nombre de Kury para los ingleses, Cary
para los franceses, y que todos, indistintamente, lla­
mábamos K arrik en tono de broma, porque, como

234

ENRIQUE

GASPAR

dicha prenda de vestir, servía de abrigo al estómago
contra el desnivel de calórico producido por la trans­
piración. Las pancas, que son como unas bambalinas
de lona pendientes del techo, forradas de algo que sin
hacerlas pesadas las vuelva consistentes, y que se
adornan con un volante al canto, son puestas en m ovi­
miento de vaivén por un chino que, desde el extremo
del comedor tira de la cuerda que las une todas, y que
es como la m ano de aquellos abanicos, encargados de
refrescar el aire á las horas de com er; ó lo que es lo
mismo, constantemente. Por último, se nos da la orden
de d orm ir sobre cubierta, pues ha habido casos, como
el de unas religiosas que por p u d o r se q u edaron en el
camarote, y am anecieron asfixiadas por la atmósfera
de fuego que reina por las noches, principalm ente en
el m ar Rojo.
Puerto-Said no tiene nada de notable, au n q u e su
porvenir es inmenso ; ciudad brotada de la a p e rtu ra
del itsmo, no hay nada en ella, fuera del sol, que a c u ­
se el carácter o r i e n t a l ; todo esta construido á la e u r o ­
pea, si bien con arreglo á las exigencias locales; su
faro recuerda los de los puertos franceses; su plaza de
Lesseps es un pequeño square á la inglesa ; las casas,
au n las m ás fastuosas, como la agencia de las m e n s a ­
jerías y las oficinas del canal, podrían pasar por q u i n ­
tas de recreo en los alrededores de Roma, ó en la
cam piña de Pau ; las tiendas, pobres en general, se
parecen á las de una provincia de segundo orden de
España.
Las calles, tiradas á cordel y a m edio construir, son
un remedo, en fin, de las m odernas poblaciones. En
ellas abundan los cafés cantantes con orquestas a le m a ­
nas, billares, ruletas y dem ás entretenim ientos. Pero
lo que á Puerto-Said le falta como sello urbano, lo
suple con creces con la diversidad de razas orientales
que lo pueblan. Desde el negro del S udán que en- la
barcaza conduce el carbón para EL Tigris, hasta el chi-

VIAJ E A CHINA

235

priota que vende fotografías en el bazar, todo difiere
de lo nuestro. Ya es el indolente mozo de cordel, que
sucio y harapiento, acorta su miseria durmiendo en
la arista de sombra que proyecta en la calle el alero
de un tejado; ya el habitante de la Arabia pétrea, que
con su túnica azul y su tabardo gris, ostenta sobre un
fondo de luz los viriles y correctos contornos de una
fisonomía abierta como el d esierto; ya el beduino de
la fuente de Moisés, con la bruñida y negra faz, desta­
cándose sobre el blanco y recogido turbante, y acari­
ciando la espingarda, compañera de su soledad. Allí
se codean la beduina de las montañas de Altaka, con
la cara descubierta y llena de ajorcas y de joyeles, y la
mujer fellah, de mirada incitante, que lanza rayos de
sus pupilas por encima del velo que le cubre el rostro;
el chek de la guardia nocturna, de rugosa frente y
acusadas facciones, y el beduino del monte Sinaí, con
su turbante en punta y el torso desnudo; la dama
turca y la esclava del Sudán; el derwiche y el cam e­
llero, el hombre de mar y el de la montaña; el m erca­
der, en fin, de bazar cubierto, y el hijo de los aduares;
pero todo con tal perfume de Mahoma, con un sello
tan marcado de Corán, que, para que la ilusión sea
completa, hasta el cielo parece asociarse íi nuestra
causa, retrasando el plenilunio, y coronando en una
luna creciente el inmenso turbante azul, bajo el que
asoma la islamita fisonomía de Puerto-Said.
Volvamos á bordo. Aquí ya nadie canta como en
Ñapóles ; pero todos gritan. El batelero no te transpor­
ta al Tigris si antes no pagas al chek el precio del pa­
saje. El buhonero ya no vende baratijas de su confec­
ción, sino artículos de viaje traídos de Europa. El arte
se acabó en Italia, para no volver á verlo. En Egipto
la fuerza natural impera, pero con un carácter retró­
grado a medida que avancemos. Con los primeros albo­
res del día 18, el vapor se pone en marcha para entrar
en el canal, admirable corrección hecha por la ciencia

236

EN RIQ U E

GASPAR

sobre el libro de la naturaleza, sublime puerta por la
que la civilización va á invadir los dominios de la bar­
barie. Entremos.
Largamente debatida ha sido la cuestión de si en
los tiempos antiguos existió ó no un canal que ligaba
el mar Mediterráneo al golfo Arábigo. Los que lo afir­
man, aducen como razón la presencia de los lagos en
el istmo; lagos que, hábilmente utilizados por Lesseps,
han facilitado notablemente su titánica empresa. Yo
dejo al tiempo y á la ciencia que aclaren este punto, y
limitándome á mi papel de cronista, relato lo que veo.
Para no andar buscando mapas, vamos á formarnos
uno, que nos dé una idea aproximada del istmo de
Suez. Apoyemos las dos manos de plano sobre una
mesa y unamos los pulgares por sus extremos como
para formar la cadena magnética, con la que dicen
que se hacen girar los platos y los sombreros. La mano
derecha representa el continente africano, la izquierda
es el Asia. El vacío que resulta entre los pulgares y el
pecho significa el Mediterráneo que, extendiéndose
por la muñeca derecha (á la que supondremos cortada,
para que nos haga el efecto del Estrecho de Gibraltar),
toma, desde el lado opuesto de la misma muñeca hasta
el extremo del meñique izquierdo, el nombre de Océa­
no Atlántico.
El hueco desde los pulgares hasta los nudillos de
los índices, es el mar Rojo ó golfo Arábigo; y desde
dichos nudillos hasta la extremidad de los dedos, el
mar de las Indias.
Los pulgares, unidos, son la lengua de tierra que
une al Asia con el África, y que, impidiendo que el
Mediterráneo y el mar Rojo se junten, toma el nombre
de istmo de Suez.
Cuando, antiguamente, un buque tenía que trans­
portar mercancías á las Indias ó á ios puertos chinos
colonizados por europeos, abordaba el Océano atlánti­
co, costeaba la punta de la mano derecha, y navegando

VIA JE A C H I N A

237

después de índice á índice, estaba seguro de llegar en
unos seis meses á su destino, cuando no tenía que de­
tenerse un par de ellos, esperando viento favorable
sobre la extremidad del anular derecho, conocido con
el nombre de Cabo de las Tormentas ó de Buena Es­
peranza.
Pero un día el orbe entero se conmovió. Era por los
años 1820. Un inglés llamado Mr. Wagorne había
imaginado el modo de hacer llegar el correo desde
Europa á las Indias, ganando más de una mitad de
tiempo. Time is money, gritó la Gran Bretaña; y la Mala
inglesa quedó establecida de este modo: un buque de
vapor conducía los paquetes desde Gibraltar hasta el
nudillo del pulgar derecho, ó sea Alejandría; desde
allí, atravesando el dedo, ó sea el istmo, el correo era
llevado por tierra con graves riesgos y exposiciones,
hasta el puerto de Suez, en la bifurcación del pulgar
y el índice : y una vez en Suez, otro vapor de la com­
pañía Peninsular y Oriental inglesa lo dirigía á su des­
tino por el mar Rojo.
Era este un inmenso adelanto, y bien merecido tiene
Mr. Wagorne el busto que la Compañía le ha levan­
tado en el extremo del canal; pero la rapidez de la
comunicación postal no hacía sino aguijonear la im­
paciencia del mercader que, si bien recibía la remesa
con mucha antelación, no por eso las mercancías tar­
daban menos. En esto apareció Mr. de Lesseps, y es­
grimiendo unas tijeras de gran temple intelectual y
de muchos millones de coste, dió un corte en el itsmo,
hizo que dos mares, hasta entonces separados por
dimes y diretes de una mala lengua de tierra, queda­
sen amigos hasta el extremo de vivir juntos, y ayudado
por el vapor, logró que en la quinta parte del tiempo
que un buque invertía antes en costear el África, pue­
da hoy el viajero trasladarse desde el Campo de Marte
hasta Pekín.
El canal no es otra cosa que una inmensa zanja

238

EN R IQ U E

GASPAR

abierta en el istmo y que se ensancha de cuando en
cuando por la presencia de los lagos Menzaleh, Ballali,
Timsah y los Amargos. Á derecha é izquierda el de­
sierto con sus ribazos blancos de sal por la evapora­
ción del agua. De distancia en distancia un chalónf ó
estación de la empresa, donde un poco de tierra vege­
tal, llevada exprofeso, ha permitido que broten algu­
nas plantas para solaz y entretenimiento del guarda y
remembranza de la vegetación en la mente del viaje­
ro. Por rara casualidad, un árabe con la espingarda al
hombro atraviesa aquellos arenales, veloz como el pen­
samiento y como huyendo de la soledad. En las horas
en que el sol cae más á plomo, algún camellero, con
cinco ó seis de sus fieles rumiantes, busca saludable
refugio cerca de la corriente de las aguas, tendido en
la vertiente del talud. Constantemente el espejismo,
produciendo extraños fenómenos de óptica. Ya son
montículos de arena que, reflejados en la atmósfera,
semejan islotes saliendo del fondo de un lago : ya es
una ciudad con sus cúpulas y minaretes, qué la reali­
dad destruye y convierte en la reflexión de una ban­
dada de grullas que dispersa el silbido del vapor. En
el medio del canal, un verdadero oasis: Ismailia con
el palacio del virrey, rodeado de palmeras, naranjos y
bananeros. Un poco más lejos nos sorprende la noche;
pero como la navegación está aquí prohibida fuera de
las horas de sol, hacemos alto. Se respira plomo ; las
bujías del piano ostentan una llama fija é inmóvil
sobre cubierta; estamos atracados junto al ribazo y
nadie se atreve a desembarcar : hay fieras. Amanece
el 19 y nos ponemos en marcha.
Tres horas después estamos en Suez. La ciudad,
distante como una legua del puerto, se une á éste por
una faja de tierra echada sobre el agua, sin una pie­
dra, sin un árbol, sin el menor pretexto de sombra.
Pocos minutos después, el vapor sigue su rumbo y
penetra en el mar Rojo.

VI AJE

A CHINA

239

La sacudida del hélice re p erc u te en el corazón del
viajero, y de un solo latido de su frente, retro g rad a
miles de años. Va á pasar de M ahom a á Moisés, del
Corán al Génesis; de la leyenda árabe al dogm a bíbli­
co; del m órbido seno de la desnuda poesía, al severo
y m ajestuoso pliegue de la túnica cristiana.

Macao, 14 Marzo 1 8 7 9 .

Mi querido amigo:
Estamos atravesan­
do el golfo de Suez;
parece que, con sólo
extender los brazos, vamos á tocar al África por la
derecha y al Asia por la izquierda. A un lado llevamos
la tierra de los Faraones, el poema de José, el Nilo,
cuna del gran legislador del pueblo Israelita; al otro
el desierto, cuarenta años de peregrinación, Judea, el
Jordán, Jerusalén.
i Ves por babor aquel pequeño paraíso destacándose
en medio del arenal de la Arabia pétrea ? Es un grupo
de palmeras y plátanos dando sombra á la fuente de

V IA JE

A

C H IN A

24I

Moisés, primer alto de los Israelitas después de pasar
á pié enjuto el mar Rojo. Por la noche, el pico del
monte Sinaí sale á recordarnos los preceptos del De­
cálogo. El mar se ensancha, bórranse las costas; pero
la imaginación le hace adivinar á uno la proximidad
de Medina, tumba del Profeta Mahoma, y los vapores
que, hacinados de sectarios del Koran en caravana, se
cruzan con el nuestro, nos señalan la situación de la
Meca, la ciudad santa del islamismo.
Durante tres días el calor nos sofoca. Por fin, llega­
mos al estrecho de Bab-el-Mandeb, ó puerta de los
Suspiros, perfumada con el aroma de los cafetales de
Moka. Destacado de la costa africana se ve un peñón;
es Perrin, la primera portería del estrecho; aquel
guardián habla inglés, y á guisa de llavero ostenta un
variado y surtido manojo de cañones. Unas horas más
tarde, al amanecer el día 24, otro inglés, con más ca­
ñones que el primero, nos abre, por decirlo así, la otra
hoja de la puerta, y fondeamos en Aden, pequeño rin­
cón de la Arabia feliz.

Los hijos de Albión han impuesto al mundo cono­
cido la sacramental frase de las casas de Madrid: Na­
die pase sin hablar con el portero. Inglaterra es el con­
serje universal. Desde su casa puede pasar revista á
todo el que se proponga dirigirse por el mar del Norte
á las regiones árticas. El estrecho de Gibraltar le per­
mite husmear cuanto ocurre en el Océano y el Medi­
terráneo. Queda un boquete abierto entre la Sicilia y
Túnez; lo tapa con Malta; y Constantinopla, sobre la
que de hecho ejerce el protectorado, cierra la marcha
de esta serie de mamelones, que forman la gran mu­
ralla marítima de la Europa. En el triángulo del África
es dueña de los ángulos: Sierra Leona, el canal de
Suez, en la forma de la mitad de sus acciones, y el
16

242

ENRIQUE

GASPAR

Cabo. La América se halla prensada entre la NuevaBretaña, ó Canadá, la Jamaica y las posesiones antárticas y las de la Oceanía; y por lo que al Asia respecta,
empezando en Chipre, siguiendo por Aden (donde se
convierte en oro el café de Moka y desde el que se es­
cudriña todo el movimiento de la costa S. E, del África,
del cabo Guardafui al de Buena Esperanza) y termi­
nando en el estrecho de Bering, todo habla inglés y
nada escapa á la vigilancia de la Gran-Bretaña. El Indostán, enclavado entre dos golfos, está defendido en
el de Omán por Aden y la isla de Ceylán, y por ésta y
Singapore en el de Bengala; amén del refuerzo de la
Australia para tener en jaque á toda la Malesia y la
Micronesia en el Océano equinoccial; la Cochinchina
no puede moverse entre la Península de Malaca y
IIong-Kong; y por último, las concesiones otorgadas
en Shang-hai, Tien-tsing y la costa de la China, llevan
la influencia del Reino Unido hasta las regiones árti­
cas en el estrecho de Davis, y puede decirse que la In­
glaterra tiene al mundo metido en el bolsillo.
Pero hablemos de Aden. Allí dejamos á los viajeros
que se dirigen á Zanzíbar, Mozambique, Madagascar,
Mauricio y Borbón. Una serie de rocas peladas, sin
más vegetación que una lujuriante de artillería de
grueso calibre, sirve de asiento á la ciudad. Esta es
una de las primeras fortificaciones del mundo; luégo
la visitaremos; antes fijémonos en lo que rodea al Ti­
gris. Ya han trepado por la borda multitud de merca­
deres y se han cerrado las portillas de los camarotes
para evitar el hurto y la rapiña. Aquello es una inva­
sión de hordas salvajes de aspecto aterrador, color de
ébano, ojos inyectados en sangre, pelo crespo, sonrisa
infernal, alaridos de fiera, desnudos la mayor parte, y
ofreciéndote sus mercancías, consistentes en pieles de
tigre, de leopardo ó de mono, maderas toscamente la­
bradas, flechas, crises, armas, dientes de animales ; la
especulación, en fin, en su forma más rudimentaria.

VIA JE

A CHINA

243

Nuestro vapor se ve rodeado por infinidad de bar­
cazas, tripuladas por seres que parecen monstruos
salidos del Averno, y que en un inglés sui generis, te
brindan con llevarte á tierra. Los niños, que de cinco
ó seis años ya manejan sus embarcaciones, tienen el
aspecto de monos; como el simio, rechinan los dien­
tes, y como él tienen los piés y las manos aplastadas,
y muy largas las falanges. Han nacido para vivir en el
agua, y es de ver como, por una pequeña retribución,
se precipitan desde la borda del Tigris, atraviesan su
quilla de babor á estribor, luchan entre sí y pescan la
moneda, que muchas veces el remolino ha conducido al
fondo. Otras, como en el viaje anterior al del 'Tigris ,
acontece que un tiburón se encarga de dirimir la con­
tienda, devorando á alguna de aquellas pobres cria­
turas.
Lo que llama poderosamente la atención, es que la
mayor parte de aquellos negros ostenta una cabellera
rubia como un hijo de las orillas del Támesis. Confie­
so que mi primera intención fué creer que la influen­
cia del dominio inglés entraba por algo en aquel mesticismo de la raza; pero luégo supe que sólo se debe á
la moda, que allí, como en todas partes, hace sentir
su presión. Parece, en efecto, que este es un signo de
distinción entre los habitantes del golfo de Aden, y
que para obtener el resultado que se proponen, se
untan la cabeza, después de raspada, con una mezcla
de cal y no sé qué otra sustancia; y lo prueba el que
muchos de ellos llevaban su hedionda plasta sobre el
occipucio, pareciendo como atacados de alguna asque­
rosa enfermedad cutánea. Después dejan crecer el pelo,
que, crespo y de colores distintos, les abulta la cabeza
en tres ó cuatro veces el tamaño natural, y excuso de­
cirte si, al ver correr hacia ti á un fenómeno semejante,
no echas mano al revólver, como medida de precaución.
Lo primero que, después de los cañones, se ve al
tocar tierra, es el barrio comercial, con sus agencias,

244

EN RIQ U E

GASPAR

fondas, factorías y la residencia del gobernador. Unos
sucios é incómodos coches de cuatro asientos le llevan
á uno por la ciudad indígena, formada de chozas y
zaquizamíes; y después de cruzar el verdadero Aden,
con sus cuarteles, sus casuchas jalbegadas y sus estre­
chas calles, sigues subiendo, con el mar siempre á la
izquierda y algunos arrabales hediondos á la derecha,
hasta llegar á las cisternas, obra titánica donde apaga
su sed aquel pueblo, asfixiado por los rayos de un sol
tropical.
En todo el trayecto de dos horas no se encuentra ni
el vestigio de una planta; sólo al pié de las cisternas
han conseguido, llevando tierra vegetal de Europa,
plantar una docena de árboles, pero una docena lite­
ralmente hablando, que han alcanzado el desarrollo
de una mata de laurel. En los puestos de la policía,
que se suceden de trecho en trecho, se ve por vez pri­
mera el gong ó campana china, disco de metal que da
un sonido como el del címbalo, y con el cual se comu­
nican los agentes. Estos dominan á la turba á palos, y
te libertan por ese medio de los innumerables chiqui­
llos que te siguen y asedian pidiéndote una limosna,
lo que no quita para que, después de despejado el te­
rreno, el policem an tienda también la mano en demanda
de retribución.
Asombra la diversidad de razas que allí pululan. El
árabe, de correctas facciones; el abisinio, desafiando
al sol con su cabeza siempre descubierta, y tapando
sus piernas con una sábana llamada sarrong, que, liada
á la cintura, pende hasta los tobillos, mientras que
embozado en otra, echada sobre los hombros, encua­
dra con elegantes pliegues su bronceada fisonomía,
de puras aunque acentuadas líneas, y juguetea con el
inseparable junco en forma de cayado, indispensable
atributo de su elegante condición; el somaulís, con su
gracioso turbante; el afeitado y desnudo habitante de
Nubia, cabalgando sobre el paciente asno; el parsi,

VIAJE A CHINA

245

descendiente de los antiguos persas, sectario de Zo*
roastro y adorador del fuego, cubierto con un jaique
sobre calzones á la europea, y calzada la cabeza con
una como mitra en forma idéntica á la boquilla de un
clarinete ; el indostánico ó malabar, con la chaquetilla
de vivísimos colores y el abultado turbante escarlata,
fumando sus ehibuc, incrustado en las jorobas de su
camello; hasta el hombre, en fin, que sin otro traje
que un pañuelo pendiente de la cintura, ignora su pa­
tria, su religión y su lengua ; todo se encuentra allí en
mezcla confusa, como si la especie humana se hubiera
dado cita para asombro del viajero, que sólo conoce el
mundo por las cartas geográficas.
Amanece el día 25, y zarpamos con rumbo á Ceylán.
A las dos de la tarde doblamos el cabo Guardafui, y
dejamos el estrecho de Bab-el-Mandeb para cruzar el
golfo de Omán por el mar de las Indias, y aquí empie­
za á danzar el buque impelido por un violento S. O.,
que no es otra cosa que los últimos, pero respetables,
aletazos del monzón.
Son los monzones unos vientos que en dirección
distinta reinan periódicamente en estas latitudes. De
Octubre á Marzo soplan de NE., y de Mayo á Agosto
del SO.; pero hasta entablarse ó fijarse, hay en los
meses intermedios una lucha entre ambos, que pro­
duce en el mar de la China los horrorosos huracanes
conocidos con el nombre de tiffones que, aunque de
menor importancia que los ciclones del Atlántico, oca­
sionan catástrofes espantosas.
Pasemos lo mejor que podamos estos ocho días que
nos esperan sin ver tierra, y colocándonos por entre
las Maldivias y las Lakedivias, recalemos sobre el cabo
Comorin, crucemos el golfo de Manaar y fondeemos
al terminar el 2 de Setiembre en la parte meridional
de la isla de Ceylán, en aquel paraíso, portugués pri­
mero, luégo holandés y británico últimamente, que
lleva el nombre de Punta de Gales.

246

E N R I Q U E GASPAR

Busco, pero en vano, la manera de describirte esta
maravilla ; no se me ocurre más que compararla á una
decoración de ópera de gran espectáculo. Voy á ver si
puedo dar de ello alguna idea. Estando en rada, miras
de frente á la ciudad, y por tu derecha se extiende la
costa. ¿Te has detenido á observar alguna vez el innu­

merable tejido de troncos y ramas de que se compo­
nen los zarzales y las malezas ? Pues figúrate que toda
aquella inextricable red de palitos se convierten en
elevados y airosos cocoteros, que se cimbrean al soplo
de una benéfica brisa, y tendrás la base de esta incon­
cebible vegetación. Imagínate que del centro de la
ciudad, surgen cúpulas de templos católicos, pingoro­
tes de capillas ojivales ó góticas, promontorios de p a ­
godas búdhicas, pirámides de monumentos bramines,
minaretes de mezquitas árabes, terrazas de opulentas
moradas ; y todo esto entre bosques de jardinería. Yo

VIAJE

A CHI NA

247

no sé si me explico; pero á ver si me entiendes: re­
cuerdo que en todas partes por donde la vegetación
es rica, se ve una masa hermosa, imponente; pero
masa en fin, cosa maciza. En Gales no; los troncos estan tan compactos que se tocan; pero las ramas son
tan variadas, tan elegantes, tienen una languidez tan
poética, que parece como que el artífice de aquella
naturaleza ha estudiado la combinación de la luz sobre
los colores de las plantas, y se ha complacido en recor­
tar aquellas hojas festoneadas, para que un cielo siem­
pre azul caiga á pabellones por las ondulaciones de los
árboles, y un sol tropical se infiltre por entre los hilos
de aquel encaje de verdura. Junto al cocotero de cu­
bierto tronco y arqueado penachb, surgen el banane­
ro, de ancha y deshilachada hoja, y la palma del via­
jero, abanico abierto de colosales ramas, que lanza al
aire sus varillas, adornadas de plumas de esmeralda,
con la regularidad de los radios de una circunferencia;
y si de los prismas pasamos á los olores, dime el ma­
ridaje que resultará de la mezcla de aquellas gomas,
con los efluvios de unos frutos que, empezando en la
odorante piña, espiran y se ahogan en los bosques de
caneleros. ¡ Aquello es un caos de colores y perfumes!
Saltemos pronto á tierra ; hay que entrar allí. ¿ Pero
qué es esto? En Gales todo es sorprendente. Las lan­
chas tampoco son como en los demás países; los botes,
las canoas, las falúas, todo aquello concluyó. Aquí nos
sale al encuentro la piragua, embarcación típica y ori­
ginal, que merece describirse.
Figúrate un cajón de madera, de la longitud y de la
altura de una canoa ordinaria, con dos proas como
ésta, pero sin tripa, toda vez que sus costados lo for­
man sencillamente dos planchas, unidas entre sí por
unos travesaños en la parte superior, y una especie
de peana ó contrapeso por abajo. Su anchura no llega
á media vara, de tal modo que los tripulantes, al sen­
tarse en ellas, llevan las piernas encajadas, y las cade-

248

E N R I Q U E G ASP AR

ras fuera de la embarcación. Como supones, sería
imposible que este aparato flotase, á no ser por el ba­
lancín que le agregan por un costado, y que consiste
en dos largos rem os arm ados y sujetos á la borda en
posición de bogar, á cuyos extrem os se ata transver­
salmente, ó sea paralelo á la piragua, un cilindro de
m adera que, descansando sobre el agua, establece el
equilibrio, presentando un extenso polígono de resis­
tencia que le im pide zozobrar.
Ya asaltan el Tigris los b u honeros del país. La raza
h u m an a, que en Nápoles era m orena, tostada en Áfri­
ca y negra en Aden, empieza á p e rd e r color en la In­
dia ; el cingalés es un m oreno con fondo amarillo y
pelo de azabache. Hom bres y m ujeres se peinan
echándose las m elenas hacia atrás, y retorciéndolas
para sujetarlas, hechas un bodrio, sobre la nuca ; un
peine de gom a como el que en E uropa usan las niñas,
com pleta su tocado. El cuerpo le ciñen con un sarrong
de colores, como la sábana de los abisinios, y una cha­
quetilla europea en ellos y un gabancito ó caracó en
ellas, que tiene poco de airoso. El sexo feo suele usar
patillas, lo que acaba de asimilarlos á los gitanos.
La venta á bordo ha cambiado tam bién de fase. A
los p roductos artísticos de Italia y á los zoológicos de
la Arabia, han sucedido los finísimos encajes de Lahor,
los bordados y telas prim orosas de Cachem ira, los
p roductos p e r s a s , que las caravanas indostánicas
tran sp o rta n de Ispahán y de T eh rán , y por últim o, las
piedras preciosas con que en calidad y cantidad com ­
pite la India con el m u ndo entero.
Debo advertirte que se venden m uy caras y que te
piden p o r ellas el cuádruplo de su valor; así como
que hay que ser m u y experto para no to m a r gato por
liebre, pues son más las piedras falsas que las v erd a­
deras que se ponen en circulación. Sólo de ese m odo
se explica que yo adquiriese ocho g randes rubíes, tres
enorm es zafiros y un topacio en cambio de tres levi-

VIA JE Á CHINA

249

tas, dos pantalones y cuatro chalecos fuera de uso.
Fué un cambalache de cristal por paño, muy admitido
entre los joyeros falsos cingaleses.
Desembarquemos; pero no me preguntes lo que es
Punta de Gales; no lo sé. Allí no hay calles; son bos­
ques inmensos en los que, diseminados, encuentras
templos, casas, chozas, hoteles, agencias, joyerías; co­
ches que se cruzan con carretas tiradas por bueyes
pequeños, que trotan como caballos, bayaderas que
bailan, magnetizadores de serpientes que las electri­
zan al són de la flauta, juglares que te asombran, titi­
riteros que te horripilan. Ya sabes que los indios del
Malabar son los más hábiles gimnastas que se cono­
cen ; estoy persuadido, sin embargo, de que van á
maravillarte estos dos ejemplos de acrobacia y prestidigitación de que he sido testigo en uno de aquellos
jardines que llaman plazas.
Un hombre coloca tres venablos ó chuzos atados en
forma de trípode y con los hierros hacia abajo, sobre
el puño de un sable; apoya la punta de éste sobre una
lanza, y acostándose en el suelo, tiene todo aquel ar­
matoste en equilibrio sobre su frente, hasta que dán­
dole una sacudida, despide la lanza por un lado, el
sable por otro y los venablos vienen á clavarse en el
suelo entre las rodillas y los sobacos del titiritero.
Otro individuo puso sobre una mesa, sin tapete, una
canasta de mimbre, en la que, encogiéndose mucho,
se arrebuñó un muchachuelo; cubrió el cesto con su
tapa, y blandiendo un enorme cris, se entretuvo en dar
de puñaladas al continente y al contenido. Oyéronse los
ayes más desgarradores, la sangre corría por la mesa...
—¡ Basta! ¡ Basta!—gritamos todos, no dando crédito
á nuestros ojos.
El juglar destapó entonces el canasto; el canasto es­
taba vacío y el rapazuelo entraba en el corro pidiendo
con su platillo unas monedas de cobre por aquel in­
concebible espectáculo al aire libre.

¿5o

ENRIQUE GASPAR

Una de las imprescindibles excursiones que hay que
hacer en Punta de Gales es a Wackwella (pronuncia
Guacuela). Un cómodo y bien acondicionado coche te
lleva, mediante tres rupias (treinta reales), y durante
cuatro horas, a visitar el bosque de los caneleros; y
por un camino imposible de describir, en el que abun­
dan los árboles mas raros, las aves mas trinadoras y
pintadas que puede soñar la fantasía, y por el que
constantemente te sigue una turba de rapaces ofre­
ciéndote, ya un mangustan rojo como la grana y blan­
co como la nieve, ya un coco con que aplacar la sed,
ya una rama de canela con que perfumarte, llegas a la
plataforma en cuestión, desde la que, saboreando un
refresco del país, divisas un extenso horizonte, cuaja­
do de islas de cocoteros y de colinas de cafetales, por
las que serpentea lo que al pronto parece un ancho y
caudaloso río de muchas leguas, y que resulta ser una
interminable y consecutiva serie de plantaciones de
arroz. En el fondo se destaca el pico de Adán, monte
situado al N. de la isla, detrás del que existe el puente
de Eva, que une la isla de Ceylan al continente índico,
separados por el estrecho de Palk. Porque, debo ad­
vertirte, que ios Cingaleses pretenden, y creo que con
razón, que el Paraíso terrenal estaba en su casa; así
es que se encuentran allí todos los nombres de nu es­
tras Sagradas Escrituras, y hasta se rinde culto á la
Virgen María.
Oye cómo la teogonia de los bramines cierra el capi­
tulo de su Génesis:
«Atani entristecía en el P a ra íso ; Dios le dió á Iva
por compañera (aquí sigue una bellísima descripción
imposible de traducir, pero tan admirable como el
cántico de los cánticos). Y al contemplar Dios tanta
ventura, dijo :— Ahora sí que estoy satisfecho de mi
obra ; ya es perfecta ; he producido el amor.»
Suenan las once de la mañana del día 4 y no tene­
mos tiempo que perder. Despidámonos de los pasaje-

VIAJE A CHINA

25 I

ros para Pondichery, Madras, Calcuta y Bengala en
el E. de la India, y de los que se dirijan á Bombay por
el ferro-carril del continente. Volvamos al Tigris y zar­
pemos. En cuatro días cruzamos el golfo de Bengala.
El 8 se aparece Penang, el portero inglés de los Estre­
chos, con su artillería correspondiente, formando
pendant con la punta de Achem, de la isla de Sumatra,
en la Occeanía. Al amanecer del 9 concluimos de pasar
el estrecho de Malaca y atracamos junto al muelle de
Singapore. Estamos sobre el Ecuador; un grado más
y cortamos la línea.

La entrada á esta posesión inglesa es uno de los es­
pectáculos más bonitos que puede soñarse y comparte
justamente la admiración del viajero con el Bosforo, el
Rhin, el Danubio, la bahía de Río de Janeiro y el golfo
de Ñapóles. Imagínate que Singapore es un gigante
cuyos enormes piés, que son las costas, están bañados
por el agua. El vapor se desliza por la punta de sus
dedos; pero cada vez que cruza una de sus bifurcacio­
nes, viene á sorprenderte un panorama pintoresco y
variado, que te lleva de sorpresa en sorpresa. Entre
una vegetación, si no tan exuberante, por lo menos
tan coqueta como la de Ceylán, ves aparecer en la
cumbre los bungalows, ó casas de campo inglesas, con
sus galerías corridas bajo una serie de arcadas, mien­
tras por abajo, en los repliegues de los dedos, pueblos
enteros de chozas plantadas sobre estacas, se reflejan
en las ondas, de las que brotan árboles copudos y en
que se bañan las aves domésticas. Cada una de aque­
llas ensenadas parece un Nacimiento.
Aquí la raza es ya amarilla, con ese tinte enfermizo
que caracteriza al malayo.
Elegantes y ventilados cochecillos llamados palan­
quines, tirados por caballitos malabares, de la alzada

2 52

EN RIQ UE

GASPAR

de un borriquillo moruno y guiados por un cochero
indio, con quien generalmente se cierra el ajuste á
bofetadas, te transportan por un larguísimo camino
poblado de tenduchos, en su mayoría chinos, á la
city ó barrio comercial. Este es sombrío, sucio; pero
importante y lleno de animación.
Singapore es el punto de escala de los que van y de
los que vienen, y el almacén de depósito de todas las
mercancías imaginables. Así es que, relacionado con
el resto del mundo, pululan en su seno todas las razas
que vimos en Aden, enriquecidas con el concurso de
los siameses y anamitas, los chinos del N. y S. del Ce­
leste Imperio, los tagalos del Septentrión, los visayas
del Centro y los moros del Mediodía del archipiélago
Filipino, los javaneses y los indígenas, en fin, de las
Molucas, las Célebes, la Oceanía y Australia. Allí no
tienes que preguntar al europeo el derrotero que si­
gue ; su rostro te lo indica; el que llega tiene color,
está rozagante, ríe, charla, nace. El que regresa se
lleva el sello del país, amarillea, calla, se queja, muere.
En Singapore el traje se simplifica ; el sarrong se re­
duce á un taparrabos, el desnudo impera y empiezan
á verse los shalakos, enormes discos de junco de infi­
nitas formas, para cubrirse aquellas cabezas afeitadas
ó aderezadas con tufos de pelo, que ya brotan en el
principio del occipucio, ya se corren hacia la nuca
ó se inclinan caprichosamente sobre una de ambas
orejas.
En la City vi el tipo que más ha excitado mi hilari­
dad. Era á la puerta de una tonelería; y sobre una
pipa un hombre totalmente desnudo, con la cabeza
afeitada, ostentando sobre sus narices unos anteojos
chinos, cada uno de cuyos cristales tienen, sin exage­
ración, el diámetro de una copa para agua, y su mon­
tura en concha medio dedo de ancho, leía puesto en
cuclillas, á la usanza asiática, el Times de Londres.
Por un magnífico puente colgante, se atraviesa el

VIAJE A CHINA

253

río y se penetra en la ciudad propiamente dicha. Allí
están las casas habitables, el palacio del gobierno, el
City hall ó casa municipal, las iglesias, colegios, con­
gregaciones, paseos, espectáculos; todo en medio de
árboles y de flores ; pero con carácter europeo adap­
tado á las condiciones locales. Poca sociabilidad, trato
inglés, formalidad, mucho
comfort; pero expansión,
cero.
El io salimos de Singa­
pore y empezamos á subir
hacia el N. el mar de la
China, cruzando el golfo
de Siam. El 12 recalamos
en el cabo de San Jaime,
mole imponente erizada de
bosque virgen , en cuya
cumbre se levanta el semá­
foro, visitado constante­
mente por fieras, contra
las que tienen que vivir
apercibidos los vigías con­
denados á aquel peligroso
servicio. Siguiendo la cos­
ta, aparece de repente, ba­
jo la pesadumbre de aque­
lla montaña, un fondeadero llamado la Bahía de los
cocoteros; pintoresco y ameno lugar donde se halla
establecida la estación telegráfica del cable subma­
rino, por la que, pocos días después, recibía mi fa­
milia la noticia de mi feliz llegada, á las siete horas de
mi desembarco en Hong-Kong, mediante la módica
suma de once pesetas por palabra.
Remontamos con la luna el Donaí, ancho y profun­
do río, lleno de zig-zag con monótonos, pero verdes
ribazos, en los que duermen algunos cocodrilos ; y an­
tes de que alborease el día 13, atracábamos delante de

254

EN RIQU E

GASPAR

la Agencia de las Mensajerías en Saigon, capital de la
Cochinchina francesa.

Situado al lado opuesto del río, hay que atravesar
éste en una lancha para llegar á la ciudad. Sin q u erer
exclama u n o : «Esto es Francia.» En efecto, los hijos
de San Luís tienen tre s necesidades, que no pueden
dejar de satisfacer, y que im prim en el sello hasta á
sus colonias menos im p o rtan tes: Cafés, restaurants y
demi-monde. Saigon está alum brada por gas, como to­
das las posesiones inglesas del Asia; pero como en
estas los establecimientos de diversión pública no
existen, resultan oscuros, m ientras que en la m e tró ­
poli de la Cochinchina la luz incita al paseante á reco­
rr e r su muelle, y la gente vive de noche, sin cuidarse
de la hora del apaga-fuegos.
O tro distintivo peculiar de la buena adm inistración
francesa es que el barq u ero ó el cochero no te exi­
gen nunca m as dinero del que tú les das por su t r a ­
bajo.
Las calles, nacientes aún, están edificadas sobre
bosques y ja r d in e s ; pero estos, ni tienen el aspecto
virgen de Ceylán, ni el ondulante y caprichoso de
S ingapore. El rectángulo im p e ra ; han obligado á los
árboles á a p re n d e r táctica, y todos se han tenido que
alinear, para p ro d u c ir anchos boulevares sujetos a
escuadra. El palacio del gob ern ad o r es un magnífico
y su n tu o so m o n u m e n to , los jardines re c u e rd a n el
parque Monceau de París. Dentro de algunos años
aquello no se diferenciará en nada de una capital de
provincia francesa, apa rte de las chozas de los n a t u ­
rales.
La a rte ria principal de Saigon se llama calle de Es­
paña. Es el único testim onio y el solo provecho que
hem os sacado de la cam paña de Cochinchina, en la

V I A J E Á C HI NA

255

que las armas españolas han regalado á sus vecinos
de allende el Pirineo la hegemonía sobre el imperio
de Annam, la costa del golfo de Tonkín y el reino de
Cambodje. Sólo falta Siam para tener el protectorado
sobre toda la India Transgangética.
A rumbosos no nos gana nadie.
Amanece el día 14, levamos ancla, y Norte arriba
del mar de la China, bordeamos la isla de Hai Nam,
entilada al canal de Formosa, y fondeamos el 17 á las
nueve de la noche, en la rada de Hong-Kong, colonia
inglesa del Celeste Imperio.

Y terminados aquí los treinta y ocho días de na­
vegación, en que á escape hemos visitado lo que nos
salía al encuentro, hagamos alto y empecemos á tra­
tar detenidamente de los usos, costumbres, ceremo­
nias y fisonomía del pueblo chino, así como del as­
pecto de las principales poblaciones del país de Con
fucio.

Macao, ig de Abril de 1879.

Mi querido amigo: Cuando desde Europa se le ocu­
rre á uno pensar en China, se la representa en su im a­
ginación como una inmensa tela de esos abanicos que
llegan allí del Celeste Imperio. Por lo menos así me la
forjaba yo. Por todas partes verdes praderas como la
esm eralda, salpicadas de flores rojas y azules; en m e­
dio de aquellas limpias sábanas de verdura, casitas
con su agalerada techum bre, flanqueadas de kioskos
en forma de parasoles superpuestos, con su campanilla
correspondiente al extrem o de cada radio ; el arqueado
puente como la joroba de un camello tendido sobre un
riachuelo transparente que refleja los vivísimos colo­
res del junco al deslizarse por su superficie; á la p u e r­
ta, en forma de una O, de la casa, ataviadas dam as

VIAJE

Á CHINA

257

con sus bordados trajes de seda y dim inuto pié d ep a r­
tiendo tran q u ilam en te con gallardos mancebos e n ­
vueltos en talares túnicas de recamo de oro, y sabo­
reando una taza de t é ; en el fondo niños rem ontando
cometas sobre una terraza, y ancianos venerables de
luenga barba blanca viendo volar pintados pajarillos.
Todos ellos, por supuesto, con caras de marfil, aguza­
das y nacaradas uñas y ojos oblicuos. En resum en, la
China del europeo es el progreso material del siglo xix
com binado con las patriarcales costum bres de los
tiem pos bíblicos; de la tela del abanico se d esprenden
para él estas tres condiciones distintivas de la raza
m ongólica: lujo, limpieza y silencio.
C errem os el abanico y abram os la p u e rta del hoy
im perio tártaro. Vas á ver el desengaño que nos es­
pera.
Una gritería, comparable tan sólo á una riña de ver­
duleras, es lo prim ero que te llama la atención al des­
pedirte de la gente de a bordo y disponerte á to m a r
una embarcación que, desde la inm ensa y hermosa
bahía de Hong-Kong, te conduzca á tierra. Son los
barqueros p u g n an d o por atracar sus cham panes al
Tigris, ofreciéndote sus servicios ó diciendo buenos
días sim plem ente á un cam arada, pues para todo se
alborota aquí.
Y palpitando de emoción bajas las escaleras con los
ojos cerrados para abrirlos de repente y gozar del es­
pectáculo de aquella China soñada.
Lo prim ero que ves es el champan ó bote para con­
ducción de pasajeros y m ercancías, tosca embarcación
parecida á una barcaza m uy tripuda, con un toldo de
bam bú en la popa, chorreando m u g re por todas partes
y exhalando una fetidez insoportable, á la que conclu
yes por h ab itu arte , pues la forma u n conjunto de cir­
cunstancias in herentes á la raza indígena, que consti­
tu y e el p erfum e local, conocido por el europeo con el
nom bre genérico de «olor de chino.» La tripulación

258

ENRIQUE

GASPAR

está compuesta de varias mujeres de distintas edades,
pero de fealdad idéntica ; algunas veces hay también
un hombre; pero como éste viste el mismo traje que
aquellas, carece en absoluto de barba y todos poseen
los mismos rasgos fisonómicos, resulta que para el
viajero inexperto el chino es el sér que bajo una misma
terminación y articulo comprende los dos sexos , masculino
y femenino, y que la gramática coloca en el género epi­
ceno. Ojo pequeño y algo oblicuo, encerrado en un
párpado carnoso, sin casi ceja, frente no muy depri­
mida, nariz aplastada, pómulos salientes, labio supe­
rior con honores de hocico, dientes un poco más pe­
queños que teclas de piano, color mejor que hictérico,
amarillo de vicio, pelo negro de sartén con la aspereza
exacta de la crin; lampiño el hombre, rechoncha la
mujer, pero ambos escrofulosos y llenos de pupas y
asquerosidades, son los componentes de una cabeza
china de la clase humilde, que comprenderemos en la
denominación de culi, como aquí se llama al bracero,
mozo de cuerda y todo el que ejerce un oficio bajo.
Un calzón ancho hasta el tobillo, de una tela que
debió ser percal negro ó azul y que, perdido el adere­
zo de goma, ha degenerado en tejido de grasa, y una
blusa de lo mismo abrochada por el costado, pendien­
te hasta el muslo, con mangas perdidas y largas hasta
rebasar un palmo las manos, que quedan ocultas en
ellas, constituyen el traje común de dos. No hay ca­
misa ni cosa que lo valga. El pié desnudo ; alguno que
otro lleva una suela sujeta con cordeles al tobillo; pero
es raro. Como ves, nada más parecido al disfraz del
pierrot francés, salvo el color y la limpieza. La mujer
lleva la cabeza cubierta con un pañuelo de algodón,
colocado lo mismo que nuestra gente del pueblo; el
hombre la ostenta casi siempre desnuda. Usa, sin em­
bargo, en verano un shalakó ó sombrero de bambú, en
forma de un disco desmesurado, con un pingorote en
el centro, como la tapadera de una taza, y en invierno

VI AJE

A CHINA

259

una m ontera de fieltro oscuro, menos alta, pero idén­
tica en la forma al som brero del pierrot.
Tanto el macho como la hem bra se abrigan con un
saco hasta la cintura, sin m angas y guatado, que vis­
ten sobre el traje descrito, y llamado patchama. Los
niños emplean el mismo uniform e, pero de colores
rabiosos, y les cubren la cabeza, ya con un simple aro,
del que penden borlas y cordones, ya con una cosa
parecida á las carteras en que los chicos de la escuela
guardan los libros, colocada de modo que la cubierta
penda sobre el cogote, y adornando los dos picos del
rem ate de arriba con unas orejitas de gato hechas de
algodón en ram a.
Pasemos al peinado. Los parvulillos llevan sobre
cualquiera de am bas orejas un plum erito, como la
perilla de un hom bre, atadito con una cinta de color;
el resto afeitad o ; con lo cual se consigue que se for­
talezca la parte de pelo que más tarde han de dejarse
crecer, y que, como dejo dicho, toma la consistencia
de la cerda. En efecto : en cuanto el niño llega á adul­
to, se le afeita tam bién el tuferito y se le hace adoptar
el invariable aderezo de la epiderm is capilar m ascu­
lina; porque debo advertirte que aquí nada cambia,
todo es inm utable; no hay modas ni caprichos. El
pasado se sabe por el presente, el m añana puede
leerse por el hoy, la tradición im p e ra ; el estaciona­
m iento es la base de su sistem a.
Hasta hace dos siglos el habitante del Celeste Im pe­
rio lucía larga cabellera y ostentaba el traje con que
vemos representados en sus estam pas á los ídolos y
los héroes de sus leyendas; pero al caer la dinastía
china de los Ming y tener que soportar la dominación
tártara de los m anchures del N., la dinastía Tsing, que
hoy subsiste, impuso á sus vasallos la dura ley del
vencedor, y haciéndoles cam biar de traje, les obligó á
afeitarse la cabeza y dejarse una cola de perro, en signo
de servidum bre.

2ÓO

EN RIQ U E GASPAR

Coloca sobre la cabeza un solideo ; afeita todo lo que
no esté cubierto por é l; deja crecer hasta donde quie­
ra el pelo que aquel encubre ; haz después una trenza
que, con el auxilio de cordones, casi siempre negros,
pero alguna vez azules ó encarnados, llegue hasta los
tobillos, y tendrás la idea exacta del peinado chino,
desde el primer mandarín hasta el último culi, sin más
diferencia que, mientras las clases acomodadas se
afeitan semanalmente y llevan los cordones limpios,
el pobre lo toma por semestres y cambia de cordón
cuando la miseria se ha comido el primero. Algunos
fashionables dejan crecer alrededor de la mata una
como aureola de pelos cortos, que flotan á merced del
viento y que acaba de embellecerlos. Agrega á todo
esto las rarezas de configuración de aquellas cabezas,
cuyos defectos nada hay que disimule ; los chirlos, las
protuberancias y las cicatrices de todo género que las
ornan, y calcula los purgantes que ha debido uno to­
mar hasta acostumbrar el estómago y la vista.
Ya que de pelos me ocupo, consignaré que la barba
en los chinos son diez ó doce hebras de esparto, bro­
tadas al azar, y que les está prohibido por sus leyes y
costumbres llevar bigote hasta que han cumplido cua­
renta y ocho años, ó tienen nietos, ó bien á los veinti­
ocho si son mandarines.
Pasemos á las mujeres. La soltera se echa atrás todo
el cabello, rematado por una trenza larga, en cuyo
tronco lleva liada una cinta de color, formando un
anillo; saca de la sien izquierda un banda de pelo
como de tres dedos de ancha, lo que consigue abrién­
dose una pequeña raya vertical, y se circuye lo alto
de la frente con aquella faja, que va á mezclarse con
el resto de la cabellera por el lado opuesto. Como ves,
las hijas de Eva conservan toda su integridad capilar,
si bien son tan lampiñas como los chinos, pues las ce­
jas y las pestañas hay que verlas con microscopio.
El peinado de la casada es muy difícil de explicar:

VIAJE

A CHINA

2ÖI

echado todo atrás, sin raya alguna, salen de los lados
dos en o rm e s cocas, que sujetan con alam bres por
d e n t r o ; el topo se separa m ás de un palmo de la n u ­
ca, y le form a todo el pelo de la m ata, saliendo como
el espolón de un buque de gu erra, y el del cogote,
subiendo á enlazarse con a q u e l : un cordón de pelo
retorcido baja desde la parte alta y posterior de la
cabeza hasta el vértice de aquel ángulo agudo, y m u l ­
titud de broches y alfileres sujetan, con el auxilio de
la goma, tan complicado aparato, al que dan el n o m ­
bre de peinado del ave de la inmortalidad. Y esta deno­
minación me sugiere una explicación m ás exacta del
efecto que produce este tocado. Córtale á una gallina
el cuello y las patas, ábrela por la pechuga, encájasela
en la cabeza á una china por esta abe rtura, ábrele las
alas en toda su extensión, que son las cocas, y adereza
el topo de m a n e ra que quede form ando la cola. Es
idéntico hasta en sus proporciones.
Por decreto de no sé qué em perador, cierta gente
de m ar esta proscrita de la tierra, y por consiguiente
no puede h ab itar m ás que en sus embarcaciones. De
modo q ue el cha m pa n es el estrado, la cocina, el d o r­
mitorio, la pagoda, la cuna y el lecho de m u e rte de
sus m oradores ; allí nacen, viven, rezan, se re p r o d u ­
cen y m u e re n .
Las m adres, consagradas á sus tareas, no pueden
atender m u y asid u am e n te á sus h i j o s ; así es que para
trabajar desem barazadam ente, se los echan á la espal­
da, sujetándolos con un como pañuelo de lana, al que
va sentado el rapaz y del que penden cuatro correas,
que se ajustan como cinturón y Gomo tirantes en las
caderas. Esto, si el infante es aún m am ó n ; pues a p e ­
nas anda, ya se bandea por su cuenta; y la única p r e ­
caución que se toma es atarle un cordel a la cintura
para pescarle cada una de las veinte veces que al día
se cae al agua : algunos añaden corchos ó vejigas,
para que flote el n áu frag o ; pero no es de rigor, en

2Ó2

E N R I Q U E G A S P AR

atención a que sin ellos aprende á nadar más pronto.
Al cruzar la bahía, mi primer cuidado fué estudiar
su aspecto ; allí te encuentras el pontón para hospital
militar, navio de tres puentes sin arboladura ; el co­
modoro inglés, el almirante francés, corbetas rusas y
alemanas, la Mala francesa que llega de Europa, la
inglesa que sale para la India, vapores británicos para
Shang Ilai y Emuy, españoles para Manila, la Mala
americana del Pacífico, los anexos de las Mensajerías
para el Japón; pero te preguntas: « ¿ Y la marina chi­
na?» Allí la tienes representada por miles de champa­
nes y centenares de lorchas para la pesca y el tráfico
costero, única empresa de estos nautas con coleta.
La lorch a es lo que vulgarmente llamamos junco;
barco tripudo, más ó menos grande, con una popa
semi-esférica, anchísima y desmesuradamente alta,
timón descomunal calado en celosía, y dos palos, á
los que van sujetas unas velas latinas despuntadas
con una serie de travesanos horizontales de madera,
á modo de entenas, para tomar los rizos. Muchas de
ellas, aun las mercantes, llevan á bordo cañones de
hierro, que ni el famoso de Barba-Azul. Como el
champan, la lorcha es una casa de familia, cuyo des­
aseo está en proporción de su mayor capacidad. El día
se lo pasan tocando el gong, ó tan-tan, ó campana chi­
nesca, que estos tres nombres tiene el disco en cues­
tión; y la noche quemando papelitos para ahuyentar
á los espíritus maléficos.
La media docena de lanchas cañoneras que posee
el gobierno, están mandadas por capitanes franceses,
ingleses ó americanos.
Por fin, desembarcamos en el muelle; culis machos
y hembras transportando mercancías, pendientes a
los extremos de un bambú, colocado sobre el hombro,
culis de silla asaltándote con las de mano ó literas,
único medio de locomoción en estas regiones, agentes
de policía india con sus abultados turbantes encarna-

VI AJ E A CHI NA

203

dos, re partiendo bofetones y latigazos con que hacer
e n tra r en orden á aquellas acémilas h u m a n a s del ser­
vicio público, y m ucho europeo consagrado á sus t a ­
reas, constituyen el m ovim iento de la población; pero
aquello no es China ; las casas que veo son las de mis
latitudes, la gente con coleta que circula por las calles
es la hez del pueblo uniform em ente vestida, y yo ne­
cesito la tela del abanico, los colores, la luz, el recam o
de oro, los bordados en seda, el Oriente, en fin, con
sus m andarines, sus tropas, sus m ujeres, su i n d u s ­
tria, sus diversiones, su vida peculiar.—Ya le veo á
usted á la caída de la tarde persiguiendo modistillas
chinescas — escribía á un amigo mío residente en
liong-Kong otro suyo de Madrid, y yo, a u n q u e sin
instintos de pirata callejero, deseaba conocer en toda
su integridad la fisonomía del Celeste Imperio. L uégo
irem os al barrio chino ; — ahora recorram os la ciudad
europea.
llong-Kong es una maravilla. Edificada en anfiteatro
sobre una peña que hace cuarenta años no tenía ni
una planta, asom bra el ver lo que los ingleses han h e ­
cho de ella en tan corto espacio. Calles paralelas y
escalonadas, abiertas á lo largo de la isla, te ofrecen
por doquiera la grata som bra de sus am enos, elegan­
tes y caprichosos jardines ; porque es de notar que,
aprovechando los accidentes del terreno, han edificado
sus avenidas de modo que las calles no parecen calles;
al lado de un templo ves una esbelta escalinata que
conduce a la casa contigua, levantada sobre un t e r r a ­
plén con árboles; junto al graderío que te hizo subir,
se abre u n a cuesta con artística ornam entación, q ue
te hace bajar al bungalow vecino; u na tapia te oculta
el cottage que se alza sobre el prom ontorio de u na co­
lina interio r; de modo, que la vista va de sorpresa en
sorpresa, descubriendo aquel sem brado de m oradas
espléndidas entre una vegetación artificial, y de forti­
ficación en fortificación, de paseo en paseo, de la igle-

264

EN R IQ U E

GASPAR

sia al club, del teatro al hospital, subes por magníficos
caminos en zig-zag, hasta el pico Victoria, donde se
halla el semáforo y desde el que abarcas todo el pano­
rama de la rica colonia inglesa.
El mando superior de la isla es conferido por la co­
rona inglesa á un gobernador, con la categoría (aun­
que civil) de vicealmirante y comandante en jefe, que
preside los dos Consejos, ejecutivo y legislativo. La
administración comprende la secretaria colonial, el
tesoro, obras públicas, registro y correos.
La de justicia tiene tres jurisdicciones, la Suprema
corte ó audiencia, la corte de policía ó tribunal suma­
rio y de primera instancia, y la corte de marina. La
institución del jurado existe para lo civil y lo crimi­
nal.
Además del pontón destinado en la bahía á hospital
militar, hay en la población un hospital civil para
europeos, otro para chinos, otro para variolosos y
otro para la marina.
Hay ocho ó diez centros de enseñanza pública, la
mayor parte encomendados á los misioneros.
El material de incendios es una cosa admirable. En
cada distrito estacionan varias bombas de vapor, que
en pocos minutos se transportan al lugar del siniestro.
Esto no quita para que el 25 de Diciembre de 1878 se
declarase un incendio á las once de la noche, y el 2ó,
á las tres de la tarde, estuviesen convertidas en es­
combros seiscientas casas. Las libaciones de Navidad
influyeron mucho en ello.
Fue el espectáculo más imponente que he presen­
ciado. En cuanto se da la señal de fuego, todo indi­
viduo con tienda abierta tiene obligación de mandar
a los culis que están á su servicio, provistos de una
linterna china de papel de colores, y vestidos con un
saco de arpillera, en que consta la razón de la casa en
grandes caracteres. Figúrate, pues, toda la población
dominando las alturas de la ciudad, la gente de los

VIAJE

A CHINA

265

barrios am enazados por el incendio salvando sus
muebles, los culis transportándolos á hom bros en m e ­
dio de la g ritería más espantosa y de la confusión
m enos descriptible, toda la fuerza arm a d a de la plaza
y la de los b u q u es surtos en la bahía prestando su
concurso, el gas apagado, las calles convertidas en
ríos y en cam pam entos, la dinam ita y el cañón d e r ri­
bando m anzanas enteras, y en el fondo aquella h o g u e ­
ra colosal, de la que, como chispas, se desp ren d ían m i ­
llares de linternas en todas direcciones, y que conver­
tía el m ar en un espejo de f u e g o : com prendí á Nerón.
La vida en Hong-Kong, como país comercial, tiene
pocos atractivos. Algunas familias desperdigadas p a ­
sean por este ó el otro vericueto, como m edida higié­
nica; pero sin un p u n to fijo de cita para el high lije.
Hay alguna que otra reunión, y un teatro inglés, al
que apenas asisten señoras: verdad es que éstas son
escasas. En cambio el hom bre se divierte m ucho á la
inglesa, es decir, haciendo excursiones ca m pestres y
desarrollando las fuerzas físicas en ejercicios gím nicos. Como no hay cafés públicos, existen un club ale­
mán, otro p o rtu g u és y otro parsi, pero ninguno puede
com pararse al británico, que es un verdadero modelo.
El ingreso cuesta treinta d u ro s y cuatro la cuota m e n ­
sual; el edificio, suntuoso, pertenece á la sociedad,
que ya no sabe en qué inv ertir el dinero que le sobra;
del seno del m ism o club em anan m u ltitu d de socieda­
des de sport, tales como el club de regatas, el de c a rre ­
ras, el de declamación, el de conciertos, el juego de
pelota con variadísim as manifestaciones, la lucha de
la m arom a, en la que dos bandos tiran de los e x tre ­
mos de una cu e rd a hasta atraerse el uno al otro ; por
su puesto que para cada cosa tienen su magnífico local
ad hoc, no siendo el m enos notable las pra d era s q u e
tes sirven de trin q u e te ; el gobernador y los notables
presiden m uchas de estas fiestas, y á todas tiene d e ­
recho el m iem bro del club general.

266

ENRIQUE

GASPAR

En este puede decirse que vive la parte europea
m asculina de Ilong-Kong. Es su Bolsa. Allí escribe su
correo en magnífico papel que, á granel, y con precio­
sos m em bretes, anda tirado por las mesas, y recibe la
correspondencia que en un cuadro está á m erced del
que la quiera tom ar, sin que se le ocurra hacerlo
nunca mas que al interesado. En el salón de lectura
hay todos los periódicos notables del m u n d o ; de la
biblioteca, rica en obras sobre la China, tom a el socio
los volúm enes que le da la gana y se los lleva á su
casa, dejando en cambio un recibo. Hay u n bar-room,
ó sitio de bebidas, un lunch-room ó puesto de fiambres
para el tente-en-pié, y un diner-room ó com edor, donde
alm uerza y come m uchísim a gente, teniendo sus pla­
tos huecos, que se llenan de agua caliente en el in­
vierno, y su hielo, pancas y ventiladores para el vera­
no. Existen trece dorm itorios, con el objeto de que el
socio que llegue de fuera esté seguro de te n e r cuarto
donde pasar la noche, au n q u e las fondas estén atesta­
das. Y al efecto, cada uno que se sucede tom a su
t u rn o ; de m odo que cuando arriba un décim o-cuarto
huésped, el núm ero uno se va con la m úsica á otra
parte, pues se supone que ya ha debido ten er tiem po
de procu rarse posada. Lo que se consum e no se paga
hasta fin de mes, á la presentación del ticket, ó boleta,
q ue por cada cosa ha firmado el socio, así es que los
dependientes, todos chinos, no pueden ro b a r ni un
céntim o. Magníficos billares, tocadores espléndidos y
salones confortabilísimos completan este prototipo de
casinos, cuya adm inistración corre á cargo de un solo
dependiente inglés con el título de secretario.
La vida es cara en Hong-Kong. Una casa, no m u y
grande, cuesta ochenta duros al mes y ciento cin­
cu e n ta el orificarle á uno cinco muelas. En las fon­
das se paga cuatro duro s por día, sin los vinos, y
cinco reales en el Club por u na copa de licor cual­
quiera.

VIAJE

A CHINA

267

Pero dejemos ya todo lo que huela á Europa y co­
rramos en busca de cosas celestes.
En Queen 's road, ó sea en la arteria principal, alter­
nan con establecimientos europeos, multitud de tien­
das chinas, cuyo aspecto en nada difiere de las que
vemos en nuestra casa, á excepción de las mercancías
que en ellas se expenden.
Trabajos en marfil, filigranas de plata, vasos de
porcelana, pendientes de jade (piedra verde de gran
valor en estas regiones), juegos de ajedrez, abanicos
de concha y de laca, muebles de maqué y otras indus­
trias parecidas, yacen en anaquelerías y escaparates,
relativamente limpios, pero sin agrupación artística.
Las muestras de los bazares son unas planchas de
madera rojas ó negras, colocadas en las puertas verti­
calmente y de canto como columnas, con caracteres
chinos de relieve y dorados, que constituyen el mejor
adorno posible, pues sabido es que la escritura china
es un acabado modelo de elegancia en dibujo. En el
fondo y detrás del mostrador, uno ó dos chinos maci­
lentos aguardan su presa. El mueblaje es invariable,
como el de todo el Celeste Imperio. Sillas ó sitiales,
en ángulos rectos, de una madera oscura, casi negra,
con mas ó menos tallado, según su riqueza, y con
asiento por lo común de piedra, con unas mesas pe­
queñas, rectangulares también, con su tapa de mar­
mol incrustada en el marco. Con estas tiendas alter­
nan algún bazar japonés, con sus elegantes productos
de idéntica fisonomía, pero más artísticos que los
chinos, y mercaderes parsis é indostanes con sus ca­
chemires, telas de la India y mantones de capuchas,
hechos con retalitos del tamaño de dos reales, cosidos
entre sí, y que parecen remiendos, de los que no com­
pré uno porque no me pidieron por él más que mil
pesos, y era usado.
Por fin, á la terminación de Queen 's road, en el ex­
tremo occidental de la ciudad, empieza el barrio chino.

208

KNRIQUE

G A SP A R

¡Horror! ¡Abominación! ¿Y para esto he empleado
treinta y ocho días y me he expuesto á las contingen­
cias de un viaje de tres mil leguas? Figúrate unas casuchas de ladrillo gris azulado, sin enlucido de yeso,
ni por dentro ni por fuera, con una puerta y una ven­
tana embutidas en dos pilares de manipostería, por­
que es preciso que así sea, á fin de que no entren los
espíritus maléficos. Unos gruesos barrotes de palo en
sentido vertical hacen de cancela. En cada una de
estas viviendas habitan treinta ó cuarenta individuos,
la mayor parte con el torso desnudo, destilando prin­
gue, viviendo entre estiércol, en compañía del marrano
y de las gallinas, ejerciendo su industria en colabora­
ción con otro artesano de índole distinta. Así media
tienda pertenece á un sastre y la otra media á un pla­
tero ó pintor de retratos.
Todo son abacerías, expendedurías de verduras,
pescado salado y objetos de culto para las pagodas,
tocinerías, zapateros remendones, armeros y artículos
de ferretería oxidados por el moho y la incuria. En
fin, el rastro de la grasa, de la fetidez y de la basura
elevado al infinito. Ya hablaremos de ello al ocuparnos
detenidamente de los usos y costumbres locales. Por
hoy basta, pues al ver que en vano sería buscar en
Hong-Kong la tan deseada tela del abanico, me falta
tiempo para abandonar este muladar indígena y hacer
rumbo hacia Macao.

Macao 30 de Abr i l de 1 8 7 9 .

Querido amigo : Un elegante vapor de ruedas, estilo
americano como los del Misisipi, pintado de blanco y
con la gran cámara á proa sobre cubierta, te hace re­
correr en tres horas y cuarto, y por la suma de 3 du­
ros, las cuarenta millas que separan á Hong-Kong de
Macao. Las segundas están en el través del barco. Los
chinos, cualquiera que sea su categoría, no son admi­
tidos más que en la cala.
Al ponerse en marcha el buque, lo primero que te
llama la atención es un guardián que, con un sable
desnudo, vigila una escotilla de proa, que comunica
con la cala, y que antes ha tenido cuidado de tapar
con unos barrotes de hierro, á los que ha echado la
llave.
Otro centinela, igualmente armado, custodia la es­
calera que desciende al sollado. Por último, en la cá­
mara hay dos panoplias con machetes, puñales, cara­
binas, revólvers y municiones de reserva, con un
letrero que d i c e : loaded, es decir, cargados. Son pre-

270

ENRIQUE

GASPAR

cauciones tom adas, invitaciones hechas al viajero para
el caso probable, y antes m u y frecuentem ente r e p r o ­
ducido, de que los chinos se subleven al pasar por las
Islas de los Ladrones y en tre g u en la tripulación á los
piratas que infestan estos m ares y que no perdonan
vidas ni haciendas.
P or fin, llegamos á Macao, pequeña península que
afecta la forma de u na S, en cuya cabeza y tripa exis­
ten unas fortificaciones. La curva inferior es el puerto
interior, en la desem bocadura del río. La bahía, h u é r ­
fana de todo buque que no sean las lorchas chinas y
sin casi calado, la represen ta el semicírculo e n tre el
cuello y la cabeza, en cuyo muelle está situada la Praia
Grande, la mejor ó la única calle de la ciudad. Las
dem ás, abiertas paralelam ente á esta sobre la colina,
y las transversales, son callejones tristes, som bríos,
conventuales, acusando pobreza, ru in a y privaciones.
El barrio chino, idéntico al de Hong-Kong, se extiende
p o r la espalda de la S desde la em b ocadura del río
hasta la nuca, de la que arranca un istmo, el que liga
la isla al continente chinesco, largo de un kilóm etro y
ancho lo suficiente para que un coche pase por él sin
caerse al agua, si no se desvía del centro. Al cru zar la
bahía, Macao, del que sólo se ve la Praia Grande, pa­
rece un pequeño Nápoles; después se cree uno en un
pueblo de Aragón ó de Castilla en pleno siglo xvi.
No voy á hacer historia, ni te enseñaría nada diciéndote que esta es la prim era factoría europea q u e el
arrojo de los p ortugueses abrió en los mares de China.
Tam poco te im porta saber que el m ando de la isla
esté confiado á un gobernador, teniente de navio ; que
existen un juez de derecho, un proc u rad o r de asu n to s
sínicos, u na oficina de hacienda, encargados de obras
públicas, sanidad, capitanía de puerto, una guarnición
al m an d o de un com andante, jefes de fortificación, y
m edia docena m ás de funcionarios p o rtugueses, todos
ellos am abilísimos y de franco y abierto carácter. En-

V I A J E A CH INA

27I

tre la colonia lusitana figura un señor don Lorenzo
Marqués, dueño de una casa con un espacioso parque,
en el que se encuentra la gruta de Camoens, com­
puesta de dos peñascos verticales y uno horizontal,
apoyándose en aquellos á semejanza de dolm en ó altar
druida, y en la cual el desterrado vate compuso la
mayor parte de sus L u siadas. Un templete con el busto
de Camoens, y algunas estrofas de su poema esculpi­
das en marmol, alternan con ditirambos de poetas mo­
dernos de todas las naciones, figurando en muy buen
lugar una octava de don José Heriberto García de Quevedo, ministro que fué de S. M. Católica en China.
Las señoras europeas son nones y no llegan á tres,
como canta el dicho. De la raza macaense no sé qué
decirte para darte una idea de su fealdad. Es imposi­
ble que nada en el mundo se parezca al cruzamiento
de chino con portugués, ya de la metrópoli, ya de sus
posesiones de Goa en la India, Timor en Oceanía ó
Cabo Verde y demás establecimientos del África occi­
dental. Imagínate un bull-dog con vestimentas huma­
nas, y te quedas atrás. Por supuesto, no se tratan con
ningún europeo, ni se las ve á ellas en ninguna parte;
deben estar enmohecidas. Por las tardes se colocan
detrás de las persianas (cierre ineludible de todo hueco
de Macao), y desde allí ven sin ser vistas. Los días de
fiesta van á misa, vestidas de negro, y cubiertas con
un enorme manto de seda del mismo color, que pende
hasta las rodillas, y en el que esconden la cara, en lo
cual obran con gran prudencia; además, las que pue­
den usan silla de mano, con puerta apersianada tam­
bién ; es su único ventilador. Te aseguro que al con­
templar aquellas recatadas damas, cruzando en sus
literas las tortuosas y empinadas calles de la ciudad,
alumbradas de noche por algún modesto reverbero de
aceite, y empedradas de pedernal y guijarros en pun­
ta, le da á uno gana de calarse un chambergo con
pluma, embozarse en un tabardo y ceñir una espada

27 2

ENRIQUE

GASPAR

de cazoleta, para no destruir la armonía de un cuadro
digno de la época de Velazquez.
Abolida en 1874 la emigración de culis ó trabajado­
res para Cuba y el Perú, solo recurso, pero beneficioso,
con que contaba Macao desde que la apertura del
puerto de Hong-Kong le privó del gran tráfico con la
Europa y la Oceanía, esta mísera colonia no cuenta
con industria de ninguna clase, si no es la torrefacción
del té, de la que están encargadas casas chinas. Se
puede decir que los macaenses se hallan sumidos en
la indigencia. Como puerto libre, el gobierno portu­
gués no saca de ella mas rendimientos que los que el
juego público le procura ; porque hay que notar que
Macao es el Monaco ó el Baden-Baden del Celeste Im­
perio. El juego prohibido, perseguido y castigado se­
veramente en todo el imperio, se ha refugiado en
Macao, á la sombra de la bandera lusitana.
El chino, que posee todos los vicios, no podía dejar
de ser jugador, y lo es, en efecto, en grado superlati­
vo. Además del ajedrez, las damas, el billar y el vo­
lante, para el que se sirve de los piés con suma des­
treza, tiene cartas más numerosas que las nuestras
(128 naipes), pero en estrechas tiras, como los dedos
de las manos, y con caracteres en vez de figuras; do­
minó, con 42 fichas de madera, al que llama P a i; el
átchen, ó juego de tres dados, en que sobre un cartón,
en que figuran los seis números de uno de aquellos y
las combinaciones de los tres, apunta el jugador, y al
que por onomatopeya se leda el nombre de Kulú-Kulú,
pues imita el ruido que producen los dados cuando el
banquero los agita sobre un platillo cubierto de una
pequeña taza de porcelana. Estos y otros muchos jue­
gos se juegan en mitad de las calles del bazar chino
por culis y arrapiezos que apenas pueden tenerse en
pié, y es muy frecuente el ver á dos chinos comiendo
naranjas y apostando sobre los gajos que tendrán, ó,
á defecto de otra cosa, sobre las sillas que pasarán en

VI AJ E A CH INA

273

tal transcurso de tiempo por la esquina en que están
sentados.
Ya que de sentarse hablo, te diré que la m anera que
tienen de hacerlo los chinos y todos los pueblos del
Asia es especial, é incom prensible que con ella hallen
reposo. Abren las piernas, se dejan caer en cuclillas,
sin tocar al suelo, y así se pasan horas enteras. P ru é­
balo y me contestarás.
Pero volvamos á los juegos y consignemos los tres
m ás productivos para el gobierno portugués.
El Pakopio es una especie de lotería antigua ó pri­
m itiva, en la que, m ediante una contribución, un co­
m erciante chino es banquero. Al efecto, distribuye en
todas las tiendas del bazar unos papeles ó billetes como
cartones de lotería con cuarenta caracteres arriba, y
otros cuarenta abajo. Llega el jugador, y con un pin­
cel borra á su elección cinco caracteres de la sección
superior y otros cinco de la inferior, arriesgando en
ellos el dinero que quiere. El banquero á su vez, y á
una hora dada, antes de que empiece el juego en las
tiendas expendedoras de billetes, ha borrado á su ar­
bitrio otros cinco caracteres de cada sección, y depo­
sitado esta boleta en una caja, cuya llave tiene un de­
legado gubernativo. Ábrese esta al medio día, y los
jugadores cuyas combinaciones son iguales á la que el
banquero imaginó, cobran el premio proporcional á
la suma expuesta. La operación vuelve á repetirse á
las doce de la noche. ¡ Dos extracciones diarias ! ¡ Oh
m oralidad !
El segundo en jerarquía superior es el Fantan. Doce
son las casas, entre prim era, segunda y tercera clase,
que se consagran hasta m edia noche á tan plausible
tarea, dejando al fisco un rendim iento de cuarenta y
cuatro mil duros anuales en concepto de contribución.
Entras por una puerta adornada con calados dora­
dos, como todas las casas lujosas de China, y alum ­
brada por linternas de papel de colores ó de cola de
18

274

ENRIQUE

GASPAR

pescado, con inscripciones. Un biombo de madera
oscura, con los obligados calados, te oculta el lugar
del suplicio. Tomas una escalerilla lateral, sucia y en­
negrecida por el aceite de coco de las iluminaciones, y
penetras en un cuartucho con un balcón ó galería elíp­
tica en el centro, que deja ver la sala de abajo, donde
está el tapete. Algunas casas tienen otra galería en el
segundo piso, tan falta de aseo como la del primero.
Allí te sientas en un escabel de madera, forrado de
grasa, en compañía de varios culis y europeos, que
los sábados, en particular, vienen de Hong-Kong, y
otros puntos á probar fortuna. Unas canastillas, pen­
dientes de unas cuerdas sujetas á la baranda de la ga­
lería, te permiten hacer llegar á los de abajo el dinero
que vas á exponer. Nada te digo de los perfumes que
allí se aspiran entre efluvios de tabaco, tufo de las lám­
paras y eructaciones de los chinos, que consideran este
desahogo como el más delicado refinamiento de cor­
tesía, y en especial cuando uno está convidado en
casa agena para demostrar que la comida le ha sen­
tado bien.
Veamos ahora el salón. Un público tan numeroso y
escogido como el de las galerías, rodea un mostrador,
cubierto, á falta de tapete, con una esterilla fina de
junco, en el centro del cual hay como un ladrillo de
plomo, cada uno de cuyos ángulos representa un nú­
mero del i al 4. Un culi, desnudo hasta la mismísima
región umbilical, es el encargado de colocar las apues­
tas donde el público le marca, y de pagar á los ganan­
ciosos (con 7 por 100 de descuento, que se reserva la
casa para la contribución), ó de cobrar íntegro de los
perdularios. Otro caballero chino, en lucha anatómica
con el primero, se entretiene en un aditamento del
mostrador en ordenar los billetes de banco, pesar los
duros mejicanos, que por aquí son la moneda corrien­
te, y envolver en papelitos los fragmentos de plata,
escribiendo encima el valor efectivo para facilitar las

VIAJE A CHINA

275

transacciones. Conocidos el cobrador y el cajero, pase­
mos al croupier , ó tenedor de la banca. Es este, por lo
común, un señor carnoso y tranquilo, que no exhibe
lo que sus vecinos, no porque deje de estar tan des­
nudo como ellos, sino por impedírselo un pliegue ab­
dominal que candorosamente descansa sobre la mesa.
Tiene delante como quinientas ó seiscientas sapecas.
La sapeca es la moneda china de cobre en circulación;
su diámetro es el de un cuarto de los nuestros, con un
agujero cuadrado en el centro; cada ciento veinte for­
man dos reales. Las sapecas destinadas al Fantan son,
sin embargo, ad hoc, más perfectas y sin inscripción
como las otras. Toma un puñado como de doscientas
próximamente, y las coloca en el mostrador, cubriendo
aquel promontorio con una pequeña tapa de latón para
impedir que el público pueda contarlas con la vista,
tapa que mientras está puesta, indica que puede ha­
cerse juego.
Por fin la quita, y esgrimiendo una varita afilada
por el extremo inferior, empieza con una delicadeza
exquisita á separar con ella sapecas de cuatro en cua­
tro, hasta dejar una última porción que, según resulta
ser de una, dos, tres ó cuatro, da la ganancia á los que
han jugado á estos números, amén de las infinitas
combinaciones á que da lugar el sistema. Por supues­
to, que cuando aún quedan por separar sesenta ó más
sapecas, hay jugador que ya sabe cuál va á ser el re­
siduo. Dícese también que no obstante la vigilancia
del público y el esmero con que la operación se prac­
tica, el banquero sabe sacar dos juntas cuando le con­
viene. De mí he de decir que he estado tres veces para
enseñar este juego típico á extranjeros, y ellos y yo he­
mos perdido siempre.
Pero el que revela hasta dónde llega la pasión del
azar en los sectarios de Confucio y su inmoralidad en
grado supino, es el juego del Vaisen ó de los exami­
nandos.

276

E N R IQ U E G A SPA R

Si las instituciones chinas y sus preceptos sociales
y políticos tuviesen en la práctica la observancia exi­
gida por sus códigos, habría que confesar que era la
primera nación del mundo, y tendríamos á honra el
imitarlos. Pero nada mas falseado en el ejercicio que
las sanas doctrinas de sus moralistas y legisladores.
Hable el Vaisen.
En China no hay otra aristocracia que la del talento.
Honores, títulos, condecoraciones, cargos públicos,
todo, en fin, se le otorga al que más sabe, sin que el
más oscuro y humilde del país deje de poder optar a
la dignidad suprema. Al efecto, todos los años hay en
Pekín y en Cantón, alternativamente, examenes p ú ­
blicos, para cuyos ejercicios existen espaciosos locales
con cuatro, cinco mil ó mas celdas, en las que, tapia­
dos como los cardenales en la elección de Papa, ejecu­
tan los examinandos sus composiciones; no creas que
de ciencias exactas, naturales y físicas, no; toda la sa­
biduría de los celestes se reduce á conocer el mayor
número de signos de que se compone su escritura, las
máximas de Confucio y Mencio, y la genealogía de sus
monarcas con hechos notables de su historia. Así ob­
tienen el título de mandarín, que comprende nueve
grados y se distinguen por el color del botón que co­
locan sobre el sombrero oficial, como te explicaré a
su tiempo, con lo cual se hallan en aptitud para ejer­
cer un destino público, el que, con una gran longevi­
dad y un hijo varón, completa los tres mayores bene­
ficios que estos señores se desean entre sí. Al terminar
los exámenes de un año se reparten las listas de los
examinandos para el siguiente, y aquí entra aquello.
Fórmanse con estas listas millones de cuadernos en
que figuran los nombres de los alumnos ; estos cua­
dernos, que son otros tantos billetes de lotería, se ven­
den á distintos precios á los jugadores, quienes m ar­
can, como en el Pakopio, los nombres de los que juzgan
que han de ser aprobados, ganando al term inar los

VIAJE

A CHINA

277

exámenes en proporción de los nombres que acertaron
y de la cantidad que representaba el cuaderno, j Qué
sumas se jugarán al Vciisen cuando el monopolizado!'
de esta industria en Macao, único punto donde se to­
lera, paga al gobierno portugués cuatrocientos cin­
cuenta mil duros anuales!
Excuso decirte que cuando se aproxima la época de
los ejercicios, todo se vuelve recomendaciones á los
catedráticos y ofertas pecuniarias para que desaprue­
ben á fulano ó á mengano, sobre el que se ha inclina­
do la balanza de las apuestas; ó bien recurren al exa­
minando mismo para que conteste mal á trueque de
dinero. En fin, no hay género de cohecho ni de preva­
ricación que deje de ponerse en práctica, con lo que
resulta una segunda lotería para alumnos y examina­
dores.
Ahora, antes de empezar á tratar al chino, acabemos
de conocerle. Ya te he descrito al culi macho y hem­
bra, con su traje y su fisonomía ; ambos son uno, salvo
el que en la patcham a de las mujeres las mangas per­
didas sólo llegan á la mitad del brazo, que adornan
con una pulsera de jade, como la ajorca del tobillo y
los aretes de las orejas. ¡ Coquetuelas en todas partes!
Subiendo un peldaño en la escala femenina, tropeza­
mos con la camarera ó am a, como la llaman por aquí.
Es la misma mujer culi, más limpia, con traje idénti­
co, si bien aseado, y con la patchama azul de lustrina
ornada al canto con una faja negra de cuatro dedos.
Usa zapatos con dos tacones, á proa y á popa, ó de
seda como el de los hombres, de forma agalerada, con
una suela blanca de fieltro sumamente gruesa. Las
hay que llevan medias de Europa ; pero nunca se tapan
la cabeza con shalakó como las jornaleras ; se preservan
del sol con una sombrilla. Y ya se acabaron las hijas
de Eva, puesto que la que ocupa una posición desaho­
gada, la mujer de clase, si aquí puede llamarse de ese
modo, no sale nunca de casa ni la ve, hasta después

278

EN RIQ UE

G A SP A R

de casado con ella, el hombre mismo que ha de ser su
marido.
Vamos á hablar ahora del famoso pié pequeño de
las chinas. En todas las clases lo encuentras con pro­
fusión. He aquí cómo se practica esta bárbara costum­
bre. Al nacer la niña le descoyuntan hacia dentro, tri­
turándoselos, todos los dedos, menos el mayor, le
doblan el pié de modo que se apoye al andar sobre las
falanjes, quedando el dedo gordo formando el empeine,
y le maceran el talón, que desaparece por completo en
el tobillo. Es decir, que el pié Jo forma solo el dedo
respetado; lo demás es un muñón informe. Natural­
mente el zapato, estrecho y muy puntiagudo, de vis­
tosos colores y bordados, y sujeto á la canilla por una
faja para que se sostenga, resulta de una pequeñez
inconcebible y se da al pié la apariencia de una pata
de cabra. El origen de esta aberración nadie lo conoce,
ó mejor dicho, se le atribuyen varias causas. Pretenden
unos escritores que fué por adulación hacia una em­
peratriz que, por lo diminuto de su pié, mereció ser
española; suponen otros que es signo de distinción
para dar á entender con ello que no necesitan andar y
pueden pagarse una camarera que las sirva de apoyo,
pues hay muchas que, sin este requisito, no dan un
paso. Algo de esto último debe haber dado la inclina­
ción del chino á hacer ver que puede derrochar dine­
ro, y sus aficiones á lo simbólico y emblemático, como
lo es también el dejarse crecer las uñas, muy ribetea­
das por lo común, para indicar que no se consagran á
tareas manuales. Mujeres hay que las llevan cubiertas
con dediles, y en Siam se ven individuos con treinta
centímetros de uñas, que concluyen por retorcerse en
forma de tirabuzón.
Volviendo al pié pequeño, y respetando las opinio­
nes de los que saben más que yo, opino, sin embargo,
que hay otra razón para este martirio. Con la tritura-

VIA JE

A CHINA

279

ción desaparece por completo la pantorrilla; desde el
tobillo á la rótula, la pierna no es más que una canilla;
pero en compensación los muslos y las caderas adquie­
ren un desarrollo fenomenal y muy en armonía con
los gustos estéticos de los chinitos.
—¿Por qué no suprimen ustedes esa costumbre ?—
pregunté á un celeste de quien me asesoro para mis
apuntes.
—Porque nos gusta—me respondió—ver cimbrearse
al andar a la mujer, que teniendo cuello de cisne, debe
tener piernas de faisán.
—Pero eso es bárbaro—añadí.
—¿No lo es más el corsé europeo ?—objetó en són de
demanda.
—De ese modo condenan ustedes á la pobre mujer
á no participar de ninguno de los goces de su sexo—
proseguí eludiendo la pulla.
—¿ Cuáles?
—El baile, verbi gracia.
—¡El baile!—me dijo soltando una carcajada.—Nos­
otros no bailamos nunca. Es una délas cosas que más
nos llaman la atención en ustedes; que se sofoquen y
echen los hígados para no gozar del espectáculo. ¿No
sería más natural y más noble dejar bailar á los cria­
dos, y que los amos los contemplasen ? Es lo que nos­
otros hacemos con los músicos y los juglares ; nos­
otros los pagamos y ellos nos divierten.
—Tiene usted buenas ocurrencias.
—No, señor, es que ustedes tienen cosas muy raras.
—¡ Hombre!
—Sí, señor, muy raras y muy inútiles. Así, por
ejemplo, nosotros creemos que los botones están muy
en razón en el traje cuando sirven para abrochar algo.
—Y nosotros lo mismo—le argüí.
—Entonces ¿ por qué se ponen ustedes estos ?—me
dijo haciéndome dar media vuelta y señalándome los
dos tradicionales botones del talle de la levita.

28o

E N R I Q U E GASPAR

Ante tamaño argumento confieso que me quedé
mudo. Desde entonces cada vez que marcha delante
de mí un europeo, no puedo dejar de m irar aquellas
dos obleas que me parecen los ojos del chino riéndose
de las modas de París, y diciéndome:—«Te veo».
En todas partes del mundo se nota diferencia en los
rasgos fisonómicos entre un hombre de baja condición
y otro educado. Hay en este último más delicadeza en
los trazos, más suavidad en los músculos, más distin­
ción en general. Aquí n o ; todos son iguales. El prín­
cipe Kung, regente del imperio, el virrey de Cantón,
el opulento empresario del opio, el mercader y el culi,
son ejemplares del mismo cliché.
Una sola cosa los distingue, y es la mejor tela del
traje. Todo el que no es culi usa patchama de la m is­
ma forma que la de aquel, pero de merino ó de seda
cruda, de delicados colores celeste, violeta ó amarillo
de hoja seca. Los pantalones, de igual forma que unos
calzoncillos, no de punto, van atados al tobillo sobre
unos calcetines de lienzo blanco, m uy ajustados del
pié y anchos de la canilla. En invierno añaden unas
pistoleras, ó sea un segundo calzón sin fondillos, que
deja ver el de abajo por detrás desde las corvas hasta
arriba y un capotón guatado y sin mangas como el de
los culis, pero limpio relativamente. La blusa se con­
vierte en ellos en túnica talar llamada Kavalla, cuando
se visten de gala, de igual forma y color que la patcha­
ma, pero descansando en los talones. La cabeza, en
verano descubierta y garantizada por un paraguas,
en los meses de frío se la tapan con una flanerita de
seda negra del tamaño de un solideo y colocada como
este.
El boy ó ayuda de cámara es el único chino de mo­
dales más desenvueltos y de rostro más simpático ;
yo creo que en ello influye su trato constante con e u ­
ropeos. Habla inglés ó portugués, según la colonia en
que habita, francés los de los puntos en que hay con-

VIAJE A CHINA

281

cesión de terreno á aquella nación, algunos alemán
por análoga causa, y muchísimos español por haber
permanecido en Manila ó ido á Cuba en el período de
la emigración. El boy es el jefe de todos los criados de
una casa ; las mujeres no hacen otro servicio que el de
camareras. Se necesitan los siguientes: Un cocinero
con siete duros mensuales: él provee el menaje de co­
cina y se agencia el pinche ó aprendiz. Dos culis de
silla; algunos tienen de cuatro á seis duros; encarga­
dos de la limpieza de la casa y de servirle á uno de
acémila enganchados á la litera. Un office coolie, para
las comisiones, correo y mandados burocráticos, con
igual salario, y por último, el boy con ocho duros.
Reservados, respetuosos, fieles, salvo las pequeñas
sisas, serviciales, exactos, aunque rutinarios en el
cumplimiento de su deber, los chinos son un verda­
dero modelo de criados. No viven más que para adi­
vinar lo que á su amo puede hacerle falta. Hace pocas
noches, con el deán de la Catedral de Manila, que me
hizo el honor de pasar dos días conmigo, me fui al
Círculo ; de allí nos trasladamos á una casa de Fantan
para que conociera este juego. Á la salida, sobre me­
dia noche, advertimos que llovía; pero al trasponer
la puerta, los culis de casa estaban allí con la silla,
sin que nadie los hubiera avisado y en un sitio al
que jamás concurro.
Un diplomático, amigo mío, asistió de uniforme á
una comida oficial en Hong-Kong. Después se fué á
tomar el té en casa de unos amigos; sintiéndose algo
indispuesto, le obligaron á pasar allí la noche : al ama­
necer del día siguiente estaba su boy personado en la
casa con el traje de levantarse y otro de calle para
cuando su amo se despertara.
Te vas de paseo al campo, llega una carta para ti y
el office coolie , como un podenco, se pone á olfatear tu
rastro, sin que vuelva a casa hasta encontrarte y ha­
berte dado la misiva.

282

E N R I Q U E GASPAR

Con su salario se m antienen, se visten y economizan
para dar la m itad lo menos á su padre, ó sostener su
casa si no son solteros.
En cambio no les m andes nada que esté fuera de
sus deberes. Cada cual tiene los suyos y no sale de
ellos. El office coolie no te encenderá una lámpara ni
tom ará una escoba, el culi de silla no te sacará una
camisa del arm ario, el boy no irá con un recado á casa
de tu vecino.
Ayer estaba en mi escritorio dándole unas instruc­
ciones al boy; de pronto una ráfaga se me lleva todos
los papeles.
—Cierra esa ventana—le digo. Él gira sobre sus ta­
lones, y desde la puerta grita:
—¡ C u li! Ventana.
El culi, como si hubiera presentido la caricia de
Eolo, estaba ya trasponiendo el dintel.
—¿Por qué no la has cerrado tú ? —le grito al boy
indignado. Y él sin alterarse, me contesta :
—Not my business, sir. No es de mi incumbencia.

Macao, 18 de Noviembre de 18 7 9 .

Mi querido am igo: Una representación teatral chi­
na es sin disputa lo que más llama la atención del
europeo, acostumbrado á ver que entre los celestiales
todo pasa al revés que entre nosotros. Así, por ejem­
plo, estar con la cabeza descubierta delante de una
visita, se considera como signo irrespetuoso y hasta
insultante. El lado izquierdo es el preferente en toda
ceremonia. Una sonora eructación hacia el final de
una comida, es la prueba más relevante de cortesía
que puedes dar á tu anfitrión, para hacerle entender
con ello que sus manjares te han sentado bien. Cuan­
do á uno le llamas viejo, le prodigas el elogio más
cumplido, y es hasta fórmula precisa preguntar á la
persona á quien ves por la vez primera los años que
tiene, y responderle que aparenta más edad. Por su­
puesto, ya sabes que escriben de arriba á abajo y de
derecha á izquierda; de modo que sus libros, impre­
sos en pliegos como los del papel de cartas por un
solo lado, y encuadernados de manera que el doblez

284

E N R IQ U E

G A SP A R

haga las veces de canto, formando una sola página lo
que entre nosotros constituiría la primera y la cuarta,
tienen el fin en el lugar en que en Europa se pone el
principio.
Pues bien, todo esto son tortas y pan pintado en
comparación de los templos en donde se rinde culto á
Melpòmene y Talía.
Los chinos son idólatras del teatro : es una verda­
dera pasión la que tienen por estos espectáculos, en
que se representan batallas y pasajes de su historia,
alternados con entremeses, de autor siempre anóni­
mo, pues entre ellos es oficio vil el de dramaturgo, en
lo que muy pronto creo que los vamos á imitar en
Europa, si seguimos por donde andamos.
Pero vayamos por partes.
Las compañías, por lo menos las que yo he visto,
están compuestas de hombres solos, y es notabilísima
por cierto la habilidad con que los encargados de los
papeles de mujer las imitan en todo ; llegando la per­
fección hasta el punto de remedar el pié pequeño de
las chinas, formado con un taruguito de madera que
se colocan en la punta de los dedos, y con el que tie­
nen que andar de puntillas. Su identificación con la
metamorfosis es tal, que hasta fuera de la escena se
los toma por mujeres. Me han asegurado que hay
compañías exclusivamente formadas por el bello sexo
y otras mixtas ; y verdad debe ser, por cuanto las le­
yes chinas niegan á las actrices el derecho de contraer
matrimonio legal, relegándolas á la condición de con­
cubinas.
Estas compañías, más ó menos numerosas, se divi­
den en de i.°, 2.0 y 3.“ orden, y llevan una vida nóma­
da y errante, como la de nuestros antiguos farandu­
leros, trabajando allí donde los ajustan, si bien su
adquisición es siempre disputada. Rara vez son em­
presarios los actores.
Lo que llamaremos temporada dura cinco días con-

VIAJE Á CH IN A

285

secutivos, y los artistas reciben por su trabajo una
remuneración que varía entre 600 y 1,500 duros.
Generalmente los teatros se improvisan con bambú
en los pueblos de poca importancia ; pero donde las
representaciones son frecuentes, hay edificios de plan­
ta, hechos de ladrillo y yeso, á cuya categoría per­
tenecen los dos que posee Macao.
La sala es un rectángulo. Dos órdenes de lunetas de
madera oscura, separadas por un callejón en el centro,
componen, como en nuestros coliseos, el patio, al que
concurre la gente acomodada. Estas lunetas están se­
paradas de la pared por un ancho pasillo á cada lado,
á los que de pié y gratis asiste el pueblo. En el primer
piso hay dos galerías laterales para señoras y caballe­
ros preferentes. En el segundo y en el fondo, parale­
lamente á la escena, se levanta un graderío para todos,
como el paraíso del Real, cuyas delanteras, separadas
del vulgo por una barrera y de los vecinos por un tabi­
que, son los palcos para las autoridades de la Colonia.
Los precios de las localidades varían desde un real
hasta cinco. Las paredes, que en algún tiempo debie­
ron estar enlucidas de yeso, no están ya más que re­
lucientes de mugre, y jamás hubo mano de pintura
en ellas ni en el maderamen, negro por tan distintas
y frecuentes fumigaciones. Alguna que otra lámpara
de aceite de coco, despabilada á intervalos por culis
(coolies), vestidos lo extrictamente necesario para no
poder decir que van desnudos, alumbran y asfixian al
público. El traje del que no paga y el de la muche­
dumbre de á real, viene á ser como el del culi. Los de
los caballeros y señoras ya nos son conocidos. Pero hay
otra clase de Evas, luciendo patchamas de la forma in­
variable china, si bien bordados en sedas de colores
vistosísimos, que por las flores de su peinado, los oro­
peles de su prendido y el blanco de magnesia y rojo
de ladrillo con que embadurnan sus mejillas, para
imitar á las grandes damas, acusan á la legua su triste

286

E N R IQ U E

GASPAR

condición de hetairas. Su misión se reduce á dar testi­
monio con su presencia de la prodigalidad del que las
alquila. Y en efecto, el chino, ostentoso por naturaleza,
no la lleva allí con fin alguno ulterior: el oficio de
aquella mujer termina con el espectáculo. Aquel buen
hombre necesita hacer ver que se ha gastado en tal
circunstancia algo más que el precio del billete, y ha
convidado á aquella criatura, para que esté sentada
junto á él, le abanique, le rasque y le prepare la pipa;
pues se me olvidaba decir que todos, sin distinción de
sexos, fuman durante la representación, comen y be­
ben y se dicen que les ha sentado bien.
En los pasillos hay puestos donde se confecciona
toda clase de alimentos, desde el pastel hasta la mor­
cilla asada, que aún humeante, sirven por la sala los
dependientes de los abastecedores. Imagínate el olor
que allí habrá, si agregas á esto el que todos los des­
cartes de la naturaleza se llevan á cabo donde al pú­
blico le place. Aquello es un vasto jardín. ¡Quién fuera
alcalde de barrio de Sevilla para poder poner aquel
célebre aviso : »No se premite jumar en el zalon ni llevar
castora ni náa que puea incomodal ar veyo sejo!»

Se me pasaba por consignar un detalle. Las repre­
sentaciones dan comienzo á las siete de la noche, con­
tinúan hasta las cuatro de la madrugada, se suspenden
hasta las once, y terminan á las cinco de la tarde. El
que tiene sueño echa allí su siestecita y ronca. Los
ruidos alternan con los perfumes.
Pasemos á la escena, poco elevada sobre el nivel del
público. Figúrate una decoración de sala cerrada;
pero que en vez de ser de tela y madera, sea de ladri­
llo y yeso, es decir, fija invariable, sin más puertas
que dos pequeñas en el fondo, y adornada con pintu­
ras y hojarascas de talla dorada. De los muros penden
grandes tarjetones encarnados ó negros, donde con
caracteres de oro se consignan el nombre de la com­
pañía y sus títulos. Dos pasillos laterales interiores,

VIAJE A

CHINA

287

prosecución de los que en el público sirven para espa­
cio gratuito, conducen al foro, donde en un solo recin­
to se hallan la guardarropía, la sastrería, el vestuario
y todas las dependencias.
En el centro del escenario está la orquesta destinada
á acompañar á los ejecutantes. Su instrumental se
compone de una especie de rabel ó violín de una sola
cuerda, una ó dos guitarras chinas, desmesuradamen­
te grandes, y con la caja en forma de concha, una
como a modo de dulzaina, címbalos, gong ó campana
china, un tambor convexo de metal, como una cazuela
pequeña, tocado con palillos, y unos crótalos que pro­
ducen el sonido de nuestras castañuelas. Todo el pros­
cenio está invadido por un centenar de culis, parte de
ellos espectadores, otros guardarropas, despabiladores
y dependientes, colocados, como los coros de las ópe­
ras en los teatros de provincia, en fila á guisa de sol­
dados de papel. Comprenderás, por lo dicho, que el
espacio libre para representar se reduce á unas cuatro
varas en cuadro.
Las decoraciones, cualquiera que sea el sitio en que
pase la acción, se reducen á una mesa tosca de made­
ra con una silla de bambú á cada lado. Si el teatro re­
presenta una casa rica, revisten las sillas de un paño
encarnado. Cuando se trata de un accesorio que juega
algún papel en la obra, como por ejemplo, un árbol á
cuyo pié debe sentarse un personaje, cúbrese el asien­
to de un paño negro, al que se sujeta un cartelón que
dice: « Arbol.»
Fácilmente se ve hasta dónde puede llegarse por
este camino de la ideología. Algunas veces la mesa se
convierte en cama, agregándose unos riquísimos cor­
tinajes: es el único lujo, pero preciso, que se permiten
en la mise en scéne.
Desterrados del teatro los trajes de la dinastía rei­
nante de los Tsing, raza tártara de la Manchuria, los
artistas usan los de la época de los Ming, pura rama

288

EN RIQU E

GASPAR

celestial ó del imperio del Centro, que son lujosísi­
mos, raros hasta lo indescriptible, y de que sólo pue­
do darte una ligera idea, recordándote los personajes
de ciertos abanicos y de algunas porcelanas antiguas
del país. Carecen de consuetas y de traspuntes, y todo
va fiado á la m emoria; con la particularidad de que el
público conoce casi siempre la obra tan bien ó mejor
que los actores, á quienes nunca aplaude, reducién­
dose la manifestación de su agrado á un murmullo de
aprobación.
La mímica es entre los chinos el fundamento de la
declamación; todo lo componen con gestos. Un perso­
naje que escribe, otro que come, no se servirán nunca
del pincel (que es su pluma), ni de la taza ó los pali­
llos (que forman el plato y el cubierto); con las manos
dan á entender como pueden lo que hacen; y sin duda
para ellos debió escribir aquel libretista del baile El
robo de las Sabinas, la célebre acotación que decía :
« Los romanos dejan ver por sus ademanes que care­
cen de mujeres.» Los chinos lo hubieran interpretado
sin apurarse.
Hay, sin embargo, algunos utensilios de que se sir­
ven como símbolo: por ejemplo, el personaje que
figura estar montado lleva como látigo una cola de
caballo; el que navega blande un remo, porque es
de notar que la acción no se interrum pe nunca ni se
subsanan ciertas justificaciones con recursos de arte.
Si alguien dice que se va de Cantón á Pekín, y la es­
cena que sigue tiene ya lugar en el sitio de su destino,
es preciso que emprenda el viaje, ejecutando todos los
medios de locomoción de que ha de servirse, llegando
á tal extremo la escrupulosidad de estos detalles, que
no omite el de cerrar la puerta, bajar la escalera y
golpear el aire con sus nudillos cuando figura que
llama en otra casa.
Pero lo más raro sin duda en este convencionalis­
mo, es la manera de dar á entender que uno de los

VIAJE A CHINA

289

interlocutores no ha oído lo que los otros se han dicho
aparte. Consiste el movimiento en volver la espalda al
público.
Siguiendo por la vía de los emblemas, no te sor­
prenderá el saber que, para demostrar un personaje
que es hipócrita y de doble intención en sus actos, se
pinta las narices con una mancha blanca. Por supues­
to que abundan las prosopopeyas ó personificaciones
de ideas, entre las cuales he visto a la inspiración,
vestida como de arlequín, penetrar en el cerebro de
varios examinandos que concurrían á un certamen del
grado de mandarines, dando brincos por encima de
sus cabezas.
Su literatura dramática no puedo yo apreciarla,
aunque conozco algunas traducciones de obras anti­
guas. Sin embargo, sé de ella lo bastante para consig­
nar que los entremeses modernos son, en su mayoría,
obscenos y repugnantes, pintura fiel y exacta de sus
costumbres. En ellos ves títulos como este: El castigo
de una mujer que no ha tenido hijos varones, circunstan­
cia que entre los celestiales autoriza al marido á tomar
concubina legal; como verás cuando te dé á conocer
al chino en familia. Son de larga duración, sin estar
divididos en actos, ó constando de uno solo. Se repre­
senta y se canta en ellos, siendo de notar que, tanto
los personajes masculinos como los femeninos, cantan
en falsete con unas modulaciones imposibles de com­
prender, y llevando un compás muy parecido a un
laberinto. Añade el acompañamiento de aquellas chi­
charras, y el ruido infernal del gong y los platillos,
que aprietan sin compasión al final de cada pieza, y
tendrás una idea de cómo se rinde aquí culto a Euter­
pe. Esto no obsta para que en Pekín haya un ministe­
rio que se llama de la música.
Yo he asistido á la representación de una obra, que
es la historia de un matrimonio, á cuyos contrayentes
otorga el cielo, coram pópulo, el beneficio de un hijo
*9

290

EN RIQ UE

GASPAR

en la forma de un muñeco de cartón, y á cuya pater­
nidad legal puede el público servir de testigo de prueba.
Por la contra, existen obras antiguas de un delicioso
carácter y de una intención filosóíico-social del mejor
cuño. Juzga por este relato.
Tchuang-Tsen es un sabio y viejo confucista, casa­
do con la hermosa Tián. Un día que el marido se pa­

seaba por el monte, observó junto á una tumba á una
linda mujer aventando la tierra con su abanico. Pre­
guntándole lo que aquello significaba, contestóle ella
que aquel sepulcro era el de su marido, que al morir
le había impuesto la obligación de no volverse á casar
hasta que la tierra de su lecho de muerte estuviese
completamente seca, y que trataba de ver si con sus
esfuerzos lograría lo que la naturaleza se empeñaba en
negarle: secarla.
El sabio, que al mismo tiempo tiene sus ribetes de
hechicero, compadecido de la pobre viuda, hace que
la humedad de la tumba desaparezca, lo que ella acoge
con evidentes muestras de júbilo, llenando de caricias

VIAJE

A CHINA

29I

á Tchuang-Tsen, y concluyendo por regalarle su aba­
nico. De regreso á su casa, entera á Tián de lo ocurri­
do, y ésta, que demuestra ser mujer rígida en sus
principios é intransigente en cuanto con la decencia y
la consideración se relaciona, se desata en imprope­
rios y llena de dictados á aquella mujer, que tan pron­
to y sin recato alguno olvida el respeto debido á su
difunto esposo.
—Lo mismo harías tú y todas— le contesta el sabio.
—Nunca—replica Tian.—Eso es indecoroso é impro­
pio de mujer que se estima.
Finalmente, tras una larga discusión, cada uno se
queda con su razón, sin avenirse.
Á los pocos días, Tchuang-Tsen cae enfermo, y se
muere. Tián se abandona al más vehemente y mas
ostensible dolor. Terminadas las ceremonias fúne­
bres, mete el cadáver en la caja, y se dispone, se­
gún la usanza china, á guardarle en la cámara mor­
tuoria los tres ó cuatro meses de rigor entre la gente
rica.
En este intervalo, llega á la casa Wang-Sun, joven
y apuesto mancebo , que ignorando la muerte de
Tchuang-Tsen, venía con una carta de recomenda­
ción, desde lejanas tierras, á ser su discípulo y com­
partir con él su hogar. La viuda le da alojamiento
hasta que disponga su regreso, y ambos lloran al di­
funto, encomiando las excelencias de su carácter y
sus virtudes. Pero el diablo las carga, y de fil en aiguille, como dicen los franceses, Tián concluye por
enamorarse de Wang-Sun, que, nuevo José, quiere
buscar en la fuga amparo contra las tentaciones de la
viuda del Putifar chino. La pasión de Tián se excita
con su esquivez, y por fin... ambos se ablandan.
Entonces óyense golpes en la caja ; Wang-Sun, ate­
rrado, echa á correr; Tián, con mano trémula, abre el
féretro, y lo halla vacío. Vuelve á la sala en busca de
su amante, y se encuentra con su marido Tchuang-

292

E N R IQ U E G A SP A R

Tsen, que la recibe con una carcajada, y le explica que
es él quien ha tomado la forma de W an g-Su n , con­
cluyendo con esta frase :
«¡ Vamos ! ¿ Te convences de que lo mismo sois to­
das ?»
Los hechos históricos que en el teatro se represen­
tan, son más bien escenas gimnásticas, en las que los
combatientes se entregan á saltos muy notables, lu­
ciendo trajes lujosísimos y armas de una rareza ejem ­
plar, cuya autenticidad es notoria, pues aún se usan,
y las describiré á su tiempo cuando te hable de mi
visita al virrey de Cantón.
Lo original de estas representaciones es el combate.
Si la crónica refiere que el héroe de la leyenda mató á
quinientos com batientes, no cesará el espectáculo
mientras los comparsas no hayan pasado otras tantas
veces bajo el filo de su espada, que él blande de un
modo muy artístico, figurando que mata con ellaá sus
enem igos; hasta que al fin, para indicar que la lucha
ha terminado, coge una cabeza de cartón que está so­
bre la mesa, y hace como si la derribara de un tajo.
Entonces retumban vivas y gritos de victoria, y cer­
cándole de banderas, se lo llevan en triunfo ; el público
m urmura, y si no cae el telón por no haberlo, sale uno
á respirar el fresco ambiente de la tarde.

Macao, 26 de Marzo de 1880.

Mi querido am igo: Ya te he dicho
que en vano busca uno colores en
China ; pues lo mismo sucede con
los olores (salvo los malos, peculia­
res de este país), los ruidos, los afec­
tos y las pasiones. Todo aquí es vergonzante ó ru­
dimentario; no hay nada franco y decidido. Aspi­
rando bien, llegas á encontrar á la flor algún per­
fume recatado y modesto; las frutas no son ni agrias
ni dulces, pero sí insípidas; los instrumentos mú­
sicos carecen de sonoridad, su ruido es mate; chi­
nos y chinas cantan en falsete, sin vibraciones en la
voz y en el diapasón de la confidencia; se diría que
hacen música en secreto. No extrañarás, por lo tan­
to, el saber que en China no hay amor, con lo que
probado queda que no hay nada: lo que no obsta para
que los estadistas difieran en reconocerle de cuatro­
cientos á quinientos millones de población, que es una
apreciable diferencia. Esto indica que hay familia en

294

ENRIQU E

GASPAR

el sentido de la multiplicación. Veamos cómo está o r ­
ganizada esta operación aritm ética.
El nacimiento de una hem bra es una desgracia en
el hogar. La ley protege al m arido cuya m u je r no le
ha dado hijos varones, y le autoriza á to m a r concubi­
na legal. La superstición, base de esta sociedad, va
a ú n m ás lejos, y m adres hay que considerando como
un castigo celeste el no te n e r sino hijas, las m atan,
por aplacar el enojo divino. Venderlas es cosa frecu e n ­
te ; por dos reales adquieres una niña de tres ó cuatro
años. No hace m uchos días vino una m adre á re g a la r­
nos la suya, en agradecim iento de unos juguetes que
á su hijo le h abían dado los míos.
Es tan inconcebible lo que voy á contarte y tan fre­
cuente en los escritores el inventar por p ro d u c ir efecto,
que, au n q u e te consta mi veracidad, creo de mi deber
re petirte bajo palabra, para satisfacción de tus lecto­
res, que estas correspondencias no tienen otro mérito
que el de la exactitud, reducidos sus detalles las más ve­
ces á las menores proporciones, pues cosas hay que no
sabe uno cómo decirlas, y que no obstante se deben
d a r á conocer.
E ntre m uchas herm a n as hay siem pre una que es la
predilecta de los padres, predilección que debe tra s ­
cender al público, lo que consiguen colocándole en un
lado de la cabeza el tuferito de pelo que las dem as o s ­
te n ta n en m itad del occipucio, hasta que ya adultas
u n as y otras, dejan crecer la parte afeitada y adoptan
el peinado de soltera ó el de casada, aun siendo céli­
bes, si no quieren consagrarse al m atrim onio. P or su­
puesto, no las enseñan á leer ni á escribir, y su e d u ­
cación se reduce á em pezar á com prim irlas el pié
desde que tienen cuatro años, para destinarlas á esposa,s, que necesariam ente han de ser de pié pequeño.
Hablo de las clases acomodadas, pues los pobres, como
en todas partes, hacen lo que pueden, y se casan sin
m iram ien to á la base.

VI AJE

A CHINA

295

M uchas de estas desgraciadas m ujeres qu ed a n r e ­
legadas á la condición de concubinas de algún chino
acom odado, ó pasan á ser m encancía vil del tr a n s e ú n ­
te, porq u e sucede que, si joven aún, cae enferm a, in
articulo mortis la m adre la vende á una curan d era,
que se encarga de cerrarle los ojos y sufragar su en­
tierro ; pero si sana, la em pírica, que á su profesión
agrega el oficio de zurcidora de voluntades, q u ed a
d u e ñ a exclusiva de la infeliz, y la explota hasta que ella
puede em an c ip arse m ediante un rescate pecuniario.
La elefajitiasis, esa terrible enferm edad h ereditaria
conocida vulg arm e n te con el nom bre de lázaro, hace
en C hina estragos horro ro so s; y la m u je r que por
desgracia cue nta algún lazarino en su abolengo, es
llevada por su propia m ad re á esos centros de la h i ­
giene pública, donde cubriéndose treinta y seis veces
de oprobio, ase g u ra la superstición que desaparece el
g e rm e n del mal.
Pero nace un hijo y la decoración c a m b i a ; no creas
que hay bautizo ni inscripción civil; toda la ce re m o ­
nia se reduce á celebrar tan fausto suceso con una
comilona, m ucho más copiosa p ara el mayorazgo que
para los dem ás h erm anos varones que le sigan ; d e­
recho de gradación que se refleja en todos los actos
de la vida china, alcanzando hasta la herencia, de la
que, excluidas las hem bras, toca á cada hijo una p a rte
tanto m ay o r cuanto aventaja en años á sus h erm anos
m enores.
El pad re pone u n nom bre á su antojo al chico, y
éste lo conserva hasta que se halla en disposición de
em pezar su instrucción prim aria. Entonces lo cambia,
operación que verifica tam bién al casarse y al d e s ­
e m p e ñ a r un cargo público. Los em p eradores m u d a n
asim ism o de nom bre al subir al trono, al e n tra r en la
m ayor edad y al ser juzgados d e sp u é s de su m u e rte
por los censores, quienes le conceden el dictado con
que han de ser conocidos en la historia.

296

ENRIQUE

GASPAR

Empieza, pues, ei muchacho por estudiar los carac­
teres de que se compone su lengua, y que se elevan á
la enorme cifra de 85,000. Conocer la mayor cantidad
posible de ellos constituye el desiderátum de los chi­
nos. Escritura ideológica trazada con pincel de arriba
abajo y de derecha á izquierda, cada signo de sus más
de doscientas radicales corresponde á la representa­
ción de un objeto, y combinados, producen esa multi­
plicidad de caracteres á cuya absoluta posesión no
hay nadie que haya podido llegar todavía. Agrega á
esto el que cada signo tiene una pronunciación mono­
sílaba y que cada monosílabo es susceptible de ser
pronunciado de cuatro maneras diferentes, y tendrás
una idea, aunque remota, de las dificultades de la
lengua.
El idioma oficial es el mandarín ó pekinés, exis­
tiendo además muchísimos dialectos ó puncti (len­
gua del país), entre los cuales el más generalizado es
el cantonés. El populacho y la gente de mar hablan
una jerga conocida con el nombre de Aka.
Como en China no hay universidades ni centros de
enseñanza oficial, el muchacho tiene que estudiar con
maestros particulares, empezando por imponerse en
moral según las máximas de Confucio, retórica, histo­
ria la extrictamente necesaria para conocer la crono­
logía de sus reyes, pues la de los demás pueblos mal­
dito lo que les interesa; filosofía con las ampliaciones
de Mencio a los preceptos de Confucio y comentaris­
tas de éste, y legislación, la cosa menos parecida al
derecho que puedas suponer.
Y aquí se acabó toda la enseñanza. Lo importante
es obtener un grado de mandarín, única aristocracia
personal, no hereditaria, en China, á la que tiene
opción el individuo cualquiera que sea su origen, y
que si se otorgase exclusivamente al mérito, en vez
de adjudicarse al mejor postor, justificaría en los
chinos el dictado de celestiales con que se adornan;

V IA JE

A CHINA

297

pero ya te dije al hablar de los juegos cómo se veri­
fican estos exámenes.
Nueve son los grados de mandarín y se distinguen
por el botón ó bellota con que adornan su sombrero.
Éste es como una gorra de jockey, á la que se le aña­
diese, en lugar de visera, un ala ó baranda como la de
un sombrero calañés ceñida al casquete, es decir, sin
vuelo y tan alta como éste, teniendo por remate en el
centro de la copa, su borla de fleco encarnada y el bo­
tón distintivo de la categoría. Su efecto es el de un
cubo de ancha base, puesto por la boca sobre el crá­
neo.
El botón rubí ó rojo transparente, es el signo de los
mandarines de primera clase, la más elevada. Su nú­
mero es de veinticinco. Seis están en el ministerio,
quince presiden los tribunales de provincia y cuatro
tienen á sus órdenes al ejército. Todos ellos han de
ser letrados y forman el Consejo del emperador.
El botón rojo coral opaco, lo usan los mandarines
de segunda clase, en la que están comprendidos los
magistrados y jefes militares, y los de los ramos de la
administración pública, entre ellos los gobernadores
de las provincias.
El zafiro ó azul transparente, corresponde á la ter­
cera clase, ó sea a los presidentes de los tribunales
de segundo orden, en las provincias, estando com­
prendidos en la cuarta los individuos de estos mis­
mos tribunales con derecho al uso del botón azul
opaco.
La quinta y sexta, relativas a cargos públicos de
menor importancia, se diferencian por el botón blanco
transparente y blanco opaco; y la séptima, octava y
novena, que ab'razan los maestros de instrucción y los
encargados de la vigilancia y conservación del orden
público, ostentan el botón dorado, ya liso, ya traba­
jado á cincel.
Su número total asciende á 25,000; de ellos, 15,000

298

E N R iQ U E GASPAR

pertenecientes a ramos civiles y 10 000 al ejército, si
bien estos pueden triplicarse en caso de guerra.
Los cuatro grados principales son : el de siut-sai ó
bachiller, cuyos exámenes escritos, verificados por el
sistema celular y juzgados por tres tribunales distin­
tos á pliego cerrado y con lema, como en los concursos
poéticos, tiene lugar anualmente en las ciudades todas
del imperio. El siut-sai se subdivide en ling-sen, que
con sueldo del Estado, sirve á las órdenes de manda­
rines de alto rango; en seng seng ó agregado del lingsen, con sueldo temporal, y en fu hio, ó sea una espe­
cie de alumno de la normal dedicado á la enseñanza.
El grado inmediato superior es el de Ku-jin ó licen­
ciado, el primero que da aptitud para aspirar a los
cargos públicos, y cuyos exámenes, verificados como
todos, por el mismo ’sistema celular, tienen lugar en
la capital de la provincia.
El de Tsin ó doctor, y el de Ham-ling profesor, han
de pasarse en Pekín. Todos los gastos en época de
exámenes, son costeados por el emperador. Y ya en
aptitud por razón de su categoría, lo mismo desempe­
ña el mandarín un cargo en la magistratura que en la
administración, en el ejército que en la marina. Lo
compra y luégo lo usufructúa como mejor le place,
con arreglo á la tarifa de su capricho. Ya te he dicho
que, una vez mandarín, el chino puede y debe dejarse
crecer el bigote.
Llegada la época de casar al muchacho, lo que si es
mandarín no tendrá efecto sino con hija de mandarín
precisamente, he aquí lo que ocurre. En primer lugar
los novios no se conocen; uno y otro ignoran en abso­
luto con quién van á compartir la existencia. Una ca­
samentera de oficio arregla con los padres de los con­
trayentes las condiciones del contrato, en las que para
nada interviene el dote, pues no le hay. Basta saber
que la novia es de pié pequeño y su familia de posi­
ción análoga a la del novio. Si es posible, se procura

VI AJE

A CHINA

299

que los dos contrayentes hayan nacido en el mismo
día de la luna (los chinos com putan por lunaciones),
si bien en año diferente, en atención á que ella debe
ser m as joven. Te diré de paso que, como para los
celestiales el ser viejo es u n título, todo chino cu e n ­
ta adelantado, y desde que nace tiene un a ñ o : de
m odo que cuando realm ente cum ple uno, para él son
dos.
Unos días antes del destinado para la cerem onia,
recorren las calles m u ltitu d de culis, h arapientos co­
mo siem pre, cargados con los regalos de la novia,
consistentes en provisiones de boca para un mes, y el
a j u a r ; todo m etido en cajas, sobre las que hay unos
letreros expresando el contenido, que nunca es tan
ostentoso como reza el cartel, dado el defecto de os­
tentación de la raza.
El día de la boda, á las nueve ó las diez de la noche,
la novia se viste con lo peor que tiene; deshace su
peinado de soltera, y á medio hacer el de casada, se
despide de su m adre. Es condición precisa que a lb o ­
rote la casa, fingiendo gran d es e s p e ra c ió n ; y así la
bajan hasta el zaguán, donde la espera la silla nupcial,
palanquín cerrado por todas partes y adornado de
vistosa talla, que se alquila ad hoc, y en el que la
m eten á p u ñ ad o s y como por violencia, al compás de
sus berridos, ahogados por los golpes del gong, la
dulzaina, el tam borete convexo de m etal y los cohetes
del séquito, com puesto de coolíes provistos de linter­
nas de papel de todos tam años y hechuras.
Antes de salir del hogar paterno, la m adre arroja
sobre la silla unos puñados de arroz y unas gotas de
vino, extraído de este grano, para que la abundancia
acom pañe a su hija, y puesto un velo rojo á m odo de
cortina sobre el palanquín, la comitiva se pone en
m archa hacia la casa del novio, seguida de la casa­
m entera y de un m arran o abierto en canal y asado,
con que la su eg ra tiene que obsequiar necesariamente

3oo

ENRIQUE GASPA R

al yerno. En cuanto éste advierte la proximidad del
cortejo, sale á la puerta y espera que depositen la
preciosa carga. Su primer cuidado es descorrer el
velo que cubre la litera y llamar a su esposa, que
continúa lanzando ayes como si la desollaran viva. Si
el novio acepta con gusto el matrimonio, lo demuestra
llamando á su mujer merced á una patada que da
contra la puerta del palanquín; si, por el contrario, la
boda le viene cuesta arriba, se concreta á golpear la
silla con los nudillos. Por fin, ábrese el castillo encan­
tado y la novia se presenta cubierto el rostro en señal
de rubor. La casamentera la toma sobre sus espaldas,
y como pudiera hacerlo con un fardo, la sube las es­
caleras y la deposita detrás de la cama, sobre el duro
suelo. Síguela el marido, contempla á su cónyuge, y
si no es de su agrado, se presenta ante los circunstan­
tes con el abanico metido en la babucha; pero si me­
rece su aprobación, se lo coloca entre el pescuezo y la
cavalla ó túnica, cena con los circunstantes y remite á
su suegra la cabeza y el rabo del cerdo, en testimonio
de satisfacción absoluta.
La noche se pasa devorando, bebiendo té, dispa­
rando cohetes y oyendo aquella música infernal. Á la
mañana siguiente tiene lugar la recepción de los pa­
rientes y amigos, provistos de su correspondiente re­
galo. Una vez reunidos, colocan á la novia en el cen­
tro, y las mujeres que la rodean principian á decir
todo género de obscenidades y conceptos libres, que
aquella debe escuchar con aparente rubor, pues el
acto envuelve una especie de examen de su inocencia.
Restituida al hogar paterno, y convencida la madre
de que su hija ni ha sido impaciente ni ha faltado al
recato, descósele las vestiduras que iban unidas entre
sí para que no pudiera ser despojada de ellas, lávale
la cabeza, la casamentera la adoba el peinado de casa­
da, y con los aderezos propios de su condición, regresa
definitivamente á casa de su marido, donde tiene sus

VIAJE A CHINA

3oi

habitaciones reservadas ó su gyneceo, inaccesible al
sexo fuerte extraño a la familia.
La mujer, degradada y envilecida en el Celeste Im­
perio, no come jamás con su marido, quien no titubea
en sentarse á la mesa con los últimos coolies de su
servidum bre; y mientras no tenga un hijo varón, está
en el deber de considerarse como la esclava de su sue­
gra.
El adulterio contra mujer legítima ó primera, es de­
cir, no concubina, es castigado de muerte sin substitu­
ción; pues en los demas casos de pena capital, el reo
puede comprar substituto, y la ley se da por satisfecha
con decapitar á un hombre que se avenga a purgar el
delito ageno.
Los chinos, ostentosos por naturaleza, toman con­
cubinas sin limitación, como cuestión de lujo, aun
cuando su mujer les haya dado hijos varones. Todas
habitan bajo el mismo techo y en perfecta armonía;
pero los hijos de las segundas mujeres no pueden
llamar madre sino á la esposa legal (de quien son
criadas las otras), si bien gozan de toda consideración
y derechos, incluso el de primogenitura, como hijos
legítimos que son según sus Códigos.
Uno de los cuidados más importantes del chino es
hallarse rodeado de los suyos en el momento de la
muerte ; el hijo mayor es el encargado de dar a las
cenizas de sus padres los honores más exagerados
posibles, honores que a veces conducen hasta á la
ruina. Vayamos por partes.
Desde el instante en que principia la agonía de un
celestial, todos los suyos rodean el lecho y prorrum ­
pen en exclamaciones de dolor, que cesan en cuanto
aquel espira, pues, rituales, más que espontáneas,
tienen por solo objeto dar al moribundo un postrer
testimonio de consideración; y muchas veces se al­
quilan llorones de oficio, si la familia no es bastante
numerosa para armar todo el ruido de precepto.

302

EN RIQ U E

GASPAR

Con las ansias de la muerte se ponen á hacerle el
tocado, incluso peinarle, operación que en las muje­
res invierte horas enteras; y acto continuo le revisten
de todos los trajes que constituyen su ajuar, puestos
unos sobre otros, á fin de que en la otra vida no ca­
rezca de abrigo. Ya en las postrimerías, le arrojan de
la cama abajo, pues ningún chino debe morir sino en
el duro suelo, y cerrados los ojos, guardan el cadáver
durante tres días, en los que los bonzos, con los in­
variables instrumentos de gong, chirimía ó dulzaina
y timbalillo de metal, se entregan en la casa mortuo­
ria á sus oraciones fúnebres, acompañados de los pa­
rientes más cercanos, que se distinguen por una mon­
tera de tela blanca con que cubren la cabeza. El luto
consiste en ponerse el cordón de la coleta de color
azul y revestir la casa con entrepaños de papel celeste,
también con caracteres dorados, en los que se consig­
nan el nombre del finado y las máximas sobre el res­
peto debido á los que ya no son.
Transcurrido aquel plazo, meten el cuerpo en una
caja cuadrilonga con una especie de medias cañas
superpuestas en toda la longitud de sus lados, loque,
vistas por sus testeros, le da la apariencia de una flor
de cuatro hojas, y en tal estado conservan el cadáver
en la casa dos, cuatro meses y hasta un año, según
los medios de que dispone la familia, pues en todo
este intervalo continúan las preces, y por consiguiente
los gastos.
Llegado el día del entierro, se reúnen parientes,
amigos, llorones, bonzos y músicos, y precedidos de
dos con estandartes de madera, se dirigen al sitio de
la inhumación. Si el muerto es pobre, le dan sepultu­
ra en el cementerio general, que es el lomo de una
colina sin tapia ni cercado, lleno de pilares de piedra,
donde está inscrito el nombre del que debajo reposa.
Si, por el contrario, se trata de un rico, el féretro es
transportado á veces á centenares de leguas de distan-

V IA JE A CHINA

3o3

cia, á la tumba que, el finado en vida ó el hijo a su
m u e rte , ha adquirido en virtud de informaciones
dadas por una especie de agoreros ó adivinos, que
viven de esta especulación. Su misión es estudiar el
terreno, siempre montuoso, en que el cadáver hallará
más dulce bienestar, y que mejor se adapte á sus con­
diciones de carácter, según las revelaciones atribuidas
á sus sortilegios. Inútil es decirte que los tales arúspices se ponen á menudo de acuerdo con el propietario
de un yermo invend ible; y que, abusando de la su­
persticiosa credulidad en que todo chino incurre, llega
hasta á hacer pagar á su cliente cien mil duros por lo
que no valdría veinticinco en buena venta.
La tumba china afecta invariablemente la forma de
Omega, ó para los que no sepan griego, de una cor­
cheta, mucho más elevada por el centro de la curva
que por los extremos, y con el espesor suficiente para
contener un cuerpo humano entre el doble tabique de
su línea. Su diámetro alcanza catorce ó más metros;
el hueco central está esmaltado de flores, y una verja
de caprichosa forma circuye, aunque no siempre, el
todo.
La comitiva enciende grandes teas de ramas secas,
con las que á los cuatro vientos se ponen todos á dar
golpes al aire para ahuyentar los malos espíritus,
operación muy frecuente en los actos de la vida china,
concluido lo cual dan sepultura al muerto, gritan otro
ratito, y depositando en la tumba comestibles y otras
menudencias, se da por terminado el acto.
La idea de que el espíritu del muerto anda errante,
y puede carecer en la otra vida de los artículos más
necesarios, incluso el dinero, hace que el chino esté
enviando constantemente remesas á sus deudos de
todo género de cosas; pero como el procedimiento sal­
dría muy caro, han inventado un expediente tan ori­
ginal como lucrativo para los que á tal industria se
dedican. Consiste éste en la fabricación de enseres fú-

3 04

EN R IQ U E GASPAR

nebres de papel re presentando corpórea m e nte sillas,
mesas, barcos, literas, caballos, arm as, camas, pago­
das y hasta dinero (pedacitos cuadrados de talco p e ­
gados sobre una cuartilla de papel de estraza); todo lo
cual se vende en m u ltitu d de alm acenes especiales,
para que los chinos lo q u e m e n d iariam ente, y conver­
tido en hum o, lo hagan llegar á su destino. En fin,
conduce á tal extrem o la superstición de estas gentes
sobre el particular, que, au n q u e algo en desuso, to d a ­
vía se practica una bárbara costum bre ; al d a r sep u l­
t u ra á u n chino opulento, en tierran vivos con él á dos
ó m ás m uchachos para que desem peñen con el m u e rto
las funciones de criados... y otras.

Macao 30 de Enero de 18 8 1 .

Mi querido amigo : Los chinos computan por luna­
ciones y por los años de entronizamiento del príncipe
reinante. Hoy, es, pues, primer día de luna del año
séptimo del emperador Kuang. La única fiesta, pro20

3o6

EN RIQU E

GASPAR

píam ente hablando, que le está concedida al celestial,
y cuya duración es generalm ente de treinta días. Es
condición indispensable que nadie éntre en el año
nuevo sin haber pagado todas las deudas contraídas
en el a n t e r i o r ; de ahí el que á la espiración de Diciem­
bre los artículos de lujo se vendan en las tiendas por
la m itad del precio, la estadística de hurtos, nunca
robos, aum en te de una m anera considerable, y los
prestam istas no puedan d ar abasto a los clientes.
Quince días antes del que hoy se conmemora, las
transacciones se p aralizan; el chino, comerciante con
lonja abierta ó propietario con casa cerrada—como lo
están todas las que no son expendedurías, pues el
p ru rito del celestial es que nadie inspeccione sus ac­
tos, y para ello fabrica su vivienda á cubierto del m urallón que adopta por fachada—todo confucista, bud hista ó taotista, en fin, barre ó m anda barrer su h o ­
g ar ; operación que no vuelve á repetir hasta el año
siguiente, pues entre otras preocupaciones, tiene la de
creer que q u ita r las inm undicias, es ah u y e n ta r la for­
tuna. Tanto es así, que el m ayor castigo que en su s u ­
perstición puede dársele á un celestial, es condenarle
a pobreza eterna, pasándole una escoba por la cara. Y
por mi nom bre, que deben ser riquísimos, á juzgar por
los ostensibles signos de economía de que hacen alarde.
Engalánanse los almacenes con hojarasca de papel
de oro y de colores, con flores de artificio, con macetas
de plantas naturales, algunas de las cuales, por su ra­
reza, alcanzan ciento ó m as duros de valor; ilumínase
todo con arañas, linternas y ca n d e la b ro s ; dispónese
en el centro una m esita cubierta con riquísim o tapete
de seda recam ado de oro, sobre la cual el dragón s a ­
grado ú otro ídolo de su devoción recibe la ofrenda de
las golosinas que los visitantes han de comerse d e s ­
pués, y da comienzo al disparo de millones de p e q u e ­
ños cohetes, con que sin interrupción están saludando
á la luna.

VIAJE

A CHINA

307

Al principiar el año nuevo, ó sea á las doce de la
noche, pues nadie duerm e para no entrar en él con
malos sueños, todo el m undo—menos la m ujer de con­
dición que vive siem pre reclusa—échase á la calle á
contem plar las iluminaciones, aspirar el olor de la
pólvora, asistir á los espectáculos teatrales y decir
Kon-ji ó sea «viva» al deudo, pariente ó amigo. Ama­
nece, y desde aquel punto las tiendas, cuyo cierre
además de la puerta ordinaria, consiste en gruesos
barrotes verticales de m adera al exterior, ingeniosa­
m ente atrancados por una traviesa que los sujeta todos
por dentro, quedan cerradas, á excepción del postigo,
para dar paso á las visitas. Estas las constituyen caba­
lleros, que aquel día no parecen millonarios por lo
limpios que se ponen, que van á comer alguna golo­
sina y á em borracharse jugando á la m orra, ó sea á
acertar el núm ero de dedos que entre los jugadores
presentan sim ultáneam ente. Al revés que entre nos­
otros, el que pierde es el que queda obligado á beber,
y el que gana el que paga el vino de arroz, único que
ellos conocen y que liban en tazas microscópicas de
porcelana. Aunque la embriaguez llega á su colmo en
estas fiestas de Baco, ni hay que deplorar nunca una
consecuencia triste, ni en esta ni en otra época del
año se encuentra un chino beodo por la calle. La mo­
rigeración de este pueblo, en lo que á costum bres pú­
blicas se refiere, es ejem plar. ¿ Será la civilización el
germ en de nuestros vicios? Creamos que no, y pase­
mos adelante.
Por supuesto que en ese día no puedes contar con
ninguno de tus servidores; tienes que andar á pié,
prescindir de recados y darte por m uy feliz si, en g ra ­
cia de los aguinaldos recibidos, alguno de ellos se digna
hacerte la cama y darte de comer algo frito, para aca­
bar pronto. Desde m uy tem prano vienen todos á pros­
ternarse en tu presencia, y en seguida echan á correr
al bazar á com prarse zapatos, de que hacen provisión

3o8

EN RIQ U E

GASPAR

para los doce meses restantes ; pues nadie deja de es­
trenar algo en año nuevo; y hasta los pobres de so­
lemnidad, a falta de otra cosa, renuevan el cordón con
que se trenzan la coleta. En cambio ellos te obsequian
con toda clase de dulces, desde el de toronja ó zambúa,
hasta el de guisantes en vaina azucarados ; y te rega­
lan cohetes.
Entre las clases acomodadas el ceremonial es el
mismo, sin más diferencia que el hacerse á cencerros
tapados. Se saludan por tarjetas, pedazos rectangula­
res de papel grana, de un palmo de largo, con tres ó
cuatro caracteres negros, del diámetro de un napo­
león ; se envían presentes comestibles, y se visitan con
el ritual que te explicaré al hablarte de mis relaciones
sociales con los hijos del cielo. Poco á poco el bullicio
va perdiendo en intensidad, y quince dias después
todo torna á su natural estado.
Los chinos celebran otras festividades; pero en nin­
guna de ellas se cierran los establecimientos ni se sus­
pende la vida pública. La conmemoración de los di­
funtos, que tiene lugar durante la cuarta luna, se re­
duce á quemar objetos de uso doméstico, simulados
en papel, que por ese medio creen enviar á los erran­
tes espíritus para que no carezcan en la otra vida de
lo necesario. Lo más notable de este rito son las visitas
á las pagodas que entonces se construyen á expensas
de los consumidores, pues se sufragan con el produc­
to de una especie de subsidio con que todo expendedor
recarga sus ventas anuales y que religiosamente en­
trega á la comisión encargada de alquilar ó adquirir
los adornos y de dirigir los festejos.
Estas construcciones, que ocupan un área como la
plaza Mayor de Madrid y tienen una elevación como
la de la nave del Escorial, están hechas exclusivamen­
te de bambú sin el auxilio de un clavo ni otra trabazón
que la de sus muescas y nudos. De aquellas inmensas
bóvedas penden millares de lamparas y objetos de

VIAJ E Á CHINA

3 09

adorno, cuyo peso maravilla que puedan resistir unos
soportes tan débiles en apariencia. Las lucernas, algu­
nas de las cuales sustentan hasta cien globos de luz,
tienen sus brazos y machones revestidos de dim inutas
plumas de un pájaro azul tu rq u í que se confunden
entre filamentos de oro con el más acabado esmalte
de orfebrería. El interior de las pagodas no puede des­
cribirse ; es de un efecto maravilloso, hasta para los
europeos acostum brados á ver prodigios en los con­
cursos universales de la industria. Sobre colosales a r­
mazones de sutil mim bre, vuelan por el espacio gigan­
tescas m ariposas, aves é insectos de flores naturales
con todos los matices y perfum es de que es susceptible
la naturaleza de la zona tropical. Alternando con estos
ram illetes y encuadradas en magníficos marcos de ta ­
lla, vense representaciones esculturales de tam año
natural y de movimiento, recordando pasajes de las
mejores obras dram áticas; cuyos personajes, luciendo
los trajes de la pasada dinastía Ming, son un asombro
de lujo, con tam aña profusión de sedería bordada,
que nadie ha podido aún igualar en perfección ni en
opulencia. Más alia los bronces del culto y suntuarios
se mezclan con los vasos y discos del más puro caolín,
de los tiempos remotos, confundidos á su vez con los
m onstruosos bloques de verde jade ó de sanguinolento
mármol de la Tartaria. M ientras la susurrante fuente
humedece las espirales de hum o perfum ado que ex­
halan centenares de pebeteros, los ídolos búdhicos, de
quince codos de altura, resisten con sus atléticos bra­
zos los arranques del entablam ento, y las obras m ás
acabadas del recamo de oro y plata sobre seda, cuel­
gan desde el friso hasta el pavim ento como ramifica­
ciones de un Pactólo aéreo é inagotable. Es la prim era
vez que he visto realizado el esplendor de mi China
soñada. Desgraciadamente sólo dura la ilusión ocho
días al año. Quince m inutos han bastado m uchas ve­
ces para que un incendio lo devorase todo y produjese

3io

E N R IQ U E

G A SP A R

innumerables víctimas; pero ¿ quién se resiste á visitar
de noche aquel admirable conjunto, realzado con mi­
llares de luces y transparentes de tan delicado gusto
como caprichosas formas ? Desgraciadamente el en­
canto huye con sólo fijarse en el sucio porte de la con­
currencia. No hay compensación.
Contrastando con esta magnífica exposición, llégala
fiesta del plenilunio de la octava luna ; manifestación
modesta, pero imprescindible, del culto budhista. En
ella se conmemora el aniversario de la creación por
Dios del astro de la noche. Todo chino permanece en
su casa, y aguarda con la ventana abierta y á oscuras
á que la casta Selene haga su aparición en la rendija
del firmamento que le permite ver su angosta calle;
y, apenas la divisa, le alumbra candelillas, le quema
pebetes, la saluda prosternándose hasta el suelo y
come en su honor un pedazo de pastel, confeccionado
exprofeso con tocino y almendra para aquella solem­
nidad, cuya virtud no se me alcanza ; pero te diré
acerca de su consumo, que una sola pastelería de
Hong-Kong produce anualmente á cada uno de sus
cinco socios, la enorme cifra de diez mil pesos fuertes.
Verdad es que se trata de un pastelero más famoso
que el mismo de Madrigal.
Otro espectáculo que realmente tiene importancia y
novedad para el europeo es una procesión de linter­
nas. Estas no se verifican en épocas determinadas ; son
expansiones accidentales que se permite sufragar, ya
un vecino acomodado á quien un negocio le ha salido
bien, ya un gremio que solemniza una circunstancia
memorable, ya, en fin, un barrio que impetra el favor
del cielo ante una enfermedad epidémica. Porque,
aunque retarde con una digresión su relato, debes
saber que aqui la medicina no constituye facultad ni
se aprende en colegio alguno. Todo es empirismo ; no
hay más que curanderos, cuyo mérito está en propor­
ción del número de recetas que poseen. Su diagnós-

VI AJE

A CHINA

3I I

tico es muy sencillo: para ellos las enfermedades se
reducen á fuego ó aire. Su terapéutica aún lo es más.
El fuego lo apagan con jugos de vegetales, y el aire lo
sacan con ventosas y con cauterios. De ahí que no haya
chino que no tenga el cuerpo, y en especial el cuello y
la cabeza, lleno de cicatrices y quemaduras. El tifus,
que en China se llama fiebre del cabello, consiste, á su
juicio, en una como venita ó hebra capilar que circula
por el cuerpo llena de sangre corrompida y que hay
que extraer. Para asesorarse de que el enfermo pa­
dece semejante dolencia, le dan á saborear un manjar
amargo ; y si lo halla dulce, es prueba inconcusa de
que el mal existe. Entonces hay que buscar el sitio en
que puede encontrarse el cabello, y si dan con él, lo
extirpan vaciándole la sangre inficionada. Poseen, sin
embargo, algunos medicamentos de virtud reconoci­
dísima; y no puedo resistir a la tentación de transcri­
birte el que para combatir el cólera emplean en el
Ton-Khin. Se lo debo á nuestro compatriota el Reve­
rendo Padre monseñor Colomer, natural de Reus,
obispo y jefe de nuestras misiones en aquella región
de Annam ; que siempre lo ha usado con resultados
satisfactorios. Tuéstanse al horno unos cangrejos,
mejor de río que de m a r ; machácanse bien con su cás­
cara ; se disuelve media cucharada de aquellos polvos
en una copa pequeña de buen vino añejo y se le da a
beber al paciente. Generalmente basta con la primera
dosis ; pero si el mal no cediera, se repite la operación.
Suele ocurrir que al desaparecer el cólico, se paralizan
también los descartes diuréticos. Para provocarlos y
combatir la irritación que origina aquel estado, no hay
sino machacar vivos, y por consiguiente crudos, dos ó
tres cangrejos; mezclarlos con igual cantidad de vino
y de la misma clase que en el procedimiento anterior,
y, colado su jugo, dárselo á beber al enfermo.
Volvamos ahora á la procesión de linternas, á la que
concurren todos los vecinos del barrio con objetos de

3I2

ENRIQUE GASPAR

su exclusiva confección ó alquilados á industriales al
efecto; pero de un modo ó de otro, llevados á cabo
con una perfección asombrosa. El elemento principal
de ellos, como de casi todos los adornos chinos, es el
papel, y una pasta de arroz transparente como el cris­
tal, y muy parecida, aunque más pura, á nuestra cola
de pescado, que adaptan primorosamente á unos ar­
mazones de mimbre ó bambú finísimo.
En cuanto anochece, se reúne el cortejo en el lugar
de la cita ; y al estampido de algunos morteretes y de
algunos millares de petardos, da comienzo el desfile
por el orden siguiente: abren la marcha unas cuantas
docenas de individuos, vestidos como todos los que
componen la procesión con los pintorescos é indescrip­
tibles trajes de la época de los Ming, llevando piras
embreadas en recipientes de metal, que iluminan el
espeso humo que van produciendo. Síguense unas
banderas más grandes, pero idénticas en corte á las
de los gremios valencianos, puestas sobre el hombro
del porta-estandarte y en sentido horizontal. Y allí
principia un ascua de fuego producida por cuatro ó
cinco mil linternas de todos tamaños, formas y colores,
levantadas sobre unas perchas, cuyo río de luz corta
de trecho en trecho, ya un grupo de músicos con cím­
balos, crótalos, dulzaina, timbales, discos convexos
( sobre los que repican con una sola baqueta) y el obli­
gado gong; ya unas pagodillas del tamaño de nuestras
andas, llenas de molduras y rodeadas de pebetes ; ora
unas mangas y parasoles de espléndido tisú de oro,
parecidas á las del culto católico; luégo los monstruo­
sos ídolos de la teogonia búdhica. No ha concluido aún
la sorpresa que te producen el insecto, el pájaro el
buque, el jarrón, el kiosco y el templo montados con
flores naturales y circuidos de puntos luminosos,
cuando te arranca un nuevo grito de admiración el
niño que, simbolizando un guerrero mitológico cabal­
ga sobre un microscópico caballo de los confines del

VI AJ E A CHI NA

3 13

desierto de Gobi, enjaezado á la usanza mandarina y
cubierto de gualdrapas dignas del tocado del imperial
jinete ; te encanta la imaginación que han desarrollado
en la gigantesca concha con todos los cambiantes de
la madrèpora, en cuyo seno descansa una elegante
china simulando una perla del río de Cantón, ó te se­
ducen el albérchigo y la naranja que, abiertos en ga­
jos, presentan á tus atónitos ojos, humanas simientes
en la clásica agrupación del arte asiático. Pero donde
está el mérito sobresaliente de la procesión, es en la
infinita variedad de aquella multitud de linternas,
donde parece haberse agotado la fuerza imaginativa
de la inspiración del hombre. Sin detenerme á descri­
bir los faroles ordinarios, pequeños unos y colosales
otros, ostentando un carácter chino, que ya por sí
constituye un adorno singular; pasando en silencio
los tulipanes, girasoles, estrellas, globos y pirámides;
cómo no llamar la atención el racimo de uvas de luz,
contrastando con el oro de su fruto el verde tono de
sus pámpanos; las dos medias sandías con la púrpura
de su seno salpicada de relucientes pepitas; la carpa,
el salmonete y el atún abriendo la boca y agitando sus
aletas; los dos gallos combatiendo con la saña de la
verdad ; el pavo que se esponja ante la contemplación
del auditorio ; la langosta que despide aletazos ó con­
trae y dilata sus articulaciones ; el faisán de Shang-hai;
los monstruos gesticulantes emblema de las pasiones
hum anas; y por último, las monumentales pagodas
con sus cubiertas agaleradas, sus frisos esculpidos y
sus afiligranados detalles—más numerosos y sutiles
que los de la arquitectura gótica—dejando escapar por
el mosàico de su policromia torrentes de luz y de per­
fumes? Una guardia, provista de partesanas y lanzones dignos del lápiz de Gustavo Doré, precede á un
hombre con cabeza de león (animal fatídico de esta
fauna mitológica), huyendo ante el dragón sagrado,
que lo persigue para ver si lo puede devorar. Es la

3 14

EN RIQ UE

G A SP A R

lucha de la virtud con el vicio. Este dragón, de formi­
dables fauces y armado con anillos que le permiten
plegarse á discreción de los doscientos hombres que lo
llevan sobre puntales de bambú, esta forrado de seda
verde transparente, y va alumbrado por dentro. Tiene
más de cien metros de longitud, y se considera como
un favor celeste y un signo de felicidad el que incline
la cabeza delante de la casa de uno. El favorecido le
dispara entonces unos millares de cohetes en justo re­
conocimiento, y el reptil se libra á una graciosa y bien
combinada serie de ondulaciones, contrayéndose, dila­
tándose y retorciéndose en espirales luminosas.
Terminaré mi catálogo de festejos con la descripción
de los fuegos artificiales, á que son muy aficionados
los chinos. Para el concurso del gran patchon (cohete),
se exhiben con anterioridad en un barracón los pre­
mios consistentes en un espejito de mano, un transpa­
rente, un ramo de papel de talco, ó cualquiera zaran­
daja por el estilo, que ellos en dar no son muy pró­
digos.
Llegada la tarde de la lucha, colócase el pirotécnico
sobre un tablado y empieza á disparar voladores. La
muchedumbre, apiñada al rededor, observa la direc­
ción de la caña; aguarda á que baje, y entonces hace
prodigios de agilidad por apoderarse de ella; con lo
cual y consecuente con la superstición que preside
todos sus actos, no sólo alcanza ventura para sí y los
suyos—mayor cuanto es más gordo el cohete—sino
que obtiene una recompensa, quedando obligado á
sufragar otra para la justa del año siguiente.
Sus tan decantados fuegos artificiales, repetidos con
frecuencia y siempre con igual monotonía, no tienen
de particular más que la candidez. Divídense en diez
ó doce actos, y cada uno de estos en tres transforma­
ciones, lo que da lugar á que el espectáculo termine á
las cuatro de la mañana habiendo empezado apenas
anochecido. Allá va un acto por cuyo patrón están cor-

VIAJE A CHINA

3 15

tados todos los demás. Principiase por disparar en
medio de la calle y sobre una mesita, una cantidad de
voladores con poca ó ninguna luz, m uchas chispas,
profusión de hum o y largos compases de espera. Luégo la escena se traslada á un catafalco, sobre el que se
alza un andamiaje de bam bú de la altura de una casa
de cuatro pisos. ízanse en él tres como bombos, de
cuádruple diám etro que el de los de una orquesta, en
que van encerrados los fuegos. Se aplica una m echa
al inferior, y después de diez largos m inutos, el arm a­
zón se abre y deja ver una maceta con una planta cu­
yas hojas van cambiando lentam ente de colores. Lle­
gado el turno del segundo tam bor, aparece una rueda
horizontal, en que dan vueltas unas figuras de movi­
m iento que m ontan á caballo, se apean, riñen ó se
abrazan, pero todo tan dim inuto, alum brado por unas
lucecitas de tan poca intensidad y tan envuelto en
hum o, que sólo el espectador de prim era fila puede
apreciarlo. La últim a caja contiene el bouquet; y en
honor de la verdad, algunos de ellos no dejan de llam ar
la atención, pues fatigada la vista con tanto inútil es­
fuerzo, gusta de que la sorprendan con una m asa lu ­
m inosa ; y lo consigue una gran torre transparente de
forma octógona, que se desprende desde lo alto del
andamiaje hasta el suelo, llevando pendiente de cada
ángulo de su tejado una sarta de linternas encendidas,
que ni sabe uno darse cuenta de cómo se alum bran,
ni se explica que puedan caber en tan estrecho re ­
cinto.

Fiestas de Hon-Kung en Macao

Macao, 26 de Setiembre de 1881.

La primera parte la constituye la afluencia de cien
mil forasteros á una ciudad de sesenta y ocho mil al­
m a s ; se albergan donde pueden, duermen donde se
albergan y comen en la alcoba: no he nombrado la
calle porque se sobreentiende.
Cuatro días de fiesta : ni una borrachera, ni un ro­
bo, ni una disputa.
¿Quién es Hon-Kung? No lo sé, ni tengo tiempo de
estudiarlo en este momento. Es, según voz pública, el
primero, después de Dios, de los santos de la corte
celestial china. Se le invoca para que conceda paz á
todo el imperio, le preserve de epidemias y le otorgue
riquezas in n ú m e ra s; participa, por consiguiente, del
Jano de los paganos, del San Roque de los católicos y
de la lotería de los españoles.
En el cómputo chino, cada tres años traen uno bi­
siesto, que se compone de una luna más de veinti­
nueve ó treinta días en la lunación séptima, época en
que debe verificarse la fiesta del santo; pero como no
siempre hay dinero disponible, redúcese aquella á
una modesta manifestación, transcurriendo á veces
catorce y más años sin que tenga efecto una solemni­
dad como la que voy a describir, y que en la ocasión

VIAJE A CHINA

3i7

presente ha sobrepujado á cuanto se ha hecho hasta
ahora en Macao, matriz, metrópoli, casa solariega del
festival en cuestión.
¿ Cómo se arbitran los fondos? Como no puede co­
piar ningún pueblo que no tenga la buena fe, el pa­
triotismo, el amor, en una palabra, del celestial a su
enorme familia de cuatrocientos millones de indivi­
duos con coleta. Todo comerciante con tienda abierta
esta obligado á recargar cada objeto que vende en
cinco sapecas (cada sapeca vale medio maravedí), que
entrega religiosamente á una comisión económica, la
cual se encarga de aumentar los productos con el in­
terés que hace'ganar al dinero y con los donativos es­
pontáneos de los particulares, cuyos nombres figuran
después inscritos en sendos papeles encarnados en el
pabellón central del barrio chino. Desde el año 1808
hasta hoy se han recaudado sesenta mil pesos fuertes,
que son los que se han invertido en alquiler de los
objetos de ornamentación para la ceremonia : calcúlese
por ahí el valor intrínseco de este Pactólo de oro, seda
y luces.
Describamos, si podemos:
Una cruz griega forma la parte engalanada del Ba­
zar; son dos calles perpendiculares que se cortan casi
por el centro y ó cada una de las cuales puede que el
kilómetro le venga como á su medida. Unos armazo­
nes, ó andamios de bambú, atados con hojas de la
misma caña, y sin que en su sostenimiento éntre un
clavo, se elevan hasta por encima de las casas, pro­
duciendo en algunos sitios tres cúpulas superpuestas
de una elevación como el cimborio del Escorial. To­
do aquel armazón se cubre con lo que ahora diré; y
el vecino a quien le tapan una ventana, ni se queja al
alcalde, ni habla mal del gobierno ; come á oscuras, y
se calla.
Reviste el techo un lienzo de colores abigarrados
con flores, hojarasca, animales y quimeras, del que

3 18

E N R IQ U E

G A SP A R

penden tulipanes, peces, frutas é infinitas representa­
ciones, que no son sino otras tantas linternas que le
dan el aspecto de una bóveda tachonada de puntos
luminosos. Hasta poco más de la altura de dos hom­
bres, caen, sujetos por gruesas maromas, millares de
lucernas, arañas, girándolas y quinqués, cuya forma
no hay medio de describir ni por su variedad ni por
su complicación. Voy á ver si ciñéndome á una sola,
logro hacerme comprensible. Figúrense los lectores la
Catedral de Milán reproducida materialmente en ma­
dera, con siete metros de altura, y todo el resalte de
filigrana de oro. El fondo para el profano es de esmal­
te azul; para el observador que lo toca y se convence
de que la paciencia del hombre pueda llegará tal lími­
te, es de plumas microscópicas de alción ó martin
pescador, pegadas con cola. Añádansele centenares de
estatuetas esculpidas en pirámides ó en racimos como
los grupos de los juegos acrobáticos; é iluminándola
con doscientos globos de luz con colgantes ó lágrimas
de cristal de todos los colores del prisma, se sabra lo
que es una de estas lámparas, como se sabe que el
punto que asoma en la lontananza del mar es un va­
por, porque se ve el humo con el catalejo.
Sin que la bóveda se venga abajo por el enorme
peso que resiste, sustenta además de todo lo que es
luz, una asiática profusión de gigantescas mariposas,
dragones colosales, caracteres chinos titánicos y un
centenar más de variantes en ramos de flores; que no
otra cosa son los tales monstruos sino la parte perfu­
mada de la naturaleza, adornada con pedazos de espe­
jo y cintas de seda y oro.
Nosotros decimos que todo pende de Dios, pero los
chinos deben creer que todo pende del bambú; por­
que después de lo que dejo colgado, aún faltan unos
centenares de cajones con veinte ó treinta figuras de
medio tamaño natural en cada uno, reproduciendo
escenas de los dramas y entremeses más notables de

V I A J E A C HI N A

3 19

la dramática celeste. La encarnación de los personajes
es perfecta; el indumento riquísimo, y las armas,
como el sable que le regalé á un sobrino mío en cier­
tas Navidades, y que, según él, era de buena verdad...
de carne.

Las calles están cortadas á trechos por arcos de
triunfo colgantes; pues son sin piés, no tienen más
que un cornisamento y un gran friso, se estriban en
las paredes y los sostiene el entablamento. Cada arco
parece el puente de los Suspiros en Venecia.
Todas las fachadas de las casas están literalmente
cubiertas, desde el zócalo hasta el alero del tejado, de
ricas obras de talla, altos y bajos relieves, cuadros de
algunos metros con figurillas hacinadas del color del
lapislázuli, hojarascas de ricas maderas aromáticas,
otras doradas, transparentes y adornos policrómicos,
mientras cada puerta (que lo es de una tienda) se
halla convertida en una pagoda con su altar en el cen­
tro, su ídolo, flores, pebetes y ofrendas de comesti­
bles. A intervalos una música deleita al transeúnte (si
es chino) con sus chirriantes ecos, ó un juglar luce sus
habilidades sobre un estrado.
Pero donde esta la verdadera maravilla es en el pa­
bellón principal; vasto recinto, colosal nave formando
la cabeza de la cruz, y en el que, lo que ya llevamos
visto, está centuplicado en profusión y en riqueza.
¿ Qué hay allí ? Yo no sé si podré explicarlo. Lucernas,
cuadros, flores, relieves, esculturas, cincuenta mil
nombres de contribuyentes ó donantes, músicos, un
teatro en el fondo con representación permanente y
quince mil espectadores, además de otros dos coliseos
que funcionan en las calles contiguas, y millares de
macetas que parecen receptáculos de plantas y son
vasos de prodigios : aquel arbolillo, que se tomaría
por un juguete de Nuremberg, es un ejemplar lilipu­
tiense del corpulento ébano guardando todas las pro­
porciones debidas en sus microscópicos detalles. Un

320

EN RIQ U E GASPAR

arbusto que mas alia simula un león hecho con astas
de venado, es una raíz que á fuerza de mutilaciones,
injertos, paciencia y sabiduría, ha tomado aquella for­
ma en un transcurso de doscientos años tal vez, y con
el concurso de seis ó siete generaciones. Lo mismo
digo del carácter chino que está á su lado; con la apa­
riencia de una rama de boj recortado recientemente
para aquella circunstancia, es no obstante un tronco
con sus brazos y hojas educados desde hace siglos
para concluir por simular el nombre de una divinidad,
de un emperador ó de un simple individuo. Que hay
planta de ellas que vale dos mil pesos, no hay para
qué consignarlo.
La calle termina por un inmenso altar á cada lado,
defendido por dos gigantes de cartón ; cuya cabeza,
como los telamones del orden atlántico, sostiene el
piso. En el pebetero que hay delante arde todo un
tronco, de madera de sándalo. Relicarios de filigrana
de algunos metros de tamaño, cajas y linternas de or­
febrería, monstruos y quimeras de metal, apoyados en
el suelo y enroscándose hasta la bóveda, cascadas de
paños bordados de oro y sedas, vasos de jade y otras
piedras preciosas; todo está allí hacinado, como si la
mano de un Pluto invisible hubiera removido las en­
trañas del universo para hacer ante la humanidad el
inventario de su riqueza.
Hablemos ya de la procesión. Esta en algunos casos
suele ir por dentro ; pero en el presente va por todas
partes, porque es de rigor que pase por la casa de
cuantos a ella han contribuido. No se extrañara por lo
tanto que el desfile, que dura más de dos horas á paso
de marcha, con raras detenciones de un minuto á lo
más, empiece á las ocho de la mañana, termine á las
seis de la tarde y tenga que reanudarse durante tres
días consecutivos.
Relatar todo lo que va en ella y por su turno corres­
pondiente, es tarea superior á mi asendereada memo-

VIAJ E A CHINA

321

ria. El oro, la seda y los adornos que hemos visto en
el bazar, constituyen su base. Pero asusta pensar que
el traje más modesto de la comitiva no baja de dos­
cientos pesos de valor, que pasan de tres mil los asis­
tentes, y que no hay medio de contar las banderas
monumentales de raso recamado de oro, los estandar­
tes de sedas flojas, los parasoles de plumas de pavo
real, los bronces suntuarios, vasos de jade, mármoles
sanguinolentos, maderas preciosas y tanto y tan infi­
nito detalle de un exagerado precio, ya por su rareza
como por su antigüedad ó mérito artístico.
Aunque variados hasta la saciedad, he aquí el patrón
de los dos figurines, que dan la norma en esta especial
indumentaria.
Las congregaciones de chinos ricos llevan el tra d i­
cional zapato de galera bordado; media blanca con
polainas de cintas de seda de colores hasta la rodilla ;
calzón de satín blanco; blusa de /o, color de plomo
cla ro ; faja de gró muy ancha que forma como un de­
lantal, y cuyos cabos bordados en seda y oro de relie­
ves valen un dineral: cordón de torzal grana en la
coleta y ésta enroscada sobre la frente; un sombrero
tártaro de paja, igual a los paveros de España, forra­
do de gró, y con caracteres y adornos de terciopelo y
oro en la copa ; y el inseparable abanico de plumas de
cisne, ensartado en la cintura por detrás, lo que les da
el aspecto de una cola de palomo.
Todos llevan su correspondiente coolie ó criado por­
tador del banquillo para reposarse en las paradas.
El otro traje yo no lo sé explicar. Se compone de
una túnica y una sobretúnica bordadas; mejor diré,
empedradas de oro y plata, comparables tan sólo, aun­
que mas ricas, á los vestidos de luces de nuestros to­
reros. Los sombreros, ya representando un enorme
tulipán con franjas de seda, ya un capacete ó casco
con aletas y plumas de faisán, son de lo mismo, y el
efecto general es el de un ejército de astros.
21

322

ENRIQUE

GASPAR

Con ellos alternan los mandarines modernos en tra­
je de gala, con vestas y capacetes de seda del mismo
color en cada individuo, y mil reproducciones del iris
entre todos; los bonzos, de cabeza rasa, y los ejecuto­
res de la justicia (séquito de los grandes personajes),
con sus hopalandas negras, uno como cencerro de
fnimbre oscuro en la cabeza, y portador cada cual de
un instrumento de suplicio.
Á las banderas, grandes como las de los gremios
valencianos, suceden niños á caballo en traje de em­
peradores de la dinastía de los Ming. Detalle curioso;
entre las cabalgaduras figuraba un pollino, especie
rarísima en estas regiones. Á aquellos siguen timba­
leros redoblando sus tamboretes de metal (porque
aquí se puede repicar y andar en la procesión); andas
con objetos raros, perfumes, pagodillas, músicas, an­
garillas con comestibles y bebidas para los que ten­
gan necesidad de reconfortar sus fuerzas; armarios
con trajes para reponer los desperfectos, cuadros de
talla, lemas, parasoles de flores naturales, y multitud
de centenares de representaciones humanas, simboli­
zando pasajes de su teogonia, cuya explicación no es
de este lugar, pero cuyo efecto sorprendente no puedo
dejar de transmitir.
Imagínense los lectores un pescador y una tancalera
colocados de pié sobre un torniquete giratorio ; él echa
las redes, ella rem a; ambos dan vueltas como la tabli­
lla de un barquillero, y ninguno se cae ni oscila, á
pesar de ser párvulos como todos los actores de esta
especie de autos religiosos.
Otra de las andas es una mujer que se abanica
mientras que un mandarinete se sostiene en equilibrio
sobre el país del abanico.
Ya un anciano tao-tsé ve brotar un guerrero de su
dedo índice, ya una virgen se posa sobre la cabeza de
una paloma viva, ora dos héroes cruzan sus partesa­
nas y sostienen terrible lucha en el aire, ó un budha

V IA JE Á CH INA

323

en fin apoya un pié en los pétalos de un lotho m ien­
tras en su infantil mano se yergue su elegido, que vue­
la á la región de los espíritus descartado de su envol­
tu ra m aterial. No se ve ni un alam bre, ni el m enor
asomo de m ecanism o: aquello asombra.
Precedido de un lujoso acom pañam iento y al son de
atam bores (algunos del tam año y configuración de
una pipa de cien arrobas sobre la que pegan á quien
más puede dos robustos mancebos), aparece el dragón
cornúpeto ; m onstruo de cartón con escamas de oro y
m arabus en las articulaciones, con cincuenta m etros
de longitud, tres mil duros de coste, y adm irable obra
de atrezista cantonés. Es llevado por treinta hom bres,
que ejecutan con él variadas evoluciones, y el público
le saluda con cohetes y petardos, que se confunden
con los acordes de la m úsica que graciosam ente y en
honor del pueblo chino, ha dispuesto el señor gober­
nador de la colonia que toque á su paso por delante
del palacio. El reptil, en cambio, recorre todo el vestí­
bulo, pues sabido es que donde m ete la cabeza el tal
anim al sagrado, entra la felicidad.
Cierra la m archa la guardia de honor, ostentando
arm as blancas de una rareza que casi frisa en extrava­
gante. Lanzones, partesanas, pinchos, m edias lunas,
harpones, horquillas, m achetillos y adargas de m im ­
bres son los objetos más salientes de aquella hoy ya
inocente arm ería.
Y aquí da fin este desaliñado relato hecho á vuela
plum a, para que no pierda su sello de oportunidad.

L o s c h in o s d e n tr o d e ca sa
V isita á u n a fa m ilia rica. — L a h a b ita c ió n .— E l m o b ilia r io
E l b a n q u e te .— E la b o r a c ió n d e l té .— U so d el o p io

Macao i o de Marzo de 18 8 2 .

Mi querido amigo: El tiempo y el comercio se han
encargado de destruir la preocupación con que los ce­
lestiales m iraban á los europeos. Hoy encuentran que
sus dollars son excelente lazo de unión, y gracias á las
transacciones m ercantiles, las puertas de la casa china
no están ya cerradas al diablo blanco, mote de todo oc­
cidental. El gineceo continúa siendo inaccesible ; pues
sabido es que las hijas de Eva no son aquí visitadas
sino por los parientes íntimos, ni salen á la calle más
que para llenar deberes de cortesía, y aun eso en pa­
lanquín cerrado y con previo anuncio. Ello no obstan­
te, como satisfacción de una curiosidad y con alguna

V I A J E Á CHINA

3i5

influencia, consigue uno ingerirse hasta el santuario
de las m ujeres, acompañado, como es natural, del gallo
del gallinero. Mi m ujer y yo hemos tenido la dicha de
ser recibidos por la familia de un miembro de la alta
banca, y creo que será grato conocer mis im presiones
sobre el particular.
Como en China el ir á ver á una señora no es aque­
llo de «me voy á pasar un ratito con fulana,» como
sucede en nuestros países, sino que el acto, sobre poco
frecuente, reviste el carácter de una solem nidad, es
preciso tom ar día, pedir audiencia como si dijéramos,
y acom pañar la solicitud con un regalito de tanta más
monta, cuanto m ayor es la categoría del visitante.

Las viviendas ya tengo dicho que están á cubierto
de la curiosidad pública ; así es que tienes que a tra ­
vesar uno ó más patios para encontrar la puerta de la
casa, donde el dueño te está esperando, y en la que te
recibe con las cortesías propias de su ceremonial. Con­
sisten estas en juntar las manos sobre el pecho, como
el oficiante católico al dirigirse al ara, pero con los
puños cerrados, que agita repetidas veces al mismo
tiem po que inclina la cabeza. Apenas transpuesto el
um bral, se tropieza con un gran biombo ó m am para,
últim o tapujo del interior, en que alineadas y puestas
sobre piés derechos, se destacan unas planchas (á ve­
ces quince ó veinte) pintadas de encarnado y con le­
tras de oro acusando el nombre, títulos, cargo y dig­
nidades del m orador.
El zaguán, que en algunas partes es un patio cu­
bierto alrededor con su impluvium en el centro, á la
pom peyana, constituye el estrado del m arido. Allí me
recibió el b an q u ero , m ientras su prim era esposa,
acompañada de una herm anita suya, de sus hijas, y
de su servidum bre (entre la que hay que colocar á las

326

EN RIQ U E

GASPAR

concubinas de su esposo), apareciendo en lo alto de
una escalera, se llevó á mi m ujer y á la del señor que
me servía de intérprete, á las habitaciones superiores.
La disposición del mobiliario es igual en todas par­
tes. Las sillas, grandes sitiales de tam arindo, de la
forma de nuestros sillones de baqueta, pesados como
el plomo y negros como el ébano, tienen el asiento y
el respaldo de piedra—cuyas vetas sim ulando m onta­
ñas y paisajes—les dan un valor fabuloso. Cuando el
personaje es m uy rico, los muebles están cubiertos de
paños color de grana, con bordados de oro y sedas.
Arrimados á la pared, de la que nunca se separan, á
cada dos sillones sucede una mesita alta, estrecha y
con tres estantes, que sirve de pedestal á un jarrón de
flores, y de apoyo al té y los dulces con que el que vi­
sita es obsequiado apenas llega. Frutas escarchadas,
entre las que figuraban guisantes en su vaina, cigarros
y otras golosinas, nos fueron ofrecidos en una bandeja
circular con radios que constituían otros tantos casili­
cios. Mi anfitrión se entretuvo m ientras hablaba en
roer unas pepitas secas de sandía, con cuyos desper­
dicios, expelidos ruidosam ente de la boca, ensució mi
llou-lon, rico cha, como aquí se llama al té, presentado
en tazas sin asas, provistas de una cobertera que uno
entreabre para beber con la misma mano con que la
sostiene, y cuyo objeto es im pedir el sorber las hojas
que flotan en el líquido.
El chino no usa el agua como bebida ; el consumo,
por lo tanto, de cha, es incalculable ; no le ponen jamás
azúcar, ni emplean más que el negro. Su precio varía,
desde diez reales hasta treinta y dos duros la libra.
Este es el m andarín, que se vende en manojitos de la
cantidad de cada toma, atados con cintas de colores.

Allá va una sucinta reseña sobre la elaboración del

VIAJE

A CHI NA

327

té. Recibido en las fábricas, todavía fresco, se escogen
sus infinitas variedades; sométesele á la acción del
fuego en unas colosales cacerolas, como las perolas de
hilar la seda, y agitándolo constantemente, espérase á
que las hojas queden contraídas por la torrefacción.
El que posee aroma propio no sufre nuevas operacio­
nes ; al inodoro se le perfuma después con unas fumi­
gaciones de azahar, de jazmín y otras olorosas flores,
y encerrado en cajas de plomo, recubiertas de otra de
madera, se le exporta. El verde procede de unas hojas
superiosísimas, que se tuestan muy poco ; pero como
la cosecha es escasa y el consumo en Europa grande,
se le falsifica como los vinos de Lebrija, las Cabezas,
Valencia y Cataluña, que tomamos por Jerez y Bur­
deos. Los ácidos son la base de aquella mistificación,
contra la que hay que ponerse en guardia.
El espíritu de especulación lleva tan lejos á los chi­
nos, que los agentes de las casas europeas necesitan
ojos de Argos para no caer en las mil y una añagazas
que les tienden los celestiales. La prueba del té desti­
nado á la exportación, es muy curiosa. Tómanse unos
puñados de diversas calidades extraídos de cualquiera
caja al azar; colócanlos en unas cubetas bañadas de
luz zenital, que penetra por un enorme embudo de
madera fijado en la ventana donde se apoya el mos­
trador. Pésase un tae) (próximamente una onza) de
cada montón, y se deposita en tantas teteras como
especies han de analizarse, y que, numeradas como
las tazas que tienen delante, corresponden á las cube­
tas. Échase encima el agua hirviendo, y transcurridos
los cinco minutos que marca un diminuto reloj de
arena, viértese el licor en los pocilios y los residuos
pasan al mostrador junto con el puñado correspon­
diente. Entonces se escudriña con minuciosidad la di­
ferencia entre el cha en crudo y el poso de la infusión.
El color acusa la frescura de la hoja. Si esta, al desri­
zarse queda entera, es prueba de que no se la ha hecho

328

ENRIQUE GASPAR

servir ya, porque en China, donde nada se desperdi­
cia, recogen los detritus del té y lo venden á los fabri­
cantes, para mezclarlo con el virgen. La sed de ganan­
cia hace que también el europeo, cuando no hay
abuso, pero sí rebaja de precio, pase por esta mala fe,
que no sospechan los consumidores de Occidente;
pero en cambio son muy rigurosos con el peso, por lo
que, provistos de un imán muy potente, lo restriegan
por los montones de las cubetas, y extraen de ese modo
las limaduras de hierro con que se mezcla el artículo.
Ahora bien; problema : Cuando un enfermo se propina
en España una taza de Pei-Kó, ¿ qué es lo que cura, el
té, la herradura ó las babas de chino que por tercios
entran en su composición ?

Reanudemos nuestra visita, en la que es de rigor
permanecer cubiertos, porque ya sabes que aquí todo
se hace al revés que entre nosotros. El primer cum­
plido que te espeta el dueño de la casa es decirte que
pareces un viejo ; la senectud es para el celestial la
condición más respetable. Todo lo que es tuyo lo ele­
va á las nubes con hipérboles extremadamente orien­
tales, y lo que con él se relaciona lo pone á los piés de
los caballos. Si le encomias la buena disposición de la
casa, te contestará que vive en una pocilga, y si le ala­
bas la hermosura de su mujer, te argüirá que es una
bruta (sic).
Después nos hizo pasar á sus oficinas de comercio,
donde, con el cajero, tenedor de libros, dependientes
y mozos de carga, nos congregamos al rededor de una
mesa, abandonándonos á un expansivo banquete de
todo género de sucia pastelería.

V I A J E A CH INA

329

Como creo que ha de interesarte el relato de una
comida á su usanza, voy á permitirme esta digresión.
Las mujeres no asisten ; la confusión de ambos sexos
es degradante para el fuerte, que ve en la madre de
sus hijos una esclava y no una compañera. Cada mesa
no puede contener más de ocho personas; por consi­
guiente aquellas se multiplican en proporción del n ú ­
mero de convidados. Manteles no los hay ; en cuanto
á servilletas, cada uno va provisto de un pañuelo de
seda que hace sus veces. Los manjares están ya servi­
dos en grandes escudillas de porcelana, rodeadas de
otras más pequeñas para las salsas y jugos con que
han de adobarse, y que vierte el comensal con una
cucharilla de loza, cuando no pringa en el líquido con­
dimento el bocado que, por ser m uy grande, ha tenido
que llevar tres ó cuatro veces á la boca. Una taza sin
asas, para los comestibles, y otra microscópica para el
único vino que ellos beben, extraído del arroz y perfu­
mado con una esencia, constituyen la vajilla. El c u ­
bierto son los célebres palillos, llamados Jachi, que
colocan uno en la bifurcación del pulgar y el índice, y
otro entre el índice y el anular, mientras el del corazón
y el meñique funcionan, á guisa de muelle, para abrir­
los y cerrarlos como unas tenazas. Con este aparato
cada cual toma de la vasija común el pedazo que más
le apetece, y lo traslada á la suya parcial, después de
multitud de paseos y baños por las diferentes salseras.
El sitio preferente es el de la izquierda. He aquí
ahora el orden del m enú: abren la marcha los dulces
y las frutas. Síguense á estos las cuatro entradas de
manjares linos, entre los que figuran los deliciosos
cangrejos con huevos, las no despreciables aletas de
tiburón, las insípidas pechugas de codorniz y los re­
pugnantes nidos de pajaro, que nosotros llamamos de

33o

EN RIQ UE

GASPAR

golondrina. Este refinamiento culinario, que se paga
á peso de oro, son verdaderos nidos de un pajarillo,
que se encuentra en Java. Formado de tallos y yerbecillas, se los limpia de plumones y otras adherencias,
y deshechos por la cocción, quedan reducidos á una
sustancia gelatinosa, con la que mezclan almendras
de varias frutas, y de la que, á pesar de sus condicio­
nes pectorales, no he podido intentar una segunda
prueba. Su nombre es ning-vo.
Á estas delicadezas suceden los platos fuertes. Ma­
nos de cerdo rellenas, chuletas azucaradas, patos sa­
lados y prensados, que saben á jamón, faisanes que en
Shang-hae valen á dos reales pieza, corzo y pescados
ahumados. La salazón abunda en su cocina, lo que
produce escrófulas y asquerosidades á que la pluma
se resiste. Excuso decirte que, dado el cubierto, todo
tiene que presentarse hecho pedacitos ; y que si algo
hay que trinchar, los dedos se encargan de la opera­
ción.
Aquí principian las libaciones, en las que son muy
parcos. En seguida entra en tanda el arroz hervido
simplemente y servido en cubos de madera, de los que
cada convidado se propina dos ó tres tazas, pues cons­
tituye la verdadera y diaria alimentación del chino,
que nunca prueba el pan. Amenízanlo con langostines,
cerdo, aves, pescado y todo género de chozv-chow (chauchau), como ellos llaman a las mezclas. La manera de
devorarlo, pues no puede decirse que lo comen, es
nauseabunda. Pizcan de la fuente general un trozo de
chow-chow, lo trasladan á su escudilla y, colocándose
esta debajo de la barba, como una bacía de afeitar,
empujan precipitadamente con los fachis el arroz, ni
más ni menos que si rellenasen de casquijo un agu­
jero, y no lo mascan hasta que se les sale por la boca.

VIAJE A CHINA

331

R elatarte lo que come el indigente es tarea im pro
ba. A quí no se desperdicia nada. La carne de p e rro y
de gato se vende públicam ente ; á la de ratón y toda
suerte de anim ales in m undos se le da caza en el p r o ­
pio domicilio. Sé que voy á extralim itarm e poniendo
á p ru e b a el estómago de tus lectores ; pero la cosa es
tan notable, que no p uede pasarse en silencio. P ara el
chino pobre, peinarse es un banquete. De ese m odo
pretenden que re cu p eran la sangre que el insecto les
ha chupado.
T e rm in a d a la comida, es preciso colocar los Jachi
cruzados sobre la taza en signo de satisfacción y g ra ­
titud ; el anfitrión los va retirando y poniendo sobre la
mesa como c o n te s ta n d o : no hay de qué. Un p ar de
eructaciones son del m ejor tono para atestig u ar qu e
los m anjares te han sentado bien.
El té sin azúcar y unas chupadas de pésimo tabaco
ponen fin á la fiesta. Las pipas en que fum an, indes­
criptibles y variadas hasta lo infinito, no contienen,
por enorm es que sean, m as tabaco que el indispensa­
ble para una b o c a n a d a ; por consiguiente, hay que car­
garlas en cada aspiración, valiéndose para en c en d er­
las de unas m echas de papel retorcido ( q u e tam bién
se usa como cordel) sobre las que soplan m u y hábil­
m ente p ara que produzcan llama.

Adm itidos por fin en el gineceo, nos encontram os
á las señoras term inando su tijin y en sazón que la
dueña de la casa, quitándose un nivat de plata ( h o r ­
quilla) y pinchando con él un pastelillo, se lo ofrecía
a mi m u j e r ; que como puedes im aginarte, no tenia ya
más apetito. En vista de lo cual la criada sirvió agua

332

EN RIQU E

GASPAR

caliente, en la que remojó un pañuelo de espumilla de
seda, con el que su ama se limpió las manos y la boca,
pasándolo después á toda la reunión para que hiciera
lo propio. Luégo sacaron las pipas. Todo el sexo bello
fuma.
Acto continuo nos llevaron á visitar las habitaciones,
idénticamente amuebladas á las que ya he descrito.
En el salón penden algunos retratos de familia, horri­
blemente pintados al óleo, cuadros inocentes como los
países de los abanicos y entrepaños con máximas y
caracteres. Las paredes no están enlucidas ; ostentan
el ladrillo vivo de color gris azulado y ennegrecido por
el humo de los pebetes que á todas horas están ardien­
do en nichos destinados á los dioses penates y porte­
ros. En el oratorio álzase un altar con pebeteros y re­
licarios de metal blanco, flores artificiales, estatuítas
de Lao tsé, el fundador de la metafísica, de Cug ñan, la
Virgen de la pureza, y de la multitud de ídolos de las
teogonias búdhica y de Brahma, que mezcladas con la
moral de Confucio, forman las tres religiones domi­
nantes en el país.
En los dormitorios, arcones de sándalo y armarios
de alcanfor alternan con las camas de tamarindo, con­
fundiéndose la de la primera mujer con las de las con­
cubinas, que el dueño comparte indistintamente. Duer­
men vestidos y sobre una esterilla que sustituye al
colchón, sin más sábanas que un abrigo de lana, en
que se arrebuñan. La almohada es de loza del tamaño
y forma de las almohadillas que antiguamente usaban
las señoras en España para coser ; y no apoyan en
ellas la cabeza sino el cuello, con lo que las mujeres
consiguen no deshacerse el peinado que, por su com­
plicación, no restauran más que semanal ó quincenal­
mente. En la cabecera hay colgados infinidad de a m u ­
letos, acusadores de la superstición que los domina.
Un sobre de un despacho imperial trae fortuna ; y, si
se le hierve, su agua cura enfermedades epidémicas.

V IA JE

A CH IN A

333

Unas monedas de cobre ensartadas evitan el mal de
ojo. La infusión de una bolita de oro, otra de plata y
una ram ita de coral es eficacísima contra los sustos.
La nuez extraída de la garganta de un mono vivo no
tiene rival para las fiebres. Y en la casa donde, como
acontece en la mía que está apoyada sobre un monte,
entran culebras, ya no hay más que pedir.

El fumador de opio pertenece a lo reservado; los
hay públicos para los transeúntes, sin perjuicio de te­
ner cada uno el suyo particular en el domicilio. Este
horrible vicio, que embrutece al hombre y le acorta la
vida, no ha podido ser desterrado, á pesar de los es­
fuerzos del gobierno imperial, que ha tenido que con­
tentarse con infligirle un impuesto de diez pesetas por
bola de cuatro libras, que es como se expende en cru­
do. En las colonias está monopolizado, mediante una
suma, que en Macao asciende, con la inclusión de la
pequeña isla de Taipa y Colowane, á cerca de cin­
cuenta mil duros al año. Sus efectos son espantosos;
el pobre compra el residuo del de la gente acomoda­
da, y no gasta menos de un real diario. Yo conozco en
Hong-Kong á un rico mandarín que invierte más de
peso y medio cada día, y que, á consecuencia del abu­
so, tiene que trasladarse a Cantón de dos en dos me­
ses, para hacerse operar por la paralización absoluta
de sus funciones digestivas.
El opio, que cocido toma el nombre de anfión (a-pin
hi en chino), se reduce por esta operación á una pasta
bastante dura. Para fumarlo, se necesita que la habi­
tación esté cerrada, á fin de que el aroma no se eva­
pore. En el centro del cuarto elévase un entarimado
cubierto con un boca-porto, más ó menos lujoso, que
imprime al conjunto el carácter del escenario de un
teatro, del tamaño de una cama de matrimonio. En él,

334

EN R IQU E GASPAR

provistos de dos alm ohadas, se acuestan los fum ado­
res, separados por un banquillo, sobre el que arde una
lam parilla de aceite. C uando el chino no tiene un am i­
go que le acompañe, lo reem plaza por u n a concubina
que, au n q u e no com parte su placer, le arrulla y le
canta. La m u jer propia jamás se presta á lo que entre
ellos es el colmo de la abyección. La pipa es de las d i­
m ensiones y e s tru c tu ra de una flauta, con un agujero
en el centro, al que se adapta el hornillo de barro,
como un hongo ó seta, provisto de un oído dim inuto.
Las sustancias de estos aparatos varían hasta lo infi­
nito ; y á veces su m érito, por la saturación del tubo ó
la riqueza del utensilio, es tal, que lám para, cilindro
y horno cuestan tres mil duros, como los que yo he
visto destinados al últim o em bajador de China en R u­
sia. El procedim iento es este: con un alam bre se ex­
trae del bote una partícula de anfión como un g u is a n ­
te ; se somete a la acción de la llama p ara fundirlo, y
rozándolo sobre el hornillo de la pipa, se le hace to­
m ar, cilindrándolo, el tam año del oído, en el que se
adapta, desp u é s de repetidas manipulaciones. Aplíca­
sele á la luz, arde y se aspira. Su sabor es acre como
su perfum e; pero no tiene nada de repulsivo. Sus
efectos son la atrofia y sus consecuencias la imbeci­
lidad.

Una revista, pasada á las joyas y telas bordadas del
a ju a r de la señora, puso térm ino á u na visita en que
invertim os m ás de tres horas de reloj, volviendo á casa
cargados con m ultitud de golosinas, de que nos llena­
ron los bolsillos, como testimonio comestible de la
honra que les acabábamos de d ispensar,
Hasta la otra.

CANTÓN

Macao, 8 de Diciembre de 1 8 8 2 .

Cantón es para los chinos lo que París para los
europeos; la ciudad de los placeres, del lujo, de la
industria, de la actividad y de la riqueza. Pekín, con
ser la capital del Imperio, no tiene para los celestiales
otro aliciente que el de la vida pública con su balumba
oficial.
Nacer en Suchau, que produce los hombres más her­
mosos; vivir en Cantón, paraíso de los bienes terrena­
les, y morir en Lanchan, donde se fabrican las mejores
cajas de muerto, son los tres dones más preciados que
la naturaleza puede hacer á un hijo de Confucio.

336

EN R iQ U E GASPAR

Las noventa y tantas millas que separan al emporio
chino de la colonia de Hong-Kong, y de las cuales más
de dos tercios son de navegación fluvial, se recorren
en unas siete horas en vapores de río, sistema ameri­
cano, pertenecientes á compañías, ya indígenas, ya in­
glesas, con servicio cuotidiano de día y de noche.
Ni Cunard, ni las Mensajerías, ni la Mala del Pacífi­
co, ni la Trasatlántica, ni la Trinacria pueden compa­
rarse en lujo y comodidad con algunos de los buques
de esta empresa británica. Construidos para cortas
travesías, sin riesgo de ninguna especie (pues al me­
nor indicio de tifón dejan de circular), estos steamers
tienen en el centro de la cubierta la cámara; vasto y
elegante salón ventilado en verano por multitud de
ventanas que permiten al viajero admirar las riberas
sin moverse de su sitio, y abrigado en invierno por
caloríferos y estufas.
Los camarotes son verdaderos gabinetes, con camas
en vez de literas, lámparas suspendidas é inmensos
tocadores de marmol provistos de irreprochables artí­
culos de limpieza. El pasaje no cuesta más que tres
duros, y uno y medio cada comida, que en cantidad
satisfaría la intemperancia de Lóculo, y en calidad me­
recería el aplauso de Brillat-Savarin ; se la rocía con
Burdeos, Jerez, Porter y Pale-ale, sin contar los licores
que precipitan el Moka, y añadiendo un desayuno á
elección en los viajes de noche.
Viajar por agua sin columpiarse, es el bello ideal de
la locomoción: metido, pues, en un palacio que se
desliza, avanza uno con vertiginosa rapidez embelle­
ciendo con la feliz disposición del ánimo los detalles
que le salen al encuentro. Para Boca Tigris, fortifica­
ción que defiende la entrada del río, es la primera
sonrisa del excursionista, que en cada montón de tie­
rra que saca la cabeza del agua, reconoce siempre á
un simpático amigo. Renuncio á juzgar si este mame­
lón esta bien ó mal artillado, porque en punto á caño-

V IA JE Á CH IN A

337

nes, yo no he tenido trato más que con los de las plu­
mas cuando se estilaban de ave. Lo único que sé, es
que los chinos lo miran como un Gibraltar, y los euro­
peos se ríen de él. Sumando, pues, ambos términos, y
tomando la proporción media, deduzco que con unas
leccioncitas de los oficiales del ramo ingleses y buena
pólvora de Albión, el ruido y las nueces andarían equi­
librados.
Remontando aquellas riberas amenizadas con las
típicas torres de cinco, seis ó siete pisos, terminados
por tejadillos en forma de araña y alfombradas de di­
versas plantaciones, llégase á Wampoa, avanzada de
Cantón, donde ya nos interceptan el paso los innum e­
rables botes de la población flotante, condenada á vi­
vir y morir en sus esquifes, y cuyo número excede á
toda ponderación. Los ingleses llaman á estas em bar­
caciones Slipper-boat (barco zapatilla) por la forma que
afectan con su puntiaguda proa y sus toldos agalerados de bambú: el efecto real es el de un cerdo nadan­
do. Al verlos hacinados á miles bajo los puentes de
Cantón y en los puntos más resguardados del río, se
le ocurre á uno preguntar si la ciudad está abandona­
da, pues no parece sino que se ha trasladado á bordo
el millón y medio de sus habitantes.
Por fin se atraca: estamos en el emporio chino. Ce­
rremos los ojos ante aquella especie de m uladar que
constituye el carácter distintivo de los barrios celes­
tiales, y apretemos el paso para hacer e n tra rá los sen­
tidos en puertos de salvación. Después nos encenaga­
remos.
Antes de rebasar la línea, nos sorprende un edificio
severo y majestuoso con cara de persona decente y
acomodada. Es el Custom house ó aduana inglesa. Sa­
bido es que cuando la poderosa Albión terminó á
cañonazos sus diferencias con el imperio del Medio,
intervino las aduanas, como garantía del pago de la
indemnización de guerra. Saldada que fué la opera-

22

338

ENRIQUE

GASPAR

ción, observó el gobierno chino que los rendim ientos
d u ra n te la gestión adm inistrativa de sus apaleadores,
habían sido m ucho m ás pingües que en m anos de sus
funcionarios nacionales ; y rogó á aquellos que conti­
n u ase n en su tarea por cuenta del Estado en lo que se
refiriera á im portación ó exportación en buques ex­
tranjeros. Desde entonces radica en Pekín un inteli­
gentísim o Director general, retribuido con un elevado
tanto p o r ciento sobre el total de la recaudación, á
cuyo cargo, elección y coste, están los funcionarios de
las diferentes agencias fiscales del imperio. Sujetos á
un escalafón riguroso y á reglam entos fijos, exígeseles
á estos em pleados el conocimiento perfecto del inglés,
é ingresan en el cuerpo, después de unos meses de
p ru e b a, con un haber m ínim o de ciento veinte pesos
al m es y casa en com ún ó independiente si son casa­
dos. S im ultaneando con el ejercicio de sus funciones,
ap renden la lengua m andarina y obtienen sus ascen­
sos á m edida de su aplicación, hasta llegar á jefes de
d ep a rtam en to con diez, doce y creo que hasta catorce
mil duro s anuales, y habitación, criados, convites ofi­
ciales y otros gastos satisfechos. El personal se com ­
pone de ingleses, am ericanos, españoles, franceses,
italianos; de todas las nacionalidades en fin. De ese
m odo el día que el gobierno chino quisiera prescindir
de la adm inistración inglesa, habría una reclamación
universal de intereses lastimados, y tendría que so m e­
terse á la d u ra ley de la fuerza. Esto es entenderlo y
saber hacer d u ra d e ra s las cosas. Lo m ismo nos pasa á
nosotros.
No nos entristezcam os y pasem os adelante.
A travesando el p u en te de los señores, pues el otro
que lo separa de la población china está destinado á
la servidum bre, nos encontram os en Shameen; islote
mas gra n d e que una m an ta de cama pequeña de m a ­
trim onio, cuyo terreno constituye la concesión ó m o­
rada europea. Habitado por el cuerpo consular, los

V IA JE Á CH INA

33q

funcionarios de la aduana y los agentes de las casas
de comercio extranjeras, Shameen encierra en junto
treinta familias. Cada casa es un pequeño hotel con
su galería abierta sobre la fachada, respirando alegría,
riqueza y buen gusto. El arroyo es de césped y las ca­
lles andenes de jardín. Hay una capilla protestante y
hasta gente que se pasea a caballo y al trote. ¡Qué te­
meridad! Pero no vayan ustedes á figurarse que aquí
se detienen las maravillas del pequeño Lilliput: es
todo un Estado bajo la base del comunismo. Un cón­
sul es administrador de correos con la responsabilidad
y formalidades de un funcionario público. Todos los
habitantes, excepto las señoras (que me parece que
son nones y no llegan á tres), están obligados á pres­
tar servicio como bomberos. El de las armas es gratui­
to y obligatorio: al menor asomo de revuelta por parte
de los chinos, como aconteció hace dos ó tres años,
cada cual empuña el útil de guerra de que dispone,
organízanse guardias y retenes, los vapores de la línea
aprontan sus calderas; y, como fuera vano empeño
resistir, al prim er tiro de alarma, todo el mundo á
b o rd o : el ejército de tierra se convierte en fuerzas de
mar.
Sobre ser tan pequeña la isla, aún queda espacio
para un elegante paseo sobre el malecón; desde el
cual, dirigiendo la vista del lado de la tierra, apercíbense hombres que se agitan en diversas direcciones,
pelotas que describen giros parabólicos y raquetas
que muy á menudo resignan sus poderes en la cara
de su dueño. Son praderas públicas, trinquetes á la
inglesa, sport verdadero, donde los moradores entre­
tienen sus ocios con el ejercicio gímnico del cricket.
Teniendo ya lawn-tennis, no pierdo la esperanza de
asistir á un handicap en el futuro hipódromo de Shameen.
i Me preguntan ustedes qué ruido de billar es el que
sale por las ventanas de ese magnífico edihcio ? Pues

340

EN RIQ U E

GASPAR

qué quieren ustedes que sea sino el del billar del club
inglés; donde además de todos los juegos lícitos y de
todas las bebidas y reconfortantes gástricos apeteci­
bles, encontrarán ustedes una magnífica biblioteca, de
cuyas obras se puede disponer á domicilio, y habita­
ción dispuesta para que pernocte el socio transeúnte.
Esto sin contar los periódicos y el papel gratis para la
correspondencia.
Pero no nos detengamos aquí, que mejor que el
club inglés es el alemán, en el que, amén de las mis­
mas comodidades y atractivos, existe un teatro, un
verdadero teatro común de dos; pues en él los pobla­
dores de Shameen hacen de hombres y mujeres; de ac­
tores y público; de empresario y abono.
¿ Quieren ustedes mas? Pues como no nos metamos
en un houseboat (bote-casa), con su dormitorio, cocina
y demás menesteres, para entrarnos río adentro y pa­
sar ocho días consagrados á la pesca ó á la caza en
domicilio flotante propio, de que nadie carece, la isla
ya no da más de sí.
Ahora repasemos el puente; hagamos irrupción en
la ciudad china y digamos como en los libretos de las
comedias de magia: Mutación.
Así como el comedor de la casa de aquel chusco era
tan bajo de techo que no podía comerse en él más
que lenguados, así las calles de Cantón son tan estre­
chas que no ha^r mortal que éntre en su recinto si no
es con calzador. Extendiendo los brazos, y hablo en
serio, se tocan ambas paredes; y en todas las esquinas
hay una tienda con una puerta en cada lado del ángu­
lo, á fin de que, al cruzarse dos palanquines, mientras
el uno sigue por el arroyo, el otro tome por el alma­
cén y no se interrumpa la circulación. De trecho en
trecho un enorme portón se atraviesa en el camino
para limitar un barrio; abierto al tránsito de día, cié­
rrase al ponerse el sol, y nadie pasa sin permiso del
portero, lo que permite no sólo localizar cualquier

VIAJE

A CHINA

34I

motín en un momento dado, sino saber quién trasno­
cha y por qué motivo.
El que haya visto una población china las conoce
to d a s ; su construcción es idéntica. Casas hechas con
un ladrillo gris azulado, sin más presión que la de los
piés del obrero, y que no enlucen jamás ni en paredes
ni en tabiques : vigas al aire ; en el interior una zahúr­
da; en la fachada una puerta con una ventana encima.
Escalas de mano para el acceso: dos ó tres industria­
les viviendo en comunidad, y toda clase de animales
domésticos, desde el guarro hasta la chinche, compar­
tiendo el hogar con los moradores racionales. El chino
rico sólo se diferencia del pobre en tener casa más
grande y poseer más dinero.
Pekín es la única ciudad que reviste otro carácter.
Sus calles anchas tienen en el centro á modo de un
terraplén formado por la basura, que arrojan los ve­
cinos y que el sol se encarga de secar y corromper.
Sobre esta alfombra transita la gente, ya á caballo ya
en carretas, en las que no cabe más que un individuo
sentado en el fondo de la caja; porque asientos, Dios
nos los dé. El polvo es asfixiante y fé tid o ; pero la mu­
nicipalidad ya lo tiene previsto todo: ha colocado de
distancia en distancia unos recipientes de barro que
hacen el oficio de columnas mingitorias ; y á determi­
nadas horas del día la escuadra de la limpieza, provis­
ta de sendos cazos, riega la vía con aquel precioso
licor. No hablemos más de Pekín; en primer lugar
porque no lo conozco y me alegro; y en segundo, por. que mis lectores han de participar de mi alegría.

Ya estamos dentro de Cantón; ya estamos en medio
de esta red de estrechas callejas, llenas en toda su ex­
tensión de tiendas y tiendecillas.
¿ En dónde están los que consumen ? se pregunta
uno al ver aquella profusión de abastecedores. Porque
en efecto, no hay una sola casa que no sea una tienda, •
á excepción del barrio tártaro, erigido en una zona
especial, cuyos moradores, de más bizarro continente
que los chinos, y soldados por derecho de raza (pues
pertenecen á la nacionalidad de la dinastía mandchú
reinante) tienen viviendas de un solo piso, jalbegadas
por el exterior, y si mucho menos aseadas, parecidas
á las de algunas aldeas pobres españolas. El fenómeno

VIAJE

A CHINA

34 3

se explica con recordar que Cantón es ó Asia lo que
P arís á E uropa. Los cuatrocientos millones de h ab i­
tantes del Celeste im perio se surten en él, no sólo de
los artículos de lujo, sino de los de boca de p rim era
necesidad que, salados y secos, tra n s p o rta n a los ú lti­
mos confines en m illares de lorchas ó juncos de su
te m e ra ria cuanto ru tin a ria m e n te diestra rmarina m e r­
cante.
Dicho sea en honor de la verdad, hay algunos esta­
blecimientos que seducen, no por la s untuosidad de
los edificios, que en poco ó en nada difieren de los
otros, sino por la riqueza de los objetos que en ellos
se expenden. Los bordados de seda, las lacas, las p o r­
celanas, los tejidos, las incrustaciones de nacar sobre
m adera, peculiares del Tonkín, las sillerías de ta m a ­
rindo (el ébano local), las tallas perfeccionadas de Ningpo con aplicaciones de marfil, las filigranas de plata y
oro, y las antigüedades, fascinan por su valor in trín ­
seco y por la novedad que producen á nuestro s ojos;
pero carecen de aquella variedad infinita, del gusto
ejem plar de la industria europea, y sobre todo de su
perfección irreprochable. Aquí no hay nada bien con­
cluido, y las m ás preciadas joyas concluyen por h a s ­
tiar á fuerza de m onotonía. Se fabrica sobre un tipo
y sólo varía la m ateria. El arte, como la existencia del
chino, esta sujeto á patrón. Así es que cuando se han
ap rendido ya de m em oria las dos docenas de moldes
en que se vacía su inteligencia in d u strial, los bazares
suntu ario s con sus preciosidades gem elas (ó por lo
menos con su aire incontestable de familia) y sus e n o r­
mes m u e s tra s de planchas de charol con caracteres de
oro que, pendientes del a r q u itra b e y rasando el suelo
en sentido vertical, dan á la calle el aspecto de u n a co­
lum nata, quedan eclipsados por la asom brosa m u l ti ­
plicidad y el inagotable surtido de abacerías, b o d e g o ­
nes, ropavejeros, confeccionadores de toscos o b jeto s
de papel para conm em oración de los difuntos, y tan-

344

EN RIQ U E

GASPAR

tos y tan re p u g n a n te s comercios bajos que, ora detie­
nen la m archa del tran se ú n te con un buey ó un cerdo
abierto en canal junto a la carcom ida tabla a n u n c ia d o ­
ra: ya le salpican el rostro con la sangre del pescado
que cortan á r e b a n a d a s ; ó provocan sus náuseas, en
fin, con la exhibición de v erd u ra s en salm uera, sala­
zones de especies desconocidas, gusanos de seda saca­
dos de las perolas de las fábricas de filatura para ser
comidos con arroz, hierro enmohecido, festines de
anim ales al aire libre, dentistas am bulantes revestidos
de rosarios de m uelas, barberos que sacuden sus n a ­
vajas sobre los circunstantes, hom bres desnudos que,
con sus am arillentas m anos provistas de largas y n e­
gras uñas, sacan de las vasijas los m anjares que aquel
pueblo famélico devora con avidez; ciegos en filas de
seis y ocho tocando campanillas para no ser atropella­
dos p o r la m u c h e d u m b re , m endigos con úlceras y es­
crófulas que sólo se creen viéndolas, tru h an e s, agore­
ros, jugadores de dados y fum adores de opio. Este es
el Cantón típico: miseria, basura, abyección.
Apenas anochece cesa el r u i d o ; las p u e rta s se cie­
rran herm éticam ente. En las p rim eras horas arden
unas candelillas, que cada familia enciende á sus dio­
ses p enates en hornacinas abiertas sobre el um bral.
C uando se apagan, todo queda en tinieblas. Entonces
aparecen las rondas nocturnas, arm a d as de lanzones
retorcidos, partesanas, escudos de m im bre, y pre ced i­
dos de un gong ó cam pana china, en el que dan sen­
dos porrazos; con lo que consiguen dos objetos: d e s ­
p e r ta r al que du erm e y prevenir á los ladrones para
que burlen su vigilancia.
Una buena costum bre, que debe ser im itada en cier­
tos países donde la policía deja m ucho que desear,
es la de hacer responsables á los inquilinos con tienda
abierta de los desórdenes que p ueden ocu rrir en la
calle delante de su casa. De ese m odo el tem or de una
multa, hace que en cuanto en el arroyo se origina una

VIAJE A CHINA

345

d isputa, salga el tendero provisto de un g arrote ó de
c u a lq u ie r otro arg u m e n to de persuasión, y se lleve á
los contendientes á la zona de su vecino, quien á su
vez re p ite la operación, y así sucesivam ente hasta d ar
con la fuerza pública, que term in a en la cárcel la p a r­
tida de tente-tieso.
Las pagodas, au n q u e en la parte consagrada al cul­
to difieren poco entre sí, tienen notables diferencias
de aspecto como edificios. Cuéntanse á centenares,
por lo que no nos d etendrem os mas que en las que
ofrezcan alguna particularidad. La de los Q uinientos
ídolos es sencillamente un m useo de escultura en c ar­
gado de p erp e tu a r, en toscas figurillas de m ad era
dorada de medio tam año natural, la m em oria de los
que se han distinguido por cualquier concepto. Un
padre que tuvo m uchos hijos, un hom bre que alcanzó
una g o rd u r a fenomenal (signo de favor celeste), un
individuo virtuoso, un general valiente, están seguros
de inm ortalizarse en aquel totum revolutum de santos,
héroes y m o n s tru o s de feria. No hablem os del mérito
artístico de las estatuas. Hay allí (y por cierto que es
circunstancia singular) una reproducción del gran via­
jero del siglo x iii , del veneciano Marco Polo, con una
chaquetilla de trajinero de la Mancha y un hongo p a ­
vero, q u e p edir m ás fuera gollería.
La de la C am pana es sólo notable por el gigantesco
tam año de la que pende de una oscura y m edio d e ­
rru id a linterna. Todos estos tem plos poseen la suya
adem as del gong y del bombo con parche de piel de
vaca sin curtir; pues, según la tradición, los prim itivos
bonzos eran criminales condenados al ais la m ie n to ; y
debían anunciar, con u n a cam panada repetida cada
quince m inutos, que no habían apelado á la fuga.
La T o rre de porcelana, mal com prendida entre las
pagodas, es uno de esos polígonos de varios cuerpos
que figuran en todas las telas dé abanicos y cuyas te ­
jas barnizadas relucen al sol con varios cam biantes.

346

ENRIQUE

GASPAR

Sus relieves de buen gusto y su elegante forma la
conquistan un primer lugar entre los monumentos de
su especie.
La Pagoda de los Cerdos, así llamada por una pociL
ga en la que pasan feliz existencia cinco ó seis ejem­
plares sagrados de ellos, que se renuevan anualmente,
encierra un culto simbólico; pues parece ser que,
según la metempsícosis, el hombre que transmigra á
aquel animal inmundo es de los menos pecaminosos;
y tiene la seguridad de recobrar pronto su condición
primitiva, visto que la vida del marrano no excede
por lo común de doce meses. Constituye, en una pa­
labra, una dosis de purgatorio á su manera, tanto más
pronto redimido cuanto menos tardan en desarrollarse
las mantecas del pecador.
La de los Cinco pisos, desmantelada, no sirve ya
mas que de mirador, en gracia de su altura, y fué
cuartel general del ejército de ocupación.
El ritual del culto de Budha, cuya religión tiene
tantos puntos de contacto con el cristianismo, se pare­
ce bastante al ceremonial católico. El oficiante junta
las manos sobre el pecho, como nuestros sacerdotes,
con ligeras alteraciones en la colocación de los dedos;
y hasta en sus cantos hay inflexiones que diríanse co­
piadas de nuestra liturgia.
Jamás olvidaré la impresión que me produjo un ser­
vicio fúnebre á que asistí en Macao con motivo del
entierro más suntuoso que registran los fastos chinos.
Invirtiéronse en él cerca de cuarenta mil duros; pues
en los cien días que se conservó el cadáver en la casa
y que, según el budhismo, es el tiempo que el alma
anda errante hasta ocupar su puesto en la región de
los espíritus, cuantos parientes, deudos y amigos acu­
dieron á rendir el último tributo al finado, fueron
mantenidos, incluso de opio, á expensas del hijo pri­
mogénito. Sin detenerme á describir las maravillas
de ornamentación de la casa mortuoria, atestada de

V I A J E Á CH INA

347

muebles excepcionales, de plantas en cuya cultura ha­
bían intervenido tres ó cuatro generaciones para ir
conduciendo los tallos hasta formar con las robustas
ramas caracteres, figuras y símbolos ; de objetos de
papel para quemar ante la tumba que se confundían
con el marfil, el bronce y el cristal; omitiendo la na­
rración de los tres meses de ceremonias religiosas, en
las que tomaron parte sesenta bonzos y dos obispos ó
jefes de comunidad, referiré á la ligera la que tuvo
efecto la víspera de la inhumación. Una pagoda, ais­
lada de la capilla ardiente, ocupaba dos habitaciones
contiguas. En la interior y bajo unos arcos de ramaje
de una transparencia cristalina, profusamente ilumi­
nados, doce bonzos y un superior vestidos de seda y
oro y apoyados en una fauna simbólica, se mantenían
en éxtasis. ¡Qué inmovilidad en aquellas difíciles posi­
ciones ! ¡ Qué inercia y qué absorción en aquella acti­
tud contemplativa! Era preciso detenerse media hora
ante aquellas estatuas animadas, para sorprender una
ligera oscilación que acusase un soplo de vida en su
marmórea rigidez. Así se mantuvieron desde las seis
de la tarde hasta la una de la madrugada. En la pieza
vecina, atestada de relicarios gigantescos de filigrana,
revestida de paños bordados, en que el oro entraba
por arrobas, é iluminada profusamente, veíanse unas
mesas dispuestas en trapecio, como en los festines de
las óperas. Ocupaban las de los lados los bonzos de
orden menor, cubiertos de unas hopalandas oscuras y
ceñidos de unas fajas y bandas de diversos colores,
según la comunidad a que pertenecían. En las tres del
fondo estaban los oficiantes. Sobre estos y en un trono
de nubes pendiente del techo, yacía recostado un
obispo en el mismo arrobamiento que sus otros com­
pañeros de reposo; si bien acompañado de dos hara­
pientos coolies, que con sendos abanicos, le refrescaban
la atmósfera deletérea de aquella elevación en que se
acumulaban las emanaciones del aceite de las lumina-

34 8

E N R IQ U E GASPAR

rias y la respiración, á menudo ruidosa, de sus cole­
gas y del auditorio celeste. Otros mancebos, con más
ó menos mugre, distribuían té á los religiosos. Pre­
ces, invocaciones, purificación de la morada por el
fuego y mucho golpe de gong acompañado de dulzai­
na, formaron la parte esencial de la ceremonia. Por
fin, el oficiante principal se puso en pié detrás de su
mesa; y en medio de un silencio sepulcral, levantó los
ojos al cielo , blandió dos campanillas y se puso á co­
municar con el muerto.
Después del Dies irce del catolicismo, no conozco
nada más sublime que ese coloquio de la religión con
el pecador. Ni una voz, ni un canto, ni una palabra;
pero ¡cuánto arte en las vibraciones del timbre que,
ora simulan el terror del alma puesta-al borde del
abismo de las penas eternas; ora traducen la satisfac­
ción y la gratitud del espíritu arrancado de repente á
la condenación, por las plegarias de los vivos; ó bien,
por último, evaporándose en una imperceptible noción
del sonido, acusan el alejamiento del hálito vital por
las regiones etéreas, para volar á fundirse en Dios,
principio y germen de todo lo creado, de quien era
partícula y á cuyo todo se restituye ! Es un pasmo de
ejecución y un torrente de sentimiento. Por desgracia,
pronto descubren la oreja; pues el difunto, para quien
aquel día suele ser siempre nefasto, responde que su
alma está sufriendo crueles torturas, que no cesarán
hasta que doten con una fuente en que naden peces
de colores á tal convento, ó hagan á cual otro los do­
nativos que sus riquezas le permitan; de modo que el
estómago se apodera de la sublimidad de la concep­
ción, y toda la grandeza del espíritu se desvanece
entre la gente bonza, ante una solución gástrica de
refectorio.
Cerremos esta crónica religiosa con cuatro palabras
sobre la Catedral erigida en el centro del barrio tár­
taro. De orden gótico, está tallada en duro granito y

VIA JE

A CH IN A

349

recuerda la de Amiens. Carece aún de pavim ento, de
ornam entación, de altares y de objetos de culto, y van
invertidos en ella ocho millones de francos, producto
de donaciones y limosnas. Su diócesis alcanzará á
veinte p erso n as; sin embargo, al verla ostentar su in­
m ensa nave en m edio de millón y medio de gentiles,
diríase que ha sido construida en la previsión de que
pueda servir para millón y medio de católicos. Todo
es de esperar de nuestras intrépidas misiones.

CANTÓN
111

En la parte opuesta del río, llamado ílonam, hay
unos jardines, que visitaremos, por no quedarnos sin
verlo todo; pero no porque merezca la pena de pern i­
quebrarse al pasar aquellos carcomidos puentes, ni de
atrap ar unas fiebres palúdicas por intentar en vano
reflejar nuestra imagen en el im puro seno de unas
charcas cenagosas. La flora es rica, pero descuidada ;
y como esta excursión no es científica, suprim o por
inoportuno lo que habla á la inteligencia y callo por
inexistente lo que halaga los sentidos. No saldrem os,
sin embargo, de allí sin entonar un himno de asombro
á la camelia de Cantón, rarísim a variedad, que sólo
florece de dos en dos años y cuya forma es una verda­
dera maravilla. Redúcese á una estrella de varias
puntas, cada uno de cuyos radios está compuesto de
pétalos sobrem ontados, que dism inuyen hacia las ex­
trem idades con una sim etría y proporción geom étri­
cas. Estos pétalos, que son de color de rosa pálida,
doblan sus bordes hacia fuera, presentando una fim-

35o

EN RIQUE GASPAR

bria de matiz más fuerte, que dan á la flor, como dejo
dicho, el aspecto de una estrella de escamas, con c ír­
culos concéntricos festoneados de rojo.
No salgamos del slipper boat, toda vez que nos halla­
mos en el r í o ; y desafiando su impetuosa corriente,
dirijámonos de nuevo á las márgenes de la ciudad
china, en busca de los tan afamados botes de flores,
donde los celestiales comparten los placeres nocturnos
con los teatros y los culaus; bodegones sobre los que
vale más callarse, y espectáculos de que es preferible
no volver á decir una palabra.
Constituyen aquellas mansiones de la alegría unas
enormes barcazas flotantes, que en nada difieren en­
tre si, á pesar de su número. Vista una, vistas todas.
Alegremente pintadas al exterior, ocupa el puente un
salón alumbrado por linternas y amueblado con sitia­
les y mesillas. Unos canastillos de flores penden del
te c h o : y allí se come, se bebe y se fuma, mientras
unas cuantas mujeres de jalbegado rostro, con los pó­
mulos y los párpados cubiertos de almazarrón (aristo­
crático afeite del bello sexo), bien vestidas y mejor pei­
nadas (pero nunca limpias), cantan, al parecer acom­
pañadas de instrumentos músicos, muy semejantes
para nosotros á los de tortura, preparan las pipas de
los consumidores y les dan conversación. Todo ello
sin algazara expansiva, pacíficamente y sin ulteriores
consecuencias. Los hombres pagan y no riñen ; y á las
cantantes les dura el peinado intacto una semana, que
es lo que tarda en volver la peinadora. No hay pro­
pinas.
Se me olvidaba consignar que los europeos deben
ir provistos de algún frasco de esencia con que pre ­
servar el olfato de ciertas emanaciones, porque ade­
mas de los perfumes urbanos, existen los fluviales,
despedidos por unas góndolas que constantemente
están cruzando el río cargadas con materias para el
abono de sus fértiles tierras de labor, y á las que los

V IA JE A CH IN A

35 I

habitantes de Sham een han bautizado con el nom bre
de tigres, no sé si por el aliento que exhalan ó por el
te rro r que inspiran : lo cierto es que se las presiente y
se las huye.
Saltem os á tierra. Pero qué es esto ? ¿ Tocan s o m a ­
tén ? ¿ May algún incendio? Toda la gente m ira hacia
arriba, y provistos de gongs, cacerolas, latas de p e tró ­
leo ó simples pedazos de bam bú, grandes y chicos,
jóvenes y viejos, hom bres y m ujeres golpean y gritan
á quien mete más ruido. ¡Ah! No hay que asustarse.
Es que hay eclipse, y como según la astronom ía china,
este fenómeno tiene lugar porque la luna riñe con el
sol, y en la contienda lleva la casta Selene la mejor
parte, pues empieza ya á comerse al astro del día,
los m oradores de la tierra la obligan por aquel m edio
á soltar el bocado, á fin de no quedarse sin luz y sin
calor ; lo que consiguen siem pre, porque aquí no tiene
el m ismo significado que en Europa lo de ladrar á la
luna.
Verifícanse en Pekín y en Cantón alternativam ente
los exámenes anuales para los diversos grados de m a n ­
darín. Los ejercicios se hacen por el sistem a celular;
es decir, que cada exam inando q ueda recluso y ta b i­
cado d u ra n te unos días, con el objeto de escribir su
tesis sin el auxilio de bibliotecas ni consultores; y á
este fin se destina un edificio conocido con el nom bre
de las once mil celdas, que mas p ropiam ente deberían
llamarse chiqueros. No es, pues, una universidad,
porque la enseñanza es libre y a d o m icilio; y tam poco
es una pocilga, porq u e son miles de ellas. Con saber
las m áxim as de Confucio, los com entarios de Mencio,
la cronología de los em peradores y contar hasta diez
mil, sale de allí un hom bre con aptitud para general,
alm irante, presidente del S uprem o, obispo, m inistro
de la m úsica (existe un m inisterio ad hoc) ó cualquier
otro cargo en arm onía con sus aficiones ó al alcance
de sus recursos, pues im porta saber que en China la

352

E N R I Q U E GASPAR

administración del Estado se concede á la puja. Luégo
nos extenderemos sobre este particular. Recordemos
antes á los lectores que lo hayan puesto en olvido,
que existe una lotería llamada Vaiseng (desterrada del
imperio y acogida al pabellón portugués en Macao),
reducida á jugar sobre el nombre de los examinandos
que se presume que han de ganar el curso. Cuál sea
el número de los jugadores dedúzcase de lo que el
monopolizador paga al gobierno del establecimiento
lusitano, que en la última subasta trienal satisfizo la
enorme suma de seiscientos cuarenta mil duros. Así
es que cuando la opinión se inclina por tal ó cual
estudiante de reconocida aplicación é incontestable
inteligencia, el concesionario, ante la probabilidad de
tener que satisfacer grandes premios, procura sobor­
nar á los examinadores para que desahucien al can­
didato, ó corromper á éste con dádivas para que ab­
dique del éxito.
Volvamos á lo de la puja. Cantón, capital de los dos
Kuanes (Kuan-tung y Kuan-si) es la sede de un á
modo de gobierno de provincia; con la sola diferencia
de que el gobernador tiene el título de virrey y ejerce
jurisdicción sobre cuarenta millones de habitantes en
una extensión de 435,000 kilómetros cuadrados. Pues
bien; cuando el gabinete de la metrópoli, ó más pro­
piamente hablando, el emperador—y en su defecto el
regente, si como acontece ahora, el soberano está aún
en la menor edad—trata de proveer el cargo, elige un
mandarín de la más elevada categoría; pero siendo
muchos los aspirantes, opta por aquel que ofrece ma­
yor suma de rendimientos al Estado. Por supuesto
que el monarca repite, como Luís XIV, el Estado soy
yo. Una vez el agraciado en el ejercicio de sus funcio­
nes, saca sus cuentas y dice: « Seis que me cuesta el
destino y seis que yo quiero ganar son doce, que co­
rresponden á los contribuyentes. Dividiendo estos doce
por tres, que son los años que ha de durar mi ejerci-

VI AJ E

A CHI NA

353

ció, tocan a cuatro anual.» Y en efecto ; llama á los
m andarines sufragáneos, y sum a por aquí, multiplica
por allá, él se las arregla de modo que le salgan los
cuatro. Pero ¿qué acontece ? Que, como las a u to r id a ­
des inferiores han escalado sus destinos por igual p ro ­
cedimiento, apelan á los m ism os recursos económicos;
y pídales lo que les pida el virrey, se lo dan, pues toda
la operación se reduce á a u m e n ta r la d e rra m a entre
sus adm inistrados. No hay más ley que el capricho, y
es inútil quejarse, porque al que protesta se le confis­
can los bienes, y al que se resiste lo decapitan.
Para m uestra basta un botón. El general de las fuer­
zas militares de Cantón, á quien tuve el gusto de co­
nocer, y que entre varias cosas notables me p reguntó
si España estaba junto al P erú, responde de un contin­
gente de doscientos mil soldados, pues el efectivo
apenas llega á la m itad; los restantes figuran sólo no­
m inalm ente en los cuadros del ejército, y el pré se
cobra pero no se paga. El día que hay una revista ge­
neral, lo que ocurre de higos a brevas, se echa m ano
de los coolies de los oficiales, de los cargadores, mozos
de esquina, vagos y m endigos, y hasta la otra. Este es­
pectáculo, que tiene m ucho de curioso (y no en la
acepción de limpio), se divide en dos partes.
Es la prim era una parodia de táctica al estilo e u r o ­
peo, en que las voces de m ando son sustituidas por
golpes de gong y las descargas dirigidas por los b an d e­
rines de las secciones. Los m ovim ientos resultan a dis­
creción, sin d u d a para corresponder al calzado de la
tropa, que es tam bién discrecional. Unos llevan b o r­
ceguíes viejos de señora con bigotera de charol, otros
botas de hom bre con la caña por fuera, algunos los
usan de gendarm e francés m ontado, y la generalidad
caret utroque. En fusiles los hay desde el arcabuz hasta
el de aguja, largos y cortos, y que a p u n ta n y no tiran.
La parte nacional com prende el tiro al blanco con
arcos de un peso y de una tensión ex c epcionale s; la
23

354

ENRIQUE

GASPAR

esgrima de lanza, en la que agotan todos los recursos
de la gesticulación para hacerse miedo ; y las manio­
bras hípicas con jinetes, que montan y desmontan á
la carrera, se tienden sobre el caballo, que es poco
mayor que una rata gorda, y ejecutan, en fin, todas las
habilidades propias de los clowns.
Ahí van algunos datos curiosos.
Según la estadística de Behm y W agner de 1874 á 76,
las veinticinco provincias en que se divide el Imperio
del medio, contando la China propiamente dicha y los
países tributarios, miden una superficie de 10.466,655
kilómetros cuadrados, y tienen una densidad de
434.446,514 habitantes. Pero vaya usted á saber la v e r ­
dad en un país donde no hay censo y en el que es pre­
ciso sacar las cuentas como las presupuestaba de las
obras municipales aquel arquitecto de Soria, que, pre­
guntándole lo que podría costar un matadero, respon­
día: «De quinientos á sesenta mil duros.»
Los ingresos de la nación, según los ingleses, que
son los más versados en la contabilidad china, ascien­
den por el presupuesto de 1875 á 79.500,000 taels(cada
tael valiendo peso y medio), y se descomponen así :
Por territorial.........................................................18.000,000
Impuesto sobre mercancías............................... 20.000,000
Renta de aduanas..................................................15.000,000
Sal..............................
5.000,000
V E N T A DE C A T E G O R Í A S ............................... 7.000,000
Ingresos eventuales......................................

1.000,000

Ganados, agricultura y demás productos
naturales y en especie.................................. 13.100.000
T otal ........................ 79.100,000

En 1874 emitió el gobierno chino el primer em prés­
tito exterior por 15.691,875 francos, dando en garantía
la renta de aduanas.
Careciendo de administración civil, no es para ex-

VIAJE A CHINA

355

trañarse que tampoco la tenga militar. Verdad es que
el mismo vacío se nota en ingenieros y estado mayor;
y aun me atrevería á decir en el ejército en absoluto,
si no vinieran á desmentirlo los siguientes datos de
Klaprotz, de que él no sale garante, ni yo tampoco,
pues están adquiridos en los cuadros mitológicos del
ya conocido contingente ideal.
Infantería regular...................
Caballería regular...................
Artillería...................................
Reserva.....................................
Oficiales del ejército regular..
Infantería irregular................
Caballería irregular................
Oficiales del ejército irregular.
Marina......................................
T otal.

.

.

.

300.180 hombres.
227.000
»
17.000
»
30.000
»
6,000
»
400.000
»
273.000
»
5,200
»
32,410
»
1.290,820 hombres.

Si yo fuera ministro de la Guerra en China, pondría
una nota al pié de mi presupuesto departamental,
como la de los antiguos billetes de diligencia en las
observaciones sobre los equipajes, diciendo: « No se
responde de robos por fuerza mayor.» Como no lo soy,
y me alegro, me limito á consignar que el efectivo del
ejército celeste depende del resultado de las cosechas
generales.

CANTÓN
IV

Según hemos consignado al
principio, la dinastía reinante
no es china, propiamente ha­
blando, sino tártara mandchur;
es decir, invasora, dominante
por derecho de conquista, y
mirada, por consiguiente, con
prevención por los oprimidos.
De aquí nace el que, favoreci­
dos por la gran desorganización
del Estado, tengan éstos forma­
das sociedades secretas, que
funcionan en el misterio, y cu­
yo fin, como fácilmente se co­
lige, no es correr tras la liber­
tad en busca del derecho polí­
tico moderno, sino sencillamen­
te cambiar de yugo. Dos siglos hace que trabajan con
este objeto, sin lograrlo.
Hay además otro partido : el extranjerista, compues­
to indistintamente de tártaros y chinos, que recono­
ciendo las ventajas de la civilización, pide telégrafos,
ferro-carriles, reformas en las costumbres y progreso,
en una palabra; pero sus sectarios se hallan en mino­
ría, pues ni el espectáculo del gas incita á la masa tra-

VIAJE A C H I N A

3i>7

dicional del pueblo á desprenderse de sus linternas,
ni el espíritu revolucionario del movimiento en sentido
de avance, se aviene con la rutinaria y perezosa m a r­
cha de estos seres mecánicos. Ello vendrá, no obstan­
te, y acaso muy pronto, pues ya empiezan á observar
que la actividad es un elemento de riqueza, y el chino
es avaro.
Tomando pretexto de cualquiera de estas razones
políticas, sucede á lo mejor que un mandarín cuyas
aspiraciones no han sido satisfechas, se levanta en
armas, recluta ciento cincuenta mil hombres, y reco­
rre con ellos las provincias, amenazando absorber el
imperio. Pero como en Pekín le ven las cartas, le en­
vían un emisario para que ajuste la paz con él; le dan
algo de lo mucho que pide y una mañana el rebelde
no amanece en el campo , con lo cual se disuelve el
ejército; porque, lo mismo en sublevaciones que en
batallas, en faltando el jefe se acabó el cotarro. Algu­
nas veces, pocas, pillan al descontento y le cortan la
cabeza, como ácaeció hace cuatros años con el general
Li, que se había enseñoreado del Tonkín, y cuyo
recuerdo me trae á la memoria una frase del virrey de
Cantón, que no debo pasar en silencio. Esto me da pié
para relatar nuestra visita al yamen ó palacio del feu­
dal lugarteniente del emperador.
Agregado en calidad de curioso á la misión diplo­
mática que cerca de Li-u (nombre del virrey, que no
hay que confundir con el del general rebelde) fué á
desempeñar por entonces nuestro malogrado ministro
en China D. Carlos A. de España, vestíme, como los
demás señores del cortejo, de chaqué y sombrero ga­
cho ; y suprimidos con el frac los guantes como in­
necesario é incomprensible atributo de cortesía en las
altas y bajas regiones celestes, encaminámonos todos
en sendas sillas mandarinas forradas de algo que fué
paño verde, y con alamares, que á haber conservado
su envoltura de seda, hubieran sido negros, al yamen

358

EN RIQU E

GASPAR

del gob e rn a d o r, precedidos del porta-tarjetas para
anunciarnos.
Forman el palacio en cuestión multitud de anchu­
rosos patios con pabellones sueltos, que en nada difie­
ren, como arquitectura y muebles, de las casas de los
chinos ricos. En la puerta exterior unos harapientos
coolies disparan seis m o rte re te s ; y unos hombres ves­
tidos de colorines, con la cabeza calzada de una especie
de enorme cencerro colorado, del que salía como ci­
mera una tiesa, larga y única pluma de faisán, se pu­
sieron en fila junto a unos figurones gigantescos y
ridículos de cartón, dioses porteros de la morada.
En el último patio, y acompañado de su séquito,
nos esperaba el virrey, que graciosamente nos saludó
á todos cerrando los puños, juntándolos por las falan­
ges y agitándolos á la altura del pecho, como si za­
randease una sonajera. Li-u, que respecto á fisonomía
y modales está cortado por el patrón general de su
raza, en la que no se nota nunca esta diferencia de
cutis, de movimientos, de dicción y de forma que dis­
tinguen á nuestras clases privilegiadas del común de
las gentes, vestía túnica de riquísimo satín celeste con
caballa ó balandrán azul tina, ostentando en el pecho,
á modo de sacerdote bíblico, una placa cuadrada con
los emblemas de su m agistratura bordados en seda y
oro. Botas de raso negro con ancha suela de fieltro
blanco cubrían sus piernas hasta la rodilla; y de sus
hombros pendía una esclavina de lustrosa piel de n u ­
tria, sobre cuyo fondo destacábase un profuso collar
de cuentas de ámbar. Cubría su cabeza el sombrerete
mandarín de castor, con un botón de coral del tamaño
de un huevo de paloma, y de la parte posterior del
bonete salía en sentido horizontal un plumero á modo
de rabo de zorra, que se extendía hasta media es­
palda.
Invitados á pasar al pabellón de las recepciones, en­
contramos servida en él una mesa con dulces, vinos,

VI AJE A C H I N A

359

tazas de té y cubiertos europeos. El virrey puso al
m in istro á su izquierda, lu g ar de honor según los
usos locales, y al intérprete á su derecha. Los secre­
tarios, la oficialidad del aviso Marqués del Duero, el
vice-cónsul de España en C antón, y el cronista, m uy
servidor de ustedes, nosacom odam os donde quisimos,
perm aneciendo con n uestros hongos encasquetados,
para seguir el ceremonial de la etiqueta confucista.
Los oficiales de Li-u, de pié detrá s de nosotros á m a ­
nera de coperos, nos escanciaban el cham pagne, y col­
m ab an los platos de sabrosos limoncillos en alm íbar,
jengibre en dulce, guisantes azucarados y otras golo­
sinas, por las que previam ente había pasado sus m a ­
nos el virrey, atestiguando así que podíam os comerlas
con entera confianza, seguros de que no contenían
veneno. El gobernador, entre bocado y bocado, daba
una chup a d a á la pipa, que cada vez le cargaba su se­
cretario p a r t i c u l a r ; pues sabido es que el recipiente
de estos utensilios no adm ite tabaco más que para una
sola aspiración. Y allí em pezaron á tratarse los a s u n ­
tos de Estado con la asistencia de nuestros coolies de
silla y de los barrenderos, apaga luces y encargados
de las salvas en el yamen, q ue hicieron irrupción en
la sala, en uso por lo visto de un legítimo derecho;
pues nadie los estorbó en su faena de in te rru m p ir con
sus anim adas conversaciones y carcajadas á los confe­
renciantes.
—¿ Qué noticias hay de la insurrección de Li?—p r e ­
guntó nuestro plenipotenciario.
—Eso acabará p ronto—contestó el virrey.
Y haciendo un gesto de contrariedad :
—El caso e s —añadió—que yo he tenido en la m ano
el evitar esta revuelta, porque días antes de levantarse
en arm as, y cuando todavía nadie sospechaba de su
lealtad, vino á visitarme, y en su conferencia con­
migo noté cierta vaguedad en su m irad a que no me
dió buena espina. Tanto, que tuve una corazonada, y

36o

EN RIQ U E

GASPAR

d et er mi né mandarl e cortar la cabeza; pero luégo

se

me o l v i d ó ! ................................................................................................

Desventurado país donde la vida de los ciudadanos
está á m erced de las corazonadas de un gobernador!
Á él debían m andarse á todos los que en la vieja E u ­
ropa se rebelan contra la tiranía im aginaria del c u m ­
plim iento de sus obligaciones, porq u e ávidos de pri­
vilegios injustos, olvidan que sus ansiados derechos
no son más que sus propios deberes ejercidos por
otro.
Li-u, quitando la cobertera á su taza de té, nos in­
vitó á a p u r a r las n u e s tra s ; lo que significaba que la
conferencia había dado fin.
Al día siguiente, em barcado en un bote de flores,
rem olcado por una lancha de vapor, fué á devolver la
visita al m inistro; sin que en ella o curriera otro inci­
dente digno de relato, que la súplica dirigida á don
Guillermo Lobé, com andante del Marqués del Duero,
de no saludarle con los cañonazos de ordenanza, hasta
encontrarse fuera del alcance de los tacos. Lo que se
cum plió, esperando para hacer la salva á que tom ase
tierra, y m etido en la silla que allí le ag u ardaba, des­
apareciese entre la m u ltitu d precedido de soldados,
tocando gongs y caracoles (que hacen las veces de
trom petas).
Yo quería llevar á mis lectores á conocer la cárcel,
pero no me atrevo, porque, francam ente, es un espec­
táculo que con dificultad se resiste. Me limito, pues, a
pasearlos por delante del establecim iento, sito en una
plazoleta cerrada por un m urallón, sobre el que se
ven pintados m onstruos de una fauna sui generis.
Allí, convenientem ente custodiados, se solean cente­
nares de presos con la coleta cortada, envueltos en
andrajos, comidos por la m iseria, y ostentando la i m ­
portancia de su penalidad, quien con la cabeza m etida
en la canga, cual arrastrá n d o se con los piés en cepo;

VIAJE

A CHINA

36 I

otro, en fin, con una cadena sujeta a la g arganta, y de
cuyo extrem o inferior pende una piedra como un q u e ­
so de bola, en la que estriba su libertad, pues sólo
puede recobrarla el día en que, por efecto del uso, el
adoquín se d e sp ren d a de la cadena.
Los m andarines encargados de ad m in is tra r la ju s­
ticia, proceden ta m b ié n por corazonadas. C uando hay
un delito q ue castigar, echan m ano del pre su n to reo;
pero si éste se fuga, lo su bstituyen con su pariente
m ás próxim o, ó en defecto de familia, con el vecino
m ás inm ediato. El interrogatorio da principio, su s­
pendiendo al que va á servir para satisfacción de la
vindicta pública, á un como banquillo de cam a puesto
en sentido vertical, am arrán d o le por los pulgares de
m anos y piés. P or no prolongar esta posición insos­
tenible, el acusado reconoce las m ás veces u n a cul­
pabilidad de que está inocente ; y ya convicto, no hay
más procedim ientos ni ap e la cio n es: se le m ete en la
cárcel y se ag uarda la llegada de la prim avera, que es
la época en que á granel se verifican las ejecuciones.
Ya no consisten éstas, como antig u am en te, en a s e rrar
en dos á lo largo á la víctima, ni en cortarle lenta­
m ente en miles de pedacitos, ni en q u e m a r á fuego
lento, ni en ninguno de tantos prim o res como aún
se adm iran en efigie en la pagoda de los torm entos;
pero se flagela hasta la m u e rte ; se divide viva en s e ­
tenta y cinco trozos á la m u je r adúltera ; se e s tr a n g u ­
la á los cómplices atándoles una soga al pescuezo y
tirando un verdugo de cada uno de los cabos ; se t r i ­
tu ra liando al reo con u n a cuerda y oprim iendo el ca­
ble á m erced de un torno; y se decapita, por últim o, á
gusto del c o n su m id o r; porque si es pobre, se arrodilla
en el suelo con las m anos sujetas á la espalda y reci­
be dos ó tres sablazos, hasta dividirle la cabeza del
tronco : si tiene con qué pag a r la supresión del s u fri­
m iento, elige un ejecutor afamado, que con sólo apo­
yar en la nuca la hoja, le corta de u n golpe las vér-

362

ENRIQUE

GASPAR

tebras cervicales, ni más ni menos que como se des­
cabella a un toro: y si es muy rico, compra quien lo
reemplace en el cadalso ; lo que se obtiene, tanto por
la indiferencia con que mira la muerte el chino de
precaria condición (que halla en este mercado manera
de que sus hijos le hagan honras fúnebres de que ca­
recería de otra suerte), cuanto por la benevolencia de
los tribunales, que se contentan con que el crimen
suceda al castigo, sea quien fuere el que lo sufra : por
último, cuando se cuenta con influencias, se soborna
á los jueces, y entonces la faena se lleva á efecto fuera
de la época reglamentaria; pero en lugar de salir el
reo de la cárcel metido en un canasto con las piernas
colgando coram populo y á la luz del día, lo llevan por
la noche al campo del suplicio, donde le aguarda una
litera que lo conduce á otra provincia, y el público se
da por satisfecho con creer que la cabeza del inocente
que yace en el suelo es la del verdadero criminal.
Después de referir tantos horrores, quisiera concluir
con una frase de consuelo. Ya di con ella :
No hablemos más de Cantón.

a

M e t e m p sicosis

Pues señor, era una vez un tal don Abundio Reco­
gido con quien tan bien cuadraba el apellido por la
morigeración de sus costumbres, como contrastaba el
nombre por la escasez de sus recursos. Ex-profesor de
Historia de un instituto de provincia, vivía reducido á
los estrechos límites de su jubilación de catedrático de
entrada, pues jamás pudo conseguir el ascenso. Era
sin embargo feliz, tan feliz como puede serlo un hom­
bre que á los sesenta años habita un piso cuarto en la
calle de la Palma Alta de Madrid, posee una regular
biblioteca, se hace servir por una maritornes alcarreña
el chocolate con buñuelos á las siete de la mañana,
come á las dos su eterno cocido, y digo eterno por ca­
recer de principio y de fin, y cena á las once su inevi­
table guisado con patatas, precedido en invierno de
unas sopas de ajo y seguido en la época canicular del
indigesto pero refrescante gazpacho con pepino.
Por las tardes de tres á cinco ó de cinco á siete, se­
gún la estación, se e n c a m i n a b a pianino á la calle
de la Victoria y, ya saboreando un vasito de café con

366

EN RIQ U E

GASPAR

leche, ya paladeando un chico de horchata, repasaba
la prensa del día que el camarero le iba presentando,
seguro de que los dos cuartos de propina no habían
de faltarle. Todos los parroquianos del café de la Viz­
caína conocían á don Abundio; pero ninguno le trata­
ba. No tenía amigos, y desde diez años atrás se le ha­
bía bautizado con el mote de Juan Palomo, por aquello
de yo me lo guiso y yo me lo como que reza el refrán.
Los domingos amenizaba el Moka con una copita de
ron ó las chufas con una ración de bizcochos. El pri­
mero de mes se permitía el despilfarro de una peseta
para asistir al paraíso del teatro Real, y el quince se
deleitaba con lo que entonces era literatura dramática
en el teatro Español, donde por cinco reales ocupaba
un asiento de galería alta. Practicaba las fiestas de
precepto, nunca faltaban en su bolsillo los cuatro
ochavos que destinaba diariamente á la limosna de un
anciano, de una mujer, de un niño y de un lisiado, y
así tranquilo, ordenado y solo, llevaba don Abundio
su existencia calzada con chanclos, tanto para evitar
el lodo del mundo como para pasar por él sin hacer
ruido y evitar el molestar y que le molestasen.
Había con todo una nube en su horizonte, y el géne­
ro de vida que se había impuesto era como una espe­
cie de expiación de su pasado. Hagamos historia.
Allá en sus mocedades, don Abundio había tenido
por amigo fraternal á un don Serapio Benigno Pru­
dencio Manso y Cordero, natural de Toro, propietario,
viudo y padre de un niño llamado León, de quien el
catedrático de historia había sido padrino al mismo
tiempo que albacea testamentario de la madre. El lazo
que los unía era tan estrecho que no tenían pan parti­
do como suele decirse; y en casa del propietario había
el cuarto de don Abundio, el cubierto de don Abun­
dio y hasta las zapatillas de don Abundio, pues allí se
descalzaba, comía á menudo y aun pernoctaba con fre­
cuencia.

LA

M E T E M PS ICO S IS

367

Fragility, your ñame is w om an: Fragilidad, til nom­
bre es mujer, ha dicho Shakspeare, y aun cuando yo
no sé lo que quiso dar á entender con ello el poeta de
Strafford, aquí lo aplico por si viniera bien, pues la
fragilidad de don Serapio le condujo á contraer segun­
das nupcias en cuanto hubo acabado de llorar los doce
meses reglamentarios á su difunta esposa.
Ocioso creo consignar que don Abundio fué padrino
de la boda y que, si bien retiró sus zapatillas del hogar
conyugal, siguió compartiendo frecuentemente con
sus amigos el cocido de la amistad sazonado con el
chorizo de la abundancia.
Non bis in idem 1 dice el proverbio latino, que cito
para que vean ustedes que lo mismo manejo yo las
lenguas muertas que las vivas, y también para probar
que efectivamente no se debe reincidir en nada si es
esto lo que aquella máxima prescribe ; pues así como
le pudo salir bien á don Serapio la segunda edición de
su esclavitud, le salió en la frente, como vulgarmente
se dice, para dar á entender que algo le sale á uno
mal.
Y en efecto, doña Remigia, pues así se llamaba la
consorte, le salió rana; y no lo digo porque careciese
de pelo, que mata era la de sus trenzas capaz de ador­
nar la cimera del casco de un oficial de caballería; lo
que ya creo que había tenido lugar cuando estuvo en
relaciones con un teniente de lanceros de Calatrava; y
en cuanto á guapa, llamábanla en su pueblo la hermo­
sa Judit no sólo por sus encantos personales sino por­
que hacía perder la cabeza á cuanto Holofernes se le
ponía á tiro. Pero pagada de sí misma, esclava de su
belleza, manirrota y poco dada al trabajo, resultó ma­
drastra del hijastro y cara mitad del esposo; cara, en lo
que tenía de dispendiosa, y mitad en lo que dividía al
entero. Alegre como unas castañuelas eso sí; porque
su cama podría parecer un plantel de espárragos por
los cuarenta dedos que ella y su marido dejaban aso-

368

ENRIQUE

GASPAR

m ar por los agujeros de las sábanas, las calcetas ase­
m ejar á los desiertos africanos por no ten er una plan­
ta, los baberos del niño com petir en barbas con un
albañil en s á b a d o ; pero ni una noche faltaría en su
casa la tertulia de h o m bres solos, en la que se e n tre te ­
nían en juegos inocentes, entre los cuales el escondite,
siendo don Serapio el encargado de buscar siem pre
sin encontrar nunca, especialmente á su m ujer y á un
em pleado en consum os que tenían una habilidad no­
table para esconderse.
Hubo á la sazón una de esas expansiones populares
que, como lluvia tras sequía, lo fecundan todo, y del
ch aparrón aquél brotó una milicia nacional. Don S era­
pio fué nom brado capitán de la cuarta del prim ero y
don Abundio su teniente. Con este motivo las visitas
del catedrático se sucedían sin interrupción, pues a los
deberes de la am istad se agregaban las exigencias de
la patria.
A unque don Abundio frisaba ya en los cuarenta
años, conservaba rasgos de esa_belleza a lo Espartaco
que tanto cautiva á ciertas Evas idólatras de la forma.
Además en su calidad de catedrático de historia, re la­
taba con frecuencia la de España a doña Remigia que,
á fu e r de m ujer, se encantaba aprendiendo vidas aje­
nas. Si á esto se añade el aliciente del uniform e y la
veleidad de la dam a, fácilmente se deducirá de todo
junto que, nueva edición de la señora de Putifar, doña
Rem igia trató de quedarse entre las m anos m ás de
una vez la capa de don Abundio. Fiel éste al que, im i­
tando los tiem pos de la Edad-media, llamaba su h e r ­
m ano de arm as, rechazó como p udo las obsesiones de
aquel súcubo tentador en quien la virtud de la víctima
no hacía sino aguijonear el deseo.
P ero ce queJemme veut, Dieu ou le diable le veut. ¡ C ui­
dado si sé yo lenguas! Vamos al decir que doña Re­
m igia se em peñó en que allí fuera Troya, y T ro y a
hubo con su París y su Menelao correspondientes.

LA METEMPSÍCOSIS

369

Un día de parada, estando reunido el batallón en el
patio de un ex-convento de carmelitas, don Serapio se
apercibió de que se había dejado olvidada en su casa
la alocución que debía dirigir á su compañía en el
convite que después de la formación había de darle,
para agradecer el honor de haberle elegido capitán.
Don Abundio fué el encargado de ir en su busca. Al
entrar en el domicilio de su jefe, lo primero que vió
fué á doña Remigia acabando de ataviarse para asistir
á la parada. Estaba hecha un brazo de mar; pero si
hemos de ser justos, él no la iba en zaga. Aquellos
pantalones blancos y relucientes cuya posesión se dis­
putaban por arriba dos tirantes con las hebillas corri­
das hasta los hombros y por debajo unas trabillas con
las que parecía llevar los piés en cabestrillo, eran el
summum de la marcialidad de afición. Pues dónde me
dejan ustedes la casaca de paño verde botella con vi­
vos y golpes de color de canario, que amarillo era el
distintivo de los fusileros, y botones de metal nume­
rados á un lado y otro del péti cerradito en forma de
pechuga de pichón ? No había medio de resistir á un
hombre que sobre sus cinco piés y cinco pulgadas se
ponía un morrión de un palmo cumplido, con una vi­
sera como el pescante de un coche, una chapa hasta la
imperial despidiendo rayos de latón y un par de carri­
lleras con escamas. Pues no digo nada cuando repica­
ban gordo y le añadían el último piso al chacó. El
golpe maestro era aquella cuarta de plumero en forma
de nabo arqueado hacia delante, utensilio de triple
utilidad, pues no sólo quitaba el sol, sino que aventa­
ba las moscas y llenaba de cortesías á los transeúntes.
En esta forma, más la espada en el biricú y el corbatín
de suela, se presentó don Abundio ante la esposa de
don Serapio ; y si hoy estaría para pegarle un tiro,
entonces no cabe duda que estaba seductor.
Doña Remigia al verle lanzó una exclamación de
asombro que le hizo dar tres ó cuatro vueltas al plu34

370

EN RIQU E

GASPAR

mero. Él se descubrió, y arreglándose el cucuné le ex­
puso el objeto de su visita. Busca por aquí, busca por
allá, ni sombra de alocución en el pupitre de don Serapio. Con la confusión y las prisas debieron ponerse
tan cerca uno del otro, que el fleco de la berta de doña
Remigia se enredó en uno de los botones de la casaca
del catedrático, y cátenlos ustedes trabajando por
desasirse. Primero todo fueron risas, después ya em­
pezaron como á ponerse formales, el fleco no se des­
prendía y los dedos se enredaban. En suma, cuando
don Serapio que había encontrado el discurso en el
fondo del morrión, entró en la casa para decirle a su
amigo que no se molestase en buscarlo, pues había
dado con él donde menos lo presumía, es decir cerca
de su cabeza, encontró al teniente ascendido, y, seña­
lándole la puerta, dimitió la capitanía y se retiró con
su mujer á Toro de donde ya he dicho que era na­
tural.
Los remordimientos, la vergüenza y el desprecio de
sí mismo que le inspiraba su conducta, produjeron en
don Abundio unas viruelas que le pusieron entre la
vida y la muerte. Por fin se restableció; pero ya no
volvió á ser ni sombra de lo pasado. Transcurrido el
tiempo reglamentario pidió su jubilación y retiróse á
Madrid donde le tenemos buscando por la paz del
cuerpo la tranquilidad del espíritu.
Pero nada hay duradero sobre la tierra, ha dicho el sa­
bio (y no lo repito en griego no sé por qué).
Un día recibió una carta que, si empezó llamándole
la atención por la ridicula forma del sobre, le llenó de
alarma al abrirla y verla fechada en Toro. Decía así;
salvo la ortografía :
«Muy señor mío y mi dueño: Tengo el gusto de
participar á usted que ayer se m urió el difunto don
Serapio Manso, lo que hemos sentido mucho y rogad
por él. Lo hemos enterrado junto con doña Remi­
gia (q. b. s. p.) que también se murió hace dos días

LA M ET EM PSÍC O SIS

37 j

de una indigestión en el vientre que el médico dice
que es cólera; pero yo no quiero que sea cólera que
para eso soy alcalde, servidor de usted, y después se
asustaran los vecinos.
»El niño está en mi casa, jugando á la pelota de luto,
porque son criaturas que nada entienden de afliccio­
nes, y el sastre que es el pregonero se lo ha cosido en
dos trancos.
»Don Serapio ordena y manda que usted sea tutor
y curador de Leoncito, y se lo remitiremos si usted no
viene según la disposición del difunto cuya vida Dios
guarde muchos años. Juan Artola—alcalde. Por no sa­
ber firmar hace la señal de la cruz, f.»
Don Abundio lloró al amigo, rezó por la pecadora,
comprendió que aquella disposición testamentaria era
el castigo impuesto á su felonía, y quince días después
entraba en Madrid con su pupilo León.

II

El angelito acababa de cumplir los quince años y
tenía ya la cara llena de vello como melocotón verde
de Calatayud. Mal criado y voluntarioso como si fuera
hijo de su madrastra, había que darle gusto en todo,
so pena de que escandalizase el barrio á berridos. In­
solente á fuer de rico ignorante, y desarrollado por las
faenas agrícolas de su pueblo, don Abundio no tenía
sobre él dominio alguno físico ni moral. En vano trató
de inculcarle algunas nociones de Historia; los resul­
tados fueron nulos. Una vez al preguntarle quién era
Colón respondió que un hombre que había puesto un
huevo de punta; y en Geografía sostenía que la capi­
tal de Holanda era Bola , de donde tomaba su nombre
el queso.

372

EN RIQU E

GASPAR

¿ Asistir á las academias ? Perdone por Dios, herm a­
no. De pedrea todos los días, eso sí, con los pilletesde
la puerta de Santa B árbara; y llenos andaban los en­
cantes de sus libros de enseñanza que malvendía para
com prar un tendido de sol en los novillos, su pasión
dom inante. Él era siem pre el prim ero en saltar á la
arena en cuanto tocaba el tu r­
no de los embolados para el
público, y más de un revolcón
le costaba la aficioncilla. Su
aula predilecta era el m atade­
ro, de donde siem pre volvía
con algún chirlo más y unas
tajadas menos.
En la casa todos eran sus
víctimas. Tan pronto era el
— perro de aguas, compañero
inseparable de don Abundio,
el que atado por el rabo y su­
jeto á una escarpia de la pa­
red, pasaba media hora boca
abajo atronando la manzana
con sus aullidos, como el minino
el que, con un mazo de cohetes
encendidos en la cola, salía bufan­
do por la calle como alma que lleva
el diablo. El pobre tutor le hacía reflexiones am eniza­
das siem pre con su poquito de Historia para ver si,
por la misma puerta por donde trataba de inculcarle
la m origeración y el respeto, le entraba tam bién la
instrucción ; pero, nada; era como lavarle la cara con
jabón á un burro negro.
Un día en que León había atado mano con mano y
pata con pata á los dos pobres bichos, unidos así de
costado como los herm anos siameses, y los había lan­
zado á la calle con unas alcuzas en las extrem ida­
des posteriores, don Abundio que atropellado por

LA M ETEM PSÍCOS1S

373

los fugitivos midió el suelo, habló así á su p u p ilo :
—Tu conducta es salvaje, León. El que hace daño á
los animales está en camino de hacérselo á los hom ­
bres. Además, si tú no fueses un ignorantón, sabrías
que los egipcios creían en la metempsícosis ó tra n s­
migración de las almas, por la cual el hombre que no
había cumplido con todos sus deberes morales y so­
ciales, en vida, pasaba al morir á la condición de bruto
ó bestia inmunda. Esta creencia, más generalizada de
lo que algunos suponen, la profesan también los chi­
nos, quienes consideran como un dón celeste el trans­
migrar á un cerdo, porque de ese modo sólo ha de
durar un año la esclavitud de su espíritu en una en­
voltura irracional. Ahora bien; ¿quién te asegura que
semejante castigo no es una de las manifestaciones de
nuestras penas eternas? ¿Por qué no ha de formar
parte eso del infierno ó del purgatorio de los creyen­
tes ? Y si es así ¿ quién te dice que al martirizar á un
pobre bruto no estás lastimando á un amigo, á un pa­
riente, acaso a los mismos que te dieron el sér ?
Yo no sé el efecto que esta homilia produjo en el
ánimo del adolescente ; pero lo que sí puedo atesti­
guar es, que algunos días más tarde, la Maritornes
volvió de la plazuela trayendo una marranilla de leche
que su padre (el de la criada, no el de la lechona) re­
mitía á don Abundio, por vía de regalo, con el ordina­
rio de su pueblo ; y que León, aprovechando un des­
cuido, cargó con ella y la vendió al primer transeúnte
para, con su producto, asistir á la corrida de toros. El
ex-profesor de Historia, enfurecido ante la pérdida de
aquel suculento manjar, raro en su mesa, repetía:
—¡ Vender una marranilla de tres meses !
—Esos hace que lloramos á doña Remigia—contestó
el pupilo.—¿ Querría usted que me expusiera á co­
merme á mi m a d r a s t r a ? ...................................................
Y efectivamente, desde aquel día, empezó á dejar

374

EN RIQ UE

G A SP A R

en paz á los animales; pero la emprendió con las per­
sonas ; y así llenaba de recortes de ortiga la cama de
su tutor, como conteniendo el aliento y de puntillas,
se acercaba por detrás á la alcarreña mientras espu­
maba el puchero, de bruces sobre el fogón, y metien­
do una mano entre el zagalejo corto y sus piernas sin
medias, le clavaba los dedos en la robusta pantorrilla
al par que imitaba el ladrido de un perro ; con lo que
la pobre muchacha al principio se asustaba mucho;
pero luego se fué acostumbrando.
Las cosas iban llegando á tal punto que el infeliz
don Abundio no gozaba momento de reposo. César
Cantú, Lafuente, Mariana y multitud de historiógra­
fos habían desaparecido de su biblioteca y tomado la
forma de tendidos; el uniforme de teniente de nacio­
nales yacía en una casa de préstamos de donde salió
el dinero para una tienda de manzanilla. Finalmente
una noche en que, a hora muy avanzada, León se di­
rigía á oscuras desde su cuarto al de la alcarreña con
intención de darle algún susto, tropezó en las sombras
con su tutor que, con los brazos abiertos, buscaba la
manera de orientarse por el pasillo.
—¿Qué hace usted aquí?—le preguntó con severi­
dad don Abundio.
—¿ Y usted ?—le replicó el mozalbete.
—Yo he sentido pasos; y temeroso de alguna tras­
tada de las de usted, me he levantado á velar por el
reposo de esa inocente criatura.
—Pues yo he venido á preguntarle si había puesto
á remojo los garbanzos.
Y al día siguiente, con el pretexto de dar un paseo
matinal, tutor y pupilo se encaminaron á la calle de
Sal si puedes , donde Leoncito quedó como pensionista
en el colegio de don Tranquilino Verdugo, bajo la ad­
vocación de San Juan Capistrano.
Ustedes habrán oído decir, y por si no yo se lo digo,
que no hay nada peor que un chico travieso á no ser

LA M E T E M P SÍC O SIS

37 5

dos chicos traviesos. Pues bien, en el colegio de don
Tranquilino había treinta pensionistas, de los que
pronto se hizo jefe nuestro héroe ; y si antes León va­
lía por cuatro, concluyó por hacerse insoportable con
la emulación de sus compañeros.
El desgraciado director, hombre entrado en edad y
cuyas narices eran una bomba aspirante de rapé, ape­
ló á todos los correctivos imaginables para meterlo en
cintura; pero no alcanzó mejor suerte que don Abun­
dio. Ya era un bramante sujeto por un extremo á la
mampara y prendido por el otro con un alfiler á su
peluca el que dejaba al profesor con la calva al aire
cada vez que abrían la puerta; ya una vejiga provista
de un pito la que, al ir á sentarse en el sillón, aplasta­
ba con su cuerpo y le hacía saltar hasta las vigas cre­
yendo, con el quejido que daba al deshincharse, que
había despanzurrado á su gata de Angola. Por su­
puesto que no cejó en su manía de asustar á las cria­
das ; pero á la de don Tranquilino, que era del Esco­
rial, le cayó en gracia el chico, y lejos de incomodarse,
engordaba, como suele decirse, con las travesuras de
León.
Un domingo del mes de diciembre en que había no­
villos con mojiganga y dos toros estoqueados, el di­
rector tuvo la desgraciada ocurrencia de llevarse de
paseo á sus alumnos por la calle de Alcalá para que
asistiesen al espectáculo de la ida de la gente á la pla­
za. León, que formaba á la cola de la ruta, contem­
plaba con ojos de envidia aquel torrente humano que
á pié, en berlina, en ómnibus, en calesa y aun en tar­
tana, se precipitaba desde la Puerta del Sol hasta la
Cibeles como desbordando por un embudo invertido.
La cara de satisfacción de los transeúntes, la idea de
las emociones que iban á experimentar aquellos con
quienes se codeaba al paso y de quienes tan lejos es­
taría dentro de poco, el humo de los cigarros, pues
hasta los que no van á los toros fuman el día de corri-

376

EN RIQ UE

G A SP A R

da para hacer creer a los que los ven que van; el rui­
do, el sol, el conjunto, en fin, trastornaron el juicio
del hijastro de doña Remigia, y unas se le iban y otras
se le venían sin cocérsele el pan en el cuerpo. De re­
pente la luz parece como que adquirió más intensidad
y el ambiente un olor como de carne muerta y tripas
rotas. Todas las miradas convergieron á un punto
dado. Era la cuadrilla de chulos que en coches abiertos
se dirigían al redondel luciendo colores, lentejuelas,
moñas y pasamanería. La sangre afluyó al corazón del
aficionado y un velo cubrió su vista; pero no tan tu­
pido que le impidiese percibir entre la comitiva á un
picador que, caballero en una alimaña, llevaba á la
grupa á uno de esos pilletes que les sirven de escude­
ros y que, bajo la égida de su protector, tienen entra­
da triunfal y gratuita en la plaza. León no resistió
más; echó á correr como deudor perseguido por
acreedores y, agarrando de un tobillo al escudero, lo
desmontó de una sacudida y de un salto ocupó su lu­
gar. Aunque se subía el embozo del capote para no ser
conocido, sus camaradas de colegio le olfatearon y
fueron con el soplo á don Tranquilino que, ahogado
por la pena, y en la imposibilidad de darle alcance,
volvió a casa con la ruta y participó á don Abundio lo
ocurrido, consignando en la carta su irrevocable reso­
lución de despedir al mozalbete.
El ex-catedrático de Historia, que le estaba poniendo
a la alcarreña unos pendientes de similor que le había
regalado por su buen comportamiento, recibió la mi­
siva como si fuera el casero, es decir, de mal humor,
y se echó á la calle confeccionando un discurso con
que ablandar á don Tranquilino y evitarse la irrupción
del ahijado en su hogar, si bien metiéndose tres reales
en el bolsillo del chaleco para, si no lograba convencer
al señor Verdugo, comprar á su criada unas medias de
estambre. En todo pensaba el bendito señor.
Llegado que hubo al colegio de San Juan Capistra-

LA METEMPSÍCOSIS

377

no, pudo convencerse de que la determinación de don
Tranquilino no tenía vuelta de hoja. Le ofreció au­
mentarle los honorarios, le habló de Cicerón y de Sé­
neca probándole que sabía más que ellos. Nada, ni las
dádivas, ni la adulación quebrantaron aquella natura­
leza de diam ante:—Usted que tiene criada—concluyó
por decirle—comprenda usted lo que á la mía le es­
pera.
En estas estaban departiendo en el refectorio, pues
ya había anochecido y los muchachos cenaban bajo la
vigilancia del director que andaba viendo á quiénes
tocaba el turno del castigo para ahorrarse las diez ra­
ciones que diariamente suprimía bajo el pretexto de
penas correccionales, cuando se presentó León con la
gorra encasquetada y embozado en un capote que, si
no tan roto como el del lazarillo de Tormes, quien ti­
raba piedras sin desembozarse, estaba reducido al ter­
cio de su peso específico en virtud de tanto agujero
por donde se tamizaba su individuo.
Verle llegar y caer sobre él una granizada de impro­
perios de don Tranquilino y don Abundio acompaña­
da de una rechifla de los imberbes fué cosa sim ultá­
nea. León impávido se mantenía de pié en un rincón.
Restablecido el orden y penetrado el tutor de que
no tenía más remedio que compartir el hogar con su
ahijado, pronunció su discurso de despedida y exhor­
tó al reo á que pidiera perdón á su víctima. Resistióse
aquél, y como don Abundio se empeñara en apelar á
la violencia, el muchacho dejó caer su capa en el sue­
lo, blandió un par de banderillas que ocultas llevaba
y, aprovechando la actitud de don Tranquilino que
había dejado caer su pañuelo de yerbas y se disponía
á recogerlo, se las clavó de frente en medio de las dos
paletillas y emprendió la fuga entre la algazara de los
alumnos, los berridos del director y las convulsiones
de don Abundio que, con la boca á un lado y agitando
piés y manos como si nadase, se revolcaba porlossue-

378

E N R I Q U E GASPAR

los. Media hora después sucumbía el desgraciado á un
ataque de apoplegia fulminante, y á don Tranquilino,
de bruces en la cama, le hacían la primera cura.
De éste no volveremos á saber nada. De los demás
nos ocuparemos en los capítulos siguientes.

III

Han transcurrido cinco años desde los últimos acon­
tecimientos y nos hallamos donde Tajo d Ja ra m a el
nombre quita , ó sea en la provincia de Aranjuez, como
decía un amigo mío que se gastó todo su patrimonio
en que le eligieran diputado con el objeto de ser nom­
brado gobernador, lo que no pudo lograr ni siquiera
del punto en que tiene lugar esta escena.
Yo les describiría á ustedes Aranjuez; pero temo
abusar, porque pocos serán mis lectores que no hayan
estado allí, y además porque con la explicación de
los países pasa lo que con la de las personas en las
novelas, que por más que los autores se empeñen en
pintarnos la forma de sus narices, el color de sus ojos
y el timbre de su voz, los personajes pasarían impu­
nemente al lado de uno sin cuidado de ser conocidos,
á no haberlos visto antes, pues en la cara es donde se
admira la fecundidad y la inventiva de la naturaleza:
todas están compuestas de los mismos órganos y nin­
guna se parece.

38o

E N R I Q U E G A SP A R

Así pues plantemos árboles, tracemos alamedas,
hagamos brotar abundantes pastos, dejemos serpen­
tear por allí brazos de ríos, y que cada cual se lo for­
me en su imaginación como le parezca que ha de estar
más bonito y más adecuado á un sitio real cantado
por los poetas y atravesado por el ferro-carril. Sólo
les exijo á ustedes no dar al olvido que allí hay dehe­
sas en donde se crían toros que, después de corridos
y martirizados en el espectáculo más típico y peculiar
de nuestro país, nos los comemos en estofado los es­
pañoles y las españolas.
La luna de Octubre siete meses cubre, dice el prover­
bio; y, como la de aquel año hubiera sido esplendente
y limpia, he aquí porqué en el mes de Enero, en que
empieza este relato, el sol brillaba en el cielo como el
ojo de una muchacha bonita ; que si á soles comparan
los poetas los ojos, no hay razón para que á ojo no
compare yo el sol, si es verdad aquello de que el orden
de los factores no altera el producto.
En fin, eran las dos y sereno de una tarde del mes
de los gatos, y la yerbecilla, caldeada por los rayos de
Febo, parecía cama de canónigo atemperada por con­
fortante calentador.
Sobre aquella sabana de esmeralda, rumiando los
tallos tiernecitos, como quien después de una comida
abundante no desdeña el paladear una golosina, un
enorme cabestro yacía muellemente tendido haciendo
firmas con la cola sobre el suelo, como las hace cual­
quiera con el bastón cuando está sentado pensando en
las musarañas. Un colosal cencerro pendiente de un
collarín de baqueta cortaba las líneas de su cuello, y
era su pelo cárdeno como espalda de azotado. Colmi­
llos de elefante de Bankok eran sus astas, y por la re­
dondez de su cuerpo parecía ir diciendo á todos: «Pues
señor, no estoy descontento de mi suerte.»
Y apuesto á que ya han reconocido ustedes en él, al
cónyuge de doña Remigia, al bueno de don Serapio

LA M ETEM PSÍCO S1S

381

que, después de seis años de transmigración, estaba
reducido á custodiar cornúpetos jarameños, del mis­
mo modo que entre los seres racionales se cuida de
las odaliscas en el harem.
No olviden ustedes que, aunque transmigrado, don
Serapio conservaba recuerdos de su vida anterior,
porque de lo contrario ¿dónde estarían la gracia y elcastigo de la metempsícosis? Sentado este precedente,
asistamos á su soliloquio penetrando en sus refle­
xiones.
«Lo que es este año se puede decir que no tenemos
invierno. Miren ustedes qué días estos. Yo estoy con
un palmo de lengua fuera; y si es los muchachos, an­
dan por ahí revueltos como en canícula ; hace mate­
rialmente calor. La verdad es que esta existencia no
deja de tener su encanto, sobre todo para las natura­
lezas pacíficas como la mía. Nadie se mete con uno, á
uno le importa un pito todo cuanto pasa á su lado;
buena yerba, buen establo y ningún quebradero de
cabeza. Verdad es que tampoco me la quebraba mu­
cho cuando era hombre ; pero me la quebraban los
demás, porque ya era el inquilino que no pagaba, el
investigador de hacienda que me aumentaba la con­
tribución, y eso que siempre que pasaba por el pue­
blo venía á vivir á mi casa; por más señas que como
al maldito no le gustaba acostarse temprano, mi pobre
mujer se tenía que quedar acompañándole hasta las
tantas para hacerle la tertulia, porque lo que es yo
con la primera campanada de las diez las buenas no­
ches y á dormir. Ahora, nada; en cuanto amanece vie­
ne el mayoral, me dice: arriba, Manteca, y yo dolón,
dolón, dolón á llevar á pacer á la gente del bronce; una
vez en la pradera, á comer y á revolcarse; si hay algu­
na disputilla, de las que siempre tienen la culpa las
vacas, los meto en cintura, porque, parece mentira;
pero ahora que no tengo ni voluntad, ni inteligencia,
ni raciocinio, ni nada, soy más valiente que cuando lo

382

E N R IQ U E GASPAR

tenía todo. Y así que empieza á anochecer vuelve á
decir el mayoral: arriba, Manteca, y yo dolón, dolón,
dolón, á casa con ellos. Y ¡cómo me obedecen! ahora si
que puede decirse que soy capitán y no cuando lo era
de nacionales, que tenía descuidados todos mis asun­
tos con la bendita patria, y el tiempo se me pasaba en
recibir á los subalternos que me venían á pedir la
orden, hasta que tuve que tomar la determinación de
que fuera mi mujer la que se entendiera con los ofi­
ciales. ¡ Pobre Remigia ! ¿ Qué habrá sido de ella? La
echo mucho de menos, no porque la necesite, que
maldita la falta que me hace el que venga á turbar mi
sosiego, sino por saber qué suerte ha sido la suya.
¡Cómo lloró su extravío! se empeñó en hacer testa­
mento porque quería suicidarse, lo que hubiera lle­
vado á cabo á no ser porque me previno el escribano
y convinimos él y yo en que pretextaría un quehacer
apremiante siempre que ella fuera á su casa con obje­
to de testar.
»Pues así y todo estuvo Remigia yendo diariamente
por espacio de un año en busca de don José, hasta que
se le pasó aquello no sé cómo. La verdad es que yo
procedí muy cruelmente; llevármela á Toro donde no
tenía trato con nadie, ella, acostumbrada toda la vida
á alternar con los unos y con los otros!... Pues no digo
nada, despedir de mi casa á Abundio, al amigo de
toda la vida ; porque de aquel incidente, como de ello
me convenció mi mujer, sólo era responsable la ca­
sualidad, el demonio que anda suelto y hace que se
enrede un fleco en un botón, precisamente en el mo­
mento en que á mí se me ocurre volver á mi casa;
porque si yo me quedo con el batallón en el convento,
nada. ¿Y cómo estará mi hijo? ¡Qué adelantos habrá
hecho bajo la inspección de Abundio para quien lo
mismo eran griegos y romanos que paja y avena para
mí. ¿Vivirán ? ¿ Serán infelices ? ¿ Dónde estarán ?»
Y así pensando, y con la boca abierta se fué quedan-

LA M ETEM P&ÍCOS1S

383

do dulcemente dormido, cayéndosele la baba de gusto.
Pocos minutos hacía que se hallaba entregado al re­
poso, cuando un alboroto promovido en la torada vino
á sacarle de su letargo.
—¿Qué sera ello ?— se preguntó don Serapio levan­
tándose y dirigiéndose hacia el teatro de la lucha. En
esto vió llegar una vaca que desalentada corría hacia
él gritando:
—Señor Manteca, señor Manteca; venga usted pron­
to, que se matan.
— Pero ¿ qué ocurre ?
— Un toro que han traído de las dehesas del Norte,
donde nadie le podía domeñar y que, dada la fama
de usted, le ponen bajo su vigilancia. Apenas entró en
el prado se empeñó en decirme chicoleos, y como mi
Caramelo es tan celoso, se trabaron de palabras, délas
palabras vinieron á las manos, sus amigos tomaron
parte por él, y allí los tiene usted á todos revueltos
sin que zagales ni mansos los puedan hacer entrar en
razón.
Un silbido acompañado de un grito de Manteca lan­
zado por el mayoral, le hizo apretar el paso á don Se­
rapio que, sonando el cencerro, se interpuso entre los
combatientes. El intruso era un toro de cinco años
berrendo en negro, bonito de estampa y duro de ca­
beza; pero en cuanto don Serapio metió la suya en el
corro, allá fué rodando el otro como tente-tieso de mo­
jiganga.
— ¿Con que contigo no ha podido nadie? Pues á ver
si yo te enseño a tratar á las personas decentes.
Y á darle se disponía un nuevo revolcón, cuando el
vencido bajando la voz para no ser oído de nadie le
dijo al cabestro:
— Detente, Serapio. ¿No me reconoces?
— ¡ Abundio ! — murmuró éste con un ahogado ge­
mido sólo perceptible del catedrático. Y los dos que­
daron mirándose silenciosos.

384

E N R IQ U E GASPAR

Los demás testigos de la escena fueron á comentar
el triunfo de Manteca diseminados en corrillos por el
prado, y cuando los dos estuvieron solos se hablaron
de esta manera:
—¿Tú por aquí, Abundio ? ¡ Qué alegría ! Pero déja­
me que te mire. Te encuentro hasta buen mozo. Al
pronto no te había reconocido.
— Pues yo á ti, Serapio, al momento. No has cam­
biado nada; estás lo mismo.
— Cuéntame qué ha sido de ti. ¿Te has casado? ¿ Y
mi hijo ? ¿Vive ?¿ Es hombre de bien ? ¿ Estudia mucho?
Aquí el berrendo lanzó un suspiro y, tomando sus
precauciones para no dar á su amigo tan triste noticia
de sopetón, fué poco á poco y con rodeos detallándole
las proezas de León hasta el paso de las banderillas,
último detalle de que había podido ser testigo el pro­
fesor de historia. Por supuesto que bien pudo aho­
rrarse ceremonias, porque don Serapio en vez de afli­
girse lanzó una sonora carcajada y pareció divertirse
mucho con el relato.
—¡Qué diablillo! ¡Qué diablillo!—decía sin dejar de
reir.—La misma afición de su madre, que esté en glo­
ria, que se moría por los toreros. Y en cuanto á lo de
asustar á las criadas, vamos, no lo ha robado de nadie,
que yo también cuando chico las daba cada susto! ¡ Qué
diantre ! todos hemos sido jóvenes. ¿Verdad, Abundio?
Y diciendo así le daba con el cuerno en el hombro
maliciosos golpecitos.
—Serapio, tu grandeza de sentimientos me humilla
y me degrada más y más á tus ojos.
— ¿ Qué quieres decir con eso?
— Que no obstante mi conducta para contigo, me
conservas tu amistad y...
—¿Vas á ponerte de mal humor por una niñería que
no vale un pito? Ya sé yo que en el fondo ninguno de
los dos teníais la culpa de aquello. ¡Ea! lo pasado, pa­
sado y abracémonos.

LA M ET EM P SÍC O S IS

385

—Pero...—insistía el profesor titubeando.
—Si no me abrazas para probarme que no me guar­
das rencor por haberte echado de mi casa, me inco­
modo.
Y los dos amigos se confundieron en un estrecho
abrazo.
—Ahora vente conmigo y te enseñaré una praderita
donde hay unos pastos con los que te vas a chupar los
dedos, pero te encargo que delante de gente no me
llames Serapio sino Manteca. Y tú qué nombre tienes?
—Á mí me llaman Pendenciero.
—Y lo eres, según me han referido.
-—Chico, no es esto revolverme contra lo que ya no
tiene remedio; pero encuentro que mi transmigración
no es justa.
— Hombre, no le dan á uno á elegir. Yo tampoco
merecía esta suerte; pero ¿qué hacer? Hay que con­
formarse. Después de todo, esto no es tan malo; y si
en vez de mostrarte bravucón y gallito haces por apa­
recer reflexivo y prudente, llegaras á verte como yo,
y ya tienes tu vida asegurada.
Y departiendo así, los dos amigos recorrieron la
dehesa con gran contentamiento de los pastores, que
en aquella unión no veían sino el ascendiente de
Manteca, cuya fama de cabestro número uno quedó
asegurada para siempre.
Y así transcurrió como medio año, hasta que un
domingo del mes de Julio...
Pero lo que sigue merece capítulo aparte.

¿En dónde ¿stoy?—se decía para sí don Abundio
dando vueltas y más vueltas en un -pequeño espacio
sin luz alguna cuyos límites medía con la cabeza y con
la cola.—Vamos á ver, recojamos las ideas—se repetía.
Ayer por la tarde con cinco compañeros más y acom­
pañado de don Serapio y algunos otros cabestros, me
metieron en una jaula de madera y me empaquetaron
en un wagón del ferro-carril; pero las portezuelas eran
tan altas que no pude orientarme en todo el trayecto.
Por la noche, que era oscura como boca de lobo, nos
desembarcaron á todos juntos; custodiados por zaga­
les, vinimos á un corralón en donde sin pegar los ojos,
la hemos pasado tratando inútilmente de explorar el
terreno y haciendo comentarios sobre lo que nos ocu­
rría. Esta mañana, obligándome á pasar por un corre­
dor con puertas á los lados, una de las cuales estaba
abierta, y con gente por arriba, á quien no he visto, si
bien oía su algazara, han empezado á pincharme y á
hacer conmigo tales cosas, que me metí no sé por
dónde y de repente me encontré encerrado en este cu-

LA M ETEM PSICOS1S

387

chitril. Mi prim er cuidado fué llamar a gritos á Man­
teca ; pero en lugar de la suya, fueron las cinco voces
de mis camaradas las que me contestaron contándome
que también ellos se hallaban en idéntica situación.
Yo creo sin embargo que esto no ha de durar mucho,
porque mis compañeros han ido saliendo por turno, y
al pasar por aquí delante decían á los que quedába­
mos: « ¡ Una puerta abierta ! Sálvese el que p u e d a ! » Y
ya no he vuelto á oirlos; lo que me prueba que han
logrado evadirse. Hasta ahora van cuatro, de modo
que sólo gemimos presos el Carabinero y yo.
Así discurría Pendenciero cuando de repente encon­
tróse inundado en lu z ; la puerta de su mazmorra se
había abierto de par en par como movida por un re­
sorte, é inútil es decir que se echó fuera dando brin­
cos de alegría y gritando con toda la fuerza de sus
pulm ones:
—¡ Carabinero, Carabinero! ya me han soltado, estoy
libre. ¡ Viva la libertad ! ¡ Viva Riego!
—Acérquese usted por acá—le contestaba el otro—
y ayúdeme usted á derribar esta maldita puerta á ver
si podemos escaparnos juntos.
Y don Abundio por una parte y Carabinero por la
de dentro, pusieron á prueba sus testuces; pero aque­
llo era más duro que pan de limosna. En esto el liberto
sintió un agudo dolor entre las paletillas y notó que
le colgaban unas como cintas escaroladas por el lomo.
—¡Brutos!—exclamó con un prolongado bramido.
—■{Qué es eso ?
—Una cerbatana que algún mal intencionado acaba
de propinarme. ¡Y cómo me pica! Carabinero, compón­
gaselas usted como pueda que yo no aguanto mas. Aquí
hay una salida y por ella me escurro. Hasta más ver.
Y colóse en efecto por una como boca de antro que,
apenas lo recibió en su seno, cerróse herméticamente
dejándolo tan á oscuras como lo estuviera hasta en­
tonces.

388

ENRIQUE GASPAR

—Pues, vaya, que esto es salir de Málaga y entrar
en Malagón—decía el pobre don Abundio frotándose
contra las paredes tanto para orientarse como para
calmar el escozor de la espaldilla.
Aplicó el oído y percibió en confusa mezcla, aplau­
sos, gritos y música hacia la parte exterior. Un rayo
de luz, que entraba por un agujero en forma de cala­
baza, hirió su vista, velada por el dolor y el enojo, y,
colocando su cuerpo de modo que la armadura no le
molestase, guiñó un ojo y aplicó el abierto al de la ce­
rradura.
—¡Horror!—gritó retrocediendo y alcanzando toda
la medida de su situación.—¡Estoy en una plaza de to­
ros ! ¡ Soy el quinto ; el predilecto de la corrida!!!...
Y empezó á revolverse con furia loca, embistiendo á
todas partes y haciendo ariete de su cabeza con qué
producir brecha y escapar. Pero fué inútil. Una serie
de puyazos dirigidos por una ventanilla que abrieron
en el techo del toril, acabaron de hacerle perder el
juicio : y, cuando al són de los clarines y timbales giró
sobre sus goznes la ferrada puerta, salió á la plaza dis­
puesto á comerse al que se le pusiera delante.
Del primer arranque despanzurró á dos jamelgos
cuyos jinetes quedaron sepultados bajo las cabalga­
duras.
—¡Caballos! ¡Caballos!—aullaba el público, ó sea
la fiera de los tendidos, entusiasmado con aquel prólo­
go que tan bello porvenir prometía.
La gente de á pié apenas si tenía tiempo de saltar el
olivo.
—El toro de la tarde—decían unos.
—El de la temporada—argumentaban otros.
—Sentarse—gritaban los de arriba, poniéndose de
pié como los de abajo.
Un picador de los de reserva, que quería contraer
méritos para asegurar su contrata, se acercó al ángulo
cinco, y echando al aire su sombrero,

LA M E T E M P S Í C O S I S

389

—Vaya por ustedes—dijo, y se encaminó sobre su
sardina en busca de don Abundio.
— ¡ Bravo ! ¡bravo!—fué el grito general.
Pero apenas se había puesto en suerte cuando caba­
llo y caballero fueron rodando por la arena con gran
peligro del segundo que, sólo dando vueltas como una
perinola, logró escapar de una muerte segura, llevan­
do dos pisotones en la cabeza, un varetazo en el muslo
y un susto en todo su cuerpo.
—¿ Me haría usted el favor de repetir esa suerte, que
estaba distraído y se me ha pasado ?—le dijo un chus­
co; pero como en aquel momento se apercibiera el
público de que, con el m arronazo , el reserva había
despaldillado al toro, se armó una de silbidos que ni
en un teatro en noche de estreno infeliz.
—¡Á la cárcel !—decía la sombra.
—¡ Que lo ahorquen !—coreaba el sol, siempre parti­
dario de los recursos extremos.
Y las botellas y los proyectiles andaban por losaires
como murciélagos perseguidos, mientras los alguaci­
les agitando sus penachos y luciendo sus pantorrillas,
se llevaban al reserva al palco presidencial é intima­
ban á los picadores la orden de salir á los medios.
Restablecida la calma y normalizada la corrida, don
Abundio empezó á experimentar cansancio, y ya le
era preciso traer á la memoria su desesperada suerte
para que se decidiera á tomar varas.
Un prolongado punto de clarín despejó de cuadrú­
pedos el redondel, no sin que el presidente se llevara
una silba por no haber dejado al toro dar todo su jue­
go, y don Abundio creyó que todo había concluido.
Pero como viese delante á un mozalbete que, con unos
palitos en la mano, se entretenía en dar saltos, ya co­
rriendo hacia delante ya hacia atrás:
—Tú vas á pagar por todos—dijo el berrendo, y
fuése á él en derechura; pero el chulo, dándole un
gracioso quiebro como bolero en salida , le dejó clava-

3go

EN RIQ U E

GASPAR

das en el morrillo dos banderillas que le hicieron dar
un bote y exclamar:
—Pobre don Tranquilino! ¡Qué rato pasaría us­
ted !...
Al segundo par sintió no haberse fingido cobarde
como le aconsejó don Serapio, cuya condición envidia­
ba ; y al tercero se decidió á vender cara su vida y se
entableró pegando la cola á la valla sin que los capotes
de los chicos lograran hacerle arrancar.
—Ande usted, que nos ha engañado—gritó una voz
femenina desde la barrera.—Salió usted más valiente
que el Cid y se ha quedado usted más reflexivo que
un catedrático de Historia.
Al oir la alusión volvió don Abundio la cabeza y se
encontró con una hermosa muchacha, vestida de ma­
nóla, apoyada sobre la capa de paseo del matador
puesta á guisa de colgadura en el antepecho.
—¡ Sí, señor, yo se lo digo á usted—proseguía ella
—la moza de Pinturita que va á mandarle á usted de
un volapié á la eternidad, en cuanto el señor presi­
dente acabe de sonarse y pueda hacer seña con el pa­
ñuelo.
Don Abundio dió un bramido horroroso. ¿ Ustedes
creen que de indignación ? Nada de eso ; es que acaba­
ba de reconocer en aquella manóla á la alcarreña su
criada. El pobre señor ya no tuvo momento de reposo;
se fué al centro de la plaza y, tomando carrera, saltó
el olivo con tal empuje que á no haber maroma, se
cuela en el tendido con ánimo de dar un abrazo á su
antigua Maritornes. Tres veces repitió la tentativa, y
sólo á duras penas, y después de haberle clavado un
rejón en al anca, se logró que fuera á entablerarse al
lado opuesto.
Por fin, tocaron á matar; Pinturita tomó los trastos,
y después del correspondiente brindis, s$ fué solo á la
fiera, paró los piés y se puso en facha.
Tres pases al natural y dos de pecho forzados lleva-

LA M E T E M P S IC O SI S

3gi

ba cumplidos el matador con gran contentamiento del
público y absorta extrañeza de Pendenciero que no le
quitaba ojo, cuando, liando el trapo y armándose para
el volapié, echó atrás la cabeza el diestro y dejóle ver
al toro un lunar como una pieza de dos reales que te­
nía junto á la nuez. Descubrir don Abundio aquel
signo y echarse á correr por la plaza todo fué uno.
—¡Está huido!—vociferaban todos silbando al toro
como pudieran hacerlo con un actor que no supiera su
papel.
Y sin embargo, el pobre cornúpeto llevaba la razón
en su fuga; quería evitar una horrorosa catástrofe.
Había reconocido en Pinturita á su ahijado León.
En vano fué que éste cambiara de muleta y apelara
á todos los recursos para traer al toro á jurisdicción ;
don Abundio, transido de pena, esquivaba la lucha. Lo
que pasó por su pupilo, nadie lo sabe. ¿Temía el fias­
co ? ¿ Recordaba lo que sobre la metempsícosis le había
repetido tantas veces su tutor y, compulsando fechas,
abrigaba algún temor sobre el caso presente? Lo igno­
ro ; lo cierto es que se puso pálido, y volviendo á la ba­
rrera depositó trapo y estoque y se sentó en el estribo
diciendo que él no podía hacer más.
—¡Perros! ¡perros!—gritó el público; porque se me
olvidaba decir á ustedes que esto pasaba antes de que
la media-luna se hubiera introducido en la lidia.
Y, en efecto, la trahílla salió á la arena con gran con­
tentamiento de don Abundio que, no hallando motivos
de consideración para los canes, los fué despanzurran­
do por turno después de llevarlos y traerlos como pe­
lota en trinquete. La única que se le resistía era una
perra con cara de patrona de casa de huéspedes sin
principio, que siempre encontraba modo de escabullírsele entre las patas.
—También llevarás tu merecido—murmuró el cate­
drático dando un derrote al aire.
—¿Yo?—le contestó la perra soltando una de esas

392

K NR I QU K G A S P A R

carcajadas más insultantes que un bofetón.—¡Si no ha
podido conmigo mi marido! Caro va usted á pagar el
haberme puesto en el caso de ir á acabar mis días en
Toro con Serapio.
—¡ Remigia !—pues la mastina no era otra—argüía
Pendenciero falto de fuerzas para resistir á tanta tri­
bulación. Mira que yo no soy manso, y si me buscas
camorra la encontrarás.
—Calle usted la boca, teniente de papel. Ni á usted
ni á todo Jarama junto temo yo. Y el toro que sea
hombre, que salga.
Y daba brincos procurando hincar el diente donde
podía ; hasta que convencida de la inutilidad de sus
esfuerzos y oyendo al tendido pedir á voz en cuello
que se llevaran al toro al corral, porque la noche se
venía encima, se dirigió resueltamente a donde León
estaba, y ladrando y enseñándole los dientes, le incre­
pó de esta manera :
—Lo mismo que tú, torero de invierno, ¿así vuelves
por la honra de tu familia ? ¿ Por qué no le diste un
golletazo? ¡Si me voy convenciendo de que eres hijo
de tu padre !...
León no entendía; pero no quitaba los ojos de la pe­
rra y meditaba.
Por fin soltaron á los cabestros y, en cuanto doña
Remigia reconoció á su marido, se le abalanzó á una
oreja diciéndole con transportes de fingido gozo:
—¡ Serapito m ío! Esta vez sí que no nos separare­
mos; yo quiero ir á donde tu vayas. Mira, aquí tienes
á Leoncito que se hará pastor, y reunidos pasaremos la
existencia. Hasta si tú quieres consentiré en que nos
acompañe don Abundio.
Y don Serapio, inmóvil, conmovido y con la cabeza
inclinada por el peso de su esposa, cuyas virtudes ad­
miraba, quiso hablar, pero sólo tuvo fuerzas para de­
cir : Muuu...
Todo parecía augurar un feliz desenlace, cuando

LA M E T E M P S ÍC O S IS

393

uno de los pastores, creyendo por la actitud de Man­
teca que la perra le m artirizaba en vez de acariciarle,
tom ando por odio de raza lo que era expansión de fa­
milia, llegó con el garrote enarbolado á donde los
cónyuges estaban, y descargó con él tan trem endo
como infortunado golpe sobre la cabeza de doña Re­
migia, que ésta, dando media vuelta, cayó exánim e á
los piés de su marido.
—¡Pobrecita! ¡tan b u e n a !—m u rm u ró Serapio.
Y, dirigiéndose á donde el catedrático estaba:
—La hemos perdido —exclam ó.—Valor, amigo!
Y am bos tom aron el camino del toril, lanzando al
pasar junto á León una m irada y un m ugido que con­
movieron al émulo de Costillares. Pero al llegar á la
puerta, don Abundio dobló las rodillas y, sin proferir
una queja, quedó m uerto de repente.
En las reseñas de los periódicos dijeron que le había
ocasionado la m uerte la despaldilladura del reserva.
¡ Así se escribe la H is to ria ! En el m atadero se vió que
tenía el corazón deshecho. Había m uerto de un a n e u ­
risma.
Don Serapio siguió llevando el cencerro y acabó por
olvidar y ser feliz.
Lo que pasó por León nadie lo sabe ; pero es ío cier­
to que al día siguiente se cortó la coleta con asom bro
de sus ad m ira d o res; se volvió m isántropo y concluyó
por fu n d a r en M adrid la p rim era sociedad protectora
de los animales.
En cuanto á la alcarreña, continuó sirviendo.

F IN

ÍNDICE
P Á G IN A S

E l A n a c r o n ó p e t e ......................................

5

V iaje á C h ina .............................................................................................. 2 iy
L a M etem psíc osis ..................................................................................... 363

Colecciones