Un mundo al descubierto

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Madrid

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62
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Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
Colección de la edición
Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
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Español
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Universidad Complutense de Madrid
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CC BY-NC-ND 4.0
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1929
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LA REVOLUCION MEJICANA
SUS L I B R O S



L A R E V O L U C I O N M E J IC A N A
D e L uis A raquistain. L os orígenes^ la historia
y la actual'dad del mundo mejicano. 5 pesetas.
E L A G U I L A Y -LA S E R P I E N T E
D e M r r'ín L u is G uzm án. E l relato del escritor
y el político que ha intervenido durante varios
años en la vida pública de M éjico. 5 peseta;'.
A L A S -Y G A R R A S
D e M arcelino D om ingoC Colección de ensayos
de gran sentido liberal, que abordan con am ­
plitud de criterio las cuestiones m ejicanas.
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E L - P R O B L E M A - R E L I G I O S O -EN M E J IC O
De Ram ón J. Sender. El^más extenso libro de
inform ación sobre los problem as que plantea al
Gobierno m ejicano la religión y e< clero. 5 P J
setas.
E L D E S T I N O D-E -UN -C O N T I N E N T E
De M anuel U garte. E l libro de un amer'cann
meuitísimo, que estudia H ispano-A m erica, pero
en particular la com plejidad americana. 6 p e ­
setas.

V"n"n‘

-E N T R E V O L C A N E S
D s A lfo n s o 'C a m in / U n a ¿Cari novela de la r e ­
volución de M éjico. Interesantísim a tanto por
su estilo y episodios como por el mundo encen­
dido que refleja. 5 pesetas.
C O M P A Ñ IA
IB E R O -A M E R IC A N A
DE
P U B L I C A C I O N E S (S. A .)
Librería Fernando Fé. Puerta del Sol, 15, Madrid.
T alleces ,pE»P rensa N ueva. . Calvo Asensio, .3.—«-Madrid
f.

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JOSE. M.1 SALAVERRIA
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LA N O V E L A

DE H O Y

Director: P E D R O SA IN Z R O D R IG U E Z
O ficin a s ; S a n M a rc o s , 4 2 . --------------- A p a rta d o 3 8

Año VIII

M a d r id ,

5 da

A b r il 1 S 2 9

Núm. 36q

El Planeta prodigioso
NOVELA POR

José M a r ía S a la v e r r ía
Ilustraciones de B A G A R I A

Compañía Ibero-Am ericana de Publicaciones, S, A


EDITORIAL

ATLANTICA

■**.

Librería Fernando Fe, Puerta del Sol, 15 — Madrid.



P A R A LO S A Y U N T A M IE N T O S
PA R A
L A S B IB L IO T E C A S O F IC IA L E S
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L A S B IB L IO T E C A S P A R T IC U L A R E S
P A R A E L SA B IO
PA R A E L L I T E R A
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PA R A TO D A P E R SO N A D E S E O S A
D E E D U C A R SU E S P IR IT U

Las cien mejores obras
de la literatura española
Las cien mejores obras
de la literatura universal
Cuidadosamente escogidas, con el m is depa­
rado gusto artístico y literario, se ofrecen bajo
el título de

BIBLIOrEOAS POPUABES “CERVANTES"
que se publican a razón de cuatro tomos men­
suales, de más de 200 páginas en 2.*

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C IO N E S, S. A L I B R E R I A “ F E R N A N D O
F E ” , P U E R T A D E L SO L, 15.

Relación de los autores que tienen
concedida la exclusiva para

LA NOVELA DE HOY
Serafín y Joaquín Alvarez

Quintero, Luis

Araquistáin,

Acosta,

José

María

Blanco Fombona, Joaquín

Rufino

Belda, Manuel

Bueno, Carmen de Burgos, Emilio Carrera,
Cristóbal de Castro, Julio Camba,

Concha

Espina, José Francés, Wenceslao Fernández
Flórez, Juan Ferragut, Federico García Sanchíz, Eduardo Gómez de Baquero, Enrique
García Alvarez, Alfonso

Hernández

Catá,

Antonio de Hoyos, Rafael López de Haro,
Augusto Martínez Olmedilla, Pedro Mata,
Ramón Pérez de Ayala, Enrique de Mesa,
Juan Pujol, Artemio Precioso, Juan Pérez
Zúñiga, José María Salaverría, Diego San
José. Felipe Sassone, Luis de Tapia, Ramón
María Tenreiro, Miguel de Unamuno, Ra­
món del Valle-Inclán,

Eduardo

Zamacois.

LA N O V E L A

DE H O Y

Director: PED R O SA IN Z R O D R IG U E Z
O f ic in a s : S a n

AÜO VIII I

M a r c o s , 4 2 . -----------A p a r t a d o 3 3
M a d r id ,

5



A b r il

1929

NÚlH. 360

Un mundo al descubierto
NOVELA

POR

José M a r ía S a la v e r r ía
Ilustraciones de B A G A R I A

O

¿ompafiia Iberoamericana de Publicaciones, S. A

E D I T O R I A L
A T L A N T ID A
-a*
Librería Fernando Fe, Puerta del Sol, 1 5 — Madrid.

EN EL PROXIMO NUMERO
PUBLICAREMOS

(La novela del boxeo)
Por
Antonio de Hoyos y Vinent

ILUSTRACIONES DE

ESTEBAN

D os palabras de los

ditores

Muchas páginas se han escrito, y algunas de
ellas muy elocuentes, sobre aquel extraordinario
acontecimiento histórico que nos puso, como por
arte de hadas, en posesión de la más hermosa y
útil de las conquistas. Los habitantes de nuestro
astro, que con justicia se enorgullece de ir a la
cabeza del progreso cósmico, le debemos a aque­
lla acción la suma de beneficios inapreciables
que ahora todos disfrutamos; justo es, por con­
siguiente, que procuremos relatarlo de la manera
más clara y veraz, para que nuestros descendien­
tes puedan tener un concepto fiel de las cosas.
Aunque se ha escrito mucho desde entonces,
creemos, sin embargo, que no se ha dicho toda
la verdad, o, cuando menos, no se han narrado
los sucesos en forma bastante ordenada. Algunos
relatos pecan de breves; otros son fragmentarios;
otros, en fin, están en un tono excesivamente*

exaltado, que sólo sirve para enturbiar los he­
chos con las nieblas de la fantasía. Como que la
influencia de ese .mundo mentiroso y bárbaro con
el que tenemos que tratar desde entonces se nota
más cada día.
Por eso nosotros, al publicar esta obra, pre­
tendemos exponer la relación completa y exactí­
sima que la opinión reclamaba desde hace mucho
tiempo. Queremos hacer una obra de utilidad,
no de vana poesía, al uso de ese planeta salva­
je e ingenuo. Quédese para otros la gloria de ex­
presar con imágenes excesivas el feliz aconteci­
miento; nosotros no aspiramos más que a la
modesta gloria de haber dado a los habitantes de
T á una relación sencilla, congruente y completa
del descubrimiento de Z ú por el más sabio, por
el más generoso de nuestros hermanos: el su­
blime Bí.
Nos guiaremos, pues, por un espíritu de since­
ridad. A veces, el perseguimiento de la verdad
nos hará incurrir en defectos literarios; proba­
blemente nuestra obra será, en más de una oca­
sión, algo pesada o prolija, deteniéndose en he­
chos que parecerán nimios y hasta anotando ges-



7—

Los habitantes de nuestro astro, que con justicia se
enorgullecen de ir a la cabeza del progreso cósmico...



8—

tos o matices al parecer insignificantes. Pero nos­
otros opinamos que nada sobra, nada es realmen­
te innecesario cuando se trata de historiar un su­
ceso de tanta transcendencia.
Hubiéramos podido glosar las diferentes rela­
ciones que andan en manos de las gentes o fa­
tigar a los guardianes que vigilan los documen­
tos históricos en los subterráneos de la tercera ga­
lería; pero con esto únicamente habríamos logra­
do hacer una obra de erudición y de fastidio.
Y , en lugar de referirnos a opiniones ajenas, ofre­
cemos al público la narración que el propio Bí
ha tenido la gentileza de brindarnos. N o somos
nosotros, se puede decir, quienes hablamos, sino
el mismo descubridor. L a parte que nosotros pon­
gamos será insignificante. Es decir, que nuestro
propósito consiste en dar cuenta primeramente de
aquella sesión memorable en que el sublime Bí
expuso sus trabajos y sus incansables tentativas
ante el grupo de los directores de la Asam blea
Suprema.
Intercaladas en el discurso, y como meras aco­
taciones aclaratorias, irán algunas advertencias
o notas que den noticia de las interrupciones, los

9 —

clamores de asombro y los demás incidentes de
aquella sesión histórica. Confiamos en que el pú­
blico sabrá reconocer nuestra buena intención.

Los E ditores (1.)

( i ) N o ta del editor español: E sos editores no som os nos­
o tro s; son los editores del planeta M arte. N osotros nos he­
m os lim itado a tra d u ir la obra. E l lector español, o m ejor
dicho terráq u eo , com prenderá que al tra d u c ir a un idiom a
de nuestro planeta la obra m arciana, hem os tenido que usar
de las m ayores libertades de expresión. N uestros lectores,
desde que están bajo el dom inio de los m arcianos, saben lo
m ism o que nosotros que la a rq u ite c tu ra del lenguaje de
aquellas gentes y la fo rm a de exponer sus ideas no se p a ­
recen ni rem otam ente a las n u estras. H a habido que tr a d u ­
c ir m uy apro x im ad am en te, ad ap tan d o su m anera de decir
y de re fle ja r las cosas a n u e stra te rrá q u e a capacidad de
com prensión.

I

M

E levanto, señores, a hablar ante vosotros

con la natural emoción de quien conoce la
extraordinaria inteligencia que poseéis y la
autoridad de que estáis investidos. No podría
tampoco ocultar el agradecimiento que os debo
por haberme consentido realizar libremente y con
todo género de recursos las largas experiencias
que me han llevado, por fin, a la comunicación
con el planeta Zú (1).
Mi emoción es asimismo tan grande como jus­
tificada, al peder exclamar solemnemente en

(i) Nombre que dan a la Tierra los marcianos.— Nota
del Editor español.

este santuario de las ciencias: “Señores, herma­
nos míos: la antigua aspiración de l á está ya
cumplida; el viejo sueño de las generaciones pa­
sadas es una realidad. Ha sido descubierto Zú.
Desde hoy conocemos su estructura. Su belleza
y su abundancia se nos ofrecen como una ver­
dadera tierra de promisión... Oídme, pues, con
benévolo silencio.
Ninguno de vosotros ignora que, desde hace
quince años, logré el permiso del presidente de
la Asamblea Suprema para desligarme de les de­
beres y ocupaciones que, en mi calidad de direc­
tor, me corresponden, y refugiarme en mi labora­
torio con la única misión de resolver el problema
de la comunicación con Zú. No cansaré vuestra
atención con el relato de las infinitas fatigas, y
no pocas amarguras, que la labor me ha pro­
porcionado; omitiré también los incontables de­
talles de las operaciones que he debido realizar.
Sólo diré, porque es un dato preciso que necesi­
táis conocer, que el descubrimiento ha sido con­
sumado exactamente al llegar en mis trabajos a
la experiencia número 1922.
Sería absurdo que yo pretendiera ocultar el

!

IHa sido descubierto Zu. Desde hoy conocemos su
estructura...



1 3



mérito de los trabajos de quienes, desde las eda­
des más remotas, me han precedido. No. Yo no
negaré que todos esos trabajos, aunque tentati­
vas fracasadas, me han servido de mucho y me
ahorraron grandes esfuerzos preliminares.
Claro es que he tenido que eliminar un buen
número de conjeturas, a veces fuertemente arrai­
gadas hasta entre los mismos sabios, como aque­
lla que pintaba a Zú como una bola completa­
mente cubierta de tupida vegetación, donde
se deslizaban unos seres gigantescos en forma
de gusanos y completamente estúpidos. En Zú,
señores, hay hombres...
A l llegar a esta parte del discurso, ocurrió la
primera de las interrupciones de Jó, el cual, di­
bujando una irónica sonrisa, exclamó: Al decir
hombres, hermano Bí, ¿quisiste decir gusanos?...
Pero B í insistió imperturbable:
En Zú, señores, hay hombres, y pronto os daré
a conocer su figura exacta y sus verdaderos pen­
samientos. Porque yo he visto esos hombres; yo
he seguido los pasos y los gestos de esos hombres.
Un incontenible murmullo de aombro p de ad­
miración acogió estas últimas palabras. Hasta el



14 —

propio presidente de la Asamblea Suprema dejó
Ver en el temblor de sus párpados la emociona­
da expectación que sacudía su espíritu. Pero na­
die se atrevió a interrumpir al orador, por miedo
de retardar el conocimiento de nuevas verdades.
Decía, señores, que tuve necesidad de separar
con prudencia bastantes de las opiniones que so­
bre el planeta Zú han corrido entre nosotros. No
me convenía dejarme engañar por su falacia,
porque cualquier falsa pista podía alejarme des­
graciadamente del objeto. Rehusé hacer caso, por
ejemplo, a aquellos que interpretaban las masas
de humo diferentes, desde luego, de las nubes,
que, de tiempo en tiempo, distinguíanse sobre la
superficie de Zú, como señales que sus habitan­
tes nos hacían para comunicarse con nosotros.
Ninguna de las suposiciones ha sido tan falsa,
tan caprichosa. Esas grandes masas de humo que
de tiempo en tiempo, y desde hace cuatro siglos,
se han visto aparecer en Z ú; esa enorme huma­
reda, la más grande humareda de que tenemos
noticia, y que durante más de cuatro años ha
permanecido flotando en el continente Pú (1 );
(i)

Los marcianos dan a Europa el nombre de Pú.__

Nota del Editor español.

Pintaba a Z u como una bola completamente cubierta
de tupida vegetación donde se deslizaban unos seres
gigantescos en forma de gusanos y completamente
estúpidos...

— i6 —

eso, señores, es humo belicoso. E s el humo que
exhalan los explosivos. Porque, ya es hora de
confesarlo, los habitantes de Zú se encuentran
ni más ni menos que en el período marcial. Se
hacen la guerra.
N uevam ente se levantó del fon do de la A sa m ­
b lea un murmullo de asom bro. D estacán dose de
aqu el sordo ruido, se oyó la voz de J ó , que d e­
c ía : ¿Estás seguro?...
Sí. Estoy completamente seguro. Y puedo de­
clarar, de una manera terminante, que los hom­
bres de Zú cultivan la guerra, por cierto con
asombrosa gallardía. En mi solitario laboratorio
he asistido, puestos mis ojos y mis oídos sobre
los aparatos, día a día y durante más de cua­
tro años, a las terribles operaciones de una gue­
rra que abarcaba casi toda la extensión de Pú.
Pero ya es hora de que entre a exponer los
hechos.

II

lo tenía preparado. Los trabajos preli­
minares me habían dado un fruto de ve­
ras alentador, y no esperaba más que el
momento previsto y por mí esperado con impa­
ciencia, para realizar el último y decisivo expe­
rimento.
El tubo de mita, guarnecido de palaquita (1),
estaba al alcance de mi mano y respondía inme­
jorablemente a mis manipulaciones. Desde los
ODO

T

(i) Nuestros lectores terráqueos nos disculparán el que
no intentemos traducir, y ni siquiera representar aproxi­
madamente, estas voces y otras que aparecerán en lo su­
cesivo, por referirse a materias para nosotros absoluta­
mente desconocidas e incomprensibles.—Nota del Editor
español.

— i8 —

primeros trabajos me dió una visión clarísima de
la superficie de Zú. Sin embargo, hice perfeccio­
nar más de treinta veces el tubo.
El aparato de fotografía penetrante respondió
bien a mis deseos. No así el aparato de coloración
sucesiva, que hube de rectificar ciento ocho ve­
ces. Es el que mayores inquietudes me ha produ­
cido. Llegó un instante en que desesperé de poder
conseguir dominar la pereza transmisora del éter
cósmico. Pero vencí también ese obstáculo. Y ya
no me quedaba sino aguardar el período de ma­
yor aproximación de T á y Zú, o sea el día 4 del
año 80 de la era 23 (1).
No necesitaré ponderar la emoción de esa es­
pera; todos los que me escuchan comprenderán
sin esfuerzo el estado de mi ánimo en aquellos
culminantes días. Por un momento temí que mi
sistema nervioso, naturalmente afligido por tan­
tos años de sobre esfuerzo, me hiciera traición
cuando se aproximaba la hora decisiva. Mis te­
mores, no obstante, eran infundados. Absorví una
buena dosis de tita, me sometí al contacto del
(i) Como es sabido, los marcianos cuentan por eras,.
que son propiamente etapas de cultura. Cada era consta de
cinco mil años— Nota del Editor español.



1 9



fluido treinta p dos (1), y notablemente fortale­
cido en cuerpo y alma corrí a situarme frente a
mis aparatos. ¡H abía llegado la hora de em­
pezar!
En efecto, todo resultaba conforme a mis cálcu­
los. Pero apenas comencé mis manipulaciones, un
grito, un exaltado grito de júbilo y de admiración
salió de mis labios y repercutió en los últimos rin­
cones del laboratorio...
¿Era verdad? (N o me engañaban mis senti­
dos? ¿Estaba yo realmente despierto, o tal vez
una exagerada dosis de tita producíame la ca­
racterística alucinación de la octava embriaguez?
Pero no. Mis sentidos no me engañaban.
Aquello que mi mirada distinguía tan claramen­
te como ahora os veo a vosotros, era un mar glo­
riosamente azul, profundo y en calma, surcado
a trechos por unas naves rudimentarias movidas
a vela. ¡Qué diferencia entre aquel majestuoso
mar y los precarios caudales de agua de nuestro
mundo! También distinguí unas naves algo ma­
yores, que marchaban torpemente impulsadas por
la fuerza del vapor. En fin, algunos aeroplanos,
( i)

Véase la nota anterior__ Nota del Editor español.



20

desde luego toscos y vacilantes, surcaban a ve­
ces el viento con una temeridad, con una falta
de seguridad que horrorizaba. Después descubrí
la tierra firme.
Perdonadme. N o me pidáis que describa aquel
portento. M e faltarían palabras. A h í están los
comprobantes. Examinadles.
Sólo os diré que otro grito semejante al ante­
rior salió de mi garganta, y que permanecí como
extasiado ante aquellos verjeles donde todos los
frutos imaginables producíanse en una abundan­
cia inextinguible, sin más que un somero cultivo.
Las flores trepaban por los troncos de los árboles,
en huertas de una vegetación lujuriosa. Más allá,
sobre llanuras interminables, crecían las mieses
sin tasa. Eín otras partes se agrupaban los seres
inferiores, indudablemente criados para servir de
alimento a los hombres. Entre tanto, las innume­
rables navecillas descargaban en las cestas sus
grandes
peces...

montones

de

variados, 'de

riquísimos

Como sonara el timbre reglamentario para la
refacción de la media tarde, el sublimé B i tuvo
que interrumpir su discurso.

Las

últimas

frases

2 1



A b so rb í una buena d o sb de “ lita ” , me rom etí al con­
tacto del flú.do treinta y dos...



22 —

habían producido en el auditorio una secación
indescriptible, no clamorosa como las anteriores,
sino profunda, estupefacta p tal vez un poco me­
lancólica. Todos, en lo íntimo de su mente. pen­
saron en aquella abundancia que
refería; en aquellos animales

el orador les

cebados,

aquellos

peces suculentos, aquellos granos, comestibles p
f lutos...
Un nane (1) recorrió la sala portando en una
bandeja las bolitas nutritivas, que los circunstan­
tes deglutieron inmediatamente. Tras los cinco mi­
nutos de obligado reposo digestivo, la Asam blea
hizo comprender a B í que esperaba con ansia la
continuación del relato. E l sublime B í reanudó su
discurro de la manera siguiente:
( i) ILos nanas pertenecen a la raza inmediatamente in­
ferior, y sirven a los marcianos de criados, esclavos y obre­
ros. Son, respecto de los marcianos superiores, lo que los
perros con relación a nosotros, tanto en inteligencia como
en domesticidad servidora. Sin embargo, los nones están
acaso un peldaño más adelante que nosotros, los hombres
terráqueos, en la escala de la cultura.— Nota del Editor es­
pañol.

_

III

)E R O me faltaba algo muy esencial por descucubrir: el hombre.

]

¿E n dónde estaban los hombres, cómo
eran, cómo se conducían? D e su existencia no
podía dudar, puesto que acababa de ver las se­
ñales, tanto en el mar como en la tierra firme.
M e lancé a buscarlo con verdadera obstinación.
Pronto lo tuve a mi alcance. A llí estaba. H e ahí
el hombre...

L a figura de un habitante de Zú fué proyec­
tada ante la Asamblea, en medio de un gran si­
lencio. Este silencio fué seguido de un murmullo
creciente, formado por las observaciones de los



24 —

...permanecí extasiado ante aquellos vergeles donde
todos los frutos imaginables producíanse en una abun­
dancia inextinguible, sin más que un somero cultivo.
Las flores trepaban por los árboles, en huertas de una
vegetación lujuriosa. Más allá, sobre llanuras inter­
minables, crecían las mieses sin tasa. En otras partes
se agrupaban los seres inferiores, indudablemente cria­
dos para servir de alimento a los hombres. E ntretanto, las innumerables navecillas descargaban en las
costas sus grandes montones de variados, de riquísi­
mos peces.



25 —

circunstantes y por algunas polémicas que en se­
guida se trabaron entre los más fogosos. La voz
de Jó se destacó de pronto, dominando aquel
murmullo vago; exclamó: ‘‘/Qué bruto!..." Y
como si fuera una señal oportuna, al oir la excla­
mación el público rompió unánime en una larga
carcajada.
Conteniendo la respiración, como si en efecto
mi presencia hubiese podido espantar a aquel
monstruo, seguí atentamente sus pasos. Le vi de­
tenerse a la sombra de un árbol corpulento. H a­
bía abandonado momentos antes una azada sobre
los surcos de un sembradío, por lo que conjeturé
que se trataba de un nane, un labrador. Deslió
un envoltorio y se puso a comer.
¡De qué manera comía, señores! ¡Con qué
brutalidad, y en qué proporciones! Os daré cuenta
del menú, que fue como sigue: un gran trozo de
una materia feculenta, elaborada sin duda con
las doradas espigas de aquellos fértiles campos;
i>n pedazo de manjar en forma cilindrica, gra­
sicnto y rojizo; tres frutas de gran tamaño, que
al ser partidas por les dientes rezumaban un lí­
quido sabroso.
¿O s acordáis de las antiguas leyendas, cuando

— 26 —

describen la existencia de nuestros antepasados
en los albores del mundo? Pero ni siquiera en­
tonces un habitante de T á pudo ingerir en una
sola comida tan desproporcionada cantidad de
alimentos. Esto servirá para convenceros de que
no estamos delante de un astro cualquiera, sino
enfrente de un grandísimo y majestuoso jardín
que puede, por último, dar solución a nuestro
cada vez más perentorio problema de las subsis­
tencias. Todo lo que nos falta a nosotros abunda
en Zú. Allí reside la alegría, la riqueza y ia
hartura... Pero disculpadme si por momentos me
abandono a consideraciones ociosas.
El hombre aquel, después que hubo comido en
completa soledad y con una envidiable pacho­
rra, bebió largamente de un vino que traía en
una botella y se dedicó en seguida a la cómica
tarea de sacar humo de una especie de tubito
blanco. Esa faena, verdaderamente extraña, pa­
reció contentarle más que la propia comida. Y
reclinando su cabeza en un pedrusco, se quedó
dormido.
Separé entonces la dirección de mi objetivo, én
busca de nuevos sujetos de experimentación, no
sin extasiarme una vez más contemplando aquella



27 —

P o rta n d o en una bandeja las bolitas nutritivas...

— 28 —

abundancia en frutos y animales comestibles que
por toaos lados materialmente colmaban la su­
perficie del planeta. Caía una ligera lluvia; el
viento debía de ser muy fuerte. De pronto, én un
camino solitario, cjescubrí un hombre, que a duras
penas podía vencer los embates del huracán. N o
lejos de él se agrupaban numerosas viviendas.
Le seguí lo mismo que al anterior, y tuve la
paciencia de curiosear al detalle todos sus movi­
mientos. cQuién era? ¿Qué se proponía? Pero
bien pronto me reveló sus secretos por sus mismos
ademanes. Empapado por la lluvia, positivamen­
te derribado al suelo por el huracán, aquel hom­
bre revelaba en su semblante la más horrible dé
las amarguras. Se palpó la ropa, hundió repeti­
das veces las manos en los bolsillos, y no hallan­
do nada en ellos dió manifiestas pruebas de deses­
peración. Deslió un envoltorio de papel, como el
que busca un pedazo de comida; pero dentro del
envoltorio no había nada. Luego se agarró el es­
tómago con las manos crispadas y con muestras
de estar sufriendo un insoportable dolor.
L e vi enseguida unir las dos manos y volver la
cara desencajada hacia la altura, precisamente
en la dirección de nuestro mundo. Y esto ocurrió



29 —

de tan sorprendente manera, que la triste mirada
de sus ojos quedó un instante enfocada en el cen­
tro de mi aparato. Fue como si estuviese mirándo­
me. Pero con mirada tan desgarradora, tan im­
posible de soportar, tan llena de súplica agonizan­
te. que horrorizado y con un movimiento irrefles?vo manicbré rápidamente sobre las escalas de
conversión de los espejos. La sombra cubrió mis
ojos. Pronto pude reaccionar, y abriendo de nue­
vo el aparato me apresuré a mirar al hombre, a
punto que se desplomaba en tierra... Allí quedó
inmóvil. Estaba muerto. ¡H abía muerto de
hambre!
E l estupor de la Asamblea fué tan grande al
escuchar las últimas palabras, que el propio Di,
impresionado por el silencio, no pudo continuar su
relato✓ Poco a poco partieron del público rumores,
palabras sueltas. Sobre todo muchos de los cir
enastantes se preguntaban cómo era posible que
un hombre muriese de hambre en un camino, a
peca distancia de un grupo numeroso de vivien­
das v mientras otros hombres comían en abundan­
cia y el mundo rebosaba de grosura. ¿ Cómo era
posible? ¿Quién sería capaz de explicarse aquél
absurdo? Lo mismo que otras veces, la voz de



30 —

Jó dominó los rumores. Se le oyó decir, rajante:
“ ¡Hermano Bí, eres un impostor! Y entonces
fue cuando B í pronunció su célebre frase:
¡Yo os aseguro que en ese astro llamado Zú
hay hombres que mueren de hambre!
Antes que pudieran reproducirse los rumores, él
presidente, más intrigado que nadie por la narra­
ción, hizo el gesto sacramental de silencio. Todos callaron. El sublime Bí prosiguió:
¡Si! ¡Allá arriba, en aquel astro tan puro y
brillante, en aquel jardín ubérrimo y prodigioso,
hay hombres que mueren de hambre, como hay
otras muchas cosas estupendas que iréis conocien­
do por su orden!
Yo me aparté con horror de aquel sitio y fui
siguiendo con la mirada el curso de la carretera,
hasta llegar al grupo de casas que componían
probablemente una de las ciudades más grandes.
Señores, el planeta Zú es rico en frutos y én
hombres. Estos pululan a millares y se les encuen­
tra en todos los lados, como una verdadera pes­
te. De trecho en trecho hay concentraciones hu­
manas que a veces llegan a ser enormés. Se com­
prende que en un mundo tan colmado de alimen­
tos y de toda suerte de posibilidades, la vida no



31



La figura de un habitante de Zu fue proyectada ante
la asamblea...

(



32 —

está como en nosotros limitada y sujeta a minu­
ciosos cálculos, sino que verdaderamente se pro­
diga sin miedo y sin tasa.
Esto pude observarlo a mi sabor tan pronto
como penetré con mi objetivo en la gran ciudad a
que me refiero.

E

L espectáculo que se ofreció a mi vista sería
imposible describirlo en toda su integridad.
Nuestra imaginación no se halla acondicio­
nada para concebir aquella monstruosa confusión,
aquel abigarramiento y aquella desconcertante va­
riedad de escenas. H aría falta que fueseis con­
temporáneos de nuestros abuelos de las épocas
más primitivas.
M i vista vagaba de una a otra escena, y tal
era mi estupefacción, que en los primeros mcméiltos apenas si pude retener ninguna imagen con­
creta. Las viviendas se amontonaban a millares*
dejando entre sus montones algunos surcos que
servían a los habitantes para transitar de un la­
do a otro y con movimientos incomprensibles. P a



34 —

vecían bandadas de insectos que se movieran por
un simple estímulo de actividad animal.
Penetraban como arrastrándose en las vivien­
das, y con la misma falta de objeto volvían a
salir. Otros permanecían sentados ante unas me­
sas, comiendo y bebiendo y sacando humo de
aquellos tubitos blancos que antes mencioné. En
otros sitios, turbas de ruines construían viviendas,
apilando ladrillos con una paciencia que provo­
caba la risa. M ás lejos, en un gran espacio va­
cío, muchos hombres y mujeres estaban situados
junto a pilas y montones de frutos, carnes, y otros
objetos comestibles; otros hombres y mujeres, al
pasar, cogían de aquellos frutos sin duda cuan­
tos necesitaban, y alejábanse contentos. Resuel­
tamente, el planeta Zú es un mundo admirable.
Sin embargo, no olvidemos al hombre aquel que
murió en la carretera de inanición.
Excitaba, sobre todo, mi curiosidad el ver a
tantos hombres y mujeres entregados, por lo vis­
to, a la amable tarea de no hacer nada o de
dejar que el tiempo pasase muy suavemente. Cir­
culaban en grupos, o aislados, o por parejas, y
a cada momento se detenían a conversar; en se



35 —

guida tornaban a moverse, con una absoluta fal­
ta de sentido. Por lo menos, para un habitante
de T á , aquel anárquico y caprichoso moverse
porque sí y sin ningún objeto, o sea el movimien­
to por pura distracción y para (como decían nues­
tros remotos antepasados) “matar el tiempo”, re­
sultaba, digo, perfectamente ininteligible.
Pude también observar que la distribución de
funciones entre los distintos habitantes era ex­
traordinariamente caprichosa, o, más bien dicho,
arbitraria. Porque mientras unos demostraban
estar afanados y preocupados, corriendo o ges­
ticulando, otros permanecían maravillosamente
tranquilos, sentados en plena calle, bebiendo, co­
miendo, humeando por la boca, o paseándose a
la sombra de frondosos árboles. No hablemos de
los naries; está bien que trabajaran en silencio y
con alegría, porque ese es su destino, lo mismo
en Zú como en T á .
Deduje, pues, de cuanto veía que en ese pla­
neta extraordinario la sociedad humana no ha
llegado, ni remotamente, a una automática ar­
monía. Los movimientos no obedecen a una idea
de conjunto, que nace del fondo de la concien-



36



cia de la colectividad, sino que brotan como por
espasmos y fragmentariamente. Son movimientos
individuales que al surgir de improviso y al cho­
car unos con otros, producen aquella vida abi­
garrada, pintoresca y como falta de sentido.
En aquel momento desembocaba en una calle
mucho más ancha que las otras un vistoso tropel
de guerreros.
Vosotros no conocéis un ejército de soldados.
Bastantes de vosotros tenéis de los soldados y de
las guerras una idea vaga; otros ni siquiera sa­
béis que han existido soldados en alguna parte
del Universo. Permitidme que me deténga un
poco en la descripción de aquella tropa de gue­
rreros, los cuales iban por la vía adelante con
un bonito andar acompasado, al son de unos be­
licosos instrumentos.
Yo

sí los conocía. Y o

había anteriormente

visto innumerables soldados, cuando en mis ex­
periencias preliminares sobre la superficie de Z ú
sorprendí aquella horrorosa guerra de que antes
os hablé, y que duró, días tras día, más de cua­
tro años.
El paso de un tropel de guerreros por las ca-



37 —

Hes de una ciudad provoca el mayor júbilo en­
tre las gentes. Seguí un gran trecho a los solda ­
dos, y observé qu les acompañaban los chicos y
los grandes con demostraciones de vivo entusias­
mo. Realmente el espectáculo tiene su emoción.
T od os van acordes, a un paso rítmico y en filas
simétricas, con armas que relucen, con trajes vis­
tosos y de lindos colores. Espesas filas de anima­
les, llevando sobre sus lomos a otros guerreros,
venían después igualmente acordes y acompasa­
dos. Y cerraban ia marcha unos grandes a p a ra -'
tos de metal, con los cuales disparan proyecti­
les, sin duda por un procedimiento primitivo de
explosión.
Pero si en la calle de una ciudad puede hasta
parecer bonito el paso uniforme de los soldados,
no ocurre lo mismo en la guerra. A quello es mu­
cho más serio. Os aseguro que más de una vez
sentí flaquear mis fuerzas cuando, con las len­
tes asestadas sobre el lugar del combate, vi ma­
niobrar en un trozo pequeño de territorio a cien­
tos de miles de hombres, entre una verdadéra llu­
v ia de proyectiles, .y caer los muertos a millares...

Aquí se oyó el grito, que no la voz, de Jó,

-

38-

Os brindo, por ejemplo, una fotografía excta de una
mujer...

39 —

quién puede decirse que desaforadamente excla­
maba: ¡Basta, basta! ¡N o seas cruel con nos­
otros! ¡Cesa de escribir esas infam ias!... E l su­
blime B í accedió, en efecto, a interrumpir sus
espeluznantes descripciones de la guerra, y pro­
siguió de este m odo:
D e pronto, un espectáculo más curioso que el
resto aprisionó mi atención. Un edificio grande,
coronado por una torre puntiaguda, alzábase con
cierta solemnidad en uno de aquellos espacios
abiertos. En diferentes lados del edificio y en la
punta de la torre noté unos signos que ofrecían la
forma de dos palos cruzados. Y por las reveren­
cias y ademanes de humillación que hacían las
personas al entrar y salir en aquel edificio de apa­
riencia grave y diferente, calculé que se trataba
de un lugar de adoración. Señores, los habitantes
de Z ú adoran a Dios.
Pero dejemos este delicado punto para otro
día. N o será poco interesante el averiguar có­
mo piensan acerca de la muerte y de los oríge­
nes de las cosas unos hombres que están apro­
ximadamente en un plano de cultura como el de
nuestros antepasados de la cuarta era,

— 40
Otra cosa retenía mi atención por el momen­
to. En efecto, una turbulenta multitud de hom­
bres, mujeres y niños salía del edificio grande,,
e inmediatamente todos fueron acomodándose en
unos largos vehículos que iban arrastrados por
parejas de animales forzudos. Reían, cantaban
y gesticulaban todos, dando muestras de un al­
borozo primitivo, del que difícilmente lograríais
daros cuenta. H abía especialmente un hombre
y una mujer que manifestaban un profundo jú­
bilo, aunque sin gesticular tanto como los demás.
P ara ellos destinaban los acompañantes sus me­
jores agasajos, y se comprendía que formaban
el centro, el motivo de la fiesta. Los vehículos»
atestados de aquellas perosnas zaragateras, par-»
tieron rápidamente a través de los sinuosos surcos
de la ciudad, sin cesar en sus risas y gesticu­
laciones.
Y o les seguí, lo confieso, un poco contagiado
por su primitiva alegría, y renunciando por el
momento a otras indagaciones, quise averiguar
el motivo de tan extraño espectáculo.
L a comitiva había dejado entre tanto el nú­
cleo populoso de la ciudad, y dirigíase por un;



41



camino bordeado de gigantescos árboles. El lu­
gar era positivamente hermoso. Veíanse muchas
viviendas pintorescas, donde la gente comía, be­
bía y, ¡cosa estupenda!, movíase por parejas y
con movimientos acordados al son de alguna mú­
sica.
En una de esas viviendas pintorescas y deli­
ciosas se detuvo mi comitiva. Sobre la puerta del
establecimiento sorprendí una larga tabla en que
campeaban unos signos, tal vez unas letras, que
no traté de descifrar entonces, limitándome a fo­
tografiarlas. V edlas:
AL

PLACER

DE LA

B O M B IL L A

Inmediatamente se desparramaron por el si­
tio los hombres, mujeres y muchachos, ponién­
dose a beber y a sacar humo, mientras otros,
uniéndose en un abrazo, daban vueltas acom pa­
sadas que, por las señales, les producían un de­
licioso gusto.
En esto vi que aquel hombre y aquella mu­
jer que habían sido el objeto de las miradas y
las atenciones de todos, escurríanse disimulada­
mente hacia un extremo de la arboleda, y allí,

42 —

los des solos, uniéronse en un fuerte abrazo y se
besaron con una especie de inacabable deliquio.
“ ¡Lo comprendo todo!”, exclamé de repente.
Gracias a mi erudición y a ciertos estudios par­
ticulares, me acordé de las costumbres de nues­
tros antepasados de la sexta era. Sí; aquello que
yo había visto era ni más ni menos que una boda.
Y aquel hombre y aquella mujer, jóvenes ambos,
estaban amándose. Señores, en Zú se practica to­
davía el amor.
(Una tímida y tierna voz , la voz del joven F í ,
surcó en ese instante el ámbito de la Asamblea.
D ijo: “ ¡A m o r!... ¡O h, qué hermoso m u n d o !...”)

¿Eres tú quien habla, joven Fí?, prosiguió di­
ciendo el sublime Bí. Espera un poco. Ahora vas
a ver la hermosura de ese mundo.
Estaban, como digo, estrechísimamente abra­
zados los dos amantes en la soledad de aquel
extremo de la arboleda, cuando imprevistamente
se plantó ante ellos un hombre de torva catadura
y con muestras de gran excitación. Los des hom­
bres empezaron a disputar, mientras la mujer ha­
cía gestos desolados. No sólo disputaban, sino que
se golpeaban con los puños. H asta que uno de



43 —

ellos, precisamente el que acudiera a arrancar a
les amantes de su deliquio, sacó de no sé dónde
un cuchillo y se lo clavó en el pecho a su rival.
Este cayó a tierra todo bañado en sangre, y allí
quedó muerto.
Señores, en Zú existe el odio. Y a sé que el
horror os tiene en este momento aturdidos. Y a sé
también, joven Fí, que has quedado como nadie
estupefacto. Así quedé yo. Y tan fuerte fué la
impresión de espanto que se apoderó de mí, que,
sin saber cómo, por una imprudencia inmensa­
mente lamentable, mi pulso alterado hizo con
torpeza la maniobra, y el aparato sufrió una li­
gera avería. Ligera y más tarde fácilmente co­
rregible, pero que bastó para borrar bruscamente
las imágenes.
Entonces pensé que por efecto de la gran dis­
tancia que separa a los hombres de les dos mundon, conviene tomar precauciones antes de po­
nerse en contacto con aquella gente. Porque nues­
tra cultura y todo cuanto nos sirve para la vida
está expuesto a chocar con las cosas rudimenta­
rias de aquel mundo. E s peligroso. H ay que pre­
caverse mucho. Y me apresuro a exponer estas

consideraciones para que sirvan de experiencia
en todo cuanto nos propongamos intentar ma­
ñana.
La avería que sufrió mi aparato hizo que por
el momento se interrumpirán mis indagaciones
Pero había visto lo suficiente. Y sobre todo tenía
en mi poder un número copioso de datos, que
pongo a la disposición de la Asamblea. Os brin­
do, por ejemplo, una fotografía exacta de una
mujer. Contempladla. Es la misma que en mi
narración hace el papel de novia, y aquella por
la cual los dos rivales se golpearon hasta la muer­
te. Lleva impresos en el semblante los signos del
amor, de la sorpresa, del espanto y de la pena
que sucesivamente conmovieron su corazón pri­
mitivo.
(Ai ver reproducida la imagen de la mujer det
planeta Zú, los circunstantes no pudieron repri­
mirse, p pronto se llenó la Asamblea de vivas;
polémicas p más o menos atinadas observaciones.
No eran pocos los que opinaban rué aquel ser
extraño, si bien algo deforme t; delatando una ex­
cesiva p atolondrada movilidad de sentimientos,,
no carecía, en cierto modo, de seducción, aunque.



45 - -

de orden muy rudimentaria y casi animal. Otros r
y eran sin duda los más, pensaban que aquel ser
deforme, grasicnto, cubierto de protuberancias y
con una expresión estúpida, sólo merecía ser la
compañera de su semejante

én

brutalidad,

él

hombre de Z ú . Entre los que opinaban así desta­
cábase Jó,

el cual añadía

por su cuenta que

aquel horroroso asesinato que el sabio Bí les ha­
bía referido resultaba perfectamente lógico, pues
de unos seres tan salvajes y rudimentarios no po­
dían esperarse mejores acciones. Y agregaba,
con desprecio: ¡Qué desgraciada tiene qué ser

la vida en un mundo, a pesar de su abundancia
y belleza, donde los hombres sienten todavía él
amor, se disputan la compañera a golpes, sufren
el celo y no vacilan en dar la vida por una hem­
bra como esa, deforme, llena de protuberancias
incomprensibles!...” A estas palabras de Jó ar­
güyó Fí, que estaba próximo

a él, exclamando

con viveza: ‘ ‘Hermano Jó, no sabes lo que te
dices. El amor, del que hablas con tanto desdén,,

no es cosa para reír. Y esa mujer que tan des­
pectiva opinión te sugiere, a mí me parece una
tentadora beldad, por la que me explico qué s¿

-

46 -

puedan cometer fuertes disparates.” Jó, éstupéjac­
to, no pudo menos de vociferar: ¿ T e has vuelto
idiota de repente, hermano Fí, o lo has sido toda
tu v i d a ? ...” Pero el presidente, más qué alarma­
do por el todo que adquirían las discusiones, hi­
zo entonces la Gran Señal, y todos los circuns­
tantes se quedaron mudos. D ijo
había conocido una
los

excitación

hombres de Tá, y que

que

nunca

semejante

debía

se

éntre

atribuirse al

contagio con los salvajes pobladores de Z ú . E x ­
hortó a B í a que terminase de hablar, y éste lo
hizo en la forma siguiente:)

V

EÑORES, mi misión explicativa ha terminado

por el momento. Hoy mismo reanudaré mis
trabajos, y desde luego los Hermanos Su­
periores pueden examinar todos mis documentos
y pruebas. La nueva aportación de datos es^ ya
cosa segura. El planeta Zú está, pues, desde
ahora, al alcance de nuestra mirada. ¿Estará
también mañana al alcance de nuestras manos?
Y puesto que se me confirió el encargo dé
averiguar hasta qué punto era Zú un astro vivible, aprovechable y capaz de ser habitado por
personas decentes, ahora sólo falta que la Asam­
blea acuerde algo definitivo sobre si se debe o

-

4 s ■—

...porque desde el día en que nos comuniquemos di­
rectamente con Zu, nuestro mundo se habrá conta­
minado, enviciado, apasionado, embrutecido...



49 —

no se debe apoderarse de las incalculables ri­
quezas de ese mundo.
Por mi parte, yo depongo mi opinión en el
sei tido de que Zú es evidentemente un paraíso,
un delicioso jardín que bastaría a hacer la feli­
cidad de todos los habitantes de T á. Explotado
por nosotros, y una vez reducidos sus pobladores
a la obediencia (empresa poco difícil, natural­
mente), yo creo que Zú puede convértirsé en
algo de veras sublime.
H ablad vosotros ahora.
En seguida se levantó Jó y dijo:

Me levanto a hablar en nombre de los her­
manos que opinan que no debemos pretender dé
ningún modo el viaje a ese tenebroso y aborre­
cible mundo. Hablo en nombre de los no-inter­
vencionistas. Pero aunque nadie con su opinión
me asistiera, yo solo me levantaría, aun arros­
trando la mayor impopularidad, para deciros:
Hermanos míos, todavía es tiempo. Reflexionad.
No os dejéis seducir por falaces sueños. Impe­
did que vuestras almas se impregnen de la locu­
ra y la bárbara fantasía de ese capcioso mundo.
¿No lo habéis oido? (N o lo habéis visto? Si



5

0



■el sabio Bí no ha tenido la intención de divertir­
se a nuestra costa, si todo cuanto acaba de de­
cirnos es verdad, Z ú resulta el astro más opro­
bioso, más repugnante, entre todos los que tra­
zan sus acordados giros en el espacio. L a bruta­
lidad, la estupidez, la fealdad, y sobre todo las
pasiones denigrantes y los feroces crímenes, ha­
cen de este mundo un verdadero antro. ¿ Y a ese
lugar de crímenes, de horror y de tristeza pre­
tendéis ir?
Los frutos y las bellezas os han fascinado.
T od os vuestros apetitos renacen com o en las más
primitivas eras, ante la promesa de la abundan­
cia inacabable en un mundo donde los seres se
pasan la vida comiendo, bebiendo, sacando hu­
mo de unos tubitos y amándose. ¡A h ! ¡P ero te­
ned cuidado! V ais a decidir en una cuestión com o
ninguna otra trascendente. M irad que el peligro
más grande se cierne sobre la pureza y la sabi­
duría de T á , porque desde el día en que nos co ­
muniquemos directamente con Z ú , nuestro mundo
se habrá contaminado, enviciado,
enfurecido, embrutecido...

apasionado,

Dejemos que siga rodando lejos de nosotros



5 1



esa bola estúpida y criminal. N o merece nuestra
atención. ¡ Despreciémosla!

Tan pronto como Jó cesó de hablar, oyóse la
voz del Presidente, que en tono algo incisiva
declaró que no se podía despreciar a Z ú mien­
tras poseyese las maravillosas riquezas que a Tá
le faltaban. D ijo que la penuria de T á se haría
pronto angustiosa, insoportable, y por eso la ma­
yoría de los Directores opinaban que debíase ir
a conquistar aquel precioso mundo. Ahora bien,
c'cómo?... Y el Presidente, conociendo la sabi­
duría de B í, le instó de nuevo a que hablase. B t
se levantó y dijo:
Os excedéis en vuestra benevolencia al con­
fiarme el plan de invasión del planeta Z ú . N a
creo merecer tanto honor. Pero la obediencia, a
la que gustosamente estoy obligado, me ordena
que hable.
L a idea de llegar hasta Z ú y posesionarse de
sus encantos no me parece de ningún modo des­
cabellada. H a sido la aspiración de nuestros an­
tepasados, tal vez desde la era veintidós, y últi­
mamente, por el estado de agotamiento que ame-



5-

U n joven explorador que quiere lanzarse al espacio
y caer en un punto determinado de Zu.



53 —

naza a nuestro mundo, la aspiración se ha con­
vertido en una necesidad inaplazable.
Repito que me parece perfectamente practica­
ble la conquista de Zú, y no tengo reparo en
declarar que la deseo con toda mi alma, por lo
mismo que conozco las inmensas posibilidades de
ese mundo encantador. ¿M e preguntáis la ma­
nera de conseguir el éxito? Yo no conozco más
que una. Explicaré mi pensamiento en pocas pa­
labras.
No podemos ir a Zú desprevenidamente, por­
que correríamos el riesgo de sufrir alguna catás­
trofe. Les habitantes de Zú se hallan en un pe­
ríodo de evidente barbarie; son ignorantes y tos­
cos, y no han conseguido dominar más que las
fuerzas elementales de la naturaleza. Su imagi­
nación es pesada, su psicología torpe, y como pro­
ceden por impulsos instintivos y por sugericicnes
arbitrarias, aquellos hombres podemos asegurar
que accionan a la ventura, como entre sombras.
El radio de sus previsiones termina en el momen­
to actual. Más allá de ese momento ya no saben
nada, ya no pueden nada. El porvenir ignorado
empieza en el mismo minuto que pasa.



54 —

Pero los habitantes de Zú son numerosísimos,
y tenemos suficientes pruebas para saber qué
son feroces y sanguinarios. Practican, además, la
guerra, en la que están adiestrados, aunque sólo
sea con los pobres recursos de que disponen. Séría, pues, desatentado el que nos expusiésémos a
su furia. Ellos pueden despedazarse entre sí, por­
que son groseramente numerosísimos; pero nos­
otros, cada vez más escasos, tenemos la obliga­
ción de ahorrar las vidas hasta el extremo.
Sin embargo, en este caso se trata de gastar,
de exponer una vida de las nuestras. Yo opino
que nos conviene destacar un hombre arriesgado,
un joven explorador que quiera lanzarse al es­
pacio y caer en un punto convenido de Zú. Se
le darían, naturalmente, todas las seguridades.
El viaje está bien estudiado y casi podemos afir­
mar que el explorador llegaría a Zú sin sufrir
mayores percances. Después...
En efecto, después vendrían los peligros. Des­
de el primer momento, ese explorador sé pondría
en comunicación con nosotros, refiriéndonos sus
impresiones y sus hallazgos, para que nosotros
dispusiéramos el resto de la ofensiva. Esa labor



55 —

no carecía de dificultades. El hombre de T á que
permaneciese destacado en Zú necesitaría po­
nerse en contacto con aquellos habitantes, so­
bornándolos o dominándolos de alguna manera,
y desde luego utilizándolos para sus trabajos. Así
lograría construir la estación terminal, que servi­
ría de base a las comunicaciones regulares entre
los dos astros. En seguida lanzaríamos una ex­
pedición de nuestra gente. Pocos; cien serían
bastantes para dominar el mundo.
Si yo fuese más joven, yo sería ese explorador
animoso que nos hace falta. ¿Quedan jóvenes
entusiastas entre nosotros? ¿En dónde está nues­
tro explorador?...
Y como el eco responde al sonido, la voz dé
Fi brotó en el fondo de la Asamblea, exclaman­
do: ¡Yo soy ese explorador que os hace falta!
T odos se volvieron a mirarle, p todos quedaron
vagamente estupefactos, porque sin duda pocas
veces habían visto una expresión de entusiasmo
V de fuerza como la que entonces palpitaba én
el semblante de Fí. M ás que otra cosa parecía
un iluminado, un inspirado, un hombre de otras
edades. Pero al mismo tiempo el valor y la ju-

-

56

Diálogo entro F i y Bi.



57

ventud lo hacían tan hermoso y tan enérgico, que
todos, espontáneamente, dirigiéronse a felicitarle
y a conferirle el peso de la gravé misión. Podía
confiarse en él. A sí lo manifestó, por último, el
Presidente, el cual cerró la Asam blea con éstas
palabras:

Hermano Fi, eres un joven benemérito. Sabes
a lo que te arriesgas y no ignoras que nuestro
porvenir depende de tu buen acieito. En ti con­
fiamos; no te digo más. Ahora, ponte a las ór­
denes de Bí y entrégate con él a un estudio per­
fecto de todo cuanto pertenece al planeta Zú.

VI

L sublime B í p el joven F í abandonaron jun­

E

tos la Asamblea. Golpearon con los pies en
el pavimento extra imantado, p en un mis­
mo impulso, los dos acordes, eleváronse en un
suave sallo hasta la plataforma donde el sabio
tenía su laboratorio. A llí el joven explorador se
abalanzó con impaciencia sobre los testimonios
reales del nuevo mundo. N o dejaba nada por
manosear o por ver. D e vez en cuando lanzaba
un grito de sorpresa, una exclamación de entu­
siasmo. Se extasiaba ante el espectáculo de un
mundo tan distinto, p hacía que se repitieran va­
rias veces las imágenes, sin que su admiración



59 —

decreciera. E l sabio B í le dejaba hacer, ayu­
dándole con gusto.
E l joven F í le pidió que hiciera desfilar ante
sus ojos los paisajes más risueños o imponentes,
\) se extasiaba a la vista de unos jardines donde las
flores increíbles y los árboles inauditos hacían que
el alma quedase suspendida de admiración. L a s
extensas plantaciones, colmadas de frutos y gra­
nos comestibles, producíanle asombro. L e atraía
también el espectáculo impresionante de las gi­
gantescas cordilleras o de los mares profundos y
procelosos. Y se detuvo mucho tiempo en la con­
templación minuciosa de las ciudades. Todo lo
observaba con prolijidad, como quien va enri­
queciendo la memoria con una gran suma de d a­
tos para las contingencias del porvenir. Sobre to­
do, quedaba absorbido mirando a los hombres,
cuyos movimientos le extrañaban cada vez más.
M iraba a los hombres, los medía, los palpaba y
pesaba con la mente, y dé pronto se le véía dis­
traerse quién sabe en qué vagos y remotos pen­
samientos.
Pero las mujeres atraían más que nada su cu­
riosidad. Delante de una permaneció mucho tiém-

— 6o
po pensativo, mirándola con una atención fija e
indefinible. A l fin lanzó un suspiro p murmuró:
— ¿C óm o será el amor de estas mujeres? ¿Q u é
sensaciones producirá en un ser humano el amor
de una mujer? ¿Q ué cosa será el a m or?...
E l sabio Bt le arrancó por último de sus pen­
samientos p de sus contemplaciones, p le dijo con
una sonrisa bondadosa:
— Tienes una juventud generosa que llama a
la simpatía. M e eres simpático, Fí. Y quiere la
fortuna que seas, además, un entusiasta del P la ­
neta Z ú , per el que yo siento una verdadera de­
bilidad. ¿ L o encuentras hermoso? ¿Q u é cosa te
atrae en ese mundo?
Fí respondió:
— T od o.

M e atrae su belleza, sus jardines,

sus gigantescos mares. Sus frutos y sus riquezas
me interesan menos. En cambio, ¿podré decírte­
lo a ti en secreto?..., me seduce e’sé éstado dé im­
previsión, de semi-ignorancia, de casualidad en
que viven los habitantes de Z ú . Sí; ¡estoy can­
sado de nuestro mundo! Quiero marcharme allá
donde existen todavía pasiones, amores y odios;
donde todavía es posible morirse de hambre o de

— 6i —

amor. Allá donde se mata y se besa... Quiero
irme a un mundo lleno todavía de contingencias,,
donde no se ha llegado a saberlo todo y a regla­
mentarlo y precaverlo todo. Allí existe el azar,
lo imprevisto, las diferencias y lo ambicionable...
CQuieres que te lo diga de una vez? ¡Me carga
tanta civilización!
Y el sublime B í dijo:
— L a verdad es que coincidimos en muchas
cosas, rú y yo somos dos casos de regresión a tá ­
vica. T u atavismo remonta más lejos que el mío,
como que llega, según cálculos que he podido
hacer, a la era octava. Eres un ser equivocado.
Sientes el amor, la generosidad, el entusiasmo, y
te abandonas a los ensueños y las quimeras por
gusto de lo desconocido, de lo inexistente. Haces
bien en probar ventura. Vete, sí, y que los en­
cantos de Zú te colmen de dicha. A ver si en­
cuentras allí algo bien pintoresco que valga la
pena. Porque, en reserva te lo confésaré, ¡tam­
bién a mí me resulta aburrido nuestro mundo tan
inteligente, tan apañadito y reglamentado!...
Dicho esto, Bí p Fí cruzaron una sonrisa de:

— 6 2 ---

inteligencia, al mismo tiempo que sellaban mu­
tuamente p tácitamente un pacto de discreción.
En seguida se pusieron a organizar tcdos los
trabajos que eran precisos para preparar la ex­
pedición al planeta Zú.
,

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