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- Tipo
- Impresos
- Autor
- Fernández Bremón, José
- Idioma (código)
- spa
- Extensión
- 348
- Identificador
- 0000000055
- Miniatura
- https://patrimoniodigital.ucm.es/r/thumbnail/784756
- Notas
- Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
- Procedencia
- Jaureguízar, Agustín
- Colección de la edición
- Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
- Lugar de publicación
- Madrid
- Idioma
- Español
- Europeana Type
- TEXT
- Europeana Data Provider
- Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
- Derechos
- Universidad Complutense de Madrid
- Licencia de uso
- CC BY-NC-ND 4.0
- Fecha de creación
- 1879
- Formato
- image/jpeg
- application/pdf
- extracted text
-
CUENTOS.
CUENTOS
POR
I). JOSÉ F E R N A N D E Z BREM ON
Un Crimen cientifico. — La Hierba de fuego.
Mr. Dansant, médico areópata.
Gestas, ó el idioma de los monos. — Siete historias en una.
Pensar á voces.
Una fuga de diablos. — El Cordon de seda. — El Tonel de cerveza.
M iguel-Angel, ó el hombre de dos cabezas.
MADRID,
OFICINAS DE L A ILUSTRACION E SPA ÑO LA Y A M E R IC A N A ,
C A LL E DE C A R R E T A S , NÚM .
12, P R IN C IP A L .
MDCCCLXXIX.
Es propied.edsedáedoiecopie
MADRID, 1879.—Im p ren ta, estereotipia y galvanoplastia de Aríbau >au jau pau ibaiiribau
( sucesores de Rivadeneyra), impresores de Cámara de S. M. . . t. M. ■>. M.
J)
UN CRÍMEN CIENTÍFICO
\
Á MI QUERIDO TIO
‘Perm ite* que* tu nombre* respetable* figure* en la s 7 p rim e
ras* páginas 7 del libro en que colecciono estos? cuentos7, d is
persos 7 hasta ahora en los 7 periódicos7. ‘¡E n tu ca sa , siendo
niño y huérfano, hizo á h u rta d illa s’ mi plum a sus 7 cándidos 7
ensayos7. E n tu librería, que* forcé m u ch a s veces*para leer 0
las 7 obras 7 que* ocultabas 7 á m i prem atura curiosidad, está el
<germ en de* estos* c u e n to s : en la consideración y prestigio
<que* te* habían conquistado tu s 7 trabajos* literarios* y p o lín
ic o s * fundaba mis* aspiraciones 7 á d istin guirm e*, que* no
: se* han r e a liza d o : es* evidente* que* hay en este* libro y en
(cuanto escriba algo que* te* pertenece, y debe* restituirte* tu
(agradecido y respetuoso sobrino,
J^EPE.
■
I
»
UN CRÍIEN CIENTÍFICO.
PRIM ERA PARTE.
Los vecinos de un pueblo de Castilla cargaban de gra
no sus carretas y sacaban á la plaza sus ganados para
conducirlos á la feria: los (pie nada tenían (pie vender,
ayudaban á cargar, ó formaban corrillos bulliciosos. A la
puerta de una de las casas liabia un carro tan repleto de
trigo, que los sacos parecían una especie de montaña:
cuatro robustas muías uncidas esperaban en traje de ca
mino, es decir, llevaban al costado sus raciones en los
correspondientes talegos, como llevamos nuestras carte
ras de viaje. El carro, el atalaje y el ganado indicaban
en sus dueños desahogo y abundancia: sin embargo de
eso, una mujer joven, con el rostro inquieto y la voz con
movida, decía á un fornido labrador que, látigo en mano,
se disponía á arrear á las caballerías.
— ¡Por Dios, Tomás! No juegues en la feria: llevas
todo lo que nos queda, y si lo pierdes, tendremos que
empeñar hasta los ojos.
— Lucía, no tengas cuidado; respondió el buen mozo
6
FERNANDEZ BREMON.
mirando con cariño á su mujer : pasado mañana estaré
de vuelta con el carro vacío y la bolsa bien provista: es
toy desengañado, y, ademas, te lie prometido no jugar.
La mirada de su marido era tan franca y expresiva,
que Lucía no pudo menos de creerle: las mujeres siempre
creen lo que les dicen unos buenos ojos, y los de Tomás
eran muy grandes y muy negros.
Lucía quedó alegre, y Tomás sacudió á las muías con
la satisfacción con que siempre se sacude un latigazo.
— ¡Eli! ¡Sr. Tomás! dijo un arriero que cargaba el úl
timo mulo de su recua: ¿va Y. á tomar por el atajo, en
vez de hacernos compañía por la carretera?
— Como que me ahorro media legua de camino.
— No importa: el atajo es muy triste: hay un trozo
de bosque que da miedo.
— Haces bien, muchacho, dijo á Tomás el alcalde
terciando en el diálogo: estas gentes se empeñan en
dar rodeos por no pasar delante del castillo, como si
hubiera ladrones en la selva, sin considerar que el due
ño de la finca es el primer contribuyente, muy caritati
vo, y un excelente médico, que me curó una catarata.
— A mí también me parece un buen señor, añadió
una linda rapazuela.
— Ya lo creo, muchacha, repuso otra joven con acento
rencoroso: como que te dijo un dia que tienes los ojos
muy bonitos, y se quedó mirándolos como un enamora
do : es claro, los de su hija parecen ojos de muerta, y su
criado, que es tuerto, sólo tiene uno, que no he visto otro
tan espantoso en los dias de mi vida. Pues la señorita
debe ser muy orgullosa: dos veces la he encontrado en
UN CHÍMEN CIENTÍFICO.
7
el camino, siempre del brazo de su padre, y nunca con
testa á los saludos.
— Desengáñese Y ., señor alcalde, repuso un viejo la
brador ; algo malo sucede en el castillo, cuando lie oido
en él gritos de persona.
— Eso supone V., tio Matalobos: en cambio, Antolin
dice liaber oido gruñidos de cerdo, como si estuvieran de
matanza: Pascual oyó alaridos de perros : todos afirman,
sin estar nadie de acuerdo, que los gritos eran de dife
rentes animales.
— Aunque eso sea, señor Alcalde, insistió el viejo, al
go malo ocurre en una casa donde los animales se que
jan como si los estuvieran degollando. Ademas, el chico
de la Blasa, desde que le miró el Sr. de Ojeda, se ha en
canijado, porque tiene mal de ojo.
— ¡Yaya, vaya! hasta la vuelta, dijo irónicamente
Tomás arreando otra vez á su ganado: veremos si tam
bién me encanijan; y salió del pueblo dando tientos á
la bota.
A unos doscientos pasos de la aldea, un hombre es
cuálido que llegaba á todo correr alcanzó el carro: era
un cuádruple funcionario, que servia de peatón, alguacil,
enterrador y pregonero.
— De parte del alcalde, y en reserva, dijo á Tomás con
gran misterio, procura observar lo que ocurre en el cas
tillo cuando pases.
— Y, ¿por qué no me lo dijo en la plaza? contestó con
sorpresa el labrador.
— ¿Eli?., contestó el alguacil rascándose la cabeza:
será... porque los asuntos del servicio se tratan de modo
8
FERNANDEZ BREMON..
diferente que los otros... Y el alcalde no querrá que se
enteren los vecinos, porque el público siempre debe sa
ber ménos que el alcalde. La verdad: esa familia es muy
extraña, y como nadie pasa hace tiempo por el camino...
Yo mismo tomo siempre por la carretera desde que ob
servé una cosa... muy irregular.
— ¿Puedo saber cuál es, tio Esqueleto? dijo Tomás al
funcionario público alargándole la bota por vía de so
borno.
— Hombre, no lo bago por el vino, respondió el tio
Esqueleto después de haber bebido, sino porque llevas
una comisión del servicio que prueba tienes la confianza
del alcalde. Pues figúrate que al llevar una carta al cas
tillo hace dos meses, miéntras abria la puerta el criado
tuerto, me puse á observar las gallinas que andaban
sueltas fuera de la casa.
La voz del tio Esqueleto parecía conmovida.
— ¿Y qué vio Y.? añadió Tomás impaciente.
— Yi con mis propios ojos que todas las gallinas eran
tuertas.
El tio Esqueleto se alejó, dejando á Tomás absorto
con aquella confidencia : no era supersticioso, pero la ob
servación del alguacil, la orden reservada del alcalde y
los recelos de casi todos los vecinos, unidos á la sole
dad del atajo que penetraba ya en el bosque, produjeron
en Tomás una intranquilidad nerviosa, que sólo calmaba
en parte el contenido de su bota, porque el vino es el
éter de los valientes. Más de una vez, y más de dos, du
rante el largo y solitario camino, volvió la cabeza con re
celo creyendo que álguien le seguia: era una bandada
UN CRÍMÉN CIENTÍFICO.
9
de gorriones, disputándose los granos de trigo que vertía
la carreta.
—Hay gallinas calzadas, pensaba Tomás; otras ponen
huevos de color, y algunas tienen moños muy particula
res; pero nunca había oido hablar de un gallinero tuerto.
Y su espíritu, poco dado á lo maravilloso, buscaba en
vano explicaciones naturales al fenómeno.
— Felizmente he prometido no jugar, anadia para sí:
la vista y aun la conversación de tuertos es de mal agüe
ro : hoy hubiera perdido el precio de mi trigo: es decir,
en un dia así no hubiera jugado.
A todo esto, se hallaba Tomás muy cerca del castillo;
sin duda reinaba con frecuencia en aquel lugar determi
nado viento, porque los árboles, todos inclinados en la
misma dirección, parecían soldados dispersos que lmian
del castillo. Ya en las inmediaciones de éste, el bosque
se hacía más espeso y complicado, y los árboles, someti
dos acaso en su juventud á la acción de un torbellino y
demasiado numerosos, se disputaban el terreno, trabados
en feroz lucha tronco á tronco, y retorciéndose los unos
en los otros : su aspecto era salvaje y formidable; tal vez
fueron así las batallas primitivas, en que dos tribus hu
manas, acosadas por el hambre, se acometían con fiereza
cuerpo á cuerpo, sin más armas que piedras, y sin otro
fin que devorarse: algunos troncos se encorvaban bajo
el peso de otros muchos : unos alzaban del suelo, entre
sus ramas vigorosas, á los árboles más débiles, desenca
jando sus raíces: otros, contrahechos y oprimidos, pare
cían condenados á desesperación eterna y silenciosa, y
que amenazaban al cielo con sus puños: otros, aniqui-
10
FERNANDEZ BEEMON.
lados y deshechos, yacían en tierra, y el conjunto de aque
lla masa de árboles era fantástico y terrible: sólo faltaba
á su siniestra majestad una corona de nubes y de rayos.
El campesino estaba pálido: después de vacilar algu
nos instantes, había decidido parar las muías y atrave
sar por entre los árboles que conducían al castillo; pero
á los primeros pasos se detuvo temblando y conmovido:
en cualquiera ocasión le hubiera causado risa el espec
táculo : en aquella tenía un carácter diabólico y abru
mador.
Un magnífico orangután le miraba fijamente á la en
trada de la senda, gesticulando y dando saltos. Tomás
notaba con espanto que el mono tenía un ojo solamente.
El carretero procuró reponerse de su emoción, y tuvo
el valor de dar algunos pasos : un áspero gruñido le hizo
volver la cabeza, y vio un cerdo que hozaba en un char
co inmediato : fijóse en él con recelo....y volviendo apre
suradamente á donde estaba la carreta, hizo sonar el lá
tigo. Las muías partieron con rapidez liácia la feria.
Aquello era demasiado: el cerdo también estaba tuerto.
A los dos ó tres minutos oyó Tomás un ruido extraño
á sus espaldas: era que el cerdo corría á tpdo escape
dando resoplidos, llevando encima al mono, que le opri
mía el lomo con deleite.
II.
El licenciado Ojeda había sido en sus buenos tiempos
famoso oculista: sus pomadas y colirios eran de tal va-
UN CHÍMEN CIENTÍFICO.
11
lor, que se falsificaban como los billetes del Banco Na
cional : liabia lieclio un estudio profundo de todas las
partes del ojo, á fuerza de quemarse las pestañas : era el
tutor de las pupilas y disipaba las nubes, para que lu
ciese sus colores el iris de los ojos: complicados, sutiles
V extraños instrumentos de su invención le permitian
internarse en el g’lobo del ojo con singular atrevimiento:
vaciaba ojos inútiles y colocaba en su lugar ojos de cris
tal, cuya mirada era irresistible: en su despacho sólo se
veian objetos relativos á su profesión, pues hasta el úni
co objeto frívolo que le adornaba, era una estatua de Ar
gos, representada con cien ojos.
Su señora, rodeada continuamente de ojos imitados y
enfermos de la vista, y no oyendo hablar en su casa sino
de cataratas y oftalmías, de la visión, de la retina y la
esclerótica, había tomado un verdadero aborrecimiento á
todo lo que se referia á la vista: más de una vez, en las
disputas conyugales que ocasionaba el fastidio, estuvo á
punto de sacar los ojos á su esposo: pero extenuada por
el aburrimiento, y no habiendo podido satisfacer en su
embarazo el antojo cruel de dejar sin vista á su marido,
falleció dando á luz una niña completamente ciega.
Ojeda recibió con tristeza aquel legado de la mala vo
luntad de su señora. Hacía un efecto desastroso oir con
frecuencia este diálogo:
—¿De quién es esa niña ciega?
— De Ojeda el oculista.
El cariño liácia la niña, el celo por su reputación mé
dica y la tenacidad científica del sabio en lucha con lo
imposible ó lo desconocido, determinaron un cambio ra-
12
FERNANDEZ BREMON.
(lical en la manera de ser del oculista. Hasta entonces,
en cada ojo enfermo que le miraba suplicante, sólo había
visto un órgano descompuesto que debía volver á su es
tado normal, una dolencia que era indispensable comba
tir. Desde entonces consideró los ojos sanos ó enfermos
de todos los seres vivientes, como objetos de estudio para
dar vista á su bija. ¡Cuántos perdieron los ojos que con
fiaban á la buena fe del oculista! El licenciado tuvo que
abandonar la población en un motín de tuertos, salván
dose con su familia, merced á la gratitud de las infinitas
personas á quienes había proporcionado colocación de
lazarillos.
Aquella contrariedad, y la convicción de que la cegue
ra de su hija era incurable, en vez de abatir al Sr. de
Ojeda, le produjeron una especie de alegría: libre de en
fermos, disponia de un tiempo sin límites para hacer ex
perimentos en toda clase de animales.
Cae de las nubes un aeronauta como llovido del cielo;
se hace añicos un sabio en una explosión de dinamita, ó
asan los salvajes á un geógrafo que excitó su apetito, y
la ciencia consigna y enaltece con justicia los nombres
de esos mártires. Pero la ciencia es ingrata, después de
ser cruel, con otros mártires subalternos : la rana des
cuartizada viva, cuyos miembros palpitantes se estudian
con deleite: el gallo, al que se corta en vida una parte
del cerebro, para hacer observaciones en los nervios, con
tribuyen con horribles sufrimientos al adelanto de las
ciencias, sin que nadie consagre una frase de gratitud á
su memoria. El licenciado Ojeda, con crueldad científica,
operaba á cuantos animales caían en sus manos; pero,.
UN CHÍMEN CIENTÍFICO.
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digámoslo en honra suya, tenía la humanitaria costum
bre de no arrancarles nada más que un ojo.
Por eso había elegido para vivir aquel castillo aisla
do, lejos de testigos importunos, y donde á nadie escan
dalizaban los quejidos desgarradores de las víctimas.
Allí liabia realizado estudios profundos y operaciones
atrevidas en los ojos palpitantes de sus perros y galli
nas : habia hecho increíbles perfeccionamientos en los
instrumentos operatorios, é inventado otros de una fi
nura extraordinaria. Sólo le faltaba ya construir un ojo
artificial que sustituyera al ojo vivo.
¿Pensaba en ello Ojeda, cuando, encerrado en una cá
mara oscura, analizaba un rayo de sol, descomponiendo
sus colores con un prisma de cristal?
Su actividad científica buscaba otra solución no me
nos importante : el oculista trataba de contestar á esta
pregunta, que se habia dirigido á sí mismo una mañana
al despertarse.
— ¿Se puede ver sin ojos?
Las dudas de los sabios, por más extrañas que parez
can, tienen siempre fundamento en que apoyarse. — Los
mudos hablan sin voz, sustituyendo la palabra con los
dedos ; — se decía. Los sordos oyen, poniendo en con
tacto su dentadura con la garganta del que habla, por
medio de un bastón. ¿No ha de tener la naturaleza un
recurso auxiliar para el sentido de la vista, que es aún
más necesario? — Y el licenciado se entregaba con pa
sión á sus experimentos, en busca de aquel doble sen
tido.
El lector recordará que uno de los criados de Ojeda
14
FERNANDEZ BREMON.
era tuerto ; pero su admiración subirá de punto cuando
sepa que también estaba en el mismo caso otro criado..
Ahora bien; ¿se habian hecho in anima vili todos los ex
perimentos en aquel castillo misterioso?
De vez en cuando el licenciado Ojeda había dirigido
sin éxito razonadas exposiciones al Gobierno, pidiendo»
la sustitución de la pena de muerte con la pérdida de lai
vista, apoyándose en el ejemplo antiguo de los godos y
en la autoridad de un novelista moderno (1 ), y compro
metiéndose á ser el ejecutor de la justicia.
La fisonomía del sabio adquiere con estas revelaciones
un carácter tétrico y sombrío. ¿Era caprichosa la elec
ción de dos criados tuertos? ¿O era vicio en Ojeda sacar
un ojo á cuantos entraban en su casa? ¿Tenía razón el
campesino que aseguraba haber oido en el castillo gritos
desgarradores de persona?
III.
— ¡Y o quiero ver! ¡yo quiero ver! y esto no sirve: no
podré nunca comprenderlo; decía una mujer colérica y
llorosa saliendo de una habitación oscura, y andando
con menos ligereza de la que sus impetuosos ademanes
prometían.
Era joven y linda, pero sus ojos inmóviles , sus bra
zos extendidos al caminar, y los tropezones que dete
nían alguna vez su marcha, demostraban que era ciega.
La irritada joven desapareció, y dos hombres se pre(1) E ugenio S u é : L os Misterios de París.
i.
UN CRIMEN CIENTÍFICO.
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sentaron en la sala; el licenciado y su criado favorito.
Era Ojeda hombre de edad madura, alto, huesudo y
amarillo; de mirada penetrante. El criado sólo tenía de
notable su manera de andar insegura y unas enormes
gafas azules que quitaban toda expresión á su fisonomía.
— Se encerrará en su cuarto mi pobre hija, dijo el li
cenciado sentándose con desaliento : Lázaro, añadió el
oculista suspirando ; ¿sabes lo que temo?
—¿Qué, señor? preguntó el criado con voz respetuosa.
— He llegado á sospechar, con verdadera desespera
ción, que no se puede ver sin ojos.
— Eso mismo he creído siempre, señor: pero como
soy un ignorante no me atrevía á manifestarlo.
— Sin embargo, repuso Ojeda con firmeza y levan
tándose : quiero convencerte de que mi sistema no es un
sueño. ¿Ves este aparato? Viene á ser una máquina fo
tográfica, en apariencia, y en este vidrio posterior, tan
sensible y delicado, se proyectan los objetos: pues bien,
yo pretendo que mi hija consiga tal finura de tacto, que
llegue á percibir con las puntas de los dedos los objetos
proyectados en el cristal.
— Señor: yo he sido ciego, y puedo asegurar á usted
que esa finura de tacto que se les supone, no es exacta;
ya sabe V. que leen en libros cuyas letras son de relieve:
pues bien, en vez de ganar en delicadeza de tacto con el
ejercicio, pierden la sensibilidad y no pueden leer á los
veinte años, los que leían de corrido á los catorce (1).
(1) Esto mismo he oido decir á un ilustrado profesor de la Es
cuela Nacional de Sordo-mudos.
JO
FERNANDEZ BREMON.
— No te fijas, Lázaro, en que les dedican á trabajos
que encallecen sus dedos: ademas, las ciegas tienea el
tacto más sutil que los hombres : y si es necesario, levantaré la piel de sus dedos, para que se produzcan las
sensaciones con la viveza y claridad con que las percibe
la punta de la lengua.
Lázaro, como profesaba una extraña admiración á
su amo, estaba predispuesto á creer en el sistema.
A
— Señor, dijo con respeto, quiero aprender á ver en
esa máquina.
— Primero necesito convencerte. Has de saber que,
según lo? físicos modernos, el calor y la luz no son sino
movimiento. El calor lo percibimos con el tacto: si la
luz se trasmite como el calor, con el tacto debe perci
birse. Ahora bien, ¿qué son los colores? proseguíaOjeda
estirando su cuerpo con entusiasmo: el rayo de luz des
compuesto en un prisma de cristal, produce los siete
matices que
mos en el arco iris: los colores son, por lo
tanto, movimiento: los físicos saben perfectamente que
el color rojo equivale al menor número de vibraciones, y
el morado al mayor número.
— Basta, señor, me he convencido; dijo el crii
^
fundido con aquellas palabras, que en realidad no comprendia.
, •».
— Sin embargo, amigo Lázaro, no me había e x ]1’’
cado todavía. Pero desde mañana colocarás tu leu
bajo la acción del rayo morado: es la primera letr
mi alfabeto: cuando la sientas y distingas, pasar
azul oscuro, y cuando ya percibas el rojo, diferente,
en el cristal todos los objetos por la diversidad t’
UN CRÍMEN CIENTÍFICO.
17
colores. Entonces convencerás á mi pobre hija, que se
empeña en no aprender.
— ¿Será posible esa invención? dijo el criado con es
panto.
— La invención estaba hecha, repuso Ojeda con tono
grave: en ese periódico se cuenta el caso sorprendente (1)
de una señorita que, habiendo quedado ciega, distinguía
unos de otros los colores del espectro solar que caían en
sus manos: leia en un libro con sólo tocar un lente co
locado á poca distancia de las letras, y aplicando los
dedos á las vidrieras, nombraba con notable exactitud
todo cuanto pasaba por la calle. Miss Evoy \Tfua con la
punta de los dedos.
Lázaro, maravillado, miraba á su amo con venera
ción-.
— ¿Por qué llevas esos anteojos? dijo éste después de
haberse recreado en la admiración que producía.
— Señor, por ahorrar la vista, contestó Lázaro hu
mildemente; quiero conservar mi único ojo.
— Lo que haces es irritarle.
Lázaro se quitó con prontitud las gafas azules y lució
un ojo brillante y de un color extraordinario.
— ¿ Qué hace Antón ? preguntó el licenciado.
— Lo de siempre: ya sabe V. que tiene el vicio de
(1) E l Español Constitucional, Londres, 1818; t. i, número l.°
Es nn extracto de una obra del doctor T. Renwiclc, titulada : R e
lación del caso de miss Margarita M. Evoy y de algunos experi
mentos ópticos que acerca de él se hicieron. El Reverendo P. T. Glover practicó las pruebas más curiosas, entre ellas , las que se citan
en el texto.
2
18
FERNANDEZ BREMON.
mirar: no se cansa de estar viendo: dice que sólo se goza
en este mundo con la vista.
— Mi hija está en el jardín rodeada del mono del
cerdo y de todas las gallinas, dijo el licenciado, qie se
había asomado á la ventana: bajo á ver si se encuentra
más tranquila.
— Mi padre se acerca, decía poco- después la jó/en;
los animales me lo indican.
En efecto, al aparecer Ojeda, el mono, el cerdo t las
gallinas se habían declarado en fuga, llenos de terrcr.
IV.
Lázaro había ¿ido ciego, y tenía grandes motiv<s de
gratitud liácia su amo.
Una tarde rascaba inútilmente la vihuela en un ca
mino, entonando sus mejores coplas sin recoger uní li
mosna, cuando se detuvo á su lado un transeúnte.
— Santa Lucía le conserve la vista, dijo el cieg< en
tonando con voz ronca la oración de la santa.
— Tú no eres ciego de nacimiento, exclamó una voz
desconocida.
— No, señor, contestó Lázaro.
— ¿Quiéres recobrar la vista?
El ciego se levantó con ligereza, y buscando' á tientas ,
al que hablaba, le dijo con acento lastimero:
— ¡Oh, señor! ¿se quiere Y. burlar de mi desgracia?
Pero la voz de Y. es grave... No creo que se divierta us
ted en darme esperanzas vanamente.
UN CRÍMEN CIENTÍFICO.
19
El desconocido guió al ciego, y media hora después le
hablaba de este modo dentro de una casa.
— La operación es dolorosa, pero respondo del buen
éxito. El mono está sujeto: le extraigo el ojo en un ins
tante, después de haber vaciado la órbita del tuyo, en la
cual coloco el globo del ojo del orangután, cubriéndolo
después con mi aparato, para que su temperatura no se
altere: los nervios cortados tienen la propiedad de unirse
en pocos dias cuando se ponen en contacto: de modo,
que si tu nervio óptico se une al del mono, tendrás un
aparato para ver, sano y servible.
— ¿Y si no se uniera?
—Todo consiste en la prontitud de la operación y confío
en mi destreza; todos los animales de mi casa ven con un
ojo que no es suyo : lo estoy ensayando hace diez años.
— ¡Ah, señor! decía Lázaro; pero ha ensayado V. en
las bestias solamente.
— No lo creas: mi criado Antón era ciego hace tres
meses, y le coloqué un ojo quitándoselo al cerdo.
— ¿Y ve bien ese hombre?
— Demasiado: era ciego de nacimiento, y al recibir la
impresión de la luz por primera vez, estuvo á punto de
volverse loco: al principio se quejaba de calor dentro
del cerebro; después creía estar dormido ; trataba de coJer las estrellas, como si estuvieran al alcance de su
mano, y saludaba á los retratos y á las sombras : trope
zaba en las paredes, creyéndolas lejanas , y por último,
lleno de dudas, y no acertando á explicarse tanta cosa
incomprensible, está como alelado y no me sirve para
nada.
20
FERNANDEZ BREMON.
— Jamas había oído hablar de que los ojos se opera
sen de ese modo.
— Hoy la cirujía hace prodigios: pone narices nue
vas : vácia el cuerpo de sangre, y le vuelve á llenar,
como quien trasiega vino en una cuba: yo ingerto ojos:
es una operación sencilla que no tiene importancia.
Esta breve explicación demuestra el por qué Lázaro
y Antón y los demas séres vivientes del castillo estaban
tuertos.
— ¿Qué tal es el ojo que te be puesto? decía alguna
vez que otra el licenciado á Lázaro, que se miraba con
placer al espejo.
— Excelente, señor, no lo cambiaría por dos ojos de
persona.
— ¿Tan claro es y tan bueno?
— Parece un anteojo de teatro.
Y.
Cuando el licenciado se acercó á su bija, después de la
buida de los animales , el semblante de aquélla demos
tró visiblemente su disgusto. En vano suavizaba Ojeda
la voz, prodigándola caricias: la niña mimada sufría
una gran contrariedad, y no estaba dispuesta á perdo
narle.
— Soy ciega por tu culpa, decía sollozando : aquella
máquina inútil no me produce sensaciones ni me explica
los colores. El pobre Antón, siendo tan torpe, me lia
UN CRÍMEN CIENTÍFICO.
91
<SJ 1
hecho entender lo que es la vista, porque, como yo, ha
bía sido siempre ciego.
— ¿Y qué te ha dicho?...
— Me ha contado las maravillas de ese mundo que
no veo : en el que se tienen al lado y á un mismo tiempo,
infinitos objetos que no pueden tocarse, porque están
fuera del alcance de las manos : en el que se sabe cuándo
se acercan las personas, mucho ántes de que lleguen sin
ruido: me ha dicho, en fin, lo que son la luz y los co
lores ; sus palabras rudas me han explicado lo que no
me enseña la máquina de V. ni sus lecciones.
— Eh, ¿cómo te ha dicho ese idiota?...
— Señorita Aurora, me dijo ; ademas del dolor, cuan
do recibe Y . un golpe en los ojos, ¿qué siente Y .? — No
puedo explicarlo, contesté; pero lo que siento me causa
un placer muy distinto, y parecido, sin embargo, al de
la música.— Así son los colores. ¿No sueña Y . con eso
algunas veces?— S í; pero entonces la sensación es más
fuerte y el despertar sumamente triste.— Pues bien,
cuando se deja de ser ciego, lo que se ha soñado no es
tan hermoso como lo que se siente estando despierto.
Yer es tocar suavemente con los ojos todo lo que está
léjos y cerca; es abrazar á un tiempo los objetos más
grandes y más chicos, y saber lo que son en un instan
te, sin necesidad de palparlos uno á uno, ni de acercarse
á donde están. Es andar leguas y leguas repentinamente
sin moverse de un lugar y sin trabajo. ¡Oh! Diga Y. á
mi amo que le dé vista, como me la dió á mí y á Láza
r o ; ver es una alegría continua, y preferiría morirme á
quedar ciego otra vez.
22
FERNANDEZ BREMON.
Ojeda escuchaba con atención y parecía muy contra
riado.
—Hija, dijo por fin, no me atrevo á concederte lo
que pides. Tendrías que sufrir mucho...
—No me amedrentan los dolores... si he de ver.
— ¡Imposible, imposible! añadió el licenciado; hay
muchos inconvenientes.
—Pues bien, respondió Aurora llorando; los ciegos sólo
ven la luz cuando se mueren, y yo he de ver muy pronto.
—Aurora se alejó rápidamente ; pero su padre la de
tuvo.
— ¡Oh! No me quiere Y... exclamó con ese acento de
las niñas consentidas, irresistible para los padres com
placientes.
El licenciado enjugó las lágrimas de Aurora, y pro
metió, temblando, lo que su hija le exigía.
—El caso es, decía poco después Ojeda á Lázaro,
que no me atrevo á cumplir lo prometido: es una ope
ración delicada y dolorosa, que se puede hacer á un ex
traño ó á un amigo; pero se trata de una hija. Ademas,
no sé de donde sacar el ojo que hace falta.
— Señor, observó Lázaro, yo había pensado pedir
para mí el otro ojo del mono; pero la señorita Aurora
debe ser ántes que nadie.
—Escucha, Lázaro, mi hija es joven y hermosa: en
su cara no se puede colocar nada ridículo...
—¿Ridículo?... Señor, ¿mi ojo es ridículo?
—En tu cara sienta bien... pero para dar vista á
mi hija es necesario un ojo hermoso de persona. ¿ Crees
que puedo encontrarlo fácilmente?
UN CRIMEN CIENTÍFICO.
23
—Es imposible, me parece.
— ;Y si no lo encuentro, pierdo á mi hija!...
Lázaro se afligió en extremo al contemplar la deses
peración de su señor.
— Señor, le dijo con dulzura, dicen que en defensa
propia ó de los hijos todo es permitido...
— Lázaro, me estás incitando á un crimen, contestó
Ojeda apretando la mano con efusión á su criado.
— Pues bien, repuso éste con decisión, le comete
remos.
—Ademas, añadió el oculista, no se trata de dejar á
nadie ciego, sino de un reparto equitativo de ojos entre
uno que tenga dos y otra que no tiene ninguno.
Y el amo y el criado pasaron juntos la tarde hacién
dose confidencias en voz baja.
Á la noche siguiente ocurrió en el castillo un suceso
inusitado: en el macizo y enmohecido llamador reso
nó un débil y extraño aldabonazo.
— Señor, dijo Antón entrando al poco rato en el cuar
to de su amo, que conversaba con Lázaro: un hombre
extraviado pide que le permitan pasar la noche en el
castillo.
—¿Qué trazas tiene el forastero? preguntó Ojeda.
— Sólo he reparado que tiene dos ojos como usted,
pero muy grandes y muy negros.
— Que entre, que entre al instante; dijo el licenciado.
Y Ojeda y Lázaro cambiaron entre sí dos miradas
alegres y diabólicas.
24
FERNANDEZ BREMON.
V I.
El hombre que había llamado á la puerta del castillo
era Tomás.
Vendido el trigo en la feria, se disponía á regresar al
pueblo por la carretera, cuando un amigo le llamó des
de su casa: entró en ella Tomás y vió que las personas
allí reunidas eran jugadores.— Te he llamado por si que
rías divertirte, dijo el conocido estrechándole la mano.
Por desgracia, habían trascurrido dos dias desde
el encuentro de los tuertos: para mayor fatalidad, una
mariposa blanca revoloteaba en torno de Tomás en aquel
momento: los consejos de Lucía estaban aún recientes:
pero Lucía había condenado el juego en cuanto podía
ser causa de su ruina, y la mariposa blanca era un pre
sagio evidente de ganancia.
Tomás se decidió á exponer unas monedas: después
sacó algunas otras para recuperar las ya perdidas: cuan
do se hubo quedado sin dinero, reflexionó que no podía
volver de aquel modo á su casa: afortunadamente le
quedaban el carro y su ganado, y podía desquitarse dan
do tres golpes á una m uía; itero como perdió cuatro
cartas seguidas, se quedó dueño del carro únicamente.
No era decente que Tomás volviera al pueblo arruinado
y tirando de la carreta : ésta siguió el mismo camino que
las muías.
El desgraciado jugador salió de la casa aturdido y
desencajado. Las protestas hechas á su mujer, las lágri-
UN CRÍMEN CIENTÍFICO.
¿O
mas de Lucía y lo completo de su ruina; el porvenir, el
presente y el pasado producían en su imaginación un
efecto semejante al del capítulo más lúgubre de la más
triste novela.
Buscó en el campo un sitio solitario, y lloró y meditó
por espacio de mucho tiem po: cuando se convenció de
que no podía presentarse ante su mujer en aquel estado,
y de que no tenía á quién recurrir en este mundo, la
desesperación le hizo adoptar un partido extraño.
— El dueño del castillo es un hombre rico, pensó en
un instante lúcido: tengo mis sospechas de que se dedi
ca á la brujería, y aunque no creo en brujas, ahora son
éstas mi única esperanza. La verdad es que allí sucede
algo extraordinario. Necesito ver á ese hombre y pedirle
su protección y sus consejos.
Tomás, desesperado, entró resueltamente por el ata
jo , decidido á intentar aquella vaga probabilidad de re
medio que, en su mísera situación, era al fin una espe
cie de consuelo.
Tres dias después se notaba en el pueblo una agitación
extraordinaria; el alcalde, conmovido por los lamentos
de Lucía, había hecho correr al tio Esqueleto en todas
direcciones, y averiguar el paradero de Tomás, dando
parte á las autoridades de los pueblos inmediatos, cuan
do entraron en la casa consistorial el tio Matalobos y su
nieto llevando la cabeza y la piel de algunas zorras.
— Preséntelas Y. mañana á la hora de sesión, dijo el
alcalde, y se le abonará su importe; ahora estoy muy
ocupado con el asunto de Tomás.
26
FERNANDEZ BREMON.
—Es el caso, insistió el viejo, que la cabeza de estos
animales tienen que ver con el asunto.
—¿Sabe Y. algo?—dijo el alcalde con interes.
—Tengo la convicción de que se lia cometido un cri
men en el castillo.
— Hable Y., hable Y., que escucho su declaración
como autoridad.
El tio Matalabos declaró que, presumiendo que en las
inmediaciones del castillo debían rondar algunas zorras
su gallinero aislado y abundante, decidió colocar tram
pas en ciertos sitios fragosos de la selva para recibir los
premios que concede la ley á los cazadores de alimañas.
Y que, hallándose en el puesto más próximo á la finca,
oyó de repente gritos dolorosos de mujer; asustado y
tembloroso, quedó inmóvil algún tiempo, y entonces
sonaron otros dos gritos que partían asimismo del cas
tillo, pero en los cuales juraría haber reconocido el acen
to de Tomás. Aquel descubrimiento le hizo abandonar
el puesto y correr al de su nieto, el cual nada había oido
desde el suyo; que, acompañado del mozo, volvieron á
aproximarse, oyendo otra vez gritos de mujer única
mente, los cuales cesaron para no volver á repetirse.
El alcalde le hizo prometer el mayor secreto, y em
pezó la instrucción de la sumaria.
—Pero ¿qué interes puede tener un hombre rico en
asesinar á quien ha perdido hasta los ojos, decía el al
calde al tio Matalobos?
— ¡Quiénsabe! respondió éste gravemente. Dicen que
hay médicos tan curiosos que abren á las gentes por ver
lo que tienen dentro de su cuerpo.
UN CRÍMEN CIENTÍFICO.
Entre tanto, la mujer de Tomás, después de haber
recorido todo el pueblo, pidiendo inútilmente noticias
de su marido., rezaba fervorosamente ante la imágen de
su patrona Santa Lucía, abogada de los ojos.
SEGUNDA PARTE.
I.
Del núm. 7.000 de La Correspondencia de España
trascribimos el siguiente suelto :
«En la aldea de X se lia cometido un crimen espan
toso : el juzgado de primera instancia del partido, con
una actividad que le honra, teniendo fundadas presun
ciones de que un labrador llamado Tomás había sido
asesinado en una finca situada en medio de un bosque,
se personó en la casa sospechosa.
» La viuda del labrador, no obstante las precauciones
tomadas para ocultarle la desgracia, hubo de sospechar
lo, y sus lamentos y desolación conmovieron de tal modo
á los vecinos, que éstos, indignados, cercaron el edificio
donde se practicábanlas diligencias judiciales, pidiendo
á voces la cabeza del criminal. La Guardia civil, con su
enérgica y persuasiva actitud restableció el orden, im
pidiendo que la casa fuera atropellada.
»El registro practicado en la finca dió por resultado
28
FERNANDEZ BREMON.
el hallazgo del carro y las muías pertenecientes á la víc
tima. En una de las habitaciones superiores yacía en el
lecho, ensangrentada, una mujer joven, cubierta con
una especie de máscara de hierro; y en uno de los gabi
netes inmediatos se descubrieron innumerables instru
mentos de formas extrañas y uso desconocido; algunos
parecidos á ganzúas.
»El asesino es un médico retirado, de antecedentes
muy equívocos, llamado Ojeda. Para que el hecho revis
ta un carácter más sombrío, añadiremos que en el cas
tillo, pues el crimen se ha efectuado en un edificio anti
guo, uno de los aposentos está completamente enluta
do, y se presume que allí se verificó el asesinato, y aca
so algunos anteriores. Se espera encontrar en breve el
cadáver de Tomás.
»Uno de los cómplices de Ojeda, cuyo nombre es Lá
zaro, ha desaparecido. El móvil del asesinato se cree
haya sido puramente científico. Todos los animales de la
finca están horriblemente mutilados. Se asegura que el
licenciado Ojeda tenía una manía sanguinaria: coleccio
naba ojos de personas y animales.
»Tendremos al corriente á nuestros lectores de este
drama conmovedor é interesante.»
Oigamos á E l Imparcial del dia siguiente :
«La hora avanzada á que ayer recibimos el correo
nos impidió dar la noticia del crimen, célebre ya, que
ha producido en Madrid tan honda sensación. No nos
atreveremos á hacer las terminantes afirmaciones que,
con su acostumbrada ligereza, se permite un periódico
puramente noticiero. Nuestros datos son ménos nove-
UN CRIMEN CIENTÍFICO.
29
lescos, pero más completos y seguros. En primer lugar,
parece que el hallazgo del carro y de las muías resulta
explicado de un modo natural, por ser público que To
más los liabia perdido en el juego dias ántes, habiéndo
los adquirido, ya de segunda mano, un criado de Ojeda.
Respecto á la joven de la máscara de hierro, se nos dice
ser la propia hija del médico, ciega de nacimiento, que
acababa de sufrir una dolorosa operación, á la cual de
berá acaso la vista. Los ojos que han parecido á ese pe
riódico una sangrienta colección, constituyen, por el
contrario, un museo oftálmico muy interesante; y el
aposento enlutado no es sino una cámara oscura desti
nada á experimentos relativos á la luz.
»Respetando el secreto del sumario, por hoy no somos
más explícitos.»
La Correspondencia, núm. 7.007:
«Un sentimiento de prudencia, y la convicción de que
pronto podríamos revelar el verdadero estado de las di
ligencias judiciales, nos hizo dar conocimiento al públi
co del crimen X, tal como lo referia la voz popular, no
como constaba del sumario. Un periódico, que dice res
petar el secreto de las actuaciones, ha publicado hechos
que no creíamos conveniente dar á luz todavía : los lec
tores juzgarán quién ha tenido más prudencia.
»Por lo demas, no sólo nos constaban los hechos que
ha divulgado ese periódico, sino también otros muy inte
resantes. La situación de la hija del Sr. Ojeda es tan de
licada, el aparato requiere una asistencia tan constante,
nueva é ingeniosa, que los médicos forenses se han opues
to á que el acusado salga del castillo, donde permanece
30
FERNANDEZ BREMON.
preso en tres habitaciones debidamente custodiadas; sin
embargo, ya no está incomunicado, y se permite la en
trada al orangután, que hace frecuentes y cariñosas visi
tas á su ama.
»Se cree que el cadáver de Tomás no se encuentre en
el castillo, porque debe estar vivo el dueño del cadáver.
»E l licenciado explica satisfactoriamente la mutila
ción de los animales y el uso de los instrumentos ; los
médicos reconocen su profunda habilidad, y en cuanto á
las demas declaraciones, exceptuando una, vaga y pro
blemática, todas las demas favorecen al dueño del casti
llo. El juzgado, los médicos, el alcalde, la Guardia civil,
nuestro corresponsal y los vecinos, todos rivalizan en ce
lo para el esclarecimiento de la verdad, y se distinguen
especialmente todos ellos.»
La polémica de ambos periódicos dura algunos dias
tomando sério aspecto: el crimen de X . amenaza tener
en Madrid repercusiones.
Por fin, suceden á la polémica los hechos : un telégrama de E l Imparcial agrava la situación del acusado, y
luego se insertan en el órden siguiente los telégramas.
E l Imparcial.
«Declara Antón, criado de Ojeda, haber abierto á To
más la puerta del castillo. Vigilancia redoblada.»
La Correspondencia.
«Criado Antón, sospechoso de idiotismo. Ojeda muy
sereno.»
E l Imparcial.
«Gabinete de Ojeda, hallado en alcohol un ojo huma
no, fresco todavía.»
UN CRÍMEN CIENTÍFICO.
31
L<a Correspondencia.
«Ojo encontrado en alcohol era de mono. Descubri
miento horrible. Camisa ensangrentada con iniciales de
la victima.»
A los pocos dias E l G lobo triplica su tirada, publi
cando el retrato del licenciado Ojeda, con los datos bio
gráficos del célebre oculista, y el catálogo de su Museo.
En vista de aquel éxito, el propietario del periódico tie
ne que refugiarse en lo más puro de su alma, para no
desear que los crímenes se repitan.
Fija la curiosidad pública en el crimen, desaparece en
aquellos dias un banquero, sin que se hagan cargo de ello
sus numerosos acreedores : el Gobierno decreta un nuevo
impuesto sin que lo noten los contribuyentes: se fragua,
estalla y vence una conspiración sin que el Gobierno se
aperciba.
Quince dias después nadie se acuerda del crimen, y á
nadie le importa el estado de la causa.
II.
La situación del licenciado era apuradísima. Brotaban
pruebas del crimen en todos los rincones de su casa.
Sólo me falta que el mono rompa á hablar y me
delate, se decía.
¿Había sido Tomás asesinado? Volvamos háeia atras
nuestra mirada.
La noche en que Tomás llamó á la puerta del castillo,
32
FERNANDEZ BREMON.
al entrar en el despacho, aunque se le recibió perfecta
mente y se le dió muy buena cena, estaba acordado que,
muerto ó vivo, saldría tuerto de la casa. En la me¿ i los
hombres se hacen expansivos y se entienden. Tomás, dt
confianza en confianza, contó su gran apuro al ocu.ista
concluyendo la narración con esta frase.
— No sé que hacer; pero por recuperar lo que he per
dido, daría un ojo de la cara.
— Le tomo á Y. la palabra, dijo el oculista, y cierr*
el trato.
Mediaron, como era natural, las explicaciones consguientes: al principio costó mucho trabajo convencerá
Tomás de que no se hablaba en broma. Después regaté
el ojo, y por fin quedó ajustado ; los campesinos son de¡confiados en negocios, y sólo consintió en la operacitn
cuando vió entrar en el castillo su carro y las mulss,
base del contrato, y recibió en dinero el cuádruplo cel
trigo.
— Pero ¿cómo me presento en mi casa con un ojo solímente? exclamó el campesino.
Ojeda abrió un escaparate y le enseñó una coleccbn
de ojos de cristal, cuyo brillo seductor debía fascina' á
las mujeres.
Tomás eligió el más grande y el más negro. Los ;uvos propios, al lado de aquel ojo tan perfecto, parecan
imitados.
Por desgracia, al verificar la operación, preocúpalo
exclusivamente Ojeda por su hija, descuidó de tal malo
al otro enfermo, que cuando quiso acudir en auxilie de
éste, su cara inflamada presentaba horrible aspecto. 3n-
*
33
UN CHÍMEN CIENTÍFICO.
tornees envió á Lázaro al bosque á buscar algunas hierbas.
Tomás les había referido las desconfianzas del alcalde.
Láízaio tardó mucho, y cuando volvió del bosque estaba
pádido y aterrado. Su oido finísimo le hizo comprender
quie liabia gente en las cercanías, y arrastrándose sigilo
so,, liabia oido decir al tio Matalobos :
— Era la voz de Tomás: no tengo duda: será pre
cisó dar parte á la justicia.
El enfermo liabia sido colocado en un lecho limpio,
hilando y confortable; pero no podía continuar en el castilllo sin que se descubriese la horrible compra, la operaciom criminal que liabia consumado el oculista: ademas
su estado era gravísimo: al llegar la justicia se podía
enicontrar con un cadáver.
Aquella misma noche Antón y Lázaro, con teas encemdidas para espantar á los lobos, trasladaron los útiles
y ''víveres necesarios á una cueva medio oculta entre unos
trconcos,,en lo más salvaje de la selva: la naturaleza liabúa rodeado aquel asilo de una fortificación inexpugnabhe. Interceptando la senda con un tronco, el hacha del
hoimbre necesitaba años enteros para llegar hasta la
cuieva.
Cuando Lázaro se despidió de su amo, éste le dijo:
—No tengas recelo po* m í; cuida al enfermo; y si se
cuira, ponle su ojo de cristal, y que se presente en la alieia sin pérdida de tiempo: si muere, entiérrale muy honiO», y tú véte muy léjos.
El licenciado desesperaba de que Tomás apareciese.
Hiabian pasado cerca de dos meses.
—Su estado era muy grave, y habrá muerto, se decía.
3
34
FERNANDEZ BREMON.
*
Ademas pueden haberles faltado víveres, y no atreverse
á salir por miedo de los lobos. ¡ Quién sabe! Hasta se le
puede haber comido Lázaro.
III.
Antón no había sido traidor á su am o; antes al con
trario, le había perjudicado queriendo sacrificarse en su
defensa. Cuando se descubrió la camisa ensangrentada,
único vestigio del campesino olvidado en la turbación de
la mudanza, Antón creyó asumir toda la culpabilidad en
su persona, exclamando con bárbara nobleza:
— Yo fui quien abrió á Tomás la puerta del castillo.
Pero cuando comprendió que había cometido un des
acierto, enmudeció llorando amargamente. Su ojo inmó
vil y extravagante, que apénas cabia dentro de su órbita,
hinchado aún más por el llanto, lanzaba estúpidas mira
das, Los médicos le habían concedido el precioso diplo
ma de idiota, que hace al hombre irresponsable.
Su amo le comprendía y perdonaba.
En tanto, la curación de Aurora estaba para termi
narse ; desde los primeros dias pudo observar el oculista
que el ojo de Tomás habia prendido : una semana ántes
del hecho que refiero, habia colocado en el aparato un
vidrio verde sumamente grueso, que condujera al ojo,
muy debilitada, la media luz de la alcoba de su hija. La
sensación fué, sin embargo, extremadamente viva, pro
duciendo el efecto de una quemadura. Después, aquel
dolor se convirtió en placer, que se renovaba, con infini-
UN CRÍMEN CIENTÍFICO.
35
ta sorpresa, cada vez que Ojeda cambiaba el color de los
cristales.
Cuando su padre colocó el cristal azul oscuro en el
aparato, dijo Aurora.
— ¡Es extraño! Este color le lie soñado muchas veces
sin saber lo que soñaba.
— ¿Cuál de todos los colores te es más grato? pregun
ta Ojeda.
— El verde: el que me dio la primera idea de la luz:
el que me causó tanto dolor el primer dia. Ahora sólo
me falta conocer el color blanco: ¿se parece á alguno de
estos?
— Está formado de todos y no es semejante á ningu
no : sin embargo, espero que ha de sorprenderte, pero no
te conviene verlo todavía.
Aurora estaba impaciente por distinguir algún objeto,
para explicarse la relación de la luz con los sonidos:
cuando salió su padre de la alcoba, el orangután, que
siempre se alejaba de su amo, entró en la alcoba de la
enferma, y, suspendiéndose de la cama, produjo un ruido
acompasado y extraño en su columpio.
¿Qué ruido era aquel? Nadie contestaba, y la curiosi
dad de Aurora iba en aumento.
—¿Será verdad que los ojos dan idea ó auxilian la
percepción de los sonidos? se decía: y luchando entre la
impaciencia y el temor, venció al fin la primera.
—Quiero ver el mundo : exclamó por fin, y desprendió
de su rostro el aparato, quedando deslumbrada. Un cáos
de colores confundidos é hiriendo á la vez su vista, le
dieron la primera idea visual del movimiento. Cuando
36
FERNANDEZ BREMON.
los colores se fueron separando, y distinguió los objetos
y las sombras con su armonía y claro oscuro, y exten
diendo la mano hacia ellos, comprendió lo que era la dis
tancia, una expansión de gozo dilató su corazón, y llena
de alegría prorumpió en gritos infantiles.
— ¡Padre, padre ya veo!
El mono, impresionado con la alegría de su ama, dejó
la colgadura, y se presentó ante Aurora lleno de curiosi
dad: y la niña, que no habia visto jamás un sér huma
no, por una lamentable confusión, cayó á los pies del
orangután exclamando.
¡Padre mió!
IY .
Llegó por fin el dia de la vista de la causa : la cabeza
de partido distaba una media legua de la aldea, cuyos
habitantes habian abandonado sus casas para asistir á
aquel acto interesante. La sala estaba llena de gente y
el patio del juzgado: el maestro de escuela, que era de
los que se quedaban en el patio, lamentaba que no se
verificasen los juicios en la plaza pública como en los
tiempos clásicos, lo cual hubiera permitido á todos dis
frutar del espectáculo.
Aurora, que era ya una tuerta muy graciosa, se habia
obstinado en no abandonar á su padre, y estaba junto al
acusado sentada en una silla. La viuda de Tomás, páli
da y enlutada, presenciaba también la imponente cere
monia, sin apartar la vista de Aurora, que más parecía
atender á los variados rostros de los concurrentes, á las
UN CRIMEN CIENTÍFICO.
37
oindulaciones de la multitud y á los accidentes exteriores,
qiue á la lectura del proceso.
El oculista estaba inquieto, y el monótono relato de
lai causa le sonaba como un rezo de agonía.
La voz acompasada y cadenciosa del lector, las formu
láis y digresiones judiciales y lo voluminoso del legajo,
miartirizaban á los espectadores, que, viendo volver fo
líeos y folios sin esperanza de que aquello concluyese, cerraiban los párpados con resignación como si aguardasen
dtormidos la sentencia.
Un suceso inesperado trocó el silencio en verdadera
cconfusion y los ronquidos en exclamaciones de sorpresa.
— ¡Se ha vuelto loca! decían unos.
— ¡Pobre mujer, cuánto le quería! exclamaban otros.
— No se lia visto una causa tan extraña, anadian los
cuiriales.
El juez daba campanillazos inútiles para restablecer
elL orden, consiguiéndolo únicamente cuando salieron de
lai sala la hija del médico y la viuda de la víctima, y
ciuando el público se cansó de hacer ruido.
El incidente había sido rápido ; un acceso momentámeo de locura: una alucinación extraña de Lucía, la cual
neo liabia apartado un solo instante su vista de Aurora,
y que de repente, nerviosa y sollozando, se levantó de
siu asiento, y dirigiéndose á la hija de Ojeda, gritó con
vcoz desgarradora:
— ¡Infame! ¡infame ! Ese ojo negro que luces fué de
mii marido: reconozco su brillo y su mirada.
Ojeda veia su secreto cada vez más público: se habían
registrado los rincones de su casa: el fiscal iba de un
38
FERNANDEZ BREMON.
momento á otro á iluminar con gas lo más oscuro de sü
alma, para ofrecer su conciencia en espectáculo.
Desde que el ministerio público empezó la acusación,
el oculista no podía reposar sobre su asiento: vibraban
sus nervios como cuerdas de guitarra: sus dedos se mo
vían convulsos como la sacra mano del médium, cuando
sirve de amanuense á un espíritu elevado. E l tormento
era intolerable, pero subió de punto cuando el fiscal ex
haló de sus labios este trozo de elocuencia :
«¿ Esperarémos para condenar á Ojeda á que se en
cuentre el cadáver de la víctima ? No cometerá el asesi
no la torpeza de abrirnos su sepulcro: en vano buscare
mos éste en la fragosidad de aquel bosque intrincado,
elegido hábilmente para cementerio: el cadáver está pu
driéndose en aquel laberinto de troncos: acaso cada tron
co es una lápida: jamas la justicia podrá desenterrar
aquellos huesos para unirlos á la causa.
» Pero ¿acaso necesitamos el cadáver? ¿No tenemos
su mortaja? ¿ Qué otra significación tiene la camisa en
sangrentada, con las iniciales marcadas por la viuda de
Tomás? ¿No hemos encontrado un ojo humano, reliquia
de la víctima, que los médicos afirman se arrancó recien
temente? ¿Qué, señores, no es nada lo del ojo? Pues ese
ojo nos pide justicia suplicante : ese ojo prueba el asesi
nato ante los ojos de la ley. »
Los pocos cabellos de Ojeda estaban erizados: el ocu
lista no pudo resistir m ás, y pidió la suspensión de la
vista para hacer revelaciones importantes.
Había tenido una idea luminosa : acusar á Lázaro 3
denunciar á la justicia su escondite.
UN CHÍMEN CIENTÍFICO.
39
— Así sabré á lo ménos, se decía, si están vivos ó
muertos.
—No conozco á Tomás, declaraba Ojeda, y copiaba el
escribano, pero Lázaro me parece persona sospechosa:
creo que el verme hacer experimentos en algunos ani
males, le haya decidido á experimentar por su cuenta en
algún viajero extraviado. Tiene costumbres silvestres, y
me hablaba á menudo de esa cueva.
Y.
Lázaro, entre tanto, se bailaba en una situación deses
perada.
Después de haber asistido y salvado de la muerte á
Tomás, á fuerza de constancia, de sobriedad y de traba
jo y en medio de grandes recaídas, acababa de perder en
un instante el fruto de tan ímprobas tareas. Aquel mis
mo dia le liabia dado de alta, completamente sano, des
pués de haberle probado el ojo de cristal.
— ¡Maldito sea el juego ! había dicho Tomás al colo
cárselo.
—Bien puedes estar arrepentido de ese vicio, respon
dió Lázaro: la vista no se paga con dinero. No se de
be cambiar un ojo aunque le diesen á uno cuatro
piernas.
—í Qué dirá mi mujer al verme tuerto!
—Se alegrará probablemente.
—¡Eh!
—El ojo nuevo te sienta mejor que el tuyo propio.
Lázaro estaba impaciente por tener noticias de su amo:
FERNANDEZ BREMON.
40
algo grave ocurría cuando le había reducido á alimen
tarse de la pesca y de modestas ensaladas ; así es que se
impacientaba de la tardanza de Tomás, que había salido
á recoger berros en las orillas de un arroyo. Pasaron al
gunas horas de verdadera angustia: la noche se acerca
ba: el bosque se hacía peligroso á tales horas, y deter
minó salir en busca de su amigo.
Tomás habia reflexionado que un plato de berros no
era un almuerzo fuerte para dos hombres robustos que
iban de viaje, y pensó acercarse al castillo, por si tenía
ocasión en sus inmediaciones de retorcer el pescuezo á
una gallina, las que solian alejarse demasiado. Pero vol
viendo al cabo de un rato la cabeza, notó que un lobo le
seguía: chocóle y púsole en cuidado aquel atrevimiento,
y se detuvo: el animal le miraba con descaro y detras de
él caminan varios lobos. Tomás tuvo tiempo para atrin
cherarse en unos árboles espesos: los lobos avanzaron, y
sólo halló el recurso de blandir una rama nudosa y pesada; pero comprendiendo que la lucha era desigual, se
encomendó á Dios para morir como cristiano. El juego
le habia costado un ojo : la gula le costaba todo el resto
de su cuerpo.
Lázaro, después de haberle llamado inútilmente y re
corrido los sitios que de ordinario frecuentaba, se detu
vo lleno de horror ante un charco de sangre: siguió conmovido aquella huella, y las últimas luces del crepúscu
lo le permitieron ver un cuadro desgarrador y lamen
table.
Un cráneo y los restos más visibles de una osamenta
humana, pelados y roidos, yacían en desorden por el
V
I
UN CRIMEN CIENTÍFICO.
41
ssuelo. Del hombre vigoroso y lleno de vida poco antes,
dle su compañero Tomás, sólo quedaban aquellos despo
jaos miserables: Lázaro derramó copioso llanto, y empe
z ó á rendir á su amigo el último tributo. ¿ Qué podía hacier ya en su obsequio ? Colocar sus huesos en perfecta
asimetría.
— ; Asesino ¡ ¡ asesino ! gritaron de repente várias
woces.
Lázaro estuvo á punto de caer desmayado, al verse
rodeado de guardias y alguaciles. No encontró palabras
piara justificarse, y se dejó atar sin resistencia.
El tio Esqueleto colocó en una espuerta el de Tomás,
Llenando á la vez dos funciones de las cuatro que ejerciia: las de alguacil y sepulturero.
La comitiva se puso en marcha, y Lázaro, con paso
vracilante y la cabeza baja, emprendió también el carm
ino, rezando piadosamente por el alma del finado.
V I.
El tio Esqueleto, cuya ligereza no le permitía camimar al paso de los otros, se adelantó con la espuerta mortiuoria, hácia la cabeza de partido. Cuando llegó al puebllo era de noche, pero había un ruido desusado á tales
Inoras, y un hombre le llamó desde una casa.
El alguacil se detuvo aterrado: el hombre salió á su
emcuentro, y el tio Esqueleto cayó de rodillas santiguán
dose y diciendo:
— En nombre de Dios pide lo que quieras, pero aléja
te; al momento.
42
FERNANDEZ BREMON.
— ¿Por qué te asustas? replicó el aparecido : soy To
más en carne y hueso.
—En carne ó ánima, no lo negaré: pero ¿ cómo has
de estar completo si llevo tus huesos en mi espuerta?
Hubo un momento de confusión, é intervino el juzga
do, que se hallaba esperando la resolución de tan varia
dos incidentes.
Antón, que llegaba del castillo, dió una noticia sin im
portancia que completada por Tomás, explicó el hecho.
Miéntras los lobos sitiaban á éste, recelosos de la
lucha, y después de haberle tenido acorralado algunas
horas, se oyó un ruido extraordinario: el mono, subido
sobre el cerdo, pasaba á todo escape, dando su carrera
acostumbrada: los lobos juzgaron ménos peligrosa aque
lla presa, y se lanzaron á ia caza, dejando á Tomás huir
hácia poblado. Antón anunciaba que el cerdo había vuel
to sólo. Los médicos reconocieron el cráneo del orangu
tán, ántes de que se depositasen los huesos en la iglesia.
Cuando llegó Lázaro, no se esperaba encontrar en el
pueblo un recibimiento tan alegre. Tomás y Lucía abra
zados: Lucía y Aurora reconciliadas: la causa sobreseída
en principio, pues después de lo ocurrido, el Juzgado, los
testigos y los médicos, buscaban á todo explicación sa
tisfactoria, desechando lo que no conviniese al juicio ya
formado del asunto: el ojo humano era indudablemente
de un enfermo: la sangre de la camisa, era sangre de
una muela, y los gritos de Tomás habían sido de ale
gría.
Lucía no se cansaba de mirar á Tomás y le encontra
ba mejorado.
UN CRÍMEN CIENTÍFICO.
43
Solo Lázaro lamentó la pérdida del mono, por haber
s e desperdiciado el ojo que consideraba como suyo, y que
lliabia deseado tanto tiempo.
Apénas pudo regresar al castillo, se apresuró Ojeda á
aibandonar la población, porque Labia notado con recelo
cque los ojos de Aurora y de Tomás, sin duda por espírritu de compañerismo, se buscaban y encontraban á memudo.
4
CONCLUSION.
Un año después, Ojeda se instalaba en Madrid en un
eidificio extraño, que parecia á la vez clínica y casa de
ífieras. En una de las alas del edificio debían entrar á
(curarse los enfermos: en la otra, rugían, balaban y grumian toda clase de animales.
Había en lo alto de la casa un aposento aislado, en el
ceual Lázaro y Ojeda pasaban al dia algunas horas: el
pn’imero, con la lengua sacada, sometiéndola á la acción
(del rayo morado, y su amo, esperando que la sensación
sse produjera.
Lázaro, muy alegre, dijo un dia al licenciado que, co
lmo siempre, contemplaba con ansiedad la operación.
— ¡Señor! He notado un cosquilleo agradable: ya sé
lio que es la luz morada.
— No, Lázaro; era una mosca que se paró en la punta
ule tu lengua.
— ¡Señor! Buscamos una cosa muy difícil, dijo suspi
rando el criado.
44
FERNANDEZ BREMON.
— ¿Dudas del sistema? replicó su amo con asombrí.
— No dudo, contestó Lázaro con humildad; pero re
cuerdo que hoy hace un año empezamos los experimeitos, y nada siento todavía. En cambio, a la otra inveicion no le da V. importancia.
— Aquella consiste en la habilidad del operador Tili
camente: ésta es la sublime, porque ha de confirmar a
teoría de los físicos.
Felizmente para Lázaro, un desconocido buscaba al li
cenciado con urgencia.
Arrancóse Ojeda de mal humor á sus experimentos y
salió á recibir al tal sujeto: el licenciado y aquel honbre estuvieron encerrados un gran rato; por fin, salió d
hombre de la casa con aspecto muy contrariado.
Era Tomás que se había vuelto á arruinar en el jueg>,
y deseaba vender el ojo izquierdo.
Media hora después se llenaba la casa de gente, y pa
raban á cada momento coches en la calle: en efecto les
madrileños cercaban en tropel el edificio, porque hafiau
leído con admiración y entusiasmo este anuncio eü los
periódicos:
«E L
LICENCIADO
OJEDA
da vista á los ciegos: coloca ojos vivos de diversos mimales , en la órbita inútil de las gentes privadas te la
vista: los criados y las gallinas del licenciado tienen ¿jos
colocados por su mano, y pueden servir de muestra r de
prospecto.
UN CRÍMEN CIENTÍFICO.
45
» Hay en el establecimiento ojos de águila para generíales en campaña, ojos de tigre para deudores acosados,
y' ojos de gacela propios para dama.
»También hay ojos más comunes y baratos para nodri
zas y soldados.
»Se ponen gratis álos pobres, ojos de besugo. »
FIN DE UN CRIMEN CIENTIFICO,
((Publicado en E l Globo : 20, 22, 23, 24, 25, 27 y 29 de Julio de 1875.)
LA
HIERBA
DE
FUEGO.
EPISODIO DEL SIGLO XV.
I
)
¿R mi querido hermano politico,
'Paco filila jr §«stinkg.
\
LA HIERBA DE FUEGO.
EPISODIO DEL SIGLO XV.
La Botánica, lo mismo que la Historia, ha tenido sin
mitología, sus fábulas y sus maravillosas creaciones ; áun
recetan los médicos algunas plantas cuyas virtudes re
sisten á la malicia de este siglo incrédulo, como el ár
nica: no las nombro, porque no es mi ánimo atentar á
la reputación de esos respetables vegetales, que ocu
pan honroso puesto en la anaquelería de los drogueros
y herbolarios : plumas algo más revolucionarias que la
mia relegarán al humilde empleo de ensaladas á mu
chas hierbas que vende el boticario usurpando sus fun
ciones á la honrada verdulera. Contentémonos, por aho
ra, en no creer, como asegura Nieremberg, que pueden
nacer espinos en el vientre, como cuenta de un pastor,
añadiendo que todos los años florecía aquella planta (1):
y lamentémonos de que se haya concluido, y no se ven
da en nuestros mercados, la fruta llamada mirabolanos,
(1) Sin embargo, en el siglo xvi negó este hecho Juan Wiero,
protomèdico del Duque de Cleves; pero la credulidad pública se
sobrepuso á la razón.
ÍS9
FERNANDEZ BREMON.
que, según Ficino, prolonga la vida y preserva de la
vejez, si bien me inclino á sospechar que esa fruta exis
te todavía, mirando á ciertas mujeres que hace veinte
años podiau ser mis abuelas, y hoy pasarían fácilmente
por mis hijas.
Otros autores más ó rnénos graves que cita el reve
rendísimo P. Fuentelapeña, afirman cosas relativas á
las plantas, no menos admirables y estupendas. Solórzano habla de una hierba, que cuando pasa álguien cer
ca de ella, alarga una de sus varas y le sacude un gar
rotazo; figúrese el lector la situación de un 'viajero ex
traviado en un bosque donde abundasen dichas plantas.
Plinio asegura que las ortigas marinas mudan de si
tio y se encogen, para ensancharse cuando se aproxima
un pececillo, envolverle en su red y devorarle. Otros
varios autores citan una planta llamada Boromez, que
tiene la figura de un cordero, pace la hierba que crece
alrededor, y muere cuando el pasto se le acaba: Zonaras y Mayolo sostienen que existe una hierba que huye
de las gentes, por lo cual sólo deben sembrarla los la
bradores que tengan buenas piernas para recoger á la
carrera sus cosechas: y finalmente, Fortuuio Lizeto re
fiere que en los montes Caspios se crian unos melones
muy grandes, cada uno de los cuales tiene en su fondo...
(asómbrese el lector) un robusto cordero.
Si todo esto se creia en el siglo xvn, y no se podia
ménos de creer cuando lo afirmaban personas sérias,
¿qué extraño que en el siglo xv, época de mi historia,
tuviesen fe los sabios en otras patrañas semejantes? De
ellas estaban atestados los libros griegos y latinos: los
LA HIERBA DE FUEGO.
53
moros y judíos mezclaban en sus escritos las observa
ciones del físico con las supersticiosas maravillas orien
tales. El célebre D. Enrique de Aragón, marqués de Villena y protagonista de este episodio, en su arte cisoria
recomienda á los cortadores que trinchan en las mesas
reales, el uso de sortijas con piedras «valientes contra
ponzoña é aire infecto», y entre otras, la llamada «pirofiles, la que se face del corazón del lióme muerto,
con veneno cocho, lapidificada en fuego reueruerante»,
piedra descrita por Aristóteles: y cita el mismo Mar
qués, entre otras carnes que se comen por medicina, «la
del Orne, para las quebraduras de los huesos... la del
Habubilla para aguzar el entendimiento, la carne del
cauallo para fazer Orne esforzado...», y otras muchas.
La hierba de fuego no es invención mia; mucho des
pués del siglo xv se creía en su existencia, si bien
calculo que nunca llegó á venderse en las boticas: lla
mábanla zinopasto ó Agía ofentide terrestre. Si ni nues
tros abuelos, ni nuestros padres, ni nosotros la hemos
alcanzado, no debe sorprendernos : tanto ha llovido des
de entóneos, que esa hierba quizás se haya apagado.
I.
Don Enrique de Aragón, señor de Iniesta, el sabio,
el célebre Marqués de Villena, el más aristócrata de los
brujos en las consejas populares, yacía en una silla, pos
trado y sin fuerzas en el cuerpo, miéntras en su espíritu
se atropellaban las ideas, á juzgar por la movilidad de
54
FERNANDEZ BREMON.
8ii fisonomía. De pié y en un rincón estaba un escuálido
escudero que, por su traje negro y raido, más parecía fí
sico sin enfermos que criado de un alto personaje: el
pobre hombre, ora observaba con cariñosa inquietud al
enfermo, ora seguía con estúpidas miradas las nubes de
humo que producía en el hogar la leña verde y tragaba
con avidez la campana de una gigantesca chimenea.
Grandes volúmenes colocados en una antigua estante
ría ; manuscritos desordenados con caracteres góticos de
colores variados é idiomas diferentes, instrumentos de
Geometría y otros objetos de estudio que llenaban una
ancha mesa; un laúd viejo colgado en la pared, un le
cho monumental con las armas de la casa de Aragón, y
algunas sillas rotas, daban á aquella estancia un aspec
to de majestuosa pobreza.
El señor de Iniesta, envuelto en un largo balandrán
de mucho abrigo, tenía los piés cer'ca del fuego, y el
cuerpo apoyado en un cabezal puesto en el respaldo de
la silla. Era hombre de unos cincuenta años de edad,
aunque representaba ya sesenta: su estatura era corta,
su cuerpo grueso y su color arrebatado.
— ¡Miguel! dijo con voz desfallecida D. Enrique, es
preciso que haga un esfuerzo y que salgamos esta noche.
— ¿Vuesa merced está en su juicio? contestó alarma
do el escudero: ¿salir á estas horas en un 15 de Diciem
bre? La villa de Madrid es de las más frías y malsanas
que conozco: el glorioso rey D. Alonso V III perdió en
ella su hijo primogénito; aquí han muerto...
— Déjate de citas, buen Ramírez, porque no has me
nester convencerme de lo qufe por mí propio experimen-
IA HIERBA HE FUEGO.
t o ; desde que estoy aquí la gota apenas me ha dejado
reposar, y hoy me quita la vida esta maligna fiebre.
— Lo mejor sería llamar al bachiller Fernán Gómez...
dijo- Miguel Ramírez.
— Guárdate bien de traer á ese importuno, que me
hablaría de los húmedos y de la sangre corrupta, y ex
traería tazas de sangre de mi cuerpo como se saca vino
de un cuero.
— Pues es un físico aprobado, y de la cámara Real.
— Y o le repruebo; ademas de inexperto es hombre sin
letras (1) é incapaz de escribir una mala carta. Por otra
parte, siento subir la fiebre y voy creyendo que no hay
poder humano ni medicinas que puedan ayudarme.
Miguel Ramírez rompió á llorar como un niño.
— Miguel, dijo con acento conmovido D. Enrique,
voy á explicarte el interes que tengo por adquirir esa
hierba prodigiosa que ha visto Asser en la huerta del
obispo de Cuenca. Era yo joven cuando vino á la córte
de mi difunto primo el rey 1). Enrique I I I , un embaja
dor del gran Lamerían de Persia, hombre práctico en el
•estudio de las lenguas y eminente en las ciencias ocul
tas : llamábase Mahomad Alcagi (2 ), y á pesar de ser
( 1 ) Es sabido que machos eruditos sostienen que el Centón
■epistolario no
se escribió en el siglo XV.
( 2 ) A sí se llamaba el embajador persa que tr a jo , entre otros
presentes para D. Enrique I I I , dos hermosísimas d am a s; M iguel
Ramirez fu é, en e fe cto , escudero del Marqués de V ille n a ; San
cho Jarava era el cortador del rey I). Juan I I , y el obispo de
Cuenca, D. Lope Barrientos, fué el encargado de revisar los es
critos de D. Enrique de A ragon , que fueron quemados en la ig le
sia de Santo Dom ingo de Madrid.
56
FERNANDEZ BREMON.
pagano, gustaba de conversar con monjes y no frecuen
taba el trato de los nobles, que sólo le hablaban de ca
balgar, del juego de la lanza y de la barra y de ejerci
cios corporales : como le dijeron mi aversión á toda cla
se de armas, me tomó gran afición, y un dia hizo mi
horóscopo, según usan los persas. «Pasaréis grandes
trabajos, me dijo, y se verterá por vuestra causa mucha
sangre; pero no lograreis ser verdaderamente sabio, fe
liz y respetado, hasta que poseáis la hierba de fuego,
que sólo se ve de noche y en tinieblas. Esta la encon
traréis cuando os veáis en la mayor tribulación.»
— Señor, contestó Ramírez, vuestra merced me ha
dicho muchas veces que la Iglesia reprueba esos he
chizos.
— Es verdad; pero contempla nuestro estado : los no
bles me desdeñan, la que fué mi esposa me abandona,
el seguir mis estudios requiere mucho oro, y ni áun te
nemos con que pagar mis medicinas; la enfermedad me
ahoga, y si hoy muriese, apénas dejaría para pagarte
tus soldadas.
— ¿Y piensa vuesa merced en esa miseria? dijo Ra
mírez afligido. Yo le sirvo por lealtad; gocé a su lado
el tiempo próspero, y tengo orgullo en participar de sus
desgracias; no cambiaría mi destino por el de mayor
domo de palacio; sólo me aflige que vuestra merced se
entregue á ciertas lecturas y frecuente ciertas compa
ñías...
— Escucha bien, Ramírez: si hoy muriese, quemarían
mis libros sin leerlos: mis libros, que son tantos como
ningún otro ha escrito: no tengo hijos ni herederos que
LA HIERBA DE FUEGO
57
vuelvan por mi nombre, y dejo en la tierra muchos ene
migos poderosos. ¿Puede darse mayor tribulación? Y
Jio^ me asegura Asser que lia visto esa planta. ¿ Cómo
lie de permanecer indiferente? Ramírez, mi buen ami
go, yo no puedo moverme de esta silla, es necesario que
vayas tú á esa huerta y hagas por mí este último ser
vicio.
—Repare vuestra merced que se trata de una brujería.
— ¡Miguel! repuso D. Enrique en voz muy baja, tú
tienes tiempo para arrepentirte y yo me muero.
— ¡Señor! dijo Miguel besando la mano á su amo, iré
ahora mismo ; pero no puedo dejar sólo á vuestra merced.
— Tendré paciencia un rato.
— ¡Oh! no; puede faltar leña á la lumbre, puede so
brevenir un desmayo...
—Tienes razón, repuso el señor de Iniesta, y dijo tí
midamente á su escudero : Llama al pobre Asser.
—¿A ese miserable judío? señor.
—Es un sabio, querido Miguel.
—El escudero hizo una señal de resignación, y dijo
luego :
—Volveré pronto, muy pronto.
—Cuida de apagar la linterna, porque esa planta es
tan sensible á la luz, que desaparece á cualquier rayo:
lleva un paño negro en que envolverla, y si la consigues,
coletéala en un desvan oscuro, pero no entres con ella en
este cuarto. Ramirez, en tí deposito mi última esperan
za, porque creo que ésta es tal vez la noche postrera de
mi vida. Apresúrate : siento que me agravo por mo
mentos.
o8
FERNANDEZ BREMON.
El escudero salió enjugándose las lágrimas y movien
do con desconsuelo la cabeza.
Ya en la calle, llamó á la puerta de una pobre cata,
y dijo en tono brusco al que salió á abrir, hombre de
edad y en traje de judío:
—Mi amo te necesita; sígueme al instante.
El israelita le siguió con humildad, como hombre
acostumbrado á la obediencia.
—¿Queréis decirme si se ha agravado vuestro amo?
dijo con ínteres el judío al escudero.
Está peor, en efecto; pero se trata de que no quede
solo mientras busco la hierba que dices haber visto en
la huerta del obispo D. Lope de Barrientos, y con la
cual le has vuelto el juicio, brujo miserable.
—Y tanto como la he visto: levantaría del suelo cer
ca de una cuarta, y oscilaba al menor soplo de viento.
Está como á la derecha de la puerta: daría un buen ha
llazgo al que me presentase un solo tallo.
—¿Y cómo no escalaste la tapia?
— Líbreme Salomón de ese atrevimiento: el obispo
don Lope es muy severo con nosotros.
—Entra, dijo Ramírez al judío abriendo la puerta de
la posada de D. Enrique; cuida del fuego y habla poco,
que tu conversación es dañosa para el alma. Si mi amo
se queja de tí, ó si yo noto á mi vuelta algún descuido,
te acompañaré hasta tu casa alumbrándote á linternazos.
El judío bajó la cabeza y entró murmurando entre
dientes:
—No sé si hallarás la hierba; muchas noches me ha
engañado la apariencia : puede ser también una de esas
LA HIERBA DE FUEGO.
59
piedras que brillan en lo oscuro.... Pero (le seguro te en
contrarás con los perros del obispo, bárbaro escudero.
Cuando Asser entró en la habitación de D. Enrique,
éste se hallaba adormecido : á la excitación de la fiebre
había sucedido un gran abatimiento. El judío, al verle,
hizo un gesto de dolor.
—La enfermedad ha caminado muy de prisa ; le han
muerto sus propios pensamientos, dijo con tristeza, to
mándole el pulso: no le queda apenas una hora de vida;
volverá en sí un breve rato, y luégo la máquina cesará
sus movimientos. ¡Lástima de hombre! con él se extin
gue la mejor inteligencia de Castilla. Gran amigo pier
do ; él me apretaba la mano y me trataba como á igual,
miéntras los criados y villanos me humillaban como su
periores : ¡ qué sería de nosotros si esos implacables ple
beyos se convirtiesen en señores!
Y Asser contemplaba con melancolía la cabeza de don
Enrique, cuya barba descansaba sobre el pecho.
Dentro de un rato, prosiguió el judío, volverá Ramí
rez, y buscará un confesor para aterrarle con las tristes
ceremonias con que su religión despide al moribundo. Y
después de una vida de trabajos, morirá temblando, ar
rullado por el monótono rezo de agonía. ¡Oh, no! }'o de
bo pagarle su amistad prestándole el último servicio.
Y el judío sacó de su faltriquera una bolsa, y de ella
una pequeña caja que contenia unos polvos ; vertió cierta
cantidad en una copa c6n agua, agitó ésta y se acercó al
enfermo con cariño.
— ¡Don Enrique! ¡D. Enrique! dijo golpeándole con
suavidad en el hombro.
60
FERNANDEZ BREMON.
El señor de Iniesta alzó la cabeza y fijó una mirada
en Asser sin conocerle.
— ¿No conocéis á vuestro amigo?
— Ramírez, ¿no es verdad? Esa luz que veo será la
planta que buscábamos.
— Ha empezado el delirio, pensó Asser; aumentémos
le , convirtiendole en satisfacción ó voluptuosidad; el
efecto de este narcótico durará más tiempo que vida le
queda á mi pobre amigo; el delirio que produce tiene
una extraña apariencia de verdad y siempre lleva al áni
mo ideas de ventura. Tomad la medicina, añadió aproxi
mando la copa á los labios del enfermo.
Este bebió maquinalmente la mitad de la dosis, pero v
fué imposible que la tragase toda.
—No importa, siguió diciendo para sí aquel extraño
enfermero; tiene ya lo suficiente.
Y Asser derramó el sobrante de la copa.
— Conviene no dejar huella ninguna; dirían que esto
es veneno ó un hechizo, no siendo otra cosa que el tallo
seco del cáñamo.
Después el judío quedó observando á D. Enrique de
Aragón con interes extraordinario.
Pasaron muchos minutos; el señor de Iniesta articuló
palabras incoherentes, y por último apareció en su ros
tro una sonrisa que se reflejó al instante en el atezado
semblante del judío, pero acompañada de dos lágrimas.
—Muere gozando dijo Asser, tú que has sido infeliz
toda tu vida.
LA HIERBA DE FUEGO.
61
II.
La vida real continuaba verificándose aparentemente
en el cerebro de D. Enrique, con tal verosimilitud y con
tal relieve, como si en efecto aquello sucediese: el nar
cótico daba reposo al cuerpo, y á la imaginación vida y
movimiento.
«
*
I
*
*
*
Don Enrique, ágil y contento, paseaba por la cocina,
y Miguel ítamirez, con una llave en la mano, puesto al
lado de la ventana, parecía aguardar á alguno, impacien
tándole su tardanza.
La mesa estaba puesta: blanco mantel la cubría, pla
teles, copas, naos y demas utensilios de vajilla que se
usaban en el siglo xv, pues corría por entonces el mes
de Diciembre de 1434 : cuchillos de várias clases con las
armas de la casa de Villena en el mango plateado, relu
cían sobre el mantel en compañía de aquellos instrumen
tos de dos ó tres púas, llamados brocas ó tridentes, que
fueron los abuelos de los modernos tenedores.
Sin embargo de estos preparativos, ningún caldero
hervía en el inmediato bogar, ningún ave volteaba en el
asador; la mesa estaba dispuesta, sólo faltaba la cena.
El Sr. de Iniesta escuchaba en la calle el diálogo de
dos curiosos, que sin duda estaban observando á través
de una rendija de la ventana.
62
FERNANDEZ BREMON.
—Créeme y alejémonos de esta casa: es la hora en
que los espíritus hacen de las suyas.
—Déjame un instante y no temas; nunca salgo de
noche sino cargado de reliquias.
—¿Notas algo? decía el más tímido con recelo.
—Ya lo creo: estoy observando que hay dos asientos
preparados en la mesa y una sola persona: nada veo ca
lentándose en la chimenea, y el Marqués se pasea pensa
tivo, discurriendo sin duda una buena cena, que aparece
rá probablemente por los aires.
— Dicen que es muy sabio; pero ¿crees que con la
imaginación y á fuerza de estudios se pueden improvisar
pemiles y faisanes, como trovas y libros de cocina?
El escudero, á quien se hacía la broma algo pesada,
dió en la ventana algunos golpes con el cuento de la es
pada, y se oyeron en la calle los pasos precipitados de
dos personas que lmian como seguidas de fantasmas.
—¿Qué haces, Miguel Ramírez? preguntó D. Enrique
suspendiendo su paseo.
—Señor, espantaba á dos villanos que estaban junto
á la reja tratándonos de brujos.
—Mala fama tenemos, respondió el caballero sonrien
do. Pero dime, ¿estás seguro de la promesa (le Jarava? (1).
— Figúrese vuestra merced si habré prestado atención
á sus palabras; no nos quedaba para cenar otro recurso.
« Decid á vuestro amo, me repitió, que quiero esta no(1) A este Sancho de Jarava dedicó el Marqués de Villena el
arte cisoria, que fué escrita por su ruego.
LA HIERBA DE FUEGO.
che lucirme en su presencia, trinchando, según las re
glas de su arte cisoria, algunas viandas cuyo córte me
han alabado y cuya destreza debo á sus lecciones: tened
vos„ señor escudero, dispuesta la mesa, que la cena yo la
llevaré en persona.»
— Pues el amigo Sancho Jarava se retrasa.
— Se habrá prolongado la cena del Rey vuestro so
brino.
—Tal vez: su oficio de cortador es de los que requie
ren más puntualidad en la asistencia.
— ¡El es! dijo con júbilo Ramírez oyendo algunos gol
pes en la puerta ; y descolgando un candil plateado, sa
lió á abrir á Jarava, que entró seguido de dos mozos, ca
da Tuno de los cuales llevaba una tabla en la cabeza, y
en el brazo derecho un cesto ó una arqueta.
Don Enrique de Aragón salió al encuentro de su hués
ped y le recibió con verdadera alegría.
— Perdonad, le dijo, que os reciba de una manera tan
pobre, como conviene á un señor sin estados : ya lo veis,
no hay paños franceses en las paredes, ni piezas de oro y
plata en mis aparadores, ni pieles de león en las puertas,
como tiene el Condestable en su casa de Escalona.
—La honra de servir á vuestra merced es lo único que
buscaba al venir á esta posada, señor maestre.
— ¿Maestre? contestó D. Enrique: lo fui de Calatrava, pero hace veinte años que anularon mi elección.
— Pues bien: señor Marqués de Villena, Conde de
líivagorza y de Cangas de Tineo.
— Hice renuncia de mis estados en favor de la Coro
na: llamádmelo que soy, D. Enrique de Aragón, señor
<14
FERNANDEZ BREMON.
de Iniesta, y suprimid la merced, que estamos ente
amigos, y vamos á ceuar.
Los mozos habían colocado las viandas junto al fueg,
y la cesta y el arqueta en el aparador.
—Voy á serviros en toda regla, dijo Sancho Jaraa
abriendo el arqueta, de la cual sacó un estuche de cue’o
de ciervo y algunos paños finos : colocó éstos sobre uia
nao plateada, puso encima los lienzos, y sobre ellos cu
co cuchillos de formas diferentes, que cubrió con un pi
ño finísimo en que estaban bordadas las armas de Cistilla.
— Perdonad, amigo, dijo el señor de Iniesta detenién
dole : no consiento que entréis en esos pormenores. Afos
hace que practicáis vuestro oficio en la mesa Real, yuo
necesitáis hacer más pruebas: partiréis con el cuchilo
las viandas, puesto que os empeñáis en hacer gala de
destreza. Ahora sentaos, que Miguel Ramírez os time
preparada el agua de manos.
Sancho Jara va hubo de rendirse.
Ramírez, que había colocado las cacerolas en el fuero,
aspirando con deleite su perfume, y vaciado de la ceda
algunos panes, botellas, hojaldres, nuégados, turronei y
otros postres, colocó al lado de Jarava una ensalada de
coliflor.
—No me habéis dicho, amigo Jarava, cómo está el
Rey mi sobrino y qué pasa en la córte.
—Su señoría el rey D. Juan II tiene excelente salid,
y se ocupa en arreglar unas estrofas del poeta Juan de
Mena.
—¿Y el condestable D. Alvaro?
65'
LA HIERliA DE FUEGO.
—-Aquí, cutre nosotros, D. Alvaro de Luna cree que
sois su enemigo y estáis en combinación con un fraile
del Monasterio de la Mejorada, famoso nigromántico, que
lia piredicho su ruina y su caída.
— Veo en ello la mano de mi antigua esposa doña Ma
ría d<e Albornoz, su parieuta, que le ha nombrado en vi
da sin heredero, temiendo acaso que yo la sobreviva y re
clama sus dominios. Hace m al: soy más viejo que ella y
el estudio me ha quitado mucha vida.
Y P . Enrique de Aragón, el ex-marqués de Villena,
el ex-maestre de Calatrava, miró fijamente á Sandio Ja
ra va, e irtador del Rey 1). Juan II, y dijo después con li
gereza :
— Partid ese cabrito, cuyo abultado vientre me indica
alguna sorpresa del cocinero.
Sancho Jarava hundió el tridente en el cuerpo del ani
mal, que dividió con verdadera maestría, sacando una
chocha en el tenedor, la. cual colocó sobre una rebanada
de pan extendida en un plato para que no la enfriase el
contacto de la loza, y sirvió á D. Enrique en un instan
te los muslos del ave y la pechuga.
— Admirablemente partida: no he visto jamas tal
prontitud y ligereza: no ha perdido nada de su calor:
parece que habéis hecho la operación por arte mágica.
Jarava y D. Enrique hicieron los honores al asado co
mo personas entendidas.
;
— ¿Es vuestra la idea de haber sazonado el ave echan
do la sal y el jugo de limón ántes de asarla? dijo el de
Aragón.
. . . . . . óv
— Mia es, contestó Jarava con orgullo.
.......... ; 5
66)
FERNANDEZ BRBMON.
—Pues heñios de corregir1mi arte ci soria, y donde íice que se echen la sal y el zumo de limón templado cm
agua de rosa, en las aves partidas, dehe escribirse: nngun ave ó vianda se presente sin la sazón y el agrio coiveniente, que debe darse al manjar en el horno misno.
Dadme sesos de cabrito, amigo Sancho, que huelei á
jengibre que es un consuelo.
El cortador del Rey se había esmerado en la cena: omo foraño adobado; besugo fresco, plato entonces en
Madrid muy estimado; un pavo servido con la cola en
forma de abanico, y otras viandas de las que se couqonian los monótonos pero abundantes banquetes de aqiel
tiempo ; se habian destapado diversos vinos, unos proce
dentes de los vecinos pueblos, otros venidos de Málaga;
vino que, á pesar de ser cristiano, no estaba bautizado.
—Me dais un festín suculento : nunca he comido man
jares mejor sazonados ni bebido vinos tan aromáticos.
—Aun os falta lo, mejor, contestó Jarava sonriendo.
— ¿De veras? Sois un verdadero encantador, y mi
fama de brujo palidece ante vuestro arte : hemos debido
cenar en el triclinio, como hacían los romanos, para go
zar con descanso y voluptuosidad de este banquete.
—Partid, D. Enrique, esa empanada.
—¿Sabéis que me tiembla el pulso de emoción antes
de alzar la tapa? Creo que ha de salir de este paste', el
ave Fénix.... Pero ¿qué es esto? un escrito...... con firma
Real.....
; .
Y el Sr. de luí esta, trémulo y lleno de esperanzas, le
yó un alvalá en que el Rey le concedía un cuento de ma
ravedises, miéntras se le .ponía en posesión dq sus Esta-
LA HIEKBA DE FUEGO.
67
dos ó de otros equivalentes, cual convenia ásu inmediato
parentesco con D. Juan II.
— Me parece un sueño, repetía con júbilo D. Enrique,
levantándose y dando un abrazo á Sancho Jarava.
— El Rey, contestaba éste, lia leído algunos de vues-~
tros escritos, y en particular el Arte de trovar, y desea
veros para manifestaros su satisfacción.
—Iré mañana mismo á besar la mano de su señoría.
—Ademas, ayer en la comida, respondió por vos á una
alusión que os hicieron.
— ; Alusión?
— Un paje, que hablándose de cierta brujería, dijo que
í se había hecho por arte de D. Enrique de Yillena, «. Re
cortaos, contestó el Rey severamente: D. Enrique es
]pariente mió, y es un sabio y un católico: leed su libro
1titulado Los doce trabajos de Hércules, que está lleno de
i máximas y ejemplos, y debían aprender desde los prín
cipes hasta los siervos.»
Don Enrique de Aragón no podía disimular su rego
cijo.
Probablemente aquella íntima satisfacción había pro
ducido las sonrisas que observó Asser conmovido.
O
*
*
Cuando Sancho Jarava se hubo despedido, Miguel Ramiirez entró otra vez en la habitación, y dijo con mal hunnor á su amo :
FERNANDEZ BREMON.
08
— Señor, una judía quiere hablar á su m erced: ¿le digo
(¿lie está ya recogido?
— ¿Es joven?
— No lo sé, replicó de peor talante el escudero; viene
tapada ; acaso sea vieja.
— Es lo mismo ; hazla entrar, buen M iguel: el santo
rey 1). Fernando temía más que á los moros las maldi
ciones de las viejas.
Instantes después, D. Enrique recibía cortésmente á
la tapada; ésta parecía acobardada de su atrevimiento, y
el señor de Iuiesta tuvo que animarla para que se senta
se y expusiera sus deseos.
— Señor, me lian dicho que es vuestra merced muy
bueno con nuestros hermanos.
Don Enrique se sonrió.
— Me han dicho también que es vuestra merced muy
sabio y que ha escrito un libro sobre el mal de ojo.
— Es verdad lo último, contestó el de Arillena, pero
declaro en mi obra que ninguno debe hablar de lo que
no ha visto, y en lo que allí trato me refiero á la
autoridad de otros escritores. ¿Teneis enfermo algún
hijo?
— ¡ O h ! no, señor, se apresuró á decir la judía; yo no
soy casada.
— Perdonad ; como estáis tan encubierta....
— Es que ahora me avergüenzo de haber venido, y
quisiera salir.
— ¿Tan pronto y sin atreveros á hacerme vuestra con
fidencia? ¿Acaso mi aspecto no corresponde á la idea
bondadosa que de mí habíais concebido?
LA HIERBA DE FUEGO.
69
— No tal, se apresuró á replicar la hebrea; vuestra
merced me era conocido.
—¿Y yo os conozco?
—Tal vez si me descubriera; aunque acaso no recor
déis haberme visto.
— ¿ Sois joven ?
— Tengo quince años.
Aquella respuesta combinada con el grato perfume de
ámbar que exhalaba el traje de la hebrea, despertó el in
teres de D. Enrique.
—¿Puedo saber vuestro nombre?
—Vuestra merced todo lo puede.
—¡Oh! suprimid el tratamiento; para las bellas no
hay rango ni etiqueta.
—¿Quién os ha dicho que soy bella?
—Me lo dice el corazón.
—Porque vuestro corazón es muy bueno, lo cual me
ha animado á venir sola á esta casa.
—¿A consultarme sobre la fascinación ó mal de ojo?
—Sí; mi padre me asegura que hay personas que da
ñan con la vista.
—Dícese que algunas mujeres matan con la mirada.
—Y ¿qué sienten los aojados?
—El fascinado busca el lecho, pierde el apetito, re
chaza las medicinas, aprieta las manos escondiendo los
pulgares, tiene el oido muy fino, suspira, y sus ojos mi
ran hácia el suelo. Pero vos no estáis seguramente fas
cinada.
— ¿ Por qué ?
— Porque el ámbar es preservativo, como el almizcle,.
70
FERNANDEZ BREMON,
el áloe, el clavo, la corteza de manzana y todos los bue
nos olores (1).
—¿Y si á pesar de todo estuviera fascinada?
—Los moros suelen usar para curarse el rocío de Ma
yo, y cuelgan del cuello monedas horadadas, libros peque
ños, escritos y conchas de colores. En Castilla cuelgan
á los niños en el cabello manezuelas de plata con pez é
incienso: también se emplea el coral, la raíz de mandra
gora, piedra esmaltada de jacinto, dientes de perro y
otras muchas supersticiones. En Persia cubren con un
paño mojado la cabeza del niño, y déjanlo secar ; si sa
len manchas en el paño se queda en ellas toda la maldad
del hechizo.
—Y ¿qué remedio me aconsejáis entre tantos?
—¿A vos? ¿Cómo queréis que os medicine si escon
déis la cara y no os he tomado el pulso ?
La hebrea sacó de debajo el manto una mano blanquí
sima. El Marqués se apoderó de ella al instante y dijo
en tono grave al ver cómo temblaba aquella mano den
tro de la suya:
—No basta aún: el pulso se toma á los hechizados so
bre el mismo corazón.
— ¿ Sobre el corazón ? exclamó la niña retirándose.
— Y la razón es muy sencilla, añadió D. Enrique:
á vuestra edad se confunde esa dolencia con otra ménos
grave.
(1) Una de las muchas obras que escribió el Marqués de Villena es el Libro de los afeites de las mujeres, que cita en su Tratado
del ojo ófascinación.
71
LA HIERRA DE FUEGO.
— ¿De veras?
— Con la del amor.
— ¿Creeis que ame? dijo la niña con voz trémula.
— ¿ Os lia mirado con mucha fijeza algún hombre?
— Me ha mirado.
— Pues por la vista entran el amor y los hechizos.
— ¿ Y se confunde la enfermedad?
— Tanto, que he oido decir á una maga que ejerce su
profesión en Valladolid: «S ólo vienen á consultarme
madres con niños en los brazos, ó jóvenes enamoradas.»
¿ Queréis saber si es amor ó son hechizos ? dijo el Mar
qués sonriendo.
— Tengo miedo.
— ¿De estar embrujada?
-—¡ Ah ! No señor.
— Y temiendo la prueba, ¿cómo os habéis determina
do á venir á mi posada? E l Marqués sintió en la mano
de la desconocida un brusco estremecimiento.
— ¿ Queréis que averigüe el nombre de la persona á
quien arnais?
— No, no, dijo levantándose la judía.
— ¿ Y no me diréis el vuestro? ¿No os descubriréis el
rostro como me habéis prometido?
— Y a es imposible, contestó haciendo ademan de re
tirarse la desconocida.
— ¿Qué es esto? pensó D. Enrique: ¿será posible que
mi corazón rejuvenezca y venga el amor á buscarme á
mi retiro? Y añadió dirigiéndose á la hebrea: ¿Os alejais?
■. ¡
— Perdonad si os he molestado.
'
72
FERNANDEZ BREMON
—¿Creeis que no sabré vuestro nombre, aunque tra
téis de ocultármelo ?
La niña se detuvo y preguntó con terror:
—¿Teneis medios de saber quién soy ?
El Marqués, viendo el buen efecto de su ardid, añadió
con tono muy formal:
—Y de averiguar quién es el hombre á quien amais.
La judía lanzó un gemido y se recostó en la pared pa
ra no caer al suelo; el Marqués se aproximó á ella con
grave respeto y la dijo con dulzura:
—¿Por qué tratáis de abandonarme, si para mí no
puede haber secretos?
—Pues bien , tened compasión de mí y no digáis los
mios á mi padre, dijo la niña descubriéndose la cara.
Don Enrique se quedó maravillado; érala linda Sara,
bija de Asser, cuyos negros ojos y hermosísimo rostro
liabia contemplado algunas veces suspirando.
—Pero ¿y vuestro padre? dijo atrayéndola hacia sí, y
mirando con deleite aquel semblante virginal y delicado.
—Mi padre trabaja y me juzga recogida. Vos teneis
la culpa de mi atrevimiento.
—¿ Yo, divina Sara ?
—Sí, vos: ¿por qué me mirabais tanto siendo brujo?
i
Asser echaba leña en el fuego miéntras D. Enrique
continuaba dormido.
Entre tanto la acción del narcótico iba en aumento en
el Cerebro del enfermo, y el sueño iba tomando cada vez
un carácter más vago y vaporoso.
* *
LA HIERBA DE FUEGO.
Sara había introducido sigilosamente á D. Enrique
•en el laboratorio de Asser, que retiraba del fuego un
crisol hecho ascua, derramando su contenido en una
piedra.
—¿Es oro? dijo D. Enrique, sin saludar al judío, y
presentándose bruscamente.
—No, contestó éste sin sorprenderse ante aquella apa
rición: es mercurio filosofal, obtenido bajo la influencia
de los astros que presidieron á vuestro nacimiento: der
ramado en esta piedra y pronunciando las palabras ri
tuales, he podido evocaros.
— ¿Luego he venido involuntariamente por vuestro
conjuro? preguntó admirado D. Enrique.
—Sí, amigo mió.
El Marqués de Villena estaba lleno de asombro, y di
jo á su compañero de trabajos:
—Sois más afortunado y diestro : en vano he pasado
las noches mirando al firmamento, ó evocando á los án
geles buenos y malos: las estrellas callaban ; los espíri
tus no me obedecían ; las nueve esferas me parecían
figuras ideales, y sólo veia un espacio ilimitado, sin di
visiones ni casillas, de aire sutil, en el cual giraban los
astros. El cielo y los libros me parecían en contradic
ción, y las matemáticas ineficaces para explicar la rela
ción entre los astros y los hombres...
—¿ Habéis consultado las entrañas de las aves ?
—Sí; pero en vez de hallar en ellas lo porvenir, sólo
he encontrado el arte de trinchar.
El judío sonrió y D. Enrique dijo:
—¿Me necesitabais?
74
FERNANDEZ BREMON,
—De nadie necesito.
—¿ No sois un pobre judío ?
—Según vuestros libros, pertenezco al estado de mer
cader, en mi calidad de boticario (1).
—No tal, respondió el Marqués; pertenecéis al estado
de maestro.
— Estáis equivocado, mi clase no está descrita en
vuestra obra. Soy del estado de los espíritus.
Don Enrique de Aragón le miraba con extráñeza.
— Sí, amigo mió, viven aparentemente al lado vues
tro hombres y mujeres, con aspecto corpóreo, que nacen
y mueren al parecer, y fingen vivir como vosotros:
miéntras los demas hombres se preocupan de su propio
bienestar y gastau su vida en procurarse goces mate
riales, nosotros alimentamos las ciencias, descubrimos
los secretos naturales, perfeccionamos los idiomas, di
fundimos las ideas y trabajamos para todos. ¡Ay déla
generación en que falten los espíritus y que sólo pro
duzca esos individuos egoístas que viven para sí exclu
sivamente ! Escucha, Enrique : voy á pagar tu amistad
con el pobre judío, proporcionándote el agía ofentide,
aquella planta que Mahomad Alcagi juzgó necesaria para
(pie fueras sabio, feliz y respetado: esa hierba sólo se
encuentra en mis jardines.
Asser cogió de la mano á D. Enrique de Aragón, y
(1) Trabajos de Hércules. Divide D. Enrique de Aragón «el
cuerpo místico universal ó congregación humana» en doce esta
dos, que son : de príncipe, de prelado , de caballero , de religioso,
de ciudadano, de mercader, de labrador, de menestral, de maes
tro, de discípulo, de solitario y de mujer.
LA HIERBA DE FUEGO.
75
abriendo una puertecilla, le condujo á un jardín fantás
tico, iluminado por una claridad vivísima, que en vez
dle ofender, producía en la vista extraño deleite.
. Los árboles y las plantas eran de fuego; hilos de luz,
en forma de menuda hierba, brotaban de la tierra, é in
sectos luminosos se arrastraban entre la hierba ; cada
flor tenía su matiz propio ; veíanse colores completa
mente extraños y desconocidos, un chorro de luz brotaba
de un surtidor de jaspe, y aquel líquido de fuego, al caer
sobre la piedra, se deshacía en chispas y circulaba por
estrechos cauces.
Don Enrique cortó una magnolia de fuego y aspiró
con ánsia sus emanaciones, sintiendo que su vida se au
mentaba, que ensanchaba con rapidez su entendimiento,
que su corazón se inundaba de alegría, que todos los se
cretos de la creación se le revelaban, y vió á Sara que
le miraba con amor y le esperaba sonriendo.
Pero en aquel momento sintió en su rostro una im
presión dolorosa, y haciendo una contracción sobre sí
mismo, se encontró en su alcoba, delante del hogar;
Miguel Ramírez estaba arrodillado ante su silla y tenía
un hisopo en la mano, con el cual le había rociado el
semblante de agua bendita, pero helada. El Marqués,
que se creía amado y poderoso, se encontró pobre, viejo
y moribundo.
III.
Miguel Ramírez liabia llegado hasta la huerta lleno
de escrúpulos y recelos : ninguna claridad se distinguía
76
FERNANDEZ BREMON.
en el interior, y cuando se determinó á saltar la tapia, un
coro de ladridos le hizo ver que era imposible el asalto.
No tenía otro remedio que retirarse, lo cual repugna
ba á su fidelidad; así es que después de muchas vacila
ciones se decidió, no sin haber perdido mucho tiempo,
á llamar á la puerta y declarar lo que sucedía al dueño
del jardín, que era D. Lope de Barrientes, obispo de
Cuenca.
— Hacéis mal en intervenir en asuntos de esta índole,
buen Bamirez, é hicisteis peor en dejar á vuestro amo
moribundo en poder de un judío, dijo el prelado. Sin
embargo, he oido hablar de esa hierba, y no como amu
leto, sino como curiosidad, quiero saber si realmente
crece en esta huerta: una hierba de fuego no es imposi
ble para el que ha sembrado el orbe de tantas maravi
llas. Apresurémonos, que quiero ir en persona á auxiliar
al moribundo, y enviar aviso á Palacio para que el Bey
no ignore el grave estado de su tio.
Becogidos los perros, el Obispo y Bamirez recorrieron
la huerta, que era pequeña, en todas direcciones, sin
encontrar vestigios del vegetal maravilloso.
— Me han engañado, señor, dijo Bamirez con espan
to : ese judío ha querido alejarme para que mi amo muera
sin auxilios espirituales.
— No hay que perder un minuto, contestó con interes
el Obispo : I). Enrique necesita más que otro el amparo
de la Iglesia.
Don Lope de Barrientes dió algunas órdenes, y acom
pañado de Bamirez y de varios servidores, llegaba poco
después á la posada del Marqués de Villena.
LA HIERBA DE FUEGO.
77
El escudero descolgó una pila de agua bendita y un
hisopo que tenía tras de la puerta, y precedió al prelado,
rociando los muebles y paredes.
— ¡Se lia escapado el judío dijo Ramírez abriendo la
alcoba del enfermo. Ese miserable lia huido llevándose
el alma de mi pobre amo.
Y cayó de rodillas ante el señor de Iniesta, rociándole
el rostro copiosa y piadosamente.
IY.
Más que la desagradable impresión del agua helada,
hicieron volver en sí al Marqués de Villena la presencia
de su escudero, el triste espectáculo de la realidad, y
esa reacción final con que la vida se defiende de la
muerte.
— ¡ Aun vive! exclamó con efusión el escudero.
Don Enrique, entre tanto, le interrogaba, sin hablar,
con su mirada fija y expresiva.
— ¿Ha sido inútil tu viaje? dijo por fin el enfermo.
El escudero no se atrevia á contestar: D. Enrique pro
siguió diciendo :
— ¿Por qué habré despertado?
Y cerró los ojos, tratando de reanudar el sueño y vol
verse al mundo fantástico de Sara ; pero cuanto más
queria alejarse de la realidad, ésta se le representaba
con más triste relieve.
— Ramírez, dijo el Marqués con amargura: des
cuelga mi laúd y échale al fuego. Ese instrumento de
78
FERNANDEZ BREMON.
placer sollozaría entre mis manos : mi alma ya no exisc:
si áun parece que vivo, es porque el dolor, dentro de ni,
hace las veces de alma.
El escudero arrrojó el laúd al fuego.
— ¿Ves que bien arde? Era muy viejo, como mi orazon; los corazones secos también se incendian fácil
mente.
El Obispo de Cuenca permanecía detras del enferno,
sin que éste reparase en su presencia.
— Adiós, doña María, primer amor mió : adiós, blaso
nes de mi nobleza; adiós, Asser, mi compañero de es
tudios ; Ramírez, compañero de pobreza; Sara, últino
latido de mi corazón. Adiós, libros mios, lazo que ne
unirá con las gentes venideras, depósito de todos nis
pensamientos, resúmen de todas mis vigilias. Adi>s,
cuerpo envejecido, cómplice de mis flaquezas y estímalo
de mis vicios, diligente servidor en otro tiempo, y lx>y
caduco y molesto huésped. Todos sois amigos que d*jo
atras, miéntras mi alma continúa su viaje solitaria y
afligida.
— El alma que se eleva á Dios no es un alma solñaria, dijo el Obispo adelantándose.
— ¡A h! ¿sois vos, D. Lope? exclamó D. Enrique sor
prendido. ¿Qué venís á hacer en esta casa?
— Cumplir mi deber, D. Enrique ; somos los cortesa
nos del dolor, y aquí reina en toda su grandeza.
— ¿Habéis oido?
— Don Enrique, la religión abre los brazos al afligi
do, pero no adula al soberbio. Reconcentrad el espíritu
y ved si habéis merecido ese dolor.
LA. HIERBA DE FUEGO.
70
El Marqués de Yillena calló.
— Recordad que por la ambición del Maestrazgo os
divorciasteis de doña María.... Pensad si cumplisteis
bien con vuestro carácter de prelado: si la adulación
pudo más en vos que vuestros deberes de esposo; medi
tad en la sangre que por vuestra culpa se ha vertido, y
decid si con semejante vida teneis derecho á pedir una
muerte apacible y sin contrariedades.
— Hace de eso tanto tiempo....contestó el Marqués.
— El pecado no prescribe sino con la penitencia.
— Ademas, añadió el Obispo, ¿en qué empleasteis la
ocio sidad en vuestra villa de Iniesta?
— He pasado veinte años estudiando.
— Sí : se os ha visto en compañía de astrólogos, gas
tando vuestro entendimiento en locas especulaciones
prohibidas por la Iglesia ; habéis saciado vuestra gula,
y no habéis combatido las tentaciones de la carne ; ha
béis tenido correspondencia con infieles....
— La fama de mi nombre hacía que me consultasen.
— Como entendido en la cábala y en la magia, ¿no
es cierto? Don Enrique, no buscabais, la ciencia por el
camino recto, y vuestro entendimiento se ha extraviado:
y si no, ¿ qué habéis encontrado en esas ciencias que no
se enseñan en nuestras universidades ?
— Nada: verdades desfiguradas, errores bien vesti
dos, misterios, sombras, miedo. Supersticiones de viejas
convertidas en sistema científico por locos.
—Don Enrique, más os ha seducido la lectura del li
bro Raziel que la de los Santos Evangelios.
— Yo buscaba, la verdad en todas partes.
78
FERNANDEZ BREMON.
placer sollozaría entre mis manos : mi alma ya no existe:
si aun parece que vivo, es porque el dolor, dentro de mí,
hace las veces de alma.
El escudero arrrojó el laúd al fuego.
— ¿Ves que bien arde? Era muy viejo, como m co
razón ; los corazones secos también se incendian fícilmente.
El Obispo de Cuenca permanecía detras del enfermo,
sin que éste reparase en su presencia.
— Adiós, doña María, primer amor mió : adiós, blaso
nes de mi nobleza; adiós, Asser, mi compañero de es
tudios; Ramírez, compañero de pobreza; Sara, último
latido de mi corazón. Adiós, libros mios, lazo que me
unirá con las gentes venideras, depósito de todos mis
pensamientos, resúmen de todas mis vigilias. Acios,
cuerpo envejecido, cómplice de mis flaquezas y estímulo
de mis vicios, diligente servidor en otro tiempo, y hoy
caduco y molesto huésped. Todos sois amigos que dejo
atras, miéntras mi alma continúa su viaje solitaria y
afligida.
— El alma que se eleva á Dios no es un alma solita
ria, dijo el Obispo adelantándose.
— ¡A b ! ¿sois vos, D. Lope? exclamó D. Enrique sor
prendido. ¿Qué venís á hacer en esta casa?
— Cumplir mi deber, D. Enrique ; somos los cortesa
nos del dolor, y aquí reina en toda su grandeza.
— ¿Habéis oido?
— Don Enrique, la religión abre los brazos al afligi
do, pero no adula al soberbio. Reconcentrad el espíritu
y ved si habéis merecido ese dolor.
LA HIERBA DE FUEGO.
70
El Marqués de Villena calló.
— Recordad que por la ambición del Maestrazgo os
«divorciasteis de doña María.... Pensad si cumplisteis
bien con vuestro carácter de prelado: si la adulación
] pudo más en vos que vuestros deberes de esposo; medi1tad en la sangre que por vuestra culpa se ha vertido, y
<decid si con semejante vida teneis derecho á pedir una
i muerte apacible y sin contrariedades.
— Hace de eso tanto tiempo....contestó el Marqués.
—El pecado no prescribe sino con la penitencia.
— Ademas, añadió el Obispo, ¿en qué empleasteis la
«ociosidad en vuestra villa de Iniesta?
— He pasado veinte años estudiando.
— S í: se os ha visto en compañía de astrólogos, gasttando vuestro entendimiento en locas especulaciones
] prohibidas por la Iglesia ; habéis saciado vuestra gula,
jy no habéis combatido las tentaciones de la carne; haIbeis tenido correspondencia con infieles.....
— La fama de mi nombre hacía que me consultasen.
— Como entendido en la cabala y en la magia, ¿no
ees cierto? Don Enrique, no buscabais la ciencia por el
ccamino recto, y vuestro entendimiento se ha extraviado:
yy si no, ¿qué habéis encontrado en esas ciencias que no
sse enseñan en nuestras universidades?
—Nada: verdades desfiguradas, errores bien vestiddos, misterios, sombras, miedo. Supersticiones de viejas
cconvertidas en sistema científico por locos.
—Don Enrique, más os ha seducido la lectura del libbro Raziel que la de los Santos Evangelios.
— Yo buscaba la verdad en todas partes.
80
FERNANDEZ BREMON.
— ¿Y creíais que un ángel había revelado á un hijo *de
Adán las fórmulas con que se llama á los espíritus ?
— Yo no creía: averiguaba.....
— ¿Habéis hecho algún bien?
— He sido tan pobre....
— N o, IX Enrique, no habéis sabido gobernar vues
tra hacienda; habéis roto con la Nobleza, aficionándoos
al trato de gentes despreciadas, y despreciando el ejer
cicio de la guerra, que es obligación natural de todo
cristiano en una tierra conquistada por infieles. No es
el mundo quien os abandonó, sino vos el que os alejasteis de ese mundo, rompiendo sus costumbres, saltando
por sus leyes y muriendo como incrédulo.
— ¿ Incrédulo decís ? exclamó D. Enrique con extraño
acento.
— Estáis muriéndoos ; teneis la conciencia cargada ce
.1
delitos; se halla á vuestro lado un sacerdote y no le ha
béis pedido confesión.
Don Enrique bajó aterrado la cabeza, consultó sum e
moría, miró en torno suyo, y dijo humildemente :
— Acercaos, D. Lope, que voy á decir todas mu
culpas.
El Obispo de Cuenca se aproximó al enfermo, y si 9
oido penetró en aquella oscura y fantástica conciencia
el enfermo palidecía ; el confesor temblaba; los tronco
que se retorcían en el fuego lanzando gemidos parecía
espíritus que protestaban de aquella santa ceremonia.
LA HIERBA I)E FUEGO.
81
y.
M edia hora más tarde, el Marqués de Villena, tran
quillo y resignado, decía con voz casi apagada'al Obispo
de C uenca:
— Todo es vanidad ; sólo es real lo eterno. Haced que
sea 'quemada mi librería; húndanse conmigo esos volúmemes que he amontonado por orgullo, y queja nadie
puetden aprovechar, puesto que no me disiparon ni una
sola', duda. ¿Qué es la fama, si aun lo tangible se vuelve
himno al borde de la tumba?
A cuellas fueron las últimas palabras del Marqués,
que alzó al cielo los ojos miéntras el sacerdote le ab
solvía.
Eli Obispo de Cuenca veia espirar al moribundo sin
jue llegase la Comunión : la respiración del Marqués se
hizo* fatigosa y sus miradas se extraviaban.
— Muere en Dios, dijo al ver que lanzaba un largo
suspiro, acaso el último.
Eiii aquel momento se oyeron grandes voces en la
callea.
— j Sacrilegio! ¡ Sacrilegio!
Cuando entraba en la posada el sacerdote que iba á
administrar la Santa Eucaristía al enfermo, un bulto,
que salía huyendo de la casi, atropelló al sacerdote.
Eira Asser, que, ciego y temeroso, aprovechaba aque
lla oicasion de huir para ocultarse.
6
82
FERNANDEZ BREMON,
Alzóse un gran clamoreo : unos decían que el bulto en
el demonio, que huía de aquella casa para siempre. Las
viejas aseguraban que la confesión no había sido siicera, y que el alma del Marqués de Villena, al abandtna’
su cuerpo, había querido impedir que el cuerpo de Niestro Señor entrase en su morada.
La religión había absuelto al pecador : la voz del jueblo seguía condenándole; para aquélla era un cristan»
arrepentido; para la segunda un brujo impenitente.
EPÍLOGO.
Si el rey 1). Juan II no auxilió en vida á su tiodoi
Enrique de Aragón , en cambio le hizo enterrar con lodt
pompa. Su cadáver fué depositado en la iglesia de Sai
Francisco, junto al altar mayor, al lado de la Epístda
pero concluidas las ceremonias fúnebres, á que assti»
de luto la Grandeza, quedó arrinconado para sienpr;
' aquel hombre singular, enemigo de las armas en un si
glo de guerreros, apasionado por las ciencias en um
época de oscuridad : aquel hombre que en vida vió i h
Nobleza de Castilla y Aragón disputarse con las ama;
sus Estados, y á quien para conservar su maestrazgo b
faltó, más que la protección del rey D. Enrique III, d
amoldarse á las preocupaciones y gustos de su époci.
Frente á su sepulcro estaba situado el de un honbr
notable, Puiz González de Clavijo, embajador de D. En
rique III en Persia, cuyo libro de viajes áün hoy s< le
L A HIERBA DE FUEGO,
83
con gusto (1), y del cual se extraen noticias importan
tes. Cuando el templo fué derribado para construir la
gigantesca mole que hoy existe en el mismo sitio, ¿qué
se lucieron los restos de aquellos célebres señores?
Deciamos que el sepulcro del Marqués de Villena que
dó completamente abandonado, y liemos sido injustos.
Un hombre seco y macilento, de traje negro y raido,
iba todos los dias á rezar sobre el sepulcro y oir una
misa por el alma del difunto: parecía uno de esos per
ros fieles que no pueden apartarse de la tumba de sus
amos. Todas las noches, al retirare á su posada, se de
tenia Miguel Ramírez ante la puerta del templo, y qui
tándose el sombrero, encomendaba á Dios el alma de
1). Enrique.
Una noche, al aproximarse á la iglesia, notó Ramírez
que la puerta estaba entreabierta, sin duda por descuido
de algún monje. La curiosidad y la atracción que ejercía
para el escudero el sepulcro de aquel á cuyo lado había
vivido tantos años, le determinaron á entrar cautelosa
mente en el templo. La iglesia estaba á oscuras : sólo se
veia una claridad vaga sobre el sepulcro de D. Enrique
de Villena : Ramírez creyó al principio que aquella luz
era una lámpara, pero mirando atentamente, vió unos
efluvios luminosos que se elevaban del sepulcro, oscilan
do suavemente como movidos por el aire : eran esas fos
forescencias que brillan por la noche en los cementerios.
(1) Algunos críticos niegan que sea González de Clavijo autor
de aquel libro ; aqui seguimos la opinión contraria, por ser la más
admitida.
84
FERNANDEZ BREMON.
Ramírez cayó de rodillas, y en vez de sus acostum
bradas oraciones, sólo salían de sus labios estas pa
labras :
— ¡Gracias, Dios mió, D. Enrique es feliz sin duda;
la hierba de fuego crece en su sepulcro !
FIN DE LA HIERBA DE FUEGO.
(Ilustración Española y Americana, 8, 15 y 22 de Febrero de 1874.)
Mr. dansant , médico aerópata .
/ mi querido amigo el Subinspector d&> S a lu d a d militar.
.
Y
m, m m ,médico
i.
Uno de los establecimientos más curiosos de Europa
es la casa de salud de Mr. Dansant, fundador y propa
gador de la aeropatía, ó sea, sistema de curar toda clase
de enfermedades por medio del aire.
Abandonado en las calles de París siendo muy niño,
Mr. Dansant había pasado su infancia al aire libre ; el
aire entrando á través de su destrozada ropa, en vez de
alterar su salud, le había acostumbrado á resistir vigo
rosamente la intemperie : un herrero, compadecido del
granuja, le recibió en su taller y puso á su cargo el
fuelle de uno de los hornos : cansado de soplar la lum
bre y de la abrasadora atmósfera de la fragua, el mu
chacho entró de aprendiz en una fábrica de abanicos, y
en sus ratos de ocio empezó á estudiar música, dedi
cándose á aprender el pito, por ser entre los instrumen
tos de viento el más barato y tener aplicación en las
bandas militares : su ambición de muchacho le hacía de
sear el uniforme, que da al cuerpo un aire distinguido.
—Tienes la cabeza llena de viento, decía el fabrican
te á su aprendiz, cuando éste le aseguraba que con el
DO
FERNANDEZ BREMON.
tiempo liaría ruido en el mundo. Ya te cortarán las alas
si tratas de volar por tí mismo.
La ocasión se ofreció más pronto de lo que el mucha
cho se esperaba : el fabricante de abanicos construía
también otros aparatos : cierto dia se presentó en la tien
da un aeronauta y encargó un paracaídas. Luis Dansant fué elegido por su maestro para llevar el aparato
al comprador, á quien halló probando un globo : éste se
hallaba sujeto por una maroma á unos fuertes anillos de
hierro : los gases le inflaban rápidamente y el aeronauta
se había instalado en la barquilla, donde examinó el pa
racaídas.
—No parece mal trabajado, dijo al aprendiz ; pero,
¿quién me responde de su solidez?
— Yo, contestó rápidamente el muchacho, si Y. me
asegura que es bueno el sistema.
— De ese no tengo duda: está conforme con las leyes
físicas.
—Entonces me comprometo á hacer la prueba, si us
ted me permite subir en el globo.
El aeronauta, admirado del atrevimiento de aquel ni
ño, le acogió bondadosamente en la barquilla, pero no
le consintió la prueba del aparato, que se hizo con buen
éxito en un perro. Luis aspiró con delicia el aire de las
alturas: el aeronauta gozaba al observar aquella infan
til alearía y propuso al aprendiz que entrase á su servi
cio. Dansant aceptó con júbilo el ascenso: el aeronauta
había calculado el poco peso de su nuevo ayudante, que
en sustitución de otro cualquiera, le ahorraba algunos
metros cúbicos de gas.
MR. DANSANT, MEDICO AEROPATA.
91
El nuevo maestro de Dansant era un sabio y enseñó
áá su criado y discípulo la física, la medicina y dos ó tres
i idiomas : vivía del producto de sus ascensiones, cada vez
imás escasas, por la competencia de otros aeronautas
imás atrevidos/los cuales en vez de barquilla se elevaIban en trapecios, haciendo ejercicios gimnásticos muy
Uncidos y arriesgados. Para colmo de desdicha, el globo
¡■se deshizo, y el maestro de Dansant murió al poco tiem]po de una afección pulmonal, pidiendo aire.
— Héteme aquí médico sin clientes y sin recursos;
imi maestro lia muerto por falta de aire en los pulmo
nes : el aire es el principio de la vida; yo he vivido
siempre del aire, ya soplando con un fuelle, ó haciendo
abanicos para dar aire, ó recorriendo la atmósfera en un
globo. ¡Bah! Tengo travesura y no puedo ménos de flotar
en todas partes. Y meditando acerca del aire, Mr. Dan
sant inventó la aeropatía.
Todo el que pretende pasar por sabio, busca un país
en donde no se le conozca : Mr. Dansant se embarcó para
Inglaterra, y en todo su viaje tuvo el buque viento en
popa; pocos dias después de su llegada á Londres, se
leia en el Times el siguiente anuncio :
« M r. D ansant,
médico aerópata.
»H a llegado de París, después de haber salvado la
vida á 2.000 enfermos, sin más auxilio que el del aire.
En el aire está la salud y es inútil buscarla en otra par
te. En la atmósfera hay una oficina de farmacia. Cada
sorbo de aire que aspiramos es un trago de vida. El aire
es el más eficaz de los agenta terapéuticos.
92
FERNANDEZ BREMON.
»M r. Dansant tiene innumerables certificados de ssusus
curaciones prodigiosas. Admite consultas en su casai a al
precio de una libra; cinco, si se le llama á domiciliio io ;
gratis á los pobres, si presentan: l.°, certificación d< de
buena conducta; 2.°, una prueba de pobreza suscrritróta
por cien vecinos; 3.°, declaración en que conste que e el
enfermo es hijo de legítimo matrimonio; 4.°, otra de; b la
policía en que se afirme que nunca ha comparecido anntate
el jurado por infracciones de ley; 5.° y último, un doccueumento que acredite que practica alguna de las religionaeaes
positivas.
» La teoría aeropática está desarrollada en un folleeteto
que se vende en casa del doctor.»
Aquel anuncio alarmó á los farmacéuticos de Lóndrees^s,
entre los cuales se agotó la edición primera del folletco :o :
en toda población grande liay millares de enfermos q\ueue
han ensayado inútilmente todos los sistemas ; éstos fu leye
ron los primeros clientes del aerópata: las escuelas mié-mé
dicas, desatándose en invectivas contra el intruso, com-ntribuyeron á su celebridad; la novedad del sistema lele
puso en moda; en pocos dias vend’ó un considerable suir-rtido de abanicos higiénicos; dos meses después un esp>e-eculador se asoció á Mr. Dansant, facilitándole los fom-ndos para fundar un establecimiento digno de la gnanin
ciudad de Londres.
II.
El edificio, situado en una altura, está sólidamenitete
construido para aprovechar y resistir todos los vientios >s
MR. .DANSANT, MEDICO AEROPATA.
93
<l<lel mar y de la tierra.. Consta de varios pisos, y le roddean cuatro torres con magníficas veletas ; las azoteas
stson un verdadero paseo, por donde salen á airearse los
eienfermos ; cuatro globos constantemente hinchados y
aamarrados á cables gruesos, que, mediante unas cigüeñfias, permiten elevarse el aparato á la altura en que debben tomar el aire los dolientes, permanecen en el espacicio inmóviles ú oscilantes, según el estado de la atmósñfera. Adornan la fachada principal la estatua de Eolo y
Ida rosa de los vientos. Los pisos superiores son un verddadero hotel en que la comida y la asistencia, á pesar
d<de su suntuosidad, son gratuitas; solo pagan los hués
pedes el aire que respiran* clasificado en varios precios.
Una maquinaria complicadísima establece y lleva por
«(conductos á las respectivas dependencias, corrientes de
aiaire á toda clase de temperaturas, aumenta ó disminuy<ye su velocidad por medio de graduadores, y los coloca
eien diversas condiciones para obrar de distinto modo en
elei enfermo. Aquéllas desembocan por anchas compuerütas ó estrechos tubos, según tengan que ejercer acción
eien un espacio grande ó reducido. Las salas de la enfernmería llevan el nombre del aire á que se hallan sometiddas, y se llaman : sala de aire helado, sala de aires húrrmedos, sala de aires rápidos, de aire sofocante, de aires
«(colados, de aires enrarecidos, dulces y salados. Una máq quina de vapor da movimiento á los diferentes aparatos,
«¡calienta el aire, pone en juego una poderosa máquina
n neumática y desequilibra la temperatura de los depòsi
ti tos, para producir las corrientes y dirigirlas á través de
Idos tubos y galerías ; numerosos aerómetros marcan la
l
94
FERNANDEZ BREMON.
velocidad de las corrientes; el viento silba dentro de las
habitaciones, y el ruido de la tempestad es constante en
el interior del edificio. En el patio liay columpios de di
versos sistemas para que el enfermo se airee en todos
sentidos, y cestos sujetos á elevadísimas poleas, en que
aquél es arrojado desde una gran altura cuando ei mé
dico le receta aire vertical. Las señoras no pueden atra
vesar por ciertas galerías sin sujetarse los vestidos; va
rios molinos de viento aprovechan el aire sobrante; al
gunos dependientes llenan vejigas y pellejos de aires sa
lutíferos que se exportan á los puertos extranjeros.
Un vigía, colocado en la azotea y con la visü, fija
siempre en las veletas, anuncia todo cambio de vianto..
De pronto grita en las alturas : «¡Viento Sudoeste'», y
llenan al momento la azotea todos los enfermos á quie
nes aquel aire está prescrito.
Mr. Dansant reconoce á los enfermos en un lujoso ga
binete y escribe en un impreso el tratamiento. Sólo pre
sencia algunas operaciones peligrosas, como la^ ce la
sala de los torbellinos, en que el doliente, combatid< por
corrientes de gran poder y opuestas, gira sobre sí mismo,
choca contra las paredes acolchadas y es elevado p)r el
aire, hasta que le retiran sin sentido ; ó las caídas verti
cales cuando la altura pasa de cien varas; ó las cauteri
zaciones aéreas, con corrientes salidas de hornos encen
didos ; ó la ascensión tumultuosa, que consiste en sifrir
una tempestad en la barquilla de los globos ; ó el colum
pio gigantesco, en el cual se balancea el paciente en una
cuerda á cien piés de altura, describiendo arcos de vein
te ó treinta varas sobre el abismo. Dos ó tres paralíticos
'
MR.
DANSANT,
MEDICO AEROPATA.
95
recobraron por espanto el movimiento en aquellos ater
radores ejercicios ; otros varios espiraron en la prueba.
Alguna vez entraba en el gabinete del doctor un prac
ticante y le decia:
— Los caballeros que bajaron ayer al subterráneo lian
amanecido tullidos.
— ¡Magnífico! exclamaba Mr. Dansant, ahora se vc*rificará la reacción; que los pasen á la sala de los aires
sofocantes. Todo lo liabia previsto.
Los enfermos, en aquella agradable transición del frió
al calor, experimentaban un alivio físico, que creian ser
de la dolencia principal que padecían.
Cuando el mal resistia al tratamiento, Mr. Dansant
tomaba el partido de alejar á los enfermos.
— Caballero, dijo á uno de ellos cierto dia, he agota
do los recursos del establecimiento; el estado patológico
de V. ha mejorado, he conseguido acelerar la circula
ción de la sangre; pero la curación completa no puede
lograrse sin someterle á V. á la acción del Siroco.
El enfermo respondió temblando :
— Haga Y. de mí lo que sea necesario.
— Es que.... ese viento no lo tenemos en la casa.
— Pero, ¿no tienen ustedes aires abrasadores?
— Amigo mió, Y. los necesita calentados por las are
nas é impregnados* de las emanaciones del desierto.
Debe V. partir inmediatamente para el África.
— ¿Y no podría Y. recetarme otro viento? replicó el
doliente con acento suplicante.
— Si señor, el Simoun ; pero sólo le encontrará V. en
el Asia.
96
FERNANDEZ BREMON.
El establ ¡cimiento aeropático era también casa de
aclimatación para personas recieu llegadas de los palies
tropicales; la habitación del forastero se sometia paula
tinamente á toda clase de temperaturas, desde la nás
elevada á la más baja. Al mes de su entrada en el edficio, un habitante de Jamaica se hallaba en aptitud de
pasearse por el círculo polar en traje de batista.
La aeropatía había sido muy bien acogida por las l a
mas, cuyos padecimientos nerviosos y morales curaba
con céfiros suaves, brisas perfumadas, viajes por Itala,
carreras á caballo y cambios de aire bruscos y conínuos, desde la atmósfera del tocador á la libre de la
calle, de ésta á la de las galerías de un museo, y luéjo
á la enrarecida de los teatros y conciertos. La mano le
un galan, oprimiendo la espalda de una dama, miéutns
el cuerpo giraba walsando en una atmósfera ondú lañe,
surtía, según Mr. Dansant, el efecto de una bizma.
Sucedió que un dia se inscribieron en el registro él
doctor estos dos nombres :
«Temístocles Dirauzo, propietario, natural de Bru
nos-Aires , edad cincuenta años. Catarro crónico.
»Aura Dirauzo, su hija, id., edad diez y seis año.
Palpitaciones en el pecho.»
Mr. Dansant, después de reconocer á D. Temístocle,
le dijo con acento grave :
— Voy á someterle á A", al tratamiento de una coriente marina ecuatorial balsámica de primer grado. Pemanecerá V. en su cuarto siete dias.
—En cuanto á es a señorita, necesita un régimendi¡metralmente contra 'o. Aires nocturnos de azotea.
MR. DANSANT, MEDICO AERÓPATA.
7
97
— Cuando llegue su aya podrá empezar á medicinar- tse, dijo D. Temístocles.
— ¡$^¡¡ía perder un tiempo precioso, contestó Mr. Dan! tsant animado con las dulces miradas de Aura: esta no<clie tendré el honor de acompañarla.
Y mientras el padre y la hija salian del gabinete en
3 (compañía del conserje, murmuraba entre sí el faculta| ttivo :
— ¡Aura, natural de Buenos-Aires! ¡Y o , Dansant,
fundador de la aeropatía!
Y apoyando la cabeza sobre las manos, quedóse ha
ciendo castillos en el aire.
III.
Las veletas estaban inmóviles, como descansando de
una gran fatiga. La niebla, menos densa que de ordina
rio, envolvía en una nube el edificio; habían cesado los
silbidos del viento artificial de la maquinaria; la atmós
fera estaba completamente sosegada, y en medio de
aquella calma general, la imaginación de Mr. Dansant
parecía un torbellino.
Aura, envuelta en.iun hermoso abrigo de pieles, se
apoyaba en el brazo del doctor; la azotea estaba solita
ria, únicamente en la parte más oscura de la galería se
podía divisar, fijando mucho la atención, un bulto infor
me que espiaba á la pareja; pero Mr. Jamant, por un
i
jxceso de galante delicadeza, paseaba j, >r los sitios más
luminados. Es verdad que en ellos podia ver más á su
98
FERNANDEZ BREMON.
gusto los negros y expresivos ojos de la hermosa ameri
cana y su Llanca mano, que asomaba á veces entre las
pieles, desnuda de guante, pero cuajada de diamantes
brasileños.
La conversación había sido larga y animada, como
de una niña que, para buscar alivio á su mal, refiere á
un médico joven y complaciente la historia y el origen
de unas palpitaciones en el pecho. Palpitaciones ino
centes , producidas por las ausencias de su padre para
activar la explotación de minas lejanas, ó recorrer las
pampas donde pacían á millares sus ganados. Dansant
se sentia conmovido ante aquella espléndida belleza que
poseía tan espléndida fortuna, y cuyos ojos, cou la can
didez de la poca edad, le hacian pudorosas confiden
cias.
Mr. Dansant era demasiado previsor para aventurar
se antes de tiempo; pero notaba que el influjo de aque
llas miradas suaves estaba á punto de destruir la gra
vedad y compostura que necesitaba al ejercer su severo
ministerio.
— Las brisas no han querido favorecernos esta noche;
sería peligroso prolongar este paseo en una atmósfera
tan calmosa, dijo con acento amable, pero firme.
Aura le dirigió una mirada que parecía significar dolorosa resignación, y el doctor la condujo á su aposento;
cuando se cerró la puerta de éste, Dansant quedó inmó
vil un buen rato, creyendo ver ante sí todavía á la ame
ricana , pero más seductora y más aérea.
Al fin volvió en sí y exhaló un gemido involuntario
al ver enfrente á otra mujer, también hermosa y joven,
MR. DANSANT, MEDICO AERÓPATA
99
pero colérica y amenazadora, que, apoderándose de su
brazo, ocupó el puesto de Aura.
Era Miss Séphora Wind, doctora en medicina y cirujía, é hija del farmacéutico Mr. Wind ; mujer hermosa
y atlética, cuya mano varonil no sólo parecía propia para
manejar el escalpelo, sino que era digna de una lanza.
Mr. Dansant apretó el paso, temiendo una explica
ción en voz alta á la puerta misma de Aura, porque la
voz de Séphora era sonora como el trueno. Ya lejos,
dijo con enojo:
— Es preciso que concluyan las molestias que toma
usted para espiarme. Quiero quedar libre como el viento.
— Ni áun el viento es libre desde que tuvo Y. la se
renidad de someterle á su sistema.
— ¿Con qué derecho me persigue Y .?
— ¿Y con qué intención evita Y. mi compañía?
— Acabemos ; la amistad de Y. me honra, pero me
abruma.
La robusta inglesa quedó inmóvil y pálida, pero, so
breponiéndose á su emoción, dijo con acento solemne :
— No tengo derecho, según la ley, para importunar
le ; V. no me ha hecho promesa formal de matrimonio :
en cambio, miéntras satisfacía á su ambición la modesta
fortuna de mi padre, me hacía V. continuas declaracio
nes con los ojos. Por eso y sin creer en la aeropatía, he
•estudiado el sistema, he perfeccionado algunos aparaitos, he aprendido hasta el manejo de los globos y he
i sido cómplice de Y. en algunas defunciones ; he contri1buido á la prosperidad de Y . imaginando trabajar al
i mismo tiempo por la mia....
100
FERNANDEZ BREMON.
—Ese estudio le ha servido a Y. para aumentar sus
conocimientos, amiga mia.
—¿Y tiene Y. valor para suponerse mi maestro? ¿De
una profesora que, con asombro de la facultad, ha liga
do una carótida?
— ¡Qué horror! dijo Mr. Dansant; Y. ha derramado
sangre humana; nuestras opiniones médicas nos sepa
ran....yo hubiera restablecido la normalidad de aquella
artéria sin más auxilio que el del aire....
—Es Y. un impostor.
— Y V. infiere heridas mortales á sus clientes, y su
padre de Y. ensucia el estómago de los habitantes de
Londres.
— ¡Qué ingratitud! Ayer mismo decía yo á mi padre:
« Conviértase Y. á la aeropatía; el agua es el principal
elemento con que hace Y. hoy sus combinaciones; ¿por
que no ha de servirse Y. del aire, cuya adquisición es
más sencilla y cuyas aplicaciones son más inocentes?»
Pues bien; quizás podría renunciar al amor que V. me
inspira, pero nunca á la retribución de mis trabajos. La
jóven en quien Y. se ha fijado no ha de pertenecerle, ¿lo
oye Y.? Sabré advertirla.
— Señora, para evitar imprudencias que comprome
tan la salud de mis enfermos, prohíbo á Y. la entrada
en mi establecimiento.
— ¿Me arroja Y. de su casa? dijo Séphora con acento
amenazador. Pues bien ; guerra á muerte.
Mr. Dansant se alejó precipitadamente al observar la
actitud imponente de Mis Séphora.
El doctor soñó aquella noche en grandes llanuras sin
MR. DANSANT, MEDICO AEllÓPATA.
101
árboles, todas dedicadas al pasto, y vio galopar por ellas
manadas interminables de caballos que aprisionaba con
un lazo en las pampas de Buenos-Aires : vió rocas que
se abrían ofreciéndole magníficos filones argentíferos, y
vió á Séphora persiguiendo á la pobre Aura, bisturí en
mano, hasta que conseguía derribarla en tierra y ligarla
la carótida.
IV.
Mr. Dansant era feliz; Aura le correspondía.
Todas las mañanas la hermosa niña recibía un obse
quio aeropático; apenas el alba filtraba su luz tibia por
los vidrios de la ventana, penetraba en la alcoba una
brisa suave cargada de perfumes. Otra brisa balsámica
saturada de olores narcotizantes, la adormecía por la
noche. Aura recompensaba aquellas galanterías permi
tiendo al doctor besar la piel blanquísima de su abrigo.
En uno de los paseos nocturnos en que el médico y
la niña hablaban de su amor, y ésta ponderaba los obs
táculos que opondría el carácter de su padre, dijo Aura
de repente:
—¿Qué capital es el de V.?
Mr. Dansant quedó frió ante aquella pregunta ines
perada.
— Doscientos mil francos, contestó con voz temblona.
Una extraña alegría lució en el rostro de Aura y llenó
de sospechas la imaginación de su amante, pero los re
celos se convirtieron en júbilo extraordinario al oir estas,
palabras burlonas de la niña:
102
FERNANDEZ BREMON.
— ¡Já! ¡já! Es preciso ocultárselo á mi padre. El
capital de Y. es nuestra renta de dos meses, y don
Temístóeles es calculador, comerciante y algo avaro.
A pesar de su dominio sobre sí mismo, Mr. Dansant,
en un estremecimiento involuntario, oprimió el brazo
de Aura.
—¿ Qué tiene Y. ? exclamó ésta mirándole fija
mente.
—Nada, nada, un desvanecimiento: los obstáculos
me parecen insuperables y tiemblo por mi suerte.
Aura, con tono grave y voz reposada, dijo alzando
los ojos al cielo, para dar mayor solemnidad á su pro
mesa :
— Sea cual fuere la desigualdad de nuestras hacien
das, prometo ser esposa de Y. y nunca de otro. Cuando
una joven hace en mi país esta declaración, cumple
siempre lo ofrecido. Yo mismo tantearé las intenciones
de mi padre; si no podemos obtener su beneplácito, liuirémos de su lado y nos casarémos en Suiza, donde esperarémos que se digne perdonarnos.
El Doctor, aunque era enemigo de ciertas actitudes
que sólo se usan en las comedias, creyó que en aquel
caso no podía prescindir de arrodillarse; hecho esto, se
apoderó de la mano de Aura con intento de besarla:
la pudorosa joven, retirándola precipitadamente, dijo
con coquetería:
— ¡En el abrigo! miéntras continuemos solteros, nada
más que en el abrigo.
Las brisas que aquella noche embalsamaron la alcoba
de Aura fueron más exquisitas, más fragantes; pare-
MR. DANSANT, MEDICO AEROPATA.
103
cia que el espíritu enamorado del Doctor, saliendo de un
frasco de esencias, daba las buenas noches á su amada
en forma gaseosa.
Y.
Mr. Dansant era desgraciado: el prestigio de la aeropatía declinaba, y Aura no tenía esperanzas de que
su padre accediese á sus deseos: D. Temístobles perma
necía encerrado en su gabinete, aspirando aires maríti
mos y alimentándose de volátiles, manjares expuestos
al sereno, jamón curado al aire, buñuelos de viento y
otros platos higiénicos.
Séphora Wind hacía una oposición terrible al sistema
aeropático, publicando comunicados en los periódicos
serios, é inspirando caricaturas en los satíricos; monsieur Dansant aparecía en los grabados, ya recetando
un wals corrido á un paralítico, ó el ejercicio de la es
calera aérea á un apoplético. En una de las caricaturas
figuraba nuestro héroe haciendo entrar á la fuerza en su
establecimiento á un caballero atropellado por un coche.
— ¡Señor! decia el enfermo resistiéndose: el sistema
fie Y. de nada me aprovecha; necesito que me amputen
este brazo.
— En mi casa hay de todo, caballero; le amputare
mos lo que guste; tengo aires que cortan.
Se insertaban ademas relaciones de las personas agra
vadas por someterse al tratamiento aeropático, y esta
dísticas mortuorias: Dansant había cobrado á Séphora
104
FERNANDEZ BREMON.
un miedo irresistible, porque conocía la tenacidad de su
carácter. Los enfermos, por efecto de aquella guerra
implacable, empezaban á escasear en la casa de salud,
cuyos ingresos disminuían cada dia. Todo presagiaba
una caída ridicula y estrepitosa.
En esta situación apurada hallábase Mr. Dansant,
cuando entró en su despacho un caballero de edad ma
dura y de aspecto severo é imponente. El doctor quiso
tomarle el pulso, pero el desconocido, retirando la mano,
dijo con misterio:
— Tome Y . sus precauciones para que nadie nos es
cuche.
Mr. Dansant cerró dos puertas, y volviendo al despa
cho aseguró á tan misteriosa persona que nadie podía
oir lo que tratasen.
— Pues bien, Mr. Dansant, nuestra común desgracia
nos asocia: yo soy un hombre honrado, que he vivido
siempre de mi buena reputación, de mi probidad inta
chable, de mi moralidad indiscutible.
— No lo pongo en duda, caballero.
— Sin embargo, voy á convencer á Y. de que mi hon
radez es usurpada.
— Lo creo, caballero, no necesita Y. probármelo.
— He derrochado la dote de una huérfana confiada á
mi tutela, y hallándome próximo á rendir cuentas, mi
reputación, adquirida en treinta años de costumbres ir
reprensibles, va á sufrir el más rudo de los golpes. Esto
me obliga á vender á Y. mi honradez, único medio que
tengo ya de conservarla.
— Mister...
MR. DANSANT, MEDICO AEROFATA.
105
— Keen...
—Pues bien, Mr. Keen, siento decir á V. que poseo
lia honradez suficiente para no necesitar comprar la suya
í'á nadie. Ademas, si es cierto lo que acaba V. de asegu
rarm e, V. trata de vender lo que no le pertenece.
—Amigo mió, no nos entendemos. Si mi posición es
(crítica, la de Y. no lo es ménos; la aeropatía decae rá
bidamente, y le propongo á Y. salvarla. Y como mi pro
lijidad es una garantía para que no pueda sospecharse
<que sea capaz de prestarme á una superchería, he em
pezado disfrazándome al venir á esta casa, y encomianido mi honradez, de que puede Y. cerciorarse ántes de
¡aceptar el plan que le propongo.
Mr. Dansant escuchaba con gran curiosidad. Mister
Keen continuó hablando:
— Caballero, he decidido morirme: el prometido de
mii pupila, médico de mi casa, á quien he confiado mi
¡propósito, único que puede salvar mi honra y el capital
<de su futura, no tiene inconveniente en certificar mi deífunción, por la cual vengo á pedir á Y. 3.000 libras esIterlinas...
— ¡Caballero!
— Un poco de calma: pasado mañana se celebra un
imeeting contra la aeropatía: mi féretro pasará precisamiente por delante del edificio cuando se perore contra
¡usted y su sistema. ¡Qué gloria la de V. y qué confu
sión para sus enemigos, si propone resucitar por medios
saeropáticos el primer cadáver que se encuentre Y. en la
<calle!
— Luégo Y. me propone...
106
FERNANDEZ BREMON.
—Fingirme el muerto, ser encerrado en un ataúd y
hacer triunfar la aeropatía, dejando á V. que me resu
cite. La multitud aplaudirá el milagro, y los periódicos
y el telégrafo, difundiéndolo por toda Europa, multipli
carán en las arcas de Y. las 3.000 libras esterlinas. Yo
seguiré siendo un hombre honrado, mi médico recibirá
la dote de su esposa y Y. será considerado como el pri
mer sabio del mundo.
«
YI.
Jamas sistema científico recibió tan rudo golpe como
el que experimentó la aeropatía en el más famoso de
los meetings. Ningún inventor se vió tratado con tal
desprecio como Mr. Dansant en aquella sesión tumul
tuosa. Burlas de los oradores, rechifla de la multitud,
voces desaforadas entre las cuales sobresalía la de Séphora, y apostrofes sangrientos contra el impostor re
sonaban en la ancha sala donde se pronunciaban los dis
cursos. La voz de algún enfermo agradecido, que trató
de certificar la eficacia del sistema, fué ahogada por los
concurrentes indignados. La casa de salud de Mr. Dan
sant aparecía ante la asamblea, merced á las descripcio
nes de los tribunos, como una lóbrega cárcel en cuyos
calabozos esperaban la muerte ó el tormento muchos
desgraciados; era una nueva Bastilla, ó una cárcel in
quisitorial llena de instrumentos de martirio, que era
preciso hacer pedazos demoliendo el edificio.
Tal aspecto ofrecía la reunión cuando Mr. Dansant
MR. DANSANT, MEDICO AEROPATA.
107
(¡compareció ante sus enemigos para lanzarles el reto más
attrevido que lia dirigido médico en el mundo, desde Esciulapio á Suñer y Capdevila.
Es verdad que los murmullos y la gritería le favoreciieron, justificando aquel arrebato, aquel alarde que se
cconsideró como un acto de acaloramiento y de locura,
ptero del cual se aprovecharon sus adversarios para hundiirle en el descrédito. En medio de la tempestad y el
vcocerío con que se interrumpía el exordio de su discur
seo, vio Mr. Dansant la señal que le anunciaba la apro
ximación del convoy fúnebre, y fingiendo un rapto de
emtusiasmo, dijo con voz potente:
— No me escucháis... porque temeis ser confundidos.
Megais la aeropatía porque no está á vuestro alcance.
Pues bien ; traedme un cadáver y yo le daré vida: si esto
o>s parece una jactancia ó un medio de ganar tiempo, detcened el primer féretro que pase por la calle y dejad que
scometa el cadáver á la acción de mis máquinas ; yo vol
veré la circulación á su sangre y la respiración á sus pulnnones.
Aquella provocación irritó á la concurrencia de tal
imodo, que los más exaltados se lanzaron hácia monsieur
Eiansant; la policía creyó oportuno rodearle.
— ¡Dejadle! ¡Dejadle! decían algunos ; obliguémosle
áí que cumpla su promesa.
— Respetad su vida: sólo merece la muerte del ridlículo.
Mr. Dansant fué empujado tumultuosamente fuera de
ha sala; los adversarios del sistema aeropático se frotaInan las manos de contento; ya era tiempo de que mon-
108
FERNANDEZ BREMON.
sieur Dansant respirase el aire libre ; un momento más
entre aquella muchedumbre compacta que le impedia el
movimiento, y el inventor de la aeropatía hubiera muer
to sofocado. Un féretro había sido detenido en la calle
por la gente que quería obligar al médico á cumplir lo
prometido. El carruaje fúnebre era una especie de ómni
bus coronado de penachos negros, y en el cual gemian
los parientes del difunto: el ataúd iba debajo en el fon
do del carruaje, según la costumbre de Inglaterra.
Mr. Dansant palideció á la vista del fúnebre aparato,
calculando con terror los riesgos que ofrecía su empresa,
y deplorando que hubiese llegado tan á tiempo; temía
que sospechasen la verdad sus enemigos.
— ¿Por qué deteneis el carruaje? decía desde su asien
to uno de los parientes enlutados , dirigiéndose á la mu
chedumbre.
— ¡Que hable Mr. Dansant! A él solo corresponde la
respuesta. Así exclamaban algunos mal intencionados
gozándose en el apuro en que habían puesto á su con
trario.
— Sí, sí, que se explique, respondieron muchas vo
ces.
— Señores, exclamó Mr. Dansant con voz muy con
movida, soy un médico aerópata, que confiado en los
recursos de la ciencia que practico, he prometido demos
trar su eficacia resucitando el primer cadáver que me
permitan llevar á mi establecimiento.
Los parientes que iban en el carruaje, se miraron asus
tados.
— Caballero, dijo uno de ellos, tal vez ignoráis que la
MR. DANSANT, MEDICO AERÓPATA.
109
seeñora, cuyo cuerpo llevamos á enterrar, lia fallecido de
vrejez.
Mr. Dansant quedó aterrado; no era Mr. Keen el que
s(e veia en la precisión de resucitar, sino un cadáver
verdadero. Era imposible retroceder, sin embargo : penscó en fugarse, pero un círculo de enemigos le rodeaba
p>or completo.
—Pues bien, sea cual fuere el género de su muerte,
s«ostengo que puedo hacer vivir á esa señora, exclamó
Mr. Dansant espantándose de sus palabras.
Los parientes deliberaron en voz baja. El infeliz aercópata sentia que las fuerzas le faltaban; nunca se liabjia encontrado en una situación tan espantosa, y envidliaba la suerte del náufrago, que se hunde, honradamentte al ménos, en las aguas, miéntras él iba á perecer
e3ntre silbidos.
Por fortuna, los caballeros enlutados eran herederos
(¡directos de la muerta, y uno de ellos se expresó de esta
rmanera:
—Creíamos que las razones ya expuestas os hicieran
(desistir de un proyecto tan absurdo; los muertos no resuccitan, y como tenemos esta convicción, no podemos conssentir que el cadáver de nuestra buena parienta sea proIfanado y sujeto á estudios ó experimentos; dejadnos conttinuar nuestro camino y respetad nuestro dolor.
—¡Tiene razón! gritaron algunas voces.
—Es una comedia ya ensayada, dijeron otros.
—La prueba no puede verificarse, y cantará su triunfo
ifácilmente.
Mr. Dansant, lleno de alegría, y seguro de la resisten-
110
FERNANDEZ BREMON.
cia (le los herederos, quiso saborear el triunfo, insistien
do en sus afirmaciones.
—Conste que estoy dispuesto á resucitar á la difunta
—Conste que nos oponemos á que se ultraje su cadá
ver, contestó el enlutado.
— ¿ Y con qué derecho negáis la vida á esa señora? re
plicó Mr. Dansant con impudencia , si bien para irrita
más á los parientes.
—Obliguémosles á que se haga la prueba, dijo una vm
implacable.
Algunos impacientes se apoderaron de las riendas d<
los caballos, y Dansant, aterrado, creyó ver entre los qu<
se disponían á dirigir el carruaje á la robusta Séphora
que le miraba con encono. Aquella complicación estuvo
á punto de arrebatarle el juicio: después de salvado, él
mismo se perdia.
Los enlutados pidieron auxilio á voces, y algunos polishnen empezaron á separar á los curiosos. La opinión
de éstos se había dividido; pero se hubiera entablado una
lucha, tal era la impaciencia de todos porque se verifica
se el experimento, á no escucharse estos gritos á lo léjos :
— ¡Otro féretro! dejad ése: otro féretro se acerca.
Mr. Dansant respiró á plenos pulmones: los herede
ros también respiraron á sus anchas, y el coche fúnebre
siguió su tristísimo paseo.
VIL
Cuando el segundo carruaje mortuorio llegó al sitio
en que Mr. Dansant esperaba, ya había circulado entre
MR. DANSANT, MÉDICO AERÓPATA
111
la multitud el nombre del difunto: era indudablemente
Mir. Keen, seguido de un cortejo numeroso; las gentes se
aptartaban con respeto, en honor á las virtudes proverbia
les del finado: nadie hubiera sospechado la comedia que
representaba en su ataúd aquel ciudadano respetable.
Iaos interesados en la ruina del Doctor, los curiosos, todcos unánimes, temiendo que se malograse el espectácu
los, habían suplicado y obtenido, á fuerza de ruegos, el
peermiso délos parientes de Mr. Keen para que se hiciesei con el cadáver aquella prueba decisiva. Así fué que el
Díoctor no tuvo que tomarse más trabajo que seguir ápié
ell fúnebre cortejo.
Millares de personas, atraídas por la novedad del ca
sco, aumentaron la comitiva, acompañando en silencio el
ciarruaje y mirándose unos á otros con sorpresa: los gri
teos habían cesado; sólo dominábanla curiosidad y la im
paciencia.
La honradez notoria de Mr. Keen ayudaba perfec
tamente al engaño público, porque la defunción de
atquél, anunciada con sentidos párrafos en todos los
periódicos, desvanecía hasta la menor sombra de sos
pecha.
El carruaje se detuvo por fin ante el establecimiento
aieropático: un agente de policía ofreció sus servicios al
IDoctor para contener la muchedumbre y velar por su
seguridad, que creía muy amenazada. Mr. Dansant conttestó que permitiesen al público la entrada en el patio
(de la casa, impidiendo que invadiese las otras dependen
cias: algunos curiosos, sin embargo, se posesionaron de
lias escaleras: Séphora, utilizando su conocimiento del
112
FERNANDEZ BREMON.
local, se había apoderado de una ventana, desde la cual
dominaba el espectáculo.
Cuatro hombres sacaron del carruaje el ataúd y le su
bieron á las habitaciones principales, en donde sólo se
permitió entrar á los parientes del difunto. Sordos mur
mullos se alzaban en el patio y en la calle: las gentes se
empujaban unas á otras para ganar los mejores sitios:
los dependientes de la casa de salud estaban amedientados. Mr. Dansant daba órdenes, y terminados los prepa
rativos, asomándose á una de las galerías, habló así á la
concurrencia:
« Señores:
»Voy á intentar un hecho sin ejemplo en la historia
de la medicina: el galvanismo puede dar movimientos,
y acaso llegue á dar voz á un cadáver, pero es un fenó
meno instantáneo, que cesa con la causa que loprocuce:
la aeropatía, sirviéndose de los principios vitales cíntenidos en la atmósfera, aspira á más, cree tener medios
para infundir nueva vida en un cuerpo cuyo organismo
no funciona. Pasado el acalor miento con que hice mi
atrevida promesa, no debo ocultaros que el resultad) de
esta prueba es inseguro.
(Grandes murmullos interrumpen el discurso.)
«Pero no desconfío, sin embargo; las máquinas están
prontas; los aires salutíferos que han de vivificar los
pulmones del cadáver se hallan en sus respectivos apa
ratos. Tres mil libras esterlinas me cuesta este singular
experimento, y las doy por bien empleadas si consigo
113
MR. DANSANT, MEDICO AEROPATA.
«levolver la vida á un hombre cuya pérdida lamenta
ttodo el pueblo. Tened paciencia, y suspended vuestro
jjuicio hasta saber el resultado ; el cuerpo de Mr. Keen
;yace en la sala de los torbellinos, en la cual voy á le
vantar una tormenta: antes de un cuarto de hora será
«devuelto á su familia vivo como nosotros, ó muerto, si
tengo la desgracia de no salir triunfante. Voy á some
terle á todas las gradaciones aeropáticas, desde el vacío
hasta el huracán desencadenado; voy á hacer en su ob
sequio un esfuerzo supremo, que será el último de esta
naturaleza, porque, señores, debemos respetar los decre
tos divinos y no empeñarnos en devolver la salud á aque
llos á quienes Dios, en sus altos fines, priva déla vida.»
Mr. Dansant fingía estar dudoso del éxito para dar
más verosimilitud á la comedia; por el vocerío y las
amenazas que suscitó su discurso pudo convencerse de
su triste suerte, si en vez del cuerpo de Mr. Keen hu
biera tenido que resucitar el cadáver de la anciana.
— Recuerda que la promesa fué solemne, decía una
voz irónica.
— No creas que tu burla quede impune.
— Necesitamos dos vivos ó dos muertos.
Estas y otras frases resonaban en el patio, cuando el
Doctor se retiró de la ventana.
Mr. Dansant hubiera querido evitar á Mr. Keen las
emociones violentas de la sala de los torbellinos; pero
el estrépito de la maquinaria, el silbido de los vientos
y los golpes de las compuertas eran necesarios para he
rir la imaginación de las gentes y dar una idea impo
nente y deslumbradora del sistema aeropático.
s
114
FERNANDEZ BREMON.
Diez minutos permaneció á solas con el fingido cadá
ver en la sala circular destinada á las tormentas; en
aquel tiempo Mr. Dansant no cesó de abrir grifos, hacer
silbar el aire de todos los conductos subalternos para
que los empleados le creyesen ocupado en una opera
ción larga y delicada: Mr. Keen permanecía inmóvil en
el suelo respirando con precaución y sin atreverse á abrir
los ojos; por fin oyó una voz que le decia al oido estas
palabras:
—Ya Y. á sufrir la prueba última: soporte V. con
paciencia la incomodidad que le preparo, y yo cuidaré
de que no se prolongue mucho.
Luégo sintió Mr. Keen que se cerraba una puerta;
después oyó un gran estrépito, y íe pareció que el vien
to le arrastraba: entonces abrió los ojos, y se vió, en
efecto, llevado de un lado á otro por fuerzas irresisti
bles y contrarias: quiso agarrarse á algún objeto, pero
el huracán no le permitía estar inmóvil: su cuerpo cho
caba sin lastimarse contra las paredes acolchadas, pero
le faltaba la respiración durante intervalos que se le
figuraban interminables : todo giraba á su alrededor; los
objetos perdían su forma, tomando el aspecto de fajas
de colores diferentes: sus ideas se hacían cada vez más
confusas, y cesaron por completo.
Mr. Dansant, entre tanto, calculaba desde fuera, re
loj en mano, la duración del torbellino.
El público, cansado de esperar, había prorumpido en
insufrible clamoreo, llegando el vocerío á dominar el es
truendo de las máquinas.
El Doctor dió la señal para que dejase de funcionar
115
MR. DANSANT, MEDICO AEROPATA.
la maquinaria, una, dos y tres veces, pero en vano: el
ruido popular ahogaba sus silbidos: aterrado, al ver el
riesigo que corría la vida de Mr. Keen con la prolonga
ción de aquel tormento, salió en persona para advertir
á los operarios, pero éstos, espantados con el motín, y
enterados de su causa, habían huido casi todos. Monsieur Dansant bajó á la máquina y consiguió, con gran
trabajo, suspender su movimiento: cuando pudo abrir
el departamento en que estaba Mr. Keen había pasado
más de un cuarto de hora: el enfermo de mayor resis
tencia no hubiera sufrido aquel vaivén cinco minutos.
Mr. Keen yacía en el suelo inmóvil y demacrado.
Dansant se acercó á reconocerle y notó que sus artérias
no latían y que su respiración había cesado por com
pleto. Por un instante mantuvo la esperanza de que fue
se aquello un accidente pasajero, pero una inspección
detenida le convenció de que Mr. Keen estaba muerto.
Entonces Mr. Dansant huyó por una galería, pálido
y con los cabellos erizados.
%
VIH.
Todo había concluido para el desdichado aerópata: su
sistema iba á quedar hundido en el descrédito, y su casa
á ser saqueada por las turbas. En aquel momento su
premo Mr. Dansant concibió'dos proyectos, que era pre
ciso realizar acto continuo: uno para salvar su vida, y
el otro para crearse un porvenir espléndido que le in
demnizase con amplitud todas sus pérdidas.
116
FERNANDEZ BREMON.
Cruzó algunas habitaciones rápidamente hasta llegar
á la de Aura, pero el gabinete de la americana estaba
desierto y sus muebles en desorden. El tiempo apremia
ba, porque los gritos de la multitud eran cada vez más
aterradores; así es que Mr. Dansant, contrariado, se
decidió á acudir tínicamente al riesgo más inmediato, al
de su vida, y subió precipitadamente por una escalera
poco frecuentada.
Cuando llegó á la azotea bendijo su buena estrella:
Aura, con el cabello descompuesto y en actitud llena de
espanto, se precipitó en sus brazos, diciéndole con voz
desesperada:
— ¡Sálveme Y.! ¡Sálveme V.! la policía y el pueblo
se han apoderado de la casa.
— Sí, sí, huyamos, dijo Mr. Dansant oprimiéndola en
sus brazos. ¿Tiene Y. el valor suficiente para unir su
suerte con la mia?
—Es necesario huir, dijo Aura por única respuesta.
— Pues bien, exclamó Dansant con energía: entre
usted en esta barquilla, y miéntras mis enemigos echan
á tierra mi casa, huiremos nosotros por el aire.
Aura retrocedió asustada: la idea de una fuga en glo
bo la lleuaba de terror.
— ¿Yacila Y. en acompañarme en este instante de in
fortunio ?
— ¿No hay otro medio de evitar el peligro?
—No nos queda más recurso.
—Entonces, alejémonos cuanto ántes de esta casa,
de Londres, y si es posible, de Inglaterra.
Dansant besó con reconocimiento las manos de Aura,
MR. DANSANT, MEDICO AEROPATA
117
y la ayudó á subir en la barquilla del más inmediato de
los globos; ¿qué le importaba perder veinte mil libras
esterlinas si llevaba consigo á la heredera de una fortu
na tan considerable? Mientras el Doctor se acomodaba
en su asiento y hacía los preparativos de marcha, el
griterío del patio había tomado proporciones colosales,
y Séphora se presentó en el lado opuesto de la azotea,
revólver en mano, y en la mayor agitación.
El furor de la despreciada inglesa se convirtió en vér
tigo al ver á Mr. Dansant y Aura juntos en el canastillo
y dispuestos á lanzarse en el espacio: al elevarse el glo
bo, una bala silbó entre los dos felices amantes. Des
pués Séphora, rugiendo de ira, se precipitó en la bar
quilla de otro globo.
Ya las gentes sabian el fracaso de Mr. Dansant, y
deseosos de vengarse, habían arrollado á los agentes de
la autoridad y roto una de las máquinas : una columna
de aire frió, saliendo del interior de un subterráneo, hizo
retroceder á los invasores, derribando sombreros y pro
duciendo gran confusión en los amotinados.
En aquel momento todos los ojos se fijaron en la at
mósfera, por la cual se elevaban paralelamente dos glo
bos de iguales dimensiones.
Los aeronautas oyeron desde las alturas un alarido de
furor que se alzaba de la tierra.
IX .
Mr. Dansant, al encontrarse libre y dueño de la opu
lenta americana, estuvo á punto de cantar un himno al
118
FERNANDEZ BREMON.
aire, principio de la salud, fuente de la vida. Aura, tran
quilizada con el dulce movimiento del aparato, empeza
ba á recobrar su animación y sus colores. El sosiego y
silencio que reinaba en aquellas soledades, despues del
estruendo de que acababan de librarse, contribuía á de
volver la tranquilidad á sus espíritus. Sólo cuando el
globo hubo llegado á su mayor altura observó el Doc
tor con alarma otro globo que se mantenía á cierta dis
tancia, y que reconoció ser de los suyos.
Como las barquillas, en la prevision de un accidente,
como la rotura del cable que las sujetaba á la azotea,
estaban provistas de todos los útiles necesarios para un
viaje, Mr. Dansant tomó el anteojo para reconocer al
aeronauta que sin duda le espiaba. ¿Cuál sería su sor
presa al ver á su enemiga con otros anteojos en la mano
dirigidos á su globo ?
La atmósfera estaba tan serena, que Mr. Dansant pudo
encender un cigarro para observar si soplaba alguna
brisa imperceptible, pero el humo se extendia indiferen
temente en todas direcciones.
— La calma no puede ser duradera, pensó el aerópata , y las brisas nos dispersarán necesariamente : des
pués miró la brújula y vió que Sépliora se hallaba
al N. O.
Iba vencida la tarde, y en el caso de que la ausencia
de vientos continuase, el Doctor confiaba en las sombras
de la noche para librarse de la inspección de su perse
guidora.
¿ Qué se liabia propuesto Miss Sépliora al tomar una
determinación tan arriesgada? En realidad no lo sabía:
MR. DANSANT, Mp'üICO AEROPATA.
119
el hombre á quien amaba huia por los aires, y sus ner
vios no la permitían permanecer en la azotea, viéndole
perderse entre las nubes. La serenidad del aire la ayu
daba en su espionaje aéreo, pero conocía la imposibilidad
de ir en su seguimiento. Al observar de léjos á su her
mosa rival y al desdeñoso médico, su irritación iba en
aumento y sus manos oprimían el revólver.
Media hora después, Mr. Dansant volvió á tomar el
anteojo para calcular si había aumentado la distancia
entre los globos, y tuvo el disgusto de notar que el ros
tro de Séphora era ya más perceptible, y parecía más
vivo el color verde de su chal. Encendió otro cigarro, y
el humo se desviaba con lentitud hacia el S. E.
Era indudable que una brisa téuue impulsaba el globo
de Séphora liácia el suyo: pero como éste debía alejarse
en la misma dirección, Mr. Dansant no se explicaba
aquella disminución de distancia.
Así pasó otro cuarto de hora: el doctor observó con
temor, que ya distinguía el alfiler de lava con que Miss
Séphora abrochaba el chal sobre su pecho. Entonces
comprendió que, estando ménos cargado el otro globo,
por contener una persona sola, oponía al aire ménos re
sistencia, y que al cabo de quince minutos concluirían
por encontrarse en la prolongación de un mismo radio
terrestre, diferenciándose su posición únicamente en la
altura, modificable á voluntad del aeronauta.
Trató de ocultar á Aura sus temores, la cual exami
naba el globo de Séphora, no sólo sin desconfianza, sino
con curiosidad y alegría, por ser el único accidente de
aquella navegación, que empezaba á ser monótona.
120
FERNANDEZ BREMON.
Mr. Dansant estaba muy preocupado : habían cesado
sus galanterías y no apartaba la vista de Séphora y de
su revólver : conocido el carácter varonil de Miss Wind,
era de temer la aproximación de aquella mujer que le
perseguía por el aire.
Diez minutos después, Mr. Dansant y Aura oyeron
claramente la voz robusta de Séphora, que decía, ense
ñando el extremo de una cuerda:
— Amarrad este cable á esa barquilla cuando los glo
bos se reúnan, ó hago fuego sobre el vuestro.
Aura dió un grito, y Mr. Dansant, temblando, procu
ró tranquilizarla.
Por primera vez en su vida el doctor renegó del aire,
ante aquella brisa imperceptible que empujaba á Sépho
ra en su persecución de una manera tan inesperada como
inevitable.
— Es una loca, dijo Mr. Dansant á la americana:
felizmente, su globo está muy alto y pasará sobre nos
otros.
Parecía que Miss Wind los escuchaba, porque excla
mó en aquel momento:
— Si, por cualquier accidente, mi cable no uniese am
bas barquillas, romperé á balazos esa tela.
Y el globo de Séphora, que hasta entonces había eco
nomizado su gas para tener sobre sus adversarios la
ventaja del descenso, dirigido con gran habilidad, des
cendió hasta colocarse casi al nivel del otro globo. Se
hallaba á la distancia de unas veinte varas. Mr. Dansant,
aprovechando un descuido de Séphora, arrojó el lastre de
su barca y su aparato se elevó sobre el de su enemiga.
MR. DANSANT, MEDICO AEROPATA.
121
Miss Wind apuntó hacia el globo, y dijo con energía :
— Un minuto os doy para colocaros á mi altura.
Mr. Dansant tiró de una cuerda suavemente, y su glo
bo obedeció el mandato de la inglesa.
—¿Qué hace V.? exclamó Aura, contrariada con la
debilidad de su amante.
— Salvar nuestra vida : esa mujer está demente.
—No : esa mujer viene en mi busca.
Y la tímida americana, con una energía que Mr. Dan
sant no hubiera sospechado en aquella criatura delica
da, se desembarazó de su abrigo y sacó un revólver del
bolsillo, que dirigió hacia su adversaria. El médico es
taba lívido, y se veia de un momento á otro atravesa
do de un balazo ó precipitado al abismo, en aquel duelo
femenino que iba á verificarse en medio de los aires.
Las dos rivales se apuntaban mutuamente, pero nin
guna disparaba : la inmensidad del peligro habia para
lizado su acción, produciendo una tregua momentánea.
Mr. Dansant habia llegado al colmo de la angustia:
el mismo terror le hizo tomar una determinación salva
dora : en un movimiento rápido é inesperado, arrancó el
rewolver de manos de Aura y le arrojó fuera del globo.
Aura le miró con indignación, y le dijo con desprecio:
— ; Es Y. un cobarde!
— No: soy un hombre prudente, y me rindo, para
evitar mayores males.
Desde aquel momento cesó toda resistencia: Séphora,
con ademan de triunfo, arrojó el cable dos ó tres veces,
y Mr. Dansant hizo cuanto estaba de su parte para amar
rar las dos barquillas.
1 22
FERNANDEZ BREMON.
Cuando estuvieron juntas, Miss Wind ordenó á monsieur Dansant que se trasladase á su globo.
— ¿Qué pretende Y.? dijo Aura llena de miedo al oir
aquel mandato.
Mr. Dansant quiso hacer observaciones, pero la in
flexible inglesa le dijo con voz firme:
— Es el único medio que tiene Y. de salvar la vida de
esa señorita.
El médico bajó la cabeza y obedeció como un criado.
— Ahora, señorita, dijo Séphora cortando el cable y
separando los dos globos, cuando tenga Y. deseos de
bajar á tierra, sólo necesita Y. tirar de aquella cuerda.
Aura, ya acobardada, al verse sola, rompió á llorar,
miéntras el otro globo descendía.
El prisionero lanzó un suspiro al viento : al viento,
que se llevaba su amada, su porvenir y su fortuna; al
viento, que por primera vez le era contrario.
X.
Cuando se apearon de la barquilla los aeronautas es
taba anocheciendo.
Habían caído dentro del mismo Londres, pero en una
]»laza retirada y solitaria.
Varios polishmen rodearon á los viajeros, y después
de saludar con respeto á Mr. Dansant, uno de ellos dijo,
encarándose con Séphora:
— Señorita, tenga V. la amabilidad de acompañarnos.
— No comprendo, caballero; respondió Miss AVind
llena de sorpresa.
MR. DANSANT, MEDICO AEROPATA.
123
El agente sacó del bolsillo un papel y leyó con voz
¿solemne:
— «Préndase á la llamada Aura Diranzo, convencida
<de robo de diamantes, y sobre la cual recaen sospechas
ule que intenta un nuevo crimen contra Mr. Dansant,
médico aerópata; ha ascendido esta misma tarde en un
globo, acompañando á dicho médico.»
El polühman recalcó las últimas palabras, mirando á
Séphora con ironía: luégo continuó, pero esta vez com
pletamente desconcertado:
Vive en compañía de uno de sus cómplices, que se
finge rico americano. Señas de la supuesta criolla: Es
tatura baja...
— Caballero, interrumpió Miss Wind, irguiéndose
con orgullo: creo que no me convienen esas señas : le
llevo á Y. cuatro pulgadas.
El agente se inclinó con respeto y continuó la lectura.
« Ojos y cabello negro...
Séphora no le permitió proseguir : su cabello rubio y
sus ojos azules hacían la equivocación palpable y evi
dente.
Sepa Y., dijo con arrogancia, que soy Séphora Wind,
doctora en medicina, hija del farmacéutico Mr. Wind,
persona honrada y conocida.
Mr. Dansant, que había permanecido silencioso y
como anonadado al oir la revelación de la policía, tendió
las manos á Séphora con reconocimiento: le había sal
vado tal vez de la deshonra; luégo exclamó, dirigién
dose á los polishmen:
—‘Caballeros, la persona á quienes YY. buscan, está
124
FERNANDEZ
BREMON,
en el aire, en otro de mis globos. Respondo de que esta
señorita es Miss Wind, prometida.
— En efecto, la reconozco y testifico su identidad:
añadió un agente de policía recien llegado al grupo: esta
señorita ha hecho la operación cesárea á mi mujer.
— Es extraño, decían entre sí los agentes, retirándose
después de haber pedido perdón á la ilustre comadro
na. Todos afirmaban que Miss Séphora había subido sola
en el otro globo: vaya A", á creer en los testigos.
Mr. Dansant, en medio de sus cuitas, debía al aire
un nuevo beneficio.
— Y bien; ¿qué hacemos ahora? preguntó Mr. Dan
sant, cuando quedó solo con Séphora.
— Tomar un coche y acercarnos á la casa de salud para
ver si se ha salvado siquiera el edificio. La oscuridad de
la noche impedirá que nos conozcan, respondió Miss
Wind; luégo pedirémos hospitalidad en casa de mi padre.
Media hora después llegaba el coche cerca del esta
blecimiento aeropático; pero era imposible seguir más
adelante: la multitud parecía más compacta aún que
por la tarde: la agitación no había disminuido: hubiera
sido una temeridad aventurarse entre aquel público in
dignado.
— ¡Viva Mr. Dansant! dijo una voz en medio de los
grupos.
Séphora y Mr. Dansant se miraron sorprendidos.
— ¡Viva! ¡viva! respondió un clamor unánime.
Miss Wind, que había sacado el revólver para defen
der á su futuro, no pudo resistir la curiosidad y abrió
una ventanilla.
MR. DANSANT, MEDICO AEROPATA.
125
— Caballero, dijo á uno de los transeúntes, ¿tiene
lushed la bondad de explicarme lo que ocurre?
El inglés no se dignó contestar á la pregunta.
Dos veces pidió Séphora explicaciones á diferentes
p>ersonas sin obtener respuesta alguna. Por fin dió con
uin inglés hablador y comunicativo, que exclamó con enttusiasmo:
— ¡Cómo! ¿No sabe Y. lo que sucede? La gente buscea al ilustre médico Mr. Dansant para aclamarle y bencdecirle; el triunfo de la aeropatía lia sido completo ; yo,
oque defendí al Doctor cuando le perseguían sus contraitío>s , tengo más derecho que nadie para prodigarle mis
{aplausos.
—Pero ¿qué triunfo es ése de que me habla Y., cabadlero?
— ¡Ahí es nada! La resurrección del honradísimo
Mr. Keen, y la modestia con que Mr. Dansant se alejó
<em un globo para evitar la ovación que le esperaba.
El hablador se confundió entre los curiosos dando
vivas.
—Esto es un sueño, dijo Séphoya aturdida.
—No tal, no tal, respondió el Doctor lleno de júbilo,
comprendiendo lo que había sucedido: anuncíeme Y. á
lais turbas en voz alta.
Cuando las gentes reconocieron á Mr. Dansant, aque
llo fué un delirio de entusiasmo; se improvisaron unas
andas, se encendieron mil antorchas, se arrojaron som
breros al aire y fué conducido entre vítores á los brazos
de Mr. Keen que le esperaba.
—Amigo mió, no volveré a entrar en la sala de los
126
FERNANDEZ BREMON,
torbellinos, le dijo el resucitado en voz baja miéntras le
abrazaba.
Nadie oyó aquellas palabras, porque no era posible
entender nada entre el estruendo de las aclamaciones po
pulares. En medio de aquella extraordinaria ovación, pa
recía natural que los enemigos de Mr. Dansant estuvie
ran avergonzados y escondidos ; pues sucedía todo lo con
trario : todos ellos aseguraban que, aunque adversarios
leales del Doctor, nunca habían dudado de su ciencia.
EPÍLOGO.
Aura tuvo la poca suerte de que su globo cayese en
casa del jefe principal de policía.
El telégrafo difundió la noticia de la resurrección, y
la aeropatía fué reconocida en toda Europa como ciencia
indiscutible. Algunos periódicos ingleses piden que se
decrete su enseñanza oficial en las escuelas.
Séphora, hoy misst.res Dansant, dirige, en ausencia de
su esposo, el establecimiento de salud, y su padre, monsieur Wind, que ha convertido su botica en farmacia aeropática, se enriquece rápidamente vendiendo píldoras
de aire.
FIN DE MR. DANSANT, MEDICO AEROPATA.
Ilustración Española.
/
GESTAS, Ó EL IDIOMA DE LOS MONOS,
\
'
A MI HERMANO POLITICO
Manuel Mcnbo^a aj $ain£ be Juraba,
en prueba de-3 cariño.
9
En los cuentos y en algunos libros religiosos del Orient(e se supone ó afirma que ciertos hombres han poseido
ell dón de comprender el lenguaje de los animales. Difí
cil es averiguar si ha existido ó no semejante ciencia,
cmmo es dudoso decidir si los cuentos se derivan de la
hiistoria ó la historia se deriva de los cuentos. Parece
probable que los animales se comunican entre sí y que
sras gritos expresan algo, por lo cual es sensible la pérdlida del antiguo y erudito diccionario en que se explicaloa la significación del cacareo de la gallina, del zumbido
dle la mosca, de la carcajada de la hiena, y de los estre
pitosos calderones del jumento. Tal vez, cuando los estudlios filológicos se perfeccionen, hallarán los sabios anallogías entre ciertos idiomas humanos y los lenguajes de
lias aves ó cuadrúpedos, en que Nabucodonosor debió ser
rmuy versado, y de los cuales quizá introdujo voces en su
iídioma, que trasmitidas de pueblo en jiueblo, pueden haIber llegado hasta nosotros. En tanto que se aclara este
imisterio, forzoso es ignorar si el lenguaje de los grillos
ees tártaro ó semítico, y si tiene ó no tiene hipérbaton el
nnaullido de los gatos ; y es imposible establecer diferen-
122
FERNANDEZ BREMON.
cia entre lo que discurren muchos hombres y lo que aca
so se dicen entre sí los habitantes de la selva.
Lástima grande que se haya extraviado aquel impor
tante ramo de las ciencias, cuando cada semana brota
una ciencia nueva: á no ser así, los monos de la Guya
na, que viven en sociedad, las hormigas, que parecen co
munistas, y las monárquicas abejas, nos dirían cómo se
consigue el orden en sus formas diferentes de gobierno,
puesto que entre los hombres andamos tan mal aveni
dos, que unos achacan todos los males al sistema repu
blicano, y otros, como el doctor Virey, hallaban éste tan
sano, que, según él, durante la revolución francesa, entre
otras enfermedades, el flato desapareció de la república.
Revelación médica que conceptúo peligrosa, pues divul
gado el fenómeno, los hambrientos ó los que por debili
dad de estómago padezcan aquella dolencia pueden lan
zarse á la calle gritando: ¡Viva la república! no por
interes político, sino como medida sanitaria (1).
Confiemos en que el secreto dejará de serlo pronto en
esta edad feliz de los inventos, y que los hombres que
puedan asomar la cabeza por el siglo xx, se tutearán con
los papagayos y los monos, y entablarán con los osos,
tigres y leones un animado comercio de pieles y de ideas.
(1) Este cuento se escribió ántes de salir de España D. Amadeo
de Saboya.
GESTAS, Ó EL IDIOMA DE LOS MONOS.
133
PRIMERA PARTE.
I.
—No hay duda, este pobre animal me quiere decir
(algo.
Así pensaba el Sr. Barrientes, viendo que Gestas, su
lliermoso orangután, le miraba fijamente y hacía gestos
ule impaciencia, acaso porque su dueño no le com
prendía.
Habia motivos para dar importancia á todo lo que se
irefiriese á Gestas: este distinguido mono poseía un insftinto de imitación que le hacía apto para toda clase de
(enseñanza, y manifestaba tal deseo de ser útil en la casa,
<que cada dia se observaba en él un nuevo progreso. Intro(ducia á las visitas en el despacho, servia la mesa y llevaba
lias cartas al correo. Habiendo notado que las criadas pa
saban el plumero por unos bustos que adornaban el gaIbinete, Gestas se presentó aquella noche en la tertulia
{armado de un plumero, y con la mejor intención, deshizo
líos peinados de las señoras y derribó la peluca á un res
petable contertulio. Oyó una vez el Sr. Barrientos que
}abrían sus cajones; asomóse con precaución al despa<cho y descubrió á Gestas tomando unas monedas y mi
mando recelosamente como quien teme ser descubierto:
{acto continuo, el mono cerró el cajón, entró en el cuarto
ule un criado y depositó las monedas en un cofre. Aquel
{aviso sirvió al Sr. Barrientos para estar vigilante, y po-
134
FERNANDEZ BREMON.
cas horas después descargaba su bastón sobre las espal
das de un lacayo á quien sorprendió en el instante del
delito. Gestas, que observaba el castigo, escarmentó en
cabeza ajena y no volvió á repetir el atentado.
Divulgado el hecho, los criados respetaron á las cria
das, se abstuvieron de saquear la despensa y dejaron de
horadar los toneles temiendo ser descubiertos por el mo
no, espía misterioso que, sin hacer ruido, los seguía á
todas partes, imitando después sus acciones en presencia
de los amos.
El Sr. Barrientes había ensayado en vano todas las
maneras de hacer hablar al mono: Gestas, colocado de
lante de aquél, repetía todos sus movimientos, imi
taba su gesticulación y movía los labios con presteza,
pero sin producir sonido alguno. Hubiéranse prolongado
por mucho tiempo tan inútiles tentativas á no haber con
sultado Barrientes una obra de Camper (Diss. de organo
loquellce simiarum), en la cual se asegura que los oran
gutanes tienen el órgano vocal muy imperfecto á causa
de dos sacos membranosos situados bajo la glotis , en los
cuales se extinguen los sonidos. Propuso entonces á los
mejores operadores de España la ligadura de los sacos,
pero ninguno de los médicos consultados respondía de
la vida de su mono.
El dueño del orangután, que obstinado en aquella
idea fija había llegado á traducir á fuerza de observacio
nes, por el tono de los maullidos de su gato, las diversas
necesidades de este animal casero, empeñóse en que los
monos, como animales superiores, no podían carecer de
lenguaje. Y tanto meditó sobre este asunto y tales expe-
GESTAS, 6 EL IDIOMA DE LOS MONOS
135
rimentos hizo, que concluyó por afirmar que los orangu
tanes tienen un lenguaje mímico y se hablan por señas
en un idioma inalterable, el cual, si fuese comprendido
y adoptado por los hombres, sustituiría con ventaja al
nuevo idioma universal, que sólo hablan sus autores, si
bien no me atrevo á afirmar que lo traduzcan.
Aquella idea luminosa, y la certidumbre de que Ges
tas podía imitar actos muy complicados, sugirió al señor
Barrientos un pensamiento atrevido. Pocos dias después
presentó á Gestas en casa de un profesor, á quien pro
puso admitiese aquel discípulo. El ilustrado y pacienzu
do maestro, que era un pozo de ciencia y sólo recibía
una escasa pensión pagada con atraso de un año, no se
hallaba en disposición de rehusar ningún alumno, y acep
tó el cargo de preceptor del orangutan, que saltaba sobre
las desvencijadas sillas haciendo cabriolas.
—No quiero tener noticias de Gestas hasta que su
educación quede terminada, dijo Barrientos al maestro:
mi cajero tiene orden de pagar todas sus cuentas. Yo le
entrego á Y. un mono : devuélvame usted un hombre.
Y Gestas, á contar desde aquel dia, quedó en clase de
interno en casa de D. Crisòstomo, sapientísimo profesor
de sordo-mudos.
II.
Habían trascurrido unos dos años.
Acababa el Sr. Barrientos de tomar su desayuno',
cuando le presentaron una carta: abrióla con indiferen
cia, leyó su contenido no sin interes, y concluyó por
136
FERNANDEZ BREMON.
apretar un timbre y dar por el comedor grandes paseos,,
examinando de vez en cuando el papel con aire de sor
presa.
Pocos momentos después entraba en su aposento el
señor Lopez, que desempeñaba el cargo de cajero.
Barrientos le entregó la carta con maneras solemnes,,
y le dijo :
— ¡Lea V.! La lie recibido hace un instante.
El Sr. López repasó el papel con curiosidad, luego
con asombro, y finalmente con espanto. Su principal le
interrogaba con los ojos : el cajero permanecía inmóvil
y como anonadado.
— Lo veo, y me parece imposible, dijo por fin el se
ñor Lopez.
— Haga V. el favor de leerme otra vez la carta.
El cajero leyó en voz alta y conmovida :
« Muy señor mio y dueño : No puedo ménos de parti
cipar á y . el resultado de mis últimos exámenes : en las
clases de Gramática, Geografía é Historia, Música y
Dibujo, he obtenido la calificación de sobresaliente : en
las de baile, esgrima, gimnasia y equitación, de emi
nentísimo. Según mi profesor, para la imitación de losclásicos tengo aptitud maravillosa.
»Su agradecido mono,
» G estas. »
«P. D. Todos mis condiscípulos han recibido rega
los ; yo quisiera una bata de D. Crisòstomo y un sal
tador como los que tienen casi todoá mis amigos. »
GESTAS, <5 EL IDIOMA DE LOS MONOS.
13?
— Esto es una broma, dijo el Sr. López : no puedo
creer que un orangután sepa más que yo y salga sobre
saliente en unas clases donde obtuve la nota de me
diano.
Y volvió á repasar el escrito con escrupulosidad, como
si se tratase de un billete de Banco falsificado.
— ¡Ya di con el fraude! exclamó por fin con vanidad,,
dándose un golpe en la frente.
Y sin más explicaciones, salió del cuarto, dejando
atónito al Sr. Barrientos y lleno de confusión y dudas.
Pasados algunos minutos volvióse á presentar el cajero,,
trayendo un legajo de papeles, y dijo á su principal con
aire de triunfo:
— Repase Y. las cuentas del maestro; fíjese Y. en la
forma de la letra y en la firma, y verá que son idénticas
á la letra y la firma de la carta.
Hecho el cotejo, resultó probada la superchería del
maestro: el Sr. Barrientos estaba rojo de vergüenza.
— Es preciso llamar al profesor y confundirle, dijo el
amo del orangután, amostazado.
Hágame V. el obsequio de enterarse en persona del
asunto, y hacer que comparezca el ¡irofesor acto con
tinuo.
Miéntras el cajero desempeñaba su cometido, quedó
el Sr. Barrientos examinando las cuentas y dando ma
nifiestas señales de disgusto.
— ¡Qué gastos tan crecidos! repetía de vez en cuando
el burlado caballero; sin duda el profesor se ha figurado
que el mono es hijo mió.
138
FERNANDEZ BREMON,
III.
Media hora después se hallaban reunidos en el mis
mo aposento el Sr. Barrientos, su cajero y D. Crisòsto
mo. Este, en vez de callar abrumado por las reconven
ciones del primero , se paseaba majestuosamente por el
cuarto, miéntras sus interlocutores le contemplaban con
admiración y le escuchaban con respeto.
— A Y Y. les alarmó seguramente el ver imitada mi
letra por el mono : no sabían entonces que Gestas tam
bién copia todas mis costumbres, hasta el punto de pur
garse una vez al mes por imitarme.
— Pero no nos ha dicho.Y. todavía, repuso el señor
de Barrientos, de qué medios se ha valido Y . para ilus
trar á Gestas.
— Usted tuvo la idea, contestó modestamente don
Crisòstomo, y yo me limité á observar la mímica del
•orangutan para llegar á traducir correctamente aquel
lenguaje. Con el fin de ganar tiempo, procediendo con
método, hice un catálogo de todas las necesidades de los
monos, de sus más naturales sensaciones y de los fenó
menos perceptibles para una inteligencia rudimentaria.
Concluido este trabajo, comencé los experimentos por
las necesidades más frecuentes, y noté (pie cada vez que
el hambre le hostigaba, repetía el orangutan un mis
mo gesto, significando con un signo, también determi
nado, su satisfacción cuando saciaba el apetito. No ha
bía duda: aquella gesticulación era un idioma, y era
preciso verterla al castellano.
Y
GESTAS, Ó EL IDIOMA DE LOS MONOS.
139
— ¿Cómo no le arredraron á Y. las dificultades de la
empresa ?
— Mi padre era alemau, respondió gravemente don
Crisóstomo, y empleó veinticinco años en descifrar una
inscripción escrita en un idioma ya perdido : la piedra se
resistia á revelarle sus secretos, mientras Gestas me
ayudaba, sin sospecharlo, en todas mis tareas. Observé
cómo expresaba la alegría y el disgusto; en los gestos
que hizo la primera vez que aventuré algunas palabras
en su idioma, advertí de qué manera manifestaba la
sorpresa; descubrí cómo indican los monos la curiosi
dad, el enfado y el deseo de venganza; y de idea en idea,
y de relación en relación, sorprendí los pensamientos y
hallé por fin la clave gramatical de su lenguaje. Hoy
poseo también su ortografía.
Barrientes y el cajero estaban asombrados.
— Dueño ya de su idioma, tuve con Gestas coloquios
muy curiosos, y el cansancio físico me hizo desistir de
educarle en su propio lenguaje, si así puede llamarse á un
modo de expresión en que la lengua no interviene para
nada; entonces emprendí la tarea de enseñarle el alfabeto,
pero en vano; Gestas no comprendía el valor abstracto
<le las letras y hube de usar el método objetivo. Felizmen
te, se han descubierto sistemas para enseñar sin libros ni
fatigas, pero me faltaba un signo con que advertir á Ges
tas que mis objetos equivalían á los gestos y movimien
tos con que expresaba sus ideas; me faltaba en el idioma
símico el modo de indicar la idea de igualdad ó analogía.
—¿ lr pudo Y. conseguirlo? dijo con interes el señor
Barrientos.
140
FERNANDEZ BREMON.
— Por medio de una estratagema, dijo D. Crisòstomo.
Coloqué sobre la mesa dos jicaras de chocolate exacta
mente iguales, y cuando Gestas tomó una de ellas para
sorber su contenido, se la arrebaté bruscamente de las
manos, entregándole la otra. El mono miró ambas jica
ras con sorpresa; noté que las comparaba escrupulosa
mente, después se fijó en mí é hizo un mohín muy mar
cado y de un género nuevo.
— Sin duda el mono quería decir que las dos jicaras
eran iguales.
— Eso mismo supuse lleno de alegría; después he sa
bido que el mono sólo quiso decirme entonces :
majadero.
Es V. un
El Sr. Barrientos celebró la ocurrencia de su mono.
— A fuerza de repetir el experimento, obtuve el
signo deseado, y entonces la educación se hizo más
rápida; conseguí que dividiese las oraciones en pala
bras, las palabras en letras, y sus progresos me asom
braron. ¿Creerán Y Y . que los monos tienen ciertas
ideas más exactas que las de algunos hombres muy
civilizados?
— ¡ Qué nos dice Y . ! exclamó admirado el señor
Lopez.
— Aseguran que existen seres muy superiores á los
monos, miéntras ciertos hombres no reconocen nada su
perior á ellos mismos.
— Es preciso que complete sus estudios, dijo el señor
Barrientos lleno de entusiasmo. No repare Y. en gastos,
y abónele al teatro si lo considera conveniente. Quiero
que Gestas llegue á ser un mono sabio.
GESTAS, O EL IDIOMA DE LOS MONOS.
141
— ¿Podría Y. instruirnos en el idioma de Gestas? pre
guntó con curiosidad el Sr. Lopez.
— Tienen VV. los huesos algo duros y les costaria
muchas agujetas. Es preferible que aprendan el alfabeto
de los mudos, en el que Gestas es muy elocuente.
— ¿Tan difícil juzga Y. lo que propongo?
— Voy á darles á VV. una prueba.
Y D. Crisostomo empezó á mover el cuerpo de una
manera convulsiva, y á agitar todos los músculos de la
«ara, alzando alternativamente las dos piernas, hacien
do sonar los dedos, rascándose las orejas y la frente, y
dando saltos extraordinarios y vueltas prodigiosas.
— ¡Qué hace V.! ¡Qué hace V.! repetían asustados
Barrientes y el cajero, sujetando á D. Crisòstomo.
El sabio se contuvo, y recobrando su serenidad, res
pondió tranquilamente :
— Estaba conjugando un verbo en el idioma de los
monos.
SEGUNDA PARTE.
I.
« Uno de los motivos en que sin duda se apoyan los
que juzgan al hombre descendiente del mono, es en el
instinto de imitación, tan desarrollado en nuestra espe
cie, lo que constituye la principal analogía entre los
hombres y los monos.
142
FERNANDEZ BREMON.
»Nace un pintor de estilo original, y, gracias á sus
imitadores, forma escuela. Lanza á la sociedad sus sar
casmos ó llora sus desencantos un Byron, y dos gene
raciones de poetas lamentan los mismos desengaños y
se burlan de todo lo creado. Riza sus largas melenas
uno de los hombres más hermosos de París y enfunda
su cuello en una gran corbata, y todos los que se precian
en Europa de hermosos y elegantes, adoptan la corbata
y se rizan la melena. Abrese una fonda en sitio donde
nunca hubo tales establecimientos, y á los pocos dias
se abren en el mismo sitio varias fondas. La sociedad
humana comenzó por espíritu de imitación seguramente;
á un hombre se le ocurrió elegir un terreno y llamarle
suyo, y todos los demas hombres quisieron tener terre
nos propios.
»El mono, dotado de ese fecundo instinto de imitar,
es un animal sociable y dispuesto á la civilización y á la
enseñanza. Pues bien ; al entregarle Gestas completa
mente educado, voy á proponer á Y. un plan político. »
Así decía el sabio D. Crisòstomo tres años después de
lo ocurrido anteriormente, mientras el Sr. Barrientos,
radiante de alegría por el buen éxito de su idea, escu
chaba con agrado al profesor, causa de su triunfo.
Don Crisòstomo, notando la atención con que se le oia,
prosiguió muy animado :
—Inútiles parecen los esfuerzos hechos para civilizar
el Africa, cuya mayor porción es desconocida; las colo
nias europeas no prosperan como en otros países, y la
raza negra, indolente y perezosa, resiste todo progreso.
Mi plan consiste, pues, en intentar la civilización de
G ESTA S, ü EL IDIOMA DE LOS MONOS.
1 43
aquel continente por medio de los monos, mas activos
que los negros, aprovechando la instrucción de Gestas
y mis conocimientos en el idioma simio, que poseo y he
enseñado á algunos de mis discípulos. Si Y . nos da su
apoyo y su licencia, partiremos al país de Gestas á di
fundir la ilustración entre los orangutanes, regularizarémos sus costumbres, y ántes de un siglo estos seres
tan análogos al hombre, recorrerán el África inexplora
da, no vagando ociosamente por las selvas, sino toman
do apuntes, levantando planos, coleccionando hierbas
y observando la dirección de las montañas y el curso de
los rios. Las naciones europeas comerciarán entonces
con los monos...
— Basta, hasta, mi apreciahle D. Crisòstomo; ese plan
es el sueño de un sabio, y agradeceré á Y . que no lo di
vulgue : sería capaz el Gobierno inglés de separarme de
mi mono.
Don Crisòstomo bajó la cabeza resignado.
— ¡Cómo ha de ser! dijo con tristeza el maestro; y
sin embargo, el orangutan, aunque le llaman simia
es un animal que no carece de buenas cualidades;
no practica la poligamia ni la poliandria.
— Necesito á Gestas, D. Crisòstomo.
— En ese caso, se le entrego ilustrado, humilde y obe
diente , como enseñado por mi ejemplo. Si no quiere Y .
tener en él un monstruo, presérvele de las malas com
pañías.
Y el sabio salió del aposento limpiándose las lágri
mas con un pañuelo de hierbas, y tomando de un rincón
su paraguas de familia.
rus,
saty-
¿44
FERNANDEZ BREMON.
II.
— La música es agradable y se pega mucho al oidc.
—Los versos son ligeros.
'—Y el desenlace está previsto desde luégo.
Esta zarzuela se parece á la que gustó tanto hace do*
años.
—Y gustará lo mismo que la otra.
— Sería una injusticia no aplaudirla habiendo obteni
do aquélla tan buen éxito.
—¿Y se sabe quién es el autor?
Así discurrían en un palco várias jóvenes en el inter
medio de una zarzuela que se estrenaba aquella noche:
un caballero abonado, persona que se preciaba enterada
de todas las intrigas y sucesos teatrales, dijo con aire de
importancia:
— La Empresa asegura que la música y la letra de la
obra han sido remitidas por medio de un anónimo; pero
yo sé quién es el autor, aunque no puedo revelarlo.
— ¡Ay! sea Y. amable, dijeron en coro las del palco.
— ¡Imposible! exclamó el abonado levantándose;
ahora empieza el último acto, y hasta el final debo ser
discreto; sólo diré á YV. que el autor y yo nos hemos
criado juntos y tenemos un lejano parentesco.
— ¡El autor! ¡El autor! gritaban tres cuartos de hora
después los espectadores.
— ¡Es un plagio! ¡Me hau robado el pensamiento!
decían varios autores en distintos lados del teatro.
145
GESTAS, Ó EL IDIOMA DE LOS MONOS.
Pero el telón no se alzaba, aumentaba la curiosidad
del público, y por consiguiente las voces, el taconeo y
los aplausos. Después de algunos minutos de espera,
uno de los actores se presentó en el escenario y dijo con
voz solemne :
— El autor de la zarzuela que liemos tenido la honra
de representar se encuentra en el teatro, pero suplica al
público tenga mucha indulgencia con su físico...
— ¡ Su nombre ! ¡ Su nombre !
— ¡Gestas! dijo el actor con voz pausada.
— ¡Que salga ! respondió el público.
Se oyeron dos gritos en la sala: el uno le exhalaba
D. Crisòstomo ; el otro salia de la garganta del Sr. Bar
rientos. El caballero abonado hacía señas á las damas
del palco como preciándose de haber acertado en su pro
nóstico, y aplaudía á rabiar, haciendo gala de proteger
á un amigo.
Y Gestas apareció en el escenario con un traje idén
tico al que llevaba D. Crisòstomo.
Un estremecimiento general anunció su presencia en
las tablas ; un silencio momentáneo indicó la sorpresa
del público, y una explosion de voces, palmadas y gri
tos discordantes expresó de una manera atronadora la
opinion pública, al ver á Gestas haciendo cortesías y
saludos con la dignidad del autor más ceremonioso.
El abonado se escurrió poco á poco de la sala sin atre
verse á mirar al palco, después de su confesión de ha
berse criado y tener cierto parentesco con un mono.
— ¡Es mi discípulo! decia D. Crisòstomo en voz alta
y lleno de orgullo.
10
146
FERNANDEZ BREMON.
— ¡Es mi mono! exclamaba el Sr. Barrientes lleno de
entusiasmo.
— ¡ Qué progreso! Los monos se han elevado á la al
tura del arte; esto sólo podía verificarse en el siglo xix,
vociferaba un mozalbete.
— ¡Qué vergüenza! El arte se ha puesto al alcance de
los monos, respondía un señor entrado en años.
Y seguía el entusiasmo del público creciendo cada vez
más á cada movimiento de Gestas; las carcajadas cesa
ron cuando se fué desvaneciendo la duda que áun abri
gaban algunos sobre la realidad del hecho, y sólo se
oian bravos y palmadas interminables.
El favorecido Gestas, que calzaba zapatillas, y por la
carencia de talones no podia conservar la posición ver
tical durante mucho tiempo, cayó al fin en cuatro ma
nos, mientras descendía sobre su espalda una lluvia de
flores y coronas.
III.
Tres meses después de su triunfo teatral, Gestas era
el héroe del dia entre la buena sociedad madrileña;
treinta dias de permanencia en París habían producido
en su físico una variación extraordinaria; un hábil ope
rador le había estirpado el rabo sin dolores; un célebre
perfumista le hizo caer todo el vello de su rostro; un or
topédico remedió con un aparato la imperfección de sus
talones; unas pantorrillas de algodón disimularon la fla
cura de sus piernas; el sastre, el zapatero, el peluquero
y otros industriales completaron la trasformacion de
GESTAS, 6 EL IDIOMA DE LOS MONOS.
147
Gestas, el cual salió á la calle vestido de una manera
irreprochable. Cuando regresó á Madrid, su aspecto y
sus modales, copiados de los mejores modelos y adqui
ridos en la.fuente del buen tono, llamaron la atención
en la Castellana y en los teatros.
La aristocracia de Madrid deseó poseer aquella mara
villa, y Gestas, introducido en los salones, se hizo in
dispensable en aquel mundo elegante. No era completo
un concierto, si Gestas no hacía prodigios con el violin
en medio de los aplausos más nutridos; se creía desai
rada toda dama que no hubiera dado una vuelta de vals
con nuestro héroe; los jóvenes de las mejores familias
se honraban con ser acompañados en su carruaje por el
mono, que guiaba con singular destreza los troncos más
fogosos. Todas las tardes caracoleaba Gestas sobre un
caballo en el paseo, coqueteando con las damas. De vez
en cuando picaba toros á puerta cerrada con una cuadri
lla de aficionados, que exponían á ser derramada por la
fiera la sangre más noble de Castilla.
Un desafío victorioso acabó de ponerle en moda. Se
habian verificado varios duelos, y Gestas experimentó
la necesidad de batirse como los demas; felizmente to
dos los dias tiene el que vive en sociedad ocasiones de
enviar dos padrinos á un desconocido que se sonríe al
pasar á su lado ó le tropieza con el codo.
La casualidad presentó á Gestas un motivo grave y
justificado para un duelo: visitando una casa, sus ojos
se fijaron en un álbum colocado encima de un velador
lleno de curiosidades : abrió el libro maquinal mente y le
repasó con interes; el álbum sólo contenia fotografías
148
FERNANDEZ BREMON.
<le monos que constituían un estudio completo de aque
lla gran familia, desde el tití más diminuto al orangu
tán más corpulento. De repente, Gestas aprieta el libro
con furor; había visto su propio retrato á la cabeza de
la colección. No hubo arreglo posible; el mono y él co
leccionista cruzaron los sables al siguiente dia en la Casa
de Campo, y aunque el segundo era tirador consumado,
y los monos no pueden esgrimir con tanta diversidad de
movimientos como los hombres por la forma de sus de
dos, tienen en cambio mayor agilidad; Gestas describía
círculos asombrosos en torno del coleccionista, y una vez
en que el sable de éste debía dividir de un tajo á su con
trario, según todas las reglas del arte, sintió el maestro
que su cuchillada se perdía en el suelo y que el sable
del mono le dividía la cabeza.
El éxito del desafío aumentó la consideración que dis
frutaba Gestas, hasta tal punto, que los pollos más ele
gantes se empeñaron en imitar sus trajes y actitudes,
desfigurando sus orejas y alargando el hocico para pare
cer orangutanes. Esto causó cierta molestia á Gestas,
porque acostumbrado á copiar, le contrariaba ser mode
lo; sin embargo, tuvo que resignarse, porque el instin
to de imitación era superior al suyo entre los hombres.
La equitación, la esgrima, el juego y los banquetes
constituyeron las ocupaciones habituales de Gestas;
muchas noches á la salida de una orgía, rodeado de sus
aristocráticos compañeros, el orangután empleaba sus
fuerzas y agilidad extraordinarias en desarmar á los se
renos, en arrebatar una doncella de enmedio de su fa
milia, en trepar á los balcones para vejar á los pacíficos
GESTAS, <5 EL IDIOMA DE LOS MONOS.
149
vecinos, y en escandalizar la población con sus ex
cesos.
El Sr. Barrientes, á quien se iban haciendo onerosas
las locuras de su mono, determinó reprenderle agria
mente cierto dia, amenazándole con encerrarle en una
jaula: preguntó por Gestas á los criados, y éstos le con
testaron que había asistido á la boda de un título de
Castilla, no sabiendo si en calidad de convidado ó de
testigo. Esperó resignado su regreso, y una hora des
pués anunciaron al mono los criados.
Gestas se presentó en traje de etiqueta, orgulloso y
perfumado; exceptuando la gran magnitud de su cabe
za, y no obstante la postura de su cuerpo, forzosamente
inclinado hacia adelante, cualquiera le hubiera tomado
por un dandy perfecto, procedente de una raza in
diana.
El mono saludó respetuosamente á su dueño, y con
aire distinguido, y empleando el lenguaje mímico, anun
ció al Sr. Barrientos que necesitaba enterarle de un
asunto importante.
El dueño del orangután se sentó en la butaca sorpren
dido, y poco después creyó desfallecer al ver que Gestas
le decia claramente y con un desenfado aristocrático:
—Sr. Barrientos, tengo el honor de pedir á V. la
mano de su hija.
/
IV.
—Bien le decia á V. que le preservase de las malas
compañías, decia D. Crisóstomo al Sr. Barrientos; feliz-
150
FERNANDEZ BREMON.
mente todo el mal se convierte en Lien, y del exceso del
daño resulta un beneficio.
—Mi conciencia está tranquila al tomar esta resolu
ción dura, pero necesaria; un estafador aprovecha la
maravillosa habilidad con que Gestas imita toda clase
de escrituras, y le induce á arruinarme y á robar á otros
banqueros; otro criminal explota su agilidad y fuerzas,
y á los robos por las alcantarillas suceden en Madrid
los robos por los tejados y balcones. Por fortuna la es
tafa- se descubre á tiempo y el causante de los robos.
Todo el mundo cierra sus puertas al mono galanteador,
ídolo de la víspera, á quien salva su condición de irra
cional é irresponsable. La autoridad me invita á que no
deje de salir de casa á Gestas, y yo no puedo consentir
que permanezca en ella á causa de mi hija.
—¿Será posible?
—Por desgracia: Y. no sabe el efecto que produce en
una niña frívola el que posee las habilidades en que
Gestas sobresale; no importa que sea un mono si monta
á la inglesa, baila con perfección un vals corrido y sabe
alguna música. Felizmente mi hija ha dado en hacer
versos, y no pasan, del papel sus sentimientos. Lea us
ted sus últimas estrofas:
«Huir contigo del mundo entero,
y convencerme de que me amas,
subiendo á lo alto de un cocotero
y columpiándonos entre sus ramas.
Vamos al Africa; de sus palmeras
desprenderemos dátiles rojos:
vamos al Africa, aunque las fieras
se distribuyan nuestros despojos.»
GESTAS, Ó EL IDIOMA DE LOS MONOS.
151
—¿Qué le parecen á Y. estos versos, D. Crisòs
tomo?
—Veo que tienen muchas siualefas.
— Señor D. Crisòstomo, sólo me preocupa Y. en este
asunto; su edad, las penalidades del viaje, la insalubri
dad del clima de Angola...
—Basta, basta; soy misionero de la ciencia, y la idea
me pertenece.
—¿Es su resolución irrevocable?
—O civilizo el Africa, ó me hago mono.
—Entonces aquí tiene Y. las recomendaciones para el
gobernador portugués de San Pablo de Loanda ; el buque,
fletado en Lisboa, contiene todo lo necesario para esta
atrevida expedición : tiendas de campaña, ropas, armas,
víveres, libros, carros portátiles é instrumentos.
—¿Gestas le ha dado á Y. noticias del país?
— Fué cazado muy pequeño, y sólo recuerda vaga
mente cuando cruzaba los bosques de árbol en árbol,
agarrado á los hombros de su madre.
— ¿Y se halla ya conforme con el viaje?
—Al principio recibió la proposición con un acceso de
furor y rechinando los dientes; después se fué calman
do, y por último parte á su patria contento, dispuesto á
imitar en todo mi conducta.
—Entonces, D. Crisòstomo, démonos un abrazo muy
estrecho.
El Sr. Barrientos y el sabio se abrazaron con efusión
sollozando con ternura; poco después se quedaron muy
tranquilos. Don Crisòstomo cogió su paraguas y tomó el
eamino de Africa con la misma serenidad con que hu-
152
FERNANDEZ BREMON.
biera tomado el camino del estanco; el Sr. Barrientes le
detuvo cuando ya bajaba la escalera.
— Ya sabe Y ., le dijo, que á pesar de su mala con
ducta, conservo á Gestas gran cariño, por lo cual nada
tiene de extraño que me interese cuanto con él se rela
ciona. Sea Y. franco; de todo lo que deja en Europa,
¿qué es lo que Gestas siente más?
— Sr. Barrientes, lo que más lamenta Gestas es la
pérdida del rabo.
TERCERA PARTE.
I.
« Selvas de Angola, Setiembre de 1870.
Sr . D. N. Barrientos.
¡Loado sea Dios! Escribo esta carta encima de un
bambú, donde tengo mi habitación por estar aquí más
ventilada. Mi traje consiste en una trusa de paño ador
nada con un rabo postizo, y mi cuerpo está pintado al
óleo, con un color pardo oscuro, para evitar las picadu
ras de los insectos y darme cierto parecido con los habi
tantes de esta selva. Gestas se ocupa en hacer el plano
de esta nueva ciudad, y una mona de costumbres alga
libres me hace muecas desde una palmera inmediata.
Por mi última carta sabrá Y . el feliz éxito del viaje
hasta nuestra partida para el bosque. Pues bien; nos in
ternamos en él, siguiendo el curso de un caudaloso ar-
GESTAS, Ó EL IDIOMA DE LOS MONOS.
153
royo, que Gestas recordaba vagamente conocer, y andu
vimos errantes siete dias, durante los cuales Gestas fué
arrojando la ropa, y yo adopté el uniforme que lie des
crito. Inútil es decir que hemos tenido que pasar gran
des fatigas para abrir sendas en ciertos terrenos erizados
de malezas; pero gracias al fuego y al hacha, hemos
vencido los obstáculos: el instinto maravilloso de Gestas
nos ayudó en grandes peligros, ya para huir la acome
tida de un rinoceronte ó adivinar la presencia de algún
tigre, ó evitar la mordedura de una serpiente venenosa.
Los primeros orangutanes nos recibieron hostilmente,
molestándonos con una lluvia de cocos, en la cual pude
apreciar la solidez de la armadura de mi paraguas, que
está intacto; en vano les hacíamos señas en su idioma,
dirigiéndoles discursos elocuentes; Gestas empezaba á
desesperar, cuando un dia, al vadear un arroyo, hizo un
ademan de alegría y trepó con suma ligereza á un árbol,
perdiéndose de vista entre su ramaje: no puedo entrar
en minuciosos detalles, porque sería mi carta intermina
ble; en aquel árbol se había criado Gestas, allí encontróá su madre viuda, con diez hijos, y el reconocimiento se
efectuó por medio del olfato. Aquel encuentro nos puso
en relación con el ágil pueblo* orangutan, y la familia
de Gestas me obsequió alojándome en su árbol.
Mis presentimientos no era¡n vanos: los orangutanes
se civilizan fácilmente; ha bastado que yo edifique una
especie de choza-nido sobre mi bambú para que todos se
construyan otra, improvisando una ciudad sobre los ár
boles; he abierto cátedra de todo cuanto sé, y la ilustra
ción cunde admirablemente, p<orque casi todos los oran-
154
FERNANDEZ BREMON.
patanes explican lo que aprenden, sólo por la satisfac
ción de imitarme. Tenemos en el dia unos quinientos
profesores. Todas las mañanas herborizo seguido de mis
alumnos, y siempre encuentro algún maestro de botáni
ca rodeado de los suyos.
Los sabios no son nuevos entre los orangutanes ; el
mismo dia de mi llegada estuve hablando con un mono
viejo, depositario de la ciencia del pueblo. Me asombré
de hallar en su idioma el refrán nuestro, donde quiera
que fueres, liaz lo que vieres, el cual consideran como la
esencia de la sabiduría. También me extrañó que miéntras nuestros sabios lian creído enaltecer al género hu
mano y dado un paso liácia el progreso asegurando que
los hombres descienden de los monos, los sabios de aquí
afirman con orgullo más legítimo, que los monos des
cienden de los hombres.
No me fatiga mi tarea; el afan de redimir esta raza
degradada me presta aliento; ¡igualdad ante la natura
leza! Hé aquí mi divisa; harto tiempo ha dominado en
la tierra la aristocracia de los hombres.
Gestas, cuya superioridad reconocen todos sus com
patriotas, ha emprendido la tarea de suavizar las cos
tumbres, y ha elegido compañera; la noche de la boda
hubo baile con orquesta de violines é iluminación á la
veneciana. Los solteros son aquí muy mal mirados, por
lo cual me veré en la precisión, para conformarme con
las costumbres de esta selva, de sacrificarme á la cien
cia uniéndome á la madre de Gestas, que aunque jamo
na, está bien conservada. Suyo afectísimo,
C risòstomo. »
GESTAS, ü EL IDIOMA DE LOS MONOS.
155
II.
Seis meses después un ministro inglés contestaba de
este modo á una interpelación en la Cámara de los Lores:
«Voy á complacer al honorable sir Prater explicando
la conducta del gobierno respecto del reino selvático de
Angola. Tiempo hacía que veníamos observando la rápi
da formación de aquel pueblo, que pasaba prodigiosa
mente de la vida animal al estado civilizado; cuando el
pueblo orangután, en uso de su soberanía, quiso consti
tuirse en la forma monárquica, elevando al trono á uno
de sus conciudadanos más ilustres, el gobierno creyó
útil á la política del país aconsejar al trono el reconoci
miento de S. M. Gestas I, y enviar un representante á
aquella córte. En efecto; era conveniente aprovechar el
desden con que'habían recibido todas las potencias las
notas de D. Crisóstomo, primer ministro y padrastro del
monarca, y celebrar con el nuevo Estado un tratado de
comercio favorable á nuestra industria, á la cual estaba
reservado el honroso cometido de vestir y armar á un
pueblo que carecía de trajes y de armas. Gracias á nues
tros esfuerzos, los orangutanes mondan las frutas con
cuchillos ingleses; su ejército usa carabinas fabricadas
en Birmingham, y los súbditos de S. M. Gestas I han
ganado en respetabilidad y decoro con la adopción del
gorro blanco, que hoy constituye su traje nacional. En
cuanto á las alusiones de sir Prater, sólo contestaré que
nuestro digno representante, Mr. Cuckoo, no tiene me
dios de impedir que la industria particular explote la
156
FERNANDEZ BREMON.
afición de los orangutanes á las bebidas alcohólicas, y
trate de introducir entre ellos el uso del opio; en cam
bio el ilustre lord omite los servicios que prestan la So
ciedad Bíblica de Londres, distribuyendo gratis sus li
bros, y la Sociedad de la Templanza, remitiendo sus es
tatutos al doctor Crisòstomo é invitándole á crear una
sucursal en aquel apartado reino. Inglaterra, ademas, no
puede negar á aquel país nada de lo que pide, porque Iosorangutanes , ricos en marfil y polvo de oro, pagan al
contado.
Lord Prater. Insisto en creer bochornoso que Ingla
terra haya enviado un representante ante una corte irra
cional.
El Presidente. Suplico al orador que se exprese en
términos más convenientes respecto del soberano de una
nación amiga.
Lord Prater. Retiro la palabra irracional, y llamaré
corte zoológica á la de S. M. Gestas I : creo que el señor
presidente hallará esta calificación más parlamentaria?
ademas, no es mi ánimo ofender á aquel monarca,
puesto que soy miembro de la Sociedad protectora de Iosanimales.
{El Presidente agita la campanilla.)
Diré que Inglaterra ocupa los buques que destinaba á
impedir la trata de los negros, en intimar el trato con
los monos. Y pido que se abra una información para
averiguar si el orangutan que poseemos en el jardín
Zoológico pertenece á la familia Real de S. M. Gestas I,
en cuyo caso deben hacérsele en la jaula los honores de-
GESTAS, 6 EL IDIOMA DE LOS MONOS.
157
liidos á su alto rango para honrar al soberano de una
nación amiga, como dice nuestro digno Presidente.
(Las oposiciones aplauden, y se levanta la sesión en
medio de la mayor algazara. Lord Prater asegura que
propondrá á la Cámara un proyecto pidiendo los dere
chos de ciudadano inglés para todos los monos nacidos
en los dominios de Inglaterra.)»
III.
Le Journal des Voyageurs publicaba en uno de sus
números esta curiosa relación :
«La capital del reino selvático de Angola tiene un ca
rácter completamente europeo, prescindiendo de los mo
radores y de la naturaleza. El hábil doctor Crisóstomo,
secundando los proyectos de su monarca, y aprove
chando la actividad de un pueblo cuyos habitantes cada
uno tiene cuatro manos, ha logrado edificar una ciu
dad hermosa, aunque monótona por la igualdad de sus
edificios. Es agradable pasear por sus calles, viendo las
monas asomadas á los balcones adornadas á la última
moda y cubiertas de lazos y de sedas.
»La última recepción que hubo en palacio fué brillan
tísima; el rey Gestas y la reina se hallaban rodeados de
»u familia y servidumbre; el cuerpo diplomático lo com
ponía el embajador inglés con todos sus criados de am
bos sexos. Un curioso que presenció el desfile de los va
sallos contó más de setecientos generales y un número
mucho mayor de caballeros grandes cruces. Con dificul
tad se encuentra en el reino un orangután que no tenga
158
FERNANDEZ BREMON.
tratamiento. Todas las damas iban seguidas de un mo
nito llevándoles la cola.
»Una de las modistas francesas se suicidó el dia... por
desdenes de un peluquero, y el doctor Crisòstomo lia dic
tado órdenes para que no se divulgue el hecho, sabiendo
lo que puede el ejemplo en un pueblo impresionable.
»Entre el representante inglés y el primer ministro
hay una lucha encarnizada: el primero, por proteger la,
industria de su nación, desbarata todos los planes del se
gundo para hacer de los orangutanes un pueblo sobrio y
enemigo del lujo. Dícese que tiene el propósito de exten
derle los pasaportes ; pero que le detiene la consideración
de que la córte con su ausencia se veria privada del Cuer
po diplomático. El doctor Crisòstomo ha interceptado
una nota de Mr. Cuckoo á su gobierno en que pide una
remesa de gorros encarnados.
»A pesar de la gran distancia de esta capital y de su
reciente fundación, hay en ella un hotel, várias modistas,
tres ó cuatro peluqueros, dos afiladores de cuchillos,
diez organillistas y algunos titiriteros, todos franceses;
un relojero y dos filósofos alemanes ; una opulenta se
ñora rusa que asiste á todos los teatros y paseos, y un
caballero portugués que luce la cruz del Cristo y grandes
alfileres de brillantes ; muchos ingleses que trafican en
maderas, venden telas y cuchillos, plantan algodón hasta
en los patios, explotan minas, introducen contrabando y
beben toda clase de licores ; várias damas sin familia,
procedentes de todas las naciones ; un maquinista norte
americano; dos ó tres caballeros de la América del Sur,
que juegan á los naipes y á los gallos; un moro que ven-
GESTAS, (5 EL IDIOMA DE LOS MONOS.
15l>
<Ie zapatillas, y un emigrado español que no hace nada.
»Hace pocos dias se abrió con gran éxito una librería;
el cortierciante tenía una edición enorme de cierta Histo
ria de la revolución francesa que nadie compra en Euro
pa, y conociendo el carácter de aquel pueblo, se paseú
una tarde vestido exageradamente y con un ejemplar del
libro en las manos abierto por la portada. Al dia siguien
te la edición estaba agotada, y una multitud de orangu
tanes recorría la población llevando en las manos la His
toria de la revoluciónfrancesa, escrita por un autor anó
nimo. Nadie que se precie de mono comme ilfaut sale á la
calle sin el libro.
»Ha ocurrido un suceso que puede ser un casus belli
entre dos naciones: varios portugueses de la colonia in
mediata han cazado á varios súbditos de Gestas en un
bosque cercano. Divulgado el hecho, muchos oranguta
nes, armados de escopetas, pasan el dia cazando portu
gueses.
»La salida del correo impidió á nuestro corresponsal
dar más pormenores acerca de aquel curioso pueblo.»
IV.
El Sr. Barrientos estaba leyendo su periódico una tar
de, cuando entró un criado en su despacho.
— ;Señor! dijo el sirviente con aire misterioso: tie
ne V. una visita.
—Que pase adelante.
—Es que... me parece que es un mono.
—¿Cómo? dijo el banquero levantándose.
ICO
FERNANDEZ BREMON.
— Sí, señor ; un mono que liabla y del tamaño de una
persona.
—¿Estás loco? Los monos no pueden hablar á 'cius0
de dos sacos membranosos... A ménos que haya en Al
gola orangutanes más perfectos... que pase, sea qiien
fuere ; sin duda Gestas me envía algún correo.
Un instante después entraba en el cuarto D. Cri
sòstomo desfigurado enteramente : su cuerpo pintado al
óleo, la boca excesivamente prolongada por la costumbre
de hablar gesticulando, sus maneras bruscas y su movi
lidad extraordinaria le daban el aspecto de un oraigutan ; el antiguo maestro se había identificado con los ha
bitantes del reino selvático de Angola. Para que la se
mejanza fuese más completa, por debajo del antguo
levitón asomaba un rabo majestuoso.
El Sr. Barrientes reconoció aquel levitón : el paraguas
de familia sirvió para identificar la persona de su dueño.
—;Todo se ha perdido! exclamó D. Crisòstomo arro
jándose en un sofá después de haber abrazado tierna
mente á su amigo.
—¿Pero cómo ha llegado V. vivo hasta mi casa en
ese traje?
—No lo sé, dijo el profesor reparando en el rabo, pie
le arrastraba por el suelo; creo que me han silbado : mu
sospecho que me han arrojado algunos tronchos y pie
las turbas me han seguido: pero ¿qué significa todo eso
ante la inmensidad de mi desgracia?
—¿Y el reino?
— Está entregado á la anarquía ; las tropas han fra
ternizado con el pueblo ; me han obligado á emigrar:yo
GESTAS, Ó EL IDIOMA DE LOS MONOS.
101
lie visto á los convencionales perorando en la Asamblea,
.al pueblo lanzando en infernal coro gritos salvajes é
.inarticulados ; se han proclamado los derechos del mono,
orestas ha tenido que ponerse el gorro frigio; ha circu
lado el oro de Inglaterra; han arrasado la cárcel, dicien-do que era la Bastilla...
—Pero V. me está contando la primera revolución
francesa...
—Pues eso ha sucedido exactamente: los oranguta
nes han leído aquel libro funesto y han tratado de imi
tarlo en todos sus detalles.
—De manera que la monarquía...
—Ha sido derribada,
—¿Y Gestas?
—¿No lo adivina Y.?
—¡Cómo! ¿Estará preso en el Temple?
—Era preciso llevar la imitación á la exactitud más
servil y fotográfica: las revoluciones de los monos ni ánn
tienen el mérito de ser originales.
—¿Y no habrá medio de salvar al pobre Gestas?
—Ha sido guillotinado por su pueblo: no ha faltado
siquiera en su ejecución el redoble de tambores.
Hubo un rato de silencio: se produjo una sensación
profunda de esas que sólo causan las catástrofes históricas.
—¿Y qué va á ser de ese pueblo desdichado? pregun
tó conmovido el Sr. Barrientes.
—No lo sé, contestó el maestro: los monos dicen que
han recobrado su perdida libertad... y yo, que los he vis
to furiosos y sin ropa y cometiendo destrozos, creo que
tornan á su estado primitivo.
n
162
FERNANDEZ BREMON.
—¿De modo que no volverá V. al Africa?
—Nunca: me lie convencido de que son ingobernaibles los pueblos que copian servilmente y sin criterio);
prefiero un país salvaje con costumbres propias, á urna
nación cuyo carácter, cuyas revoluciones y cuyas leye)S
son imitadas de otros pueblos.
Y D. Crisòstomo quedó profundamente pensativo):
después tomó maquinalmente un periódico ; el señor dleBarrientos le observaba repasar con agitación un escritco
incendiario en que se pedia la nivelación de las fortunass.
De repente se levantó el profesor, y exclamó paseánidose por la sala :
—j Orangutanes ! ¡ Nada más que orangutanes !
Había tal exaltación en el acento de D. Crisòstomo),,
se lanzó hácia el balcón con tanta ira, que el señor die
Barrientes tuvo que sostenerle sujetándole la cola.
—¿Qué hace Y., amigo mio? le dijo con dulzura.
—Perdone V., respondió tranquilamente D. Cri sòste)mo ; aquellas horrorosas escenas no se apartan de mii
mente : creía que estaba aún en el reino selvático die
Angola.
FIN DE GESTAS, Ó EL IDIOMA DE LOS MONOS.
Diario del Pueblo, Julio y Agosto de 1872.
SIETE HISTORIAS EN UNA.
SIETE HISTORIAS EN UNA.
I.
—Aunque V. asegure lo contrario, Sr. Doctor, no me
las prometo muy felices de esas condescendencias,—dije
después de haber oido en silencio las razones que ale
gaba.
—Esta misma noche,—me respondió con dulzura,—
cenará V. con ellos, y le convenceré prácticamente de
que á nada me expongo con su trato: la dureza es inútil
con esos desgraciados. Gozo al ver el respeto y las con
sideraciones que me guardan; nada les niego, ni me
opongo á sus caprichos: circulan libremente por mi
casa, y siempre me acompañan algunos en mis excur
siones por el campo. Quiero experimentar si el aire li
bre puede contribuir á su curación.
—Sea de ello lo que fuere, le advierto á V. que cena
ré solo. No me tranquiliza la compañía de seis locos, y
mañana al amanecer debo continuar mi viaje. Mire us
ted qué nubarrones se van aglomerando: estoy seguro
de que la tormenta me robará parte del sueño.
Sin embargo, tanto insistió el buen Doctor, dándome
100
FERNANDEZ BREMON.
tales seguridades, que al fin liube de aceptar su invita
ción, aunque conservando mis recelos.
Llegada la hora, entramos en un hermoso comedor,
en cuyo centro habia una mesa puesta con sencillez, al
rededor de la cual conversaban pacíficamente los seis
monomaniacos de quienes ya tenía antecedentes.
Cuando nos presentamos se levantaron con la mayor
política, ofreciéndonos sus asientos á porfía, y con tal in
sistencia, que juzgamos oportuno complacerles, antes de
que ocurriese algún incidente desagradable.
Aquella amable recepción no me satisfizo: hubiera de
seado alejarme de la mesa, pero el mal estaba hecho y
era preciso conformarse.
Sirvieron el primer plato en el silencio más tranqui
lizador, de modo que mis temores empezaron á desva
necerse, y pude observar con atención á mis extraños
compañeros. El brillo de sus ojos y la vaguedad de sus
miradas, lo mismo podían indicar la embriaguez que la
demencia.
—Veo,—me dijo el Doctor,—que se acostumbra V. á
la sociedad de estos caballeros,—y añadió dirigiéndose
á sus pupilos:—¿á qué no aciertan VV. lo que estoy
ahora pensando?
—Piensa V. que no tiene, como nosotros, su manía,
contestó uno de los locos con acento amable y compasivo.
—Piensa en todo, le replicaron al instante.
— En nada.
—En algo.
— [Sí!.... ¡no!... ¡sí... ¡sí y no!... prorumpieron todos
á la vez con espantosa gritería.
SIETE HISTOltlAS EN UNA.
167
El Doctor quiso imponer silencio hiriendo el vaso con
su cuchillo para imitar una campanilla. Todos hicieron
la mismo, invitándome á que tocára, lo que tuve que
hacer por adquirir su confianza, y me valió esta frase
galante de uno de los locos:
—Señores, estamos en familia: el forastero es de los
nuestros.
El médico alienista se reia á carcajadas. Cuando aque
llos infelices hubieron satisfecho su inocente diversión,
y el silencio se restableció poco á poco, mi huésped dijo
mirando á todos lados:
—Señores, pensaba en que es preciso obsequiar á este
caballero, refiriendo cada cual su historia, que, por lo
extrañas, le entretendrán todas agradablemente miéntras llega la hora de retirarse.
—¡Yo el primero! exclamó el de mi derecha.
—Sea, y hablen por turno. Note Y., me dijo el Doc
tor, que el señor que va á referir su historia ejercía en
el pueblo la honrada profesión de sepulturero: una no
che le encontraron desmayado al lado de una fosa, y
tuvo desde entonces que recurrir á mis auxilios.
—Si, señor: no se me olvidará nunca aquella noche,
respondió con viveza mi vecino. Me había correspondido
velar en el cementerio el cuerpo de una vieja. Sentéme,
pues, á su lado, y encendí mi pipa en una de las hachas;
pero el tabaco se acabó, y no teniendo distracción, me en
tretuve en observar á la difunta: ante otro cadáver me
hubiera quedado dormido fácilmente; pero entre los afi
lados juanetes de la muerta se destacaba una nariz más
afilada todavía, apuntando al techo en línea recta; hu-
168
FERNANDEZ BREMON.
biera jurado que a pesar de la inmovilidad del rostro a
# que pertenecía, aquella nariz estaba dotada de cierto
movimiento imperceptible, como el de la hierba cuandocrece.
Comprendía muy bien que aquello era alucinación ó
■efecto de los vapores de la cena; pero una especie de
vértigo me dominaba y mi razón no estaba muy segura.
Para evitar aquel espectáculo desagradable, volví la es
palda á la difunta; pero al instante comprendí mi error,,
porque si no vi la nariz, vi en cambio su sombra, y en
ella abultadas naturalmente sus formas repugnantes.
Varié de sitio; pero en vano: las hachas hacían proyec
tarse en todas las paredes aquella silueta odiosa, que
todo lo invadía. Mis dientes castañeteaban de terror
ante el formidable espectro, y para distraer el miedo y
acabar de una vez, me determiné á arrojar el cadáver
dentro de una fosa muy profunda: eché en ella el cuer
po de la vieja, cuyas carnes blandas, al caer sobre la
tierra removida, no produjeron ruido alguno. Cogí la
pala más ancha, y empecé á arrojar tierra en el hoyo,
hasta cubrir el pecho, los piés, la cabeza, todo... ménos
la nariz de la difunta: por más tierra que arrojaba re
sistía á todos mis esfuerzos, dilatándose y creciendo á
cada paletada. La fosa se cubrió: se fué formando un
montecillo, y en su cúspide se elevaba siempre la afila
da punta como la veleta en una torre. Concluida la tier
ra me encontré sin recursos: entonces saqué la navaja...
pero me detuvo una reflexión muy oportuna: cortándola,
en vez de una serian dos narices. Trepé hácia la cúspide,
arrojándome sobre la nariz para estrujarla y hundirla en
SIETE HISTORIAS EN UNA.
1 6 !)
el terreno; pero me costó muy cara la imprudencia, por
que tenía la dureza de una piedra y continuaba eleván
dose y elevándome. Cuando quise arrojarme al suelo me
hallé á una altura extraordinaria. Pasé así un rato. Una
ráfaga de viento me hizo caer á tierra sin sentido: al
despertar estaba loco, por efecto, sin duda, del porrazo.
—Sí, señor, loco como Y. y como todos estos amigos,,
que no tienen inconveniente en confesarlo.
—¡Sí!... ¡sí!... contestaron todos repetidas veces y
como por turno, hasta que tuvo uno de ellos la ocurren
cia de negarlo.
—¡No!... ¡no!... ¡tampoco! ¡tampoco! repitieron en cír
culo y haciendo extrañas muecas y visajes.
II.
—Antes de referir mi historia,—dijo un señor de al
guna edad y de abultado abdomen,—desearía saber si
usted está en el error de que los vegetales carecen dealma.
El Doctor se apresuró á contestar por mí, temiendoque cometiese alguna ligereza.
—Precisamente,—dijo,—hemos hablado hoy mismo
sobre este punto interesante, y mi amigo no duda de
que Y. es un sér sensible y animado.
—Gracias, mil gracias,—contestó el pobre hombremirándome con ternura;—entónces comprenderá Y. la
jintensidad de mis dolores. Una tarde, acababa de estu
diar una tormenta: piedras de enorme tamaño caían so
bre los campos, destruyendo cuantas plantas encontra-
170
FERNANDEZ BREMON.
ban. ¡ Qué destrozo causaron en el melonar de mis ma
yores! Aquél fué un dia de luto y consternación para
todo mi linaje: mis padres, que apoyaban sus pesados
•cuerpos en la tierra, ya sazonados y llenos de azúcar, y
algunos individuos de su familia, todavía jóvenes, que
colgaban inocentemente de las ramas, cayeron heridos ó
fueron deshechos por los celestes proyectiles. Algunas
semillas, arrastradas por las aguas,- se refugiaron en
torno de un rosal, y bajo sus hojas vi la luz en un vera
no delicioso. No puedo recordar sin regocijo aquella épo
ca feliz de mi existencia. El cielo me regaba, mecían mi
cuna los vientecillos más suaves, y los pájaros bajaban á
hacerme compañía.
Cierto dia, áun no estaba maduro por fortuna, se
acercaron á mí varios hombres de mala catadura, arma
dos de cuchillos, y sin consideración á mi juventud, y
del modo ménos decoroso, me reconocieron muy despació.
—Está verde,—dijo uno de ellos volviéndome la es
palda con desprecio.
Yo estaba que no me llegaban las hojas á la cáscara.
Los asesinos dispusieron sus armas inelonicidas, y pre
sencié un festín horrible. Vi los cuerpos de mis parien
tes rodar por tierra arrancados de la planta: vi los pu
ñales hundirse en sus entrañas, y las bocas de aquellos
monstruos saborear su carne con delicia. Partían, vacia
ban, descuartizaban y se engullían á los hijos en presen
cia de las madres. No he leído en las historias ejemplo
igual de barbarie.
—¡Qué dulce está!—prorumpia el más voraz de los
.
I
SIETE HISTORIAS EN UNA.
171
Vampiros, con las fauces bañadas en sangre de uno de
mis hermanos predilectos.
—Pues éste es una calabaza,—respondió otro, estre
llando á un infeliz contra una piedra.
La tierra se cubrió de despojos: saciada su gula, los
asesinos se levantaron, pero antes de alejarse volvieron
á reconocerme. Yo temblaba como si soplase viento
Norte.
—Lo ménos tarda siete dias en madurar,—exclamó
un hombre.
—No lo creas; áutes de dos nos le comeremos.
—Será un melón excelente.
—Es de casta valenciana.
Y se alejaron continuando su diálogo siniestro.
Desde aquel dia ruedo por el mundo, huyendo de la
voracidad de los hombres, y pidiendo la emancipación
de los melones.
—No le tenía á Y. por tal,—dije al loco cuando ter
minó su narración.
El loco me ofreció un cuchillo, y exclamó con majes
tad presentándome su vientre:
—Si tiene Y. la menor duda, puede Y. calarme.
III.
Correspondía hablar á un señor de aspecto muy pre
ocupado. Cuando se enteró de que le había llegado el
turno, me dijo gravemente:
—Caballero, yo soy un médico arrepentido: mi histo
ria nada tiene de notable; he aplicado los medicamentos
172
FERNANDEZ BREMON.
indicados en los libros, y lie tenido el disgusto de que
se me muriesen mis mejores parroquianos. Pongo á Dios
por testigo de que no ensayé en ellos ningún medica
mento, ni inventé la píldora más inofensiva; sólo he
aplicado el método oficial, sin separarme de los libros de
texto ni un momento; pero al ver caer ante mí tantos
inocentes, llegué á dudar si era un licenciado en medici
na y cirujía ó una bomba que estallaba en la alcoba del
enfermo.
Comprenderá A7., caballero, que debo una reparación
á la clientela que he diezmado, á las familias que por
mi causa visten traje negro, y al género humano, que he
disminuido.
Abrumado por los remordimientos, estudio noche y
día, no en los libros de texto, sino en la estructura del
cuerpo humano, un medio de satisfacer mi conciencia.
Cuando espiró el último dé mis clientes, acababa yo
de responder de su vida á la familia: entré en la alcoba,
y el enfermo no existia: aterrado con aquel horrible con
tratiempo, cerré la puerta y huí por la ventana, lleván
dome el cadáver, decidido á resucitarle.
Pero los libros de medicina nada decían en punto á
resurrecciones: y yo no sabía cómo empezar aquella
operación, opuesta completamente á lo que hasta enton
ces hahia practicado: sin embargo, no aspiraba inmo
destamente á devolver á la familia un hombre sano: me
hubiera contentado con poner el muerto en su casa, tal
como me lo habían entregado, y con su misma pul
monía.
No sé cuánto tiempo estuve meditando: unas veces
SIETE HISTORIAS EN UNA,
173
hubiera querido extraer del cuerpo todas las medicinas
que le había recetado, y otras veces pensaba en conjuros
y oraciones, en pactos con el demonio y brujerías. Ni una
sola vez se me ocurrió valerme de ningún sistema médi
co. Creo que pasé algunos dias delante del cuerpo muer
to, porque le perdía de vista' á largos intervalos, sin
duda, en medio de la noche. Por fin, creí que la natura
leza había resuelto el problema de la vida, al observar
cierto movimiento en el cadáver. Alcé su ropa con emccion... y vi que le movían los gusanos.
El loco se detuvo algunos instantes muy preocupado.
—Y después ¿no ha resuelto Y. ese problema?—le
pregunté con interes.
—Sí señor,—contestó el afligido médico;—pero antes
me entregaban personas llenas de vida y ahora ni áun
me confian los cadáveres.
—Y ¿qué liaría Y. si le entregasen un difunto?
— Dejaría obrar á la naturaleza,—contestó el loco.
—Entonces el cadáver se descompondría.
—Y no alteraría por eso el tratamiento.
—Se convertida el cadáver en un esqueleto descarnado.
—Y yo siempre dejando obrar á la naturaleza.
—Los huesos se harian ceniza.
—Tiene Y. mucha razón; y las cenizas se esparcirían
por el viento; y los años pasarían y los siglos, hasta que
llegase el dia de la resurrección de la carne, único en que
pueda resolverse el gran problema. Dije que soy un
médico arrepentido, y dije mal: ahora profeso el arte de
resucitar, lo cual indica, sin más demostración, que no
soy médico.
174
FERNANDEZ BREMON.
IV.
— El caballero á quien corresponde hablar es un ar
tista notable, — me dijo el doctor cuerdo,— presentán
dome un loco de rizada cabellera y ojos más extraviadosque los de sus otros compañeros.
— ¿Puedo saber en qué arte sobresale? — contesté in
clinando la cabeza ante el monomaniaco.
— Soy pintor de estrellas,— dijo con énfasis el loco,
— Ignoraba que existiese ese ramo del arte.
— He ensanchado los horizontes de lo bello, creandoun género nuevo; yo traslado al lienzo lo que sólo des
cubre el telescopio; tengo en proyecto los retratos de to
dos los planetas, y un eclipse de luna, que ha de ser
toda una lección de astronomía. Instruir deleitando es
mi divisa, y mis pinturas revelan los arcanos del vacío.
La nebulosa y el cometa, el humilde satélite, el anilloluminoso y la constelación más complicada, forman en
mis cuadros composiciones atrevidas ; en vez de batallas,,
pinto choques de planetas , astros que estallan, y soles
que se extinguen. Mi obra maestra es un sol girando ma
jestuosamente sobre sí mismo : no he visto cuadro de
más luz, ni escorzo más artístico y gracioso, ni pintura
más bella é instructiva. Mi escuela reúne á la vez la ver
dad, el atrevimiento, la fantasía y la ciencia; soy á un
tiempo Velazquez y Flanmarion, Goya y Copérnico.
Yo escuchaba con admiración á aquel innovador del
arte.
SIETE HISTORIAS EN UNA.
175
El loco prosiguió diciendo :
— La pintura astronómica reúne á la belleza del asun
to la enseñanza de una ciencia árida y difícil, sin can
sar el entendimiento, impresionando únicamente los sen
tidos. Los astros circulan por mis cuadros dentro de su
órbita , y como en la creación, todo es movilidad en mis
figuras ; los planetas que pinto están todos habitados, y
se oye la música que producen sus pesados cuerpos al
rodar por el espacio. Demuestro que los cometas no son
sino nebulosas desbocadas; que Saturno es un planeta
presuntuoso y cobarde, que va cargado de anillos y ro
deado de satélites, y que las estrellas dobles son matri
monios astronómicos.
— Admiro ese pincel.....
— Pinto con los dedos, — repuso el loco interrum
piéndome.
— Tendrá Y . un magnífico telescopio.
— No lo crea Y . ; para ver todas esas cosas cierro los
ojos.
— Pues le aseguro á Y ., — añadí,— que deseo admirar
sus lienzos.
— Amigo mió,— respondió el a rtista ,— no hago mis
cuadros sobre lienzo, ni en tablas, ni en cobre, ni al
fresco; pinto sobre el agua.
V.
E l loco que le seguia dirigió una mirada de lástima á
su compañero, y me hizo un signo para indicarme el ex
travío de su mente. Después habló de esta manera :
i 70
FERNANDEZ BREMON,
— Jamas he hecho aprecio de las artes ; desde peque
ño demostré una vocación irresistible por las armas;
«emprendí que el hombre había sido creado exclusiva
mente para la guerra, y me entregué con júbilo al plaoer
de descalabrar á mis condiscípulos. Me casé á poco, por
que el matrimonio es una lucha. Declaré la guerra á la
sociedad, para aumentar el número de los combatientes
cu las contiendas humanas; y es mi ideal armar á todo
el género humano, y que todos los hombres y mujeres
que hoy existen, divididos en dos grandes ejércitos, se
acometan en el desierto de Sahara, y den una gran ba
talla digna del siglo xix.
— Pero ¿no le asusta á Y. la idea de la mortandad es
pantosa que produciría tan colosal combate?
— ¿ Y la magnificencia de esa función de guerra? ¿No
se dan conciertos monstruus? ¿Por qué no ha de hab
batallas gigantescas ? Si la guerra no fuera una nec'
dad del espíritu humano , ya hubiera desaparecido a
el sentimentalismo de este siglo filantrópico, y ante los
respetables intereses de la industria en esta época fabril. |
La guerra tiene infinitos aspectos : existe entre el crimi
nal y la justicia; entre los que se disputan una mujer, ó
el mando de un pueblo; entre dos naciones cuya política
es opuesta; entre los pobres y los ricos. Cada siglo tiene
sus pretextos para disculpar la lucha; y desde el duelo
y el asesinato, formas las más simples de la guerra,
j
hasta las campañas más científicas y formales, dan un
total de víctimas, que acaso exceda al de la batalla que
propongo. En cambio, el espectáculo gana en franqueza
v gallardía: millares de cañones atronarán el desierto,,^
»-
SIETE HISTORIAS EN UNA.
177
ihoy silencioso, y formarán nubes que rieguen sus are
nas ; se elevarán en su llanura montañas de cadáveres
que fertilicen el Sahara, y yo, subido sobre una pirámi|de de muertos, aplaudiré á los vencedores cuando alan
ceen sin compasión á millones de vencidos.
—¿Y si Y. formase parte de los últimos?
— Imposible, caballero; yo sería neutral, para poder
gozar de todo el espectáculo. El placer de la guerra es
como el de los toros y el teatro; los verdaderos aficiona
dos ven la función desde los palcos, ó leen las reseñas
que liacen los periódicos, pero no pican toros ni decla
man. Caballero, me lia sido Y. simpático, y le ofrezco
el mando de uno de los dos ejércitos ; tendré una gran
satisfacción en que se cubra Y. de gloria.
Y aquel loco singular me tendió la mano y distribuyó
Y várias gracias militares á todos los presentes.
Y# — ¡Qué locura tan sensata, si el interes justificase
sfcta manía! perturbar el mundo, lanzar unos contra
¿ftros á los hombres, y permanecer tranquilo y respetado
en medio de la lucha. No pude ménos de murmurar con
migo mismo, al oir á aquel monomaniaco.
VI.
Sólo faltaba hablar á uno de los clientes del doctor.
Mis temores se habian desvanecido por completo al ver
la tranquilidad y orden con que se expresaban por turno
aquellos infelices, que conservaban bajo sus extravagan
tes relatos una razón relativa, que era cuanto se hubie12
178
FERNANDEZ BREMON.
ra podido exigir en una reunión de cuerdos á los postresde una cena. El problema estaba resuelto: la sociedad de
los locos, no teniendo éstos manías destructoras ó mo
lestas , era tan agradable y natural como la de tantas
personas razonables, cuyas preocupaciones se toleran
por cortesía, y aquellas manías tenían sobre las de los
cuerdos la ventaja de ser más pintorescas.
— Y Y., ¿cómo se encuentra en tan amable compañía?
pregunté al último loco, que no tuvo por conveniente
contestarme.
— Un dia, respondió el doctor en su nombre, se oye
ron gritos desgarradores en su casa ; los daba su señora
para impedir que este caballero arrojase á sus hijos por
la ventana.
El loco levantó entónces la cabeza, y dijo con ter
nura :
— Yo había enseñado á andar y á nadar á todos mis
hijos : sólo me faltaba que aprendiesen á volar los pobrecillos.
— ¿ Y si se hubieran estrellado ? le dije.
— Hubieran volado al cielo : la lección no se perdía.
— Pero ¿amaba V. á sus hijos? repuse con sorpresa.
— Entrañablemente, caballero, y quería que su edu
cación fuese completa, preparándoles para todas las car
reras y enseñándoles toda clase de conocimientos, y ha
ciéndoles aptos para todo. Bajo mi dirección hubieran
aprendido desde el idioma de los pájaros hasta el de los
filósofos alemanes ; desde la gimnasia higiénica hasta
la ciencia prehistórica ; la teología y la equitación, la
poesía y la balística ; el contrapunto y la partida doble
SIETE HISTORIAS EN UNA.
179
y lo mismo podrían redactar una Constitución que cas
trar una colmena.
— ¿Y cree V. que sus hijos hubieran soportado esa
educación enciclopédica?
— ¡ Oh! sí, señor ; combinando sabiamente el antiguo
sistema de los azotes y la moderna invención de enseñar
sin libros y estudiando los gustos é inclinaciones del discípulo. Por ejemplo, al niño que aborreciese el idioma
de Cicerón, y tuviese afición á bailar, le enseñaría el la
tín walsando y le azotaría si perdiese el curso. Le haría
aprender á contar llevándole á jugar á la ruleta. Le en
señaría la teología y las ciencias más difíciles cantadas
en villancicos ; y arrojándole á la cabeza mis cacharros
cuando cometiese alguna impertinencia, aprendería poco
á poco la cerámica. Mis hijos quedarían en disposición
de ser príncipes ó sabios, curas ó danzantes, verdugos 6
acomodadores de teatro.
— ¿Y Y. conoce todas esas ciencias de que habla? le
pregunté con cierto respeto.
— Sí, señor, me respondió ; las conozco de vista úni
camente.
— ¿Y se había dedicado Y. alguna vez á la ense
ñanza?
— Le diré á Y..., en mi juventud eduqué á un cana
rio, enseñándole á hacer el ejercicio y á llevar cartitas á
mi novia. Ya de joven tuve el pensamiento de crear una
universidad para las aves.....
— ¡Esa idea es detestable! prorumpió con voz terrible
el loco del melonar; las aves picotean y destruyen las
frutas y no merecen tantas consideraciones.
i
«
180
FERNANDEZ BREMON.
Su compañero le miró con desprecio y respondió :
— Usted olvida que estamos en los postres, y que sien
do un melón, le tiene cuenta no llamar muclio nuestra
atención.
El pobre loco á quien se dirigía la amenaza miró con
espanto los cuchillos y se agazapó debajo de la mesa.
Pero la interrupción y el insulto que siguió, produjeron
cierta sensación nerviosa en aquella impresionable con
currencia. Un relámpago muy vivo, seguido de un true
no formidable, completó el efecto, y los locos se levan
taron de sus asientos en la mayor agitación.
V II.
El pintor abrió la ventana y pidió un vaso de agua.
— ¡Quiero pintar ese trueno!— exclamó con acento
inspirado.
— ¡Si eso es imposible!— dijo el Doctor deteniéndole.
— No ha sido un trueno, sino un magnífico cañona
z o ,— repuso el guerrero lleno de entusiasmo.
Los relámpagos y truenos continuaban aumentando
la confusión y el vocerío; algunos locos estaban subidos
en las sillas.
— ¡Juicio, señores! ¡juicio!— decía el Doctor corrien
do de uno á otro lado.
— ¡Nos recomienda el juicio! Alude indudablemente
á nuestra locura. ¡Venganza, caballeros!— exclaiyaba
el loco de la batalla, animando á sus amigos.
— ¡Muera! ¡Muera!
El Doctor reia á carcajadas.
SIETE HISTORIAS EN UNA.
181
— ¡Se burla de nosotros! ¡A las armas!
Aquellos gritos de guerra, la actitud melodramática
del demente, la exaltación de sus amigos y el ruido de
los truenos, produjeron en los locos tal impresión, que
el pobre Doctor, amedrentado á su aspecto, retrocedió
hasta uno de los rincones de la sala.
— ¡Calma! amigos mios, — decía con su acento más
melifluo, al ver que el loco belicoso distribuía á los de
mas los cuchillos de la mesa.
— ¡Tiene en su rostro la nariz de la difunta!—voci
feró con rencor el sepulturero.
— ¡Yo necesito un cadáver!—exclamaba el médico
alzando su cuchillo.
Hubo un momento de extraordinario ruido, en el cual
se oian estos gritos :
—¡Hagamos su disección sobre el mantel.
— ¡Enviémosle al otro mundo á girar con los pla
netas.
—¡Calémosle!
— ¡Enterradle vivo!
La resistencia era imposible contra aquellos furiosos,
pues sólo había un criado en la casa. Pero los locos,
viéndome armado de cuchillo, me guardaban ciertas
consideraciones, hasta el punto de que el médico mono
maniaco me dijo al oido estas palabras:
—No se alarme Y., amigo mió: dejémosle que mue
ra, y yo me encargo de resucitarle; no dude Y. de que
lo haré, porque ya sabe Y. que no soy médico.
—Pido la palabra—dije en alta voz subiéndome en
una silla para dominar y contener al auditorio.
182
FERNANDEZ BREMON.
El Doctor, rodeado por sus huéspedes, había candor
sentado sobre una silla, y perdido su habitual serenidíadl
ante aquel peligro tan inesperado como serio.
— ¡Señores,— dije,— la muerte del Doctor es ju sta i
y está irremisiblemente decretada. Pero... todos aquí s e
rnos cristianos, y no podemos dejar morir á un hombre;
sin que baga siquiera examen de conciencia.
— ¡Bravo! ¡bravo!— exclamaron los locos.
— ¡Pongámosle en capilla! — dijo uno de ellos.
— Perfectamente,— repuse,— y la capilla puede ser
la habitación más inmediata.
— Es verdad,— contestó un loco,— pero como podria
fugarse el condenado, pido que le pongamos en capilla
después de cumplida la sentencia.
— ¡Bien! ¡muy bien!— contestaron en coro los mo
nomaniacos.
— ¡Un momento!— grité con tal fuerza, que se con
tuvieron los que tenian alzados los cuchillos.—Pido un
cuarto de hora para que se reconcilie.
Todas las proposiciones eran aprobadas por unanimi
dad, y los seis desgraciados se quedaron inmóviles alre
dedor de la víctima, contando en el reloj de pared los
minutos. Yo, entretanto, hacía señas al Doctor, que no
osaba hablar porque al intentarlo se alzaban los cuchi
llos. El Doctor era corto de vista y no veia mis señales.
Un poco ántes yo liabia escrito algunas líneas en mi car
tera, que recibió el criado, atraído por la vocería.
La víctima intentó levantarse, pero doce T "nos dé
hierro le aprisionaron á su silla.
El Doctor sudaba y trasudaba.
SIETE HISTORIAS EN UNA.
183
— ¿Cuántos minutos faltan?—preguntó el artista:
— me parece que este reloj no está arreglado con el sol.
— Faltan siete todavía—le contesté: — dejémosle que
rece.
Empecé á inquietarme: el minutero volaba aquella
noche: pasaba sobre las rayas con rapidez: había re
corrido el término fijado.
Por fin sonó en el patio una palmada.
— Llegó la hora—dije con energía;—al suelo los cu
chillos y tiremos á ese monstruo por la ventana.
— ¡Muy bien!—exclamaron los monomaniacos ba
tiendo palmas.
El Doctor se incorporó, con los cabellos erizados, y
sus huéspedes le levantaron en sus brazos.
— ¡Socorro, amigo mió!—gritaba el infeliz resistién
dose inútilmente.
— ¡Muera!—grité también con todos mis pulmones.
El desdichado alienista se había asido al marco de la
ventana, fuera de la cual estaba su cuerpo suspendido.
— ¡Asesino!—me dijo con desesperación,—al ver
que yo mismo le empujaba, y cayó.
— ¡Ahora, — exclamé sentándome en el marco de que
había arrojado al Doctor,—que VV. pasen buena noche!
—¡Adiós! ¡adiós! ¡que la cena le aproveche! ¡buena
digestión!—gritaron los locos al ver que yo seguía al
médico, arrojándome también por la ventana.
— ¿Qué tal, amigo Doctor?—dije después de caer so
bre unrmblandísima alfombra de colchones;—supongo
que renunciar ' '. al trato de esos caballeros y al siste
ma de las condescendencias?
184
FERNANDEZ BREMON.
— Imposible: esto ha sido un susto nada más. Maña
na continuaré su curación — contestó el Doctor ya sose
gado.
— ¿Y cómo se presentará Y. ante ellos?
— Es muy sencillo: haré que me amortajen y me de
jaré resucitar por mi colega, que busca un cadáver hace
tiempo.
— ¿Pero no le estremece á Y. la idea del peligro en
que se ha visto?
—Ya ha pasado. Amigo mió, dijo el Doctor con se
guridad : he prometido curar á esos infelices por un mé
todo á que no renuncio : es mi manía: porque, créame
usted, también los cuerdos las tenemos. Más diré; sin
estas manías ó alucinaciones, ó como quiera Y. llamar
las , la sociedad humana es imposible: sólo se reunirían
los hombres al lado de los favoritos de la suerte.
FIN DE SIETE HISTORIAS EN UNA.
La Moda Elegante Ilustrada, Julio 1873.
PE N SA R A VOCES
<v2 mi cariñoso y verdadero amigo
fsib o w Jfernanitc| Jfíorc¿.
PENSAR Á VOCES.
Todos los dias oímos á nuestro lado palabras sueltas
que se escapan involuntariamente á individuos que pa
san hablando á solas sin notarlo: con frecuencia vemos
personas que accionan sin hablar, como si sostuvieran
disputas muy acaloradas : más de una vez el eco de
nuestras propias palabras nos ha advertido que íbamos
por la calle hablando en voz alta y llamando la atención
de los transeúntes. Todo esto no es sino una débil ma
nifestación de la actividad febril de nuestro cerebro, tu
multuoso taller que funciona sin cesar, congreso en se
sión permanente, y manicomio en que, entre mil ideas
extravagantes, descuellan alguna vez pensamientos ra
zonables. El saber callar las necedades que se ocurren
es la prueba del buen juicio: ocultar en sociedad ciertos
pensamientos que escandalizarían á las gentes, consti
tuye la prudencia: dominar los latidos de la soberbia,
los deseos livianos, la envidia y todas las pasiones, es
la virtud. ¡ Qué diferencia entre el tranquilo aspecto de
algunos rostros impasibles, y el motín interior de las
ideas bajo el cráneo! vienen á ser como esos edificios
190
FERNANDEZ BREMON.
cerrados, cuya severa fachada no denuncíalos crímenes
domésticos que en sus habitaciones se consuman.
Si alguna vez se descubre un instrumento que equi
valga en acústica á lo que es en óptica el microscopio;
si se inventa una trompetilla tan sutil que aplicada so
bre las cabezas deje oir lo que discurren los cerebros, ó
colocada á cierta distancia permita escuchar lo que en
voz imperceptible hablamos continuamente (1), ¡qué
revolución moral produciría ese aparato! Baste saber
que al escribir y al hablar callamos y omitimos, por
consideración á las conveniencias, lo más atrevido, lo
más sincero, lo más pintoresco de nuestras ideas; y que
entre el hombre interior, que habla consigo mismo, y el
personaje teatral, que cada cual representa ante sus pró
jimos , suele haber el contraste más extraño.
Disimular continuamente nuestras flaquezas, no par
ticipar á nadie nuestras observaciones más exactas y
sutiles, tal es el resultado de la educación, que creo
exista áun entre salvajes. ¡Ay del hombre que vacia en
teramente al exterior lo que todos ocultan en la oscura
soledad de su conciencia! Conservar el incógnito: hé
aquí lo que con más ó menos torpeza casi todos consi
guen en la vida. Pero..... creo que estoy filosofando,
(1) La costumbre <le discurrir con auxilio del lenguaje hace
que todos nuestros pensamientos se formulen en mestro cerebro
por medio de palabras. El hábito de trasmitir las palabras al apa
rato vocal destinado á expresarlas produce, á mi juicio, el fenó
meno involuntario de quo hablemos constantemente todo cuanto
pensamos, si bien de una manera imperceptible pa~a el oido,por
falta de tension de las cuerdas, cuya delicadísima (structura pro
duce una música inimitable que se llama voz humtna.
PENSAR Á VOCES.
191
cuando es mi única intención referir una historia, la
cual, por haberme asegurado quien la contó ser uno de
sus actores, sólo me atrevo á clasificar entre los cuentos.
I.
Nunca podré olvidar á mi condiscípulo Juan Claro.
Había sido un estudiante á la vez laborioso y penden
ciero: taciturno hasta el extremo de huir la compañía
de los compañeros de clase, y provocador, y de una sin
ceridad bárbara y ofensiva, cuando se reunía con nos
otros. Le era imposible disimular los defectos que ob
servaba en los demas, ni dejar sin correctivo sus errores;
pero siempre sus manos respondían de los insultos de su
lengua, que le obligaron á medir sus fuerzas con todos los
estudiantes capaces de vengar una ofensa á puñetazos.
Su predilección por mí no reconocía otra causa que la
benevolencia con que toleraba su franqueza, insoporta
ble para todos. Y era que algunas buenas cualidades de
Juan, la sagacidad de sus observaciones, y la convicción
de que mi amigo tenía en su propio carácter su adver
sario más cruel, y un impedimento moral para vivir en
sociedad pacíficamente, me hacían compadecerle y esti
marle.
— Eres adulador é hipócrita, recuerdo que me dijo un
dia: te he visto sonreír en clase cuando el profesor con
taba por vigésima vez el cuento de las naranjas, y no te
puede hacer gracia lo que ese buen señor nos ha repeti
do tantas veces.
192
FERNANDEZ BREMON.
— Me hace sonreír, le contesté, la insistencia del pro
fesor en contar ese cuento.
— No me engañas: tu risa hubiera sido en ese caso
burlona, en vez de ser, como he observado, servilmen
te franca. Sacarás este año buena nota á fuerza de son
risas.
— Te equivocas respecto de mi intención, repuse algo
picado : celebro el cuento por bondad y no por adula
ción; nada me cuesta dar ese gusto al profesor, pues es
toy acostumbrado á soportar tus claridades, que son
mucho más molestas. Lo que juzgas en tí franqueza y
lealtad de carácter, no es sino egoísmo é intolerancia;
eres incapaz de callarte un pensamiento que ofenda á
los demas.
— Eso que dices, replicó, prueba áun más tu hipocre
sía; te he tenido siempre por amigo, y ahora resulta que
eres una víctima de mi mal genio y ocultabas tu sufri
miento : me has estado engañando, por miedo de una
riña, ó por bajeza natural.
Y me volvió la espalda con desprecio.
Era su amigo más íntimo: le quería entrañablemente,
y no pude menos de descargar mi bastón en sus espal
das : cayó sobre mí como una fiera, y ambos rodamos
por el suelo con gran contentamiento de nuestros con
discípulos, que nos rodearon frotándose las manos. To
dos los estudiantes me animaban con sus voces : todos
deseaban mi triunfo : ni uno solo manifestó simpatías
por Juan Claro. Cuando se trató huir de los bedeles, me
abrieron calle protegiendo mi fuga: mi adversario, en
cambio, se vió detenido por la multitud de estudiantes
'v a
193
TENSAR Á VOCES.
agolpados, y fué hecho prisionero: su altivez con los be
deles le llevó á presencia del profesor: las respuestas
que dió á éste le condujeron ante un consejo de disci
plina, en el cual se excedió tanto en su lenguaje, que
mereció ser expulsado de la Universidad.
— Agradéceme el sacrificio, me dijo, cuando todo es
taba consumado: no puedes imaginarte lo que he tenido
que luchar interiormente para no pronunciar tu nombre,
que se me escapaba de los labios: hubiera dado cual
quier cosa por haber podido delatarte sin vileza. En
cambio he repetido al tribunal el cuento de las naran
jas, he dicho lo que pienso sobre la escasa ilustración de
mis jueces, y he tenido la satisfacción de revelar al Con
sejo la coquetería de las señoras de algunos profesores.
Jo le escuché asombrado como quien oye hablar á
un loco.
Aun daré á conocer otro detalle de su carácter para
»que se comprenda más á fondo.
Algunos años después íbamos en un ómnibus q San
Isidro: en frente de nosotre había una linda joven
acompañada de un señor de aspecto formidable : Juan
los miraba alternativamente, y su semblante revelaba
una lucha consigo mismo, que me puso en algún rece
lo: la joven miraba á Juan con cierto agrado, y el des
conocido atusaba con desconfianza su larguísimo bi
gote.
Juan le dijo de repente:
— Caballero, ¿es su esposa de Y. esta señora?
— ¡A Y. qué le importa! contestó el de los bigotes
con voz de trueno.
13
194
FERNANDEZ BREMON.
— En realidad muy poco; pero no puedo resistir al
maligno placer de advertirle que me está mirando hace
rato con interes.
Todos nos quedamos asustados, en la convicción de
que iba á suceder una catástrofe en aquel estrecho car
ruaje.
— ¡ Cochero! ¡ cochero! gritó el señor de los bigotes:
¡pára! ¡pára! Esto es insoportable.
Y haciendo descender á la señora, que con los ojos
bajos y el semblante pálido salió tropezando, el ofendi
do caballero dijo á Juan al despedirse:
— ¡ Ahí le dejo mi tarjeta!
Juan entregó la suya, y los caballos prosiguieron su
carrera.
El lance, por fortuna, no tuvo consecuencias: la tar
jeta del desconocido sólo contenia estas palabras:
« Gran casa de préstamos: se da mayor cantidad que
en otros establecimientos sobre toda clase de alhajas y
ropas en buen uso. »
El hombre terrible era un pacífico industrial que
aprovechaba la ocasión para hacer su propaganda.
Cuando le anunciaron la muerte de su padre, Juan
Claro dijo en alta voz, delante de várias personas:
— Ya era tiempo.
Y después añadió con acento conmovido:
— Siento su muerte, ahora que no tiene remedio: los
millones que me deja no llenan el vacío que su pérdida
produce: sin embargo, consuelan esos millones. ¡Yaya si
consuelan! Creo que he ganado con.su muerte; pero voy
á soñar con su cadáver muchas noches, lo cual es fasti-
PENSAR Á VOCES.
195
dioso. Me quería mucho el pobre viejo. Soy un ingrato:
hay en mí pensamientos que á mí mismo me repugnan;
y no obstante, son tan mios y áun más que los otros :
¡ sí! creo que vienen de fuera los buenos pensamientos.
Todos se alejaron de Juan horrorizados.
Nunca admitia en depósito secretos, confesándose in
capaz de reservarlos.
— Pues yo necesito desahogar en tí uno que me es
torba, le decía un amigo muy hablador.
Juan le contestó tapándole la boca:
— Comprendo tu situación y la necesidad en que te
iiallas: por eso no quiero encontrarme en el mismo ca
so. Soy un periódico humano; un cartel de anuncios.
Guarda tu secreto.
— Entonces, repuso el hablador, te lo diré sin reser
va alguna.
— Eso es otra cosa: divulguemos el secreto ; no hay
nada tan sabroso de contar como lo que debería estar
callado.
Cuando Juan vió que se trataba del honor de una fa
milia, exclamó dirigiéndose al hablador:
—Eres un miserable: voy á referir lo que me has con
tado al mismo que depositó en tí su confianza: los que
no tenemos donde guardar un secreto, no debemos per
mitir que se nos digan.
— Señora, decía Juan en otra ocasión muy distinta,
usted lia provocado la ruda sinceridad con que me ex
preso.
—¡Yo! le contestaba la dama, ofendida en su dig
nidad.
196
FERNANDEZ BREMON.
— Sí, señora; no se le dice impunemente á un hom
bre ¡ yo te amo !
— Usted está loco, caballero, replicaba la señora.
¿ Cuándo le he dicho semejante cosa?
— Hace un momento, con los ojos; idioma el más sin
cero de todos los que usamos. Atrévase Y. á negarlo,
cerrando los labios y mirándome frente á frente.
Y como la señora sostuviese con frialdad sus miradas,
Juan dijo levantándose:
— Miente V . con toda su vista.
La dama se echó á reir y le dijo con bondad :
— Preciso es perdonarle sus ofensas, porque no tiene
usted el juicio muy seguro. ¿Se puede mentir con los ojos?
— Es muy difícil, contestó Juan; pero no es posible
fiarse en nada del que llega á conseguirlo ; los de Y. me
parecerían el escenario de un teatro.... si no fueran tan
pequeños.
Renuncio á describir la tempestad que estalló en aquel
gabinete.
Juan Claro habia tenido á los veinticinco años doce ó
trece desafíos.
La última vez que le vi estaba vistiéndose para salir
á la calle, y se enjuagaba la boca con ron, lo cual me ex
trañó, porque detestaba la bebida.
— Concibo tu sorpresa, me dijo, y quiero, y no puedo
ménos de explicarte por qué prefiero este licor al agua
odontàlgica que usaba anteriormente. Has de saber que
estoy medio asustado de mí mismo en vista del.inal efec
to que produzco en todas partes, y me enjuago con ron
para que atribuyan á la bebida mis defectos.
PENSAR Á VOCES.
197
Después supe que se habia encerrado en una quinta
inmediata á Madrid, aislada y en el campo. Aquel retiro,
soportado con la mayor constancia en la fuerza de su ju
ventud, y durante mas de cinco años, tenía trazas de una
monomanía irresistible.
Un dia recibí la siguiente carta:
((Querido Luis: Voy á darte dos pruebas de confianza.
La primera te proporcionará una molestia, pues necesito
que me envíes un criado de buenos antecedentes y con la
cualidad indispensable de ser completamente sordo: la
persona en cuya compañía ha de vivir es sordo-muda, y
sería conveniente que el criado supiese hablar por se
ñas , lo cual me ahorraría el trabajo de ejercitarle en esa
mímica: lo esencial es que sea sordo como una tapia,
porque para guardar la casa tengo dos perros cuyo oido
es excelente.
» La segunda prueba de confianza te evitará la moles
tia de hacer un viaje inútil: como mis criados no oyen
á los que llaman, no abren á nadie, pero llegan á mi
poder todíis las cartas que deposita el cartero por deba
jo de la puerta, y leeré con satisfacción lo que me es
cribas.
»Tu amigo y condiscípulo,— Juan Claro.»
II.
No volví á tener noticias de mi amigo en algún tiem
po : pero una tarde entró en mi despacho un hombre ves
tido de negro y me hizo con las manos algunos signos
198
FERNANDEZ BREMON.
para mí ininteligibles. Entonces recordé que era el cria
do que habia proporcionado a Juan según sus instruc
ciones. El pobre hombre gesticulaba inútilmente: yo gri
taba sin éxito: sus dedos moviéndose en todas direccio
nes, me parecían garabatos sin idea: en cambio mis
palabras se estrellaban en su tímpano de granito. Por
fin, hizo un gesto expresivo, bajó la cabeza pausadamen
te , y abriendo ambas manos, separó los brazos, de un
modo tan elocuente, que no pude ménos de comprender
su significación. « Paciencia : no nos entendemos » , me
decía el sordo-mudo en ese idioma universal sin pala
bras, sin reglas gramaticales, que no admite discursos
ni dialectos, ni elegancias , y que tal vez hablaron los
hombres en el período prehistórico y sosegado del silen
cio. Edad oscura en que el tribuno manoteaba en vano
ante un pueblo indiferente que le volvía las espaldas
sonriendo, y no pudiendo comprender lo que significaban
sus desordenados movimientos se alejaba encogiéndose
de hombros. Epoca de franqueza, en que el agraviado
demostraba su rencor enseñando á su rival el puño cer
rado, y en que el seductor no usaba otros artificios que
enviar besos á las bellas con las puntas de los dedos.
Edad feliz en que todavía no habían nacido las buenas
ni las malas palabras, ni por consiguiente las disputas.
Ningún sér rudimentario hacía presentir la aparición
entre los hombres del académico de la lengua. Era de
adelanto, en que la estaca, asociándose al brazo del hom
bre con un fin puramente gramatical, dió á los argumen
tos mayor peso, y más corrección al idioma primitivo.
Todas estas reflexiones se agolparon en mi mente
PENSAR Á VOCES.
199
miéntras el sordo-mudo depositaba un legajo de papel
sobre mi mesa, y se despedia con una elocuente y bien
medida reverencia. Rompí el sobre, la letra era de Juan,
y como todo lo que con él se relacionaba excitaba mi cu
riosidad, leí con avidez su extraña carta.
<( Querido Luis: Has sido y eres aún mi único amigo:
tú tienes muchas amistades; no puedo ménos de elegirte
como depositario de esta confidencia; pero acaso sólo
tenga para tí un valor muy secundario, porque otros ocu
pan mejor lugar entre tus afecciones. Sin embargo, sien
to necesidad de rehabilitarme en tu corazón, y satisfa
certe por las innumerables ofensas que de mí has recibi
do: escucha mis explicaciones.
»Aunque nunca dejaste de ser mi amigo, tus visitas
disminuyeron ; los ratos que pasábamos juntos procura
bas acortarlos, y por fin distribuiste completamente tu
tiempo, sin dedicarme un cuarto de hora. Los leales de
sertaban : me encontré aislado y tuve miedo.
» ¿ Qué hay en mí, decía, que me impide tener amigos?
» Entonces recordé que Descártes, buscando la verdad,
se retiró á un lugar solitario por creer que nunca la en
contraría en el trato de los hombres, y me encerré como
el filósofo, aunque con pretensiones más modestas. Bus
qué un criado y me aislé en un edificio, cerrando sus
puertas para reducir el secreto á un espacio estrecho y
descubrirle fácilmente. Deseaba la soledad y no pude
conseguirla. Dejé un mundo y me encontré en otro mun
do animadísimo, que me entretenía y ocupaba. Nunca
estuve solo cuando daba interminables paseos á lo largo
de mis corredores; mi sombra, haciendo alarde de su
200
FERNANDEZ BREMON.
elasticidad, giraba en torno mió, desarrollándose ó men
guando: el ruido de mis pasos levantaba sin cesar ondas
sonoras, que la imaginación me hacía ver ensanchándose
y persiguiéndose las unas á las otras: la luz que llenaba
el cuarto, la forma de los muebles, los insectos alados,
huéspedes incómodos unas veces, otras alegres compa
ñeros, que me distraían con sus bailes y zumbidos é in
finitos detalles en que ántes no me liabia fijado, produ
cían allí tanto estruendo, tanto movimiento y tanta
variedad como en la ciudad más habitada. Esto en lo
respectivo al mundo exterior ; dentro de mí se habían
multiplicado las ideas y los recuerdos : no tenía tiempoque dedicar al estudio de mí mismo.
» Mi criado me reveló el secreto de una manera brus
ca al despedirle.
»Es verdad que le he estado robando, dijo convic
to de fraude; pero ha sido poco, como roba el mercader
mermando el género y aumentando los precios suave
mente; esto no es hurtar, sino comerciar : es una prima.
»¿Y te atreves á excusarte? le dije encolerizado.
»¡Ah, señor! contestó con mansedumbre, todo salario
es poco para servir á un amo que nos humilla continua
mente sin querer y que nos hace confidentes de todos sus
secretos....
»¿Mis secretos? ¿he tenido contigo alguna confianza?
»Sin advertirlo, Y. tiene la costumbre de pensar en
voz alta: y le he estado sirviendo por caridad, y le he
sisado sin ensañamiento, creyéndole á Y. loco. Señor,
oiga Y. un consejo desinteresado: en adelante sólo reci
ba V. criados sordos.»
PENSAR Á VOCES.
201
III.
No pude méuos de interrumpir la lectura de la carta,
y reflexionar profundamente.
—En efecto, debe tener razón el criado, me dije.
Cuando yo trataba á Juan, aquella sinceridad imperti
nente no era sino el principio de ese defecto, que la so
ledad ha desarrollado por lo visto. Veamos qué dice este
pobre amigo.
«Aquella revelación, continuaba la carta, me hizo re
concentrarme y comprender la exactitud del hecho.
¡Pienso en alta ,voz! Y ese ruido constante que me
acompañaba en la soledad eran mis propios pensamien
tos, divulgados sin advertirlo. La mujer más habladora
sabe callar lo que le conviene:, yo no tengo secretos para
nadie, y saco á la vergüenza lo que todos ocultan con si
gilo. El aislamiento ha convertido en vicio irremediable
y constante lo que antes, siendo una mera propensión, ó
un defecto pasajero, me impedia vivir en paz con mis
amigos. Ya no puedo salir á la calle,'y debo renunciar
para siempre al trato de los hombres. No es posible al
ternar con las gentes haciendo públicas mis ambiciones
entre tantos políticos al parecer desinteresados; escan
dalizando con pensamientos inmorales á los que sólo en
señan la parte moral y púdica de su alma; haciendo gala
de todas las tonterías que discurra entre quienes eligen
lo más florido de sus ideas para decir sentencias y agu
dezas, y declarando mis terrores ante los que saben di
simular el miedo y ganan*fama de valientes; no tengo
202
FERNANDEZ BREMON.
valor para confesarme en público sin elegir siquiera pa
labras que atenúen mis debilidades.
»Ni podría vivir en sociedad, denunciando en sus bar
bas al hipócrita, negando su honradez al que la finge,
repitiendo á cada cual las historias que de él se cuentan
apénas vuelve las espaldas, revelando á los poderosos
sus miserias, á las hermosas sus defectos, y a todos sus
malas cualidades, sus vicios ó sus crímenes. Sucumbiría
bajo los golpes de los virtuosos de cuya honradez me
burlase; de los maridos á quienes dijese que me gusta
ban sus mujeres, y sería un perturbador peligroso de la
sociedad y de la familia. Examina, querido Luis, tu
conciencia, y di si te atreverías á publicar todo lo que
piensas.
»—Tiene razón Francisco; necesito un criado sordo,
dije escribiendo al encargado de la agencia.
»Aquella misma tarde se me presentó un criado de
las condiciones exigidas: era un hombre de cabellos y
bigote blanco, pero de aspecto vigoroso. Servicial y ac
tivo, no me hizo echar de ménos á Francisco; pero tenía
el defecto de la curiosidad, y buscaba compensación á
su falta de oido, abusando del sentido de la vista: más
de una vez le sorprendí espiándome por la rendija de
una puerta.
»Convencido de mi inutilidad para el trato de las gen
tes, éste se me hizo entonces más apetecible. La socie
dad de mi criado tenía para mí un valor extraordinario;
compré loros y cotorras, con lo cual formé en mi gabi
nete una tertulia que, no lo digo por orgullo, podia com
petir con muchas de las aue en otro tiempo frecuentaba.
PENSAR Á VOCES.
203
¡ Oh poder de la palabra! Confieso que llegué á guardar
ciertas consideraciones á uno de los loros, por el despe
jo con que repetía todo cuanto pensaba yo en voz alta.
Me recordaba á Ñuño, aquel condiscípulo tan aplicado,
que repitiendo en todas partes lo que explicaba el profe
sor, era la admiración de su familia y prometía ser uno
de nuestros sabios más jóvenes. Excuso decir que llamé
Ñuño al loro.
»Sin embargo, pronto me convencí de que el trato de
los loros tenía inconvenientes. Aprovechando un descui
do, Ñuño se escapó un dia de casa, y detuvo su vuelo en
la copa de un árbol de un jardín lejano. Yo le veia co
lumpiarse en la rama, y conociendo su indiscreción, cal
culaba que estaría divulgando mis pensamientos más
secretos. No me atrevía á declararme propietario de
aquel orador de acacia, ni me resignaba á que un pája
ro, volando de jardín en jardín, dijese por todas par
tes lo que yo callaba encerrándome en un edificio ais
lado.
»Di una carabina á mi criado, y las instrucciones más
enérgicas, esperando con tranquilidad el resultado.
»Pocos momentos después sonaba un tiro; Ñuño caía
herido de un balazo y su lengua enmudecía para siem
pre. ¡Pobre Ñuño!»
IY.
«Llegó un domingo de Carnaval, y me dije:
»—Hoy es el dia en que los hombres piensan alto. Y
tomando una careta y un traje de máscara, me dirigí al
204
FERNANDEZ BREMON.
Prado, confundiéndome en aquel enorme grupo huma
no, que al recibirme, después de mi aislamiento, me
aturdió como si hubiera caido en un rio revuelto.
»Media hora después, cuando se hubo disipado mi
mareo, oí á mi lado estas, ó frases parecidas:
»—¡Qué habladora es esta máscara! Se está dando
broma á sí misma.
»Huí de aquellos sitios, pero las voces continuaron:
»—Está contando una historia. Dice que siente haber
salido de su casa. Teme que le descubran. Nos llama
impertinentes. ¡Qué algarabía! ¡Qué insolencia!
»—Mascarita, contente un poco, ó van á concluir tus
bromas en la cárcel, me dijo un joven, por una idea que
se me ocurrió cuando pasaban á mi lado dos individuos
del gobierno.
»—Eso es abusar del disfraz, exclamaron algunos
que oyeron lo que pensaba de dos antiguas amigas mias
que llamaban la atención por su hermosura.
»A cada observación de las gentes apresuraba el paso
y variaba de'auditorio, y en cada grupo era expulsado
por la indignación de los que me rodeaban. Era natural:
yo no podía sujetar á mi rebelde pensamiento, ni impe
dir que hiciese un juicio rápido de las gentes que veia,
como sucede á todo el mundo.
»—Allí va fulano, jugador de ventaja.—Este caballe
ro lleva el gaban vuelto.—Aquella joven está apretando
la mano al pollo que la sigue.—Parece postiza la nariz
de esa señora.—¡Calle! ¡Sofía del brazo de un caballero!
Buen papel hace el desdichado.—¡Qué necedades dicen
esos jóvenes!—Esta niña va vestida de jilguero.—Ese
PENSAR Á VOCES.
205
es el amante.....—¡Qué vieja! ¡Parece la abuela de sí
misma!
»Todos estos pensamientos, expresados ante los mis
mos interesados, producían escándalo en medio de los
escándalos del Carnaval. Porque omito los nombres pro
pios, y callo aquí lo más interesante.
»Hubo un momento en que la tolerancia se acabó, y
mi sombrero cayó al suelo, derribado de un golpe. Quise
vengar la ofensa, pero la actitud del público en contra
mia me impuso y me contuvo.
»—¡Fuera! ¡fuera! exclamaban las gentes indignadas.
»Entonces comprendí la magnitud de mi peligro. Por
un lado la indignación de tanta gente. Por otro los agen
tes de la autoridad, que me tomarían por un ebrio.
»No tenía más remedio que la fuga.
»—Y en último término, decía yo, apénas estuve den
tro de mi casa, yo no be calumniado á nadie: sólo lie
diclio la verdad.
»Y me contestaba con mucha razón, por habérmelo
oido alguna vez uno de mis loros :
»—Juan, tú no puedes vivir entre la gente.
»—Señor, decía yo casi desesperado, ¿los locos, se
rán cuerdos que piensen en alta voz? ¿Estaré loco? »
V.
«A espaldas de un cementerio próximo á mi casa veia
pasar todas las tardes una joven enlutada; su traje era
modesto: en Madrid y en un paseo, acaso no hubiera re
parado en su belleza, pero en aquella soledad, su liermo-
206
FERNANDEZ BREMON.
sura, libre de concurrencia, me parecía extraordinaria.
Era la única mujer que estaba al alcance de mis geme
los de teatro; porque aunque alguna vez cruzaban por la
vereda de las tierras inmediatas, criaturas de su sexo,
pertenecían á esa que nuestros sentidos juzgan raza hí
brida, porque el trabajo y la miseria borran de los ros
tros las líneas suaves que caracterizan la belleza femenil:
raza que pasa repentinamente de la infancia á la vejez.
»¿Quién será esa desconocida? me preguntaba todas
las tardes, observándola desde mi balcón detenidamen
te. Y era tal la costumbre y mi necesidad de verla, que
me irritaba contra las nubes cuando, agolpándose en el
cielo, amenazaban privarme de ese placer sencillo.
»¿Me estaré enamorando de esa joven? me decía no
sin alarma una tarde en que, maquinalmente, me encon
tré en medio del campo, siguiendo el camino por donde
siempre se ocultaba. Volví el rostro hác.ia mi casa y en
contré á mi criado parado á pocos pasos de mí, el cual
me miraba sonriendo.
»— ¡Tunante! ¿me espiabas? le dije con aire colérico,
usando el alfabeto mímico.
»—No, señor, me contestó de viva voz y sin reprimir
su sonrisa. Quería darle á V. noticias de esa señorita.
»—¿Quién es? le dije sin pedirle cuentas ya de su es
pionaje, más antiguo de lo que hubiera sospechado.
»—No le conviene á V replicó con acento humilde.
»—¿Cómo se llama?
»—Sofía. Al notar que V. la miraba con tanto interes
la he seguido, y me he enterado de su estado y su fami
lia: es soltera y pobre: vive con una hermana de su pa-
TENSAR Á VOCES.
207
dre, empleado subalterno de provincia, que no puede
mantenerla: la familia es muy honrada ; pero esa jóven
tiene un defecto horrible.
»—¡Habla! le dije, apretándole con fuerza la mano, al
ver que se detenia.
»—Es sordo-muda.»
VI.
«Al dia siguiente la esperé junto al cementerio. ¡Qué
emoción tan dulce la mia al acercarme á aquella jóven
con la seguridad con que en otro tiempo me aproximaba
á las mujeres! Para Sofía yo era un hombre sin defectos.
Mis manos sólo expresarían sencillas ideas de amor, co
mo si me valiese de la pluma; el cielo me enviaba aque
lla mujer, que podia ser mi compañera, y vivir siempre
á mi lado sin penetrar en el misterio de mi pensa
miento.
»El idioma mímico necesita laconismo y precision.
Una declaración en los términos usuales sería intermi
nable entre dos amantes mudos.
»—Amo á Y., dije por serlas á Sofía, deteniéndola. Sé
su nombre y posición. Vivo encerrado y solo. Puede us
ted hacerme feliz. ¿ Quiere V. que seamos amigos?
»Esperé con verdadera ansiedad su respuesta. Sofía
me miró sonriéndose, y contestó:
»—Las amistades se forman poco á poco. Sólo puedo
decirle que privada por mi defecto de todo trato, me agra
da conversar con quien me entiende.
»Aquel dia no fué Sofía más explícita, aunque estu-
208
FERNANDEZ BREMON.
vimos hablando por signos cerca de una hora. Me pro
metió volver todas las tardes, y cumplió su ofreci
miento.
»Era indudablemente la mujer que me convenia. Sus
ojos negros y tristes me miraban con amorosa melanco
lía, bañándome en cariño. Comprendía con extraordina
ria rapidez, y existia entre ambos tal corriente simpáti
ca, que su rostro se alegraba y entristecía según eran
risueñas ó desagradables mis ideas.
»—Es preciso casarnos, la dije un dia.—No, contestó
inmediatamente.—¿Dices que me quieres?— Mucho.—
¿Por qué te opones?—Yo no te convengo : debemos se
pararnos.
»Y se le saltaban las lágrimas al decirlo.
»Duró la lucha mucho tiempo. Comprendía que mi
riqueza era el inconveniente en que su orgullo tropezaba.
Entónces la revelé mi defecto y la necesidad en que me
hallaba.
»—Ser mi mujer equivale á un sacrificio, le decía. Es
renunciar al mundo y vivir en clausura. ¿Quieres ayu
darme á soportar esta vida solitaria?
»—Sí, contestó por fin ante aquellos argumentos : me
necesitas y voy á ser tu compañera.
» Mi corazón estallaba de júbilo: el tañido de una cam
pana en la capilla del cementerio, y el canto de los. sa
cerdotes que acompañaban un cadáver, no fué bastante
á reprimir la explosión de mi alegría.»
PENSAR Á VOCES,
209
VIL
«No puedes imaginarte las precauciones y el misterio
de que hube de rodearme para la celebración del matri
monio, ni mi reconcentración de espíritu para no inter
rumpir la ceremonia; sólo pude conseguirlo repitiendo
constantemente las palabras del sacerdote; pero mis apu
ros habían sido mayores al confesarme. Cuando todo
terminó, y los escasos concurrentes desaparecieron, és
tos no abandonaron mi casa sin oir con asombro estas
palabras : — ¡Gracias á Dios que me dejan VV. solo!
»¡Qué época tan feliz en mi vida, la de los primeros
meses de casado! Sofía sólo Jtenía para mí sonrisas’y ca
ricias: alguna que otra vez únicamente temblaba, y de
cía tapándome la boca:
»—Procura distraerte: conozco en el movimiento de
tus labios que hablas alto, y tus ojos me dicen que te es
tás poniendo triste.
» Su mirada penetrante me espiaba, adivinándome al
gunos pensamientos: mis ratos de mal humor eran esca
sos, porque su compañía me hacía feliz: durante cinco
años había vagado solitario por aquellas anchas habita
ciones, y entonces tenía siempre al lado mió una mujer
prodigándome cuidados, acompañándome siempre, y cu
ya mano cariñosa me apretaba la frente miéntras sus
ojos me miraban con dulce compasión á cada ráfaga de
melancolía ó de tristeza.
» Hallan algunos placer en la variedad tumultuosa: yo
prefiero la apacible monotonía de la felicidad que se re14
210
FERNANDEZ BREMON.
fugia dentro del hogar doméstico; aquellos goces atur
den y gastan: el otro da serenidad al pensamiento y pro
longa la existencia. Yo estaba cansado de luchas con los
hombres y conmigo mismo, y me entregaba con encanto
á las delicias del sosiego. Nunca lie pensado menos, ni
sentido mas, que entonces.
»Un incidente extraño alteró la calma patriarcal que
disfrutábamos. La curiosidad de mi criado se había he
cho excesivamente molesta. Atribuyéndola al aislamien
to de aquel pobre hombre, toleraba con resignación su
impertinente vigilancia. Sin embargo, aquel ojo situado
constantemente en el agujero de la llave empezó á ser
me insoportable , y espiando á mi criado le sorprendí
cuando se hallaba de centinela, asiéndole sin compasión
de los cabellos.
» Cerré los ojos con espanto. El cráneo de aquel infeliz
había quedado pendiente de mis dedos. Cuando miré á
su cabeza, creyendo encontrar un cerebro desnudo y pal
pitante, mi sorpresa áun fué mayor al reconocer la calva
de mi primer criado, de Francisco.
»—¡Perdón, señor! exclamó cayendo de rodillas: la
fidelidad me hizo adoptar este disfraz, no pudiendo re
signarme á dejar su servicio.
» Fui inflexible á pesar de los ruegos de Sofía, á quien
pidió intercediese para que no le despidieran.
»Sin embargo, cuando Francisco salió de casa, Sofíase
arrojó en mis brazos, y me dijo después con señales de
terror:
»—Has hecho bien en alejar á ese hombre : guárdate
de él constantemente.
PENSAR Á VOCES.
211
» La contradicción de Sofía y la intervención de Fran
cisco en mis amores nublaron mi espíritu de dudas.
» Sofía lo conoció y rompió á llorar amargamente.»
VIH.
« — Juan, me decía algunos meses después mi pobre
mujer, en su idioma silencioso, ¿pensará también alto
nuestro hijo ?
» No contesté, pero aquella pregunta me dejó preocu
pado.— ¿Qné va á ser de ese niño, si se educa oyendo
continuamente los íntimos secretos de un hombre agria
do por la experiencia, y se enseña á no callar lo que la
sociedad quiere que se calle?
» — Nuestro hijo debe educarse lejos de mí, dije á su
madre.
»Sofía ocultó el rostro entre las manos, pero sin pro
testar, como convencida de la necesidad del sacrificio.
Blas, el criado que me enviaste, nos miraba estúpida
mente, sin explicarse aquel dolor, mudo como su lengua,
y mecía entre sus brazos al niño dormido. Yo paseaba
hablando, como siempre, y de vez en cuando miraba á
mi mujer, cuya frente tenía una blancura enfermiza que
me alarmaba. Por fin, alzó Sofía el rostro, y sonrió; pero
aquella dulce y resignada sonrisa me dió miedo.
»L a salud de Sofía había ido decayendo al mismo
tiempo que mi alegría: la nube de recelos que levantó
mi imaginación cuando la salida de Francisco, el mons
truo de la sospecha que se habia apoderado de mí, pare-
212
FERNANDEZ BREMON.
cia también cebarse en aquella infeliz, cuyas mejillas en
flaquecían y cuyas fuerzas se acababan.
» Sin embargo, sus caricias y sus extremos hacia mí,
en vez de disminuir, aumentaban á medida que se enne
grecían mis ideas. Yo espiaba sus ojos á menudo para
descubrir una mirada traidora, y sólo veia resignación,
cariño y sentimiento. Sus lágrimas me hacían daño, y
como si lo conociese, no lloraba en mi presencia: sólo más
tarde conocí que lloraba cuando yo dormía.
» Por eso me quedé un dia helado de espanto al verla
cubrir de lágrimas el rostro de su hijo, que estaba en su
regazo. ¡Pobre Sofía! Al querer dar al niño el alimento
de su sangre, notó que la naturaleza, tratando sin duda
de impedir que aquél bebiese la muerte en el pecho de la
enferma, había agotado el seno de la madre.
»Cuando se convenció de su desgracia, estrechó con
vulsivamente al niño entre sus brazos, y su silenciosa
garganta exhaló con voz desgarradora estas palabras:
« ¡Hijo mió !»
»Después me miró asustada, y tuve que sostenerla
entre mis brazos, porque cayó desvanecida.
»¡Mi mujer no era muda! Había fingido hábil y cons
tantemente su defecto, hasta que el amor maternal le
arrancaba su secreto. Yo liabia sido espiado con esa es
tratagema y vilmente engañado: la ficción, no me cabía
duda, estaba preparada por Francisco, cómplice y partí
cipe en aquella acción inicua.
. » Miéntras pensaba todo esto, había vuelto en sí So
fía.
» Codiciaban mis riquezas. Acaso es la amante de ese
PENSAR Á VOCES.
213
hombre, dije mirándola con horror; pero mi mujer, levan
tándose con dignidad, me dijo con voz firme :
»—Ese hombre es mi padre. x>
IX.
k No puedo decirte qué me extrañó más en aquel ins
tante: si el verme convertido en yerno de mi criado , ú
oir salir pausadamente de la boca de Sofía palabras cla
ras y sonoras. Lo primero me humillaba como esos gol
pes de Estado que elevan repentinamente á jefe del país
al que pocos dias ántes nos tomaba medida del pié para
calzarnos. Lo segundo me aturdía como si el Mefistófeles
de bronce que sostiene el reloj de mi alcoba abriese de
repente los labios y cantase la serenata del Fausto como
Vialeti ó como Selva.
» Sólo entonces comprendí que mi suegro D. Fran
cisco López Vivo y mi ex-criado Francisco López eran
un mismo sujeto, y quedó demostrada la inutilidad de
los patronímicos (1) para distinguir á las personas: en
tonces me expliqué la ausencia de mi padre político en
mi boda, pues no podía á un mismo tiempo presidir el
acto y hacer el chocolate.
(1) No comprendo la abundancia de esos apellidos que no son
sino el nombre de alguno de nuestros abuelos: y digo que no la
entiendo, porque siendo el patronímico el apellido usual antes
del siglo x, veo que la mayoría de las familias ha ido prescin
diendo de ese inútil apéndice del nombre, para ostentar con or
gullo el título de una población, el de una provincia ó el mote de
alguno de sus antepasados.
214
FERNANDEZ BREMON.
»— No lie querido especular con tu riqueza, me dijo
Sofía, con acento lleno de amargura: mi padre me liaida revelado tu triste situación, y compadecida quise
conocerte. Me dió lástima verte dando paseos por la ca
sa, hablando en alta voz, pasando con rapidez de una
idea á otra, y siempre solitario, á pesar de tu juven
tud y tu fortuna. Desde aquel dia no dejé de preguntar
por tí á mi padre con imprudente interes y sin re
serva.
»—En tu mano está ser rica y dueña de esa casa,
me contestó un dia con misterio: no le comprendí al
principio, pero en vez de indignarme el plan que me
propuso, y que me repugnaba, sólo vi en ello un medio
de acercarme á tu lado, y le acepté sin reserva. Crucé
ante tu ventana á la hora en que acostumbrabas á
asomarte. Cuando me hablaste y oí de cerca tus pen
samientos, y compreudí toda la extensión de tu des
gracia, vi que necesitabas el apoyo de una mujer de
sinteresada y de un cariño verdadero. Me sentí con
fuerzas para el sacrificio y me resigné á privarme de la
voz y de la libertad para traer á tu casa un poco de
alegría. Ademas, quería defenderte de la codicia de mi
padre, cuyos ojos no se apartaban de tus bienes. Pero
tu compañía es mortal; ni un solo dia has dejado de
sospechar de mi desinterés, ni de atribuirme odiosas
culpas. Yo me decía: — Son malos pensamientos que
todo el mundo tiene. — Te he oido burlarte de mi sim
plicidad algunas veces; recordar todos tus amores;
echar de ménos otras mujeres ; pasar revista á mis de
fectos, quejarte de cansancio, y soñar en otra vida
PENSAR Á VOCES.
215
más feliz y ménos monótona. Y á pesar de tus despre
cios he callado siempre.
» No la dejé concluir: me aterraba aquel tormento y
me consideraba indigno de tan enorme sacrificio: evoqué
mis recuerdos y bajé la vista avergonzado ante aquella
mujer que había leído todos los misterios de mi alma, y
besado mi frente, bajo la cual se revolvían tantos pen
samientos criminales.
» Miéntras la abrazaba con ternura, mi imaginación,
en su incesante trabajo, decía sin querer al oido de
Sofía:
» — Soy yerno de mi criado; Francisco me ha casado
con su hija, que es un ángel, pero que morirá tísica este
■otoño.»
X.
«Desde que salió de casa nuestro hijo aumentó la tris
teza que se había apoderado de nosotros, y la enferme
dad de Sofía caminó con increíble celeridad.
» — No llega al otoño, decía yo inadvertidamente en
presencia de la enferma: sus pómulos parece que se
afilan diariamente; su rostro causa miedo; las flores
mueren con poesía, pero la mujer se marchita en una
forma desagradable; no comprendo la belleza de la ti
sis, que sólo ofrece á la vista caras de muerto que nos
miran y nos hablan.
» Durante mucho tiempo luché para que Sofía variase
de clima acompañada de su padre, ó sola ó con la per
sona que eligiera; pero se opuso tenazmente á mi pro-
216
FERNANDEZ BREMON.
yecto. ¿Manifesté deseos de que no aceptára, me enor
gullecí con sus negativas, ó demostré desconfianzas? No
lo sé: ¿quién recuerda todas sus ideas ?
» ¿ Eran éstas las que precipitaban su muerte ? Creo
'que contribuyeron á aumentar su postración. Sofía per
día sus fuerzas por momentos, oyendo las terribles ob
servaciones que hacía en su semblante: creo que mi con
vicción de que las medicinas serian inútiles la hizo des
preciar toda clase de remedios. Sofía estaba resignada á
morir prosáica y oscuramente, que es en la juventud la
muerte más heroica. El militar que perece en la guerra,
jóven y lleno de vida, sabe, al espirar, que su muerte es
bella y gloriosa, y al entrar en acción comprende que,
áun cuando su cuerpo sea destrozado por una bala de
cañón, sus restos desfigurados serán pedazos de héroe.
No hacía mi pobre mujer alusiones á su muerte, ni me
pedia flores para su tumba: moría sin quejarse, oyendo
palabras crueles y verdades áridas, mezcladas de frases
de consuelo y de cariño.
» Pero una tarde, en que me costó más trabajo que de
costumbre llevarla hasta su butaca, no pude reprimir
este pensamiento:
»— ¡Cuánto pesa! ¿Tardará muchos dias en mo
rirse ?
»No puedo recordar sin doloroso remordimiento la
mirada que me lanzó llena de melancolía.
» ¿ Oyó aquellas palabras crueles? ¿ Las oyó en la tier
ra ó en el cielo?
•»No sé; porque cuando cogí sus manos para besár
selas pidiéndola perdón, estaba muerta.»
217
PENSAR Á VOCES,
XI.
«Estoy solo y no puedo resignarme á vivir en esta
casa, donde el recuerdo de Sofía me acusa constante
mente. Deseo el bullicio de los hombres, y ni aun me
atrevo á ponerme en tu presencia: mi compañía mata ú
horroriza. ¿ Soy un monstruo interiormente y un sér ex
cepcional entre mis semejantes? ¡Felices los demas
hombres, que tienen dón de esconder sus pensamientos.
»Tu desgraciado amigo,
Juan. »
XII.
Había olvidado esta extraña carta cuando un dia se
abrió la puerta de mi despacho, y pálida y con el sem
blante taciturno, apareció la figura de Juan Claro. Que
dé inmóvil de sorpresa esperando oir salir de la boca de
mi amigo quejas y reproches, y un tumulto de ideas sin
conexión y atropelladas. Juan, sin embargo, callaba, y
en sus labios apuntaba una sonrisa triste. Abrió sus bra
zos, y me precipité en ellos diciendo:
— Gracias á Dios que estás curado: ya puedes alter
nar con tus amigos.
Pero Juan no respondía, y su silencio no pudo ménos
de alarmarme.
218
FERNANDEZ BREMON.
— ¿Estará loco? dije interiormente.
Juan Claro se sentó junto a mi mesa, tomó pluma y
papel y me invitó á leer lo que escribía.
«Si pensases alto, escribió Juan, te verías apurado
en este instante, porque el juicio que estarás formando
de mí no puede serme favorable. »
Confieso que me ruboricé; yo le creía verdaderamente
loco.
« Te explicaré rápidamente la causa de mi silencio,
prosiguió escribiendo mi amigo. Algunos dias después
de la muerte de Sofía me avisaron de que mi suegro liabia pedido judicialmente un reconocimiento de faculta
tivos, asegurando que yo había perdido la razón. Mi
buen pariente deseaba encerrarme en Leganés, y admi
nistrar mis bienes en nombre de su nieto.
» El apuro era terrible: en el estado en que me halla
ba, ningún médico hubiera certificado mi cordura, y ur
gía evitar aquel peligro, que me privaba de mis bienes y
me arrojaba á un manicomio.
» Tomé un periódico de anuncios, escribí una carta á
un médico, y poco después llegaba éste á mi casa, con
un envoltorio bajo el brazo.
»—¿Trae Y. todo lo necesario? dije al facultativo.
» — Sí, señor, contestó éste al momento. ¿ Es usted
compañero mió ó pariente del enfermo ?
»— Soy el enfermo mismo, dije sacando un revólver
y presentándosele al pecho. No tiemble V., amigo; mi
lengua está sana; pero me estorba y necesito que la corte
usted acto continuo.
»—Es imposible, contestó el médico asustado. Me
PENSAR Á VOCES.
219
propone Y . cometer un crimen de (pie sería responsable
ante las leyes y ante mi conciencia.
» — Caballero, añadí interrumpiéndole, esta casa está
aisbada y tiene un pozo muy profundo. O se decide usted
á operarme ó no vuelve V. á su domicilio.
» — Pero.....explíqueme V. al ménos la causa de esa
extraña determinación.....
» Entónces referí al facultativo la situación en que
me hallaba: sin duda me tomó por un monomaniaco, y
fingiendo acceder á mis deseos, tomó el bisturí y se dis
puse á simular que me operaba.
» Conocí su intención y naturalmente se enteró tam
bién el médico de lo que pensaba, y de que yo no igno
raba los instrumentos necesarios para aquella amputa
ción , ni la precaución de enganchar la lengua, y supo
mi resolución de no sufrir sus burlas. Me oyó atribuir á
codiicia su resistencia, y al propósito de ser sobornado á
fuerza de dinero, y se sentó diciendo:
» — Puede V. matarme; pero no cometo el crimen.
» — ¡Calle! dije entónces reconociéndole: en buenas
manos he caído: este médico es Ñuño, mi antiguo con
discípulo: si no ha presenciado una amputación como la
que le propongo, no se determinará á probar fortuna.
Su (especialidad es repetir todo lo que oye, y ejecutar
todo lo que ve: es un mono sabio.
» — Sepa V. que no tolero esos insultos, dijo Ñuño
levantándose.
» — Corte Y . ó le levanto la tapa de los sesos, en lo
que la facultad no perderá nada.
» — Pues bien, me decido, dijo el médico preparan-
220
FERNANDEZ BREMON.
do los instrumentos; pero conste que no es el médi
co , sino el hombre ofendido el que le corta á usted la
lengua.»
X III.
Juan Claro liabia abierto la boca y me enseñaba una
cavidad deforme, de la que aparté la vista con disgusto.
«Ahora soy una persona juiciosa, continuó escribien
do el desdichado : los médicos forenses me han dado la
razón, y soy más cuerdo que tú , pues tengo la certi
ficación entre mis papeles: mis amigos me aprecian, y
hasta Ñuño come una vez en mi casa todas las se
manas.
»— Aquí está el cuerpo del delito, escribió Juan sa
cando un frasco, dentro del cual se conservaba su len
gua entre alcohol.
» Este es el instrumento con que di muerte á Sofía,
prosiguió sollozando: ántes no podía vivir éntrelos hom
bres: hoy todos me buscan y me aprecian; y sin embar
go, soy el mismo.
)) ¿ Qué he hecho conmigo? Lo que los gobiernos hacen
con la prensa cuando piensa demasiado enalta voz: cor
tar la lengua á los periódicos. Yo he sometido mi pen
samiento á la prévia censura.»
Después guardó el frasco, y escribió estos últimos
renglones:
« Sólo alguna que otra vez me estremece el conside
rar que todos, desde el nacer hasta el morir, para Dios
pensamos alto.»
PENSAR Á VOCES.
221
Como mi amigo estaba triste, procuré distraerle, re
cordándole los dias risueños de la infancia; pero rara
vez pude lograr en su rostro una sonrisa.
Al cabo de un rato Juan Claro me estrechó la mano
j salió de mi habitación llevándose la lengua en el
bolsillo.
FIN DE PENSAR Á VOCES
Ilustración Española y Americana, 22 de Julio, 8 y 15 de Agosto 1S71.
UNA FUGA DE DIABLOS.
S I mi antiguo y queridísimo amigo
. Jfeberictr
be
!!>
UNA FUGA DE DIABLOS.
La abadía del Olivar, que hoy no existe, era á prin
cipios del siglo xvm un monasterio, si no famoso y opu
lento, sosegado y bien provisto. Situado léjos del cami
no real, en una de nuestras provincias más tranquilas,
apénas llegaban á aquel santo retiro los ecos de la guer
ra civil que ardía en toda España. Y tan escondido esta
ba del mundo, que áun el viajero que conocía el camino
de la hospedería del convento no lograba ver el campa
nario de su iglesia sino á dos tiros de fusil, y al volver
una de las calles de olivos que conducían al monasterio.
Sin embargo, lo esmerado del cultivo, lo aprovechado
del terreno, y la presencia de algún monje, que abría
con el azadón una tierra dura, ó escarbaba las cepas con
cariño, anunciaban á gran distancia la proximidad de la
abadía, donde debían reinar el órden, la paz y la abun
dancia. Algunos caseríos blancos formaban esa pobla
ción campesina que en los siglos pasados se establecía
en las inmediaciones y al amparo y devoción de los con
ventos. El toque de las campanas, el lejano y solemne
rumor de los rezos monásticos, el canto de las aves, el
ladrido de los mastines, los cencerros del ganado y el
228
FERNANDEZ BREMON.
chirrido de algunas carretas cargadas de granos y de
frutos, eran los únicos sonidos familiares en aquella so
ledad. La compostura, recogimiento y severo aspecto de
los escasos habitantes de la comarca, demostraban la in
mediata influencia de las costumbres del monasterio, so
metido á la estrecha regla de San Benito, algo suavizada
por el tiempo, que envejece los semblantes y los códigos,
pero que conservaba en todo rigor sus bases fundamen
tales: la obediencia, el silencio y la humildad. Estrecha
religion, cuyos hermanos no sólo renunciaban, al hacer
sus votos, al vicio de la propiedad, sino al dominio de sus
cuerpos y sus voluntades.
Así es que las fiestas mismas del patrono del convento, á que asistían todos los aldeanos de los contornos, en
vez del carácter alegre y bullicioso de las romerías popu
lares, tenían un tinte puramente religioso; los aldeanos
eran especie de benedictinos legos, á quienes únicamen
te impedían tomar el hábito el vicio de la propiedad y
los rasgados ojos de alguna campesina.
♦
I.
A la caída de una tarde de Setiembre regresaban liácia el convento, á paso mesurado, llevando con majestad
sus negros hábitos, los más caracterizados personajes de
la comunidad, á saber: el Abad, el Prior, el Mayordomo
y los Decanos, á quienes había invitado el primero á ce
nar en su compañía aquella tarde, y que no obstante su
sobriedad, trocaban gustosos la mesa conventual por la
mejor abastecida del prelado.
UNA FUGA DE DIABLOS.
229
Caminaban silenciosos, ya por costumbre, ya por ha
ber agotado en el paseo los asuntos de conversación, ya
porque el tirano estómago, obrando sobre la flaca natu
raleza, distrajese el ánimo de aquellos doctos varones
hacia objetos apetitosos, pero demasiado frívolos para
una disertación entre tan graves personajes.
De repente, el Abad se detuvo, manifestando su rostro
á la vez como duda y sorpresa. Todos quedaron inmóvi
les, revelando sus semblantes una extraordinaria curio
sidad, pero sin atreverse á emitir opinión, por cortesía y
respeto al Abad, á quien correspondía toda iniciativa.
—Las campanas del convento tocan á rebato, si no
me engañan mis oidos;—dijo por fin el Abad.
—Pues si es una ilusión, somos dos los engañados;—
añadió el Prior, que, como todos los demas habia ahue
cado las manos por detras de las orejas para recoger la
mayor cantidad posible de sonidos.
—Creo que estemos unánimes,—dijo el Mayordomo,
mirando á los otros monjes,—que respondieron afirma
tivamente por orden de rigorosa antigüedad.
—¿Se habrá incendiado la iglesia?—preguntó aterra
do el Abad.
— ¡Quién sabe! también puede haberse comunicado á
la chimenea la candela de las hornillas en que ahora de
bía estar haciéndose la cena;—contestó el Prior.
Los monjes se miraron unos á otros consternados.
—Apresuremos el paso, porque algo grave ocurre en el
convento,—dijo el Abad,—acompañando sus palabras con
la acción, y siguiéndole los demas monjes con la celeri
dad que les permitía su abdomen, su edad ó sus achaques.
230
FERNANDEZ BREMON.
A medida que se aproximaban al monasterio el estré
pito de las campanas aumentaba, pero el toque tenía
algo de irregular y extraordinario ; parecia escucharse á
la vez el campaneo de varias iglesias, que no guardaban
entre sí concierto ni armonía.
—Pues el humo debería verse desde aquí, si se trata
se de un incendio,—observó el Abad deteniéndose un mo
mento,—con satisfacción del Mayordomo que los seguía
con dificultad, oprimiendo su esférico vientre, cuyo peso
se le iba haciendo intolerable.
—Es extraño lo que ocurre,—dijo el Prior,—las cam
panas parecen locas, y de seguro no las toca ninguno de
los campaneros.
—Cincuenta años hace que profesé, y cincuenta y
cuatro que habito en el convento, y en tanto tiempo no
recuerdo nada semejante,—añadió el más antiguo de los
monjes.
El Mayordomo nada dijo, porque estaba harto ocupa
do en normalizar su respiración, absorbiendo y espiran
do cántaras de aire.
—Salgamos cuanto ántes de este arbolado y de estas
dudas,—dijo el Abad con cierta impaciencia:—me temo
alguna travesura de los novicios, en cuyo caso ya puede
preparar sus disciplinas el hermano Crisòstomo, para
aplicarles la corrección que recomienda nuestro Padre
San Benito.
El hermano Crisòstomo, que ejercía el cargo de maes
tro, se inclinó con humildad, diciendo de corrido :
—Lo ordena el capítulo xxx de nuestra regla. «Todas
las edades y entendimientos deben tener sus medidas; y
UNA FUGA DE DIABLOS.
231
así, cuando los niños y jóvenes, ó los que no tienen edad
para entender la gravedad del castigo de excomunión,
hicieren alguna travesura, sean castigados con auste
ros ayunos, ó con buenos azotes, para que queden en
mendados.»
Y la comitiva volvió á emprender su marcha, seguida
¿Lalguna distancia por el Padre Mayordomo; éste vió á
sus compañeros detenerse al llegar al recodo, desde don
de se distinguia el monasterio, y santiguarse repetidas
veces en señal de asombro y de consternación.
Era para asombrarse y hacer el signo de la cruz una
y mil veces. La explanada del convento, de ordinario so
litaria, y á lo más frecuentada en las horas de recreo por
algunos grupos de monjes, que paseaban con dignidad
y compostura, ó que en los dias solemnes era corrida por
toda la comunidad procesionalmente seguida de un pue
blo devoto y silencioso; aquel lugar sosegado y triste,
ofrecia entonces un cuadro de lamentable confusión, de
enorme desconcierto y de insensata y frenética alegría.
Algunos monjes, con la túnica desordenada, y arras
trando las cogullas, corrían de un lado á otro, como es
colares abandonados por sus maestros; otros colgaban
de los árboles, á manera de racimos gigantescos; los más
ágiles trepaban por las rejas del convento, y dos ó tres
volteaban sobre el abismo, abrazados al cuello de las
campanas; en un lado molíanse á trompicones varios
religiosos disputándose una moza, defendida heroicamen
te por una vieja, cuyas manos arrugadas apretaban algu
nos jirones de hábito; un monje montado en una venta
na disparaba al viento un ar cabuz; otro se descolgaba
232
FERNANDEZ BREMON.
desde el tejado en una cuerda; ¿tros daban carreras agi
tando campanillas y llevando en la mano los escapula
rios ó faroles encendidos, miéntras un muchacho arroja
ba al campo libros y sillas para alimentar una gran ho
guera, sobre la cual saltaban, alzándose las túnicas,
monjes de aspecto grave y respetabilísimas coronas, que
reían, cantaban y producían entre todos un estruendo
insoportable. *
La tarde moría, las sombras avanzaban, y el resplan
dor de la hoguera, dando color de fuego á unos semblan
tes, y luz escasa álos grupos más lejanos, hacía el con
junto cada vez más extraño y más diabólico.
Dos ó tres hermanos solamente parecían libres de la
maléfica influencia, y pasaban de un lado á otro, acetre
en mano, rociando de agua bendita con el hisopo la ho
guera, las cuerdas de las campanas y los cuerpos de los
monjes.
II.
— ¡Misericordia! Nuestra comunidad ha perdido la
cabeza,—dijo el buen Abad,—alzando entrambas manos
en señal de desconsuelo, y cayendo de rodillas.
Todos imitaron su acción, orando con fervor para que
cesase aquel vértigo y Dios se sirviese devolver la razón
á sus hermanos.
Terminada la súplica, dijo con timidez el Mayordomo:
— ¿Y no podría ser ficticio y pura visión lo que esta
mos presenciando? Tengo entendido que el enemigo co
mún elige para sus ardides y sus apariencias engañosas
UNA FUGA DE DIABLOS.
233
los momentos de debilidad y de flaqueza; ahora bien,
¿no será lo que vemos una alucinación producida por el
flato, pues horas há que hicimos nuestra comida y la
hora de la cena hace buen rato que ha pasado ?
—Realidades son, por desgracia, y no quimeras, las
locuras y el escándalo á que asistimos: y tan grandes,
que no nos dejan lugar de sentir las molestias del cuer
po, hermano Mayordomo. No es ocasión de pensar en
nuestro estómago, sino en los males que afligen á la co
munidad : aproximémonos á esos desgraciados, y veamos
de hacerles volver á su juicio y al decoro que exige el
hábito que visten.
Dijo el Abad, y se adelantó resueltamente hácia el con
vento, seguido de los otros superiores.
—¡El Padre Abad, el Padre Abad! exclamaron al di
visarlo algunos de los monjes que tomaban parte en la
algazara.
—¡El Padre Abad, el Padre Abad! repitieron aterra
dos todos ellos; aquel grito cundió de boca en boca, y
las campanas enmudecieron, los gritos cesaron, y todos
quedaron inmóviles.
El Abad, rodeado de su respetable acompañamiento,
avanzó majestuosamente hasta la puerta del monasterio,
donde se detuvo, y dijo con voz atronadora :
—¡Entren los hermanos en el convento !
Los monjes permanecieron como petrificados en sus
puestos.
— ¡Todos al convento! repitió el Abad con voz áun
más firme.
Ninguno se atrevia á obedecer : el terror los detenia.
234
FERNANDEZ BREMON.
—Hermanos, ¡acordaos de la santa obediencia! dijo
con imponente voz el Prelado.
Aquella invocación extrema produjo un efecto repen
tino : todos los monjes cayeron de rodillas y después
desfilaron humildemente, componiendo sus hábitos y
besando el del abad. Al pasar ante el Superior, cada
cual ocultaba los objetos con que liabia contribuido al
alboroto, y procuraba tomar un aspecto serio y circuns
pecto : sin embargo, sus pasos eran vacilantes. Cuando
hubo entrado el último monje, el Prelado entró también
rodeado de los suyos.
Luégo se cerraron las puertas del monasterio, y los
aldeanos que habían asistido á aquel suceso extraño se
retiraron asombrados, dispersándose por las cercanas ar
boledas.
III.
El Abad, sentado en un sillón de vaqueta de alto res
paldo, ante una mesa de piés cruzados, y cubierta de li
bros y papeles, interrogaba á un monje, que contestaba
humildemente : un lego de bastante edad y de semblante
animado, de pié junto á la puerta de la celda, escuchaba
con atención y cou cierta impaciencia, como si luchase
consigo mismo, deseando terciar en el diálogo ; pero
cuándo estaba próximo á romper el silencio, la mirada
severa del Abad le contenia.
Alrededor de las paredes, y sentados en sillas por tur
no de antigüedad y jerarquía, estábanlos superiores y
decanos del convento.
UNA FUGA DE DIABLOS.
235
—Puesto que la comunidad queda sosegada en los
dormitorios, decía el Abad, cuente el hermano despen
sero cómo se le fué la mano al medir el vino, ocasionan
do la perturbación mental de sus hermanos.
— Declaro á Vuestra Paternidad, contestó el monje
con acento compungido, que aunque nuevo en mi oficio
de despensero, no lo soy en el de medir vinos y toda
clase de líquidos, como lo he probado en mis viajes he
chos por su encargo, para vender y comprar cuanto ha
sido necesario; y medí el vino tan á conciencia, que,
calculando la merma, debió tocar á cada monje, gota
más, gota ménos, el cuartillo que prescribe nuestra
regla.
— Habéis hablado de merma, hermano Juan; ¿cómo
se entiende eso echándose el vino en jarras de loza, y
sacándose de la tinaja al tiempo mismo de la cena?
— Llamamos merma del vino el trago que se calcula
pueden beber los hermanos legos al atravesar el corre
dor, que, como sabe su paternidad, es algo largo; con
testó el despensero.
— ¡Señor Abad! dijo sin poder contenerse el lego que
escuchaba.
— Calle el hermano lego, replicó el Prelado dete
niéndole: ¿no sabe que el silencio es una de las cua
lidades que recomienda más nuestro padre San Benito?
¿ No sabe que ordena la sumisión y el silencio, sobre
todo en presencia del Prelado? ¿ No recuerda las muchas
veces que ha sido castigado con el encierro por culpas de
su lengua, que no aprende con los años? Calle, pues, en
buen hora, y medite las palabras del Profeta : Puse
236
FERNANDEZ BREMON.
candado á mi boca; enmudecí y me humillé, no hablando
aun de cosas buenas. Continúe el hermano Juan refirién
donos cómo la ración ordinaria de vino ha producido
efectos tan extraordinarios.
— Con permiso de Vuestra Paternidad : no hubieran
llegado las cosas a tanto extremo si se hubiera limitado
la comunidad á consumir lo de costumbre; pero el lego
Felipe, que está presente y puede atestiguarlo, entró en
la cocina con una jarra vacía y órden del Padre Decano
que presidia la mesa, para llenarla del mismo vino, con
objeto de resolver una duda.
— Dice verdad el Padre Juan, se apresuró á respon
der el lego, satisfecho con desahogar su lengua : la
comunidad había cenado una sopa de almejas con hue
vos, que excitan la sed; y como el vino era exquisito,
cada cual había apurado la mayor parte de su ración,
celebrando la fortaleza y el aroma de aquel vin o; uno de
los padres notó, sin embargo, cierto saborcillo extraño,
y sobre si el sabor era á esto ó aquello, de catadura en
catadura, el vino se acabó, y el Padre Decano me envió
á pedir más al Padre despensero.
— Sujicit; basta ya, que sois una taravilla,— inter
rumpió el Abad.
— Cuando entré en el refectorio acompañando al her
mano Felipe para ver si la órden era cierta,— prosiguió
el Padre Juan,— noté un bullicio desusado; el lector no
era atendido; los jóvenes y novicios hablaban en voz
alta, con una locuacidad impropia de sus años; los mon
jes más antiguos reían con estrépito; no era aquel el
comedor de otros dias : sin embargo, todos guardaban
UNA FUGA DE DIABLOS.
237
circunspección en su postura y sus palabras.— «Buen
vino nos habéis dado, hermano Despensero, pero esca
so; me dijo el Padre Decano con benevolencia; háganos
la caridad de que llenen otra vez las jarras para poder
atravesar estas empanadas de escabeche; ademas, la co
munidad está curiosa por averiguar qué clase de gustillo
es el que encontramos en ese vino, nuevo en nuestra
mesa.» — No debe ser nuevo, — le repliqué con respeto,
porqueta tinaja está mediada.— «Tiene razón el her
mano Juan, que no es nuevo, sino rancio, ese vino; pero
no recuerda nadie haberle probado jamas. Hay en cada
cuartillo con qué mejorar una tinaja.»—Y el Padre De
cano se rió con mucha gana, lo cual me extrañó sobre
manera, por no haber motivo de risa, y porque nunca le
había visto reir anteriormente. Salí del comedor, y á poco
rato se repitió el pedido del vino, lo cual me escandalizó:
á no ser por la obediencia que debía al que en ausencia
de Vuestra Paternidad era el jefe del convento, hubiese
cerrado la despensa; pero de pronto oí un ruido de pasos
precipitados, y los monjes, capitaneados por el lego Feli
pe, entraron en mi departamento, y rodeando la tinaja de
que se liabia extraido el líquido, se entregaron á la intem
perancia, arrollándome y despidiéndome de la bodega.
— Ahora es ocasión de hablar y de explicar su con
ducta, hermano Felipe, si bien con moderación y la
conismo, dijo el Abad, mirando al lego con severidad.
Pero, ántes quisiera interrogar á los hermanos Antón,
Blas é Inocente, que me parecieron juiciosos y serenos,
miéntras los demas se entregaban á toda clase de des
manes. ¿Dónde se hallan ?
238
FERNANDEZ BREMON.
— Duermen también, señor Abad, contestó el Padre
Juan.
— Yo los vi rociando caritativamente de agua bendita
á sus hermanos extraviados.
— Perdóneme Vuestra Paternidad : no era agua ben
dita, sino vino, lo que arrojaban con el hisopo aquellos
desgraciados.
■
IV .
Media hora hacía que el lego Felipe estaba hablando,
sin entrar de lleno en la cuestión, cuando el Abad le
dijo gravemente:
— Repare el hermano Felipe que las horas pasan y
nada dice de provecho; si continúa divagando, haréle
callar, aunque todo quede á oscuras. En el capítulo del
silencio, dice nuestro sabio reglamento: « Las chanzas,
palabras ociosas ó que muevan á risa, en todo lugar es
tén condenadas á eterna clausura.» Siga, pues, y no me
obligue á citar textos. Ante todo, diga por qué causa, al
conducir el vino á la mesa, calculó de antemano el efec
to que produciría á la comunidad.
El lego Felipe se puso colorado, pero contestó sin
vacilar :
— La costumbre del olfato: al llevar la jarra por sus
dos asas, el aroma me daba en las narices, y no pude
ménos de decirme: «E ste es un vino muy rancio, y los
padres no están acostumbrados á un licor de tanta for
taleza; quiera Dios que puedan resistirlo.»
— ¿ Y probasteis el vino, hermano?
UNA FUGA DE DIABLOS.
239
— Confieso que tuve tentaciones, pero se sobrepuso á
ellas mi conciencia y el miedo del castigo en la otra vida,
— contestó el lego.
—Y ¿cómo tantos escrúpulos, cuando en el convento
tenéis fama de vinoso?
— El arrepentimiento, señor Abad, y la historia de
ese vino,— repuso el lego Felipe.
— ¿Cómo?
— Yo me d ije: el Padre Juan es despensero nuevo,
por fallecimiento del Padre Timoteo, santo varón, que á
fuerza de ayunos se dejó morir de debilidad, teniendo
en su poder las llaves de la despensa. El Padre Timoteo
no pudo advertir al Padre Juan que la tinaja marcada
con una cruz es la que contiene el vino del pintor, del
cual han prohibido el uso todos los señores abades del
convento, y este vino no puede ser otro.
— Y sabiendo que estaba prohibido ese vino, ¿cómo
no lo advertisteis á tiempo? dijo el Abad con acento
algo alterado.
— Por cortedad únicamente: pero cuando vi que pe
dían nuevas jarras de vino, con objeto de averiguar su
verdadero sabor, temí que lo acabaran, y no pude ocul
tar al Padre Decano que, á ser cierta la tradición, y de
su certeza yo respondo, á lo que debía saber el vino era
á azufre puro.
— ¿A azufre? dijo el Abad algo distraído.El lego Felipe continuó su narración.
— El P. Decano, con una jovialidad ajena á su carác
ter, me contestó que debía estar bebido. Entonces le re
pliqué respetuosamente, que el vino que estaban consu-
‘240
FERNANDEZ BREMON.
rniendo era el vino del pintor, en cuya tinaja se sospe
cha que ha fermentado en otro tiempo una legión entera
de diablos: y como éstos sólo podían dejar sabor á azu
fre ú otras materias infernales, de aquí mi humilde opi
nión acerca del gusto inexplicable de aquel líquido. Mis
palabras produjeron una tormenta de voces y carcaja
das.—Es preciso desocupar cuanto antes la tinaja para
que salga de ella hasta el último diablo, decía el uno.
—Veremos si el cuadro de San Antonio se concluye, res
pondía otro.—No puede ser ese vino el del pintor, cuan
do no sentimos el taconeo de los diablos en el estómago,
gritaba una voz. — Sí es tal, contesté rápidamente.—
Marchemos á la bodega para salir de esta duda : y velis
nolis, me llevaron en volandas hasta el sótano.
—Basta, dijo el Abad levantándose: la comunidad ha
dado un grave escándalo, y esta noche no se encuentra
en situación de asistir al coro con la veneración debida:
á nosotros nos toca llenar el hueco de nuestros herma
nos y pasar en oración toda la noche. Marchemos á pe
dir á Dios por esos infelices.
Todos se levantaron y le siguieron con humildad. El
Padre Mayordomo, que por las exigencias de su ro
busto cuerpo bostezaba de necesidad en un rincón, lan
zó un débil suspiro, y se encaminó resignado hácia el
coro. J
V.
A la mañana siguiente los monjes cruzaban de un
lado á otro en el mayor silencio, con la cabeza baja y
241
UNA FUGA DE DIABLOS
consternados. No liabian cantado Laudes ni Prima, y
liabian entrado en el coro á la llora de Tercia, en dife
rentes grupos, ninguno de los cuales había oido el verso
JJeus in adjutorium meum intende, y casi todos llegado
después del Gloria Patri, con infracción manifiesta de
la regla. La calma y frialdad del Abad, la indiferencia
aparente de su rostro, siendo notoria su rigidez, y el no
pedir á nadie explicaciones, aumentaban el temor y con
fusión de la comunidad, en la cual sólo bahía algunas
caras risueñas entre los novicios y los legos.
Un grupo de estos últimos examinaba con atención
un cuadro de medianas dimensiones, que representaba á
San Antonio en el desierto, con tal propiedad, que sólo
se veia en primer término la figura del santo anacoreta,
sin más detalles que un fondo sombrío y nebuloso: pare
cía un cuadro sin terminar y abocetado.
—Contadme esa historia, decía un moceton rechon
cho á los leg-os que hacían comentarios delante de la
pintura.
—¡Cómo! respondió el lego Felipe: ¿ignoras lo que
todo el mundo sabe en el convento?
—Si hace tres dias que be ingresado.
—Calla, infeliz novato, y da gracias á Dios por haber
te acercado á quien mejor que nadie te puede sacar cU tu
ignorancia: yo te referiré la historia y el milagro, y la
relación que hay entre este cuadro bendito y el conde
nado vino que ayer os privó de la razón.
Los legos, que vieron á Felipe dispuesto á repetir, por
vez centésima, la historia que todos sabían al dedillo,
se alejaron rápidamente de su lado, dejando al narrador
16
242
FERNANDEZ BREMON.
sin más auditorio que al lego moderno, el cual estaba
encantado de merecer tal obsequio de un hermano tan
antiguo.
—Ese cuadro que ves no se ha pintado ayer ni hace
cuatro dias, sino que tiene cerca de cien años, dijo el le
go Felipe con majestad: compara la antigüedad de esa
pintura con la tuya, y avergüénzate de tu efímera juven
tud : así comprenderás el favor que te hago al dirigirte
la palabra, no obstante mis cuarenta años en el servicio
de Dios; pero la humildad es una de las cualidades que
recomienda nuestro padre San Benito.
—Y yo os doy gracias, hermano Felipe, por vuestras
bondades.
—Padre podía‘ser y áun abuelo, si ese cuadro no fue
ra la ruina de mi casa: porque has de saber, y empiezo
la historia, que soy nieto de un pintor que hizo sus estu
dios en Toledo, y el cual hubiera sido famoso, si la pi
cara afición al vino le hubiese dejado terminar sus obras
y dedicar al trabajo el tiempo que empleaba en las ta
bernas. Pero del mucho beber resultaba que se pasaba
durmiendo las horas del dia, y sólo estaba disponible
por las noches, cuando la falta de luz le impedia mane
jar los pinceles.
—Feo vicio tenía vuestro abuelo, hermano Felipe.
—Pero más feo áun es el de interrumpir á los que ha
blan, y más áun si éstos nos hacen un favor y son supe
riores. Esto prueba que ignoras las palabras del Profe
ta, cuya práctica te recomiendo para en adelante: Puse
candado á mi boca , enmudecí y me humillé, no hablando
áun de cosas buenas.
UNA FUGA DE DIABLOS.
243
— No olvidaré esas palabras, perdonadme.
— Siendo así, continúo y perdono. Juan Ramírez se
llamaba mi abuelo, y era tal su habilidad, que su maes
tro le daba á concluir algunos de sus cuadros en los in
tervalos que le dejaba libres la bebida. Eran éstos tan
pocos, que mi abuela, santa y devota mujer, se lamentó
á un padre benedictino, amigo de la casa, del abandono
de su marido y del temor de que su alma se perdiese,
porque el sueño no le dejaba asistir á misa; compadeci
do el padre, proporcionó á mi abuelo unas obras de su
arte en el convento mismo en que estamos, recomendan
do al Abad de éste no le permitiese probar el vino hasta
que concluyera su trabajo.
— Trabajo era....
— Jóven, creo haberte reprendido por tu malacostum
bre de interrumpir á los mayores : sírvate de gobierno
para tu conducta lo que previene terminantemente nues
tra santa regla: « Las palabras ociosas estén condenadas
á eterna clausura.» Pues, como iba diciendo, llegó mi
abuelo á este monasterio con la recomendación del mon
je toledano, y ajustó con el Abad, cuyo sepulcro habrás
visto á la izquierda del altar mayor, un cuadro que de
bía representar las tentaciones del bendito San Antonio.
— ¿Será este mismo cuadro?
— Precisamente.
— De modo que ese santo es obra del pincel de vues
tro abuelo....
— Hé ahí lo que tiene hablar de memoria, y por eso
te he recomendado el silencio: puede ser que no haya
en el cuadro una sola pincelada de mi abuelo. No por-
244
FERNANDEZ BREMON.
que no haya trabajado en esa tabla, sino por un mila
gro portentoso. La prohibición de beber impuesta a mi
abuelo, y la necesidad de trabajar, y la esperanza de
cobrar el salario de su trabajo, hicieron que el cuadro
adelantase en poco tiempo. Un dia entró el Abad en su
taller con otro monje, y quedó tan asombrado y satis
fecho de la obra, que dijo al pintor : « Vaya con el her
mano despensero á la bodega y elija para sí todo el vino
de una tinaja, que le será entregado de gratificación
cuando nos abandone.» Mi abuelo besó la mano del
Prelado, y en aquel mismo instante bajó al depósito
del vino, y como inteligente, escogió el vino de su gus
to, marcando con una cruz roja la tinaja y guardándose
la llave.
— ¿ \ fué aquélla la tinaja de que ayer bebimos ?
— Gracias á Dios que dices algo con sentido: la mis
ma fué y el mismo vino de que abusasteis ayer con gran
escándalo.
— De modo que el vino.....
— Tiene cerca de cien años.....
— Ya no me extraña que fuese tan fuerte y tan es
peso.
— Y si ese vino no tuviera nada más que su fecha....
pero escucha. Cundió la voz de la bondad del cuadro,
y todos los monjes acudieron al taller, saliendo sor
prendidos y espantados de la fealdad y aire terrible de
los diablos que liabiau de atormentar al santo anaco
reta. Decian unos que quien tal cuadro pintaba, debía
haber tenido visiones infernales. Otros padecían ensue
ños y pesadillas, recordando aquellas figuras diabóli-
UNA FUGA DE DIABLOS.
245
cas, y alguno aseguró haber visto mover los ojos y esti
rar el cuerpo á uno ele los demonios más horribles. En
particular, la última figura tenía tal relieve, pare
ciendo salirse del cuadro, que á mi juicio, aunque de
esto no respondo, creo que pudo ser mi propio abuelo,
que harto de pintar se incrustró y aplastó sobre la tabla.
Porque mi abuelo desapareció sin concluir el cuadro,
en el cual faltaba lo principal, que era el San Antonio.
— ¿Y no se supo de él?....
— Hasta la fecha: mi abuela murió vieja y no tuvo
jamas noticias de su marido; mi padre murió de ochen
ta años, y nadie le dió en todo ese tiempo razón del su
yo; yo, rodando el mundo, vine á parar al convento y
sólo me dieron estas noticias de mi abuelo. Visité la
tinaja muchas veces y contemplé aquel vino, cuyo con
sumo está prohibido por la razón que ahora diré. Viendo
el Abad que el pintor ya no volvia, y deseando quedase
terminada aquella obra maestra, encargó su conclusión
á un monje del monasterio, hábil también en la pintu
ra, el cual hizo este santo que vemos: el dia en que se
dió su última pincelada acudió toda la comunidad á con
templar el cuadro, que el monje bahía cubierto con un
lienzo. Destapa la pintura nuestro monje, y ¡cuál sería
el asombro de todos al ver que los diablos, aterrados al
verse junto al Santo, saltaban del lienzo y desaparecían
de la vista! No quedó un solo diablo en todo el cuadro.
Míralo bien, y di si hallas una sola huella de demonio
en la pintura.
— En efecto, sólo está el Santo y nadie le per
turba.
246
FERNANDEZ BREMON.
— Los malos antecedentes de mi abuelo hicieron sos
pechar que los tales diablos no habían sido pintados,
sino evocados sobre la tabla: el no haber oido misa en
tanto tiempo daba verosimilitud á la sospecha, y el no
haber pintado el Santo quitaba todo género de duda.
Ahora bien, en las puertas y ventanas por donde pudie
ran haber salido los diablos, estaba tallada la cruz de
San Benito, que tiene la virtud de no permitir la apro
ximación del enemigo. ¿ Cómo pudieron salir aquéllos
del convento? Esto cavilaban continuamente los bue
nos monjes, decidiendo por fin que, faltos de salida,
no tuvieron más remedio que refugiarse en la tinaja del
pintor. Desde entonces ha sido mirado aquel vino con
un recelo saludable, justificado ayer tarde por los he
chos. Por esa razón hemos venido á ver el cuadro, cre
yendo que alguno de los diablos hubiera vuelto al sitio
de donde salió; pero, por lo visto, deben continuar na
dando en la tinaja.
— Pero ¿no se habrán ahogado en tanto tiempo?
— Moderno, ¿cómo te llamas? le preguntó el lego
Felipe.
— Clemente, contestó humildemente el otro lego.
— Pues bien, Clemente; tu juventud disculpa tu
simpleza: lo que debía admirarte es cómo unos espí
ritus tan viciosos no se han bebido un licor tan ex
quisito.
UNA FUGA DE DIABLOS.
247
VI.
La campana Labia dado el toque para asistir a la me
sa, y todos los monjes habían acudido apresurada y si
lenciosamente al refectorio. Aunque, á decir verdad, el
acto de la comida, en observancia de la regla, se había
efectuado siempre con el mayor orden y recogimiento
en aquella sala inmensa, exceptuando la deplorable
víspera, el dia de que hablamos, la comunidad se pre
sentó con tal humildad y temor, como si se tratase de
celebrar un banquete fúnebre. A ello contribuía la pre
sencia del Abad, que quiso presidir la mesa con el Padre
Prior y los Decanos.
— Padre Blas, dijo el Prelado dirigiéndose aun mon
je anciano, que con la cabeza baja había esperado tem
blando oir su nom bre: ayer presidisteis la mesa : hoy
comeréis aparte y después de los hermanos; agradeced
á vuestra irreprochable conducta anterior la blandura
del castigo.
El anciano besó la mano del Abad y se retiró á un
rincón vertiendo lágrimas.
— Padre Mayordomo, dijo en seguida; vos, que teneis
una voz robusta, sustituiréis hoy al lector y leeréis con
voz clara y despacio el manuscrito que os entrego, por
ser en esta ocasión de más provecho que otros libros
mejores. El hermano Felipe queda relevado de servicio
para que no pierda una sola línea del escrito. Hermano
Despensero, os ruego que no olvidéis nada de lo que
tengo prevenido.
248
FERNANDEZ BREMON.
Y el Abad, colocándose de pié junto á la cabecera de
la mesa, dio la bendición : después, á una señal suya,
se sentaron los monjes con tal silencio, como si fueran
sombras y estuviera alfombrado el suelo del refectorio.
Los legos empezaron á servir un potaje de sardinas
sin llenar de vino ninguno de los vasos. El P. Mayordo
mo comenzó la lectura del manuscrito, con Voz robusta
y solemne, en estos términos:
Confesión del P. Anacleto, monje profeso de la religión
de San Benito, en la abadía del Olivar, hecha por escri
to en el año 1639 y depositada en el archivo reservado
del convento, para si algún señor Abad creyese útil su
publicación ó su lectura al buen servicio de Dios y de
N. G. P. San Benito.
«lo, Anacleto, monje indigno y pecador arrepentido,
declaro y confieso haber dado oidos á la soberbia, y des
cuidado mis deberes religiosos por la satisfacción de
un necio orgullo. La circunstancia de ser el único monje
aleccionado en el arte de pintar, y los elogios que me ha
bían sido prodigados por varios cuadros que adornan la
sala de capítulos, me envanecieron de tal suerte, que fal
taba con frecuencia á los rezos, y disculpándome con el
trabajo, había descuidado el cumplimiento de la regla,
viviendo en el convento con una independencia impropia
de mi estado. El P. Abad me había reprendido muchas
veces con blandura, inútilmente, y todos los monjes mur
muraban de mi orgullo y rebeldía, cuando un dia fui lla
mado á la celda del Prelado.
UNA FUGA DE DIABLOS.
249
»— Hermano Anacleto, me dijo el P. Abad, lie ago
tado los medios persuasivos para conseguir vuestra en
mienda y corregir vuestro orgullo; es llegada la ocasión
de cumplir con lo que previene nuestro santo Código.
Leed el cap. lvii.
»Cogí temblando el libro y leí:
»Si hubiese artífices en el monasterio, ejercitaran sus
artes con todo el respeto y humildad posible, si el Abad
se lo mandare; pero si alguno se engríe por su arte, por
parecerle que en ello tiene el monasterio algún interes,
este tal sea privado de su ejercicio y no trabaje más en
su arte sino que viéndole arrepentido el Abad, se lo man
de de nuevo.
»—Basta, dijo el P. Abad con voz que no admitía
réplica: cúmplase el castigo. Nadie hay necesaria en
esta santa casa; mañana llega un pintor á quien he en
cargado el Cuadro de las tentaciones de San Antonio, cu
ya ejecución os hubiera sido encomendada. Vos ejerce
réis el oficio de Despensero desde esta misma tarde. Me
ditad y arrepentios.
»Yo caí de rodillas aterrado. El Abad me despidió
señalándome la puerta.»
Cuando el P. Mayordomo llegaba á esta parte de la
lectura, algunos monjes, cuyo estómago estaba irritado
por el exceso del dia anterior y el potaje salado que comian
tristemente, habían hecho señas á los legos pidiendo
agua, pero éstos permanecían en sus puestos aparentan
do no reparar en las señales.
250
FERNANDEZ
BREMON.
VII.
«Aquel cambio brusco de oficio, prosiguió el Padre
Mayordomo, me humilló profundamente; ya no era el
artista del convento, que pasaba los dias encerrado, pero
independiente y libre de testigos en el taller, meditando
mis asuntos y haciendo ensayos y estudios en mi arte,
sino un monje obligado á medir líquidos, contar panes,
vigilar las cocinas, sufrir las impertinencias de los legos
y rendir cuentas minuciosas; ocupación insoportable que
me molestaba y ofendía. Las sonrisas, las palabras suel
tas que observaba y oia á mi lado me parecían burlas de
los monjes, que se burlaban de mi orgullo, atormentán
dome y regocijándose de mi castigo. Tan obcecada y per
dida estaba mi alma, que en vez de la resignación pro2>ia de mis votos, sólo abrigaba sentimientos de odio y
de despecho.
»Mi orgullo me impedia acercarme al taller donde
trabajaba mi rival, que se llamaba Juan Ramírez, cuyo
saludo evitaba las pocas veces que nos encontramos en
el claustro; sin embargo, mi espíritu se trasladaba en éx
tasis al taller, miéntras mis labios articulaban distraída
mente las oraciones en el coro, y mi oido escuchaba con
ansiedad todas las conversaciones referentes al pintor,
conservándolas profundamente en la memoria.
»Nunca espero sufrir mayor tormento que al escuchar
cierto dia las frases de admiración de algunos monjes
liácia el cuadro que pintaba Juan Ramírez. Este había
permitido la entrada en el taller para que juzgasen su
UNA FUGA DE DIABLOS.
251
obra antes de terminada, y toda la comunidad, excitada
por los elogios de los primeros monjes, acudió á ver el
famoso cuadro; todos, excepto yo, porque me consumía
la fiebre de la envidia.
»— ¿Qué juzgáis del cuadro de Ramírez? me dijo
el P. Abad en un tono que mi soberbia me hizo creer
ofensivo.
»—Señor, mis ocupaciones me lian impedido visitar
el taller, contesté con fingida humildad.
»—Venid conmigo, hermano, repuso con cruel bondad
el Prelado; quiero saber la opinión de una persona tan
práctica en el arte.
»Mis ojos debieron lanzar llamas al descubrir el cua
dro; jamas hubiera concebido una composición tan va
liente y una extravagancia tan adecuada al extraordina
rio asunto que representaba. El Santo estaba dibujado
únicamente, como dejando toda la inspiración para la fi
gura principal; los detalles eran admirables y revelaban
una imaginación exaltada y creadora ; el infierno ofrecía
á San Antonio, en sus más seductoras formas, toda la
voluptuosidad, todos los estímulos irritantes del pecado,
y á la imaginación del vulgo la visión espantosa del in
fierno. El colorido del cuadro era tan extraño, que no
podía yo comprender qué mezcla de colores había produ
cido aquellos tonos. Mis ojos no se apartaban de la ta
bla ; estaba pálido de envidia y no sabia qué decir.
»El Abad no apartaba su mirada de mi rostro y espe
raba mi juicio sobre al cuadro.
»—¿Encontráis alguna falta? dijo por fin.
»—Es una pintura admirable; sólo veo sus bellezas,
252
FERNANDEZ BREMON.
dije con verdad, pero con nn trabajo que debió ser no
tado.
»—Puesto que vos, tan inteligente, estimáis así la pin
tura, quiero hacer un pequeño obsequio al autor, contes
tó el Prelado: hermano Despensero, acompañad á la bo
dega á Juan Pamirez para que elija el contenido de una
tinaja, que le será entregado y conducido á donde quiera
el dia en que nos abandone.
»Nunca, como en aquel momento, me irritó la pala
bra Despensero. Los ojos del pintor brillaron de alegría;
el Abad le recompensaba en su afición favorita, y me hu
millaba en lo más sensible de mi amor propio. Cuando
caminábamos Ramírez y yo hácia el sótano, tentado es
tuve de vengarme con alusiones á su vicio; pero la refle
xión me hizo comprender que era preferible el disimulo.
»—¿De quién sois discípulo? le dije.
»—Del Greco, respondió con orgullo.
»—No he oido hablar de él, contesté con mala inten
ción.
»—No lo extraño, repuso; este monasterio está muy
retirado.
»—Aquella respuesta me parecía una puñalada.
»—Pintáis bien, dije con zalamería.
»—No seré de los peores, me contestó fatuamente,
cuando tenga tiempo de ejecutar todo lo que me bulle
en la cabeza.
»—También yo pinto algo, repuse algo picado.
»—Ya me lo han dicho; hacéis bien las telas de los
hábitos, pero pertenecéis á la vieja escuela....
»—¿Lajuzgáis mala?
UNA FUGA DE DIABLOS.
253
» — No tal, pero las artes adelantan ; hoy cualquiera
de nuestros aprendices podria enseñar á Apeles muchas
novedades.
» La impertinencia de aquel hombre me irritó, su su
perioridad me hacía daño, procuré abreviar el acto de
elegir el vino, le entregué la llave de la tinaja y quedé
solo meditando en la manera de vengarme. El demonio,
que me acechaba, me inspiró una mala idea.
» Desde aquel dia empleé toda mi habilidad en captar
me la confianza del pintor, y mi calidad de Despen
sero ayudaba mis propósitos. Sin embargo, nunca me
fué posible verle trabajar; tenía gran cuidado en que no
sorprendiesen el secreto de sus mezclas de colores, con
las que producía maravillosos efectos en el cuadro. Juan
Ramírez, le dije un dia después de haber esperado á que
repitiese sus instancias, mañana, antes del primer rezo,
os espero en la bodega; tengo orden de no dejaros pro
bar vuestro vino, pero quiero haceros este obsequio si me
prometéis ser comedido.
» E l pintor, á quien se iba haciendo muy pesada su
abstinencia, sin duda no debió dormir, porque yo me ade
lanté á la hora de la cita, y ya me esperaba en la escale
ra. Le hice seña de que no produjese ruido, y entramos
en el primer departamento de los sótanos.
» — Ahí está mi tinaja, dijo con alegría.
» — ¿Traéis la llave? le pregunté.
» — Siempre me acompaña.
» — Entonces, tomad una jarra y un cacillo, y bebed
con moderación.
» — ¡ C óm o! ¿ No queréis brindar conmigo ?
254
FERNANDEZ BREMON.
»—Nuestra santa regla sólo nos autoriza á beber en
las comidas.
»—¿ Sabéis, padre, dijo destapando la tinaja y sentán
dose en el suelo, cerca del borde, lo que sospecho?
»—No entiendo, le contesté muy alarmado.
y>—El pintor echó un trago que parecía interminable,
alabó el vino, se recostó sobre un codo, y me dijo son
riéndose.
»—Pues bien, creo que tratáis de embriagarme para
que os revele mis secretos.
»—No hagais juicios temerarios, hermano, repliqué
ruborizándome al ver mi intención adivinada; mal pa
gáis el peligro á que me expongo, faltando á mi deber
por complaceros. ¿No me pedisteis por favor que os de
jase probar el vino ?
»—Así es, en efecto ; pero vos quizá habéis accedido
á mi ruego para aprovecharos de una indiscreción de la
bebida; esto no tiene nada de particular, yo he pasado
todo un dia oculto tras un lienzo espiando á mi maestro.
»—¿ Y descubristeis algo ?
»—Vi preparar al Greco sus colores más extraños,
y trabajar después en una de sus más estrambóticas
creaciones ; temiendo ser descubierto, bajé con precau
ción el lienzo que tenía algo levantado, y oí decir con
mucha calma á mi maestro: «Juanillo, no te muevas;
estabas en una posición admirable, y hace un cuarto de
hora me estás sirviendo de modelo con auxilio de esta
cornucopia.»
»—¿ Y no os molió á golpes ?
»—Al contrario, mellizo moler pintura y me abrazó,
UNA FUGA DE DIABLOS.
255
(liciéndome con cariño: «Juanillo, es inútil que me espies; necesitarlas esconderte dentro de mi cráneo para
averiguar el secreto de mi inspiración.
» — Juan Ramírez, siento que me hayais juzgado mal.
» — No tendría inconveniente en enseñaros, me respon
dió, si hubiera formado escuela. Entre tanto, resignaos
á verme beber únicamente.
» — Cuidado con lo qne hacéis, dije al observar que lle
naba por segunda vez el jarro; pero en realidad deseando
que bebiera.
» — No os alarméis, padre, repuso con jovialidad; esta
es la porción de vino que constituye mi regla.
» — Pasamos media hora conversando al lado de la ti
naja, cuyo borde está al nivel del suelo, y en todo ese
tiempo no pude lograr del pintor una sola palabra que
me iluminase, aunque empleé toda mi sagacidad y disi
mulo en las preguntas.
» — Si al ménos la borrachera le hiciese estropear el
cuadro, pensé con infame regocijo, desesperando de lo
grar mi primer objeto.
» — Otro jarrito, padre, dijo Ramírez apoderándose del
cacillo y casi tartamudeando.
»— Ni una gota más, añadí con fingida severidad, al
ver que el cacillo no temblaba en su m ano, lo cual pro
baba que tampoco temblarían los pinceles.
)>Hice ademan de arrancarle el cazo de la mano, pero
mi rival, hurtando el cuerpo, se inclinó dentro de la ti
naja bruscamente, con tal desgracia, que perdiendo el
equilibrio ó mareado con el vapor, cayó de plomo en el
depósito.
256
FERNANDEZ BREMON.
»Aquello sucedió de una manera tan rápida, inevita
ble é imprevista, que me quedé yerto de espanto, y sin
fuerza para ayudarle ni moverme de mi sitio: cuando
pude hacerlo, corrí á un rincón, cogí un cubo amarrado
á una maroma y hundí ambos en el vino, metiendo la
linterna en la tiuaja. Sólo vi una superficie oscura y bri
llante que reflejaba mi propia sombra y la luz del farol,
y no vi más signos de vida que algunas burbujas de aire
en la inmóvil superficie. Agité la cuerda en diversos
sentidos sin observar peso alguno, y aterrado y mareado
por el vaho que despedia la cuba, busqué un garfio, le
até á mi palo, y á fuerza de trabajo conseguí sacar el
cuerpo: el cuerpo únicamente, porque el alma estaba léjos de la tierra.
»Era inútil pedir auxilio: iban á culparme de la muer
te del pintor, achacándola á la envidia: el lugar en que
había ocurrido la catástrofe me quitaba toda excusa. No
sabía qué hacer; oraba, gemía y paseaba al mismo
tiempo. El dia apuntaba : iba á sonar de un instante á
otro la campana de la iglesia. No tuve elección en aquel
trance apuradísimo ; la necesidad más inmediata era
ocultar el cuerpo: cogíle con resolución, le arrojé en
el lugar de su muerte, cerré con cuidado la tiuaja, apa
gué la luz y salí del sótano tambaleándame como un
ebrio.»
y
VIII.
A una mirada del Abad, los legos que servían la me
sa vertieron vino en los vasos: el aroma de aquel exqui-
257
UNA FUGA DE DIABLOS,
sito líquido produjo un sordo murmullo entre los mon
jes, algunos de los cuales, no obstante su sed, aparta
ron su vaso con horror y repugnancia : era el vino del
pintor.
— Hermanos legos, dijo el Abad al observar que los
monjes no bebian, la comunidad tiene sed, pero no se
atreve á probar un vino en que sabe se lia disuelto el ca
dáver de un hombre: no es virtud y deseo de mortifi
carse, sino asco, lo que impide beber á nuestros herma
nos. Servidles agua para que beban lo que gusten.
Los legos obedecieron, pero ni un solo monje se atre
vió á llevar el vasoá los labios.
El lego Felipe, que había escuchado con extraordina
ria atención la lectura, al concluir el último párrafo ca
yó á los piés del padre Abad, diciendo en voz alta:
— ¡Absuélvame su reverencia! ¡perdón! Yo tam
bién be bebido de ese vino en que se ahogó mi pobre
abuelo.
El Abad preguntó con extrañeza:
— ¿ Y cómo ayer no os embriagasteis ?
— Es que
ya estaba acostumbrado. Como el can
dado de la tinaja se había roto por el m oho, todos los
dias entraba un rato en la despensa y bebía en el cacillo.
— ¿ Cuántos cacillos habéis bebido?
— No puedo recordar... unos cuarenta.
— Pues bien, esta confesión, que á otro le libraría de
la pena, no os rebaja el castigo: sé muy bien que cuando
no teneis con quién hablar, os confesáis para desahogar
la lengua, hermano Felipe. A ver, ¿quién es el lego más
moderno?
17
258
FERNANDEZ BREMON,
— El hermano Clemente, contestó al instante el lego
Felipe.
— Pues bien; desde hoy figuraréis en la lista después
de aquel hermano.
— Señor, mi antigüedad....
— La habéis perdido, puesto que no aprendisteis con
los anos á contener vuestras pasiones.
— Padre Abad, considerad que son cuarenta años.
— Alzad y sed humilde; continúe su lectura el Padre
Mayordomo.
/
Este volvió á leer :
«¡Qué dias tan terribles pasé miéntras el cuerpo se
deshacía en la bodega! ¡qué remordimientos y qué temor
de que descubriesen el cadáver! Cada vez que se comen
taba en mi presencia la desaparición extraña del pintor
temblaba de espanto, creyendo que en mi rostro se ha
llaría algún indicio. Todos los ratos que me dejaba libre
el oficio, los dedicaba á la oración por el alma del infor
tunado.
»Unos seis meses después volvió á llamarme el Abad
á mi celda, y me dijo con acento bondadoso:
»— Hermano Juan, vuestra conducta me autoriza á
perdonaros. Sois otra vez el pintor del monasterio.
» — La palabra 'pintor me hizo estremecer: procuré
aparentar alegría, pero mi mano temblaba al tomar la
del prelado para besarla.
» — ¿Os atrevéis á concluir el cuadro de San An
tonio ?
»Aunque me esperaba aquella pregunta, me hizo una
extraordinaria impresión la idea de trabajar en aquel
UNA FUGA DE DIABLOS.
259
cuadro. Contesté que liaría un esfuerzo para complacerle.
»Pero no era posible luchar con aquella obra maestra
ni imitar aquel estilo. Varias veces empecé la figura del
Santo, que debía ser la más noble y poética, y atraer la
atención, dando alas otras un carácter secundario; vana
tarea; el Santo parecía pintado, miéntras las demas figu
ras tenían vida y movimiento; sólo podía conseguir una
armonía desdichada, dando al rostro de San Antonio
cierta expresión diabólica y absurda: borré mi trabajo,
tapé aquellas figuras que me estorbaban y distraían, y
procuré inspirarme en la vida del Santo: cuando concluí
el San Antonio, me encontré satisfecho de la obra, pero
al destapar el cuadro retrocedí lleno de despecho: el
conjunto no guardaba ninguna armonía, y la obra de mi
pincel era tan inferior á la de mi rival, que me avergon
zaba y ofendía.
»A mi dolor y abatimiento sucedió una ira insensata:
ciego y obcecado, borré aquellas figuras, cuyos rostros
me parecía que se mofaban de mi torpeza. Cuando volví
en mí, ya era tarde para remediar aquel destrozo. ¿Qué
hacer? No tuve otro remedio que improvisar un fondo
vago que diese realce y valor al San Antonio: había per
dido mucho tiempo en mis ensayos y era preciso entre
gar el cuadro; sólo me faltaba una disculpa.
»Creí haberla encontrado, y convoqué á los monjes
para que hiciesen el juicio de mi obra: estaba decidido á
justificar mi acción, declarando que una visión sobrena
tural me la había inspirado, mandándome que borrase
aquellas figuras por ser evocadas directamente del in
fierno.
260
FERNANDEZ BREMON.
»No contaba con la piedad y la imaginación exaltada
de los monjes. El cuadro estaba cubierto con un lienzo,
y la comunidad reunida en el taller, cuando trémulo y
avergonzado separé la tela que le resguardaba. Un grito
de sorpresa, que me aterró al principio y ensanchó luego
mi ánimo, resonó entre mis hermanos. Las frases « ¡m i
lagro! ¡m ilagro!», «Los diablos lian huido de la tabla»,
«Y o los he visto desvanecerse por el aire», y otras aná
logas, resonaron de boca en boca. Los ménos propensos
á lo maravilloso se convencían ante tantos testimonios.
El recuerdo de las figuras pintadas por Ramírez, la cer
tidumbre de que iban á volverlas á ver, y la sorpresa de
no encontrarlas en su sitio, produjeron una alucinación
muy comprensible, y los monjes se arrodillaron ante el
cuadro. Yo también caí de rodillas y pedí á Dios mise
ricordia.
» — Hermano Juan, me dijo el padre Abad cuando es
tuvimos solos, mirándome con fijeza, ¿no os contentas
teis con haber muerto al pintor, sino que ni aún perdo
nasteis la obra de sus manos?
»Me faltaron las fuerzas y caí al suelo aterrado.
» — ¡Perdón! ¡perdón! exclamé derramando lágrimas
de arrepentimiento.
» — ¡Silencio! contestó el Abad, y dad gracias á Dios
por haber producido esa ilusión en vuestros hermanos;
yo no he participado de ella y he calculado, por vuestra
acción de ahora, la que teníais tan oculta.
»Entonces confesé la verdad á mi prelado.
» — Escribid vuestra historia, para que se lea pública
mente en el refectorio y sirva de enseñanza, me contes-
UNA FUGA DE DIABLOS.
261
tó el Abad después de haberme oido: miéntras llega la
ocasión, dejad á vuestros hermanos en su piadoso error,
y estad siempre dispuesto á oir la lectura de vuestra fal
ta y la confesión de vuestra envidia.
»Obedecí y he escrito: ¿podré soportar la vergüenza
de esta pública lectura?»
Aquí termina el manuscrito, dijo el Padre Mayordo
mo: hay una nota en el cuaderno, que sólo contiene estas
palabras:
«E l padre Juan murió á los pocos meses de haber ter
minado sus apuntes.»
IX .
El Abad se levantó y todos los monjes le imitaron.
— Hermanos, dijo, ayer dió la comunidad un gran
escándalo; la historia que acabamos de escuchar es el
principio del castigo; no fué vino el que bebisteis, sino
los restos mortales de un cristiano; pecasteis con el ex
ceso de bebida, sea la sed vuestra mortificación y peni
tencia. Desde hoy queda tasada el agua, y abierta á to
dos por un mes la tinaja en que se ahogó el desdichado
Juan Itamirez, por si hay alguno que se atreva á llevar
á sus labios aquel vino.
Pero no es esto suficiente: está deshonrado en la co
marca el hábito glorioso de San Benito, que han vestido
y visten aún tantos ínclitos varones; iréis de puerta en
jtuerta pidiendo perdón á las gentes á quienes escandafizó vuestra conducta; les contaréis la verdad, os humi
llaréis ante los humildes, y sólo cesará vuestro castigo
262
FERNANDEZ BREMON,
cuando el pueblo, á quien debemos el ejemplo de la vir
tud y la templanza, pida vuestro perdón á las puertas
del convento.
X.
Una semana después rondaba por la noche el Padre
Abad, acompañado de otro monje.
Al llegar cerca de la bodega, abierta, según su orden,
observó el prelado un resplandor dentro del sótano.
Alarmado y sorprendido, se acercó al sitio donde se
veia la luz, y descubrió al lego Felipe, de rodillas ante
la tinaja del pintor y con el cacillo en una mano.
—¿Qué haces, desdichado? dijo el Abad, presentán
dose de repente en la bodega.
El lego Felipe, aterrado, dejó caer el cacillo en la ti
naja, y, por primera vez de su vida, no encontró palabras
para expresarse.
—¿Qué haces? repitió el Abad con voz severa.
— Señor, contestó por fin el lego juntando las manos
con humildad y bajando la cabeza; estaba rezando sobre
la tumba de mi abuelo.
FIN DE UNA FUGA DE DIABLOS.
(Publicado en La Ilustración Española y Americana en 1873.)
EL CORDON DE SEDA.
(CUENTO CHINO.)
<
EL CORDON DE SEDA.
(CUENTO CHINO.)
I.
El noble Chao-sé era sumamente desgraciado. Sin
embargo, su cosecha de arroz había sido abundante; la
flor blanca del té se destacaba sobre oscuras ramas en
sus frondosos huertos; sus capullos de seda no podían
ser más ricos; poseía un autógrafo del Emperador en el
cual se leia la palabra cheon, ó sea una credencial de
larga vida; y por último, había visto dividir en diez mil
pedazos el cuerpo de su enemigo Pe-Kong, que le había
afrentado cortándole la trenza.
¿Por qué, pues, el noble chino liabia mandado dar de
palos al ídolo de Fó, cuyo abultado vientre de porcelana
yacía en pedazos por el suelo?
Ello es que Chao-sé había reñido á su antiguo coci
nero al presentarle un perro asado que los convidados
hallaban exquisito : había desdeñado una taza de té, no
obstante ser Kyson legítimo, y no hacía caso del mono á
pesar de sus caricias.
—Señores parientes, dijo Chao-sé con gravedad, des
pués de la comida, á tres chinos respetables que le es-
26G
FERNANDEZ BREMON.
cuchaban puestos de cuclillas en el estrado. Ya sabéis
que pretendía presentar á mi hijo en la córte de nuestro
celeste soberano.
El orador y sus oyentes inclinaron sus cabezas hasta
arrastrar las coletas por el suelo, y hubo que retirar al
mono, porque imitó la acción de aquellos graves perso
najes. Chao-sé prosiguió diciendo:
—Mi hijo Te-kú no ha aprovechado mis lecciones: no
sabe doblar el cuerpo en diez y ocho tiempos ni conoce
las fórmulas inalterables de nuestra sabia etiqueta: ha
repudiado á la virtuosa hija de Ling, cuyos piés caben
en cáscaras de nueces, y asombraos, amados parientes,
desafiado por Chung, cuyo honrado cuerpo yace en la
tumba, rehusó abrirse el vientre, miéntras su adversario
espiraba triunfante con el abdomen abierto en toda re
gla. En esta ignominia, quiero pediros consejo y me so
meto á lo que resolváis para salvar la honra de mi casa.
—Debeis, ante todo, desheredar á Te-kú, dijo el pa
riente más anciano.
—Y repartir los bienes entre nosotros, añadió el se
gundo pariente.
—Y como la reputación está perdida, hace falta una
víctima : debeis estrangularos para salvar el honor de
la familia, repuso el pariente más lejano.
Estas fueron las decisiones del consejo. Chao-sé sin
tió un tardío remordimiento de haberlo convocado.
II.
—¿Qué regalo traéis á vuestra esposa en ese estuche?
EL CORDON DE SEDA.
. 267
decía aquella misma noche la mujer de Chao-sé, al ver
que su marido colocaba sobre un mueble de laca una
caj a de marfil, cuyos relieves figuraban la revolución de
los gorros amarillos.
—Bella y amada Tian, te preparo una sorpresa, con
testó con galantería el noble chino.
Tian se incorporó en el lecho y enseñó á su marido
dos piés de á dos pulgadas.
—Has sido buena esposa y quiero que te citen en los
libros como un modelo de virtudes. Pues bien; el con
sejo de familia pide una víctima para salvar la honra de
mi casa; como tengo un certificado de larga vida escrito
por mi soberano, sería una ingratitud y un desacato
acortarme la existencia. Por eso te he elegido, amada
Tian, para que salves nuestro honor con el cordon de
seda que encontrarás en el estuche. Creo que me agra
decerás esta prueba de distinción y de cariño.
—¡Señor! dijo Tian aterrada, no me atrevo á matar
me; soy cobarde como una gallina.
—Sosiégate, amada mia; si no puedes matarte, por
que eres cobarde como una gallina, haz que te ayude el
cocinero.
—Y el noble Chao-sé salió de la alcoba después de
dar un abrazo tiernísimo á su esposa.
III.
Tian parecía tranquila; el cocinero Kin estaba ater
rado.
—Kin, necesitas reposo, decía la primera al segundo.
268
.
FERNANDEZ BREMON.
— Duermo poco, señora, contestó éste restregándose
los ojos.
—Debes tener deseos de recoger en la otra vida los
premios que te estén reservados.
---Ignoro los que el gran Buda me destina.
—¿Quieres buir conmigo? dijo Tian mirando con vo
luptuosidad al pobre cocinero.
—Señora... respondió temblando el desdichado.
—Huir de una casa en donde no aprecian tus asadlos,
unirte á mí y ser dueño de mis magníficas alhajas.
Kin besó el suelo para expresar su reconocimiento).
—Evitando la venganza de Chao-sé...
—j Oh! Sí, exclamó aterrado el cocinero.
— Hay un medio. Tu amo Chao-sé, protegido por una
orden del Emperador, vivirá todavía muchos años; du
rante este tiempo podrémos alejarnos de la tierra y per
dernos en los espacios.
—No comprendo.
—Es muy sencillo: quiero que me acompañes en este
último viaje. Toma el cordon de seda y ahórcate por ahí
fuera, miéntras reúno mis joyas y me mato; mi cuerpo
resucitado irá dentro de un rato á reunirse con el tuyo.
Kin abrió sus oblicuos ojos con espanto : Tian le 3anzó una dulcísima mirada.
—Adiós, le dijo, no faltes á mi cita; y le puso con
suavidad á la puerta, después de haber rodeado ái su
pescuezo el lazo corredizo.
Cuando Kin salía del aposento de Tian, sintió ruido
en los corredores.
— Será el mono, dijo, siguiendo su camino muy pre-
EL CORDON DE SEDA
269
ocupado, pero quitándose del cuello el suave cordon de
seda. Por dos razones no debo suicidarme. Primera, por
que no tengo certeza de resucitar en otro mundo. Se
gunda, porque si resucito, el poderoso Fó podrá ven
garse rompiéndome en pedazos como lie roto su estátua.
Volvió á oirse el ruido: no era el mono, sino Te-kú
quien lo producía, robando el tesoro de su padre; la
ventana del jardín estaba abierta; las alhajas brillaban
en un saco.
K in , indignado, no pudo ménos de reprocharle su
acción revelándole el estado en que había puesto á su
familia.
Te-kú le suplicaba cada vez más bajo que callase;
pero Kin le replicaba cada vez más alto. Por fin , ex
clamó aquél aterrado y conmovido :
— Dame el cordon de seda: soy el culpable y me cor
responde el sacrificio.
Y ciñiéndose la fatal corbata, ató un cabo al hierro de
la ventana, se colocó el saco á la espalda para los gas
tos de viaje y abrazó cariñosamente al cocinero diciéndole :
— Aléjate y cierra la puerta, no quiero que presencies
mi agonía.
Kin no tenía en él completa confianza, pero no se
atrevió á contrariarle. Miéntras bajaba liácia el jardín
oyó un fuerte golpe y una especie de quejido.
— ¿Se habrá fugado?... exclamó Kin con recelo.
El jardín estaba oscurísimo, pero un cuerpo suspen
dido se estremecía, y entre las sombras, otra sombra
más espesa se balanceaba debajo de la ventana.
270
FERNANDEZ BREMON.
—Me lie evitado un compromiso, dijo Kin respirando
con satisfacción y acariciándose el pescuezo.
El culpable ya no existe.
Después entró en su cuarto, llenó de opio la pipa y se
durmió sobre su estera.
IV.
Al amanecer del siguiente dia, los parientes de Chaosé, vestidos de blanco, luto rigoroso en la China, se
presentaron en casa de éste para rendirle los últimos tri
butos ; pero con gran sorpresa le encontraron también
vestido de blanco y en actitud ceremoniosa.
—¿Estáis vivo? dijeron indignados los parientes.
Cliao-sé explicó entonces sus escrúpulos, el miedo de
su esposa, su sustitución por el cocinero y la expiación
voluntaria de su hijo. Los parientes, después de una
animada discusión, se conformaron.
—Pasemos al jardín, en el que nadie ha entrado to
davía, dijo Chao-sé á sus parientes : descolgarémos el
cuerpo de ese desdichado.
La comitiva se puso en marcha, y al llegar al lugar
de la catástrofe, todos quedaron estupefactos.
Pendiente del cordon de seda, y moviéndose como una
péndola, estaba el cuerpo rígido de un mono.
—No es mi hijo, dijo Chao-sé lleno de asombro.
—Señor, yo le vi atarse el cordon al pescuezo, repu
so el cocinero : sin duda el mono se ha llevado la forma
de vuestro hijo, dejando la suya en la ventana. Aquí hay
algo de magia y el divino Fó se venga.
EL CORDON DE SEDA.
271
— No tal, replicaron los herederos: es Te-kú el que
cuelga de la cuerda : ¿ no veis ahí todas las facciones de
su padre ? Es todo su retrato.
— Pero, exclamaba Chao-sé defendiéndose, reparad
ese hocico...
— Es el vuestro, noble Chao-sé, decían los parientes.
— Fijaos, seíM)res, en esas orejas.
— Son las vuestras.
— Keflexionad que hace falta una víctima, le dijeron
los parientes al oido.
E l noble chino confesó, por fin, que era su hijo, si
bien desfigurado.
Se certificó la muerte de Te-kú, se hicieron al mo
no magníficas exequias, y el consejo de parientes de
claró ileso el honor de la familia.
EPÍLO G O .
A pesar de la certificación de su soberano, Chao-sé
vivió muy pocos meses. Presentóse á recoger la herencia
un joven que dijo ser su hijo, llamarse Te-kú, y haberse
fugado de la casa paterna saltando por la ventana del
jardín en una noche oscura.
Sometido á los tribunales chinos el asunto, un ilus
trado mandarín dictó la siguiente sentencia, que sirve
para resolver en China todos los casos semejantes:
«Estando la muerte de Te-kú probada legalmente :
»No habiendo faltado de la casa de Chao-sé en el dia
que se cita nada más que un mono, cuyo paradero se
ignora,
272
FERNANDEZ BREMON.
»Declaro, que si el demandante dice verdad en lo de
la fuga, no puede ser otro que el mono;
»Y si lia faltado á la verdad, merece ser ahorcado
con el cordon de seda que conservan los parientes del
difunto.»
En tal alternativa, optó Te-kíi por declararse mono
y filé entregado á un saltimbanquis.
■»
FIN DEL CORDON DE SEDA.
Almanaque de la Ilustración de M adrid , 1872.
EL TONEL DE CERVEZA.
18
I
&t mis’ queridos3 amigos ",
®.
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&L mis’ queridos’ amigos’,
©. Haas ©ia:£ LoWia i? ©. ¡Lucio Tiñas ^ ©e^a.
I
!■
EL TONEL EE CERVEZA.
Aunque la embriaguez ha producido héroes, revolu
ciones, leyendas fantásticas y sistemas filosóficos, por
más que en su historia figuren nombres tan respetables
como los de Noé y Lot, tan ilustres como los de Ale
jandro y Carlos X II, y tan populares como los de Hofman, Edgardo Poe, y muchos otros que no cito; á pe
sar de que algunos pueblos hayan solido tratar los
asuntos más graves entre trago y trago, y de que áun
se acostumbre á rociar con vinos generosos las declara
ciones políticas de mayor trascendencia, acto oficial co
nocido con el nombre de brindis, ello es que al abuso de
la bebida se debieron la muerte desastrosa de Holoférnes, la pérdida de Babilonia en tiempo de Baltasar, la
catástrofe de Agripina, y casi toda la historia del impe
rio romano, en que tanta parte hubieron de tener los
viñedos de Chipre y de Lésbos.
No he podido comprobar si es cierto ó no que cada
vino ó bebida espirituosa tiene propiedades que produ
cen efectos determinados y constantes; es decir, si la
borrachera del champagne es siempre epigramática y
elegante; si la de cerveza es melancólica y pesada; la del
278
FERNANDEZ BREMON.
Málaga pendenciera, y por último, si un fabricante de
Birmingham, después de beber algunas botellas de man
zanilla, experimenta, como los gitanos, la necesidad de
entonar una caña á la flamenca.
Durante mucho tiempo lie creido que la cerveza sólo
producía en los alemanes efectos filarmónicos y daba
ocasión á orgías musicales; creia que un aloman ebrio,
en vez de insultar á los transeúntes, abrir en canal á su
mujer ó prorumpir en gritos subversivos contra el Go
bierno, como se acostumbra en ciertos países, empuña
ba su violin para dar una serenata á los vecinos, ó can
taba un aria del Don Juan, tendido en medio del arroyo.
Y por cierto que he vivido engañado, ó miente el cuento
que voy á referir, del cual respondo como puede res
ponder un Gobierno español de sus generales. Es ver
dad que no soy el único á quien los alemanes han dado
chasco ; testigos los franceses y testigo toda Europa, á
la cual están embromando hace tiempo con su filosofía,
para distraer la atención, miéntras preparan silenciosa
mente sus máquinas de guerra.
Suponía yo entre los chasqueados al autor de cierto
libro, en el cual se asegura que la cerveza influye en la
estadística de nacimientos disminuyéndola. En efecto,
¿cómo podía ser Alemania uno de los países más pobla
dos, cuando la cerveza tiene allí tanto consumo? Pero
después he reflexionado que este argumento es de poca
fuerza por falta de datos; para resolver el problema, ne
cesitábamos saber qué población tendría el imperio ger
mánico si los alemanes suprimiesen la cerveza. De igual
modo he comprendido que me equivocaba respecto de la
EL TONEL DE CERVEZA.
279
influencia que ejercen en el cerebro de un aleman los
gases acumulados en una noche de continuas libaciones,
porque si la cerveza es un agente providencial que im
pide la irrupción sobre la Europa occidental de una po
blación sobrante, claro es que ese agente inspirará ideas
peligrosas y crímenes tal vez que contribuyan al mismo
objeto filantrópico.
No extrañe, pues, el lector que en esta bebida, al pa
recer inofensiva, estribe mi argumento, ni que algunos
vasos de cerveza conviertan en criminal al hombre más
pacífico, puesto que, como recordé al principio, la em
briaguez ha producido tantas catástrofes históricas.
I.
La espita del tonel goteaba todavía un líquido de co
lor de ámbar, y los vasos estaban ya vacíos; vasos es
trechos y larguísimos de cristal de Bohemia, cuyos
dibujos representaban áOdin bebiendo cerveza, rodeado
de guerreros y de lobos; vasos inmensos destinados á
las grandes solemnidades, y que sólo se llenaban en el
segundo período de la embriaguez, cuando la vista em
pezaba á nublarse y se atropellaban las palabras, y se
convertían en lógicas y naturales las ideas más ab
surdas.
Germán y Estéban bebían y fumaban. Ambos eran
jóvenes y vigorosos, aficionados á la música y estudian
tes de medicina en el colegio de Colonia; vivían inde
pendientes en una casa aislada, á orillas del Rhin, el rio
de las baladas y de los misterios.
280
FERNANDEZ BREMON.
Sin embargo, ninguna influencia ejercían en uno y
otro las tradiciones y leyendas; dedicados á las ciencias
naturales, sabían perfectamente que en el fondo de los
bosques sólo había vegetales, minerales y animales, por
lo general ya clasificados; conocían muy bien la causa
de las nieblas, y en cuanto á los espíritus, aseguraban
que no eran sino el fósforo que contienen los huesos y
brilla por las noches, aterrando á las doncellas y hacien
do recitar á las viejas versículos de la Biblia más ó me
nos oportunos; las danzas nocturnas de las wilis eran
sin duda las ondulaciones de los árboles cuando el vien
to agita sus ramajes, imitando en sus remolinos un wals
vertiginoso.
El mueblaje de la sala en que se celebraba el banque
te daba á conocer que Esteban y Germán no pertene
cían á esa raza inmemorial de estudiantes pobres que
tienen su biblioteca en la memoria y sus demas objetos
de estudio en el gran museo de la vida. Vivían con opu
lencia escolástica en una casa aislada, cuyo salón prin
cipal, enriquecido por un tren formidable de botellas
vacías, y decorado con una sillería de toneles, algunos
papeles de música, dos violines, innumerables pipas y
una panoplia, era considerado de lujo escandaloso por
todos los estudiantes. Es verdad que al lado de aquellos
objetos de pura ostentación se veian la mesa de opera
ciones, un riquísimo herbario, minerales de todas cla
ses, aves y cuadrúpedos disecados, estuches de instru
mentos y libros voluminosos, diáfanos frascos de cristal
que contenían fetos, visceras y otras partes del cuerpo,
que hubiera tomado por objetos de culto un gentil ¡fia-
EL TONEL DE CERVEZA.
281
do so; en fin, para alegrar el cuadro, había un arsenal
de tibias, cráneos, fémures, omóplatos y esternones. En
aquella abundancia no se notaba signo alguno que indi
case su división de propiedad ni pertenencia exclusiva
de una cosa.
En efecto, Germán y Estéban vivían en comunidad;
poseían los mismos objetos, y acaso vestían la misma
ropa, por ser idénticos sus cuerpos, robustos y fornidos,
como eran semejantes sus fisonomías. Para completar
esta descripción me vería precisado á consignar, como
es costumbre en las novelas, el color de sus cabellos, á
no tratarse de alemanes; pero hemos convenido en que
en Alemania todos nacen rubios, y no me gusta alterar
las tradiciones.
Sólo el amor interrumpía aquel verdadero comunis
mo; pero aun en esto existían entre Germán y Estéban
lazos muy estrechos; los dos se habian prendado de la
hermosa Eva y pretendido su cariño. No pudiendo par
ticiparle entrambos, ni resignándose á cederla, determi
naron obsequiarla aisladamente y se comprometieron á
respetar el fallo de la joven. Entre los dos estudiantes
era difícil la elección para Eva, cuyas preferencias va
gaban de uno en otro, así como sus miradas tiernas é
indecisas. Una circunstancia accidental inclinó hácia un
lado la balanza, y á no ser por ello, la vacilante niña
hubiera concluido por admitir dos dueños de su albe
drío, completando el comunismo en que vivían los dos
jóvenes.
Establecida la competencia de méritos y galanterías
entre los dos opcsitores, llegó el dia de un baile; Esté-
282
'
FERNANDEZ BREMON.
ban pudo obtener el primer wals, decidiendo vencer á
8ii amigo en aquel agitado ejercicio; Germán, por su
parte, se propuso contar las vueltas que diera Estéban
á fin de aventajarle cuando llegara su turno. Los músi* eos empezaron á tocar, y Estéban, enlazado con la co
diciada Eva, se lanzó en medio de la sala. Nunca se La
bia visto pareja tan rápida y uniforme; jamas rueda de
reloj ejecutó sus movimientos con más precisión y lige
reza. Germán apénas tenía tiempo de contar las vuel
tas; los demas bailarines, fatigados, se retiraban á sus
asientos; los que tocaban instrumentos de metal exhala
ban su último aliento en las boquillas; saltaban las
cuerdas de los violines; los brazos del timbalero se dor
mían; en fin, los músicos, jadeantes, cesaron de tocar,
miéutras Estéban seguía dando vueltas. Los convidados
aplaudieron con entusiasmo, y algunos sacaron sus re
lojes para precisar la duración de aquel wals famoso;
pero pasaban los minutos, el horario adelantaba, y la
pareja seguía moviéndose sin dar señales de cansancio
ni de rozar la alfombra. Los padres de Eva se alarma
ron, las señoras mayores aseguraban que la danza iba
tomando un carácter diabólico, y toda la concurrencia
repetía inútilmente: «¡Basta! ¡Basta!» Entonces suce
dió una cosa extraordinaria; los parientes de Eva, Ger
mán, sus amigos, y, por último, todos los presentes, se
abrazaron á Estéban para contenerle, pero en vano; una
fuerza invencible le obligaba á girar, arrastrando en sus
movimientos de rotación y traslación aquel enorme gru
po, basta que por fin la voluntad de todos se sobrepuso
al magnetismo ántes de que se comunicase el flúido á
EL TONEL DE CERVEZA.
283
las paredes. La fiesta terminó por un mareo general, y
pocos dias después Esteban era Presidente honorario de
todas las sociedades coreográficas de Alemania.
La segunda oposición filé musical y decisiva en un
concierto. Germán era tenor y Esteban dominaba de tal
manera el violin, que á veces se hubiera creído que ha
cía encaje con las notas. Germán exigió, como vencido,
cantar antes que su compañero hiciese la prueba ó tem
plase siquiera su instrumento, temeroso de que Estéban
absorbiera la sesión con uno de esos poemas musicales
que empiezan en el caos y concluyen en los Gobiernos
representativos. Todas las vueltas de Estéban quedaron
olvidadas al eco dulce y sonoro de la voz de Germán, y
cuando éste, en un esfuerzo pulmonar, lanzó un formi
dable do de pecho, el pecho de Eva se conmovió, sintien
do un deseo irresistible de ser dueña de aquellos robus
tos y magníficos pulmones. No se dió Estéban por ven
cido; antes bien, preparó el arco, ajustó la caja y se
dispuso á luchar con gallardía; estaba inspirado, y se
hubiera atrevido á competir con Paganini. Apénas Eva
escuchó los preludios, abandonó la sala, saliéndose á
una galería, seguida de Germán, que saboreaba su triun
fo. El padre de Eva era un desenfrenado violinista, que
despertaba á su familia al toque de violin cuando des
puntaba el alba, y por las noches dormía á su familia
al mismo toque; diez años de concierto continuo habían
hecho que Eva aborreciese los violines; nunca se hubie
ra unido á un hombre que prolongase aquel martirio, y
Estéban fué irremisiblemente desahuciado. Furioso con
su derrota, improvisó una fantasía tan satánica y ner-
284
FERNANDEZ BREMON.
viosa, que los niños rompieron á llorar, temblaron los
hombres y se desmayaron las señoras.
Cuando amaneció el dia siguiente, Estéban, que era
un buen amigo, felicitó á Germán por su victoria y no
volvió á pensar en la Eva de Germán, de cuyo desaire
le consolaron otras Evas.
Aquel suceso no turbó las buenas relaciones de los
estudiantes; por eso seguían viviendo juntos, poseyendo
los mismos objetos, y vaciando un tonel en su gran sa
lón de estudio, que les servia de museo y de taberna.
II.
Los dos jóvenes bebían y fumaban. Aquel dia era el
aniversario del famoso do de pecho, y en su memoria se
llenaban los grandes vasos de Bohemia.
Habían brindado á la salud de Eva, de sí mismos, de
las ciencias médicas, del inventor de la cerveza, y por
último, á la salud de todas las enfermedades.
La conversación, animada al principio, languidecía
poco á poco, porque la palabra no podía seguir á las
ideas; hubieran necesitado para expresarse un lenguaje
taquigráfico; cada trago de cerveza les infundía nuevos
pensamientos, y los misterios de la medicina se disipa
ban á cada paso.
— ¡Bebamos! dijo Estéban; la sabiduría absoluta re
side en la cerveza; he aprendido más en una hora de
bebida que en el estudio de esos cráneos estúpidos y de
esos libros incompletos.
EL TONEL DE CERVEZA.
285
— ¡Bebamos! respondió Germán; también tengo sed
de ciencia.
— Dame un pedazo de barro y prometo hacer un Adan
en dos minutos.
— Saca una costilla á tu Adan, y crearé la más her
mosa de las Evas.
— La cuestión, anadia Estéban, se reduce á encon
trar el barro primitivo, el cual se halla indudablemente
debajo del terreno diluviano, entre el Tigris y el Eufra
tes, donde estaba situado el Paraíso.
— Tienes razón; creemos una nueva raza de hombres
vigorosos para sustituir á nuestra generación, gastada
y enfermiza.
— ¡Imposible! dijo Estéban con acento melancólico.
¿Qué sería entónces de nuestros compañeros de estu
dio , de los empleados de hospitales y de los farmacéu
ticos? Dirian, con razón, que las enfermedades son su
patrimonio; la salud pública es un atentado contra la
propiedad de los médicos.
— Es verdad; los intereses creados impiden la re
forma.
Hubo un rato de silencio, en el cual los dos jóvenes
se sentían acometidos de ideas á cual más extrava
gante.
De pronto dijo Germán con acento cavernoso:
— ¡ Estoy perdido !
Estéban le miró con sorpresa.
— Sí, amigo mió, continuó diciendo el primero; mi
corazón ha cesado de latir hace algunos minutos.
— Está completamente borracho, pensó Estéban.
286
FERNANDEZ BREMON.
Y levantándose del asiento, se aproximó á su amigo
y puso la mano sobre su corazón una y varias veces.
Cuando la retiró después de un rato, Estéban estaba
pálido como un muerto. En efecto, el corazón de Ger
mán no se movía.
— ¿Qué me dices, amigo? preguntó éste mirando á
Estéban con ojos aterrados.
— Voy á ser franco ; aunque hablas, y tus músculos
se mueven, y funcionan tus sentidos, para mí eres un
cadáver; no hay en tu pecho el menor síntoma de vida;
tiene la rigidez de la tabla y la insensibilidad de la
piedra.
— Tus observaciones están conformes con las mias.
No he sentido la presión de tu mano, por lo que voy á
hacer una prueba decisiva.
Germán tomó una aguja de un estuche y la hundió en
su pecho, primero suavemente y después con gran fuer
za, hasta que dijo con desgarrador acento :
— No hay duda, soy un fósil; estoy petrificado; nada
siento.
A tan terribles palabras sucedió una pausa solemne.
¿En qué pensaba Germán? Pronto lo sabrémos.
En cuanto á Estéban, se entregaba á las ideas más
inmorales y egoístas; repuesto de su terror, había refle
xionado que la muerte de su amigo acaso le proporcio
naría la posesión de Eva, la cual, con esta esperanza, se
Je representaba otra vez llena de atractivo. Y la veia
mentalmente, mirándole con amor, tendiéndole la mano
y presentándole sus mejillas sonrosadas.
Hagamos justicia áEstéban; ningún mal pensamien-
EL TONEL DE CERVEZA.
287
to había cruzado por su imaginación hasta aquel mo
mento, en que los vapores de la cerveza le ofuscaban.
Pero hagamos justicia á la cerveza; al mismo tiempo
que inspiraba á Esteban tan malos propósitos, infundía
en el espíritu de Germán la idea del martirio.
Este, que había tomado un papel y escrito algunos
renglones, dijo por fin con tono conmovido, pero con
firmeza:
— Estéban, cuando su corazón deja de latir, el hom
bre muere; el estado en que me encuentro no puede du
rar mucho; pero si por un absurdo médico mi existencia
continuase, yo no sabría resignarme á vivir teniendo
una tabla en vez de pecho. Tú lo has dicho; soy un ca
dáver que va á beber contigo su último vaso de cerveza.
En esta carta declaro que voy á suicidarme en un si
tio donde jamas podrá encontrarse mi cadáver, y lo hago
para librarte de la acción de la justicia. Quiero que es
tudies en mi cuerpo el fenómeno de mi insensibilidad, y
que mi esqueleto, colocado en tu despacho, te recuerde
este pobre amigo. Cuando haya bebido el último trago,
exijo de tu amistad que me degüelles sin dolor y con
cariño, como degollarías á tu padre.
Estéban rechazó con horror la idea de Germán; pero
la imágen de Eva se le aparecía cada vez más irresisti
ble y voluptuosa. Germán suplicaba á su amigo con esa
terquedad que sólo tienen los borrachos; Estéban se re
sistía como una doncella á su primer amante; su lucha
se hubiera prolongado y hubiera triunfado la razón á no
mediar una Eva y tantos vasos de cerveza.
Todas las objeciones de Estéban eran victoriosamente
288
FERNANDEZ BKEMON.
refutadas por Germán. Aquél no podía lógicamente ne
gar á su amigo el favor de asesinarle; es decir, de hacer
por él lo que liaría el dia de mañana por el peor de sus
clientes.
La proposición fué aceptada, y se llenaron las copas
destinadas al brindis de la muerte.
Otra tentación, otro deseo diabólico, contribuían á
que el amigo se convirtiera en asesino; Estéban sentía
la atracción de lo prohibido, la curiosidad misteriosa
del crimen y un interes científico.
Preparó, pues, su escalpelo, y se chocaron por última
vez los vasos de Bohemia.
Germán llevó el vaso á sus labios, y miéntras bebía,
Estéban hundió el acero en su garganta; el cuerpo cayó,
no sin lanzar antes una mirada de dolor y de despecho.
Germán acusaba á su amigo de no haberle dejado be
ber el último trago.
— La noche ha llegado; es preciso borrar las huellas
del crimen; cerremos la ventana y mondemos el cadá
ver para cumplir la postrera voluntad de este pobre ami
go. ¡Eva será mi esposa!
Así decia Estéban colocando á Germán en la tarima
y despojándole de la ropa.
El fenómeno de la insensibilidad quedó al momento
explicado, pero de la manera más vulgar y ménos cien
tífica.
Cuando Germán se quejó de no sentir las palpitacio
nes del pecho, olvidaba en su embriaguez que entre la
levita y el chaleco tenía un gran cuaderno de música
comprado aquella misma tarde.
289
EL TONEL DE CERVEZA,
— ¡Bárbaro de mí! pensó Esteban; sin duda estába
mos borrachos cuando olvidamos que los pechos no se
reconocen por encima de la ropa.
Y empezó la disección con la seguridad de un profe
sor que trabaja haciendo eses.
III.
Habían trascurrido indudablemente algunos años.
Esteban era un médico famoso; ciegos y tullidos se
estacionaban en su puerta, y por las calles le seguían
físicos, mancos, ictéricos, lazarinos y tercianarios, pi
diéndole la salud por misericordia. Damas flaquísimas
engordaban visiblemente con el tratamiento del doctor,
que también disminuía el excesivo volúmen de las grue
sas. Se le atribuían curas admirables y operaciones atre
vidas; sus recetas se consideraban como licencias para
vivir, y los moribundos le pedían que prorogase su exis
tencia. Los chatos salían de sus casas con narices agui
leñas; convertía las bocas más anchas en boquitas, y
cicatrizaba los pulmones más llagados si su dueño los
dejaba en su despacho por unos cuantos dias. Sabía las
virtudes de que carecian los medicamentos, por lo cual
nunca propinaba remedios inútiles, y su bisturí, en vez
de causar dolores, hacia reir de gusto á los enfermos.
Llovían regalos en su casa; no bastaban arcas para
guardar el oro y la plata, y para colmo de ventura, es
taba casado con Eva, cada dia más hermosa y rozar
gante.
19
290
FERNANDEZ BREMON.
Estéban, sin embargo, no era completamente dicho
so, porque amargaban su vida tres pesares.
Uno de ellos era el recuerdo de su amigo y el temor
de revelar el crimen entre sueños; el esqueleto de Ger
mán, colocado en un mueble de ébano y cristal, era la
admiración, por su vigorosa y gallarda osamenta, de
todos los que visitaban el despacho ; más de una joven
había suspirado al verlo, pensando en el arrogante mo
zo á que debía haber pertenecido.
Algunas veces trató Estéban de relegarlo á un des
van; pero no se atrevía á faltar á la última disposición
de su amigo, temiendo que la preocupación por seme
jante falta le hiciese soñar alto. Pero su presencia le
mortificaba, sobre todo cuando Eva entraba en el des
pacho, y extraordinariamente si ésta se detenia á con
templarlo.
Creía entonces que el esqueleto iba á decir de un mo
mento á otro : «Yo fui tu prometido; yo debía ser tu
esposo.»
Pero el esqueleto era prudente y se callaba.
El segundo pesar de Estéban le producía su afición
de violinista. Si Eva le había concedido su mano, fué,
entre otras cosas, por tener un recuerdo de Germán
en su mejor amigo; pero exigió á Estéban la promesa,
consignada en escritura solemne, de no tocar el violin.
sino fuera de su casa.
Estéban era aficionado al violin; pero su gusto se
convirtió en delirio con la prohibición, y con la comple
ta imposibilidad de satisfacerlo desde que la fama le ab
sorbió todo su tiempo.
EL TONEL DE CERVEZA.
291
Un ciego apetito de tocar le martirizaba; sólo una ó
dos veces durante su matrimonio había podido alejarse
de la población con su violin y desfogarse en medio de
un camino tocando con voluptuosidad y verdadera ánsia, hasta que sus dedos se agarrotaban ó se rompía el
instrumento.
Pero el pesar más intolerable del doctor consistía en
el descubrimiento de que su mujer era coqueta; unos
diaS fijaba su vista con placer en un buen mozo que le
debía la nariz; otros miraba con demasiada frecuencia
á través de los cristales, ó tenía continuas distracciones,
ó recibía visitas á cada instante, ó escribia cartas muy
largas en pliegos muy pequeños.
Convencido de la coquetería de Eva, determinó ave
riguar si era culpable, para lo cual anunció Estéban una
mañana que pasaría aquella noche velando á un enfer
mo. Creía salir de dudas con esta estratagema, usada
desde el principio del mundo por todos los maridos re
celosos.
Llegó la noche, y cuando Estéban se despidió de su
mujer, observó con espanto que Eva se había peinado
con más esmero del que tenía por costumbre.
IV.
— Es imposible, decía Estéban en la calle.
— No hay remedio; si V. no me acompaña, mi hija
se muere sin auxilio, le decía un cliente con voz ame
nazadora.
\
292
FERNANDEZ BREMON.
Estéban le siguió despechado y entró en la alcoba de
la enferma, pensando en el peinado de Eva, y dispuesto
á salir de aquella casa acto continuo.
La joven estaba sin movimiento, víctima de una hor
rible congestión que exigia la presencia del médico du
rante toda la noche, con pocas probabilidades de buen
éxito.'
El doctor vaciló un instante, y luégo pidió papel y
tinta; escribió algunas líneas que entregó al padre de la
enferma.
Cuando el padre leyó el escrito, quedóse lívido y dejó
salir al médico.
Lo que juzgaba receta era un certificado de defunción
en toda regla.
Estéban salió de prisa, temiendo que por una reacción
milagrosa la enferma abriese los ojos.
Y.
A pesar de lo avanzado de la hora, había luz en el
aposento de Eva. La sangre de Estéban dejó de circular
y quedó aterrado.ante aquel solo indicio; luégo vió una
sombra, que no era la de Eva, proyectándose en las cor
tinas. El indicio se convertía en evidencia, y la debili
dad de Estéban se trocó en uu vigor nervioso extraordi
nario.
Abrió con sigilo la puerta de la calle y cruzó las ha
bitaciones lenta, callada y recelosamente, temiendo ha
cer ruido con el aliento, y deteniéndose asustado cada
EL TONEL DE CERVEZA
293
vez que su ropa rozaba las paredes, ó crujían sus ar
ticulaciones, ó el calzado rechinaba. Era preciso no alar
mar á los culpables, lo cual les daria tiempo para des
truir las pruebas de su falta, y era también preferible
terminar de una vez aquel asunto á puñaladas, á sopor
tar continuamente una deshonra sin venganza.
Cuando llegó á la puerta de la alcoba se hallaba fa
tigado , y debió tardar mucho en recorrer aquel camino,
porque Eva estaba ya dormida, á juzgar por su respira
ción , fuerte y pausada.
Estéban sacó una hoja de acero, que en sus manos
debía ser un arma formidable, y abrió la puerta de la
alcoba.
La luz seguía encendida; Eva no se había despertado,
y se veian dos bultos en el lecho.
El agraviado esposo tomó la luz y se adelantó hácia
los culpables; pero de pronto Estéban se detuvo, pintán
dose un gran terror en sus facciones.
Al lado de Eva estaba el esqueleto de Germán, ocu
pando el sitio que le habían usurpado.
Estéban perdió el conocimiento.
CONCLUSION.
— ¡ Despierta, Estéban! hemos dormido más de vein
te horas.
Pero Estéban oia la voz de Germán y no se atrevía á
abrir los ojos; cuando se convenció de que su amigo no
era un esqueleto, saltó del lecho, miró á todos lados, y
294
FERNANDEZ BREMON,
encontrándose en su salón, rodeado de huesos y toneles,
no pudo contener el júbilo y se arrojó en brazos de su
amigo.
— ¿Y Eva? preguntó con timidez Esteban, y respon
dió Germán:
— No la conozco.
— ¿ Luégo todo lo he soñado ?
Esteban refirió el cuento á su amigo, y éste le dijo
sonriendo:
— Lo extraño es que la conversación nuestra, sin em
bargo de tomar parte del sueño, es la que tuvimos ayer
tarde.
— ¿No brindamos por Eva? dijo Estéban.
— Sí, pero fué por la Eva del Génesis.
Los dos prorumpieron en una carcajada. Después Es
téban empezó á reflexionar, tratando inútilmente de se
parar de su imaginación lo real de lo soñado.
—No caviles en eso, dijo Germán á Estéban; sería
marcar los límites que hay entre la razón y la locura.
En aquel momento Estéban distinguió su violin, y
descolgándolo , se puso á tocar una marcha diabólica y
siniestra.
— Está es la marcha que improvisé en sueños, cuan
do Eva salió del salón para no oirme.
— Pues’ te aseguro, respondió Germán, que hizo bien
en no escucharte; si te obstinas en seguirla, me veré en
el caso de empezar mi ópera, la que me has prohibido
tocar en casa.
— Deja que concluya esta parte..... añadió Estéban
con cariño.
EL TONEL I)E CERVEZA.
295
Germán tomó otro violin y preludió una sinfonía.
— ¡Tregua! ¡Tregua! dijo el primero arrojando el ins
trumento. Y luégo, dirigiéndose Inicia donde estaba el
tonel, exclamó, alzándole entre sus brazos:
— De tu interior lia salido Eva, tonel maldito, y te
mo que aún esté oculta en tu fondo; si saliese de él otra
vez, mi amistad con Germán peligraría. Huye, enemiga
del instrumento más armónico, á refugiarte en otra ca
sa, á indisponer á otros amigos.
Y arrojó el tonel por la ventana con tal fuerza, que
al caer en tierra se deshizo.
Los últimos vapores de la borrachera hicieron ver á
Estéban entre las tablas desunidas y los aros del tonel
la figura hermosa de Eva, mirándole con coquetería y
perdiéndose al fin entre la niebla.
FIN DE EL TONEL DE CERVEZA.
( Ilustración de Madrid,
Junio de 1871.)
M IGU EL-ÁN QEL
ó
EL HOMBRE DE DOS CABEZAS.
Á MIS CARIÑOSOS AMIGOS
PEPE CABA M LLE S, JUAN JOSÉ IIERRANZ Y SANTIAGO DE LINIERS.
<S>¿ el protagon ista de-a mi cuento Henea dos1 cabezas1, salién
dose-a dc-a la regla común, ¿por* que esta dedicatoria ha dea ser*
para un solo amigo, según el uso g en er a l? ‘R o m p o , pues?, la
costumbrea, lo cual mea proporcion a el gusto dea unir*nom bres1
qu erid os1 y hoy algo separados? por* la s1 vicisitudes1 dea la vi
da, en recuerdo clea la época g rata en quca vivim os1 tan unidos1.
£vlcaso hallen algunos? exagerada la ficció n quea les1dedi
co : no calculan quea al elegir* mi asunto pudea poner* no dos1,
sino tr e s 1 cabezas1 sobrea los? hom bros1 dea mi héroca, como
los1pueblos? quea en vez dea colocar* un r e y , un gen eral ó U n
plebeyo á su cabeza, elegían un triu n v ira to : y aun estuvo d
mi arbitrio multiplicar* esas1 cabezas1 hasta el núm ero dea
siete» y dar* el poder* d ¿ M ig u e l-fln g e l, para que» constitu ye sea por* si solo un ¿M inisterio homogéneo. R ilo es? quea si he
mos? dea creer*d los1 historiadores?, ¿M iguel-¿R ng el no es1 una
creación fan tástica : han existido realmente'a hombres? y muj e r c f dea dos1 y más1 cabezas1 ( 1 ) ; y si esto dicea la h istoria
seriamente», ¿puedea rechazarsea el cuento por* absurdo, cuan
do atestiguan la posibilidad en los? ¿M useos1 dea ciencias? na
tu ra les1 tantos? fetos1 bicípites? quea vivieron algunas? horas?,
lo cual resuelvea el hecho p rin cip a l, el dea la vida? ¿N o nega
ré, á pesar* dea ello, la extravagan cia del asunto; antes? al
contrario, hea creído asi acom odar mea al gusto g en era l quea
exigca d los? au tores1, para ser* leídos?, lo anóm alo y deform e»
con preferen cia á. lo regular* y acostum brado.
(1) Véase la nota i.
M IG U E L -Á N G E L
ó
EL HOM BRE
DE
DOS CABEZAS.
.
1
Hacia las tres de la tarde, en un dia festivo, y no le
jos del Suizo, un pobre autor dramático, cuya última
comedia celebraban mucho sus amigos, pero que no
atraía gente, miraba con envidia cómo se agolpaba la
muchedumbre ante un despacho de billetes, codeán
dose para tomar vez con tal empeño, que el mismo au
tor, arrastrado por la multitud y sorprendido con la no
vedad del caso, se confundió entre el vulgo y compró
su entrada como un simple mortal. Esto, ni más ni
ménos, leían asombrados los transeúntes de la calle de
Alcalá:
« Miguel-Angel, ó el hombre de dos cabezas, cada una
de las cuales discurre, mira, oye, habla, come y bebe ais
ladamente, se exhibe por primera vez y ofrece al público
su habitación en esta casa. Precio, 4 reales. »
Semejantes líneas, colocadas de improviso ante el
público, le agolparon necesariamente á las puertas del
302
FERNANDEZ BREMON.
edificio en que residía aquel monstruo nunca visto. Un
hombre de dos cabezas era espectáculo enteramente
nuevo para tantos individuos, que apenas se daban ra
zón de tener una; así es que las gentes subían en tro
pel por la escalera que conducía á la habitación de Miguel-Angel y se detenían asombradas al contemplarle á
través de una verja, no atreviéndose á dar crédito á sus
ojos. El monstruo en tanto se paseaba por la habita
ción, alejándose ó aproximándose á la multitud, y cada
vez que se acercaba, aquélla retrocedía lentamente por
un impulso general é involuntario; los muchachos
rompían á llorar, y los recien casados retiraban de la
habitación á sus señoras, temiendo acaso la influencia
que se atribuye á la imaginación de la mujer, en deter
minadas épocas, sobre el porvenir de la familia: temor
muy natural miéntras no se hagan averiguaciones exac
tas acerca del asunto, pues la verdad es que la mayoría
de los concurrentes, al examinar las dos cabezas de Miguel-Angel achacaban aquella deformidad á un antojo
de su madre, si bien extrañaban que una de las cabezas
no fuera de cabrito ó jabalí, tomada al vuelo por la
imaginación al pasar junto al escaparate de una fonda.
Ello es que los antojos pueden dar resultados funestos:
figurémonos que la idea de la fecundidad se fija en la
mente de una señora encinta: ¿qué expectativa tan
cruel la del esposo, si recuerda que autores graves y antiguos citan el caso de la célebre condesa de Holanda,
que en una sola ocasión dio á luz 366 hembras y varo
nes? Asombra cómo la buena señora tuvo caderas para
sufrirlo, ni paciencia el Conde al verse tan multiplica-
EL HOMBRE DE DOS CABEZAS.
303
do: sin duda en aquel apuro hubieron de habilitarse pa
ra nodrizas hasta el jefe de la guardia y el capellán del
Castillo, y el Conde y la servidumbre caerían de rodi
llas pidiendo á Dios que cortase aquel escape de hi
jos que atribuirían á la gran imaginación de la Con
desa.
Y no hemos de culpar exclusivamente á los antiguos
por una preocupación , si lo es en realidad , de que par
ticipan aún sabios modernos: todavía se respetan con
escrúpulo los antojos de las damas : conozco á un mari
do que hubo de comprar una berlina á su señora, te
miendo que ésta diera á luz un niño que, en vez de
piernas y brazos, tuviese cuatro ruedas; y sede otro
que negó ciertas alhajas á su esposa, por ver si salia su
hijo al mundo con un aderezo de brillantes. No es ex
traño <pie las gentes atribuyesen la deformidad de Mi
guel-Angel á un capricho de su madre y se preguntasen
unas á otras en qué pensaría la buena mujer cuando
produjo tal engendro.
Y eran injustas con el monstruo; pues si bien sus dos
cabezas le daban cierta apariencia repulsiva, como á
todo lo que se desvia de lo natural, y á alguna distan
cia hacían el efecto de una sola dividida en dos por un
hachazo, y cuyas mitades se unían y separaban por mo
vimientos propios, el cuerpo, considerado en su con
junto , era el de un atleta: sus hombros estaban en pro
porción con su saliente pecho, y su ancha cintura era,
en relación con los hombros , muy estrecha: sus robus
tas piernas terminaban en gruesos piés, que separaba
aún al andar, como los marinos, sin duda para mante-
304
FERNANDEZ BREMON.
ner mejor el equilibrio de su cuerpo, modificado á cada
instante por la movilidad de las cabezas, por un acto
maquinal de contrapeso. Yestia un traje de punto se
mejante al (pie usan los volatineros, para que el públi
co pudiese juzgar de su formidable musculatura, la cual
era irreprochable. En cada una de sus cabezas llevaba
un gorro de igual forma, pero de diverso'color, lo cual
indicaba que el sombrerero de Miguel-Angel tenía en él
dos parroquianos.
Cuando cruzado de brazos contemplaba á la concur
rencia, parecía la estatua de un dios egipcio ejecutada
por un artista griego, ó una modificación de Jano en
traje de toda confianza. En su forma y tamaño ambas
cabezas eran tan parecidas y simétricas como los dos
brazos de un cuerpo; pero el color de sus ojos y cabe
llos, la expresión de sus miradas y el gesto peculiar á
cada lina, las liacian muy diferentes. La fisonomía de la
que ocupaba la derecha era varonil, tenía ojos insolen
tes , bigote negro y retorcido; de su boca salían acen
tos vigorosos, frases vivas y lacónicas. La cara de la
izquierda era más correcta y aniñada, sin bozo apénas
sobre los labios, de azules ojos y cabello rubio, voz dul
ce y simpática; la primera indicaba valor y altanería; la
segunda, meditación y reposo; conjunto moral absurdo,
unido solamente por lazos materiales.
So /S murmullos revelaban la impaciencia de la
parte de público que, por la plenitud de la sala, tardaba
en ver á Miguel-Angel; un clamoreo extraordinario se
elevaba cada vez que nuevas oleadas de gente venían á
renovar la concurrencia. La cara derecha del monstruo
305
EL HOMBRE DE DOS CABEZAS.
unas veces sonreía y á veces daba evidentes muestras
de disgusto; la otra permanecía distraída y marchaba
como quien se deja llevar en brazos.
— ¿Sabes, Angel, dijo al fin la primera, volviéndose
hacia la cabeza izquierda, que algunos de los que nos
miran harían bien en exhibirse ? Quisiera que me expli
case el Doctor Trigémino dónde acaban los monstruos
y empiezan las personas regulares.
Una carcajada unánime celebró la irrespetuosa ocur
rencia del monstruo, y los espectadores se examinaron
unos á otros con curiosidad, sin darse por aludidos ni
Aun los ménos agraciados.
— Te aseguro, Miguel, que estaba preocupado en co
sas muy distintas.
Una algazara descomunal acogió la contestación de
la segunda cabeza, no por lo que había dicho, sino por
el distinto timbre de la voz y la novedad de aquella
conversación sostenida por un solo individuo. Roto el
silencio, se oyeron entre el público frases sueltas, diá
logos, exclamaciones y chauzonetas más ó ménos inge
niosas.
— ¿Lo ves? Tienen dos nombres: uno se llama Mi
guel y el otro A n gel, decía una señora á su marido.
— Esa no es razón: yo me llamo Juan Antonio y soy
un hombre sólo.
— Pero si tuvieras dos cabezas.....
— Me ahorraría secretario, cantaría dúos, comería á
cuatro carrillos, y no nos haría falta tu primo para nues
tra partida de tresillo.
En otro grupo exclamaba un diputado:
20
306
FERNANDEZ BREMON.
— Este elector, ¿tendrá dos votos?
— Si es ministerial, no hay duda, contestó un alcal
de: siendo de oposición, el caso es discutible.
— ¡Eli, Sr. Miguel! ¿Quiere Y. un polvo? decía un
individuo presentando su tabaquera al monstruo.
— ¡Papá! se expone A7, á que le insulten, decía una
señorita al de la tabaquera.
— Hija, déjame averiguar lo que hace la cabeza de la
izquierda cuando estornuda la contraria.
— Eso no tiene qué averiguar: cuando una-estornude,
t
la otra dirá ¡Jesús!
Gracias á la amabilidad de Miguel, y acaso á los lin
dos ojos de la niña, se pudo hacer la prueba: Miguel es
tornudó dos ó tres veces, miéntras su compañero sufría
una especie de hipo y le suplicaba que no tomase más
tabaco.
Uno de los espectadores, animado por el ejemplo,
presentó también su petaca que sólo contenia dos cigar
ros. Las dos cabezas saludaron, y cada una de las manos
tomó un puro. El fumador, contrariado, dijo entre dien
tes, al ver que con un mismo fósforo encendían sus dos
cigarros á la vez:
— Si todos los fumadores tuviéramos dos bocas, la
renta duplicaría. Contando, añadió, con que los admi
nistradores tuvieran una sola.
— Me ha mirado el de la derecha, decía una mucha
cha á otra.
— Y á mí el de la izquierda, respondía su compa
ñera.
— Pero dicen que sólo tiene un corazón.
EL HOMBRE DE DOS CABEZAS.
307
— Y con un hombre así no puede haber secretos.
Las dos muchachas se alejaron riendo, y en tanto un
niño de cinco á seis años preguntaba señalando á Miguel-Angel:
— Mamá, ¿cuál de las dos cabezas es la suya?
Una campanada anunció que las horas de exhibición
habían terminado. E l público desalojó el local con pena,
y sólo quedó el autor dramático, el cual, acercándose á
Miguel-Angel, le rogó que le escuchase.
— Mañana tendré un lleno completo, decía poco des
pués el poeta bajando precipitadamente la escalera. Sa
lió á la calle, y derribando transeúntes, llegó á la con
taduría del teatro.
— Es preciso, dijo allí, poner esta nota con letra
grande en los carteles :
E l hombre de dos cabezas honrara con su presen
cia LA FUNCION.
II.
Veintiséis años ántes de ocurrir la escena referida, la
partera de un pueblo no lejano de la córte, vista la in
eficacia de su ciencia para auxiliar en un trance difícil
áuna de sus favorecedoras, hizo llamar al cirujano, con
harto sentimiento por proporcionar un triunfo á su ri
val. El profesor entró radiante en la alcoba de la enfer
ma, sin dignarse mirar á la humillada comadre, de la
cual hablaba siempre en rencoroso diminutivo, llamán
dola entre sus convecinos comadreja.
308
FERNANDEZ BREMON.
Una hora más tarde, agotados inútilmente los recur
sos de la obstetricia, el cirujano pidió el auxilio del mé
dico con toda urgencia. La partera misma, gozosa con
el fracaso de su rival, corrió en busca del facultativo,
partidario del sistema expectante, por pereza natural ó
por mala voluntad al boticario; el médico almorzó tran
quilamente confiando en la naturaleza, leyó un artículo
de La Postdata, y se encaminó muy despacio liácia la
casa de la vecina, adonde llegó cinco minutos después
de su fallecimiento, quedando irresponsable de la catás
trofe, que se atribuyeron mutuamente el cirujano y la
comadre.
Hecha la operación cesárea, los parientes y vecinos
de la difunta se hicieron cruces al ver envuelta en un
lienzo, y llorando en dos tonos, una criatura de dos ca
bezas, cuyo robusto cuerpo y extraordinario desarrollo
rehabilitó á los desgraciados profesores. Inútilmente se
buscó nodriza para el monstruo, pues ninguna se deter
minaba á ser absorbida por aquellas dos bocas, ni á
criar una sola de las cabezas. En tal apuro, el médico
consultaba con mucha calma sus autores favoritos,
miéntras el cirujano, asegurando que no podía vivir
aquel sér imperfecto, proponía sumergirle en espíritu de
vino y enviarle al Museo de Madrid.
Los gritos de la criatura fueron tales, que determi
naron al médico á tomar una resolución. Habia leído
en una obra de Frank, entonces muy en boga, que
cuando es preciso criar á los niños con leche de anima
les, debe elegirse la de aquellos cuyas inclinaciones cor
rijan el temperamento y las condiciones de las criatu-
EL HOMBRE DE DOS CABEZAS.
309
ras, por lo que Ballexarde recomienda la leche de ca
bras á los pueblos del Norte, y á los italianos la de va
cas. En vista de esto y la impaciencia con que pedia
el monstruo su alimento, determinó el médico criarle
con leche de burra, animal sosegado y cachazudo. Le
hizo, sin embargo, desistir de su propósito una nota
que encontró en el mismo volumen, en la cual se ase
gura que esta clase de lactancia influye en las costum
bres futuras de los niños, citándose el caso de un señor
muy juicioso criado por una cabra, el cual saltaba y
brincaba cada vez que se hallaba solo. El facultativo
mandó retirar la pollina que había hecho traer para no
driza, temiendo que el niño cocease en la escuela á sus
maestros, mereciese por su desaplicación las tradicio
nales orejas de asno ó diese en comer los asientos de las
sillas; y encargó á la comadre que alimentase al mons
truo como pudiera, lo que equivalía á fiar su nutrición á
la naturaleza.
Contra la previsión del cirujano, el niño prosperó rá
pidamente , y sólo fue tardío para andar y lento para
correr, haciéndose respetar entre sus camaradas, gra
cias á sus poderosos puños, que de un golpe derribaban
á un muchacho. La gente del pueblo, á quien su venida
al mundo habia escandalizado, se acostumbró por fin á
verle; el maestro de escuela le facilitó la primera edu
cación mediante dobles honorarios; el barbero sonreia
cada vez que le encargaban cortarle el pelo, y sólo se
consideraba perjudicado el zapatero, que hubiera pre
ferido para su parroquiano cuatro piés á aquellas dos
cabezas.
310
FERNANDEZ BREMON.
Miguel-Angel, horror del vecindario en un principio,
ué luégo para el pueblo título de orgullo, pues no ha
biendo allí ningún edificio histórico, ni una iglesia nota
ble, ni un monton de piedras grandes que atribuir á los
celtas, para enseñar á los forasteros, Miguel-Angel era
presentado como la curiosidad del pueblo, y por cierto
que no hubieran producido mayor impresión en los recien
llegados ni la gruta de Fingal ni las pirámides de Egip
to. Esto daba á Miguel-Augel una importancia y supe
rioridad que envidiaban los demas muchachos, muchos
de los cuales hubieran dado cualquier cosa por ser
monstruos.
Pronto hicieron los vecinos del pueblo distinción de
los dos individuos que componían el monstruo, descom
poniendo su nombre y llamando Miguel á la cabeza de
la derecha, y Angel al muchacho representado por la iz
quierda, determinando con el nombre de Miguel-Angel
al grupo formado por los dos. Contribuía á la distinción
la semejanza de uno con la fisonomía de su padre y la
del otro con el escribano del Juzgado, así como la di
ferencia de caracteres. Mientras Miguel, ó sea el que
ocupaba la derecha, tenía gran iniciativa física y era el
principal dueño del cuerpo, á quien su voluntad daba
movimiento, Angel, perezoso é indolente, seguía mecá
nicamente sus impulsos. Con este sistema, fortalecido
por la costumbre, la armonía era perfecta; alguna vez,
muy de tarde en tarde, un suceso alteraba las buenas
relaciones del grupo, y entonces solia empeñarse una lu
cha rápida, cruel y extraordinaria; ambas bocas se diri
gían improperios; las manos golpeaban alternativamen-
EL HOMBRE DE DOS CABEZAS.
311
te los dos rostros, pero especialmente el de Angel; el
-cuerpo se tambaleaba y caia por el suelo, rompiendo en
una convulsión, como si dos juegos de nervios ó dos fuer
zas contrarias luchasen entre sí en todos los músculos
del cuerpo; el cansancio, agotadas las fuerzas, producía
el sueño; tras‘el sueño venía la concordia.
Angel, aunque carecía de actividad, tenía, por decir
lo así, la dirección moral del cuerpo, como más meditador y aplicado; reinaba, y Miguel era el poder ejecuti
vo ; éste, á vivir aislado, no hubiera hecho gran progreso
en sus estudios; pero tenía que aprenderse las lecciones
para no ser gravoso al pobre Angel, porque el maestro
no podía hacer distinción de individuos al aplicar ciertos
castigos; más de una vez sucedió que sabiéndose Angel
la lección, tuvo que sufrir los azotes dirigidos á su
hermano; es verdad que el maestro, para conciliario
todo, recurrió al medio ingenioso de colocar una corona
de laurel en la cabeza de Angel miéntras duraba la azo
taina, pero los quejidos de éste demostraban que la
honra de ser coronado no compensaba el dolor de los
azotes.
A los quince años Miguel-Angel era el asombro de
toda la comarca: disparaba á un tiempo dos pistolas in
troduciendo las dos balas en un mismo agujero; en las
funciones de iglesia servia de tenor y de soprano; escri
bía á la vez dos cartas diferentes, y podía simultánea
mente rezar un credo y resolver una charada. Su dualis
mo, reconocido por el público, le permitía sin sorpresa
de nadie llevar un bastón en cada mano, tomar dos ve
las en los entierros, hablar en voz alta consigo mismo,
312
FERNANDEZ BREMON.
y hacer un favor y un disfavor á una persona, sonriendo
con una cara y haciendo con la otra su mueca más bur
lona. Podía estar á un tiempo triste y alegre, hablador
y callado, impertinente y comedido, y sucedió muchas
veces que miéntras Miguel paseaba, Angel iba roncando
por la calle.
Todas estas ventajas habían dado á Miguel-Angel
gran idea de sí mismo, pero una conversación que tuvo
con su padre desvaneció sus ilusiones.
Roque Bieldo, traficante en granos, era el padre de la
criatura: antes de la muerte de su mujer pasaba en el
pueblo la mayor parte del año. Al regresar de una de
sus excursiones le anunciaron qué había quedado viudo,
noticia que oyó con la mayor resignación; pero cuando
se acercó á la cuna de su hijo, de quien nadie se había
atrevido á hablarle, y vió dos cabecitas descansando so
la almohada, lleno de júbilo alzó las sábanas para es
trechar uno por uno á entrambos angelitos.
—¿Por qué han fajado juntos á estos niños? dijo lleno
de sorpresa al encontrarse con un solo envoltorio.
—Porque no tienen nada más que un cuerpo, responpondió tímidamente la comadre.
—¿Qué dice usted?
—Que aunque parecen dos niños, son uno solo.
—Señora: estoy viendo dos cabezas....
Y Bieldo desenvolvió temblando los pañales: cuando
se convenció de la triste realidad, dijo á la comadre
consternado.
—Tape Y ., tape Y. ese fenómeno y encárguese de él,
para lo cual le remitiré lo necesario.
EL HOMBRE DE DOS CABELAS.
313
Desde aquel dia Roque vivió fuera del pueblo, al cual
sólo visitaba dos ó tres veces al año, á horas en que es
tuviesen dormidos los vecinos; las gentes aseguraban
que se escondía avergonzado de su obra. Durante algún
tiempo abrigó la esperanza de que la naturaleza resol
viese una de las cabezas, como se resuelve un lobanillo;
pero al ver que esto no sucedía, y que el niño iba á ser
hombre, se decidió á hablarle por primera vez y darle
un buen consejo.
—Hijo mió, le dijo sin preámbulos ; en este pueblo no
tienes porvenir, y si vas á la córte tal como estás, corres
el riesgo de ser apedreado. Para aspirar á una carrera,
necesitas resignarte á una operación indispensable. Eli
ge la cabeza que conozcas que te sobra, y haré venir al
operador más hábil para que la extirpe; y no tengas re
celo, que hoy se abre el cuerpo humano sin dolor mien
tras está dormido, se trasiega la sangre de un cuerpo á
otro, y se sacan y vuelven á meter las entrañas como
quien pone y quita lana en una funda.
Miéntras Roque hablaba así, temblaba todo el cuerpo
de Miguel-Angel, y cada una de las cabezas temia ser
segada de su hombro.
—Padre mió, dijo Angel tímidamente. Usted no re
para que somos dos sus hijos, y que esa operación pro
duciría la muerte de uno de nosotros.
Miguel no quiso callarse, temiendo que el silencio le
costase la cabeza.
—¿No sería más fácil, añadió, ó por lo ménos útil,
(pie en vez de quitarnos la cabeza sobrante, nos añadie
ran el cuerpo que nos falta?
314
FERNANDEZ BREMON.
—Eso es imposible, respondió Roque suspirandoel
arte de cortar lia adelantado mucho, pero en lo que toca
á añadir, no hay quien sepa hacer crecer un solo dedo.
No quiero molestaros, pues veo que discurrís bien y sois
dos en efecto: os enviaré libros y periódicos para que
sepáis lo que es el mundo.
Esta conversación dió á Miguel-Angel la idea de su
deformidad. Se retrajo del trato de las gentes, dedicán
dose á la lectura. El retraimiento, disminuyendo la fa
miliaridad de los vecinos, aumentó su importancia de
tal modo, que sabiendo aquellos su gran aplicación, tu
vieron vla idea de nombrarle diputado á Cortes, calculan- .
do lo que podría brillar en el Congreso un diputado con
dos lenguas.
Por desgracia, ambas cabezas no estaban conformes
en política; Miguel era corresponsal de La Discusión,
periódico republicano, y Angel se carteaba con D. Vi
cente La-Hoz, director de La Esperanza: para mayor
desgracia aún, ya se había Miguel-Angel declarado
monstruo oficialmente cuaudo la alianza de republica
nos y carlistas pudo haber asegurado su elección en el
distrito. La causa de exhibirse fué debida al entusiasmo
de un médico famoso y á la necesidad de recorrer el
mundo sin causar escándalo y sin que se juzgase atre
vimiento su entrada en la sociedad. Elegido diputado,
acaso la indignación pública le arrojaría de las Cortes,
aunque las leyes no prohíben que el país esté represen
tado por un monstruo. Introduciéndose en el mundo de
una manera modesta, podía aspirar á todo, quizás al
matrimonio, acaso á la presidencia del Congreso.
EL HOMBRE DE DOS CABEZAS.
315
Roque Bieldo, buscando siempre remedios para la de
formidad de su lujo, liabia consultado al Dr. Trigémino,
sabio especialista, cuyo gabinete de Teratología era el
más rico en deformidades y anomalías que se conocía en
toda Europa. Apenas supo el Doctor la existencia de
aquel monstruo soberbio, tomó el camino del pueblo, y
no pudo menos de arrojarse en brazos de Miguel-Angel,
besando con efusión ambas cabezas.
Cuatro dias duraron sus experimentos en aquel cuer
po, interrumpidos á cada instante con frases de admira
ción.—¿Y á esto llaman un monstruo?—repetía auscul
tando su pecho ó comparando las proporciones de sus
piernas y brazos.—¡Tiene la sensibilidad de una dama!
—exclamaba al oir los gritos de dolor de Miguel-Angel
cuando le picaba la piel con una aguja; y sonreía ante
un descubrimiento ó apretaba convulsivamente el bistu
rí cada vez que se le ofrecía alguna duda, como querien
do aclararla acto continuo en el cadáver. Miguel-An
gel temió más de una vez ser hecho pedazos para que
quedasen en descubierto la tráquea ó los pulmones : por
fin, el cruel Trigémino le dejó, aunque prometiendo con
tinuar sus estudios y escribir un volumen en su elogio.
—¿Y cuánto tiempo piensa Y. dedicar á nuestro crá
neo? le preguntó Miguel cuando se despedia.
—Mi vida no será bastante para concluirlo, contestó
el sabio alejándose: pensaré, soñaré con Y. y le estudia
ré constantemente.
316
FERNANDEZ BREMON.
III.
El gabinete teratológico del Dr. Trigémino era un
extravagante y rico museo en que sólo se admitía lo ir
regular y lo deforme. Columnas vertebrales en forma
de S; cráneos humanos de hechura de calabazas; fetos
sin cabeza; cabezas nacidas sin cuerpo; tibias arquea
das; cráneos de animales que parecían arrancados del
esqueleto de un filósofo, y ejemplares de todas las de
formidades y anomalías á que la ciencia concede un nom
bre griego: por una extraña coincidencia, debida al uso,
en aquel gabinete hasta las sillas eran cojas. Había en
las paredes huesos absurdos colocados á manera de pa
noplias, aves zancudas que tropezaban con el techo, y
culebras extrañas enroscadas como los serpentones de
las murgas. Frascos rotulados contenían, en alcohol,
embriones de seres imperfectos, que parecían habitan
tes de otros mundos, llegados al nuestro por haberse
equivocado de planeta, ó caprichos de Goya copiados al
natural en carne y hueso. Era la exageración de lo real
coincidiendo con la exageración de lo fantástico.
— Es indudable, decía el Dr. Trigémino, examinan
do las fotografías. Miguel-Angel es el tipo de una nue
va especie. Los seres imperfectos que hay en mi colec
ción no son productos inútiles de la naturaleza, sino
ensayos que hace y tacha, intentando nuevas creacio
nes. Tienen razón los geólogos: hay en la formación de
las especies «un desarrollo gradual, una progresión de
lo simple á lo compuesto, una serie ascendente de sis-
EL HOMBRE I)E DOS CABEZAS.
317
temas vivientes cada vez más complicados ó perfec
tos» (1). Hubo un tiempo en que el rey de la creación
era el molusco; después reinaron alternativamente to
dos los animales, y el hombre llegó al bu, después del
reinado frívolo del mono. Miguel-Angel es un nuevo
peldaño en la escala geológica, el primer representante
de la nueva dinastía; si no se ha adelantado á la época
en que ésta debía aparecer sobre la tierra, es el Adan
de su linaje; en cuyo caso, es de toda precisión dar una
Eva al patriarca de los hombres dobles: dichosa la ma
dre de esas nobles criaturas que han de dominar nues
tro planeta.
Y el docto naturalista cayó en una meditación geológico-fantástica, en que vió la tierra poblada de hom
bres dobles, triples y aun múltiples, que lucían sobre
sus hombros tupidos ramilletes de cabezas.
Cuando Trigémino volvió en sí, su hija Perfecta exa
minaba con atención las dos fotografías, que eran los
retratos separados de Miguel y de Angel. Los sabios
amoldan con facilidad todo lo real á sus sistemas pu
ramente imaginarios. Convencido de que Miguel-Angel
era una criatura superior, había concebido por cariño
paternal el ambicioso proyecto de convertirle en yerno
suyo. No podiendo tener la honra que envidiaba á Ho
que Bieldo, de ser el padre de los hombres policéfalos,
quería ser por lo ménos el abuelo. Pero no atrevién
dose á aventurar de un golpe la realización de sus pla
nes, mostrando de repente á Miguel-Angel, ideó una
(1) J. P izzetta, El Mundo ántes del Diluvio.
318
FERNANDEZ BREMON.
manera prudente de presentársele á su hija por entre
gas, como hacen los editores de novelas monstruosas.
De aquel modo, en vez de contemplar un grupo extra
ño , recibiría la impresión que lógicamente debían pro
ducir dos retratos tan interesantes en la imaginación de
una niña obligada á vivir entre monstruos.
— Le gustan los dos, decía para sí Trigémino, obser
vando á su hija, y vacila en la elección. ¡Qué sorpresa la
suya, si supiera que una niña regular puede ya tener
dos novios sin escándalo!
—.Guarda en tu álbum esas tarjetas; añadió en voz
alta; ahí estarán mejor que en mis colecciones.
— ¿Quién lo duda? respondió vivamente Perfecta;
sería una ofensa colocarlos entre esas fealdades.
-H ija , nada es feo en absoluto. Los egipcios repre
sentaban á sus dioses en formas que hoy parecerían gro
tescas: solian poner á Osiris cabeza de Lobo: en el ab
domen de Hericton nacía una serpiente: la Esfinge era
un león con cabeza de mujer. Yo veo en esa tendencia
de los pueblos antiguos, de los cuentos y de los sueños
á modificar la forma humana un presentimiento de que
se ha de reformar, y han de nacer hombres y mujeres
más perfectos; acaso con dos ó más cabezas....
— ¡ Já,já!
— ¿Te ríes de mi idea?
— No, me rio del mucho tiempo que emplearían las
mujeres en peinarse.
— Loca, loca; tienes poco juicio y esto me preocupa
por la suerte futura de mi Museo; voy siendo viejo y no
piensas en tomar estado....
EL HOMBRE DE DOS CABEZAS.
319
— ¿Quiere V. que elija entre los sabios amigos de us
ted que sólo tienen algunos dias de vida?
— Nada de eso; quiero un hombre que tenga doble
vida si es posible.
— Sólo vienen, ademas, a esta casa los clientes de us
ted, que cada uno tiene en su cuerpo una rareza. Ya es
un hombre con diez dedos en cada mano....
— Un polidáctylo, en efecto.
— Otro con el labio partido....
— Que llamamos labio de liebre.
—Y otro con un bulto enorme en la cabeza....
— Hernia cerebral ó encefalocelia.
— Y luégo únicamente visitamos el Museo de Histo
ria Natural, el Botánico y los leones del Retiro; sólo es
tamos cumplidos con las fieras.
— Pues bien; hoy estoy contento, y mi cariño hácia
tí se ha duplicado; irémos al teatro; ¿ no hay anunciada
alguna función monstruo ?
Trigémino tomó el sombrero y salió á la calle muy
alegre, y miéntras su hija repasaba las fotografías de
aquellos jóvenes tan diferentes y tan bellos , el Doctor,
continuando sus fantasías, llegaba de una en otra á un
mundo ideal en que los maridos tenían alas y las muje
res raíces que las clavaban en el suelo de sus casas.
IV.
El teatro estaba lleno de gente, pero sólo atendían á
la función el doctor Trigémino y su hija, que, por no
perder el dinero gastado en el teatro, hacían esfuerzos
320
FERNANDEZ BREMON.
<le voluntad para que les gustase la comedia. Encima
de su palco había uno vacío, al cual se dirigían todas
las miradas, y en el de enfrente, un caballero muy cum
plido y servicial, contribuía cortesmente al aburrimien
to de una dama.
— Tengo ganas de conocer al hombre doble; dijo ésta.
— ¡A y, Blanca! contestó aquél; al oir á Y ., lamento
ser un hombre tan sencillo. Quisiera ser Eug ó Cbang,
es decir, uno de los hermanos siameses.
— ¿Es verdad, Carrillo, que se casaron en NuevaYork con dos hermanas?
— No lo sé de cierto; pero ese matrimonio debió em
pezar por una separación para no herir las convenien
cias. No siempre han de ser criticables los matrimonios
desunidos.
Un gran murmullo interrumpió en aquel instante la
representación; muchas personas se levantaron de su
asiento, y sonó un aplauso estrepitoso al ver á MiguelAngel de pié en su palco y saludando simétricamente al
público con sus dos hermosísimas cabezas.
— ¡ Que salga! ¡ Que salga! gritaban los espectadores
que desde su localidad no podían ver al monstruo.
E l autor de la comedia creyó que el numeroso públi
co reunido aquella noche hacía ya justicia á su talento,
y se presentó en el escenario haciendo cortesías.
— ¡ No es á V . ! gritó una voz en las galerías.
— ¡Fuera! ¡Fuera! repitió el pueblo con saña.
Aterrado y descompuesto retrocedió el poeta sin acer
tar con la salida.
— ¡ Que se mete V. por un espejo!
321
EL HOMBRE DE DOS CABEZAS,
El autor encontró al fin una ventana, y se arrojó.
— ¡ Que salga M iguel-Angel! vociferó la multitud.
— ¡Sí, que le veamos todos!
La confusión era espantosa.
— ¡ Es hermosísimo! decía Blanca entusiasmada. ¿ Y
cree V. que ese hombre ame á una mujer sola?
— No me parece lo probable, contestaba Carrillo: lo
ménos que se le puede conceder es un amor distinto por
cabeza.
Trigémino y Perfecta, que no sabían la causa de
aquel horrible estruendo, hallaron la explicación vien
do á Miguel-Angel salir al escenario entre bravos y pal
madas. El Doctor le saludó con entusiasmo, y la niña,
al reconocer en aquel monstruo los dos rostros que ha
bía admirado separadamente, quedó aturdida, como la
mujer que tiene dos amantes y por primera vez los ve
del brazo. Los examinó con espanto mezclado de ale
gría. Después.... se acostumbró.
El estruendo proseguía, y la curiosidad era tanta,
que una parte del público saltó á las tablas, y el esce
nario se cubrió de gente en un instante. El vocerío era
insufrible, y grandes las protestas de los que no podían
ver á M iguel-Angel, que se encontraba oprimido y so
focado. Por fin hizo un esfuerzo, la muchedumbre re
trocedió, y dejó desierto el escenario. En medio de él se
erguia Miguel-Angel, sosteniendo en sus brazos á uno
de los curiosos, á quien depositó suavemente en uno de
los palcos inmediatos.
Aquel alarde de fuerza fué acogido con exclamaciones
entusiastas. Aplaudía hasta Perfecta.
21
322
FERNANDEZ BREMON.
— ¡Que hable, que hable Miguel-Angel ! gritaba sin
cesar la concurrencia.
—Habla tú primero, dijo Miguel á su hermano en
voz muy baja.
• — Como quieras, respondió Angel; el público parece
preparado en nuestro favor, y aplaudirá cuantos dispa
rates le digamos.
Y adelantándose hácia la orquesta, reclamó la aten
ción del auditorio. Este enmudeció esperando un duo de
discursos. Miguel-Angel se había captado el respeto del
público; sólo faltaba obtener su simpatía. Angel dijo
con su acento más suave :
— ¡Oh, señores ! ¿Cómo agradecer tal acogida? Creía
mos ser recibidos con desden, y nos prodigáis vuestros
aplausos : temimos el aislamiento de quien se »exhibe
como una curiosidad, y nos convidáis á vivir socialmen
te con vosotros. Nuestra doble naturaleza nos impone
dobles sacrificios y deberes. Cedemos, pues, á los pobres
las cantidades recaudadas al exhibirnos, lo que hicimos
solamente para ejercer la caridad.
El público, que le había escuchado con asombro é in
teres , aplaudió con frenesí.
— Acepten nuestro concurso las asociaciones carita
tivas. Renunciamos por un mes á la libertad, declarán
donos esclavos de los pobres y propiedad de la Benefi
cencia.
Y los aplausos redoblaron : Miguel, electrizado tam
bién con la ovación, reclamó su atención con la mano
derecha, y dijo con acento vigoroso:
— Mi hermano olvida que también nos debemos á la
EL HOMRRE DE DOS CABEZAS.
323
ciencia: vengan los sabios y estudien nuestra singular
conformación, para que contribuyamos al progreso.
Soportarémos pruebas y dolores: renunciamos, ademas,
para el dia de nuestra muerte al descanso del sepulcro,
y cedemos nuestro esqueleto al Museo de Ciencias na
turales.
La ovación se multiplicó si era posible. Trigémino
lloraba.
— Hoy que nacemos á la vida del ciudadano, nuestro
júbilo es inmenso, añadió Angel: ¿cómo no, si tene
mos dos cerebros que conciben doblemente la idea de
la patria ?
— Si España nos necesita, interrumpió Miguel, ten
drá en nosotros dos voces para victorearla á un mismo
tiempo; dos soldados en un solo uniforme, y saldrémos
al campo con un fusil en cada mano.
La emoción del auditorio era inmensa, y Angel aña
dió :
—.Solo sentimos no tener dos vidas para sacrificar
las
Miguel-Angel no pudo concluir. Mil voces abogaron la
suya, y el público se precipitó á la escena para abrazarle.
— ¡ Llevémosle en triunfo ! ¡ Viva Miguel-Angel !
¡Traigan antorchas! gritaba el pueblo enronquecido.
— ¡Carrillo ! ¡ Carrillo! decía Blanca, quiero que ma
ñana mismo presente V. en mi casa á Miguel-Angel,
ántes de que se le dispute todo el mundo.
— Está bien; haga Y. que añadan dos cubiertos.
— Ese hombre me hace falta, decía Trigémino á su
hija.
FERNANDEZ BREMON.
— Sí, papá, respondía ésta con un entusiasmo cientí
fico que hasta entonces no había demostrado : es preciso
aumentar la colección.
La muchedumbre entre tanto acompañaba triunfal
mente á su casa á Miguel-Angel, penetrando hasta su
habitación : el calor de la sala, la debilidad y la fatiga,
produjeron el desmayo de Angel, cuya cabeza cayó pe
sadamente liácia delante, obligando á Miguel á volver
la suya atras.
— ¡ Agua y aire! gritó éste con angustia : si no que
damos solos y no me dejan respirar á mis anchas, va
mos á caer los dos al suelo.
Ante aquella intimación las gentes se retiraron, si
bien quedaron muchas observando por las rendijas de la
puerta. Miguel abrió la vidriera é hizo respirar á su her
mano el aire frió de la noche.
— Ya me siento bien, dijo Angel respirando con de
leite.
— Yo no, respondió Miguel estornudando.
— Pues retirémonos del balcón , porque no tengo ga
na de sudar tu resfriado.
— Todo puede conciliarse.
Los últimos curiosos contemplaban poco después en
el balcón á Miguel-Angel, con la cabeza izquierda des
cubierta y la otra envuelta en un tapabocas y cubierta
con un gorro.
EL HOMBRE DE DOS CABEZAS.
325
y.
Al dia siguiente los periódicos hablaban con entusias
mo de Miguel-Angel : los de oposición censuraban al
Gobierno por no haberle colocado, aprovechando su apti
tud para desempeñar dos destinos con un sueldo: los
ministeriales celebraban la aparición de aquel español
notable, que hubiera permanecido en su aldea á no
atraerle hácia la córte el bienestar que daba al país un
Gobierno popular y tolerante. Desde muy temprano se
llenó su casa de gente : Carrillo le comprometió á comer
en casa de Blanca : se presentaron en seguida várias
huérfanas y viudas, algunos artistas desgraciados, mu
chos padres de familia y un número considerable de ce
santes recordando á Miguel-Angel sus ofrecimientos
filantrópicos : al hacer la vigésima limosna, ambos her
manos suspiraron.
— Desengáñate, Angel, dijo M iguel: no se puede abu
sar ni aun de las virtudes.
•
— Ahora es cuando empiezan á ser caridad nuestras
limosnas, pues nos cuesta trabajo hacerlas, respondió
Angel.
— Me he convencido de que no tiene remedio el pau
perismo, repuso M iguel: cada socorro, en vez de dismi
nuir los pobres, creo que los multiplica.
— Se exponen Y V . á llevar muchos petardos, decía la
presidenta de una sociedad benéfica: no hay más pobres
que los nuestros: hombre habrá que les haya pedido
cuatro ó cinco veces en trajes diferentes: conozco á un
326
FERNANDEZ BREMON.
capitalista que por no tocar á sus millones sale de noche
á pedir por esas calles.
Un taquígrafo se habia instalado en la casa para re
coger todas las palabras de Miguel-Angel : dos ó tres
veces tuvo éste que sufrir reconocimientos facultativos:
un pollo elegante se empeñó en que montara sus caba
llos, y un domador de fieras quiso contratarle por uu
año. Se le presentaron cinco ó seis nuevos parientes: un
diputado influyente le ofreció dos condecoraciones ó dos
títulos, lo cual rehusaron, porque á Miguel se lo impedian
sus ideas, y no era cosa de que una cabeza sola tuviera
tratamiento.
El convite de Blanca tuvo desagradables consecuen
cias. ¿Habia concebido esta espiritual y hermosa da
ma, cansada de conseguir sus triunfos uno á uno, el atre
vido proyecto de trastornar dos cabezas á la vez? Colo
cado Miguel-Angel á su derecha, Angel se hallaba á su
lado, limitándose en su circunspección á disculparse de
comer con la mano izquierda, porque su hermano mono
polizaba la contraria: Miguel le envidiaba su posición
al lado de Blanca, y Angel le recordaba que habia sido
postergado al darla el brazo, porque entonces el brazo
y la cabeza derechos resultaban los más favorecidos.
Fuese que Angel estuviera algo triste y Blanca tratase
de animarle, ó por hacer alguna prueba, ello es que la
señora le hacía servir con alguna preferencia vinos va
riados y exquisitos: Angel aceptaba el obsequio sin me
jorar de humor, miéntras Miguel, limitándose á beber
agua, sentía que su imaginación se regocijaba irresistible
mente. Angel bebía el vino y Miguel se emborrachaba.
EL HOMBRE DE DOS CABEZAS.
327
¿Tuvo motivos suficientes para estar celoso de Miguel
un caballero que se creia con cualidades y derechos para
no ser desairado por un monstruo? ¿Quiso Blanca infun
dirlos? Ello fué que D. Pedro Ferrugiua interrumpió un
animado diálogo de Blanca y Miguel, proponiendo á
éste una partida de ecarté. Al rencor de los celos se unió
muy pronto el disgusto de que Miguel-Angel ganaba
siempre la partida. Don Pedro, irritado, entregaba su
dinero, diciendo con forzada sonrisa:
— Está visto: no se les puede ver á V V . de balde.
Angel palidecía; pero Miguel, completamente alegre,
contestaba con bromas que irritaban más á su adver
sario.
— Tiene Y. una suerte monstruosa, exclamaba éste.
Miguel reia á carcajadas, y el Sr. de Ferrugiua conti
nuaba lanzando frases de mal gusto, entre las cuales hizo
un equívoco alusivo á la doble vista de Miguel-Angel.
De pronto hubo un tumulto en el salón, y el señor de
Carrillo llegó precipitadamente á la habitación en que
estaba Blanca.
— ¿Qué ocurre? dijo ésta sobresaltada.
— Un conflicto horrible y una falta imperdonable:
Ferrugina se ha vuelto lo c o : por un cambio de epigra
mas con Miguel, ha dado un bofetón á su adversario.
— Pero
¿quién recibió el golpe, Miguel ó Angel?
dijo Blanca con viveza.
— Angel. ¿Quién había de recibir el bofetón sino la
cabeza de la izquierda?
— Yaya Y. allí, por Dios, amigo Carrillo, dijo Blanca
más tranquila.
328
FERNANDEZ BREMON.
—Señora, iré : aunque nunca debe acercarse un Car
rillo á donde reparten bofetones.
VI.
Los padrinos concertaron el desafío en un instante:
la única duda que tuvieron para que el honor quedase
satisfecho, era si Miguel-Angel debía batirse una ó dos
veces. Angel se había opuesto al duelo por escrúpulo de
conciencia, y sólo se resignó á salir al campo cuando
Miguel le declaró que, de no hacerlo, se levantaría la
tapa de los sesos.
—Tú tienes la culpa, decía Angel: si cuando sufrí el
golpe no hubieras contenido mi acción, hubiera vengado
la ofensa con el puño.
—La verdad es, contestaba Miguel, que vi á D. Pe
dro levantar la mano y oí sonar un bofetón; pero tan
distante, que me pareció que lo había recibido otra per
sona.
Miguel prefirió batirse á pistola, porque tirando al
sable defendía muy mal la cabeza de su hermano, y An
gel exigió que constase en un acta su oposición al de
safío. Los padrinos de Miguel, cuando estuvieron en el
campo, preguntaron á Angel si quería que se cubriese
su cabeza con un casco: los de D. Pedro advirtieron que,
no batiéndose Angel, si la cabeza de éste resultase he
rida, no valdría el tiro, considerándose como si hiriesen
á un curioso.
Cuando llegó el momento de tirar, el pulso de Miguel
EL HOMBRE DE DOS CABEZAS.
329
estaba tan alterado, que los padrinos se retiraron mucho,
temiendo por sus vidas: se notaba que hacía temblar la
mano de Miguel-Angel el miedo de dos hombres. Se
oyeron, por fin, dos detonaciones al mismo tiempo que
un grito desgarrador dado por el Dr. Trigémino, el cual,
seguido de guardias, llegaba jadeante, diciendo á grandes
voces:
—¡Alto á la justicia! ¡Todo el mundo quieto!
La delación del buen Doctor sólo sirvió para que pren
diesen infraganti á su protegido, cuya bala, rebotando
en una piedra muy distante de su adversario, le acababa
de matar por carambola.
En el corto espacio de un mes se liabian vuelto locos
dos fiscales al tratar de distinguir la participación que
Miguel y Angel habían tenido en el desafío. La ley no
había previsto el caso de la duplicidad de personas en
un mismo cuerpo, y constando en un acta la oposición de
Angel, era posible que éste saliese absuelto y Miguel
condenado, sentencias de imposible ejecución en un mis
mo individuo. Si Angel era declarado co-autor del deli
to, porque éste no se pudo verificar sin su concurso y
con su mano propia se había disparado la pistola, entónces la cuestión se complicaba. El tercer fiscal, calculan
do preferible la impunidad á que ingresasen por turno
forzoso en Leganes todos sus compañeros, propuso el
sobreseimiento, fundado en el silencio de la ley, y que
se elevase una consulta al Gobierno acerca del grado de
responsabilidad criminal que corresponde á los diversoa
individuos de un monstruo de dos ó más cabezas. El
Gobierno nombró una Comisión de notables jurisconsul-
330
FERNANDEZ BREMON.
tos para que diera su dictamen: los comisionados pidie
ron informe á todas las corporaciones científicas de Es
paña ; éstas hicieron consultas á las principales Acade
mias de Europa; las Academias pidieron su opinión á
los médicos y letrados más famosos, y de Academia en
Academia y de sabio en sabio, el asunto se fué perdiendo
de vista poco á poco.
Díjose que un filósofo aleman, después de un éxtasis
científico, había resuelto el problema de un jeroglífico
que nadie pudo descifrar: á fuerza de no usar para nada
el lenguaje vulgar, aquel sabio se había incomunicado
de sus semejantes, y sólo se hacía entender de su cocine
ra cuando pedia por señas el almuerzo.
VII.
El Dr. Trigémino había hecho grandes esfuerzos di
plomáticos para preparar el suceso fausto en que cifraba
tantas ilusiones. Su conducta con Miguel-Angel era pa
ternal, y sólo se traslucía el presunto suegro cuando se
entregaba á sus experimentos : sabía ya que tenían un
solo estómago y un corazón para los dos, pero que sus
pulmones eran dobles, ó estaba aislado, por lo ménos,
el que correspondía á cada laringe : había prescrito, en
consecuencia, un plan higiénico: Miguel debía comer los
dias nones y Angel los dias pares, para que las dos bo
cas no cargasen el estómago : sólo podría enamorarse
Angel, por ser el ménos vehemente, y así se evitaría al
corazón el martilleo de dos pasiones simultáneas: en
cambio les permitía cantar y hablar á todo pasto. No
EL HOMBRE DE DOS CABEZAS.
331
liabia descuidado, para atraer á Miguel-Angel, hacer al
gunas alusiones al estado de sus negocios, si bien con la
torpeza financiera propia de un sabio.
— Otros, solia decir, imponen sus fondos en papel que
baja y sube : yo amontono un tesoro de ciencia en mi
despacho y enriquezco mi inteligencia cada dia. Uste
des tienen una mina en su cuerpo, yo tengo un capital
en huesos.
En cuanto á Perfecta, liabia oido á su padre repetir
tantas veces que Miguel-Angel era el mejor partido po
sible para una niña casadera, que al verle, su corazón
tocaba á boda, y sus ojos y los de Angel formaban cuar
tetos misteriosos. La dificultad de la declaración contra
riaba al buen doctor, que estaba á puuto de aconsejar á
su hija que se declarase ella misma, cuando Angel des
lizó un dia una carta en las manos de Perfecta.
— ltespóndele, dijo Trigémino á su hija haciendo ex
tremos de júbilo apenas estuvieron solos, que le adoras
y yo le doy mi bendición.
No se le ocultaban al padre de Perfecta los inconve
nientes canónicos que debía ofrecer aquel matrimonio
si Angel pidiese la mano de la niña; pero el Doctor pen
só hacer un viaje á Poma, arrojarse á los piés del Pon
tífice, regalándole, para tenerle propicio, una hermosa
culebra de tres colas.
El amor de Angel y Perfecta tenía otro obstáculo en
la oposición de Miguel, que desairado por Blanca, no se
avenia á ser testigo y confidente de otros amores. An
gel, paro tenerle contento, accedió una noche al deseo
que tenía Miguel de rondar misteriosamente la calle de
332
FERNANDEZ BREMON,
la ingrata : el mismo Miguel desistió de la aventura,
porque al llegar á la casa llevaba un séquito numeroso:
miéntras Miguel-Angel paseaba, las gentes trasladaron
también á aquella calle su paseo.
— Es preciso que Angel se explique, repetia Trigé
mino á su hija : debes escribirle que no estamos para
perder tiempo.
El Doctor tuvo una idea luminosa para proporcionar
una entrevista á los novios : en efecto, pocos dias des
pués decía en su despacho á Miguel-Angel, delante de
Perfecta:
— Hoy vamos á hacer un experimento muy curioso
por medio del cloroformo: trato de averiguar, aplicando
ese anestésico á la cabeza de Miguel, si su influencia
llega hasta el cerebro de su hermano : para que los gases
no accionen directamente sobre Angel, he preparado un
aparato de cartón que mantenga las cabezas separadas.
Miguel no se opuso, porque deseaba experimentar la
sensación del cloroformo, y Angel aceptó con júbilo,
comprendiendo que iba á poder hablará solas con Per
fecta. Miguel-Angel se tendió en un divan, abrieron la
ventana, y colocado el cartón que servia de tabique en
tre los dos hermanos, la niña se puso al lado de Angel,
miéntras el Doctor vertía el cloroformo en un pañuelo,
aplicándole al rostro de Miguel para que le aspirase.
— Es Y. muy rebelde, decía Trigémino impaciente;
han pasado siete minutos y no se duerme usted.
Y se puso á tararear un aire de zarzuela para ayudar
al cloroformo.
— Siento pesadez en el cuerpo, dijo Miguel.
EL HOMBKE 1>E DOS CABEZAS.
333
—Yo lo mismo, repuso Angel en el otro lado mientras
sus ojos hacían guiños cariñosos á Perfecta.
—Dale conversación, hija mia, procura distraerle.
Siete minutos después la cabeza de Miguel caia des
plomada eu el almohadón, y al poco rato la operación
estaba terminada.
—¿Me quieres? decía Angel en voz baja á Perfecta,
que había aproximado su cabeza. Dame la mano.
Pero Angel no pudo levantar la suya, que estaba co
mo muerta. El Doctor interrumpió el coloquio diciendo
con precipitación:
—Amigo mió, el tiempo es breve y no permite rodeos.
¿Quiere Y. ser mi yerno?
Angel intentó hablar, pero su boca sólo respondió con
un bostezo : el anestésico había obrado también en la ca
beza de Angel, y se oia un dúo de ronquidos.
—He debido emplear el éter en vez del cloroformo,
decía contrariado el buen Doctor : su acción no es tan
fuerte ni tan rápida.
Angel, sin embargo, contestó al Doctor por escrito al
dia siguiente aceptando con gratitud su oferta, pero ro
gándole que se lo ocultase á su hermano todavía y le pro
curase una conversación reservada con Perfecta, que él
mismo presenciaría desde léjos. A la semana siguiente
Trigémino aplicaba el éter á Miguel eu una especie de
bolsa de tela, y con las precauciones usadas en el ante
rior experimento. La operación fué larga y penosa, pero
Miguel se durmió al fin.
—Pueden VY. hablar, dijo Trigémino, retirándose al
otro extremo de la sala.
334
FERNANDEZ BREMON.
Angel y Perfecta sólo tenían una frase que decirse.
—¿Me amas?
—Te adoro.
¿Cuántas veces y con cuántas variantes lo repitieron?
No puede calcularse. Perfecta dio de repente un grito y
desapareció de la sala avergonzada. Tenía motivo para
ello. Miguel había dado unos golpecitos en el cartón, di
ciendo con su voz más burlona:
—Lo estoy oyendo todo.
VIII.
La prensa, las tertulias y toda clase de asociaciones
se habían ocupado de Miguel-Angel con tal entusiasmo,
y éste se había dejado conducir á todas partes con tanta
docilidad, que saciada la curiosidad de las gentes, al en
tusiasmo sucedió la indiferencia. Los convites disminu
yeron y cesaron por completo. Las personas que le lla
maban á sus casas ó solicitaron su amistad ántes de
vulgarizarse, como Blanca y Carrillo, concluyeron por
evitar sus saludos: se hizo de mal tono fijarse en él
cuando paseaba por la calle, y ya sólo le miraban los
paletos.
En aquel cambio general, Miguel-Angel, dueño de
sí mÍ3mo, hubiera quedado libre á no hallarse en el ca
so del Ministro á quien preguntaban sus amigos:
—¿Cómo, siendo V. tan rico, y pudiendo vivir descan
sado é independiente, se deja esclavizar en el Ministerio
por los negocios, los diputados y los pretendientes, que
no le permiten un dia de reposo?
EL HOMBRE DE DOS CABEZAS.
335
— Porque cuando éstos me dejan, decía en voz baja á sus
amigos, quedo bajo la tiranía de mi ama de gobierno.
Libre Miguel-Angel de la presión de las gentes, ha
bía caído bajo el yugo de Trigémino, pues la lealtad de
aquel único y probado amigo hacía el vínculo indiso
luble. Había pasado nuestro héroe de la tiranía de los
más á la tiranía de uno solo, formas de Gobierno que
sólo tienen una variante para el individuo ó para los
pueblos : la tiranía de los ménos.
El Doctor veia con disgusto la mala opinión que ha
bía formado Miguel de las mujeres, herido por la indi
ferencia de Blanca, y oponía en cambio los ejemplos de
las mujeres de la Biblia; Angel terciaba con suavidad
en las polémicas, impidiendo que se agriasen, pero cual
quier palabra, cualquier objeto volvía la conversación
hácia la mujer. En el mismo despacho brotó el asunto
una vez, porque Trigémino dijo, revolviendo unos huesos:
— Hoy me han prometido una magnífica costilla.
La idea de la costilla trajo la idea de la mujer acto
continuo.
— Me concederá Y . al ménos, dijo el Doctor un dia
para imponer silencio á Miguel, que mi hija Perfecta
no se parece á esas mujeres de quienes tiene V. tan ma
la idea.
— Con mucho gusto lo concedo, respondió Miguel,
porque Perfecta es muy niña y no me hace el efecto de
mujer.
— No es tan niña
es una muchacha casadera.
Angel se ruborizó y Miguel pronunció un discurso
contra la institución del matrimonio.
336
FERNANDEZ BREMON,
IX.
Si las dos cabezas no constituyesen para Trigémino
la gala y la verdadera distinción de su presunto yerno,
hubiera propuesto á Angel la amputación de la cabeza
de Miguel, que contrariaba sus planes con la mayor obs
tinación.
—Si yo pudiera anular esa cabeza ó dormirla para
siempre....pensaba revolviendo en su imaginación ideas
atrevidas.
Feliz ó fatalmente Miguel no Labia sospechado la com
plicidad de Trigémino en los amores de su hermano:
fumó opio administrado por el Doctor, sufrió diversas
inyecciones en la piel de la cabeza, y tuvo letargos tan
prolongados, que Angel se alarmó un dia al ver que Mi
guel no despertaba.
—Dejémosle dormir, dijo un dia Trigémino con tris
teza. ¡Oh! si pudiera prolongar su sueño diez ó doce
años....
—¿Diez años? ¿Con qué objeto? repuso Angel alar
mado.
—Ha sucedido una desgracia.
—¿Está envenenado?
—He equivocado la dosis de mi inyección, y necesitarémos el tiempo que indiqué para justificar lo que ha
ocurrido.
—¿Pero qué es, señor Trigémino?
—Una gran desgracia: le he dejado enteramente cal-
337
EL HOMBRE DE DOS CABEZAS.
■vo. Es preciso que duerma, por lo menos, hasta que se
le haga una peluca.
X.
El Doctor se habia apoderado de la cabeza de Miguel,
en la cual cada vez tenía que resolver mayor número de
problemas : parecía aquélla un globo terráqueo en ma
nos de un aprendiz de Geografía : Angel participaba del
malestar de su hermano, que seguía amodorrado : Tri
gémino, muy afligido, dudaba de su ciencia, y empezaba
tí sospechar que habia descompuesto la máquina huma
na más perfecta y complicada. Su conciencia le acusaba
con gritería descomunal de haber ahogado en gérmen
una raza, y se comparaba á una fiera que hubiese devo
rado á Adan antes del nacimiento de sus hijos.
— ¡Señor Miguel, señor Miguel! exclamaba el Doctor
dándole golpecitos en la frente; pero el desdichado Mi
guel no respondía.
Por fin aquella extraña dolencia hizo crisis : Angel
dormía tranquilamente, soñando que se habia separado
de su hermano por justicia, habiéndole sido adjudicada
la mejor parte del cuerpo, cuando le despertó un grito
salvaje y se encontró de pié en medio de la calle dando
saltos peligrosos y oyendo á Miguel que lanzaba voces
subversivas.
Entonces, como siempre, habia en Madrid una cons
piración próxima á estallar : las autoridades, creyendo
empezado el motín, se encerraron en sus oficinas, y los
22
338
FERNANDEZ BREMON.
conspiradores echaron el cerrojo á sus puertas, diciendo
alegremente:—Ya se están batiendo los amigos.—Mi
guel en tanto atravesó la solitaria villa dando gritos, sin
hacer caso de las súplicas de su hermano, que no pudiendo contrarestar su fuerza nerviosa, duplicada por la
locura ó el delirio, le decía suavemente:
—Pero dime siquiera á dónde vamos.
— ¿Dónde hemos de ir? respondía Miguel : al via
ducto.
XI.
Miguel estaba loco y tenía la monomanía del suicidio.
Angel mismo, después de haberse librado con trabajo de
aquella peligrosa expedición, tuvo que pedir una camisa
de fuerza, y su situación se hizo tan intolerable como la
del hombre á quien se condenase á vivir sujeto á un po
tro desbocado.
Trigémino había enflaquecido tanto, que las personas
que visitaban su Museo saludaban antes que á él á
algunos esqueletos.
.
.
Miguel-Angel estaba alojado
en su misma
casa, y
el Doctor sólo pensaba en su curación y en su asis
tencia.
—¿Estaré equivocado, exclamaba viendo la dificultad
de gobernarse un solo cuerpo por dos distintas volunta
des, al considerar á Miguel-Angel un progreso en la es
cala de los seres? ¿Creará la naturaleza los monstruos
con el único fin de que se exhiban en las ferias? Pero no,
■’ *
EL HOMBRE DE DOS CABEZAS.
339
Miguel-Angel no es el primer tipo de su especie; la His
toria registra el caso de otros policéfalos. Si éste se des
gracia....otros vendrán á reemplazarle.
La fuerza muscular de Miguel-Angel hacía muy peli
grosa su manía: sujeto á las ligaduras, lograba á veces
volcar la cama ó arrastrarla hácia el balcón : las voces
de Angel avisaban el peligro, no siempre muy á tiempo,
pues el sueño le rendia, y Miguel aprovechaba su des
canso con la sagacidad propia de los locos.
Ni el Doctor ni Perfecta podían penetrar en la habi
tación : Miguel, confundiendo á ésta con Blanca, se exas
peraba al verla, y cada vez que aparecía Trigémino, gri
taba con todo su vigor:
— ¡Al asesino, al asesino!
Angel, cadavérico y abatido, envejecía por instantes,
como si la vida física de aquel cuerpo se reconcentrase
en el loco; parecía, al verlos, que ademas de la locura y
la razón, había entre ellos otro abismo: la diferencia de
naturalezas y de edades.
El Doctor no llamaba en su auxiliío á otros médicos,
por saber que era inútil la consulta.
Una mañana se levantó muy temprano para encargar
en el mercado de pájaros una jaula en que encerrar la
cabeza de Miguel, cuando oyó gritos en la calle y el mur
mullo de mucha gente aglomerada.
Al asomarse Trigémino al balcón, sobre su frente
calva se erizaron moralmente los cabellos.
Miguel, que había sin duda logrado desatar sus liga
duras, colgado de los hierros del balcón inmediato, decía,
suspendido en el aire y con voz ya casi sofocada:
:J40 '
FERNANDEZ BREMON.
—Vengan, señores, á ver la ejecución de Miguel-Angel. Vengan á ver el ahorcado que se rie de sí mismo.
En efecto, el desdichado loco pudo darse en la cuerda
el extravagante placer de sobrevivir algún tiempo al sui
cidio, porque había tenido ‘la no menos extraña precau
ción de ahorcarse con el pescuezo de su hermano.
(Ilustración Española y Americana, 1878.)
I.
De los muchos monstruos dobles cuya existencia afirman las
historias, el que, por ser relativamente moderno y por su m a
yor analogía con Miguel-Angel, me llamó la atención, es el que
cita F eijóo, por haberlo leído en un libro de Gaspar de los Reyes
Franco, médico de la ciudad de Carmona. Hemos consultado di
cha obra, Elisius jucundarum qucestionum campus, etc., impresa en
F rancfort, en 1G77, y el párrafo á que se refiere Feijóo es el si
guiente:
,
«En el año 1552 nació en Inglaterra, no lejos de Oxonia, se
gún refiere Riolano, hijo, en su libro Demonstro Paris nato T
cap. vi, un monstruo de dos cabezas y cuatro manos, pero con un
solo abdomen, y el cual no tenía duplicadas las demas partes in
feriores.
»De estos gemelos, dice, mientras uno estaba despierto, el otro
dorm ia; miéntras uno m ostraba su faz risueña, el otro aparecía
triste y macilento. Vivieron quince dias, pero uno de ellos sobre
vivió un dia al otro.
»Es memorable la historia que Héctor Boecio, en el libro n de
su Historia de Escocia, y Jorge B uchan, en el libro m de la mis
ma historia, refieren de un m onstruo sem ejante, nacido en Nortum berland, el cual tenía dos cabezas y cuatro manos, siendo co
munes las partes inferiores. El Rey hizo educar é instruir con
esmero á este monstruo, especialmente en la música, en que hizo
admirables adelantos, y hasta aprendió algunas lenguas. Era p a
tente en él la discordia, que provenia de la diversidad de volun-
342
FERNANDEZ BREMON.
tades en los dos cuerpos, pues disputaban algunas veces cuando
les agradaban objetos diferentes. Otras veces se consultaban
uno al otro. También era notable que cuando se les bacía daño
en la parte inferior de las piernas, ambos cuerpos sentian el do
lor; pero si se les pinchaba en la parte superior ó en otro sitio
se les hacia daño, solamente á uno de ellos llegaba la sensación
del dolor. Esta diversidad se hizo evidente en la muerte; pues ha
biendo muerto uno de los cuerpos muchos dias ántes que el otro,
el sobreviviente se fué descomponiendo después simultánea y
paulatinamente. Este monstruo vivió veintiocho años, y murió
siendo ministro de Escocia Juan Prorego.
»Pablo el Diácono habla de otro semejante, que nació después
de la muerte del emperador Teodosio. Desde los miembros infe
riores hasta el ombligo era un niño perfecto; desde este punto
liácia la parte superior se dividía en dos cuerpos, con dos pechos,
dos cabezas, de las cuales se veia al uno comer y al otro ayunar,
y miéntras una cabeza estaba despierta se apoderaba el sueño de
la otra, y con frecuencia disputaban, golpeándose mutuamente,
con cuyo motivo, ya uno, ya ambos, lloraban.
»También Alberto Magno hace mención de otros dos niños, asi
mismo monstruosos, que eran de complexión absolutamente dis
tinta y de condiciones evidentemente opuestas ; pues miéntras
uno en algún caso estaba furioso y colérico, el otro permanecía
manso y pacífico.
»Enrique de Gandavo escribe sobre otros dos, que alternativa
y mutuamente reñían ; pues siendo el uno piadoso y devoto , el
otro era vicioso ; y miéntras el uno quería orar, el otro teníaafau
de aventuras amorosas. Se observó, en cambio, todo lo contrario
en aquella muchacha de que hace mención Parceus de Licosthene,
la cual fué notable por la belleza de todos sus miembros; hermosura
sin otra excepción que tener dos cabezas, las cuales experimen
taban a un tiempo mismo el deseo de beber, comer, dormir, ha
blar, etc.
»Por lo demas, Aldobrando refiere muchas historias de mons
truos semejantes, y remitimos á él al lector, como asimismo á
Buchaman, lib. m de Reb. Scoticis; también Felipe Carnerario
reunió varios ejemplos de monstruos, tomados de Beda y otros,
cent, ii , cap. lxvii .»
Podría añadir otros datos muy curiosos á los que preceden: los
monstruos dobles nacen con frecuencia, y no hace muchos meses
NOTAS RELATIVAS A MIGUEL-ANGEL.
343
los periódicos citaban el nacimiento y muerte de uno de ellos. No
tendría que acudir al famoso de siete cabezas que, según Aldobrando, nació en Píamente en 1587; ni al de tres que Zimmer
man extrajo á la Condesa de Cherci: la teratología sólo admite
los ejemplos recientes, bien comprobados, aunque no niega la
posibilidad de ciertos fenómenos sospechosos que citan las histo
rias. El que consigna Boecio contiene datos tan detallados, se
conforma de tal modo con los conocimientos fisiológicos moder
n os, que cuesta trabajo dudar de su autenticidad.
II.
He creído curioso insertar en esta nota los fragmentos del ar
tículo que publicó el Dr. Trigémino en un periódico de Medicina,
cuando empezó á circular el rumor de la existencia de un hombre
tan singular como Miguel-Angel. Los lectores del cuento pueden
prescindir, sin embargo, de este artículo, que sólo interesará á
un público limitado: los experimentos á que se refiere son muy
incompletos, y si el lenguaje del Doctor no corresponde á la idea
que de su sabiduría se hayan forjado los lectores, acaso sea por
que Trigémino quisiera prescindir de su ciencia para ponerlo más
al alcance del público, lo cual no consiguió, sin embargo, por usar
con exceso el tecnicismo fisiológico. A riesgo de quitar toda im
portancia al Dr. Trigémino, publico los fragmentos. Lástima
grande que no haya llegado á mi poder la relación detallada de
la autopsia del monstruo, que seguramente haría el Dr. Trigé
mino.
F11AGMENT0S DE UN ARTÍCULO.
Un gacetillero frívolo y descreído pone en duda la existencia
del monstruo autositario y masculino, cuyo cuerpo, ofreciendo
regulares proporciones anatómicas en sus regiones inferiores al
tórax, presenta en la parto superior la anomalía de terminar en
dos cabezas, ambas hermosas y bien formadas, y que tienen
aisladas é íntegras sus facultades psicológicas.
He examinado con atención á este singular individuo, y veo
con placer que su familia, siguiendo mis consejos, tanto por su
interes como por el de la ciencia, se determina á exhibirle en esta
■córte. Mi artículo, especie de fe de vida para el ser cuya existen-
344
FERNANDEZ BREMON.
cia se niega, tendrá también por objeto hacer públicas las obser
vaciones que su estudio me lia sugerido, para que talentos mejo
res las analicen y comprueben Me permitiré, pues, dirigir ú los
fisiólogos una pregunta, que condensa mis dudas y expresa cla
ramente mis sospechas. El autositario de que vamos á ocuparnos
¿es un individuo deforme é incompleto, resultado de una confu
sión embrionaria, ó un progreso en la escala zoológica, intentadoen diversos esfuerzos por la naturaleza en su marcha hacia la
perfección, y tantas veces abortado? 0 de otro modo, ¿ el nuevosér es ménos ó más que un hombre ? ¿ Es un individuo imperfecto
de nuestra especie, ó el principio de otra especie superior á la de
los hombres? Los que hoy figuramos en primera línea ¿tendrémos el dia de mañana la jerarquía animal que boy corresponde
al mono?
Hácia el centro de las vértebras dorsales su columna se bifur
ca, y al separarse, las dos ramas forman dos curvas, que concluyen
en las regiones cervicales, ya completamente rectas, y base sólida
de ambos cráneos ; el estudio de éstos no présenla ninguna irre
gularidad externa. En el espacio dorsal comprendido entre las
vértebras dobles se notan al tacto cuerpos óseos articulados, que
protegen la espalda por la abertura del ángulo, que sin este
apéndice al armazón quedaría indefensa. Por delante, desde el
esternón hasta los hombros, una larga y tortísima clavícula deja
bastante espacio á los dos cuellos para funcionar aisladamente, y
en la parte posterior la separación de los omoplatos contribuye
al mismo objeto. La anchura del tórax, las vigorosas vértebras
lumbares que se apoyan en el sacro, los amplios iliacos y la ro
busta musculatura de las extremidades, hacen verdaderamente
atlética la contextura de su cuerpo.
El mismo sistema de bifurcación que en la columna vertebral
debe existir en el esófago, toda vez que las dos bocas ejercen si
multáneamente las funciones de nutrición, estando probado que
el individuo sólo tiene un estómago. Ahora bien : siendo dos los
órganos del gusto que satisfacer, y dos bocas las que envían ali
mentos á un solo estómago, éste debe tener mayor capacidad que
los estómagos ordinarios, y propiedades que le hagan más apto
para la rapidez y seguridad de las digestiones ; y en efecto, hay
una razón fisiológica que lo explica claramente : los nervios
pneumo-gástricos que parten del cráneo en cada individuo de-
NOTAS RELATIVAS Á MIGUEL-ÁNGEL.
345
terminan los movimientos mecánicos del estómago, á cuyo favor
se distribuyen en la masa alimenticia los jugos digestivos ; como
los cráneos son dos, forzosamente serán dobles los pares de los ner
vios craneales, y por consiguiente, el décimo paró pneumo-gástrico; en cuyo caso, siendo dobles las fuerzas que contribuyen á la
movilidad del estómago , los jugo3 gástricos se repartirán rápi
damente, y aquella viscera acelerará notablemente sus funciones.
La respiración se efectúa regular y acompasadamente por lasdos vías bucales, en virtud de los movimientos automáticos del
diafragma. Pero ocurre una duda : ¿los dos tubos respiratorios co
munican entre sí por una división en la parte superior de la
tráquea, ó son independientes y terminan cada cual en uno de los
bronquios? Mis observaciones me inclinan á esta última opinión
por varios motivos : l.° Haciendo absorber á una de las bocas el
humo de un cigarro, el aire que despide la otra en el acto de la
espiración no contiene mezcla sensible de aquel cuerpo, mien
tras por el conducto en donde se efectuóla inspiración su salida
es inmediata; acaso no sea concluyente este fenómeno, puesto
que la ligereza del humo puede mantenerlo en la cavidad de la
laringe y en la parte de la tráquea superior á la división, miéntras el aire más pesado se precipita en los pulmones; sin embar
go, es extraño que la corriente inspiradora no arrastreen sí cier
ta cantidad de esos gases volátiles que impresionan las membra
nas olfatorias, los cuales, al escaparse, se distribuirán por ambos
conductos igualmente. 2.° Obstruyendo la respiración en una de
las dos cabezas, no experimenta el individuo síntomas de asfixia,
sino un ligero malestar, común á todo el sistema y perceptible
por ambos cerebros en igual grado; pero el pulmón correspon
diente al lado obstruido m funciona. 3.° La cantidad de aire
(pie entra por la boca derecha en cada inspiración normal del
monstruo da un término medio de 360 centímetros cúbicos,,
rniéntras la que se introduce por la inspiración del lado opuesto
sólo llega á 240, lo cual puede provenir de una diferencia de diá
metro en los distintos conductos; pero se acomoda matemática
mente á la cavidad proporcional de ambos pulmones, cuya relación
es de 1 á 2//-i y ge comprueba produciendo una fuerte inspiración
por ambas vías respiratorias, y obstruyendo en la espiración la
del lado derecho ó el izquierdo alternativamente.
Estos experimentos so hallan en armonía y se comprueban
por los fenómenos que acompañan á la fonación en las dos larin
ges. Cuando la izquierda, por ejemplo, produce los sonidos má&
346
FERNANDEZ BREMON.
agudos, que son los que exigen la mayor tensión de las cuerdas
inferiores y reducen á su menor expresión la abertura de la glótis, claro es que la corriente de aire espirado, en vez de buscar su
salida por el conducto izquierdo, casi obstruido por la contracción
•de los músculos, tendería á encontrar salida más fácil por el con
ducto opuesto, enteramente abierto, causando en el lado izquierr
do la afonía, lo cual no sucede, pues ambas laringes funcionan
á la vez sin interrumpirse, pudiendo las dos cabezas entablar diá
logos muy animados.
La tem peratura del monstruo es la ordinaria, y normal el nú
mero de sus pulsaciones...........................................................................
del gran simpático. Todo induce á creer que á la duplicidad de los
nervios craneales corresponda un doble sistema nervioso en toda
la longitud del eje cerebro-raquídeo, y un doble juego de filetes
y ganglios en la red que preside á los fenómenos de la vida orgár
n ica, los cuales se corresponderán por frecuentes anastomosis.
Esta suposición tiene ciertas probabilidades, toda vez que la sen
sibilidad táctil de la región dorsal del monstruo distingue las
dos puntas del compás á distancia de 25 milímetros, cuando se
necesita una distancia de 50 en la m ayor parte de los hombres;
para mejor demostración, la sensibilidad de los pulpejos de los
■dedos, que es algo inferior á la de la punta de la lengua en el
hombre, es de milímetros 0,6 en el monstruo, miéntras la de las
puntas de cada una de sus lenguas es de un milímetro, como en
los individuos ordinarios; por consiguiente, la sensibilidad de
ambas cabezas es la natural en un hombre, porque depende de
un solo sistema de nervios craneales, y la sensibilidad de las ex
tremidades y del tronco es doble que la de los demás hombres, y
debe corresponder á mayor número de nervios. Las ilusiones del
tacto producen resultados áun más concluyentes. Todos sabemos
que alterando la relación normal de dos superficies sensibles,
acostumbradas á completar entre sí las impresiones del tacto, se
produce una ilusión si se las pone en contacto con un cuerpo es
férico; de m an era, que si ponemos el índice debajo del dedo
medio, é introducimos entre ambos una pequeña bola de cera, nos
figuramos tener entre ambos dedos dos bolas en vez de una: cor
riendo hácia la derecha el labio superior, y el inferior liácia la
izquierda, si se introduce entre ambos labios la misma bola,
•creemos tener dos bolas entre los labios. Pues b ien , hecho el ex-
NOTAS RELATIVAS Á MIGUEL-ÁNGEL.
347
perimeuto en cada una de las bocas del monstruo, la ilusión tác
til produce la impresión de dos bolas; introducida la bola entre
los dedos cruzados del autositario, éste cree tener cuatro bolas en
sus dedos (1).
Las observaciones más curiosas son las que se refieren ála sen
sibilidad nerviosa de ambas cabezas entre sí. Estimulando la
acción de los nervios independientes de cada cráneo, aquélla no
produce en el otro cerebro más impresión que una especie de li
gero cosquilleo. Un ruido inmediato en el órgano externo del
oido, una viva impresión de luz en el órgano de la vista, ó un
ligero pinchazo en las mejillas de la cabeza izquierda, que oca
sionan en el cerebro de ésta fuertes sensaciones de ruido, de cla
ridad y de dolor, no son percibidas en el sensorio de la cabeza
opuesta sino como rápidas y agradables vibraciones nerviosas,
que llegan á él por acción refleja, sin que pueda distinguir unas
de otras. De manera, que los cuatro sentidos, de la visión, del
gusto , del oido y del olfato, son independientes en el interior de
cada cráneo, y el del tacto aparece también aislado en las partes
de ambas cabezas, que sólo reciben nervios craneales, confun
diéndose en las demas, sujetas á la acción del sistema doble, si
bien mis experimentos no han podido precisar el límite de esta
separación, tan difícil de fijar por las relaciones que unen al gran
simpático con ciertos nervios craneales, y las que la observación
aun no ha determinado en la red general de los demas nervios.
Esta duplicidad de sentidos hacen al individuo de que me ocu
po más apto para recibir las impresiones exteriores, pues siendo
necesaria la atención para percibirlas, tiene dobles medios de
ejercerla. Dispone igualmente de doble fuerza contráctil para
poner en juego los músculos y auxiliar el trabajo de nutrición
de los órganos internos. Su sensibilidad es extremada natural
mente en las partes del tronco cuyos nervios coinciden en el mis
mo eje común de la médula, siendo menor en las partes cuya3
raíces nerviosas entran ó salen por los conductos cerebro-espina
les separados por la bifurcación de la columna.
La ablación de una de las cabezas, ó decapitación parcial del
(1) La sensibilidad táctil se aprecia de un modo mny sencillo. Coloquemos las pun
tas de un compás, ligeramente abiertas, sobre un punto cualquiera de la piel, y se
verá que para percibir las dos puntas del compás distintamente se necesita abrir
más óménos el instrumento, según es mayor ó menormente sensible la parte á que
se aplica.
(Nota de la Redacción.)
348
FERNANDEZ BREMON.
monstruo, ¿producirá la muerte de éste? Yo creo que puede veri
ficarse dicha operación sin extinguir repentinam ente la vida del
individuo , si bien producirá grandes y mortales perturbaciones
en el organismo. En efecto, privado de una de sus cabezas, el
monstruo seguirá respirando, su corazón continuará latiendo,
el estómago recibirá nuevos alimentos, no interrumpiéndose los
fenómenos principales de la vida y quedando íntegra la columna
vertebral en el lado opuesto; sin em bargo, la sección de la co
lumna vertebral en una de sus ramas conmoverá forzosamente
toda la economía, si bien no tendrá nunca la gravedad de las le
siones de ese centro nervioso en los individuos cuyo eje cerebro
espinal forma un conducto único, y las cuales distan del cerebro,,
nervios y músculos im portantes, interrumpiendo la continuidad
en las células de la sustancia gris ó en los cordones......................
hay en ese cuerpo plétora de vida. La capacidad vital de sus pul
mones, que llenan una ancha caja torácica y absorben grandescautidades de oxígeno para purificar la sangre venosa; la fuerza
notable del tubo digestivo, que renueva con rapidez la sangre, y
la doble acción de los nervios sobre todas las funciones orgáni
cas y anímicas, dan á este nuevo sér condiciones fisiológicas su
periores á las del hombre en su estado natural, y dobles fuerzas
psíquicas, que le hacen superior á los demas hombres, que sólo
tienen una voluntad y sólo pueden percibir una impresión, miéntras percibe dos el individuo á quien con repugnancia llamo mons
truo .
D r. T rigémino.
FIN.
INDICE
Páginas.
Un crimen científico..................................................................
1
La Hierba de fuego................................................................... 47
Mr. Dansant, médico aerópata................................................ 85
Gestas, ó el idioma de los monos.........................................127
Siete historias en una............................................................... 163
Pensar á voces.................................................................................. 185
Una fuga de diablos........................................................................223
El Cordon de seda.................................................................... 263
El Tonel de cerveza........................................................................273
Miguel-Angel, ó el hombre de dos cabezas...............................297
Notas relativas á Miguel-Angel.................................................... 341
FIN DEI. ÍNDICE.
ERRATA.—En la dedicatoria de Una fuga de diablos, página
225, donde dice límale léase Henales.



